24 junio, 2010

Insomnios y quimeras en noche de San Juan

Cinco de la madrugada. ¿O ya hay que decir de la mañana? Me dormí a eso de la una y a las cuatro me ataco el insomnio, después de que la pequeña Elsa soltara, desde su habitación, unos gritos tremendos, quizá llanto y probablemente por una pesadilla. Me angustia sin tasa mi propia incompetencia, o la de tantos, tal vez la de todos. No sé qué ha cambiado en los niños, o en los adultos, o en todos. O sí lo sé, y es peor saberlo. ¿No tendría yo pesadillas a los tres años y a los cuatro? Mis padres campesinos se levantaban cada día a las seis o un poco antes. Trabajaban de sol a sol, siete días a la semana. Mi padre tal vez se tomaba la noche de los sábados para esparcimiento en el bar del pueblo o de alguna de las aldeas vecinas. Mi madre ni eso. Y si mi padre se acostaba el sábado a las tres de la madrugada, tenía que levantarse de todos modos a las seis de la mañana. ¿Por qué yo no los desvelaba con el llanto por mis pesadillas o por mis achaques? ¿Acaso los de mi quinta infantil no tuvimos pesadillas ni achaques? ¿O simplemente no los desvelábamos?

¿Cuánto mimo necesita un niño para volverse un idiota irreversible? ¿Cuánta dedicación hay que darle a una criatura para incapacitarla a perpetuidad? ¿Con qué tasa de regalos tenemos que sobrecargar a nuestros pequeños para matarles por completo la ilusión, para que ya nunca más, ni ahora ni nunca, puedan apreciar con algo de emoción o una pizca de gratitud un regalo? ¿En qué medida debemos sacrificar por los enanos nuestra libertad, nuestra diversión, nuestro asueto, nuestro tiempo libre y no libre, para que ellos dejen de captar lo que de sacrificio hay y se crean que todo se les debe y que es su derecho natural y eterno ser venerados como reyes, servidos como príncipes y adorados como dioses?

Si empezamos con las preguntas, a lo peor no terminamos. Cortémonos ya, pero me permito la última: ¿dónde está la transición de niño -de los de hoy- a adulto -de los de ahora-? No sé cuánto tendrá que ver esto que voy a contar, pero me parece que algo sí; o bastante. Resulta que hace un par de días olvidé en Gijón la maquinilla eléctrica con la que me afeito cada mañana -mas o menos- desde hace años. Es de marca potable, pero de modelo sencillo. Recuerdo que la conseguí con mis puntos de Turyocio, ésos que dan por consumir en algunas tiendas o gasolineras y por usar las tarjetas de cierto banco. Describiré brevemente ese aparato que tanto me ha acompañado de cuatro o cinco años para acá: se le acopla un cable para enchufarlo a la red eléctrica, se pulsa un botón que lo pone en funcionamiento y hace girar unas cuchillas ocultas y, al aplicar a la cara la superficie bajo la que se hallan tales cuchillas, corta los pelos de la barba. Luego, tocando un botoncito lateral, se abre esa parte de las cuchillas cortadoras y se libra con toda sencillez de los deshechos de la barba rasurada. Así de simple, y con tan elemental idea me acerqué ayer a un centro comercial a comprar una maquinilla nueva. No sabía qué sorpresas me aguardaban.

Primero, por supuesto, los precios. Variadísimos y todos muy altos. Yo, que vivo en la inopia en muchas cosas, pensaba que con sesenta euros compraría un prototipo a la última. Pues no. Hay afeitadoras de ciento cincuenta y de doscientos. Casi tanto como un ordenador portátil de los baratos y más que una cámara digital buenísima que me compré el otro día porque se rompió la que tenía. Como suelo cometer errores fatales por causa de mi despiste, busqué un dependiente para que me explicara un poco. Cómo añoro aquellos tiempos en que uno llegaba a una tienda y lo recibía un señor o señora que le preguntaba qué deseaba, le servía lo que buscaba, le daba todos los detalles del funcionamiento y se lo entregaba armado y listo para usar. Ahora tu relación inicial es con una estantería llena de chismes y no tienes a la vista nadie a quien preguntar nada, y cuando das con un supuesto vendedor es sordo o miope tipo Rompetechos, o no habla bien tu idioma, o está puteado con la empresa y le hace la guerra por su cuenta y a tu costa, o simplemente tiene dolores de regla o resquemores de gatillazo -y no pretendo comparar esos dos fenómenos, no me vengan a tocar las narices por ahí-. En esta ocasión, la primera operaria a la que pregunté se hizo la sorda sordísima, el segundo me señaló el estante y me dijo que en las cajas de los aparatejos se explicaba todo. Para colmo, yo iba sin mis gafas y las letrucas en cuestión eran mínimas y azules sobre fondo azul o grises sobre fondo blanco. Así que, armado de paciencia y con las barbas picándome -y en remojo-, busqué con toda la calma posible otro vendedor que tuviera aspecto civilizado y expresión de haber conocido a su progenitor masculino y de llevar una vida sexual mínimamente satisfactoria, aunque sea pagando.

Di al fin con el personaje deseado y contestó a mi cuestionario de modo escueto, pero no irrazonable. Lo que yo quería saber más que nada era esto: qué diferencia existe entre las afeitadoras de marca decente más baratas -unos noventa euros del ala- y las más caras, unos doscientos y mucho, casi trescientos. Misterio resuelto, éstas son las diferencias de marras: que las caras te pueden afeitar incluso mojado y hasta bajo la ducha y que te hacen cosas tales como ponerte crema mientras te afeitan. ¿Te la ponen en la cara? Sí, en la cara, no pida usted cosas más raras, que ya bastante extrañas son ésas. ¿Y donde te han puesto la crema qué más te hacen, dado el precio? Ya se lo he dicho, no insista usted con sus obsesiones: el aparato te corta la barba y, al tiempo, debe de tener un agujero por el que te aplica o te inocula -yo qué sé- una cremita que supongo que no le nacerá a la máquina de su propio ser, sino que habrá tenido usted mismo que colocarle en el pertinente depósito o compartimento ad hoc.

Y, claro, las cuestiones esenciales se vienen solas. ¿No puede uno aplicarse de propia mano la crema o el masaje postafeitado, como toda la vida? Sí, pero quién sabe qué placer intelectual o qué plenitud moral se alcanza al ser untado por el electrodoméstico como ser en sí y desde su propio Dasein. Y otra: ¿a quién puede apetecerle afeitarse debajo mismo de la ducha a pleno chorro, si puede uno hacerlo tranquilamente sequito y delante del espejo? Única contestación que se me viene a la mente: al que haya comprado una máquina que afeite bajo la lluvia y que necesite ver que tiene algún sentido haber pagado doscientos y pico euros de nada por una máquina capaz de afeitar a un gilipollas bajo la lluvia. Y entiendo yo que es una de tantas cosas que sólo se prueban y se hacen una vez, el primer día. Luego descubres que es un horror rasurarse todo mojado y en la ducha y que con el agua y la crema que el perverso chisme te está aventando se forma un emplasto que se te mete en los ojos y que mecagoenlaputamaquinadelaspelotas y yo por qué tiré así ese dinero, pero a tu amigo Julio le cuentas que te has mercado una afeitadora genial de última generación que te deja la piel como el culo de un puñetero bebé, aunque tú siempre quisiste tener en la cara una piel áspera a lo Bogart o lo que tú te imaginas que sería la piel de Bogart, que además fumaba y bebía y no dejaba que ningún artilugio eléctrico le aplicara ungüentos el los mismísimos morros.

He dicho artilugio eléctrico. Ésa es otra. Ya embarcado sin remisión en las naves de la ontología, le dije al vendedor carrefouriense: “Yo busco una afeitadora de las de toda la vida, de las que se enchufan a la red y ya está, a funcionar”. Y añadí: “Supongo que todas éstas parten de ese principio y luego el chorrazo cremoso te lo tiran a mayores”. Me miró severo: “No, señor, ya ninguna es así”. “Cómo así”, interrogué con un hilo de voz al ver removidos y conmovidos los pilares de mi cosmos electrodoméstico. Puso cara de Señor, dame paciencia, y argumentó: “Todas vienen con una batería que tiene autonomía para unas ocho horas”. Yo, terco: “Vale. Pero si no estoy de viaje sino en casa tranquilo y me quiero afeitar sin pensar en si la batería está cargada o descargada, le aplico el cable eléctrico, enchufo y...”. “No, no, no”. No me dejó culminar mi evidente descarrío tecnológico. “Usted el cable sólo lo usa para recargar la batería, pero la máquina no funciona enchufada a la red, sólo con la batería que, como le digo, tiene una autonomía de ocho horas”. Ya no me atreví a seguir preguntando por mi viejo mundo de partículas elementales, pero la interrogación seguía en mis ojos, pues agregó: “Lo que tiene que procurar usted es dejar la batería cargando por la noche cada tanto”.

Creo que, al fin, comprendí el intríngulis de los precios. Pagamos más por masoquismo, compramos aparatos complejos para que nos jodan, con o sin cremas. Móviles pequeñísimos para que el dedo no te entre en las teclas; cámaras fotográficas que funcionen solas para que los ojos de tu suegra siempre aparezcan cerrados o rojos y te culpe a ti, por inútil; coches cuyas averías, ni las más simples, ya no puedes ni diagnosticar ni reparar tú si eres un manitas -no es mi caso-, pero tampoco el mecánico, sino únicamente la conjunción de ordenador y robot que sólo hay en la casa madre de puta madre. Y todo así. Con ese maldito vehículo no te dejan circular por las carreteras y autovías a más velocidad de la que alcanza el utilitario más ramplón, pero ahí estás tú demostrando que el dinero te sobraba y que preferías dárselo a la BMW que a los pobres de la tierra. Con la cámara digital supersónica llena de insospechadas posibilidades tu mujer no te permite esa foto íntima ni el día que la compras -que compras la cámara, quiero decir-, pero ahí vas tú luego al crucero a retratar la puesta de sol con tu cacharrito y poniendo cara de reportero de National Geographic. Por poses que no quede; por aparatos y adminículos tampoco.

¿Cuándo empezó todo? Para explicarlo creo que hay que volver a lo de los niños. Todo comienza cuando descubrimos que el único padre es el fabricante y la única madre la gran tienda. Los de mi generación llegamos a este consumismo por despecho frente a esos progenitores que no podían darnos todos los caprichos y satisfacernos todos los placeres ansiados, porque tenían que trabajar y porque, por su trabajo, les faltaba tiempo para mimarnos y contemplarnos, y con su trabajo, aun con tanto trabajo, el dinero no les alcanzaba para pagarnos primero todos los juguetes del mundo y luego todas las putas o todos los putos con los que queríamos acostarnos o casarnos. Y un día la sociedad cambió y muchos ya no necesitamos trabajar tanto y tan duramente para tener bastante dinero, y empezamos a ir de tiendas y a gastar de todo y a vengarnos de mamá y a vengarnos de papá y a tener, ahora sí, cuanto se nos antoja y a ser cada vez más antojadizos para poder seguir teniendo lo que se nos antoje, y a sentirnos potentes por comparación con ese padre que se nos mostró impotente, y a sentirnos incansables por comparación con esa madre que antes se nos agotaba y se nos secaba.

Ésos somos los sesentones, los cincuentones y puede que algunos de los cuarentones de hoy. Luego está lo de nuestros hijos de menos de cierta edad, que es lo mismo, pero al revés. Ellos son los que con su indiferencia ponen coto a nuestro desparrame, los que con su frialdad frenan nuestro placer impostado. Tú compras y compras, pero nunca es eso ni es bastante; por mucho que consumas para ellos y consumiendo por ellos te consumas, no alcanzarás jamás el punto G del placer paterno-filial, no hallarás el clímax de cariño y la satisfacción familiar a golpe de Visa. Ellos, tus hijos, para librarse de ti y de tu acoso tienen que pensar que necesariamente ha de existir en el mercado algún objeto mejor que esos mejores que tú les ofreces a cambio de nada, a cambio de que te vean y te acepten como padre amoroso que por amor pierde la razón y no lo lamenta. Ellos, al verte y sentirte así, ansioso, nervioso, tenso, se dan cuenta de que con cada regalo que les haces, con cada presente que les ofreces, con cada inclemencia que les toleras, con cada desabrido gesto que les aceptas, en realidad no los estás queriendo a ellos, te estás masturbando tú como un maldito mono, estás ajustando cuentas con Freud y toda su maldita prole de edipos y electras, les estás diciendo, con efectos retroactivos, a tu padre y a tu madre que tú si puedes (Yes, we can), maldición, y que si no es por las buenas será con una prótesis o un préstamo y a crédito para no perder ante ti mismo tu crédito, y de rodillas y llorando y sabiéndote en el fondo miserable y sucio y necesitando, sí, necesitando, que ese hijo tuyo al que honras te pegue y que con su triste desprecio te ponga en tu sitio, a ti que no tienes sitio porque te mató la célula asesina, la célula básica de la sociedad, ya tú sabes, mi amol, y tú sigues matando instalado en la maldita célula, matando por amor, como siempre han hecho y harán los mejores criminales, los criminales peores.

Las seis de la mañana, en punto. Desde la ventana ante mi mesa veo asomar las primeras luces del día nuevo que entra viejo y que viviré somnoliento. Hoy es mi santo, por cierto, aunque este santo me trae tan al fresco como todos los demás. Dentro de un rato intentaré afeitarme con la máquina nueva, que ayer no me atreví a sacar de su caja, por si me hacía algo. Luego pensaré si puedo darle a Elsa alguna cosa que no sea un regalo, un paseo pequeño por el monte quizá. Ahora recuerdo que anoche había fuegos artificiales en León y que desde nuestra casa sonaban a lo lejos y que todos los dichosos adultos, que no adultos dichosos, la emprenden con los niños y los malditos fuegos y que mira qué bonitos, vamos a verlos. Y todos los niños lloran con los condenados fuegos, porque son fuegos de mayores y, como tales, son fuegos artificiales. El único fuego que de verdad gusta a los niños es el fuego de verdad, hacer una hoguera auténtica, quemar algo. Pero al adulto son ésos los que le dan miedo, los fuegos auténticos, los que queman. Quemémonos.

Ésta que ha pasado fue la noche de San Juan. Cuando yo era pequeño, en Ruedes, era una noche especial porque iba con mi padre a algún prado en el que habíamos acumulado maleza seca y ramas y hacíamos una hoguera y, con la noche ya entrada, veíamos en cada caserío una hoguera y nos reíamos y, aunque estábamos solos en ese instante mi padre y yo, estábamos juntos y sabíamos también que todos estaban allí, en sus hogueras, en las de cada uno. Ahora hay en cada villa una hoguera, una, y la organiza el ayuntamiento y debe de ser ilícito administrativo hacer hogueras por libre y si mi padre volviera un rato y nos pusiéramos a quemar algo riéndonos y juntos, seguro que llegaba un guardia civil o un municipal o nos denunciaba una asociación de vecinos separados y mi padre diría que qué bien se está muerto y yo le diría a mi hija no le hagas caso al abuelo muerto, mi amor, vámonos tú y yo a ver los fuegos artificiales y mi hija lloraría como llora con todo lo artificial y mi padre lloraría también y yo me desvelaría y me levantaría de madrugada para escribir estas cosas y maldecir las noches artificiales y los días naturales.

23 junio, 2010

La gobernanza, esa adivinanza. Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado hoy en El Mundo)
Quienes nos empeñamos en acumular trienios recordamos cómo a finales de los años 80 se puso de moda en España la nueva gestión pública -a la que los iniciados llamaban new public management-. En tal sentido, son significativas las publicaciones que se promovieron desde el Ministerio para las Administraciones Públicas a principios de los 90. En sus títulos se repiten expresiones que hacían furor -cierto que entre personas de dudoso gusto estético- como «clima organizacional», «decisiones multicriterio», «eficiencia», «modernización», «gestión de calidad», etcétera.
De estos esfuerzos bibliográficos no ha quedado felizmente nada, si exceptuamos cuatro cursiladas. Cuando de tales frutos ya no hubo más jugo que exprimir y una inmensa sensación de vacío se empezaba a apoderar de aquellos espíritus innovadores, surgió de forma redentora la nueva pócima mirífica: la gobernanza.
El curioso que pretenda acercarse a este concepto de gobernanza, lo primero que hace es abrir el Diccionario de la Real Academia y allí se informa de que «es el arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía». Se advertirá fácilmente que todo esto no es sino lo que han pretendido los gobiernos de todas las épocas, por lo que el esfuerzo que los señores académicos han realizado para describir la gobernanza tiene el aire de ser, en cierta manera, el parto de los montes.
Si nos vamos a los trabajos científicos publicados, nos encontramos con que la gobernanza se define como «la conversión de la pluralidad de los intereses sociales en una acción unitaria alcanzando las expectativas de los actores sociales» (A. Cerrillo). Y, a partir de ahí, se incorporan al debate muchas expresiones pintorescas como «interacción multinivel» (Fritz Scharpf), «interorganizacional», el aprendizaje «por prueba y error» (J. Prats) y otras del mismo tenor. La misma Comisión Europea en su Libro Blanco de 2001 la define diciendo que «designa las normas, procesos y comportamientos que influyen en el ejercicio de los poderes a nivel europeo, especialmente desde el punto de vista de la apertura, la participación, la responsabilidad, la eficacia y la coherencia».
Ahora bien, lo mismo que acabo de señalar respecto del esfuerzo llevado a cabo por la Academia, podemos repetir respecto de este Libro blanco, pues establecer las normas y procesos para garantizar la participación, la responsabilidad o la eficacia es lo que han pretendido todos los sistemas políticos y los gobernantes que en el mundo han sido y no se les ha ocurrido jamás invocar la gobernanza para el ejercicio de su mando.
Dispuestos a seguir indagando en el invento, procede avanzar más para tratar de ver al trasluz este concepto. Clave para su comprensión es la idea de red, de red de políticas públicas. El punto de partida es el siguiente: hasta ahora el Gobierno era el órgano encargado de dirigir la política. Así ha ocurrido al menos desde que se transformó el Estado a partir de la revolución liberal. Sin embargo, hoy en día, con una sociedad tan compleja, con tantos actores que forman la convivencia en una enrevesada malla social, esa concepción ya no puede ser mantenida. Por ello, se impone aceptar que la política es definida por sujetos variados, públicos y privados, entre los cuales se cuenta al Gobierno como un participante más: forma parte del coro pero no es el tenor. Con la gobernanza se rompería el monopolio de la definición de los intereses generales, tradicionalmente confiado al Estado convertido ahora en simple «gestor de interdependencias» (J. Prats).
Es en este momento cuando a algunos nos asaltan las dudas. Cierto es que en el mundo actual han sufrido una dura erosión las ideas sobre el poder para establecer el derecho y para definir las normas jurídicas. Esta quiebra afecta a asuntos muy de fondo: al concepto de la ley, al poder del Parlamento, a los procesos en suma de adopción de decisiones con relevancia pública. Es mérito de la gobernanza haber puesto de manifiesto las carencias de un sistema -el democrático- que exige una meditación rigurosa y, probablemente al cabo, la puesta en pie de nuevos mecanismos representativos que refuercen la identificación de los ciudadanos con el marco donde se relacionan con sus semejantes. Ahora bien, no parece que sea la gobernanza, con su lenguaje de estrambótica complejidad, sus lagunas clamorosas y sus peligrosas conclusiones, el camino adecuado.
Pues en el fondo lo que se discute es, como siempre en la política, la identificación del titular de las decisiones que pretenden conformar la realidad social y establecer los cauces por los que se ha de desarrollar la vida de los ciudadanos como garantía de la libertad de todos. La respuesta tradicional ha sido la voluntad reflejada en los parlamentos y en los gobiernos. Ahora, se nos dice, hay más protagonistas en la arena social que demandan su participación en los procesos de adopción de normas o acuerdos que les afectan pues proliferan las corporaciones, los grupos de intereses, las grandes empresas, las redes transnacionales, etcétera. A esta realidad -innegable- es preciso oponer una observación inicial: todo eso, corporaciones, empresas, grupos de presión, han existido siempre y son localizables desde que existe el Estado: ¿o es que no existían cuando se hicieron en el siglo XIX las leyes de minas, las de ferrocarriles o las de bancos? ¿Es que esa sociedad que ahora se llama civil es un invento de nuestros días? No lo parece; de hecho ha sido tradicionalmente denominada pueblo, nación, sociedad burguesa, etcétera.
Justamente es en medio de esta andadura cuando nuestros antepasados encontraron al Estado y su instrumento más poderoso, el Gobierno, inventos a los que se confía la defensa de valores comunes y medios para intentar estrangular a un tiempo los intereses egoístas de los grupos y las redes de clientelismo a ellos anudados.
De ahí que proceda denunciar la palabrería embaucadora y atosigante de los teóricos de la gobernanza. Pues lo que más sorprende de los escritos a ella dedicados, aparte su extravagante lenguaje y su desembarazada sintaxis, es que intentan establecer unos nuevos modos de gestión de los intereses colectivos ignorando los problemas más manifiestos de nuestros sistemas democráticos, en especial, y por lo que a nosotros afecta, del español.
Mucha «red» y mucha «transparencia», mucha «poliarquía deliberativa», pero señalar con el dedo lo más visible de nuestra realidad, a saber, una democracia envilecida por unos partidos políticos que no pagan sus deudas a los bancos y han degenerado el sistema hasta llevarlo a intolerables prácticas de corrupción, esto parece que no está en la agenda de nuestros expertos en gobernanza.
Por ello, a mi entender, ésta no añade nada a una meditación seria sobre una nueva manera de gobernar. Toma nota, eso sí, de la forma en que se desarrollan hoy las negociaciones y acuerdos que se traban para adoptar las decisiones colectivas. Pero de ahí, de levantar acta de un estado de cosas, a erigir una doctrina correctora, hay un salto para el que la gobernanza carece de la pértiga adecuada.
Puede decirse que la gobernanza acampa en el espacio que han dejado vacío las ideologías y como muchos de quienes encarnan el poder público no tienen una idea clara de qué hacer con sus instrumentos, por carecer de una formación adecuada y por carecer asimismo de ideología, es fácil que se dejen acunar por la voz de falsete de quienes gustan de estos abominables neologismos.
La conclusión es: más Gobierno con ideas claras y menos meliflua gobernanza. Es decir, se impone caminar justo en la dirección contraria para recuperar el honor del Estado y de la Política con mayúscula y de las ideas que han de estimularla y dignificarla. Dicho de otra forma, se trata de reivindicar ideales que conformen un ideario y tejan una ideología.
Desnudada la gobernanza, cabe concluir que no queda sino una adivinanza que esconde en su seno una trampa enormemente reaccionaria.
Francisco Sosa Wagner es catedrático y eurodiputado por UPyD. Su último libro es Juristas en la Segunda República (Marcial Pons, 2009).

Somos mundiales

Viajo a pasar el fin de semana en Gijón y me encuentro levantadas unas cuantas calles principales. En la zona de la playa, por supuesto. Supongo que serán restos de aquel plan Z (¿O era plan E?). Me quedo pensando que un trocito del asfalto nuevo es mío, ya que se paga con el sueldo que me rebajan. Pues ya sabemos que ahora se quiere descontar a los funcionarios lo mismo que hace un año se dio a los ayuntamientos para hacer carriles de bicicleta y aceras de mucho diseño. Decían que se trataba de combatir el paro y ahora lo que suspenden son obras del AVE y de autovías. Tremenda coherencia, claridad de ideas, rigor ideológico. Quien tiene un gobierno tiene un tesoro.
En tales reflexiones andaba cuando vi el partido del Mundial, el de España contra la pobre y honrada Honduras. Por el entusiasmo de los locutores parecía que el rival era Brasil, pero no, se trataba de Honduras. No hay enemigo pequeño, se dice, aunque existan gobernantes enanos.
Durante ese partido recordé mucho a mi padre. En mi infancia, con Franco vivito y coleando, mi padre siempre quería que perdieran tanto la Selección como el Real Madrid. Yo no lo entendía, pese a que él me explicaba que era porque sus triunfos daban aliento al régimen y hacían a la gente conformarse y creerse feliz, pese a tanto oprobio y tanta miseria. Ahora me pasa a mí. Estoy hecho un lío. Me gusta el fútbol y me hace cierta gracia la Selección, pero me parece que para el país no sería nada bueno un éxito en el Mundial. Conviene más que acabemos de hundirnos del todo, de desmoralizarnos, que seamos conscientes de los niveles de incompetencia y frivolidad que hemos alcanzado. Como cuando Franco, nos empachan de fútbol, estimulan a patadas un patriotismo cutre, manipulan las emociones más pringosas, mientras el país va al garete en lo que más importa y nuestros políticos cultivan una ética pública más propia de ratas.
Y si tan importante es la Selección y tanto ha de contar el fútbol, propongo que el próximo presidente del gobierno sea el Guaje Villa y que de vicepresidente pongan al Niño Torres. Al menos nos meterán los goles con más arte. Ah, y que de líder de la oposición juegue Navas, que por la banda desborda mejor que el gallego sonado.

21 junio, 2010

Nuestro hombre en Helsinki (3). Por Fernando Losada

Queridos todos:

Han pasado un par de semanas desde mi última comunicación, así que ya tocaba contar algunas cosas más de estas tierras del norte. En esta ocasión quiero hablaros de una parte muy importante de Finlandia: sus habitantes. Para empezar, debéis saber que esta gente va muy a su aire, esto es, que cada uno viste, piensa y actúa como mejor le parece y, muy importante, que no se mete en cómo el resto de la gente viste, piensa y actúa. Aun no tengo claro si se trata de que son muy individualistas y les importa un rábano lo que haga el prójimo o si son excesivamente respetuosos con la libertad ajena. En cualquier caso, no me parece nada mal. Esto implica, eso sí, que uno se topa por la calle con gente de lo más variopinto. Creo que lo que más me llama la atención, de momento, es la moda, sobre todo femenina, de llevar el pelo a colores. Entiéndaseme. No es que cada una lo lleve de un color, por variado que sea, sino que cada una lleva varios colores intercalados. Y lo curioso es que el efecto está tan bien logrado que al menos yo no sabría decir cuál de todos es el original...

Pero vamos a lo que interesa: ¿cómo se relaciona esta gente? Bueno, durante mi primer mes todo el mundo era muy cordial conmigo, esto es, me saludaban y esas cosas, pero poco más. Pero entonces llegó el verano y la gente joven de la facultad convocó a los jóvenes investigadores del edificio a lo que se presentaba como una ocasión que ni pintada para conocer a gente. Se trataba de celebrar el fin del invierno tomando algo mientras jugábamos al "mölkky" y después continuar la velada. Veamos cómo se desarrollaron los acontecimientos.

Ante todo, lo primero que me interesó fue saber qué era eso del "mölkky", más que nada por si había que llevar indumentaria específica para correr (me sonaba a carreras de sacos o algo parecido, no sabría decir por qué), pero como respuesta obtuve simplemente un correo diciendo algo así como "se trata de tirar un trozo de madera contra otros". Sonaba apasionante, vamos. Pero aun así, allí me planté. Había un montón de gente y lo primero que se hizo fue descorchar unas botellas de cava catalán... interesante ritual. Una vez que la gente tenía ya cierto puntillo, sacaron el famoso mölkky. A ver cómo os lo explico: se trata de una especie de bolos de madera numerados del 1 al 12 que se colocan en bloque a una cierta distancia; con un cilindro de madera cada jugador (en este caso hicimos equipos) derriba los bolos esos teniendo en cuenta que: (1) si derribas un bolo, sumas el número que le corresponde; (2) si derribas más de uno, sumas tantos puntos como bolos derribados; (3) los bolos derribados se ponen de pie en el lugar en el que hayan quedado; (4) el objetivo es llegar a un número determinado de puntos; (5) si te pasas, tienes que empezar de cero pero el número de puntos a conseguir se reduce a la mitad. Más o menos este es el juego. Como todo el mundo iba medio piripi (a las cinco de la tarde se empezaba con el cava, y esta gente come muy temprano, como a mediodía o la una), la precisión digamos que brillaba por su ausencia. Vamos, que el cilindro de madera salía disparado hacia las más insospechadas direcciones si tu intención es derribar alguno de los bolos que están frente a ti, lo que suponía un peligro para los demás competidores. Como yo me mantenía sobrio, pude evitar todo tipo de agresiones y demostrar buena aptitud para el jueguecito en particular. Desde entonces entre esta gente España se identifica con un país de gente muy precisa y habilidosa, así que cuando vengáis no destrocéis nuestra bien labrada reputación en juegos tipo petanca...

Bueno, como el cava se terminó en un pis-pás, porque esta gente bebe a un ritmo frenético, las mieles de la victoria no se pudieron saborear el tiempo que merecían, porque se decidió ir a un bar a tomar algo. A media manzana de la universidad está el Café Belge, lugar de moda donde la gente se toma sus copas, puede cenar, estar en la terraza, etc. Y, cómo no, tomar champán. Como éramos más de treinta personas, subimos a una zona que me resultó curiosa: la Groovy Library. Resulta que en una biblioteca plagada de libros, muchos de ellos en francés (aunque a tenor de cómo están las cosas por aquél país deberían incrementar el repertorio en flamenco), han montado un bar de copas. Muy curioso. Ojeé unos ejemplares de Tintín mientras charlábamos y tomábamos algo. Eso sí, no entendáis por bar de copas lo que es en España. No, aquí hay mesas, y viene a ser algo parecido a lo que en nuestro país sería una cafetería con algo de música (y mucho dinero invertido en decoración).

Al cabo de un tiempo, la gente empezó a irse. Eso sí, sin decir ni adiós. Curioso... Finalmente quedábamos cinco, y bromeábamos especulando con aquello de "me voy, que tengo una fiesta privada". Vamos, que intentábamos explicarnos por qué nadie nos decía a dónde iban o si nos apetecía acompañarles. La mínima cortesía sería recurrir a la excusa de la fiesta privada, nos decíamos. Para nuestra sorpresa, buena parte de la gente con la que estábamos tomando algo nos la encontramos al salir de la biblioteca, justo en la terraza del local... Curiosa forma de hacer piña. Pero allí estábamos los mediterráneos para echarle cara al asunto y quedarnos de charla. Al rato, la misma situación... la gente que se va y finalmente, ya a eso de las once de la noche, quedamos unas ocho personas. Tres tienen hambre y proponen ir a un restaurante a cenar algo. El sector mediterráneo no puede más que aceptar la propuesta, a fin de conocer un poco más a la gente local. Tras la media hora precisa para decidir a dónde ir ("a mí me da igual", "no tengo demasiada hambre", "nosotros somos nuevos aquí, así que...") se opta por un local determinado, apenas a una manzana. Llegamos y nos plantamos en la puerta. Por alguna extraña razón nadie entra. En ese momento, un aborigen de la minoría suecoparlante (discriminados socialmente en cierta medida, por cierto; habrá que hablar de ello en otro correo) me pregunta por mi camiseta. Le respondo. Me doy la vuelta para entrar en el restaurante y... ¡flop! Todo el mundo había desaparecido menos Massimo. "¿Ya han entrado?"; "No, se han ido"; "¿Cómo que se han ido?"; "Sí, han dicho que se iban de manera repentina y se han largado". Agucé la vista, para ver si adivinaba su perfil escabulléndose entre la gente, pero se ve que son profesionales en esto de la huida: no había ni rastro de ellos. Así que estábamos tres personas que no queríamos cenar en la puerta del restaurante... y decidimos irnos a un bar a tomar algo y hablar de estas rarezas de los nativos. Curiosa noche, la verdad.

El segundo contacto social vino propiciado por una de las directoras del centro en el que trabajo. Es tradición que con la llegada del verano organice una barbacoa en su casa, así que allí nos plantamos un montón de gente joven preparados para lo que se presumía una fiesta. Al menos esa es la palabra que nos repetían en al invitarnos. El problema fue que alguien se olvidó de llevar el "mölkky". Así que, huérfanos de trozos de madera a través de los cuales canalizar la agresividad mediante la acción de derribo, nos sentamos en torno a una mesa de la que empezaron a brotar botellas de champán francés y vinos espumosos italianos. Curiosa la afición de esta gente por este tipo de bebidas... yo me los imaginaba más apegados al vodka. Bueno, unas cuantas botellas más tarde, comida en plan barbacoa típica finlandesa. Y así se nos pasaron las horas, desde las cuatro de la tarde a las doce de la noche. Sentados, quiero decir. En algún momento moví animadamente un pie siguiendo el ritmo de alguna música y la gente se revolucionó, ¡mira qué marchoso el español!". Yo no daba crédito, la verdad. Esta sensación la corroboré asistiendo a un concierto hace unos días. Amigos, el público finlandés es el más gélido que uno se pueda echar a la cara: ni una palabra, ni un movimiento, ni un signo de emoción cuando la banda de turno interpretaba sus canciones. Eso sí, parece que les encantó el concierto, porque cuando terminaron nadie se movía de su sitio y las camisetas se agotaron. Vamos, en mi opinión, un cierto desconcierto de concierto.

Bueno, de momento voy a dejarlo aquí. Seguro que os cuento más cosas de los originales habitantes de estas tierras en próximos correos, pero por hoy es suficiente, que hay que aprovechar el domingo soleado. ¡Besos y abrazos para todos!

20 junio, 2010

La FANECA llega al número 20 y se toma un descanso

Pues sí, veinte números de FANECA, y sin darse importancia el pez. Aunque anuncia que se va a aguas templadas a pasar el verano. En septiembre estará de vuelta para seguir picando a los incautos bañistas de las aguas boloñesas y a los piscopedabobos que proliferan por doquier como la plaga que son.
Esto cuenta antes de irse a descansar:
- Si hoy es lunes, esto es evaluación continua. Por Jacobo Dopico Gómez-Aller.
- Lo más fácil, recortar las retribuciones de los funcionarios. Por Manuel J. Sarmiento Acosta.
- Una historia para irnos con buen sabor de boca. Por Miguel Díaz y García Conlledo.
- La FANECA se va de vacaciones. Por los editores.

19 junio, 2010

¿Hosteleros o piratas?

(Publicado el pasado jueves en El Mundo de León).
Primero les cuento el caso y luego, si les parece, lo comentamos. Les sucedió hace muy poco a unos familiares míos. Acudieron a un local en el que los fines de semana actúan monologuistas que algunos conocen de la tele. El número estaba previsto para las diez de la noche. Por supuesto, no comenzó hasta las once y cuarto, para que los que aguardan consuman como es debido y el chiringuito haga caja. A fin de retener bien al personal y de que siga comiendo y bebiendo, se anuncia el sorteo de una espléndida cena con el monologuista de la semana siguiente, en un restaurante cercano. Tocó a mis parientes.
Para esa cena con el artista de las narices los citaron a las nueve menos cuarto, junto con la otra pareja “afortunada”. A las diez y cuarto no había rastro ni del famosillo con ínfulas ni de nadie que diera una explicación. Hasta que un camarero se apiada y les habla tal que así: “Más vale que vayan cenando, pues generalmente el monologuista de turno no aparece”. ¿Y no avisa?, preguntan. No, no avisa. Para qué decir que, en la espera, ya habían tomado y pagado unas cervezas. Se consuelan imaginando lo sabrosos que serán los platos. Pero no, un menú de lo más cutre: ensalada mixta muy poco mixta, un par de filetillos de lomo con patatas fritas y sin unos tristes pimientos para dar color. El color vino con el postre: unas lonchas de queso con moho. Lo del queso con moho no es marca ni denominación de origen, era moho del de toda la vida, verde. Hay fotos. Cuando se quejan del estado del queso, el camarero dice “huy, esto no era de aquí”, y se lo lleva a otra mesa. Supongo que habría una cena de ciegos allí al lado.
Mientras nadábamos en la abundancia, todo el monte era orégano y cualquier cretino se hacía de oro. La crisis pondrá a cada uno en su sitio. Los consumidores y clientes aprenderemos de nuevo a gastar donde no nos estafen, a comprar donde nos traten bien y a comer donde no quieran envenenarnos. Nuestros abuelos lo hacían así, pero cuando nos volvimos nuevos ricos se nos olvidó esa sana precaución. A los desaprensivos deberíamos echarlos al pilón o tirarlos al río. Si esto parece muy violento, también cabe meterles un pleito. Para que aprendan. Ya no estamos para bromas.

14 junio, 2010

Volveré pronto

Sí, volveré. En tres o cuatro días; o para el fin de semana.
No he perdido la afición al blog, pero las horas no dan para más. Llevo desde el miércoles pasado dando vueltas y aún me falta un poco para parar. De Orense a Alcalá, de Alcalá a León en paso fugaz, de León a Andalucía, donde me encuentro, y de aquí para Asturias, con breve escala intermedia en casa. Después volverá la calma, supongo.
Y de nuevo hablaremos de las cosas que solemos, si nos quedan ánimos, pues acabo de echar un vistazo ahora mismo a la edición digital de El País y diríase que de aquí y de allá nos están preparando para un gran palo, otro más y este más serio todavía. Que si la Merkel dice que podemos pedir rescate cuando queramos, que si el Gobierno manifiesta que los propósitos para el 2011 son casi imposibles, que si el Secretario de Estado de Hacienda declara que ojalá las medidas urgantísimas den resultado, pero que no es seguro... (esto último estaba en dicha edición hace dos horas y ahora ya no lo veo -?-).
Insisto, suena todo a los rodeos que se dan antes de contarle a alguien que su enfermedad es terminal y que ya puede volver a fumar. A estas alturas, ya ni van importar los matices que antes nos divertían tanto: que si Zapatero es imbécil o simplemente tarado, que si es tonto del culo o bobo de baba. Ya no cuenta todo eso, repito. Reconciliémonos antes de irnos juntos al carajo. Brindemos por los años felices que pasamos y por cómo votábamos antes con el cipotillo o lo que por género corresponda, con una gracia que no se podía aguantar. Parecía que no tenía importancia, ¡ay!, como si no nos jugáramos nada. Ya da igual. Alea Jactales, que diría Pepiño.
Ganas me dan de ponerme a fumar otra vez, por cierto.
En fin, que nos veremos pronto por aquí y que a lo mejor (a lo peor) deberemos dedicarnos a intercambiar ideas sobre cómo mantener una pequeña huerta casera para que los niños puedan de vez en cuando comer lechuguitas y tal.´
Ojalá me equivoque. Pero no sé, lo veo negro, tirando a horrible. Será el cansancio.
Lo dicho. Ciao. Ci vediamo.

11 junio, 2010

Donación de órganos. Por Francisco Sosa Wagner

Los españoles estamos entre los ciudadanos más generosos del mundo a la hora de donar órganos y de ello se benefician muchas personas enfermas. Constatar esto -y oírlo como lo he oído yo a muchos oradores en diversas lenguas en el Parlamento europeo- produce satisfacción. No todo va a ser malo entre nosotros ni todo ha de llevarnos al desánimo.

Ocurre sin embargo que deberíamos ampliar esta disposición virtuosa que tan buena fama nos proporciona y llevarla al mundo político y administrativo.

¿Qué tal donar el Consejo general del Poder judicial? ¿Y el ministerio para la Igualdad y la Fraternidad? ¿y el Tribunal constitucional? ¿y un centenar de consejerías de las Comunidades autónomas? Descargar el organigrama de sociedades públicas y fundaciones-tapadera de diversos enjuagues tampoco nos vendría mal al organismo, tendría incluso un efecto laxante.

¿Alguien se imagina el alivio? Antiguamente se hacían sangrías y, aunque en el siglo XIX ya se dudaba de su efecto curativo, se siguieron practicando como se puede leer en muchas novelas y folletones de la época. Las sanguijuelas eran el medio preferido. En los libros de bandoleros que escribía Manuel Fernández y González salen mucho. Pues bien, habría que volver a ellas y aplicarlas sobre el cuerpo artrítico de nuestras entretelas administrativas, doloridas y con las agujetas propias del trajín desordenado e inútil.

El hecho es que tenemos a mano esta modalidad de consuelo para nuestros males y nunca hemos reparado en él, nos perdemos por los anacolutos de los discursos. Menos mal que existen las “soserías” desde las que se pueden reivindicar tales prácticas y defender su incorporación a los programas para las próximas elecciones.

Así el partido A dirá: voy a donar siete órganos colegiados y la Junta Coordinadora de Edificios traslaticios. Además, de propina, meto la Subsecretaría que engloba las Gerencias territoriales hipocalóricas y los Consejos transfonterizos de cooperación.

Por su parte, el partido B, más lanzadillo, haría una oferta de mayores ínfulas: doce Comisiones asesoras, entre ellas la de Infraestructura de apoyo, el Subregistro de sistemas, un centenar de Consejos consultivos, la Comisión interministerial del Catastro (con exclusión del de Ensenada), doce Agencias, ocho entidades públicas empresariales y la División de Prospectiva y Mirada al horizonte.

Los Gabinetes formarían un paquete sólido y compacto. Todos donados.

En las Universidades el festín sería de época: los vicerrectorados, los secretariados de vicerrectorados, las gerencias, las subgerencias y las viceintervenciones, los subjefes de departamento y los vicesecretarios de vicedecanos con los vicedecanos incluidos. Y lo mismo la Comisión de gobierno y el Patronato de Momios y Momias.

Poco a poco, pero con determinación, se va descargando el panorama. El problema está, y no lo ignoro, en el donatario. ¿Quién puede querer semejante morralla? Podrían emplearse las técnicas de destrucción de residuos: vertederos, plantas incineradoras, compostaje, pirólisis ... Pero, si las empresas de basuras se resisten alegando que se manchan, se impone acudir a la lista de nuevos países integrados en el (des)concierto internacional de la ONU e ir colocándoles con buenas maneras toda esta mercancía averiada. Sé que es dura semejante estafa pero podemos aliviar nuestra conciencia ofreciéndoles al tiempo dinero y un Observatorio de fines benéficos y humanitarios.

10 junio, 2010

Para romántico erotismo, el conservadurismo

Llevo más de media vida pensando que los conservadores, sector católico en particular, son los que mejor disfrutan los placeres de la carne en cualquiera de sus variantes. Al quitarse la ropa se dejan en los bolsillos las normas y los remordimientos, la lista de los pecados y el propósito de enmienda. Finalizada la faena que toque y de nuevo vestidos, retoman como si tal cosa la reflexión sobre la familia como célula básica de la sociedad o a la sesuda consideración sobre la conveniencia de que el sistema jurídico reprima los excesos de lubricidad de la ciudadanía, y hasta hacen un escrito brillante sobre los inconvenientes de la ola de erotismo que nos invade y la importancia de que los jóvenes no accedan muy temprano a la masturbación.

En cambio, el progresista de bien se encama con la ideología puesta, a modo de profiláctico. El progresista no tiene un centímetro de piel sin ideología ni un pelo sin norma, y por eso se angustia al pensar si estará humillando inmoralmente a su contraparte al abordarla por ahí o si con esa manera de acariciar en escorzo no andará contribuyendo a la perpetuación de esquemas de dominación indebidos.

Si quieren que se lo cuente en un plan más personal -aunque comprenderán que no pueda entrar en detalles-, siempre he preferido a la moza católica o, al menos, de familia de orden, mucho más generosa consigo misma y con el prójimo que la noble dama comprometida con la liberación de los oprimidos de cualquier género y que siempre acaba oprimiéndote cuando, cómo y donde menos te apetece. Pero es que, al no olvidar nunca la causa, esa buena mujer -vale también para los hombres el caso, supongo, pero comprenderán que tendría que acudir a la bibliografía para documentarlo- traduce las humanas pasiones a sociales condiciones y ni se relaja ni te deja a ti desconectar de las lecturas y las tesis doctorales. Ay, cuanta impericia habrá provocado, paradíjicamente, el bueno de Foucault.

Viene todo esto a cuento de que acabo de ver este gran reportaje en la primera página de ABC digital. Vean qué sugerente manera de plantear el Mundial de fútbol y de hacer periodismo de calidad, y más en un periódico de misa y tradición.

Y para qué hablar de lo que el tema da de sí para hacer buena doctrina y preguntarse qué extraño azar une a las más macizas y honestas de las señoras con esos futbolistas que levantan con los miembros inferiores dinero a expuertas. Dios los cría, ellos se juntan al olor del deporte bien remunerado y la silicona bien puesta, y el ABC los bendice como corresponde.

Ah, y ya metidos en gastos, les cuento que a mí la que más me estimula es la de Forlán, la tal Zaira, aunque no tengo el gusto, ni la pasta que lo procura.

09 junio, 2010

Justicia saturada (I)

Escribo en el tren, en la última parte del viaje entre León y Orense. El paisaje es extraordinario, y más con este día de lluvia y nubes posadas sobre los montes. Pese a eso, no me he relajado, pues he venido leyendo sentencias y pensando en lo que debo contar en mi conferencia de mañana. Debo de estar enfermo.

Lo de leer sentencias es un vicio turbio, quizá manifestación de desarreglos interiores que debería mirarme, pero me divierte y ratifica cada día mi convicción de que el Derecho se aprende ahí, y ahí se debe reflexionar sobre sus pormenores. Y lo de pensar es porque me toca hablar en un congreso de jueces titulado “Un modelo de Justicia para el siglo XXI”, en una mesa sobre “El actual colapso judicial: causas y soluciones”. Soy el elemento ajeno, algo así como el elemento de extranjería en tal evento y quién sabe qué deberé contarles. Mejor dicho, al fin se me acaba de ocurrir algo y lo voy a compartir con ustedes así, recién salido de esta mente ferroviaria. Seré breve para acabar antes de llegar a la estación.

Arranquemos de una hipótesis rebuscada y extraña. Imaginemos una sociedad en cuyo sistema jurídico existiera una sola norma cuyo tenor fuera éste: “Prohibido, bajo sanción S, hacer X”. Y, ya puestos, supongamos también que fuera bastante claro a qué se refiere X y en qué consiste S. Y ahora preguntémonos: ¿cuántos pleitos habría en dicha sociedad? La respuesta es obvia: poquísimos. ¿Por qué?

También parecen claras las razones de la escasa carga judicial. Primero, porque el número de pleitos depende, en parte, del grado de juridificación de la sociedad. Con esta expresión me refiero a cuántos aspectos de la interrelación en sociedad estén regulados por normas jurídica y cuántos se fíen a otro tipo de normas: religiosas, morales, meros usos sociales... En esos campos regidos por normas no jurídicas, los incumplimientos se sancionan y los conflictos se resuelven mediante otros procedimientos, no jurídicos o judiciales propiamente dichos.

La segunda razón se puede expresar en la siguiente hipótesis: a mayor claridad de las normas, más previsibilidad de la resolución de los litigios que las aplican y, consiguientemente, menos pleitos. Si yo sé lo que van a decir los jueces para mi caso, no me embarcaré en procesos judiciales por probar suerte o a ver qué pasa. El ciudadano sólo juega a la lotería judicial cuando hay “sorteo”, incertidumbre, no cuando hay certeza del resultado.

Comencemos por el tema de la juridificación de las relaciones sociales como causa del aumento de la litigiosidad. Apenas hará falta buscar ejemplos, pero pongamos uno. Si es un mero uso social la norma que prescribe que cuando alguien va a sacar su entrada del cine y hay gente esperando antes y colocada en una fila, debe ponerse a la cola y aguardar su turno, el incumplidor sufrirá la represión espontánea y no institucionalizada del resto de los presentes. En cambio, si en el sistema jurídico hay una norma que dispone que el intento de colarse es delito y acarrea pena, o que se ha de indemnizar a los perjudicados, además de que pueda existir ese reproche social difuso, se dará lugar a pleitos también.

Como es de sobra sabido, uno de los caracteres de la época moderna es que muchos de los asuntos cuya regulación pertenecía a las tradiciones y a la religión (con su correspondiente moral religiosa y, a la vez, tradicional y tradicionalista) pasan a ser objeto de deliberación social libre, con su consiguiente reflejo en normas “puestas” por el Estado. Ejemplo: si hace tres o cuatro siglos podía parecer impensable, por pecaminoso y aborrecible, que dos hombres o dos mujeres pudieran convivir a la manera de matrimonio y con todos los derechos de la unión matrimonial, hoy se ve con creciente naturalidad. Pero para ello el matrimonio -o las relaciones sexuales en general- ha tenido que convertirse en objeto de regulación intencionada, previa deliberación y confrontación libre y abierta entre diferentes y contrapuestas concepciones del bien y de la vida buena. Perdida la cohesión moral de base autoritaria, hay que restablecer la cohesión sobre base jurídica, “autoritaria” de otra manera.

Efecto de tal extensión de lo jurídico, en cuanto regulación artificial, en perjuicio de la aparentemente “natural” regulación que proviene de los usos sociales de siempre o de las morales tenidas por verdaderas porque no podían ponerse en solfa -ahí sí aparecía el Derecho para castigar a réprobos y heterodoxos-, va a ser la colonización por el Derecho de nuevos territorios sociales y, con ello, la utilización cada vez máyor de los procedimientos jurídicos de resolución de conflictos, especialmente los procedimientos judiciales.

Basta pensar en el modo en que en los últimos tiempos se han juridificado y judicializado asuntos tales como los atinentes a la vida familiar: relaciones de pareja, relaciones paterno-filiales, etc., etc.

De modo acelerado, y hasta nuestros mismísimos días, el Derecho se está convirtiendo también en núcleo básico de la cohesión social. Éste es un fenómeno paralelo al anterior, pero no se corresponde exactamente con él. No me refiero ahora a que cada vez sean más los temas sujetos a regulación jurídica, sino a que los acuerdos sociales básicos, el cemento social, ya no dependen de unos acuerdos morales previos, de una moral positiva compartida convencionalmente, sea por el peso de la tradición, de la religión, de la incomunicación del grupo, etc., sino que esa especie de pegamento que aglutina a la sociedad y es fuente de las lealtades grupales y normativas básicas, se adelgaza y se hace menos consistente. Y ahí es donde entra el Derecho a ocupar también ese espacio. El Derecho, por expresarlo de una manera un tanto abrupta y que necesitaría ulteriores matices, ya no es el guardián de las convenciones sociales primeras o el elemento que hace aplicaciones o desarrollos de esas convenciones básicas a grupos de casos concretos, sino que fija por sí dichas convenciones nucleares Es decir, deja de ser el Derecho un reflejo y una consecuencia de la configuración social previa y pasa a haber sociedad porque hay Derecho, se torna el Derecho en elemento fundante de lo social. El Derecho ya no refuerza otras normas constitutivas de los nexos grupales, sino que constituye por sí mismo esos nexos, sustituyendo lo que anteriormente hacían otros elementos del imaginario colectivo.

El ejemplo de turno: no pagamos impuestos porque nos sintamos impelidos a ellos por una solidaridad grupal, sino que pagamos porque la norma jurídica dice que hay que hacerlo y amenaza con sanciones graves y creíbles al que no cumpla esa obligación que ya es meramente jurídica.

La creciente juridificación de las relaciones sociales, en el doble sentido expuesto, de aumento de campos en los que el Derecho se inmiscuye y de mayor presencia del Derecho como fuente constitutiva de los acuerdos sociales fundamentales, lleva a los ciudadanos a pensar que cualquier práctica social que los beneficie o pueda favorecerlos tiene un respaldo jurídico y los habilita para una reclamación judicial con posible éxito. En otros términos, cada expectativa individual de base social y hasta cada ilusión de comportamiento ajeno que nos venga bien la traducimos, en ese marco de juridificación, al lenguaje de los derechos. Si mis amigos no cumplen con la pauta anual de hacerme un regalo por mi cumpleaños, puedo demandarlos para que hagan efectiva esa aspiración mía o me compensen por mi desilusión.

¿Que suena excesivo el ejemplo? Pues todo se andará, pero lo voy a sustituir por otros dos bien reales. El primero: hace unos años, un ciudadano de mi tierra, Gijón -creo; ¿o era Oviedo?-, le plantó un pleito al dueño de un bar porque éste no le puso una tapa o pincho gratuito junto con el vino de la hora del aperitivo. Agradeceré a algún amable lector la indicación de los datos concretos de la sentencia de tal caso, que recuerdo vagamente y por las noticias de los periódicos.

Para compensar esas brumas del caso anterior, expongo ahora el de la sentencia que he leído hace un rato. Se trata de la Sentencia de la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña de 20 de noviembre de 2009 (Sentencia nº 8524/2009). Un notario regalaba cada año un décimo de lotería de navidad a sus empleados. Era un puro regalo y siempre lo entregaba a los trabajadores que estaban en su puesto el día en cuestión, de modo que algún año se había perdido el detalle, por ejemplo, un empleado que se encontraba de vacaciones. Y hete aquí que en el sorteo de la lotería de navidad del año 2005 a cada uno de esos décimos le correspondieron cincuenta mil euros. Una trabajadora que estaba de baja o de permiso por maternidad durante ese mes de diciembre, y que no recibió el regalo, reclamó dicha cantidad al notario que era su jefe, alegando dos razones: que estaba obligado a darle el mismo presente a todos sus trabajadores y que ella había sido discriminada de modo incompatible con el artículo 14 CE.

La Sentencia le quita la razón a la demandante. En cuanto a la primera alegación, porque el regalo suponía una mera liberalidad del empleador, no una condición más beneficiosa que tuviera base en una especie de novación contractual. En cuanto a la segunda alegación, porque quedó probado que en una ocasión anterior no había recibido su billete de lotería un trabajador que estaba de vacaciones durante esos días, por lo cual se entiende que nada personal había contra ella en el hecho de que no se le hiciera llegar el obsequio.

A uno se le queda dando vueltas una duda que tiene mucho que ver con lo que estamos hablando de la juridificación galopante de las relaciones sociales: si no hubiera existido tal precedente, ¿habría podido concluirse que sí padecía ilegítima discriminación esa señora, y más por ser señora y porque su baja era por maternidad? Si cabe, aunque sea remotamente, pensar que sí, tenemos una buena base para respaldar nuestra tesis de la juridificación y la judicilialización aceleradas: ni a la hora de hacer un regalo puede uno dárselo a quien le dé la gana, pues ni en ese asunto tan personal y supuestamente libre nos “libramos” del asedio del Derecho y los derechos. Por la misma razón que hoy se hace necesario que armarse de precauciones y buscar coartadas o preparar pruebas antes de, por ejemplo, darse a ciertas efusiones físicas y emocionales con adultos o niños. Por si las moscas, por si el Derecho se nos mete y el beso se convierte en abuso, el requiebro en acoso o el reproche en agresión. Lo cual no quiere decir que deba el sistema jurídico dejar de reprimir los abusos, los acosos y las agresiones, pero ustedes ya me entienden. Hablamos de quién y cómo define lo que sea cada una de esas cosas y de qué papel les ha de tocar ahí a las normas jurídicas.

Se me acabó el tiempo y toca recoger los bártulos. Llega el tren a la estación y ya va parando. Continuaré. Y les contaré cómo me va mañana con todas estas ideas peregrinas de iusfilósofo peripatético en tierras dizque de celtas.

08 junio, 2010

Los palos del sombrajo

(Acabo de enviar este texto para mi columna de los jueves en El Mundo de León. Como no tengo tiempo para escribir más cosas ahora, lo doy aquí por anticipado. ¡Qué primicia!).
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Eso, los palos del sombrajo, es lo que se le va a caer a más de uno que yo me sé. Permítanme que me explique. Soy funcionario, sector docencia e investigación, como algunos ya saben. Y durante los últimos meses he acudido a reuniones en las que los convocados teníamos que decidir si asumíamos nuevos trabajos y compromisos o si estábamos a gusto así, más ligeros de cargas. Un día se trataba de ver si una titulación determinada se modificaba o se suprimía; otro, si ciertos cursos se impartían o dejaban de ofertarse; otro, si algunas labores se desdoblaban o se concentraban en menos horas, etc.
He visto a compañeros queridos soltar puñetazos encima de la mesa y decir que bajo ningún concepto y aunque se acabase el mundo darían clases por la tarde, o durante más de tres o cuatro horas semanales, o... Uno, que es un Pepito Grillo con mala follá, que diría un andaluz, solía intervenir anunciando posibles consecuencias de la crisis económica en lontananza, riesgos de que gobiernos de acá o de allá decidiesen un día suprimir centros poco productivos o descartar funcionarios escasamente laboriosos. Y así. No solía hacer mucha gracia mi encendido verbo, lo sé, y a lo mejor he sido injusto en más de una ocasión. Sea como sea, las reacciones iban desde el desprecio silente hasta el llamarme cenizo. Somos funcionarios, se decía. Y eso, con tal tono, significaba: inamovibles, inatacables, invulnerables, sagrados, firmes como la catedral y resistentes como el acero. Ya. A la vista está.
A unos cuantos se les habrá atragantado el desayuno estos días con la noticia. Ya no es sólo que nos bajen el sueldo. Es que la Merkel, en Alemania, acaba de marcarles el camino a sus colegas: supresión de quince mil empleos públicos para empezar; funcionarios a la calle. No digo ni que esté bien ni que me guste la idea, simplemente no me pronuncio sobre el fondo. Sólo quiero recordarles a mis compañeros en general, a los que cobramos de las Administraciones, que va a tocar apretarse los machos y doblar el espinazo como si fuéramos eso que llaman obreros. Y que, aún así, ya veremos. Puede que sea tarde.
Disculpen, no he podido evitarlo. No me alegro, pero ando con una sonrisa helada en la boca, una mueca triste.

07 junio, 2010

¿Alguien me presta una torre de marfil o de lo que sea?

Discúlpenme, pero hoy estoy por el texto íntimo y el desahogo. Otro día volveremos a hablar del Gobierno.

Creo que dejaré de beber alcohol cuando salgo por ahí. Últimamente, en cuanto me tomo dos o tres copazos me viene una depresión de órdago. Creo de verdad que es porque se me exacerba la sensibilidad y me crece la perspicacia. El licor me echa abajo ese tipo de explicaciones con que suelo conformarme para no desear andar por la vida armado con un par de lanzagranadas: que si todo el mundo es bueno, que si cada cual hace lo que puede, que si seamos tolerantes, que si quién es uno para juzgar, que si bastante tiene cada cual con arrastrar su cruz. Pamplinas, y como tal las percibo con la lucidez derivada del buen trago.

¿Y a qué conclusiones alternativas llego cuando voy más despierto y más atento a la selva en que vivimos? Pues más que nada, a que esta sociedad se está convirtiendo en una porquería. O quizá exagero y no es la sociedad, que qué sabe uno lo que será eso, sino el ambiente en que uno se mueve, lleno de profesores de medio pelo o de pelo completo, de burguesotes recién llegados que todavía no se lo creen y de funcionarios de colmillo retorcido y de nómina escondida debajo del colchón. Insufrible.

Afinemos el diagnóstico. Con las excepciones que haya que reconocer y refiriéndonos sólo a tendencias y promedios, ¿qué le pasa a la gente, o, al menos, a mucha de la gente que uno frecuenta? Pues que nos estamos convirtiendo en una tropa de mezquinos, descorteses, egoistones, desconsiderados, domesticados y cobardicas. Huy, ¿todo eso? Sí, queridos míos, no queda donde caerse muerto.

Enunciemos algunas tesis muy generales sobre la situación y luego ilustremos con un buen ejemplo para que resulte más divertido y morboso. Si tuviera que resumir en unas pocas notas más concretas lo que le pasa a la mayor parte de la gente que trato -a todos no, ojo; y seguro que lo que voy a decir se podría predicar de mí mismo en alguna o mucha proporción, eso no lo niego-, mencionaría muy destacadamente las que siguen:

1. Padecemos un ataque de avaricia. Avaricia grave. La gente lleva todo el día la mano en el bolsillo y no la saca ni a tiros. Mejor dicho, lleva las dos manos en los bolsillos, y, al menos cuando se trata de varones, con una se rasca los cataplines todo el rato y con la otra sujeta la billetera con el mismo celo con que los monos se agarran al plátano aunque les cueste no salir de la jaula en todo lo que les quede de mísera vida.

Me crié en un ambiente de bastante pobreza en el que el mayor descrédito de una persona era quedar por tacaño. Los paisanos se pegaban en el bar por pagar las rondas y las señoras agasajaban a las visitas caseras con los mejores manjares que tuvieran en sus despensas. Cuando alguien pasaba necesidad, acudía cada uno a ofrecerle lo que tuviera y cada préstamo o cada favor se devolvían aunque fuera la vida en ello. Como ahora, talmente. Conozco un buen puñado de personajes que presumen de tener en sus casas los aparatos electrónicos más sofisticados, las discotecas más al día, los libros nacionales y extranjeros recién salidos, todos. Se gastan, por consiguiente, un dineral cada mes. Pero, ay, vas un día con ellos a cenar o a tomar unas cervezas y siempre, siempre, el mismo cuento: mira, lo siento, no tengo más que cinco euros, si me invitas, otro día te correspondo yo, es que estoy que no llego a fin de mes y, para colmo, mi tarjeta de crédito se la comió el otro día un león en el circo, pues llevé a mi niño y... Y te cuenta lo del circo y sus hijos, mientras tu pagas las tres rondas anteriores y pides una ración de calamares, pues acaba de decirte tu amigo de la cofradía de la Virgen del Puño de Mono que huele muy rico y que tiene mucha hambre porque este mediodía se puso mala su abuela y no les dio tiempo a preparar la comida en casas. Mecachis en su abuela enferma y en todos sus muertos sanos.

Un día toca regalarle algo al compañero de trabajo o al vecino del quinto porque es su cumpleaños o porque se jubila o porque se va a Alaska a vivir con una foca. Primero todo el mundo está de acuerdo en que hay que regalar, pero nadie dice el regalo lo compro yo, adelantando el dinero. Bueno, pues tú o ese otro hermano tuyo que es igual de ingenuo o más dais un paso al frente y ponéis la pasta. Se celebra el evento, se entrega el presente, pasa una semana, pasan dos, y nadie, se acuerda de que te debe seis euros. Te tomas tres vinos y vas para allá y, hecho un valiente, se los reclamas a uno. Quien te para en seco con la siguiente parrafada: “Pues, chico, qué pena, es que hoy sólo salí de casa con los tres euros del bus, ya te lo doy mañana”. Y mañana es otro mes, hasta que te tomas otros vinos y esa vez el hijoputa salió hasta sin lo del bus, porque ahora hace el recorrido a pie para bajar esas grasas de cerdo que se le han puesto. Y yo tengo unas preguntas para las más sesudas mentes del país: ¿por qué la gente sale de casa sin dinero un día sí y otro también? ¿Por qué a tantos les dan calambres los cajeros automáticos? ¿Por qué, muy a menudo, los que se compran los coches más potentes, las cámaras de fotos con más pixeles y las casas con mayor jardín son los que más se resisten a invitar a un maldito vinillo o a poner el óbolo que les toca para los gastos comunes? ¿Hay entre esos dos datos una relación de causa a efecto o de estiércol a gusano?

Ah y otra más: ¿por qué la gente tiene en sus casas las neveras vacías? Mi madre, si hacía falta para hacerle los honores a una visita inesperada, mataba el gallo o sacaba las últimas chuletas del cerdo casero, conservadas en salazón. Ahora llegas a casa de alguien y te dicen: “Quieres una cerveza? Sólo queda una, pero podemos repartirla entre los cinco. Es que esta semana aún no hemos bajado al Alimerka”. ¿Y la comida? Para qué hablar. “Sólo nos quedan unos garbanzos estofados de anteayer, pero si queréis os los saco y hacemos unas tapas. Están buenísimos, aunque ya casi sólo es berza lo que hay. Es que, chica, si compras mucho de cada vez, luego te caduca en los armarios y es una pena. Otro día quedamos con tiempo y os preparo una fideuá que ya veréis qué rica, con gambas y todo”. ¿Gambas? ¿Gambas? Estás tú buena gamba, so zorra famélica.

2. Las malditas familias y los horribles matrimonios. Hijos se han tenido siempre, pero antes la gente hacía cosas. Ahora no, sólo hay hijos. Y algunos ni los tienen, pero se supone que los están fabricando con esmero y ya no cabe que diversifiquen su actividad, no vaya a despistarse el espermatozoide o a volverse tarumba el óvulo. En estos tiempos, la familia, y en particular los hijos, son el gran pretexto para que nos hagamos asociales. En todo lo que sea trabajar, echar una mano a alguien o gastarse diez euros para un homenaje a un amigo, el personal no puede por causa de los hijos. Por la mañana hay que llevarlos a fútbol, por la tarde a violín y por la noche es imprescindible rezarles el Jesusito de mi vida antes de que se duerman. Si lo que toca es cobrar algo o agenciarse un chollo, todo quisque puede dejar a los malditos vástagos en casa con la canguro o con los abuelos. Si no es para trincar un poco, la vida familiar se impone en medio de un aroma de amor rancio y abuso de menores.

En estos tiempos de igualdad feliz y variadas paridades, digo yo que sería viable que si, por ejemplo, la señora tiene una cena de los de su trabajo, el varón se quedara en casa con la descendencia; y que si es él el que ha de velar a un enfermo o yo qué sé qué, se podrá organizar el turno de la otra manera. Pues no. Con los niños tienen que estar siempre ambos, el papá y la mamá. Para que salga despierto y desenvuelto el chiquirrín, ya saben. Luego nos preguntamos por qué llegan a la adolescencia con esa pinta de gilipollas. Pues por los padres, por qué va a ser. Pero en el fondo son disculpas. Nos estamos haciendo autistas y perdiendo toda capacidad para la conversación tranquila o la fiesta compartida. Preferimos estar en casas cambiando pañales con un ojo puesto en alguna serie televisiva para retrasados. Así sea.

¿Y los matrimonios felices? Esas miradas de odio caducado, esos silencios, esas ganas de que se muera el consorte del que no te separas ni a tiros. Quien no se divorcia a cierta edad, ya no lo hace nunca. Y hace mal. Pero se acostumbran a vivir así, con una amargura que se les hace natural, de capa caída, resentidos, como si llevaran una herida abierta en las entretelas. Que cambien de pareja, rediez, que se larguen el uno y la otra y la otra y el uno, que recuperen otra vez el gusto por un revolcón guapo y por una conversación alegre a dos. Que el mundo no se acaba por cambiar de cajón y de casa los calzoncillos o las bragas, que hay vida después de esta muerte conyugal, que el cuerpo no merece este castigo y el alma no puede ser rehén eterno de este apocamiento.

Funcionan siempre igual esas parejas felices. Si uno de ellos se está divirtiendo, al otro empiezan a dolerle los juanetes o se le viene el recuerdo de que pasado mañana tienen que ir a ver a la tía del pueblo que anda un poco mala y que ya no pueden quedarse más y vamos, churri, que es muy tarde. Y otro de los síntomas de esa entrega sin remisión es que churri nunca responde pues vete tú y ya nos veremos en el infierno o pasado mañana donde la tía, sino que churri apura su vaso y se va con mansedumbre y un juramento de venganza en los ojos. El matrimonio, oh maravilla, la más antinatural de las instituciones, la menos equitativa, esa feliz desdicha, ese dolor que no se acaba.

3. La descortesía. A uno, que es más viejo de lo que se pensaba, por lo que se ve, le enseñaron en casa y en la escuela que no está bien mentar la soga en casa del ahorcado, ni mofarse del manco, al menos en su cara, ni ensañarse con la mala suerte del desgraciado. Y así. Y que hay que saber conversar, y que cuando alguien te cuenta algo que a él le parece importante se debe prestar algo de atención, y que no se interrumpe a los demás, y que no se habla a voces y que no hay que ponerse pesado haciendo que toda una mesa, por ejemplo, tenga que tragarse durante cinco horas ese maldito tema que es el único del mundo que a uno le interesa. Carajo, y ya puestos a pasar revista, otra cosa más, bien importante: conviene ponerse desodorante, que está barato y hace mucho apaño para que los demás puedan comer cerca de uno sin ciscarse en sus muertos ni preguntarse qué granja de cerdos caerá por las inmediaciones del bar.

Dejen que les confiese algo más, manías propias. En ocasiones, presa de la desesperación, me dedico a contar cuántas veces intento decir algo y cuántas me interrumpen mis interlocutores a grito pelado. He llegado a cifras altísimas y a pasarme horas sin poder colocar esa sencillita frase con la que quería resumir mi opinión sobre lo que se debatía. No hay manera, nadie escucha a nadie y todo el mundo da conferencias en las reuniones sociales. ¿Diálogo? Imposible, sólo ruido de besugos incontinentes y de narcisistas gritones. Insoportable.

Dejemos aquí esta enumeración de virtudes habermasianas y vamos con el ejemplo. Es real, les doy mi palabra. Me arriesgo a perder algún amigo, pero, ¿acaso importa, con la que está cayendo? Les cuento.

Hace cosa de unos meses, unos cuantos compañeros de antaño organizamos una comida de despedida para una profesora que cambiaba de universidad. Era en una universidad que no es la mía y en la que tenía yo buenas amistades por razones que ahora no importan. Fuimos pocos los comensales, pues, como ya sabemos, todo el mundo tiene niños que atender o abuelas que cuidar cuando no le hacen el homenaje a él o no le pagan un poco por asistir a lo que sea. Me tocó al lado el novio que ahora acompañaba a la homenajeada, el cual se pasó media comida castigándome la oreja con la siguiente frase afortunada: Fulanita (la fulanita era su pareja, para la que se había organizado el evento) sufre con este tipo de actos, no le gustan nada y ha venido a rastras. Mecagoenlosmuertos de la fulana y el fulano y en toda su puñetera tribu. Enfrente, una esposa castigadora le insistía al marido para que no se comiera la grasa del chuletón, y se lo decía con una saña que ha de hacer más mal que todo el colesterol del mundo, al tiempo que él, por lo bajinis, se acordaba de la mamá de ella y le lanzaba miradas de asco eterno. Reconfortante. A mi otro lado, todo un adulto, viejo conocido, la tomó con el póker por internet y se pasó la comida entera describiendo a voces sus partidas de la última semana. Creo que, de toda la mesa, era el único que sabía jugar al póker y, desde luego, el único al que le interesaban sus estúpidas partidas.

Después de la comida y de los presentes, desenvueltos con gesto de hastío y desgana por la destinataria de nuestras atenciones, nos fuimos unos pocos a tomarnos unas copillas. También estaban esa señora y su acompañante. Llegó la hora de pagar esa ronda. Todos quietos, rígidos, ausentes, estatuas. Era lógico que invitase ella, eso es bien cierto. Los habíamos invitado a los dos, a ella y a su maromo gagá, y le habíamos entregado a la dama un regalo hermoso. Y suena su voz, tenue, dulce: “Ay, no me he traído más que estos diez euros”. Y los lanza sobre la mesa. Añade: “Pepe, ¿tú tienes algo?” Y Pepe: “Vaya, pues no, ni un euro, lo gasté todo en la gasolinera al venir”. Después, y hasta que me largué a vomitar en casa, toda la conversación versó sobre los personajes de no sé qué programas de la víscera en Telahinco y otras cadenas teleinvasivas. Antes de que pasaran al tema siguiente que tocaba, los niños y la variedad de texturas de sus cacas, me largué, jurándome que jamás de los jamases volvería a acudir a una celebración de ésas. No lo he cumplido, pero reafirmo ahora mismo ante ustedes mi juramento. Me quiero ir a una isla desierta; o a la guerrilla, para matar mucho. Sólo eso. ¿Es tanto pedir? Total, a ustedes no les va a costar nada, así que tranquilos.

03 junio, 2010

El fracaso de la enseñanza

(Publicado hoy en El Mundo de León)
Suponga que a todos los de su barrio que tengan trabajo les dicen que si consiguen aguantar dos horas trotando a buen ritmo, les suben el sueldo. ¿Cuántos cree usted que lo conseguirían? Ahora imagine que al cabo de unos años se rebaja el requisito y basta correr sesenta minutos para tener o mantener dicha mejora. ¿Cree que serían más, menos o los mismos los que lograrían esa marca? Yo estoy convencido de que serían los mismos, o casi. Quien tiene aptitud para una carrera de una hora la tiene para correr el doble si hace falta o le parece conveniente. Quien sólo quiere sofá y tele y vive vencido por la pereza o la abulia preferirá seguir como está antes que mejorar a base de esfuerzo.
Hace unos días leíamos que sólo el treinta por ciento de los estudiantes universitarios leoneses acaban su carrera en el tiempo establecido. Desde mi experiencia como profesor universitario y desde el recuerdo (lejano ya, ¡ay!) de mi época de estudiante, les puedo asegurar una cosa: en las últimas décadas el nivel promedio de exigencia en las carreras ha disminuido como mínimo a la mitad. Con lo que se estudiaba hace veinte o treinta años daría ahora para hacer varias carreras al mismo tiempo, no una sola. Y, sin embargo, ahí tenemos los resultados: mengua la exigencia y mengua tanto o más el rendimiento. ¿Por qué? Porque el capaz y tenaz va a hacer siempre lo necesario para salir airoso de los exámenes, mientras que el dado a la molicie va a disminuir su esfuerzo en proporción directa a lo que se bajen los baremos.
El fracaso escolar no lo provocan los profesores exigentes, sino los estudiantes que no quieren esforzarse o que no están acostumbrados a trabajar porque siempre se les ha tenido entre algodones y tomando la sopa boba. El verdadero fracaso escolar es la combinación de estos dos factores: que los mejores aprenden menos de lo que debieran, pues no se les exige todo lo que podrían dar de sí, y que los peores van a seguir suspendiendo aunque sólo se les solicite que escriban su nombre con las tildes bien puestas. Por eso el actual sistema de enseñanza es, de principio a fin, una estafa y una estupidez. Está hecho a la medida de sus muñidores, que son unos cuentistas redomados.

02 junio, 2010

La sentencia de la semana. 1. Lo poco que pesa el honor del padre cuando es mala o tonta la madre

Vamos a iniciar hoy una nueva sección en este blog, para que no se nos olvide que tiene algo de jurídico. La llamaremos “La sentencia de la semana” y la usaremos para comentar decisiones judiciales que nos llamen la atención, bien porque en ellas se razone de un modo extraño, bien porque planteen problemas teóricos o prácticos muy interesantes. La de hoy, para empezar, es de las primeras.

Se trata de la Sentencia de la Audiencia Provincial de Sevilla, Sección 8ª, de 9 de noviembre de 2009. El número de la Sentencia es el 367/2009. Omito el nombre del magistrado ponente, pues temo que me voy a ensañar un poquito y, desde luego, no hay una cuestión personal aquí ni pretendo faltarle al respeto a nadie. Pero lean la Sentencia ustedes mismos -es breve- y luego me dicen algo de cómo está redactada. Se la copio al final de la entrada.

El asunto es el siguiente. Una señora, llamada Elena, presentó contra su marido, de nombre Nicolás, denuncia por abusos sexuales de éste contra la hija de ambos, menor de edad. Resultó ser una denuncia falsa, y de tal falsedad no ha quedado duda ninguna, una vez practicadas las pruebas correspondientes, tal como en la Sentencia se reconoce. El marido y padre, don Nicolás, interpuso, curiosamente, demanda por intromisión ilegítima en el derecho al honor, demanda que fue desestimada en primera instancia y cuyo recurso de apelación resuelve la presente Sentencia de la Audiencia. Téngase presente, por tanto, que no estamos ni ante un proceso penal por denuncia falsa ni ante una reclamación civil de daños con base en el 1902 del Código Civil. Entiendo que la base normativa de la demanda de don Nicolás está en la LO 1/1982 de Protección Civil del Derecho al Honor, a la Intimidad Personal y Familiar y a la Propia Imagen, que en el apartado primero del artículo 9 dice que “La tutela judicial frente a las intromisiones ilegítimas en los derechos a que se refiere la presente Ley podrá recabarse por las vías procesales ordinarias o por el procedimiento previsto en el artículo 53.2, de la Constitución. También podrá acudirse, cuando proceda, al recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional”. Y en el apartado tercero establece que “La existencia de perjuicio se presumirá siempre que se acredite la intromisión ilegítima. La indemnización se extenderá al daño moral que se valorará atendiendo a las circunstancias del caso y a la gravedad de la lesión efectivamente producida, para lo que se tendrá en cuenta en su caso, la difusión o audiencia del medio a través del que se haya producido” y que “También se valorará el beneficio que haya obtenido el causante de la lesión como consecuencia de la misma”. Así que lo que estaba en juego con la demanda de don Nicolás contra la madre de su hija era, por un lado, la restitución de su honor mancillado con la denuncia y, por otro, la indemnización que tendría que estipularse si se reconociera que el atentado contra su honor fue “ilegítimo”.

Hasta ahí los hechos y el trasfondo normativo. Ahora prepárense para las sorpresas y los sobresaltos. Así estamos y esto es lo que hay: la Justicia razona como razona. No hay más tutía. Resumiré la Sentencia paso a paso, numerando las etapas de su razonamiento, al tiempo que pongo de manifiesto mis perplejidades. Esto nos dice la Audiencia sevillana:

1. Es “gravísimo” el ataque que padece el honor de un hombre que es víctima de una denuncia falsa por abusos sexuales a una hija suya menor. Tal denuncia falsa “atenta al (sic.) ser o esfera más íntima de la personalidad de un padre” y supone un estigma y “un grave deshonor”. “Por consecuencia, imputar este tipo de conductas a sabiendas de que son falsas sin el menor escrúpulo, atentan (sic.) claramente al honor, a la propia estima y a la consideración debida por los demás, sin perjuicio del reproche penal por la denuncia falsa, cuyo bien jurídico atacado es otro, (La Administración de Justicia) o los daños morales, materiales y perjuicios y molestias causadas por verse injustamente inmerso en un procedimiento penal”.

No hay duda, por consiguiente, de que el honor de don Nicolás ha sufrido muy grave quebranto con la denuncia en cuestión.

2. Pero nos encontramos, según la Sentencia, ante una “colisión jurídica entre el derecho al honor del denunciado y el derecho-deber de proteger a la menor frente a posibles ataques sexuales del otro progenitor”.

¿Colisión de derechos? ¿Cómo que colisión de derechos? Si hay tal colisión de derechos en este caso, la habrá también en cualquier otro supuesto de denuncia falsa. Yo le denuncio a usted como autor de cualquier delito y con tal denuncia no hago más que cumplir con mi derecho-deber de colaborar con la Administración de Justicia y comportarme como ciudadano ejemplar que vela por el orden social debido y por la protección de los bienes merecedores de tutela penal. Así que ya sabe, yo lo denuncio a usted por violación, estafa, robo, homicidio o lo que me dé la gana, y estoy quedando como un señor y simplemente contraponiendo mi derecho a su derecho al honor.

Y usted dirá que de acuerdo, que puede ser, pero a condición de que mi denuncia no sea falsa. Falso, según la Sentencia. Vea por qué.

3. Según nos cuenta la Audiencia, si quien denuncia falsamente no actúa de mala fe y no tiene previa conciencia de tal falsedad, habrá que concluir que su derecho-deber de denunciar prevalece sobre el derecho suyo de usted al honor. Así queda resuelta la mentada colisión de derechos. Empieza usted a estar preocupado por la muy liviana protección de su derecho fundamental al honor, ¿verdad? Sí, el derecho al honor es un derecho fundamental amparado por el art. 18 de la Constitución. El derecho-deber de denunciar, incluso en falso pero sin mala uva, no sé cuánto de fundamental será y en qué artículo constitucional tendrá acogida. A lo mejor está en uno de esos principios constitucionales implícitos que tanto se llevan hoy en día.

Oigamos al Tribunal: “Decantándose el conflicto jurídico a favor del derecho al honor del denunciado o a favor del derecho-deber tuitivo, según se acredite que la denunciante actuó o no a sabiendas de que los abusos sexuales eran falsos, ya sea con intención directa de atacar el honor o de forma eventual, persiguiendo alguna otra ventaja jurídica”. Aparte de lo elegante que queda eso de comenzar una frase con un gerundio, vemos que el tema se reconduce a un asunto de prueba: o se prueba que el autor de la denuncia falsa obró a sabiendas de la falsedad y con total mala fe y/o buscando alguna ganancia o ventaja, o el derecho al honor pierde la partida y el denunciado se queda a dos velas. O sea, y en nuestro ejemplo paralelo: yo a usted le he hecho trizas la reputación con una acusación gravísima y mentirosa, pero la pelota pasa a su tejado en forma de prueba semidiabólica, como mínimo: o prueba usted mi mala intención y mi propósito asqueroso, o yo me voy de rositas y usted se queda jodido y sin reparación. Es lo que se llama proteger los derechos fundamentales ponderando, que es gerundio también. Todo, pues, dependerá de la combinación de mi habilidad para hacerme el tonto y de la valoración de las posibles pruebas o indicios de mi dolo que haga el juez. Y aquí nos espera otro susto, ya verán.

4. A valorar la prueba se aprestan nuestros magistrados: “Por tanto, en casos como el de autos, lo que debemos hacer es una valoración del bagaje probatorio existente en los autos para decir si la denuncia o la puesta en conocimiento de la "notitia criminis" se hizo con conocimiento y voluntad de la falsedad por la madre de la menor”. Pero antes de ver cuál es el objeto y el resultado de dicha valoración, permítasenos una consideración. ¿No hay aquí espacio para una mínima exigencia de cuidado? ¿En verdad sólo puede ser relevante el dolo puro y duro, la mala intención de libro? ¿No cabe tomar en consideración la culpa o negligencia y pensar que el denunciante debe adoptar unas mínimas precauciones, tener un elemental cuidado y comprobar con rigor sus indicios o sospechas antes de dar el paso de denunciar y poner en tan gravísimo brete el honor del denunciado, en este caso el padre de la menor? Incluso en pro de la protección de la menor, ¿no debería estar más protegido el padre? ¿La conclusión que a la niña o muchacha se le va a mostrar es que su padre era inocente, pero que bien está quedándose así, sin reparación de su honor indebidamente dañado, mientras que la madre mintió, pero no por mala, sino por boba y que, por tanto, nada debe reparar? Curioso, curioso, curioso. Y dicen que protegen derechos fundamentales y que resuelven colisiones de derechos. Manda narices.

No debemos perder de vista algo que antes hemos señalado y que la Sentencia de marras ni menciona: que está en juego no sólo la restitución nominal del honor herido, sino también una indemnización que, a tenor del precepto legal antes citado, tendría que seguirse con necesidad si se fallara que fue ilegítima la intromisión en el derecho al honor. Que no se trata, pues, de decir que la mujer delinquió o que es mala gente, sino de examinar si fue ilegítimo el daño al honor y, en ese caso, sentar una indemnización por parte del que provocó tal daño. Y que nada impide que pueda haber atentado al honor por vía culposa, no sólo dolosa, y que, en consecuencia, sea objeto de reproche jurídico quien por frivolidad o falta de cuidado incurre en un atentado tan grave como acusar a un padre de abusar sexualmente de su hija. Pero todo esto queda excluido de raíz en la Sentencia, pues o prueba el padre denunciado que la madre era plenamente consciente de lo infundado de la denuncia, o se queda sin honor y sin reparación, pues gana el derecho de la madre, el derecho-deber de denunciar, que, al parecer, abarca algunos supuestos de derecho-deber de denunciar falsamente.

Una valoración adecuada y no risible de los derechos en conflicto avalaría sin duda la toma en cuenta de la culpa o negligencia de la denunciante, pues, en primer lugar, pondría en su debido lugar constitucional el derecho al honor y, en segundo lugar, matizaría de modo razonable ese derecho-deber de denunciar, pues permitiría darle un enunciado de este tenor: existe un derecho-deber de denunciar, pero con cuidado, con prudencia, con una mínima cautela y con una mínima seguridad, pues, de no ser así, no sólo se daña el honor del denunciado, sino hasta el propio bien que se quiere proteger con el mentado derecho-deber, como es en este caso la integridad y el interés de la menor. Una menor que es objeto de una denuncia falsa contra su padre por abuso sexual no sólo no es protegida, sino que es también dañada. O al menos parece que así debería parecerle a cualquier persona razonable, con o sin toga. Y eso por no hablar de otro bien jurídico-constitucional que también debe tutelarse: la Administración de Justicia. ¿O no sufre dicho bien cuando se permite denunciar impunemente delitos tan graves a tontas y a locas?

Pero volvamos a las pruebas y su decisiva valoración.

5. En la Sentencia se nos dice que hay indicios tremendos de que la madre denunció a sabiendas de que no habían existido los referidos abusos sexuales. Miren cuántos: “Y haciendo esa valoración, nos encontramos con indicios de que la madre actuó a sabiendas de la falsedad de la imputación realizada, como es el hecho de que ocultara la anterior denuncia realizada por ella contra su anterior pareja y padre de su hija mayor, de su interés en limitar y obstaculizar las visitas del denunciado a su hija y el propio marco de conflicto de derecho de familia, donde se produce la denuncia indirecta llevando a su hija al hospital, o el esperar al día siguiente para llevarla a la niña (sic.) al centro de salud, así como la constatación de cierta intervención de la madre en la narración de hechos”.

¿Parece claro y terminante, verdad? Pues no. Véase en qué se acaba, pero le recomiendo que el párrafo siguiente lo lea usted sentado:

“Pero lo cierto y verdad es que, aparte de indicios, que no son unívocos y de los que no se puede deducir sin ningún género de dudas la actuación torticera de la madre, no existe una prueba clara y terminante de que todo fue un invento y manipulación de la menor por parte de la madre, y al no existir esa prueba terminante este Tribunal no puede decantarse a favor del derecho del honor del actor a riesgo de limitar el derecho-deber de denunciar, en defensa de las menores, ante sospechas de ataques sexuales de los propios progenitores, pues el derecho-deber de protección lo consideramos como superior al derecho al honor y por ello, sólo en el caso de existir una prueba terminante, no ya de inexistencia de abusos sexuales, (que en este caso estamos completamente convencidos, a la vistas (sic.) de las pruebas que no lo hubo), sino de que la madre haya actuado a sabiendas de su falsedad y con un interés expureo, es sólo cuando debe prevalecer el derecho al honor y no el ejercicio torticero de un derecho-deber de protección con otra finalidad”.

Sí, ya sé que se ha quedado usted deslumbrado por lo de “expureo”. Vaya tela.

Primero. ¿Cuándo puede haber en un caso como este una “prueba terminante” que sea más terminante que los citados indicios? Salvo la confesión de la acusadora, fruto de un arrepentimiento que parece improbable y de un deseo de indemnizar más sorprendente aún, no se nos ocurre ninguna.

Segundo. Si no estamos en un proceso penal, ¿por qué esta manera radical de aplicar una especie de presunción de inocencia? No estamos preguntándonos si la acusadora, doña Elena, es una criminal, una delincuente, sino si ha habido intromisión ilegítima en el derecho al honor. El foco hay que ponerlo en el derecho fundamental ignorado y en su titular, no en la presunción de inocencia de quien lo pisoteó.

Tercero. ¿Qué base constitucional, legal o simplemente de sentido común tiene esa afirmación, totalmente decisiva aquí, de que “el derecho-deber de protección” es (“lo consideramos”) “superior al derecho al honor”? Respuesta obvia: ninguna base.

¿Derecho-deber de protección de quién? Desde luego, parece más bien que de la madre, porque es bien extraño que pueda protegerse a la menor mediante denuncias falsas contra su padre, nada menos que por abuso sexual, denuncias que sin duda habrán provocado una sucesión de medidas contra ese progenitor y a la vista de la niña, y padecidas también por ella, aunque sea indirectamente. Pero, ¿algún ser humano razonable, magistrado o mortal común, puede todavía pensar que la denuncia falsa contra el padre, aunque sea sin dolo, puede hallar justificación en la protección del menor o la menor? ¿Pero se está protegiendo a la menor cuando se exime de toda responsabilidad, absolutamente toda, al progenitor o progenitora que denuncia falsamente, aunque sea por descuido o porque es imbécil y no se preocupa de ir con un mínimo cuidado en asunto tan grave? Más aún: ¿alguien se imagina que una denuncia falsa de este cariz puede en realidad hacerse sin mala fe y nada más que por una sospecha que no se somete a un mínimo escrutinio? ¿De verdad pueden unos señores magistrados estar tan en la inopia o es que van a otra cosa?

6. Decimos los muy brutos de mi pueblo que bien está hacer el amor, pero no arrancar los pelos. No lo decimos exactamente con tanta finura, pero ustedes ya me entienden. Bueno, pues la Sentencia acaba hasta por arrancar los pelos: le perdonan las costas a don Nicolás porque seguramente tiene razón:

“No obstante la confirmación del fallo de la sentencia recurrida en cuanto al fondo del asunto, aunque por distintos fundamentos, consideramos que el caso presenta dudas de hecho sobre la actuación de la madre y su conocimiento de la falsedad de la imputación, pues, como hemos dicho, aunque no existe una prueba terminante para decantarnos a favor del derecho al honor frente al derecho-deber tuitivo, existen indicios de la falsedad de la misma, que tienen que tener una consecuencia en la no imposición de costas de la primera instancia con arreglo a lo dispuesto en el art. 394 de la LEC , y estar, ab initio, justificada la interposición de la demanda”. “Y al revocarse la sentencia recurrida, al menos en cuanto a las costas, con arreglo a lo dispuesto en el art. 398.2 de la LEC , tampoco procede imponer las de esta Alzada”.

Sin comentarios. Dejémoslo estar, no vayamos a ser nosotros los que ahora hagamos afrenta al honor de alguien.

PD.- Sospeché que el magistrado ponente pudiera ser un magistrado suplente. Pero busqué con ayuda de Google y me parece que no. Así que a cada uno lo suyo.

AHÍ VA LA SENTENCIA:

ANTECEDENTES DE HECHO
PRIMERO.- Por el Juzgado de Primera Instancia nº 3 de Sevilla se dictó Sentencia de fecha 13/04/09 , que contiene el siguiente FALLO:
"Que debo desestimar y desestimo íntegramente la demanda interpuesta por el Procurador/ra Sr./Sra Alcantara Martínez en nombre y representación D. Nicolas contra Dª. Elena y en consecuencia debo absolver y absuelvo a ésta última de los pedimentos contenidos en el suplico de la demanda con imposición de costas a la parte actora."
SEGUNDO.- Notificada a las partes la resolución de referencia, se interpuso recurso de apelación contra ella, el cual se preparo e interpuso por escrito en tiempo y forma ante el Juzgado "a quo", dándose traslado del mismo a la otra parte que presentó escrito de oposición y al Ministerio Fiscal, que hizo lo propio, ordenándose la remisión a este Tribunal de los autos, que una vez recibidos se registraron y designó ponente, señalándose vista, por tratarse de un procedimiento sobre Derechos Fundamentales.
TERCERO.- En la tramitación de este recurso se han observado las formalidades legales.
FUNDAMENTOS DE DERECHO
PRIMERO.- Entrando en el fondo del recurso, este Tribunal no puede estar conforme con el Ministerio Fiscal ni con la parte demandada ni con la sentencia recurrida, en cuanto se afirma que si se estimara la demanda se produciría una incongruencia, en cuanto que se podría haber accionado penalmente por una presunta acusación o denuncia falsa e incluso también por vía de daños y perjuicios morales del art. 1.902 del Código Civil , pero no se podría ejercitar una acción civil en defensa del honor del actor, porque no ha existido tal ataque a ese bien y derecho fundamental, que es el honor.
SEGUNDO.- Sin embargo, este Tribunal, partiendo de la indeterminación del concepto social de honor, tenemos que decir, que, sí podemos calificar un ataque al honor en esta Sociedad como gravísimo, es el producido mediante una denuncia falsa por supuestos abusos sexuales a una hija menor cometido por su padre, lo cual atenta al ser o esfera mas intima de la personalidad de un padre; constituyendo una actuación horrenda y merecedora del mayor reproche, el abuso sexual de un ser inocente por aquella persona, que precisamente tiene la obligación de protegerla y que, en vez de protegerla, se aprovecha de su situación y relación paterno filian para abusar de ella, siendo este tipo de actuaciones absolutamente repugnantes para la Sociedad actual, quedando, quien es condenado por ellas, estigmatizado para siempre, suponiendo un grave deshonor.
Por consecuencia, imputar este tipo de conductas a sabiendas de que son falsas sin el menor escrúpulo, atentan claramente al honor, a la propia estima y a la consideración debida por los demás, sin perjuicio del reproche penal por la denuncia falsa, cuyo bien jurídico atacado es otro, (La Administración de Justicia) o los daños morales, materiales y perjuicios y molestias causadas por verse injustamente inmerso en un procedimiento penal
TERCERO.- Así pues, no se trata de que una imputación a un padre, de unos abusos sexuales a una hija menor de edad, no constituyan un ataque al honor, sino que lo que se produce en estos casos es una colisión jurídica entre el derecho al honor del denunciado y el derecho-deber de proteger a la menor frente a posibles ataques sexuales del otro progenitor, poniéndolo en conocimiento de quien por razón de su profesión u oficio tiene el deber de investigarlos o comunicarlos para que se investiguen.
Decantándose el conflicto jurídico a favor del derecho al honor del denunciado o a favor del derecho-deber tuitivo, según se acredite que la denunciante actuó o no a sabiendas de que los abusos sexuales eran falsos, ya sea con intención directa de atacar el honor o de forma eventual, persiguiendo alguna otra ventaja jurídica.
CUARTO.- Por tanto, en casos como el de autos, lo que debemos hacer es una valoración del bagaje probatorio existente en los autos para decir si la denuncia o la puesta en conocimiento de la "notitia criminis" se hizo con conocimiento y voluntad de la falsedad por la madre de la menor.
Y haciendo esa valoración, nos encontramos con indicios de que la madre actuó a sabiendas de la falsedad de la imputación realizada, como es el hecho de que ocultara la anterior denuncia realizada por ella contra su anterior pareja y padre de su hija mayor, de su interés en limitar y obstaculizar las visitas del denunciado a su hija y el propio marco de conflicto de derecho de familia, donde se produce la denuncia indirecta llevando a su hija al hospital, o el esperar al día siguiente para llevarla a la niña al centro de salud, así como la constatación de cierta intervención de la madre en la narración de hechos.
Pero lo cierto y verdad es que, aparte de indicios, que no son unívocos y de los que no se puede deducir sin ningún género de dudas la actuación torticera de la madre, no existe una prueba clara y terminante de que todo fue un invento y manipulación de la menor por parte de la madre, y al no existir esa prueba terminante este Tribunal no puede decantarse a favor del derecho del honor del actor a riesgo de limitar el derecho-deber de denunciar, en defensa de las menores, ante sospechas de ataques sexuales de los propios progenitores, pues el derecho-deber de protección lo consideramos como superior al derecho al honor y por ello, sólo en el caso de existir una prueba terminante, no ya de inexistencia de abusos sexuales, (que en este caso estamos completamente convencidos, a la vistas de las pruebas que no lo hubo), sino de que la madre haya actuado a sabiendas de su falsedad y con un interés expureo, es sólo cuando debe prevalecer el derecho al honor y no el ejercicio torticero de un derecho-deber de protección con otra finalidad.
En definitiva, si bien no estamos totalmente contestes con el fundamento de la sentencia recurrida, apoyada por el Ministerio Fiscal y por la parte apelada, si que debemos confirmar el fallo de la misma por inexistencia de una prueba terminante, que nos haga escorar la balanza a favor del honor, sobre que la madre actuó a sabiendas de la falsedad de la imputación de abusos sexuales de su hija menor, que hizo ante los facultativos del hospital, los que con obligación de actuar, pusieron en marcha el mecanismo de la Justicia.
QUINTO.- No obstante la confirmación del fallo de la sentencia recurrida en cuanto al fondo del asunto, aunque por distintos fundamentos, consideramos que el caso presenta dudas de hecho sobre la actuación de la madre y su conocimiento de la falsedad de la imputación, pues, como hemos dicho, aunque no existe una prueba terminante para decantarnos a favor del derecho al honor frente al derecho-deber tuitivo, existen indicios de la falsedad de la misma, que tienen que tener una consecuencia en la no imposición de costas de la primera instancia con arreglo a lo dispuesto en el art. 394 de la LEC , y estar, ab initio, justificada la interposición de la demanda.
Y al revocarse la sentencia recurrida, al menos en cuanto a las costas, con arreglo a lo dispuesto en el art. 398.2 de la LEC , tampoco procede imponer las de esta Alzada.
En su virtud,
FALLAMOS
Se estima parcialmente el recurso interpuesto por la representación de D. Nicolas contra la Sentencia dictada por el Juzgado de Primera Instancia nº 3 de Sevilla con fecha 13/04/09 en el Juicio Ordinario nº 1830/08, y se confirma en cuanto al fondo el fallo de la misma, revocándose exclusivamente sobre la imposición de costas a la parte actora, que se deja sin efecto, así como tampoco se hace pronunciamiento sobre las costas de esta Alzada.
Dentro del plazo legal devuélvanse las actuaciones originales al Juzgado de procedencia con testimonio de esta resolución para su ejecución.
Así, por esta nuestra Sentencia, definitivamente juzgando en grado de apelación, lo pronunciamos, mandamos, y firmamos
.

01 junio, 2010

¿Derecho en serio o según y cómo?

Hace un puñado de meses pasó de visita por mi despacho un antiguo alumno al que le guardo sincero aprecio, un pillo buena gente con el que acabé en franca amistad, un tipo realmente simpático que hace quince años aguantó mis clases con una mezcla de sorna y resignación. Ahora es policía municipal en un ayuntamiento cercano a León. Traía la cara amoratada y medio hinchada. Me interesé por lo que le pasaba y me contó. Andaba de patrulla y vio que algunos macarras estaban haciendo no sé qué fechoría. Se acercó a pedirles identificación y explicaciones y la emprendieron a golpes con él, hasta romperle la nariz y dejarlo medio inconsciente. ¿No llevabas pistola?, le pregunté. Y esto me respondió: si saco la pistola y pasa algo, me juego el trabajo; si disparo me la cargo yo con toda seguridad. Prefiero que me den una tunda así.

Hay que ver lo que son las cosas, me he acordado de él y de esa historia al ver las imágenes con las que el Gobierno de Israel pretende presentar como poco menos que legítima defensa de los soldados la carnicería que se organizó ayer en el barco turco con ayuda para los palestinos. No pretendo aquí, en absoluto, entrar en polémicas sobre si son mejores o peores unos u otros, aunque tenga mi idea personal sobre el asunto: en contra de todos. Suele ocurrirme. A lo que voy es a que, en el caso concreto, ninguna agresión con barras de hierro -si ese fue el caso, como parece en algunas imágenes difundidas por los israelíes- o hasta con cuchillos puede justificar que todo un ejército que presume de ser de los más preparados y eficaces se tenga que defenderse a base de tiro a matar. Es obvio que existen mil y una maneras de dominar a un grupo de personas violentas -si era el caso- y sin armas de fuego, como saben los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado de cualquier país.

Parece que casi todo el mundo (¿menos Obama? Cielo santo, qué está pasando con Obama, se preguntará el lince de La Moncloa en medio de la espesura de su mente prodigiosa) lamenta que el Derecho internacional no tenga maneras efectivas para hacer valer sus normas y para sancionar con garantías a determinados países que se toman a broma la legalidad internacional. Qué pena, al parecer, que el Derecho internacional no sea más rígido y contundente, más efectivo, con órganos que lo apliquen sin vuelta de hoja y al margen de poderes y presiones de esta nación o de aquel gobierno. O sea, y en resumen, que nos gustaría que el Derecho internacional fuera derecho en serio, hard law y no esa mezcla de sof law y ética tibetana de la que no sale ni a tiros, precisamente. Me parece muy bien, pero tengo una pregunta para ese adalid de la norma en ristre: ¿por qué no nos gusta lo mismo para el Derecho interno, para el de aquí, para el del país? ¿Por qué estamos tan encantados con que aquí la norma democráticamente legítima se disuelva en dimes y diretes, se enmiende en su aplicación a base de evanescentes principios o coyunturales conveniencias? ¿Por qué aquí suplantamos las legalidades constitucionales establecidas echando mano de voluntades populares alternativas, de intereses grupales fantasmagóricos o de procedimientos informales empleados para reemplazar a los institucionales e institucionalizados? ¿Por qué, en suma, nos gusta que el Derecho español parezca Derecho internacional, mientras que para el Derecho internacional pedimos que sea, en sus medios y su eficacia, como el Derecho interno de un país serio, pongamos Alemania?

Propongo un ejemplo. Ésos que creen que el Estatuto de Autonomía de Cataluña no puede ser corregido por el Tribunal Constitucional en lo que de opuesto a la Constitución tuviere, pues se aduce que ya lo respaldó el pueblo catalán en referéndum y que esos elementos materiales tienen que pesar más que los puramente formales, ¿están dispuestos a aplicar una lógica parecida en este caso de Israel y el Derecho internacional? Puesto que el Consejo de Seguridad de la ONU no ha condenado al Gobierno de Israel y sólo la lamenta su acción, ¿debemos concluir que esa voluntad que dicho Consejo representa es razón bastante para estimar que el proceder de Israel era jurídico? Si por encima de las prescripciones de un texto constitucional tiene que figurar el respeto a la autodeterminación de cada pueblo y si la rigidez de la norma debe dejar paso a la capacidad negociadora de las naciones, ¿eso vale sólo para el Derecho interno o también para el Derecho internacional? Ah, y si el pueblo israelí saliera a la calle en masa para respaldar a su Gobierno o si en referéndum diera por bueno lo acontecido anoche, ¿podríamos decir que tratar de imponer a Israel las normas internacionales en contravención de la voluntad de su pueblo, así expresada, sería una tropelía intolerable que justificaría una mayor desafección -aún- de los israelíes respecto a las normas internacionales?
¿O acaso es que aplicamos una lógica diferente según el caso y la conveniencia y somos unos perfectos chaqueteros jurídicos? Chaqueterismo jurídico, que noción tan interesante e innovadora. Alguien debería hacer una tesis doctoral sobre eso. Con muchos ejemplos, claro.