08 marzo, 2006
Más de médicos, esta vez daneses.
06 marzo, 2006
Time is life
El contraste lo ofrecen muchos modelos opuestos que uno se tropieza a diario. Gentes que pierden el tiempo estrepitosamente, que matan el tiempo (qué expresión tan horrorosa), que desperdician sus horas y, peor, que se aburren. Existe de esto la versión dramática y la complacida. La dramática es la de quienes viven su inanidad temporal con dolor, real o fingido, eso nunca se sabe a ciencia cierta. Son los de voluntad débil, los que se quieren activos pero resultan flojos. Se pasan la vida diciendo lo que les gustaría hacer si tuvieran tiempo, pero luego se pulen el tiempo por las buenas y con cualquier pretexto. Se cansan no por lo que hacen, sino por lo que (fingen que) se angustian por no hacer, cosa que les da pie para proclamarse agotados y adjudicarse largos descansos o buenos ratos de diversión liberadora y generalmente banal. En la Universidad se encuentra uno a muchos de ésos en la cafetería. No todo el que se toma un café de media mañana pertenece a ese grupo, pero sí es muy común que alguno te caiga encima para contarte durante una hora, si te dejas, que es terrible la cantidad de cosas que hay que hacer y que las horas no alcanzan para nada, y que qué estrés y cuánta desazón. Yo no paso por las cafeterías del campus más de tres o cuatro veces al año, entre otras cosas para rehuir a una parte (digo una parte) de la fauna que la frecuenta. Unas veces te atacan los atareadísimos con mucho tiempo para quemar allí en lamentos. Otras, los reformadores de barra, que te diagnostican los males de la institución cómodamente acodados y entre bocado y bocado de tortilla. A menudo coinciden las dos lacras en el mismo sujeto. Una peste.
Pero los que más me llaman la atención son los perezosos complacidos. Ésos son felices sin tasa, maldición. Se gastan media vida ante el televisor y la otra en marujadas sin cuento. Tienen un sentimiento plácido del transcurrir, adoran sus rutinas intrascendentes, se adornan de los hábitos más fútiles y son capaces de indignarse si a ti no te interesa ni un ápice cada maravilla que te cuentan sobre los pormenores biográficos de algún chorras del Gran Hermano o sobre la nueva alfombra que han visto para su salón. Constituyen la enésima prueba de que no hay justicia, ni providencia ni dioses que se hagan valer, pues si algo de eso existiera su tiempo se les daría a otros que sepan usarlo para algo más que vegetar y rumiar memeces.
La universidad ayuda mucho a unos y a otros. Si quieres perder el tiempo con apariencias de que maximizas su utilidad, te puedes integrar en mil comisiones, juntas, reuniones y cursitos para aprender (o enseñar) habilidades tan modernas como prescindibles. Todo ello sólo sirve para que el personal pueda pasar el rato sin mayor esfuerzo y con sensación de que trabaja en pro del saber y el progreso. Manda narices. Si prefieres fundir las horas por fuera, la falta de controles de cualquier tipo te permite pasar todo el día vigilando las rebajas o echando la partida.
Está muy mal repartido el tiempo, que es tanto como decir que es muy injusta la vida.
05 marzo, 2006
¿Ciudadanos de España?
Como ya he señalado aquí muchas veces, el discurso político establecido da por sentado que ser progresista y de izquierda tiene forzosamente que equivaler a la enemiga frente a cualquier ideal de España como Estado uno, aun con toda la descentralización que se quiera y con todo el respeto a las peculiaridades culturales de sus partes. El pensamiento dicotómico, maniqueo, vigente tilda de derechoso y pepero sin remisión a todo el que plante cara u objete a la sangría del Estado y no simpatice con su progresiva disgregación en entidades estatales o paraestatales múltiples. Decir España es hacerse sospechoso de nostalgia de la España una, grande y libre del franquismo. Y no tiene nada que ver.
Sirve de poco, frente a ese pensamiento en blanco y negro, añadir que se quiere un Estado español fuertemente social, redistributivo, igualitario, ilustrado. Todos esos adjetivos, que fueron marca de la izquierda mientras realmente la hubo, no valen ahora de nada, pues la gloria de las (otras) naciones, reales o supuestas, cuenta más, a los ojos miopes del progre adocenado, que todo interés por las libertades cruciales y las oportunidades de los ciudadanos, sin distinción de lenguas, tradiciones o folklores. Es hora de reclamar, bien alto, el derecho de tantos a sentirnos al tiempo ciudadanos españoles y comprometidos con la justicia social y la igualdad de oportunidades para todos y cada uno de los que vivan en el suelo de este Estado. ¿Qué izquierda es la de esos partidos impostores que viven más a gusto en compañía del PNV, Convergencia o ERC que con nosotros, que profanan hasta tal punto los conceptos políticos y las ideologías que hacen creer a muchos que es más progresista la alianza con las burguesías locales más depredadoras que el logro de un Estado social con derechos iguales y máximos para todos sus ciudadanos?
Es hora de tomar conciencia, de una vez, de que defender un Estado español con medios suficientes y capacidad para hacer en todo su suelo una política social eficaz y no fiada a los mandarinatos locales es cosa totalmente independiente de las ansias del PP, que quiere también a España, sí, pero no ésa de la igualdad y la justicia social profunda que una izquierda decente tiene que reclamar por principio.
Ciudadanos de Cataluña rompe con esa bipolaridad funesta porque proclama que se puede ser al tiempo catalán, español y socialista. Que ser catalán y cultivar las particularidades identitarias no tiene por qué suponer ser antiespañol, trincar lo mejor del presupuesto común o estar en guardia permanente ante Castilla, Extremadura o Asturias, y que ser socialista no tiene por qué implicar el luchar a brazo partido y con cualesquiera artes por arrebatar a los demás ciudadanos del Estado su parte de la tarta, al contrario. Al romper la bipolaridad ficticia y ofrecer una tercera opción, forzarán a la reflexión y a una toma real de partido que muchos no deseaban, pues a ver con qué cara en adelante se dice usted socialista y vota al PSC, o se dice ciudadano del mundo y vota a Convergencia o ERC. Fracasarán tal vez, puede que se hundan estrepitosamente, pero será, en tal caso, porque el electorado catalán es lo que es y no lo que gustaba de fingir.
La otra dicotomía forzada que Ciudadanos de Cataluña viene a fracturar es la que ve incompatibilidad entre las identidades múltiples y superpuestas que cada uno de nosotros porta. En lugar de círculos concéntricos, conjuntos disjuntos. ¿Estoy forzado yo, por ser asturiano, a elegir, cual si de matrimonio monógamo e indisoluble se tratara, entre el amor a la “nación” asturiana y el amor a la “nación” española? ¿Soy traidor a mis orígenes y vendido a un misterioso enemigo si busco la conciliación de los dos afectos y las dos lealtades en un Estado español y una Constitución común que garantice, al tiempo, que los asturianos (o los catalanes, o los gallegos, o los andaluces, o los castellanos...) podamos seguir siendo como somos y, a la vez, que cada uno, sea de donde sea, tenga asegurados por el Estado común el disfrute igualitario de sus derechos más básicos? ¿Debe mi asturianía mostrarse en mi preferencia de que sean los de mi tierra y mis costumbres los que tengan más y mejores servicios, carreteras más cómodas o aeropuertos más grandes? ¿Debe el amor a mi tierra y mis gentes (quiénes son en realidad mis gentes, que ésa es otra, pues con muchos del "Oviedín de toda la vida" tengo menos en común que con los campesinos catalanes o vascos) mediatizar mis sentimientos de solidaridad y obligarme a establecer jerarquías entre los ciudadanos de mi Estado o del mundo? ¿A cuento de qué, sino es de una fe acrítica, sectaria y pueril? ¿A qué ciudadanos traicionan, con qué patria son infieles, los miembros de Ciudadanos de Cataluña que reclaman enseñanza plenamente bilingüe (he dicho bilingüe)? ¿Hasta a los hijos hay que sacrificar en el altar de la Nación, con mayúscula, bajo la curiosa idea de que les conviene más saber un idioma que dos y una historia particular en lugar de una historia común –que es la real-real, por otra parte-?
Hay otro aspecto llamativo en los fundadores de Ciudadanos de Cataluña: todos tienen de qué comer y un prestigio ganado, les vaya bien o mal en la vida política. Cosa de la que pocos de los que nos gobiernan, aquí, allá o acullá, pueden presumir. Otra razón más para que los apedreen los profesionales de la política como cuento alimenticio.
¿Cuándo nos ponemos en marcha por estos lares? Para cuándo una federación de Ciudadanos de España que agrupe, bajo ideas de ilustración y progreso igualitario, a Ciudadanos de Galicia, Asturias, Euskadi, Castillas(s), León –por qué no, si es para esto-, etc.? ¿O acaso vamos sólo de boquilla?
Suspensos en bolsa y aprobados pasteurizados.
El presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces, instó ayer al equipo rectoral a que se ponga las pilas para resolver uno de los graves problemas de la Universidad de Oviedo: las bolsas de suspensos. Y es que sólo el 12 por ciento de los alumnos terminan la carrera en el tiempo previsto en sus planes de estudios. Areces recordó en el acto de apertura del nuevo curso universitario que el Gobierno regional no puede admitir «de ninguna manera» estos resultados, por lo que urgió a modificar los métodos de enseñanza. Frente al sistema tradicional de los apuntes y el examen de final de curso, defendió el método de aprendizaje sobre el que se sustenta el nuevo espacio europeo de enseñanza superior, basado en la tutoría y en el trabajo de los estudiantes bajo una mayor supervisión del profesorado. El rector, Juan Vázquez, asumió la exigencia del Principado y aseguró que la mejora de los resultados docentes y la reducción de las tasas de abandonos y de suspensos es una cuestión «crucial» sobre la que su equipo se concentrará «con medidas tangibles» a lo largo del curso.
Fin de la coña. Ahora hablemos en serio.
Si son tantos los estudiantes que no terminan a tiempo la carrera tiene que ser por culpa del profesorado y de los desfasados métodos de enseñanza, de eso no puede caber duda a ningún político paniaguado ni a ningún rector que quiera ganar elecciones con el voto estudiantil. Porque es reaccionario, y hasta ultramontano, insinuar que algo de responsabilidad en el desastre deben de tener también cosas tales como la incuria estiduantil, la frivolidad de los progenitores, la tontuna imperante en los métodos pedagógicos habituales en la educación primaria y secundaria, el ambiente social circundante y su babosidad ante los personajes más zafios y estultos de la vida mediática, y hasta el perverso ejemplo de muchos de nuestros gobernantes, en su mayoría dequeístas, lerdos, ignorantes y que no saben hacer la o con un canuto. Antes, en las casas le decían a uno cosas como mira, niño, tienes que estudiar para ser el día de mañana como Severo Ochoa, ganar un premio Nobel y hacerte un hombre de bien. ¿Ahora qué podemos decirles? Fíjate, chaval, a ver si te tiras a una nieta de marquesa y lo cuentas en Telehinco, que ganarás un pastón y podrás pagarte un trujipiso. O, a ver si trabajas más la izquierda, so mamón, que faltan laterales de ese lado en el Real Madrid y tú tienes mañas de galáctico, que ya dijo Rappel cuando naciste que tu sino era triunfar.
Se me vienen a la cabeza mil recuerdos lamentables de mi paso profesoral por la Universidad asturiana. Tenía yo un compañero de Departamento que era del mismo pueblo de quien es hoy un importante líder político del Principado. El buen hombre, cuyo cacumen no estaba precisamente tocado por los dioses, llevaba tropecientos años atascado en la carrera de Derecho. Y a mi pobre compadre lo tenían frito para que intercediera por él ante los desalmados profesores, que no veían cómo facilitar su carrera política y profesional, dado que una y otra vez el personaje hacía exámenes de mucha coña. Se ve que ya había bolsas de suspensos en aquel tiempo, aunque por entonces decíamos que eran más bien reductos de burros, la mayoría buena gente sin luces y unos pocos simples acémilas con pretensiones. El sujeto en cuestión acabó la carrera al fin, seguramente porque acertaron los de su partido a tocar tecla mejor que la de mi amigo, y ahora ahí lo tenemos, contribuyendo diariamente al descrédito de su partido con ideas de perogrullo y frases de sintaxis alevosa.
Yo mismo me cargué unas cuantas veces a quien fue luego portacoz parlamentario, o cosa similar, de su partido en la Junta del Principado. Venía cada vez a verme e imploraba compasión en forma de modesto aprobado, con argumentos que me enternecían las gónadas, pues me insistía en que a él la carrera le importaba un bledo, ya que su vocación era la política y que a ver para qué le hacía falta a él la sapiencia en tan noble menester. En aquellos tiempos remotos uno todavía no estaba poseído por la filosofía humanista del aquí nadie es más que nadie y por eso los que mandan tienen que ser primus inter torpes. Eran, por otro lado, los tiempos en que la diosa Fortuna repartía sus favores según su conocido talante veleidoso y se empeñaba en que casi todos los meses le tocara la lotería a un progresista consejero del Principado; o al menos él cobraba cada poco unos billetes premiados. Los dioses siempre se anticipan y luego vamos, a remolque, los humanos.
Pero retornemos a lo de las intolerables bolsas de suspensos. Quiero hacer mi humilde aportación para poner fin a tan incómodo entuerto. Comenzaré por decir que me extraña bastante que las bolsas no se hayan desinflado ya, pues me cuesta creer que muchos de los profesores que yo conozco, allá y en otros lugares, sigan manteniendo un nivel de exigencia que ellos mismos no superarían si alguien los examinara en serio. Podemos ver las sucesivas reformas universitarias de las últimas décadas como esmerados intentos del legislador para que el nivel medio del profesorado no sea superior al del estudiante litronero. Quizá se impone, como primera medida, perseverar en tal política y prejubilar a los cuatro catedráticos o titulares desalmados que siguen creyendo que la Universidad imparte saberes y criba profesionales, en lugar de regalar títulos a todos los de la bolsa de los demonios. Pero paciencia, pues sospecho que la Sansegundo no sabe-no contesta porque está pensando la manera mejor de hacerlo sin que se note demasiado. De las bolsas de suspensos a los aprobados en bolsa, eso sí, bolsa de diseño y con algún eslogan guay.
Otra buena medida sería que la ley institucionalizara la presencia activa en la Universidad de los padres de alumnos. Yo sugiero las siglas, APU, Asociación de Progenitores de Universitarios. La experiencia de las APAs (¿Asociación de Progenitores Agresivos?) en los niveles educativos anteriores proporciona modelos interesantes. Desde ahí tendrían más fuerza las familias para poner a caer de un burro a los profesores que se empeñan en no reconocer a sus retoños la genialidad innata y su derecho igual a conseguir un título por encima de exámenes, prácticas y todo tipo de antiguallas decadentes. Quizá está haciendo falta también que de vez en cuando algún padre, movido por santa y muy justificada indignación ante la afrenta familiar de un suspenso, le dé dos guantazos a los profesores más exigentes, como ya va siendo pauta en los institutos.
Se me ocurre igualmente que las empresas deberían tener mayor presencia en la evaluación de los universitarios, preocupados como estamos todos por una mayor implicación de la sociedad en la suprema institución docente. Cosas como que por cada seiscientos euros de compra Carrefour regalara un punto canjeable por uno en cualquier examen del niño/a; o que Alimerka sorteara cada mes entre sus clientes un carro lleno de aprobados. Y anualmente un título entero.
Los profesores también deberíamos reflexionar, acogiendo la invitación que nos hace la más amplia autoridad de mi tierra. Toca cambiar nuestros métodos, como ya señalé en algún post hace un par de semanas. Eso de la clase magistral, las prácticas exigentes y el examen a pelo debe de ser cosa del franquismo, yo creo. Tenemos que ser imaginativos, creativos, expeditivos. Sugiero, por ejemplo, que se imponga el método del DSI, Diagnóstico Sapiencial por el Iris. ¿No dicen que un buen médico te mira el iris y allí ve no sé qué montón de cosas de tu estado corporal? Pues lo mismo. Que a la hora de evaluar el profesor mire profundamente a los ojos del estudiante. Ahí verá cuánto de verdad hay en lo que nos vienen diciendo padres, políticos y rectores (perdón por la redundancia): que hay mucha genialidad en el interior más interno de esos muchachos que no se rebajan al trato diario con los libros o los tubos de ensayo.
En fin, debemos entre todos lograr el noble objetivo de que todos los muchachos y muchachas tengan su título universitario. Así pondremos fin a la intolerable discriminación de que sólo los alcancen los más despiertos y laboriosos. No sea que estemos frenando la carrera y los logros de quienes mañana deben gobernarnos y hacernos a todos más prósperos y felices.
Picos, siempre Picos. Por Francisco Sosa Wagner
04 marzo, 2006
Progenitar
Estos/as chicos/as, tan revolucionarios/as, van a conseguir que a este país no lo reconozca ni la pareja de progenitores que lo adopte. Les gusta retorcer las palabras, se lo pasan bomba estrujándolas. Comienzan por la semántica, pero acabarán trajinándose hasta la mismísima ontología.
La última gran reforma de la cosa apareció ayer en el BOE y hoy los periódicos se hacen eco, o se hacen cruces, según el talante del respectivo grupo empresarial. Pues resulta que, a tenor del artículo 4 de la Orden del Ministerio de Justicia de 8 de febrero de 2006, en el libro de familia ya no se inscribirá el nacimiento usando los términos “padre” y “madre”, que son sustituidos por los de “progenitor A” y “progenitor B”.
Es cosa de mucha enjundia, qué duda cabe. La razón de la reforma es que no se sientan mal los matrimonios homosexuales que inscriban a sus hijos adoptados. Con lo cual podrían haber aprovechado para cambiar también el nombre de la inscripción, pues el artículo 4 sigue llamándola inscripción de nacimiento, y los homosexuales sólo pueden inscribir la adopción, pues el nacimiento, mal que les pese (y tienen todo mi apoyo y comprensión) es otra cosa que perpetran otros, los padres biológicos, cosa que ontológicamente es un pelín distinta de esta de los progenitores. Pero bueno, nunca estuvo garantizada la correspondencia exacta entre los términos registrales y la dura realidad biológica, ni que fuera el padre tal el que se fumaba (cuando se podía) hasta los dedos mientras su señora alumbraba nuevo contribuyente.
Todo esto es mucho jaleo, pues como nos metamos con la etimología volvemos a liarla. Y peor si nos vamos al google. Acabo de realizar un ejercicio de sorprendente resultado. Le meto al google "progenitor" y me manda derechito y a la primera a una revista cubana de medicina, en concreto a un artículo que se titula "Padre o progenitor. El paternaje, su conceptualización". Toma castaña. Naturalmente me lo leo, pues a mí estas cosas de fantasá me enganchan sin remisión. ¿Y con qué me topo? Pues con esta perla: "El progenitor conceptualmente es el portador de genes programado para perpetuar la especie". Sucia maniobra de la CIA, seguro, está infiltrada de machistas la academia cubana. Así que mejor nos olvidamos del derecho comparado y las etimologías.
El caso es que se trata de que cuando los que adoptan a la critatura (¿el progenitado?) son un feliz matrimonio de dos hombres o dos mujeres no tengan que pasar por el mal trago de echar a suertes a cuál le va a tocar figurar en el libro de familia como papá y a cuál como mamá. Yo siempre habría creído que a la mayoría de esas respetables (para mí lo son) parejas le iba bien eso de repartirse los roles masculino y femenino, pero estoy viendo que me hallaba en un craso error, inducido sin duda por la homofobia circundante. O eso quedará para que en casa el/la niño/a llame papá y mamá a quien por sus trazas más se lo parezca, pero en la cosa registral progenitores los dos, para que no haya asignación legal de roles. Muy bien, pero si el fin es que no se obligue a ninguno a figurar como padre o como madre, me parece que el sutil legislador la ha pifiado a base de bien. Pues dice la referida norma lo siguiente: La expresión "Padre" se sustituirá por la de "Progenitor A", y la expresión "Madre" por la de "Progenitor B”. Así que ya saben, se trata sólo de que los términos sigan significando lo mismo, pero dicho de otra manera. “Progenitor A” quiere decir “padre”, pero ni se te ocurra decirlo. Por cierto,¿no les ha quedado un poco sexista eso de que la letra primera se la lleve en padre?
En esa desesperada lucha por la precisión y la claridad conceptual, la Directora General de los Registros y del Notariado ha declarado, según ABC (por tanto, hay mala fe y tergiversación de sus ilustres palabras, seguro: se lo habrá soplado Aznar), que «convivirán dos modelos» de la inscripción de nacimiento. Según sus palabras, «se utilizará padre y madre cuando se trate de un matrimonio heterosexual y progenitor A y B para un matrimonio del mismo sexo». Je, ya tenemos el lío. La norma no dice eso que dice que dice su suprema guardiana en este tema. Una gozada y trabajo a tutiplén para leguleyos. Ya me imagino yo la primera inscripción de un hijo de pareja hétero de mi pueblo, el funcionario diciéndole al marido y orgulloso padre que a él le toca figurar como “progenitor A” y el aludido jurando que le arrea dos leches como no escriba ahí que padre y muy hombre. Es que somos unos reaccionarios en aquellos andurriales. Deberíamos tener voz y voto en los tejemanejes de la alianza de civilizaciones.
Pero dejemos la cosa legal por imposible y aportemos nuestra modesta contribución a la lucha contra la discriminación lingüística de los matrimonios homosexuales adoptantes. Creo que se impone, en lógica secuencia, toda una catarata de nuevas reformas legales y terminológicas. Por ejemplo, urge que el ministro Moriles (perdón, quise decir Montilla) negocie con El Corte Inglés para que el día del padre pase a denominarse el día del progenitor A y el día de la madre se llame en adelante día del progenitor B. ¿Y cómo sabe el/la hijoto/a a cuál de sus papis le tiene que regalar la corbata en cada ocasión? Pues consultando el libro de familia, por supuesto. Esto es un sinvivir, pienso, pues releo este párrafo y creo que lo de “papis” habrá que cambiarlo también. Será mucho menos sexista y discriminatorio que a los hasta ahora llamados genéricamente papás se les pase a decir “projis”. Qué escena tan tierna, el infante (en el sentido de niño; disculpen que no ponga aquí lo de infante/a, pues puedo dar lugar a nuevos equívocos) diciendo a sus compis a la salida del cole: me voy, que me esperan mis projis para llevarme a parchís.
Tampoco el Ministerio de Hacienda se va a salir de rositas. ¿Qué es eso del programa padre que el personal se agencia para hacerse en casa la declaración de la renta? Importa mucho que pase a llamarse “programa progenitor”. La prensa y demás medios de comunicación también tendrán lo suyo, pues se acabó lo de “padres de la Constitución”. En adelante, “progenitores constitucionales”. Les puede ir mucho mejor. Y menos mal que aquí no tenemos patria, porque si la hubiera y alguno se apuntara a su paternidad habría que referirse también a los “progenitores de la patria”. Eso que nos ahorramos.
No nos libraremos tampoco los ciudadanos de a pie, pues deberemos enmendar más de una regla de urbanidad. Así, cuando uno se encuentre con un amigo, nada de preguntarle aquello de qué tal está tu padre o qué tal sigue de salud tu madre. No, se impone lo de ¿cómo sigue tu progenitor A/B? Y hasta cuando nos ponemos faltones tendremos que cambiar nuestros hábitos. Ya me imagino a estadios enteros ciscándose en el progenitor del árbitro, a ser posible sin letras que discriminen.
¿Y los esforzados maestros? Pues a buscar nuevos ejercicios para practicar la lectura primera de la eme. Fuera aquello de "mi mamá me mima y yo amo mucho a mi mamá". Que lo reemplacen por cosas más asépticas, tipo "memo mama más mimo", o así.
Oigan, y con todo respeto y sin ánimo de ofender a nadie, digo yo que los teólogos y canonistas van a tener que ponerse las pilas también. No me atrevo a proponer reformas terminológicas para las Personas de la Santísima Trinidad, pero sí me animo con alguna idea más sencilla. Cuando el/la buen/a feligrés/a va a confesarse no deberá decir ya lo de “padre, me confieso de que...”. Por si excepcionalísimamente, excepcionalísimamente, insisto, el confesor no tiene del todo definida su orientación y es de los de antes de la prohibición papal reciente. Ya me entienden. Así que, con la mayor consideración y afán igualitario, digan aquello de “progenitor, hace una semana que no me confieso”.
En fin, que la revolución no ha hecho más que empezar. Una auténtica revolución progenital. Albricias.
03 marzo, 2006
Adversus chistosos.
Podemos dividir el fenómeno del chiste en tres momentos: el antes, el durante y el después de contarlo. El de antes es el instante que requiere de nosotros mayor perspicacia, pues si somos capaces de detectar a tiempo al chistoso, cabe que de vez en vez consigamos detenerlo antes de que comience su peroración de gracietas. Quien esté avezado a los chistosos y escarmentado con ellos puede verlos venir y resguardarse. ¿Cómo se les adivinan las intenciones? No me refiero al amigo que todos tenemos y que es un obseso que desde la infancia nos viene torturando con su capacidad para encadenar chistes durante horas y que suele soltarlos ordenados por capítulos y especialidades: los de leperos, los de Jaimito, los que eran un francés, un ruso y un español, los del marido que llega a casa y encuentra a su mujer así o asá. De esos simplemente hay que huir constantemente. Su vida es una ansiosa búsqueda de auditorio, y nuestro objetivo primero debe ser el de darles esquinazo. Pero, ojo, no hay que bajar la guardia ni un instante, pues con frecuencia son unos bribones que nos atraen con la promesa de contarnos alguna intimidad de un conocido común o un drama propio que requiere amical consejo. Y en cuanto te tienen a tiro pasan de puntillas sobre el señuelo que te llevó a su presencia y comienzan con la retahíla de los chistes. Y hasta ahí llegaste, compañero, el resto de la noche toca poner mueca en la boca, repetir sistemáticamente aquello de “joer, Pepe, eres la hostia, qué gracioso” y jurarte a ti mismo que el lunes te apuntas a un curso de misantropía que dan en el INEM con fondos europeos.
Mayor mérito tiene identificar con antelación al chistoso que no conoces de antes. Conviene prestar la debida atención a determinados signos sutiles, que indican que se está preparando mentalmente y disponiendo la ocasión favorable para soltar su fatigoso rollo. ¿Qué signos? Pues, por ejemplo, los chistosos suelen comenzar a sonreír un rato antes del inicio de su actuación. Creo que es porque repasan mentalmente las historietas que van a contar y se encuentran a sí mismos tan abrumadoramente divertidos que no pueden evitar esa sonrisa de autocomplacencia, de autoerotismo casi. Porque ésa es una característica del chistoso, el adorarse a sí mismo, y por eso cuando cuentan y cuentan ponen esa mirada perdida y esa expresión parangonable al clímax sexual, cual si se estuvieran dando a sí mismos un notable refrote manual. Otro indicio de que la ristra de chistes se aproxima inexorable es que el chistoso inminente no le presta ninguna atención a la conversación que mantienen sus interlocutores. Tú puedes estar contando, lloroso, que tu canario tiene moquillo y estás muy preocupado, tristón y decaído, pero el chistoso no apeará la sonrisa pese a lo intenso de tu drama y aprovechará para meter baza inmediata a su estilo: “A propósito de canario, estaba una vez Jaimito dándole de comer al canario y”... Y se jodió la marrana, ya te endilgó el primero. Así que si usted ve que, en medio de una conversación seria, trágica incluso, hay un tipo que se mantiene impasible al sufrimiento ajeno y que tiene en los ojos un brillo de dicha, despídase con cualquier excusa y salga pitando antes de que la cosa no tenga remedio en dos o tres horas.
Vamos ahora con el durante, con qué hacer mientras nos cuentan, uno tras otro, todos esos chistes supuestamente desternillantes. Lo primero es relajarse. Es preciso evitar por todos los medios que la angustia nos atenace. ¿Qué angustia? La provocada por la simultánea concurrencia de dos certezas irrefragables: que dentro de un momento debes reírte mucho y que no vas a tener puñeteras ganas de reírte nada, nada de nada. En un brete tal, aconsejo relajar los músculos faciales y concentrarse en pensar algo que a uno le parezca gracioso de verdad y le provoque sensaciones gratas, para que la sonrisa, así, fluya con naturalidad y no forzada por lo que el otro está soltando, que es cosa que nos provoca más impaciencia que nada. El dominio de los músculos de la cara es fundamental en estos trances, y muy especialmente cuando ya van veinte chistes seguidos y el monologuista no pone trazas de terminar su recital. A esas alturas es normal que ya sintamos una dolorosa rigidez en la mandíbula, amén de una aguda tensión en esa línea que une las orejas con la comisura de los labios y que es la parte del cuerpo que más padece con la chistosidad hipertrófica ajena. Aconsejo que se realicen pequeños movimientos con la mandíbula y que, fingiendo un picor o cosa por el estilo, se dé uno pequeños y rápidos masajes en los mentones, ora el izquierdo, ora el derecho, con regularidad, pero procurando que no se note en demasía el fin terapéutico de los tocamientos. Obviamente, la situación mejora mucho si uno tiene algo que llevarse a la boca y masticar, unas aceitunas, unos anacardos, una tapa de tortilla. En tal caso, el ejercitamiento de la mandíbula que se estaba quedando rígida se combina con la concentración en los sabores y el disfrute de la deglución, todo lo cual resta mala leche y facilita la sonrisa póstuma.
Reconozcamos que son todas las anteriores tácticas para facilitar el mal trago, raramente para evitarlo, pues el chistoso es capaz de seguirte adonde sea, a mear, a la barra a que pagues (dos tercios de los chistosos nunca pagan ronda, pues consideran que ya bastante mérito es no cobrarte por sus gracias) o al entierro de tu abuela; todo antes que ahorrarse su numerito. Por tanto, nos toca ahora meditar sobre la actitud adecuada cuando ya nos acaban de endilgar el chiste número diecisiete. Se impone en esa tesitura buscar un dificilísimo término medio, el término medio entre no reírte nada, que es lo que en verdad te apetece y como te comportarías si fueras un tipo con personalidad y no el guiñapo que en ese momento percibes en ti, y reírse más de la cuenta, pues a mayor forzamiento del aparato de la risa más probable resultará que se te note el fingimiento; y si no se te nota, peor, pues el chistoso interpretará que lo estás pasando tan sumamente bien que nada te apetece tanto como que te cuente aquel otro de cuando Jaimito le vio las bragas a la maestra y... Y toma dos horas más de tortura. Mas tampoco debemos otorgarle importancia excesiva a ese equilibrio imposible entre la risa excesiva y la sonrisa escasa, pues el graciosillo nos va a inocular el siguiente en cualquier caso, sea porque le parece que estás disfrutando como nunca, sea porque te nota tristón y se siente capaz de levantarte el ánimo con su natural simpatía.
Lo mejor es que mientras el chiste avanza uno vaya repasando la lista de estrategias terminales, a aplicar en cuanto el chiste en marcha concluya y sin dar tiempo para la risa innoble. Las hay de todo tipo y en este punto son muy importantes la imaginación y los reflejos. Lo más natural es improvisar a bote pronto la excusa para salir zumbando, pero, por si estamos espesos o tan agotados que no podemos discurrir, recomiendo tener siempre en mente algunas de las estratagemas siguientes. Si usas lentillas, lo tienes a huevo: finge que se te ha movido una y que tienes que ir sin dilación al baño para recolocarla; es más, que no te puedes ni reír, pese a las ganas, pues si meneas la cabeza como te gustaría es posible que se te caiga al suelo la lentilla y mira tú qué plan, qué haces luego tuerto y muerto de risa. También son de lo más útiles esos móviles (no sé siguen existiendo) que tú puedes hacer sonar con un ligero toquecillo de tu mano en el bolsillo, de modo que parezca que te llaman. Lo que hay que hacer es aparentar que se contesta y comenzar diciendo “Ah, hola, Pepe, ¿no podrías llamarme más tarde, que estoy muy ocupado? –esto encanta al chistoso-, ah, que es urgente y muy grave, pues dime, dime...” En ese momento sales del recinto en que te encuentres y tardas cinco minutos en regresar, pero sólo hasta la entrada, desde donde te despides levantando una mano y poniendo gesto de lo siento, qué faena, con lo bien que lo estábamos pasando y he de largarme a la fuerza. Y te piras más contento que unas pascuas.
Para los casos más graves y desesperantes existe una estrategia infalible, basada en los experimentos de la psicología conductista. Una cosa como lo del perro de Pavlov, estímulo y respuesta y tal. ¿Se acuerdan? Cada vez que Pavlov le iba a poner la comida a su perro, tocaba una campana. Así que el perro cada vez que oía la campana ya ensalivaba, pues en su cabeza de can asociaba campana con comida, hay campana, pues hay comida, qué bien, pensaba el animalillo. Pues, mutatis mutandis, algo así hay que hacerle al chistoso, pero con estímulos negativos. Pongamos que X sea una cosa desagradable. Pues bien, el chistoso tiene que asociar su acción de contar un chiste con la concurrencia impepinable de X, de modo que acabe en su cabeza formándose la siguiente ecuación: cuento chiste = sucede X. ¿Cómo despejamos esa X? Sé la manera perfecta, el truco infalible que deja en nada a Pavlov, y a su perro al nivel de una rata. Pero no sé como decirlo, tal vez no debo aquí, que este blog es abrevadero de gente fina y con estudios. A ver, lo insinúo sólo. Lo ideal es que los varios que estén sufriendo al chistoso actúen de común acuerdo y se turnen en la emisión del estímulo. A cada chiste, uno de ellos emite una emisión. No sé si me explico. Se trata de que el chistoso asimile sus acciones narrativas con la presencia de estímulos olfativos deplorables. No sé si me entienden. Y que perciba, por otro lado, que en cuanto deja las gracias cesan los pérfidos estímulos. No quiero ser más explícito. Ya sé que es muy radical la medida, pero sea dicho, en descargo mío y de los que la empleen, que es una última ratio, una reacción a la desesperada y que está, con creces, amparada por las eximentes de legítima defensa y estado de necesidad. Y por el chistoso no se preocupen, él, con su optimismo, rehará la historia en su cabeza y pensará que ha tenido que dejar los cuentos porque la concurrencia se hacía caca de tanta risa. Así son, qué majos.
02 marzo, 2006
Kelifinder.com: te destrujillas de risa.
Lo siento, no he podido evitarlo. Primero oí en la radio la noticia de que el Consejo de la Juventud había abierto un portal para ayudar a los jóvenes a pillar vivienda. No le di importancia, pues entiendo que con algo deben matar el tiempo lo del tal Consejo, que es cosa de mucho postín y de indudable importancia social. Después supe que al portal de marras lo llaman Kelifinder.com y comencé a imaginarme a los chicos del Consejo ese, todos finos buscando un nombre que sea fácil de memorizar para cualquier joven desertor del arado. Pues es bien sabido que Keli es nombre usual de vaca cántabra y que cada vez que una se les pierde en la inmensidad de los pastos estivales corren todos to find la vaca, como dicen por esos andurriales pedregosos. Qué bien se lo habrán pasado los chicos del Consejo con lo del nombre, hija. Pero bah, pecata minuta, pensé, y seguí resistiendo la tentación de ir a fisgar en el dichoso portal.
Pero hete aquí que leo que la broma ha costado un auténtico pastón, financiados por el Ministerio de la Vivienda, y que ha sido presentado el invento con gran alharaca en el día de ayer. De modo que sucumbí. Anoche entré en www.kelifinder.com y sólo me hablaban de unas zapatillas y de que hay no sé cuántas decenas de miles de ellas esperando a los que vayan a buscarlas. Vaya, me dije, pues voy a ver cómo se consiguen, pues supongo que en las semanas venideras el que no tenga unas zapatillas Keli se queda fuera de la movida inmobiliaria. Había que pinchar en tu provincia para que te saliera dónde podías recogerlas. Pincho y pincho y allí no sale nada, y me canso. Así que trato de entrar en la página de inicio y me dice que está el servidor sobrecargado, tan grande ha sido el éxito de la ocurrencia. Me quedé a dos velas y meditando sobre quién habrá fabricado tantas zapatillas y que qué bien.
Esta mañana me he levantado con un objetivo claro para mi día: Kelifinder. Y hubo suerte. Parece que el servidor ya había descansado y logro meterme en el buscador de casas e informaciones. Pido al chisme que me indique las casas disponibles en León para ser visitadas en zapatillas. Cero. Claro, León es pequeño y aquí no le han cogido todavía el tranquillo a esta cosa los vendedores de casas y tal. Miro en Asturias. Cero. Ya mosca, miro en Madrid. Cero. Me paso a Barcelona, pues ya se sabe cómo son de despiertos allí. Cero.
Por fin caigo en la cuenta. Cómo puedo ser tan despistado. Claro, lo que pasa es que estoy navegando en zapatillas de andar por casa, de cuadros y eso. No calzo unas Keli. Es un servidor inteligente que te detecta los pies y que capta si llevas puestas o no las zapatillas de reglamento, la de joven buscador de casa con un estilo y una cosa. O tiene un sensor de canas y a mí me ha excluido con una patada virtual en el culo, dada, eso sí, con unas Keli bien chulas.
A esta ministra deberían ponerla a organizar la ceremonia de los Goya. Lo que nos íbamos a reír. Y qué barato.
Mitos y vino. Por Francisco Sosa Wagner
01 marzo, 2006
Las OPAs eléctricas y las energías de los comentaristas.
Lo que queda del 68.
Uno, encanecido y con los ideales un tanto encallecidos, se pone a pensar ahora y ve los resultados de aquel movimiento de mayo en claroscuro. Hubo indudables logros, pero casi todos ellos descoloridos, a la larga, por la demagogia y la frivolidad, a partes iguales. Hagamos un muy provisional y fragmentario recuento.
En el haber favorable hay que contar, sin duda, con la ganancia en libertad personal, comenzando por la liberación sexual. Sería un chiste demasiado fácil decir que al 68 debemos el sesenta y nueve, y por eso no lo voy a decir así. Pero es verdad que seguramente algunas de las filosofías que inspiraron tales revueltas asestaron un buen golpe a la vieja y muy represiva moralina sexual. De entonces a hoy no hemos hecho más que ganar en tolerancia y buena disposición hacia la libertad de cada cual para componerse y gestionar su manera de entender el uso de su propio cuerpo y el disfrute de su intimidad. Poco queda, por fortuna, de las viejas y acartonadas reglas, mezcla de religiosidad mal entendida y de rigidez social, que llevaron a tantos de nuestros padres a vivir su vida personal y de pareja como conflicto con uno mismo y con el otro, como autonegación y desprecio de las propias pulsiones e inclinaciones.
El precio, la cruz, ha sido probablemente la trivialización de las relaciones personales y sexuales, esa mezcla presente de comercio y superficialidad, que hace que nuestros cuerpos libres estén ahora sometidos a imperativos nuevos y a una dictadura que ya no es moral, sino estética, y que determina, al tiempo y paradójicamente, que vivamos en plena eclosión del narcisismo, solos ante el espejo, atiborrándonos de potingues, esclavos de las dietas, maltratándonos en los gimnasios y con crecientes dificultades para la relación interpersonal, incluida la relación sexual libre y placentera. Del orgasmo prohibido hemos pasado a la lectura compulsiva y angustiada de todo tipo de manuales sobre el orgasmo perfecto. Cuando íbamos camino de recobrar la propiedad sobre nuestros cuerpos nos hemos visto abocados a la ansiedad porque nuestros cuerpos sean (como) los de otros, los de las y los modelos, los de actores y actrices, los que determinan los modistos, los dietistas, los gurús del sexo perfecto, los escritores de manuales de autoayuda o los fabricantes de yogures. El resultado es bien conocido: anorexia, bulimia, enclaustramiento, incomunicación, inseguridad, miedo, consumismo, adicción a todo tipo de estimulantes que nos ayuden a salir de la prisión de tantas obsesiones inducidas.
En un terreno más social y político, tuvo el 68 la virtud de cuestionar las jerarquías establecidas y de reclamar una sociedad más participativa, más democrática, más abierta. Fue surgiendo desde ahí un cuadro variopinto de nuevos movimientos sociales y una sociedad civil mejor trabada, con mayor espacio para lo asociativo. Esta sociedad no sería lo que es, para bien, sin el impulso que en estas últimas décadas cobraron los feminismos, ecologismos, pacifismos y todo tipo de grupos y organizaciones no gubernamentales.
Pero también esa ganancia ha tenido su parte oscura, también de esa acción se ha derivado una reacción, un componente reaccionario. De la eclosión de esos nuevos grupos y activismos se ha ido a parar muchas veces a un grupalismo muy poco reflexivo y escasamente liberador. Muchas (he dicho simplemente muchas, no todas, por supuesto) ONGs son hoy descarado negocio. Muchas reivindicaciones serias se han tornado puros eslóganes sin más sentido que el de permitir a quienes los gritan sentirse parte del grupo de los elegidos, o de los más guays, o de los más tontamente modelnos. Es una nueva trivialización, la misma que permite a los políticos profesionales colocarse gratuitamente el membrete de progres y comprometidos con las causas nobles, sin más coste que repetir en sus programas y mítines unas pocas consignas gastadas, para encomendarse luego, cuando tocan gobierno, a una legislación simbólica que es a menudo pura carnaza para descerebrados.
28 febrero, 2006
Un maestro de la narración.
Se demora el hombre y sabe administrar el clímax de sus cuentos. Es un maestro de los silencios. Habla sin prisa y coloca las pausas en el lugar exacto en que sirven para mantener al oyente cautivo, apresado en los vericuetos más notables de sus historias. No tiene afán por acabar, no está urgido por poner los puntos finales, quizá porque en la mirada de los interlocutores capta que no osaríamos interrumpirlo y arriesgarnos a que no culminara. Pero sus peripecias son como los mares, infinitas, entrelazadas. Recuerdan los dibujos de Escher, se tejen como espirales perversas. Parece como si ninguna anécdota acabara, pues cada una enlaza con la siguiente, en sucesión infinita, como si fuera la vida misma la que hablara sin más secuencia que el puro acontecer azaroso.
Me quedo pensando que hay algo más que argumentos, que por algún lado asoma la literatura y que tiene que ser por cosa distinta de los puros argumentos. Y me convenzo de que es su modo de gestionar los silencios. Los tiende como redes que nos atrapan, le pone respiración a sus episodios, combina el ritmo de lo contado con el aliento de lo que aún ha de venir, son como latidos las frases y en cadencia hipnótica se intercalan con los espacios sin palabras.
Ese hombre sabe hablar porque no lo necesita, no siente la compulsión de sorprendernos, no nos cuenta por ninguna razón lo que nos cuenta, habla porque sí y por eso es libre para recrearse en la pura forma, él no es más que el canal por el que se expresa la pura vida a su manera, casual, caprichosa, dominante. No está en promoción, no busca auditorio, le interesamos sólo porque somos el pretexto para sus recuerdos. Goza la libertad del que está de vuelta, del que ha tornado a puerto y ya descansa, de la paz del que ni siquiera tiene que reencontrarse.
Hacía tiempo que no escuchaba a alguien hablar. Lo habitual es puro ruido del entrechocar de egos.
25 febrero, 2006
Quedamos el miércoles.
Diálogo en el cielo entre Dios y Rajoy.
D.- Siento lo de Ángel, pero tienes que entenderme.
RJ.- Él estaba muy ilusionado con esta visita y quería acompañarme. No sé cómo se habrá tomado lo de tener que esperar en el hall y que no lo recibas conmigo.
D.- Debes calmarlo. Y date cuenta de que en este momento su actitud no me conviene. Excita a los rivales.
RJ.- Él se siente un soldado tuyo, hace por ti lo que sea.
D.- Sí, pero no acaba de pillar nuestro rollo ecuménico.
RJ.- Es que tiene un poquillo de nostalgia de otros tiempos, de cuando las hogueras y todo aquello.
D.- Tenéis que convenceros de que aquello pasó. Ahora se impone una política de diálogo y consenso.
RJ.- De todos modos, al cielo le iría mejor si nosotros ganáramos las próximas elecciones.
D.- ¿Y qué haríais?
RJ.- Construiríamos nuevas catedrales. Ya anda Zaplana buscando unos terrenitos.
D.- Espero que sean baratos, no tenemos las arcas para dispendios.
RJ.- No te preocupes, son cuatro perras. Luego recalificamos, ponemos una estación del AVE y urbanizamos un poco.
D.- ¿Para que la gente vaya cómodamente a rezarme?
RJ.- Claro, claro. Incluso que puedan tener allí su segunda residencia con todos los servicios. Y en la costa, imagínate. Pensarían en ti mientras contemplan la inmensidad del mar desde sus apartamentitos.
D.- Suena bonito, sí. Pero me pega a mí que lo de pillar poder lo tenéis chungo.
RJ.- Hombre... perdón, Dios, si nos echaras una manita...
D.- ¿De qué manera?
RJ.- Habíamos pensado que tal vez unas plagas... Como cuando lo de Egipto y tal. Fue divertido. Hemos estado mirando el catálogo y...
D.- ¿Qué catálogo?
RJ.- El de plagas.
D.- Ese catálogo está desfasado, es de cuando yo era más joven y tenía otro temperamento.
RJ.- De todas maneras la gente necesita algún susto para salir de su hedonismo y reflexionar seriamente.
D.- ¿Y qué habéis pensado?
RJ.- Esto... no sé, tal vez una gran sequía, o una guerra...
D.- Claro, como os fue tan bien con la última.
RJ.- ¿Y qué tal una plaga de langosta?
D.- ¿Os parece poca plaga lo de la gripe aviar?
RJ.- Je, je, ahí estuviste fino, sí. Lo que pasa que tienes que hacer que enfermen unos cuantos pollos en las comunidades del PSOE, jeje.
D.- Oye, oye, que no he sido yo, ya te he dicho que me he quitado de lo de montar plagas. Lo de los pollos no es cosa mía.
RJ.- Pues quizá nos alcance con algún programa promocional que cuente con tu apoyo.
D.- ¿Qué has pensado?
RJ.- Que tu Iglesia proclame que el 2007 sea un año mariano.
D.- ¡¿....?!
RJ.- ¿Lo pillas?
D.- ¡Mariano!, ¡no me ofendas!
RJ.- Perdón Su Santidad, no era mi intención.
D.- Apea los tratamientos, que no das una.
RJ.- ¿Entonces no?
D.- No, no puedo pringarme tanto, tal como están las cosas. Además, ya tenía pensado consagrar el 2007 a una de las virtudes teologales.
RJ.- Ay, Dios, que te veo venir. Perdón. ¿A cuál?
D.- Será el Año de la Esperanza.
RJ.- Es una gran idea, Majestad... esto..., pero... tal vez esa virtud merece más que un año. ¿Qué tal si le consagramos toda la década del 2020?
D.- ¿Pretendes mangonear mi Suprema Voluntad? Y ya te he dicho que no me pongas tratamientos a tontas y a locas.
RJ.- Dios mío, te noto un poco tenso con nosotros, tus humildes y entregados servidores.
D.- La verdad es que no me tenéis muy contento, para qué negarlo.
RJ.- Pero si sólo queremos seguirte y seguir tus mandamientos al pie de la letra. Hágase en nosotros tu voluntad.
D.- Mariano, Mariano, ese discurso no es tuyo. A ver si inventáis algo original y dejáis de plagiar la Biblia.
RJ.- Sigo sin comprender por qué estás cabreado. Somos un partido católico.
D.- Sí muy católico, ya lo he visto. Unos libertinos es lo que sois. Muy ligeros de cascos y cambiando de esposa a cada rato. Folláis mucho más que los progres y eso me tiene de los nervios. Si seguís así me cambio de bando, aviso. Aprende de ZP. Son soles esos muchachos.
RJ.- Señor, tú sabes que nos hemos opuesto a la ley del divorcio, a la de matrimonio homosexual y a todos esos desmadres legales.
D.- Desmadres, desmadres. Bueno, dejemos eso. Lo que necesitáis es modernizar vuestro discurso político.
RJ.- Ah, por eso no te preocupes. Ya tenemos el slogan para las próximas elecciones.
D.- ¿Cuál?
RJ.- Mariano y cierra España. ¿Te gusta?
D.- Ni gota.
RJ.- Por qué, es perfecto. Imagínate. Si ganamos con ese lema damos el primer paso para rehacer una gran España confesional, consagrada a ti.
D.- No me interesa, Mariano. No quiero ofender a los catalanes.
RJ.- ¿A esos separatistas?
D.- Bueno, bueno, no te quedes en las cosas accesorias de la política terrena, debes ampliar tus miras hacia objetivos más elevados.
RJ.- Pero, Dios mío, puedo demostrarte que nosotros te queremos más y te adoramos mejor que ellos. Malandrines, que son unos malandrines.
D.- ¿Ah sí? ¿Y cómo piensas demostrarlo?
RJ.- Con firmas, Señor.
D.- Ya, con firmas. No escarmientas.
RJ.- Te conseguiré tres millones de firmas. La pregunta será: “¿Quiere usted una patria consagrada a Dios en lugar de este lío de naciones ateas?”.
D.- Mariano, como se te ocurra mencionar mi nombre en vano te capo.
RJ.- Sólo queremos salvar tu obra en Cataluña.
D.- Por ese lado estoy tranquilo. Han venido a verme Durán y Mas.
RJ.- ¿Cuáles más?
D.- Artur Mas, Mariano, que no te enteras.
RJ.- Es que hace tanto que no me hablan... ¿Y qué te han dicho?
D.- Me han dado su palabra de que en cuanto se autodeterminen van a editar unos catecismos en catalán primorosos, encuadernados en piel y con mi nombre en la portada en letras de oro.
RJ.- ¿Sólo eso? Podemos mejorar la oferta.
D.- Y que si consiguen plena autonomía fiscal establecerán un impuesto altísimo para el sostenimiento del clero catalanoparlante. ¿No son divinos?
RJ.- Señor, pero están rodeados de ateos, mira Carod y todos esos.
D.- Nada, nada, me han dicho que ellos los controlan. Y que a ZP lo tienen también agarrado por la parte menos santa. En un par de añitos tenemos una Cataluña católica y posmoderna, una virguería.
RJ.- Señor, veo que no nos apoyas.
D.- Sí, Mariano, sí os apoyo. Mi cariño lo tenéis al completo.
RJ.- Ah, gracias mi Señor.
D.- Mira, tengo una idea. Coméntala con Ángel y Eduardo y la vais valorando.
RJ.- Qué bien. Dime, dime, Señor.
D.- Verás, vamos a abrir ahora unos monasterios muy bonitos en Eslovenia. Una pasada. Vida retirada, oración, penitencia suave. Estamos buscando abades con buen nivel y que sean buena gente.
RJ.- Pero nosotros estamos comprometidos con España, Señor, servir a la patria y eso.
D.- Mariano, Mariano, que te me pierdes. ¿Es la patria más importante que yo? Hay que reconquistar Eslovenia para la fe, Mariano, y para esa santísima tarea necesitamos gente con vuestro talante, auténticos soldados míos.
RJ. Lo pensaré Señor, y se lo diré a mis compañeros.
D.- Gracias, Mariano. Necesitáis reforzar vuestra fe y curtiros en la caridad y el amor al prójimo.
RJ.- Lo haremos, Señor, si tu lo mandas.
D.- Así me gusta, Mariano. Puedes ir en paz. Y saludos para Esperanza.