24 marzo, 2013

Cómo pedir un proyecto de investigación (I)



                Por distintas razones y algún azar que no me toca explicar en este momento, hace años que veo proyectos de investigación de los que investigadores españoles presentan para ser financiados por instituciones públicas en convocatorias competitivas. He podido analizar en detalle bastantes y he observado también las listas generales de temas, solicitantes, disciplinas y, en ciertos casos, resultados finales. No tengo en esto más experiencia o autoridad que otros colegas, sino menos, pero sí me considero en situación para dar algún consejo no desdeñable o manifestar unas cuantas opiniones no infundadas. Aclaro, eso sí, que entiendo más que nada de proyectos relacionados con el Derecho y las diversas disciplinas jurídicas, aunque más de cuatro veces he tenido ocasión para fisgar otros de algunas ciencias sociales o de humanidades. Todo lo que a continuación expondré puede ser de alguna utilidad para juristas investigadores y, por aproximación y en proporción a la distancia, puede que también utilizable por los de otras ciencias no excesivamente “duras”.

                Casi todas las convocatorias y formularios, sean nacionales, autonómicos o dependientes de cualquier Administración pública que financie, hacen que el investigador solicitante deba completar y los evaluadores analizar apartados como los siguientes: investigador principal, equipo investigador, con atención en ambos casos a la previa experiencia de unos y otros, objeto de la investigación que se propone, método de trabajo que se plantea, objetivos que se quieren alcanzar y presupuesto de gastos. Iré expresando impresiones y formulando consejos sobre cuestiones así en lo que sigue, en dos o tres entregas.

                (1) El investigador principal es hoy, a menudo, un asunto problemático. Antaño se ponía en ese puesto al catedrático más prestigioso o miembro más experimentado del equipo, pero la ANECA y sus criterios de acreditación han llevado a que los más jóvenes o no tan avezados necesiten y busquen los puntos que da el haber sido investigador principal en proyectos competitivos. ¿Consecuencia? Muchas veces, una pérdida de puntos en la evaluación de ese apartado. No es que los evaluadores piensen que por ser viejo catedrático ya se ha de dar la puntuación máxima o que por tratarse de un investigador joven tenga que ser un inútil. Ni muchísimo menos, aunque alguna que otra vez pueda colársele a alguno un prejuicio. Lo que pasa es que pueden quedar a la vista dos problemas. Uno, la difícil defensa que tiene el hecho de que vaya a dirigir los trabajos uno que de la materia sabe menos o en ella tiene menor experiencia que algunos de los dirigidos. Otro, las posibles dificultades de coordinación que se puede topar un investigador principal que es novel y que tendrá que habérselas con otros de mayor veteranía o que llegan ya con el colmillo retorcido.

                Por otro lado, y para equilibrar, tampoco es completamente creíble el cátedro vieja gloria del que cualquiera sabe que anda ya medio gagá y que lleva un lustro sin publicar una línea o que se dedica a su despacho y a sus negocios y al que la investigación le importa un pito, salvo que dé dinero o le permita colocar a un sobrino. Lejos de esos dos extremos del novato entre tiburones y el elefante envejecido, hay que seleccionar al que vaya a dirigir el proyecto. Es buena una relativa juventud, pero combinada con un currículum ya presentable. No es imprescindible, para nada, tener la cátedra, pero espantan esos investigadores principales que se pasaron veinte años de titular de escuela y ahora lo son de universidad desde hace diez y que en toda su carrera han publicado tres artículos nada más, y los tres sobre los derechos humanos de tercera generación en el contexto de la globalización.

                Consejos en este punto:
                a) Búsquese un investigador principal ni muy joven ni muy agotado, con currículum prometedor y en crecimiento y que parezca que quiere el proyecto por vocacional amor a la investigación y no solamente para poder rellenar mañana el apartado de proyectos en las aplicaciones de la ANECA o para pasarse tres años viajando por la jeta a Brasil porque tiene una novieta (o noviete) allá. Pensarán ustedes que no, pero esto último se capta enseguida. Podría dar ejemplos espeluznantes que pasaron alguna vez ante mis propios ojos pecadores. Y no digamos en convocatorias para estancias en centros extranjeros. Déjenme fingir un ejemplo parecidísimo a bastantes reales, y a las cuestiones de género y orientación sexual déseles la vuelta como se quiera, ya que hay paridad perfecta en la picaresca.

                Profesora española de Derecho que solicita, a partir de convocatoria en vigor, financiación para una estancia de investigación de seis meses en la Universidad Pito Parado de la Patagonia. Uno piensa: caramba, qué raro destino, veamos sobre qué tema va a trabajar, tal vez sobre algún capítulo de la historia del Derecho indiano. Y no, es sobre “Derechos humanos y derechos de autor en tiempos de la globalización”. Vaya, será que en la Universidad de Pito Parado hay un gran equipo especializado en esa materia, o quizá un Instituto de investigación sobre ella. Pero tampoco, ya que en el equipo receptor solamente está una persona, el profesor Domitilo Jabalina Konfetti, abogado y enseñante por horas en la carrera de Derecho de aquella universidad, concretamente en la materias de Introducción al Derecho y Derecho del Mar. Bueno, mirémosle el currículum a Domitilo, por si tiene doble vida académica o un pasado brillante en Harvard. Ya se sabía que no, pero cursó un máster inacabado  en…, tachán…, la universidad de la solicitante. Blanco y en botella, que se dice: la aspirante española anda buscando a Jabalina porque se quieren o, cuando menos, se desean. Sólo resta echar un vistacito final a la Memoria, y en efecto: que la Universidad de Pito Parado es de las más prestigiosas del mundo (aunque uno ya ha mirado en internet y comprobado que son tres barracones y unos bustos del fundador, a la sazón encarcelado en la actualidad), que el profesor Jabalina es reputado de los que más y que está finalizando una monografía, que hará época, sobre “Los derechos de los indígenas después de su exterminio: desarraigo jurídico en el marco de la globalización”, que el susodicho profesor y la Universidad receptora ponen a disposición de la candidata todos sus instrumentos y herramientas de trabajo, amén de que se firmarán convenios y memorandos entre la universidad de origen y la receptora. Y todo así. Inconfundible tufo. Por no disimular un poco al amarse sobre el erario público.

                b) Importa que el investigador principal haya trabajado algo, a ser posible bueno, sobre la temática del proyecto o sobre cuestiones cercanas. Hay que evitar el efecto paracaidista, que produce pésima impresión. Profesor titular y cuarentón de Derecho Eclesiástico del Estado, cuyas publicaciones, todas, tratan sobre libertad de conciencia en el trabajo (su primer libro fue sobre “Problemas de libertad de conciencia en los barcos pesqueros con tripulación multicultural: un enfoque desde la globalización”, su libro segundo iba de “La libertad de conciencia en los muelles y cofradías en tiempos de globalización: panorámica multicultural”, coordinó un libro colectivo sobre “La libertad de conciencia en el mar y la tierra: problemas globales” y ha sacado varios artículos referidos a “La conciencia libre en los oficios marítimos”, “El mar y la conciencia libre en la globalización” e “Itinerarios globales de la libertad de conciencia: una singladura hacia buen puerto”. Bien, y ahora solicita proyecto de investigación sobre “La violencia de género como problema de conciencia: una perspectiva interdisciplinar y global”. En el equipo mete a diez de Derecho Eclesiástico, mitad hombres y mitad mujeres, eso sí, a tres asistentes sociales y un economista que jura que sabe inglés, un teólogo de la Carlos III, una socióloga de la Pompeu y un médico de familia que es profesor asociado de Anatomía en una facultad de Castilla-La Mancha. Oiga, no joda.

                c) El equipo tiene que estar adaptado al investigador principal y su capacidad de coordinación y dirección, si es que no se ha optado por el otro camino, el de buscar el mejor director para el equipo que hay. Un proyecto no va a funcionar ni a dar resultados que merezcan la pena si no existen dos elementos: cierto nexo de solidaridad, lealtad o afecto entre los integrantes del equipo, o, por lo menos, un fuerte interés común, y algo de autoridad del que encabece ese equipo. Los otros no le van a hacer ni puñetero caso para nada si lo ven así de mindundi, si se tronchan a su costa o si les parece tontito y pedante. Por ejemplo, no se trata de que un profesor titular o contratado que sean algo jóvenes no vayan a poder dirigir un equipo con un puñado de catedráticos o que en ello haya algo malo, si lo consigue; es que, por la psicología de los catedráticos y la mala uva que se nos pone cuando pasan los años y seguimos igual de feos y con más divorcios, no le van a hacer ni pizca de caso al director si no lo tienen previamente en alta estima. Así que nada de buscar grandes nombres y cátedros a tutiplén para los buenos proyectos que gobierne un profesor joven y con proyección. Al contrario, ármense esos equipos con gentes parecidas, en situación similar y que tengan más razones para cooperar que para hacerse la cusca o montar escenas de celos y despecho en el despacho.

                (2) Vamos, pues, con el equipo investigador. Dos prejuicios muy corrientes deben ser corregidos antes que nada: el tamaño y la interdisciplinariedad. Cierto que suelen estar mal vistos y poco valorados los equipos con pocos miembros, tres o cuatro personas nada más, infravaloración también absurda y prejuiciosa a veces. Pero no por eso se van a evaluar de modo favorable los equipos enormes, de veinte, treinta o cuarenta personas. En equipos tan grandes, pronto salta a la vista que se han formado por aluvión o con el típico “¿te importa que ponga tu nombre aquí y luego, si eso, ya te invito a que vengas un día y nos des una conferencia?”. ¿Cómo le dices que no a un profesor de una universidad que está a seiscientos kilómetros de la tuya y que te pregunta si no tienes objeción para que te incorpore de investigador a tiempo parcial en un proyecto que va a pedir a su Comunidad Autónoma y que versa sobre “El levantamiento del velo societario en la era de la globalización”? De mano, y por no columpiarte o por si hay truco, tú preguntas sibilinamente que por qué se ha acordado de ti, si él, el investigador principal, es de Derecho Mercantil y tú eres de Derecho Eclesiástico del Estado. Pero pronto acaba con tus tenues prevenciones: jolín, porque sabe que tú eres muy competente y tu currículum genial y porque te ha leído aquello que publicaste sobre la constitucionalización de la enseñanza del Derecho en un mundo con conciencia global (en realidad no era en un mundo con conciencia global, sino en “la Europa de la conciencia globalizada”, pero no te ofendes tú por esas minucias) y que le ha dicho Luis Benito Perillanes que tienes tú mismo en tu universidad un grupo de investigación sobre el velo islámico. No es propiamente un grupo, se trata de un Observatorio, le aclaras, mas tu interlocutor te responde que genial y que a ellos les preocupa muchísimo la opacidad de las estructuras societarias pero con un enfoque más global, así como el tuyo, y que no te preocupes, pues no tendrás que hacer nada para el proyecto y que ellos se encargan y además en la Consejería ahora está Pancho, no sé si lo conoces, el que estuvo casado con Loli la de tu área y ahora sale con Remedios Consuegra, la prima del rector de una privada que no me acuerdo cómo se llama. Total, que aceptas con gusto y así consiguen a cincuenta más como tú y es un equipo como para llenar un estadio y multidisciplinar del todo.

                Bueno, pues un equipo así normalmente va a ser mal calificado por los evaluadores, ya que presentará problemas de disparidad temática, faltará un enfoque o método aglutinador y, sobre todo, se detectarán problemas de coordinación del trabajo y de producción de resultados que no sean un mero amontonar lo que cada uno de los integrantes vaya publicando esos años sobre cualquier cosa.

                Es como lo de la interdisciplinariedad o multidisciplinariedad. Las convocatorias suelen poner que se prima, y cuando es razonable sí que se valora para bien. Pero los desmadres de toda disciplina a cien y viva la promiscuidad teórica tampoco acostumbran a ser bien vistos por evaluadores y comisiones. Supóngase que yo mismo planteo un proyecto sobre algo de lo mío, no sé, los derechos humanos en la globalización, con especial atención a los derechos de los niños. Algo así, poco trabajado y en lo que todavía quepa innovar muchísimo, además de difícil que te mueres, porque son asuntos muy técnicos que no se prestan a la retórica de baratillo. Bueno, pues para ese tema presento un equipo por mí encabezado, en el que están otros diez colegas de mi área que en su prostituta vida han trabajado sobre derechos de la infancia ni tienen hijos ni nada; los ocho de Eclesiástico del Estado de mi Universidad porque me lo han pedido ellos con el buen argumento de que a ver si vamos a creer que los niños no tienen libertad de conciencia y que de los derechos humanos ése es de los que más (a la entrevista vinieron con un libro de uno de la Carlos III que demostraba que en efecto); dos de Derecho laboral porque se me ocurrió que lo del trabajo infantil y tal y uno va para cuñado mío; dos de Medicina, concretamente de Cardiología, porque ahora está muy de moda lo de las neurociencias y al parecer va a haber cambio de paradigma en cosas; uno de Patología Animal que está acabando la carrera de Derecho y por si todavía le damos al tema un entronque con lo de los derechos de los animales en un planeta global; cuatro de Ética que andan locos por acreditarse y que cómo no van a estar en un tema de derechos humanos, aunque uno de ellos sea especialista en el concepto de Sein en Schopenhauer, otro se haya dedicado a la ética de los negocios, y los del par que queda estén, desde que entre sí se casaron, entregados a la ética de los nuevos modelos de familia y lleven ellos mismos un proyecto sobre “Familias globales y familias locales: esencias deslocalizadas y localidades esenciales”. Claro, también va a estar el teólogo de la Carlos III, que se apunta a todas y al que toda comisión evaluadora echa de menos si no aparece y porque el tío siempre critica al Papa. Y así hasta cincuenta o sesenta y de unas veinte disciplinas distintas.

                Pues no, muy mal. Lo interdisciplinar solo vale y se toma en consideración generosamente cuando se cumplen algunos requisitos de cajón: que el tema lo sea, sea tema y no tomadura de pelo para fingir que se estudia mientras se va uno a Venezuela a lo que va (pero de los temas hablaremos en la siguiente entrega), que las diversas materias que participan tengan pito que tocar en esa cuestión que se investiga y que se justifique a base de bien cuál es el enfoque de cada una de esas áreas sobre el objeto que se investigará, cómo se van a integrar esas diversas aportaciones y con qué método cabe tratar los resultados conjuntos y para qué. La muy típica cláusula de “al final de la investigación se publicará un libro conjunto con las diversas aportaciones de las disciplinas participantes” es la mejor demostración de que no había un proyecto para investigar entre todos, sino patente de corso para que cada uno hiciera lo que le daba la gana, si es que alguna gana le daba. Así que leña.
(Continuará)

5 comentarios:

Anónimo dijo...

No solo te rindes y quieres dejar el papel de chivato sino que ahora te pones a alentar prevaricaciones con los aspirantes a investigadores. Record de corrupción.

En sero, la denominacion de proyectos y personajes es maravillosa.

Garciamado dijo...

A veces cuesta un poco de trabajo entender a algunos anónimos, francamente. O será que se meten algo.

Garciamado dijo...

O a lo mejor es teólogo de la Carlos III. Que fue un ejemplo inventado al tuntún, mujer.

Ángel Espiniella dijo...

Simplemente genial

Juan Carlos Sapena dijo...

Ya sé que lo que se dice en el artículo es chanza y frenesí milonguero. Pero es que suena tan familiar...

No sé si habrá tanto que investigar. No ya si dará para tanto investigador, sino si existirá tanta materia ignota, tanto saber recóndito, tanto arcano ubicuo y peripatético (lo digo porque no se estaban quietos éstos).
¿Habrá vida después de la investigación? y sobre todo ¿qué ocurre con los investigandos cuando su infatigable quehacer finalizan, impasible el ademán?

Tanta procesión, al paso alegre de la paz, abre el apetito intelectual a cualquiera. Por cierto, ya es primavera en el Corte Inglés, hablando de intelectualidades.

Un saludo.