10 enero, 2009

Pituca

Esta mañana me he ido con la pequeña Elsa a fisgar las rebajas de El Corte Inglés, para liberar a su mamá, mi santa, y que le meta horas a los papeles de la acreditación. Sí, ya sé, ese capítulo podría titularse “Durmiendo con mi enemigo”. Pero así es la vida, yo aquí rajando contra la aneca-enema y mi señora haciendo horas para el casting en esa agencia. En fin, nada que reprocharle, hay que pasar por el aro para llegar a madame (o monsieur).
A propósito de madames, estoy leyendo un libro que es una joya: “Memorias de una madame americana”, de Nell Kimball. La autora fue, a comienzos del siglo XX, madame de prostíbulos de lujo allá en los Estados Unidos. Una delicia de autobiografía. Y lo que te da que pensar. Según cuenta, en aquellas casas de placer los caballeros llegaban y, para empezar, se tomaban una opípara cena preparada por cocineros selectos, mientras un pianista ponía música de fondo. Luego se deleitaban en tertulias y comentarios de los eventos sociales y políticos, con gran atención de las mimosas vestales, y al fin, para rematar, se encamaban sin prisas ni manuales. Hoy en día eso ya no lo tienes ni en casa. ¿Realmente progresamos?
Decía que me fui a dar una vuelta y en el coche iba escuchando un disco de tangos interpretados por Juan D´Arienzo. Una de las recomendaciones de mi colega y querido amigo Enrique Haba, uruguayo que enseña en Costa Rica y que se encargó de orientarme sobre buenos tangos e intérpretes selectos. Recuerdo alguna velada memorable cuando nos conocimos en Cali hace unos seis años. Coincidimos como ponentes en un congreso y nos alojábamos en una residencia con hermosos jardines, donde pasábamos la noche de charla y escuchando música. Qué estupendo grupo de amigos nació en aquellas veladas. Por allí andaba también el bueno de Roberth Uribe, paisa de libros y bonhomía, y el entrañable Roque Carrión, peruano -de Piura- que dictaba sus clases en Venezuela. Enrique Haba disertaba sobre tangos y Roque Carrión pretendía demostrar que el buen baile de cualquier ritmo se puede hacer sin salirse de una baldosa. Y así amanecíamos, felices y lejanos. Otra noche nos fuimos al barrio de Juanchito, a ver cómo bailan la salsa de verdad aquellos negrazos. Al recordarlo, se me disparan todavía las piernas y se me van las neblinas del alma.
Más adelante invité a Enrique Haba a que en León dictara una conferencia sobre “El Derecho en el tango”, y lo hizo con audiciones ante estudiantes perplejos e impacientes. Era cuando por aquí teníamos una asignatura de libre configuración titulada “Cine, literatura, música y Derecho”. Acabamos suprimiéndola, hartos de que los estudiantes ´-que libremente la habían elegido, a la caza del crédito cómodo- se inventasen mil y un trucos para que figurar como asistentes sin necesidad de ver la película de turno. Estudiantes de película, futuros intelectuales más bien orgánicos, gestores que serán de nuestro futuro y nuestras pensiones. Estamos jodidos, irremisiblemente.
Iba, digo, escuchando los tangos de Juan D´Arienzo y deleitándome con su voz y con las letras. Elsa les ponía redobles de chupete. Repetí varias veces el que se titula “Pituca”. No tiene desperdicio y, obseso que es uno, lo asocié con el pijerío que nos ha regalado esta crisis con sus artes financieras. ¿Quién, aquí y ahora, compondría una canción con tanto espíritu de clase y tanta bilis justiciera? ¿Victor Manuel? ¿Sabina? ¿Serrat? ¡Anda ya!
Si quieren escuchar esa maravilla, pinchen aquí, aunque la versión sea otra, mucho peor, para mi gusto.
Compusieron ese tango, Pituca, Rogelio Ferreyra (letra) y Enrique Cadicamo (música). Dice así:
Niña bien de apellido con ritornello
que tenés "senza grupo" figuración
que parecés por todo tu "ventichelo"
la sucursal del banco de la Nación.
Que estás comprometida con Albertito
un elegante yachtman del Tigre Club
que tiene un par de anchoas por bigotito
y pa' batir "araca", dice "mondiú".
Che, Pituca...Quién tuviera la alegría
de tener una alcancía
como la de tu papá.
Y un anillo
con la piedra incandescente
de esos que usa indiferente
pa' entre casa tu mamá.
Che, Pituca...
No derroches los canarios
que a tu viejo el millonario
lo voy a ver al final
con la bandera a media asta
cuidando coches a "nasta"
en alguna diagonal.
Tenés un galgo ruso que no es pa' liebre
y se pasa una vida fenomenal
te juro que al pensarlo me cacha fiebre
y ¡qué lindo sería ser animal!
Así de gusto en gusto llena de plata
vos encontrás la vida color salmón
pero yo que soy pobre como una rata
la campaneo sin grupo color carbón.

Y digo yo de nuevo: ¿quién les canta hoy a las Pitucas de estos pagos? ¿O estarán todas cubriendo cuotas ministeriales o de consejo de administración y será mejor que ni les tosamos? ¿Pero podremos aún soñar, ingenuos, con ver un día a sus papás millonarios cuidando coches en alguna calle?

1 comentario:

Javier Barragán dijo...

Interesante, no es exactamente mi estilo pero se apreciar una buena pieza.