13 enero, 2006

Un artículo apabullante sobre la izquierda descarriada

Apabullante, en mi opinión, el artículo que publica hoy José Varela Ortega en ABC. Sobre el desvarío de una izquierda desideologizada que busca sólo comedero. El mayor dolor para los que llevamos dentro de la neurona el ideal redistributivo y humanista de la izquierda que merezca tal nombre. Hay una y mil veces que tratar de desenmascarar a esta jetoizquierda impostora, que combina el mayor grado de incultura con el descaro más grande que se ha visto por aquí desde los tiempos de Franco. O refundamos una izquierda moderna, culta, civilizada y seria, o se acabó el invento. Ellos, los de Diablín, creen que su triunfo será destrozar al PP. Al PP que lo zurzan si quieren (aunque un partido de centro-derecha moderno es fundamental para el equilibrio del sistema político), pero el auténtico crimen político de los zapaterianos es estar matando a la izquierda, o lo que quedaba de ella.
Ah, y que nadie me miente a Llamazares, que me troncho. Respeto y seriedad, oiga.
Tiene narices que tengan que recordárnoslo desde ABC.
Y que los de El País estén tan contentitos. Ande yo caliente...
Remito al artículo entero en el enlace de arriba, pero no me resisto a copiar aquí unos párrafos:
¿Por qué entonces esta deriva de la izquierda tras un reverso ideológico que le chupa la sangre electoral por doquier desde hace cosa de un siglo? ¿Cuál es el propósito, cuáles las consecuencias? La ignorancia es cosa diferente de la estulticia, pero sazonada con audacia y decantada con astucia es la cocaína del ludópata. Y esta sobredosis de nacionalismo puede resultar una apuesta tan arriesgada para la izquierda votante como aditiva para la intrigante, si logra expulsar al centro-derecha del sistema -y, por tanto, del poder- durante muchos años. Porque aquí el objetivo estratégico consiste en rehacer el planetario político con nacionalistas y secesionistas para romper el modelo de consenso constitucional de 1978 entre izquierda y derecha. Un retroceso, pues, al exclusivismo o monopolio de partido: la causa de todos nuestros males, según Cánovas. No obstante, la actual puesta en escena del infausto ritornelo es más bien una variante de la hiper-legitimidad, estilo izquierda republicana: el ensueño de «la mayoría natural» como derivada de un síndrome de superioridad moral y antesala de autoritarismo. Digamos que una suerte de azañismo con setenta y tantos años más -aunque setenta mil lecturas menos en la cabeza. Que la ocurrencia se nos antoje lamentable o simplista no le resta eficacia electoral: sacar el Estatuto «como sea», pactar con ETA «lo que sea» y, luego, disolver. La tormenta pasará, la gente olvidará, las elecciones se ganarán y la derecha, «sin discurso» ni pancarta y fuera ya del sistema, se verá embuchada con un trágala de pesada digestión. En este guión de ruptura y marginación, se entiende que la Transición sea el enemigo histórico a batir y la «memoria histórica» -valga el anacronismo- de la República, la Guerra y la represión franquista, los episodios a deformar, en la medida que un ajuste de cuentas anacrónico coadyuva al objetivo señalado: la satanización y marginación del centro-derecha como reo de franquismo.Sin embargo, la comprensión de un plan no exime del costo. Aparte de la carga insoportable para la estabilidad del sistema, dinamitar principios e ideas producirá daños irreversibles. En estas capitulaciones matrimoniales con el nacionalismo, la izquierda se ha dejado algo más que plumas de su identidad programática. Se ha vaciado de contenido ideológico. Ha pinchado en hueso filosófico y eso no se enmienda en un chalaneo de porcentajes. Un discurso más interesado en la identidad que en la semejanza; centrado en etnias, en lugar de la Humanidad; en el nacionalismo, antes que el internacionalismo; que trafica igualdad por privilegio; que traduce diferencia cultural en desigualdad socio-política, confundiendo el derecho a la diferencia con la diferencia de derechos; que promueve derechos históricos a costa de los individuales; que habla de territorios, en vez de ciudadanos libres e iguales; que, en lugar de exigir el derecho a la igualdad, predica la virtud de la solidaridad, calculando balanzas fiscales, que no impuestos individuales y progresivos...Un discurso así, en suma, licuará la izquierda. Estos jóvenes han abandonado su legendario lugar a la izquierda del presidente de la histórica Asamblea. Ya no se sientan entre «los amigos de la Constitución». Acierta, pues, el president Maragall... pero sólo en el título: ¡Parece mentira!, en efecto, que la izquierda española haya comulgado con las ruedas del molino constitucional más reaccionario conocido desde el Fuero de los Españoles.

Las opiniones de "un amigo" sobre el futuro de ZP

Pues "un amigo" es un amigo que no sé quién es, pero al que da gusto tener aquí de interlocutor. Ve algunas cosas de modo distinto a como las veo yo, cosa que me parece muy bien y me hace siempre reflexionar.
Este es sutexto, que subo del comentario a uno de mis últimos posts.

Iurisprudent dice algo relevante. La memoria social es cada vez más corta, y depende del ciclo de noticias audiovisual, que es extremadamente efímero.Por lo cual probablemente se queda largo afirmando que las elecciones se ganan el último año. Quizás basten tres-cuatro meses.En efecto, creo que Zapatero se está proponiendo, como prácticamente único objetivo, navegar el 2006 sin que se rompa la coalición de gobierno. Seguirá sembrando mientras tanto reformas sociales,políticamente de poco precio, sobre cuestiones donde está seguro de tener una mayoría sociológica significativa, e incluso el apoyo de buena parte del electorado del PP (por poner un ejemplo, es increíble que Rajoy haya malgastado energías en oponerse a la reforma del matrimonio civil, sabiendo que un 65% de la ciudadanía estaba a favor. Pero es que D. Mariano, a su manera, tiene también muy poco espacio verdaderamente suyo).Para finales de año o comienzos del 2007, haya ido como haya ido la historia del Estatuto (que se aguará para ganar tiempo), el paso lógico que probablemente dé el PSOE sea proponer una reforma constitucional, con lo cual pondrá en una situación muy difícil a la oposición (quien, en realidad, se ha puesto ella sola en ese brete).Pues le quedará la desagradable alternativa de abrazar las reformas, tragándose doblado el dogma de 'la Constitución es perfecta' -y en ese caso, el ala ultraconservadora del PP echará pal monte, y el partido dividido mal lo tendrá para las elecciones-, o bien la igualmente desagradable de rechazarlas, siendo coherente con su doctrina -y en ese caso, el ala moderada del PP echará pal valle, y el partido dividido mal lo tendrá para las elecciones-.Está claro que el mayor poder de este gobierno, como de cualquiera, no estriba tanto en los votos de hoy sino en la elección de tiempos del procedimiento político que, si sale bien, dictará los votos de mañana. Y en la elección de 'temas cuña' que puedan dividir al adversario.En vista de ello, aunque no alcance una mayoría absoluta -espero ardientemente que no, pues pienso que a lavista de las de Aznar y de González la Constitución reformada debería prohibirlas, o casi-, sí es perfectamente plausible que mejore resultados, y tenga una segunda legislatura con más espacio de maniobra.Con lo cual, aún reconociendo su base, endulzaría pragmáticamente la crítica de Juan Antonio: por supuesto queZapatero quiere seguir en el cargo ... pero no, a mi modo de ver, para "seguirsiendo" presidente del Gobierno, aunque lo sea nominalmente, sino para "serlo" a todos los efectos por primera vez, ya que los vínculos dentro de los que se tiene que mover en esta legislatura son estrechísimos. Hoy, digámoslo claro, es un semipresidente. Y se ve en lo que dice y en lo que hace. En otros países democráticos ha pasado más veces; aquí, en cambio, es una novedad -el último quese le acercó en debilidad fue Suárez, en sus últimos meses. Fuera de todo esto queda la incognita de ETA. Si el análisis de Juan Antonio fuera correcto -tengo mis respetuosas dudas sobre algunas partes-, y efectivamente tienen la sarten por elmango, entonces rectifico lo antes dicho, y coincido totalmente con Iurisprudent: la próxima legislatura será de mayoría absoluta de Zapatero, porque entonces al proceso que describo antes se añadirá una entrega de armas de ETA, en el momento más oportuno, y en 48 horas Zapatero saldrá en televisión, dirá misión cumplida, disolverá las cámaras, convocará elecciones, y pasará lo que bien se puede imaginar.

Una opinión interesante de Ariadna. Sobre preámbulos

Qué bien, hoy que tengo el cuerpo para pocos esfuerzos y la cabeza en nebulosas regiones gripales, me llegan dos comentarios interesantes de dos amigos de este blog. Uno va en este post y otro en el siguiente (que, pensándolo bien, será el anterior. Qué lío).El primero es de Ariadna. Creo que la compartimos con el padre de los bloggeros nacionales, el Arcadi. Así es este mundo virtual, promiscuo y huidizo.Pues lo de Ariadna va sobre el valor jurídico de los preámbulos legales y ayuda a prevenirse frentea a las nuevas trampas saduceas que planean Diablín & cia. Es esto:
Determinar si los preámbulos de los textos normativos tienen o no valorjurídico es cuestión que ha entretenido y entretiene a la dogmática jurídica en general y a la teoría del derecho, al derecho constitucional y la metodología jurídica, en particular. Puesto que ha entretenido a tantos durante tanto tiempo, es posible encontrar bibliografía especializada para sustentar casi cualquier opinión. Y puesto que la Jurisprudencia al respecto tampoco es unánime, también se pueden encontrar sentencias que avalen las opciones más diversas. Yo me adhiero a los que entienden que los preámbulos de los textos normativos sí tienen relevancia jurídica -la cuestión de si son o no normas jurídicas es sólo para despistar y no aclara nada-, por lo que demuestra una irresponsable ligereza quien sin encomendarse a dios ni al diablo sale al escenario y proclama que el término nación se incluirá, de incluirse, en el preámbulo, que no tiene valor jurídico. Además de ligereza, semejante argumento es también de una manifiesta torpeza política y debería indignarnos a todos: a quienes tratan de lograr introducir el término nación, y también a quienes se oponen a esa inclusión. Debería indignarnos porque nos trata como a niños pequeños, a los que sepuede engatusar con cualquier chuchería para que dejen de pedir el juguete caro (no te compro el juego de ordenador pero te compro una bolsa gigante degominolas), o a los que se puede engañar para que dejen a su hermano pequeño jugar con sus juguetes (venga hombre, que tú eres el mayor, mira, le dejas el camión y así se calla y no te pide la playstation, venga que le engañamos así, ya verás). La relevancia normativa de los preámbulos deriva, en mi opinión, de su valor heurístico: los preámbulos suministran argumentos potentes para interpretar una norma en un sentido, y no en otro sentido diverso también posible. Sólo quien identifique, para mí erróneamente, la norma jurídica con el texto normativo en que esa norma se plasma, puede dudar de la relevancia de los preámbulos. Para quienes no comparten esa identificación, y son conscientesde que el texto normativo es sólo el instrumento lingüístico imprescindible del que el legislador se ha valido para transmitir su intención normativa (porque no puede conectar con los destinatarios telepáticamente y necesita valerse del lenguaje), y de que la norma es el sentido que el intérprete -jueces y tribunales preferentemente- atribuye (asigna, imputa) aese texto normativo, los preámbulos tienen una indudable relevanciajurídica, son un instrumento hermenéutico importantísimo a la hora deatribuir sentido al texto normativo. Por tanto, que la palabra nación se incluya o no en un preámbulo, no es asunto baladí -como quieren hacernos creer-. Si se incluye, el día que haya que aplicar el Estatuto para dirimiren sede judicial asuntos concretos, inclinará la balanza en un determinado sentido, y nos quedaremos sin camión y sin playstation.

12 enero, 2006

España apesta

Acabo de cometer un error, otro. Hoy he comido solo, en casa. Lentejas. Apenas me las serví en el plato, un insoportable olor a podredumbre. Caray, pienso, no puede ser, las cocinamos ayer y era todo fresco. Voy comiendo las lentejas y comiéndome la cabeza en pensar de dónde viene el hedor. Al fin lo descubro: la radio. Estaban dando las noticias de las dos.
Díganme ustedes, amigos, si apesta o no apesta. Todo esto lo escuché mientras comía, entre arcadas, mis humildes lentejas:
- Cándido Conde, haciéndose más bien pasar por Cínico Plebeyo, declara que él, en tanto que Fiscal General, no piensa por el momento actuar contra la celebración del próximo congreso de los batasunos. Eso sí, va a pedir un informe a los tres fiscales jefe del País Vasco. Oigan, ¿y qué pensará preguntarles? ¿De qué querrá que le informen que él no sepa ya? ¿Querrá tal vez que le digan a cómo estaba el kilo de bocartes esta mañana en la lonja de Getxo? ¿Pensarán hacer juntos una bono-loto?
- María Teresa Fernández de la Viga en el Ojo Ajeno (ah, perdón, ¿es de la Vega? ¿qué Vega? ¿O es de la Verga? ¿Cómo dice? Qué líos me arma este teclado, oiga), ha declarado esta mañana que el que un partido esté prohibido por ley y sentencia firme no quita sus derechos individuales a sus militantes. Mira qué bien. El día que al Sporting de Gijón lo saquen por moroso de la competición de Liga (segunda división, traumático for me), les decimos a los jugadores que sigan jugando igual los mismos partidos, a título individual, eso sí. Y en una de ésas subimos a primera por la acción conjunta de individuos que siguen en competición jugando juntos, pero no a título de equipo, cuidadín ahí. ¿Verdad, Maritere?
- Y en esto llegó Diablín. 14:25, noticia de última hora: declaraciones del Presidente del Gobierno. Pues dice nuestro leído y políglota (por cierto, el día que tengamos todos que examinarnos de catalán éste pringa fijo) gran jefe que la Ley de Partidos es muy dura y que hay que poner a salvo de ella el derecho de reunión. Oséase, que lo que no tiene derecho a ser tiene derecho a reunirse. Batasuna, digo. Bien está saberlo. Por ejemplo, un día de estos usted y yo y unos amigos más fundamos una organización mafiosa para extorsionar a empresarios por ahí y agenciarnos unos cuartos para lo de la hipoteca y tal. La policía nos disuelve y los jueces nos condenan, pero acudimos al oráculo de Diablín y nos dice que qué tiene que ver que ya no seamos la organización que fuimos, que nuestro derecho a reunirnos para nuestros manejos permanece incólume, prístino, puro. Un amor y un talante. Más rico él con sus sonrisa...
Se ve que ni el Cándido, ni Maritere ni Diablín se han enterado todavía de que los carteles anunciadores del congreso de marras llevan impreso y bien visible el anagrama de ETA. Serán anagramas a título individual, hay que suponer. O anagramas que no deben ser pintados pero pueden ser expuestos. Que san Groucho nos ilumine.
¿Cómo dice usted? ¿Que tienen un morro que se lo pisan? ¿Que por qué no les mete un paquete Bono, el constitucionalista?
Yo creo que la explicación es aún más dramática y tiene mucho que ver con el acertijo del post anterior. No se atreven, ni de lejos, a contrariar ni tanto así a ETA. Se les hiela la sonrisa, se les ahonda la arruga, se les licúa el Código Penal con sólo pensarlo. Saben más que de sobra que el día que ETA vuelva a matar vamos a salir millones a la calle, de todos los partidos (PSOE incluido, por supuesto), de todas las ideologías, unidos por el asco y el hartazgo. Y que ese día nos cargamos la vega de Maritere, la pompa de Pumpido y el papo de Diablín. Pagan lo que sea y a quien sea para que no llegue ese momento. Pero llegará.
Puaj.

Acertijos trágicos (para nosotros).

Érase que se era un Presidente del Gobierno que:
1. Quiere más que nada en el mundo perpetuarse y perpetuarse en el cargo, a cualquier precio. O eso parece.
2. Ha puesto la clave de su éxito y de su reelección en dos cosas:
a) Conseguir un Estatuto chulo para Cataluña y, con ello, un modelo nuevo o seminuevo de organización territorial del Estado.
b) Que ETA deje de matar, poner bombas y extorsionar.
3. Está dispuesto a dar a los nacionalistas catalanes lo que pidan con tal de tener Estatuto nuevo y guapo y que ETA deje de matar.
4. Si da a los nacionalistas catalanes lo que pidan el electorado “español” se le rebela y pierde millones de votos.
5. Si no da a los nacionalistas catalanes lo que pidan, para no perder millones de votos, gana millones de votos, pero entonces ETA mata a alguien y pierde aquellos millones de votos y otros más. Él conoce al electorado español y sabe cómo corre a votar al otro cuando hay bombas de por medio.
6. Ha prometido que no dará a los nacionalistas catalanes lo que piden y que ETA dejará las armas. No ha prometido, de momento, que los elefantes vayan a volar ni que el Alcoyano gane la Liga.
7. Sabe que ni los nacionalistas catalanes ni los etarras son gilipollas y que no se dejan engatusar por frases enrevesadas y sonrisas frailunas.
8. En resumen: que si el Estatuto gusta a los catalanes, ETA probablemente deja de matar, pero los “españoles” se le mosquean. Y si no hay Estatuto o no gusta lo suficiente a los catalanes, ETA vuelve a matar y los “españoles” se le mosquean.
Y ahora, querido lector, ponemos a prueba su agudeza y su ingenio con un par de sencillas preguntas. Las respuestas al final (léanse al revés).
PREGUNTA 1: ¿QUIÉN TIENE AQUÍ LA SARTÉN POR EL MANGO?
PREGUNTA 2: ¿QUÉ VA A HACER EL PRESIDENTE?
PREGUNTA 3: ¿QUÉ DEBERÍA HACER SI FUERA HONESTO?

Respuestas:
1: ATE.
2. SODASEFNOC AJOC SON SOID EUQ. EBAS OL OMSIM LE IN.
3. ASAC ARAP ESRI.

11 enero, 2006

Una advertencia de Václav Havel

El pasado fin de semana el diario austriaco Die Presse publicaba un artículo de Václav Havel, el conocido y prestigioso dramaturgo y escritor que fue primero importante disidente, en los tiempos oprobiosos del Telón de Acero, y luego último presidente de Checoslovaquia y primer presidente de la República Checa. Alguien con autoridad moral y experiencia bastante para merecer atención y que se tomen en serio sus palabras.
El título (Demokratie droht zu verkümmern) se puede traducir como "La democracia amenazada de atrofia" o, más libremente, "La democracia en decadencia".
Entresaco y traduzco, un tanto libremente, sólo dos párrafos muy significativos y que ayudan a reflexionar sobre cómo es la situación y qué nos estamos jugando todos.
"La democracia europea está amenazada por otro sutil peligro. Podemos perder sin darnos cuenta, o incluso con plena voluntad, nuestras libertades ciudadanas y, en últimas, también el funcionamiento del sistema político, como consecuencia de que no seamos capaces de proseguir el permanente diálogo propio de una sociedad abierta, y de que resignadamente renunciemos a hacer valer nuestros derechos ciudadanos. Ya muy pronto podrían hacerse sitio y consolidarse estructuras políticas, económicas y mediáticas muy difícilmente vencibles, y todo ello al margen del hecho de que hacia el exterior sigan funcionando las instituciones democráticas, incluyendo la celebración de elecciones periódicas".
"El ciudadano puede verse a sí mismo y quedar reducido a mero consumidor. Bajo la influencia de la propaganda, el marketing, los reality shows y el bombardeo continuo de entretenimiento, una parte de la sociedad acepta gustosa la idea de que la política es como una oferta más en el supermercado, y las exigencia de derechos ciudadanos queda reducida a la de protección en tanto que consumidor. El precio de la gasolina o el fútbol son con mucho las noticias a las que se presta más atención. La defensa de los valores fundamentales de la democracia, sin los que posiblemente no podríamos disfrutar ni de la gasolina ni del fútbol, queda degradada a la condición de asunto extravagante. Pero una democracia que funcione no puede sobrevivir sin una sociedad ciudadana abierta, y las estructuras políticas se atrofian también sin esa ciudadanía".

Diccionario de bobaditas ZPG. 2

Allá por el 29 de diciembre pasado colocaba un servidor aquí la propuesta de ir elaborando un diccionario del lenguaje ZPG, que recogiera, por tanto, las palabras que nuestro Presidente redefine, cual Groucho Marx redivivo. Por eso estamos atentos también a esa doctrina emergente, que podría denominarse grouchomarxismo. Todo un hito intelectual y revolucionario.
Aquel 29 de diciembre tuvimos la primera entrada del diccionario. Hoy viene la segunda. Vamos allá.
Según contaba ayer El Mundo, ZP ha forjado una nueva y muy rupturista noción de democracia. Es ésta, en sus mismísimas palabras:
"Eso es la democracia, hacer compatibles sentimientos y convicciones a través del entendimiento".
Genial. Somos demócratas mucho más a menudo de lo que pensábamos. Que a usted le gusta una mujer (o un hombre) y a un amigo suyo le gusta la misma (o el mismo). Bien, lo hablan y se ponen de acuerdo para un trío, convencidos de que así lo van a pasar mejor y de que no se van a doler los sentimientos de nadie. Pues eso es un ejercicio pleno de la democracia, según la definición antevista.
Otro ejemplo: un señor o señora se va de prostitutas o prostitutos. El/la cliente siente que tiene ganas de un desahoguillo y la trabajadora (o el trabajador; qué líos me armo por ser políticamente correcto) de la cosa siente que necesita un poco de dinero. Ambos se hablan y concluyen que los respectivos sentimientos y convicciones son concordes y se complementan. Ponen manos a la obra y, oh magia, la democracia resplandece en su pactado meneo.
Florece la nueva democracia a nuestro alrededor. Como en las negociaciones en curso, tan próximas a algún ejemplo de éstos.
Ni democracia participativa, ni democracia representativa, ni nada de nada: democracia sentimental. En cuanto le pongamos música tendremos un bolero precioso.

Hagamos ahora una propuesta que le puede venir bien al Presidente en un próximo discurso. Definamos negociación, por ejemplo:
Negociación = ríspido conventículo de adánicos almorávides.
Queda bonito, ¿verdad? Suena igual de bien que lo de ZP (o mejor, qué diablos), tiene la misma dosis de significado, es práctico y sirve para lo mismo que lo suyo: para gastarle bromas a la gente y tal, para vacilarle al personal. Mola.
(Continuará)

10 enero, 2006

¿Me falla el sentido común o es de cajón que nos chulean?

Acabo de escuchar en la radio estas dos cosas, por lo demás ya sabidas:
a) El Gobierno está negociando con los partidos catalanes el nuevo modelo de financiación que ha de figurar en el Estatuto.
b) El Gobierno declara que ese modelo nuevo de financiación no regirá sólo para Cataluña, sino para todas las comunidades.
Y yo me pregunto, desde la lógica democrática más elemental: si se está negociando el nuevo modelo de financiación AUTONÓMICA, ¿por qué no están presentes en la negociación todas las Autonomías? ¿Por qué lo que va a ser la pauta para Asturias o Castilla y León o Extremadura se negocia entre el Gobierno central y los partidos catalanes?
Única respuesta que se me ocurre: porque el poder del Estado se ha hecho de facto dual, bipolar, por no decir bífido: Gobierno central y gobierno catalán son los dos poderes que, al cincuenta por ciento, gobiernan y determinan autónomamente y de igual a igual el futuro de todo el territorio del Estado. Dicho de otro modo, nos están haciendo de menos a los no catalanes, tomándonos por el pito de un sereno, reglamentándonos sin consultarnos, haciendo de nuestra capa un sayo suyo, degradándonos a la condición de súbditos de tercera.
Si se negocia un régimien especial y privilegiado para Cataluña, que se diga claramente, para que podamos opinar y oponernos, si pensamos que nos perjidica a los demás.
Si se negocia con Cataluña el régimen común para todos nosotros, tenemos el mismo derecho que los catalanes a sentarnos en esa mesa y pronunciarnos en igualdad.

Al fin en el PSOE se oyen voces críticas. Un documento importante

Parece que en el PSOE se va cayendo el ominoso muro de silencio y sumisión y que ya aparecen cargos públicos importantes de ese partido que se animan a decir lo que piensan ellos y, seguramente, la mayoría de la militancia. Ayer hablaron con rotundidad Joaquín Leguina y Paco Vázquez.
Hoy llega a mis manos, vía correo electrónico, un documento muy crítico con el Estatuto catalán y con las actitudes del PSC. Me lo envía un gran amigo al que le llega de un muy destacado y conocido miembro del PSOE. La consigna es difundirlo. Veo la lista de personas a las que se ha enviado inicialmente y son casi todos personajes, cargos y muy destacados militantes y simpatizantes del partido socialista en una determinada comunidad autónoma. A ese importante socialista que lo difunde así se lo habría mandado directamente el autor del escrito, que es, a su vez, un muy destacado y conocido personaje del mismo partido.
La vía por la que recibo tal documento me hace creer seriamente en su autenticidad. El hecho de que su autor originario no lo haya publicado en ningún medio de comunicación (al menos eso me indica google en este momento) me hace pensar que tal vez pretende sólo una difusión limitada. Pero el caso es que el documento va firmado con el nombre de su autor y que todas las piezas parece que encajan bien.
Así que me armo de arrestos y lo voy a trascribir aquí íntegramente. Supongo que con ello contribuyo, en la medida modesta de mis posibilidades, a esa difusión que, al parecer, se quiere dar al documento. No me animo por el momento a revelar el nombre del autor, pues no me consta que éste lo desee y temo propasarme. Espero que, si la cosa trasciende, no se moleste ni porque dé espacio a sus ideas ni porque omita, por pura prudencia, su nombre.
No quiero, en fin, dejar de mencionar expresamente mi sincera admiración por su valentía y por la calidad de su análisis. Hace tiempo que somos muchísimos los que pensamos que ser de izquierda no tiene nada que ver con profesar creencias parareligiosas en supuestas entidades nacionales llenas de derechos e intolerancias, y que cuán extraña es esa izquierda que se complace tanto de ir de la mano de políticos ultrareaccionarios, represores y cuasiracistas.
Sin más comentarios, este es el escrito al que me vengo refiriendo:

PLURAL Y PASCUAL
Manuela de Madre, nacida en Huelva, ex – alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet, diputada del PSC en el actual Parlamento de Cataluña y paradigma de inmigrante “integrada”, se quejaba hace unos días de que los “intelectuales españoles de izquierdas” estuvieran callados y no acudieran presurosos en defensa del Estatuto que ha presentado el Parlamento catalán ante las Cortes. Uno no sabe si la señora De Madre, al decir estas cosas, realiza un ejercicio de cinismo o, simplemente, ignora lo que significan esas dos palabras: “intelectual” e “Izquierda”. Porque, lo diré de una vez, al Estatuto de Cataluña le sienta el adjetivo “de izquierdas” lo mismo que a un Cristo dos pistolas.
Si los intelectuales “de izquierda” guardan silencio es porque no pueden apoyar un texto tan decepcionante y tampoco quieren unir sus voces a las de quienes ponen más énfasis en el rechazo, es decir, a las voces de la derecha no nacionalista. Porque la derecha nacionalista sí que apoya el proyecto de Estatuto –conviene recordarlo, no vaya a ser que este pequeño matiz se le haya pasado por alto a la señora De Madre-.
Enredarnos en elucidar qué significa hoy, en la teoría y en la práctica, la palabra izquierda puede resultar complicado y hasta tedioso, pero sí puede llegarse fácilmente a decidir lo que no es de izquierdas. Es decir, aquello que bajo ningún concepto se puede inscribir en la tradición ni en el pensamiento de la izquierda. Por ejemplo, ninguna izquierda se ha echado jamás en brazos de concepciones identitarias como las que rezuman por los cuatro costados del Estatuto.
Algunas izquierdas han defendido, y defienden, una concepción federal del Estado, pero el tan citado Estatuto reniega del Estado Federal. El Estatuto no responde siquiera a una concepción confederal del Estado. La concepción política acerca del Estado que subyace en el texto del Estatuto es, simplemente, un disparate. El disparate de la bilateralidad, que responde a la más rancia tradición catalanista y se puede resumir en una frase tan castiza como certera: “Lo mío, mío y lo tuyo, a pachas”. Mandar en exclusiva en Cataluña y, también, mandar en Madrid. Ése es el modelo que propone el Estatuto. Desde la discusión decimonónica acerca de los aranceles (altos para los textiles ingleses a fin de mantener el mercado español en manos de la producción textil catalana) hasta la discusión de la Constitución (1978) o el vigente Estatuto (1979), la actitud política del catalanismo respecto del Estado apenas ha variado, aunque, eso sí, ha tenido distintos nombres; Prat de la Riba, Cambó, Maciá... Pujol.
Lo que sí resulta original y novedoso es que un partido, que se hace llamar socialista, que nutre una gran parte de sus urnas con votos de gente de origen inmigrante, se haya subido con increíble entusiasmo a ese viejo carro identitario y ventajista. Actitud que no se entiende aquí, pero que tampoco se entiende en Cataluña. Y no es sólo ni principalmente una cuestión de dinero, de competencias o de financiación, es mucho más grave. Es la desconfianza –que cualquier lector del nuevo Estatuto no puede dejar de percibir- respecto al Estado Democrático y el desprecio hacia España como concepto y como sociedad. Hacia el Estado y la España democráticos que hunden sus raíces en la Ilustración y en el mejor liberalismo, la España que se perdió con la II República y que renació tras la Dictadura. Una España por la que han luchado y empujado muchos catalanes, aquéllos que en los años setenta reclamaban una nueva Constitución y el Estatuto de 1932.
Pero ¿qué ha pasado aquí? Si hubo un acuerdo en 1932 mediante el cual Cataluña se constituía en región autónoma dentro de la República, ¿ por qué andamos ahora discutiendo si Cataluña es o no es una Nación? Desde luego, han pasado setenta y tres años y, de ellos, treinta seis bajo una dictadura. Años en los cuales la sociedad catalana se ha transformado, entre otras cosas, bajo el impulso de una enorme inmigración procedente del resto de España. ¿Son estos catalanes castellanohablantes y sus hijos los que reclaman como reivindicación inaplazable que Cataluña sea considerada una nación? ¿Son ellos los que apoyan la inmersión lingüística y la obligatoriedad del catalán? ¿Son ellos los encargados de prohibir que en el Parlamento de Cataluña se pueda hablar en castellano? No lo creo. Es mucho más razonable pensar que, simplemente, son ellos los que se han quedado sin representación política en el Parlamento catalán. Son ellos los traicionados en su pensamiento y en sus intereses, diga lo que diga al respecto doña Manuela de Madre.
Tampoco pertenece a ninguna tradición progresista este asunto de “la España plural”. Porque, vamos a ver, sostener que España es plural o es una obviedad –porque toda sociedad democrática es plural- o bien con lo de la “España plural” se quiere decir otra cosa absolutamente inaceptable. Una interpretación según la cual la palabra “plural” es equivalente a “desmontable”.
Nadie debe engañarse: cuando Rodríguez Zapatero predica la España plural, he de confesar que yo no sé qué quiere decir Zapatero, pero lo que entienden los nacionalistas y catalanistas no es que España es una sociedad abierta, democrática, pluralista, no. Lo que entienden es que España es un conglomerado heterogéneo, una suma de “naciones” y regiones, un puzzle informe en el que las piezas son las únicas que tienen vida propia, vida de la que carece el conjunto. Desde la izquierda, desde ese pensamiento y esa tradición se puede admitir que España es plural si, y sólo si, se añade que Cataluña, Euskadi, Galicia... son también plurales, que no son entes homogéneos ni uniformes, que son plurales como cualquier sociedad democrática. En este campo, a mi juicio, el asunto del Estatuto catalán ha puesto de manifiesto un gran malentendido, una grave confusión, que afecta, sobre todo, a los socialistas. Me intentaré explicar.
Los dirigentes actuales del socialismo catalán nos han repetido muchas veces que ellos no son nacionalistas, sino catalanistas, y todo el mundo pareció quedarse tranquilo con una explicación tan etérea como difusa. En cualquier caso, y visto lo visto, puede sostenerse que las diferencias entre catalanismo y nacionalismo se reducen a una: los nacionalistas dicen querer independizarse de España. Los catalanistas, por el contrario, pretenden colonizarla. Es difícil aceptar que la mayor parte de los votantes del PSC pueda apoyar ninguna de las dos cosas, ni la independencia ni la colonización.
Ya con ocasión del debate acerca del Estatuto catalán durante la II República, Ortega, que era entonces diputado, dijo en las Cortes que con los nacionalismos periféricos teníamos que aprender a convivir. Pero convivir no significa que –de los dos convivientes- sea sólo uno de ellos el que tenga que ceder permanentemente, mientras el otro se dedica a denunciar cualquier acuerdo al día siguiente de haberlo suscrito (“El nuevo Estatuto es sólo un paso más hacia la independencia”, dijo Carod Rovira el mismo día de la aprobación en el parlamento de Cataluña). Y es eso lo que se ha venido haciendo, ceder, y en ello ha jugado un papel decisivo el sistema electoral, que ha demostrado sobradamente sus perversiones y ente ellas no es la menor, sino la mayor, la que nuestro sistema electoral produzca, inexorablemente, cuando no hay mayorías absolutas, la dependencia gubernamental no de otros grupos cualesquiera, sino de los grupos políticos que obtienen sus escaños en un reducido número de circunscripciones. Lo cual conduce a un peso desmedido de los nacionalismos a la hora de la toma de decisiones políticas, que no se compadece, ni de lejos, con el número de votos obtenidos por ellos en las urnas.
De las cesiones que el Estado ha permitido durante los últimos años es, a mi juicio, la más grave aquélla que atañe al uso de la lengua. Me refiero al ninguneo del artículo 3 de la Constitución. La lengua “propia” usada en Cataluña como muro para excluir a los foráneos y asegurarse el privilegio.
Durante el franquismo, la lengua catalana fue expulsada del foro público, reduciéndose su uso al ámbito privado, lo cual resultaba intolerable, pero hoy –y más si el Estatuto sale adelante en los términos actuales- es el castellano el expulsado del foro público y su uso reducido al ámbito privado, lo cual resulta, se pongan como se pongan los catalanistas y los nacionalistas, igualmente intolerable, además de inconstitucional.
En estas condiciones y ante esa deriva repetidamente constatada resulta sorprendente que un partido de ámbito nacional, que, además, está en el Gobierno, como es el PSOE, haya abierto el melón territorial, ofreciendo una nueva ronda de “más café para todos”. La cosa comenzó en Santillana con unos acuerdos más bien light y ambiguos, que se interpretaron como un aval a Pascual Maragall para que éste ofreciera la posibilidad de un nuevo Estatuto para ganar las elecciones en Cataluña (2003). Victoria que se daba por descontada, teniendo en cuenta que Convergencia i Unió no contaba con Pujol y sí con un desgaste notable tras casi treinta años gobernando la Generalidad. Pero las elecciones catalanas (2003) no le fueron propicias al PSC, pues obtuvo menos diputados que CiU, es decir, que perdió las elecciones y si formó Gobierno fue gracias a que una Esquerra Republicana, acrecida en votos y en escaños, decidió cambiar de caballo: abandonar CiU e irse con Maragall. Los actuales dirigentes del PSOE, que apoyaron la formación del tripartito en Cataluña, decidieron entonces abrir todavía más el melón y presentarse a las elecciones generales (2004) con la “España plural” como bandera. Quizá pensaron que la cosa se quedaría en palabras, pues la probabilidad de ganar aquellas elecciones no era muy alta, pero la política es tan esquiva como caprichosa y el 14 de marzo de 2004 el PSOE obtuvo más votos y más escaños que el PP y a Rodríguez Zapatero no le fue difícil formar Gobierno, eso sí, con el mismo apoyo que tenía Maragall en Barcelona, es decir, el apoyo de ERC. Pero, a mi juicio, no es esa compañía de Esquerra Republicana la que explica el lío actual del Estatuto, sino que han sido las iniciativas y decisiones de Maragall y de Zapatero.
En efecto, no fue ERC quien impuso el invento de la España plural, ni quien le obligó a decir a Zapatero: “Apoyaré en las Cortes el texto del Estatuto que salga del Parlamento catalán”, tampoco fueron los republicanos catalanes quienes llamaron a Artur Mas y se entrevistaron con él en la Moncloa para que CiU apoyara el Estatuto cuando el proyecto ya estaba, prácticamente, embarrancado en el Parlamento catalán. La dirección del PSC y la del PSOE no han hecho nada para frenar el proceso estatutario. Todo lo contrario, Maragall y Rodríguez Zapatero han hecho cuanto han podido para empujar el proyecto. Ambos son sus grandes impulsores y, por lo tanto, los grandes responsables de lo que vaya a ser el producto final.
¿Qué producto final? El que salga aprobado en las Cortes Españolas y que, con toda probabilidad, no contará con los votos del PP, es decir, que se harán oídos sordos a la representación de diez millones de electores. Puestas así las cosas, el debate y la negociación finales volverán a tener los mismos protagonistas: los nacionalistas y el PSC por un lado y el PSOE por el otro. Un proyecto, el que se va a discutir, que cuenta, además, con el rechazo de la inmensa mayoría de los afiliados al PSOE.
La dirección actual del PSOE viene afirmando que el texto final cabrá en la Constitución... mientras que los nacionalistas y Maragall amenazan con retirar de las Cortes el proyecto si se tocan en él algunos asuntos relevantes. Pero son, precisamente, esos asuntos relevantes los que chocan estrepitosamente con la Constitución.
Mas, sea como sea, el debate acerca de cómo convertir el texto actual en constitucional es otro falso debate, un señuelo que pretende llevar el agua al terreno de los técnicos en constitucionalismo y “despolitizar” la discusión. Una misión imposible porque el debate es político y se trata de saber, en primer lugar, si el texto nacional-catalanista es o no es democrático y, desde luego, no lo es. Y no lo es porque pretende decidir sobre asuntos que no le corresponden. No lo es porque hace mangas y capirotes de la multilateralidad, concepto intrínseco a cualquier Estado compuesto (federal o de otro tipo). No lo es porque su sistema de financiación, caso de generalizarse, simplemente, haría desaparecer el Estado. No lo es, porque pretende crear catalanes de primera (los que hablan la lengua propia) y catalanes de segunda. No lo es porque –como dijo en privado un líder de Izquierda Unida- “no estamos ante un proyecto de Ley, sino ante un acta de rendición”. Ése es el gran problema que está detrás de este maldito embrollo.

09 enero, 2006

Sobre el arte de conversar

A medida que, al parecer, avanza esto que llamamos civilización, los seres humanos desarrollamos unas habilidades y perdemos otras. Es comprensible. En esta sociedad de la información y la cibernética, los hijos de los hoy cuarentones se mueven ya con soltura inverosímil en los arcanos, para nosotros misteriosos, del sofware y el hardware y cosas así. Al tiempo, ya ninguno de mis descendientes sabrá nunca algunas cosas que yo de pequeño aprendí: ordeñar vacas, uncir la yunta, segar con guadaña o manejar el hacha con maña de leñador. Es natural. Así evolucionan los tiempos y mutan las necesidades.
Sin embargo, observo que se está perdiendo una destreza que se me antoja aún muy necesaria, cual es la de saber conversar. Dicen los más variados especialistas que la conversación es trámite que alivia el alma de pesadumbres, terapia que aligera las dolencias de nuestra psique, procedimiento para tejer sociedad civil y organizar la ayuda mutua, civilizado modo de agenciarse compañía para el juego erótico, base firme para la amistad, la simpatía, la solidaridad y la concordia, y tantas otras cosas. Pues como si nada. Hoy en día verse en una buena conversación es más difícil que acertar con el cupón premiado de la ONCE. Diríase que conversar sigue resultando necesario, angustiosamente necesario, pero que no hay manera.
A lo mejor una de las razones de que no se converse es la ansiedad conversadora, precisamente. Andamos todos muy desasistidos de gentes dispuestas a escucharnos y a ponderar con mínima atención nuestras historias y argumentos. Así que en cuanto uno se tropieza con un conocido y le dice buenas tardes, qué tal estás, recibe una avalancha incontenible de palabras, es literalmente ametrallado, atropellado por la locuacidad desmedida del otro. De ese otro que dice y no para, que cuenta sin cuento y sin reparar en cuánto puede interesarte a ti la minucia de si ayer desayunó un dónut o la semana pasada tuvo picores en la ingle. Todo menos date a ti la opción de decir esta boca es mía.
En esto del hablar unos con otros se va perdiendo todo asomo de prudencia o medida, hablamos como quien regurgita vocablos y frases sin control, más que contar cosas vomitamos ruido verbal como posesos. Alguna vez, mientras trataba de ponerme a buen recaudo para librarme de un ataque oral de algún amigo, he llegado a pensar que el buen hombre, o la buena mujer, necesitaba un exorcismo en toda regla. Como muñecos enloquecidos a los que se les hubiera averiado la cuerda y siguieran y siguieran largando sin fin, conejitos de duracel que se gastan en labia energías infinitas.
A lo mejor estoy exagerando y el problema está en mí, tocado de hipersensibilidad o impaciencia crónica. Pero medite el amigo lector sobre si no le ocurre también a él con demasiada frecuencia alguna cosa como éstas que voy a poner de ejemplos bien representativos y comunes.
Vas a donde un conocido o amigo al que tienes que comunicarle algo importante o urgente. Puede ser incluso algo que para ti es muy relevante o que te afecta grandemente. Por cortesía no entras a saco en el asunto y tratas de contar alguna liviana cosa o de preguntar cómo le va la vida. Maldita la hora. Te arrepentirás. Tu interlocutor ni por asomo se pregunta o te pregunta qué te lleva por allí o qué querrás decirle. No, da por supuesto que deseas más que nada en el mundo una larga disertación suya, pues consideras tan apasionante como él, o más, el saber en detalle qué marca de abono pone a sus geranios y cuán lozanos están esta temporada, aunque hay uno blanco que ha visto que no crece tan fuerte como los otros y posiblemente es debido a que lo compró en un vivero distinto, en el que seguramente lo criaron en tierra menos caliza, que bla, bla, bla. Sin límite, sin pausa, sin aliento, sin perdón. No importa que a ti te traigan al fresco los geranios, las plantas en general, el jardín del incontinente que te abrasa con su labia y la madre que lo fundó todo. Te ponen en el brete de actuar como un maleducado aún mayor e irte con un portazo y un mecagoentostusmuertos, o aguartar estoicamente minutos y minutos hasta que al otro le ataque la tos o le de un espasmo, única ocasión en que volverás a poder meter mínima baza y despedirte.
Y no he mencionado más que la variante suave del hemorrágico verbal, ése que no puede parar de hablar porque le faltan las plaquetas del sentido común y la consideración. Hay un especimen peor. Es el que padece la misma incontinencia, pero, para colmo, se te abalanza encima mientras habla y habla, castigándote al tiempo, como con uno perfecto uno-dos de boxeador profesional, la oreja con su cháchara y la pituitaria con su aliento. No hace mucho estaba yo en un bar en compañía de unos amigos. Se me ocurrió decirle no sé qué a una mujer entre nosotrors presente. Maldita la idea, por qué lo hice. Se puso a contarme con todo detalle cómo era un puto bar de un pueblo de Albacete en el que con su marido había comido unas semanas antes una tapa de chorizo picante. Por todos los demonios, me fue explicando el color de las sillas, la decoración del mostrador, el número de parroquianos que tomaban café un sábado a las cinco, lo que costaba una caña de cerveza, a qué olían los baños, y cómo cada persona que entraba decía hola y luego pedía la consumición. Apasionante todo, y original e interesantísimo para mí, que no tengo ni puñetera intención de ir nunca a ese pueblo, ni visitar ese bar ni tomarme el jodido chorizo, pues ni el pueblo ni el bar ni el chorizo tienen absolutamente nada de particular. Diarrea verbal de trivialidades, se podría llamar la dolencia de esa amiga, trivialismo hemorrágico.
Pero, no contenta con masacrarme así con gilipolleces insustanciales, me fue arrinconando. No es que buscara nada ilícito ni que hubiera ningún matiz erótico en la conversación, sólo faltaba. Pero por alguna extraña razón se sentía obligada a empujarme con las tetas mientras me hablaba de tan escogidos asuntos. Yo reculaba un paso y ella avanzaba otro al tiempo, cual bailarines perfectamente sincronizados. Cuando sentí que la pared me impedía todo ulterior retroceso, me encomendé a todos los santos y me rendí. Me dio tetazos, codazos, rodillazos y, cuando a los veinte minutos de perorata, le pareció que era especialmente gracioso lo que estaba contando sobre el modo de quitarle el pellejo al chorizo albaceteño, comenzó al golpearme el estómago con su mano vuelta, como diciendo ríete, hombre, no te cortes, que esto es para troncharse y a ti te veo muy tenso. Balbucí algo sobre mi necesidad de ir urgentemente a orinar, y, en lugar de dejarme paso, se puso entonces a contarme cómo en ese mismo viaje su marido se paró a mear en un área de descanso de la autopista y que entonces ella puso la radio y estaban con el programa de Luis del Olmo y... Le dije que me apetecía acercarme a la barra a pedir otra cerveza y me explicó que tiene ella una amiga llamada Pati que ahora sólo toma cervezas sin alcohol, pues leyó en una revista que... Pero no me dejó ni paso ni un metro de desenvolvimiento.
Y, me pregunto yo, ¿será lícito y moralmente admisible utilizar la violencia física en una situación así? Yo creo que sí, pero a día de hoy todavía no me he atrevido nunca; no sé, me asalta la inseguridad, pues luego igual dicen que soy un desalmado que no sabe escuchar y no atiende a los demás.
Otro ejemplo, este más breve, que ya me estoy pasando, como siempre. Está uno enfermo, con dolores grandes y molestias. Le llama por teléfono un amigo para interesarse por la marcha de la enfermedad. Uno dice albricias, qué detalle, no es tan inhumana esta sociedad. Una sensación que dura unos treinta segundos, no más, pues a menudo la conversación toma este cariz: te preguntan qué tal estás, tu respondes que bien, pero que aún te duele bastante el brazo, momento que tu interlocutor aprovecha para decirte esto: je, pues no te quejes, pues un cuñado mío el año pasado se cayó, se partió el brazo y tuvieron que operarlo de inmediato; lo que pasa que el cirujano titular se encontraba de baja y lo operó López, uno que estaba casado con aquella señora de Santovenia de la Valdoncina, sí hombre tienes que conocerlo, uno que colecciona estampitas de la virgen de los remedios y que.... Y te tiene dos horas así, con un dolor que se te va extendiendo por cada parte del cuerpo y se te hace insoportable al pasar al alma, pues entonces se llama pesimismo antropológico.
No hay forma humana de que lo escuchen a uno, y sobre todo si le va bien. ¿Ha probado usted a contar sus vacaciones? La mayoría de los conocidos te preguntan, a la vuelta del verano, y tú crees que de verdad tienen algún interés en que les cuentes qué tal estaba Mallorca o cómo se comía en Fuengirola. Ya, tururú. Inténtalo, majo. Te van a cortar a la segunda palabra y te van a colocar todo un larguísimo discurso sobre el nuevo mobiliario del bar de la esquina en el que se pasó tu interlocutor todo el verano tomando cafés y mirando la tele.
Sinceramente creo que en las escuelas debería enseñarse a conversar, a hablar los unos con los otros respetando el turno, escuchando los argumentos del interlocutor, exponiendo los propios con mesura; a no gritar, a no escupir al que te escucha, a no arrinconarlo, a respetar unas mínimas reglas de cortesía conversacional. Hasta podría ser la conversación actividad extraescolar. Siempre me troncho para mis adentros cuando veo a los padres ir cada día raudos a llevar a sus hijos a juegos de salón o a clases de karate, o de flauta travesera. Tengo amigos que siguen llevando cada día a clase de música a sus hijitos de diecinueve años. Pobres, es que si llueve se resfrían y el violín se desafina. Manda güevos. Pero si las clases fueran de conversación yo lo aplaudiría todo, hasta el transporte paterno vitalicio. Y yo acompañaría de vez en cuando a algún progenitor, por si se le había pegado algo y había manera de echar una parrafada decente, caray.

08 enero, 2006

Los militares y la Constitución

Dice el artículo 8 de la vigente Constitución: “Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”.
Así que la Constitución establece que una de las misiones de las Fuerzas Armadas es velar por el ordenamiento constitucional y, por tanto, por la Constitución en primer lugar. Eso parece fuera de discusión si ha de tener algún sentido el mencionado artículo.
Pero la cosa es mucho más complicada de lo que parece, como muestran los sucesos de estos días después de las palabras del teniente general Mena. Pues hay, creo, dos maneras muy diferentes de interpretación posible de dicha obligación de las fuerzas armadas. Según la primera interpretación posible, las Fuerzas Armadas son el instrumento de que dispone el poder político legítimamente constituido (el Parlamento y el Gobierno) para defender el orden constitucional cuando dicho poder político lo considere en peligro o vulnerado. Carecería, pues, el mando militar de toda autonomía a la hora de dictaminar cuándo y cómo debe actuar en defensa de la Constitución, por grande que fuera el peligro que ésta corriera en opinión de los mandos de los ejércitos.
Creo que esta es la visión única que puede justificar las sanciones al teniente general Mena y la actitud del Ministerio de Defensa. Tiene esta interpretación una ventaja y un inconveniente, ambos notables. La ventaja es que el juicio sobre qué peligros para la Constitución no deben soportarse y cuándo deben actuar las armas se sustrae a los militares, que son personas cuya preparación profesional para la guerra es máxima, pues esa es la misión que los justifica, pero que ni tienen por qué poseer la mejor capacidad de juicio político ni, sobre todo, gozan legitimidad democrática y constitucional para elevar sus juicios y apreciaciones por encima de los órganos que basan su poder, en última instancia, en la soberanía popular: Gobierno y Parlamento.
Decíamos que hay también una desventaja de ese punto de vista, que es la siguiente. Si un Gobierno, poseedor de apoyos parlamentarios suficientes, decide poner en marcha toda una serie de medidas legales y políticas que clarísimamente desvirtúen la Constitución y los derechos en ella consagrados, los ciudadanos quedamos inermes y vemos cómo la Constitución se licúa o se disuelve a manos de una mayoría que pueda, por ejemplo, ser coyuntural o interesadamente enemiga de dicha suprema norma, por las razones que sean. Verdad es que la garantía jurídica de la integridad constitucional corresponde al Tribunal Constitucional. Pero pongamos que este órgano, de resultas de sucesivas reformas de su legislación reguladora tendentes a domesticarlo y someterlo a los dictados gubernamentales, se hubiera convertido en fiel secuaz de los designios anticonstitucionales de la mayoría gobernante. Según la interpretación que estamos comentando, ni aun así los militares estarían legitimados ni constitucionalmente habilitados para tomar por su cuenta y al margen del Gobierno ninguna medida defensiva de la Constitución.
Llegados a ese punto, habría que preguntarse si preferimos asumir el riesgo de muerte de la Constitución antes que permitir que el ejército obre por su cuenta en su defensa. Cada uno verá ahí cuáles son sus preferencias. Un servidor se aventura a decir que se inclina más por esta opción, pero con un matiz, que es éste: en última instancia, la responsabilidad última de lo que ocurra y de que se toleren o no los manejos del poder radica en la sociedad. Ante un gobierno o una mayoría como la que hipotéticamente acabamos de describir, es la sociedad civil la que debe alzarse y resistir. La revolución social en defensa de la Constitución y sus valores y garantías es preferible al golpe de Estado militar, por mucho que este se quiera golpe de Estado superconstitucional. Seguramente no es fácil contar con una sociedad suficientemente ilustrada y valiente para eso, y más en los tiempos que corren. Pero ¿acaso es más esperable que el paternalismo militar devuelva a la sociedad sus derechos sin merma ni peligro mayor?
La otra manera de entender el referido artículo 8 de la Constitución consistiría en atribuir a las Fuerzas Armadas la condición de garantes últimos y autónomos del orden constitucional, una especie de última instancia fáctica a la que, al tiempo, la propia Constitución habilitaría y legitimaría para levantarse contra los demás órganos constitucionales, si se estima que éstos violan gravemente la norma jurídica suprema.
Nuevamente, esta interpretación alternativa tiene una ventaja y un inconveniente. La ventaja, ver a la Constitución protegiéndose directamente mediante su propia apelación a la fuerza y previniéndose, por tanto, ante las posibles deslealtades graves o traiciones al orden constitucional de un gobierno constitucionalmente constituido, que quisiera, pongamos por caso, tergiversar la norma constitucional para ponerla a su exclusivo servicio. Pero la desventaja o el temor van en el mismo lote: ¿por qué creer que los militares – sus mandos supremos, en realidad- van a ser por definición más constitucionalistas y leales que los políticos que gobiernan por delegación popular? ¿Acaso no cabe que los militares confundan sus ideas políticas o morales con la Constitución y que se sientan, sin más, llamados a imponerlas en nombre de ésta? Una Constitución inerme o una Constitución bajo las armas. Esas son las alternativas; que cada cual elija. Yo prefiero fiar la defensa de la Constitución al pueblo, aunque se me tache de ingenuo o desenfocado idealista. Y por eso, en momentos como este en que me parece que los supremos valores constitucionales corren más de un peligro, y no sólo en materia de organización territorial del Estado, debemos los ciudadanos comprometidos y responsables alzar la voz, movernos, protestar. No fiarlo todo, cual menores de edad, ni a la suerte ni al primo de Zumosol.

07 enero, 2006

MILITARES

Hoy voy a esmerarme en ser preciso y en expresar con rigor y sin exageración lo que pienso. Me importa mucho que no se confundan ni mis palabras ni mis intenciones. Otras veces exagero a posta, movido por el placer de ser políticamente incorrecto y de escandalizar un poco a los progres pacatos que tienen su horizonte máximo en Babelia y Gabilondo. El sonrojo de un progre al oír a una persona libre decir “caca” o “culo” es perfectamente parangonable al de aquellas doncellas decimonónicas que con fingido rubor replicaban al galán insinuante aquello de “qué cosas tiene usted, no me diga eso, que soy una señorita”. Pero hoy no está la cosa para bromas ni excesos, así que me contengo y mido mis palabras todo lo que me sea posible.
Va la cosa sobre las frases que pronunció ayer el teniente general Mena. Y lo que con más rotundidad quiero manifestar es que la autoridad política que gobierna sobre los militares no debe tolerar tales palabras y que el mencionado teniente general debe ser inmediatamente cesado, tal como parece que está ocurriendo mientras escribo estas líneas. Esto lo pienso así, radicalmente.
Si alguien me pregunta por las razones de esa postura que mantengo, seré más honesto si en lugar de motivos puramente racionales alego sentimientos, pasiones casi, preferencias personales. Pues si se me pone en el brete de elegir entre una España unida bajo la férula militar o ser miembro de un Estado federal, confederal o compuesto de lo que reste después de que se hayan ido de una puñetera vez todos los que amagan con irse si no les damos gusto con aplicación, mucha saliva y a ojos cerrados, sin duda escojo lo segundo. En otras palabras, los Carod, Mas, Ibarretxe, Ternera, Maragall y De Madre me caen como una patada en esa parte que los políticamente correctos no tienen salvo para casarse por vías nuevas, y la base de tan negativo sentimiento es mi rechazo visceral al tribalismo reaccionario y a ese chantaje de niñatos consentidos y maleducados. Y por eso he escrito ya tantas veces que voto sin pestañear, votaría si me dieran ocasión, por vivir en un Estado en el que esos sujetos no estén dando la matraca todo el día, cual venales plañideras. No soy partidario de que Catalunya y Euzkadi conquisten su autodeterminación, no; soy absolutamente defensor de que les regalemos la independencia los que queremos librarnos de ellos y vivir tranquilos y en paz sin tener que rascarnos a todas horas ese sarpullido en salva sea la parte patria.
Pero, con todo y con eso, más temor, rechazo y prevención me provoca ver asomar las facciones amenazadoras de los militares. Franco murió cuando yo tenía diecisiete años. No quiero, bajo ningún concepto, volver a vivir en un país sometido a la bota militar y al particular sentido moral y político de los mandos castrenses. Ni aunque caigan chuzos de punta. Ni aunque se acabe España y se haga seglar la virgen de Covadonga.
Supongo que he dejado mis ideas y sentimientos suficientemente claros para que se entienda rectamente lo que ahora voy a decir. Que es esto:
1. Quién carajo ha despertado en este país en los últimos tiempos a los fantasmas dormidos. Quién ha roto el famoso consenso constitucional. Quién ha redefinido las reglas del juego político, quién ha corrido los límites que, para bien o para mal, estaban trazados y eran respetados. Quién ha entrado en el gobierno del Estado como un elefante en una cacharrería. Quién viene dando la impresión de que no hay más límite a la forma de Estado y a las reglas de la convivencia que los que marque el poder establecido y los que convengan a la coyuntural mecánica de mayorías y minorías. Quién tiene la culpa de que en estos instantes no haya maldita manera de saber quién manda a fin de cuentas en este Estado y bajo qué normas vamos a convivir aquí mañana. A servidor la respuesta le parece más que obvia: ZP y sus mariachis. Con el auxilio inestimable de un PP que tiene más contradicciones internas y más oscuridad mental que un psicoanalista argentino metido a proxeneta. Acción y reacción, Zapatero y Acebes son exactamente las dos caras de la misma moneda, dos fanáticos enardecidos que se necesitan mutuamente como alimento y pseudojustificación del respectivo discurso. En tiempos de Felipe González los militares ya no asomaban la nariz, ni se les ocurría; en tiempos de Aznar, tampoco. Se sienten algunos llamados ahora porque han visto que esto es una tómbola, ton-ton-tómbola de luz y de color, y les tienta comprar unos boletos a ver si les toca a ellos la muñeca chochona. No se puede consentir que apuesten en esta timba que es el Estado, pues juegan con nuestra libertad. Pero a los que han convertido el Estado en una feria hay que darles lo suyo también; y es mucho. Lo de unos no justifica lo de los otros, ni a la inversa. Pero ya verán qué bien les ha venido a los zapateristas y a sus rentistas la salida del tiesto del tal Mena; al tiempo. Y verán cuánto tarda el siguiente militar en reaccionar ante esa reacción. Hay que parar esa espiral a toda costa, pero no sé quién diablos lo va a hacer ni cómo.
2. No sería raro que algún militar piense así, con esta secuencia: a) la forma u organización del Estado no debe depender de lo que éste ceda a o negocie con los que lo amenazan con las armas; b) este Estado está negociando su forma y organización futura con los etarras que lo amenazan con las armas; c) si este Estado negocia su esencia con los que tienen armas, nosotros también las tenemos; d) amenacemos nosotros con nuestras armas para que se nos tome al menos tan en cuenta como a los otros que amenazan con las suyas.
¿Justifica esto a los militares? No, no y no. Pero muestra que no son el único peligro armado que nos condiciona radicalmente. Y muestra que este gobierno teme a los que lo amenazan con las armas. Así que la firmeza que no lo sea frente a las dos amenazas ni es firmeza verdadera ni tiene mínima traza de justicia.
3. El teniente general Mena ha dicho ayer lo mismo que viene repitiendo sin descanso su ministro Bono. Lo mismito en el fondo, y casi en la forma: unidad de España como bien innegociable y el ejército como garante del mismo. La única diferencia es que Bono lo dice en abstracto y como de mentirijilla y el alto militar lo ha dicho a propósito de un caso concreto y acuciante para el que crea de verdad (no es mi caso, ya lo he dicho) en la indiscutible unidad de la nación española.
Basta tirar de hemeroteca. Aun a riesgo de alargar esto más de lo soportable, me permito entresacar algunos párrafos de noticias recientes sobre la materia:
El País, 21 de diciembre de 2004.
Sin perder la sonrisa, el ministro de Defensa, José Bono, recordó ayer al portavoz del PNV en el Senado, Iñaki Anasagasti, que el artículo 8 de la Constitución encomienda a las Fuerzas Armadas garantizar "la soberanía, independencia, integridad territorial de España y su ordenamiento constitucional". El mismo día en que el Parlamento vasco daba luz verde en comisión al plan Ibarretxe, Bono advirtió a Anasagasti: "La modificación de la Constitución tiene sus trámites y no cumplirlos es no respetar la voluntad de los españoles. Y eso no está bien".
El País, 10 de septiembre de 2005:
El ministro de Defensa, José Bono, apeló ayer a la unidad de España durante el homenaje que el Gobierno central y la Casa Asia rindieron a los 33 supervivientes del sitio a la iglesia filipina de Baler, que en junio de 1898 se negaron a creer que había finalizado la guerra española en el archipiélago y siguieron con su particular batalla durante 337 días. Bono alabó la resistencia de estos soldados y afirmó que evoca "un sentimiento muy actual, el de España", que él no entiende como "madrastra", sino como "madre" que garantiza la "solidaridad, la igualdad y la justicia".
ABC, 27 de diciembre de 2005, con ocasión de la visita a los militares españoles en “Base España”, en Kosovo:
A pocas horas de que venza en el Congreso el plazo para la presentación de enmiendas al proyecto de Estatuto para Cataluña, el ministro habló de la unidad de España y tuvo palabras de elogio para las tropas desplegadas en Kosovo porque, además del importante trabajo que allí desarrollan, han exportado con el uniforme del Ejército y con los colores de la bandera española lo que España, dijo, representa: «Igualdad, justicia y unión, unión de todos los españoles» (..) .Al término de su discurso, Bono se refirió a España y su vocación de «permanencia». «Porque España no es sólo montañas, ríos, la geografía... Sobre todo, España son los españoles, y por eso tiene esa vocación de permanencia que le damos todos aquellos que la queremos».

La Libertad Digital, 6 de enero de 2005, ¡con ocasión de la anterior Pascua Militar!:
Bono, en su discurso durante el acto de celebración de la Pascua Militar, defendió el reconocimiento de la Constitución por parte del Ejército y proclamó que "defender la nación es garantizar la igualdad de todos los españoles". En nombre de los militares y guardias civiles, Bono felicitó la Pascua al Rey con el lema "más libertad, menos fronteras entre nosotros, más solidaridad y más Constitución, es decir, más España". (...) El titular de Defensa consideró "relevante" recordar que España es una de las naciones más antiguas del planeta en la que no ha existido "derecho alguno para que un ciudadano sea más que otro" por lo que, añadió, "para el futuro, más que identidades culturales o históricas queremos proyectos solidarios"."Nos conforta saber que, constitucionalmente, la afirmación de una parte no supondrá nunca la negación del conjunto. Por eso, ningún territorio podrá tener proyectos que rompan la voluntad soberana de todos los españoles", recalcó. Bono expresó su satisfacción por que los militares españoles no se sientan "apátridas" sino "hijos de una España que es veterana y solidaria", en la que su trabajo en la defensa de la nación consiste en "garantizar la igualdad de todos los españoles".
Fin de las citas. Pero podríamos recoger muchas más idéntico calibre.
O sea: si el jefe del ejército de tierra repite en su discurso las mismas ideas que viene proclamando, de cuartel en cuartel, su Ministro de Defensa, es decir, su superior máximo, incurre en falta, deslealtad e inconveniencia, y debe ser cesado. Eso se llama ley del embudo, tal cual. Así que los que estamos contra las manifestaciones del teniente general Mena deberíamos pedir de inmediato el cese fulminante del Ministro de Defensa, por inductor y autor intelectual de su falta.
¿O es que lo que nos da miedo y marca la diferencia es el pensar que el militar se cree de verdad lo que el ministro dice de mentirijilla y para metérsela doblada (perdón) a los militares? En ese caso, los militares deberían seguir callándose como les corresponde, pero algún juez podría procesar a Bono por traición. O sea, si de verdad cree que España es una y el ejército el garante de esa unidad, tiene que estar de acuerdo con el teniente general Mena; si no lo cree para nada y habla sólo para que los militares no se enteren de que la unidad se rompe, es un traidor y un felón. O un esquizofrénico necesitado de tratamiento psiquiátrico urgente.
Se dirá que Bono cree en la unidad de España, pero que no piensa que el Estatuto catalán en proyecto o que pueda salir suponga una amenaza para la misma. Muy bien, pero, entonces, ¿por qué se dedica a mencionar en sus discursos a las fuerzas armadas como garantes de tal unidad frente a la amenaza del Estatut o las políticas nacionalistas catalanas o vascas, como acabamos de ver en los párrafos entresacados hace un momento?
4. Artículo 2 de la Constitución de 1978, no derogado ni modificado a día de hoy:
La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.
Artículo 3.1 de la Constitución de 1978, no derogado ni modificado a día de hoy:
El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”.
Arículo 8.1 de la Constitución de 1978, no derogado ni modificado a día de hoy:
Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”.
El teniente general Mena ha sido tonto. ¿Por qué no se limitó a leer esos tres artículos? Quiso decir lo mismo que la Constitución y que su Ministro y éste no se lo va a tolerar. Sólo faltaba. Uno, el militar, se creyó el guión. El otro sabe perfectamente que no es más que un actor y que mañana querrá un papel importante en la nueva comedia que se está escribiendo.
Dicho todo esto, repito lo mismo con lo que empecé, añadiéndole una coda. El teniente general debe ser fulminantemente cesado, por hablar y con total independencia de que pueda, incluso, tener razón o buenas razones. Así es su oficio y así de cuidado debemos tener con los de su oficio. Pero: los que lo van a cesar son unos taimados sin principios ni rastro de honestidad intelectual o moral.
Dicho queda y a mi defensa me apresto.

06 enero, 2006

Dos buenos trabajos sobre la universidad (o lo que sea) española

Anda por la red un trabajo de Víctor Pérez-Díaz titulado "La crisis endémica de la universidad española". Muy bueno. Sin alzar la voz ni jurar en arameo (no como otros), dice suavemente y explica a conciencia verdades como puños y las razones de que la cacareada institución ni sirva para mucho ni merezca ya su pomposo nombre.
Puede verse pinchando aquí (es la web de un profesor universitario de Sevilla llamado Jesús M. Bilbao Arrese, web que tiene un buen puñado de lecturas interesantes). El artículo de Pérez-Díaz está publicado en el número 158 (diciembre de 2005) de Claves de Razón Práctica.
Quien quiera algo más largo, del mismo tono contundente y bien fundado, que disfrute del libro El mito de la autonomía universitaria, de mi buen amigo Francisco Sosa Wagner. Se puede leer un comentario del mismo pinchando aquí. También puede ver cómo se explica sobre el asunto el autor en algunas entrevistas. Pinche aquí o aquí. Para más morbo, me permito informar al lecor, con conocimiento de causa, que a muchos e importantes rectores les gustó poco el libro de Sosa Wagner. Buen indicio, hay que leerlo.
Pásalo.

Ciencia falsa y mentiras profesionales.

En El Cultural de El Mundo viene esta semana un muy interesante artículo de José Antonio López Guerrero sobre el “caso Hwang”. Ya saben, el científico coreano que falsificó los resultados de sus experimentos para apuntarse el tanto de ser el primero que conseguía clonar células humanas. Picó la prestigiosísima revista Science (y no es la primera vez...) y toda la comunidad científica mundial, que en 2004 señaló ese engaño como uno de los diez más importantes descubrimientos del año.
Ya sé que he hablado de esto aquí otras veces. Pero me apetece más. Porque uno piensa: si esto es posible en un campo científico tan exigente, con tanta competencia y tantos controles como la biología, qué estará pasando en las ciencias sociales y las humanidades, madre mía, qué estará pasando.
Póngale el lector al cóctel los siguientes ingredientes, siempre presentes en los departamentos y facultades humanísticos (¡?) y sociales de nuestra Piel de Toro (¿qué tal el eufemismo?): 1) Nadie lee casi nada de lo que se publica. 2) La gran mayoría de los/as directores/as de tesis o investigaciones pasan de todo, no controlan ni un resultado, no dan ni un consejo ni hacen el menor caso al debutante ansioso, salvo en las contadas ocasiones en que esté bueno/a o muestre especial inclinación a pasearle el perro o decirle lo guapo/a que se ha levantado esa mañana. 3) En la caquilla de revistas en que la mayoría publica o publicamos no hay ni el más mínimo control de calidad o fiabilidad y cualquiera puede ver en ellas, negro sobre blanco, auténticos despropósitos y desmanes intelectuales de tomo y lomo. 5) Los jóvenes están obligados a publicar por imperativo de acreditaciones, concursos, tramos y otras lindezas que privilegian la cantidad al peso sobre la calidad. 6) Gran parte de los dineros con los que las entidades públicas financian algo de la investigación se utilizan para perpetrar la edición de libros en los que se recogen los resultados del proyecto de turno, y, válgame la Madonna, qué resultados suele haber en esos tomos clandestinos, de ver para creer.
Es absolutamente posible y fácil que cualquier parroquiano ambicioso publique por ejemplo todo un libraco sobre “La idea del Derecho y el papel de la Justicia en Bonifacio Salsipuedes”. ¿Que quién lo publica? Una editorial a la que el autor le pone sobre la mesa tres mil euros. ¿Que de dónde sale la pasta? Pues por ejemplo del Ayuntamiento en el que nació el tal Bonifacio, institución sedienta de añadir un prócer a la lista de sus hijos señeros y que se apresurará, además, a dar su nombre al primer callejón que se haga donde antes había un bosque centenario. Y con ese libro el autor irá todo orgulloso a pedir un proyecto de investigación sobre “El pensamiento jurídico altomesetario en la premodernidad tardoabsolutista: la obra de Bonifacio Salsipuedes”. Y obtendrá un buen puñado de euros para financiarse viajes, estancias en hoteles guapos y la edición de un nuevo tomo sobre tan apasionante tema. Ese dinero lo pondrá ya, como mínimo, la Consejería de Educación de una Comunidad Autónoma, gracias a una llamada que al Consejero ha hecho un exseñador cuya esposa es prima de la actual prometida del hijo del susodicho Consejero. Y podría seguir enumerando etapas plenamente verosímiles de esa marcha triunfal del tal erudito, que va viviendo del cuento y acumulando obra al peso. Mas no puedo dejar de decirles, amables lectores, dónde está el truco: el tal Bonifacio Salsipuedes no existe ni existió nunca, es inventado. O, si existió, no escribió nada y su obra la inventa entera el investigador, por el morro. O cosas similares. Esas cosas las he visto yo mismo, con estos ojos tan poco misericordiosos. Y cada vez que he intentado denunciarlas me han mandado litaralmente al carajo las autoridades, en el mejor de los casos. Una vez escuché a uno en un congreso hacer toda una ponencia sobre la obra escrita de un ágrafo total. Para que la fiesta fuera completa faltaron sólo los acordes de "Marcial, eres el más grande".
En fin, más que extenderme en supuestos más o menos imaginarios, voy a contar algunas cosas reales. Conozco un joven catedrático que está como un cimborrio, condición que ciertamente lo ha ayudado bastante a culminar su carrera académica, pues su maestro siempre lo ha contemplado con esa simpatía con que se mira al que es aún más inútil y zopenco que uno. Pues bien, un discípulo del susodicho cantamañanas hizo un día una investigación sobre un asunto jurídico que tenía algo que ver con cuestiones de biología. Así que apareció como libro dicho trabajo con la firma del mencionado chiflado, entonces no catedrático aún. Pero hacía falta un prólogo. Se lo encargó nuestro personaje a un reputadísimo jurista, al que, por más señas, le contó que él, el autor, reunía la doble condición de doctor en Derecho y licenciado en Biología. Y el bueno del prologista se lo creyó, hasta tal punto que lo plasmó en el prólogo tal que así: un libro como éste, a mitad de camino entre la ciencia jurídica y la ciencia biológica, sólo podría hacerse por alguien que, como el autor, reúne meritoriamente ambas titulaciones. Bueno, pues ¿saben qué? Es mentira, nuestro tramposillo jamás estudió nada relacionado con la biología y no sabe distinguir una célula de una cagarrutia. Ahora bien, para tranquilidad de ustedes y fin de este pequeño relato, debo darles un dato tranquilizador: la fama de trolero y loco que con mil historias así se fue ganando nuestro eximio profesor no le impidió llegar joven y virgen a la cátedra y marcar un paquete profesoral de aquí te espero, Baldomero. Así es la vida académica. Hagan juego.
Va una última historia, por hoy, sobre el rigor científico patrio y el funcionamiento de filtros y controles. No hace mucho fui designado por el Ministerio de la Cosa para formar parte del equipo evaluador de la hornada anual de solicitudes de financiación para proyectos de investigación en materia de Derecho. El presidente de dicho comité evaluador era un catedrático catalán. Él me llamó para preguntarme si yo aceptaba la encomienda y para asegurarse de que yo no hubiera solicitado financiación para proyecto mío, pues en ese caso sería juez y parte en ese proceso evaluador que se quería objetivo. Lo tranquilicé, pues no era el caso. Fuimos haciendo los trámites pertinentes y llegó la primera reunión en Madrid. Ya me extrañó ver que el tal presidente del tema iba rodeado de una especie de corte pretoriana de sus principales evaluadores, todos catalanes como él y colegas de su misma materia la mayoría. Pero bueno. Llega el momento de sumar puntos y establecer la lista de proyectos mejor valorados. Oh, sorpresa. Se puntuaba sobre cien. El proyecto mejor calificado obtiene noventa y nueve puntos. Demonios, debe de ser buenísimo, pienso. Se da entonces el nombre de su investigador principal: el mismo presidente que nos presidía presidencialmente. El que no quería que ninguno de nosotros fuéramos juez y parte. Rediós. Lo había evaluado el amigo y colega coterráneo que se sentaba a su diestra. Rediós again. Pasamos al segundo proyecto mejor calificado, noventa y ocho puntos. Su autor es éste que se sienta a la diestra del presidente, y su calificador el presidente mismo. Todo queda en casa. Así es la Cosa. Sonny, hijo mío, tengo puestas en ti mis mejores esperanzas.
A la inmensa mayoría de los asistentes, que sin duda estábamos allí de buena fe, se nos pone cara de tontos. Nos miramos. Y hay dos que se animan a montar el pollo, al menos un poco. Una profesora castellana, conocida por sus malas pulgas y un servidor, modestamente. ¿Saben qué pasó? Nos saltó al cuello de inmediato el Director General allí presente, diciendo que parecía mentira que alguien pudiera atreverse a crear mal clima con sospechas tan torcidas e impropias. Tócate los cataplines. Se salieron con la suya todos. Nada que hacer. Le escribí una carta entre irónica y agresiva al tal Director General y me respondió que yo tenía mucha razón y que procuraría que para el año que viene no volviera a ocurrir una cosa así. Tócate los cataplines otra vez, ahora a dos manos. ¿Sería cosa del tripartito? Pues a tres manos.
Corto por hoy. Pero podría seguir contando casos verdaderos y sangrantes durante cien páginas más. Pero es así como estamos. Si el doctor Hwang fuera español (en el sentido lato de la expresión, of course) y se llevara bien con unos cuantos de los iletrados que nos gobiernan, su impostura no se habría descubierto. Y si se descubriera no dejaría por ello de recibir honores, premios y financiación para seguir su carrera delictiva con beneplácito general y homenajes en su pueblo. Porque aquí nadie es más que nadie, ¿sabe usted? Pues somos un Estado social, no como los coreanos esos, ya te digo.
Por cierto, cuando estuve en eso de los proyectos de investigación me hicieron firmar un compromiso de confidencialidad. Estoy obligado a callar todo esto que acabo de contar. Así que chitón.

PAPELES DE SALAMANCA. Por Francisco Sosa Wagner

Unos piden papeles archivados y otros la anexión de trozos de la geografía. Así empezamos a transitar por el año nuevo. Confieso que todo esto me produce mucha inquietud y voy a tratar de explicar las razones. Es preciso meditar sobre el papel, un objeto inerte que vive sosegado, sin compromiso alguno, como un recién nacido libre de cuidados, hasta que viene un ciudadano/a y lo llena de signos. Estos, los signos escritos sobre el papel, son para el pobre papel el acta de nacimiento, su incorporación al trasiego de la vida, sin posiblidad de escapatoria. Si se escribe sobre él la cuenta de resultados de una fábrica de loza irá dando tumbos entre contables; si se anota el resultado de un análisis de sangre, se verá en las manos de médicos ávidos de descifrar sus secretos; si lo que allí se inserta es una sentencia de un juez, el destino que le espera es terrible: ir de abogado en abogado, de procurador en procurador, de apelación en casación y de casación en apelación. Hasta llegar tullido y molido, inútil y olvidado, al arcón del desván de los enseres familiares. No digamos si un notario lo utiliza para acoger un testamento, sobre él se verterán lágrimas de decepción o de alegría pero en todo caso lágrimas.
Quiero decir que el papel tiene una vida azarosa, llena de peligros y de sobresaltos, y un destino trágico porque acaba casi siempre tirado y despreciado en un utensilio que se llama precisamente papelera, un lugar de desperdicios, destinado a la basura. Triste epílogo de una existencia asendereada. Para colmo de males, ahora se le permite resucitar en forma de “papel reciclado”, es decir, se le proporciona una segunda vida, tan llena de zozobras como la anterior, pero con más cansancio en el cuerpo y más resabiada pues que ya conoce el final destemplado. Es como si a nosotros, al resucitar, tal como está previsto en el Libro, nos obligaran a examinarnos de ingreso en el Bachillerato y a operarnos de apendicitis. Pues esa es la faena que se hace al papel reciclado: se le obliga a rezar de nuevo el rosario de la vida, casi siempre además recreándose en la (mala) suerte de los misterios dolorosos.
Pero, ah, lector, hay algunos papeles privilegiados que, como consecuencia de la suerte o de enigmas muy difíciles de aclarar, pueden dormir un sueño tranquilo, apacible, justo, exento de alarmas. Son los papeles que van a parar a un Archivo que guarda los arcanos de la Historia. Allí no hay reciclaje ni máquina trituradora ni papelera, allí hay quietud, respeto, mimo, cuidados gerontológicos exquisitos, tratamientos de lifting confiados a manos primorosas y amorosas. ¿Hace falta decir que el papel que acaba en el Archivo histórico es el papel envidiado por todos los papeles del mundo? “Si yo acabara en el Archivo de la guerra ...” (o de la paz, o de la marina o del ministerio) suspira todo papel, deseoso de vida eterna apacible.
Pocos lo consiguen. Pero de pronto a algunos de estos privilegiados, se les saca de su sueño fecundo, se les zarandea, y se les anuncia un viaje, pero no un viaje en un lujoso tren con ventanillas abiertas a los campos de lirios besucones o a los mares bullidores de sirenas, nada de eso, se trata de un viaje en cajas herméticas en un camión, a su vez, cerrado y sellado. El golpe ha sido definitivo y a nadie puede extrañar que, en tales circunstancias, se convierta, con toda justificación, en un ser desconfiado respecto del entorno. Se ha transformado en un alma en pena que vaga por el mundo de los recuerdos históricos, sin asideros estables, desconcertado. ¿Dónde está su archivero de cabecera? Me resisto a admitir que su zozobra sea irreversible.
Otro día hablaré del otro asunto, de las anexiones geográficas, porque ahora se me han humedecido los ojos.

05 enero, 2006

Capitalismo de pega y socialismo de cuento. O de cómo timar a los pobres fingiendo que se los ampara.

Día y medio de encierro casero con amigos. Debates intensos sobre lo humano y lo divino. Tal vez por fortuna, no todos profesores de Universidad. Con lo que nos cuenta alguno de los que se ganan la vida en otros menesteres se nos dispara la sorpresa. No es que no se sospechara cómo están las cosas, es que hasta ciertas constatacines de lo conocido resultan chocantes en grado sumo. Y dan para una reflexión medio sesuda, que resumo ahora.
Resulta que hay una derecha económica y política que invoca la lógica del mercado intocado y sus sacrosantas leyes. Oferta y demanda a palo seco, y allá cómo le vaya a cada cual con sus habilidades para comprar y vender. Si hay desigualdades sociales, no serán sino el reflejo de los dictados imparciales del mercado y la consecuencia de que el más trabajador, capaz y con cosas más apreciables para vender obtendrá mayor ventaja que el perezoso torpe que sólo sabe plañir. Abajo, pues, con las partidas del presupuesto público destinadas a dar ayuda y promoción a los que menos tienen y más sufren. Todo al mercado, casi nada al Estado. Y al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
Enfrente nos topamos una izquierda que hace bandera de la ayuda pública a los necesitados y que quiere estirar el cumplimiento de los derechos sociales. Que los que están peor dotados por la fortuna o la naturaleza o han tenido menos suerte en el reparto social de papeles y ventajas tengan asegurado un mínimo nivel de educación, sanidad, vivienda, etc. El Estado corrigiendo los resultados del mercado ciego, para que nadie tenga que morirse de hambre o frío mientras otros aumentan su capital sin cesar.
Perfecto lo de uno y lo de otros. Que hagan sus programas, nos los ofrezcan y los votemos, para que pueda ir cumpliendo sus propósitos en cada ocasión el partido que logre la mayoría de nuestros apoyos.
Pero resulta que luego, a la hora de la verdad, en la práctica, nadie está donde se le supone o en lo que había anunciado. Los paladines del marcado chupan con fruición del Estado. Esos empresarios que ponen en el riesgo el eje de su mérito y su arrojo, resulta que no arriesgan apenas, pues van a abrevar al bebedero de las ayudas sociales. Ellos, sí, so pretexto de que son los gestores avezados de los dineros con los que hay que promocionar a los débiles. Y los que deben ser protegidos, los que son pobres, diciendo que pasen de ellos y que los dejen en paz a sus cosas, que no quieren al Estado haciendo de padre incordión y fiscalizador.
Me explicaré con los ejemplos que estos días manejábamos, entre brandy y brandy. Son ejemplos reales. Hay fondos europeos para la formación y reciclaje de trabajadores en paro. Con ellos se organizan cursos. Para que alguno de esos cursos sea posible hacen falta dos cosas: un empresario que ponga la iniciativa y un particular que sepa hacer los papeles y tocar ciertos resortes. Habidas esas dos cosas, el curso se organiza y los fondos llegan para financiarlo. Imaginemos que es un curso de gestión hostelera, o de contabilidad. Como responsable del curso y por ser quien pone los locales, un empresario hotelero de X se lleva unos miles de euros. Para hacer los programas y explicar los temas se echa mano de algunos profesores lugareños, a los que se les pagan cantidades por hora que no están nada mal, dado lo pequeño del esfuerzo, como veremos. La clientela de los cursos es cautiva, pues los parados inscritos en el INEM están obligados a ese tipo de actividades periódicas, por lo que son reclutados de modo poco menos que perentorio.
Comienza el curso y la situación, al parecer, suele ser así: los que deben ser formados, los parados, no quieren saber nada e inventan todo tipo de excusas y trucos para quitarse de enmedio y no tener que sufrir tan apasionantes enseñanzas.Y sus razones tendrán, me temo. Los profesores no encuentran especial aliciente para un esfuerzo docente muy poco gratificante, pero cobrar, cobran. El empresario tapa con los dineros de esos fondos sociales sus agujeros más urgentes y sigue pensandoque qué buena cosa es tener un hotel y un restaurante para poder dar cursos en él y sobre él y contribuir así a una obra social tan rentable... para él.
En X, por ejemplo, los partidos de izquierda luchan por el aumento de ese tipo de “fondos” sociales. Los muy progresistas profesores, directores de centros, gerentes, etc. se vuelcan en el apoyo de causa tan noble. Los trabajadores dicen que los dejen en paz. O que les den viviendas sociales baratas en lugar de tocarles los cataplines con cursitos y pendejadas.
El resultado de todo ello: un despilfarro total y un timo a la filosofía social y redistributiva que supuestamente tendría que dar sentido a determinadas partidas y desembolsos. Lo que tenía que mejorar al situación de los obreros sirve sólo para que se alimenten mejor los capitalistas del lugar y esos pícaros expertos en que su mano izquierda no sepa lo que les mete en el bolsillo su mano derecha.
¿Soluciones? Sobre el papel muy fáciles, tan fáciles ahí como seguramente inviables en la cruda realidad: ni un maldito euro de ayuda social que no vaya directamente a manos de los pobres. Ni empresarios que organicen ni burócratas que gestionen ni sindicatos que propongan ni nada de nada. Sólo el Estado redistribuyendo, sin intermediarios, sin animadores, sin apenas gestores. Que les den la pasta en mano a los pobres y que les dejen invertirla en procurarse su propia formación o o bebérsela en vino. Y punto. O becas para sus hijos. O casas baratas.
Sólo así acabaremos con la maldita paradoja de estos capitalistas pedigüeños disfrazados de benefactores de los débiles y este grouchosocialismo de listillos que viven de suplantar a los pobres y de cobrar por ellos. Y de cobrar opíparamente, por cierto.
También nos contaron los amigos en qué sindicato hay impepinablemente que militar para tener alguna probabilidad de obtener en nuestra Asturias patria querida una plaza en la enseñanza pública primaria o secundaria. Y cómo se hace, con quién hay que hablar y cuáles son los pasos. Yo pregunté si cabía que al menos un cuatro o cinco por ciento ganara la oposición sin pasar por ese trámite. Me respondieron que no, que hoy en día es radical y absolutamente imposible. No voy a decir cuál es el sindicato, no porque no quiera o no me atreva, sino para que haga usted mismo sus cábalas, querido lector. Sí, tapándose la nariz. Como un servidor.
Una porquería apestosa. Eso sí, todos con El País debajo del brazo. Por la cosa de las apariencias y por lo majos que somos todos, compañeru, por les Cuenques.

02 enero, 2006

Breve nota de algunas perplejidades

1. Me encuentro de tiendas, cómo no, a un buen amigo. Va con sus hijos y la visa en mano. Y con su mujer. Buena gente todos. Les digo que estamos mi pareja y yo comprando regalos de reyes. Ella me hace un gesto urgente y perentorio, entre sonrisas, y en un aparte me indica que no diga eso, pues su hijo de nueve años aún cree en los reyes, vamos, que no sabe que son los padres y tal. Nueve añitos de nada. Luego dicen que son precoces hoy los chavales, qué risa. Y que el muchacho está muy ilusionado y con la fantasía muy excitada por el inminente regreso de sus majestades. La miro fijamente y veo que habla en serio. Uno de los dos, su hijo o ella (y su marido), anda con problemas, está claro; o todos.
Así que no sé de qué me sorprendo cuando, con unos pocos años más, yo pillo al muchacho en clase y me mira así, como me miran tantos, con esa carita... Criaturas. Pasan del príncipe Aliatar al botellón y las pastillas sin transición, sin haberse parado nunca a pensar un poco. Nunca dejan de flipar. Su mundo no es de este mundo. Hay que joderse. Los cuatro espabilados que resten, si restan, se lo comerán todo.

2. Ha estado por aquí mi hijo unos días. Me cuenta cosas de la Universidad en Dinamarca y de sus experiencias. La que más me impresiona: cómo roban sistemáticamente los estudiantes españoles. Por esas tierras nórdicas la moral de la ciudadanía es bastante altruista y poco dada al choriceo. Se respeta bastante al prójimo y sus propiedades. Por eso hay poca vigilancia y bastante confianza en tiendas, comercios y comedores. Así que llegan los nuestros, con aroma de era y espíritu de campesino castellano de aquellos que dibujara magistralmente Machado, y se ponen a mangar. Si se les pregunta por qué lo hacen, la respuesta es que está fácil y que si éstos están tontos y no vigilan, pues que se jodan.
A lo mejor es que creen en una nueva versión de los reyes magos.
Voy a decir la primera cosa políticamente ultraincorrecta de este año nuevo: qué falta está haciendo que alguien les dé un par de hostias a más de cuatro mocosos. He dicho un par de hostias, sí. Y perdón si me quedo corto. Es que tampoco quiero pasarme así porque sí.

3. Una de política, aunque también puede parecer que va de nuevo sobre reyes magos. Vamos a ver, uno vive creyendo que tenemos un Estado más o menos montado, y una Constitución que regula lo básico de la cosa y, de resultas de todo ello, unas ciertas expectativas de futuro compartidas por la ciudadanía, una confianza en lo que puede ser y lo que no, en lo que nos espera mañana, en dónde estamos y adónde vamos. Bien, entonces cómo es posible que todo el ser de este jodido país, Estado o lo que sea, dependa de lo que se le antoje a ZP negociar mañana o dentro de un mes, en función de cómo le vaya en las encuestas, o de con qué pie se haya levantado, o de quién le haya comido la cabeza. Pero ¿puede un sujeto, por muy grouchopresidente que sea, disponer a su libre antojo del modelo de organización territorial del Estado, al grito de Constitución es consenso y consenso es lo que se acuerde negociando yo con cuatro retrógrados con barretina o cuatro asesinos cobardes que matan por la espalda? ¿Será posible que lo que vaya a ser del tipo de Estado en el que vivamos en el 2007 los extremeños o los asturianos tenga que depender de lo que le convenga al de la mala hostia sonriente para sacar más o menos votos? Pero ¿es que aquí nadie cree en nada? ¿Acaso ya no hay más política posible que la del permanente chalaneo?
Me da igual un Estado centralista, federal, confederal o de juegos reunidos geiper. Quiero saber dónde y cómo voy a vivir mañana y cuáles van a ser mis derechos y mis recursos. Quiero un Estado que, sea como sea, sea firme y duradero, sólido, no fluido y más falso que la sonrisa del condenado cazurro sin principios ni escrúpulos.
Esta España que se compra y se vende al mejor postor, que se acuesta hoy con unos y mañana con otros, que se pierde en dimes y diretes, que se contradice a cada instante sin el más mínimo sonrojo, que frivoliza y se va detrás del primero que le sonríe y le dice ven aquí cordera que te voy a poner bien, no es un país, ni una nación, ni un Estado, ni nada. Es una casa de putas. Y las casas de putas ya sabemos quién las gobierna. Pues ya está.
Pido a los reyes (magos, ojo) un Estado, el que sea. Un Estado.

Un libro excelente, valiente y contra la matraca retroprogre.

A cualquier lector inquieto en los asuntos políticos y lingüísticos le recomiendo con entusiasmo el libro Lenguas en guerra, del que es autora Irene Lozano (Ed. Espasa, 2005). Es aire fresco, antídoto contra una de tantas vulgatas estúpidas que obnubilan la mente de muchos que se creen la avanzadilla del progreso y la rebeldía y que no son más que inadvertidos mamporreros de la reacción más canallesca y opresora, del clasismo, la exclusión y el sacrificio de las libertades individuales en pro de derechos de naciones que no esconden más que privilegios de grupúsculos de avispados y desaprensivos.
Pero en lugar de alargame yo en el exabrupto que se me impone, voy esta vez a recoger aquí literalmente unos cuantos párrafos bien contundentes del mencionado libro. Y que se animen los amigos de este blog a leerlo por entero y discutirlo con valentía. Citaré entre paréntesis las páginas de donde están tomados estos fragmentos que reproduzco.

“Uno de los grandes atractivos de los mitos nacionales es que nos dispensan del engorro de pensar, nos dan la realidad ordenada y nos ofrecen una guarida en la que estar a salvo de la hostilidad de un mundo variable. Prefiero al Stephen Dedalus de Joyce, que quería volar más allá del cielo irlandés, asumir los riesgos e incertidumbres que implicaba ejercer su libertad individual y seguir el rastro de sus aspiraciones íntimas: “nacionalidad, lengua, religión. Estas son las redes de las que yo he de procurar escaparme”” (16).

Las lenguas, por esencia, están desnudas y entregadas a servir solamente a los hablantes, como seres pensantes y seres sociales. Sin embargo, en un momento de la historia, hace algo más de doscientos años, las naciones en formación, la política, la cultura, la religión y los mitos comienzan a revestirlas de ropajes, de valores simbólicos a los que, con el tiempo, se ha otorgado más importancia que a los valores genuinos. Esos apéndices, esas nuevas funciones de las lenguas, superpuestos sobre su esencia, tienen un lado oscuro. Las lenguas utilizadas con fines políticos, nacionales o religiosos, se convierten en la artillería pesada de un ejército que combate para reforzar la identidad, para diferenciar y alejar, es decir, por motivaciones radicalmente opuestas al carácter de las lenguas: servir al conocimiento de los otros, a la expresión y el entendimiento de los humanos” (37).
Hacer monolingües de una lengua minoritaria a hablantes de comunidades bilingües o proporcionarles un deficiente conocimiento de la lengua escrita, por no trabajar con ella en los textos escolares y relegarla a mera asignatura, equivale a restarles oportunidades de antemano, sin dejarles elección, por más que complazca a coleccionistas de especies endémicas o a extravagantes muñidores de hechos diferenciales (...). No es el idioma español quien necesita a los hablantes de estos territorios, sino justamente al revés: sin el español, su proyección peninsular, primero, e internacional, después, resulta poco menos que irrealizable” (73).
Ninguna identidad nacional debería anteponerse nunca al progreso de las personas. Si además resulta que el español permite a sus hablantes establecer contacto con otros 400 millones de seres humanos, fomentar el monolingüismo resulta, sencillamente, un desvarío cuyos máximos perjudicados son los habitantes de esa nación en construcción” (73).
Hasta la llegada de Franco al poder, ningún gobernante ejecutó de manera sistemática ni totalizadora la idea de la lengua como muñidora de la patria. Existió una presión en la Administración que operó a favor del castellano, pero en la burocracia catalana no se dejó de usar la lengua vernácula” (100).
Quienes explotan desde el primer momento el valor de la diferenciación lingüística son los movimientos ultraconservadores, que reivindican el catalán como uno más de los elementos de la vida tradicional campesina y de un orden social inamovible”. (108).
Esos movimientos ultraconservadores parecían dar por perdido a otro segmento de las masas populares, activo en la defensa de la igualdad y la justicia, cuya influencia es creciente en Barcelona desde finales del siglo XIX y sobre todo en el primer tercio del siglo XX: los obreros. Baste decir que el más poderoso sindicato que ha habido nunca en Barcelona, la CNT, jamás hizo suyas reivindicaciones nacionalistas, ni de tipo lingüístico ni de ningún otro, y su actitud hacia la lengua era de absoluta indiferencia, incluso entre quienes la hablaban, cuando no de hostilidad. // No podía ser de otra forma, dado que las reclamaciones catalanistas de carácter burgués chocaban con su espíritu internacionalista, y porque sus miembros veían la lengua castellana como un vínculo entre los obreros de toda España, sin que eso supusiera un obstáculo al carácter confederal y ampliamente descentralizado del sindicato” (109).
109).
Todavía en los años treinta, el ideal romántico, irracional y sentimental que abona los nacionalismos se ve como algo opuesto al progreso, la razón, la ilustración y la cultura de la libertad revolucionaria francesa. En la defensa de los idiomas vernáculos podía encontrarse, sobre todo, a reaccionarios locales con una parte de la burguesía, a la Iglesia e incluso a tradicionalistas españoles que, por acción u omisión, anteponían los principios doctrinarios y la comunidad religiosa a otros factores, como la lengua española. Incluso en la época republicana, asume la defensa de lo catalanista un partido como Esquerra Republicana, que, lejos de cosechar el voto obrero, representa fundamentalmente a pequeños empresarios y comerciantes” (111).
Algo tan simple como el viejo lema “los enemigos de mis enemigos son mis amigos” ayuda a explicar por qué para la izquierda pudo más la condición de perseguidas de las lenguas minoritarias que el origen capitalista y burgués de las reivindicaciones nacionalistas, o la vinculación histórica de la ultraderecha catalana y la Iglesia con la defensa de las lenguas vernáculas” (133).
La izquierda ha estado siempre en otro sitio, como señaló uno de los promotores del manifiesto (del colectivo Ciutadans de Catalunya), el periodista Iván Tubau: “Lo que nos gastamos en identidad no lo dedicamos al capítulo social”” (134).
No es difícil imaginar qué hubiera ocurrido si la Constitución hubiera atribuido al castellano una cuarta parte de los atributos de las lenguas minoritarias, si se hubiera asegurado que es la custodia de las esencias de la nación, la expresión del genio colectivo, la seña de identidad de los españoles o la lengua que cohesiona la nación. Habrían llovido las críticas al españolismo rancio y se habría clamado contra la voluntad de resucitar la lengua imperial entre pitos y cuchufletas. Pero cuando se trata de proclamas de los nacionalismos periféricos, las consignas patrióticas pasan por ser nobles discursos de defensa de las minorías y preservación del patrimonio cultural” (162).