08 octubre, 2006
14 años (rap). Por Científico.
Título: 14 años.
En este mundo, en esta vida
tal vez nada consiga
hay que luchar por los ideales
y será mejor que los defiendas con argumentos reales.
Nunca me des la razón como a un loco,
si no quedo con mis amigas todo me sabe a poco,
aunque a veces me parece que no tengo y me siento solo,
entonces intento evadirme en mis rimas, en salir del fango,
en luchar poco a poco hasta subir de rango.
Yo no suelo mentir, yo nunca tango
a la gente, respeto más a la que agarra
la espada de la vida por el filo no por el mango.
Mi familia es la única que no me va a fallar,
la única que siempre me auxilia.
Soy un enamoradizo
y cuando me doy cuenta estoy en un laberinto sin pasadizo,
para volver a la luz hay que conseguir el rojo alijo,
espero no ser un niño pijo.
Tengo una visión de la vida,
haré todo lo que el cuerpo me pida,
buscaré la salida
de esta realidad perdida,
intentaré encontrar la subida,
no la bajada,
que la llama de mi alma nunca quede apagada,
la fecha de mi muerte ya está premeditada
vive el día de hoy,
yo no me fijo en los demás soy lo que soy,
espero que algún día me declaren gran b-boy
o por lo menos gran escritor,
no creo que sea un vividor
simplemente disfruto
todo lo que puedo pero al máximo
hasta que no quede ni una gota de jugo.
Con mis hijos espero no ser rudo
ni duro,
no todo va a ser juerga y diversión,
les daré mi visión
de la vida, del mundo, de como es cada persona
pero ellos que tomen sus decisiones,
lucharé por evitar que besen la lona
que lo primero no es ser rico.
Me encuentro preso
en un hormiguero
lleno de hormigas
sin dirección para conseguir una puta cáscara, una miga.
Soy el nuevo Aquiles
el de los versos ligeros
y a la vez Ulises,
el nadie capaz de tumbar a un Cíclope,
como yo no tengo mirmidones
tengo que luchar y echarle más cojones,
tengo como el que más mis pormenores,
las personas mayores quieren que seamos educados,
ni en sueños pienso aceptar la educación del pasado,
tener que callar lo que pienso por quedar bien,
por lo que puedan pensar de mí ¿quién?
¿el rey? que cuando las cosas van mal pone su figura de soberano campechano,
pero cuando hay que ir a cobrar es el primero que pone la mano
y sólo por ir a reuniones y que le hagan los discursos.
Mira el mundo, hay muchos y graves abusos,
parece que se rien de nosotros a la cara
tienen mucha y más cara,
pero cuando salen a la calle se ponen la máscara.
¿Cómo van a creer a un joven de 14?
parece que ahora la experiencia
no la da el tiempo sino el roce
pero tengo consciencia de que me queda mucho por saber
¿dónde empieza el infinito?
Dramas. 1. Por Anónimo.
07 octubre, 2006
Echándole cuento. La parada. Por José Calvo González
"La infancia, dice la Enciclopedia de los niños, es un tiempo de dicha inocente, que debe pasarse en los prados entre ranúnculos dorados y conejitos, o bien junto a una chimenea, absorto en la lectura de un cuento. Esta visión de la infancia le es completamente ajena. Nada de lo que experimenta en Worcester, ya sea en casa o en el colegio, lo lleva a pensar que la infancia sea otra cosa que un tiempo en el que se aprietan los dientes y se aguanta."
J. M. Coetzee, Boyhood: Scenes From a Provincial Life, 1997 (Infancia: escenas de la vida en provincia, trad. de J. Bonilla, Mondadori, Barcelona, 2001)
Arturo vivía en el número 18 de Bravo. Yo, en el 7 de Recintos, su perpendicular. Él cruzaba la calle con los pies abiertos y una zancada amplia, sin dejar de observarme. Siempre traía el pecho henchido del gesto sonoro de venir tragándose el aire a ráfagas. Yo, entonces, cerraba los ojos y contenía la respiración, hasta sentir muy cerca aquella especie de hipo que anunciaba su cruce, y en el hombro, al pasar junto a mí, la descarga a puño cerrado de su primera violencia. Eso, cada mañana, Luego, sin mirar, Arturo arrojaba la cartera al montón, con las demás, le centraban el balón y remataba a gol. No había guardameta. La portería eran dos abrigos, o dos jerséis, hechos un atillo, y un poco separados del fondo, la pared de la fachada, en ladrillo visto, simulando una red. El autobús llegaba enseguida y montábamos en él.
Un día, sin embargo, fue diferente. Le vi aproximarse más deprisa, corriendo, atropellado. No quise mirar más y esperé recibir su golpazo. Entonces oí el hipido, pero esa vez distinto, más fuerte y seco, como de neumático. Luego, un dolor enorme en la boca del estómago, del que abrí lo ojos.
Vi una cartera a mis pies, y cómo en ese instante la pelota botaba por mi lado. La seguí con la vista en negro, y un poco más allá estaba Arturo, en rojo, de rodillas en el suelo, entre los imaginarios palos de la portería, medio inclinado que parecía un pelele, con la cara muy pegada al muro, los codos hacia dentro, y un solo zapato.Poco después ya nada volvió a ser como antes. Nos vino a recoger otro autobús. Prohibieron jugar al fútbol. Y Arturito tampoco regresó a la parada, que también cambiaron de lugar.
Echándole versos. Resisto muchos días sin fumar
hasta las siete o las ocho
de la tarde.
Hay jornadas, en cambio, en que no aguanto
los badenes,
los pedregales, las muchachas,
la espiritualidad de locutores,
el aroma a café o de eau de Rochas
y fumo y fumo de seguido.
Noto los cambios de estación
porque añoro los veleros
o los detesto,
porque una misma voz me indigna más
o me indigna simplemente.
Esculpo mis recuerdos a serrucho,
pero algunos se escapan
y buscan su morada
entre los muertos,
entre recuerdos muertos,
quiero decir,
esos recuerdos que desertan,
que se reúnen con recuerdos de otros
que también desertaron
(los recuerdos, quiero decir)
y que en algún lado pararán
si no tiene el cosos agujeros
no meramente negros.
El humo del cigarro se detiene,
oscila apenas,
diríase que divaga, mientras tú,
ay, mientras tú.
06 octubre, 2006
Posmodernidades y zarandajas
La filosofía lleva décadas muy acogotada por las arremetidas de semejante caterva de tunantes. Unos, tipo Cioran, que en gloria esté, predicando el suicidio como única salida digna de esta porquería de mundo, y, al tiempo, cuidándose el colesterol y muriéndose de enfermedad común en la vejez; otros, como tanto relavitista cultural, insinuando que es verdad universal que no hay verdades universales; por otro lado, los de Derrida empeñados en que no hay más que textos carentes de sentido y con significados perfectamente aleatorios y arbitrarios, pero poniéndolo por escrito con la pretensión de que se los entienda rectamente y les dediquen alguna tesis doctoral; y qué decir de los hermenéuticos de penúltima hornada, enzarzados en la comprensión de la precomprensión, comprensión que necesariamente será también precomprensión y no podrá ser comprendida si no es precomprendida, y el desprecomprensor que lo desprecomprenda buen desprecomprensor será.
No es que estemos en la posmodernidad y que ellos nos lo cuenten. Es que la suya es una profecía que impulsa su propio cumplimiento, pues si éstos son los grandes discursos filosóficos de hoy, para qué filosofías: a ver la tele y, luego, un pis y a la cama.
05 octubre, 2006
Profesores y competencias.
No sé muy bien cuál es el juego que se traen algunos de los amables frecuentadores de este blog a costa de si somos o no capaces los profesores de Derecho de definir conceptos como el de competencia. Que si pregúnteselo, que si no me apetece preguntarlo, que si para qué si lo saben seguro, que si no se crea usted que saben tanto... Caray, que lío tan raro.
Ignoro quién tendrá razón, pero supongo que, como tantas veces, estará repartida. Muchos profesores sabrán dar una buena definición de ese o de otros conceptos jurídicos porque los tienen bien asimilados a base de estudio y, sobre todo, reflexión sobre las nociones fundamentales de su disciplina; otros reproducirán acríticamente definiciones que un día leyeron y memorizaron en algún manual o tratado. Y otros, los menos (¡?), se harán la p... –o lo que sea- un lío, echarán balones fuera u organizarán una tremenda zapatiesta conceptual. Veamos algunos ejemplos –ficticios, pero no inverosímiles- de esto último.
Pongámonos en la siguiente tesitura. Una clase universitaria, con un profesor y un hato de estudiantes. Uno de éstos levanta la mano y formula la siguiente pregunta: "Profesor, usted habla todo el rato de competencias. ¿Podría definirnos qué es una competencia?" Lo primero que uno no se imagina, todo hay que decirlo, es al tal estudiante. Hace años que no veo a ninguno así, despierto, curioso y atrevido. Pero pongamos que los hubiera. ¿Cómo responderían distintos profesores de ésos –pocos- que son más bien malillos? Veamos:
A) El penalista indigesto.
Competencia es lo que el tipo legal le presupone al autor para acometer la acción en que su actuar consiste, pues todo actuar punible es un actuar competente, siendo la competencia competencia consciente, si ha de ser competencia propiamente dicha y no un puro encadenamiento de sucesos causales externos no guiados por un propósito aglutinante y directivo que se engarce en las capacidades subjetivas del sujeto, también llamadas competencias. Pero, a fin de cuentas, por mucho que la competencia del sujeto agente se presuponga y ,al tiempo, tenga que ser fácticamente probada, no deja de ser una competencia que la propia norma imputa al tiempo que presuntivamente la adscribe. Cosa distinta es que la competencia imputada lo sea como elemento de la antijuridicidad, tal como creía Bierling, o del tipo, como mantienen Stratenwerth y Rudolphi.
B) El administrativista enfebrecido.
La competencia es la propiedad que corresponde a todo órgano capaz de desplegar su potencia en un entramado de potestades normativamente sentadas y susceptibles de un control contencioso que equivale al sometimiento de la competencia del órgano potente a la competencia de otro órgano más potente, por lo que podemos hablar en todo caso de que toda competencia es orgánica y se organiza en ese terreno intermedio entre la fiscalización plena y la discrecionalidad que podemos denominar terreno orgánico-competencial. Mas en este punto la doctrina se divide y la ciencia administrativa oscila entre la teoría del órgano francés, que entre nosotros defiende García de Enterría, y otra, errónea y que no se entiende, que propugna un tal Luciano.
C) El civilista demodé.
Pongamos que A suscribe con B un contrato de compraventa de una casa. Ese contrato es, como corresponde y no podía ser menos, bilateral y sinalagmático, y en esto poco hay que añadir después de Manresa y Mucius Scevola, si bien hay quien, como Díez-Picazo, se empecina en el error de poner el acento en la causa y no en el modo. Precisamente estaba yo el otro día en el despacho de mi hermana y llegó un cliente que me conocía de cuando yo fui el secretario provincial de la Asociación de Contratos de Servicios y Obras Acabadas y... (Media hora después). Bien, prosigamos con la explicación. ¿Dónde íbamos antes de la interesante pregunta de su compañero?
D) El iushistoriador nostálgico.
Ay, la competencia. Ya lo creo. Otra cosa que se ha ido perdiendo, malditos tiempos modernos. Si echan ustedes un repaso a las crónicas albigerianas o a las cartas de San Mameo, las de antes de recluirse en el monasterio, cuando era vicealfoz del gran duque de Parpayuela, ahí van a ver lo que eran competencias de hombres hechos y derechos. Un concepto de competencia viril que traza la síntesis entre el honor y la espada y que permite campar por sus fueros al caballero, incluso en ausencia de fueros, pues no es el fuero el que hace la competencia, sino la competencia la que funda el fuero. Y fueron muchos aquellos hombres de los que hoy ya no quedan, hombres competentes, cabales, recios, que en la patria veían una madre y en cada madre una patria. Ah, tiempos idos, muchachos. Mañana continuaremos. Le agradezco mucho su pregunta sr. López, pero no puedo seguir la clase con esta emoción que me embarga y me encabrita.
E) El romanista atrabiliario.
¿Competencia dice usted? Muy bien, del latín compe..., comp... compe y tentia, que quería decir ser competente y también cumplir y... resolver. Bien, según Arangio Ruiz, que en esto diverge de Mommsem, la noción de competencia late ya en los albores de Roma, cuando Rómulo y Remo mamaban de las tetas de la loba. Como bien enseñan las ciencias de la vida, todo ser inerme entre dos tetas tiende a apoderarse preventivamente de ambas. Más, ¿qué ocurre si, al lado, otro ser en idéntica situación eleva igual pretensión? Pues que la lucha por las tetas o bien se dirime a palos o bien se zanja mediante un acuerdo o pacto de reparto, ya aboque éste a un tracto simultáneo o sucesivo. En cualquier caso, la opción por la violencia no funda derecho, ius, sino hecho bruto, factum (de donde viene “hado”, que es cuando nos pasa algo a lo que no hay derecho y decimos que es por culpa de los hados). Por contra, el pacto, como el que aconteció entre Rómulo y Remo, si hacemos caso a la tradición y a las fuentes, conduce al reparto y, con ello, a la competencia. Cuando Rómulo chupaba de una teta y Remo de la otra, ya sin disputas y a plena satisfacción de la muy loba, actuaba cada uno en la teta que le correspondía, lo que equivale a decir, la teta sobre la que tenía competencia.
F) La constitucionalista soltera.
No existen conceptos inocentes, ni siquiera los jurídicos. Todos están recubiertos de género, envueltos en género. Miren, mismamente ese de competencia. ¿A qué les suena? Suena a potencia, a que sí. Una competencia jurídica es un poder hacer, y el término poder está en nuestro inconsciente colectivo, inconsciente machista, asociado a potencia. El más potente puede más y, por tanto, será el más competente. Maravilloso ejemplo de cómo el trasfondo conceptual de nuestros sistemas jurídicos, su armazón o estructura, sigue el modelo fálico. En nociones como la de competencia se dan la mano la metáfora fisiológica del pene y la idealización jurídica del permiso, pues competente, a tenor del derecho, es el que puede hacer algo porque el derecho le da permiso; es el que no sólo hace gala de la potencia bruta –y esa es la parte fisiológica de la imagen-, sino que además se siente facultado para hacer lo que quiera con ese poder que es poder fálico, sublimado o no –y ahí es donde la idealización propia de las formas jurídicas oculta su verdadera faz de perpetuación de la dominación atávica-. Por eso las mujeres, al reivindicar nuestros derechos constitucionales en igualdad, debemos huir de esos conceptos lastrados de machismo, pues pretender que las mujeres también tengamos competencias es como el grito nostálgico por el falo que no tenemos ni falta que nos hace. Por eso la doctrina francesa, de la que soy muy seguidora después de mi última estancia de investigación en ParísIII, propone que remplacemos el concepto de competencia jurídica por el de complacencia jurídica, neutro en cuanto al género y más afín a la idiosincrasia femenina, idiosincrasia que se proyecta más hacia la ternura como co-ligación con los semejantes, que hacia la apetencia de competencia como des-ligación con el otro.
G) El iusfilósofo analítico.
Debemos distinguir distinguiendo y sin perder la distinción. El enunciado “A es competente” lo podemos representar así:
Ac
Predicamos de A la cualidad ser competente (c). Esa cualidad puede aludir (i) a atributos personales de A, como cuando decimos es un novelista muy competente. Llamemos a esta competencia competencia interna. La representaremos como Ci. También puede esa cualidad aludir a la aptitiud o capacidad de A para hacer algo, por ejemplo, escribir una novela. A posee esa competencia cuando puede escribir una novela porque sabe y además puede porque no le está prohibido. Llamaremos a esa competencia competencia externa y la representaremos como Ce.
Las situaciones competenciales posibles son, por tanto tres:
(1) A tiene competencia interna para escribir una novela, pero no la tiene externa:
Aci/-ce
(2) A tiene competencia externa para escribir una novela, pero no la tiene interna:
Ace/-ci
(3) A tiene competenicia interna y competencia externa para escribir una novela:
Ace/ci.
Sólo en este último caso se puede con propiedad hablar de que A tiene plena competencia para escribir una novela. Si representamos la novela como N, tenemos, pues:
Ace/ci ---> N
04 octubre, 2006
Camba
Como muestra, me voy a permitir enlazar dos párrafos correspondientes a dos de esas crónicas, la primera corresponde al 19 de septiembre e 1935 (pág. 51 del libro) y la segunda al 2 de octubre de 1935. Lean:
“El 14 de julio de este año me encontraba yo en Burdeos. Fui allí desde San Sebastián con unos amigos a presenciar los dos espectáculos que se anunciaban para aquel día: revolución por la mañana y corrida de toros por la tarde. ¿Necesitaré añadir que la revolución nos dejó a todos enteramente defraudados? En realidad se redujo a un desfile ordenadísimo de gentes endomingadas que pedían, es cierto, la cabeza del coronel La Rocque pero de una manera tan correcta que, verdaderamente, daban ganas de ir corriendo a buscarla para servírsela en un plato”.
“No sé qué ventolera me ha dado a mí para que cuente ahora lo que vi en Burdeos el 14 de julio, pero, habiendo hablado ya de la Revolución, me parece casi obligatorio hablar de la corrida. En honor a la verdad, debo decir que fuimos a ella con muy pocas ilusiones y que, de no haber tenido las entradas tomadas, hubiésemos preferido prolongar nuestra sobremesa en el Chateau Trompette porque, es lo que pensábamos, si en Francia no saben hacer revoluciones francesas, ¿cómo van a saber hacer corridas de toros españolas?"
03 octubre, 2006
Reforma universitaria de perfil. Por Francisco Sosa Wagner
Las ideas y las maneras
Lula, una de las pocas esperanzas serias que a la izquierda le quedan, o le quedaban, en América Latina, acaba de recibir un sopapo de su electorado. Imagino que muchos brasileños estarán haciéndose la misma reflexión que aquí nos ocupaba hace algo más de una década: éste si no es corrupto, es tonto; y no se sabe qué será peor. No entiendo qué les ocurre a estos líderes “populares” –aquí el calificativo viene más a cuento que en el apellido de ciertos partidos- cuando se aposientan durante un tiempo en poltrona con mando en plaza. Parece que los puede la soberbia, que los ahoga la vanidad.
¿Y Lula? Pues viendo cómo caen, uno tras otro, sus colaboradores más cercanos, pillados todos con las manos en la masa, moviendo dinero a paladas para comprar votos parlamentarios, ganarse adhesiones o pagar dudosísimos espionajes sobre la vida privada de los rivales políticos. Lula insiste una y otra vez en su radiante inocencia y en echarle la culpa a los amigos de más confianza que acababa de nombrar, en cada caso, para los cargos más cercanos. Ni un reconocimiento de responsabilidades propias, al menos por omisión del deber de cuidado; ni una disculpa que no sea con la boca pequeña. No va quedando más remedio que pensar lo que en su día creímos del otro: si no es sucio, es idiota; se la mete doblada cualquier zascandil de tres al cuarto; está atontado, no se entera de nada y, para colmo, pone pucheros y monta lloreras de niño consentido.
Es una pena, desde luego. Pero ¿qué les pasa? ¿Acabaremos teniendo que admitir, a fuerza de golpes y desengaños, que es más fiable el gobernante rico por casa, al que le tientan menos los lujos y los brillos sociales, pues los disfruta sin necesidad de auparse al Gobierno? ¿Será verdad, maldición, que el que toda la vida mandó, ya sea sobre criados u obreros, se pirra menos por ese plus de poder que la política regala? No sé, cuesta creerlo. Pero, al paso que vamos, algo tendremos que pensar, alguna explicación habremos de buscar.
Puede que lo más razonable sea avituallarse de pesimismo antropológico y obrar en consecuencia. Quiero decir que conviene romper la engañosa ecuación entre ideología y actitudes personales. De la honradez como atributo ontológico de la izquierda no queda ya ni rastro, asumámoslo; de la derecha tampoco, pero no se confiaba tanto por ese lado. Conozco tantos cretinos y descuideros de un lado como del otro, tanto monta. Esto no es razón para proclamar el fin de las ideologías ni para abandonarse al pensiero debole, sino para poner las cosas en su adecuado sitio. Esto es, que al tiempo que alentamos las ideas de justicia social que mejor nos cuadren, unos y otros, los de la izquierda y los de la derecha, estamos muy atentos a la hora de encomendar tareas y fiar responsabilidades. Ni un maldito cheque en blanco, ni un puñetero apoderamiento general, control estricto de cada actuación de los políticos de nuestro bando y mano dura a la primera sospecha de que nos la van a dar con queso. En suma: todo lo contrario de lo que está pasando. Pues lo que está pasando es que cualquier cretino sin muchas luces y más falso que rector en campaña se aúpa al poder y lo dejamos que haga y deshaga, meta y saque, ponga y quite nada más que porque, supuestamente, es de los nuestros y peor lo harían “los otros”. En las cosas de política, invirtamos el refrán. En lugar de aquello de al enemigo ni agua, esto otro: al amigo en el poder, ni una maldita confianza. Y, si nos defrauda, a la puñetera calle; porque no nos merece.
El ladrón, el desleal, el mentiroso, el falsario, el aprovechado, el arribista, el zampabollos, el llorica, el desalmado... jamás podrán ser de los nuestros. Si es que nosotros en algo nos queremos.
Si yo fuera brasileño no sabría qué votar, pese a la hermosa esperanza que Lula representa. ¿O representaba? Creo que votaría en blanco.
02 octubre, 2006
Uy, qué Uni más guay.
Tiene miga. Y no por lo que dice, que en su mayor parte no se entiende, y lo otro mejor sería no comprenderlo, sino por cómo lo dice. Cuando uno era jovencillo, por redactar así lo podían suspender en selectividad. Ahora con el mismo estilo se llega a alto cargo del Ministerio de Educación y Ciencia. Nos democratizamos, no cabe duda.
¿Que si es maledicencia lo de un servidor? Ja. Ténganselas ustedes con este párrafo y luego me cuentan. Es el párrafo 8 y pertenece al epígrafe 2, titulado “Estructura general de las enseñanzas universitarias”. Lean despacio:
“Las enseñanzas universitarias se configurarán de forma que atiendan el doble objetivo de proveer tanto de formación universitaria inicial como de formación permanente (formación a lo largo de la vida). La estructura de las enseñanzas debe permitir, por lo tanto, la oferta de enseñanzas orientadas a la formación inicial, a la formación inicial y permanente de forma simultánea, o también a un tipo de enseñanza exclusivamente destinada a la formación permanente”.
No me digan que no es una joya, una pieza de museo. De museo del disparate, tal vez. O de antología de la metafísica chusca. Se les fue la olla, porque, si no, a ver cómo se explica semejante verborrea y tal desaguisado conceptual. Probemos a poner un poco de claridad en tan divertido batiburrillo, y resaltemos los más ingeniosos hallazgos que ahí se contienen:
a) La formación permanente es formación a lo largo de una vida. Está bien, sí, porque en caso contrario no sería tan permanente. Sería como las treguas; ya me entiendes.
b) Si los tipos de formación son la inicial y la permanente, el perpetrador del texto tiene mucha razón al establecer las tres posibles combinaciones: inicial a secas, permanente a secas e inicial y permanente a la vez. Se habrá quedado a gusto después de tal excelente deposición. Es como lo de las estaturas de la gente, pongamos por caso: hay gente baja, gente alta y gente baja y alta simultáneamente. O como lo de los sexos; pero ésos son hermafroditas y no sé si servirá la comparación.
c) Ay, amigo, pero la ontología es traicionera y la lógica implacable. Pues en el aire quedan flotando inquietantes cuestiones. ¿Cabe una formación permanente que no haya tenido inicio en una formación inicial? ¿Es el inicio de lo permanente parte de la permanencia o se inicia ésta cuando aún no permanece? Si existe enseñanza exclusivamente destinada a la formación permanente ¿es porque la formación permanente no tiene inicio? Y lo más importante: cómo es una enseñanza orientada a la “formación inicial y permanente de forma simultánea”? ¿Es la que se inicia con vocación de permanencia? ¿Es la que permanece como al inicio? ¿En qué se le nota a una formación inicial que es permanente simultáneamente, no como otras que no son más que iniciales, la muy bobas? Para colmo: ¿cómo pueden ser simultáneos el inicio y lo que permanece?
Al grano: ¿alguien sabe a quién pertenece la cabeza que parió esta cosa? ¿Fuma? ¿Bebe? ¿Se mete algo? ¿De quién es primo? ¿Anda entre Calvo y Sotelo?
Menos mal que sí quedan muy claras las diferencias formativas de los tres niveles o fases en que se va a dividir ahora el periplo universitario: Grado, Máster y Doctorado. Reparen en la precisión con que se separan las capacidades y competencias que en cada uno se han de cultivar. Paciencia, es largo pero merece la pena, pues se pasa mucha risa. Iré haciendo algunas interpolaciones de mi cosecha entre paréntesis; no puedo aguantar hasta el final, lo siento.
Según el párrafo 23 del documento, “...las competencias que indican la consecución del título de Grado se otorgan a los alumnos que:"
(Vamos a ver, vamos a ver: cómo es eso de que las competencias se otorgan. Imagino que esas competencias son las que se requieren –se requieren, no se otorgan, carajo- para que el título se otorgue. Otro cuatro en redacción para los que nos van a hacer sabios a todos en la uni. Bien).
- "hayan demostrado poseer y comprender conocimientos en un área de estudio que parte de la base de la educación secundaria general, y se suele encontrar a un nivel que, si bien se apoya en libros de texto avanzados, incluye también algunos aspectos que implican conocimientos procedentes de la vanguardia de su campo de estudio;"
(Como diría cualquier estudiante: pero, ¿basta con el manual o hay que ampliar? Bonito también el viaje que les cae sin querer a los autores de libros de texto para las carreras. Se confirma, por vía ministerial nada menos, que no están actualizados, que andan por la retaguardia del conocimiento).
- "sepan aplicar sus conocimientos a su trabajo o vocación de una forma profesional y posean las competencias que suelen demostrarse por medio de la elaboración y defensa de argumentos y la resolución de problemas dentro de su área de estudio;
- tengan la capacidad de reunir e interpretar datos relevantes (normalmente dentro de su área de estudio) para emitir juicios que incluyan una reflexión sobre temas relevantes de índole social, científica o ética;
- puedan transmitir información, ideas, problemas y soluciones a un público tanto especializado como no especializado;
- hayan desarrollado aquellas habilidades de aprendizaje necesarias para emprender estudios posteriores con un algo Grado (sic) de autonomía".
Se ve, por la mayúscula final, que los títulos de Grado son de dos clases: normales y de autonomía. A lo mejor estos últimos son los que se imparten en las nacionalidades.
Esta maravillosa retahíla vacía es testimonio fiable de que el fulano/a que la redactó es un/a cachondo/a. Pero si apartamos un momento las sonrisas y queremos hacer la síntesis de lo que para la obtención del título de Grado se exige, podemos hacernos tres ideas, no se si alternativas o complementarias:
a) Que para alcanzar el título de Grado hay que saber lo necesario para poder hacer luego el Postgrado. En esto el último punto citado es inequívoco y se agradece esa rotundidad sin par.
c) Que el estudiante hasta pueda formarse alguna opinión o juicio sobre tales asuntos, opinión o juicio no necesariamente certeros, pues nada se exige al respecto en el punto tercero de los mentados. El caso es que se le vengan ocurrencias y no se quede como lelo y sin decir nada, hijo, que a veces parece que estás atontao, tú habla..
A ver quién es el guapo que suspende a un estudiante cuando el engendro este esté en vigor. No, que mire, que mi hijo dice que él estar estaba y hablar habló. ¿Y qué fue lo que dijo? ¿Cómo que qué? ¿Y eso qué importa? Ah, perdone, su hijo es una máquina, oiga. Tiene notable, concretamente 7,826. ¿Y no le va a poner el 8? Bueeeeno, pues 8; ale, a tomar por ahí.
No perdamos de vista el rigor, la precisión, propia de un auténtico cirujano de los conceptos, con que este redactor excitado señala los requisitos para hacerse con el título de Máster. Comparándolos con esos anteriores del Grado las diferencias saltan a la vista de cualquier ciego. Vean:
"Las competencias que indican la consecución del Título de Máster se otorgan (y dale con el lío de las competencias y los otorgamientos) los alumnos que:
- hayan demostrado poseer y comprender conocimientos que se basan en los típicamente asociados al primer ciclo y, (sic) los amplían y mejoran, lo que les aporta una base o posibilidad para ser originales en el desarrollo y/o aplicación de ideas, a menudo en un contexto de investigación".
(¿Han visto esa coma donde coloqué el “sic”? Jejejeje, estamos buenos. Ministerio de Educación. Y yo con estos pelos, sin depilar ni nada. Ay, qué sofocos se me vienen, hija. El razonamiento, de todos modos, es implacable: tú demuestras que tienes conocimientos basados en los típicos del Grado, pero que no son los mismos, pues si fueran los mismos ya no serían basados en ellos, serían los mismos. Pero los amplías y los mejoras y ya puedes ser original. Oye, y hasta investigar si te pones. Ea, pues).
- "sepan aplicar los conocimientos adquiridos y su capacidad de resolución de problemas en entornos nuevos o poco conocidos dentro de contextos más amplios (o multidisciplinares) relacionados con su área de estudio".
(Por qué no pondrán un plano o, al menos, un esquema majo de todo esto. Porque, vamos a ver, el tema debe de ser más o menos tal que así: el estudiante tiene que ser capaz de resolver problemas, pero en entornos que sean nuevos y que estén en un contexto más amplio, inclusive multidisciplinar. Pero, eso sí, todo ello relacionado con su área de estudio. ¿Va pillando usted la muy sutil y aguda diferencia entre entornos y contextos? ¿Y entre contextos y áreas? Mas repárese también en que la capacidad de resolución de problemas no la tienen los estudiantes que han adquirido conocimientos, sino los conocimientos mismos. ¿O no es eso lo que indica la muy exquisita redacción?
Y luego dicen que el pescado es caro. Si a estos les pagan por tales paridas, ¿cuánto debería ganar un pescador de besugos?).
- "sean capaces de integrar conocimientos y enfrentarse a la complejidad de formular juicios a partir de una información que, siendo incompleta o limitada, incluya reflexiones sobre las responsabilidades sociales y ética vinculadas a la aplicación de sus conocimientos o juicios".
(Ay, rediez, cómo se agota uno a través de tales encadenamientos de cosas que no se sabe lo que son. Pero lo más interesante es la petición de que los conocimientos sean integrados, lo que probablemente indica que en el nivel anterior, el Grado, pueden ser desintegrados sin que pase nada. Además, queda muy clara igualmente la diferencia entre información y reflexión, desde el momento en que se nos habla de una información que incluya reflexiones, pero nada se nos dice de una reflexión que incluya informaciones. Diáfano).
- "sepan comunicar sus conclusiones –y los conocimientos y razones últimas que las sustentan- a públicos especializados y no especializados de modo claro y sin ambigüedades".
(Se vuelve a hacer hincapié en un requisito interesante, pues, si no saben comunicar lo que saben, ¿cómo sabríamos que lo saben? Ésa es buena, no me digan que no).
- "posean las habilidades de aprendizaje que les permitan continuar estudiando de un modo que habrá de ser en gran medida autodirigido o autónomo”.
(Con este embotamiento propio de la hora de siesta, me pregunto yo: ¿deben poseer habilidades de aprendizaje o deben haber aprendido algo a base de usar esas habilidades? Porque habilidades de aprendizaje yo, por ejemplo, creo que las tengo bien buenas para el punto de cruz y el macramé, pero hasta ahora no las he utilizado mayormente. ¿Podría sacarme un titulillo de todos modos?).
Por último, tachán, el grado de Doctor para los más listos de los listos; o los parientes. Sus exigencias vienen en el párrafo 46. Léanlo si quieren, que yo ya me cansé de copiar gilipolleces. Es todo así.
Mientras la Universidad, o la educación en general, siga en manos de los más lerdos, los más zánganos, los más incultos, los más descarados, los más presumidos y los más vacuos, todo está perdido. Es decir: todo está perdido. Irremisiblemente. El que redactó el documento de marras no pasaría un examen serio en ninguna Universidad que también fuera seria. Ni la ESO acabaría. Que me dejen hacerles un dictado de una cuartilla a todos los altos cargos del Ministerio, please. Si por cada diez sujetos hay menos de diez faltas, pago la cena yo, palabra. Pero si hay diez o más, que se vayan para casa, que se vayan a tomar vientos, que no nos toquen más las narices con sus horteradas, que no nos depriman más con su desvergüenza.
Compañero profesor, querido colega: Si amas la Universidad, mátala. Por su bien. Para que no sigan abusando de ella, maltratándola, torturándola, todos esos bárbaros, tantísimos bárbaros. Después de tantos siglos y tantos frutos, no merece acabar así, como puta por rastrojo.¡Eutanasia para la Universidad ya! ¡Conocimiento libre! ¡Docencia en los bares! ¡Escupe a un pedagogo!
01 octubre, 2006
Biografías
Si pudiéramos colarnos en las biografías de esos negros subsaharianos o de esos ecuatorianos de rasgos indígenas, los veríamos de otro modo, los entenderíamos, funcionaría la empatía. No como esto que nos pasa, que los percibimos opacos, misteriosos, ajenos.
Es normal, qué sabemos de ellos. Generalidades, lugares comunes, clichés. Por ejemplo, que en todos sus pueblos hay una sola vaca flaca y muchas moscas y unas mujeres que muelen el grano a golpes para hacer tortas. Todas esas imágenes los homogenizan, les niegan la individualidad. Sí, que nacieron en la pobreza, que en sus aldeas se pasa hambre, que tienen extensas familias que esperan cada vez su remesa para poder comer, que se padecen allá crueles injusticias y desgracias frecuentes. Pero no es saber bastante ése que es saber de todos y de ninguno, como si los hicieran en serie, como si fueran objetos industriales.
Si lográramos conocer algo más preciso de alguno, serían diferentes nuestras sensaciones. Escuchar a unos cuantos desgranar sus biografías, sus peripecias, las circunstancias que hacen a cada cual distinto y único. Pero cara a cara, no embutido en una pantalla y atado con un guión. Qué historias increíbles nos estaremos perdiendo, cuánta aventura, tamañas moralejas, qué buenos motivos para la reflexión y qué alimento para la sorpresa y la solidaridad.
Pero cómo comunicarse con ellos, si ya tampoco lo hacemos con nuestros compañeros de siempre o con los vecinos de toda la vida. De dónde sacar la ocasión y los minutos, si ya no nos importa más drama que el que sea televisado -impostura a tanto alzado muchas veces- ni otra vida que la del famoso, que la tiene impúdicamente pública y con contrato de imagen.
En estas sociedades rehuimos las relaciones individuales y el otro nos importa únicamente cuando es público, cuando lo que de él se sabe es de conocimiento general y podemos solazarnos al comentar “ayer comí con Fulano”, igual que si contáramos que entramos en la catedral o nos tumbamos en un rincón de la playa. Es otra manera de negar nuestra propia individualidad a base de ignorar la ajena, es la pereza de formarse juicio propio sin el metro común. Así no nos vemos en la tesitura de tener que ponernos en el lugar del otro para comprenderlo, pues nuestro lugar es el lugar genérico de los otros, sin distinción; es donde nos ponen los demás y nos ponemos con los demás, alineados y alienados, igualados, uniformados, masa.
Y creemos que sabemos de las cosas. De esos negros con los que esta mañana de sábado me voy cruzando por las calles de Madrid, por ejemplo. Ni una ocasión ni un disposición para hablar con ellos, pero no importa, pues hemos leído reportajes periodísticos salidos del telar de la información general, esa información que aplana los cabos o los filos de cualquier noticia para que todos la podamos digerir igual y sin trastorno; o hemos visto algún documental en que un inmigrante se representa a sí mismo conforme a un guión que lo hace negarse para que sirva de símbolo de todos ellos. Con eso ya nos damos por enterados y con semejante sopa de tópicos no percibimos lo que por incomunicación perdemos.
El discurso establecido nos ensordece, las imágenes convencionales nos ciegan, los medios de comunicación nos incomunican. Sería mejor hablar, sencillamente hablar. Hablar con ellos. Hablar con cualquiera.
Echándole cuento. La conferencia.
Mis ojos saltaban entre ella y Alfredo. Ella había posado un instante su vista en mí, al comienzo, y con eso yo ya sabía que Alfredo me tenía presente. Podía adivinarle cada pensamiento, cada idea que le bullía. Y me sentía bien, al fin.
29 septiembre, 2006
Política y políticos
No hace falta recordar que “política” viene de “polis”, nombre de la ciudad-Estado griega. Para los griegos de la época clásica el hombre se realiza en su más alta vocación y destino cuando, en tanto que libre, participa en la discusión y dirección de los asuntos públicos, allá en la plaza, en el “ágora”. Tiempo aquel en que mucho se encomia la facundia, el arte de aquellos oradores que con sabiduría y pasión arrastraban a los reunidos y vencían en las disputas sobre las ideas y las acciones. Cuando a las ciudades aquellas se les acaba su tiempo y la política pasa a regir en espacios más grandes, el sabio se retira a su estoica contemplación y el epicúreo a su distante disfrute y queda la política para emperadores y tiranos. Siempre la misma secuencia. La Roma republicana será también flor de pocos siglos y volverán después emperadores, bien equilibrados los unos, degenerados y sanguinarios los otros. Hasta que el Imperio Romano de Occidente termine y, con él, los rastros de una civilización que tardará siglos y oscuridades en renacer.
Vinieron luego los tiempos de la horda, de los pueblos sin escritura, del hambre como motor de las guerras y de la sed de territorio como acicate de las empresas políticas. Los viejos dioses se habían retirado y, de tan humana, la tierra era gobernada como se gobiernan las manadas, por los más fuertes, por los más valientes, por los más atroces. Al fin, se van asentando otra vez emperadores, monarcas y señores y de nuevo regresa la religión a cubrir de trascendencia el humano dominio. Al Dios cristiano se le asigna la tarea de señalar a los que, para bien de su Creación y dirección justa de su pueblo, hayan de gobernar las sociedades. Se legitiman en la fe y con la fe imperios, monarquías y señoríos.
Lutero trajo, sin quererlo, libertad y sangre y competencia entre las iglesias por ver cuál de ellas tenía el Dios de designio más certero. Tendrá que llegar, como fruta madura, la Ilustración, tendrá la confianza en la ciencia que arrinconar el pesimismo de la religión, deberá la razón ganarle territorio a la oscura fe, habrá de imponerse el optimismo del progreso frente a la convicción atávica de que toda vida social es decadencia y bajeza. Y acontecerá el prodigio: ya no se piensa que el poder les llegue desde arriba a los súbditos y a las sociedades; ya no es Dios quien elige al rey que, con el poder absoluto que corresponde a tan alta fuente, mande sobre los habitantes de su Estado. Ahora las cosas se ven al revés: son tantas las confesiones religiosas que mejor no fiar el origen del poder al Dios de ninguna. Y puesto que, en cuanto humanos todos, la razón nos iguala, nadie posee por nacimiento título que lo legitime para imperar sobre los otros. El poder viene de abajo, del pueblo, de la sociedad, de los individuos que, así, se hacen ciudadanos pues se quieren soberanos. Las doctrinas del contrato social revisten de teoría política este nuevo dictado, propio de los tiempos de optimismo, de las épocas en que la política regresa como labor de todos y suprema responsabilidad de cada uno.
Vino el Estado de Derecho y se sometió todo poder a ley; llegó el Estado constitucional y fue suprema ley ésa, la Constitución, que todo poder crea y regula y que a ninguno se somete, ya que todos nacen de ella, salvo el poder constituyente, que se pretende siempre el pueblo soberano. Llegó el Estado democrático y fue la sociedad la que se organizó para que los elegidos para hacer las leyes no fueran los por ella meramente consentidos, sino sus verdaderos representantes. Y con el Estado social, desde la cúspide misma del ordenamiento jurídico, desde la Constitución, se impuso al poder una obligación nueva, la de procurar entre los ciudadanos una igualdad mínima que les permita competir por puestos y cargos bajo igualdad de oportunidades.
Todo esto, contemplado desde ahora mismo, da un poco de risa; o, si no, honda melancolía. Debemos defenderlo pues otra cosa no nos queda, ni se nos ocurre, que no sea infinitamente peor. Pero da pena. Hoy la política es vocación de truhanes, refugio de malandrines, pasión de cabezas huecas. Sin más ideal que el de perpetuarse en cargos y prebendas, por tener algo que hacer que no sea duro trabajo y porque la familia también coma, sin principios a los que no se ponga precio y para los que no se admita trueque, sin convicciones personales arraigadas que sean algo más que eslóganes y frases hechas, sin conocimientos ni de la historia del pueblo que se gobierna ni de la filosofía que iluminó la época que se vive ni de la ética que marca límites e impone respetos, el político de hoy es un sujeto fungible, diseñado por especialistas en imagen y mercadeo, salido de la inanidad para quedarse en ella, ansioso comensal en las mesas de los ricos de siempre, orador truculento y mañoso, acusica de patio de colegio, eterno quejumbroso, alérgico a asumir las responsabilidades y propenso a echar a otros las culpas propias. Una mierdecilla. Miren alrederor, abran por cualquier página el periódico de hoy, vean al azar un informativo de televisión. Son legión.
Lo que corresponde, ni más ni menos, a sociedades narcisistas, que esconden la cabeza debajo del ala cada vez que presienten un peligro, que culpan a sus pastores de las maniobras de los lobos, que se fingen solidarias para sentirse exclusivas, que se han tornado maniqueas para evitar la fatiga del matiz, que se entregan a los divertimentos más soeces con aires de intelectual suficiencia, que abominan del esfuerzo pues nunca se imaginaron tan prósperas y piensan que así han de seguir con sólo no moverse.
¿Le echamos cuento?
27 septiembre, 2006
Las cosas de aquí
Al repasar los periódicos estos días vemos al gobierno en pleno donde dije digo digo Diego. Que si los inmigrantes, que si E.on. Parece que se les tambalea la vocación bolivariana. Éste pensaba que todo el mundo es como el mercado de Colón los domingos en León y que todo es puro chalaneo y echarle morro.
¿Y la oposición? Ay, la graciosa oposición. El clan de la quijada sigue en sus trece. Atapuerca 5, Galicia 0. Cuando uno se pone tan destructivo es porque busca su propia destrucción. No cabe explicación mejor. Que el eros de Acebes acaba en tanatos lo saben hasta los negros (expresión, por cierto, que también va tocando suprimir). Cuándo parirán una idea nueva, cuándo propondrán algo distinto, cuándo dejarán de berrear. No se dan cuenta, no quieren darse cuenta de que esta ciudadanía de nuevos ricos y entendidos en vinos y salazones se amedrenta fácil ante el mínimo rastro del gran simio, por muchos derechos que en abstracto le reconozca.
Mira uno esta temporada los periódicos de la derecha y no sale de su asombro. Se están batiendo a muerte, supuestamente por el 11-M; en el fondo, por el tipo de política conservadora que cada uno quiere para el futuro. Un futuro que tienen bien lejano, por cierto, como no suelten lastre, mucho lastre. Seguramente nunca un gobierno tan torpe tuvo enfrente una oposición tan boba. Así estamos. Y lo que nos quedará por ver.
Para colmo de sustos y despistes, un día de éstos me puse, somnoliento, a leer todo el lío sobre el dichoso ácido bórico y entendí ácido fólico. Que es cosa bien distinta. Ya no sabe uno dónde tiene la cabeza. Y el país tampoco.
Otra vez Barajas
Como tantas veces, ya ni sé cuántas horas hace que salí de mi hotel. Cuarenta y cinco minutos de Medellín a Río Negro, aeropuerto José María Córdova. Poco más de media hora de vuelo a Bogotá. Cambio del puente aéreo al aeropuerto El Dorado. La buena noticia, en el mostrador de embarque, de que otra vez me meten en primera. Bendita Iberia Plus plata, no tengo tarjeta que más me rinda. Alguna hora más de espera y paso un rato en la librería del aeropuerto. Acabo comprando un libro de John Searle, hay que ver, además de la inevitable novela, esta vez de Rubem Fonseca. Me decepciona hondamente su Diario de un libertino. Semejante chorrada la escribe cualquiera, francamente.
Paso cómodamente las diez horas que cuesta el salto del charco. Me sigo preguntando a qué edad se jubilarán las azafatas de Iberia, son casi todas abuelitas menesterosas. Esta vez no veo ningún cura en primera. Es raro.
26 septiembre, 2006
La sonrisa del profesor F.
¿Qué les pasa a los gringos?
Este que escribe no tiene ni un pelo de antinorteamericano. Cree bastante en la que venía siendo sólida democracia gringa, con todas las carencias que se quiera, pero ejemplar en mucho. Cree que Europa debe bastante al sacrificio norteamericano en momentos dramáticos de nuestra historia, que la libertad de este lado subsistió gracias a ellos en buena parte. Lo que queramos. Pero esto que está ocurriendo no tiene presentación, como dirían en Colombia. No puede ser. Los errores garrafales en su agresiva y errática política exterior son constantes, evidentes, sangrantes. Están haciendo del mundo un avispero sin solución, están ayudando a cavar la tumba de toda una civilización, tal cual. Pero no se quedan contentos con eso, tienen que hundirse también con las bobadas, tienen que dilapidar su crédito hasta en los más pequeños detalles.
Lo del canciller venezolano es de esperpento. Dicen que así se las ponían a Felipe II, que ahora será Chávez I. Cómo es posible que, si no quieren a Chávez, le den argumentos tan buenos. Chávez a mí me parece un sujeto lamentable. Si esa es la esperanza de la izquierda latinoamericana, apaga y vámonos. La esperanza, en lo que valga, la representan Lula, Bachelet y algún otro. Chávez no, me parece. Pero, caramba, que no le den más alas si están en su contra, por las razones que sean, y aunque no sean las nuestras.
Llueve sobre mojado, la cosa no es de ahora. Vamos a las pequeñas anécdotas de uno. En mis primeros viajes a Centroamérica, hace todavía pocos años, viajaba vía Miami. Cada vez que ahora mi invitan pongo a los anfitriones que me gestionan el billete aéreo una condición innegociable: yo no vuelo más por Miami. Uno, a estas edades, ya no está para aguantar humillaciones gratuitas. Admito con el mejor talante que me hagan en cualquier parte abrir la maleta, que me obliguen a quitarme los zapatos, que me pregunten cosas razonables. Ningún problema. Pero vejaciones morales porque sí, no. La última vez, y última por mucho tiempo, el policía de aduanas me tuvo cinco minutos retenido en su ventanilla, preguntándome con insistencia si tenía antecedentes policiales en Estados Unidos. Y yo erre que erre en la verdad, que no, que jamás de los jamases había pisado más tierra de ese Estado que el aeropuerto de Miami en alguna escala anterior. Como si nada, vuelta a empezar, una y otra vez. Cómo se lo diría yo, carajo. Y todo eso después de cuatro horas haciendo colas. Le dan a uno un impreso complejísimo, uno lo rellena esmerándose en la buena letra. Cuando lleva una hora en la fila, llega una funcionaria que dice a ver el impreso. Y, vaya, resulta que una de las aspas en una de las casillas se sale un pelín del cuadradito correspondiente. Que rellene otro impreso, que eso no vale, y que al final de la cola otra vez. Y de nuevo se me sale del renglón el palote de la te. Mierda. A empezar de nuevo. Cuando cada letra encaja al fin en su casilla y llego al control final, la historia referida, que si tengo antecedentes. A la porra. Y con toda la angustia de que estoy a punto de perder el enlace. Qué he hecho yo para merecer esto. Algún masoca se pondrá contentísimo. La gente normal se cisca hasta en los padres de esa patria. Y todo por una puñetera escala sin salir del aeropuerto.
En esa ocasión viajaba a El Salvador. Y allá me entero de que lo mío no había sido nada, modestísimo mortal al fin. En una recepción en la embajada de España descubro unos días después, por boca de nuestro embajador, lo que le había ocurrido a éste, que, por lo visto iba en mi mismo vuelo, la mar de tranquilo con su pasaporte diplomático. Resulta que el buen hombre salía con gafas en su foto del pasaporte y recientemente se había operado de miopía. Ya no llevaba gafas. Pecado mortal. Un montón de horas retenido, hasta que perdió el avión a San Salvador. De qué me quejo, ciudadano de a pie sin más atributos que mi honor exangüe.
Ese país grandioso se ha convertido en unos pocos años de nada en un Estado gilipollas. Tal cual. Se impone enriquecer el léxico de la Ciencia Política con nuevas categorías de este tipo. No hay tu tía. Lo que es, es.
Portugueses y españoles. Por Francisco Sosa Wagner
Documentarse en estos graves asuntos no es fácil pero se podría pensar en unos cursos de iniciación acelerados, organizados por los sindicatos, para que los portugueses pudieran meter baza en las conversaciones de las cenas y no quedar como unos paletos.
Más trabajo tendrían para aprender algunos hallazgos hispanos como es el caso de las martingalas urbanísticas porque allí la costa todavía sigue pareciendo costa, con su mar y todo, una cosa antigua que ya no se lleva en los países progresistas con buen PIB e índice Nikkei a tono con el color de la corbata de seda. Aquí, la costa lleva camino de trocarse en un mar de cemento con altas olas de encofrados, que es el mejor destino que puede tener la costa. Porque ya está bien de soportarla, tan altiva ella con sus azules, sus cursis gaviotas y sus barcos en la lontananza, a la espera de que los pinte un artista engreído que no aspira más que a la flor natural de su pueblo. Para que no se impacientaran los lusos, les explicaríamos que la destrucción de las costas como las de los pueblos y los paisajes no ha sido cosa de un día, que ha sido necesario promulgar varias decenas de leyes del suelo y miles de planes generales y parciales para conseguirlo, y que los tribunales se han tenido que empeñar en resolver miles de pleitos al respecto. Tarea no fácil, un festival de papel timbrado pero que ha acabado por dar sus frutos: ¿qué se había creído el Mediterráneo con esas sus culturas que crujen de antiguas, o el Cantábrico que eleva a diario sus copas de espuma en una borrachera de altanería?
Al horizonte claro hay que rodearlo y cercarlo con edificios, para borrar su futuro.
Nosotros, sin embargo, no tendríamos más que ventajas. Porque sépase que nuestros vecinos hablan inglés con soltura y gustan de los libros. Esto último tiene mérito porque de jóvenes les obligaron a leer “Os Lusiadas”, una obra concebida como canto pero cuya utilidad como elemento de tortura fue pronto descubierta y empleada con éxito contra aquellos que se negaban a confesar sus crímenes ante las fuerzas y cuerpos.
Y, sin embargo, pese a estos retorcidos comienzos, cuando le dieron a la pluma lo hicieron con galanura excelsa. Eça de Queiroz es un dios victorioso de las letras, “Los Maias”, “El crimen del padre Amaro”, ... Con su amigo Ramalho Ortigao escribieron “As Farpas”, a las que estas modestas “soserías” tanto deben, y de ahí a Castelo Branco, a Antero de Quental, los suicidas más estéticos de Portugal, no hay más que un paso, que se completa con Pessoa, conocido en España probablemente porque su apellido recuerda a las siglas de un poderoso partido político.
Ahora bien, todo no son delicias en las letras portuguesas pues, para compensar, ahí están los libros de Saramago, terapia contra insomnes, nidos abandonados por los vencejos y las aves alegres. Únicamente, me quedo con su Viaje a Portugal porque leer esta obra tiene algo de la compra de un billete en un tren juguetón con las memorias y avanzar en él abriendo galerías en el paisaje sorprendido.
Estupenda pues la unión. Prometemos, si se portan bien, no colocarles ningún estatuto de autonomía.
25 septiembre, 2006
23 septiembre, 2006
Revisar el sistema electoral. Por Francisco Sosa Wagner.
22 septiembre, 2006
Una recomendación.
De cómo conseguir que el Estado social de Derecho deje de ser de Derecho sin llegar a ser social.
Un servidor contrataacó, modestamente y con algún apoyo argentino presente, que si importa más la verdad, sinónimo de justicia, que la regulación legal del proceso, a ver cómo resolvemos el pequeño problema del in dubio pro reo y la presunción de inocencia. Pues si ha de imperar la justicia y ésta, según definición tradicional que aquí nos basta, es dar a cada uno lo suyo, lo suyo del acusado penal es que pague si en verdad es culpable y que no pague si en verdad no lo es. Con lo que será injusta por definición toda absolución del que en la verdad de los hechos -no de los hechos probados, de los hechos reales- sea culpable, absolución basada en la ausencia de suficiente prueba incriminatoria. No les gustó mayormente y me parece que pensaron lo de ya está aquí otro decadente formalista, normativista eurocéntricliberal de las narices y todo eso. En cualquier caso, los amables oponentes, enemigos también de que haya el juez de atenerse a presunciones, por ser éstas poco aliadas de la verdad, no me dijeron si están de acuerdo o no en eliminar la de inocencia.
La otra razón que para lo mismo invocan es la citada referencia al Estado social. El juez tiene que comprobar si entre las partes en el proceso existe alguna desigualdad y, en tal caso, ha de decretar las medidas probatorias, o procesales en general, que compensen esa desigualdad. No dicen que tenga que haber justicia gratuita con garantías, defensa de oficio competente o cosa así, no; que disponga el juez, que para eso es Estado social. ¿Lo será también de Derecho? Sí, pero sólo porque el Derecho es la justicia y para qué más. Aduje que el Estado social se construye prioritariamente, si es que no en exclusiva, por vía legislativa, mediante leyes generales que, con ese carácter precisamente general, otorguen derechos sociales y, con ello, avancen en la redistribución social de la riqueza y las oportunidades. Que por muchos fallos individuales que reconozcan a la parte reclamante su derecho a esta o aquella prestación social, eso es el chocolate del loro, arregla la situación de los mil o los cien mil que reclamaron y toparon con un juez sensible, pero deja a los otros millones como estaban, sin derechos sociales ni gaitas. Pero el legislador no les cae simpático y no hay tu tía. Prefieren un sistema jurídico que sea una gran laguna en la que el juez nade a sus anchas y chapoteen los justiciables implorando que los salve. Porque si hay ley tendrá el juez que vulnerarla para darle la razón a quien a su juicio la merezca; juicio fundado en la verdad que a él se le alcance, eso sí. Y yo comiéndome el tarro ante ellos, con la inestimable ayuda de ATMC, sobre la relación entre prueba y verdad empírico-causal en los delitos de omisión. Abstruso me hallo.
Nunca vi gentes más capaces de alabar la Constitución con un espíritu más inconstitucional. Sociedades que se sienten huérfanas y andan a la búsqueda del padre padrone. Sociedades desvertebradas al acecho de caudillos. Unos los quieren políticos y votan lo que votan; los otros los quieren con toga y no quieren ni votar.
Cuándo planteé que de dónde sacan ellos esos jueces tan sabios e imparciales, tan ajenos a las influencias de las oligarquías, las iglesias, los partidos, la corrupción y hasta del mismo legislador abominable que los nombra, les dio mucha risa y siguieron a lo suyo.
Debe de ser que se me ha formado a mí un lío en la cabeza por andar en el mismo día escuchando alabanzas al garantismo y, al tiempo, llamadas al activismo judicial, servidor de la justicia sin detenerse ante normas ni sustanciales ni procesales. A lo mejor todo encaja y es que yo no lo veo. Porca miseria.
E piove.
21 septiembre, 2006
Un día más.
En el breve vistazo de esta mañana a los periódicos locales no ganaba uno para sustos. El primero, con la noticia de que Naomi Campbell había sido excluida de la pasarela Cibeles o cosa así por falta de masa corporal. ¡Cielo santo! ¿Y no cuenta la distribución corporal de la masa? Pero bien está, en el fondo. A ver cuándo los varones nos animamos a pasar al contraataque y a llamar a las cosas por su nombre. Que mucha guasa nos traemos con las gordas, pero, a la hora de ser sinceros, las flacuchas y esmirriadas nos gustan bastante menos. Pero tal vez no solemos decirlo mucho porque estamos sometidos al mismo imperio del gusto oficial y la clandestinidad del gusto auténtico.
No sé qué pasaba hoy en los diarios, pues tenían el tema femenino a pleno rendimiento. En el periódico El Colombiano venía un recuadro con el título "Ley de defensa masculina". Hombre, al fin, pensé. Pero no. Recogía el texto de una ley inglesa de 1700, que rezaba así: "Toda mujer, cualquiera que sea su edad o posición, sea soltera o viuda, que seduzca y traicione llevando al estado de matrimonio a un súbdito de Su Majestad, por medio de perfumes, pinturas, dientes postizos, cabello falso, miriñaques, tacones altos o caderas rellenadas, será rea de las penalidades impuestas por la ley y actualmente en vigor contra brujería y otras contravenciones, y el tal matrimonio, probada su causa, será declarado nulo". O sea, que el wonderbra sería delito en ciertos casos, ahí queda eso. El articulista se pregunta si habrá sido o no derogada tal norma por allá. Yo me limito a transcribirla y ni pongo ni quito rey ni me importa mayormente lo de Su Graciosa Majestad.
20 septiembre, 2006
Impresiones agradables
Sí me he topado ayer mismo con alguien peculiar, un prestigiosísimo profesor europeo, un gran procesalista italiano, que se sale de los muy manidos hábitos del extranjero que viene a estas cosas. Lo común es quedarse en el hotel encerrado todo el tiempo posible, muerto de miedo y atiborrado de prejuicios; y no moverse a ningún lado si no es bajo custodia de varios colegas de aquí que a uno lo protejan, lo agasajen y, para colmo, le den conversación y se desvivan en cortesías variadas. Y lo hacen maravillosamente todo eso los colombianos, el problema no está en ellos, sino en nosotros. Yo mismo, que presumo de no amilanarme por estos pagos y que tengo mi buen repertorio de experiencias algo atípicas -entre otras, alguna vez me sacaron de un coche a punta de fusil-, me he quitado el sombrero desde ayer ante este profesor al que me refiero.
¿Cuál fue su hazaña? Muchos no darían un ochavo por emularlo, pero a mí me crecen a una la admiración y la sana envidia. El hombre, que peina ya canas abundantes, se fue solo y por su cuenta y riesgo al Amazonas. Luego, hablando con él durante todo el día de hoy, he sabido que es un consumado experto en viajes de riesgo en solitario y me contó algunos ciertamente peculiares y de muchos bemoles. Yo, modestia aparte, también estuve hace unos cuantos años en el Amazonas colombiano, con base en la ciudad de Leticia. Pero, ah, amigo, no de la misma manera, lo mío fue de turista convencional. Este señor se marchó por su cuenta, buscó un guía local, indígena, y se aventuró cuatro días selva adentro, a pelo. Y, para colmo de las emociones, se fue con tres indígenas una noche a cazar caimanes desde una barca y a puro arpón. Luego se lo comieron. Había que ver la cara de todos, colombianos incluidos, por supuesto, cuando narraba los pormenores de la expedición.
En fin, que no tengo ni una idea particular que contar aquí y por eso toca compartir algunas buenas sensaciones. Y que está bien, de vez en cuando, hablar bien de la gente, vaya.
19 septiembre, 2006
Tariego de Riopisuerga. Por Francisco Sosa Wagner
Por la modalidad de la aparente minucia histórica se han decidido María del Carmen Nieto y Alejandro Nieto a la hora de escribir la historia de Tariego de Riopisuerga (1751-1799, ediciones de la Junta de Castilla y León), libro que subtitulan expresivamente “microhistoria de una villa castellana”. A partir de la minucia, entramos en el espacio de la historia del XVIII de la misma manera que el científico entra en el gran enigma a través de algo diminuto que solo alcanza a ver en el microscopio. La historia pequeña y la grande caminan como dos hermanas siempre cogidas de la mano.
Irrumpimos en la segunda mitad del XVIII para conocer cómo se desarrollaba la existencia de quienes habitaban la pequeña localidad de Tariego, de qué vivían, cómo se relacionaban, cómo se casaban, cómo se morían, como se gobernaban, qué tributos pagaban... También cómo reñían entre ellos, en qué disputas se veían envueltos. En el libro de los Nieto, bien escrito, se huele la hoja de la vid, la yerba fresca de los prados, los sotos y las eras; vemos asimismo a los pastores ordeñar las ovejas, hacer queso, a los asnos entregados a las faenas agrícolas, a las abejas libando y fabricando bienes de lujo, la miel y la cera; oímos a las yeguas parir...
Y, al paso que evocamos un mundo desaparecido, nos enteramos de que muchos de los tópicos que manejamos han de ser corregidos. Lo cual es satisfactorio porque ningún destino mejor para un tópico que ser enterrado en un lugar común. Así, por ejemplo, hasta ahora los historiadores nos han explicado que la autonomía y la democracia concejiles originarias se fueron degradando como consecuencia de la agresión de las oligarquías locales y el centralismo autoritario real. Los Nieto nos explican que esta afirmación vale para los municipios castellanos grandes y medianos pero no para los pequeños municipios que eran la mayoría. “La historiografía moderna es présbita, incapaz de ver lo pequeño que tiene más cerca, obsesionada por los lucidos análisis de lo grande y lejano”. En Tariego -villa de señorío- la comunidad vecinal estaba viva, los oficios no eran de propiedad privada ni estaban interferidos por el rey o el señor y tampoco el intendente o el corregidor enredaban porque no se acercaban por el pueblo. A partir de estas afirmaciones, es de sumo interés observar el funcionamiento real del concejo, de los alcaldes ordinarios, de los regidores, y todo ello los autores lo explican recurriendo a expedientes que han desmenuzado y a los que han puesto títulos regocijantes: “la causa de los mozos relinchantes”, la d “la invitación impertinente”, la “del cordero hurtado”...
Desde la “España ilustrada de la segunda mitad del VIII” de Sarrailh, fuente de mil destellos, a esta istoria de Tariego, toda huella y memoria, hay un gran espacio en el que caben muchas investigaciones, pero nadie como los Nieto para resucitar con su pluma un pueblo castellano y aventar las cenizas que dejaron los rezos, los llantos y los gozos.





