20 febrero, 2008

El profesor Sosa Wagner sobre la universidad.

En días pasados nuestro amigo Francisco Sosa Wagner contestaba a un cuestionario de El Mundo sobre la universidad española actual. Éstas fueron sus respuestas:
a) No se trata de habilitación vs. acreditación. Se trata de pruebas públicas con miembros del Tribunal que sean especialistas de la materia y sacados a sorteo. Las acreditaciones no son públicas, los examinadores han sido seleccionados no sabemos cómo. En el franquismo clamábamos por el sorteo de los Tribunales y el ministerio ¡solo ponía a uno! Ahora el ministerio, el consejo o quién sea, ¡los pone a todos!
b) La autonomía de las Universidades es la maleta de doble fondo que no es que deje vía libre al caciquismo, es que le abre las puertas de par en par. En la Universidad, como he defendido en mi libro "El mito de la autonomía universitaria", hay que defender las libertades individuales de sus miembros y la esfera de sus derechos, no la autonomía de la organización, que se convierte en la práctica en la autoridad a menudo arbitraria del rector y los suyos.
c) Por supuesto que existe endogamia en la Universidad española. Crecerá con el sistema de acreditaciones. Habrá muchos profesores "acreditados", con sus bendiciones oficiales, pero conseguir una plaza concreta en la Universidad dependerá de la puntería que haya tenido el interesado a la hora de votar al rector y de las relaciones que tenga con él y con su equipo. Si las tiene buenas, normalmente porque pacta con ellos componendas, se le facilitará una plaza. Si no es así, quedará sin plaza. Y, ojo, no hay forma de acudir a ventanilla alguna de reclamaciones como no sea la incierta y muy lenta de la jurisdicción contencioso-administrativa.
d) Para que esto cambie hay que ir a las pruebas públicas y, como digo, juzgadas por especialistas, no por aficionados como ocurrirá con las acreditaciones. De otro lado, hay que cambiar la estructura de poder de las Universidades. Las elecciones a rector son una engañifa que tan solo sirven para crear banderías en torno a los candidatos. Quien gana controlará el aparato, si el rector es educado y universitario, aceptará reglas más o menos objetivas de juego, si no es así, imperará la arbitrariedad más grosera y el ejercicio constante de la desviación de poder.

Editorial de El País

Pues aquí me tienen copiando con gusto un editorial de hoy de El País. Me parece sinceramente que esta es la pedagogía social y política que hace falta y que es especialmente importante que la hagan los medios de comunicación. Supongo que una definición elemental y bien simple de demócrata podría ser así: aquel que está dispuesto a batirse el cobre como sea menester para que hasta sus rivales en democracia puedan exponer sus ideas, sin perjuicio de que éstas, las que sean, puedan ser criticadas de modo tan duro como pacífico.
Dicho lo cual, ya sé que me rebotará algún gorrazo porque en el mismo editorial no se condene la guerra de Iraq, el genocidio kurdo, los crímenes del GAL, el holocausto judío, el Gulag, la caza japonesa de ballenas, la violencia doméstica o los excesos de la extrema derecha. Etc. Pues vale. En lo que modestamente me concierne, dese por condenado también todo eso y lo que haga falta.

19 febrero, 2008

Esto del Derecho internacional ¿cómo dice usted que va?

Mi ignorancia en asuntos de Derecho internacional es enciclopédica. En su día tuve buenos profesores, pero ha llovido mucho y nunca me tentó repasar o ponerme al día. Discúlpenseme, pues, gazapos y meteduras de pata.
Ando pensando en lo de la independencia de Kosovo, cómo no. Cuando las barbas de tu vecino veas pelar... La verdad, y si las cosas son como parecen, más nos valdría a todos ir organizando lo de la independencia del País Vasco, si la quiere, la de Cataluña, si la quiere, la de Galicia, si la quiere, y la de Formentera, si la quiere. Ojo, y no se pierda de vista que Kosovo es del tamaño de Asturias. Pelayo y cierra Asturies. Porque, visto lo visto, esto de hacerse Estado independiente funciona así. Un día reúnes al Parlamento de casa para que vote si independencia o no y, si sale que sí, pues ya está. Luego hace falta que unos cuantos estados de postín te la reconozcan, te manden un embajador y te inviertan unos dólares en el nuevo alcantarillado. No parece tan difícil, la verdad, y más si resulta que no hay requisito jurídico adicional que cumplir. Pues p´alante.
Leía ayer el muy documentado artículo de la profesora Araceli Mangas en El Mundo, persona que se supone que de estos asuntos sabe lo suyo, y concluía dos cosas, en mi simpleza. Una, que, desde el punto de vista del Derecho internacional, la independencia de Kosovo es ilegal por completo. Otra, que en esto del Derecho internacional todo es un depende y más vale tener amigos que razones jurídicas. Dice doña Araceli que es tan poco acorde a Derecho todo eso como la guerra de Iraq y como antes fueron aquellos bombardeos que en la antigua Yugoslavia encargó Solana, don Javier, para mayor gloria de los valores de Occidente. Pero si nos ponemos a esperar nuevas manifestaciones callejeras acá o acullá en defensa de la legalidad internacional, podemos esperar sentados.
Oiga, y esto de la independencia de Kosovo, a parte de ilegal del todo, ¿será bueno, malo o mediopensionista? Vaya usted a saber. Leemos a la profesora Mangas y parece que fatal. Vemos el editorial de ayer de El País y nos quedamos con que mira qué estupendos los kosovares, hay que echarles una mano y qué bien que ya somos más Estados y todos de lo más majo. Oímos a Moratinos y nos dice que malo y tan antijurídico como la guerra de Iraq. Pero los mismos periódicos explican que en este asunto España (perdón, el Estado español) se opone, pero con “perfil bajo”. En cambio Sakozy, nuevo faro de Occidente, apoya, asomándose por entre las largas piernas de Carla, supongo que para alborozo de corsos y corsarios. ¡Qué lío! Y, para colmo, Bush también echa el resto a favor, con la rabia que nos da estar de acuerdo con él. Oiga, hermano, si lo quiere Bush tiene que ser malo, ¿no? Hala, a manifestarnos contra Bush. No me digan que no parece que todo este embrollo lo ha organizado el mismísimo Zapatero en uno de sus alardes de sí pero no y lo importante es que nos queramos, aunque sea post mortem.
Que la legalidad internacional no cuente un pimiento tampoco es cosa que vaya a escandalizarnos a nosotros ahora, visto lo que vale de puertas adentro la nacional (quiero decir la del Estado español) y por dónde se la suelen pasar los poderes ejecutivo y judicial. Lo importante es el diálogo, el consenso, el talante y que nadie crispe. Luego ya veremos si aplicamos la ley o silbamos tangos, según lo que convenga al proceso. ¿A qué proceso? Coño, pues al que sea, pero que sea de paz.
Y ahí llegamos a la madre del cordero, con lo de la paz, que es moda que no se detiene en nuestras fronteras y que hace las delicias de todo moderno sin turbante. Esto de la paz y las flores está cambiando el concepto occidental de soberanía. Digo occidental porque vete tú a quitarle un cacho a Irán en nombre de la autodeterminación de los pueblos y la efervescencia de las naciones, verás que risa. En cambio Serbia se lo va a tragar con patatas, salvo que el Putin nos acojone a nosotros, los pacifistas.
Dice la teoría política, creo, que el llamado aparato coactivo del Estado sirve, entre otras cosas, para velar por la su integridad territorial. Oiga, y el Derecho internacional lo avala, mira qué cosa. O sea, que si los de Extremadura se empecinan en declararse independientes y darle un corte de mangas al Estado español, el Estado cumple con la legalidad interna e internacional mandándoles a la Legión para que dejen de enredar. Lo malo es que en cuatro días la Legión estará especializada nada más que en el rescate de perrillos descarriados y el auxilio a viejecitas incontinentes. Bueno, pues como Serbia se lo plantee así y no se quede quieta, le caen unas bombas más y por mucho que esta vez no haga el burro con genocidios y barbaridades. Nosotros podemos bombardearlos por no ser pacifistas y no respetar los derechos de los pueblos. Pero a ellos que no se les ocurra mandar allá unos militares para que se cumpla con el derecho de su Estado y el Derecho internacional. De cajón.
Je, ¿y cuando pase por aquí, en Euskadi, dentro de un par de años o así? Si gobierna Rajoy (que va a ser que no) y se pone gallito, lo freímos por violento y españolista. Más le vale perder, si sabe lo que le conviene. Si gobierna Zapatero (que va a ser que sí), adoptará un perfil bajo(oh, novedad) y prometerá que ésos vuelven al redil en cuanto él negocie un rato más y cuando no haya riesgo de que retorne al poder en el Estado español la derecha reaccionaria y comeniños. Francia reconocerá al nuevo Estado a cambio de que en las ikastolas se enseñe francés como segunda lengua y de que se permita a Bocusse instalarse en Donosti para hacerles la competencia a Arzak y demás gudaris del plato escaso. La UE mandará unos miles de expertos en hablar por señas, para fomentar la convivencia pacífica entre los vascos y las vascas, pues al parecer se llevan mal los unos y las otras. EEUU reconocerá al Euskadi independiente para seguir jorobando a Zapatero, que no se dará por jorobado y se limitará a enarcar un poquito más la ceja, o ya será sólo una ceja. El Banco de Bilbao abaratará las hipotecas a los aborígenes, la Iglesia católica dirá que ella siempre estuvo a favor y Putin mostrará enhiesto el dedo corazón de su mano derecha. Kosovo enviará unos cuantos oficiales y suboficiales de sus cuerpos de seguridad para adiestrar a la Ertzaintza en la práctica del ramadán. Y, con un poco de suerte, esa vez el Consejo de Seguridad de la ONU se pondrá de acuerdo en que sí y que total qué más da, pues, a fin de cuentas, los vascos ya hacían lo que les salía de las pelotas vascas.
Lo dicho, vayamos preparando las cosas para que nadie se haga daño. Que lo primero es lo primero.

18 febrero, 2008

Diálogos imaginarios, pero verosímiles.

I.
A.- Hola, B, qué es de tu vida.
B.- Ahí vamos, tirando.
A.- ¿Sigues destinado en el País Vasco?
B.- Por allí sigo.
A.- Andarás buscándote problemas.
B.- ¿Por qué?
A.- Hombre, un activista de los derechos humanos como tú tendrá bastante de qué ocuparse por allí.
B.- Hay mucho mito con eso. En Euskadi se vive tranquilo y la gente está contenta. Tengo buen ambientillo, no creas.
A.- No digo que se viva mal, si uno pasa de todo. Pero hay gente amenazada y con escolta.
B.- Ellos eligen y se han puesto de parte de España y del PP. Que apechuguen.
A.- Pero tendrán derecho a expresarse libremente y a no tener que temer por su vida por defender una cosa u otra.
B.- Ya me vas a salir con España una, grande y libre. Lo que has cambiado desde que tienes coche lujoso.
A.- Mi coche es igual que el tuyo, te recuerdo.
B.- Pues muchos de los que allí se quejan lo tienen aún mejor que el nuestro.
A.- Bueno, dejemos los coches. Pero que a uno le puedan pegar un tiro por sus opiniones tampoco parece muy compatible con los derechos humanos en cuya defensa tú militas tan fervientemente.
B.- Cada uno es responsable de sus actos y yo sólo te digo que al que no provoca no lo molesta nadie.
A.- Ya, pero que unos puedan decir lo que quieran y que los que discrepan tengan que callar para que no los amenacen con un tiro en la nuca o una bomba en el coche no parece muy equitativo.
B.- Lo dicho, que me parece que tú andas oyendo la COPE.
A.- No la oigo, no. Pero tengo en aquellas tierras algunos amigos que viven acoquinados y con el miedo en el cuerpo.
B.- A lo mejor tienen excesivo afán de protagonismo o buscan chollo con el PP.
A.- Entonces, ¿te has pasado a la vida privada y has abandonado tu lucha por los derechos básicos de la gente?
B.- Para nada. ¿No has visto la campaña que hemos organizado contra Guantánamo? Espero que firmes.
A.- Ya he firmado. Ahora a ver si tú y los de tu organización hacéis algo para que no haya compañeros amenazados ahí donde trabajas.
B.- Son cómplices de la derechona. Ésos que no cuenten conmigo.
A.- Aunque sea la derecha, que no creo, digo yo que también tendrán derecho a decir lo que quieran sin que los maten.
B.- También a los otros los matan y los torturan.
A.- ¿Quién los mata y los tortura?
B.- Esa derecha que tanto se queja y que tan simpática te cae.
A.- O sea, que tú sólo te esmeras por los derechos cuando no te cuesta nada y no te supone riesgo.
B.- Mis buenas horas le meto a esa militancia, no como tú. Lo que pasa es que te crees la propaganda conservadora.
A.- Vale, hermoso. Así me gustan a mí los luchadores.
B.- Bueno, te dejo con tus comeduras de tarro, que tengo una reunión en Madrid sobre lo de Nigeria.
A.- Pues vete por la sombra, valeroso, vanguardia de los oprimidos, cuerpo serrano.
II.
A.- Tengo varias llamadas perdidas tuyas de ayer.
C.- Te andaba buscando. ¿Dónde andabas?
A.- Me invitaron a un acto de un nuevo grupo de defensa de la libertad y los derechos humanos en el País Vasco.
C.- Uf, ésos acaban todos en brazos del PP.
A.- No es el caso de éstos, pero, si lo fuera, ¿no merecería apoyo su causa de todos modos?
C.- Tal vez. Pero yo de esa gente desconfío muchísimo, bien lo sabes.
A.- Ya, pero se juegan la vida. Además te digo yo que éstos no son del PP.
C.- No, si a mí me parece bien que hagan y digan lo que quieran. Pero cada palo aguanta su vela.
A.- Si te demuestro que no son peperos ¿te animas a venir a su próximo acto?
C.- A mí la política partidista no me va, yo no creo en todas esas zarandajas.
A.- Pero digo yo que habrá que echar una mano a la gente que pelea limpiamente por expresar sus opiniones, las que sean.
C.- Sólo sirven para hacerle el juego al PP y, si me apuras, hasta a ETA.
A.- Entonces, ¿deberían callar y estarse quietos o ir pensando en vivir en otra parte?
C.- Yo no soy quien para decir qué debe hacer nadie. Sólo sé que yo desconfío de los que van de héroes y acaban favoreciendo a la reacción.
A.- Si mataran mañana a un par de concejales vascos del PP ¿acudirías al menos a una manifestación de protesta?
C.- Si la convocan todos los partidos, por supuesto que sí.
A.- ¿Y si sólo la convocara el PP?
C.- No. Ellos van a lo suyo.
A.- Ya. Y, además, qué lío si alguien nos ve con esa gente, ¿verdad?
C.- Pues claro. Yo no creo en la política ni en los partidos. El que quiera peces, que se moje el culo.
A.- Pues nada, nada, me parece muy bien. Recuérdame que no me indigne el día que le peguen dos tiros a tu tía porque la confundieron con María San Gil.
C.- Tranquilo, te aseguro que mi tía no se mete en líos.
A.- De tal palo...

17 febrero, 2008

Cuando la izquierda aún se atrevía a dedicarle versos a España

A lo mejor un día de éstos nos ponemos aquí a hacer una antología de versos sobre España de aquella poesía social de posguerra, antidictatorial y bien orientada a la izquierda. Al tiempo que despreciaban a Franco, que abominaban de cárceles y fusilamientos, que cantaban a la libertad y ensalzaban a los oprimidos y a nuestra cuota de parias de la tierra, decían España y hasta la llamaban patria. Increíble. Qué atrevimiento. ¿Serían tal vez inconscientes compañeros de viaje de la dictadura y de sus opresiones? ¿Estarían poseídos por la deformadora ideología que induce el capital oligopolístico y que todo lo permea, hasta la literatura? ¿Serían superestructural manifestación de un modo de producción que hasta con esos cánticos de amor a una España en libertad sólo quiere alienar a las masas trabajadoras y mantenerlas esclavas? Oh, cielos, qué atroces dudas.
Porque el caso es que ellos se tenían por izquierdistas y decían España como si tal cosa y como sin darse cuenta de que el Caudillo enano también la mencionaba mucho, igual que hace hoy el PP. Vade retro. A ningún poeta actual que tenga dos dedos de frente y pocas ganas de que lo llamen facha se le ocurriría ahora cantarle a España, cuando puede tranquilamente dedicar odas a su parroquia o a otras patrias que no se llamen así. Porque ser patriota sigue estando bien visto, y componer himnos y cuadrarse ante banderas. Pero, hombre, lo de España ni de coña.
Cantaban a España esos poetas antifranquistas y socialmente comprometidos y ni sospechaban en qué atroz error incurrían, no se daban cuenta de que un verdadero demócrata y un izquierdista sólo puede, y hasta debe, ser patriota de otras patrias, vivir y morir –y a veces matar- por otras banderas, mantenerse bien erecto ante otros himnos. Militaron muchos de esos poetas de entonces en el PCE, ignorantes de que esa izquierda acabaría siendo unida por otras naciones distintas de las de la E y defendiendo la bandera de la santa tradición de otras patrias, patrias igualmente, pero de recambio. ¡Qué despistados andaban!
Vamos a ver un ejemplo. Eugenio de Nora, leonés que acabó en el exilio suizo, publicó en 1946 el que se considera primer libro de poesía social, Pueblo cautivo. Antes, en 1944, había fundado, junto con Victoriano Crémer o otros más, la revista Espadaña.
Ahí van dos de los poemas de aquel libro.
Quiero decir.
España, España, quiero atestiguarte.
Quiero esculpir en roble viejo, a hachazos,
con mano tosca, pero estremecida
de ira y cariño y pena,
tu águila y tu serpiente, entrelazadas.
España, quiero arropar tu desgracia
en palabras hermosas como pliegues airados,
para que te conozcan y te amen
los que aún te ignoran, los que siguen ciegos
a tu dolor de cárcel y naufragio.
Quiero poner un poco de luz en este acto
de esclavitud y de mordaza puesta
sobre sangre reseca o renovada;
porque no son ajenos
a tu vivir los que tacha con trazos
de oscuridad y luna el enrejado
de los presidios.
Quiero expresar algo
de tu verdad inalterable y viva.
Y aún otra vez cantar cómo te amo,
patria injuriada por tus mismos hijos
de perra, los que ensucian
y mean en tu sagrado, los que arrojan tu nombre
cada día como insulto al hermano.
Corral en que vivimos, patria,
quiero decir la náusea de tus días marchitos,
quiero soñar y prometer la ruta
de libertad de tu pueblo cautivo.

Años fuera del tiempo. IV.
No, no es la primavera.
La que alza el verde ramo.
La materia es eterna;
sólo es joven el cambio.
El tiempo y su transcurso,
la savia y el sol cálido,
no son más que accidentes
de la tierra actuando.
¡España mía, frágil
y eterna en cada tallo!
De tu roca más vieja
siento alzarse mi canto.

16 febrero, 2008

La Administración y el vello púbico. Por Francisco Sosa Wagner

Lo trae el Boletín oficial de las Cortes: en más de veinte ocasiones se cita en el texto de un proyecto de ley a las Administraciones “púbicas”. Gran revuelo se ha armado porque los listillos del Parlamento se han creído en la obligación de aclarar que se trata de una errata: en lugar de “púbicas” debe decir Administraciones “públicas”.

Pues no señor, no se trata de un desliz de amanuense, la palabra empleada es correcta, solo que no se refiere a aquello en lo que más de un rijoso piensa, a saber, la parte inferior del vientre, allá donde se amontona el vello y se anuncia el pecado. Porque ¿qué tiene que ver la Administración con esa zona que ya es claramente erótica en el cuerpo humano? Nada hay en ella que recuerde a la lujuria, la Administración es por el contrario señora recatada que no levanta las faldas ni enseña los interiores más que si se halla en el trance de un recurso contencioso-administrativo. Entonces sí, entonces la Administración se relaja, se abre de órganos y se muestra como parte, saliendo de aquel sonoro ensimismamiento en que consistió el silencio administrativo. No se oye en tales momentos más que el trajín de un jadeo, la respiración anhelante del recurrente que está cabalgando sobre el pleito.

Pero todo eso ocurre, como digo, en trances procesales especialmente densos y apretados. Fuera de ellos la Administración es todo miramientos y dengues, una ruborosa damiselilla tocada por el arrebol.

No. La Administración es “púbica” pero este adjetivo viene de “pub” que es un establecimiento donde se venden bebidas alcohólicas y se puede escuchar música. Y su uso es correcto. Ya estoy oyendo a quien crea que me he vuelto loco porque en la Administración ni se venden bebidas ni se escucha música. Y tienen razón pero es que el proyecto de ley no está mirando al pasado sino al futuro, como es obligación de todo proyecto de ley. Hasta ahora, por supuesto, la Administración ha respondido a esos caracteres de austeridad pegajosa y tediosa. Pero, ah, en el futuro, cuando esa ley entre en vigor, la Administración estará emparentada con uno de esos establecimientos, es más, me atrevería a asegurar que serán su encarnación misma.

Se entrará en la Delegación del Gobierno o en el Ministerio de Fomento y, en lugar de señores con expedientes y pólizas, nos encontraremos una barra donde un amable funcionario-camarero nos ofrecerá la lista de las ofertas: ¿quiere usted zumo de una subvención destinada a agarrotar voluntades? ¿o prefiere una licencia de obras con una tapita de soborno? ¿acaso unos montaditos de cohecho?

Cada cual se abastecerá de lo que más le guste y mejor se acomode a las necesidades del tráfico mercantil en el que se mueva.

Y se oirá música: boleros, zarzuela y lo más moderno en pop, rap y demás excentricidades sonoras.

Una Administración “púbica” será la que mejor responda a su actual condición de botín de la clase política. Porque durante el siglo XIX la Administración fue por supuesto botín pero los políticos de la época (Bravo Murillo, Posada Herrera o Maura a comienzos del XX) querían que dejara de serlo pues les parecía poco estético. Luego vino el franquismo que, en una primera etapa, reprimió con dureza: fusilamientos, depuraciones y exilio, pero después montó una función pública neutral (fuera del Movimiento y la Organización Sindical) que culminó con la creación del cuerpo (magnífico) de técnicos de Administración civil.

La situación de la actual Administración es bien otra. No solo ha vuelto a ser botín de los partidos -a salvo las obligadas excepciones- sino que ya nadie piensa en corregir esta situación sino en ponerse las botas.

Así que, en tales condiciones, lo mejor que puede ocurrir es que la Administración se convierta en un pub para alternar. Pasaremos el rato entretenidos en él hasta que nos hayamos bebido sorbo a sorbo al Estado, ese señor austero al que muchos le habíamos tomado cariño porque estaba pensado para proteger a los débiles.

15 febrero, 2008

La democracia en España. Por Francisco Sosa Wagner

Nuevo artículo de nuestro amigo Francisco Sosa Wagner en El Mundo. Merece lectura atenta :
La democracia en España. Por Francisco Sosa Wagner.
Se acerca la fecha de la gran fiesta de la democracia, fiesta entreverada de lo profano y lo sagrado pues aúna palpitaciones religiosas con calambres bien terrenales. En estos días, el político, ectoplasma televisivo, se nos aparece en carne mortal por calles y mercados, expuesto al contagio de ese votante que ha sido para él durante toda la legislatura apenas un garabato de humo. Es el de las elecciones día de ilusión y en esa ilusión que genera radica su fuerza de seducción. Por eso, los dictadores, que fusilan las ilusiones antes que a los hombres, las prohíben.
En las elecciones creemos como en los Reyes Magos, hasta que nos damos cuenta de que los diputados que elegimos son los padres. Porque la democracia tiene mucho de gran trampantojo, de papel pintado de la voluntad popular. De esas calcomanías que repiten imágenes con desesperante rutina y falta de estro. Es así en todos los países europeos, pero uno lamenta que en el nuestro la democracia haya perdido con tantas prisas su lozanía. Porque todo parece indicar que hemos sido demasiado aplicados en el empeño de quitarle la careta y el resultado es que la tenemos, joven aún, pero ajada y deslucida.
Sin los polvos cosméticos de nuestra mirada piadosa la democracia española no enseña más que arrugas y una piel sin irrigar.
Ahora bien, justo porque no hay alternativa al sistema democrático, es por lo que resulta necesario cavilar sobre él y someter a nuestra mirada crítica cada uno de sus ingredientes porque nosotros no podemos vivir la ensoñación que vivieron nuestros abuelos cuando se dejaron arrullar por los cantos de la sirena totalitaria, comunista o fascista. Esas experiencias, terribles, han convertido a la tal sirena en un escualo, del que procede huir resueltamente.
A todo ciudadano consciente deberían preocuparle las patologías de la res pública aun sabiendo que extirparlas no es tarea fácil, pues se cuenta con obstáculos poderosos: de un lado, la animadversión de una clase política que, por ser muy conservadora, rechaza hablar de enfermedades y de medicinas; de otro, la indiferencia de una población que se limita a contemplar el tiovivo -entre carnavalesco y religioso- de los procesos electorales y a descalificar sin matices a sus protagonistas.
Pero si en el pasado Locke no se hubiera entregado a sus cogitaciones, Rousseau no hubiera ensayado con la voluntad general, o Tocqueville se hubiese limitado a estudiar los establecimientos carceleros en América, hoy todos seríamos bastante más pobres y padeceríamos instituciones angustiosamente más birriosas.
En esta campaña electoral estamos viviendo esos males de una manera bien elocuente. Decirlo no sé si contribuirá a algo; por lo menos, será hacer una señal expresiva de que estamos vivos.
El de mayor bulto es el de los partidos políticos mayoritarios y su comportamiento vulgar. En algún sitio he escrito que la democracia española es adúltera porque ha engañado al pueblo, su legítimo cónyuge, y se ha ido de picos pardos con los partidos, que encima la han dejado embarazada de tópicos y consignas.
La democracia de partidos, en los términos en que ha desembocado la nuestra, deja de ser democracia para convertirse en oligarquía de secretarios generales y secretarios de organización, los personajes que con más denuedo -y con mayor eficacia- adulteran el sistema. Hemos vivido esta legislatura acontecimientos de una gran magnitud, el más clamoroso es sin duda el de una revisión a fondo de la estructura del Estado, a partir de la aprobación de los nuevos estatutos de autonomía, y se quería llegar más lejos, con la modificación constitucional, la del Senado, la línea sucesoria en la Corona, etcétera. Esas fueron, al menos, las intenciones iniciales del Gobierno. Pues bien ¿alguien ha sabido de un debate en el seno del partido del Gobierno sobre estas cuestiones de tanto calado? ¿Se ha convocado un Congreso para que los militantes y sus delegados debatan, aclaren, propongan y resuelvan? ¿En el seno de los grupos parlamentarios de las Cortes se han oído voces razonadoras apoyando ésto, discrepando de aquéllo? El más espeso de los silencios ha sido un clamor. Y en el partido de la oposición las cosas han circulado de modo parejo. A la vista de esta decepcionante realidad, advertimos cómo las organizaciones partidarias se hallan presas de la voluntad de un puñado reducido de sus dirigentes máximos que, en el colmo de su autoritarismo, no se fían ni tan siquiera de quienes son sus parciales o incluso comparten con ellos la singladura en las instituciones del Estado.
A ello se une el hecho de que los partidos políticos se han acostumbrado a ocupar todo aquel espacio que a su alrededor carezca de los pertinentes anticuerpos. Es lo que podríamos llamar la tentación tentacular del partido, la irrefrenable vocación que se le despierta por meter baza y enredar en todo achaque o negocio humano: da igual que se trate de una operación empresarial relevante o de conceder un premio literario (son clamorosos los galardones importantes que se dan sin escrúpulos desde las más altas instancias políticas). Ocurre, además, que los actuales dirigentes de los partidos, al carecer la mayoría de ellos de una vida profesional fuera de sus organizaciones partidarias, tienden a ver la vida toda sub specie del enfrentamiento con ese adversario que da sentido a su pobre existencia.
Por su parte, el acto-estrella de esta campaña, a saber, los mítines, se convierten en la suma de todas sus letras y de todos sus argumentos. Pero el mitin es la bazofia de la democracia y los ciudadanos deberíamos rechazarlos como un acto de mínima indisciplina y de higiene intelectual. Los debates o no existen o son debates ortopédicos donde se discute antes la forma que el fondo, antes el color de la corbata del presentador que el asunto del meollo o sustancia. ¿Por qué no están ya debatiendo los cabezas de lista en las provincias al amparo de actos que siempre están dispuestos a propiciar los periódicos e instituciones locales? ¿Qué les impide el torneo dialéctico y, de paso, enterarse de por dónde circulan los intereses de los ciudadanos? Cabezas de lista algunos de los cuales llevan años de cabezas sin que haya sido posible advertir qué albergan en ellas.
Y, para colmo, los actuales partidos nacionales, como una empresa que no confiara excesivamente en la bondad de sus productos, son expertos en falsear la competencia. Ahí están los esfuerzos que desarrollan en Cataluña los Ciudadanos y, en el resto de España, el partido Unión, Progreso y Democracia de Rosa Díez y Fernando Savater para empinarse y conseguir alzarse con esos trofeos de la representación nacional que rompan un duopolio exasperante. Muy pocos periódicos -éste entre ellos- acogen sus movimientos y las declaraciones de sus portavoces en sus páginas.
Es preciso quebrar esta inercia. ¿Cómo? Desde el seno mismo de las organizaciones partidarias, reivindicando sus militantes y los representantes elegidos en sus listas -diputados, concejales, etcétera- espacios de libertad y de discusión de los grandes asuntos. Lo que he dicho respecto de la arquitectura del Estado se puede trasladar a grandes problemas como el urbanismo, la vivienda, la sanidad y otros que han estado en la agenda de las instituciones políticas sometidos todos ellos sin excepción al envaramiento de la consigna y la frase hecha. Consigna y frase hechas que procede casi siempre de un indocumentado que, desde lo alto de un artificial organigrama, rellena con tópicos sus clamorosas carencias de lecturas y de reflexión.
En fin, desde la ciudadanía que ha de emitir un grito de rebeldía contra tanta farsa. Un grito, seco, hiriente y bravo.

13 febrero, 2008

Atentos, llegan los sindicatos a arreglar lo de las acreditaciones.

Vaya por Dios. Cuelgo el post anterior y otro mensaje, esta vez de COCO, Comisiones Obreras. Me paso el día buscando obreros en la universidad y no doy más que con las amigas limpiadoras. Bueno, ése es otro tema.
El caso es que me pongo a leer y encuentro que hay críticas al nuevo sistema de acreditaciones para titulares y catedráticos. Creo, pues lo entiendo regular. Lo escribiría el obrero (uy, perdón; no es para quedar bien, pero la mayor parte de los obreros que conozco escriben mejor que la mayor parte de nosotros. Conste). Iluso, me desengaño en el renglón siguiente: que es que lo ponen mu difísil, mi arma, y que no te cuenta para nada el tiempo que dedicas a regar tus plantas y a hablar con la portera de lo caro que se ha puesto todo.
No me sale de las narices comentar más y no tengo tiempo, pues he de trabajar ahora unas horitas en serio, aunque ya no deba acreditarme ni me lo exija nadie. Pero el mensaje de Comisiones Obreras lo copio para general escarmiento. Se admiten exégesis y listas de abreviaturas, please. Es éste:
Los controvertidos criterios de la ANECA para la Acreditación a los Cuerpos Docentes
Desde distintas universidades bastantes profesores nos están haciendo llegar distintas críticas al documento de la ANECA “Principios y orientaciones para la aplicación de los criterios de evaluación”. Algunas de ellas son las siguientes y pueden servir para abrir un debate y posteriormente trasladárselo a la ANECA:En la acreditación para Catedrático, son diversas las vicisitudes en la actividad de un profesor universitario como para decir que se valorará positivamente la regularidad en la producción científica y, en especial los trabajos publicados en la etapa posdoctoral de los últimos 10 años. Al menos en las primeras acreditaciones este es un parámetro que debe ser ponderado al no existir reglas previas en los últimos veinte años y que se opone a lo dispuesto en el art. 40.3 de la LOU sobre intensificación docente o investigadora.. Tanto para CU como TU está insuficientemente valorada la movilidad y los proyectos o contratos de investigación, lo que parece contradictorio con lo dispuesto en la LOMLOU. Asimismo, es discutible si la dirección de tesis doctorales está más relacionada con la investigación o con la docencia, y hay muchas opiniones que defienden su presencia en el apartado de actividad investigadora.
Se incumple la Disposición Adicional Segunda de la LOMLOU para la mayoría de TEUs, en la que se especifica que “Para la acreditación de Profesores Titulares de Escuela Universitaria se valorará la investigación, la gestión y, particularmente, la docencia, ya que la puntuación máxima que pueden obtener en el apartado docencia es de 31 puntos sobre 65 puntos.La acreditación es directa para aquellos TEUs que estén en posesión del título de doctor con dos quinquenios y un sexenio. De esta forma se alcanzaría el mínimo 65 de puntos para conseguir la evaluación positiva.
Es evidente que dos quinquenios de docencia sumarían un total de cincuenta puntos y un sexenio de investigación equivaldría a quince puntos, tal y como se valora en la propia normativa. De los 31 puntos máximos por docencia siendo evaluado, a los 50 puntos en la acreditación automática, existe una diferencia muy considerable.

Cultura

Maldita vejez. Sí, se hace uno viejo e intolerante y sin cintura y cascarrabias. Porca miseria.
Llega el día en que no entiendes nada y te preguntas por qué han modificado todos los nombres de las cosas, por qué se han cruzado todas las referencias, quién y para qué ha cambiado cada cosa de lugar.
- Maruja, dónde están mis calzoncillos.
- En el MUSAC, cielo.
- ¿Y eso?
- Me los han pedido para una instalación sobre palomas y palominos. Es de un artista japonés muy prometedor que está casado con un primo del Ministro de Cultura.
- Ah, bueno.
Te acostumbras a cosas y luego cómo cambias cuando todo se invierte. Por ejemplo, recuerdo que de joven hacía equilibros para llegar a fin de mes, y aun ahora, que no me quejo -perdón, queridos sindicatos, amarillos en general-, hago mis cuentas para no pillarme los dedos con la letra del nuevo cortador de cebollas que anuncian en VeoTV. Pero eso se acabó. Con lo que nos pagarán por el morro a todos a partir del 9 de marzo esto va a a ser coser y cantar. El gobierno pone la máquina de coser y por cada canción te da pasta la SGAE con lo del canon. Según cuentan esta mañana los periódicos, tanto PSOE como PP reservan una dádiva sorpresa para el primer día de la campaña: alargamiento de pene con cargo a la SS para ellos; y para ellas El País va a ofrecer, gratis con el periódico de tres domingos, prótesis adaptables a cualquier lugar y situación. Parece que el lío está otra vez con los obispos, que también quieren de eso e invocan su derecho a no ser discriminados. El PSOE se lo concede sin problemas, como siempre, pero el ala más reaccionaria de PP admite que se les ponga lo que sea, si quieren, pero con pinchos y por lo de sus hábitos. Las espadas están en alto.
Bueno, ahora en serio. Hace un rato abro mi correo electrónico y me encuentro un mensaje del Secretariado de Actividades Culturales de mi nunca bien ponderada Universidad, Secretariado dependiente del Vicerrectorado de Relaciones Institucionales y Extensión Universitaria, arsa, tralará. Título: "Talleres comienzo febrero". Sincopada poesía, administrativo haiku. Esto de los talleres se lleva mucho ahora. Son como los viejos seminarios, pero en workshop y con manga ranglan, que no sé lo que es pero que lo decía mucho la modista de mi madre allá en el pueblo. Que éramos de los ricos de Ruedes, hostias, ustedes que se creían.
La curiosidad mató al gato. Meto la nariz en el mensaje y veo que los talleres son dos. Uno de sonido. El tema no me pone y no averiguo más. Quién sabe qué sonidos serán. Ah, pero ¿y el otro? Agárrense:
"Taller de técnicas de circo II: Telas y cuerdas aéreas".
El programa es tal que así:
"Aproximaciones técnicas a ascensos y descensos.
Agarres y presas.
Figuras básicas y rutinas de iniciación.
Arrojes y nudos sencillos.
Iniciación al trabajo en parejas.
Estudio de transferencias entre cuerdas y telas aéreas.
Experimentación con/sin soporte sonoro.
Combinación con otras técnicas de circo".
Oigan, todo mi respeto para el circo. Y para el fútbol, el parapente, la taxidermia, el gang bang, el ordeño manual, el pote gallego, Mira quien baila, las nuevas acreditaciones..., lo que quieran. Pero, diablos, vigilemos los rótulos para que el personal no se llame a engaño. Es como si te acercas al tablón de anuncios de la parroquia a ver las amonestaciones y descojonarte un rato y te topas con el aviso de que el domingo a las doce se incia el cursillo de técnicas de sexo oral, con Linda Lovelace (que ya llevará dentadura postiza, si es que no palmó, la pobre. Tengo que empezar a fijarme más en los títulos de crédito, a ver si pillo nuevos nombres) de ponente y el deán de la catedral de prologuista. También está bien, pero no debería ser ahí ni a esas horas en que van mayores.
Yo entiendo que lo del circo, con esos nudos, esos agarres y presas y esas iniciaciones al trabajo en parejas, es tema que interesará a estudiantes y profesores de la Licenciatura en Educación Física, pues ya lo dice la expresión cómo es la educación esa. Pero, diantre, que lo metan en la sección de deportes, no en la de cultura.
¿Se imaginan que en la misma sección de cultura se anunciara un curso sobre "La enfiteusis en el Derecho Romano"? Seguro que salía un enterado a decir que vaya una cultura del carajo. Bueno, y lo de los "arrojes y nudos sencillos" qué, ¿eh?
Estoy esperando que esto del circo universitario siga y que llege el curso sobre payasos. A ver quién lo imparte. Hombre, puede ser una salida, ahora que se acaban tantos mandatos. Impartir el curso, digo. Y nada más que por lo que tiene de cultura. Ojo, ¿eh?, que luego dicen que me paso y es la gente que lee con muy mala milk.
Mas reconozcamos que llueve sobre mojado y que en esto bien poco original es la universidad, de la que tampoco vamos a esperar prodigios culturales, estando en manos de quien está y con estos profesores tan exigentemente seleccionados. Miren lo que sale en la edición digital de El Mundo de ayer por la mañana, sección de Cultura: "Lennie Kravitz ingresado por una bronquitis". Ése era el titular. Un marciano o un igenuo de mi pueblo (donde seguimos con la tonada asturiana y El Tordín de Frieres, aunque no seamos nación) se preguntarían si se tratará de un eximio poeta, un escultor posmoderno o un director de cine ucraniano. Pues no, un cantante de voz aflautada. ¿De ópera dice usted? No, hombre, entonces no aparecería en esa sección sino, todo lo más, en la de obituarios un día y con dos renglones. De pop o rock o yo qué sé qué leches de alta cultura.
Y, ya puestos, vuelvo a lo mío: ¿Por qué no cuentan nada de la vida y milagros de El Tordín de Frieres? Igual ha padecido estos días un fístula y no nos enteramos. Mismamente.

12 febrero, 2008

Lo que callamos los que menos callamos

Venga, va. Para que no se diga que hoy sólo cae aquí tocho jurídico. Un ratito de confidencias personales y de filosofía barata de bloguero.
A veces pienso cómo sería este blog de mis pecados si, en lugar de ir su autor a cara descubierta, se escondiera bajo el anonimato de un alias. No, para nada quiero meterme con los comentaristas anómimos, a los que aprecio igual que a los otros y cuyas razones comprendo de sobra casi siempre. No va por ahí el tema.
Cada cual tiene su estilo y el mío, por escrito, tiende a la hipérbole y a una cierta desmesura. Asumido está y, con ello, las réplicas en idéntica onda.
Hace unos días le envié a un profesor amigo y extranjero un escrito pretendidamente sesudo sobre asuntos de nuestra común disciplina. Me respondió que gracias y que bien, pero añadió un comentario simpático: que quienes me conocen me quieren y me aprecian así, pero que mi estilo es demasiado "fuerte" y que quien no me tenga estima personal a pesar de todo, puede molestarse grandemente. O sea, que también en lo académico hay que usar el papel de fumar. No diga usted "la tesis X que fulano sostiene carece de sentido y está llena de contradicciones", sino, "hay elementos discutibles en la tesis X que fulano brillantemente sostiene". Pues vale. Se hará lo que se pueda, que será poco. A estas edades y, como decía aquel viejo y malvado compañero, "cuando uno ya tiene las hijas casadas"...
Es cuestión de gustos, seguramente. O de talantes. Y de espaldas cubiertas. Como de gustos hay mucho escrito, pero es inútil, lo que a mí me molesta es la coba gratuita, el jabón, la teoría descafeinada, el todo el mundo es bueno, el por si acaso, el no vaya a ser que luego no me inviten a merendar. La libertad hay que ganársela a pulso y golpe a golpe más que verso a verso. Pero verdad es que el puño desnudo en ocasiones es menos eficaz que el que se envuelve en guante de seda.
En lo doctrinal y académico seguramente cuentan mucho los condicionamientos culturales, los hábitos de cada lugar. Uno lee cómo, por ejemplo, se las gastan los anglosajones en sus polémicas librescas y no hay color. O, entre juristas, cómo atizaba Kelsen y cómo le zumbaban a él.
Aquí, entre latinos, no se estila la crítica sin vaselina. Más aún, sólo se estila la vaselina. Me parece que para la ciencia es peor así y tal vez por eso hay menos ciencia, o más blanduzca. Pero entre nosotros criticar con contundencia se equipara a mentar a la madre. No somos partidarios de una concepción deportiva del debate doctrinal. O parabienes o a callar. Nada de boxeo con fair play y luego a tomarse unas copas tan amigos; es mejor besarse todo el rato, aunque sea sin ganas.
Estos días unos queridos amigos y un servidor compartíamos perplejidad ante lo poco que en la universidad se critica la marcha de la universidad, fuera de las cenas íntimas y del café de las once con los amigotes y en voz baja, por si las moscas. Hay canguelo, miedo, pánico. ¿A qué? Uff, vaya usted a saber. Al Poder, al Sistema, al Coco, a perderse algún chollete, a que no te salude la secretaria del viceponcio del superyo. Eso sí, si a muchos de esos que callan y callan y callan un día no les dan un tramo o no les conceden el proyecto, vienen a que escribas algo y te pongas de abajo firmante, ya que tú eres tan crítico y a ELLOS les han hecho tamaña injusticia. El sistema va bien y España también, salvo que a mí me pisen un callo, en cuyo caso llamo a la revolución y yo la dirijo desde la retaguardia. Creo que semejante virtud se llama ecuanimidad.
Pues, con todo y con eso, uno se calla muy a menudo. Tampoco es plan andar todo el día a mamporro limpio ni arriesgándose a que el "rival" se mosquee y te conteste como se suele: por la espalda, pero sin decir ni mu.
Ahora mismo escribo todo esto para callarme. Verán por qué bobada. He recibido hace unos días una convocatoria para cierto acto. Venía acompañada de una presentación que me llenó de hilaridad y de perplejidad, por lo que se decía y por quien lo decía. Pero me callo, hala. No me da la real gana de ser el que públicamente diga lo que casi todos piensan y achantan. No es por temor, de verdad que no. Es por cansancio y porque para qué. Si cada cual es feliz en su nido y a su bola, dejémoslo estar. Si todo el mundo se va a reír por lo bajinis y a poner luego cara de que muy bien y enhorabuena, a ver por qué tiene que ponerse el Pepito Grillo del blog a cascar como si no tuviera mejor cosa que hacer que cazar mosquitos con la carabina.
En fin, corto aquí, pues siento que me invade la melancolía.
Sorry.

Teoría de la argumentación jurídica para dummies

Hoy va el asunto para las gentes del Derecho, trátese de profesionales, aficionados o simples curiosos. Paciencia. Mañana o pasado volveremos a ocuparnos de las dolencias íntimas de nuestra universidad.
En la teoría jurídica también hay hallazgos y modas. Un hallazgo importante fue ese conjunto de doctrinas emparentadas que se conoce como teoría de la argumentación jurídica. Luego el tema se puso de moda, en cada universidad se introdujo una asignatura obligatoria u optativa con ese nombre y ahora ya no hay hijo de vecino que se aclare, cada cual coloca ahí lo que se le antoja y lo de la argumentación jurídica acaba muchas veces por parecerse más a un tratado de quiromancia o a un manual de ordeño morboso de metafísicos valores que a otra cosa.
Pero para contar en cuatro palabras qué es y para qué sirve eso de la argumentación jurídica no hace falta ponerse tan exquisito ni aburrir con eruditas disquisiciones sobre el concepto de razón práctica en la actual filosofía finlandesa. Basta saber cuál es el problema, en qué consiste la herramienta que al problema se aplica y cuáles son sus elementales instrucciones de uso.
El problema es que la práctica jurídica está llena de apreciaciones personales del que juzga, de valoraciones subjetivas y, consiguientemente, de decisiones propiamente dichas, de opciones entre alternativas. Por mucho que el legislador se esfuerce, la complejidad de los hechos es inaprensible en el lenguaje de las normas jurídicas. Los enunciados legislativos acotan espacios dentro de los que las decisiones han de moverse, pero no son capaces de determinar éstas al cien por cien. Si una norma dice que los calvos tendrán derecho a una pensión, está claro que deben percibirla los que perdieron por la alopecia hasta el último pelo de su cuero cabelludo, y también lo está que no tienen derecho a ella los que lucen en su plenitud espesa cabellera, pero de los que tienen hondas entradas, brillantes coronillas o cuatro pelos ralos y uniformemente distribuidos bajo la boina habrá que decidir si son calvos o no, y eso se hace interpretando para cada ocasión lo que en esa norma significa “calvo”. Con los hechos pasa otro tanto y el juez generalmente no se limita a constatar con certeza plena, con seguridad absoluta, si un hecho aconteció o no, sino que ha de valorar pruebas más o menos claras, indicios algo dudosos, testimonios contradictorios, concatenaciones fácticas meramente probables, etc.
Así pues, quien en Derecho juzga ha de valorar, esas valoraciones tienen un componente personal, subjetivo, y se trata de saber si con ello campa por sus respetos la arbitrariedad en las práctica judicial –o decisoria en general en Derecho- o si hay manera de controlar esas valoraciones para que sean razonables en su contenido, asumibles en sus efectos y practicadas con buena fe y sin corruptelas ni inconfesables intenciones.
En el siglo XIX pensaron muchos que no había problema tal, pues el Derecho estaba todo en los códigos, completo, acabado y claro, y el juez no tenía más que conocerlo, sólo debía averiguar la recta solución que para cada caso en la letra de la ley se predeterminaba por completo. Esto pensaron los franceses de la Escuela de la Exégesis y en la labor judicial no vieron más que automático encaje de hechos bajo normas, simple constatación de soluciones preestablecidas y pre-escritas, rutinaria tarea de subsunción; el juez nada más que levantaría acta del espontáneo acoplamiento del hecho con la norma, acoplamiento del que él no es inductor, ni alcahuete siquiera. Otro tanto creían los alemanes de la Jurisprudencia de Conceptos, pero, como ellos no tenían códigos así, pensaban que ese Derecho del que el juez no es más que fedatario se encierra en conceptos, nociones abstractas (negocio jurídico, contrato, compraventa, propiedad, posesión…) que se ordenan en sistema y no dejan caso sin resolver ni hecho que se les escape. Se tornó la aplicación del derecho una rama de la metafísica y del juez se hizo adivinador de esencias que dirimen pleitos.
Metafísicas y confianzas así retornaron a fines del siglo XX y de nuevo se quiso ver en el juez un simple aplicador imparcial y neutro de esencias jurídicas que todo lo resuelven, si bien ahora a esencias tales se las llama valores y principios y al encaje judicial de bolillos no se lo denomina mera subsunción, sino ponderación metódica. A los que ahora creen que el Derecho por sí todo lo solventa y que el juez es el más listo de la clase y que, como tal, acaba de notario, porque se sabe el Derecho todo, y de sacerdote de la justicia, pues no ha de haber Derecho que no la sirva, se los llama neoconstitucionalistas. Tienen su santo patrón en Dworkin, aunque el primer milagro lo hizo y las primeras palabras sagradas las escribió un tal Dürig, en Alemania y allá por 1958. Son legión y se dividen en sectas diversas, pero comparten la ojeriza al legislador, tenido por diablo y por urdidor de las mayores iniquidades, pues si representa mal al pueblo, no merece confianza, y si lo representa bien, menos aún, ya que menudo es el pueblo y cómo va él a saber de justicias y libertades más que los profesores.
Entretanto, algunos estudiosos habían dicho que menos cuento y que, igual que no hay más cera que la que arde, no hay propiamente más Derecho que lo que manda el juez; que aquel margen decisorio que el juez tiene no es acotado, sino pleno y que en él no ejerce el juez libertad, sino puro libertinaje; que no hay quien ponga puertas al campo ni quien encierre el mar en un caldero, y tampoco quien sea capaz de limitar la arbitrariedad de los jueces, pues ellos tienen la última palabra y la usan como les conviene o como se aviene mejor a sus fobias y filias. Curiosamente, a quienes así dicen los llamaron realistas y los hay sobre todo norteamericanos y escandinavos.
Así que tenemos a unos que piensan que todo es de color de rosa en la vida jurídica, que la ley y los hechos hablan por sí mismos y que el juez nada más que transcribe y es portavoz de decisiones que para nada son suyas, sino de misteriosas voluntades del legislador, de esotéricos sistemas objetivos de valores constitucionales o de esencias intemporales que sólo los romanos acertaron a ver en enaguas y que ellos nos describieron para siempre; y tenemos a los otros, que opinan que todo está perdido, que códigos y reglamentos son letra muerta y papel mojado y que quien haya de ganar un pleito se deje de invocar preceptos, adagios, principios o precedentes y se ocupe de ver de qué pie cojea su juez y por dónde respira.
Entre esos polos extremos, entre fideístas irredentos y escépticos con malas experiencias, se mueve la llamada teoría de la argumentación jurídica. La fueron haciendo, allá por los años sesenta del siglo XX, un polaco que enseñaba en Bélgica y se llamaba Chaim Perelman, y un alemán que enseñaba en Maguncia y se llamaba Theodor Viehweg. Algo tuvo que ver también un español exilado en México, Luis Recaséns. A fines de los setenta, un alemán, Robert Alexy, hace la síntesis definitiva y da con sus claves prácticas. Años más tarde, el propio Alexy se pasará a los que creen que menos hablar y más conocer las certezas morales del Derecho y, por andar en malas compañías doctrinales, acabará pensando que en Derecho mejor echar cuentas que enredarse en argumentos; o sea, se hará neoconstitucionalista y sucumbirá a las tentaciones de la metafísica y el moralismo jurídico. Pero no lo culpemos. Es costumbre en los grandes autores tener dos épocas y decir en la segunda lo contrario de lo que en la primera sostuvieron. Además, cuando nos vamos haciendo viejos nos inquieta que las cosas no estén muy bien atadas y nos gusta pensar que los juicios del Derecho son aquí, en la tierra, tan precisos, atinados y justos con las circunstancias y merecimientos de cada cual, como justo y atinado queremos imaginar el Juicio Final para que nos salga favorable.
Bueno, y entonces la teoría de la argumentación qué nos dice y para qué nos vale. Hemos de partir de que el juez, por las razones expuestas, posee márgenes decisorios, espacios en los que libremente campa su valoración, pues ni los hechos hablan por sí mismos con rotundidad que excluya toda duda, ni las normas están escritas en un lenguaje unívoco que haga ociosa la interpretación; ni, por supuesto, es verdad que el Derecho sea coherente, completo y claro gracias a que donde no llega la letra de la ley alcanza el espíritu del legislador y, donde éste no sea bueno, todo lo solventan unos valores que a la vez son morales y jurídicos sin dejar, además, de ser un misterio insondable, pues todos los afirman pero cada cual los rellena para cada caso del contenido que le sale de las narices. Partimos de que el juez tiene que decidir libremente dentro de ciertos márgenes acotados, acotados por lo que en las normas y en los hechos esté claro, acotados por el sentido común, acotados por la lógica y por el estado de la ciencia; acotados, sí, pero no completamente; libertad limitada, sí, pero libertad. Y no queremos que en uso de tal libertad, inevitable y legítima, haga el juez de su capa un sayo o arrime el ascua a su sardina. ¿Entonces?
Pues por eso exigimos al juez que argumente. No nos basta con que decida porque le compete, sino que se le pide que dé cuenta de por qué decidió así y no de algún otro modo de los posibles, de los que caen dentro de aquellos márgenes acotados. A ese dar cuenta de sus razones para fallar así o asá se llama motivar y por eso se dice que las sentencias tienen que estar motivadas (art. 120 de la Constitución Española). No vale el porque sí o el porque yo lo digo, que para eso soy el juez. Aparte de obligarnos, se nos debe convencer; o, al menos, intentarlo. El juez ha de argumentar sus decisiones, lo que significa que debe presentarlas como las que en su lugar podría haber tomado cualquier persona capaz, informada y razonable; ah, y honesta. De esa manera está tratando de alejar la sospecha de que lo guía el capricho o el interés personal, o que decidió lanzando una moneda al aire. Ningún procedimiento decisorio más objetivo e imparcial que ese de jugarse el resultado a cara o cruz. Yo, juez, lanzo la moneda y, si sale cruz, condeno; si sale cara, absuelvo. ¿Por qué no nos vale? Porque además de resultados, de resoluciones, queremos razones. Argumentar es, precisamente, dar razón mediante razones, justificar mediante argumentos. El porque sí o el porque sonó la flauta o el porque a mí me da la gana suponen arbitrariedad; para no parecer arbitrario o mostrar que no se es, hace falta explicarse. Lo de la mujer del César, pero aplicado a los jueces.
Así que la teoría de la argumentación jurídica nos indica que una decisión judicial no puede ni ser ni parecer arbitraria y que por eso debe estar argumentada y bien argumentada. Cuantos más, mejores y más pertinentes argumentos, mejor la decisión y menos sospechosa de arbitrariedad resultará; esto en el lenguaje de la teoría de la argumentación significa que será más racional esa decisión cuanto mejor argumentada esté. Es cuestión de grados, no de absolutos.
Y llegamos al núcleo de la cuestión. ¿Cómo sabemos si una decisión judicial está bien argumentada? Respuesta: examinando esa parte de la sentencia que se llama motivación. ¿Y qué buscamos en ella? Buscamos que en ella haya razones aceptables que sustenten el fallo y que esas razones sean ciertas, pertinentes y suficientes. Es decir, que el juez no nos tome el pelo o no nos meta el fallo de matute y a base de artimañas retóricas y jueguecillos pseudológicos. Otro día ponemos ejemplos, pero ahora precisemos el método de análisis.
El método común a toda teoría de la argumentación jurídica que no haya enloquecido, seducida por llamadas del Más Allá o de Oxford, podemos denominarlo el método del niño pequeño. ¿Qué hace un niño pequeño, normal y no alienado, ante cada cosa que le pedimos o cada afirmación que le hacemos? Pues pregunta por qué. El método de la argumentación jurídica consiste en lo mismo, en preguntarse por qué. Sólo que ahí se le pregunta al juez y se mira qué dijo y cómo responde en la motivación de las sentencias. Cabe encerrar todo el método en una fórmula bien simple y clara. Ésta: cada vez que en una sentencia el juez afirma algo cuyo contenido no es absolutamente evidente y obvio y que lo afirma como relevante para el caso, debemos hacernos alguna de estas preguntas: a) y eso por qué; b) y eso a cuento de qué.
Con el “y eso por qué” se alude a que todo enunciado de contenido no evidente que en una sentencia se contenga debe estar suficientemente acreditado o fundamentado, para que no parezca que es una pura ocurrencia personal del juez, que pretende hacernos pasar como verdad indubitada. Por ejemplo, dice el juez en la sentencia: “La mayoría de los españoles prefieren comer con vino que con agua”. Y nosotros, de inmediato, nos preguntamos: oiga, y este juez cómo sabe eso, que no es tan evidente. Y, una de dos, o nos muestra las fuentes, los informes, las estadísticas o estudios que avalan ese juicio, o podemos dar por sentado que se lo ha sacado de la manga porque quiere y porque le conviene para sus propósitos de fallar de determinada manera. Y no cuela. Es decir, una razón así necesita razones de apoyo y, si no las hay, no es más que una afirmación dogmática que no tenemos por qué creernos. En suma, existe un defecto argumentativo y, con ello, una deficiente racionalidad en ese punto.
¿Y el “a cuento de qué”? Pues con esto se alude a que los argumentos deben ser pertinentes, han de versar sobre lo que se está debatiendo, han de venir al caso. Por tanto, no vale que se nos dé gato por liebre. Si yo debato con un amigo sobre si vamos al cine esta noche, él me pregunta por qué habríamos de ir y yo le respondo que en el Ártico aumenta el deshielo, afirmo algo que probablemente es cierto, pero que –salvo que yo demuestre otra cosa- no tiene nada que ver con lo que se debatía. Por eso mi amigo, ante mi afirmación y aunque la tenga por verdadera en sus contenidos, podría replicarme: “¿y qué?” Y eso mismo es lo que debemos replicar muchas veces a los jueces: ¿y qué? ¿Qué tiene eso que su señoría afirma que ver con lo que estamos hablando?
Otro día analizamos ejemplos con calma, pero ahora permítaseme nada más que una indicación muy rápida. En una famosa sentencia de nuestro Tribunal Constitucional, de hace pocos años, se ventilaba si una sanción impuesta a un pub de Gijón era legal o ilegal. Para serlo, debería ser acorde con ley superior el reglamento del Ayuntamiento gijonés que estipulaba multas por exceso de ruido en ese tipo de locales. Todo dependía de cómo se interpretasen los términos de la ley aquella, pero sobre eso el Tribunal pasó de puntillas. En cambio, dedicó largos párrafos a glosar el derecho a la intimidad y el derecho a la salud y a explicar cuánto se merman estos derechos cuando el ruido que el ciudadano soporta es excesivo. Cosas muy ciertas y convenientes éstas, pero resulta que no venían a cuento, pues no era de eso de lo que se hablaba. El dueño de pub había alegado que se vulneraba su derecho a no padecer sanciones ilegales. Ése era el asunto. Si el reglamento sancionador es ilegal, lo es aunque sea una lástima. El derecho a la salud o el derecho a la intimidad en ese litigio nadie lo había traído a colación. E invocarlos a pelo contra el principio constitucional de legalidad de las sanciones es un poco fuerte, la verdad. El Tribunal quedó la mar de bien y de progresista porque desvió la atención del verdadero problema y de ese modo, y sobre todo, consiguió hacer pasar por legales una sanción y un reglamento que muy difícilmente podrían verse así si nos fijáramos en lo que había que fijarse, en lugar de seguir, boquiabiertos, la mano del prestidigitador o de limitarnos a escuchar esa voz de ventrílocuo que puso el Tribunal para que nos hablara la norma que no venía al caso y callara la que hubiera debido guiarnos.
En resumen, y puesto que esto iba a ser breve y no lo hemos logrado: toda afirmación que en una sentencia se contenga y cuya verdad o verosimilitud no esté suficientemente fundada y cuya pertinencia no quede plenamente sentada, debe descartarse como soporte argumental del fallo. Y es facilísimo, con sólo aplicar esta pauta, descubrir sentencias en las que el fallo queda al desnudo, pues los supuestos argumentos que lo sostienen no son más que bla, bla, bla, filfa, engaño, maniobra de despiste; arbitrariedad pura y dura, en suma.
Otro día, insisto, aplicamos el método y vemos qué sale. Habrá sorpresas.

Carta a la Ministra de Educación

En relación con lo que se mencionaba en el post anterior, el autor de aquella iniciativa, Joaquín Marro, del Departamento de Electromagnetismo y Física de la Materia, de la Universidad de Granada, ha redactado una carta a la Ministra de Educación, carta que se puede ver y firmar en la siguiente dirección electrónica: http://ergodic.ugr.es/baremo/.
Por cierto, sería excelente que circularan más cartas y se hicieran oír más puntos de vista, como los que en algunos de los comentarios al post anterior se están manifestando.
Que por lo menos se enteren burócratas, politicastros, rectores (disculpen la redundancia) y pedagogos a la violeta de que si (casi todo) el personal calla, no es porque esté de acuerdo con los nuevos modelitos de academia para idiotas y zánganos con muchos cursitos y carguetes, sino porque cunde el desánimo, el escepticismo y el asco. Lo gracioso del caso es que semejantes personajillos piensan que, puesto que callamos, nos encanta esa universidad estúpida que nos están metiendo de puntita (perdón, quise decir de puntillas). Pues no. Les gustará a ellos, pues bien conocidos son los hábitats del gusano y sus inclinaciones.
¿Se acuerdan de cuando los rectores gritaban aquello de "Pilar del Castillo, ministra del Caudillo"? Ahora no chilla ninguno de esos divinísimos magníficos. Y no lo digo para hacer buena a la del Castillo, sino porque ahora hay lo que hay, se hace lo que se hace y los poderes académicos parecen felices y contentos.
Renovemos nuestro viejo lema, con un par: ESCUPE A UN RECTOR.



11 febrero, 2008

Última moda en catedráticos

Hace unos días recibí de un amigo la carta que copio a continuación, escrita por un compañero de la Universidad de Granada. Creo que merece difusión la iniciativa y que es encomiable que se planteen abiertamente problemas sobre los que se está guardando demasiado silencio o de los que sólo hablamos en la barra de las cafeterías.
A lo que en la carta bien se dice cabría añadir bastantes cosas. Por ejemplo, la fuerte injusticia que supone lo que será la aplicación retroactiva de estos criterios, pues muchos de los que se han estado labrando durante largos años su curriculum propiamente científico ignoraban que en este "juicio final" se valorarían estas cosas que ahora sorprendentemente se toman tan en cuenta. Más de uno se arrepentirá de no haber sido Secretario de Departamento o Vicedecano o de no haberse inscrito en cursitos de motivación estudiantil mediante masaje tailandés, en lugar de dedicar todo el tiempo a experimentos, lecturas y escritura de artículos y monografías. Parece que el lema de los nuevos tiempos podría ser "más gestión y menos investigación" o "más cuento y menos experimento".
Esta es la carta:
Queridos amigos:

Me permito traer a este foro mi preocupación al conocer el documento "Principios y orientaciones para la aplicación de los criterios de evaluación" (V.1.0 9/01/2008) de la ANECA (en www.aneca.es/ingles/docs/pep_nuevo_principios_07020120.pdf). Entre otras cosas, este documento fija directrices para poder ser acreditado como catedrático lo que, si entiendo bien, será condición necesaria para llegar a ser catedrático en España.

Resulta que se valora (sólo cito lo que me resulta más llamativo): desempeño de cargos unipersonales de responsabilidad en gestión universitaria; desempeño de puestos en el entorno educativo, científico o tecnológico dentro de la administración general del estado o de las Comunidades Autónomas; otros méritos relacionados con la experiencia en Gestión y Administración; Calidad y dedicación a actividades profesionales en empresas, instituciones, organismos públicos de investigación u hospitales, distintas a las docentes o investigadoras; patentes y productos con registro de propiedad intelectual; participación en congresos orientados a la formación docente universitaria; proyectos de innovación docente; etc.

Partiendo del reconocimiento de que estas circunstancias deben considerarse y de que, de hecho, forman parte de la actividad de catedráticos excelentes, el problema es que el baremo establece un perverso sistema de puntuación, con máximos y mínimos (Tablas 1.1 y 1.2), de modo que reciben un peso importante que puede decidir o condicionar esencialmente el perfil exigible para un catedrático.

Conociendo el carácter medio o mayoritario de los científicos, me parece claro que este baremo hará que muchos se autoexcluyan del proceso. Aun suprimiendo las puntuaciones, el simple listado de méritos que hace ese documento ya puede producir este mismo efecto. Es más, creo que, en la práctica, muchos de los mejores científicos en los que puedo pensar (por ejemplo, premios Nobel) nunca podrían ser catedráticos en España con este baremo. En el mejor de los casos, competirían en desventaja con otros que, teniendo un perfil científico medio, hubiesen decidido dedicar sus esfuerzos y talento preferentemente a tareas políticas y de gestión. Puesto que la ciencia requiere concentración y dedicación, de modo que muchos tienen una natural y quizás sana aversión hacia esas tareas, resulta que el método puede tender a impedir el acceso de los mejores al puesto más alto al que podrían aspirar y a favorecer su supeditación a colegas menos dedicados a la investigación.

En fin, me parece que se intenta consagrar una modificación importante de los valores que siempre nos ha parecido que han de prevalecer en esta carrera. Es más, el documento dice explícitamente que ha de verse como una "hoja de ruta" a seguir por los aspirantes, y es claro que "principios y orientaciones" tan detallados podrían prevalecer en recursos judiciales y administrativos sobre los criterios de una comisión especializada. Por otra parte, tampoco conozco otro país con un sistema de investigación eficiente en el que se haya hecho o se piense hacer algo semejante.

Si estáis de acuerdo, propongo dos cosas. Una, que hagáis esta preocupación vuestra, incluso adaptando esta carta a vuestro gusto, y la propaguéis tanto como podáis a otros colegas y comunidades científicas. Otra, que traslademos la preocupación al MEC con urgencia. Para articular esta segunda propuesta, sugiero que me mandéis vuestra dirección electrónica a cphys@ugr.es , quizás con sugerencias. A continuación, con esa información, si hay respuesta suficiente, prepararé una carta ("abierta" o a la Ministra) que haré llegar a todos los que mostraron interés, por si quieren poner su firma en ella.

Muy cordialmente,
J.

10 febrero, 2008

Poemilla dominguero

Vuelan sobre el papel
las gaviotas de tinta.
Como la tinta buscan
sangre fresca o despojos.
Corta el aire la pluma
o en él se mece.
Como blanca cuartilla el mar, allá abajo.
Se llevará la noche las gaviotas
igual que en el papel
la tinta morirá,
pues a la postre todo se confunde.

09 febrero, 2008

C´est le nazisme, Monsieur

Los periódicos están que dan miedo. O gusto, según a quien. Aunque verdad es que la ignorancia es madre de todas las confianzas, y puesto que el personal no parece muy leído ni la memoria histórica da para más que propaganda y unas tapas, es posible que nos parezca la mar de progresista e innovador lo que ya se probó en los totalitarismos del siglo XX con resultados que deberían ser conocidos.
El miedo grande viene de Francia. Y mira que al principio Sarkozy me daba un poco de envidia. Pues nada, va a resultar otro cantamañanas como el nuestro. Vanas promesas de renovación, ZP y Sarko, demasiado ego, narcisistas, enamorados de sí mismos, onanistas de la política, hermafroditas ideológicos, promiscuos con una sola idea: mandar a cualquier precio.
El miedo grande viene de Francia y viene con ribetes de paradoja. Los periódicos de ayer contaban que Le Pen ha sido penalmente condenado por quitarle importancia a la crueldad del nazismo en Francia, por decir que no fue para tanto. No entro en esa condena, de la que no conozco más detalle, ni juzgo ahora la conveniencia de tales tipos penales, posiblemente muy discutibles. Vamos sólo con la paradoja. Se condena a Le Pen por eso al mismo tiempo que se aprueba una ley que permite reproducir las prácticas primeras del nazismo, las que estaban en la raíz de su antimodernismo penal y de su desprecio del principio de legalidad y hacia la persona del delincuente, especialmente de ciertos delincuentes. Se reproduce el planteamiento que fue una de las razones primeras del surgimiento en la Alemania nazi de los campos de concentración.
En efecto, como todo el mundo debería saber, al nazismo no le importaba tanto el delito como el delincuente y no pretendió tanto sancionar el delito como inmunizar al delincuente, actuar preventivamente contra el delincuente. Primero se sustituyó el principio nullum crimen, nulla poena sine lege por el de nullum crimen sine poena, saltándose el principio de legalidad en aras de la desembarazada persecución del mal. Aquí y ahora se va haciendo poco a poco, mediante la creciente proliferación de tipos penales en blanco o en gris muy clarito. El paso siguiente fue ya no meramente procurar castigo para el comportamiento política o socialmente tildado como criminal, aunque no estuviera penalmente tipificado como delito, sino evitar que delinquieran aquellas personas a las que se presumía peligrosas y propensas al crimen por causa de su origen social o racial, por su inclinación sexual, por su ideología o por haber delinquido gravemente ya alguna vez anterior. Respecto de estos últimos, era común que ocurriera lo siguiente. Cuando un delincuente finalizaba el cumplimiento de su pena privativa de libertad y salía de la cárcel, lo esperaba fuera la Gestapo, que lo conducía a un campo de concentración, donde seguía encerrado sin necesidad de más juicio ni más trámite y a merced de sus custodios por todo el tiempo que éstos quisiesen.
Bueno, pues miren lo que se acaba de aprobar en esa Francia que condena a Le Pen por quitar importancia al nazismo y sus crímenes. Miren con qué titular daba ayer la noticia el ABC, como si tal cosa: “Francia recluirá a los delincuentes más peligrosos después de cumplir condena”. Y el subtítulo: “Una ley retroactiva crea centros especiales para internar a perpetuidad a los posibles reincidentes”. ¿Por qué no está todo el mundo hoy hablando de semejante salvajada? Ah, vaya usted a saber. Tal vez nos da envidia. O no queremos fastidiarle a Sarko la luna de miel con la Bruni, que debe de estar contentísima con él y con el amor incondicional que él le profesa... a la ex. Un tipo que sigue añorando a su antigua mujer después de ligar con la nueva y de exhibirla por ahí no es fiable para nada, eso debería ser cosa sabida.
Incrédulo, va uno al cuerpo de la noticia y resulta que sí es lo que parece: nazismo. Por lo visto la propuesta la ha hecho la ministra de Justicia, la tal Rachida Dati, que Alá confunda. De origen norteafricano, dice el periódico que es “símbolo excepcional de la política presidencial de integración cívica”. Joder con la integración cívica. ¿Seguro que es mejor que Le Pen?
Eso que la ministra propuso y el Parlamento francés acaba de aprobar es la creación de centros de internamiento indefinido para los autores de "crímenes odiosos". Ojo, no nos confundamos. Se trata de que después de cumplir las penas legalmente establecidas y judicialmente determinadas sigan encerrados sine die. ¿Quiénes? Los autores de esos crímenes-coco de hoy en día. Ya saben, pedofilia, asesinatos, torturas... Un año antes del final del cumplimiento de la pena unos magistrados especiales, auxiliados por personal técnico, examinan si el delincuente se ha “curado” de su maldad o no. Si determinan que no y que puede reincidir, lo mantienen encerrado, para que no reincida. La mera peligrosidad como criterio, no hace falta que haga nada más; no se le da oportunidad de volver a delinquir. Muerto el perro, se acabó la rabia. Los nazis comenzaron encerrando así, en centros especiales que llamaban Konzentrationslager, y acabaron matándolos en esos centros para que lo del perro se cumpliera con más propiedad. En Francia de momento sólo se ha abierto legalmente la puerta a lo primero. Espelúznense: “Si los magistrados consideran finalmente que los condenados pudieran volver a reincidir, la nueva ley prevé que vuelvan a ser internados en un centro de seguridad especial, una vez cumplidas sus penas. Los nuevos periodos de internamiento podrán prolongarse indefinidamente, por periodos de un año renovables”.
¿Y qué me dicen del tratamiento del delincuente como enfermo, para que su personalidad y su libertad puedan ser anuladas mediante una terapia de choque? Eso recuerda también al totalitarismo soviético y a aquellos “sanatorios”. Si la cárcel no basta, electroshock hasta que tengamos una piltrafilla mansa. Pues miren esto: “Oficialmente los centros de internamiento tendrán al mismo tiempo un carácter médico y jurídico, bajo doble tutela de los ministerios de Justicia y Sanidad”.
Y la guinda: esta ley se va a aplicar retroactivamente. Otro detallito que haría feliz a Himmler. ¿A qué delincuentes? A los que estén cumpliendo pena de quince o más años por “delitos odiosos”. ¿Qué razón deberán alegar los jueces para mantenerlos entre rejas aunque ya hayan pagado su pena y no hayan hecho nada más? Respuesta: “riesgo de reincidencia”. En adelante, supongo que las penas se tipificarán así en Francia:"Por tal delito, tantos años... o lo que haga falta". Viva L´État de Droit.
En Francia se cargan de un plumazo los principios primeros del derecho penal moderno, se ponen a la altura de Hitler y Stalin y el mundo se queda tan tranquilo. Verás lo que tardamos en imitar aquí a los gabachos. Me juego una cena cara a que en la próxima legislatura, gobierne el que gobierne de los dos tontos del baba que se postulan como favoritos. Por cierto, practique usted el voto útil, diga que sí.
Porque tampoco está mal lo que pasa aquí. Los mismos que tronaban hace unos meses contra el PP por pedir que se ilegalizara al PCTV y a ANV, ahora no dejan títere con cabeza en su celo antibatasuno. El mismísimo Garzón, que dejó escrito hace cuatro días que no había que ponerse así, ahora, con base en documentación de entonces, suspende por tres años al primero de esos partidos. O es esquizofrénico o es un puro mandanga del Gobierno. O las dos cosas. ¿Y aquel Fiscal General del Estado, ahí es nada, que dijo aquellod de que no hay que hacer aquí guantánamos y no sé qué? Volubles como putas. Lo que mandel el jefe; lo que diga el chulo. Y que me perdonan las putas; y los chulos.
De mis pocas simpatías por batasunos, nekanes y toda esa porquería ya saben de sobra los amigos de este blog. Pero un sistema jurídico donde un juez puede dejar por tres años a un partido fuera de la circulación con semejante facilidad no es un sistema jurídico, es una casa de putas sin garantías. Si ese juez es el mismo que unos meses antes dijo lo contrario sabiendo lo mismo que hoy, este sistema jurídico no sólo es una casa tal, sino que sus guardianes son unos pervertidos de cuidado. Y si la gente sigue votando al mismo partido que da a tal guardián del puticlub órdenes tan contradictorias, la gente tiene lo que se merece y se merece lo que se avecina: fascismo puro y duro. Luego dirán que votan al PSOE porque temen a la derecha autoritaria. Manda güevos.
Da gusto ver calladitos a tantos progres y tantos periódicos progres que ponían el grito en el cielo cuando el PP pedía lo que ahora está haciendo el PSOE. Gentes de principios, no cabe duda. Basurilla culiapretada, clones, zascandiles.

08 febrero, 2008

Carta abierta al rector Juan Vázquez. Por Francisco Sosa Wagner

En La Nueva España de ayer apareció la siguiente carta del profesor Sosa Wagner al rector de la Universidad de Oviedo.
Quien quiera saber cómo ha quedado el tema de las prejubilaciones profesorales en esa Universidad puede pinchar aquí y ver la noticia de hoy. Las instituciones tienen sus propios principios, de los cuales el primero es el de "pienso, luego existo". Pero ojito, ahí el "pienso" no es en la acepción cartesiana del cogito, sino en la otra, que suele llevar el apellido "compuesto".
Es lo que hay.

Carta abierta al Rector Juan Vázquez. Por Francisco Sosa Wagner
Respetado rector y muy querido amigo, me perdonarás mi atrevimiento al dirigirme a ti por este medio público para comentar tu propuesta relativa a las jubilaciones -voluntarias- del profesorado de la Universidad de Oviedo. Al no pertenecer a ese claustro quizá carezco de título para intervenir en este asunto. Pienso, sin embargo, que tu plan tiene la suficiente importancia general como para que todos los universitarios nos sintamos concernidos por él.

De otro lado, esta pequeña audacia mía al molestarte con mis reflexiones se debe al hecho de la altísima estima intelectual y el gran afecto personal que te tengo. No me arriesgaría por cierto con algunos de tus colegas rectores -quiero pensar que pocos- que son capaces de tomar represalias siniestras contra quienes no los han votado o contra aquellos profesores a quienes odian por sentir celos profesionales o, en fin, actúan movidos por alguna otra tortuosa disposición de ánimo bien alejada de la objetividad académica. No es ése tu estilo, pues te has formado en una escuela en la que tus maestros te han enseñado precisamente lo contrario. Tú tampoco hubieras asimilado a buen seguro otras enseñanzas que no fueran las de la buena crianza.

Doy vueltas a la idea de jubilar a personas con 60 años que ejercen un oficio que no exige fuerza física ni destreza para trepar por un edificio, sino sencillamente afición al estudio y aptitud para ello. Capacidades, pues, de índole intelectual que se van acumulando con los años, más aún que con los años van ganando en perfiles y en seguridad. La formación de un profesor -lo sabes bien- es el resultado de un esfuerzo gigantesco que la sociedad hace para poner a nuestra disposición medios con los que vamos depurando nuestros conocimientos, afinándolos y profundizándolos. Un esfuerzo social al que debemos estar bien agradecidos porque nos coloca en una situación de privilegio frente a la mayoría del resto de los profesionales. Disponer de laboratorios, de libros en nuestros seminarios, de las revistas de nuestras especialidades, todo ello es un lujo que disfrutamos muy pocos siendo obligación nuestra responder lealmente a tanta generosidad.

El profesor que no es un zángano -y puede haberlos, pero son los menos- aprovecha esta circunstancia excepcional para ahondar en su formación, para trabar conexiones entre sus conocimientos, para abrir nuevos caminos en una investigación, para abordar un problema que no había sido suscitado o estaba deficientemente planteado. A partir de ahí, tiene la obligación de transmitir ese caudal de experiencias a las generaciones jóvenes, a quienes se sientan en las aulas de la licenciatura y, después, a quienes ya optan por formarse como especialistas en tal o cual disciplina.
Pues bien, si todo esto es así, ¿de verdad crees que un catedrático de 60 años es intercambiable con un joven de 30? Yo gané mis oposiciones cuando tenía justamente esa edad, 30 años, y, cuando comparo lo que yo sabía entonces y lo que ahora sé, advierto la distancia infinita que hay, en términos de mi formación, entre tales fechas, e incluso me pregunto cómo fue posible que me dieran una cátedra a esa edad. El hecho de haber escrito unos cuantos libros, haber publicado en revistas, haberse subido a la tarima años y años, haber dirigido tesis doctorales y otros trabajos de investigación ¿es algo de lo que se puede prescindir alegremente? Con el criterio que alienta tu propuesta deberían sustituir a los magistrados del Tribunal Supremo por jueces recién salidos del horno de las oposiciones. ¿Te das cuenta el dislate que ello supondría? En ciertos oficios, las personas que los ejercen no son sencillamente idénticas y por ello no son sin más sustituibles.
Si de verdad crees, querido Juan, que un joven recién doctorado puede hacer lo mismo que un catedrático maduro, repleto de horas de laboratorio o de biblioteca, es que no has entendido nada del oficio universitario, lo que no me puedo creer. ¿Qué hay entonces detrás de estas propuestas? ¿Ganas de quedar bien con los jóvenes? ¿Acaso -según oigo- ansias de ahorro en salarios? Si éste fuera el objetivo, se podría empezar por suprimir tantos cargos inútiles de confianza como hay en cualquier Rectorado, tantos viajes -incluso oceánicos- a la nada de las firmas de convenios, el gasto de tantos móviles sonando infructuosamente...

Esta carta mía es probable que carezca de valor y que mis reflexiones sean un puro disparate. Pero créeme que salen de lo más profundo de mis entretelas como intelectual y como profesor. Y si te las transmito, es porque sé que eres bien receptivo a la sinceridad. Un fuerte abrazo de tu buen amigo.

06 febrero, 2008

Rajoy y la discriminación de los inmigrantes.

Este Rajoy está como una chota. Miren por dónde nos sale ahora. Leo en El País que don Mariano piensa exigir a los inmigrantes tres cosas, nada menos: "cumplir las leyes, aprender la lengua y a respetar sus costumbres", las costumbres de los españoles. Pero este hombre de qué va. Hala, como los inmigrantes no votan, a pedirles a ellos lo que no se nos exige a nosotros. Discriminación igual no se ha visto, palabra.
Analicemos la propuesta en cuestión, descomponiéndola en sus tres partes, a las que, al pedagógico modo, nos referiremos como una, dos y tres. Para que se vea que uno domina esto de la didáctica, aunque no haya hecho los cursitos ad hoc.
Una. Cumplir las leyes. Ahora va a resultar que los inmigrantes tienen que atenerse a la legalidad. Serán los únicos. En este país de crápulas, en el que ni el que hace la ley la cumple, ni el que la desarrolla la respeta, ni el que ha de juzgar la aplica, van a tener los inmigrantes que empollarse el BOE y obedecer normas a tutiplén. En adelante, cada ley debería llevar detrás de su pomposo nombre la expresión “Para los inmigrantes”. Por ejemplo, "Ley Antitabaco (para los Inmigrantes)". Así cada uno sabe a qué atenerse: nosotros seguimos sin darnos por aludidos por la legalidad y ellos que se vayan sabiendo lo que vale un peine y lo guapo que se legisla aquí.
Se van a enterar de lo que es un sistema de fuentes bien tupido. Ellos pensaban que tras cruzar el Estrecho o el ancho Atlántico tendrían que andarse con ojo con el Derecho español. Verás qué risa cuando descubran lo que cambia el tal ordenamiento, que se dice español por decir algo, cuando se rebasa el Ebro, se baja de Despeñaperros o se cruza la Cordillera Cantábrica, pongamos por caso. Y eso que la cosa no ha hecho más que empezar y todavía falta la conquista democrática de que cada parroquia tenga su Código Civil, cada pedanía su Ley de Aguas Mayores y Menores y cada Comunidad de Vecinos su Derecho Hipotecario bien particular.
Mira, podemos tener chollo ahí los de Derecho. Que el próximo gobernante establezca la obligatoriedad de unos cursitos de Derecho autonómico, local y localísimo para inmigrantes y que se mande de vuelta a todo el que no sepa recitar de carrerilla la lista de los reglamentos municipales de Torrelodones y O Barco de Valdehorras. Nos sacaremos unas pelas y ellos se irán convenciendo de que deberían haber seguido navegando hasta Suecia. Y que se tengan que acreditar ante una agencia de evaluación de la calidad de los extranjeros, la ANEGRA, y que nos llamen también de ahí para informar y sacar unas pelas.
Dos. Aprender la lengua. Oiga, pero qué lengua. Serán las lenguas. No van a ser menos que los andaluces, por decir un caso, ahora que Chaves va a poner euskera y catalán en las escuelas de Chiclana para que los infantes del cálido Sur sepan idiomas con futuro y aumenten con ello sus posibilidades de convertirse en cotizadísimos directivos de empresa o científicos de primera.
Tampoco vamos a obligar a los inmigrantes a aprender español, pues entonces volvemos a discriminarlos gravemente, ya que les exigiríamos más que a muchos de los de este Estado (mira qué fino y correcto me ha quedado: el Estado español, arsa). Va el subsahariano de vacaciones a tomarse unas cocochas en un restaurante de Bermeo, todo tranquilo con el español que ya sabe gracias a Rajoy, y resulta que le contestan en la lengua ancestral recién aprendida por el joven camarero vascuence de toda la vida y apellidado Carballo. Y el subsahariano venga insistir con su español nuevo y el tal Carballo explicándole por señas que él en la ikastola sólo aprendió euskera y que ya le parecía a él que los españoles eran todos unos negros de mierda. Y ponte tú en Bermeo a contarle por señas a uno de allá abajo lo que es una ikastola.
Tres. Respetar las costumbres. Esto ya es el colmo. Ya vuelve el facherío a dar la matraca con las costumbres. Para empezar, habrá que ver qué costumbres. Serán las buenas, se supone. Y meterán baza los obispos para que los inmigrantes no se acostumbren a masturbarse –por lo de la médula y tal- a elegir ética y a casarse varias veces.
Si a lo que Rajoy se refiere es a que adquieran nuestros hábitos y usos, mejor sería no menearlo y dejar que los inmigrantes vivan a su bola. Porque, a ver, para qué queremos que aprendan a hablar a voces, a tirar colillas por la ventanilla, a calzar chanclas en los restaurantes caros, a aturrar al personal con el móvil, a circular por las calles veraniegas en camiseta de tirantes, si son varones, o en camiseta apretada sobre tres capas superpuestas de michelines, si son damas, a salir con El País debajo del brazo para ligar con señoras conbigote y maneras de brigadier prusiano o a votar a Zapatero porque es el único que pone a los obispos en su sitio después de haberles aumentado la propina a nuestra costa.
No, definitivamente es mucho mejor que ni se integren ni se enteren. Así la mayoría seguirán siendo buena gente y portándose razonablemente bien. Que no conozcan la ley, para que no sepan que aquí no la cumple ni el Tato; que hablen su lengua, para que se amplíe aún más esta variedad idiomática que tanto nos enriquece y que nos asegura un futuro brillante “en el concierto de las naciones”; que mantengan sus propias costumbres, a ver si vuelve a haber manera de que podamos ir a un restaurante sin que nos asalte un mocoso sin desbrabar o un padre sin civilizar, al cine sin que nos impida concentrarnos en la película el ruido de las palomitas y el aroma de los sobacos autóctonos y a pasear por la calle sin que uno se pregunte cómo carajo ha degenerado de semejante manera esta raza nuestra, o lo que diablos sea.

Otro detallito de las acreditaciones

Por ahí abajo algunos contertulios de este blog, como jota-jota y un anónimo, han hecho algunas consideraciones interesantes sobre las nuevas acreditaciones. Merece la pena echarles un vistazo.
Y Lopera in the nest nos hace reparar en otro detalle interesante en el que seguro que muchos no habíamos caído. Esto dice:
Leyendo el Documento de la ANECA "Principios y Orientaciones para la Aplicación de los Criterios de Evaluación", encuentro lo que en mi opinión es una de las traiciones más sectarias que se han hecho a un grupo de jóvenes brillantes que se creyeron las promesas de los distintos Gobiernos: Los contratados "Ramón y Cajal".
En la página 62 del citado Documento dice textualmente:
"Los periodos de dedicación de los Contratados Ramón y Cajal computan a mitad de tiempo respecto a la dedicación completa."
La mayoría de estos contratados, casi me atrevo a decir que TODOS, son jóvenes de menos de 40 años con unos CV's que de sobra obtienen el máximo de la puntuación correspondiente a la actividad investigadora, pero que debido a esta limitación van a conseguir muy dificilmente el mínimo necesario en la actividad docente.
Mi opinión es los tratan como si estuvieran estorbando, son como apestados, ya que han sido contratados sin que las "sucias" manos de los rectores hayan manchado su incorporación a la universidad española, y podrían "contagiar" al resto de la comunidad universitaria. Y eso que cada vez que cualquier autoridad habla de ellos, presume de esta figura académica.

Montadores

Quieto parao, esta vez no va de rectores, aunque el título engañe. Me apresuro a aclarar a qué me refiero: al montaje de muebles, ingenios mecánicos y toda clase de chismes. Esto es, al enésimo hallazgo para convertir nuestras vidas privadas en un infierno y la paz de los hogares en un loco laboratorio de ingeniería.
Pasaron para siempre aquellos gloriosos tiempos en los que un sujeto compraba un cachivache cualquiera, pagaba a tocateja o como buenamente podía y recibía el preciado bien en su casa, acompañado de un señor o varios, que procedían con mano maestra a su ensamblaje, presentación y puesta a punto. Ahora ya no es así.
En estos tiempos en que la calidad de vida se mide en dígitos incomprensibles y promedios inescrutables, uno adquiere cualquier cosa y la recibe en un envoltorio descorazonadoramente pequeño. El primer reto consiste en abrir el embalaje, con cintas y pegamentos a prueba de manos inexpertas. Así que lo primero que uno ha de procurarse es un buen equipo de tijeras de todos los tamaños, cuchillas y hasta dagas y puñales de diferentes culturas. Cuando, con varias magulladuras y cortes en las manos, consigue al fin acceder a las entrañas del paquete, se topa con un amasijo de piezas y una bolsa con tornillos tuercas y extrañas llaves maestras. A base de revolver en tan desconcertante amasijo, acaba por aparecer un folleto en letra minúscula y lleno de esquemas, diagramas y planos. Después de dar con las gafas, objeto siempre necesario cuando la presbicia acompaña a la edad y que nunca está donde se lo supone, se hace una nueva constatación descorazonadora: el escueto papelillo que encierra lo que sólo con gran generosidad se puede llamar instrucciones, aparece en veinte idiomas. Si hay suerte y uno de ellos es el español –imagino la desesperación de los euskeroparalantes y catalanoadictos- el avance es menor del esperable, pues la redacción diríase obra de un burócrata ministerial o traducción pedestre de un esquimal disléxico.
Bien armados de paciencia, localizamos las piezas y las extendemos por el suelo, ocupando buena parte del exiguo apartamento que, de tal guisa, pierde su ya escasa habitabilidad. Las horas siguientes son de sudores, blasfemias o, si la víctima es creyente y practicante, castizas expresiones tipo cáspita, jolines, repámpanos, cagoenlaputaleche y, quieras que no, rediós, en simpático crescendo. En este punto y pasado ese medio día de intenso disfrute en el que resuenan las amables admoniciones de la pareja que te dice aquello de “pues en la tienda dijeron que era muy fácil” o “si estuviera aquí mi padre, esto ya estaría listo hace horas”, la ciudadanía masculina se divide en tres grupos: los que se rinden y se van para el bar sin propósito firme de retornar al casa algún día, los que perseveran y se gastan las vacaciones enteras para nada y los que llaman, con inefable sensación de minusvalía, a ese dichoso cuñado manitas que todos tenemos y que en la próxima comida familiar se va a solazar con tu íntimo fracaso.
Mi última experiencia fue con una cuna y un cacharro de ésos que llaman trona. En la tienda los ves armados y, feliz, señalas con el dedo: ése. El sádico vendedor te dice que vale y que ya te lo van a enviar perfectamente desmontado en su caja. Tú insistes: no, no, quiero ése y lo quiero así como está. La réplica te pone en tu sitio: es que así no lo servimos porque no entra en la furgoneta. Bueno, pero el que lo lleva lo montará, ¿no? Y te contesta, impasible: no, montadores no tenemos. Y agrega: pero no se preocupe, esto lo arma hasta un niño.
El nuevo incidente es con el porteador, que te lo deja en la puerta de tu casa y se niega a meterlo dentro, pues tales pasos adicionales rebasan su obligación y, además, tiene mucha prisa. Lo arrastras tú como buenamente puedes y tu hernia te permite, dejando en el parquet un indeleble recuerdo de tus padecimientos y tu escasa maña.
¿Cuántas energías gastan al año los honestos padres de familia en tareas tan imposibles? ¿Cuántos divorcios provoca el montaje doméstico de artilugios? ¿Cuántos trastornos psíquicos irreversibles causa ese duro bregar con piezas y cuñados? ¿A qué estadios primitivos de la civilización nos retrotrae ese paradigma Ikea que todo lo invade? Da igual lo que compres, un teléfono móvil, un ordenador, una estantería, una lámpara, un juego de látigos y correas, todo te viene desmontado y listo para rebajarte la autoestima.
Convendría rastrear cuándo y cómo comenzó esa degradación, en qué momento se nos igualó por abajo y se hizo de todos nosotros unos torpes aprendices de carpintero, electricista, albañil y estibador, siervos de la gleba, esclavos de la gubia. Manejo la siguiente hipótesis al respecto: todo comenzó cuando el capitalismo suprimió los calzoncillos con agujero, sustituyéndolos por esos slips que nos fuerzan a los gestos y posturas más innobles. No hay más que ver los baños masculinos de cualquier bar concurrido y a los que pretenden orinar retorciéndose y escarbándose las entretelas cual si bucearan en su propia inanidad, para darse cuenta de que en estos tiempos a los varones se nos quiere humillados, sometidos y ocupados en menesteres que podrían ser mucho más llevaderos.
No está lejana la época en que usted comprará una casa y, después de firmar la escritura del inmueble y de la hipoteca, lo llevarán a un solar donde hallará, perfectamente empaquetados, ladrillos y cementos, con una bolsita de paletas de distintos tamaños y un folleto con las indicaciones en sueco. No le costará menos, pero deberá dar las gracias a la constructora que ya no construye, pues le permite realizarse como arquitecto y peón a un tiempo y, cual penitente, ocupar los años que le queden de vida en el montaje de ese nido de amor.
Y encima nos pedirán que seamos tiernos y comprensivos.

05 febrero, 2008

Pequeños negocios universitarios

Andamos a la que salta. No se nos pasa una. Menudos linces. Cada nueva reforma universitaria abre posibilidad de negocietes nuevos. También ayuda a que sobrevivan algunas actividades que, si no fuera así, se agostarían sin remisión, dado el enorme interés que los asuntos académicos despiertan en este país de nuevos ricos con ínfulas y profesionales cuyo prestigio y preparación se presupone, como se decía del valor de los soldados.
Las asignaturas de libre configuración fueron la salvación de congresos y cursos de verano. Los estudiantes se matriculan movidos por el muy académico propósito de hacerse con esos créditos que se regalan a cambio de la inscripción y de estar de cuerpo presente. Y a los profesores se nos da vidilla así. Es una pena que con la reforma iniciada posiblemente se vaya a chafar el invento, antes de que se haya puesto a punto el inhibidor del bostezos estudiantiles o el medidor de ronquidos reflexivos.
Pero no hay problema, la alternativa ya está en camino y se avizoran nuevos públicos cautivos. Esta vez serán los mismísimos profesores, especialmente los más jóvenes, los que tendrán que pasar por el aro. Resulta que ya funcionan los baremos para las acreditaciones profesorales. Póngame un kilo de solomillo, tres cuartos de alitas de pollo y medio de pechugas de pavo. De sesos con cien gramos basta. Traducido: tanto por publicaciones en revistas de impacto impactante, tanto por cargos académicos, tanto por cursos de actualización pedagógica para lerdos y churris con powerpoint y tanto por comunicaciones en congresos. Y ya vemos a todo el personal buscándose la vida e inscribiéndose en cosas a las que nunca pensó rebajarse. Mis queridos pedagogos ya tienen asegurada la rentabilidad de su chiringuito, para empezar. Por algo son ellos los que nos hacen las reformas.
Voy a buscarme el problema de hoy y a seguir ganando amigos. Hace algunos meses, un colega de letras al que tengo gran aprecio y que organiza un congreso interesante e interdisciplinar me pidió que contactara con algunos profesores de lo jurídico para que presentaran comunicaciones. Así se hizo y hoy uno de ellos me envía un mensaje del siguiente tenor: que la organización le escribió para indicarle que por supuesto había sido aceptada su comunicación y que podía pagar los cien euros del ala cuando quisiera. No sale de su asombro mi amigo. No pensaba cobrar por su colaboración, por supuesto, pero no imaginaba que tendría que pagar. Lo que pasa es que los de Derecho seguimos instalados en la inopia y vivimos de espaldas a los imparables progresos de la ciencia. Se nota que pasamos pocos controles de calidad y, para colmo, no sabemos autoevaluarnos.
Al mismo tiempo, llega a mis manos el folleto de un congreso de una disciplina jurídica que se organiza en otra Universidad. También piden una pasta a todo aquel que quiera presentar comunicación. Curioso. Me quedo pensando en cuáles serán las razones de esta moda de la que no era muy consciente un retrógrado como éste que suscribe.
Vaya por delante mi altísima estima personal e intelectual para todos los organizadores de tales eventos y mi respeto por el trabajo que se toman. No quiero molestarlos a ellos, para nada, sólo divagar sobre las modas y los modos que en estos tiempos se imponen. Si mis conclusiones no son políticamente correctas ni están a tono con las irresistibles anecacas, créanme que lo lamento. Habrá que ir pensando en la prejubilación. Adaptarse o morir. Pues morir.
El caso es que, puesto que se está volviendo difícil lograr las dichosas acreditaciones si no se consiguen puntos en todos los apartados del baremo de marras y dado que uno de esos apartados es el de aportaciones a congresos, los aspirantes van a tener que buscarse congresos en los que colocar su rollete. No puntúa la calidad de los contenidos de tales comunicaciones, sólo faltaba, sino que van al peso. Tantas comunicaciones, a tanto cada una, tantos puntitos. Así que qué cosa más natural: el que quiera la certificación de comunicante que da los puntos en cuestión, que pague. Es una inversión para el día de mañana. “¿A ti por cuánto te salió ese curriculum tan guapo que te has hecho?”. “A mí por tres mil euros”. “Chico, qué chollo”.
¿No sería mejor que se compraran directamente las acreditaciones? Por una de titular, chiquicientos euros; por la de cátedro, tropecientos. Pero no, el sistema prefiere los pagos fraccionados. Los cursos de motivación de estudiante con nuevas tecnologías y masaje lumbar, a tanto; los congresos con comunicación, a tanto. Honorables móviles, culto desinteresado a la ciencia. Como si un día las mujeres (y hombres) de la vida tuvieran que acreditarse para llegar a madames (¿y messieurs?) y nos fueran buscando por ahí: “Ven conmigo, corazón, que te hago lo que ni te imaginas y encima te pago yo a ti; anda, porfa, que me faltan tres revolcones viciosos para acreditarme ante la ANECAMA”.
Insisto, los de Derecho tenemos unas costumbres que deberíamos ir desterrando. Conozco más de uno que se encuentra en edad de acreditarse para catedrático y que se halla sumido en la perplejidad, pues ha publicado tres monografías gordísimas y de máxima calidad y resulta que no le alcanzan los puntos y capta ahora que mejor habría hecho si hubiera acumulado diplomas de pedagogía para dummies y comunicaciones en congresos de amiguetes y si hubiera partido sus libros grandes en veinte artículos pequeños. Esta temporada la ciencia se lleva corta y con mucho escote. Consecuencia todo ello de que quienes juzgan y evalúan ni son de la disciplina de los aspirantes ni están en condiciones de entender ni papa de lo que en los escritos de los candidatos se contiene. Así que módulos objetivos y juicio al peso. Si Einstein se presentara, las iba a pasar más canutas que Cascorro y ya se iba a enterar en carne propia de lo que es la relatividad. El mérito y la capacidad se venden en Alimerka, sección de charcutería.
Cada día doy más gracias a los hados porque mi situación, hoy por hoy, me exonera de pasar por tales horcas caudinas. Dentro de algunas décadas los historiadores de la ciencia española (?) se preguntarán por qué hay un vacío tan grande en los años 2008 y siguientes. La respuesta será sencilla: todos los investigadores estaban preparando su currículum para las acreditaciones y no les quedó tiempo para investigar un carajo. La burocracia se ha comido la universidad. Con ayuda de los pedagogos, cómo no.
Prometo que mañana ya no escribo sobre estas zarandajas gremiales. Total, es perder el tiempo. El pensar en batallas perdidas provoca melancolía.