15 febrero, 2009

El evento. Por Francisco Sosa Wagner

Antes se decía “suceso”, “acontecimiento”, al menos en España. En Latinoamérica era más frecuente emplear la palabra “evento”. Íbamos por allí a dar una conferencia y resultaba que estábamos protagonizando un evento, así lo recuerdo yo de la época en que solía viajar por Venezuela, Colombia, Ecuador o los países centroamericanos. A mí siempre me pareció una extremosidad la palabreja pero lo cierto es que con ella he sido anunciado. Recuerdo que en una ocasión hablé en Tegucigalpa sobre un tema abstruso de derecho administrativo y pude oír cómo eran voceados mis apellidos por todo el campus universitario y cómo se recordaba que yo actuaba en el marco de un “evento”. Por cierto, cuando se dejaba de oír mi nombre se podía escuchar por los altavoces esa canción inolvidable que dice “toma chocolate, paga .. ”.

Ahora el evento ha pasado a España y se ha convertido en un vocablo de uso frecuente. “Organizador de eventos” es un oficio apreciable como lo es el de agente comercial colegiado, odontólogo o veterinario. “Mi niño va para organizador de eventos” se oye decir a las madres que están a la moda y que desean que a sus hijos les toque lo mejor en la feria social. Mientras que antes los niños iban para ingenieros o para notarios, ahora van para organizadores de eventos. Y se entiende este cambio porque para ser ingeniero hay que aprender resistencia de materiales y abrir una notaría es complicado pues se exige saber el código civil, el reglamento notarial y una porción de leyes fiscales, conocimientos que exigen horas de estudio, es decir, el esfuerzo sostenido del entendimiento y la memoria. Un lío este en el que solo personas muy empecinadas se meten.

Sobre todo cuando es mucho más fácil organizar eventos para lo que basta desparpajo en las relaciones públicas, un móvil y un primo concejal. Con este escueto andamiaje se hace carrera en el mundo de los eventos y esa es la razón por la que en la Universidad no se estudia esta especialidad. De Bolonia y sus enredos se puede esperar cualquier dislate -y a la vista están- pero nadie ha pensado todavía en organizar un máster de eventos, con sus transferencias de competencias y habilidades, de manera que de momento lo más cercano que hay al evento es el cursillo pedagógico, también llamado camelo.

Aunque eventos hay muchos, los mayores están relacionados con el mundo de la política y sus aledaños. El mitin tradicional es tratado hoy como un evento y los congresos de los partidos políticos, esos en los que antes se abrazaba un “ismo” o se abominaba de él en medio de terribles discusiones y anatemas, ahora son simples eventos, algo de quita y pon, una ocurrencia, una bagatelilla.

Porque la palabreja -y por ahí empezamos a entender su entronización- encaja bien en el encaje superficial de nuestra sociedad pues que remite a “lo eventual” y a “la eventualidad”. Sabemos que, si algo nos caracteriza a los humanos actuales, es precisamente el hecho de que nada hay seguro, ni fijo, ni regular. Todo es volátil, como una cacería con ministro o el aire del alba, todo puede ocurrir o puede no ocurrir. Da igual: el trabajo es eventual y los ingresos son eventuales. Y hasta los principios, aquellos que antes se adjetivaban como “morales” o “éticos”, son el fruto de una eventualidad, de una contingencia reemplazable por otra. Nadie hubiera respaldado más y con mejores argumentos esta moda del evento que aquel obispo renco, ministro de mil caras y regímenes y hombre de mundo averiado, que fue Talleyrand quien aconsejaba a sus interlocutores: “querido amigo, usted apóyese siempre en los principios ... , ya verá cómo
acaban cediendo”. Que es lo mismo que decir “organice un evento”, da igual para qué sirva y cuál sea su naturaleza.

Por todo ello se verá que el evento tiene un no se qué de ficción, de circunstancia efímera, de pura fachada, de adorno fugaz .... el evento es al suceso serio lo que el toro afeitado al toro con los pitones en punta. Es algo así como una apariencia bien empaquetada, un artificio en celofán, un truco, un embeleco, lo que queda del acontecimiento después de pasarle por encima el cepillo de la frivolidad ... Es la huella que nada holla.

Evento suele por ello rimar con cuento.Y, a veces, por lo que leemos, con cemento.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Aquí en Argentina se utiliza todo el tiempo esa fea palabreja. Lo curioso es que el significado significa lo contrario de aquello que designa, pues significa:

Eventualidad, hecho imprevisto, o que puede acaecer.

Aunque en verdad, en mi país, quizá se utilice bien, porque uno nunca sabe si se hace el "evento", dónde se hace, si se hace en la fecha prevista o en alguna otra, etcétera.

Saludos,

ABovino

Anónimo dijo...

Debió decir:

Lo curioso es que ésta significa lo contrario de aquello que designa, pues según el diccionario, un evento es lo siguiente:

AB

leafarodnanref dijo...

Lo curioso es precisamente eso: haberse asimilado al significado de organización de un acontecimiento premeditado. Nótese que "organización" y "evento" constituyen un oximorón.
Saludos desde Lima