12 marzo, 2012

¿Hay sitio para la dignidad en las universidades? Una carta

Voy a copiar aquí una carta que recibí hace unos cuantos días. Es de un viejo profesor de una universidad del Sur, recientemente jubilado. Ni siquiera pertenece a mi disciplina, sino a otra no demasiado cercana, aunque también de Derecho. Lo conozco de modo más bien superficial, nos habremos visto cinco o seis veces y no habré hablado con él en más de tres ocasiones. Está escrita a mano su misiva, a la antigua usanza, y me tomo el trabajo de copiarla (una semana me ha llevado, no es broma) porque considero que invita a meditar un poco. Puesto que no he podido pedirle permiso para plantar aquí, en el blog, sus palabras, no doy su nombre y cambio algún que otro dato que pudiera delatar su autoría. También le envío un abrazo bien grande.

Dice así:

Querido Juan Antonio:

Espero que al recibo de esta te encuentres perfectamente, al igual que tus seres queridos, y lleno del buen ánimo que, si no estoy muy equivocado, te caracteriza.

Puede que algún amigo común te haya contado que me he jubilado hace poco. Estaba cansado y me ha venido muy bien este cambio de vida. Ahora vuelvo a leer, desde periódicos hasta novelas y, sorpréndete, trabajos interesantes de la materia a la que me he dedicado durante cerca de cincuenta años. También echo cada tanto una mirada a tu Duralex, pues una y otra vez nuestro amigo F. me comenta tus escritos y tus travesuras. Te felicito por todo ello.

También me congratula que cada tanto la tomes con las autoridades académicas de toda laya, con esa pose tuya un tanto quijotesca, si me permites la forma de expresarlo, que quiere ser cariñosa, no descortés. Y de esto me apetece escribirte hoy, de algunas experiencias mías que, quién sabe, pueden servirte para mantener el ánimo firme y el espíritu combativo. Para que no cometas mis propios errores y los de tantos, sospecho. Disculpa el atrevimiento y que abuse así de tu tiempo. Si te aburro, deja esta carta a medio leer, sin remordimientos, o tómala como desahogo de un jubilado que anda escribiendo cartas en lugar de ponerse a vigilar obras públicas. Como ya no quedan...

Te decía que casi medio siglo he pasado en la Universidad y con dedicación completa. No sé si hoy volvería a hacerlo, pero, qué caramba, seguro que sí. Mas trataría de que fuera de otra manera, bajo otras condiciones. No me quejo de mis sueldos ni de tantísimos buenos compañeros ni de la pasión por investigar ni de los buenos ratos en las aulas con tantísimas promociones, de las que muchos estudiantes de antaño todavía me saludan con algo de afecto. No, me estoy refiriendo a mi exceso de cálculo y de sumisión a tanto mandarín y tanto badulaque que he ido topando en toda esta larga senda vital y académica. Me acuerdo que una de los primeros textos que leí en tu blog decía –disculpa si en algo me traiciona la memoria- que te quedó pesar por no haber sido un adolescente más agresivo o más firme con los matones de tu colegio o de tu barrio de entonces. Pues mira, yo me arrepiento de haber sido tan consentidor con todo tipo de personajes en la Universidad: colegas, decanos, rectores..., con algún subordinado incluso.

Entro en detalle, para que me puedas comprender cabalmente. De joven profesor con contrato sin garantías y a merced del catedrático, la condición servil, sumisa, iba de suyo. Ya no rebelarse, simplemente desobedecer era jugarse el futuro y las cuatro perras del momento. Qué digo desobedecer, bastaba levantar la voz un poquito, olvidar por un momento el tratamiento del gran jefe, un tuteo a destiempo y por inadvertencia, un retraso leve en el cumplimiento de algún encarguillo, para caer en desgracia y que el dedo apuntara hacia el suelo, según la señal romana. Además de con el catedrático, importaba mantener apropiadas y muy correctas relaciones con los más influyentes de nuestra escuela, con este de copas porque era bebedor, con el otro a misa porque le iba la religión, con el de más allá escuchando en silencio las críticas al de más acá, y con este, lo mismo en sentido inverso. Y con algunos hasta de putas hubo que ir, pero de alguna anécdota de este calibre hablaremos en persona si se nos presenta la ocasión.

En aquella época era común rendir pleitesía al jefe máximo de la escuela de cada uno, y allá me envió mi catedrático cuando se acercaban las oposiciones para adjunto, ya sabes, las de Madrid con media docena de ejercicios. Cuando te digo que allá me fui me refiero a que tuve que visitarlo en su casa y llevar regalitos para él, para su esposa y para una hija casadera más fea que Picio y yo diría que no del todo normal. Era comentario general entre los jóvenes el de a cuál de nosotros le caería en suerte el angelito (la Angelita), y le tocó a J., de quien no se si habrás oído hablar, pero que era el más torpe del grupo y algún mérito adicional necesitaba. Tragué hiel, peregriné a las fuentes (no del Derecho precisamente), aguanté el encendido monólogo del capo y sus variados consejos (que no me casara hasta los cuarenta, que no cogiese el culo a las hijas o hermanas de los compañeros –como lo oyes-, que no me fiase nunca de los alumnos repetidores…) y me juré que nunca más volvería a soportar una humillación semenjante.

Aguanté unas cuantas más. Porque después de la adjuntía había de venir la cátedra, con el tiempo, y seguía dependiendo todo de mi buen comportamiento. También de mi trabajo en general, quiero pensar, pero de poco servía el trabajo bien hecho si aquellos señores de vidas y haciendas, aquellos señores de la guerra, te ponían la proa. Había cadáveres en las cunetas y uno no nació para héroe. Por no decirte que a los treinta me casé y a los treinta y dos tuve a mi hija mayor, la primera de mis cuatro retoños, que vinieron en siete años. Mi mujer nunca trabajó fuera de casa (y no fue escaso trabajo el suyo) y los sueldos no daban para vivir con mucha holgura. Además, siempre he sido universitario puro y no he querido (o no he sabido) buscarme sobresueldos en despachos, consultorías o empresas. Total, que la cátedra llegó y más de una vez me vino de perlas el exiguo complemente de algún carguillo. En verdad, salvo rector y conserje, creo que he sido de todo en la Universidad. Para conseguir cargos y mantenerme en ellos convenía estar a bien con los compañeros, con todo el mundo. Nunca tuve con nadie problemas, porque a casi ninguno le dije nunca lo que no debería haberme callado. Si no me diera vergüenza dejar a mis nietos un testimonio tan triste, escribiría mis particulares memorias de la infamia y la relación completa de los infames con los que he tomado café, copa y puro más de cuatro veces sin que se me cayeran los anillos. Se me caen ahora que lo pienso y dirás tú que a buenas horas. Tendrás razón si así lo crees.

Alguna vez amagué, no me creas tan incapaz. En una oportunidad denuncié ante un rector a un compañero que proponía tratos deshonestos a las alumnas guapas, pero el rector habló con el tipo aquel y a mí me pidió que no le diera más importancia ni comentara más con nadie, asegurándome que ya había quedado todo aclarado y solucionado. Entre sus argumentos definitivos, este, que es un clásico: podemos matar del disgusto a la mamá de Fulano si se entera de sus perrerías. Otras veces, ante algún cabreo de pasillo o cafetería, los compañeros de más edad hacían por calmarme, siempre con los mismos argumentos. Decían: los trapos sucios tenemos que lavarlos en casa, debemos ser una piña, todos tenemos mucho que perder si hay enfrentamientos, un error lo comete cualquiera… Siempre igual. No se apellidaban Sambuca o Malatesta o Renzo o Carluccio o Calabrese o Anastasia o Valachi o Gambino o Costello, no, eran casi todos Fernández o García o López o Díaz o Sánchez o Álvarez o Gómez, como nosotros. Era un ambiente de omertà (algo de esto te he leído estos días y será la causa cercana de que se me ocurriera mandarte esta carta que ya es muy larga).

Para entonces tenía también media docena de discípulos y, con ellos, una razón más para callar y transigir. El que no tenía que opositar (o concursar, como se dice últimamente) debía leer la tesis con un tribunal manso, otro necesitaba unas clases en tal sitio o que le publicaran algo en la editorial del primo de no sé cuál. Seguí callando y, lo que lamento todavía más, les enseñé a callar a ellos con mi ejemplo. Siguió la cadena de las sumisiones y el asírsela con papel de fumar, si me permites la figura (que es de las que tú a menudo empleas, me parece), esa que no tiene fin.

Al final me hice muy mayor y así me sentí. Ya para qué. Empezaron a llegarme reformas que no entendía, papeles que no sabía cubrir, peticiones a las que ignoraba cómo dar curso. Empecé a ver actitudes que me chocaban, traiciones que me dolían. Y compañeros que se vendían por un plato de lentejas, descongeladas y de dieta para colmo. Me marché en silencio un par de años antes de la edad de jubilación obligatoria y porque ya no me alcanzaba la moral para otra cosa. Me fui sin decir una palabra más alta que otra, discretamente.

Ahora que miro hacia atrás, nada lamento tanto como mis silencios. Fui menos feliz que los mafiosos y, sobre todo, viví peor que ellos en muchas cosas. No me di el gustazo de abusar de nadie ni de hacer a mi puro antojo, pero tampoco el de hablar con libertad y conservarme digno en mi independencia. Por esto último es por lo que sangro. Es lo único que hoy me tortura, algún que otro día no me deja dormir. Cobarde es calificativo que para mí no quiero, me suena excesivo. Pero moderado en exceso sí, consentidor y algo egoísta. No quería que los peores me perjudicaran o dañasen a mi gente. No habrían tenido empacho, no lo tenían. Tarde, muy tarde, fui consciente de que así es como levantan su imperio las mafias. A ti te he leído que a la Universidad la amaste hasta que se metió a puta. Yo la quería hasta que, muy al final, caí en al cuenta de que era la amante de una pandilla de mafiosillos de barriada.

Os sigo a algunos, no te creas que no. Os tengo en mi punto de mira y en mis oraciones. Pero nada más que para envidiaros sanamente (o no) a los que de vez en cuando os plantáis, a los que rompéis el voto de silencio, a los que saltáis o intentáis saltar el cercado. Ánimo y ya sabes dónde tienes y tenéis a este viejo que estaría encantado de poder serviros de algo. Aunque para él sea tarde ya.

Recuerdos a X e Y, lo mejor para tu familia (un pajarillo me ha contado las últimas hazañas de tu hijo; escríbelas en el blog, hombre) y un fuerte abrazo para ti.

H.

19 comentarios:

Angel dijo...

Por un lado me da lástima ¿cómo te ves en el espejo si después de tantos años tienes que reconocer que has sostenido una actitud tan servil? Por otro me genera desprecio ya que lo peor de la universidad que tenemos se debe a gente así, que se retiró de las batallas incluso cuando ya tenía la estabilidad en sus manos. Sigue con salud.

Pau dijo...

Coincido con el comentario anterior. Reconozco el valor y la sinceridad de haber escrito esta carta, pero ha sido cobarde hasta para esperar a escribirla (una vez jubilado).

Todo el que calla, otorga, y él ha sido cómplice de la morralla que inunda las universidades. Se entiende que, desgraciadamente, haya que transigir algo (hasta unos límites) cuando uno es estudiante, pero hacerlo siendo titular o catedrático no tiene ningún perdón.

Y conste que no estoy siendo duro. Lo duro es tener que quedarse en el camino tras años de dedicación o marcharse de Universidad o de país por mantener un mínimo de dignidad.

Y no son pocos los que así lo han hecho.

Anónimo dijo...

Pues a mi me ha emocionado la carta de este señor. Porque aunque sea en este momento ha expresado perfectamente dónde estuvieron sus desaciertos, que como TODOS tiene. El valor, hasta ahora, no es afortunadamente una mercancía que se pueda aquirir en "los chinos", cierto, reconoce que le faltó, pero al admitirlo hace uso precisamente del valor. Pensar lo duro que tiene que ser el creer que debio actuar de otra manera y no lo hizo, sólo puedo decir que desde la óptica actual todo se ve de otra manera y que lo hecho hecho está, vah! Lo de que la Universidad se metió a Puta, eso si que no tiene comentario ni justificación alguna, porque es tan puta como la sociedad en la que se encuentra...

Anónimo dijo...

Sin entrar en criticas sobre el tema principal, he de decir que me ha fascinado este hombre y su forma de redactar. Tiene un don especial, un léxico que muchos autores clásicos envidiarían si estuviesen vivos.

Anónimo dijo...

Estéticamente la carta es magnífica; el mensaje que transmite demoledor.
Su actitud pasada no ha sido ni más ni menos cobarde que la de la mayoría de los colegas de la Universidad que conozco; la presente, al escribir esa carta, demuestra una gran integridad moral.

Exiliado dijo...

Pedro Laín Entralgo perdió su puesto de rector de la Universidad de Madrid en el momento álgido del régimen franquista por atreverse a apoyar a los estudiantes y se pasó media vida (cuando Franco aún vivía, no como otros) haciendo descargo de conciencia por su pasado falangista. El autor de la carta remitida al Profesor García Amado obviamente no tuvo un comportamiento ejemplar, pero muestra al menos un arrepentimiento sincero, lo cual no está tan mal en un país de cobardes y de vendidos por un plato de lentejas (descongeladas y de dieta, como dice el autor de la misiva) que ni siquiera reconocen su condición de tal. 

No se trata de ponen a este señor en un pedestal pero tampoco de denigrarlo. No me ha gustado por ello el ensañamiento de los dos primeros comentarios de esta entrada. Ustedes dos, ¿se consideran modélicos y libres de toda falta? ¿Consideran su comportamiento ejemplar en todos los aspectos? El bloguero, que aunque quizá no arriesgue su empleo sí hace tiempo que renunció a una vida plácida y de privilegios académicos por su critica lacerante de las miserias de su entorno, ha mostrado infinitamente más comprensión que ustedes dos. Ya puestos a ser valientes, revelemos al menos nuestro nombre. Firmo y seguiré firmando como Exiliado porque el termino refleja exactamente cómo me siento pero me llamo Manuel Espárrago y vivo en Bruselas.               

Pau dijo...

Querido Exiliado,

En primer lugar, por favor relea mi comentario. Ensañamiento y denigración son adjetivos difícilmente aplicables a mis palabras. Si usted no está de acuerdo con mi opinión (que esa persona es una cobarde, que ha sido gran cómplice del sistema que tenemos, incluso teniendo una plaza en propiedad), dígalo y explíquese. No hay problema.

En segundo lugar, por favor no utilice el desgastadísimo y aburridísimo argumento ad hominem de atacar y dudar de la integridad de otros comentaristas para invalidar lo que hemos escrito o justificar a la persona de la que hablamos.

Y, en cualquier caso, no confunda usted: entre someterse puntualmente para lograr un objetivo honesto cuando no se tiene poder o seguridad alguna y llevar una vida de servidumbre y venderse cuando se tiene seguridad en el empleo, hay un trecho.

La carta exquisita, sentimental y excelentemente escrita, sin duda alguna. Pero una cosa no quita la otra. No vayamos ahora a confundir el fondo con las formas.

Si quieren conmoverse y alguna otra cartita con historias de comprensión, cuando llegue el momento les contaré cómo este putrefacto sistema sistemáticamente desespera, llega a hacer llorar, a gastarse de sus propios ahorros y acabar con las ilusiones de decenas de estudiantes de doctorado, para que algunos que yo me sé vean hacer crecer sus méritos, sus sexenios de investigación, y se vayan de vacaciones gracias a éstos. Los cuales, en muchos casos, acaban huyendo lo más lejos posible de la investigación (y a veces del país) que pueden.

¿Me hablaba usted de ensañamiento y denigración? Tiene gracia la cosa.

Exiliado dijo...

Pau, este es mi último comentario a esta entrada. Existe una diferencia fundamental entre utilizar un argumento ad hominem y exigir al menos cierta coherencia en el que predica ejemplaridad. Si usted considera su conducta personal coherente con las criticas que realiza tiene todo el derecho del mundo a hacerlas pero aun así preferiría la actitud de García Amado, que sin duda desaprueba la conducta del catedrático de marras pero evita hacer leña del árbol caído. Y dudo de que García Amado tenga que autojustificarse de nada a esta alturas (recomiendo su reciente entrada “¿Por qué callamos?”).

Anónimo dijo...

Extrapolable la historia que cuenta este profesor a la actual situacion politica de este pais en la que mafiosillos del tres al cuarto han llegado a gobernarnos a todos con el beneplacito de todos aquellos que ven, oyen y callan.
Al final todo esto me parece una muestra mas de la falta de valores eticos en que vivimos

Pau dijo...

Querido Exiliado,

Primero dice que hay ensañamiento y denigración. Luego ignora todo lo que me molesto en escribirle y reexplicarle acerca del tema, al que tampoco no aporta nada. Como guinda, acaba diciendo que predico ejemplaridad (?) y usted me otorga o niega el derecho a opinar dependiendo de mi coherencia.

Disculpe pero debo decirle que, si va a seguir en esa línea completamente off-topic, su decisión de no escribir más posts me parece un gran acierto.

Saludos.

Anónimo dijo...

Mnfern allanduMe parece que los problemas de la universidad española no son culpa de personajes como este viejo profesor, sino mas bién de gentuza que ni siquiera tiene la calidad moral ni los arrestos de albergar dudas y escrúpulos. Yo no lo tengo tan claro como los dos pequeños savonarolas, quizás algo tartufillos, que abrieron la tanda de comentarios. Creo que entre el Gary Cooper de "Solo ante el peligro" y el archimalvado Cristopher Lee de la serie Fu Man Chu hay un término medio en el que estamos la mayoría de la gente ¡Que envidia ser tan guays como los tales Angel y Pau! No me extrañaria que fueran concuñados del Capitán America o primos segundos por parte de padre del Capitan Trueno.

Pau dijo...

Comentarios como el anterior demuestran varias cosas:

1) El nivel de comprensión lectora general del país. No sólo no han entendido la carta de quien escribe, que no es que se aproveche puntualmente de alguna cosilla éticamente dudosa, sino que reconoce haber llevado una vida completa de servidumbre y anulación, y por eso le atormenta. Tampoco han entendido los comentarios de los demás.

2) Cuánto gusta acudir en este país al terreno personal, la descalificación gratuita, el alboroto general, y las fantasías y exageraciones en vez de al tema.

3) Falacias lógicas repetidas una y otra vez: argumento ad hominem y hombre de paja.

4) En el fondo, quizá algunas personas se ven reconocidas y se sienten igual de avergonzadas que quien escribió la carta. En psicología ese sentimiento de culpa vomitado hacia los demás se llama proyección.

¿Lograrán ustedes ceñirse al tema o necesitan desahogarse más?

Saludos.

Anónimo dijo...

Coincido con la percepción que señala Exiliado sobre el comentario de Pau, debe ser que la comprensión lectora es un mal que nos ataca a todos... o tal vez sea Pau quien no supo explicarse. De todos modos creo que no es justo hacer leña del árbol caído y que la actitud del profesor al escribir esa carta denota mucho valor, por muchos reproches que se le puedan hacer... El problema de estas cosas es que tiende a tirar la piedra quien lleva, como todos, un megalito a e sus espaldas, el autor de la carta habla de sus faltas, de lo que debió haber hecho, pero estoy convencido de que hizo también muchas cosas dignas de ser contadas y que por humildad no cuenta...

un amigo dijo...

Yo creo que Pau se ha explicado perfectamente.

Comentar la cobardía del escritor no es ensañamiento ni denigración, porque en primer lugar la reconoce él mismo (y así haciendo en buena parte la redime; no es pequeño acto de valor), y en segundo lugar, porque se hace desde una perspectiva no personal, para apoyar una tesis crítica.

Este caballero (me refiero al autor de la carta) se ha dado cuenta de que el silencio es muerte, ni más ni menos.
Y quiere recuperar esa llamita de vida. Lo exhorto a que hable, y hable mucho; nunca es tarde.

Las anécdotas que relata son espeluznantes, y describe muy bien el ambiente "uno, grande y libre" donde hemos crecido.

A ojo de buen cubero, este colega habrá entrado en la Universidad a mediados de los sesenta. Permítaseme citar de un epistolario que estoy preparando en estos meses para la edición, de un artista e intelectual español que regresó a España por aquel tiempo, año más, año menos: "[...] a medida que voy siendo viejo me encuentro más incomunicado. Me interesan poco los pensamientos primarios que interesan a la mayoría de los españoles y por añadidura creo que aquí se está en el siglo pasado, que se está haciendo encaje de bolillos con pensamientos que ya no interesan a nadie y que no hay auténtica honradez intelectual. Todos fingen aceptar ciertas formas de vida que saben en su fuero interno que no existen. Te ahogas entre la falsedad y la falta de interés."

Salud,

Pau dijo...

Gracias por la aclaración "un amigo".

Estoy especialmente sensible porque me ha recordado a un caso calcado aquí, en mi facultad: hombre que supera los 50 años, casado y con hijos.

Hipersilencioso, jamás dice nada cuando el catedrático al que acompaña a todas partes abre la boca. Aun a sabiendas de que el catedrático ha dicho algo científicamente aberrante, de que está fuera de lugar, o de que su cabezonería absurda va a costar un año más de doctorado a un estudiante o incluso una depresión, prefiere callar, mirar hacia otro lado, o asentir y esbozar una sonrisa. Es cómplice pasivo del déspota.

Luego se va a casa, hace como que nada ha pasado, y la historia se repite al día siguiente.

Vive así a cambio de una gran seguridad y de ahorrarse trabajo, puesto que el catedrático se encarga de ello. Y probablemente conseguirá su puesto cuando el catedrático se jubile.

No sé si será el mismo caso o no, pero la carta que ha pegado García Amado la podría haber escrito perfectamente él.

Como es comprensible, a algunos estas actitudes no sólo no nos dan ninguna lástima, sino que hace tiempo que perdimos el respeto a estas personas. Incluso nos preguntamos cómo pueden dormir por las noches.

Es una pena, pero uno no puede tenerlo todo y en la vida hay que elegir.

Y, como siempre suele ocurrir en España, resulta que "los malos" no son las personas que cometen esas tropelías, sino quienes las denuncian.

Estamos acostumbrados.

Liki Fumei dijo...

Entre ser un héroe inmaculado y granítico -inexistente- y contribuir a la consabida y deleznable putrefacción universitaria con una conducta abyecta media un abismo.

De acuerdo en que pocos podrán esgrimir aquello que tan dignamente espetó el jornalero al capataz de '¡En mi hambre mando yo!', pero lo que en la carta se relata es una vida de servilismo y nepotismo complaciente en una institución que debería suponerse (¡ja!) del mayor nivel intelectual entre las de la Administración.

Lo que me parece más lamentable es comprobar cómo la principal corriente de comentarios se dirige a denostar a -Pau- quien simplemente ilustra -sin apenas valoración adicional, en un principio- con sus propias palabras y experiencia lo que la propia carta refleja: un severo caso de degradación moral que, con el paso del tiempo, produce cierta (tampoco diría yo que tanta como alguno ha sugerido) amargura o arrepentimiento.

¡Cómo pesa ese slogan tan cainita de 'arrieros somos...'! ¡Con qué agrado recibe nuestro verdugo interior (Mailer)la noticia de que el vecino también ejecuta!

Francisco Sianes dijo...

El interés de la carta del profesor y de los comentarios justifican -espero- la extensión de este mensaje. Vamos por partes:

Resulta sintomática la tendencia a personalizar un asunto donde lo relevante son los hechos. Tan sintomática como acusar a quien señala el mal y disculpar a quienes lo cometen. El amigo Stendhal tendría algo que decir de esto. "No juzgues y no serás juzgado", vendría a ser el lema de quienes lavan los trapos en casa.

Otra actitud característica: el sentimentalismo de disculpar el mal ante un presunto arrepentimiento del corrupto. No tanto piadosa caridad cristiana como una carta blanca para las propias futuribles (o presentes) corrupciones.

Pero vayamos a los hechos.

1) Entiendo que, ante esta confesión, deberíamos plantearnos un problema "kantiano". ¿Daríamos por universalizable la conducta del profesor retirado? Aquí está el meollo del asunto que los comentaristas "comprensivos" eluden reiteradamente.

2) Lo relevante no es que el profesor sea o no un completo villano o que quienes lo cuestionan se proclamen intachables (¡qué barata, por cierto, se vende hoy la heroicidad! Parece que el no corrupto ya es un héroe...). El caso es que el mal -por leve que sea- es irredimible. Lo hecho, hecho está. Y sus consecuencias son inexorables. Uno puede -y debe- distinguir entre los matices de la tiniebla; pero los hechos relatados por el viejo profesor -más allá de que podamos o no comprenderlo, de que podamos ponernos o no en su lugar- son condenables. Algo que él, por otra parte, reconoce.

3) El arrepentimiento no disculpa el mal; por más que pueda abrir camino al bien -¿recuerdan aquello del "propósito de enmienda"?-. Yo espero que ese arrepentimiento lleve al profesor a denunciar públicamente las corruptelas que lo atormentan. Igual que el mal, el bien es irrevocable. Nunca es vano rectificar el camino, así sea en los arrabales de la vida. Y espero también que esa rectificación la devuelva la serenidad de espíritu que dice haber perdido. Una serenidad, por cierto, que difícilmente encuentren las verdaderas víctimas de la corrupción universitaria.

Pau: toda mafia necesita mamporreros. Paciencia.

Un cordial saludo.

Pau dijo...

Muchas gracias a los últimos comentaristas porque han sabido expresarse bastante mejor que yo. Me ha gustado mucho lo de que hoy se vende barata la heroicidad ("no ser corrupto ya es ser un héroe").

Para frenar esta oleada de corrupción y servilismo no hace falta ser un héroe. Basta con no callarse. Se pueden cambiar muchas cosas diciendo cosas tan sencillas como decir "no, no voy a poner de autor en este artículo a esta persona que no ha participado en mi investigación", "no me parece bien que esa persona vaya a la conferencia cuando soy yo el que ha hecho el trabajo", o "no estoy trabajando en mi tesis como se me prometió cuando entré, esto es trabajo que correspondería hacer a otra persona y del que yo no me voy a beneficiar".

¿Por qué casi nadie lo hace? No lo sé. Imagino que porque algún día esperan alcanzar la posición de poder y abusar de ella. Ya se sabe, el hijo de maltratador que acaba maltratando.

Y con la pequeña corrupción como hábito, ningún perdón, porque como dijo aquél "cada uno trinca al nivel que puede".

Saludos.

Tavo Jiménez de Armas dijo...

Puede que esto, sobre la Universidad de Almería, le interese:

http://www.tavojimenezdearmas.blogspot.com.es/2012/03/carta-al-rector-de-la-universidad-de.html

http://www.tavojimenezdearmas.blogspot.com.es/2012/03/la-universidad-de-almeria-debe.html