09 enero, 2006

Sobre el arte de conversar

A medida que, al parecer, avanza esto que llamamos civilización, los seres humanos desarrollamos unas habilidades y perdemos otras. Es comprensible. En esta sociedad de la información y la cibernética, los hijos de los hoy cuarentones se mueven ya con soltura inverosímil en los arcanos, para nosotros misteriosos, del sofware y el hardware y cosas así. Al tiempo, ya ninguno de mis descendientes sabrá nunca algunas cosas que yo de pequeño aprendí: ordeñar vacas, uncir la yunta, segar con guadaña o manejar el hacha con maña de leñador. Es natural. Así evolucionan los tiempos y mutan las necesidades.
Sin embargo, observo que se está perdiendo una destreza que se me antoja aún muy necesaria, cual es la de saber conversar. Dicen los más variados especialistas que la conversación es trámite que alivia el alma de pesadumbres, terapia que aligera las dolencias de nuestra psique, procedimiento para tejer sociedad civil y organizar la ayuda mutua, civilizado modo de agenciarse compañía para el juego erótico, base firme para la amistad, la simpatía, la solidaridad y la concordia, y tantas otras cosas. Pues como si nada. Hoy en día verse en una buena conversación es más difícil que acertar con el cupón premiado de la ONCE. Diríase que conversar sigue resultando necesario, angustiosamente necesario, pero que no hay manera.
A lo mejor una de las razones de que no se converse es la ansiedad conversadora, precisamente. Andamos todos muy desasistidos de gentes dispuestas a escucharnos y a ponderar con mínima atención nuestras historias y argumentos. Así que en cuanto uno se tropieza con un conocido y le dice buenas tardes, qué tal estás, recibe una avalancha incontenible de palabras, es literalmente ametrallado, atropellado por la locuacidad desmedida del otro. De ese otro que dice y no para, que cuenta sin cuento y sin reparar en cuánto puede interesarte a ti la minucia de si ayer desayunó un dónut o la semana pasada tuvo picores en la ingle. Todo menos date a ti la opción de decir esta boca es mía.
En esto del hablar unos con otros se va perdiendo todo asomo de prudencia o medida, hablamos como quien regurgita vocablos y frases sin control, más que contar cosas vomitamos ruido verbal como posesos. Alguna vez, mientras trataba de ponerme a buen recaudo para librarme de un ataque oral de algún amigo, he llegado a pensar que el buen hombre, o la buena mujer, necesitaba un exorcismo en toda regla. Como muñecos enloquecidos a los que se les hubiera averiado la cuerda y siguieran y siguieran largando sin fin, conejitos de duracel que se gastan en labia energías infinitas.
A lo mejor estoy exagerando y el problema está en mí, tocado de hipersensibilidad o impaciencia crónica. Pero medite el amigo lector sobre si no le ocurre también a él con demasiada frecuencia alguna cosa como éstas que voy a poner de ejemplos bien representativos y comunes.
Vas a donde un conocido o amigo al que tienes que comunicarle algo importante o urgente. Puede ser incluso algo que para ti es muy relevante o que te afecta grandemente. Por cortesía no entras a saco en el asunto y tratas de contar alguna liviana cosa o de preguntar cómo le va la vida. Maldita la hora. Te arrepentirás. Tu interlocutor ni por asomo se pregunta o te pregunta qué te lleva por allí o qué querrás decirle. No, da por supuesto que deseas más que nada en el mundo una larga disertación suya, pues consideras tan apasionante como él, o más, el saber en detalle qué marca de abono pone a sus geranios y cuán lozanos están esta temporada, aunque hay uno blanco que ha visto que no crece tan fuerte como los otros y posiblemente es debido a que lo compró en un vivero distinto, en el que seguramente lo criaron en tierra menos caliza, que bla, bla, bla. Sin límite, sin pausa, sin aliento, sin perdón. No importa que a ti te traigan al fresco los geranios, las plantas en general, el jardín del incontinente que te abrasa con su labia y la madre que lo fundó todo. Te ponen en el brete de actuar como un maleducado aún mayor e irte con un portazo y un mecagoentostusmuertos, o aguartar estoicamente minutos y minutos hasta que al otro le ataque la tos o le de un espasmo, única ocasión en que volverás a poder meter mínima baza y despedirte.
Y no he mencionado más que la variante suave del hemorrágico verbal, ése que no puede parar de hablar porque le faltan las plaquetas del sentido común y la consideración. Hay un especimen peor. Es el que padece la misma incontinencia, pero, para colmo, se te abalanza encima mientras habla y habla, castigándote al tiempo, como con uno perfecto uno-dos de boxeador profesional, la oreja con su cháchara y la pituitaria con su aliento. No hace mucho estaba yo en un bar en compañía de unos amigos. Se me ocurrió decirle no sé qué a una mujer entre nosotrors presente. Maldita la idea, por qué lo hice. Se puso a contarme con todo detalle cómo era un puto bar de un pueblo de Albacete en el que con su marido había comido unas semanas antes una tapa de chorizo picante. Por todos los demonios, me fue explicando el color de las sillas, la decoración del mostrador, el número de parroquianos que tomaban café un sábado a las cinco, lo que costaba una caña de cerveza, a qué olían los baños, y cómo cada persona que entraba decía hola y luego pedía la consumición. Apasionante todo, y original e interesantísimo para mí, que no tengo ni puñetera intención de ir nunca a ese pueblo, ni visitar ese bar ni tomarme el jodido chorizo, pues ni el pueblo ni el bar ni el chorizo tienen absolutamente nada de particular. Diarrea verbal de trivialidades, se podría llamar la dolencia de esa amiga, trivialismo hemorrágico.
Pero, no contenta con masacrarme así con gilipolleces insustanciales, me fue arrinconando. No es que buscara nada ilícito ni que hubiera ningún matiz erótico en la conversación, sólo faltaba. Pero por alguna extraña razón se sentía obligada a empujarme con las tetas mientras me hablaba de tan escogidos asuntos. Yo reculaba un paso y ella avanzaba otro al tiempo, cual bailarines perfectamente sincronizados. Cuando sentí que la pared me impedía todo ulterior retroceso, me encomendé a todos los santos y me rendí. Me dio tetazos, codazos, rodillazos y, cuando a los veinte minutos de perorata, le pareció que era especialmente gracioso lo que estaba contando sobre el modo de quitarle el pellejo al chorizo albaceteño, comenzó al golpearme el estómago con su mano vuelta, como diciendo ríete, hombre, no te cortes, que esto es para troncharse y a ti te veo muy tenso. Balbucí algo sobre mi necesidad de ir urgentemente a orinar, y, en lugar de dejarme paso, se puso entonces a contarme cómo en ese mismo viaje su marido se paró a mear en un área de descanso de la autopista y que entonces ella puso la radio y estaban con el programa de Luis del Olmo y... Le dije que me apetecía acercarme a la barra a pedir otra cerveza y me explicó que tiene ella una amiga llamada Pati que ahora sólo toma cervezas sin alcohol, pues leyó en una revista que... Pero no me dejó ni paso ni un metro de desenvolvimiento.
Y, me pregunto yo, ¿será lícito y moralmente admisible utilizar la violencia física en una situación así? Yo creo que sí, pero a día de hoy todavía no me he atrevido nunca; no sé, me asalta la inseguridad, pues luego igual dicen que soy un desalmado que no sabe escuchar y no atiende a los demás.
Otro ejemplo, este más breve, que ya me estoy pasando, como siempre. Está uno enfermo, con dolores grandes y molestias. Le llama por teléfono un amigo para interesarse por la marcha de la enfermedad. Uno dice albricias, qué detalle, no es tan inhumana esta sociedad. Una sensación que dura unos treinta segundos, no más, pues a menudo la conversación toma este cariz: te preguntan qué tal estás, tu respondes que bien, pero que aún te duele bastante el brazo, momento que tu interlocutor aprovecha para decirte esto: je, pues no te quejes, pues un cuñado mío el año pasado se cayó, se partió el brazo y tuvieron que operarlo de inmediato; lo que pasa que el cirujano titular se encontraba de baja y lo operó López, uno que estaba casado con aquella señora de Santovenia de la Valdoncina, sí hombre tienes que conocerlo, uno que colecciona estampitas de la virgen de los remedios y que.... Y te tiene dos horas así, con un dolor que se te va extendiendo por cada parte del cuerpo y se te hace insoportable al pasar al alma, pues entonces se llama pesimismo antropológico.
No hay forma humana de que lo escuchen a uno, y sobre todo si le va bien. ¿Ha probado usted a contar sus vacaciones? La mayoría de los conocidos te preguntan, a la vuelta del verano, y tú crees que de verdad tienen algún interés en que les cuentes qué tal estaba Mallorca o cómo se comía en Fuengirola. Ya, tururú. Inténtalo, majo. Te van a cortar a la segunda palabra y te van a colocar todo un larguísimo discurso sobre el nuevo mobiliario del bar de la esquina en el que se pasó tu interlocutor todo el verano tomando cafés y mirando la tele.
Sinceramente creo que en las escuelas debería enseñarse a conversar, a hablar los unos con los otros respetando el turno, escuchando los argumentos del interlocutor, exponiendo los propios con mesura; a no gritar, a no escupir al que te escucha, a no arrinconarlo, a respetar unas mínimas reglas de cortesía conversacional. Hasta podría ser la conversación actividad extraescolar. Siempre me troncho para mis adentros cuando veo a los padres ir cada día raudos a llevar a sus hijos a juegos de salón o a clases de karate, o de flauta travesera. Tengo amigos que siguen llevando cada día a clase de música a sus hijitos de diecinueve años. Pobres, es que si llueve se resfrían y el violín se desafina. Manda güevos. Pero si las clases fueran de conversación yo lo aplaudiría todo, hasta el transporte paterno vitalicio. Y yo acompañaría de vez en cuando a algún progenitor, por si se le había pegado algo y había manera de echar una parrafada decente, caray.

5 comentarios:

IuRiSPRuDeNT dijo...

Vaya por dios te falta aun el que ademas de arriconarte te arregla la vida.

Mejor así tambien es un arte escuchar coño. De todas formas si conversan, trasmiten, escuchan evolucionan, aman amor laccaniano les hace falta... bueno si se decidieran a conversar tendrían un problema añadido: la factura del psicologo.

Anónimo dijo...

Sí, es muy curioso como se ha perdido camuflado la razón, pero el mundo es el que ha propiciado esto. La gente simplemente compara y malmiran que en Grecia y Roma, donde pensar y conversar era aprender y gozar, la muerte , la esclavitud , las desigualdades eran moneda habitual y sin embargo, en la actualidad como malmiran también que con cuatro frases políticas , hablando de todo eso de los geranios, de la meada del cuñao , de la distinta suerte en la enfermedad y bla, bla, bla, ... tienen igualdad de voto y cuando llaman a la puerta a las seis es el lechero, ya está justificada cualquier irracionalidad en el discurso y como además se ha acostumbrado el personal a hablar sin argumentar y sin detenerse a pensar que ha dicho el otro y como siempre algo se habla de fútbol la ansiedad conversadora se transforma en hemorragia de falacias y sonidos guturales en forma de oraciones ingramaticales. Y me gustaría volver a relanzar la pregunta ¿ de qué cojones hablan las sras de la limpieza de la facultad con los catedráticos en los despachos ? ¿para qué ostias hacen perder el tiempo? Nunca lo entenderé y ellas nunca me lo han sabido explicar de forma que me convenzan ; ven como fascismo mi asombro y yo las veo como yeguas a las que las adornan con cintas (como en rebelión en la granja)para que se sientan iguales y lo cuenten en el barrio : ¡qué majo es el catedrático X ! , y lo que tuvo que trabajar en París durante los veranos y bla, bla, bla ...
Parafraseando a un italiano : Fuera sras de la limpieza de terreno ajeno.

Venator dijo...

A usuario anónimo: Le leo a la carrera y quizá le malinterpreto pero, ¿por qué no se pregunta usted de qué cojones hablan los catedráticos de la facultad con las señoras de la limpieza?¿para qué (h)ostias (les)hacen perder el tiempo? Nunca lo entenderé y ell(o)s nunca me lo han sabido explicar de forma que me convenzan ; ven como fascismo mi asombro y yo l(o)s veo como yeguas (que se)adornan con cintas (como en rebelión en la granja)para que se sientan iguales y (puedan contar)en (la urbanización): ¡qué maja es (la señora de la limpieza)! , y lo que tuvo que trabajar durante los veranos y bla, bla, bla ... (Y así quedan como solidarios de izquierdas, en absoluto prepotentes, preocupados por la vida hasta de las limpiadoras). ¿No será que a los catedráticos les gusta muchísimo cotillear y las señoras de la limpieza pueden ser una fuente de información como otra cualquiera?
Pregúntese por qué los catedráticos se entretienen hablando tanto con las señoras de la limpieza (si es que el asunto le preocupa, que parece que sí), vera como en este caso el orden de factores sí altera el producto.
Saludos

Anónimo dijo...

Puede ser Venator, claro que sí.
Un saludo

Levosqui dijo...

La buena conversación requiere un equilibrio. 40% uno, 60% el otro, 50-50, pero lo que ocurre es que no escuchamos, no tenemos modelos, y no acompañamos a lo que el otro dice, que es la empatía.


Los medios de transporte, las colas en el banco, o en la compra, son buenos sitios para iniciar una conversación con alguién.

El buen conversador es tranquilo, tiene sentido del humor y sabe escuchar. Para escuchar es convenciente tener educación, cosa que se esta perdiendo. La educación no es tener una carrera.

El buen conversador está dispuesto a aprender de quién quiera, no tiene prejuicios, siempre que no tenga ante sí a un tonto, claro.


Por último, la TV y los medios idiotizan y atontan, y restan capacidades de comunicación a los seres humanos.

Un saludo