12 febrero, 2008

Teoría de la argumentación jurídica para dummies

Hoy va el asunto para las gentes del Derecho, trátese de profesionales, aficionados o simples curiosos. Paciencia. Mañana o pasado volveremos a ocuparnos de las dolencias íntimas de nuestra universidad.
En la teoría jurídica también hay hallazgos y modas. Un hallazgo importante fue ese conjunto de doctrinas emparentadas que se conoce como teoría de la argumentación jurídica. Luego el tema se puso de moda, en cada universidad se introdujo una asignatura obligatoria u optativa con ese nombre y ahora ya no hay hijo de vecino que se aclare, cada cual coloca ahí lo que se le antoja y lo de la argumentación jurídica acaba muchas veces por parecerse más a un tratado de quiromancia o a un manual de ordeño morboso de metafísicos valores que a otra cosa.
Pero para contar en cuatro palabras qué es y para qué sirve eso de la argumentación jurídica no hace falta ponerse tan exquisito ni aburrir con eruditas disquisiciones sobre el concepto de razón práctica en la actual filosofía finlandesa. Basta saber cuál es el problema, en qué consiste la herramienta que al problema se aplica y cuáles son sus elementales instrucciones de uso.
El problema es que la práctica jurídica está llena de apreciaciones personales del que juzga, de valoraciones subjetivas y, consiguientemente, de decisiones propiamente dichas, de opciones entre alternativas. Por mucho que el legislador se esfuerce, la complejidad de los hechos es inaprensible en el lenguaje de las normas jurídicas. Los enunciados legislativos acotan espacios dentro de los que las decisiones han de moverse, pero no son capaces de determinar éstas al cien por cien. Si una norma dice que los calvos tendrán derecho a una pensión, está claro que deben percibirla los que perdieron por la alopecia hasta el último pelo de su cuero cabelludo, y también lo está que no tienen derecho a ella los que lucen en su plenitud espesa cabellera, pero de los que tienen hondas entradas, brillantes coronillas o cuatro pelos ralos y uniformemente distribuidos bajo la boina habrá que decidir si son calvos o no, y eso se hace interpretando para cada ocasión lo que en esa norma significa “calvo”. Con los hechos pasa otro tanto y el juez generalmente no se limita a constatar con certeza plena, con seguridad absoluta, si un hecho aconteció o no, sino que ha de valorar pruebas más o menos claras, indicios algo dudosos, testimonios contradictorios, concatenaciones fácticas meramente probables, etc.
Así pues, quien en Derecho juzga ha de valorar, esas valoraciones tienen un componente personal, subjetivo, y se trata de saber si con ello campa por sus respetos la arbitrariedad en las práctica judicial –o decisoria en general en Derecho- o si hay manera de controlar esas valoraciones para que sean razonables en su contenido, asumibles en sus efectos y practicadas con buena fe y sin corruptelas ni inconfesables intenciones.
En el siglo XIX pensaron muchos que no había problema tal, pues el Derecho estaba todo en los códigos, completo, acabado y claro, y el juez no tenía más que conocerlo, sólo debía averiguar la recta solución que para cada caso en la letra de la ley se predeterminaba por completo. Esto pensaron los franceses de la Escuela de la Exégesis y en la labor judicial no vieron más que automático encaje de hechos bajo normas, simple constatación de soluciones preestablecidas y pre-escritas, rutinaria tarea de subsunción; el juez nada más que levantaría acta del espontáneo acoplamiento del hecho con la norma, acoplamiento del que él no es inductor, ni alcahuete siquiera. Otro tanto creían los alemanes de la Jurisprudencia de Conceptos, pero, como ellos no tenían códigos así, pensaban que ese Derecho del que el juez no es más que fedatario se encierra en conceptos, nociones abstractas (negocio jurídico, contrato, compraventa, propiedad, posesión…) que se ordenan en sistema y no dejan caso sin resolver ni hecho que se les escape. Se tornó la aplicación del derecho una rama de la metafísica y del juez se hizo adivinador de esencias que dirimen pleitos.
Metafísicas y confianzas así retornaron a fines del siglo XX y de nuevo se quiso ver en el juez un simple aplicador imparcial y neutro de esencias jurídicas que todo lo resuelven, si bien ahora a esencias tales se las llama valores y principios y al encaje judicial de bolillos no se lo denomina mera subsunción, sino ponderación metódica. A los que ahora creen que el Derecho por sí todo lo solventa y que el juez es el más listo de la clase y que, como tal, acaba de notario, porque se sabe el Derecho todo, y de sacerdote de la justicia, pues no ha de haber Derecho que no la sirva, se los llama neoconstitucionalistas. Tienen su santo patrón en Dworkin, aunque el primer milagro lo hizo y las primeras palabras sagradas las escribió un tal Dürig, en Alemania y allá por 1958. Son legión y se dividen en sectas diversas, pero comparten la ojeriza al legislador, tenido por diablo y por urdidor de las mayores iniquidades, pues si representa mal al pueblo, no merece confianza, y si lo representa bien, menos aún, ya que menudo es el pueblo y cómo va él a saber de justicias y libertades más que los profesores.
Entretanto, algunos estudiosos habían dicho que menos cuento y que, igual que no hay más cera que la que arde, no hay propiamente más Derecho que lo que manda el juez; que aquel margen decisorio que el juez tiene no es acotado, sino pleno y que en él no ejerce el juez libertad, sino puro libertinaje; que no hay quien ponga puertas al campo ni quien encierre el mar en un caldero, y tampoco quien sea capaz de limitar la arbitrariedad de los jueces, pues ellos tienen la última palabra y la usan como les conviene o como se aviene mejor a sus fobias y filias. Curiosamente, a quienes así dicen los llamaron realistas y los hay sobre todo norteamericanos y escandinavos.
Así que tenemos a unos que piensan que todo es de color de rosa en la vida jurídica, que la ley y los hechos hablan por sí mismos y que el juez nada más que transcribe y es portavoz de decisiones que para nada son suyas, sino de misteriosas voluntades del legislador, de esotéricos sistemas objetivos de valores constitucionales o de esencias intemporales que sólo los romanos acertaron a ver en enaguas y que ellos nos describieron para siempre; y tenemos a los otros, que opinan que todo está perdido, que códigos y reglamentos son letra muerta y papel mojado y que quien haya de ganar un pleito se deje de invocar preceptos, adagios, principios o precedentes y se ocupe de ver de qué pie cojea su juez y por dónde respira.
Entre esos polos extremos, entre fideístas irredentos y escépticos con malas experiencias, se mueve la llamada teoría de la argumentación jurídica. La fueron haciendo, allá por los años sesenta del siglo XX, un polaco que enseñaba en Bélgica y se llamaba Chaim Perelman, y un alemán que enseñaba en Maguncia y se llamaba Theodor Viehweg. Algo tuvo que ver también un español exilado en México, Luis Recaséns. A fines de los setenta, un alemán, Robert Alexy, hace la síntesis definitiva y da con sus claves prácticas. Años más tarde, el propio Alexy se pasará a los que creen que menos hablar y más conocer las certezas morales del Derecho y, por andar en malas compañías doctrinales, acabará pensando que en Derecho mejor echar cuentas que enredarse en argumentos; o sea, se hará neoconstitucionalista y sucumbirá a las tentaciones de la metafísica y el moralismo jurídico. Pero no lo culpemos. Es costumbre en los grandes autores tener dos épocas y decir en la segunda lo contrario de lo que en la primera sostuvieron. Además, cuando nos vamos haciendo viejos nos inquieta que las cosas no estén muy bien atadas y nos gusta pensar que los juicios del Derecho son aquí, en la tierra, tan precisos, atinados y justos con las circunstancias y merecimientos de cada cual, como justo y atinado queremos imaginar el Juicio Final para que nos salga favorable.
Bueno, y entonces la teoría de la argumentación qué nos dice y para qué nos vale. Hemos de partir de que el juez, por las razones expuestas, posee márgenes decisorios, espacios en los que libremente campa su valoración, pues ni los hechos hablan por sí mismos con rotundidad que excluya toda duda, ni las normas están escritas en un lenguaje unívoco que haga ociosa la interpretación; ni, por supuesto, es verdad que el Derecho sea coherente, completo y claro gracias a que donde no llega la letra de la ley alcanza el espíritu del legislador y, donde éste no sea bueno, todo lo solventan unos valores que a la vez son morales y jurídicos sin dejar, además, de ser un misterio insondable, pues todos los afirman pero cada cual los rellena para cada caso del contenido que le sale de las narices. Partimos de que el juez tiene que decidir libremente dentro de ciertos márgenes acotados, acotados por lo que en las normas y en los hechos esté claro, acotados por el sentido común, acotados por la lógica y por el estado de la ciencia; acotados, sí, pero no completamente; libertad limitada, sí, pero libertad. Y no queremos que en uso de tal libertad, inevitable y legítima, haga el juez de su capa un sayo o arrime el ascua a su sardina. ¿Entonces?
Pues por eso exigimos al juez que argumente. No nos basta con que decida porque le compete, sino que se le pide que dé cuenta de por qué decidió así y no de algún otro modo de los posibles, de los que caen dentro de aquellos márgenes acotados. A ese dar cuenta de sus razones para fallar así o asá se llama motivar y por eso se dice que las sentencias tienen que estar motivadas (art. 120 de la Constitución Española). No vale el porque sí o el porque yo lo digo, que para eso soy el juez. Aparte de obligarnos, se nos debe convencer; o, al menos, intentarlo. El juez ha de argumentar sus decisiones, lo que significa que debe presentarlas como las que en su lugar podría haber tomado cualquier persona capaz, informada y razonable; ah, y honesta. De esa manera está tratando de alejar la sospecha de que lo guía el capricho o el interés personal, o que decidió lanzando una moneda al aire. Ningún procedimiento decisorio más objetivo e imparcial que ese de jugarse el resultado a cara o cruz. Yo, juez, lanzo la moneda y, si sale cruz, condeno; si sale cara, absuelvo. ¿Por qué no nos vale? Porque además de resultados, de resoluciones, queremos razones. Argumentar es, precisamente, dar razón mediante razones, justificar mediante argumentos. El porque sí o el porque sonó la flauta o el porque a mí me da la gana suponen arbitrariedad; para no parecer arbitrario o mostrar que no se es, hace falta explicarse. Lo de la mujer del César, pero aplicado a los jueces.
Así que la teoría de la argumentación jurídica nos indica que una decisión judicial no puede ni ser ni parecer arbitraria y que por eso debe estar argumentada y bien argumentada. Cuantos más, mejores y más pertinentes argumentos, mejor la decisión y menos sospechosa de arbitrariedad resultará; esto en el lenguaje de la teoría de la argumentación significa que será más racional esa decisión cuanto mejor argumentada esté. Es cuestión de grados, no de absolutos.
Y llegamos al núcleo de la cuestión. ¿Cómo sabemos si una decisión judicial está bien argumentada? Respuesta: examinando esa parte de la sentencia que se llama motivación. ¿Y qué buscamos en ella? Buscamos que en ella haya razones aceptables que sustenten el fallo y que esas razones sean ciertas, pertinentes y suficientes. Es decir, que el juez no nos tome el pelo o no nos meta el fallo de matute y a base de artimañas retóricas y jueguecillos pseudológicos. Otro día ponemos ejemplos, pero ahora precisemos el método de análisis.
El método común a toda teoría de la argumentación jurídica que no haya enloquecido, seducida por llamadas del Más Allá o de Oxford, podemos denominarlo el método del niño pequeño. ¿Qué hace un niño pequeño, normal y no alienado, ante cada cosa que le pedimos o cada afirmación que le hacemos? Pues pregunta por qué. El método de la argumentación jurídica consiste en lo mismo, en preguntarse por qué. Sólo que ahí se le pregunta al juez y se mira qué dijo y cómo responde en la motivación de las sentencias. Cabe encerrar todo el método en una fórmula bien simple y clara. Ésta: cada vez que en una sentencia el juez afirma algo cuyo contenido no es absolutamente evidente y obvio y que lo afirma como relevante para el caso, debemos hacernos alguna de estas preguntas: a) y eso por qué; b) y eso a cuento de qué.
Con el “y eso por qué” se alude a que todo enunciado de contenido no evidente que en una sentencia se contenga debe estar suficientemente acreditado o fundamentado, para que no parezca que es una pura ocurrencia personal del juez, que pretende hacernos pasar como verdad indubitada. Por ejemplo, dice el juez en la sentencia: “La mayoría de los españoles prefieren comer con vino que con agua”. Y nosotros, de inmediato, nos preguntamos: oiga, y este juez cómo sabe eso, que no es tan evidente. Y, una de dos, o nos muestra las fuentes, los informes, las estadísticas o estudios que avalan ese juicio, o podemos dar por sentado que se lo ha sacado de la manga porque quiere y porque le conviene para sus propósitos de fallar de determinada manera. Y no cuela. Es decir, una razón así necesita razones de apoyo y, si no las hay, no es más que una afirmación dogmática que no tenemos por qué creernos. En suma, existe un defecto argumentativo y, con ello, una deficiente racionalidad en ese punto.
¿Y el “a cuento de qué”? Pues con esto se alude a que los argumentos deben ser pertinentes, han de versar sobre lo que se está debatiendo, han de venir al caso. Por tanto, no vale que se nos dé gato por liebre. Si yo debato con un amigo sobre si vamos al cine esta noche, él me pregunta por qué habríamos de ir y yo le respondo que en el Ártico aumenta el deshielo, afirmo algo que probablemente es cierto, pero que –salvo que yo demuestre otra cosa- no tiene nada que ver con lo que se debatía. Por eso mi amigo, ante mi afirmación y aunque la tenga por verdadera en sus contenidos, podría replicarme: “¿y qué?” Y eso mismo es lo que debemos replicar muchas veces a los jueces: ¿y qué? ¿Qué tiene eso que su señoría afirma que ver con lo que estamos hablando?
Otro día analizamos ejemplos con calma, pero ahora permítaseme nada más que una indicación muy rápida. En una famosa sentencia de nuestro Tribunal Constitucional, de hace pocos años, se ventilaba si una sanción impuesta a un pub de Gijón era legal o ilegal. Para serlo, debería ser acorde con ley superior el reglamento del Ayuntamiento gijonés que estipulaba multas por exceso de ruido en ese tipo de locales. Todo dependía de cómo se interpretasen los términos de la ley aquella, pero sobre eso el Tribunal pasó de puntillas. En cambio, dedicó largos párrafos a glosar el derecho a la intimidad y el derecho a la salud y a explicar cuánto se merman estos derechos cuando el ruido que el ciudadano soporta es excesivo. Cosas muy ciertas y convenientes éstas, pero resulta que no venían a cuento, pues no era de eso de lo que se hablaba. El dueño de pub había alegado que se vulneraba su derecho a no padecer sanciones ilegales. Ése era el asunto. Si el reglamento sancionador es ilegal, lo es aunque sea una lástima. El derecho a la salud o el derecho a la intimidad en ese litigio nadie lo había traído a colación. E invocarlos a pelo contra el principio constitucional de legalidad de las sanciones es un poco fuerte, la verdad. El Tribunal quedó la mar de bien y de progresista porque desvió la atención del verdadero problema y de ese modo, y sobre todo, consiguió hacer pasar por legales una sanción y un reglamento que muy difícilmente podrían verse así si nos fijáramos en lo que había que fijarse, en lugar de seguir, boquiabiertos, la mano del prestidigitador o de limitarnos a escuchar esa voz de ventrílocuo que puso el Tribunal para que nos hablara la norma que no venía al caso y callara la que hubiera debido guiarnos.
En resumen, y puesto que esto iba a ser breve y no lo hemos logrado: toda afirmación que en una sentencia se contenga y cuya verdad o verosimilitud no esté suficientemente fundada y cuya pertinencia no quede plenamente sentada, debe descartarse como soporte argumental del fallo. Y es facilísimo, con sólo aplicar esta pauta, descubrir sentencias en las que el fallo queda al desnudo, pues los supuestos argumentos que lo sostienen no son más que bla, bla, bla, filfa, engaño, maniobra de despiste; arbitrariedad pura y dura, en suma.
Otro día, insisto, aplicamos el método y vemos qué sale. Habrá sorpresas.

Carta a la Ministra de Educación

En relación con lo que se mencionaba en el post anterior, el autor de aquella iniciativa, Joaquín Marro, del Departamento de Electromagnetismo y Física de la Materia, de la Universidad de Granada, ha redactado una carta a la Ministra de Educación, carta que se puede ver y firmar en la siguiente dirección electrónica: http://ergodic.ugr.es/baremo/.
Por cierto, sería excelente que circularan más cartas y se hicieran oír más puntos de vista, como los que en algunos de los comentarios al post anterior se están manifestando.
Que por lo menos se enteren burócratas, politicastros, rectores (disculpen la redundancia) y pedagogos a la violeta de que si (casi todo) el personal calla, no es porque esté de acuerdo con los nuevos modelitos de academia para idiotas y zánganos con muchos cursitos y carguetes, sino porque cunde el desánimo, el escepticismo y el asco. Lo gracioso del caso es que semejantes personajillos piensan que, puesto que callamos, nos encanta esa universidad estúpida que nos están metiendo de puntita (perdón, quise decir de puntillas). Pues no. Les gustará a ellos, pues bien conocidos son los hábitats del gusano y sus inclinaciones.
¿Se acuerdan de cuando los rectores gritaban aquello de "Pilar del Castillo, ministra del Caudillo"? Ahora no chilla ninguno de esos divinísimos magníficos. Y no lo digo para hacer buena a la del Castillo, sino porque ahora hay lo que hay, se hace lo que se hace y los poderes académicos parecen felices y contentos.
Renovemos nuestro viejo lema, con un par: ESCUPE A UN RECTOR.



11 febrero, 2008

Última moda en catedráticos

Hace unos días recibí de un amigo la carta que copio a continuación, escrita por un compañero de la Universidad de Granada. Creo que merece difusión la iniciativa y que es encomiable que se planteen abiertamente problemas sobre los que se está guardando demasiado silencio o de los que sólo hablamos en la barra de las cafeterías.
A lo que en la carta bien se dice cabría añadir bastantes cosas. Por ejemplo, la fuerte injusticia que supone lo que será la aplicación retroactiva de estos criterios, pues muchos de los que se han estado labrando durante largos años su curriculum propiamente científico ignoraban que en este "juicio final" se valorarían estas cosas que ahora sorprendentemente se toman tan en cuenta. Más de uno se arrepentirá de no haber sido Secretario de Departamento o Vicedecano o de no haberse inscrito en cursitos de motivación estudiantil mediante masaje tailandés, en lugar de dedicar todo el tiempo a experimentos, lecturas y escritura de artículos y monografías. Parece que el lema de los nuevos tiempos podría ser "más gestión y menos investigación" o "más cuento y menos experimento".
Esta es la carta:
Queridos amigos:

Me permito traer a este foro mi preocupación al conocer el documento "Principios y orientaciones para la aplicación de los criterios de evaluación" (V.1.0 9/01/2008) de la ANECA (en www.aneca.es/ingles/docs/pep_nuevo_principios_07020120.pdf). Entre otras cosas, este documento fija directrices para poder ser acreditado como catedrático lo que, si entiendo bien, será condición necesaria para llegar a ser catedrático en España.

Resulta que se valora (sólo cito lo que me resulta más llamativo): desempeño de cargos unipersonales de responsabilidad en gestión universitaria; desempeño de puestos en el entorno educativo, científico o tecnológico dentro de la administración general del estado o de las Comunidades Autónomas; otros méritos relacionados con la experiencia en Gestión y Administración; Calidad y dedicación a actividades profesionales en empresas, instituciones, organismos públicos de investigación u hospitales, distintas a las docentes o investigadoras; patentes y productos con registro de propiedad intelectual; participación en congresos orientados a la formación docente universitaria; proyectos de innovación docente; etc.

Partiendo del reconocimiento de que estas circunstancias deben considerarse y de que, de hecho, forman parte de la actividad de catedráticos excelentes, el problema es que el baremo establece un perverso sistema de puntuación, con máximos y mínimos (Tablas 1.1 y 1.2), de modo que reciben un peso importante que puede decidir o condicionar esencialmente el perfil exigible para un catedrático.

Conociendo el carácter medio o mayoritario de los científicos, me parece claro que este baremo hará que muchos se autoexcluyan del proceso. Aun suprimiendo las puntuaciones, el simple listado de méritos que hace ese documento ya puede producir este mismo efecto. Es más, creo que, en la práctica, muchos de los mejores científicos en los que puedo pensar (por ejemplo, premios Nobel) nunca podrían ser catedráticos en España con este baremo. En el mejor de los casos, competirían en desventaja con otros que, teniendo un perfil científico medio, hubiesen decidido dedicar sus esfuerzos y talento preferentemente a tareas políticas y de gestión. Puesto que la ciencia requiere concentración y dedicación, de modo que muchos tienen una natural y quizás sana aversión hacia esas tareas, resulta que el método puede tender a impedir el acceso de los mejores al puesto más alto al que podrían aspirar y a favorecer su supeditación a colegas menos dedicados a la investigación.

En fin, me parece que se intenta consagrar una modificación importante de los valores que siempre nos ha parecido que han de prevalecer en esta carrera. Es más, el documento dice explícitamente que ha de verse como una "hoja de ruta" a seguir por los aspirantes, y es claro que "principios y orientaciones" tan detallados podrían prevalecer en recursos judiciales y administrativos sobre los criterios de una comisión especializada. Por otra parte, tampoco conozco otro país con un sistema de investigación eficiente en el que se haya hecho o se piense hacer algo semejante.

Si estáis de acuerdo, propongo dos cosas. Una, que hagáis esta preocupación vuestra, incluso adaptando esta carta a vuestro gusto, y la propaguéis tanto como podáis a otros colegas y comunidades científicas. Otra, que traslademos la preocupación al MEC con urgencia. Para articular esta segunda propuesta, sugiero que me mandéis vuestra dirección electrónica a cphys@ugr.es , quizás con sugerencias. A continuación, con esa información, si hay respuesta suficiente, prepararé una carta ("abierta" o a la Ministra) que haré llegar a todos los que mostraron interés, por si quieren poner su firma en ella.

Muy cordialmente,
J.

10 febrero, 2008

Poemilla dominguero

Vuelan sobre el papel
las gaviotas de tinta.
Como la tinta buscan
sangre fresca o despojos.
Corta el aire la pluma
o en él se mece.
Como blanca cuartilla el mar, allá abajo.
Se llevará la noche las gaviotas
igual que en el papel
la tinta morirá,
pues a la postre todo se confunde.

09 febrero, 2008

C´est le nazisme, Monsieur

Los periódicos están que dan miedo. O gusto, según a quien. Aunque verdad es que la ignorancia es madre de todas las confianzas, y puesto que el personal no parece muy leído ni la memoria histórica da para más que propaganda y unas tapas, es posible que nos parezca la mar de progresista e innovador lo que ya se probó en los totalitarismos del siglo XX con resultados que deberían ser conocidos.
El miedo grande viene de Francia. Y mira que al principio Sarkozy me daba un poco de envidia. Pues nada, va a resultar otro cantamañanas como el nuestro. Vanas promesas de renovación, ZP y Sarko, demasiado ego, narcisistas, enamorados de sí mismos, onanistas de la política, hermafroditas ideológicos, promiscuos con una sola idea: mandar a cualquier precio.
El miedo grande viene de Francia y viene con ribetes de paradoja. Los periódicos de ayer contaban que Le Pen ha sido penalmente condenado por quitarle importancia a la crueldad del nazismo en Francia, por decir que no fue para tanto. No entro en esa condena, de la que no conozco más detalle, ni juzgo ahora la conveniencia de tales tipos penales, posiblemente muy discutibles. Vamos sólo con la paradoja. Se condena a Le Pen por eso al mismo tiempo que se aprueba una ley que permite reproducir las prácticas primeras del nazismo, las que estaban en la raíz de su antimodernismo penal y de su desprecio del principio de legalidad y hacia la persona del delincuente, especialmente de ciertos delincuentes. Se reproduce el planteamiento que fue una de las razones primeras del surgimiento en la Alemania nazi de los campos de concentración.
En efecto, como todo el mundo debería saber, al nazismo no le importaba tanto el delito como el delincuente y no pretendió tanto sancionar el delito como inmunizar al delincuente, actuar preventivamente contra el delincuente. Primero se sustituyó el principio nullum crimen, nulla poena sine lege por el de nullum crimen sine poena, saltándose el principio de legalidad en aras de la desembarazada persecución del mal. Aquí y ahora se va haciendo poco a poco, mediante la creciente proliferación de tipos penales en blanco o en gris muy clarito. El paso siguiente fue ya no meramente procurar castigo para el comportamiento política o socialmente tildado como criminal, aunque no estuviera penalmente tipificado como delito, sino evitar que delinquieran aquellas personas a las que se presumía peligrosas y propensas al crimen por causa de su origen social o racial, por su inclinación sexual, por su ideología o por haber delinquido gravemente ya alguna vez anterior. Respecto de estos últimos, era común que ocurriera lo siguiente. Cuando un delincuente finalizaba el cumplimiento de su pena privativa de libertad y salía de la cárcel, lo esperaba fuera la Gestapo, que lo conducía a un campo de concentración, donde seguía encerrado sin necesidad de más juicio ni más trámite y a merced de sus custodios por todo el tiempo que éstos quisiesen.
Bueno, pues miren lo que se acaba de aprobar en esa Francia que condena a Le Pen por quitar importancia al nazismo y sus crímenes. Miren con qué titular daba ayer la noticia el ABC, como si tal cosa: “Francia recluirá a los delincuentes más peligrosos después de cumplir condena”. Y el subtítulo: “Una ley retroactiva crea centros especiales para internar a perpetuidad a los posibles reincidentes”. ¿Por qué no está todo el mundo hoy hablando de semejante salvajada? Ah, vaya usted a saber. Tal vez nos da envidia. O no queremos fastidiarle a Sarko la luna de miel con la Bruni, que debe de estar contentísima con él y con el amor incondicional que él le profesa... a la ex. Un tipo que sigue añorando a su antigua mujer después de ligar con la nueva y de exhibirla por ahí no es fiable para nada, eso debería ser cosa sabida.
Incrédulo, va uno al cuerpo de la noticia y resulta que sí es lo que parece: nazismo. Por lo visto la propuesta la ha hecho la ministra de Justicia, la tal Rachida Dati, que Alá confunda. De origen norteafricano, dice el periódico que es “símbolo excepcional de la política presidencial de integración cívica”. Joder con la integración cívica. ¿Seguro que es mejor que Le Pen?
Eso que la ministra propuso y el Parlamento francés acaba de aprobar es la creación de centros de internamiento indefinido para los autores de "crímenes odiosos". Ojo, no nos confundamos. Se trata de que después de cumplir las penas legalmente establecidas y judicialmente determinadas sigan encerrados sine die. ¿Quiénes? Los autores de esos crímenes-coco de hoy en día. Ya saben, pedofilia, asesinatos, torturas... Un año antes del final del cumplimiento de la pena unos magistrados especiales, auxiliados por personal técnico, examinan si el delincuente se ha “curado” de su maldad o no. Si determinan que no y que puede reincidir, lo mantienen encerrado, para que no reincida. La mera peligrosidad como criterio, no hace falta que haga nada más; no se le da oportunidad de volver a delinquir. Muerto el perro, se acabó la rabia. Los nazis comenzaron encerrando así, en centros especiales que llamaban Konzentrationslager, y acabaron matándolos en esos centros para que lo del perro se cumpliera con más propiedad. En Francia de momento sólo se ha abierto legalmente la puerta a lo primero. Espelúznense: “Si los magistrados consideran finalmente que los condenados pudieran volver a reincidir, la nueva ley prevé que vuelvan a ser internados en un centro de seguridad especial, una vez cumplidas sus penas. Los nuevos periodos de internamiento podrán prolongarse indefinidamente, por periodos de un año renovables”.
¿Y qué me dicen del tratamiento del delincuente como enfermo, para que su personalidad y su libertad puedan ser anuladas mediante una terapia de choque? Eso recuerda también al totalitarismo soviético y a aquellos “sanatorios”. Si la cárcel no basta, electroshock hasta que tengamos una piltrafilla mansa. Pues miren esto: “Oficialmente los centros de internamiento tendrán al mismo tiempo un carácter médico y jurídico, bajo doble tutela de los ministerios de Justicia y Sanidad”.
Y la guinda: esta ley se va a aplicar retroactivamente. Otro detallito que haría feliz a Himmler. ¿A qué delincuentes? A los que estén cumpliendo pena de quince o más años por “delitos odiosos”. ¿Qué razón deberán alegar los jueces para mantenerlos entre rejas aunque ya hayan pagado su pena y no hayan hecho nada más? Respuesta: “riesgo de reincidencia”. En adelante, supongo que las penas se tipificarán así en Francia:"Por tal delito, tantos años... o lo que haga falta". Viva L´État de Droit.
En Francia se cargan de un plumazo los principios primeros del derecho penal moderno, se ponen a la altura de Hitler y Stalin y el mundo se queda tan tranquilo. Verás lo que tardamos en imitar aquí a los gabachos. Me juego una cena cara a que en la próxima legislatura, gobierne el que gobierne de los dos tontos del baba que se postulan como favoritos. Por cierto, practique usted el voto útil, diga que sí.
Porque tampoco está mal lo que pasa aquí. Los mismos que tronaban hace unos meses contra el PP por pedir que se ilegalizara al PCTV y a ANV, ahora no dejan títere con cabeza en su celo antibatasuno. El mismísimo Garzón, que dejó escrito hace cuatro días que no había que ponerse así, ahora, con base en documentación de entonces, suspende por tres años al primero de esos partidos. O es esquizofrénico o es un puro mandanga del Gobierno. O las dos cosas. ¿Y aquel Fiscal General del Estado, ahí es nada, que dijo aquellod de que no hay que hacer aquí guantánamos y no sé qué? Volubles como putas. Lo que mandel el jefe; lo que diga el chulo. Y que me perdonan las putas; y los chulos.
De mis pocas simpatías por batasunos, nekanes y toda esa porquería ya saben de sobra los amigos de este blog. Pero un sistema jurídico donde un juez puede dejar por tres años a un partido fuera de la circulación con semejante facilidad no es un sistema jurídico, es una casa de putas sin garantías. Si ese juez es el mismo que unos meses antes dijo lo contrario sabiendo lo mismo que hoy, este sistema jurídico no sólo es una casa tal, sino que sus guardianes son unos pervertidos de cuidado. Y si la gente sigue votando al mismo partido que da a tal guardián del puticlub órdenes tan contradictorias, la gente tiene lo que se merece y se merece lo que se avecina: fascismo puro y duro. Luego dirán que votan al PSOE porque temen a la derecha autoritaria. Manda güevos.
Da gusto ver calladitos a tantos progres y tantos periódicos progres que ponían el grito en el cielo cuando el PP pedía lo que ahora está haciendo el PSOE. Gentes de principios, no cabe duda. Basurilla culiapretada, clones, zascandiles.

08 febrero, 2008

Carta abierta al rector Juan Vázquez. Por Francisco Sosa Wagner

En La Nueva España de ayer apareció la siguiente carta del profesor Sosa Wagner al rector de la Universidad de Oviedo.
Quien quiera saber cómo ha quedado el tema de las prejubilaciones profesorales en esa Universidad puede pinchar aquí y ver la noticia de hoy. Las instituciones tienen sus propios principios, de los cuales el primero es el de "pienso, luego existo". Pero ojito, ahí el "pienso" no es en la acepción cartesiana del cogito, sino en la otra, que suele llevar el apellido "compuesto".
Es lo que hay.

Carta abierta al Rector Juan Vázquez. Por Francisco Sosa Wagner
Respetado rector y muy querido amigo, me perdonarás mi atrevimiento al dirigirme a ti por este medio público para comentar tu propuesta relativa a las jubilaciones -voluntarias- del profesorado de la Universidad de Oviedo. Al no pertenecer a ese claustro quizá carezco de título para intervenir en este asunto. Pienso, sin embargo, que tu plan tiene la suficiente importancia general como para que todos los universitarios nos sintamos concernidos por él.

De otro lado, esta pequeña audacia mía al molestarte con mis reflexiones se debe al hecho de la altísima estima intelectual y el gran afecto personal que te tengo. No me arriesgaría por cierto con algunos de tus colegas rectores -quiero pensar que pocos- que son capaces de tomar represalias siniestras contra quienes no los han votado o contra aquellos profesores a quienes odian por sentir celos profesionales o, en fin, actúan movidos por alguna otra tortuosa disposición de ánimo bien alejada de la objetividad académica. No es ése tu estilo, pues te has formado en una escuela en la que tus maestros te han enseñado precisamente lo contrario. Tú tampoco hubieras asimilado a buen seguro otras enseñanzas que no fueran las de la buena crianza.

Doy vueltas a la idea de jubilar a personas con 60 años que ejercen un oficio que no exige fuerza física ni destreza para trepar por un edificio, sino sencillamente afición al estudio y aptitud para ello. Capacidades, pues, de índole intelectual que se van acumulando con los años, más aún que con los años van ganando en perfiles y en seguridad. La formación de un profesor -lo sabes bien- es el resultado de un esfuerzo gigantesco que la sociedad hace para poner a nuestra disposición medios con los que vamos depurando nuestros conocimientos, afinándolos y profundizándolos. Un esfuerzo social al que debemos estar bien agradecidos porque nos coloca en una situación de privilegio frente a la mayoría del resto de los profesionales. Disponer de laboratorios, de libros en nuestros seminarios, de las revistas de nuestras especialidades, todo ello es un lujo que disfrutamos muy pocos siendo obligación nuestra responder lealmente a tanta generosidad.

El profesor que no es un zángano -y puede haberlos, pero son los menos- aprovecha esta circunstancia excepcional para ahondar en su formación, para trabar conexiones entre sus conocimientos, para abrir nuevos caminos en una investigación, para abordar un problema que no había sido suscitado o estaba deficientemente planteado. A partir de ahí, tiene la obligación de transmitir ese caudal de experiencias a las generaciones jóvenes, a quienes se sientan en las aulas de la licenciatura y, después, a quienes ya optan por formarse como especialistas en tal o cual disciplina.
Pues bien, si todo esto es así, ¿de verdad crees que un catedrático de 60 años es intercambiable con un joven de 30? Yo gané mis oposiciones cuando tenía justamente esa edad, 30 años, y, cuando comparo lo que yo sabía entonces y lo que ahora sé, advierto la distancia infinita que hay, en términos de mi formación, entre tales fechas, e incluso me pregunto cómo fue posible que me dieran una cátedra a esa edad. El hecho de haber escrito unos cuantos libros, haber publicado en revistas, haberse subido a la tarima años y años, haber dirigido tesis doctorales y otros trabajos de investigación ¿es algo de lo que se puede prescindir alegremente? Con el criterio que alienta tu propuesta deberían sustituir a los magistrados del Tribunal Supremo por jueces recién salidos del horno de las oposiciones. ¿Te das cuenta el dislate que ello supondría? En ciertos oficios, las personas que los ejercen no son sencillamente idénticas y por ello no son sin más sustituibles.
Si de verdad crees, querido Juan, que un joven recién doctorado puede hacer lo mismo que un catedrático maduro, repleto de horas de laboratorio o de biblioteca, es que no has entendido nada del oficio universitario, lo que no me puedo creer. ¿Qué hay entonces detrás de estas propuestas? ¿Ganas de quedar bien con los jóvenes? ¿Acaso -según oigo- ansias de ahorro en salarios? Si éste fuera el objetivo, se podría empezar por suprimir tantos cargos inútiles de confianza como hay en cualquier Rectorado, tantos viajes -incluso oceánicos- a la nada de las firmas de convenios, el gasto de tantos móviles sonando infructuosamente...

Esta carta mía es probable que carezca de valor y que mis reflexiones sean un puro disparate. Pero créeme que salen de lo más profundo de mis entretelas como intelectual y como profesor. Y si te las transmito, es porque sé que eres bien receptivo a la sinceridad. Un fuerte abrazo de tu buen amigo.

06 febrero, 2008

Rajoy y la discriminación de los inmigrantes.

Este Rajoy está como una chota. Miren por dónde nos sale ahora. Leo en El País que don Mariano piensa exigir a los inmigrantes tres cosas, nada menos: "cumplir las leyes, aprender la lengua y a respetar sus costumbres", las costumbres de los españoles. Pero este hombre de qué va. Hala, como los inmigrantes no votan, a pedirles a ellos lo que no se nos exige a nosotros. Discriminación igual no se ha visto, palabra.
Analicemos la propuesta en cuestión, descomponiéndola en sus tres partes, a las que, al pedagógico modo, nos referiremos como una, dos y tres. Para que se vea que uno domina esto de la didáctica, aunque no haya hecho los cursitos ad hoc.
Una. Cumplir las leyes. Ahora va a resultar que los inmigrantes tienen que atenerse a la legalidad. Serán los únicos. En este país de crápulas, en el que ni el que hace la ley la cumple, ni el que la desarrolla la respeta, ni el que ha de juzgar la aplica, van a tener los inmigrantes que empollarse el BOE y obedecer normas a tutiplén. En adelante, cada ley debería llevar detrás de su pomposo nombre la expresión “Para los inmigrantes”. Por ejemplo, "Ley Antitabaco (para los Inmigrantes)". Así cada uno sabe a qué atenerse: nosotros seguimos sin darnos por aludidos por la legalidad y ellos que se vayan sabiendo lo que vale un peine y lo guapo que se legisla aquí.
Se van a enterar de lo que es un sistema de fuentes bien tupido. Ellos pensaban que tras cruzar el Estrecho o el ancho Atlántico tendrían que andarse con ojo con el Derecho español. Verás qué risa cuando descubran lo que cambia el tal ordenamiento, que se dice español por decir algo, cuando se rebasa el Ebro, se baja de Despeñaperros o se cruza la Cordillera Cantábrica, pongamos por caso. Y eso que la cosa no ha hecho más que empezar y todavía falta la conquista democrática de que cada parroquia tenga su Código Civil, cada pedanía su Ley de Aguas Mayores y Menores y cada Comunidad de Vecinos su Derecho Hipotecario bien particular.
Mira, podemos tener chollo ahí los de Derecho. Que el próximo gobernante establezca la obligatoriedad de unos cursitos de Derecho autonómico, local y localísimo para inmigrantes y que se mande de vuelta a todo el que no sepa recitar de carrerilla la lista de los reglamentos municipales de Torrelodones y O Barco de Valdehorras. Nos sacaremos unas pelas y ellos se irán convenciendo de que deberían haber seguido navegando hasta Suecia. Y que se tengan que acreditar ante una agencia de evaluación de la calidad de los extranjeros, la ANEGRA, y que nos llamen también de ahí para informar y sacar unas pelas.
Dos. Aprender la lengua. Oiga, pero qué lengua. Serán las lenguas. No van a ser menos que los andaluces, por decir un caso, ahora que Chaves va a poner euskera y catalán en las escuelas de Chiclana para que los infantes del cálido Sur sepan idiomas con futuro y aumenten con ello sus posibilidades de convertirse en cotizadísimos directivos de empresa o científicos de primera.
Tampoco vamos a obligar a los inmigrantes a aprender español, pues entonces volvemos a discriminarlos gravemente, ya que les exigiríamos más que a muchos de los de este Estado (mira qué fino y correcto me ha quedado: el Estado español, arsa). Va el subsahariano de vacaciones a tomarse unas cocochas en un restaurante de Bermeo, todo tranquilo con el español que ya sabe gracias a Rajoy, y resulta que le contestan en la lengua ancestral recién aprendida por el joven camarero vascuence de toda la vida y apellidado Carballo. Y el subsahariano venga insistir con su español nuevo y el tal Carballo explicándole por señas que él en la ikastola sólo aprendió euskera y que ya le parecía a él que los españoles eran todos unos negros de mierda. Y ponte tú en Bermeo a contarle por señas a uno de allá abajo lo que es una ikastola.
Tres. Respetar las costumbres. Esto ya es el colmo. Ya vuelve el facherío a dar la matraca con las costumbres. Para empezar, habrá que ver qué costumbres. Serán las buenas, se supone. Y meterán baza los obispos para que los inmigrantes no se acostumbren a masturbarse –por lo de la médula y tal- a elegir ética y a casarse varias veces.
Si a lo que Rajoy se refiere es a que adquieran nuestros hábitos y usos, mejor sería no menearlo y dejar que los inmigrantes vivan a su bola. Porque, a ver, para qué queremos que aprendan a hablar a voces, a tirar colillas por la ventanilla, a calzar chanclas en los restaurantes caros, a aturrar al personal con el móvil, a circular por las calles veraniegas en camiseta de tirantes, si son varones, o en camiseta apretada sobre tres capas superpuestas de michelines, si son damas, a salir con El País debajo del brazo para ligar con señoras conbigote y maneras de brigadier prusiano o a votar a Zapatero porque es el único que pone a los obispos en su sitio después de haberles aumentado la propina a nuestra costa.
No, definitivamente es mucho mejor que ni se integren ni se enteren. Así la mayoría seguirán siendo buena gente y portándose razonablemente bien. Que no conozcan la ley, para que no sepan que aquí no la cumple ni el Tato; que hablen su lengua, para que se amplíe aún más esta variedad idiomática que tanto nos enriquece y que nos asegura un futuro brillante “en el concierto de las naciones”; que mantengan sus propias costumbres, a ver si vuelve a haber manera de que podamos ir a un restaurante sin que nos asalte un mocoso sin desbrabar o un padre sin civilizar, al cine sin que nos impida concentrarnos en la película el ruido de las palomitas y el aroma de los sobacos autóctonos y a pasear por la calle sin que uno se pregunte cómo carajo ha degenerado de semejante manera esta raza nuestra, o lo que diablos sea.

Otro detallito de las acreditaciones

Por ahí abajo algunos contertulios de este blog, como jota-jota y un anónimo, han hecho algunas consideraciones interesantes sobre las nuevas acreditaciones. Merece la pena echarles un vistazo.
Y Lopera in the nest nos hace reparar en otro detalle interesante en el que seguro que muchos no habíamos caído. Esto dice:
Leyendo el Documento de la ANECA "Principios y Orientaciones para la Aplicación de los Criterios de Evaluación", encuentro lo que en mi opinión es una de las traiciones más sectarias que se han hecho a un grupo de jóvenes brillantes que se creyeron las promesas de los distintos Gobiernos: Los contratados "Ramón y Cajal".
En la página 62 del citado Documento dice textualmente:
"Los periodos de dedicación de los Contratados Ramón y Cajal computan a mitad de tiempo respecto a la dedicación completa."
La mayoría de estos contratados, casi me atrevo a decir que TODOS, son jóvenes de menos de 40 años con unos CV's que de sobra obtienen el máximo de la puntuación correspondiente a la actividad investigadora, pero que debido a esta limitación van a conseguir muy dificilmente el mínimo necesario en la actividad docente.
Mi opinión es los tratan como si estuvieran estorbando, son como apestados, ya que han sido contratados sin que las "sucias" manos de los rectores hayan manchado su incorporación a la universidad española, y podrían "contagiar" al resto de la comunidad universitaria. Y eso que cada vez que cualquier autoridad habla de ellos, presume de esta figura académica.

Montadores

Quieto parao, esta vez no va de rectores, aunque el título engañe. Me apresuro a aclarar a qué me refiero: al montaje de muebles, ingenios mecánicos y toda clase de chismes. Esto es, al enésimo hallazgo para convertir nuestras vidas privadas en un infierno y la paz de los hogares en un loco laboratorio de ingeniería.
Pasaron para siempre aquellos gloriosos tiempos en los que un sujeto compraba un cachivache cualquiera, pagaba a tocateja o como buenamente podía y recibía el preciado bien en su casa, acompañado de un señor o varios, que procedían con mano maestra a su ensamblaje, presentación y puesta a punto. Ahora ya no es así.
En estos tiempos en que la calidad de vida se mide en dígitos incomprensibles y promedios inescrutables, uno adquiere cualquier cosa y la recibe en un envoltorio descorazonadoramente pequeño. El primer reto consiste en abrir el embalaje, con cintas y pegamentos a prueba de manos inexpertas. Así que lo primero que uno ha de procurarse es un buen equipo de tijeras de todos los tamaños, cuchillas y hasta dagas y puñales de diferentes culturas. Cuando, con varias magulladuras y cortes en las manos, consigue al fin acceder a las entrañas del paquete, se topa con un amasijo de piezas y una bolsa con tornillos tuercas y extrañas llaves maestras. A base de revolver en tan desconcertante amasijo, acaba por aparecer un folleto en letra minúscula y lleno de esquemas, diagramas y planos. Después de dar con las gafas, objeto siempre necesario cuando la presbicia acompaña a la edad y que nunca está donde se lo supone, se hace una nueva constatación descorazonadora: el escueto papelillo que encierra lo que sólo con gran generosidad se puede llamar instrucciones, aparece en veinte idiomas. Si hay suerte y uno de ellos es el español –imagino la desesperación de los euskeroparalantes y catalanoadictos- el avance es menor del esperable, pues la redacción diríase obra de un burócrata ministerial o traducción pedestre de un esquimal disléxico.
Bien armados de paciencia, localizamos las piezas y las extendemos por el suelo, ocupando buena parte del exiguo apartamento que, de tal guisa, pierde su ya escasa habitabilidad. Las horas siguientes son de sudores, blasfemias o, si la víctima es creyente y practicante, castizas expresiones tipo cáspita, jolines, repámpanos, cagoenlaputaleche y, quieras que no, rediós, en simpático crescendo. En este punto y pasado ese medio día de intenso disfrute en el que resuenan las amables admoniciones de la pareja que te dice aquello de “pues en la tienda dijeron que era muy fácil” o “si estuviera aquí mi padre, esto ya estaría listo hace horas”, la ciudadanía masculina se divide en tres grupos: los que se rinden y se van para el bar sin propósito firme de retornar al casa algún día, los que perseveran y se gastan las vacaciones enteras para nada y los que llaman, con inefable sensación de minusvalía, a ese dichoso cuñado manitas que todos tenemos y que en la próxima comida familiar se va a solazar con tu íntimo fracaso.
Mi última experiencia fue con una cuna y un cacharro de ésos que llaman trona. En la tienda los ves armados y, feliz, señalas con el dedo: ése. El sádico vendedor te dice que vale y que ya te lo van a enviar perfectamente desmontado en su caja. Tú insistes: no, no, quiero ése y lo quiero así como está. La réplica te pone en tu sitio: es que así no lo servimos porque no entra en la furgoneta. Bueno, pero el que lo lleva lo montará, ¿no? Y te contesta, impasible: no, montadores no tenemos. Y agrega: pero no se preocupe, esto lo arma hasta un niño.
El nuevo incidente es con el porteador, que te lo deja en la puerta de tu casa y se niega a meterlo dentro, pues tales pasos adicionales rebasan su obligación y, además, tiene mucha prisa. Lo arrastras tú como buenamente puedes y tu hernia te permite, dejando en el parquet un indeleble recuerdo de tus padecimientos y tu escasa maña.
¿Cuántas energías gastan al año los honestos padres de familia en tareas tan imposibles? ¿Cuántos divorcios provoca el montaje doméstico de artilugios? ¿Cuántos trastornos psíquicos irreversibles causa ese duro bregar con piezas y cuñados? ¿A qué estadios primitivos de la civilización nos retrotrae ese paradigma Ikea que todo lo invade? Da igual lo que compres, un teléfono móvil, un ordenador, una estantería, una lámpara, un juego de látigos y correas, todo te viene desmontado y listo para rebajarte la autoestima.
Convendría rastrear cuándo y cómo comenzó esa degradación, en qué momento se nos igualó por abajo y se hizo de todos nosotros unos torpes aprendices de carpintero, electricista, albañil y estibador, siervos de la gleba, esclavos de la gubia. Manejo la siguiente hipótesis al respecto: todo comenzó cuando el capitalismo suprimió los calzoncillos con agujero, sustituyéndolos por esos slips que nos fuerzan a los gestos y posturas más innobles. No hay más que ver los baños masculinos de cualquier bar concurrido y a los que pretenden orinar retorciéndose y escarbándose las entretelas cual si bucearan en su propia inanidad, para darse cuenta de que en estos tiempos a los varones se nos quiere humillados, sometidos y ocupados en menesteres que podrían ser mucho más llevaderos.
No está lejana la época en que usted comprará una casa y, después de firmar la escritura del inmueble y de la hipoteca, lo llevarán a un solar donde hallará, perfectamente empaquetados, ladrillos y cementos, con una bolsita de paletas de distintos tamaños y un folleto con las indicaciones en sueco. No le costará menos, pero deberá dar las gracias a la constructora que ya no construye, pues le permite realizarse como arquitecto y peón a un tiempo y, cual penitente, ocupar los años que le queden de vida en el montaje de ese nido de amor.
Y encima nos pedirán que seamos tiernos y comprensivos.

05 febrero, 2008

Pequeños negocios universitarios

Andamos a la que salta. No se nos pasa una. Menudos linces. Cada nueva reforma universitaria abre posibilidad de negocietes nuevos. También ayuda a que sobrevivan algunas actividades que, si no fuera así, se agostarían sin remisión, dado el enorme interés que los asuntos académicos despiertan en este país de nuevos ricos con ínfulas y profesionales cuyo prestigio y preparación se presupone, como se decía del valor de los soldados.
Las asignaturas de libre configuración fueron la salvación de congresos y cursos de verano. Los estudiantes se matriculan movidos por el muy académico propósito de hacerse con esos créditos que se regalan a cambio de la inscripción y de estar de cuerpo presente. Y a los profesores se nos da vidilla así. Es una pena que con la reforma iniciada posiblemente se vaya a chafar el invento, antes de que se haya puesto a punto el inhibidor del bostezos estudiantiles o el medidor de ronquidos reflexivos.
Pero no hay problema, la alternativa ya está en camino y se avizoran nuevos públicos cautivos. Esta vez serán los mismísimos profesores, especialmente los más jóvenes, los que tendrán que pasar por el aro. Resulta que ya funcionan los baremos para las acreditaciones profesorales. Póngame un kilo de solomillo, tres cuartos de alitas de pollo y medio de pechugas de pavo. De sesos con cien gramos basta. Traducido: tanto por publicaciones en revistas de impacto impactante, tanto por cargos académicos, tanto por cursos de actualización pedagógica para lerdos y churris con powerpoint y tanto por comunicaciones en congresos. Y ya vemos a todo el personal buscándose la vida e inscribiéndose en cosas a las que nunca pensó rebajarse. Mis queridos pedagogos ya tienen asegurada la rentabilidad de su chiringuito, para empezar. Por algo son ellos los que nos hacen las reformas.
Voy a buscarme el problema de hoy y a seguir ganando amigos. Hace algunos meses, un colega de letras al que tengo gran aprecio y que organiza un congreso interesante e interdisciplinar me pidió que contactara con algunos profesores de lo jurídico para que presentaran comunicaciones. Así se hizo y hoy uno de ellos me envía un mensaje del siguiente tenor: que la organización le escribió para indicarle que por supuesto había sido aceptada su comunicación y que podía pagar los cien euros del ala cuando quisiera. No sale de su asombro mi amigo. No pensaba cobrar por su colaboración, por supuesto, pero no imaginaba que tendría que pagar. Lo que pasa es que los de Derecho seguimos instalados en la inopia y vivimos de espaldas a los imparables progresos de la ciencia. Se nota que pasamos pocos controles de calidad y, para colmo, no sabemos autoevaluarnos.
Al mismo tiempo, llega a mis manos el folleto de un congreso de una disciplina jurídica que se organiza en otra Universidad. También piden una pasta a todo aquel que quiera presentar comunicación. Curioso. Me quedo pensando en cuáles serán las razones de esta moda de la que no era muy consciente un retrógrado como éste que suscribe.
Vaya por delante mi altísima estima personal e intelectual para todos los organizadores de tales eventos y mi respeto por el trabajo que se toman. No quiero molestarlos a ellos, para nada, sólo divagar sobre las modas y los modos que en estos tiempos se imponen. Si mis conclusiones no son políticamente correctas ni están a tono con las irresistibles anecacas, créanme que lo lamento. Habrá que ir pensando en la prejubilación. Adaptarse o morir. Pues morir.
El caso es que, puesto que se está volviendo difícil lograr las dichosas acreditaciones si no se consiguen puntos en todos los apartados del baremo de marras y dado que uno de esos apartados es el de aportaciones a congresos, los aspirantes van a tener que buscarse congresos en los que colocar su rollete. No puntúa la calidad de los contenidos de tales comunicaciones, sólo faltaba, sino que van al peso. Tantas comunicaciones, a tanto cada una, tantos puntitos. Así que qué cosa más natural: el que quiera la certificación de comunicante que da los puntos en cuestión, que pague. Es una inversión para el día de mañana. “¿A ti por cuánto te salió ese curriculum tan guapo que te has hecho?”. “A mí por tres mil euros”. “Chico, qué chollo”.
¿No sería mejor que se compraran directamente las acreditaciones? Por una de titular, chiquicientos euros; por la de cátedro, tropecientos. Pero no, el sistema prefiere los pagos fraccionados. Los cursos de motivación de estudiante con nuevas tecnologías y masaje lumbar, a tanto; los congresos con comunicación, a tanto. Honorables móviles, culto desinteresado a la ciencia. Como si un día las mujeres (y hombres) de la vida tuvieran que acreditarse para llegar a madames (¿y messieurs?) y nos fueran buscando por ahí: “Ven conmigo, corazón, que te hago lo que ni te imaginas y encima te pago yo a ti; anda, porfa, que me faltan tres revolcones viciosos para acreditarme ante la ANECAMA”.
Insisto, los de Derecho tenemos unas costumbres que deberíamos ir desterrando. Conozco más de uno que se encuentra en edad de acreditarse para catedrático y que se halla sumido en la perplejidad, pues ha publicado tres monografías gordísimas y de máxima calidad y resulta que no le alcanzan los puntos y capta ahora que mejor habría hecho si hubiera acumulado diplomas de pedagogía para dummies y comunicaciones en congresos de amiguetes y si hubiera partido sus libros grandes en veinte artículos pequeños. Esta temporada la ciencia se lleva corta y con mucho escote. Consecuencia todo ello de que quienes juzgan y evalúan ni son de la disciplina de los aspirantes ni están en condiciones de entender ni papa de lo que en los escritos de los candidatos se contiene. Así que módulos objetivos y juicio al peso. Si Einstein se presentara, las iba a pasar más canutas que Cascorro y ya se iba a enterar en carne propia de lo que es la relatividad. El mérito y la capacidad se venden en Alimerka, sección de charcutería.
Cada día doy más gracias a los hados porque mi situación, hoy por hoy, me exonera de pasar por tales horcas caudinas. Dentro de algunas décadas los historiadores de la ciencia española (?) se preguntarán por qué hay un vacío tan grande en los años 2008 y siguientes. La respuesta será sencilla: todos los investigadores estaban preparando su currículum para las acreditaciones y no les quedó tiempo para investigar un carajo. La burocracia se ha comido la universidad. Con ayuda de los pedagogos, cómo no.
Prometo que mañana ya no escribo sobre estas zarandajas gremiales. Total, es perder el tiempo. El pensar en batallas perdidas provoca melancolía.

Los profesores no se hacen valer (los que valen)

Las abuelas de mi pueblo decían a las muchachas aquello de “tú hazte valer, hija”. El significado de la expresión es más complejo de lo que a primera vista parece. No es sólo ni principalmente una invitación a la virtud moral que de las damas se pretendía frente a los varones, tenidos por acosadores y zafios, igual que ahora se nos sigue considerando por las nuevas abuelas refunfuñonas y sin nietos. No, también quería decir que las chicas no debían ser fáciles para el primero que pasara, que convenía que se mostraran al alcance sólo de quien por su esfuerzo y sus méritos realmente las mereciera. Nada de sucumbir al halago elemental o al ruego apresurado.
Bueno, pues no estaría de más que los profesores de universidad aplicáramos estrategias similares. Perdemos el culo (con perdón) porque nos llamen para cosas, nos mencionen en papeles, nos convoquen para los eventos más variopintos. Por muchos de esos asuntos no se nos paga ni cuentan como mérito para nada, sólo nuestra vanidad nos impulsa a decir que sí e irnos para allá moviendo la colita. Nos cuesta tiempo, viajes, conversaciones inútiles, papeles inverosímiles, pero no decimos que no. ¿Por qué? No sé cuál será la razón profunda, más allá de esa tonta vanidad, pero sí tengo claros los efectos que así provocamos: se nos toma por el pito de un sereno. Habría que ver qué pasaría si un día nos plantáramos.
Pensemos, a título de buen ejemplo, en los tribunales de tesis doctoral. Juzgar con seriedad una tesis da su trabajo y lleva su tiempo. Uno tiene que leerse el tocho, buscarle las vueltas, componer y fundar su juicio. Sí, ya sé, no es que acabe de caer de un guindo: la mayoría de los que integran tribunales de tesis no las leen, todo lo más echan un vistazo apresurado a la introducción, las conclusiones y la bibliografía. Estoy seguro de que cientos de veces habrá ocurrido que un doctorando se pase cinco o seis años elaborando con esmero su investigación para que, a fin de cuentas, no lea el resultado ni el propio director ni ninguno del tribunal. Y aquí rige otra ley con pocas excepciones: cuanto más prestigioso el integrante del tribunal, más probable que no mire una línea. Ser importantísimo sirve para eso, para que tu mera presencia te justifique, para que con tu body baste. "Es que en mi tesis estuvo Don Leoncio, fíjate tú". "Uy, qué envidia".
Pero pongamos que alguien se quiere tomar en serio dicha labor, pues casos hay. La compensación es mínima, pues es trabajo que propiamente no se remunera. Es un alto honor, se supone. O más correcto sería decir que lo era. En estos tiempos te convocan en ocasiones para juzgar tesis excelentes, pero otras veces es puro embolao y favor para hacer con la nariz tapada. “Que mira, que tengo aquí una tesis que hizo un chaval que es muy buena persona y muy trabajador, pero se le acaba la beca, quiere casarse con una australiana e irse a vivir a Sydney y, además, anda deprimido. La tesis no es gran cosa, pero yo creo que en este caso es justo levantar un poco la mano y te agradecería que vinieras al tribunal y que no fueras muy duro”. En esos términos te llama el director. Si dices que no, pierdes un amigo y aumentas tu fama de ogro pretencioso; si dices que sí, contribuyes al descrédito creciente del título de doctor y a la mengua de tu autoestima. Lo del honor que te hacen al nombrarte juzgador de menesteres doctorales habría que verlo caso por caso. Hoy en día y en muchas ocasiones, el mero honor no te compensa ni el trabajo ni el ejercicio de tragaderas. Y una cosa en voz bien alta y sincera, para que nadie se me moleste: YO TAMBIÉN HE PEDIDO ESOS FAVORES. Ahora me arrepiento, sí, pero los he pedido y me los han concedido buenos colegas y amigos. Así que el que esté libre de falta, que se acredite.
Pero hay más, ya para rizar el rizo. Te proponen para un tribunal y, de propina, te piden que rellenes unos papelajos donde has de justificar tu propia ideoneidad como juzgador. Al final es como su tú fueras el interesado, el que hace una petición y debe justificarla. Todo para que una misteriosa comisión de doctorado de alguna parte evalúe si eres apto o no. Siempre van a decir que sí, pero tú has perdido dos horas con el recorta y pega para el enésimo modelo de curriculum que te solicitan y buscando razones por las que se supone que sirves para calificar esa tesis. Es decir, encima de que vas de gratis, pones la cama y das las gracias al acabar la faena. Raro, raro, raro. Busconas bien desesperadas parecemos.
¿Se imaginan el fontanero al que le dicen que ha sido propuesto para reparar una cañería gorda del edificio, pero que no le pagan más que la dieta del día? Él puede decir que sí por solidaridad o porque es generoso, pero le añaden: “Ah, pero háganos un informe con un abstract en inglés para convencernos de que es usted el fontanero idóneo para esa labor gratuita”. ¿Qué les diría? ¿Por qué no decimos nosotros eso mismo? Pues porque somos unos mataos y unos lelos, por qué va a ser. Porque no nos hacemos valer

03 febrero, 2008

Pedófilos y panfletos. Una "información" de El País

Hace pocos días un buen amigo de este blog nos ilustró en León extraordinariamente bien sobre los excesos y sinrazones de esta ola de punitivismo que nos invade. Siendo, como es, persona honestamente progresista (no un progre de rebaño), me lo imagino hoy consternado ante la información (?) que viene en El País. Ojo al dato, he dicho El País, no un panfleto de la Conferencia Episcopal ni un folleto de la derecha más cavernícola y nostálgica de paredones y amaneceres.
Esto parece asunto de dinámica de fluidos o cosa así. Lo que sueltas por un lado entra por otro. Mucho cuento con que liberalizamos esto, reconocemos derechos donde antes había delitos e implantamos tolerancias donde antaño campaban las condenas morales más terminantes. Y está muy bien. Ahora los homosexuales pueden casarse, que el alcalde los bendiga. El adulterio no es delito, como fue, y se va institucionalizando domesticadamente en locales especializados en amor a cuatro manos o más. Alabados sean los tiempos. Se persigue con saña el “la maté porque era mía” y se agrava lo que antes era atenuante, loado sea el legislador. Débitos a la fuerza no se admiten, salvo con Hacienda, y hasta en el matrimonio el apareamiento tiene que ser plenamente consentido por entrambos comparecientes, cosa que se agradece.
Pero, ojo, con alguien hay que tomarla. Si resulta que todo el mundo es bueno, a ver contra quién nos unimos. Necesitamos felones, se buscan malvados para compensar tanta apertura y tanto dejar hacer al albur de cada cual. No vaya a ser que de tan liberales acabemos en la acracia. Por eso no sé qué va a ser de nosotros el día que no haya terroristas; habrá que inventarlos, obviamente. Pero el terrorista es excusa necesaria para que aceptemos descalzarnos hasta para subir al tren y que nos pongan cámaras en cualquier esquina, nos graben, nos espíen los de la TIA, se desfoguen oposiciones y mientan gobiernos. Pero, con todo y con eso, tampoco nos van a convencer de que en cada esquina de nuestro barrio hay un etarra atrincherado y en cada parque un suicida por Alá con el ombligo tuneado de dinamita. Así que hace falta algo más, el Coco, el Hombre del Saco, el Yeti, un primo segundo de Jack el Destripador; lo que sea, pero malo malísimo, hipermegasuperpeligroso y que asuste un güevo a la gente de orden y a los apolíticos que no se enteran apenas de que los terroristas nos van a matar a todos pasado mañana. Pues ya está, lo tenemos, el nuevo Coco es…, el pedófilo.
Los que estén un poquillo leídos, que son todos los habituales de este blog, recordarán lo que decía de los judíos la propaganda nazi-fascista: que, entre otras muchas atrocidades, usaban bebés para sus ceremonias diabólicas y hasta se los comían, vuelta y vuelta. Ahora andar asustando con los judíos queda feo, salvo que aspires a gobernar en Irán o te obnubiles en Bloque. Pero lo de los comeniños es una idea que no se debe echar en saco roto. Así que a acongojar a la gente con los pedófilos. No permita que nadie le haga una carantoña a su niño, lleve a su bebé con cinturón de castidad, desconfíe de aquel vecino que le sonríe a su Jennifer Alexandra cuando la va pasar para el cole con los leotardos de Ágatha Ruíz de la Prada. Qué digo pasar para el cole, ni se le ocurra dejar que ella camine solita cincuenta metros por estas ciudades atestadas de violadores de menores, no le permita que tome un bus si no es usted un desalmado consentidor y candidato a perder custodias y respetos vecinales. Ojo con el profesor de educación física, no vaya a estar fijándose en el culete de su Borja Kevin, atentos con la directora de las Carmelitas, que puede ser una lesbiana reprimida que tiene sueños lúbricos con su Melanie, mucho cuidado con el primo del pueblo, que puede estar aburrido de la cabra y, ya metido en el vicio, hacerse ahora minorero.
Claro, no vamos a ponernos a pensar que el riesgo mayor y más real es que un coche se lleve por delante a nuestro vástago el día que estrena la bici que le trajeron los Reyes (Magos, ojo), ya que no hay carriles para bicicleta ni cosa que se le parezca. No vamos a creer que se nos puede descuernar en una alcantarilla sin tapa o a partirse la crisma en el socavón de unas obras mal protegidas. No, no, lo atroz de verdad es que pueda venir un criminal y hacerle unas fotos con el pirulín al aire o haciendo caca en su orinal nuevo, y las cuelga en internet y miles de asesinos de niños se hacen pajas. Uy, eso sí que es terrible. Pena de muerte ya, con castración previa; que digo, lapidación y que se claven las cabezas en los mástiles de las banderas del ayuntamiento, y, de paso, no discutimos sobre cuántas tiene que haber y por qué orden.
Echen un vistazo a lo de El País, que no tiene desperdicio. El título ya promete: “Pederastas: mucho ruido y poca cárcel”. Resulta que en España han detenido a mil pedófilos en los últimos cuatro años y en la cárcel hay solo treinta. Intolerable. La supuesta información es, para empezar, indecente. A éstos periodistas así sí que habría que darles unos latigazos y luego echarlos al mar con una piedra de molino atada a los cojoncillos. No dicen cuántos han sido juzgados y cuántos condenados a penas del tipo que sea, sino que hablan de que sólo treinta de los mil detenidos han ido a la trena. Dando a entender que si te detienen por pedófilo eres culpable sin duda, sin error posible, y que, además, si eres pedófilo hay que encerrarte, sea lo que sea lo que hayas hecho. Por ejemplo, si has mirado unas fotos en internet, a la cárcel. Creo que los penalistas llaman a eso Derecho penal de autor. No se castiga a una persona por lo que ha hecho, sino por lo que es y por lo que puede llegar a ser. Los degenerados a la cárcel, preventivamente, por si acaso. ¿Y cómo sabemos quién es degenerado? Por indicios, por las maneras que apunta. ¿Ves ese de ahí que se ha ofrecido para bañar a su sobrinita? A prisión de inmediato, por cerdo y pervertido. ¿Y la presunción de inocencia? ¿Y el in dibuo pro reo? Ah, eso sólo para los políticos acusados de corrupciones y tropelías varias. Ahí sí que funcionan las cosas al revés: en cuanto un juez te absuelve, aunque sea porque la prueba era tan ilegal como materialmente contundente, porque prescribió el delito o porque se instruyó mál el caso (pon que metió mano Garzón), tal absolución significa que ontológicamente eres inocente y ni robaste ni es concebible que un ser como tú pueda robar jamás. Le pasó a Zapalana, v.gr; y a muchos más. Impolutos. No hay peligro de que venga El País diciendo que hay mil políticos corruptos sueltos por ahí y que a la cárcel sólo han ido dos.
Nos meten el miedo en el cuerpo con el aumento de los pederastas y tal aumento se explica porque hay cada vez más vicio y la gente ve cada día más pornografía y quiere probar y ver cosas nuevas. Eso lo dice El País, no L´Osservatore Romano. Miren estas cuentas: “En 2003 se detuvo a 84 personas, en 2007 la cifra empieza a ser significativa: 677. En los cuatro últimos años, los detenidos suman 974”. Engañabobos total. ¿Cuáles son los últimos cuatro años? ¿Del 2004 al 2007, ambos incluidos? Si en ellos los detenidos fueron 974, de los que 677 corresponden al 2007, tenemos que los otros tres años, del 2004 al 2006, salen a 99 detenidos. O sea, que la cifra mantiene más o menos estable hasta que el año pasado medio país se descubre pedófilo y la policía no da abasto. No cuela. Más bien alguien debería estar preguntándose qué o quién hace que en el 2007 toque asustar a la gente con la pedofilia. Y, de paso, averigüemos también cuántas de esas detenciones acabaron sin procesamiento porque no había materia criminal y cuántas terminaron en absolución porque o no se daba ningún tipo delictivo o no había pruebas. Cuando tengamos todas las cifras y éstas provengan de fuente fiable, hablamos en serio y vemos.
Ah, pero el periódico no está para sutilezas. Todos a la cárcel. Qué juicios ni qué leches, qué pruebas ni qué niño muerto. Glup, miren qué expresión tan políticamente incorrecta. Qué te apuestas a que me trincan a mí también por decir palabrotas ofensivas para los infantes. El amarillismo del reportaje es tan manifiesto que miren cómo empieza el párrafo siguiente a ése de las cifras-trampa: “La epidemia puede llegar a nuestras casas. ¿Qué seguridad tiene usted de que su hijo o hija no esté en contacto con un pedófilo a través de Internet?”. Sigan leyendo por sí mismos y verán qué pánico más idiota nos quieren contagiar. Resulta que nuestros hijos son tontos de baba y en cuanto en el chat algún cantamañanas les dice que se saquen las partes ante la webcam, ahí los tienes, con todo al aire, pero con remordimientos. Y luego no duermen, los pobrecitos, y tienen pesadillas. Y todo porque el pedófilo de guardia ha conseguido las claves de sus ordenadores y ha podido acceder a sus tremendos secretos. Y, claro, chantajeado, el pequeñín se saca la pilila y lo que le manden.
¿Se imagina usted qué terribles secretos deben de tener nuestros hijos para llegar a admitir tamaño chantaje? Leo esas explicaciones y me quedo convencido de que a quienes debemos vigilar estrechamente es a nuestros pequeños, no a los pedófilos. “Mamá, mamá, hay un pedófilo brasileño que quiere que le enseñe una tetita y dice que si no lo hago se chiva de que el otro día fui yo la que empujé a la monja del cole en el barranco aquel en el que se mató durante la excursión de Naturales”. “¿Y fuiste tú, mi sol?”. “Sí, mami, pero porque era mala y me suspendía siempre”. “Qué hijoputa el pedófilo. No te preocupes, mi amor, ahora mismo llamo a la policía”. “Gracias, mami, ¿me dejas que chatee otras seis horas?”. “Claro, mi vida”. “¿Y me prestas tu salto de cama nuevo para que esté más fresquita?”. “Bueeeeno. Pero no me lo estropees, ¿eh? Que ya es con lo único que pongo burro a tu padre”. “Gracias, mami. Te quiero. Muá”.
Ya ven qué curiosos deslizamientos. Nos hablan de pedófilos y nos ponemos a pensar en esos casos verdaderamente terribles en que un tipo secuestra, viola y mata a un menor. Cosa que ocurre rarísimamente. Nos dicen que a la cárcel con los pedófilos y pensamos en esos casos, con todo fundamento. Pero luego resulta que no, que nos están hablando de pedófilos que con artimañas consiguen que nuestros hijos se saquen las partes ante la webcam. Y a ésos hay que mandarlos a la cárcel igual que a los otros, por lo que se ve. Y a los que ven esas fotos así logradas también hay que meterlos entre rejas. Supongo que también habrá de hacerse lo mismo con sus parientes, por si la cosa es genética. Y también imagino que cuando en las cárceles no se quepa y nos convenzamos que lo de los juicios con garantías son lentos, caros e ineficaces, organizaremos unos campos de concentración y los mandaremos para allá. Guantánamos para pedófilos, mira qué bien.
Vean los dos últimos párrafos de ese reportaje que firma un tal Luis Gómez, que los dioses confundan:
Las asociaciones demandan mayor contundencia en las condenas. Solicitan, incluso, que exista un registro de pedófilos. ¿Dónde están?, ¿qué hacen?, ¿reciben algún tratamiento después de haber sido detenidos? Mil pedófilos han vuelto a sus casas y nada se sabe de ellos.
En media docena de casos, el asunto quedó definitivamente cerrado: el pedófilo se suicidó tras la detención. Fue el caso de un profesor de inglés miembro del Opus Dei. Vivía solo pero compartía su vicio con otros. Una tarde, mató a su perro. Luego, tomó el coche y se empotró contra un muro
”.
No se puede decir más en menos espacio. Mil pedófilos andan sueltos, vigilemos. Menos mal que al menos con seis ha pasado lo mejor: están muertos. Fíjate, uno hasta era del Opus Dei. No tengo ninguna simpatía por el Opus, pero esto es jugar sucio. ¿Y los otro cinco de qué eran? ¿No habría algún militante del PSOE o de IU o de los Premios Goya, o es que sólo la derechona católica se tira niños? Como muestra de lo malísimos que son esos tipos, un detalle más: ¡mató al perro antes de matarse él!
Qué alivio que seis ya sean fiambres. ¿Qué tal si vamos pensando en cargarnos nosotros, con pena de muerte legal o por la brava, a los otros novecientos noventa y cuatro pedófilos que andan sueltos?
Ah, y por cierto, las cifras siguen bailando al buen tuntún. ¿De dónde han salido esos mil? Pedir rigor al periodismo-basura y honestidad al amarillismo ramplón es pedir peras al olmo.
Hala, majetes, mis queridos amigos penalistas, a indignarse como si esto lo hubiera dicho Jiménez Losantos y a escribir cartas a El País como si lo hubiera publicado La Razón. Ahí os quiero ver.

02 febrero, 2008

La Guerra de los Cien Anos. Por nuestro corresponsal en el Alma Mater.

Ya digo, no soy de los que están muy al día de lo que se cuece y se quema en las bajas esferas rectorales de mi querida universidad. Ahora bien, la indiferencia del estoico se vuelve incivil defecto cuando se está en guerra y se llena todo de daños colaterales. Y debemos de estar en guerra, por lo que logro inferir de algunos datos que no se entenderían de otro modo. O guerra o manicomio, pero lo que pasa no parece normal. ¿A qué datos me refiero?
Recuerde el amigo lector la carta del rector magnífico de León a la que aludíamos en el post de hace un par de días. ¿Se acuerdan? Qué pensarán los que alguna vez suspendieron la selectividad. Se indignarán pensando que ahora podrían ser catedráticos; o más. Bueno, tal vez ya lo son, pues no me consta que nadie haya suspendido la selectividad más de una vez o dos. Pues así estamos, como ya sabemos. El caso es que estos días me he tropezado por pasillos diversos con colegas que llevaban fotocopia de la carta y la exhibían alborozados y muertos de risa. Naturalmente, son todos de la oposición. ¿Y los partidarios del gobierno rec(tor)al qué dicen? Calma, pues ahí topamos con uno de los enigmas del momento, como veremos, pues este gobierno ya no tiene partidarios y posiblemente ni el rector se quiere ya a sí mismo y por eso se anda desprendiendo de cualquier jirón de prestigio que pudiera quedarle. Pero no adelantemos acontecimientos.
Digo que me voy tropezando con colegas desternillados de risa con la carta de marras. Supongo que ninguno será un converso que en su momento votara a nuestro Señor Magnífico, pues a ninguno le asoma cilicio ni se le aprecian marcas de penitente. Pero nunca se sabe. A uno de tales compañeros le planteé el otro día la pregunta que muchos llevamos en la cabeza: cómo es que nadie le revisó a Nuestro Dueño la carta. ¿Casi tantos cargos digitales como en La Moncloa y ninguno se maneja con sintaxis y ortografía? Pudiera ser, pero estadísticamente parece raro. Mi interlocutor me cuenta lo siguiente: que los escritos del Amo antes los corregía un pequeño vicerrector, pero que ahora ya no lo hace porque está picado con Él y le tiene tirria. ¡Tócate las narices! Este gobierno universitario cada vez se parece más al PSOE. Todos están en contra del Supremo y lo tienen por medio ceporro, pero aguantan en el sillón lo que haga falta y (algunos) se tiran en marcha sólo si hay mucho oleaje, el hundimiento es inminente y pasa un yate tentador, con flotadores per tutti y cubatas a bordo.
Vean qué curioso. Un vicerrector que está hasta la boina del Supremo y que pasa de él, pero que no dimite. Natural del todo, de cajón, oiga. Por lo que se comenta esta temporada, no es sólo uno, pues la mayoría de los vicerrectores no tragan a Muchoyó. Es más, algunos hasta han comenzado a trabajar su propia candidatura para sucederle en las cimas del Olimpo, pero advirtiendo con mucha seriedad que ellos no están en su línea ni son sus continuadores. Para nada. Que hace falta una ruptura, un giro radical. Vamos, como si el Bermejo o la Tere se presentaran ahora por libre a lo del 9 de marzo porque nunca tragaron a Z(P). Entiendo que un vicerrector pueda perder la fe una mañana al subirse al caballo oficial, comprendo que a los dioses se los va conociendo a fuerza de tiempo, milagros y divinas putadas, me hago cargo de que entre que te das cuenta, lo piensas, lo sopesas y te decides, te pasaron dos mandatos casi completos. Pero, hombre, cuando ya te rebotas del todo y en serio y vas diciendo sottovoce que el Boss te la refanfinfla, parece más honesto y efectivo el soltarse el pelo por completo, dimitir, soltar cuatro frescas públicamente y…, pedir perdón por los pasados errores y las pretéritas complicidades.
Algún día deberíamos escribir un manual de ética universitaria para altos/as cargos/as. Con unas bonitas aplicaciones de ese rollo de ética de convicciones y ética de responsabilidad. Categorías que hay que enriquecer con una tercera: ética de yo no pierdo nunca y estoy en la procesión y repicando, en el gobierno y en la oposición al mismo tiempo. Eclesiásticas habilidades, sin duda. Como los obispos, que en San Sebastián dicen una cosa y en Conferencia Episcopal otra, que se ofrecen de mediadores en las negociaciones con los terroristas y luego llaman cabrones a los que negocian con los terroristas. Episcopal coherencia de prelados y vicerrectores. Miren estos datos, para mayor ilustración.
Un rectorado que dura dos mandatos, ocho años. Un equipo unido y cohesionado como una sola mujer. Personalidades de una pieza, con las que todos hemos vivido a menudo historias como la que sigue, absolutamente real y típica. Vas a ver a un vicerrector por una cuestión ordinaria cualquiera. Él (o ella, pero no nos liemos con gilipolleces ahora) mira papeles, comprueba cuadrantes, dibuja hipotenusas, se recrea con curvas, comprueba solicitudes, recaba asesoramientos variados y, finalmente, te dice que sí y que de acuerdo y que cuentes con ello. Te vuelves a tu Facultad la mar de contento. Pasa una semana y otra y otra. Nada se mueve. Mosqueado, llamas a ese Vicerrectorado. La secretaria (¿por qué ningún vicerrector ni rector tiene secretarios varones? ¿Qué pasa con la política de género?), siempre amable, te dice que su jefe no está y que no sabe como localizarlo, pues ese día no lleva móvil. Repites la llamada al día siguiente y resulta que acaba de salir para una reunión en el Ministerio sobre “Titulaciones flexibles y convergencias convexas en el Espacio Curvo Europeo –ECE-“. Que volverá en tres días y que otra vez se olvidó el móvil. A los tres días: que está acatarrado y que avisó de que no va al despacho ese día y que en casa no quiere que se lo moleste, por la fiebre y eso. Por suerte, en ese momento te vas a la cafetería a tomarte un orujo para los nervios y te lo encuentras allí, con tres becarias y su vetusto maestro, más sano y alegre que unas castañuelas. Lo abordas y te dice que lo llames mañana. Que sí, que sí, que estará en su despacho y que lleva dos semanas queriendo hablar contito pero no atreviéndose a llamarte para no importunarte. Esto es señal inequívoca: date por jodido.
Al día siguiente lo llamas a las nueve. Y a las diez y a las once y a las doce. Das con él a la una. Te cuenta con detalle lo atareadísimo que ha estado esa mañana controlando la instalación en su Departamento de un aparato carísimo que se compraron con un proyecto y que sirve para medir las oscilaciones capitulares de la transaminasa infausta durante los efluvios carpetovetónicos. Resistes la tentación de colgar sin decir nada o de colgar después de haberte cagado en el viejísimo oficio de su mother, la pobre. “¿Sigues ahí?”, te pregunta cuando acaba con lo de su aparato.”Sí”, dices simplemente. Carraspea. “¿Y por qué me buscabas?”, te pregunta. Ibas a contestar que también él te buscaba a ti, según te había dicho ayer, pero piensas que para qué. Le recuerdas el asunto pendiente. “Ah, eso ¿pero no te llamó el Rector?” “No”. “Chico, es que el Rector ha dicho que no, que no le encaja y que no puede ser”. “¿Por qué? ¿No estaba todo en regla? Tú mismo me dijiste que…”. “Sí, sí, pero ya sabes cómo es Ramiro, cabezón y burro como él solo. Estoy de él hasta los cojones”. Y a partir de ahí cinco minutos explicándote que no soporta al Rector, que es un tirano y un arbitrario, que todos los del equipo se sienten humillados y ofendidos por Él, que él hasta se está tomando un antidepresivo para aguantar el tirón esta temporada y que últimamente hasta ha tenido algunas “disfunciones eréctiles”. Así mismo te lo dice. Acabas sobrecogido y compadeciéndolo. Ganas te dan de despedirte pidiendo perdón por molestar y por aumentar sus turbaciones y perturbaciones. Pero te despides cordial, cuelgas, te rascas la cabeza y te quedas pensando que algo no va. Al rato ya lo has visto claro, pero es tarde. El Rector, el tal Ramirín, será lo que quiera, el vicerrector en cuestión es un cretino de tomo y lomo y tú, y tú… eres tonto de remate.
Bueno, pues decíamos que un equipo así dura ocho años. Al segundo año ya circulan rumores de que hay vices muy quemados y que van a dimitir. No dimite ni uno, descuida. A algunos de ésos Zeus les cambia el nombre de sus cargos y se quedan la mar de felices. Al Vicerrector de Profesorado lo rebautizan como Vicerrector de Personal Docente y al de Ordenación Académica como de Planes Académicos. Y como niños con traje nuevo. “Querida, querida, mira cómo me llamo ahora. Y puedo nombrar tres nuevos directores de área. Voy a proponerle una de esas direcciones a Currita”. “¿A Currita? ¿A esa zorra?”. “Bueno, vale, a Currita no. Pues a Manolín el de Benavente, hala. Verás que ilusión le hace”. “A Manolín sí, mira. Ven que te felicite, lumbrera mía”. “¿Quieres que me ponga la toga sin nada debajo y nos vamos a la habitación?” “¡Uy, sí, sí, sí”. Así van tirando las parejas con altas responsabilidades.
Otro rumor que siempre circula a partir del segundo o tercer año de un rectorado es que el rector tiene un cáncer terminal. Como lo que los fachas han dicho toda la vida los del Rey. Que lo saben de buena tinta y tal y que máximo seis meses. Se cumple una ley impepinable: cuando la oposición universitaria le atribuye cáncer al rector es señal de que esa oposición, aparte de estar integrada por tontos de baba, se rinde y ya sólo confía en el vudú y el mal de ojo.
De esa guisa pasan siete años enteritos, con unas elecciones de por medio que sirven para que en el segundo mandato aumenten los cargos-comedero y las arbitrariedades a tutiplén. Como ya no pueden reelegirme, se van a enterar. Los del PRI mexicano tenían un nombre para eso, para el último año del Presidente, pero no me sale ahora. Me viene lo del “año del cerdo”, pero tal vez se me cruzan malamente temas y personajes. Eso sí, en cuanto empieza la cuenta atrás y comienza el año ese… la desbandada. Aquella lugartenienta de Ramirín que no te saludaba y que organizaba misas negras en tu honor por no querer al Único, su adorado, el niños de sus ojos, su osito, su cosa, un día se cruza contigo, se para, te sonríe, te da dos besos casi de lengua, te transmite todos los pésames que te debía de estos años, te comenta que te ve hecho un adonis y que cómo te conservas así de guapetón y, cuando tú todavía no has salido de shock ni has tenido tiempo para pellizcarte siquiera, se pone a decirte que Ramirín un hijoputa, que ella siempre lo había visto así, que tú tenías más razón que un santo cuando te mosqueabas, que ella siempre te admiró en silencio y húmeda, que hay que organizarse, que vienen las elecciones y esto no puede seguir así, que están planteando una candidatura alternativa y renovadora a esta porquería que nos ha gobernado hasta ahora, que en cuanto ganen van a pedir una auditoría, que cuenta con tu colaboración y tus ideas… Ah, y que ayer ha dimitido de su cargo, en el que siempre había estado incomodísima y por puro espíritu de servicio, la verdad.
Y se van acercando las elecciones y tú no sales de tu asombro y empiezas a tener paranoia inversa o manía persecutoria al revés. En lugar de tener la sensación de que todos te acechan para matarte o hacerte putadas, vas sospechando que te acosa todo dios por puro amor e incontenible admiración. Has dejado de ser transparente y no sólo descubres que aquellos que antes no te saludaban porque no te veían ahora se paran y te palmean el hombro y mueven obscenamente la lengua mirándote la bragueta –o ésa es tu impresión, al menos, por la causa de esa nueva paranoia patas arriba-, sino que hasta te felicitan por el blog y te dicen que muy bien esa caña y que así se zumba y que cómo disfrutan leyéndote. Hostias, piensas tú, pero si iba por ti. Pero, como te has quedado sin voz de tanto apretar las piernas, pues cuando quieres reaccionar el otro ya se ha ido moviendo el culete y encantado de haberte conquistado con tantísimo arte.
Pensándolo bien, nunca agradeceremos suficientemente todo el sacrificio que hacen por nosotros. Primero aguantando a las órdenes de un Sheriff que nunca soportaron y cuyas injusticias tuvieron que contemplar en silencio y a pie de obra, atados al cargo por la dichosa Verantwortungsethik, luego tirándose en marcha sin verter gota, más tarde cambiando de caballo al galope con circense soltura. Y todo por nosotros, para que las cosas funcionen, para que no nos falte de nada, para que podamos, nosotros, privilegiados, cumplir con nuestra labor de docentes consentidos e investigadores entregados, mientras ellos, nuestros servidores, se privan de las mieles del aula y de los placeres de la probeta y el libro, nada más que para estar ahí, velando por nosotros, sacrificados ángeles guardianes que no sucumben ni a las penas ni a los riesgos. Admirable, oiga. Chapeau. Yo de mayor quiero ser así.

01 febrero, 2008

Ora et ora. Las andanzas de un investigacor universitario. 1.

Iremos contando, en capítulos sucesivos y para no agotar al personal de una tacada, cómo se investiga hoy en día en nuestras universidades. La historia que se irá exponiendo es ficticia, pero llena de datos y experiencias rigurosamente reales. El protagonista, NN, es un catedrático que de buena fe intenta hacer algo más que vegetar, asistir a reuniones estériles y rellenar papeles inútiles. No sorprenderá el resultado de sus esfuerzos, y por eso podemos anticipar el desenlace sin destrozar la narración: no logra nada. Se lo come el sistema. Sucumbe a la burocracia. Pero eso, como digo, es lo usual. Lo interesante es que vayamos, poco a poco y con paciencia, reparando en la tupida red de estupideces que nos atrapa a los profesores universitarios y que no nos deja casi nunca hacer casi nada útil o que merezca en verdad el nombre de investigación.
Estamos nada más que para que chupatintas justifiquen sus puestos prescindibles y para que autoridades sin autoridad ni científica ni moral, pero con mando en plaza, rellenen a nuestra costa cientos de estadísticas mentirosas, de memorandos engañosos y de informes que celosamente ocultan lo que de verdad ocurre y que se puede resumir así: nos pagan para que aparentemos ser lo que no somos y para que, al tiempo, no hagamos nada que no sean gilipolleces del gusto de tarados ministeriales y de pedagogos pajilleros.
¿Para cuándo un Plan de Bol0nia sobre maneras de dejarnos trabajar en serio y en paz? ¿Para cuándo un modelo integrado para el fusilamiento de mangantes ministeriales y vicerrectorales?
Vamos allá.


Érase un catedrático llamado NN, que un día tuvo la idea de escribir un muy meditado y documentado trabajo sobre “Los X y los Z y sus conspicuas relaciones”. Lo primero que se le ocurrió fue el título y tal sucedió una noche mientras se cepillaba los dientes, ya en pijama y dispuesto a dormirse pensando en los planos de la nueva casa que él y su mujer habían decidido construirse. Ni se durmió hasta la madrugada ni pensó en la morada nueva, pues el esquema de aquel trabajo se le vino a la cabeza como por arte de magia y estuvo dándole vueltas y puliéndolo mentalmente.
Nuestro catedrático, tenido en tiempos por reputado especialista tanto en las cosas sobre X como en los asuntos de Z, llevaba algún tiempo sumido en una crisis de productividad, seco, con él decía. Había dictado conferencias y escrito algunos refritos sobre esos asuntos en los que había sido versado, pero hasta este mismo momento no había dado con nuevas vías para proseguir su investigación con originalidad y renovados ánimos.
Al día siguiente, martes, llegó temprano a la Facultad y se puso a escribir el guión inicial de su investigación inminente. A la hora del café, unos colegas pasaron a buscarlo y no supo rehusar. Encontró la ocasión para contarle por encima a B. su proyecto. Eran buenos amigos y compartían también ocasionales desahogos. Al poco de retornar al despacho sonó el teléfono y era B: “Oye, C., a quien recordarás y que es discípulo mío, organiza en julio en Jerez un curso de verano sobre "Los X y la dinámica intergeneracional". Así creo que se titula. Lo que hablamos antes me ha hecho sugerirle que te invite y está encantado. Te llamará en un momento”.
Colgaron y nuestro catedrático se sintió alegre. La semana había comenzado con inesperados bríos. Lo llamó C. desde Jerez y, después de los saludos protocolarios, le confirmó la invitación y le comunicó que le enviaría una ficha que tenía que rellenar como profesor de aquel curso. Llegó la ficha a última hora de la mañana, cuando NN acababa de regresar de su clase. Echó un vistazo y comprobó que era complicada. Después de comer con la familia, se puso a rellenar la ficha. Era larga y compleja. Entre los datos que pedían estaba el número de registro personal y no lo tenía apuntado en casa, por lo que decidió continuar a la mañana siguiente.
De nuevo madrugó y se propuso quitarse de en medio lo de la dichosa ficha. Buscó el número de registro y se topó luego con que le pedían una relación de artículos en revistas indexadas, con indicación del ISSN de cada una. Le costó dos horas recortar y pegar y dar con los datos completos de las puñeteras revistas. Se fue a clase y al volver continuó con la ficha. Le solicitaban un número de cuenta, pero con dígitos de banca internacional. Llamó a B. y éste le dijo que llamara a la secretaria del Departamento de C. en Jerez. Ésta le dio el número de la Dirección de Cursos de Verano de aquella Universidad, donde le pidieron que telefoneara otra vez en media hora, pues la persona que llevaba lo de las fichas había salido un momento. Al cabo, volvió a telefonear y le explicaron que tales dígitos eran imprescindibles, pues algunos de los conferenciantes invitados al curso eran extranjeros y se les pagaría con transferencia internacional. Alegó que él era español y que para qué complicarse en su caso, pero educadamente le contaron que el sistema informático no admitía más entradas que las que llevaran la numeración completa, sin distinción de cuentas españolas y de otros países.
Conseguir comunicación con su asesor personal en el banco le llevó un buen rato, pero logró rellenar aquel apartado con una larguísima serie de números. En ese instante se fue la luz y NN soltó varios juramentos. Retornó pronto la energía y afortunadamente había apuntado en un papel aquellos datos de la cuenta. En éstas, llegó la hora de comer y llamó a casa para explicar a la familia que tenía mucho que hacer y que tomaría cualquier cosa en la cafetería del campus. Antes de salir le llegó un correo electrónico del Vicerrectorado de Investigación, en el que se daba cuenta de una nueva convocatoria nacional de proyectos de investigación. El plazo de solicitud era breve, dos semanas, y NN se fue a la cafetería pensando que pediría un proyecto sobre el nuevo tema que se le había ocurrido. Tenía que pensar a quiénes metía en el equipo.
Esa tarde acabó de rellenar la ficha de Jerez, no sin antes tener que decidir lo que aún no había tenido tiempo de pensar y que el documento le pedía que especificase ya: medio de transporte a Jerez, días de estancia, apoyo instrumental que necesitaba para su conferencia y resumen de ésta en menos de mil palabras y con un abstract y palabras clave en inglés.
Luego se puso en contacto con algunos colegas de su gremio para ofrecerles la participación en su nuevo proyecto. La mayoría le dijeron que sí, pero a condición de que hiciera él todo el papeleo. Aceptó. Al fin y al cabo, la idea había sido suya. Como muchos le preguntaron qué había que hacer o dónde tenían que firmar, antes de irse a casa bajó de la web del Ministerio los impresos. Comenzó por echar un vistazo al modelo de currículo de los investigadores y vio que era sumamente innovador. O sea, no servían los formatos en que tenía su currículo y vio que le tomaría como mínimo un día entero adaptar los datos al nuevo, a base de cortar, pegar y buscar algunas informaciones sorprendentes que ahora se solicitaban. Se preguntó cómo se lo tomarían los compañeros que habían accedido a figurar en el equipo y que también habrían de rellenar ese formato.
Se marchó a casa sin perder el buen ánimo, pese a las primeras contrariedades. Esa noche se durmió pronto y agotado, pero tuvo extrañas pesadillas.

Un artículo de Arcadi Espada sobre los nazis y sobre esto de por aquí

En El Mundo de hoy viene este artículo de Arcadi Espada. No está mal para volver a preguntarse por qué a cierta autodenominada izquierda le asoma cada vez más la camisa parda bajo la casaca del traje regional (perdón, quise decir nacional).
Memoria nazi. Por Arcadi Espada.
Un portavoz nacionalista se niega a condenar el llamado Holocausto, es decir, la destrucción nazi de los judíos europeos, porque el documento, que trataba de obtener el acuerdo de todos los grupos del Parlamento gallego, no incluye la condena del actual estado de Israel. La actitud del portavoz es vulgarmente racista. Dejemos a un lado la obvia inmoralidad de la comparación: sea cual sea el juicio que merezca la política del Estado de Israel es evidente que ninguno de sus líderes ha decidido el exterminio sistemático de determinados individuos en razón de su filiación étnica o religiosa. Pero lo más siniestro del razonamiento del portavoz es su previsión implícita: los padres judíos asesinados sólo recobrarán su dignidad cuando los hijos reconozcan que han sido a su vez asesinos. Al portavoz, en efecto, no le importa en absoluto que sean personas distintas las que murieron en Auschwitz o las que matan en Gaza. Al portavoz le importa la responsabilidad de la raza: y detecta un espeluznante equilibrio entre asesinados y asesinos que debe ponerse de manifiesto. Su actitud, que refleja perfectamente la estructura mental de un nacionalista, guarda una terrible simetría con la del judío que considera que Auschwitz redime a su pueblo de todos los crímenes futuros y que considera un simple arreglo de cuentas de la Historia que la venganza contra los nazis se materialice en el cuerpo de los palestinos.
La actitud del portavoz, sin embargo, es exponente de algo más, muy típicamente español. La laxa conciencia del genocidio. No hay otro país en Europa donde se tenga una percepción tan liviana de las atrocidades nazis y donde se asimile su naturaleza a la de cualquier otro crimen. Las resistencias del portavoz no son una anécdota. No lo son, tampoco, que en un foro nacionalista catalán (concretamente el de www.estat-catala.net) un delincuente prescriba esta frase: «Boadella, a la cambra [cámara] de gas», sin que aparentemente le pase por la cabeza las consecuencias penales que puede tener esta frase. Nazis sigue habiendo en muchos países europeos; pero no creo que en ningún otro lugar haya tantos nazis sin conciencia de serlo. El débil reflejo del genocidio está vinculado a la Guerra Civil (los muertos propios y próximos ocuparon un gran espacio en la memoria) pero también a la Dictadura, que acabó por aniquilar la herencia común europea. La península Ibérica fue el único lugar de Europa donde los nazis no fueron vencidos. Hoy siguen gozando de un gran respeto técnico.
(Coda: «Porque necesariamente pensar Europa, es pensar la Shoah; o pensar la Shoah es pensar Europa. El pensamiento genocidiario nazi podía haber terminado destruyendo nuestro continente pero, a su vez, la conciencia del desastre ayudó a los pueblos europeos a unirse». Miguel Angel Moratinos, Día Oficial de la Memoria, 24 de enero de 2008.)