Lo primero en que me fijo en estas ocasiones es en el tipo de uniforme que lucen los ponentes y en la pinta general que gastan. Hay una imagen PP, por ejemplo, igual que hay una imagen IU o PSOE, con tendencia a la reproducción en serie y hasta la clonación. Los seis dirigentes de Ciudadanos sentados en la mesa parecían de la Liga de los Sin Bata, cada uno iba a su bola, indumentariamente hablando. Uno con traje y corbata naranja sobre inmaculada camisa blanca, otro con larga melena rizada recogida en cola de caballo y camiseta raída, dos en mangas de camisa oscura y con fuerte toque proletario y Rivera con americana sobre camisa informal y sin corbata, con vaqueros. La media de edad era sorprendentemente baja. Todo ello me gustó de mano.
La oratoria la tienen aún un poco recia y se les nota faltos de emociones mitineras. Hablan con tanta convicción, que se van calentando seriamente a medida que pasan los minutos, y uno comienza a temer enseguida que se pasen de frenada. Desde luego, no se andan con contemplaciones y apuntan rápidamente a la yugular. A costa del leonesismo y de esa propuesta que por aquí circula para que se enseñe “llionés” en las escuelas comenzaron haciendo bromas y acabaron cebándose. Con toda la razón, pues los que aquí vivimos sí que podemos con rotundidad afirmar que jamás de los jamases hemos visto a ningún leonés que hable llionés, aunque algunos usen cuatro palabras de esa imaginaria lengua para hacer pintadas o pillar concejalía de urbanismo.
El discurso de Rivera y compañía es marcadísimamente antinacionalista, esto es, opuesto a nacionalismos como el catalán, el vasco o el español. Sostienen con fuerza que los derechos los tienen las personas, los ciudadanos, y no las lenguas o los territorios. Dice mucho de los tiempos que corren el hecho de que afirmaciones tan evidentes y de tan puro sentido común resulten hoy en día poco menos que osadas proclamas revolucionarias, de tanto farsante como va por ahí dando a las tierras o a las tradiciones derechos, como un bonito truco para engatusar a la gente con menos seso.
Protestan los de Ciudadanos contra esa manera de repartir el presupuesto estatal a golpe de cheque para catalanes o andaluces, se quejan de que esta España se ha convertido en un país de tribus y clanes y la tienen tomada con los políticos profesionales, que están -dicen- desangrando nuestra democracia y quitándole sentido a la participación ciudadana con su arribismo y sus pactos muchas veces contra natura. Pintan la vida política actual como vuelta de espaldas al interés general, protagonizada por redes clientelares, especialmente en las comunidades autónomas.
Ansían una reforma de la Constitución para cerrar definitivamente el modelo territorial del Estado y para fijar y atar las competencias estatales y estiman que estatales deben ser las competencias sobre cosas tales como enseñanza o sanidad, para evitar discriminaciones, ineficacias y manipulaciones.
Resulta chocante escuchar tantas veces la palabra España a políticos que se proclaman antinacionalistas. No digo que esté mal, ni mucho menos. Pero es que el término “España” se ha convertido poco menos que en patrimonio del PP, tanto por su afán de apropiárselo como por la dejación cobarde y bobalicona de los que, al otro lado, se dicen progres y no son más que una panda de paletos que negarían hasta a su padre para no parecer “fachas”, que mira tú qué tendrá que ver el culo con las témporas. Estos de Ciudadanos a mí no me parecen fachas en absoluto, aunque alguno se descolgará aquí diciendo que uno de ellos tiene un primo segundo que salió un mes con una concejal del PP en Reus y que hasta se daba besitos con ella. Quieren un Estado más fuerte y eficaz y que ahí es donde los nacionalismos periféricos dañan, en la eficacia y, especialmente, en la solidaridad. Por cierto, me encantó oír que en una pasada campaña electoral en Cataluña los de IU colgaron unos carteles que decían así: “La solidaridad tiene un límite”. Maravillosos esos progres de boquilla y Versace. Si eso es la izquierda, yo soy la reencarnación de Lola Flores.
Insisto, este país se está quedando sin un referente territorial compartido y admitido para la acción política. La única política razonable parece la antinacionalista, pero la incógnita está en cómo quitarle su engañoso prestigio a los nacionalismos llamados periféricos sin caer en otra forma de nacionalismo igual de casposo, el nacionalismo españolista. He dicho igual, igualito; también he dicho casposo, porque a ver quién es el guapo que mantiene que las ideas y la facha de Girón de Velasco o de Licinio de la Fuente no eran exactamente igual de rancias y sebosas que las de Antxo Quintana o Carod Rovira, pongamos por caso.
Durante la cena posterior, a la que asistí, uno de los dirigentes de Ciudadanos planteaba lo difícil que es articular un discurso antinacionalista aquí y ahora. Creo que se refería a ese dilema, a esa estrechez del espacio político e ideológico actual, en el que parece que sólo caben unos nacionalistas o los otros, pero no “ateos”, los descreídos de la formación de cualquier espíritu nacional. A mí me parece que la solución está en un planteamiento declaradamente cosmopolita. Somos ciudadanos del mundo y el valor del Estado, de cualquier Estado, es puramente instrumental: es una herramienta para hacer políticas que permitan una vida digna y satisfactoria a cada vez más gente y con prescindencia creciente del lugar en que se nació o de la lengua que se habla. Frente a los nacionalistas que entifican al Estado a base de hacerlo pura plasmación de la realidad anterior de la nación, sustancia más profunda, el antinacionalista tiene que insistir en que las naciones no son más que productos artificiales, contingentes, que la idea de nación ha desempeñado una función para la aparición del Estado moderno y que ya toca echarla por la borda, en lugar de reproducirla con el celo con que en un museo de cera se copian las facciones de un cadáver.
Un Estado vale por lo que hace, por el papel que cumple para los ciudadanos, no por lo que es como reflejo o manifestación de una esotérica realidad nacional. La base de la lealtad ciudadana al Estado ha de ser ya, en estos tiempos, utilitaria, tan solidaria como calculadora, nunca basada en metafísicas ideas como las de patria, nación o unidad de destino en lo universal. Da igual que ese Estado se llame España o Cataluña, pues lo que cuenta no es el fantasmagórico derecho de un pueblo a su autodeterminación, ya que ni sabemos qué carajo es un pueblo ni nos importa más autodeterminación que la de cada individuo en cuanto persona libre. Lo que a mis ojos antinacionalistas hace mucho más antipático un hipotético Estado catalán o vasco que el presente Estado español es que en España la retórica patriotera se acabó prácticamente con Franco, por mucho que parezca a veces que unos pocos del PP, realmente pocos, están todo el día en el karaoke repitiendo aquellas milongas de antaño. En cambio, esa retórica putrefacta y manipuladora, esa monserga pseudoreligiosa, alienadora de mentes, generadora de egoísmos y propensa a todos los manejos es ahora mismo la propia de los nacionalismos catalán, vasco o gallego. Ahí es donde resucitan Franco y hasta Carl Schmitt, ahí es donde chapotean y marcan el mismo paso fascistoides y pescadores de río revuelto. Por eso a mí esos nacionalismos me dan tanta grima, aunque me importe exactamente un bledo que mañana se independicen Cataluña, Euskadi o Jerez de la Frontera.
Dicho de otra manera: para los que tenemos hijos pequeños que pronto irán a la escuela, es una bendición vivir en lugares de este Estado como León o las Castillas, pues nadie les forzará –espero- a cantar himnos, ni siquiera el español, nadie les contará patrañas de héroes locales de pacotilla, nadie se inventará cuentos haciéndolos pasar por historia verídica de una nación eterna dirigida por canallas con bigotito y nadie les obligará a perder el tiempo aprendiendo por narices lenguas que sólo les permitirán comunicarse con cuatro tarugos igual de alienados. Qué mierda de nación es esa en la que hasta la lengua supuestamente identificadora hay que meterla con calzador y por las malas. Una nación muerta en manos de cuatro vivos.