Va siendo hora de que intentemos llamar las cosas por su nombre y de que nos dejemos de posturitas farisaicas. Vayamos un poquito más al fondo absurdo de algunos problemas de los que aquí hablamos a veces.
Nos quejamos con frecuencia de la escasísima disposición que tiene la inmensa mayoría de nuestros estudiantes universitarios para participar en cualquier actividad intelectual o académica que no sea el emburrecido empolle de apuntes rancios o manuales alimenticios. El noventa y nueve por ciento de ellos sólo asisten a una conferencia, un curso de verano o un seminario obligados o a cambio de precio. Se les obliga cuando uno les dice que lo que ahí se hable “entra” para el examen siguiente. Se les compra cuando se les paga en créditos de libre configuración. Y ahí los tienes, esperando que pasen la hoja para firmar la asistencia y, mientras tanto, ni siquiera fingiendo que escuchan esa apasionante charla sobre las particularidades cromosómicas de la lenteja berciana o la interpretación teleológica de la última directiva de la UE sobre tala de árboles en jardines públicos de ciudades de menos de cinco mil habitantes; ellos, que están en tercero de Filología Inglesa o en cuarto de Biblioteconomía. Y, claro, hablan, comen pipas, enredan, bostezan, roncan, eruptan, se tocan las partes –propias o ajenas-, mientras el expositor diserta concienzudamente. Súmese a esas espurias motivaciones la circunstancia, archiconocida, de que a la mayoría de los estudiantes universitarios le importa exactamente un bledo todo lo que no sea comer, cagar y aprobar con el mínimo esfuerzo el próximo examen parcial. Así que no esperemos que esa gran masa acuda enardecida y motu proprio a oír hablar de nada de ninguna materia, incluidas las de su carrera. Van a clase, los pocos que van, porque toca y porque en algún lado hay que meterse en invierno para no estorbarle en casa a la asistenta. Y punto.
Con estas consideraciones nos repetimos, obviamente. Y echamos balones fuera. Porque falta que seamos capaces de responder a calzón quitado a la siguiente pregunta: ¿entonces por qué nos empeñamos en organizar cursos variados –de verano, de otoño, de invierno, de primavera, de extensión universitaria...-, ciclos de conferencias, charlas de colegas, etc., etc.? Si tan a disgusto estamos los profesores con esas actitudes del alumnado, ¿por qué nos empecinamos en seguir con esas actividades a las que nadie nos obliga? Ay, amigo, ahí está la madre del cordero. ¿Nos sinceramos? Pues ahí va: lo hacemos porque nos interesa y porque, al tener, como tenemos, auditorios cautivos, nos movemos en una estupenda impunidad.
Sí, ya sé que conviene discernir un poco. Algunos perseveran por puro idealismo y sin contraprestación de ningún tipo, es verdad. De vez en cuando cierto evento de ésos alcanza tales grados de excelencia y buena administración que hasta unos pocos estudiantes sucumben sinceramente a su encanto, cierto. Pero la regla no es esa, sino la siguiente: curso o ciclo con programa perfectamente tópico y aburrido –que no falte la palabra “globalización” en al menos un par de títulos, porfa-, conferenciantes pesadísimos o puramente diletantes, alumnado en régimen de estabulación obligatoria y ambiente general como para echar a correr. ¿Entonces?
Pues lo que muchas veces sucede en el fondo –con las excepciones que vengan al caso, repito- es esto. El profesor propone un curso de algo, se pone de director del evento y se asigna a sí mismo un par de conferencias. Eso supone entre 600 y 900 euros en total. No es mucho, pero te da para cambiar las cortinas de la salita. Como conferenciantes invitas también a dos o tres amiguetes, que van a quedar bastante agradecidos al embolsarse por esa charla, cuya calidad y preparación nadie controla, sus trescientos euros. Como pago de una conferencia bien preparada y documentada y expuesta con salero, es poco; como retribución para el que suelta una sarta de gilipolleces improvisadas y aprovechando que todos están dormidos, es una barbaridad. Si ese invitado es de fuera, miel sobre hojuelas, pues tendrá además pagado el avión y la nochecita de hotel, con lo que su contento se multiplica. Con un poco de suerte, sacamos también para la cena a la carta o para el suplemento de camastro para su parienta, que es cosa de lo más ostentoso aparecer de señor/a del conferenciante/a y dormir y comer por el morro. Y, como funciona el do ut des y el hoy por ti mañana por mí, ése que tú invitas hoy te va a invitar a ti cuando él organice algo. Es una rueda, tuya-mía-cabecina-y-gol.
Por si los alicientes fueran pocos, últimamente esas cretineces cuentan para el curriculum de uno. Mismamente la ANECA y las anequitas parroquiales valoran mucho que los acreditandos hayan sido organizadores de chuminadas así. Es que, encima, se te computa como mérito, manda narices. Te lo pasas pipa con los colegas, das el palo y, para colmo, te dan las gracias y te ponen una medalla. Hagan juego, señores.
Semejantes montajes son posibles gracias a uno de los inventos más perversos y sutiles que en el mundo universitario se han dado en las últimas décadas: los créditos de libre configuración. Su fundamento teórico, es decir, su disculpa, resulta de lo más atractivo: que cada estudiante universitario pueda disponer de un tanto por ciento de las horas de docencia asociadas a su titulación para recibir las enseñanzas que quiera. Es decir, usted es estudiante de Económicas y puede cursar con cargo a esas horas las asignaturas de Derecho Laboral o Derecho Constitucional. Genial, se enriquece su formación.
Ja, y un güevo. Eso no lo hace ni un uno por ciento. Inicialmente los estudiantes se matriculaban en masa en ciertas asignaturas divertidas: natación, fútbol y así. ¿Que no se cree usted que existan esas asignaturas? Pues no siga leyendo, usted sigue en la inopia académica. En la segunda fase algunos profesores comenzaron a inventar asignaturas “atractivas”. El nombre o el tema eran lo de menos, pues lo que las hace deseables es que se corra la voz de que el aprobado es general con sólo firmar cada día –personalmente o por persona interpuesta- en la lista de asistencia. Con eso los tales profesores no cobran nada a mayores, pero sirve para que parezca que curras a tope. Tengo un conocido troll que se lo monta sólo a base de tales pelotazos docentes y le va de cine. Con eso y un par de chupaditas que hace al mes al Clinton de turno está hecho un triunfador. Y el hallazgo definitivo consistió en regalar créditos de libre configuración a los estudiantes que asistan a ese tipo de cosas que estábamos analizando: cursos de verano, de invierno, ciclos de conferencias, etc. Éxito asegurado, ahí van de tres en fondo, movidos por el interés del respectivo tema o la incuestionable calidad de los ponentes. Ya lo sé, José.
Alguien pensará: bueno, así por lo menos tienen una razón para asistir, algo escucharán y algo se les quedará. Que no, hombre, que no. Que no. Que se niegan a escuchar y los pocos que lo intentan la mitad de las veces se arrepienten, pues no hay nadie que controle la mera decencia de conferenciantes y ponentes. Que se organiza cada cosa que es para echarse a llorar; o para coger las armas y tirarse al monte.
Entonces, ¿qué hacemos? Ah, espere, concretemos la pregunta. ¿Qué hacemos para qué? Si es para asegurarnos de que la noria siga girando, continuemos echándole morro y alimentando de créditos y premios a esos auditorios tan cautivos como alienados. Si es para que ni estudiantes ni profesores pierdan lamentablemente el tiempo, fuera con todos esos apaños de libres configuracines y chantajes. Que cada palo aguante su vela. Que a una conferencia vayan los que quieran y los que la fama, los méritos y las calidades del conferenciante determinen. Y al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Esmerémonos en actividades de calidad y luego veamos si el público estudiantil responde o no. Si es que no, critiquemos a conciencia. Pero no hagamos como ahora, cuando, con tantísima razón muchas veces, nos cebamos con los estudiantes, pero saliendo los profesores de rositas y quedando como vírgenes y mártires. Que al que dé una charla indocumentada y soporífera se le resten puntos de algo, aunque sea del carnet de conducir. Que al que invite a un colega oligofrénico a contar payasadas lo linche el auditorio o, al menos, que los multen a los dos. Y problema resuelto.
Jo, tengo un día fatal.