14 febrero, 2015

Pequeño cuestionario para el (auto)examen moral y político



   ¿Le gusta a usted el fútbol y tiene un equipo favorito cuyas victorias le alegran mucho? Bien, pues vamos a poner a prueba la índole e intensidad de su pasión futbolística.
Primer supuesto. Póngase en la siguiente situación. Su equipo acaba de ganar la final de la Champios, nada menos. Memorable hazaña. Pero a usted le entregan un sobre y le dicen que dentro hay una prueba irrefragable de si esa victoria ha sido limpia o no. Las posibilidades están al cincuenta por ciento, de modo que es la misma la probabilidad de que quede demostrado sin lugar a dudas de que fue una victoria en toda regla y la probabilidad de que se pruebe que el árbitro estaba comprado por su equipo, en cuyo caso ese partido de la final debe ser anulado y, por tanto, invalidado el resultado. Todo depende de usted y nada más que de usted, la decisión es suya: puede, con total libertad y absoluta impunidad, abrir el sobre o quemarlo sin ver lo que había dentro. ¿Usted qué haría?

   Segundo supuesto. Veamos una segunda versión del mismo experimento. No sólo venció en la final su equipo, sino que ganó gracias a un penalti más que dudoso, seguramente mal señalado. Para colmo, el rival de su equipo en la final era el eterno contrincante y el club que usted más detesta. Y usted sabe que en el sobre está la prueba segura e indiscutible de que se había corrompido al árbitro pagándole un millón de euros si los suyos ganaban. Si usted abre el sobre, su equipo se quedará sin el trofeo y, además, tendrá una fuerte sanción, no volverá a competir en varios años. Pero usted puede tranquilamente echar ese sobre a la basura y nadie se enterará de lo que ocurrió ni de que usted ocultó la tropelía. ¿Qué haría usted?

   Tercer supuesto. Usted es votante y simpatizante de un partido político y quiere que gane las elecciones que se celebrarán dentro de una semana. Además, detesta al partido que, según las encuestas, le puede arrebatar esa victoria electoral. Por un rebuscado azar de la vida, a usted le acaba de llegar la prueba tangible, indiscutible y definitiva de que los principales dirigentes del partido de sus amores y sus más relevantes candidatos están metidos hasta las cachas en una gravísima conspiración delictiva, han robado ya mucho y piensan robar más en cuanto gobiernen. Lo único que usted tiene que hacer para que de inmediato se procese y castigue a todos ellos es entregar en cierto lugar esa prueba de la que usted dispone, y puede hacerlo en el más absoluto anonimato y sin el más mínimo riesgo para usted y los suyos. ¿Qué haría?

   Cuarto caso. Usted tiene un hijo con el que se lleva muy bien y al que consideraba hasta hace un momento una bellísima persona. Pero acaba de saber sin margen de error que su hijo, en los tres últimos años, ha violado y asesinado a cinco personas absolutamente inocentes. Nadie más que usted tiene esa información y de usted depende que si hijo siga libre y tranquilo o pague por lo que ha hecho. ¿Lo denunciaría? Ponga, si quiere, que ni él se enteraría de que fue usted la persona que lo delató.

   Le ruego, amable lector, que medite para sus adentros las respuestas y que tome las hipotéticas decisiones. Pero no pretendo crearle a usted íntima desazón, me interesa más que se haga una pregunta adicional. ¿Qué harían, en tales tesituras, las personas que usted más conoce, sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus jefes o subordinados, sus vecinos… Si se atreve a responderse con sinceridad, habrá hecho usted un magnífico diagnóstico de la catadura moral, mejor o peor, de la sociedad en la que vive. Yo, se lo confieso, soy más bien pesimista. ¿Y usted? Tenga muy en cuenta que en los anteriores ejemplos no hemos puesto que el sujeto corra peligro ni que tenga especial ventaja, por ejemplo porque vaya a ganar más dinero si su equipo o su partido salen bien parados. Para usted, o para las personas que decidieran en cada ocasión, las consecuencias de su opción apenas serán más que morales y emotivas.

   Se me dirá que el cuarto caso desentona de los otros tres. Es bien cierto, pues, en buena lógica, el destino de un hijo al que amamos tiene que pesarnos muchísimo más que la suerte de nuestro equipo o del partido que nos gusta. Así que podemos hacer el pequeño esfuerzo de asumir que muchos, en las circunstancias descritas, ocultarían el delito del hijo. Pero repárese en particular en esto otro: los que también salvaran al equipo y al partido político están poniendo en el mismo grupo, metiendo en el mismo saco, al hijo, al equipo y al partido. ¿Serán personas moralmente enfermas, estructuralmente indecentes? Yo diría que sí. Si son muchos, colectivamente estamos perdidos. Puede que colectivamente estemos perdidos.

   A lo mejor alguno quiere hacer un matiz para el tercer caso, el del partido político. El razonamiento podría ser así. Si denuncio, el vencedor de las elecciones va a ser el otro partido, y yo estoy convencido de que sus dirigentes son más delincuentes aun y han hecho ya y planean hacer muchas fechorías. Pero no se me vaya por las ramas y juegue con las cartas del caso. Usted sí tiene la prueba fehaciente de que el partido de sus amores es una pandilla de ladrones y criminales, pero de los otros nada más que lo sospecha, sin pruebas de tal calibre. ¿Consideraría razonable y decente destruir las pruebas para, así, conseguir que no ganen los sospechosos a los con certeza deshonestos? Mal vamos, a mi parecer.

   Todavía se puede intentar un argumento distinto. Usted está en posesión de esas pruebas definitivas de que los de su partido son unos criminales. Pero también está convencido de que, por mucho que roben, extorsionen y hasta maten, cree que la política que desde el gobierno harán va a ser mejor para el país en su conjunto, más beneficiosa para la ciudadanía, por ejemplo porque mejorará la economía y habrá menos paro. En cambio, si el gobierno le cae al otro partido, le parece a usted de buena fe que todo va a ir peor, aunque sean honestos y limpios los gobernantes. ¿Estima usted que esa es una razón admisible para que usted elimine las pruebas y consienta que tengan el poder los consumados malandrines?  Quizá ha oído usted hablar de la weberiana distinción entre ética de principios y ética de la responsabilidad y está tentado de alegar que usted estaría, así, haciendo un doloroso ejercicio de ética de la responsabilidad. ¿Lo cree de verdad? ¿No teme que le llamemos tontorrón, por decirlo suave?

   Si estoy en lo cierto al suponer lo que, tristemente, muchos harían en situaciones como las de los casos anteriores, y en particular los tres primeros, la clave de nuestra actual situación política, la de los españoles y la de unos cuantos países más que yo me sé, es moral; no es económica ni social, no, es moral. Y si los partidos obran como han obrado y como todavía siguen obrando, es porque han diagnosticado con gran acierto la dolencia moral de la sociedad y de la mayoría de los votantes. Saben, los partidos, que muchísima gente no vota de modo reflexivo, sino emotivo. Y que la conciencia moral decadente y enferma se acalla con seudoargumentos especiosos, cien por cien falaces, del tipo “quién me dice que los otros no son peores” o “si lo hacen los otros, por qué no van a hacerlo estos” o “no me importa lo que hagan los míos con tal de que muerdan el polvo los del otro lado”.

  Puede ser interesante la comparación entre el caso del fútbol y el del partido político. Yo creo que hasta serían más los que taparían al equipo que los que salvarían al partido político. Pero no sé si el dato, de ser cierto, invitaría al optimismo. Pensemos que, al fin y al cabo, por mucho que nos guste el fútbol, no es tan difícil, sobre el papel, cambiar de equipo si descubrimos que el nuestro es un hatajo de sinvergüenzas sin escrúpulos. Pero eso, pasarse a otro equipo, es precisamente lo que muchos por nada del mundo querrían. Así que ese que se guardó la prueba contra su equipo seguramente reaccionaría con frases que nos son bien conocidas, como “esto era la prueba de que todo los equipos son una porquería” o “ahí no había sino un indicio más de que el deporte se ha corrompido hasta los tuétanos”. Pero no, querido amigo, llamemos las cosas por su nombre: prueba, lo que se dice prueba, usted sólo tenía una, la de que el equipo suyo había comprado al árbitro y ganado la final por eso. Lo otro, eso que usted grita ahora, está entre la sospecha y la disculpa. Si usted ve a un sicario matar a un niño en la calle y lo esconde en su casa para que la policía no lo atrape, ¿se atrevería a decir que así actúa porque está convencido de que todos los que por la calle andan y hasta la misma víctima son tan sicarios y asesinos o más? O fíjese, le pongo el ejemplo de otra manera. Usted ha visto a un sicario matar a otro sicario. ¿Considera que por el hecho de que fuera un sicario la víctima tiene usted justificación válida para proteger al que lo mató y que es tan malvado como el muerto?

   Muchos no quieren ni quedarse sin equipo ni cambiar de equipo, pase lo que pase y aunque hubiera que negar o disimular las más negras evidencias. Me temo que, a menudo, ocurre algo semejante con los partidos. Usted le pregunta a ese conocido suyo por qué vota a los que todos sabemos poco decentes, cuando puede votar a otros de los que, hoy por hoy, no consta que sean gandules. ¿Y cuál es la contestación más común? Esta: “ja, que te crees tú eso, estoy seguro de que son todos iguales y de que esos otros habrán robado ya sin que lo sepamos o robarán en cuanto la ocasión se les presente”. Podríamos entendernos si así argumentaran para justificar su abstención o su voto en blanco. Pero no, de esa manera alegan para explicar por qué votan al culpable cierto y hasta que la muerte los separe.

   ¿O será, que dada nuestra real calaña y nuestra talla moral auténtica, en el fondo nos identificamos con los tramposos, que son en verdad los nuestros, carne de nuestra carne? No sé. Lo seguro es que no cabe democracia presentable en sociedades indecentes ni vida política madura entre gentes moralmente infantiles.

3 comentarios:

No soy un robot dijo...

Si lo que querías era darme la tarde, objetivo conseguido.

Federico Salgado dijo...

Mi mejor lectura del domingo, que magnífica reflexión !

Anónimo dijo...

Discrepo completamnte con usted respecto a si la gente cambiaría de partido político.
Tristemente vivimos en un momento donde están saliendo muchos escándalos a la luz, pero no olvidemos que los delitos los han cometido personas individuales.
Si uno se comporta de manera incorrecta , ¿significa que todo el partido está corrompido?
Me podría argumentar que deberían estar informados de lo que hacen sus miembros, pero acaso usted que ha educado a sus hijos,¿sabe todo lo que hacen cuando salen por la puerta de su casa ?
Yo creo que todavía hay gente que no se casa con nadie y aún casándose sabe que existe la opción del divorcio.Para eso existen las elecciones, para que si uno no está de acuerdo con lo que está sucediendo mediante su voto intente cambiarlo.
Y no me vaya a decir aquello de que ir contracorriente es tirar un voto a la basura, porque como dice el refrán, granito a granito se hace granero.
"Los que están siempre de vuelta de todo son los que nunca han ido a ninguna parte "Antonio Machado
Mariel