14 diciembre, 2005

La palanca de Polanco y la impericia del imperio.

En la media horita de zapping que uno se concede cada noche, como pretexto para fumarse un cigarro bien guapo con pasión de exfumador inconsecuente, constaté cómo La 2 y Canal 4 daban caña simultánea a la Norteamérica de Bush, la una con un buen documental sobre las torturas en Irak y el otro con lo de la pena de muerte aplicada ayer a ese hombre para el que Terminator no tuvo clemencia. Y la evidencia se impone a cualquier espectador mínimamente avisado, que piensa míralos que monos y coordinados, marcando el paso al ritmo de la campaña que Pepiño y ZP, las lumbreras de la izquierda postmoderna ( o simplemente post), han ideado para recuperar imagen al grito de “los amigos de los otros sí que son malos” o “sabemos lo que hicisteis el último verano”.
Pero, ay, amigo, por mucha grima que dé, y a fe mía que la da, ver la política de acá en caída libre, no queda más remedio que reconocer honestamente una cosa: lo de Bush es un desastre que también vamos a pagar todos. Estamos copados, el mundo, de aquí al imperio, ha caído en manos de gilipollas convictos y confesos.
Detesto el antiamericanismo y, sobre todo, el de esos coleguillas que despotrican contra USA y citan sin parar a Chomsky al tiempo que se pirran por pasar cuatro días en una Universidad californiana o por mandar a sus hijos a hacer allá un curso, para que aprendan menos que aquí (que ya es decir), pero fardando el triple. Detesto el antiamericanismo, sí, pero a este Presidente norteamericano y a su gobierno no hay hijo de madre en sus cabales que pueda defenderlos.
Contra la amenaza del fundamentalismo islámico, contra esa alianza anticivilizatoria que quiere acabar con las libertades, la ciencia y la ilustración entera, no nos queda más defensa efectiva que la invocación consciente y bien documentada de la superioridad de nuestra cultura, de la excelencia de nuestras libertades, de las virtudes de nuestro humanismo y de la potencialidad de estas sociedades para seguir venciendo injusticias y superando discriminaciones. Queda muchísimo por hacer, pero los fundamentos teóricos están puestos desde hace siglo y medio o dos siglos y sólo hay que seguir haciendo de la política el medio para la mejor realización de los ideales de libertad, igualdad y justicia que son el alma de la Modernidad y la Ilustración en Occidente.
Muy bonito, ciertamente, y yo creo profundamente en eso. Pero, tal como vamos, no nos quedará mucho de qué presumir frente a esos fanáticos de dioses asesinos, apóstoles de la muerte y adalides de la crueldad. Porque miren quién se ha puesto a defendernos, a velar por nuestra civilización: otro fanático, un iluminado que se siente, él también, salvador del mundo a cualquier precio, llamado por su dios, al parecer, para imponer en la tierra a sangre y fuego la supremacía de los buenos, que son los de su clan y su iglesia.
¿Cómo vamos a proclamar las virtudes de nuestra cultura, la superioridad de nuestra filosofía de los derechos humanos o las promesas liberadoras de nuestras constituciones, si la vanguardia de Occidente la ocupa el Presidente de un país que sigue aplicando la pena de muerte en estos tiempos y que, para colmo y definitivo descrédito, ha reimplantado la tortura con todas las de la ley, manchando de paso a sus socios y contaminando a la vieja Europa, que pensaba tales modos definitivamente vencidos?
No somos quien nosotros, obviamente, para decirles a los norteamericanos quién debe gobernarlos ni a su Presidente que lea un poco y se entere. Pero sí debemos, desde aquí, implorar a la buena vieja Europa que tome la delantera, que se deje de pataletas de adolescente y que pase a llevar la iniciativa, que no se limite a criticar al papá yankee, se haga adulta y defienda de una vez por todas los valores que la hicieron como hoy es. Que los defienda por las buenas y por las malas, en la paz y en la guerra, si la hubiere. Pero que los defienda sabiendo que hay límites que no puede rebasar si no es al precio de destruir su propia esencia y hacerse cómplice de los mismos que quieren acabar con esta civilización que ha costado tanta sangre y tanta lucha, que se cimentó en el esfuerzo y el sufrimiento de tantos que fueron masacrados y torturados por buscar la libertad, combatir el dogmatismo, comenzando por el religioso, y oponerse a los privilegios.

1 comentario:

Un amigo dijo...

Hola, Juan Antonio,

bueno, que casualidad, comenté la noticia cubana antes de haber leído este comentario tuyo sobre el imperio. Pero es normal la sintonía entre amigos, ¿no?

Concuerdo; la guerra está perdida, trágicamente perdida, y la decencia con ella. La hemos perdido (y yo, como buen enamorado de Estados Unidos, estuve en las manifestaciones contra la guerra), porque somos todos imperio, nos guste o no.

Inicio de fábula para contar a nuestros bisnietos. Había una vez en un lejano país un presidente con cara de falso simpático que decidió inscribir a su país en el club de la infamia, y autorizó la guerra sucia. Y llegó a su vez otro presidente, con cara de antipático falso, que se propuso superar al anterior, y metió a su país en una guerra ilegal sustentada por grandes mentiras.

En fin ...