Cinco de la madrugada. ¿O ya hay que decir de la mañana? Me dormí a eso de la una y a las cuatro me ataco el insomnio, después de que la pequeña Elsa soltara, desde su habitación, unos gritos tremendos, quizá llanto y probablemente por una pesadilla. Me angustia sin tasa mi propia incompetencia, o la de tantos, tal vez la de todos. No sé qué ha cambiado en los niños, o en los adultos, o en todos. O sí lo sé, y es peor saberlo. ¿No tendría yo pesadillas a los tres años y a los cuatro? Mis padres campesinos se levantaban cada día a las seis o un poco antes. Trabajaban de sol a sol, siete días a la semana. Mi padre tal vez se tomaba la noche de los sábados para esparcimiento en el bar del pueblo o de alguna de las aldeas vecinas. Mi madre ni eso. Y si mi padre se acostaba el sábado a las tres de la madrugada, tenía que levantarse de todos modos a las seis de la mañana. ¿Por qué yo no los desvelaba con el llanto por mis pesadillas o por mis achaques? ¿Acaso los de mi quinta infantil no tuvimos pesadillas ni achaques? ¿O simplemente no los desvelábamos?
¿Cuánto mimo necesita un niño para volverse un idiota irreversible? ¿Cuánta dedicación hay que darle a una criatura para incapacitarla a perpetuidad? ¿Con qué tasa de regalos tenemos que sobrecargar a nuestros pequeños para matarles por completo la ilusión, para que ya nunca más, ni ahora ni nunca, puedan apreciar con algo de emoción o una pizca de gratitud un regalo? ¿En qué medida debemos sacrificar por los enanos nuestra libertad, nuestra diversión, nuestro asueto, nuestro tiempo libre y no libre, para que ellos dejen de captar lo que de sacrificio hay y se crean que todo se les debe y que es su derecho natural y eterno ser venerados como reyes, servidos como príncipes y adorados como dioses?
Si empezamos con las preguntas, a lo peor no terminamos. Cortémonos ya, pero me permito la última: ¿dónde está la transición de niño -de los de hoy- a adulto -de los de ahora-? No sé cuánto tendrá que ver esto que voy a contar, pero me parece que algo sí; o bastante. Resulta que hace un par de días olvidé en Gijón la maquinilla eléctrica con la que me afeito cada mañana -mas o menos- desde hace años. Es de marca potable, pero de modelo sencillo. Recuerdo que la conseguí con mis puntos de Turyocio, ésos que dan por consumir en algunas tiendas o gasolineras y por usar las tarjetas de cierto banco. Describiré brevemente ese aparato que tanto me ha acompañado de cuatro o cinco años para acá: se le acopla un cable para enchufarlo a la red eléctrica, se pulsa un botón que lo pone en funcionamiento y hace girar unas cuchillas ocultas y, al aplicar a la cara la superficie bajo la que se hallan tales cuchillas, corta los pelos de la barba. Luego, tocando un botoncito lateral, se abre esa parte de las cuchillas cortadoras y se libra con toda sencillez de los deshechos de la barba rasurada. Así de simple, y con tan elemental idea me acerqué ayer a un centro comercial a comprar una maquinilla nueva. No sabía qué sorpresas me aguardaban.
Primero, por supuesto, los precios. Variadísimos y todos muy altos. Yo, que vivo en la inopia en muchas cosas, pensaba que con sesenta euros compraría un prototipo a la última. Pues no. Hay afeitadoras de ciento cincuenta y de doscientos. Casi tanto como un ordenador portátil de los baratos y más que una cámara digital buenísima que me compré el otro día porque se rompió la que tenía. Como suelo cometer errores fatales por causa de mi despiste, busqué un dependiente para que me explicara un poco. Cómo añoro aquellos tiempos en que uno llegaba a una tienda y lo recibía un señor o señora que le preguntaba qué deseaba, le servía lo que buscaba, le daba todos los detalles del funcionamiento y se lo entregaba armado y listo para usar. Ahora tu relación inicial es con una estantería llena de chismes y no tienes a la vista nadie a quien preguntar nada, y cuando das con un supuesto vendedor es sordo o miope tipo Rompetechos, o no habla bien tu idioma, o está puteado con la empresa y le hace la guerra por su cuenta y a tu costa, o simplemente tiene dolores de regla o resquemores de gatillazo -y no pretendo comparar esos dos fenómenos, no me vengan a tocar las narices por ahí-. En esta ocasión, la primera operaria a la que pregunté se hizo la sorda sordísima, el segundo me señaló el estante y me dijo que en las cajas de los aparatejos se explicaba todo. Para colmo, yo iba sin mis gafas y las letrucas en cuestión eran mínimas y azules sobre fondo azul o grises sobre fondo blanco. Así que, armado de paciencia y con las barbas picándome -y en remojo-, busqué con toda la calma posible otro vendedor que tuviera aspecto civilizado y expresión de haber conocido a su progenitor masculino y de llevar una vida sexual mínimamente satisfactoria, aunque sea pagando.
Di al fin con el personaje deseado y contestó a mi cuestionario de modo escueto, pero no irrazonable. Lo que yo quería saber más que nada era esto: qué diferencia existe entre las afeitadoras de marca decente más baratas -unos noventa euros del ala- y las más caras, unos doscientos y mucho, casi trescientos. Misterio resuelto, éstas son las diferencias de marras: que las caras te pueden afeitar incluso mojado y hasta bajo la ducha y que te hacen cosas tales como ponerte crema mientras te afeitan. ¿Te la ponen en la cara? Sí, en la cara, no pida usted cosas más raras, que ya bastante extrañas son ésas. ¿Y donde te han puesto la crema qué más te hacen, dado el precio? Ya se lo he dicho, no insista usted con sus obsesiones: el aparato te corta la barba y, al tiempo, debe de tener un agujero por el que te aplica o te inocula -yo qué sé- una cremita que supongo que no le nacerá a la máquina de su propio ser, sino que habrá tenido usted mismo que colocarle en el pertinente depósito o compartimento ad hoc.
Y, claro, las cuestiones esenciales se vienen solas. ¿No puede uno aplicarse de propia mano la crema o el masaje postafeitado, como toda la vida? Sí, pero quién sabe qué placer intelectual o qué plenitud moral se alcanza al ser untado por el electrodoméstico como ser en sí y desde su propio Dasein. Y otra: ¿a quién puede apetecerle afeitarse debajo mismo de la ducha a pleno chorro, si puede uno hacerlo tranquilamente sequito y delante del espejo? Única contestación que se me viene a la mente: al que haya comprado una máquina que afeite bajo la lluvia y que necesite ver que tiene algún sentido haber pagado doscientos y pico euros de nada por una máquina capaz de afeitar a un gilipollas bajo la lluvia. Y entiendo yo que es una de tantas cosas que sólo se prueban y se hacen una vez, el primer día. Luego descubres que es un horror rasurarse todo mojado y en la ducha y que con el agua y la crema que el perverso chisme te está aventando se forma un emplasto que se te mete en los ojos y que mecagoenlaputamaquinadelaspelotas y yo por qué tiré así ese dinero, pero a tu amigo Julio le cuentas que te has mercado una afeitadora genial de última generación que te deja la piel como el culo de un puñetero bebé, aunque tú siempre quisiste tener en la cara una piel áspera a lo Bogart o lo que tú te imaginas que sería la piel de Bogart, que además fumaba y bebía y no dejaba que ningún artilugio eléctrico le aplicara ungüentos el los mismísimos morros.
He dicho artilugio eléctrico. Ésa es otra. Ya embarcado sin remisión en las naves de la ontología, le dije al vendedor carrefouriense: “Yo busco una afeitadora de las de toda la vida, de las que se enchufan a la red y ya está, a funcionar”. Y añadí: “Supongo que todas éstas parten de ese principio y luego el chorrazo cremoso te lo tiran a mayores”. Me miró severo: “No, señor, ya ninguna es así”. “Cómo así”, interrogué con un hilo de voz al ver removidos y conmovidos los pilares de mi cosmos electrodoméstico. Puso cara de Señor, dame paciencia, y argumentó: “Todas vienen con una batería que tiene autonomía para unas ocho horas”. Yo, terco: “Vale. Pero si no estoy de viaje sino en casa tranquilo y me quiero afeitar sin pensar en si la batería está cargada o descargada, le aplico el cable eléctrico, enchufo y...”. “No, no, no”. No me dejó culminar mi evidente descarrío tecnológico. “Usted el cable sólo lo usa para recargar la batería, pero la máquina no funciona enchufada a la red, sólo con la batería que, como le digo, tiene una autonomía de ocho horas”. Ya no me atreví a seguir preguntando por mi viejo mundo de partículas elementales, pero la interrogación seguía en mis ojos, pues agregó: “Lo que tiene que procurar usted es dejar la batería cargando por la noche cada tanto”.
Creo que, al fin, comprendí el intríngulis de los precios. Pagamos más por masoquismo, compramos aparatos complejos para que nos jodan, con o sin cremas. Móviles pequeñísimos para que el dedo no te entre en las teclas; cámaras fotográficas que funcionen solas para que los ojos de tu suegra siempre aparezcan cerrados o rojos y te culpe a ti, por inútil; coches cuyas averías, ni las más simples, ya no puedes ni diagnosticar ni reparar tú si eres un manitas -no es mi caso-, pero tampoco el mecánico, sino únicamente la conjunción de ordenador y robot que sólo hay en la casa madre de puta madre. Y todo así. Con ese maldito vehículo no te dejan circular por las carreteras y autovías a más velocidad de la que alcanza el utilitario más ramplón, pero ahí estás tú demostrando que el dinero te sobraba y que preferías dárselo a la BMW que a los pobres de la tierra. Con la cámara digital supersónica llena de insospechadas posibilidades tu mujer no te permite esa foto íntima ni el día que la compras -que compras la cámara, quiero decir-, pero ahí vas tú luego al crucero a retratar la puesta de sol con tu cacharrito y poniendo cara de reportero de National Geographic. Por poses que no quede; por aparatos y adminículos tampoco.
¿Cuándo empezó todo? Para explicarlo creo que hay que volver a lo de los niños. Todo comienza cuando descubrimos que el único padre es el fabricante y la única madre la gran tienda. Los de mi generación llegamos a este consumismo por despecho frente a esos progenitores que no podían darnos todos los caprichos y satisfacernos todos los placeres ansiados, porque tenían que trabajar y porque, por su trabajo, les faltaba tiempo para mimarnos y contemplarnos, y con su trabajo, aun con tanto trabajo, el dinero no les alcanzaba para pagarnos primero todos los juguetes del mundo y luego todas las putas o todos los putos con los que queríamos acostarnos o casarnos. Y un día la sociedad cambió y muchos ya no necesitamos trabajar tanto y tan duramente para tener bastante dinero, y empezamos a ir de tiendas y a gastar de todo y a vengarnos de mamá y a vengarnos de papá y a tener, ahora sí, cuanto se nos antoja y a ser cada vez más antojadizos para poder seguir teniendo lo que se nos antoje, y a sentirnos potentes por comparación con ese padre que se nos mostró impotente, y a sentirnos incansables por comparación con esa madre que antes se nos agotaba y se nos secaba.
Ésos somos los sesentones, los cincuentones y puede que algunos de los cuarentones de hoy. Luego está lo de nuestros hijos de menos de cierta edad, que es lo mismo, pero al revés. Ellos son los que con su indiferencia ponen coto a nuestro desparrame, los que con su frialdad frenan nuestro placer impostado. Tú compras y compras, pero nunca es eso ni es bastante; por mucho que consumas para ellos y consumiendo por ellos te consumas, no alcanzarás jamás el punto G del placer paterno-filial, no hallarás el clímax de cariño y la satisfacción familiar a golpe de Visa. Ellos, tus hijos, para librarse de ti y de tu acoso tienen que pensar que necesariamente ha de existir en el mercado algún objeto mejor que esos mejores que tú les ofreces a cambio de nada, a cambio de que te vean y te acepten como padre amoroso que por amor pierde la razón y no lo lamenta. Ellos, al verte y sentirte así, ansioso, nervioso, tenso, se dan cuenta de que con cada regalo que les haces, con cada presente que les ofreces, con cada inclemencia que les toleras, con cada desabrido gesto que les aceptas, en realidad no los estás queriendo a ellos, te estás masturbando tú como un maldito mono, estás ajustando cuentas con Freud y toda su maldita prole de edipos y electras, les estás diciendo, con efectos retroactivos, a tu padre y a tu madre que tú si puedes (Yes, we can), maldición, y que si no es por las buenas será con una prótesis o un préstamo y a crédito para no perder ante ti mismo tu crédito, y de rodillas y llorando y sabiéndote en el fondo miserable y sucio y necesitando, sí, necesitando, que ese hijo tuyo al que honras te pegue y que con su triste desprecio te ponga en tu sitio, a ti que no tienes sitio porque te mató la célula asesina, la célula básica de la sociedad, ya tú sabes, mi amol, y tú sigues matando instalado en la maldita célula, matando por amor, como siempre han hecho y harán los mejores criminales, los criminales peores.
Las seis de la mañana, en punto. Desde la ventana ante mi mesa veo asomar las primeras luces del día nuevo que entra viejo y que viviré somnoliento. Hoy es mi santo, por cierto, aunque este santo me trae tan al fresco como todos los demás. Dentro de un rato intentaré afeitarme con la máquina nueva, que ayer no me atreví a sacar de su caja, por si me hacía algo. Luego pensaré si puedo darle a Elsa alguna cosa que no sea un regalo, un paseo pequeño por el monte quizá. Ahora recuerdo que anoche había fuegos artificiales en León y que desde nuestra casa sonaban a lo lejos y que todos los dichosos adultos, que no adultos dichosos, la emprenden con los niños y los malditos fuegos y que mira qué bonitos, vamos a verlos. Y todos los niños lloran con los condenados fuegos, porque son fuegos de mayores y, como tales, son fuegos artificiales. El único fuego que de verdad gusta a los niños es el fuego de verdad, hacer una hoguera auténtica, quemar algo. Pero al adulto son ésos los que le dan miedo, los fuegos auténticos, los que queman. Quemémonos.
Ésta que ha pasado fue la noche de San Juan. Cuando yo era pequeño, en Ruedes, era una noche especial porque iba con mi padre a algún prado en el que habíamos acumulado maleza seca y ramas y hacíamos una hoguera y, con la noche ya entrada, veíamos en cada caserío una hoguera y nos reíamos y, aunque estábamos solos en ese instante mi padre y yo, estábamos juntos y sabíamos también que todos estaban allí, en sus hogueras, en las de cada uno. Ahora hay en cada villa una hoguera, una, y la organiza el ayuntamiento y debe de ser ilícito administrativo hacer hogueras por libre y si mi padre volviera un rato y nos pusiéramos a quemar algo riéndonos y juntos, seguro que llegaba un guardia civil o un municipal o nos denunciaba una asociación de vecinos separados y mi padre diría que qué bien se está muerto y yo le diría a mi hija no le hagas caso al abuelo muerto, mi amor, vámonos tú y yo a ver los fuegos artificiales y mi hija lloraría como llora con todo lo artificial y mi padre lloraría también y yo me desvelaría y me levantaría de madrugada para escribir estas cosas y maldecir las noches artificiales y los días naturales.
¿Cuánto mimo necesita un niño para volverse un idiota irreversible? ¿Cuánta dedicación hay que darle a una criatura para incapacitarla a perpetuidad? ¿Con qué tasa de regalos tenemos que sobrecargar a nuestros pequeños para matarles por completo la ilusión, para que ya nunca más, ni ahora ni nunca, puedan apreciar con algo de emoción o una pizca de gratitud un regalo? ¿En qué medida debemos sacrificar por los enanos nuestra libertad, nuestra diversión, nuestro asueto, nuestro tiempo libre y no libre, para que ellos dejen de captar lo que de sacrificio hay y se crean que todo se les debe y que es su derecho natural y eterno ser venerados como reyes, servidos como príncipes y adorados como dioses?
Si empezamos con las preguntas, a lo peor no terminamos. Cortémonos ya, pero me permito la última: ¿dónde está la transición de niño -de los de hoy- a adulto -de los de ahora-? No sé cuánto tendrá que ver esto que voy a contar, pero me parece que algo sí; o bastante. Resulta que hace un par de días olvidé en Gijón la maquinilla eléctrica con la que me afeito cada mañana -mas o menos- desde hace años. Es de marca potable, pero de modelo sencillo. Recuerdo que la conseguí con mis puntos de Turyocio, ésos que dan por consumir en algunas tiendas o gasolineras y por usar las tarjetas de cierto banco. Describiré brevemente ese aparato que tanto me ha acompañado de cuatro o cinco años para acá: se le acopla un cable para enchufarlo a la red eléctrica, se pulsa un botón que lo pone en funcionamiento y hace girar unas cuchillas ocultas y, al aplicar a la cara la superficie bajo la que se hallan tales cuchillas, corta los pelos de la barba. Luego, tocando un botoncito lateral, se abre esa parte de las cuchillas cortadoras y se libra con toda sencillez de los deshechos de la barba rasurada. Así de simple, y con tan elemental idea me acerqué ayer a un centro comercial a comprar una maquinilla nueva. No sabía qué sorpresas me aguardaban.
Primero, por supuesto, los precios. Variadísimos y todos muy altos. Yo, que vivo en la inopia en muchas cosas, pensaba que con sesenta euros compraría un prototipo a la última. Pues no. Hay afeitadoras de ciento cincuenta y de doscientos. Casi tanto como un ordenador portátil de los baratos y más que una cámara digital buenísima que me compré el otro día porque se rompió la que tenía. Como suelo cometer errores fatales por causa de mi despiste, busqué un dependiente para que me explicara un poco. Cómo añoro aquellos tiempos en que uno llegaba a una tienda y lo recibía un señor o señora que le preguntaba qué deseaba, le servía lo que buscaba, le daba todos los detalles del funcionamiento y se lo entregaba armado y listo para usar. Ahora tu relación inicial es con una estantería llena de chismes y no tienes a la vista nadie a quien preguntar nada, y cuando das con un supuesto vendedor es sordo o miope tipo Rompetechos, o no habla bien tu idioma, o está puteado con la empresa y le hace la guerra por su cuenta y a tu costa, o simplemente tiene dolores de regla o resquemores de gatillazo -y no pretendo comparar esos dos fenómenos, no me vengan a tocar las narices por ahí-. En esta ocasión, la primera operaria a la que pregunté se hizo la sorda sordísima, el segundo me señaló el estante y me dijo que en las cajas de los aparatejos se explicaba todo. Para colmo, yo iba sin mis gafas y las letrucas en cuestión eran mínimas y azules sobre fondo azul o grises sobre fondo blanco. Así que, armado de paciencia y con las barbas picándome -y en remojo-, busqué con toda la calma posible otro vendedor que tuviera aspecto civilizado y expresión de haber conocido a su progenitor masculino y de llevar una vida sexual mínimamente satisfactoria, aunque sea pagando.
Di al fin con el personaje deseado y contestó a mi cuestionario de modo escueto, pero no irrazonable. Lo que yo quería saber más que nada era esto: qué diferencia existe entre las afeitadoras de marca decente más baratas -unos noventa euros del ala- y las más caras, unos doscientos y mucho, casi trescientos. Misterio resuelto, éstas son las diferencias de marras: que las caras te pueden afeitar incluso mojado y hasta bajo la ducha y que te hacen cosas tales como ponerte crema mientras te afeitan. ¿Te la ponen en la cara? Sí, en la cara, no pida usted cosas más raras, que ya bastante extrañas son ésas. ¿Y donde te han puesto la crema qué más te hacen, dado el precio? Ya se lo he dicho, no insista usted con sus obsesiones: el aparato te corta la barba y, al tiempo, debe de tener un agujero por el que te aplica o te inocula -yo qué sé- una cremita que supongo que no le nacerá a la máquina de su propio ser, sino que habrá tenido usted mismo que colocarle en el pertinente depósito o compartimento ad hoc.
Y, claro, las cuestiones esenciales se vienen solas. ¿No puede uno aplicarse de propia mano la crema o el masaje postafeitado, como toda la vida? Sí, pero quién sabe qué placer intelectual o qué plenitud moral se alcanza al ser untado por el electrodoméstico como ser en sí y desde su propio Dasein. Y otra: ¿a quién puede apetecerle afeitarse debajo mismo de la ducha a pleno chorro, si puede uno hacerlo tranquilamente sequito y delante del espejo? Única contestación que se me viene a la mente: al que haya comprado una máquina que afeite bajo la lluvia y que necesite ver que tiene algún sentido haber pagado doscientos y pico euros de nada por una máquina capaz de afeitar a un gilipollas bajo la lluvia. Y entiendo yo que es una de tantas cosas que sólo se prueban y se hacen una vez, el primer día. Luego descubres que es un horror rasurarse todo mojado y en la ducha y que con el agua y la crema que el perverso chisme te está aventando se forma un emplasto que se te mete en los ojos y que mecagoenlaputamaquinadelaspelotas y yo por qué tiré así ese dinero, pero a tu amigo Julio le cuentas que te has mercado una afeitadora genial de última generación que te deja la piel como el culo de un puñetero bebé, aunque tú siempre quisiste tener en la cara una piel áspera a lo Bogart o lo que tú te imaginas que sería la piel de Bogart, que además fumaba y bebía y no dejaba que ningún artilugio eléctrico le aplicara ungüentos el los mismísimos morros.
He dicho artilugio eléctrico. Ésa es otra. Ya embarcado sin remisión en las naves de la ontología, le dije al vendedor carrefouriense: “Yo busco una afeitadora de las de toda la vida, de las que se enchufan a la red y ya está, a funcionar”. Y añadí: “Supongo que todas éstas parten de ese principio y luego el chorrazo cremoso te lo tiran a mayores”. Me miró severo: “No, señor, ya ninguna es así”. “Cómo así”, interrogué con un hilo de voz al ver removidos y conmovidos los pilares de mi cosmos electrodoméstico. Puso cara de Señor, dame paciencia, y argumentó: “Todas vienen con una batería que tiene autonomía para unas ocho horas”. Yo, terco: “Vale. Pero si no estoy de viaje sino en casa tranquilo y me quiero afeitar sin pensar en si la batería está cargada o descargada, le aplico el cable eléctrico, enchufo y...”. “No, no, no”. No me dejó culminar mi evidente descarrío tecnológico. “Usted el cable sólo lo usa para recargar la batería, pero la máquina no funciona enchufada a la red, sólo con la batería que, como le digo, tiene una autonomía de ocho horas”. Ya no me atreví a seguir preguntando por mi viejo mundo de partículas elementales, pero la interrogación seguía en mis ojos, pues agregó: “Lo que tiene que procurar usted es dejar la batería cargando por la noche cada tanto”.
Creo que, al fin, comprendí el intríngulis de los precios. Pagamos más por masoquismo, compramos aparatos complejos para que nos jodan, con o sin cremas. Móviles pequeñísimos para que el dedo no te entre en las teclas; cámaras fotográficas que funcionen solas para que los ojos de tu suegra siempre aparezcan cerrados o rojos y te culpe a ti, por inútil; coches cuyas averías, ni las más simples, ya no puedes ni diagnosticar ni reparar tú si eres un manitas -no es mi caso-, pero tampoco el mecánico, sino únicamente la conjunción de ordenador y robot que sólo hay en la casa madre de puta madre. Y todo así. Con ese maldito vehículo no te dejan circular por las carreteras y autovías a más velocidad de la que alcanza el utilitario más ramplón, pero ahí estás tú demostrando que el dinero te sobraba y que preferías dárselo a la BMW que a los pobres de la tierra. Con la cámara digital supersónica llena de insospechadas posibilidades tu mujer no te permite esa foto íntima ni el día que la compras -que compras la cámara, quiero decir-, pero ahí vas tú luego al crucero a retratar la puesta de sol con tu cacharrito y poniendo cara de reportero de National Geographic. Por poses que no quede; por aparatos y adminículos tampoco.
¿Cuándo empezó todo? Para explicarlo creo que hay que volver a lo de los niños. Todo comienza cuando descubrimos que el único padre es el fabricante y la única madre la gran tienda. Los de mi generación llegamos a este consumismo por despecho frente a esos progenitores que no podían darnos todos los caprichos y satisfacernos todos los placeres ansiados, porque tenían que trabajar y porque, por su trabajo, les faltaba tiempo para mimarnos y contemplarnos, y con su trabajo, aun con tanto trabajo, el dinero no les alcanzaba para pagarnos primero todos los juguetes del mundo y luego todas las putas o todos los putos con los que queríamos acostarnos o casarnos. Y un día la sociedad cambió y muchos ya no necesitamos trabajar tanto y tan duramente para tener bastante dinero, y empezamos a ir de tiendas y a gastar de todo y a vengarnos de mamá y a vengarnos de papá y a tener, ahora sí, cuanto se nos antoja y a ser cada vez más antojadizos para poder seguir teniendo lo que se nos antoje, y a sentirnos potentes por comparación con ese padre que se nos mostró impotente, y a sentirnos incansables por comparación con esa madre que antes se nos agotaba y se nos secaba.
Ésos somos los sesentones, los cincuentones y puede que algunos de los cuarentones de hoy. Luego está lo de nuestros hijos de menos de cierta edad, que es lo mismo, pero al revés. Ellos son los que con su indiferencia ponen coto a nuestro desparrame, los que con su frialdad frenan nuestro placer impostado. Tú compras y compras, pero nunca es eso ni es bastante; por mucho que consumas para ellos y consumiendo por ellos te consumas, no alcanzarás jamás el punto G del placer paterno-filial, no hallarás el clímax de cariño y la satisfacción familiar a golpe de Visa. Ellos, tus hijos, para librarse de ti y de tu acoso tienen que pensar que necesariamente ha de existir en el mercado algún objeto mejor que esos mejores que tú les ofreces a cambio de nada, a cambio de que te vean y te acepten como padre amoroso que por amor pierde la razón y no lo lamenta. Ellos, al verte y sentirte así, ansioso, nervioso, tenso, se dan cuenta de que con cada regalo que les haces, con cada presente que les ofreces, con cada inclemencia que les toleras, con cada desabrido gesto que les aceptas, en realidad no los estás queriendo a ellos, te estás masturbando tú como un maldito mono, estás ajustando cuentas con Freud y toda su maldita prole de edipos y electras, les estás diciendo, con efectos retroactivos, a tu padre y a tu madre que tú si puedes (Yes, we can), maldición, y que si no es por las buenas será con una prótesis o un préstamo y a crédito para no perder ante ti mismo tu crédito, y de rodillas y llorando y sabiéndote en el fondo miserable y sucio y necesitando, sí, necesitando, que ese hijo tuyo al que honras te pegue y que con su triste desprecio te ponga en tu sitio, a ti que no tienes sitio porque te mató la célula asesina, la célula básica de la sociedad, ya tú sabes, mi amol, y tú sigues matando instalado en la maldita célula, matando por amor, como siempre han hecho y harán los mejores criminales, los criminales peores.
Las seis de la mañana, en punto. Desde la ventana ante mi mesa veo asomar las primeras luces del día nuevo que entra viejo y que viviré somnoliento. Hoy es mi santo, por cierto, aunque este santo me trae tan al fresco como todos los demás. Dentro de un rato intentaré afeitarme con la máquina nueva, que ayer no me atreví a sacar de su caja, por si me hacía algo. Luego pensaré si puedo darle a Elsa alguna cosa que no sea un regalo, un paseo pequeño por el monte quizá. Ahora recuerdo que anoche había fuegos artificiales en León y que desde nuestra casa sonaban a lo lejos y que todos los dichosos adultos, que no adultos dichosos, la emprenden con los niños y los malditos fuegos y que mira qué bonitos, vamos a verlos. Y todos los niños lloran con los condenados fuegos, porque son fuegos de mayores y, como tales, son fuegos artificiales. El único fuego que de verdad gusta a los niños es el fuego de verdad, hacer una hoguera auténtica, quemar algo. Pero al adulto son ésos los que le dan miedo, los fuegos auténticos, los que queman. Quemémonos.
Ésta que ha pasado fue la noche de San Juan. Cuando yo era pequeño, en Ruedes, era una noche especial porque iba con mi padre a algún prado en el que habíamos acumulado maleza seca y ramas y hacíamos una hoguera y, con la noche ya entrada, veíamos en cada caserío una hoguera y nos reíamos y, aunque estábamos solos en ese instante mi padre y yo, estábamos juntos y sabíamos también que todos estaban allí, en sus hogueras, en las de cada uno. Ahora hay en cada villa una hoguera, una, y la organiza el ayuntamiento y debe de ser ilícito administrativo hacer hogueras por libre y si mi padre volviera un rato y nos pusiéramos a quemar algo riéndonos y juntos, seguro que llegaba un guardia civil o un municipal o nos denunciaba una asociación de vecinos separados y mi padre diría que qué bien se está muerto y yo le diría a mi hija no le hagas caso al abuelo muerto, mi amor, vámonos tú y yo a ver los fuegos artificiales y mi hija lloraría como llora con todo lo artificial y mi padre lloraría también y yo me desvelaría y me levantaría de madrugada para escribir estas cosas y maldecir las noches artificiales y los días naturales.