12 octubre, 2009

La mosca

Herminia cabalgaba sobre mí, sus senos se movían arriba y abajo y sus muslos eran compactos. En esto vi la mosca en el techo, justo encima de nosotros. No se movía. No estaba seguro de si sería en verdad una mosca y estiré la mano hacia la mesilla y cogí las gafas. Herminia, que se aceleraba con los ojos cerrados, los abrió de pronto y me miró. Yo me puse a contemplar su pecho un rato y ella, después de sonreír, volvió a evadirse hasta lo más remoto de su placer. Entonces pude fijarme tranquilamente y, en efecto, se trataba de una mosca negra y grande, quieta.
No volví a perderla de vista y cuando Herminia terminó su ajetreado orgasmo fingí cansancio y un compromiso urgente muy temprano al siguiente día. Se marchó un tanto sorprendida, pero no disconforme. Estaba alegre.
De inmediato tomé lo primero que encontré, una escoba. Mi casa tiene altos techos y tuve que subirme sobre la cama. Al fin la mosca cayó sobre la sábana tibia. Seguramente estaba muerta. Allí la dejé, sin tocarla. Me vestí y salí apresuradamente. Imagino que seguirá en el mismo lugar, quién sabe hasta cuándo.
(Ilustraciones: Camilo Uribe).

11 octubre, 2009

Y luego hablan de naciones

Todo un símbolo de los tiempos lo de los atuneros vascos en el Índico. Llevan bandera de las Islas Seychelles (¿por qué no una “guerra de las banderas” con esos vascos? ¿Por qué no los asaltan unos batasunos kaleborriqueros en lugar de hacerlo los piraras somalíes que probablemente no entienden de banderas ni de antepasados ni de naciones en escabeche ni de nada?), contratan como custodios con metralleta a ex militares británicos bregados en guerras y refriegas, faenan en el Índico que, como se sabe cualquier pachi, cae bien lejos de Ondárroa o Lekeitio, seguro que son vascos a tope y preocupan al Gobierno español cuando les secuestran el barco, lo preocupan tanto que enseguida mandan para allá la gloriosa armada hispana cargada de calderilla para los angelitos negros, barato, barato, secuestro barato.
Así son las cosas de esta época, sobreabundancia de símbolos, incontinencia discursiva, humanismo de grifo y luego..., cada uno a buscarse la pela como y donde pueda y a montárselo por libre, sea para dar el palo o para que no se lo den. La culpa no es de los ciudadanos que se hacen cosmopolitas a empellones y pícaros de circunstancias, sino de los Estados que se niegan a morir y de los antiabortistas que quieren que la historia alumbre a esos Estados-feto concebidos en la noche loca de las leyendas con pacharán, una parida auténtica. El ejército dizque español, en Afganistán y lleno de latinoamericanos que no se la juegan por su patria, sino por la nuestra, si es que hay tal. Los atuneros españoles vs. vascos pescando mercenarios bonitos en el mercado británico de supermanes y terminators. Los gudaris de chichinabo poniendo de vez en cuando una bomba para que Euzkadi sea un día como España y tenga atuneros con bandera de conveniencia, y Obama recibiendo el Nobel como ruego sutil para que nos deje en paz en cuanto acabe de fumigar la ratonera afgana con la ayuda de los pacifistas del mundo, comenzando por el nuestro, nuestro chiquirriquitín de la ceja erecta.
Es cuestión de unas pocas décadas más, pocas. El nuevo Estado se llamará Minimal Risk y los ciudadanos serán de cuota. El resto, al puto estado de naturaleza. Creo que fue Nozick el que una vez explicó cómo iba eso. Así que sigamos cantando nuestros himnos, muchachos, mientras nos vamos a tomar por el saco juntos, en unión y defendiendo la bandera de la santa tradición.

09 octubre, 2009

Hasta el lunes

No da para más el tiempo y cuando llego al hotel caigo rendido en la cama. Sigo con el periplo colombiano, entre ocho y diez horas diarias de hablar y hablar estos últimos días. Mañana hay que tomar el avión de vuelta. Así que nos vemos el lunes con lo que se nos ocurra.
Saludos para todos los amigos.

08 octubre, 2009

Los presupuestos de los Presupuestos

(Publicado hoy por el que suscribe en El Mundo de León)
Pronto se discutirán en el Congreso los Presupuestos Generales del Estado o, lo que en sustancia es lo mismo, el modo en que se va a recaudar y a gastar el dinero público el año que viene. Ay, qué bien nos iría a los de León si tuviéramos colocados en Madrid a un par de diputados nacionalistas leoneses o castellano-leoneses. Y miren que me cuesta decir eso, pues todo nacionalismo me parece paleto, primitivo y tan simple, que da vergüenza ajena. Pero el que no tiene padrinos no se bautiza y en esta calamidad de Estado nuestro no moja el que no cuenta con alguien que chantajee al Gobierno con sus votos.
Las cosas están claras y la puja va a comenzar. Al PSOE no le alcanza su mayoría para sacar adelante los Presupuestos y va a coquetear con algún grupo nacionalista. Y en semejante casa de citas las reglas son sabidas: algún partido nacionalista de vascos o de catalanes o de gallegos, y hasta de canarios, dará al Gobierno los votos que le faltan, pero a cambio de unos buenos cuartos a mayores para la respectiva Comunidad; y la cama. Al Gobierno tiene que preocuparle el interés general de los españoles, se supone, pero pagará por el voto de los que sólo miran los intereses de esa Comunidad suya que llaman nación. Si los leoneses estuviéramos en ésas, repito, el AVE nos llegaría en un pispás y en un periquete habría autovía a Valladolid, entre otras muchas ventajas. Así, como votamos a los partidos llamados de implantación nacional, nos quedamos a verlas venir. Porque nuestros diputados del PP o del PSOE no van a mirar los intereses de sus electores, sino los de su partido respectivo. O sea, ajo y agua y viva la solidaridad entre los pueblos y las regiones de España.
¿No hay más tutía? Debería darse una alternativa sencilla: que por consideración al interés general y a la justicia distributiva, los Presupuestos y otros cuantos asuntos vitales para el país entero los acordasen los dos partidos mayoritarios. Pero el uno no es más que una agrupación de caciques locales y el líder del otro no entiende de más interés general que su interés particular de seguir en el machito y gobernar a cualquier precio, aunque arda Troya. Esto ya es el sálvese quien pueda, y tonto el último.

06 octubre, 2009

Oh, el patán está desnudo

Creo que ahora lo sabe todo el mundo ya: el patán está desnudo, es decir, no tiene ni repajolera idea de nada. Es maniobrero, eso sí, y está dispuesto a vender todo el Reino por un plato de votos. Pero ni siquiera sabe bien lo que se trae entre manos, tanta es su limitación intelectual, tan cortos también sus vuelos morales. Pero no se dirá que no se veía venir. Vamos, anda.
Es posible que el llamado pueblo llano, que tiene poco tiempo para disquisiciones teóricas y pocas ganas de comerse la cabeza después del curro, se fijara sólo en las consignas, la mala uva disfrazada de talante y las cejas. A por los ricos, que son pocos y cobardes. Ja. Por eslóganes que no quede y de eso Patanín sí sabe un rato largo. Al fin y al cabo, es muy justo que el pueblo llano que labora más que ora quiera vengarse de todo zurrigurri, comenzando por la derecha y siguiendo por los terroristas, los violadores, los pederastas y los que mataron a Lorca. Explíquense así unos millones de votos al grito de mecagoenlosmuertos del capital y duro con ellos, que con Superpatán a la cabeza y con su buen talante les partimos la crisma. Sí, tremenda victoria, oiga.
Pase lo del bondadoso pueblo llano, pero lo que no se explica tal fácil son los miles de adhesiones inquebrantables de las intelectualidad intelectualizada, sector cosecha del 92 con muchos taninos, varios doctorados y algún Oscar. Los que oran más que laboran. Esos no, oiga, esos lo sabían. Sí, lo sabían y que no se nos pongan ahora de perfil y en plan yo siempre estuve nada más que a lo mío, leyendo a Heidegger en jornada continua. Entre otras cosas, porque si no lo sabían, algo huele a decrépito en sus neuronas. Tal vez porque son intelectuales orgánicos por descomposición.
A lo mejor ese sector que se dice del arte, la ciencia y la cultura pensaba que la gran reforma y el consuelo de los oprimidos era tarea colectiva y que Patanín no era más que el mascarón de proa de este barco que nos lleva hacia la libertad mientras ellos componen odas al César. El intelectual suele ser un sujeto individualista que cree mucho en las empresas colectivas; pero la conferencia la da él y el manifiesto lo firman sólo los exquisitos, no faltaba más. Vanguardia, eso, creo que se dice vanguardia. Ciertos dizque intelectuales se ven muy de vanguardia mientras aprestan su retaguardia ante el jefe. Pero lo que importa lo sabían, insisto: que se echaban en brazos de un mindundi con mala baba para dirigir la nave de las memorables reformas.
Ahora el patán luce desnudo y descangallado, incluso un poco gótico, aunque se empeña en seguir apostando por sí mismo como piloto de la chalupa. Ahora los bonitos comienzan a guardar un silencio que habla a voces de ellos mismos. La llamada cultura no está y al pueblo no se le espera, pues tiene que comer antes que nada. No queda más que confiar en que los vientos nos acerquen a algún puerto, abandonarse al destino y rezar. Y, si hay suerte y los puros hados nos son propicios porque Obama reorganiza un poco el mundo y porque las economías de ahí fuera se arreglan y nos va cayendo algo, a volver a votar al patán por una cuestión de principios, no sea que venga la derecha. Derecha que al parecer son todos menos Patanín. ¡Hay que joderse con los principios!

05 octubre, 2009

El oficio y las pelas

Somos muy peculiares en este oficio de profesores y dizque investigadores universitarios. Más bien raritos, diría yo. Quizá es porque no están claras ciertas reglas del desempeño profesional o porque se cruzan y se entremezclan muy diversos patrones de juicio. Aquí voy al caso de los dineros y no me referiré al sueldo, sino a los trabajos especiales y a su remuneración.
No sé si las cosas en eso funcionan igual o de modo parecido en las llamadas ciencias naturales o duras y en estas humanas y sociales, blanditas, en las que uno se mueve. Por ejemplo, siempre me llama mucho la atención que los científicos “duros” tengan que pagar para que ciertas revistas internacionales y de prestigio les publiquen sus artículos. Ya sé que normalmente tiran de los recursos de los proyectos de investigación y cosas por el estilo, pero a más de uno conozco también que ha tenido que apoquinar de su bolsillo por el artículo suyo. En cambio, a nosotros algunas revistas no nos cobran, sino que hasta nos pagan, aunque tampoco sea lo más común.
Comparémonos con un fontanero. Puede ser un fontanero autónomo o uno que trabaja para una empresa y, además, hace chapuzas en las horas libres. Supongamos que usted llama a ese fontanero para que le cambie unas tuberías de su baño. Ambos, el fontanero y usted, dan por sentado que ese trabajo tendrá un precio. Para mayor seguridad, usted le puede pedir presupuesto previamente y él se lo puede dar. Así los dos saben a qué atenerse antes de embarcarse en la labor. En la universidad muchas veces no es así. A usted, profesor, lo llaman para dar una conferencia o unas clases no sé dónde y por lo general no le dicen cuál es la remuneración. Es más, según en qué casos, ni siquiera le especifican si hay pago o no. Usted, el invitado, se sentirá muy mal si pregunta por los dineros, y muchas veces el anfitrión también considera demasiado prosaico el especificarle el inicio, cuando lo compromete a usted, que sí, que le pagarán tanto. Mal hecho. ¿Por qué hemos de ser tan distintos de los fontaneros? El dueño de la casa busca a un fontanero determinado porque se ha informado de que es competente en su trabajo. Se supone que al profesor lo llaman por lo mismo. Pero ahí es donde se atraviesa el equívoco, como se desprende de la expresión que yo mismo acabo de usar: “invitación”. A usted le convocan a dar unas conferencias en la universidad X y cómo va usted a responder a tan amable gesto con una pregunta sobre emolumentos. Es como si a uno lo invitan a cenar a casa de otro y antes de aceptar o no pregunta cuál va a ser el menú: suena a descortesía.
Pero, claro, luego vienen las sorpresas y los equívocos. Usted trabajó ahí donde lo invitaron y a veces lo despiden con una palmada en el hombro y un hasta la próxima. Se le queda cara de tonto. Y, ojo, no es que no tenga pleno sentido hacer muchos de esos trabajos gratis, por amistad, porque hace ilusión, porque viene bien tener ese dato en el currículum o porque apetece viajar a esa ciudad que no se conocía. Pero, entonces, también podemos despedir al fontanero con un muchas gracias y no me diga que no lo ha pasado bien en esta casa tan bonita y total qué más da si era su tiempo libre. Juro por mis antepasados que yo he trabajado deliberadamente así, gratis, en muchos lugares y en muchas ocasiones. Sólo digo que la cortesía del que invita debe incluir el advertir previamente si hay compensación económica o no, nada más que eso. Si es que no, se puede aceptar igual, pero sin llamarse a engaño.
Creo que hay dos factores que explican la situación y fomentan el equívoco. El primero es el pensar que esto de uno no es trabajo trabajoso, valga la expresión. Es decir, que el fontanero sí suda la gota gorda para poner la nueva tubería, pero que usted no hace más que disfrutar cuando viaja a un lugar para soltar el rollo durante cinco horas y, además, ya le salen por la cara el viaje y el hotel. Oigan, por esa regla de tres llamemos a un fontanero de otra ciudad, paguémosle el tren y alojémoslo en casa y digámosle que ya va bien servido. Cierto que hay mucho cara dura en cualquier oficio, pero si una clase o una conferencia se prepara bien y se expone con rigor y respeto, da un trabajo serio, mucho más, desde luego, que el que da quedarse en casa leyendo una novela cómodamente tumbado en el sofá.
El otro factor es que hacemos muchas labores que apenas se cobran, pese a ser trabajosas si se toman responsablemente. Es así por tradición y porque se estima que tienen un cierto valor simbólico y de reconocimiento. El ejemplo más claro sería el de formar parte de un tribunal de tesis doctoral. Hay que leerse la tesis con seriedad, preparar una intervención adecuada, irse de casa, dormir con la almohada incómoda del hotel y, a veces, hasta aguantar la soberbia de algún colega durante la comida o los cafés. Y, por todo ello, sólo se cobran las dietas. Pero no sé si hay base razonable suficiente para generalizar ese modelo y decirle al fontanero que ya puede estar orgulloso de que lo hayamos invitado a reparar nuestro baño y que lo cuente por ahí y verá cuánto prestigio gana gracias a nosotros. Además, si seguimos con el tema de tesis y concursos, se han perdido también algunas costumbres de antes, como la de que el director invitaba al tribunal a cenar la noche anterior. Ahora no es raro llegar a la ciudad de turno, irse sólo al hotel, cenar una hamburguesa en la habitación y tomar un taxi al día siguiente a la facultad, donde hay que ir preguntando dónde será la tesis esa. Los directores se escudan en que a ellos tampoco les pagan por dirigir y que sólo faltaba tener que gastar unos cuartos con los tragones del tribunal. Anda todo el mundo muy achuchao con la hipoteca y los vicios particulares, al parecer.
En fin, y resumiendo, que no nos degradamos, sino al contrario, si nos consideramos mutuamente y nos hacemos valer como unos profesionales más, igual que los fontaneros, si consideramos nuestra labor como cosa seria y que lleva su esfuerzo y si en cada ocasión todos, anfitriones e “invitados”, exponemos con naturalidad las ofertas y las demandas. Todo lo cual no excluye que a veces se pueda y hasta se deba trabajar gratis, pero sin engaño, sin falsas expectativas y sin juegos de manos. Tan simple como eso. Y, créanme o no, permítanme que les diga que este que suscribe es de las personas del gremio que menos importancia dan al dinero y que mantiene una visión más romántica de la profesión, romántica hasta la estupidez, francamente.

04 octubre, 2009

Un ramo de flores

Salí del ascensor con el ramo de flores bien sujeto, a la altura del pecho, y mi sonrisa mejor. Di los buenos días a los dos varones fornidos y trajeados y pasé entre ellos para ir directo al timbre. Alcé la mano libre para arreglarme el cuello de la camisa. Fue entonces cuando me asieron por las axilas y me levantaron como si fuera un muñeco. Luego, uno de ellos golpeó la puerta con los nudillos y la puerta se abrió.
Llegué al gran salón sin tocar apenas el suelo. Sentada en un llamativo sillón, la mujer tenía las piernas cruzadas y fumaba. Su pelo era muy negro y lo llevaba peinado como una actriz de los años setenta. En la pequeña mesilla del centro reposaba una copa de vino a medio beber. Los rasgos de la dama eran bellos y su mirada firme. La reconocí enseguida, la había visto en algunas fotos. Me dijo que me sentara y me sentaron en un sofá como se arroja un objeto a la papelera. Ella los miró con una pizca de reproche. Yo seguía con las flores estúpidamente apretadas, como si fueran un escudo. Entonces ella habló:
- Mi marido no va a venir, créame que lo siento. Ha tenido que ser así. Ahora sólo deseo que usted me cuente algunas cosas.
Unos dedos como tenazas me apretaron el cuello desde atrás. El ramo cayó con un lamento de celofán.

La chuleta. Por Francisco Sosa Wagner

Hasta hace poco lo utilizaban solo los presentadores de la televisión que se ayudaban de un aparato a distancia para leer las noticias. Le llaman teleprompter. En inglés, que es el idioma mandón. La semana pasada me extraviaron la maleta en un aeropuerto y me dieron para pasar la noche un “kit”. Hace poco me hubieran dado un neceser y hace más tiempo se hubieran disculpado por no poderme ofrecer una señora. Hemos cambiado el galicismo por el anglicismo: muestra idiomática del triunfo del imperio americano sobre la decadente Europa.
La novedad, respecto del teleprompter, es su paso de los periodistas a los políticos que ahora pronuncian sus discursos con el aparatito enfrente. La primera vez que lo advertí fue la tarde en la que Obama habló en Berlín. Cenábamos en casa del sociólogo Ignacio Sotelo y le escuchábamos por la televisión. Me sorprendió lo trabado de su arenga. Mi sorpresa fue grande cuando al día siguiente me entero por los periódicos que se había limitado a leer. Me pareció una estafa, una estafa discursiva pero estafa al cabo. Con posterioridad me han explicado que el método está haciendo furor entre sus colegas.
Cierto es que de esta forma se aligera la actividad del gran tribuno quien ya disponía del “negro” para escribir y, ahora, del teleprompter para leer. Así ya se puede: imposible concebir más facilidades en el ejercicio de una profesión. No me extraña que en la Universidad existan jóvenes profesores que no aciertan a dar una clase sin la ayuda de un aparato conocido como powerpoint o de unas membranas llamadas transparencias que hasta ahora eran picardías de jovencita seductora y ahora son las chuletas de quien ni se sabe la lección ni es capaz de exponer sus conocimientos con claridad.
Así van cambiando los tiempos, se me dirá. Y es cierto pero la verdad es que no consigo imaginar a Castelar aquel día de abril de 1868 cuando se discutía en las Cortes el proyecto de lo que sería la Constitución de 1869 y él defendía la libertad religiosa leyendo en un teleprompter su famoso final: "¡Grande es Dios en el Sinaí (con todo su poder). Pero más grande es el Dios del Calvario, el del perdón, ...que predicaba la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los hombres!". Ni me imagino a Unamuno o a Ortega en las Cortes republicanas asistidos por el aparatejo para enhebrar sus magníficos discursos, ahítos de razonamientos, maldades y hasta improperios. O las famosas oraciones “en campo abierto” de Azaña con los ojos miopes de don Manuel fijos en un lejano teleprompter sostenido por un pariente alcalaíno.
El uso de estos trucos para hablar en público mueve un poco a la risa y se presta a cachondeo. Pero tiene un lado menos humorístico ya que tales prácticas hunden sus raíces en algo que debería preocuparnos: las escasa consistencia de quienes ocupan las tribunas políticas relevantes en los foros más campanudos. Pues es evidente que quien tiene ideas maduras, ideas que son producto de reflexiones y de lecturas, y, sobre todo, quien cree en ellas, quien las ha asimilado y hecho suyas ¿cómo es posible que sea incapaz de expresarlas sin esta añagaza, propia del colegial que improvisa o se ha aprendido cuatro datos de memoria para hacer frente a un examen ocasional?
Esto es lo inquietante de la chuleta electrónica. Y lo que nos debe hacer mirar con desconfianza a quien se sirve de ella.
Malos tiempos en verdad para la oratoria, viaticada por ignorantes cósmicos, listillos de ocasión y confiteros de tópicos. Sepultada, ay, entre transparencias, powerpoints y teleprompters. Así nos va.

02 octubre, 2009

Libertad de expresión y religiones

(Los próximos 16 y 17 celebraremos en León un seminario sobre la libertad de expresión y el fenómeno religioso, coorganizado por las áreas de Derecho Eclesiástico del Estado, Derecho penal y Filosofía del Derecho. El texto que sigue lo he escrito a modo de introducción para la página web que recogerá la información y los materiales de dicho evento).
Sobre la relación entre libertad de expresión y religión, la tesis más tentadora consiste en mantener que la libertad de expresión no tiene por qué ser sometida a un régimen especial cuando se hace referencia al fenómeno religioso, de modo que sus alcances y límites han de ser los mismos en este o en cualquier tema. La realidad y las polémicas al uso no siempre se compadecen con dicho postulado.
Muchas religiones no han sido tradicionalmente respetuosas con las libertades individuales, comenzando por la libertad de expresión. Si hablamos del catolicismo, no hace falta remontarse muy lejos para encontrarse con la represión terminante del no creyente y con la censura de libros e ideas. Sucedió en los tiempos anteriores a la separación entre la Iglesia y el Estado y volvió a ocurrir en cuantas ocasiones se impuso en el siglo XX algún modelo de Estado autoritario y confesional. Echarle las culpas al Estado encerraría sólo parte de verdad, pues no se recuerda que la Iglesia, como institución, se opusiera ni plantara cara a los dirigentes que en nombre de la verdadera fe practicaban la censura contra los que se expresaban contra el credo católico o los sometían a viles castigos o a discriminación. No consta, por ejemplo, que la Iglesia se opusiera al régimen de Franco, que imponía a la fuerza la religión única y perseguía las manifestaciones de otros credos o de ateísmo, pero sí se sacaba bajo palio a Franco en las procesiones. Felizmente, esos tiempos parecen superados, aunque seguramente más por obra de la dinámica social y política que por la transformación originaria de las convicciones de los eclesiásticos. También es cierto y no debe ignorarse que durante el siglo XX y aún hoy muchas personas religiosas han sido en muchos países perseguidas y salvajemente reprimidas por razón de su fe. Esa dialéctica de persecuciones en un sentido y en otro es la que debe romperse y la que choca con los postulados de nuestros actuales Estados de Derecho.
Todavía hoy la lucha virulenta contra el infiel parece bien presente en la religión islámica y, desde luego, no son los Estados de confesión islámica un buen ejemplo de respeto a las libertades del individuo, incluida la de expresarse libremente. Esa manera de relacionarse el Islam con el modelo jurídico-político del Estado de Derecho liberal lleva a una de las más fuertes paradojas del multiculturalismo. Se pide para nuestras sociedades y nuestro Estado una actitud de tolerancia hacia otros patrones culturales, en nombre de la libertad y el pluralismo que es su santo y seña, pero queda por definir el límite que, desde tales patrones, ha de ponerse a las prácticas y las proclamas de esa religión. Es la misma paradoja a la que, por ejemplo, se ve enfrentado el movimiento feminista cuando, por un lado, defiende que nuestra cultura política y jurídica tiene un componente machista que sólo puede superarse con una alteración sustancial de sus fundamentos, pero, al tiempo, a la hora de defender la igual dignidad y los iguales derechos de las mujeres insertas en otras culturas que gravemente las discriminan, no queda más salida que argumentar desde los valores de esa cultura nuestra. Porque, a fin de cuentas, la reclamación de la igual dignidad de todo ciudadano, sea cual sea su sexo, su raza o su religión, surgió y se está imponiendo en esta cultura jurídico-política y moral occidental y sólo en ella. Y eso, precisamente, convierte en acuciante la cuestión de qué grado de libertad se puede y se debe permitir en esta cultura nuestra a los que abominan de la libertad y de la igualdad.
Un Estado aconfesional y en el que la libertad religiosa sea un derecho consolidado tiene que velar por la perfecta simetría de los derechos de los creyentes de una religión u otra y de los no creyentes. Dicha simetría es vulnerada cuando, por ejemplo, se permite el escarnio de una determinada fe, en nombre de la libertad de expresión o de creación artística, pero, simultáneamente, se exige mayor respeto y consideración hacia otros credos o hacia la sensibilidad de otros creyentes. Es lo acontecido en el célebre caso de las caricaturas de Mahoma. Si no jugamos todos y para todo con las mismas reglas, la discriminación se introduce por la puerta de atrás. Y el miedo a la violencia de los más radicales, como excusa para ese trato diferente, no es más que descarada traición a la igualdad en libertad. Los que unos puedan decir de Jesucristo, han de poder decirlo igualmente los otros de Mahoma. Y los límites que para unos rijan deben ser los mismos que rijan para los otros. Si no se hace así, se traiciona la libertad de expresión al condicionar su ejercicio a la condición personal del que se expresa o es aludido por la expresión de otro.
En un Estado moderno y constitucional la religión tiene su sede en la conciencia de los individuos. En esos términos, respetar la religión significa respetar esa conciencia, no tratando el Estado de imponer una fe, pero tampoco de socavarla. Significa, en segundo lugar, respetar las manifestaciones de esa fe en su expresión por los fieles y en el comportamiento de los fieles. Y significa, igualmente, aplicar idéntico respeto a los que no se acogen a religión ninguna.
A propósito de las religiones puede y debe darse en el seno del Estado y entre la ciudadanía el mismo debate que cabe para cualquier otra cuestión. Sobre la religión son posibles y tienen que poder manifestarse tantas y tan variadas opiniones como sobre la moral o sobre la política, ni más ni menos. Que para algunos creyentes existan límites irrebasables respecto a lo que se pueda hacer o decir es algo que sólo los vincula a ellos, a su conciencia y a su compromiso de coherencia personal con su fe, no a los demás, no al Estado. Que la fe sea para muchos fieles un componente absolutamente esencial de su manera de explicar el mundo y su presencia en él no los dota de una sensibilidad mayor que justifique un mayor cuidado por parte de los demás. Pongamos un ejemplo: si está permitido y perfectamente asumido que emita Radio María, no tendría por qué resultar escandaloso ni chocante para nadie que pudiera un día emitir Radio Ateísmo. Si pueden los cristianos pagar publicidad de su credo en un espacio público, no debería llamar tanto la atención que un grupo de ateos pagasen para que unos autobuses viajen con la inscripción “Dios no existe”.
Límites a la libertad de expresión ha de haberlos, por supuesto, pues no es ése el único derecho y hay que conciliarlo con otros, como el derecho al honor, a la propia imagen, a la intimidad, a la igualdad, etc. Pero dichos límites no merecen una modulación especial o un régimen excepcional cuando nos topamos con las religiones o con las sensibilidades religiosas. Aun cuando la naturaleza de los fenómenos sea distinta en muchos aspectos, la religión por sí no ha de plantear a la libertad de expresión mayor cortapisa que la que le plantea la política, la moral o cualquier otra preferencia de personas o grupos. No ha de ser más fácil o menos arriesgado criticarme a mí o caricaturizarme por razón de mis opiniones morales o políticas o por razón de mi orientación sexual que con motivo de mi fe o mi falta de ella. Complementariamente, no tiene por qué ser más fácil que el fiel se exprese críticamente frente al que no cree, que a la inversa.
Llegados a esta punto, parece que nos ratificamos en una hipótesis disolvente, pues si se trata de examinar la relación entre libertad de expresión y fenómeno religioso, estaríamos sosteniendo que esa relación no debe tener nada de particular. No debe tener nada de particular, pero sabemos que de hecho lo tiene. Y se trata de reconducir la religión a una más de las libertades que son propias y características del Estado de Derecho. No más, pero tampoco menos.

01 octubre, 2009

Ideologías y caracteres

Me desconcierta enormemente la ligereza con que se usan por estos pagos las etiquetas de conservador y progresista, derechas e izquierdas y similares. Sobre todo porque muy a menudo no se aprecia fácilmente la correspondencia entre las actitudes personales o el modo de comportarse y la autopercepción que muchos tienen dentro de ese cuadro elemental. Y no me refiero a tópicos tan gastados como el que dice que los ricos no pueden ser progresistas.
¿Cómo podríamos explicar tan llamativas disonancias? Se me ocurre una hipótesis sobre el particular. Creo que podemos jugar con un par de clasificaciones y combinar sus elementos. La primera clasificación tiene que ver con el juicio sobre la sociedad en que vivimos y con la opinión sobre el grado de justicia o injusticia de las relaciones sociales. Bajo ese punto de vista, podemos llamar conservadores a los que consideran que nuestro modo de organización es básicamente justo, aun cuando existan puntuales desarreglos que se deban corregir. Sea por el peso de la tradición o por el poso de la cultura establecida, nos hallaríamos aquí y ahora en el mejor de los mundos posibles o en la realización de la mejor alternativa de convivencia social, de manera que, para este punto de vista, los cambios han de hacerse con cuentagotas y cualquier amago de ruptura radical o de revolución social, económica o política se observa con la mayor suspicacia. Esta sería la visión del pensamiento conservador. El conservador, así, se diferencia por ejemplo del reaccionario en que éste no está tanto por el mantenimiento del status quo, cuanto por el retorno a formas de vida anteriores o por la recuperación de tradiciones pretéritas.
Por contra, el pensamiento que podemos llamar progresista parte de una opinión negativa sobre el orden social, económico y/o político vigente y los tiene por fundamentalmente injustos, sea porque haya grupos de población oprimidos o fuertemente discriminados, sea porque no es correcta la distribución entre los ciudadanos de los bienes y las oportunidades. Con esta óptica progresista, pesan más las razones para alterar el estado de cosas del presente y para hacer fuerza a fin de configurar nuevos patrones de convivencia, reglas de juego alternativas y más igualitarias.
La segunda clasificación no atiende tanto a las ideas como a los caracteres o los talantes. Aquí, por dar algún nombre y a falta de etiquetas mejores, hablaremos de rancios y de progres. Va de suyo que rancio no es sinónimo de conservador ni progre de progresista, aunque el rancio suele votar a los conservadores y el progre a los progresistas. El rancio es aquel que, como actitud personal, teme profundamente la alteración de las pautas sociales establecidas, ya por un apego compulsivo a lo conocido, que le da referencias estables sin las que no se siente capaz de orientarse, ya porque en el fondo se siente cómodo con lo que hay y/o le saca buena tajada a su ubicación en la configuración actual de la sociedad. Por su parte, el progre sería el que se inserta con desasosiego o alguna forma de resentimiento en la sociedad que le ha tocado, pues, por las razones psicológicas o biográficas que sean, no alcanza a explicarse su vida cotidiana como mínimamente satisfactoria.
Así como la distinción entre conservadores y progresistas se plantea en el nivel de las ideas políticas y sociales, la que se traza entre rancios y progres tiene más que ver con factores psicológicos, con actitudes vitales, con temores, ansiedades o frustraciones.
Ahora apliquemos esas categorías para explicar lo paradójico o contradictorio de las actitudes de tantos, pero primero precisemos en qué consiste la paradoja o la contradicción. Con suma frecuencia damos con personas que se dicen conservadoras y, en consecuencia, defensoras de las instituciones más tradicionales, como la familia, o de la moral con más arraigo tradicional, como la moral de base religiosa, pero que, sin embargo, no tienen mayor empacho en contradecir en sus comportamientos personales esas pautas a las que teóricamente se acogen. Y no menos común es el caso de los que se afirman progresistas y, sin embargo, reproducen en su diario comportamiento los más acendrados esquemas del viejo orden, ya sea en la organización de su vida familiar, con reparto de tareas entre hombre y mujer a la manera de nuestros padres o abuelos, ya sea con un planteamiento fuertemente jerárquico, cuando no abruptamente tiránico, de las relaciones laborales, administrativas, etc. Puestos a concretar más, y aun a riesgo de caer en la caricatura excesiva, se puede decir que todos conocemos a tantos conservadores rancios de orden y misa frecuente que, a la mínima, le tocan el culo a la asistenta o la becaria o se van de putas aprovechando algún viaje, como a progresistas progres muy igualitarios que endilgan sin reparo a su señora las tareas domésticas o intentan explotar todo lo posible a la empleada del hogar. Por supuesto, sería fácil poner ejemplos paralelos si hablamos de mujeres y del habitual desacompasamiento entre la ideología profesada y la conducta real.
Ahora la posible explicación. Muchas personas logran desdoblarse a base de proyectar sus miedos, sus resquemores vitales o sus insatisfacciones biográficas en el plano de las ideas políticas, de forma que esa proyección en lo ideológico opera como bálsamo para sus miserias cotidianas. Vendrían a decirse constantemente algo así: yo estoy por el mantenimiento del orden establecido o por la transformación del mismo y socialmente me alineo en correspondencia, pero vitalmente no me siento concernido. Mi lucha por conservar el mundo tal como es o por cambiarlo transcurre en el nivel de la acción colectiva, en el plano de lo gregario, en la abstracción de las proclamas genéricas o de los ideales suprapersonales, pero, al tiempo, no me compete alterar el modo de vida que me da más satisfacción inmediata o me reporta ventaja evidente. Se trataría de un divorcio entre moral social y moral personal, a base de posponer cualquier compromiso personal en los hechos de la vida diaria hasta el momento en que acontezca la realización del ideal colectivo. Concretando y con los ejemplos un tanto rudimentarios: la prostitución debería prohibirse en nombre de la suprema moral sexual, pero, mientras no lo consigamos entre todos los nuestros, yo sigo yendo de putas como si tal cosa; o la igualdad plena de hombre y mujer deberá alcanzarse al fin, pero, en tanto no sea así, que siga mi santa haciéndome la comida, lavando los platos y cambiándo los pañales.
Para el rancio y el progre la ideología desempeña, como calmante y salida para las propias contradicciones, el papel que tradicionalmente cumplía la caridad para los ricachones: yo ya hago lo que puedo y más que otros, que no hacen nada; cuando esto funcione para todos como debe, yo seré uno más, pero, entretanto, me hago el loco cuando no estoy votando, en la manifestación o en la tertulia del bar.
Sería muy educativo extender el lema de que la ideología bien entendida empieza por uno mismo y que lo que se fíe al movimiento de las masas se fía para muy largo. Pero me temo que eso sólo lo vemos claro los liberales con un toque anarcoide, si se me permite la falta de humildad.

30 septiembre, 2009

Una pequeña historia real y sin trascendencia

He vuelto a viajar a Colombia, ayer mismo. Esto ya debe de ser vicio. Los pasos habituales, sin gran novedad y sin misterio, aunque he de confesar que en esta ocasión escuché a dos azafatas comentar las novelas de Sgtieg Larsson. Palabra de honor. Pero nada más.
Al llegar al aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, y mientras hacía cola para los trámites de control de pasaportes, tenía detrás a un varón español de unos cuarenta años que se desesperaba porque no conseguía hacer una llamada con su móvil. Pretendía comunicarse con un número colombiano y no salía la llamada. Le hice algunas sugerencias sobre prefijos y al fin lo logró. Quedó absolutamente exultante, pues la comunicación era con su amada. Como estaba tan feliz y tenía ganas de explayarse, me lo contó todo, en esa cola y luego mientras buscábamos los equipajes y hasta en la espera del avión de enlace a Medellín.
Me arrepentí de mi sociabilidad, como suele pasarme en estos casos, pero la historia tenía su gracia, aunque no era muy original. El hombre era divorciado y con algunos hijos. Ahora se había colgado locamente de una mujer que lo estaba esperando en Medellín con los brazos abiertos. Era la primera vez que él viajaba a Colombia y la tercera ocasión en que se veían. Me contó que su plan en este viaje era proponerle matrimonio. Así, ya, a casarse urgentemente. Reprimí las ganas de decirle lo de hombre, espera un poco, qué prisa tienes, piénsalo un rato más, trata de conocerla algo mejor, mira a ver qué tal en esto y en lo otro, dile que se vaya a España un tiempo y convivís informalmente... La experiencia enseña que el obcecado no admite consejos, sólo quiere compartir su entusiasmo y que le digan olé tus narices y como el amor no hay nada. También achanté en otro momento. Andábamos paseando por el aeropuerto y me preguntó algo sobre el cambio de euros a pesos. Yo le señale un cajero automático y le comenté que con una tarjeta de crédito o de débito podía sacar allí los pesos que necesitara. Me respondió que para qué, que total él no pensaba gastar nada más en este viaje y que estaba seguro de que su chica lo iba a mantener en Medellín, y a cuerpo de rey además. Lo miré muy serio, pero no debió de notarme nada. Además, yo qué sé y pasar, pasa de todo en cualquier parte.
En el avión conseguí zafarme un rato, pero ya me había picado la curiosidad. Aguardamos juntos la llegada de las maletas en el aeropuerto de Río Negro y me propuse ser un poco cotilla. El hombre estaba nervioso, comido por la ansiedad. Me repitió que se quería casar sí o sí con esa maravillosa mujer. Mi curiosidad crecía. Las maletas no salieron a la vez, una pena. La suya llegó antes y se despidió de mí precipitadamente. Corría hacia la puerta con el equipaje a cuestas. Yo dejé la cinta transportadora y lo seguí hasta la salida, con discreción. Sólo un cristal separaba de la sala en la que se aguarda a los pasajeros. Me puse a observar a las señoras que esperaban solas, tratando de adivinar cuál sería. De pronto, el compatriota dejó caer su maleta y se fue hacia una dama con los brazos abiertos. Era una gorda bien gorda que no salía en mi quiniela. Pero para gustos colores, y bien sé que por qué no va a haber gordas adorables. También soy comprensivo con las perversiones de todo género. Él se abalanzó sobre ella e intentó besarla en la boca. Ella aceptó su abrazo lánguidamente y puso un beso en la mejilla del hombre. Así estuvieron un rato, abrazados ya sin más. Es bonito el amor. Ella movía sus manos sobre la espalda de él, como si quisiera relajarlo con un leve masaje amistoso. Y allí seguían. Tal vez mi maleta había aparecido ya y daba vueltas sobre la cinta, pero yo no me movía de mi observatorio. En esto, tuve la impresión de que la mujer alzaba la vista y de que su mirada se cruzaba con la mía. Juraría que sutilmente alzaba su mano de la espalda del otro y me hacía una señal con el dedo pulgar levantado, como de esto marcha o ahí vamos y usted ya me entiende. Retrocedí y, en efecto, mi maleta ya había aparecido. Cuando salí, ya no estaban. No sé por qué, pero suspiré con cierto alivio.
Esta historia es real, yo no pongo ni quito ni juzgo ni califico nada. Puede que lo del dedo fuera imaginación mía, pero todo lo demás fue tal como lo cuento. Y ya está. ¿O no debería contarlo?

De nuevo sobre discriminaciones inversas y discriminaciones tontas

Anteayer venía en El País una columna de Almudena Grandes sumamente crítica con el propósito del Ministerio de Cultura de subvencionar con ventaja las películas dirigidas por mujeres. De tanto emplear a tontas y a locas la llamada acción afirmativa o discriminación inversa, acabarán enturbiando hasta su sentido en los casos en que sí puede tenerlo. Suele ocurrir cuando el lugar de la reflexión con buen bagaje intelectual lo ocupa la pura consigna y cuando la distinción bien fundada se reemplaza por el estereotipo o la caricatura.
¿Por qué hay que privilegiar a las directoras de cine frente a los varones directores? ¿Porque hay menos mujeres directoras? Por esa regla de tres, cuántos directores de cine hay negros o inmigrantes o gitanos o mancos o diabéticos y por qué no se les da trato de favor? Las políticas de discriminación inversa están generalmente reconocidas y admitidas cuando se trata de conceder a un grupo discriminado una ventaja comparativa que sirva para ir eliminando la situación de inferioridad social de dicho grupo y sus menores oportunidades en la competición social. Para que tengan sentido se requieren tres cosas: que exista esa discriminación previa del grupo en cuestión, que se trate de un asunto que tenga una relación relevante con las razones de la discriminación y de su mantenimiento y que la medida tenga alguna eficacia para superarla.
No siempre a ciertos efectos no hay paridad numérica entre dos grupos existe una situación de discriminación social como razón. En el baloncesto es mucho mayor la proporción de jugadores altos que bajos y resultaría absurdo, por ejemplo, subvencionar a los equipos que contraten jugadores por debajo del uno ochenta. Parece cierto que a día de hoy son más los directores de cine que las directoras. La cuestión decisiva que en aquí debería contar en el punto de partida es la de si, a día de hoy, las mujeres tienen más dificultades que los hombres para llegar a directoras, si son infravaloradas o peor tratadas por productores, público u organismos públicos que financian o cofinancian las películas. En el caso de que no hubiera tales inconvenientes mayores para las mujeres, habría que concluir que es puramente casual y contingente el hecho de que haya más hombres dirigiendo películas y la situación podría invertirse en cualquier momento sin necesidad de acciones afirmativas. Por tanto, el primer fundamento de la medida no puede ser puramente numérico, sino basado en análisis de las dificultades objetivas de hombres y mujeres a ese propósito. Que las mujeres, en su conjunto o por término medio padezcan discriminación no puede por sí ser razón bastante para que se otorgue trato más favorable, frente a los hombres, a cualquier subgrupo de mujeres. Por ejemplo, si un día constatamos que son más los hombres que las mujeres con un patrimonio personal de más de cien millones de euros, no tendría justificación el aplicar desgravaciones fiscales a las mujeres ricas con el fin de que en tal nivel de riqueza estuvieran varones y hembras a la par.
Que las mujeres han estado fuertemente discriminadas en esta sociedad y que aún lo están en numerosos aspectos es algo difícilmente discutible. Ahora bien, no resulta tan evidente que una mayor proporción de directoras de cine tenga algún efecto positivo frente a esa discriminación general o de partida. Se impone de nuevo ir más allá del puro fetichismo de los números y preguntarse qué efectos correctores o de mejora de la situación de la mujer tiene la mayor presencia de directoras. Es indudable, por ejemplo, que una política general de incentivo del empleo femenino o de la igualdad salarial de mujeres y de varones tiene tales efecto correctores de la discriminación de las mujeres. En cambio, ¿qué incidencia general cabe esperar de que las directoras que consiguen hacer una película sean treinta en lugar de diez, pongamos por caso?
Creo que la respuesta más común consistiría en sostener que a través de la obra cinematográfica de las mujeres se haría notar mejor socialmente la voz particular de las mujeres, su visión del mundo y de los problemas sociales. Pero esto supone una asunción un tanto arriesgada, la de que hay dos visiones del mundo o maneras de ser específicas y distintas, la de los hombres y la de las mujeres, y que esa diferente visión no es un producto cultural, precisamente de la cultura no igualitaria que se trata de superar. Además, llevaría a pensar que las películas de las mujeres, por expresar la perspectiva femenina, serían sobre todo películas para mujeres, puesto que son éstas las que, por compartir dicha perspectiva, mejor pueden comprenderlas; y otro tanto ocurriría con las de los hombres, que serían más que nada para hombres. Me parece que un elemental vistazo al cine de los últimos años permite descartar semejante compartimentación. Algunos más bien tendemos a pensar que lo que en muchas obras literarias o cinematográficas hoy puede traslucirse no es tanto el género de su autor como su clase social o la mayor o menor condescendencia con los poderes establecidos y que, por esa vía, sería mucho más recomendable una política que facilitara que los pobres, sean varones o féminas, puedan llegar a dirigir cine, escribir novelas, diseñar puentes o dictar sentencias. Quien mejor puede retratar o interpretar la situación vital de una mujer pobre no es necesariamente otra mujer, sino un hombre o una mujer que conozcan vitalmente la pobreza.
Por último, y sin extenderme más por ahora, me permito dudar muchísimo de que la subvención pública prioritaria de las películas hechas por mujeres tenga ni la menor incidencia para la corrección de las desigualdades sociales que aún se padecen, ni siquiera para la desigualdad entre hombres y mujeres en lo que ésta se mantenga. Si de luchar contra la desigualdad se trata, incluso contra la desigualdad por razón de género, esos dineros extra estarían mucho mejor empleados en becas para que puedan asistir a un excelente colegio o estudiar una carrera niñas gitanas o hijas (e hijos) de mileuristas de cualquier raza u origen social.

29 septiembre, 2009

Barroso y el Sacro Imperio Romano Germánico. Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado hoy en El Mundo)
LA CONSTRUCCIÓN federal de Europa es el más noble empeño político de la hora presente. Este horizonte, vivo e iluminado, tiene para los españoles un especial valor porque sólo desde una Europa federal se puede corregir la frívola originalidad confederal en que se está convirtiendo España. Jean Monnet, en sus jugosas Memorias, se acoge insistentemente a la referencia federal lo que se explica porque él engendra su sueño europeo a la vista de la realidad norteamericana y de la impresión que le causa el funcionamiento de aquella República.
Es muy probable que si Jean Monnet no hubiera andado vendiendo coñac a los 20 años por tierras americanas, las instituciones europeas hoy no existirían. Para él se trataba -según su pensamiento tantas veces citado- de unir hombres, no simplemente coaligar estados y de «impedir la reconstrucción de los nacionalismos», el gran peligro del siglo XX, cuyas trágicas lecciones en España nos empeñamos en ignorar jugando como estamos a crear naciones y Estados de bolsillo.
Hoy, cuando el tiempo nos ha ofrecido ya sobradas muestras de sus modales tiranos, se trata de afrontar esa realidad europea esforzándonos por inyectar nuevas ambiciones al edificio que se ha ido construyendo en los últimos decenios. Porque, tal como explica en un reciente ensayo Amin Maalouf (Le dérèglement du monde, Ed. Grasset, 2009), «hemos entrado en el nuevo siglo sin brújula».
No se trata de despertar las viejas pesadillas milenarias sino de advertir que un mundo se apaga a nuestros ojos, que las luces que nos han iluminado temblequean y desfallecen, que el navío aparejado en tantas batallas cruentas a lo largo de los siglos de la modernidad se encuentra en buena medida a la deriva, falto de pilotos y falto sobre todo de una carta de navegación adecuada a los nuevos tiempos, plenos de desafíos. Por eso se producen movimientos formidables de adhesión a determinadas personas, caso de Obama, porque las poblaciones están ansiosas de identificarse con alguien que, con mano firme y gesto convencido, acierte a señalarles el camino.
Nos hallamos en una situación internacional en parte desconocida porque el mundo ha perdido el sistema aglutinador de los pueblos establecido en la pasada centuria. Los tratados de paz de Westfalia crearon las certezas por las que se condujeron los estados a partir del XVII como luego ocurrió con la obra que los diplomáticos pusieron en pie en Viena cuando pasó el vendaval napoleónico. El siglo XX tuvo que volver a zurcir un orden y lo hizo con la Sociedad de Naciones, saldadas con un enorme fracaso (las enseñanzas que ofrecen las Memorias de Madariaga nadie debería desoírlas), y la experiencia de su sucesora, las Naciones Unidas, ya emite señales de inequívoco abatimiento porque hay continentes que se desperezan y piden abono para asistir a las representaciones donde los grandes deciden la marcha del universo, y porque el mundo bipolar creado tras la segunda guerra mundial se evaporó cuando los alemanes pudieron saltar el muro, aquella jaula donde disfrutaron a sus anchas de los magníficos logros de la sociedad comunista.
El principio del equilibrio entre las potencias, ganado a golpe de sangre y después de finuras diplomáticas, ha sido arrinconado y, tambaleante, se halla a la búsqueda de una fórmula que le permita alcanzar de nuevo la posición erguida.
El genio humano ha de dar con ella, como ha de formular las nuevas utopías, sin las cuales el mundo no se concibe porque esas -las utopías- nos mueven e impulsan a la búsqueda de renovadas expresiones de la justicia, de la solidaridad, de la libertad, los grandes anhelos que, si nunca son completa realidad, es porque saben mantener, como una joven pudibunda, el poder seductor de lo inalcanzable. Sépase que sin utopías el mundo es una oficina donde se aplican reglamentos y se firman nombramientos.
El universo se organizará -se está organizando ya- en conjuntos amplios que han de acoger a países pletóricos, es de ahí de donde saldrá el orden internacional de mañana, ese en el que pensamos pero que no acabamos de ver ni de dar con sus claves secretas. Estamos ante una nueva estirpe de potencias que son económicas pero, además, y esto es lo singular, que aportan nuevos modelos de convivencia política con prestigio creciente en cuanto ofrecen fórmulas donde se emulsionan viejas recetas del capitalismo, que se asilvestra, con refinadas modalidades de dictadura política, enriquecidas por las filigranas que aporta la revolución técnica. No hay fin de la Historia sino inicio de una nueva historia, acaso la superación de la Prehistoria en la que hemos vivido hasta ahora sin saberlo.
Y Europa ¿qué pinta en todo esto? Pues Europa ha de buscar su puesto definiendo y definiéndose. Es decir, ha de buscar sus propias fronteras porque si Europa quiere ser todo, Europa no será nada. Europa ha de defender los valores que ha sabido crear en la incubadora de las revoluciones, de los libros que han escrito sus mentes lúcidas y de los sollozos de sus pueblos, y estos valores son la libertad, el imperio de la razón, la laicidad y la fraternidad, hoy concebida como solidaridad. Si Michel Rocard sostenía que Europa es «democracia más seguridad social», yo me permito puntualizar diciendo que es «democracia más servicios públicos».
Ostenta además Europa el privilegio de ofertar una cultura común viva y visible, tejida a base de contradicciones que es como se teje todo lo que merece la pena (¿qué es la vida sino la administración sabia de las contradicciones?). Contradicciones que se reflejan en su curiosidad intelectual, en su gusto por las aventuras planetarias, por la acción, también en su arrogancia y su brutalidad. Como ha escrito bellamente Élie Barnavi en una obra imprescindible (L'Europe frigide, 2008, editado por André Versaille) Europa ha llevado «la cabeza en las estrellas y los pies en la sangre» y de ahí nace la necesidad de que se acepte su legado histórico como un todo sin que nos veamos obligados a sentirnos fascinados por todas las partes de ese todo. Cada valor europeo contiene su negación y menos mal porque los valores, llevados a lo absoluto, nos deparan las peores monstruosidades. Goya acertó a expresarlo con la sencillez iconoclasta del genio.
EUROPA, en fin, ha de ser muy consciente de que no es una nación. Ni falta que le hace. Precisamente es de este déficit de donde ha de tomar fuerza e impulso para explotar a fondo la riqueza de sus influencias múltiples y desechar con displicencia -pero con pleno conocimiento de causa- esa pasión colectiva trufada de exclusivismos -y chorreante de sangre- que es la propia de los nacionalismos.
Si lo que tenemos delante es, por lo que he tratado de explicar, la última provocación de la historia, desanima ver la forma en que se ha elegido al presidente de la Comisión en el Parlamento europeo hace unos días. Contaba Barroso con el aval de la unanimidad de los jefes de Estado y de Gobierno. Se han comportado estos igual que lo hacían los príncipes en el Sacro Imperio Romano Germánico cuando de la elección del emperador se trataba: con pocas excepciones posaban su vista aquellos barbados y enjoyados varones en el menos molesto, el más mediocre y el que menos amenazaba sus poderes territoriales. Barroso es un emperador magnífico porque se pliega con exquisitos y camaleónicos modales a los intereses de los Estados. Yo he votado contra él porque el programa que presentó es un amasijo de palabrería funcionariesca.
El papel del socialismo europeo ha sido lamentable: nadie de sus bien abultadas filas ha aceptado el desafío de presentarse como candidato para explicarnos cuál es la Europa que los socialistas tienen en la cabeza frente a la flácida y oportunista de Barroso. Pues ¿qué decir del socialismo español, que va por el mundo con el uniforme progresista recién sacado de la tintorería, encumbrando a un comensal en las Azores después de lo que hemos oído por estas tierras?
Una ocasión perdida, un gobierno europeo que se formará con alambres de ambiciones y aires de músicas tartamudas. El Sacro Imperio al menos contaba con abades golfos y, sobre todo, con aquellas vistosas margravinas de ojos glaucos...

28 septiembre, 2009

Absurda universidad

Ruego al amable lector que se imagine qué nos parecería esta noticia. El Real Madrid, convencido de pronto de que está muy bien rejuvenecer su plantilla, ofrece a los jugadores de más de veintiocho años la posibilidad de jubilarse con el cien por cien de su salario. Ante la objeción de que muchos de los futbolistas con esa edad están en lo mejor de su rendimiento y en su plena madurez como deportistas, el presidente del equipo contesta que también hay que mirar que así las arcas del club se ahorran unos buenos dineros, pues el grueso de la jubilación lo paga la Seguridad Social y ellos sólo ponen la diferencia. En resumen, que es buen negocio que, por ejemplo, se acoja a la jubilación Casillas, que acaba de cumplir los veintiocho.
Pensaríamos que esos dirigentes se han vuelto locos y que su equipo irá de cráneo. Entonces, ¿por qué nos parece tan estupendo y tan natural que las universidades españolas –como la de León- estén ofreciendo prejubilaciones con el cien por cien de la remuneración a los catedráticos o profesores titulares con más de sesenta años? ¿Por qué, después de mucho invertir medios públicos para su larga formación como investigadores y docentes, se les muestra la puerta de salida justo en el instante en que tocaría sacarles su mejor rendimiento? Respuesta que desde los rectorados se da: porque así se ahorran unos euros, ya que económicamente trae más cuenta contratar a un licenciado mileurista o encargar las clases a un profesional que cobre por horas y se largue luego a lo suyo. O sea, como si el Madrid dijera que es más rentable despedir a Raúl o Casillas y fichar por cuatro reales a unos cuantos del equipo de casados de Ciempozuelos; o que, si se quedan sin porteros, juegue de guardameta algún delantero centro que sobre.
¿Por qué los equipos de fútbol no lo hacen y las universidades sí? Porque a los que rigen la educación universitaria, del Ministerio hasta el último mono, la calidad real de las universidades y de su enseñanza e investigación les importa un bledo. Y a la sociedad menos aún. A diferencia del fútbol. Primero inflaron las plantillas sin tasa ni control y ahora se deshacen de los más expertos al grito de aquí sobra gente y hay que economizar. La monda.
PD.- Articulillo enviado para la columna del próximo jueves en El Mundo de León. La extensión de la columna no da para más, pero podemos aquí debatir lo que haga falta sobre matices y diferencias.

26 septiembre, 2009

Arrepentimiento por ser buena gente

Una pregunta para este selecto auditorio: ¿ustedes nunca se han arrepentido de aquella vez que fueron buenos o de aquel tiempo en que andaban tan mansos? Yo sí. Sin ir más lejos -pero yendo bastante lejos-, me pongo de muy mal café cada vez que me acuerdo de lo buena gente y lo bonachón que era en mi adolescencia, sobre todo en el colegio.
Va de autobiografía, ustedes disculpen. Llegué a aquel colegio de curas con diez años. Resultó que los burguesitos se gastaban una mala leche y una agresividad considerables. En Ruedes nunca había peleas en la escuela, al menos en la época que a mí me tocó, de los cinco a los diez años. Y hasta jugábamos juntos al fútbol y sin mayores incidentes los niños y las niñas. Éramos unos adelantados a nuestra época, aunque con “madreñes”. Luego, en aquel colegio, no había niñas, pero ése es otro tema. Lo que sí había eran los habituales matones que practicaban lo que hoy se denominaría con una palabra inglesa muy rara, pero que entonces se llamaba abusar mecagoensuputaprognie. Y ahí viene la sensación que me corroe casi cuarenta años después.
No es que de mí abusaran mayormente, pues solían ensañarse con otros de carácter (aún) más débil y constitución más endeble. Pero digamos que yo, apocado que era, me sometía a la disciplina general de aquellos cabrones y ni se me ocurrió nunca defender a alguna de sus víctimas. Qué miseria. Y no crean que no hubiera podido. Ahora está uno hecho una calamidad física y todo flojo, de tanto darle al ordenador y tanto libro sobre sistemas autopoiéticos, pero en aquellos tiempos era de los altos de la clase (dejé de crecer a los catorce años) y, sobre todo, mi tiempo libre no lo pasaba jugando a las máquinas de petacos ni a la chapas, sino que no era tiempo libre: tocaba currar muy duramente en el campo. O sea, que estaba como un toro o, al menos, como un ternero bien fornido. Y, sin embargo, nunca les solté la mano a aquellos berzotas. Mal hecho, muy mal hecho. Ay, si se pudiera dar marcha atrás en el tiempo, cómo me gustaría decorarle a más de uno los morros con un buen puñetazo. Ni diálogo de civilizaciones escolares ni consenso ni talante ni leches, hostión y tente tieso.
Si hubiera hecho a su tiempo eso, lo debido, seguro que hoy tendría un carácter mejor y no andaría todo el día buscando otras peleas que ya ves tú para lo que valen y qué arreglan. A lo mejor hasta me caía bien Zapatero y me parecía listo y con una personalidad apabullante. Lo que pasa es que me pongo como una moto porque recuerda a aquel pelotas de los curas que luego copiaba en los exámenes y pegaba a los pequeños por debajo de la mesa. Clavadito. Si al menos tuviera un muñeco hinchable con su jeta para darle así y así...
Perdonen el desahogo, pero ya me siento mucho mejor.

25 septiembre, 2009

Las fotos de Zapatero y sus hijas con los Obama, nada menos

Oigan, ¿a ustedes no les pasa de vez en cuando eso de no saber qué pensar de una noticia o de un debate que se oye por ahí? A mí sí, cada vez con más frecuencia. Se queda uno diciéndose que depende, que hay que distinguir y matizar, que como te digo una cosa te digo la otra, que nada es verdad ni es mentira, sino que tal, que hay días y días, que para gustos colores. Yo qué sé. Esta mañana me ocurre con lo de las fotos de las hijas de Zapatero. No consigo quitarme la puñetera foto de la cabeza, pero me he propuesto muy seriamente concentrar ahí mi buena obra del día: no hacer ni una guasa ni empezar con las pedorretas. Que no, y punto.
Bueno, y si no nos descojonamos por completo de qué podemos hablar, ¿eh? Quizá de torpezas y de burlas. Torpeza me parece lo de andar poniendo a las niñas ante los fotógrafos de un acto oficial, de una recepción oficial, y luego exigir que no se dé publicidad a la foto. A lo mejor nuestro Presidente y su family pensaban que eran fotos privadas. Me las mandáis por mail, ¿vale? Cosas más raras se (le) han visto.
No digo que no esté pero que muy bien proteger la imagen de los menores de edad. Pero..., ahora que lo pienso, tampoco tengo tan claro por qué. Debo de tener un lapsus grave. No me refiero al caso particular de las hijas de Zapatero, caso en el que pueden concurrir razones adicionales para la ocultación (¡quieto! ¡dijiste que no lo harías! Respiro hondo.... Ya está), sino en general. Hablamos de fotos que aparecen en algún medio público, pero que no son fotos en bolas, ni en actitudes o posturas extrañas, como pegándole al abuelo o cosas así.
Supongan que a mí me dan la noticia de que mi universidad me jubila hallándome aún en estos años mozos y con semejante gana de marcha; que yo, para celebrarlo, organizo un fiestorro en la cafetería del campus; que llevo a mi hija y que en pleno jolgorio un fotógrafo de prensa –no mi tía Maruchi, no, un fotógrafo de prensa- nos hace una foto que sale mañana en el periódico bajo el titular, “Así de contentos se van los profesores a tomar por el saco”. En la foto se me ve a mí haciendo la señal de la victoria y a mi hija comiéndose un calamar sin gluten. ¿Debe el periódico borrar la parte de mi hija? ¿Ha de velarle los ojos en la imagen? Y, sobre todo, ¿por qué? ¿Porque mi hija es mía? ¿Porque no me pagan por ponerla a posar para la prensa? ¿Porque, de tan guapa, puede excitar a algún pervertido? (No sería el caso de las fotos que hoy se comentan; o sí..., jeje. Psssst..., dijiste que no lo harías. Vale). No sé, no sé, no sé. Será bienvenida una buena explicación de los amigos de este blog que saben de Derecho.
En el ejemplo anterior se trataba, al fin y al cabo, de una fiesta privada en un local público. Pero ahora imaginen que un año de estos a un servidor le dan el Premio Príncipe de Asturias de las Malas Artes y que me voy para Oviedo a recogerlo, acompañado de mi hija, que para entonces tiene diecisiete años y medio, y de mi mujer, que tendría los mismos de ahora. Después de los discursos, foto para la posteridad: los premiados –moi-même-, las autoridades... y mi hija, porque nos hace mucha ilusión que pose en momento tan inolvidable. Además, la niña se ha comprado con nuestra pasta un vestido del copón y va hecha un brazo de mar, no como otras (Pssssst..., no sigas por ahí). Por no hablar de su mamá, con ese escote que se gasta y esas piernas rectas que tiene, no como otras (¡y dale!). Supongan, incluso, que hasta a mí se me ha puesto mirada inteligente en ese instante, no como otros (...). Fotos por aquí, fotos por allá, de frente, de costado, serios, sonrientes, saludando al orbe o al alcande, etc., etc., Y esa misma noche voy yo –o mi secretario/a, leches; ya puestos a inventarse hipótesis de escuela...- y llamo a los medios de comunicación del Principado y del mundo mundial: que nanay del peluquín y que la niña de mis ojos no sale en las fotos que se publiquen, porque mi niña es mía na más y tengo yo que velar por sus derechos y qué es eso de andar haciéndole fotos sin mi permiso, ¿eh? ¿Adónde me mandarían o deberían mandarme? Exacto, a tomar... vientos. ¿Con qué argumentos? Con éstos: “Oiga, don Juan Antonio, su churumbela y usted posaron igual de encantados y a sabiendas de que las fotos no eran para el álbum familiar, sino para la prensa, coño”. ¿Y yo que les puedo responder? “Oigan, pues vélenle un poquito los ojos por la parte de la pupila, que es la parte que más le quiero proteger”. “¿Y el ombligo con el piercing se lo dejo, don Juan Antonio?” “¿Y las botas?, ¿con las botas de trekking qué hacemos, don Juan Antonio? (Jeje... Psssst). “Ummm, no sé, no sé, esperen un par de meses mientras consulto la jurisprudencia ad hoc”. Sí, un cachondeo. Pues eso.
Ahora bien, ahora bien, ahora bien. No sabemos cómo es la situación legal; porque no lo sabe nadie y para eso hay jueces, para que el Derecho sea una tómbola como la vida misma. Pero asumamos que a papá José Luis lo ampara la ley completamente, además de su buen criterio al no andar mostrando por ahí..., bueno, la ley, lo ampara la ley. Es decir, que cuando de la Moncloa, de su Secretaría o de donde sea que no sea la casa de Los Otros (jejejeje...; para mí que me vengo con todo si esto sigue así) llaman a la Agencia EFE o a la Agencia KA para decir que fuera niñas de la foto y que además ocupan mucho (jajajajaja. Lo dicho...), no está ordenando algo porque a él le sale de las pelotinas chiquitinas, chiquitinas, sino exigiendo un derecho en toda regla porque sus hijas son suyas y tiene que cargar con ellas (...). Bien, pues si está en su derecho, ¿cómo es que esta mañana anda media España tronchándose con las hijas y la foto y está internet al borde del colapso con tanto chiste, tanta coña y tanto retoque de la condenada foto? ¿No se puede publicar la foto? Entonces, ¿por qué la publican El Mundo y varios diarios digitales –en algún caso sin pixelar (o como se llame) los ojos- o porqué El País, por ejemplo, en su edición digital pone enlaces a páginas de Twitter o Menéame en las que aparecen las fotos y, de propina, un recochineo guapo?
Para esto último sí tengo la respuesta: porque entre todos y poco a poco vamos consiguiendo que el Derecho sea un perfecto cachondeo. Que si mira este principio de aquí, que si fíjate en aquel valor de allá, que si pondérame un poquito este caso por la parte de la sisa, que si espera, que ese juez lo pongo yo para que te jorobe a ti, que si viva la justicia del caso concreto y ahora mismo le pregunto a mi cuñado qué hay de lo suyo... Creo que no existe en este preciso instante un maldito jurista español que pueda dictaminar con cierta fiabilidad qué pasaría si Zapatero y su santa se fueran hoy a los tribunales para meterle un buen rejón a El Mundo o El País, por ejemplo. Sí, claro, nos pueden leer el artículo no sé cuantos de la Ley de la Cosa o el párrafo quinto de aquella sentencia de cuando el Constitucional, pero de lo que pudiera pasar en los tribunales no tienen, o no tenemos, ni pajolera idea. Entre otras cosas, porque para cuando el caso tuviera su resolución definitiva vaya usted a saber quién habría nombrado a los magistrados del Supremo o si aún estaría el Constitucional estudiando la sentencia del Estatuto y sin tiempo para nada, hija, Maritere, que va una con la lengua fuera y la ven así y piensan lo que no es.
Una vez expresadas todas estas dudas por este que suscribe, están ustedes a punto de asistir a un momento histórico –ahora el momento que no sea histórico ya ni es momento ni es nada- para este blog: voy a apoyar a Zapatero. Tiene toda la razón y yo en su lugar haría lo mismo. Disculpen que no les pueda explicar por qué. Ya saben que las promesas hay que cumplirlas.

24 septiembre, 2009

Multiculti

25 de septiembre de 2030. El País Semanal.
En los próximos días aparecerá la sentencia del Tribunal Supremo que se espera con inusitada expectación. El asunto, la posible demolición de la catedral de León. ¿El motivo? La demanda presentada hace años por la asociación islámica Un Sólo Dios Verdadero. Las alegaciones de los demandantes se resumen en que su sensibilidad religiosa resulta gravemente herida cuando, al circular por el casco antiguo de León, se ven obligados a contemplar la catedral, ese símbolo de una fe que no comparten, que ha sido durante tantos siglos opresora de las libertades, y muy en particular de la libertad religiosa, y que, ante todo, representa un monumento a una divinidad que no tienen por suprema o por verdadera.
Todo comenzó hace ya algunas décadas, cuando numerosos musulmanes exigieron la retirada de crucifijos de los edificios públicos españoles, tales como escuelas u hospitales. En ese momento, muchos de los intelectuales que daban abundantes conferencias sobre multiculturalismo y lo que se tercie apoyaron tales pretensiones, pero no aduciendo que en un Estado no confesional tales imágenes tenían difícil encaje, sino apelando a la sensibilidad delicada de las minorías culturales y religiosas. Fue la misma época en la que los mismos intelectuales orgánicos de su propia conferencia manifestaron también su total rechazo a unas caricaturas de Mahoma que se habían publicado en un periódico danés, pues, decían, dichas caricaturas atentaban contra los sentimientos de quienes abrazan la fe del Islam y tienen perfecto derecho a que los símbolos de su credo sean respetados por todos y no resulten puestos en cuestión por nadie.
Por entonces hubo algún cristiano que solicitó que en las escuelas públicas de Arabia Saudí se retirasen los símbolos religiosos, pero fue ahorcado por impío antes de llegar a los tribunales. Tanto el gobierno Saudí como la autoridad religiosa saudí como los tribunales saudíes, que son los mismos, puesto que la separación de poderes es un asqueroso invento occidental y marica, expresaron con contundencia su razón: si el Estado saudí es confesional, como ha de serlo cualquier Estado decente, a qué viene andar pidiendo que se recojan los emblemas de la verdadera fe. Aquellos intelectuales españoles encontraron básicamente correcto el argumento. Si España ha sido confesional durante el franquismo, por qué no han de serlo también los países árabes cuando les dé la gana, afirmaban. Incluso fue demandado por islamófobo un señor de Cuenca que un día protestó en la calle a voces porque en Irán habían ahorcado a un homosexual por ser homosexual. “Parece mentira que, con nuestro turbulento pasado y cuando aún no hemos pagado a esos pobres países árabes una indemnización por las Cruzadas, pueda haber españoles que todavía cuestionen las señas de identidad básicas de esas culturas”, declaró en 2011 a la Agencia EFE Francisco de Marcos, catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona.
Pero, ahora, con el asunto de la catedral de León las opiniones están mucho más divididas. Ya no es que una mayoría silenciosa piense que mecagoentossusmuertos pero no diga nada, sino que los propios intelectuales que pueden hacer oír su voz en los periódicos y las revistas de pensamiento no se ponen de acuerdo. Unos se expresan a favor de la demolición, si bien proponen salvar las famosas vidrieras y donárselas a alguna asociación de maridos saudíes, mientras que otros plantean esconder la Pulchra Leonina bajo un gran toldo, a fin de que los musulmanes que paseen por León con su chilaba o las musulmanas que pasen con su velo no se sientan incomodados por esa obscena representación de la fe enemiga. Además, de ese modo los fieles católicos podrían seguir asistiendo a misas en la catedral los domingos, previa autorización de la Delegación del Gobierno y con estricto control de sus identidades por la policía nacional.
Lo que vaya a decidir el Supremo sigue resultando a día de hoy muy incierto. No se ve cómo puede la Sala llegar a una decisión por mayoría, dado que los magistrados de cuota islámica se muestran favorables a la demolición, las magistradas de cuota femenina están divididas entre la idea de demoler sólo el altar y la de derribar la catedral entera y levantar en su lugar un monumento a las esposas maltratadas en España, los magistrados propuestos por la sección del PP el CGPJ son partidarios de dejar la catedral como está pero organizar una novena por las almas de los infieles con turbante y los magistrados del PSOE prefieren conservar algún trozo de la catedral pero alzar en él una escultura en recuerdo de los abuelos de León asesinados por las tropas de Franco. Desde su retiro en las costas de Venezuela, el expresidente Rodríguez Zapatero ha declarado que lo peor ya ha pasado y que el problema se puede resolver con el esfuerzo de todos. Mientras, en la Conferencia Episcopal española la propuesta de que los obispos se pusieran en huelga de hambre fue rechazada por unanimidad porque no estamos en época de vigilia ni nada y no se quiere que la Iglesia pierda peso.
Un alto responsable del Cabildo de la Catedral ha declarado hace poco que lo que en realidad les preocupa es que el asunto pueda llegar al Tribunal Constitucional pues, en ese caso, es de temer que la catedral se caiga por sí sola antes de que el litigio se resuelva en sus términos jurídicos. El Secretario Técnico de TC ha emitido una nota en la que se disculpa porque él no puede hacer nada mientras no se renueven las doce plazas vacantes por la lamentable muerte de todos los magistrados anteriores. Precisamente, los grandes partidos han decidido no proponer nuevos magistrados para ese órgano vacío mientras no se haya solventado adecuadamente ese problema de la catedral. "En cuanto no esté pendiente la decisión de ese asunto, propondremos a los nuevos integrantes el Tribunal para que puedan decidirlo", han dicho en rueda de prensa conjunta los secretarios generales del PP y del PSOE la pasada semana.
Varios promotores inmobiliarios de León se han puesto en contacto con la Delegación del Gobierno para hacerse con las piedras de la catedral en caso de que sea finalmente derruida, a fin de usarlas para la construcción de una nueva mezquita en los terrenos que en tiempos fueron del campus universitario leonés.

23 septiembre, 2009

Crisis financiera: soluciones con sustancia. Por Francisco Sosa Wagner

Por fin desde Italia, de donde proceden tantas noticias rocambolescas en los últimos tiempos, nos llegan la razón y el buen sentido. Y es que en el sistema bancario de aquél país se ha decidido aceptar el queso parmesano como garantía de crédito. En efecto, un banco ofrece préstamos por un plazo de veinticuatro meses, que es el tiempo que tarda uno de esos benditos quesos en “añejarse”, y da a los productores hasta el 80% del valor del producto según los precios del mercado.
No se toman a broma el queso parmesano en Italia, una exquisitez que viene de la Edad Media, allá en el siglo XIII, que es cuando se empieza a producir. Cada pieza suele pensar más de treinta kilos y es marcada con un número de serie con el fin de que pueda ser buscada si es robada por algún desaprensivo, que los hay, pues los carabinieri detuvieron hace poco a los componentes de una banda en el momento en que se disponían a rallar una de esas ruedas magníficas, astuta operación con la que se hubiera perdido su rastro. Y es que el parmesano rallado, al tener un valor alto, sirve también para las fechorías.
¿Es preciso subrayar la importancia de esta práctica bancaria y más en el momento de crisis económica y financiera en la que nos hallamos? Sabemos que varios bancos de campanillas se han desplomado, incluso en los USA, porque han creado unos “productos” que no han funcionado y han llevado a la ruina a millones de familias. Se llaman obligaciones convertibles, bonos negociables, obligaciones subordinadas, swaps, warrants, títulos basura, bonos estructurados, bonos amortizados indiciados, bonos inversos ...
¿Alguien creía que con estos nombres, con estas enrevesadas denominaciones, se podía ir a alguna parte? ¿No estaba cantado el desplome del sistema? A mí, lo único que me extraña es que haya tardado tanto tiempo. Porque desde la época en que un crédito era un crédito y un monte de piedad era el sitio donde se empeñaba la máquina de coser, han pasado años que -ahora lo vemos- han sido aprovechados para dedicarlos al enredo financiero y a un embrollo tergiversador de importante factura. Estas son las consecuencias de haber creado las facultades de ciencias económicas, que sustituyeron a las escuelas de comercio, más comedidas en sus pretensiones y por tanto más fiables.
Siempre hemos dicho que carecer de sensibilidad literaria y acuñar términos apestosos nos lleva a consecuencias apocalípticas. Si tuviéramos presente que el lenguaje cuidado, la prosa tersa y la sintaxis impoluta son los fundamentos de un pensamiento ordenado y de una acción responsable no incurriríamos en estos gigantescos desaguisados. De un “bono inverso” no puede seguirse más que un estropicio y un “swap” debería contentarse con ser una inocente bebida refrescante. Al querernos hacer los listos es cuando todo se desconcierta.
De manera que volvamos a los usos tradicionales y tengamos como medida de las cosas serias a los productos de la buena cocina. Los italianos nos transmiten la enseñanza del queso parmesano, nosotros por nuestra parte ¡tenemos tanto que aportar! Ese aceite de oliva que es como una copla perfumada, ese jamón, violín macizo, esos besugos a los que quisiéramos felicitar siempre las navidades, esos garbanzos que son las cuentas de un rosario pleno de eternidades, esos dulces de las monjas rellenos de bendiciones papales... estos son los únicos títulos que deberían ser aceptados en el tráfico de un sistema bancario ordenado. ¿Alguien piensa que pueden de verdad hablarse como iguales un warrant y una ristra de chorizos? Un poco de seriedad, señores financieros.

22 septiembre, 2009

Sigo alucinando con el nuevo periodismo de este país

Increíble, pero cierto. Inmediatamente después de escribir en un momento la entrada anterior y de colgarla, se me ocurre llenar cinco minutos libres echando un vistazo a la versión digital del Diario de Galicia, por puro azar.

Creí que me había equivocado de página, pues me encuentro en los titulares la siguiente foto. Vean.

Casi me caigo de espaldas, pues durante unos segundo pensé que Zapatero había nombrado alguna nueva ministra para dar un golpe de imagen de ésos que tanto le gustan. Pero no,Cursiva menos mal. El titular de la suculenta información rezaba así: "Nueve pasos para transformar emociones positivas en negativas". No pude evitarlo, claro, y pinché para ver de qué se trataba. Y se trata de una mentecatez de autoayuda completamente impropia de un periódico que se pretenda medio serio.

¿Adónde vamos a parar? Nada más lejos de mí que la pacatería y vaya por delante que la señora de la foto es digna de detenida contemplación. Pero, caramba, cuando uno abre un periódico busca periodismo serio, información de verdad y comentarios con fundamento, no quincalla y baratijas para descerebrados o pajilleros. Para eso hay otras páginas y otras revistas, se supone.

Para colmo, el estilo y ciertas faltas del texto me hicieron pensar que estaba fusilado de otro lado. Habla de "la Red Sanar, la ONG más importante en el país en asistencia gratuita en salud mental". ¿Del país? ¿De qué país? ¿Y quién es ese al parecer famoso doctor Roberto Re que dice semejantes chorradas? Y acierto, claro. Con Internet ya no hay secretos. Es como cuando un estudiante te presenta un trabajo y rápidamente localizas el original en El Rincón del Vago. Se ve que también hay rincones para periodistas vagos... o que ponen la mano por de lado

Porque miren, la tal Red Sanar es argentina, y basta echar un vistazo a su web para comprobar que es una secta para atracar a despistados y hacer negocio a costa de indocumentados. Y, pásmense, la noticia está fusilada enterita de páginas aparecidas en días anteriores a hoy. Por ejemplo en ésta; o en ésta, donde la "información" es del día 16 de los corrientes. Lo que el Diario de Galicia aporta es la foto de la buena moza, eso sí.

Si al copión no lo echan del periódico, apaga y vámonos. Vámonos a hacer cualquier cosa que no sea leer periódicos. Ah, y que se investigue cuánto le pagaron al periodista o al periódico los de la mafia esa de los demonios por colar a lo disimulado esa publicidad vomitiva. ¿Es legal ese tipo de publicidad?

¿Promiscuidad sexual en las universidades?

Asombroso, cómo está el mundo. Casi me da un soponcio al leer en una publicación para universitarios el titular que sigue: “El 41% de los universitarios norteamericanos practica sexo con su profesor”. De infarto. Lo primero que se le ocurre a uno, que es profesor universitario, es que cómo podemos aquí estar tan atrasados. ¿En qué porcentaje andaremos nosotros? Por lo que sé de mí y por lo que conozco a mis compañeros, me parece que aquí no se come un rosco nadie, al menos con el alumnado. Me apresuro a añadir que ni falta que hace y que por fortuna, menudos líos se podrían organizar. Como si hubiera ya pocos enchufes, recomendaciones y favoritismos.
¿Cómo se lo montarán en las prestigiosas universidades gringas? ¿Estará allí bien visto una tutoría tan personal y personalizada que acaba con encamamiento y explicando el profe o la profe, durante el cigarrillo de después, la diferencia entre legado de cosa mueble y legado de cosa inmueble, entre capacidad jurídica y capacidad de obrar o entre el iusnaturalismo teológico y el racionalista? ¿Formaran parte tales métodos del paquete de Bolonia que se nos viene encima? ¿Será que los pedagogos de aquí han montado todo ese cisco desconcertante para poder tirarse tranquilamente a los/as alumnos/as más macizos/as y resultones/as?
Cómo no seguir leyendo, la curiosidad era intensa y morbosa. Mira que si aquí estamos igual y soy el único que no se ha enterado... Lo más que recuerdo es el caso de dos o tres profesores que ligaron con alumnas suyas, sí, pero que rápidamente se casaron con ellas y formaron familias cristianas en las que se repite a la descendencia que no hay que andar follando por ahí sin ton ni son. Y, en lo que se refiere a mi experiencia puramente personal, toda de cuando era muy, muy joven (lo juro), a lo más que llega es a algún baile muy apretado en alguna fiesta de fin de carrera o a algún encuentro posterior con antigua alumna, cuando, pase lo que pase, ya no puntúa para la encuesta, pues ya no era alumna, sino antigua.
Así que, medio angustiado, continúo la lectura y la expectación se torna cabreo. Rediez, cómo está el periodismo. Miren cuál era el truco. Para empezar, la encuesta de la que se toma la noticia la ha hecho Playboy, que viene a ser como el CIS de aquí, pero más caliente e igual de certero. Y, para seguir, vean que estupidez, qué manipulación y qué poco seso tiene el personal que escribe estas cosas. Resulta que lo preguntado a los estudiantes norteamericanos en la encuesta era lo siguiente: “¿Ha mantenido usted relaciones sexuales con algún profesor o sabe de algún alumno que lo haya hecho?” El 41% contesta que sí. ¿Que sí qué? Pues que sí ha mantenido esas relaciones o sabe de alguien que lo haya hecho. Resultado y titular abracadabrante: el 41% de los estudiantes ha tenido relaciones sexuales con algún profesor. La leche en bote.
No hace falta explicar el burdo truco amarillento, pero por si acaso. Pongamos que en una universidad hay mil estudiantes y, de ellos, uno ha tenido sexo con un profesor y todos los demás, los otros novecientos noventa y nueve, se enteraron. Así que a la pregunta de marras todos contestan que sí, pues o bien se han encamado (es el caso de uno solo de ellos) o bien saben que uno se encamó (es el caso de todos los demás). Titular inmediato para atontados: en la universidad tal todos los estudiantes tienen sexo con los profesores. Así estamos y así se forma la opinión pública libre, independiente y bien informada.
Para colmo, miren la foto con que se acompaña la noticia. ¿Ésa qué es, profesora o alumna? Anda ya, hombre.