22 septiembre, 2007

Ciudadanos

Anoche estuve en la presentación del partido Ciudadanos en León. Ha echado a andar aquí con un puñado de entusiastas y a promocionar la agrupación y a exponer sus planteamientos venía la directiva catalana del partido, encabezada por Albert Rivera. En la sala había treinta y tantas personas con la consabida tendencia a la parrafada larga. Los organizadores quedaron encantados, al parecer.
Lo primero en que me fijo en estas ocasiones es en el tipo de uniforme que lucen los ponentes y en la pinta general que gastan. Hay una imagen PP, por ejemplo, igual que hay una imagen IU o PSOE, con tendencia a la reproducción en serie y hasta la clonación. Los seis dirigentes de Ciudadanos sentados en la mesa parecían de la Liga de los Sin Bata, cada uno iba a su bola, indumentariamente hablando. Uno con traje y corbata naranja sobre inmaculada camisa blanca, otro con larga melena rizada recogida en cola de caballo y camiseta raída, dos en mangas de camisa oscura y con fuerte toque proletario y Rivera con americana sobre camisa informal y sin corbata, con vaqueros. La media de edad era sorprendentemente baja. Todo ello me gustó de mano.
La oratoria la tienen aún un poco recia y se les nota faltos de emociones mitineras. Hablan con tanta convicción, que se van calentando seriamente a medida que pasan los minutos, y uno comienza a temer enseguida que se pasen de frenada. Desde luego, no se andan con contemplaciones y apuntan rápidamente a la yugular. A costa del leonesismo y de esa propuesta que por aquí circula para que se enseñe “llionés” en las escuelas comenzaron haciendo bromas y acabaron cebándose. Con toda la razón, pues los que aquí vivimos sí que podemos con rotundidad afirmar que jamás de los jamases hemos visto a ningún leonés que hable llionés, aunque algunos usen cuatro palabras de esa imaginaria lengua para hacer pintadas o pillar concejalía de urbanismo.
El discurso de Rivera y compañía es marcadísimamente antinacionalista, esto es, opuesto a nacionalismos como el catalán, el vasco o el español. Sostienen con fuerza que los derechos los tienen las personas, los ciudadanos, y no las lenguas o los territorios. Dice mucho de los tiempos que corren el hecho de que afirmaciones tan evidentes y de tan puro sentido común resulten hoy en día poco menos que osadas proclamas revolucionarias, de tanto farsante como va por ahí dando a las tierras o a las tradiciones derechos, como un bonito truco para engatusar a la gente con menos seso.
Protestan los de Ciudadanos contra esa manera de repartir el presupuesto estatal a golpe de cheque para catalanes o andaluces, se quejan de que esta España se ha convertido en un país de tribus y clanes y la tienen tomada con los políticos profesionales, que están -dicen- desangrando nuestra democracia y quitándole sentido a la participación ciudadana con su arribismo y sus pactos muchas veces contra natura. Pintan la vida política actual como vuelta de espaldas al interés general, protagonizada por redes clientelares, especialmente en las comunidades autónomas.
Ansían una reforma de la Constitución para cerrar definitivamente el modelo territorial del Estado y para fijar y atar las competencias estatales y estiman que estatales deben ser las competencias sobre cosas tales como enseñanza o sanidad, para evitar discriminaciones, ineficacias y manipulaciones.
Resulta chocante escuchar tantas veces la palabra España a políticos que se proclaman antinacionalistas. No digo que esté mal, ni mucho menos. Pero es que el término “España” se ha convertido poco menos que en patrimonio del PP, tanto por su afán de apropiárselo como por la dejación cobarde y bobalicona de los que, al otro lado, se dicen progres y no son más que una panda de paletos que negarían hasta a su padre para no parecer “fachas”, que mira tú qué tendrá que ver el culo con las témporas. Estos de Ciudadanos a mí no me parecen fachas en absoluto, aunque alguno se descolgará aquí diciendo que uno de ellos tiene un primo segundo que salió un mes con una concejal del PP en Reus y que hasta se daba besitos con ella. Quieren un Estado más fuerte y eficaz y que ahí es donde los nacionalismos periféricos dañan, en la eficacia y, especialmente, en la solidaridad. Por cierto, me encantó oír que en una pasada campaña electoral en Cataluña los de IU colgaron unos carteles que decían así: “La solidaridad tiene un límite”. Maravillosos esos progres de boquilla y Versace. Si eso es la izquierda, yo soy la reencarnación de Lola Flores.
Insisto, este país se está quedando sin un referente territorial compartido y admitido para la acción política. La única política razonable parece la antinacionalista, pero la incógnita está en cómo quitarle su engañoso prestigio a los nacionalismos llamados periféricos sin caer en otra forma de nacionalismo igual de casposo, el nacionalismo españolista. He dicho igual, igualito; también he dicho casposo, porque a ver quién es el guapo que mantiene que las ideas y la facha de Girón de Velasco o de Licinio de la Fuente no eran exactamente igual de rancias y sebosas que las de Antxo Quintana o Carod Rovira, pongamos por caso.
Durante la cena posterior, a la que asistí, uno de los dirigentes de Ciudadanos planteaba lo difícil que es articular un discurso antinacionalista aquí y ahora. Creo que se refería a ese dilema, a esa estrechez del espacio político e ideológico actual, en el que parece que sólo caben unos nacionalistas o los otros, pero no “ateos”, los descreídos de la formación de cualquier espíritu nacional. A mí me parece que la solución está en un planteamiento declaradamente cosmopolita. Somos ciudadanos del mundo y el valor del Estado, de cualquier Estado, es puramente instrumental: es una herramienta para hacer políticas que permitan una vida digna y satisfactoria a cada vez más gente y con prescindencia creciente del lugar en que se nació o de la lengua que se habla. Frente a los nacionalistas que entifican al Estado a base de hacerlo pura plasmación de la realidad anterior de la nación, sustancia más profunda, el antinacionalista tiene que insistir en que las naciones no son más que productos artificiales, contingentes, que la idea de nación ha desempeñado una función para la aparición del Estado moderno y que ya toca echarla por la borda, en lugar de reproducirla con el celo con que en un museo de cera se copian las facciones de un cadáver.
Un Estado vale por lo que hace, por el papel que cumple para los ciudadanos, no por lo que es como reflejo o manifestación de una esotérica realidad nacional. La base de la lealtad ciudadana al Estado ha de ser ya, en estos tiempos, utilitaria, tan solidaria como calculadora, nunca basada en metafísicas ideas como las de patria, nación o unidad de destino en lo universal. Da igual que ese Estado se llame España o Cataluña, pues lo que cuenta no es el fantasmagórico derecho de un pueblo a su autodeterminación, ya que ni sabemos qué carajo es un pueblo ni nos importa más autodeterminación que la de cada individuo en cuanto persona libre. Lo que a mis ojos antinacionalistas hace mucho más antipático un hipotético Estado catalán o vasco que el presente Estado español es que en España la retórica patriotera se acabó prácticamente con Franco, por mucho que parezca a veces que unos pocos del PP, realmente pocos, están todo el día en el karaoke repitiendo aquellas milongas de antaño. En cambio, esa retórica putrefacta y manipuladora, esa monserga pseudoreligiosa, alienadora de mentes, generadora de egoísmos y propensa a todos los manejos es ahora mismo la propia de los nacionalismos catalán, vasco o gallego. Ahí es donde resucitan Franco y hasta Carl Schmitt, ahí es donde chapotean y marcan el mismo paso fascistoides y pescadores de río revuelto. Por eso a mí esos nacionalismos me dan tanta grima, aunque me importe exactamente un bledo que mañana se independicen Cataluña, Euskadi o Jerez de la Frontera.
Cuando uno se siente más ciudadanos del mundo que europeo, más europeo que español, más español que de su parroquia y más uno mismo que idéntico a los que desfilan con uniforme igual el día de la fiesta nacional que sea, dan mucha lástima esos pobres diablos que sueñan a todas horas con banderas e himnos, con símbolos y consignas, con masas que son tanto más nación cuanto más sientan y se comporten como un rebaño y cuanto más desprecien al distinto, al heterodoxo y al que se sale de la fila con un corte de mangas. Estos nacionalistas habrían sido muy felices en el Munich de 1933 o en el Nuremberg de 1935, seguro.
Dicho de otra manera: para los que tenemos hijos pequeños que pronto irán a la escuela, es una bendición vivir en lugares de este Estado como León o las Castillas, pues nadie les forzará –espero- a cantar himnos, ni siquiera el español, nadie les contará patrañas de héroes locales de pacotilla, nadie se inventará cuentos haciéndolos pasar por historia verídica de una nación eterna dirigida por canallas con bigotito y nadie les obligará a perder el tiempo aprendiendo por narices lenguas que sólo les permitirán comunicarse con cuatro tarugos igual de alienados. Qué mierda de nación es esa en la que hasta la lengua supuestamente identificadora hay que meterla con calzador y por las malas. Una nación muerta en manos de cuatro vivos.

21 septiembre, 2007

Pequeña fábula procaz

Éranse un padre y sus cinco hijos. Los hijos eran unos obsesos del sexo y se pasaban el día en extrañas competiciones, ora midiendo y comparando genitales, ora comprobando cuál micciona más lejos, ora atizándose entre sí por la vanguardia o por la retaguardia.
El amoroso padre era viejo y un día decidió ir repartiendo en vida su fortuna entre sus vástagos. Pudo haberlo hecho a su manera y por la brava, pero decidió consultar con cada hijo el mejor criterio para repartir. Él vivía angustiado por el afecto de sus hijos y no quería hacer nada que los disgustara y pudiera animarlos a irse de casa. Mi ilusión es que a mi muerte todos asistan a mi entierro en santa armonía y como un solo hombre, decía el pobre viejo.
Ante la pregunta del padre, el primer hijo defendió que la mejor pauta de reparto era en proporción al tamaño del miembro viril, pues él presumía de tenerlo más grande que el de un famoso actor porno de origen catalán. El padre le dijo que le parecía muy bien y que así se haría.
El segundo hijo mantuvo que importa más el uso que el tamaño y propuso que el reparto se hiciera por el número de polvos anuales que cada cual echara. El padre le dijo que le parecía muy bien y que así se haría.
El tercero insistió en que no debe contar el acto, sino el fruto, de modo que habría que atender al número de hijos habidos por cada uno. El padre le dijo que le parecía muy bien y que así se haría.
El cuarto alegó que no es tan fácil saber qué hijos son de cada cual, y máxime cuando todos ellos viven juntos y revueltos, entre sí y con sus parejas, razón por la que consideraba mucho más oportuno que se financiaran los gatillazos en lugar de las dianas, ya que sufre más y requiere mejor cuidado aquel que tiene estragada su herramienta. El padre le dijo que le parecía muy bien y que así se haría.
Por último, el quinto, que era célibe de vocación, adujo que lo mejor sería repartir a partes iguales y dejarse de pamplinas con las partes. El padre le dijo que le parecía muy bien y que así se haría.
Al cabo los hijos empezaron a preguntar al padre que para cuándo las pelas y el padre no tuvo más remedio que contestar que ya mismo, pues los veía indignados y agresivos, muy al contrario de lo que él había soñado. De modo que se puso a darle a cada uno según el patrón con cada uno acordado, y acabó provocando una pelea de tal calibre, que todos los dineros acabaron yéndose en gasas, ungüentos y cirugías. Murió arruinado el cabeza de familia y sus descendientes, ya sin nada que heredar ni que llevarse a la boca, lo odiaron para siempre y lo maldijeron durante generaciones.
A quien esta historia verídica oiga le quedará siempre la duda de si era mayor la perversidad de los hijos o la estulticia del padre. Sea como sea, lo cierto es que entre todos consiguieron la ruina.

20 septiembre, 2007

Empleados públicos: festival de leyes. Por Francisco Sosa Wagner

Hoy publica El Mundo un nuevo artículo de Francisco Sosa Wagner, magnífico y provocativo como todos los suyos. Aquí lo reproduzco a continuación.

Empleados públicos: festival de leyes. Por Francisco Sosa Wagner.
Nadie puede dudar de la laboriosidad del actual gobierno de España en materia de producción de leyes: la inundación que se ha producido en los repertorios legislativos produce a las personas temerosas de Dios un cierto espasmo. Ocupados nuestros prohombres en esta tarea de proporcionar a la ciudadanía artículos y más artículos de áspera prosa, no les queda tiempo para repasar a los clásicos. Porque, si tal hicieran, pronto se toparían con las sabias recomendaciones que Samuel Puffendorf nos dejó en su libro De los deberes del hombre y del ciudadano según la ley natural: «conviene tener leyes claras y sencillas sobre los asuntos que más suelen presentarse entre los ciudadanos porque cuando hay más leyes que las que se pueden retener fácilmente en la memoria y que prohíben lo que la razón natural no prohíbe por sí, es necesario que [los ciudadanos] caigan en falta contra las leyes como en un lazo...». Y, sin irnos tan lejos ni recurrir a la cita de un luterano, nadie por estos pagos parece recordar las lecciones de Sancho Panza quien, al dar cuenta a los Duques de su gobierno en la ínsula, les resumió: «aunque pensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que no se habían de guardar, que es lo mismo hacerlas que no hacerlas».

Pues si todo esto se aseguraba en el siglo XVII, cuando el legislador se desempeñaba con prudentes maneras y contenido entusiasmo, imagínese lo que ocurre en la actualidad cuando se ha desparramado y cuando hay grifos y más grifos abiertos manando legislación de una forma incesante.

Entre esas leyes que dan a nuestro actual altar legislativo un aire de barroquismo entre religioso y militante se encuentra el Estatuto básico del empleado público (ley 7/2007 de 12 de abril). Viene precedido por una Exposición de motivos que prueba la complacencia del legislador con su propia obra pues le dedica piropos y requiebros y, lo que es peor, sin motivos.

Porque con la nueva ley se afianza el empleo público laboral y de tal forma que, en punto a inamovilidad, es ya prácticamente idéntico al régimen funcionarial. En teoría, no es posible confiar a aquél funciones de autoridad o que afecten al interés general pero esta regla conoce excepciones clamorosas, al estar excluido de ella nada menos que el personal laboral de los organismos reguladores, que son quienes en este momento ejercen no sólo funciones de autoridad, sino las más sensibles que pueden desplegarse desde el poder público: piénsese en el Banco de España, en la Comisión Nacional del Mercado de Valores, de las Telecomunicaciones, de la Energía... ¡Ahí es nada!

De otro lado, el régimen laboral resulta más favorable y la prueba es la resistencia que opondrían los empleados actuales de estas organizaciones si alguien les amenazara con la posibilidad de disfrutar del status funcionarial perdiendo sus actuales contratos, en buena medida blindados frente al cese en forma de indemnizaciones millonarias. La situación es clamorosa si pensamos en contratados o nombrados a riguroso dedo según un régimen u otro: el director general de un ministerio que es cesado por el Consejo de Ministros se va a la calle sin hoja de parra alguna, mientras que su homólogo de los organismos reguladores citados endulza el fin de sus servicios con un sustancioso ingreso en su cuenta corriente.

Entre quienes no pertenecen a este grupo de personal de estricta confianza política, el acercamiento de un régimen y otro -el funcionarial y el laboral- viene produciendo desde hace años desequilibrios notables, y esa es la razón por la que en muchos sistemas del derecho comparado lo normal es que no convivan ambos modelos en las mismas oficinas. El nuestro, tal como ha sido generalizado por el Estatuto, se acerca al italiano, objeto de críticas por los autores, cansados de denunciar el gran portón que la contratación laboral abre al clientelismo político.

Hay que tener en cuenta, y ello debe saberlo el lector no especializado, que las Administraciones actuales han perdido buena parte de sus rasgos tradicionales, pues junto al ministerio, la diputación, el Ayuntamiento o la Consejería de una comunidad autónoma, han surgido miles -repito, miles- de personas jurídicas instrumentales de aquellas en forma, sobre todo, de entidades, sociedades mercantiles de capital parcial o íntegramente público y fundaciones, último invento este de la moda otoño-invierno que da frutos apetecibles a los gestores con facultades para nombrar personal. Y grandes facilidades porque adviértase que, si el régimen de la función pública y el laboral se aproximan en cuanto a sus contenidos fundamentales, en un punto se diferencian clamorosamente: unos, los funcionarios, siguen ingresando por medio de exámenes públicos con programas conocidos y ante tribunales formados por especialistas, mientras que los otros, los laborales, lo hacen generalmente -aunque hay excepciones- gracias a la herramienta mellada de la imposición del dedo o de unas pruebas en las que predomina el compadreo político o sindical.

Una de las aportaciones que se presentan como más modernas de la ley es la figura de los directivos aunque siempre los ha habido en la Administración española y siempre -por cierto- con una propensión curiosa a identificarse con el gobernante de turno. Porque, al suprimirse en la reforma de los años 60 las categorías de los cuerpos de funcionarios, quienes ocupaban tales puestos -básicamente los subdirectores generales- han venido siendo nombrados y cesados, primero por las autoridades franquistas y después por las del ameno espectro cromático que ha mandado en la Administración desde la recuperación de la democracia. De lo poco que nos dice el Estatuto acerca de esta figura nos quedamos con la idea de que se tratará de personal de alta dirección, «fuera de convenio», muy típico en las empresas privadas. Que éstas poco tienen que ver con la Administración parece mentira tener que recordárserlo a una Administración socialista, pues es evidente que a la mayoría de los puestos públicos de trabajo es difícil aplicarles los criterios de rendimiento propios de los procesos de fabricación o de la oferta de servicios del mundo privado. La ley no impone obligatoriamente su creación, siendo las leyes del Estado y las de las Comunidades autónomas las que se encargarán de regular este nuevo estamento. Nuevo, como digo, y viejo porque los trucos en su designación, por muy ingenuos que seamos, saltan a la vista ya que no es aventurado afirmar que estamos ante un horizonte risueño y abierto a la politización de la función pública, justo el camino contrario que debería haber iniciado el Estatuto para acomodarse al programa electoral del PSOE que muchos votamos.

La ley impone unos procesos de evaluación del trabajo de los funcionarios que serán bienaventuranzas para las empresas privadas dedicadas a tales menesteres. Nadie lo dude: el gozoso «evaluaos los unos a los otros» que el Estatuto proclama las hará ricas.

En fin, el sistema de carrera mediante la conquista de «grados» por cambios a un puesto de mayor nivel (propio de la reforma de los años 80) ha sido descalificado ahora por el legislador introduciendo además lo que Ramón Parada, un consumado experto en la materia, no en balde ha sido funcionario de dos cuerpos civiles y uno militar, ha calificado con gracia como «la carrera de los inmóviles» (Derecho del empleo público, Madrid, 2007). Esta singular modalidad deportiva se debe a que es posible ascender sin moverse, sin asumir nuevas responsabilidades, y tal milagro se produce introduciendo mecanismos horizontales de progresión y reconocimiento.

Esto es más o menos lo que hay. Ahora bien, el Estatuto se llama «básico», es decir que anuncia otras leyes, del Estado y por supuesto de las 17 comunidades autónomas. De verdad, con la mano en el corazón, ¿es tan plural España como para que se necesite este festival de normas? ¿Exige tantos sacrificios y tantos exvotos la diosa de la autonomía territorial? ¿No estamos creando el paraíso del rábula?

19 septiembre, 2007

Monopoly

Esto de jugar a las casitas es de lo más divertido. Zapatero siempre pone una chica para llevar las cosas de las casas. Esta de ahora ya ha habitado varias viviendas, por lo que sabe bien lo que cuesta todo y cómo está el servicio.

Se desconoce cómo saldrá esta operación de subvencionar los alquileres de los jóvenes. Entre otras cosas, porque los jóvenes pasan de todo y no piensan irse de casa ni aunque les pongan un palacio con mayordomo para ellos solos. La única manera sacarlos del hogar de los papis no es incentivando el alquiler, sino penalizando el polvo casero o cobrando a tanto el plato. Total, a ver para qué vale que tu hijo se pire a vivir a un loft ahí al lado si todos los días viene a tomarse los garbanzos a las dos o a asaltar la nevera con mañas de El Solitario. Ponle unos seis euritos por menú e igual se anima a hacerse unos bocatas de mortadela por su cuenta.

¿Y los polvos en casa de los viejos? De ahí vienen los mayores males. No nos engañemos, cuando los de antes se iban pronto del hogar paterno y materno no era por afán de independencia ni porque anduvieran pergeñando un proyecto vital la mar de personal y autónomo. Pamplinas. Era porque en casa los mayores no dejaban follar y así no hay quien viva, derrengado de ascensor y Simca 1000. Pero eso ha cambiado y hasta las abuelas de misa diaria alcahuetan ahora a nietos y nietas para que se den al trasiego carnal mismamente en el sofá de la salita de estar. Más de una vez se habrá visto a los comprensivos padres diciéndose baja la tele y habla suavecito, que está el niño trajinándose a su nueva amiga en el hall y se desconcentra con esas voces, pobrecito mío, mi chiquirritín.

Hace ya a algunos años oí, sobrecogido, a un colega que contaba que su hija lleva con toda naturalidad a casa a su novio a dormir, cosa que mi colega veía bien –y yo también-, pero que resultaba molesta la manía del chaval de pasearse en calzoncillos por toda la vivienda y pedorrearse en el sillón favorito del paterfamilias. A este paso, más de un yerno se tirará a su suegra cualquier día por ecuménica solidaridad y para incentivar la amorosa convivencia de todos bajo el mismo techo y en el mismo lecho.

Así que lo de la independencia de los jóvenes lo podríamos arreglar de un plumazo, simplemente obligándolos por las malas a irse de casa y buscarse la vida. Y si se empeñan en quedarse, que paguen. A tanto el plato de paella y a tanto la cama cuando es para dos. Pero es de temer que Zapatero tomara cartas en el asunto y decidiera financiarles a esos chicos tan majetes la habitación por horas o el motel, con el argumento de que los jóvenes tienen derecho a una vida sexual digna y a los viejos que los jodan. Ah, y el gasto en condones, apósitos y cremas desgravará para los de menos de treinta, seguro.

Bueno, ahora un poco en serio. Si uno ve el editorial de hoy de El País o la información que viene sobre el tema de las ayudas para alquiler (titular: "El plan estrella del Gobierno sobre el alquiler calca una medida en vigor desde 2004"), se queda de piedra, pues es este periódico, hasta hace poco gubernamental, el que pega un palo bárbaro tanto a la medida como a su supuesta originalidad. Pues resulta que las tales ayudas ya estaban en vigor desde los tiempos de la Trujillo y que el Zapa y la Chacón nos las venden como nuevas y a estrenar. Qué pillines. Y es El País, repito, el que levanta la liebre y los pone de vuelta y media. Mediapro, claro. Ay, el vil metal.

No sé un pimiento de economía, lo que me pone en situación idéntica a la de los profesores y profesionales de la cosa. Así que tengo el mismo derecho y la misma legitimación que cualquiera para decir lo que se me ocurra, aunque sea a humo de pajas. Y a mí me huele a chamusquina y me da la impresión de que esta medida del gobierno les vendrá como anillo (de oro) al dedo a los especuladores que han comprado unos pisitos esta temporada y que se han quedado sin poder revender algunos de ellos porque la burbuja hizo plof anteayer. ¿Será casualidad que el Gobierno ponga las pelas para el alquiler justamente ahora que unos cuantos iban a tener que meterse sus pisos vacíos por salva sea la parte? Primero se animó a todo zurrigurri a comprarse casa propia y aquí anda hipotecado hasta el aquello de la Bernarda. Como ya no queda ni un alma que pudiendo malamente comprarse un piso no se lo haya comprado a precio de lingote, toca ahora menear el mercado de los que no tienen más que para el alquiler y gracias. Se les cuenta lo bueno que es liberarse de la familia (no cuela, me temo), lo bonito que es llegar a casa por la noche y encontrarte la cena sin hacer, y se les da un dinerote para que alquilen apartamentito. Y díganme, queridos lectores amigos, ¿a quién se lo van a alquilar los que se animen? Pues a algún especulador de esos que estaban a punto de comerse con patatas sus pisos de más o de ponerlos en el mercado a precio de saldo. Vendrán genial esos alquileres para que los propietarios sigan pagando sus hipotecas y para evitar que tengan que vender sus pisos a la baja. Cosa que iba a ocurrir y que el Gobierno se ha apresurado a evitar echándole incentivos al alquiler con la pasta de todos.

Me encantan las medidas sociales de estos sociolistos de pega.

18 septiembre, 2007

A ciegas

Anoche un servidor se hallaba cómodamente tumbado en el sofá, con un vasito de orujo blanco en una mano y en la otra el mando a distancia del televisor, sumido en el etílico zapeo que lleva al sueño. Y hete aquí que voy a dar con Mira quien baila, ese programa eterno y omnipresente en el que aparece una presentadora que unas veces está de rechupete y otras parece la prima pobre de la ministra de educación. Total, que el programa ya terminaba y andaban repasando las actuaciones de los famosos que competían con sus danzarinas artes, casi todos desconocidos para mí. Y ahí vemos a un señor ciego cuya cara me sonaba levemente y que resultó ser Serafín no sé qué, dicen que cantante y que representó a España una vez en el festival de Eurovisión, festival que demuestra anualmente que una Europa unida puede ser tan hortera y cutre como una parroquia entera construida por El Pocero.
Tuve una intuición certera al ver que concursaba el ciego Serafín y me quedé un rato esperando el desenlace de la competición, mientras me administraba otra pequeña dosis del digestivo brebaje. Pues resulta que la democracia ha llegado a las televisiones y que todo tipo de torneos se resuelven mediante el voto telefónico de espectadores de pago. Y ya se sabe como vota el personal, en estos casos y en todos. Primero a los del propio pueblo. A continuación a los graciosos de las pelotas. Luego a los patosos. Después a las gordas. Y, por último, al que cante o baile medianamente bien. Ah, pero esta vez había un invidente, que es lo mismo que un ciego, pero en expresión de locutor progre. Y, claro, el personal se volcó con él. A ver.
Volví a contemplar las imágenes del buen hombre bailando a oscuras y resultaban patéticas en grado sumo. ¡Cómo pudo prestarse a eso! ¡Por qué no protesta la ONCE! ¿No era éste un país la mar de avanzado y políticamente correcto? ¿No castigó una vez la autoridad a una discoteca que organizaba lanzamientos de enanos? ¿Por qué no le meten un multón a TVE por aprovecharse así de las incapacidades y la osadía de la gente sin luces?
Pero, en fin, allá se las componga el ciego Serafín y que baile lo que quiera para estimular compasiones y recaudar euros. Yo me quedé contento, pues vi la luz, di con la explicación para el misterio que me acongojaba desde hace tiempo y que se reducía a la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que en este país ganen elecciones generales cretinos ignorantes y frescos como Aznar o Zapatero? Y, ¡zas!, ahí está la respuesta: porque el personal vota en política igual que en Mira quien baila y se solaza al comprobar que un ciego puede triunfar en un concurso de baile, un afásico en un certamen de cante o un necio analfabeto en la competición democrática para presidente del gobierno. Ni más ni menos. Es una forma de consolarse pensando que aquí cualquiera puede llegar cualquier cosa, de animarse con la convicción de que no hace falta ni estudiar ni trabajar honestamente para trincar de lo lindo, de castigar a los que poseen mejor arte o intelecto más cultivado y de ejercer aquella soberbia forma de dominación que se expresa en el viejo dicho de que donde pago, cago. Al pueblo le gusta poner en lo más alto de la política a los individuos culturalmente más zafios y éticamente más esquivos. Así es como podemos entender también que en tantos ayuntamientos hayan ganado las pasadas elecciones acreditadísimos ladrones y corruptos de cinco estrellas.
El ciego Serafín, con sus pasos desastrados y su postiza sonrisa es la metáfora perfecta de un pueblo que ve la democracia política como un concurso televisivo más, ejerce su soberanía a base de pedorretas y se instala en firme confianza de que aquí no pasa nada, tío. Ya veremos.

17 septiembre, 2007

La berrea del político. Por Francisco Sosa Wagner

La berrea es -casi todo el mundo lo sabe- la época de celo del ciervo, aquella en la que el macho llama a la hembra con berridos agudos y ansiosos, henchidos de verriondez y de vida. Constituye un espectáculo tan magnífico que existen excursiones organizadas y apostaderos especiales para oír el acucioso bramido, lo que demuestra que los humanos nos divertimos a veces de manera un tanto estrambótica. Creo que los deseos fornicadores del cérvido merecen mayor respeto como lo merecen en general los animales que tan disciplinados son en el trance del desahogo, con sus épocas y momentos perfectamente identificados y codificados. Ello es signo de orden y contrasta vivamente con lo desparramado que viven el hombre y la mujer sus impulsos sexuales, repartidos a lo largo del año sin orden ni concierto, aquí te pillo, aquí te mato, todo seguido y sin más método que el de Ogino.

Pero lejos de avergonzarnos con esta actitud de fisgones e indiscretos y de meternos donde nadie nos llama, lo cierto es que blasonamos de ello y ahora es de buen tono contar -entre amigos- la berrea vivida en una madrugada de la sierra cordobesa. En la especie humana no existe la berrea como vengo recordando pues que somos víctimas de una permanente desazón, que no claudica nunca, ante los atractivos del sexo opuesto y esta disposición de ánimo, cuando no va seguida de la acción remuneradora, nos hace perder muchísimas energías.

Los únicos que practican una modalidad original de berrea son los políticos en su época de celo. Cuál sea esta época es cosa de todos conocida: la electoral, aquella en la que se divisan en el horizonte las urnas, las papeletas, los recuentos, los resultados, la alegría, el desencanto... El período electoral es una especie de cuaresma con sus sermones -que son los mítines- y su dieta pues el político se ve obligado a comer todo lo que de singular existe en cada rincón que visita. Dijérase que el político se da un atracón en esos momentos de señas de identidad: mucha paella, mucha fabada, mucho lechazo, mucho pescaíto frito y así hasta el hartazgo.

Y es probablemente este régimen alimenticio el que le desordena sus desagües interiores y el que le lleva a practicar la berrea. No a la luz de los amaneceres tibios, allá cuando se nos enredan las supersticiones y se desperezan nuestras soledades interiores, sino a la luz de los titulares de los periódicos que son carros voladores, lumbres que emiten -incansables- ondas fugaces y fugitivas. Entonces es cuando el político berrea, no llamando a la hembra para entregarse con ella a esa turbulencia erótica destinada a apagar las ardentías, sino llamando al votante a entregarse a la urna, a derramarse en ella y procrear una mayoría parlamentaria.

El método utilizado no es tampoco el usual en los bosques, el bramido macho que es al tiempo lanza y bayoneta, sino el grito destemplado en medio del mitin -esa bazofia de la democracia- prometiendo a la pareja anhelante una vivienda, al niño que nace unos pañales y al viejo que muere una dentadura ...

Esta es la modalidad de berrea del político en esta su época de mayores exigencias sexuales, cuando el voto es falo y la urna, vasija plena de recompensas. Y cuando la excitación se trueca en fecunda fantasía, entonces es la autopista, el tren, la Universidad, el hospital, el sueldo triplicado, lo que berrea -campanudo y desafiante- el político, ya libre de cualquier atadura y entregado al vértigo del trajín sexual sin sexo que eso es al cabo la política, mujer engañosa, trápala de hielo.

Que dure lo menos posible esta desazón erótica del político es a lo único que podemos aspirar quienes no berreamos más que de tedio.

16 septiembre, 2007

El prometedor

Se acercan las elecciones generales, ¿saben? Así que los partidos siegan facciones y llenan el silo de la demagogia. Esto será una carrera para ver quién promete lo más inverosímil y lo más inconveniente para el sentido común y las arcas del Estado.
Yo apuesto por ZP. No falla, se cumple con él sin excepción la segunda ley de la termopolítica, que dice así: a menos seso, mayor descaro. Como en realidad ese líder natural de la izquierda más boba (todos reconocen en confianza que el Zapa es medio oligofrénico, pero es su oligofrénico, cuidado, y mientras resulte rentable...) y superficial no tiene ideología, sino consignas de baratillo, y no lee ni piensa, ¡sólo faltaba!, sino que trama y perpetra, se ven venir unos juegos de manos en nuestro bolsillo para medro de su urna. Qué cansancio, volverán a contarnos los periódicos que Solbes discrepa y que dice que en principio que no y luego ya veremos, y bla, bla, bla. Este Solbes es clavadito a la madre Teresa de Calcuta, que, al parecer, había perdido la fe hace un porrón de años, pero no dejaba pasar misa y no se quitaba la toca ni en la ducha. Puede que tengan en común igualmente el afán por hacer el bien por encima de credos y otras convicciones, no digo que no. Al fin y al cabo, Solbes pensará que si no frena él al jefe, que sabe de economía lo mismo que de ética política o de relaciones internacionales, apaga y vámonos. Y que, total, por mucho que el otro prometa, firme o afirme, tampoco lo hace exactamente con intención de que se cumpla al pie de la letra. Lo van sabiendo los catalanes y otros y, según cuentan, no hay un gran dependiente que haya visto todavía ni un euro a costa de la Ley de dependencia. Eso sí, ruido, alharacas y Vicepresidenta para dar y tomar.
Deberíamos esforzarnos entre todos para proporcionarle ideas a don José Luis, ocurrencias para que pueda prometer cosas a troche y moche antes de marzo, para que el perspicaz electorado se lo crea y levite de satisfacción y legítimo orgullo por dejarse comer el coco por el más cantamañanas y cínico de los políticos posibles. Un servidor, modestamente, quiere hacer aquí algunas sugerencias eminentemente progresistas y populares:
- Generosas ayudas para ludópatas que no puedan hacer frente a sus deudas de juego. Pobre gente, invirtió en la ruleta y el blackjack para enriquecerse un poco y qué culpa tienen ellos de que les saliera mal la jugada.
- Subvenciones para padres de hijos que suspendan todas las asignaturas y deban repetir curso, para que les compren el modelo último de videoconsola y animen así a sus ejemplares muchachos.
- Bonos para restaurante de muchos tenedores para todos los que no puedan pagar la hipoteca del piso, pero no quieran renunciar al farde con parejas amigas cada sábado noche.
- Financiación total de la edición de toda primera novela de progre menor de sesenta años que se considere joven escritor perjudicado por la mala fe capitalista de las editoriales comerciales.
- Sueldo vitalicio de ocho mil euros mensuales para todo actor de series televisivas cutres que esté dispuesto a declarar a voz en grito que si gana el PP él se exilia y no vuelve a comer hígado encebollado.
- Conversión de todo jubilado en antiguo cargo de lo que sea, con actualización automática de la pensión.
En fin, entre todos podemos ayudar a que la derecha cavernaria y el capitalismo salvaje no se apropien nuevamente de este país que es punta de lanza en la liberación de los oprimidos y en la promoción de los incapaces al gobierno. Sigamos soñando en Babia.

13 septiembre, 2007

Queridos maestros. Por Joaquín Leguina

También este escrito de Joaquín Leguina me lo enviaron hace unos días y aquí va.
Queridos maestros. Por Joaquín Leguina.
Durante mis años de juventud y aprendizaje, primero en Bilbao y luego en París y en Madrid, tuve una convencida devoción por el marxismo y no sólo como militante, como activista político contra una dictadura que –para quienes la soportábamos- amenazaba con ser inmortal, pues aquel general bajito y de voz aflautada (que estaba convencido de poder pasar a la Historia por todas las virtudes de las que carecía) no daba señales de querer morirse.
Muchos llegamos a creer, en efecto, que el marxismo, es decir, “el materialismo histórico”, era una ciencia al estilo de la Física. Una ciencia que había tenido en Carlos Marx a su Copérnico y también a su Newton. Tratábamos de hacer con esa poderosa arma, “científicamente”, la revolución que nos traería, a impulsos del proletariado, un mundo libre al fin, es decir, sin clases. Sin explotación del hombre por el hombre.
El marxismo había movido en el pasado muchas conciencias, incluso había sido capaz –revolución mediante- de crear unas sociedades sin capitalistas, por ejemplo, en Rusia y en China. Claro que veíamos a esos países anticapitalistas con no pocas reticencias, pues sabíamos que allí no había, ni por asomo, libertades civiles…. aunque tampoco existían banqueros. “Vaya lo uno por lo otro”, era ésta, quizá, nuestra justificación de lo injustificable.
Mas, en lo tocante a la citada ciencia, las modas –también en el marxismo- venían de París y se llamaban entonces “estructuralismo”… y como en cualquier culto, tenían sus teólogos y sus pontífices y, en primer lugar, a Louis Althusser, un profesor de la École Normal, que vivía en una residencia universitaria de la Rue D’Ulm. Althusser era por aquellos días el gurú del “marxismo estructuralista”, un pensamiento con gran prestigio entre la progresía universitaria, dentro de la cual brillaban con luz propia muchos de los alumnos normaliens de Althusser que se habían pasado al maoísmo y se dedicaron a aplaudir en revistas “teóricas” o en hojas volanderas las virtudes de aquel escarnio que se llamó “Revolución cultural”.
En el otoño de 1966, siendo yo estudiante en la Sorbona visité -con ocasión de un acto que estábamos montando en solidaridad con los demócratas españoles- a Althusser en su residencia de la Rue D’Ulm.
El filósofo, de mirada perdida, camisa gris mal planchada y pantalón del mismo color, me recibió en pantuflas en lo que parecía una celda conventual. En efecto, todo en aquel recinto tenía aires monásticos. Una cama grande, un armario, dos sillas, una biblioteca a rebosar y una puerta que, seguramente, daba al baño. Al fondo de la habitación, otra puerta corredera desembocaba en un despacho con su mesa de trabajo -orientada a un jardín otoñal- y su silla. Dos sillones de orejas y una mesa baja poblada de libros completaban la estancia. El filósofo me hizo sentar en uno de los sillones, se mantuvo de pie, leyó el manifiesto, lo firmó y me despidió. Eso fue todo.
Saqué la impresión de que sobre aquel hombre pesaba algún dolor, quizá a causa de una enfermedad física o, más probablemente, mental. Tampoco envidié su vida de intelectual abandonado en aquel reducto deprimente.
Althusser era apreciado entre la izquierda –ya lo he dicho- y sus discípulos habían comenzado en 1965 a editar la revista Cahiers Marxistes-Léninistes, que dedicó su número 11 precisamente al maestro. Éste publicó en 1965 su libro canónico: “Pour Marx” y en 1966, su Vulgata: “Para leer El capital”. Libros que Siglo XXI se encargó de traducir al castellano. Aquellas obras, junto a los tratados económicos de Bettelheim, fueron el alimento de un marxismo juvenil y dogmático al que se había adscrito con mayor o menor entusiasmo una buena parte del movimiento progre de la época.
Algo más tarde, una alumna aventajada de Althusser llamada Marta Harnecker –una chilena a quien por entonces yo solía ver predicando la buena nueva a sus fieles latinoamericanos en el restaurante universitario de Mabillon- escribiría un par de catecismos althusserianos que se vendieron como churros entre los aprendices -castellano-parlantes- de marxismo a un lado y otro del Atlántico.
Pero, ¿quién era este Althusser? Su mentalidad torturada y tortuosa, de la que habría de dar cumplidas muestras, le había llevado desde Acción Católica –en la que militó antes de la guerra mundial- al Partido Comunista francés, el más estalinista de Occidente. De ahí –y de la mano de algunos de sus alumnos- pasó al maoísmo, para retornar definitivamente al catolicismo en los últimos días de su vida. No por casualidad en aquella biblioteca de la Rue D’Ulm pude ver que los libros de Santa Teresa de Ávila acompañaban a las Obras Escogidas de Lenin.
En lo que se refiere al marxismo althusseriano, éste logró envolver con los ropajes del estructuralismo a pensamientos tan envejecidos como “Sobre el materialismo histórico y el materialismo dialéctico”, cuyo autor era –el ya por entonces innombrable- José Stalin. Sólo por su envoltorio estructuralista, aquellas vejeces se vendían como novedades… con un toque, incluso, de psicoanálisis vía Lacan, a quien Althusser debía el concepto de sobredeterminación.
Althusser y los suyos hablaban de “inversión, de puesta sobre sus pies” de la dialéctica idealista y hegeliana en materialista y marxista. Incluso fueron más allá y sostuvieron, siguiendo a Bachelard, que hacia 1845 se había producido un corte epistemológico entre el joven Marx –que según ellos no era todavía marxista- y el Marx de la madurez. Un Marx maduro que ya no tenía nada que ver con la dialéctica hegeliana, un Marx que ya era “el verdadero Marx”. De esta guisa, los althusserianos descubrieron en El Capital conceptos y verdades que su autor ignoraba. Por eso resucitaron a Stalin –uno de los asesinos en serie más mortíferos de la Historia-, considerándolo un teórico muy superior al propio Marx “juvenil”.
En vísperas del mayo francés aparecieron los Cahiers pour l’Analyse dedicados a recoger, mezclar y revolver las ideas de Althusser con las de Lacan, Foucault y las del mismo Lévi-Strauss, el antropólogo fundador del estructuralismo francés.
Las contradicciones sociales tenían, según Althusser y sus seguidores, su origen y fundamento en las leyes de la materia. Para ellos, la conciencia no era sino un mero reflejo de la acción humana, un producto fatal. El marxismo, en sus manos, abandonaba al fin la filosofía y la práctica política para convertirse en una ciencia con fundamentos parejos a los de las ciencias de la naturaleza.
Cuando, en 1956, se celebró el XX Congreso del PCUS y Kruschev descubrió alguno de los masivos crímenes de Stalin, Althusser, por exigencias del guión, dejó de ser estalinista, pero acabó por buscar refugio en Mao. Lo demuestra el hecho de que publicara en el número 14 de Cahiers Marxistes-Léninistes, un artículo elogioso sobre aquella aberración -a la que ya he aludido- que se llamó Revolución Cultural china.
Mientras el populacho apoyado por las más altas magistraturas del Estado chino, con Mao a la cabeza, se dedicaba a maltratar de las más viles formas a los profesores e intelectuales de su país, incluyendo a simples oficinistas, esa parte de la inteligentzia francesa se hacía lenguas a favor de la proletarización impuesta por una sedicente “Revolución cultural”, cuyos objetivos verdaderos no eran otros que la toma del poder por una pandilla de forajidos políticos: “la banda de los cuatro”.
Tras asesinar a su mujer, estrangulándola con un pañuelo de seda –precisamente sobre la cama que yo había visto en aquella residencia monacal-, Louis Althusser fue recluido en un convento, donde murió en el seno de la Iglesia Católica. Pero antes habría de escribir sobre sí mismo unas confesiones que destruyeron definitivamente el crédito –si alguna vez lo habían tenido- de sus ideas. Soy un ser –escribió- lleno de artificios e imposturas… y nada más. Un filósofo que no conocía casi nada de historia de la filosofía y casi nada de Marx… Raymond Aron no estaba equivocado al hablar de mí y de Sartre como “marxistas imaginarios”.
Un final de traca para una gran impostura que colonizó -¡y de qué manera!- a una parte de la izquierda y no sólo en Francia, pues por nuestros pagos abundaron también los traductores-introductores.
El final tragicómico de Althusser no fue una excepción en aquella generación de maestros, fue una epidemia. Así ocurrió con su contradictor más relevante dentro del PCF, Roger Garaudy, con quien Althusser sostuvo en La Nouvelle Critique, la revista teórica del Partido, una larga controversia que había comenzado en 1955 y que concluyó en 1966.
El PCF permitió ese debate por ver de recuperar algo del prestigio perdido entre los intelectuales, pero al final (1966) se inclinó por las tesis del “humanismo marxista” que representaba Garaudy, silenciando definitivamente a Althusser. Garaudy estuvo empeñado por entonces en el diálogo cristiano-marxista que él mismo propició y mantuvo en el candelero como nadie. Este influyente pensador comunista no acabó como Althusser en las filas de la Iglesia Católica, con cuyos miembros tanto había bregado, sino que, después de abandonar el PCF, abrazó la fe… pero la del Islam (“cosas veredes, amigo Sancho”).
Nikos Poulantzas, el más político de la cuadra del marxismo estructuralista, tal vez dolido por el fracaso de sus ideas, a finales de 1979 agarró sus obras, salió al balcón y se arrojó a la calle –abrazado a sus libros-desde un décimo piso. El año siguiente, 1980, resultó aún peor para aquella influyente tropa intelectual. En enero, Lacan disolvió la Escuela Freudiana, en noviembre, Althusser enloqueció, asesinó a su esposa y fue recluido en un convento hasta que, en diciembre, murió y a Roland Barthes lo atropelló y mató un camión. En 1981, Lacan moría afásico y en 1984 Foucault se extinguió, víctima del SIDA. Gilles Deleuze se suicidó en 1995…
En realidad, la fiesta post-estructuralista había durado poco más de una década. Sólo Lévi-Strauss, el padre fundador -negado por sus seguidores marxistas a quienes él, por cierto, despreciaba- los sobrevivió a todos en una tranquila y prolongada vejez.
Sartre, dueño de una filosofía más solvente que la aquí descrita, también acabaría como el rosario de la aurora, defendiendo –tras el mayo revolucionario de 1968- una causa imposible: “La causa del pueblo”, un infumable panfleto maoísta que el ya anciano filósofo vendía personalmente por las calles del Barrio Latino.
Tampoco el “fin de fiesta” de Marta Harnecker fue como para tirar cohetes. Tras su periplo francés regresó a Chile y allí dirigió, después del triunfo de Allende, un influyente semanario: Chile hoy. Su atractiva figura de entonces (era una chica, en verdad, muy “neumática”) la podemos ver, mientras “mitinea”, en el famoso documental de Patricio Guzmán: “La batalla de Chile”. Después de sufrir –como todos- el golpe militar del 11 de septiembre (1973), la Harnecker se exilió en Cuba y en aquella isla se casó con Piñeiro, el jefe de la Policía Política de Castro. Y allí sigue, ya viuda, pues Piñeiro murió, hace ya algunos años, en un accidente de tráfico que, según los cubanos del exilio, no fue tal, sino un atentado preparado por el régimen contra un hombre que, obviamente, “sabía demasiado”.
¿Y nosotros qué? Pues visto a la distancia que el tiempo procura resulta incomprensible que nos dejáramos pastorear intelectualmente por una traílla de embaucadores en una impostura política con aires de secta religiosa. Una ensoñación de la cual sólo la realidad –que se abrió paso tras la muerte del dictador- fue capaz de sacarnos.

11 septiembre, 2007

Los nuevos antepesados. Por Iñaki Ezquerra

Como estos días no tengo tiempo apenas para escribir nada, ni siquiera para pensar un poco, embotado como anda uno con toda la ciencia que se destila en los concursos universitarios, aprovecho para colgar algún artículo majete que me he topado por ahí. Este de Iñaki Ezquerra, publicado hace días en El Correo, me lo envió un amigo y aquí lo planto. Ahí va:
Siempre ha habido gente que valora como propios los méritos de sus antepasados y que cuenta como si fueran suyos los logros de sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos; gente que me inspira la certeza de que no estoy ante un antepasado sino ante un “antepesado”. Pues bien, aquí es adonde yo quería llegar. La nueva era política o geológica que estamos viviendo hoy en España con Zapatero ha traído un nuevo tipo de “antepesado”, de pelma delpedigrí que uno nunca habría sospechado que pudiera existir, pero que me siento con el deber moral, científico y ciudadano de delatar. El nuevo “antepesado” se diferencia del tradicional, del de toda la vida en que su supuesto pedigrí familiar es de izquierdas. Y así, igual que siempre ha habido gente que daba la chapa asegurando que desciende de la pata del Cid, esta tribu sociológica recién aparecida en nuestro paisaje nacional se elabora una genealogía tan roja como fraudulenta que -como la del viejo “antepesado”- se resquebraja a poco que rascas si es que tienes interés de rascar. El nuevo “antepesado” dice cosas como la que dijo nuestro ministro de Cultura cuando tomó posesión de su cargo: “Vengo de una familia de muchas generaciones de republicanos”. No es que uno vaya a indagar nada pero el propio concepto de “republicanismo español”, moderno por antonomasia y desgraciadamente tardío, se da de tortas con la expresión “muchas generaciones”. ¿Cuántas? Cinco a lo sumo si contamos con que los Molina ya eran partidarios de la Primera República. Porque más de dos no ha habido en España. Quiero pensar que ése fue un simple y disculpable lapsus de “antepesadez” en el hombre que, por otro lado, nos ha dado la alegría desacar a Rosa Regás de la Biblioteca Nacional.

La verdad es que el propio concepto de “izquierda” se pega con el de “pedigrí”. Si hay algo que caracteriza esencialmente a la izquierda es su rebelión ante la tradición y la reivindicación de la libertad del ser humano para oponerse a sus padres, al pasado y a los antepasados más que a nadie. La verdad es que la moda de los nuevos “antepesados” se ha extendido tanto y tan comercialmente en los últimos tres años que no es fácil sustraerse a ella. A veces es difícil discernir donde termina la fantasmada infantiloide y comienza la indecencia. Sé de un personaje que siempre ponía voz de pijo para presumir de que su papá le había pagado una estancia parisina en los años setenta en una buhardilla alquilada a Marguerite Duras y que ahora ha convertido aquellas vacaciones en un exilio. Nunca se me ocurriría recordarle que volvió antes de la muerte de Franco porque es capaz de contarme que regresó para derrocarle sólo que la parca se le adelantó. Tengo amigos que pasaron un par de semanas en Portugal en aquellos mismos años y que también me quieren convencer de que se exiliaron por republicanos y antifranquistas. Uno piensa que Portugal no era el lugar más adecuado para los republicanos (en todo caso lo sería para los monárquicos) pero se calla por no molestar. Tengo, en fin, hasta un tío navarro que fue siempre un carlistón irredento y que ahora cuenta a todo el mundo que estuvo en la cárcel por nacionalista. El otro día le pregunté a mi madre por él y me dijo riéndose: “Estuvo una vez en la cárcel, pero por borracho”.

Última moda para rebeldes

Cada vez que me cruzo por la calle con una mujer con chador me quedo mirándola con esa curiosidad con que las vacas contemplan el paso de los trenes. Misterios. ¿Nacieron para sumisas? No creo. Al fin y al cabo, también aquí vimos a las abuelas ir un paso por detrás de sus maridos, con la saya negra y un hatajo de churumbeles colgados de las entrañas. Pero, hombre, es el siglo XXI.
Cuando me pongo feministo ando torpón, ya lo sé. El caso es que son parte de nuestros paisajes, y bendito sea el paisaje, por la cosa ecológica y tal. Ecología humana, que se multipliquen entre nosotros las especies mientras hacemos de boquilla política de género, para que ninguna novia de ministro se quede sin su acta de diputada. Qué putada.
Mi perplejidad aumenta considerablemente cuando la señora tocada por la mano de Alá es de aquí mismo, españolita conversa. Acabo de toparme con una en Barajas. Me quedé un rato meditando sobre qué tuerca se le habría aflojado a esa joven que iba toda contenta luciendo las galas de su fe adoptiva, hasta que caí en la cuenta de que, bien pensado, no es tan raro. Dicen las estadísticas que son miles y miles los europeos de toda la vida que se pasan esta temporada a la fe islámica. Es el último grito en vida alternativa, menú ideal para ahítos disconformes. Hace cuarenta años los burguesitos se apuntaban por las mismas al trostkismo y al maoísmo y babeaban con el sueño de una revolución cultural a la china, pero aquí, en las Alcarria mismamente. Ellos, que habían estudiado en los mejores colegios, viajado a la playa en el Dodge de papá y comido los primeros yogures, soñaban con una política radical que pusiera a todos a plantar lechugas y a vendimiar. Pobrecitos, lástima que no se cumplieran sus sueños. Habría sido entrañable verlos, con sus blancas manitas, arrancando hierbajos bajo la mirada torva del comisario político de turno. Claro, supongo que ellos más bien soñaban con ser comisarios políticos y reprimir con mano de hierro la contaminación capitalista de mentes y cuerpos. Luego supimos que era una posturita para follar con liberadas y un buen entrenamiento para ir curtiéndose en conspiraciones y baja política de partido. Los más avispados acabaron de ministros y secretarios de Estado y los más lelos se conformaron con hacerse catedráticos o empresarios de hostelería, a ser posible con casa rural. Pero conservan algo de aquel barniz alternativo y lo exhiben al hilo del calentamiento global o el pacifismo con chófer. Pasaron del arrobo ante las leyes de la historia a ser legisladores o evasores de impuestos. Es su larga marcha particular, largo rodeo para no bajar de clase social. Pues creo que no conozco a ninguno de aquellos que se haya hecho pobre o simplemente proletario. Sus papis pudieron descansar tranquilos, al fin.
No sé cuantos de éstos que ahora se pasan al Islam acabarán perdiendo su nueva fe o cuantos llegarán a imanes y cosas así. De lo que estoy bastante convencido es de que la mayoría se apuntan por hacer algo distinto y llevar la contraria, para dar la nota. En el supermercado de las alternativas va quedando poca cosa que ponerse en la biografía juvenil, y tampoco está todo el mundo dispuesto a irse en serio de cooperante a Burundi o a partirse la cara por los oprimidos de verdad, que haberlos haylos. Así que cara a la Meca y en pompa para cambiar el mundo.
Esperemos que estos nuevos beatos acaben como sus predecesores, devorados por las aguas de la historia y vencidos por los molinos de viento contra los que fingen que luchan.

10 septiembre, 2007

Delito político

Aquí copio la columna que acabo de enviar a Ámbito jurídico, la publicación colombiana. El tema sonará raro por estos pagos, pero allá está de plena actualidad, pues el presidente Uribe pretende rebajar sustancialmente las consecuencias penales de los crímenes paramilitares alegando que son delitos políticos y que la Constitución colombiana permite tal apaño.
A ver si esta semana puedo seguir contando algo aquí, pese a que toca de nuevo encerrarse en la capital de capitales con hábiles habilitadores.


LAS CONTRADICCIONES DEL DELITO POLÍTICO.

La idea de delito político surge en la tercera década del siglo XIX en países como Bélgica o Francia, en un contexto ideológico preciso. En la pugna contra el Antiguo Régimen, los primeros sistemas políticos de corte liberal contemplan con los mejores ojos la lucha, incluso violenta, contra aquel sistema político anterior. El optimismo racionalista llevaba a ver la imposición de las nuevas libertades como un movimiento imparable de la Historia. El romanticismo hacía que se juzgara con admiración y alta estima moral a los que se alzaban contra el orden pretérito, opresivo de vidas y conciencias. De ahí que, frente al delincuente común, cuyas acciones se tenían por guiadas por el egoísmo, el delincuente político recibiera algunos privilegios, fundamentalmente en materia de asilo y extradición. Se rompía así con la situación anterior, cuando la rebelión contra los poderes establecidos recibía las penas más duras.

Posteriormente los Estados van a poner algunos frenos a ese trato de favor para el delito político. En las relaciones entre Estados constitucionales de estirpe liberal no parecerá coherente privilegiar al que se rebelaba contra alguno de ellos. Además, se introducirá un criterio moral de evaluación del delito político, superando la ambigüedad de la pura definición genérica del mismo. Desde los orígenes el delito político era definido como aquella acción penalmente punible realizada en nombre de ideales opuestos a los del Estado establecido y que, en razón del bien jurídico atacado, se consideraba apta para socavar los fundamentos de dicho orden estatal. Conforme a tal caracterización, en nuestros días habrían de recibir trato favorable, como delitos políticos, las acciones de ETA en España o de la banda Baader-Meinhof en Alemania o de las Brigadas Rojas en Italia. Al fin y al cabo, con aquella definición en la mano, el terrorismo con finalidad subversiva sería el delito político por antonomasia. Y llegamos a la cuestión decisiva: ¿tiene sentido que un Estado constitucional y democrático de Derecho otorgue ventajas legales a los que, desde ideologías opuestas a las que fundamentan ese Estado, atentan contra otros Estados del mismo cariz? ¿Cabe que se dé la consideración de luchadores de alta condición moral a los que, para sus fines políticos, convierten la vida, la integridad física o la libertad de los ciudadanos en mero instrumento de sus designios políticos? Me parece que la respuesta sólo puede ser negativa. En buena lógica, en un Estado de Derecho el único delincuente que puede recibir trato de delincuente político es el que pelea contra la tiranía de Estados que violan los derechos humanos más elementales y que lo hace desde el respeto a los aquellos derechos más básicos de los ciudadanos. Ése es el camino tomado en nuestros días por el Derecho internacional, que no permite conceder beneficio ni al que atenta para imponer dictaduras ni al terrorista sangriento ni a quien comete genocidio o crímenes de lesa humanidad, aunque sean o se digan políticos sus móviles. ¿Qué pensaríamos, sino, de un Estado democrático que amparara al que en otro Estado igual mata para acabar con las libertades e imponer, por ejemplo, un sistema nazi o una teocracia?

Hay países, como Colombia, que usan la categoría de delito político a efectos de dar trato mejor a los que en su seno delinquen para modificar el orden constitucionalmente establecido o, supuestamente, para salvaguardarlo. Semejante anomalía responde, sin duda, a razones históricas. Pero supone introducir en la propia Constitución una paradoja con peligrosos efectos disolventes, efectos que sólo pueden evitarse con una interpretación sumamente restrictiva de aquellas cláusulas. Una Constitución que afirme como supremos valores el respeto de los derechos fundamentales y de los procedimientos democráticos no puede reservar tratamiento mejor ni alabanza ninguna para los que hacen tabla rasa de tales derechos, por mucho que digan que los mueve el afán de justicia o la defensa de las mismas libertades que con sus acciones niegan. No se trata de que no quepa pugnar por cambiar los fundamentos del Estado y de la propia Constitución, sino de que los medios que se usen no pueden jamás consistir en el asesinato, el secuestro, la tortura o la rapiña. Una Constitución que lo admitiera así se estaría negando a si misma, estaría sentando que, por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, se acepta y tiene legitimidad y valor constitucional el uso de la violencia contra tales derechos, la conversión de éstos en moneda de cambio que es posible emplear, con todos los parabienes, en la disputa política.

Un grupo alzado en armas y que violente gravemente los derechos humanos, ya sea so pretexto de hacer la revolución o de defender el Estado contra la revolución, puede poner contra las cuerdas a las instituciones estatales y forzarlas a hacer concesiones. Pero si entre éstas está la impunidad de sus crímenes, la apropiación definitiva de lo robado o la obtención de un papel político dominante, no podrá decirse que eso ocurre con la Constitución en la mano y por aplicación de ninguno de sus preceptos, ni siquiera el atinente al delito político. Pretenderlo es escarnio constitucional. Si la Constitución lo consintiera, esa Constitución habría sido simple pretexto para legitimar la violencia como vía política alternativa y superior. Una Constitución que merezca tal nombre no puede al mismo tiempo afirmar los derechos fundamentales y defender a los que los vulneran con mayor saña. Tampoco cabe que esa Constitución convierta al que por convicción mata, roba, tortura o extorsiona en ciudadano acreedor de consideración mayor que la del ciudadano que se atiene a sus reglas fundamentales, aun cuando delinca.

En suma, si las cláusulas constitucionales referidas al delito político no reciben una interpretación fuertemente restrictiva, se estará dinamitando la Constitución desde la propia Constitución, echando por tierra sus normas más cruciales, las que definen como Estado de Derecho y de derechos al que esa Constitución funda. Equivaldría a mantener que la propia Constitución afirma que por encima de los derechos fundamentales y de la democracia se halla la violencia como medio válido y legítimo de acción política. Sería como si la Constitución aceptara que más allá de cualquier otra ley vale, y vale con todos los merecimientos, la ley del más fuerte.

08 septiembre, 2007

El ojo de las instituciones

Allá por los albores de la juventud era en el grupo de amigos tema recurrente el de por qué las chavalas acababan morreando siempre con el más cabronazo, que nunca era ni el más inteligente, ni el más aseado ni la mejor persona. En cada grupo y en cada pueblo había un descarado que se las llevaba de calle, mientras los demás veíamos pasar los días a dos velas y con un primer convencimiento de que en este mundo no hay ni justicia ni providencia ninguna. Luego supimos todos que las chicas tenían conversaciones paralelas, pues su enigma estaba en por qué eran mejor pretendidas las más guarras y más dispuestas para el magreo apresurado.
En fin, aquellos tiempos pasaron, por fuerza todos nos hicimos de orden y las partidas de más nivel comenzaron a jugarse en la clandestinidad. Pero a mi la sensación se me renueva cada dos por tres, si bien no a propósito de las equívocas relaciones entre los sexos, donde ya va uno sabiendo que no hay reglamento ni estadística que valga, sino en lo referente a las instituciones. Sí, ha leído bien, he dicho instituciones.
Si me apuran, los devaneos institucionales son mucho más raros que aquellos otros, propios de la edad y de las pulsiones en sazón. Unos y otras lo que en el fondo buscábamos era el ayuntamiento carnal, por mucho que se comenzara siempre por los veinte poemas de amor y se acabara en la canción desesperada. Pero la relación entre la mente y el cuerpo de las instituciones es mucho más compleja y esquiva al análisis facilón, pues díganme si no por qué ese empeño de las instituciones en que se las beneficien los más incapaces. A los humanos nos posee el instinto de sobrevivir y reproducirnos, y de ahí que cuanto más se nos embota el seso más busca el sexo el macho impulsivo o la hembra receptiva. Luego nos hacemos racionales y tal y descubrimos que la familia es célula básica de la sociedad y que el amor hay que santificarlo y todo eso. O sea, la edad. Pero, repito, ¿y las instituciones? ¿Por qué su empeño en la autodestrucción, su afán por que las posean y les saquen el jugo los más incapaces?
Sí, ya he contado aquí que ando estos días con dolor de huesos porque me toca hacer de juez en habilitación para cátedras. Pero palabra que no me refiero a esas vivencias; o solo a ésas. Ni mucho menos. Llueve sobre mojado, diluvia en plena inundación. ¿Qué de qué hablo, pues? Veamos.
Últimamente he tenido diversas y variadas ocasiones para repasar currículos de profesores universitarios. Dramático. Uno se topa de tanto en tanto con la trayectoria de magníficos profesores e investigadores que no se comen una rosca. Ahí van escribiendo sus trabajos con calidad y esmero, sobreponiéndose a la soledad del corredor de fondo y exponiéndose cada tanto a que una comisión cualquiera o una anequilla de chupatintas les diga que muy bien pero que al peso se les ve pobretones y pelín apocados. Lógico, si no hacen más que estudiar y elaborar su obra con espíritu artesanal y más vocación que habilidad para el marketing. ¿Qué usted sólo escribió un libro en siete años y no fue ni siquiera secretario de la comisión de convalidaciones de su facultad? Inútil, que es usted un inútil y un perezoso incorregible. Sí, el libro será bueno, no digo que no, pero tampoco nos vamos a poner a leerlo. Si al menos nos presentara un esquema del mismo en power point…
Y luego están los otros. Madre mía, cómo se lo montan. Han desarrollado los atributos faciales del oso hormiguero. Escriben mucho, lamentable en la forma e incomprensible en el fondo. Tienen una antena muy sensible para detectar los tópicos de moda, lo que mejor se vende en el mercadillo académico: que si globalización, que si multiculturalismo, que si nuevas tecnologías y sociedad de la información, que si derechos humanos de octava generación, que si adaptación al espacio de Bolonia. Mucho ruido, muchísimo ruido, y pocas nueces, batiburrillo de lugares comunes y faltas de ortografía, bazofia adobada para alimento de burócratas, posturitas para la galería, vacías entelequias de exquisito diseño. Son los que se llevan el/la gato/a al agua. Becas, ayudas, proyectos de investigación, cargos, subvenciones, viajes a porrillo con dineros públicos, publicaciones de tapa dura y letra blanda.
Hasta es diferente el estilo con que los logros de presentan. El friqui académico nunca expone sus méritos, tan abundantes como dudosos, diciendo que se presentó a tal convocatoria o consiguió con esfuerzo y mucha suerte publicar tal cosa, sino que usa siempre las siguientes expresiones: me invitaron, me ofrecieron, me pidieron. De alguna forma han de explicar por qué se pasan la vida viajando y obteniendo fondos a espuertas, y lo cuentan, así, orgullosos, pletóricos, satisfechos. No dicen me arrastré, engañé, aparenté, fingí, aproveché que tenía un primo con mando en la subsecretaría de turno. Y los más trabajadores y esforzados, los que de verdad dan el callo y producen obra seria, los oyen y se quedan con cara de alelados, preguntándose por qué a ellos nadie los llama, los invita o les ofrece una pasta por decir cuatro paridas ante auditorios amaestrados y de pega. Misterio.
En el estercolero los que mejor se las componen son los gusanos, eso es bien sabido. Pero, caramba, no resulta fácil asumir que nos movemos en ciénaga tan putrefacta. Mas es lo que hay. A ver, si no, cómo explicamos que las instituciones académicas y científicas –con las consiguientes excepciones, escasas- otorguen sus más generosos favores a los más inútiles y desmelenados. Chalados que se han pulido cantidades mareantes de dineros públicos en proyectos de investigación absolutamente inverosímiles, atrevidos que se han ido a gobiernos autonómicos con propuestas para digitaliizar las danzas regionales o para hacer un archivo con las lavanderas que frecuentaban en el siglo XIX la fuente del pueblo, y que han recibido el apoyo entusiasta y generoso de la consejería oportuna, linces que lo mismo convierten en euros el género que la memoria histórica de una parroquia de tercera.
El buen investigador, el profesor honesto, el autor de investigaciones cuidadas y que vienen a cuento, se pudre entre libracos y se deja las pestañas en su despacho o en su casa, mientras que los más osados se pasan toda ciencia por el arco del triunfo y se dedican a ordeñar la idiotez institucionalizada.
¿Y todo eso por qué? Porque son analfabetos los políticos y burócratas que deberían velar por la excelencia y los buenos rendimientos del personal universitario, porque cuenta sólo lo que pueda venderse al peso en el zoco de las modas y de la corrección política, porque las instituciones juegan nada más que a coser los imaginarios trapos con los que piensan disimular que el rey está denudo. Simbiosis perfecta entre el político sin luces y el cínico que come en su mano a cambio de mejorarle los réditos simbólicos.
En España las universidades y las instituciones políticas que se ocupan de la investigación de consuno están consiguiendo levantar una casa muy aparente que por fuera va cobrando pinta de palacio y que por dentro no es más que una cacharrería de mala muerte. Es lo que hay. La gallina de los huevos de oro descubre su íntima vocación de meretriz y aprende a buscar los gallos que le convienen.

06 septiembre, 2007

Madrid es nación.

Otra vez en Madrid para hacer de juez, sin ganas, en el dichoso concurso de habilitación de cátedras. Buena ocasión para reflexionar de nuevo sobre el hecho indudable de que los madrileños son nación propiamente dicha y tienen una cultura propia, bien distinta de la de los humildes habitantes de maravillosas provincias de medio pelo. Resumo esta impresión, puesto que hay que dormir un poco ahora, por la noche, para no hacerlo mañana mientras disertan esmerados aspirantes a la gloria académica. Atengámonos a unos pocos detalles, para elevarnos al final a la conclusión antedicha.
1. Cuando en provincias recibimos a colegas les organizamos el viaje con esmero, y ay del que no lo haga así con un catedrático de la capital. A la inversa no sucede.
2. Cuando los de provincias recibimos a un colega por cualquier motivo, hasta lo recogemos en la estación o el aeropuerto. A la inversa no sucede.
3. Cuando los de provincias hacemos de anfitriones con los colegas, buscamos con esmero un restaurante de postín. A la inversa no sucede.
4. Cuando los de provincias seguimos de anfitriones, con ganas o sin ellas, hasta invitamos a unas cañas, tontamente. A la inversa no sucede mayormente.
5. Los de provincias solemos hacer sobremesa. Los madrileños no tienen tiempo; o ganas. Total, para qué. Si en la capital no vas apurado pareces un mindundi total.
6. Los de provincias solemos llegar puntuales a las citas con los colegas de Madrid, para que no se molesten y porque nos lo enseñaron así en el pueblo. A la inversa ocurre más bien poco.
7. Los provincianos nos ofrecemos para tomar unas cervezas con los colegas cuando se acaba lo que hubiera que hacer. Los madrileños tienen prisa siempre y cosas más importantes de las que ocuparse, en casa o vaya usted a saber donde.
8. Los de provincias a la mínima nos ponemos a hablar con los colegas de cosas personales, que si la familia, que si aquella juerga, que si a cómo están por aquí los garbanzos. Los madrileños no tienen vida personal o no hablan de ella con extraños. Todo lo más, algún cotilleo sobre un secretario de Estado que aspira a embajador en Guatemala. Apasionante.
¿Hay algo de reproche en lo anterior? No, no y no. Y mil veces no. Seamos justos: Madrid es nación y los demás una panda de de frívolos apátridas. ¡Independencia para Madrid ya!
Seguimos haciendo amigos. Pero es broma, ¿eh?

04 septiembre, 2007

Titular real

Estupefacto me quedo al toparme con el siguiente titular de periódico: “La princesa Leticia regresa a la vida laboral”. Ahora me permito preguntarle al sufrido lector si adivina en qué diario aparece. Frío, frío, no es La Razón. Tampoco ABC. Está en El País de hoy, versión electrónica.
Confieso que mi pasmo procede a partes iguales de mi ingenuidad y de esta deformación jurídica que me hace tomar por conceptos precisos los términos utilizados a humo de pajas. Creí que doña Leti retornaba a televisión para ganarse el pan con el sudor de los informativos o que se colocaba de cajeraza en algún banco. Pero calma, siempre conviene leer hasta el final y no tirarse en marcha de las letras grandes. Y ahí, en la tipografía menuda, se comprueba que no era exactamente lo que parecía, sino que simplemente ha terminado la princesa asturiana su baja maternal. ¿Baja maternall? Diablos, ¿cómo se tramitarán las bajas maternales de toda una princesa? ¿Será mucho papeleo? ¿Pondrá pegas la empresa? ¿Qué empresa?
El real parto tuvo lugar el 29 de abril, pero a los esmerados periodistas se les ha hecho largo el paréntesis laboral, pues hablan de que ha sido un “largo retiro”. En cualquier caso, como una curranta más, doña Leticia “ha unido el periodo de lactancia con las vacaciones”. ¿Estaría todo calculado y medido? Crece el desconcierto y uno se pregunta si lo que ha concluido es la lactancia, las vacaciones, la baja o todo a una. ¿Habrán destetado a la pobre infanta para que su mamá labore ya como una negra?
Seguimos leyendo para imaginar cuánto de duro será el retorno al tajo y comprobamos que ha consistido en asistir al cumpleaños del príncipe Guillermo Alejandro de Holanda, con muchos miembros de casas reales, eso sí. Se recrea el autor de la noticia en explicarnos que cargaba la princesa un vestido del copón, igual que si nos contara que en su primera jornada laboral tras el regreso hubiera encofrado un puente entero. Y, para colmo, hoy le toca acompañar a la ministra de Medio Ambiente a una conferencia sobre desertificación. ¿Llevará escote? El jueves tendrá que estar presente en la entrega de un premio de periodismo a un ex Primer Ministro portugués, como es lógico. Esto es un no parar, hija.
Y digo yo que si lo del titular será contrainformación por lo de El Jueves y tal. Quién sabe.
Me da la nariz que nos esperan tiempos de sorpresas preelectorales, con El País haciéndole sombra al Hola y con ZP envuelto en la roja y gualda. Real como la vida misma. Letizia y cierra España.
No se pierdan la foto. Me parece que la de pistacho es la Ministra de Medio Ambiente, como es natural. O tempora, o mores.

03 septiembre, 2007

Matemáticas y caderas femeninas. Por Francisco Sosa Wagner

Unos científicos británicos han demostrado con pruebas matemáticas que la actriz Jessica Alba tiene una proporciones perfectas. Son nada menos que investigadores de la Universidad de Cambridge quienes han confeccionado una fórmula matemática para medir el atractivo sexual femenino que se basa en la proporción entre la anchura de la cintura y de las caderas. Por este camino han descubierto que la mejor tiene un 0,7, justamente la de la magnífica hembra citada. Hay otras que tienen un 0,67 y alguna que se pasa y llega al 7,5.

Que la investigación en la Universidad anda descarriada en manos de proyectos otorgados por el favor político y sumida en otros desvaríos procedimentales y sustanciales, es cosa sabida. Por lo menos para mí lo es respecto de la flagelada Universidad española, pero resulta una sorpresa que, por los mismos caminos, se despeñe la Universidad inglesa a la que se ha tenido por más seria y comprometida con estudios relevantes y ensayos copiosos de sapiencia.

Pero, almas de Dios, colegas ingleses ¿a quién se le ocurre medir el hechizo de las caderas de una señora por medio de números? Los números sirven para contar los muertos en la carretera, también para darnos el índice Nikkei de las bolsas y el precio de los pollos y las bombillas en las estadísticas oficiales. Pero ¿para definir el embrujo de una mujer? ¿a qué cotas de desvarío ha llegado vuestra ciencia para afirmar tal disparate?

Las caderas y la cintura femenina son copas balsámicas, flores en forma de fuente, placer que enciende repentinas lumbres, el abismo por el que se precipitan nuestros suspiros y nuestos ayes. ¿No se entiende esto? ¿cómo es posible decir que x por y da como resultado n y por eso, por el n, nos hemos de poner en estado de admirativa verriondez?

Un respeto por favor. Y ¿cómo es posible que no salgan las feministas a manifestarse en Trafalgar Square contra estos científicos de número y tiza? ¿cómo no los queman en efigie? Por asuntos más fútiles, esas activistas han montado un caramillo. ¿Cómo es que ahora se dejan valorar por medio de un número como cuando les ponían las notas en matemáticas?

Para alguien como yo, para quien las caderas y la cintura -y otros elementos de los que ahora hago gracia- son ensueños del corazón que sufre, ilusiones que se alzan al cielo clamando por el festín, brindis a la juventud, arpones de un infatigable Cupido que dispara a quien carece de escudo, para mí, esas cifras infamantes -¡un 0, 7, un 0, 62!- merecen un correctivo de los gordos, una llamada de atención por lo menos del speaker de la Cámara ya que hablamos de ingleses. ¿Dónde está ese señor? ¿por qué no castiga como es debido? ¿dónde está la hermosa tradición de Cambridge que ahora calla y consiente atropellos de este dislate?

Ay, Señor, algo muy grave se descompone en el mundo cuando acciones de esta naturaleza pasan por los periódicos como noticia volandera e inconsistente.

Sépanlo, señores de Cambridge: las caderas y la cintura no son tales más que para el profesor de anatomía, para las personas finas y moralmente bien constituidas, como es mi caso, las caderas y la cintura son coronas plenas de hojas verdes, son guirnaldas, ramas henchidas de gloria, cortezas calientes ... Las caderas y la cintura, señores, son talle, talle con esbeltez de cisne, espacio donde se asientan las manos trémulas, el estímulo del lenguajepues que suscitan inspirados requiebros y el ardor de los versos, la ocasión para que ellas -sus dichosas propietarias- se apiaden de nosotros y ejerzan su benevolencia dejándonos acariciarlas y ceder a nuestros sollozos y a nuestras súplicas.

Las caderas y la cintura son el sobresalto que todos queremos vivir, un apunte voluptuoso, ánforas del encaje que los más estamos siempre tejiendo ... Pero ¿un número? Al diablo, científicos de pacotilla, chapuceros, fulleros ... no sigo porque se me va a echar la justicia encima.

02 septiembre, 2007

La lengua de los clones

Aparecen de tanto en tanto noticias que lo reconfortan a uno. Bueno, en realidad todos los días surge alguna información estimulante. La de hoy es que en Galicia comienzan a funcionar unas escuelas con enseñanza exclusivamente en gallego. Las llaman las galescolas. Esto hay que explicarlo: no es que en Gales se hayan formado colas, es que el gallego es galego y las escuelas son escolas. Ah, amigo, para que luego digan que no le dan bien al cacumen los políticos, mira qué juego de palabras tan churri. Por lo visto, esa galleguización de las almas comienza por las guarderías, que, como es sabido, son los centros educativos con estudiantes más resistentes y con mayores defensas frente a los abusos. En pocos años llegarán hasta lo geriátricos y dormirá al relente el vejete o la vejeta que no se sepan la alineación del Celta de Vigo: Smith, Kaufmann, Kolakowski, Togliatti, Burunga, Evo, Chernikov, Confetti, Olalá, Cachicachi y López.
El objetivo de tan progresista iniciativa lo ha enunciado un tal Anxo Quintana, que creo que es un político muy importante en Galicia, aunque no sé qué le enseñaron en la guardería y desconozco si manda a sus hijos a algún colegio inglés. Ha dicho que los niños de diez años saldrán cantando el himno gallego. Y se queda el tío tan ancho en su quintana, sin darse cuenta de qué gran cosa está haciendo por los infantes de la tierra de cuyo presupuesto pacen él y varios más de su tribu.
Uno mismo tiene experiencia en lo de cantar el himno en la escuela. En la de mi pueblo lo cantábamos cada día, al menos en el tiempo que yo pasé en ella, entre los cinco y los diez años. Era muy emocionante. En aquella época el himno nacional español (ojo, era español, lo cual es malo, pero era nacional, lo cual digo yo que a don Ancho le parecerá bueno; ¿o me he liado?) tenía letra y todo. “Viva España, alzad los brazos hijos del pueblo español, que vuelve a resurgir”. Nos decían en el mismísimo himno que resurgía el pueblo español, ya ves. Ahora a los peques gallegos más indefensos, los hijos de la gente humilde que no tiene con qué enviarlos a Suiza y que le den por lo estrecho a Anxo, les contarán que el que resurge es el pueblo gallego y que manos arriba y tal.
Todos los himnos son iguales y más mentirosos que ministra de vivienda. En realidad, usted coge la letra que se ponía al himno nacional en tiempos de Franco y donde dice España sólo hace falta sustituir esa palabra horrible por el nombre de la nación alternativa y queda perfecto. Viva Galiza, brazos arriba hijos del pueblo galego y tal y cual. Lo mismito, y no hay que andar devanándose los sesos. Y, así, si cambia el régimen, basta modificar cuatro cosas de la letra y se puede seguir tan ancho cantando con la mano en alto y la palma bien estirada, igual que ahora.
Tengo entendido que el himno gallego hace homenaje a la resistencia de los celtas frente a los romanos. Bien es verdad que el gallego tiene raíz latina, pero eso son menudencias. Seguro segurísimo que el tataratatarabuelo de Ancho era un celta que te cagas, de los Quintana de toda la vida. Un tipo dispuesto a dar la vida por Galicia y que estaba hasta el casco de la puta España. Esto de la puta España, ahora que recuerdo, lo dijo otro gallego que flipa de emoción cuando va a Cataluña y le cuentan que allí son todos segadores.
Volviendo a lo de las giliscolas, debemos reconocer que a esos niños les hacen un gran favor al procurar que sólo sepan gallego. Porque, vamos a ver, hoy en día sin hablar gallego no puedes ir a ningún lado: ni a Betanzos ni a Porriño ni al mismísimo Lugo, ciudad ésta que, como se sabe, tiene unas murallas que son celtas hasta por la parte del filtro. Pues eso, que tú llegas por esas tierras todo ancho -pero decente- con tus habilidades lingüísticas, que si castellano, que si inglés, que si alemán, que si un poco de francés los viernes por la noche y tal, y no te entiende ni Panoramix Quintana. Y entonces piensas: cómo seré yo tan corto, con lo anchos que son éstos, tu fíjate, Maruxa (y Maruxa que no pilla lo que le quieres decir). Uno por ahí todo desarraigado, que si estudia en Londres, que si trabaja en Berlín, que si liga en París, que si veranea en Sicilia, que si tapita de jamón de Guijuelo, y éstos aquí más felices que el pupas, sin enterarse de nada, pletóricos, incontaminados, sin globalizar ni un pimiento y cada día más celtas. Eso sí, mira que espectáculo inusual, qué maravilla atávica: van haciendo cola de tres en fondo y cantando el himno con los brazos en alto. Es el día de las elecciones y van a votar. Está todo lleno de carteles con la foto de Ancho subtitulada en gaélico, perdón, en galego. Luego, creo que seguirán andando y con sus cánticos hasta la Costa da Morte y que van a realizar unos sacrificios humanos sobre los acantilados. Jo, qué bien y cuánto gozo. Prístinas criaturillas. Animalitos.

31 agosto, 2007

Pitos pecaminosos

Un hombre de treinta años, de Salamanca, se ha cortado el pene y lo ha tirado por el retrete. La razón es, al parecer, que no quería pecar más. Que no quería pecar más con el pene, se supone. Imagino que ladrón no era, pues en ese caso se habría cortado la mano. Ya sé que el asunto es trágico y lamentable, y no es que quiera tomarme a chufla los sufrimientos de ese ser tan escrupuloso con los requerimientos de su entrepierna, pero no puedo evitar el cabreo que me causa la obsesión religiosa con las cosas del sexo. Tal vez debería amputarme una parte del cerebro para tomármelo con calma.
Quizá el atribulado salmantino se ha quedado tranquilo y convencido de que ha dado con un atajo para alcanzar el cielo. Ya va a ser puro y no hay más tu tía ni tía ninguna que lo incite a lo que él consideraba una degradación de su cuerpo y de su alma. Muy bonito. Se habrá quedado a gusto, pero me parece que alguien debería pagar por inducir a los más vulnerables a tales desmanes contra sí mismos. Lo ideal sería que, por cada uno que se castre por terror al pecado carnal, les cortasen el pito a un cardenal y a un par de obispos, elegidos por sorteo. Se acababa el cuento en un periquete. Total, imagino que a los obispos la pilila sólo les produce quebraderos de cabeza también. Muerto el pene, se acabó la rabia. Digo más, ¿por qué los obispos no refuerzan su fe con la automutilación? Camino seguro de santidad, sangriento, pero efectivo.
Los propios términos de la noticia ya se las traen. Se cercena el pene para no pecar más. Tal parece que no hay otro pecado que se solucione con instrumento cortante o que, simplemente, el pecado sexual es el pecado por antonomasia, y los demás, menudencias veniales. Ardo en deseos de leer en un periódico que un obispo gordinflón se operó del estómago para reducir la gula o que un constructor de misa diaria tiró por la alcantarilla la libreta de ahorros para curarse la avaricia. Pero no pasará, no hay cuidado. El mejor mártir siempre es el más cuitado, el tonto del pueblo. Y que me disculpe esa alma cándida que se ha despenado.
Qué tortura. Me pongo así porque me vienen recuerdos de aquella adolescencia en colegio religioso. Recuerdo, por ejemplo, aquel cura cabrón que nos lavaba el cerebro a base de asegurar que, si nos masturbábamos, la médula espinal se quedaría reseca y el resto del cuerpo paralítico. Además, nos insistía en que cada vez que recaíamos en ese vicio nefando la Virgen lloraba a lágrima viva al vernos enfilar a mano el camino del infierno. En una ocasión estábamos de ejercicios espirituales con semejante ser infecto y enfermo. Después de explicarnos que sólo había tres mujeres propiamente puras, María, nuestra madre y la que un día sería nuestra esposa, si elegíamos bien y no la magreábamos nada antes de pasar por vicaría, iba por las habitaciones a confesarnos. En mi habitación ser hartó de acariciarme el lomo y de echarme su fétido aliento, mientras me insistía en que le contase si yo me tocaba, cómo y pensando en qué. Ojalá se haya muerto retorciéndose de asco y se le estén derritiendo los genitales en las llamas del Averno.
Me acuerdo también de que en una ocasión, allá por los quince años, resistí un mes entero sin tocarme eso que, al parecer, Dios me había dado nada más que para que el día de mañana me reprodujera ampliamente con alguna santa frígida. Un día tomé el autobús, me apoyé en la barra de la ventanilla y me puse a pensar en las musarañas. A mi lado se puso una señora que, inadvertida o perversa, colocó su seno izquierdo exactamente encima de mi codo derecho. Hasta ahí llegamos, y aquella noche recuperé la cordura, no sin angustias e internamente convencido de que la había enviado el mismísimo diablo para comprobar si era genuina mi santidad. Bendita mujer. El diablo estaba en otra parte, vestía sotana y comía como un cerdo.
Otro día nos contaron lo que nos jugábamos cuando jugábamos con nosotros mismos: la vida eterna, nada menos. Según el padre Bernardo, que en teoría explicaba religión, una vez estaba en el infierno, echo polvo, un sujeto que se había echo pajas a tontas y a locas. Andaba sumido en la desesperación y en los más inimaginables padecimientos. Un pajarito se le acercó –de lo que se deduce que hay pájaros que también paran en los dominios de Belcebú- y le dijo que sus penas se acabarían y se libraría de la condena con el siguiente trámite: ese pájaro bebería una gota de agua de los mares cada mil años y cuando los mares se secasen, de resultas de ese gasto de sus aguas, saldría del infierno ese hombre, al que la noticia llenó de alegría y esperanza. Manda güevos, precisamente.
Siempre me apresuro a aclarar que le tengo todo el respeto del mundo a la religiosidad, entendida como sentimiento poético, como misterio o como místico sentido de trascendencia. O como amor al prójimo, mira por donde. Pero eso es una cosa y otra, bien distinta, los códigos que los eclesiásticos más obsesos y desvergonzados aplican a los fieles incautos, para sorberles el seso y tenerlos en un puño. Adoradores de un dios caprichoso y perverso que nos pone órganos y pulsiones para putearnos y llenarse de vanidad y soberbia cuando no los usamos, de puro miedo que le tenemos a él. Infinitamente bueno y sabio, sí, pero con una mala baba de no te menees. Una contradicción en los términos, un sinsentido a costa de los sentidos, un amoroso represor con galones y salas de tortura. O conmigo o contra mí, y al que se salga de madre lo quemo. Venga ya.
Puestos a probarnos, podrían decidir los curas del diablo que es pecado rascarse los juanetes o hacer bolas con los moquillos. O la especulación urbanística, o la usura. Pero no, con eso no se controla un carajo al personal. Hay que dar por donde más duele, es mejor llevarnos al redil con una cuerda atada a las partes.
Si al pobre obseso de Salamanca le hubiera rebanado el pene un médico por error o impericia, la indemnización iba a ser de órdago y los tribunales condenarían por daño físico y moral. Pues yo propongo que, cuando recupere la cordura y caiga en la cuenta de que le han tomado el pelo y el pene con historias para niños tontos, demande a su confesor y a la empresa entera. Y si me apuran, al mismísimo Estado como responsable civil subsidiario, por permitir que tanto sádico ande suelto comiéndole el tarro a los inocentes. Porque semejante engaño, semejante timo, semejante abuso, semejante crueldad, no debería quedar impune. Y, si los jueces no atienden a razones, que se tome la justicia por su mano la propia víctima y cape al párroco o a todos los que le habían dejado sin cerebro antes de quedarse sin miembro. Si Dios existe, aplaudirá la revancha, eso seguro. Trabajo que le ahorran en el Juicio Final.
Vuelvo a las precisiones y los matices, antes de que algún lector apenado solicite que se reabran para un servidor las mazmorras de la Santa Inquisición. Mi propia mujer es católica y tengo buenos amigos que creen y practican el cristianismo. Hace un año me casé en la iglesia por respeto a la fe de mi pareja, si bien acogiéndome al artículo del Código Canónico que permite los matrimonios mixtos, y eso también por consideración a su fe y para no hacer el paripé que la mayor parte de los curas y de su grey prefieren para que todo parezca ideal y chiripitifláutico. Por las mismas, permitiré que nuestra pequeña Elsa sea bautizada. Ahora bien, al primero que le venga con la milonga de que su cuerpo es de mírame y no me toques y que reprimiéndolo se gana la salvación, me lo como con patatas; o lo capo por el procedimiento que en el pueblo aprendí para los cerdos, para ayudarlo a ser coherente con su morbosa fe de pacotilla; palabra. Algo hay que hacer contra el terrorismo, contra ese terrorismo, y parece que el Derecho ahí nos ayuda poco. Pues ya está.
Uy, qué poco académico me ha quedado este post. Me siento tan inseguro e incorrecto como cuando me meto con ciertas feministas castradoras. Los extremeños se tocan.

30 agosto, 2007

Quejicas profesionales

Ya le vale a la Rosa Regàs (así, con la tilde al bies). Si fuera un hombre diríamos que mejor habría estado en su casa viendo fútbol, hinchándose a cervezas y soltando regüeldos a diestro y siniestro. Pero como es una tía, cualquiera dice nada, oiga. Y no sólo porque hoy llamas zafia a una mujer zafia o fea a una mujer fea o zángana a una mujer zángana y te la cargas y te ponen de vuelta y media por tratar así el género. Así está el género, efectivamente. Pero es que, además, la Regàs se lo monta de profesional del género-vacuna (he dicho vacuna, no vacuno, ojo): puesto que soy mujer, chitón, que como me critiquen grito y me alboroto, pero no para que me llamen histérica desmelenada o vieja chocha, sino para que se libren muy mucho de mentarme una sola cosa que haga mal, ya que es un machista y un güevazos el que hace un reproche a una señora, aunque sea un cargo público y aguantar chaparrones le vaya en el sueldo.
Fíjense, he usado a posta las expresiones “histérica desmelenada” y “vieja chocha” y a más de uno/a se le habrá atragantado el tercer café de la oficina. Son expresiones sexistas, seguro, amén de que la segunda ofende también a la tercera edad. Pues, sépase, no hay mujeres histéricas ni señoras mayores que chocheen. Hombres sí, pero féminas no.
Un día voy a acercarme a un partido de fútbol femenino a ver cómo se grita desde la grada. Porque tu vas a ver al Sporting de Gijón y a la mínima gritas al jugador del equipo rival aquello de inútil, mastuerzo, cabrón y tal. Si juegan señoras, ni se te ocurra abrir la boca, salvo para comentar oh, qué pase tan preciso o qué regate tan sutil, ya que, como te caiga una Regás cerca y digas algo feo de la defensa central, te va a cascar que eres un machista y un cobardica que sólo se mete con las damas que van en pantalón corto.
Viene todo esto a cuento de que la señora Regàs ha declarado que eso de que el ministro de Cultura la cese y la ponga a caldo se lo hace a ella por ser mujer, que, si llega a ser señor Regàs en lugar de señora Regàs, el otro ni pía. Vamos, que no la critican porque haya desempeñado mal su cargo, cosa imposible por ser vos quien sois, sino porque son todos unos falócratas, empezando por el Molina. De lo cual se desprende que si una señora se luce en su puesto, puedes cantarle alabanzas, pero si la embarra, como diría un sudamericano, a callar la boca para no ser un vil machista y un abusón de las nenas. ¿Será ésta la manera correcta de practicar el feminismo y de luchar contra la opresión de las mujeres? Tengo para mí que no.
Y digo yo, si Rajoy fuera Mariana en lugar de Mariano, ¿se animaría la Rosa de los vientos a afearle su política o a echarle en cara sus decisiones más torpes? Porque si no podemos meternos con las chicas, no podemos, y listo. Y luego va la buena mujer –la Regàs, quiero decir- y deja caer que le parece a ella que el ladronzuelo de los valiosos mapas de la Biblioteca Nacional es un investigador argentino. Toma castaña. ¿Y si ahora el aludido nos sale con que eso se lo dice a él porque lo tratan como sudaca y que si fuera de Reus no se insinuaría tal cosa? Pues debería salir con ésas si fuera hábil, decir que ya está bien de colgarles a los latinoamericanos la imagen de ladrones y pillos y tal y cual. Y así todo el mundo. ¿Que a usted le vienen con que no cumple bien con su trabajo? Muy fácil, diga que el reproche se endilgan por ser castellano, o murciano, o cántabro o gallego, pero que si fuera de otro lado no osarían. A mí me critican porque soy bajito, que si no…. Pues a mí porque tengo granos. Ah, pues a mí porque soy moreno. Y todos echando balones fuera al grito de viva lo políticamente correcto y para mí lo gordo y que los demás se queden con lo estrecho. La ley del embudo aplicada a todo género y a todo trapo.
Que sigue habiendo desigualdad entre los sexos, discriminación de las mujeres, machismo y de todo, es verdad difícil de discutir. Que puedan estar justificadas las cuotas y demás medidas de discriminación positiva también podemos admitirlo. Pero, oiga, si no las nombran, porque no las nombran; si las nombran y lo hacen mal, que no se las critique; si se las critica, que vuelve el machismo por sus fueros. Carajo, y si una señora no da una en su cargo, a juicio del Ministro que pone y quita, ¿qué diablos se debe hacer? ¿Ponerle una vela a la Virgen de Monserrat?
Esto pasa por no cuidar los nombramientos. Bien está que haya hombres y mujeres en el Gobierno, pero cuidadín con los y las gilipollas. Porque la idiotez no tiene ni seso ni sexo.

29 agosto, 2007

La monda universitaria (privada, eso sí)

Veo en los periódicos de hoy un anuncio que me pone loca la bilirrubina. Resulta que una universidad privada privadísima, de las de a tanto el título y me lo pone envuelto en papel de colorines y con unas gominolas y unos globos, se anuncia con un titular que reza así: "El 98,5 de nuestros titulados tiene trabajo en 6 meses". ¿Habrán puesto un puticlub? Al lado, en letra pequeñita, figura esta nota: "Estudio por Demométrica". La tal Demométrica, Metri para los amigos, debe de ser la gobernanta.
Esto de poner datos a voleo (¿o será "boleo", de bola?) en los anuncios tiene mucha miga. En tres semanas adios a los michelines. En un mes se le alarga dos centímetros, garantizado. Y el personal a soltar la mosca para que el niño mastuerzo o la niña lerda lleven a casa el título que los papis cuelgan en la salita de estar para envidia cochina de los parientes del pueblo. Y luego a trabajar por todo lo alto de administrador de empresas futbolísticas o de diseñador de puentes sobre el río Kwai. Un chollo, oiga.
¿Cómo diablos puede uno comprobar la certeza de semejantes estadísticas? ¿Por qué trabajan más -si es verdad que trabajan- los que se licencian sabiendo menos? Misterios insondables.
Me pongo aún más contento cuando veo que esta universidad pecadora es aquella que me llevó al tribunal de la primera tesis en Derecho que en ella se defendió. Nunca me pagaron el viaje. Podría haber sido un anuncio: "el ciento por ciento de los tontainas que vienen a nuestros tribunales se lo ponen de su bolsillo".
Así vamos. De trasero.

¿Virtuosos a la fuerza?

Esto ha escrito Rogelio, un amigo del blog, a propósito del debate que el último post ha provocado sobre el tema de la castración química de ciertos delincuentes sexuales:
"¿Qué sucederá el día en que los investigadores, que lo harán, den con un gen, retrogén o protogén inhibidor de la maldad, que nos despoje del germen del mal? ¿ Será lícito el suministro obligatorio de dicha sustancia desde la guardería, al igual que ahora lo son los programas de vacunación infantil por motivos de salud pública ? Si la salud según la OMS es: "El estado de completo bienestar físico, psicológico y social", ¿no podrían incorporarse estas cuestiones al ámbito de la salud pública?".
Me ha recordado una cosilla que escribí hace unos cuantos años después de leer una novela de H. Stangerup titulada El hombre que quería ser culpable. En la novela se recrea una sociedad en la que las terapias y medios de control social casi han desterrado el delito y todo comportamiento antisocial. Todos son buenos y probos sin alternativa posible, pero el protagonista de la novela mata a su esposa porque no soporta esa virtud impuesta y quiere sentir la culpa y la condena para seguir considerándose humano.
El que tenga ganas y paciencia, puede ver aquel texto si pincha aquí.