05 enero, 2009

Prohibamos las estadísticas. Por Francisco Sosa Wagner

Para hacer frente a la crisis económica, que galopa cual caballo desbocado con las crines al viento, propongo una solución definitiva: prohibir la difusión de estadísticas. No sería la primera vez que se hiciera algo así. Hace algún tiempo una ministra de la Vivienda prohibió las relacionadas con el precio de los pisos y los chalés de la sierra aunque luego la obligaron a rectificar y tuvo que hacer de nuevo la luz donde ella había querido mantener la incertidumbre.
Sin embargo, yo, probablemente en solitario y contra viento y marea, defiendo la prohibición y utilizo para ello la única arma de la que dispongo: mi humilde pluma. ¿Por qué? Porque sería muestra de buen gusto, de refinado sentido de la estética. Se equivoca quien piensa que una medida de esta naturaleza supone aceptar la oscuridad informativa o la censura. No es así. Aunque la censura la defendió Miguel Mihura porque, gracias a ella, en su tiempo, pudo conocer a varios obispos, una relación social esta que, en otras circunstancias, nunca hubiera podido disfrutar. Ahora se trata de otro asunto. Somos enemigos de la estadística quienes tenemos un elevado canon de belleza, es decir quienes sabemos que la estadística no es más que un empacho de números y una exageración deforme de la tabla de multiplicar. La borrachera de los guarismos. Como existía la borrachera de anís antes de que se descubriera el güisqui con hielo.
Porque quienes somos lectores sabemos que existen las “bellas letras” pero que no existen los “bellos números” y sabemos además que los números son los huesos que nos encontramos en el guiso de un relato, por eso los evitan quienes tienen sentido literario y cuando se ven obligados a incorporarlos lo hacen con todo tipo de miramientos y como pidiendo excusas. Véase el caso de los más excelsos en el manejo de la lengua: los poetas. ¿Alguien ha visto alguna vez un poema que incorpore el cociente de dividir una cifra por otra? ¿Alguien ha leído alguna vez un soneto dedicado a la raíz cuadrada? Ni siquiera el número imaginario, que podía haber suscitado la curiosidad creadora de un vate, ha sido objeto de atención en los poemarios. Y es que hay determinadas ordinarieces que se evitan como se evita proferir una cochinada en medio de un banquete de primera comunión.
Se dice en tono admirativo de una persona que es “hombre (o mujer) de letras”. Pero ¿alguien se ufana de tener un amigo que es “hombre de números”? Nadie y si lo tiene, se lo calla y lo lleva con el padecimiento que es propio de las situaciones que nos laceran y humillan. De un señor que perpetra un escándalo o alguna otra acción extravagante se dice que “ha montado un número”, no que “ha montado una letra”.
En estos meses fríos del invierno, cuando hasta el oso de largas garras se esconde en sus acogedoras guaridas, tomamos una sopa calentita de letras pero ¿alguien en sus cabales toma una sopa de números? Admítase que estos, los números, solo sirven para las matrículas de los coches y para identificar el teléfono y hoy, gracias a la técnica, los tenemos memorizados y archivados en nuestros aparatos móviles con lo que evitamos el amargo trago de marcarlos. Los velamos y los alejamos de nuestra cotidianeidad como se procura velar todo aquello que es repelente. De los números se debe hablar solo en cuchicheo como se habla en misa porque tienen alma de hipoteca, de deuda, el aliento despiado de los saldos pasivos. Borges decía que la democracia era un abuso de la estadística. Pero no es así, es la estadística misma el abuso y no estaría de más que la declararan arma blanca y la incluyeran entre los trebejos propios para delinquir. Y se diría “mató a su amante con la estadística de sus infidelidades”.
Defiendo pues la prohibición de difundir estadísticas. Sabemos de su existencia, sabemos de las malas noticias que alimentan, por eso propongo que solo las conozcan quienes se entretienen con ellas y cometen la grosería de confeccionarlas. Que sean ellos quienes las aprovechen en solitario, con estoicismo, con la entereza de un anacoreta que se aísla en el desierto, en este caso, en el desierto cegador e inclemente de sus números y de sus medias ponderadas. Conseguir este deseo es contribuir a hacer más bella la vida, sabedores como somos todos de que el único número apreciable que existe es el del gordo de la lotería y ello por gordo, no por número.

5 comentarios:

Carmen dijo...

No y no, hoy en día ser un hombre de letras, implica estar en números rojos, y eso no está bien visto.(Salvo que tengas menos letras que el vecino, claro).
De todas maneras, la clave está en ser mujer y de números......90-60-90

Un cordial saludo.

rogelio dijo...

Quizás, por el misticismo que nos impregna desde la cuna, en Jpañistán sería más adecuado llamarles "Extasísticas", con lo que es posible que de esa forma pasasen sus poéticos filtros.

De cualquier manera en 2009 vamos a quedarnos extasiados, con o sin estadísticas.

un amigo dijo...

Tema interesante, que me suscita una serie de ideas que enjareto sin mucho orden:

a) si atendemos a la física y a la biología de los últimos cien años, probablemente la estadística sea la única forma seria de comprender una physis que, en última instancia, mueve las caderas siguiendo criterios probabilísticos,

b) (sucedido profesional de hace unas semanas) Un científico de un cierto prestigio se me lamentaba amargamente de la abismal ignorancia estadística -no salvándose ni siquiera los conceptos más elementales- de los políticos de tronío a los que es su función institucional asesorar periódicamente sobre temas de gran relevancia,

c) (observación sobre los medios de comunicación en general) dos enfermedades relacionadas con el número campan a sus anchas: la numerolatría (por la cual cualquier castronada "apoyada" por números es engullida acríticamente por la masa -por la selecta parte de la masa que todavía lee-), y la deshonestidad estadística (denunciada en su vertiente gráfica desde hace decenios por el insigne Tufte), que no hace falta explicar,

d) es cierto que vivimos separados en dos culturas (C.P. Snow) y que la dolorosa brecha se sigue ampliando; pero los usos actuales del lenguaje (como por ejemplo nos recordara involuntariamente hace pocos años el Consejo General del Poder Judicial con su risible "informe" sobre la reforma del Código Civil) no son una justificación de la estupidez, sino simplemente un eficaz diagnóstico de la misma,

e) recuerdo un brillante artículo de The Economist de hace algunos años, que ahora mismo no tengo tiempo de buscar, en el que describía cómo para la buena marcha de una economía no sólo es necesaria la independencia (relativamente a los tentáculos del ejecutivo, es obvio) de la banca central, sino también la de las instituciones estadísticas. Si no recuerdo mal, salían bien paradas en el artículo, analizadas según este criterio, las instituciones de Canadá, Nueva Zelanda, Japón, algún país escandinavo ... y salían fatal, no hay ni que decirlo, las de España e Italia, entre otras.

Salud,

Lopera in the nest dijo...

Por fin!. El primer artículo en el que no estoy de acuerdo con el Prof. Sosa Wagner. Bien empieza el año!.

Javier Barragán dijo...

totalmente en desacuerdo, de hecho sin esa ordenación estructurada y armónica de números, en concreto el 1 y el 0 usted no podría estar aquí escribiendo lo que acaba de decir.

Que las estadísticas son indigestas es un enunciado con el que estoy de acuerdo, pero ir mas allá despreciando los números de esa manera, es algo que no comparto.

De todas maneras la belleza es algo muy subjetivo y realmente si creo que haya una "belleza numérica"( lo que no creo es que esté en las estadísticas ) de hecho he visto algunos planteamientos matemáticos con su resolución y me parecen realmente bellos , ordenados y armónicas y dan sensación de orden, de estructuración , claro está que no todo el mundo tiene que ver lo mismo en una obra de arte, y es más, lo que para algunos es una obra de arte para otros no es mas que una insignificancia.

Yo me considero un hombre que esta camino de ser un hombre de letras, pero jamás despreciaré por ello los números.

Que algunas almas no le den importancia a determinadas cuestiones no quiere decir que no la tengan.

Es simplemente mi humilde opinión. Una de las muchas que puede suscitar este artículo.