02 octubre, 2009

Libertad de expresión y religiones

(Los próximos 16 y 17 celebraremos en León un seminario sobre la libertad de expresión y el fenómeno religioso, coorganizado por las áreas de Derecho Eclesiástico del Estado, Derecho penal y Filosofía del Derecho. El texto que sigue lo he escrito a modo de introducción para la página web que recogerá la información y los materiales de dicho evento).
Sobre la relación entre libertad de expresión y religión, la tesis más tentadora consiste en mantener que la libertad de expresión no tiene por qué ser sometida a un régimen especial cuando se hace referencia al fenómeno religioso, de modo que sus alcances y límites han de ser los mismos en este o en cualquier tema. La realidad y las polémicas al uso no siempre se compadecen con dicho postulado.
Muchas religiones no han sido tradicionalmente respetuosas con las libertades individuales, comenzando por la libertad de expresión. Si hablamos del catolicismo, no hace falta remontarse muy lejos para encontrarse con la represión terminante del no creyente y con la censura de libros e ideas. Sucedió en los tiempos anteriores a la separación entre la Iglesia y el Estado y volvió a ocurrir en cuantas ocasiones se impuso en el siglo XX algún modelo de Estado autoritario y confesional. Echarle las culpas al Estado encerraría sólo parte de verdad, pues no se recuerda que la Iglesia, como institución, se opusiera ni plantara cara a los dirigentes que en nombre de la verdadera fe practicaban la censura contra los que se expresaban contra el credo católico o los sometían a viles castigos o a discriminación. No consta, por ejemplo, que la Iglesia se opusiera al régimen de Franco, que imponía a la fuerza la religión única y perseguía las manifestaciones de otros credos o de ateísmo, pero sí se sacaba bajo palio a Franco en las procesiones. Felizmente, esos tiempos parecen superados, aunque seguramente más por obra de la dinámica social y política que por la transformación originaria de las convicciones de los eclesiásticos. También es cierto y no debe ignorarse que durante el siglo XX y aún hoy muchas personas religiosas han sido en muchos países perseguidas y salvajemente reprimidas por razón de su fe. Esa dialéctica de persecuciones en un sentido y en otro es la que debe romperse y la que choca con los postulados de nuestros actuales Estados de Derecho.
Todavía hoy la lucha virulenta contra el infiel parece bien presente en la religión islámica y, desde luego, no son los Estados de confesión islámica un buen ejemplo de respeto a las libertades del individuo, incluida la de expresarse libremente. Esa manera de relacionarse el Islam con el modelo jurídico-político del Estado de Derecho liberal lleva a una de las más fuertes paradojas del multiculturalismo. Se pide para nuestras sociedades y nuestro Estado una actitud de tolerancia hacia otros patrones culturales, en nombre de la libertad y el pluralismo que es su santo y seña, pero queda por definir el límite que, desde tales patrones, ha de ponerse a las prácticas y las proclamas de esa religión. Es la misma paradoja a la que, por ejemplo, se ve enfrentado el movimiento feminista cuando, por un lado, defiende que nuestra cultura política y jurídica tiene un componente machista que sólo puede superarse con una alteración sustancial de sus fundamentos, pero, al tiempo, a la hora de defender la igual dignidad y los iguales derechos de las mujeres insertas en otras culturas que gravemente las discriminan, no queda más salida que argumentar desde los valores de esa cultura nuestra. Porque, a fin de cuentas, la reclamación de la igual dignidad de todo ciudadano, sea cual sea su sexo, su raza o su religión, surgió y se está imponiendo en esta cultura jurídico-política y moral occidental y sólo en ella. Y eso, precisamente, convierte en acuciante la cuestión de qué grado de libertad se puede y se debe permitir en esta cultura nuestra a los que abominan de la libertad y de la igualdad.
Un Estado aconfesional y en el que la libertad religiosa sea un derecho consolidado tiene que velar por la perfecta simetría de los derechos de los creyentes de una religión u otra y de los no creyentes. Dicha simetría es vulnerada cuando, por ejemplo, se permite el escarnio de una determinada fe, en nombre de la libertad de expresión o de creación artística, pero, simultáneamente, se exige mayor respeto y consideración hacia otros credos o hacia la sensibilidad de otros creyentes. Es lo acontecido en el célebre caso de las caricaturas de Mahoma. Si no jugamos todos y para todo con las mismas reglas, la discriminación se introduce por la puerta de atrás. Y el miedo a la violencia de los más radicales, como excusa para ese trato diferente, no es más que descarada traición a la igualdad en libertad. Los que unos puedan decir de Jesucristo, han de poder decirlo igualmente los otros de Mahoma. Y los límites que para unos rijan deben ser los mismos que rijan para los otros. Si no se hace así, se traiciona la libertad de expresión al condicionar su ejercicio a la condición personal del que se expresa o es aludido por la expresión de otro.
En un Estado moderno y constitucional la religión tiene su sede en la conciencia de los individuos. En esos términos, respetar la religión significa respetar esa conciencia, no tratando el Estado de imponer una fe, pero tampoco de socavarla. Significa, en segundo lugar, respetar las manifestaciones de esa fe en su expresión por los fieles y en el comportamiento de los fieles. Y significa, igualmente, aplicar idéntico respeto a los que no se acogen a religión ninguna.
A propósito de las religiones puede y debe darse en el seno del Estado y entre la ciudadanía el mismo debate que cabe para cualquier otra cuestión. Sobre la religión son posibles y tienen que poder manifestarse tantas y tan variadas opiniones como sobre la moral o sobre la política, ni más ni menos. Que para algunos creyentes existan límites irrebasables respecto a lo que se pueda hacer o decir es algo que sólo los vincula a ellos, a su conciencia y a su compromiso de coherencia personal con su fe, no a los demás, no al Estado. Que la fe sea para muchos fieles un componente absolutamente esencial de su manera de explicar el mundo y su presencia en él no los dota de una sensibilidad mayor que justifique un mayor cuidado por parte de los demás. Pongamos un ejemplo: si está permitido y perfectamente asumido que emita Radio María, no tendría por qué resultar escandaloso ni chocante para nadie que pudiera un día emitir Radio Ateísmo. Si pueden los cristianos pagar publicidad de su credo en un espacio público, no debería llamar tanto la atención que un grupo de ateos pagasen para que unos autobuses viajen con la inscripción “Dios no existe”.
Límites a la libertad de expresión ha de haberlos, por supuesto, pues no es ése el único derecho y hay que conciliarlo con otros, como el derecho al honor, a la propia imagen, a la intimidad, a la igualdad, etc. Pero dichos límites no merecen una modulación especial o un régimen excepcional cuando nos topamos con las religiones o con las sensibilidades religiosas. Aun cuando la naturaleza de los fenómenos sea distinta en muchos aspectos, la religión por sí no ha de plantear a la libertad de expresión mayor cortapisa que la que le plantea la política, la moral o cualquier otra preferencia de personas o grupos. No ha de ser más fácil o menos arriesgado criticarme a mí o caricaturizarme por razón de mis opiniones morales o políticas o por razón de mi orientación sexual que con motivo de mi fe o mi falta de ella. Complementariamente, no tiene por qué ser más fácil que el fiel se exprese críticamente frente al que no cree, que a la inversa.
Llegados a esta punto, parece que nos ratificamos en una hipótesis disolvente, pues si se trata de examinar la relación entre libertad de expresión y fenómeno religioso, estaríamos sosteniendo que esa relación no debe tener nada de particular. No debe tener nada de particular, pero sabemos que de hecho lo tiene. Y se trata de reconducir la religión a una más de las libertades que son propias y características del Estado de Derecho. No más, pero tampoco menos.

17 comentarios:

irichc dijo...

Sucedió en los tiempos anteriores a la separación entre la Iglesia y el Estado y volvió a ocurrir en cuantas ocasiones se impuso en el siglo XX algún modelo de Estado autoritario y confesional.

Mi opinión, creo que bien fundada, es que de la confesionalidad del Estado no se sigue su no separación de la Iglesia. Así, Franco no era sacerdote ni los ordenaba. Conviene recordar esto, ya que las teocracias en Occidente han sido la excepción y no la regla. El sistema católico, de ordinario, ha situado al Papa por encima de los príncipes, sin identificarse con ellos.


No consta, por ejemplo, que la Iglesia se opusiera al régimen de Franco, que imponía a la fuerza la religión única y perseguía las manifestaciones de otros credos o de ateísmo, pero sí se sacaba bajo palio a Franco en las procesiones.

Sí que consta: Cocilio Vaticano II.


Felizmente, esos tiempos parecen superados, aunque seguramente más por obra de la dinámica social y política que por la transformación originaria de las convicciones de los eclesiásticos.

Hablar de la dinámica social, del espíritu de los tiempos y demás espectros está muy bien, siempre que no se olvide que son los agentes concretos operando en determinadas tradiciones culturales los que logran que un cambio prospere en la Historia. No puede afirmarse sin sesgo interesado que la Iglesia fue muy influyente pero sólo para lo malo.


También es cierto y no debe ignorarse que durante el siglo XX y aún hoy muchas personas religiosas han sido en muchos países perseguidas y salvajemente reprimidas por razón de su fe. Esa dialéctica de persecuciones en un sentido y en otro es la que debe romperse y la que choca con los postulados de nuestros actuales Estados de Derecho.

Creo que existe una diferencia jurídica relevante, aunque tal vez sutil, entre censurar o castigar a alguien por lo que se reputa un mal uso de la libertad de expresión (que el mismo Erasmo deploró y consideró origen de casi todos los males en sociedad), y reprimir a esa misma persona por el mero ejercicio de su libertad de conciencia. Ambas libertades se coimplican, pero sólo de la primera se puede abusar.


Porque, a fin de cuentas, la reclamación de la igual dignidad de todo ciudadano, sea cual sea su sexo, su raza o su religión, surgió y se está imponiendo en esta cultura jurídico-política y moral occidental y sólo en ella.

Bien visto. Es que todos los patriarcados son iguales, pero algunos más iguales que otros.

irichc dijo...

Sobre la religión son posibles y tienen que poder manifestarse tantas y tan variadas opiniones como sobre la moral o sobre la política, ni más ni menos.

Completamente de acuerdo. Pero ¿acaso todo está permitido cuando se trata de opinar sobre la moral o sobre la política? ¿Puedo defender la pedofilia? ¿Puedo calumniar a una ideología atribuyéndole crímenes que le corresponden, o encubrirla negando los que se cometieron en su nombre?


si está permitido y perfectamente asumido que emita Radio María, no tendría por qué resultar escandaloso ni chocante para nadie que pudiera un día emitir Radio Ateísmo.

Ha de tolerarse, pero permítaseme dudar de lo constructivo de una iniciativa así. Las radios son instrumentos de propaganda, y el ateísmo no es ni siquiera una visión del mundo, sino el odio a la trascendencia. Sin embargo, el ateo -incluso el ateo culto- suele ser muy poco sincero, y jamás revela el objeto último de su animadversión (exceptuamos aquí a Nietzsche). Con lo que, bajo capa de desprecio a determinadas formas religiosas quizás contingentes, oculta una pulsión iconoclasta universal no exenta de peligro ni de malévolo o irresponsable disimulo.


dichos límites no merecen una modulación especial o un régimen excepcional cuando nos topamos con las religiones o con las sensibilidades religiosas.

Todo depende de la importancia que tengan los preceptos religiosos en la articulación de la vida moral de la comunidad. El afán de encontrar soluciones abstractas al margen de la moral y las costumbres particulares del pueblo ha causado desastres no menores que los que debemos al más enconado fanatismo religioso. Summum ius, summa iniuria.

Saludos.

irichc dijo...

"atribuyéndole crímenes que no le corresponden", debí escribir.

Anónimo dijo...

Lo que parece claro en este tema, que podemos llamar "de la libertad de expresión en lo religioso", es que es delicado y no puede ser manoseado porque afecta a lo que una persona religiosa llamaría "esfera íntima de la persona" u "orto de lo sagrado".
Yo no estoy del todo de acuerdo con ese carácter sagrado e intocable de lo religioso, desde el momento en que afecta a los demás, desde el momento en que trasciende a lo público.
Así, por ejemplo, la figura del Papa es intocable para los católicos. Pero para una persona que no es católica, el Papa es un dirigente político más. ¿Y acaso los católicos no critican a ZP? Las comparaciones pueden ser odiosas, pero no debería ser más sagrada la figura del Papa que la de ZP.

Y ahora un comentario para irichc por este párrafo:
"el ateísmo no es ni siquiera una visión del mundo, sino el odio a la trascendencia. Sin embargo, el ateo -incluso el ateo culto- suele ser muy poco sincero, y jamás revela el objeto último de su animadversión (exceptuamos aquí a Nietzsche). Con lo que, bajo capa de desprecio a determinadas formas religiosas quizás contingentes, oculta una pulsión iconoclasta universal no exenta de peligro ni de malévolo o irresponsable disimulo."

Como nos movemos en el ámbito de la libertad de expresión, mi opinión tras leer este párrafo es que quien lo escribe no tiene ni puta idea de lo q piensa o "cree" un ateo. El ateísmo sí es una visión del mundo; una visión del mundo bastante científica y realista, a decir verdad. Quizá el ateísmo puro y duro esté poco extendido, pero sí está ampliamente extendida la creencia en la "improbabilidad" de Dios. Es la navaja de Ockham: ante varias explicaciones sobre el origen del Universo, se quedan con la más plausible, rechazando la más increíble, que curiosamente en este caso es la de la existencia de un ser superior. Ante la creación ex nihilo del hombre, se quedan con la selección natural y la evolución. Se trata de la preeminencia de la razón.
Respecto a la poca sinceridad de los ateos, creo que has conocido a pocos. Y sí es cierto que suele ir acompañado de cierto odio a lo religioso, pero porque lo consideran como algo realmente maligno: entienden que supone un engaño, una huída de la razón, una confianza ciega en la jerarquía...

PS: explícame lo de pulsión iconoclasta universal, por favor.
PS2: no soy ateo, es más he sido el más creyente de los creyentes, hasta que me he puesto a pensar por mí mismo y a leer
PS3: te recomiendo el libro de Richard Dawkins "el espejismo de Dios", o si eso de leer es demasiado, los documentales que tiene en youtube. Basta con poner "richard dawkins"

TODO ESTO DESDE EL RESPETO A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN.

Mercutio dijo...

Irichc: 'el ateísmo no es ni siquiera una visión del mundo, sino el odio a la trascendencia.'

Joder, Irichc, nos conocemos desde hace años y, sin estar jamás de acuerdo con Vd., nunca le había visto decir una tontería comparable.

El ateísmo es, precisamente, una visión del mundo real. La única visión del mundo que no incluye seres imaginarios, fantasmas en la máquina o voluntariosas teleologías a gusto del observador. Cómo va a odiar un concepto -la trascendencia- que ni siquiera tiene cabida en el mundo que describe.

Salud.

HVN dijo...

AL hilo de lo que se comenta y lo que se expone en la entrada, mentar la gran relación que hay entre esta entrada y la anterior en este blog.

Me explico, gran parte del ese odio ateo a lo religioso que comenta Irichc, viene de la imagen contradictoria que se tiene sobre todo de los dirigentes religiosos, y me remito a lo cristiano, que es el mayor motivo de conflicto en el entorno social cercano. Mientras que la religión cristiana proclama una forma de vida y unos valores, pocos de los dirigentes (sobre todo los que aparecen en los medios de comunicación) los siguen, viendo casos como pederascia, orondidad, incluso apoyo a ciertos grupos terroristas.

Y posiblemente ante esa incongruencia moral (como se hablababa en la anterior entrada) es que surge ese odio. Y al ver ese odio surge otro odio por parte de los creyentes hacia los ateos, convirtiendose en un círculo vicioso e intolerante, nada constructivo. De todos modos, la imagen que se da en la televisión de ciertos curas pedófilos u obispos incongruentes, no hace justicia a los que verdad trabajan por lo que creen (y ciertamente conozco muchos que se dejan la piel por los más necesitados).

HVN dijo...

Y ahora dos apuntes:
El primero, a propósito de la afirmación

"El ateísmo sí es una visión del mundo; una visión del mundo bastante científica y realista, a decir verdad[...]Es la navaja de Ockham: ante varias explicaciones sobre el origen del Universo, se quedan con la más plausible..."

Permítame, señor anónimo, una contradicción a esta afirmación. Si los científicos se aferrasen a lo más plausible, no se hubise avanzado tanto científica y realistamente. Se especula ahora con espacios de hasta 26 dimensiones en los que el universo se desarrollas, y yo creo que nosotros solo percibimos hasta 4, incluyendo la temporal. Y al menos se "sabe" que hay hasta 4 dimensiones espaciales, ya que si se trazase una línea recta en el universo, se llegaría al punto de partida sin curarse (al estilo de la Tierra) ni desviarse. Por tanto creer en lo más plausible no es a veces lo más correcto. Y con esto no intento demostrar la existencia de Dios.

El segundo, y respecto a los mensajes creyentes y ateos en los autobuses por ejemplo, invito a una reflexión sobre todo en vistas a lo poco responsable que es el individuo respecto a la sociedad:

-Un mensaje del estilo "Ten cuidado con lo que haces, Dios te vigila" en el más puro estilo radical, crea sobre el individo una falta de libertad e inseguridad perjudicial en su personalidad y en el ejercicio de su libertad.

-Un mensaje del estilo "Vive al máximo, que probablemente Dios no existe" invita justamente a lo contrario, al abuso de la libertad y el libertinaje, (por lo de la poca responsabilidad), llegando al extremo de no tener respeto por los demás.

En cambio, el mensaje actual cristiano y quizás más acorde con la esencia de la religión y no con la imposición radical que suelen hacer los altos cargos eclesiásticos, se basa sobre todo en el respeto a los demás y en la ayuda a los necesitados, sin ser una limitación a la libertad.

Es por tanto peor yo creo, un mensaje que invita a liberarse de toda responsabilidad aunque sólo ataque a la existencia de Dios (porque al final no se invita al libertinaje, pero ya digo que la falta de responsabilidad de alguno así lo interpreta), que un mensaje de respeto y ayuda a los demás (que no esos radicales y contradictorios que se lanzan).

Libertad de expresión sí, pero responsable.

Anónimo dijo...

RESPUESTA A HVN DEL ANONIMO ANTERIOR:
Bueno, no estoy de acuerdo contigo con la réplica.
Primero, porque hablas de 4 dimensiones espaciales conocidas, y eso no es cierto. Ahora mismo se conocen 3 dimensiones espaciales y una cuarta que es el tiempo. El tema de las 26 dimensiones que se estudian en la teoría de cuerdas o teoría M no es más que una posible explicación a los datos contradictorios entre la relatividad y la mecánica cuántica. Pero eso no quiere decir que la hipótesis de las dimensiones no sea plausible. Es una posible respuesta, aún no confirmada por la experiencia. Lo no plausible sería decir "como no lo entendemos, ha de existir un Dios que organiza las leyes naturales". La ciencia trata de dar respuestas plausibles. Las hipótesis han de demostrarse. La teología -que en mi opinión no es una ciencia, sino una pseudociencia- siempre se para ante lo que no entiende; no sólo se para, sino que afirma que ahí no es lícito entrar, que eso pertenece a la mente de Dios. La ciencia trata de explicar racionalmente las cosas, a través de hipótesis, que sólo se convierten en científicas cuando se demuestran. Así que tu argumento no es veraz.

HVN dijo...

RÉPLICA DE LA RÉPLICA DEL ANÓNIMO.
Tientes razón en que sólo son teorías, es cierto que hasta que no se demuestre científicamente carece de total veracidad. A lo que venía con esto de las 26 dimensiones espacio-temporales ó 4 espaciales, es a ejemplificar cómo se pueden complicar más allá las cosas de lo que a simple vista se percibe. Si quieres, podemos remontarnos a ejemplos científicos anteriores, donde se tenía una imagen que se cambió radicalmente gracias a una teoría (como la de la relatividad por ejemplo, o anteriormente la de la gravitación universal) que luego se llegó a verificar. Sigo sin querer demostrar la existencia de Dios, pero me refiero que si solo nos reducimos a creer firmemente en lo más plausible, quizás nunca se hubiese avanzado en la ciencia, porque eso que es más plausible es totalmente subjetivo. Sin ir más lejos también se creia hace tiempo que lo más plausible era que Dios, Zeus o Neptuno fuesen la causa de esto u otro, simplemente por la falta de medios y de criticidad de las personas, hasta que a alguien le dió por investigar y dar causas tangibles, que como bien dices, son más plausibles.

De todos modos permíteme una matización con respecto a la ciencia y la religión. Si bien en el pasado si que se le atribuía a Dios todo lo desconocido, ahora con los avances científicos y con el cambio de mentalidad tan autoritario y manipulador de la Iglesia como institución, eso ha cambiado (exceptuando grupúsculos que todavía tratan de negar la ciencia). Sin ir más lejos el anterior papa apoyó la teoría de la evolución que tanto conflicto ha creado en Norteamérica entre creyentes y agnósticos/ateos.

Está claro que lo ciéntificamente demostrado no se puede negar, que que a través de la ciencia es como se conoce el mundo que nos rodea. La religión entra en otros ámbitos como la moral y la forma de comportarse. De hecho en el Evangelio se habla mucho más de esto que de lo otro.

Ser creyente y a la vez tener fe en la ciencia no es contradictorio, por mucho que lo hagan parecer.

irichc dijo...

Mercutio:

El ateísmo es, precisamente, una visión del mundo real.

No es una: son muchas y no convergen. Deme una que crea paradigmática y le ofreceré otra que la contradice.


La única visión del mundo que no incluye seres imaginarios, fantasmas en la máquina o voluntariosas teleologías a gusto del observador.

Hume, ateo, atribuía la causalidad a la imaginación. Es decir, para él la imaginación y la costumbre tenían mucho más peso que la razón en nuestra consideración del mundo.

Epicuro, ateo, creía en la declinación incondicionada de los átomos, que es un fantasma en la máquina.

Condorcet, ateo, confiaba en el progreso de la especie humana hasta alcanzar un universo en el que "el sol no alumbrará en la tierra más que a hombres libres". Una teleología más que voluntariosa, a mi entender.

En fin, yo creo que no dije ninguna tontería.


Cómo va a odiar un concepto -la trascendencia- que ni siquiera tiene cabida en el mundo que describe.

La trascendencia, por definición, no tiene cabida en el mundo. Basta con que se dé en la mente para poder ser objeto de amor u odio.

Saludos.

Carmen dijo...

Hola, me llamo Carmen y soy atea.

Ya lo dijo el filósofo:"reza lo que te dé la gana pero no dejes de remar hacia la orilla".

Un cordial saludo.

AnteTodoMuchaCalma dijo...

I: "de la confesionalidad del Estado no se sigue su no separación de la Iglesia. Así, Franco no era sacerdote ni los ordenaba. (...) yo creo que no dije ninguna tontería".

Ahcóóño.

irichc dijo...

Teocracia se ha convertido ya en un insulto en lugar de en una categoría política, y de ahí que el matiz parezca estar de más. Pero es obvio que no se sabe de lo que se habla. Google, que se abstiene de símbolos religiosos para felicitarnos la Navidad, celebraba el otro día a Confucio, ejemplo de religiosidad cívica y... uno de los padres de la teocracia.

irichc dijo...

El hombre nos resultaría insoportable sin Dios. Si fuera un invento, sería el mejor invento del mundo, a mucha distancia de la rueda, de la agricultura y de los compuestos de penicilina.

No les quepa duda de que he venido aquí a provocar.

irichc dijo...

Decir cosas demasiado evidentes puede parecer estúpido, pero no está de más recordarlas en los tiempos inanes que nos ha tocado vivir.

El ateísmo carece de utilidad pública. A diferencia de las religiones, es un movimiento puramente intelectual que no parte de ninguna necesidad social con la que se corresponda y mediante la cual justifique su supervivencia política. No tiene, como aquéllas, el denominador común del control de las pasiones, la idea de orden necesario o la de responsabilidad insoslayable. Y si en algo se pareciera a esto, sería accidentalmente, pues estas características no forman parte del negar a Dios, mientras que sí están implícitas en el afirmarlo.

Por este motivo el ateísmo como creencia heterogénea, sólo recientemente extendida y aun así insignificante, se basa en la mera negatividad u odio hacia un determinado tipo de proposiciones metafísicas y hacia las formas de vida que conllevan. El ateo descansará cuando no quede un solo creyente en el mundo o, más bien, cuando crean todos como él. El creyente, en cambio, todavía deberá mantener la pureza de espíritu, cumplir con ciertos preceptos y reverenciar determinadas verdades; cosas estas todas que para el ateísmo no pueden ser más que superfluas y venir sobreimpuestas por la tradición o estar aconsejadas por la utilidad.

Por ello, "Dios es bueno, luego sed buenos" es un razonamiento y un mandato al que sólo el fanático y el ateo pueden sustraerse, pues para ambos el proselitismo es la máxima prioridad, si no la única. Por convertir al antagonista ejercerán todo tipo de violencias, sin prestarse a argumentar siquiera lo que consideran evidente y cuya consecución reviste una urgencia suma e inaplazable. Acabar con la fe, casi se ha llegado a decir, es acabar con el mal. Pues ¿dónde está el ateo que crea en la mejorabilidad de las religiones? Si confiara en que van a perfeccionarse como consecuencia del progreso general, no las abandonaría ni las hostigaría: tendría paciencia y auguraría su transformación. Por el contrario, espera que ese mismo progreso las barra. No caben en su concepción de la realidad, y por esta razón perseguirlas, sea de palabra o de obra, es su destino manifiesto.

No se olvide, entonces, que nos estamos planteando hasta qué punto la facultad de herir los sentimientos religiosos con burlas y acusaciones en falso es un derecho.

Anónimo dijo...

Irichc, la cuestión no es qué es lo conveniente o no; si el concepto de Dios ayuda o no al hombre a ser bueno; si -como decía Pascal- en todo caso creer en Dios siempre es mejor, porque si no existe nada pierdes, y si existe lo ganas todo...
La cuestión es la pregunta de Pilatos a Jesús: QUI SID VERITAS. Qué es la verdad?
Déjate de rollos de que Dios es el mejor invento de la humanidad.

irichc dijo...

La verdad es uno de los muchos nombres de Dios, hasta el punto de que nadie cree demasiado en ella si no la supone trascendente al estado actual de los conocimientos, o a las reglas que nos hemos dado para organizarlos. Pero pensaba que la cuestión aquí tratada era jurídica y sociológica, no ontológica.