18 diciembre, 2006

Emilio Alarcos y los motes. Por Francisco Sosa Wagner

Con motivo de la lectura del libro de Ignacio Gracia Noriega sobre Emilio Alarcos (publicado por la Diputación de Valladolid) me acordaba yo de la agudeza que tenía Alarcos para poner motes. Eran los suyos motes que gozaban de la fuerza de derribar divirtiendo y el condecorado por Alarcos ya no podía vivir sin su sobrenombre. Hay afortunados por Oviedo y por media España a los que puso varios y hoy los llevan cogidos en un pasador como los militares muy medalleados. Debería hacerse un desfile de los así distinguidos porque el mote une como une haber participado en la batalla del Ebro. Pienso que sería oportuno hacer una recopilación de los motes de Alarcos como hay recopilaciones de las máximas de Pascal o de Chamfort. Podrían publicarse ya que, en sus motes, Alarcos afirmaba su condición de maestro de diagnósticos humanos. Pocos botarates y pocos pedantes escapaban a su mirada buida.
El mote es así una flor de ojal como las que llevaban los dandis para captar la atención de las mujeres que se acercaban y olían la flor y quedaban prendidas por el aroma, siendo lo demás coser y cantar para el galán. El mote es lo que distingue porque quien lleva un mote muestra la prueba de que no pasa desapercibido en la sociedad, que es un sitio donde hay que llamar la atención porque la tal sociedad es muy distraidilla y anda siempre a lo suyo. No tiene nada que ver con el seudónimo pues quien lo usa es porque así lo ha decidido él, mientras que el mote viene de fuera. Por usar una terminología muy difundida, el seudónimo es autónomo y el mote es hetenónomo. Pocos saben que el escritor alemán Günter Grass -este que nos ha contado ahora que fue nazi en su juventud, después de habernos abroncado a los tibios a lo largo de varios decenios- publicó sus libros durante años bajo el nombre de Artur Knoff (en realidad, pertenecía a un tío suyo). Françoise Sagan no se llamaba así y Mark Twain es asimismo un seudónimo como lo es Stendhal o Pablo Neruda quien por cierto gastaba nombre rarísimo. No digamos Azorín, un diminutivo con retintín.
Es probable que el seudonimo sea propio de quienes creen que la sociedad celebra el carnaval, no en unas fechas determinadas, sino a lo largo del año entero porque todo lo que a su vista se extiende lo reputa carnavalada, payasada y astracán. Quien así discurre es lógico que prefiera aparecer con un antifaz ocultador, no los días previos a las cenizas purificadoras, sino de modo continuo. Hasta que ya no sabe distinguir entre él y su disfraz. Esto tiene ventajas porque la disociación de la personalidad proporciona ventajas. ¿Quién tiene el colesterol malo por las nubes: el ser real o el del seudónimo? Azorín se podía permitir tener alto el ácido úrico ya que él se limitaba a regañar: “Pepe, cuídate, que vas por mal camino”. Y, a renglón seguido, Azorín, se comía un bocadillo de sobrasada.
El mote es otra cosa. Como he adelantado ya en este discurso, nadie elige su mote sino que es Alarcos quien lo pone. Lo he comparado a una medalla porque quien capta la atención de una persona como Alarcos ya es alguien sobresaliente, aunque esta nota alta la haya obtenido en la asignatura de la estulticia. Por eso se debe llevar prendido con pasador para que no se pierdan en el trasiego de la maledicencia incruenta.
Debería de haber asociaciones de gentes con mote y, si hoy hubiera arrestos -que ya no los hay- se constituiría una Orden militar por las razones ya apuntadas de parentesco entre el mote y la laureada de san Fernando. El mote, cuando se lleva bien y con gracia, no cuando el afectado es un cenizo, tiene algo del halo que adorna la cabeza de los bienaventurados que velan por nosotros allá en el Cielo. Porque el mote es resplandor, una refulgencia, el trazo de subrayado en un relato. Quien así lo entiende dispone que en su esquela y en las coronas de flores figure el mote.
Los motes vibrantes tienen color, como tienen música, y emiten ondulaciones en la sociedad que los acoge. Etc, etc, no sigo porque el papel se acaba, pero habrá que volver al mote como elemento indispensable para la respiración acompasada.

1 comentario:

Antón L. dijo...

El peligro es que, a veces, los motes son crueles hasta límites insospechados. Recuerdo que, hace un montón de años, cuanto iba al instituo, el profesor más odiado lo era, precisamente, por los motes que ponía -nos ponía- a sus alumnos. El gordo de la clase era, desde el principio de curso, "el pavo navideño", otro era "el esmirriao", otro "calzónides", otro "larga vista" (el miope, claro), a así a cual màs ingenioso e hiriente.

El aquellos tiempos, cuando en segundo de bachiller teníamos 12 o 13 años, y ni se nos ocurría protestar, el agraciado no tenía más remedio que soportar su carga, y esperar que, al curso siguiente, la nueva tanda de motes hiciera olvidar los anteriores, lo que por fortuna sucedía las más de las veces.

Historia parecida es cuando toda la familia ha de cargar con el mote del padre, el abuelo o el bisabuelo, cosa bastante frecuente en algunos pueblos que me conozco. En uno de ellos -les juro que es verdad-, los hijos del tío Paco, "el zorro", eran "los zorros", pero su hija era "la zorra", a así la nombraban usualmente los vecinos: fulanita "la zorra". Lo cual era muy gracioso, excepto para la crucificada, claro. En descargo del personal hay que decir que, al utilizar semejante mote, nadie se reía, ni creo que pensara con segunda intención; era una utilización cuasi familiar, llena de naturalidad, meramente utilitaria.

Así que cuidado, porque a los motes, como a las cañas de escoba, a veces los carga el diablo.