08 diciembre, 2008

El ventrílocuo. Por Igor Sosa Mayor

(Publicado en La Nueva España el jueves 4 de diciembre)
Permítame que me sincere, pero es que ando en un sinvivir ya desde hace unos días, con una comezón que se me ha metido por no sé dónde, nada, una tontería, vaya usted a saber de dónde me viene, pero que no hay tu tía, por mucho que lo intento, no consigo sacármela de la cabeza. Dirá usted que son aprensiones que tiene una, que eso le pasa a cualquiera en un momento de debilidad, que hay que tirar para adelante y no darle más vueltas al coco. Pero es que estoy muy preocupada. Y es que me ha venido la idea -fíjese usted qué absurdo, hasta apuro me da decirlo-... que nuestro presidente del Gobierno es ventrílocuo. Sí, ventrílocuo, ya sabe, esas personas que hablan cuando parece que están calladas y que normalmente aparecen en la tele con un muñeco haciendo gracietas.
Tiene que ser eso, digo yo, porque si no, algo raro pasa, porque este chico, que bien majo y bien parecido que es, que ya se lo digo siempre a la Josefa, a la del quinto, ya sabe, pero, eso, a lo que le voy, que este chico parece que habla como dos personas diferentes, que dice unas veces unas cosas y otras la contraria, que yo de esto de política mucho no entiendo, pero que parecen las contrarias de lo que había dicho con su voz normal. Así, lo mismito que si tuviera dos voces diferentes.
Porque acuérdese de aquello de las tropas de Irak, que retiró en un día y todos tan contentos, cómo no, con lo feas que son las guerras, pero luego un día vamos y nos enteramos que él mismo apoyaba en la ONU ésa que se enviaran más tropas a Irak, pero de otros países, no de los nuestros, eso no. ¿Y aquello de los terroristas estos vascos? Que si la paz, que si la política, que si ilegalizar al partido ése de la facción nacionalista vasca,... O, por ejemplo, ahora con todo esto de la crisis y nos dice que lo malo que es el capitalismo, y, cualquiera entiende estas cosas, pero luego resulta que sale y les da no sé cuántos millones ¡a los bancos! Pero, ¿y todo eso de la guerra del 36 y la memoria esa, que buena falta me haría a mí que se me va la cabeza cada dos por tres? Pero, a lo que voy, ¿no sale hace unos días, cuando lo del 20 de noviembre, y va y salta con que el olvido está muy bien y que no hay para qué acordarse de Franco ni falta que nos hace?
Pero es que además me pregunto yo: ser ventrílocuo, ¿es un don o es una enfermedad? Porque si es un don, bendito sea el cielo, que nos ha dado un Presidente que puede decir lo mismo arre que so sin que se le tuerza el gesto; alguna ventaja tendrá el asunto, digo yo. Pero, ¿y si resulta que es una enfermedad? Porque, me supongo yo, que los jurídicos que saben de estas cosas, lo tendrán previsto, ¿no? Que si el Presidente está enfermo, algo dirá la constitución ésa de la que hablan a cada rato.
Ya sé que parece un poco descabellado, y yo misma me digo, quia, mujer, quita allá esas pajas, cómo va a ser el Presidente ventrílocuo, si eso se nace, no se hace uno así de la noche a la mañana; ya se sabría de antes, de todos esos años que estuvo de diputado... Pero, digo yo, ¿y si antes no hablaba? ¿Y si no se sabía nada porque antes estaba siempre callado, él y... su otro yo, que no sé ni cómo llamarlo, fíjese usted? Y, ahora que lo pienso, peor todavía, ¿y si resulta que está poseído?

05 diciembre, 2008

El embudo y su ley

Como este blog es una reunión de amigos con los que uno se gasta confianza, aunque de vez en cuando aterrice algún mastuerzo que babea con los niños o con los secretarios de organización, me permitiré alguna confidencia, siempre con esa esperanza -vana- de que no lea esto quien uno piensa que no lo lee. En cualquier caso, lo vea quien lo vea, se asumen los costes y que se vaya a la porra quien tenga que irse. Para eso es uno funcionario, caramba.
Resulta que hace unos días me llamó el director de una publicación universitaria con la que semanalmente colaboro gustoso. Me dijo que un profesor de universidad se había puesto en contacto con él porque le habían hecho una gran fechoría en un concurso para plaza de contratado doctor en otra universidad. Yo ya me puse a pensar que dónde estaría la novedad del caso, pero apunté el teléfono de esa víctima singular y me comprometí a llamarla por si de ahí salía una columna para la publicación de marras.
Al fin telefoneé. Se puso un señor que rápidamente pasó a contarme con todo detalle el atropello que había sufrido. No mencionaré de qué universidad se trataba, aunque él sí me lo contó. Podría ser cualquiera. Llamaremos X a la universidad que convocaba el concurso e Y a la universidad de la que este aspirante provenía. Para esa plaza en X nuestro interlocutor competía con un candidato local. Las pruebas eran dos. En la primera el tribunal baremaba los currículos de los candidatos. La segunda consistía en una entrevista personal para valorar la adecuación de los concursantes a la plaza. Esto de las entrevistas ya suelta un tufo intenso, como es bien sabido y olido.
El tribunal está dividido y tarda un año entero en ponerse de acuerdo en el baremo y en aplicarlo en la primera prueba. Al fin se consigue que el quinto miembro se incline por uno de los bandos. La suerte está echada. Quien me habla tiene unos veinte años de experiencia docente y reconocido un sexenio de investigación en su universidad. El otro ha dado clase cuatro años y su currículum investigador es sumamente exiguo. Total: al foráneo le dan más puntos en investigación y al local le otorgan más en docencia -cuatro años ganan a veinte, pero la lógica universitaria es así, difusa, fuzzy-, con lo que acaban empatados la primera prueba. En la entrevista el de casa recibe un punto más. Asunto resuelto, ganó quien tenía que ganar.
Hasta ahí me sonaba todo a melodía muy conocida. Se lo digo al protagonista: oye, eso pasa muchísimas veces y en todas las universidades, o casi; es un defecto del sistema, estructural. Me para los pies en seco: no, no, no, su universidad, Y, es mucho más garantista que ésta, que X, pues en la suya al quinto miembro no lo elige el departamento, sino los sindicatos. Qué sutiles distinciones, escolástico habemus. En ese instante me quedo dudando unos segundos, pues me asalta la sospecha de que todo esto es una conspiración para tomarme el pelo; o que tal vez el otro es un cachondo mental y se ríe hasta de sí mismo. Le insisto: hombre, matiz arriba, matiz abajo, en todas las universidades se hacen las normas de sus estatutos y reglamentos para que sus candidatos venzan siempre sobre cualquier concursante ajeno que se presente. Vuelve a la carga y que no, que no es así, que él sabe bien que es un problema de X y no de otras universidades, pues él conoce muy bien el sistema universitario español, que es bastante objetivo. A estas alturas ya se me han erizado hasta lo pelillos de salva sea la parte, pero le sigo el rollo por ver si me han metido en un programa de bromas radiofónicas o cosa por el estilo. Le interrogo sobre por qué conoce tan a fondo el sistema y su respuesta acaba de ponerme turulato del todo: pues que ha tenido un alto cargo en el anterior Ministerio de Educación y que está muy orgulloso de ser uno de los que idearon y organizaron los nuevos sistemas de evaluación universitaria. Apaga y vámonos. No es que me esté tomando el pelo a mí el señor este, no. Es así él, y se quiere. Ha estado metido en ese estropicio y no se arrepiente de nada. Debe de ser de la cuadra de Pepiño.
O sea, y volviendo al tema: mi interlocutor es de los que piensan que la universidad española funciona de vicio, sólo que cuando les pintan bastos a ellos no es porque las universidades se hayan convertido en unas casas de putas por obra y gracia, entre otras cosas, de dichos reformadores ministeriales que no valen más que para calentar sillón de despacho oficial; no, cuando les pintan bastos es que han dado ellos con unos señores muy corruptos que los juzgan muy mal porque les tienen muchísima envidia y los odian por modernizar la institución universitaria. Con un par. Aquí el que no es feliz es porque no quiere.
De todos modos, me digo que ya veré yo cómo salvo la columna para la revista y le planteo una nueva cuestión: oye, con qué grado de precisión quieres que cuente tu caso. No me entiende a la primera. Se lo aclaro: no, que cuántos detalles del caso real quieres que proporcione en mi artículo. Cuanto más exactos esos detalles, más probable que alguien te identifique y sepa que hablamos de tu asunto. Se tira en marcha, tal y como yo esperaba: no, este..., pues... sin detalles, en realidad yo no quiero indisponerme con nadie, verdaderamente yo no tengo nada contra nadie y concursaba sin que me importara tanto el resultado.
Así suelen ser.
Mecagoentó. ¡Fumigación universitaria ya!

03 diciembre, 2008

Ciencia universitaria y habas cocidas

Qué título más raro. Quiere decir simplemente que en todas partes cuecen habas cuando hablamos de ciencias y universidad. En efecto, los de sociales, jurídicas y humanas nos pasamos los días preguntándonos si esta crisis de los saberes y este cachondeo de los sabios de pacotilla pasarán sólo en nuestros campos. Y tendemos a pensar que hay más rigor, seriedad y dedicación en las ciencias duras y durísimas. Pues igual resulta que no, que tampoco, que las mismas gilipolleces e idéntica impostura a un lado y a otro.
Recibo un correo que mi hijo envía a unos cuantos destinatarios –honor que me hace al mandarme estas misivas peculiares- desde su atalaya del CERN ginebrino. Lo muy quemados que él y los colegas de su pasta –unos pocos compañeros y unos pocos de los que fueron sus profesores- andan con la universidad española y su ambiento yuppi-pijo-zángano-todoelmundoesbueno ya lo sabía. Pero me hace gracia esta forma de explicar el fracaso de la universidad también en su campo, echando mano de un texto que al parecer es ya un clásico.
Pues nada, esto es lo que mi hijo cuenta –perdón, guaje, por la divulgación no autorizada-.
Sirve para reflexionar un poco más sobre lo mismo y para que los tontos se consuelen con el mal de los muchos.
Hola a todos.
Un email poco al uso, pero que, aunque solo sea por airear(me)lo, aquí va. Todo parte del ser hoy el vigésimo aniversario del artículo de Dijkstra (sí, sí, barrapunto) titulado "On the cruelty of really teaching computing science", que, como suele pasar con estas cosas, da yuyu por lo visionario del asunto y directamente deprime por hacer patente como 20 años después las cosas no pintan mejor. Total, la transcripción del original en ingles está en http://www.cs.utexas.edu/users/EWD/transcriptions/EWD10xx/EWD1036.html .
Yendo al grano, a quien más y quien menos le interesará el contenido completo del artículo, que no tiene desperdicio, pero aun para quien no, se alude a varios males endémicos del sistema educativo que siguen ahí dándolo todo, y si me fío --que lo hago-- de lo que algunos comentáis al respecto, cada vez con más fuerza. Para quien no quiera tragarse toda la letra aquí va lo que a mí me parece el very best of:
Let me give you just one more example of the widespread disbelief in the existence of radical novelties and, hence, in the need of learning how to cope with them. It is the prevailing educational practice, for which gradual, almost imperceptible, change seems to be the exclusive paradigm. How many educational texts are not recommended for their appeal to the student's intuition! They constantly try to present everything that could be an exciting novelty as something as familiar as possible. They consciously try to link the new material to what is supposed to be the student's familiar world. It already starts with the teaching of arithmetic. Instead of teaching 2 + 3 = 5 , the hideous arithmetic operator "plus" is carefully disguised by calling it "and", and the little kids are given lots of familiar examples first, with clearly visible such as apples and pears, which are in, in contrast to equally countable objects such as percentages and electrons, which are out. The same silly tradition is reflected at university level in different introductory calculus courses for the future physicist, architect, or business major, each adorned with examples from the respective fields. The educational dogma seems to be that everything is fine as long as the student does not notice that he is learning something really new; more often than not, the student's impression is indeed correct. I consider the failure of an educational practice to prepare the next generation for the phenomenon of radical novelties a serious shortcoming. [When King Ferdinand visited the conservative university of Cervera, the Rector proudly reassured the monarch with the words; "Far be from us, Sire, the dangerous novelty of thinking.". Spain's problems in the century that followed justify my characterization of the shortcoming as "serious".] So much for education's adoption of the paradigm of gradual change.
La referencia a España viene al pelo, jeje.
El siguiente párrafo hará las delicias de algunos: As economics is known as "The Miserable Science", software engineering should be known as "The Doomed Discipline", doomed because it cannot even approach its goal since its goal is self-contradictory. Software engineering, of course, presents itself as another worthy cause, but that is eyewash: if you carefully read its literature and analyse what its devotees actually do, you will discover that software engineering has accepted as its charter "How to program if you cannot".
Y lo que me parece el punto más importante de todo el texto:
So, if I look into my foggy crystal ball at the future of computing science education, I overwhelmingly see the depressing picture of "Business as usual". The universities will continue to lack the courage to teach hard science, they will continue to misguide the students, and each next stage of infantilization of the curriculum will be hailed as educational progress.
Que enlaza con la última frase:
Universities should not be afraid of teaching radical novelties; on the contrary, it is their calling to welcome the opportunity to do so. Their willingness to do so is our main safeguard against dictatorships, be they of the proletariat, of the scientific establishment, or of the corporate elite.
Nada nuevo bajo el sol. Lo que este hombre dijo (y aunque sea falaz, no era un cualquiera) ya hace 20 años no sólo sigue siendo válido hoy día, sino que parece --por desgracia-- más válido cada día. Ojalá me equivoque y sólo sean los años haciéndome gruñón.
Fin de la chapa, un saludo a todos,
David.

Homosexuales, curas y periodistas

Se leen cosas muy raras. Debe de ser que las escriben los que ya estudiaron con la ESO y todo lo demás. Un ejemplo, la información de El País en la que se dice que “El Vaticano se opone a la despenalización universal de la homosexualidad”. Vaya, pienso, debe de ser que El Vaticano está a favor de que, por ejemplo, países islámicos, como Irán, cuelguen a los homosexuales en la vía pública y para general escarmiento. Pues no nos olvidemos de que, aunque la moda entre nosotros sea atizarle al Vaticano, los que les cortan a los homosexuales el gaznate y lo demás son los otros. Lo del Vaticano suele parecerme penosísimo, todo, pero confieso humildemente que, puesto a ir de colegui multicultural, prefiero que sea con un católico. Eso para empezar.
Dicho lo cual, conviene precisar y precisarle al periodista que la práctica homosexual entre adultos ya no debe de estar penada en ningún país católico o protestante. En países islámicos sí, insisto. Los mismos países en que a la mujer se le dan unas hostias sin que protesten las feministas, pues también se las cargan. Por eso las feministas protestan sobre todo aquí y prefieren tomarla con los gallegos que con los saudíes. Y conste que hay gallegos que sí merecen unos buenos mamporros porque, de tan bestias al tratar a su pareja, parecen saudíes.
Entonces, si ya no se castiga penalmente la homosexualidad, ¿qué diantre dice el representante de El Vaticano? ¿Desea que se reimplanten los viejos delitos? Seguimos leyendo y resulta que no, que lo que pone de los nervios a los de la falda negra llamada sotana es que a los homosexuales y a sus parejas se les reconozcan los mismos derechos que a los heteros y a las suyas. Acabáramos. El periodista entiende que eso es una discriminación -lo será, no entro en el tema ahora- y que no eliminar una discriminación significa en Derecho lo mismo que mantener una pena. Ahora lo entendí. El que no tiene ni pajolera idea es el que escribió la noticia. A lo mejor el monseñor tampoco.
Eso sí, el llamado observador permanente de la Santa Sede -esta gente tiene mucha costumbre de observarse y, sobre todo, de observarnos-, un tal Migliore, ha declarado que "los Estados que no reconozcan la unión entre personas del mismo sexo como "un matrimonio" serán "sometidos a presiones" (el lío de las comillas viene así en el periódico, conste). Claro, claro, tiene razón. Sabe de lo que habla, pues El Vaticano nunca presiona a los Estados, y menos por estas cuestiones del matrimonio homosexual. Oigan, ¿el cura este será pariente de Pepiño? Se gasta un descaro parecido, no me digan que no.

02 diciembre, 2008

Amigos para siempre. Por Avelino Fierro G.

Estimado Juan Antonio: te envío lo último que he escrito. Verás que no es nada jurídico, es un cuento. Te explico: unos conocidos del trabajo despedían a una compañera y me encargaron que les escribiese algo para leer a los postres. Me dio bastante que hacer porque lo redacté “en tiempo real” y los personajes se apuntaban o borraban hasta el último momento.
Les he cobrado a 6 € por barba; son unos 20. También ofrezco una versión personalizada en la que incluyo una ilustración; sale a 10 €. Tengo apalabrados otros dos textos para unas bodas de plata y una jura de bandera. Y estoy ilusionado porque un amigo madrileño parece que va a conseguir presentarme el proyecto en Moncloa. ¡Te imaginas, con lo que viaja esa gente, que puedan acabar leyendo algo mío en la próxima reunión del G20 en el sitio ese de la cúpula del Barceló! No sé que les puedo pedir por eso, aunque tampoco será mucho porque lo vamos a pagar entre todos. Bueno, te tendré informado. Un abrazo.

AMIGOS PARA SIEMPRE
De aquello ha pasado tiempo, pero sigue siendo un tema recurrente en nuestras conversaciones. Seguimos indagando, buscando un motivo, la causa, el agente exógeno que precipitó la ilíada, aquella noche coral.

Hay varias teorías. Yo sostengo algo bien simple, que tuvo que ser algo bacteriano: los primeros vinos de La Ruta. Los tasqueros buscando margen sin preocuparles la salud de los parroquianos, la madre mal raspada de una cuba de Valdevimbre, ¡la madre que la parió! Si allí estuvo el epicentro –algo que nunca sabremos- tardó en hacer efecto, porque todos estuvimos bastante bien hasta después de la cena.

Luis Alberto tiene una explicación, digamos paranormal. Imagino que influye que Isa- a la que a veces se le va la olla- , a falta de lambadas, le regaló el libro de un maestro tibetano que tan pronto tiene un apéndice sobre “cultive su propio herbario” como capítulos del tipo “Evolución, karma y renacimiento”. Luis, digo, crédulo y entregado a esas lecturas y otras similares que le reducían el estrés postjurisdiccional, insiste en que la confluencia de la ansiedad y los deseos de todos precipitó una simbiosis, desató una oscura fuerza, casi maligna, que no pudimos controlar. Bueno, yo le concedo que las raíces fisiológicas del comportamiento antisocial residen en un defecto del circuito en la corteza prefrontal y el sistema límbico. Algo de eso pudo haber.

Es cierto que cada uno teníamos claro que Clara se merecía lo mejor. “No, si será un rato, unos vinos, y, si se tercia, picamos algo” era la frase intrascendente, demasiado repetida, los días antes. Pero en el fondo, para todos, sin excepción, era algo más. Y lo escondíamos. Nadie decía que iba a poner todo de su parte, más que su granito de arena, para que todo saliera bien y Clara tuviera su noche inolvidable, de esos amigos -como dice el poeta- que se reconocen por encima de la voz o de la seña.

A Marta –como siempre- se le notaba demasiado. “Si yo la veo todos los días”, repetía con un gesto de desdén.

Nada está claro. Roberto, que se retiró pronto y pidió cerveza, me dicen que amaneció bien. En cambio, Bea, que vino tarde, después de la clase de piano, y tampoco consumió el bebedizo, llegó a la cena y –ella misma lo dijo cuando aún era consciente- empezó a sentirse rarita. Tiraba migas de pan y hablaba bajito al oído de Tejerina, que fumaba y fumaba, se ruborizaba y reía picarón.

La cena en el Cuervo estuvo bien. Vicente, como Pedro por su casa, entró hasta la cocina y se puso a freír unas truchas pescadas furtivamente en el Orbigo, como aquellas que le habíamos alabado en Corbillos. Maite, la cocinera, iba a pegarle dos leches, pero Vicen empezó a darle conversación como si le conociera de toda la vida y le apartaba para ella los mejores ejemplares. Sólo los de Pucela, Inma y Carlos, pusieron reparos al vino, que donde esté el cigales se quite el prieto picudo.

No sé a quien se le ocurrió, después de la primera copa, ir a aquel local de señoras que fuman. Allí algo nos transformó, como en esa película del bar de carretera en la que sale el Banderas y todos se convierten en vampiros.

Da igual si lo que nos pudo fue algo vírico o el ansia de protagonismo, de quedar bien con Clara. El caso es que , sin premeditación aparente, Vicenta y Begoña les sacudieron dos mamporros a las ecuatorianas de la barra fija y ocuparon su lugar contoneándose como profesionales. “Clara, Clara, va por ti”, le gritaban y hacían una pirueta cada vez más arriesgada. Raquel empezó a recoger billetes entre los clientes. “¿Son buenas, eh?”, les decía y se los ponía en el canalillo o en la goma de la braga de aquellas auténticas suripantas. Luis Angel y las yolandas no daban crédito; vamos, menos que el Banesto.

Teodoro estuvo más previsible porque agarró a Enrique del brazo, lo llevó al escenario lateral y se arrancaron con una ranchera a grito pelado y vivas a Clara. Ella se lo agradecía dando saltitos e insistía en pedirles el Bolero de Algodre.

Yo estaba con picazón en la testuz, de mala hostia. Quería sorprender también, pero no se me ocurría nada lo bastante estrambótico para competir con los demás espontáneos. Qué ganas de agradar, dios, y qué frustración.

Vi que Luis estaba en la barra grande, con una sonrisa beatífica mirando a Irina, una bielorrusa a la que yo conocía de camarera en el Miserias, pero no sabía que hiciera doblete nocturno. Se la presenté, le dijo que eran los ojos más azules, tristes y transparentes del noroeste. Que tenía un niño chico y que buscaba a alguien que la retirase de la noche. Sebas, el dueño, seboso, repeinado y con una sonrisa fría como de aire chino estaba al tanto.

Emilio tenía agarrado y levantado un palmo al camarero cubano que se había atrevido a ponerle una piedra de hielo en el cubata. “Te dije bien clarito que del tiempo, gilipollas”, le recriminaba.

Fueron los babianos los que la mangaron. Andaban eléctricos, como si les corrieran arañones por la espalda.

En el escenario grande estaba el instrumental de la orquesta. Al día siguiente celebraba el San Pantaleón la junta vecinal de Carrocera. Vienen todos los años. Montan tal timba que el barrio tarda en recuperar el ser y el estar un par de semanas.

Y allá fueron Gema, Carlos y Alberto. Que si ellos eran de verbenas de prao y, además, en cuesta, que cuántas veces acababan los músicos en el río y que aquello estaba decayendo. Así que se van arriba y empiezan, “cagon mi manto”, como los de la cuenca, a enchufar guitarras, a pegarle al cuadro de luces y a todas la manivelas para que aquello sonara bien alto.

Pero hasta para eso hay que estar estudiao, porque a los primeros chirridos, tipo radio pirenaica, siguieron unos pitidos que taladraban los oídos y, luego, un apagón. Para colmo, faltaba por manipular la palanca madre y allí uno de los tres metió la mano. Los relámpagos, las chispas atravesaban zigzagueantes el local, el aparato eléctrico reventó focos, incendió cortinas y llenó todo de humo.

Sebas es un sentimental, pero sólo con el “somos novios” de Manzanero porque le recuerda a su Marga antes de fugarse con un secretario de ayuntamiento. Por desgracia, allí y ahora, nadie le puso esa música para apaciguarlo. Y resolutivo lo fue siempre. Cogió la pipa de detrás de la registradora y empezó a pegar tiros sin especial rencor hacia nadie, indiscriminadamente. Los dos porteros de la entrada, kosovares ellos, se unieron encantados al fregao con los bates y tan pronto enganchaban las costillas de una sombra fugitiva como aprovechaban para joderle inadvertidamente la botellería y los apliques al Sebas que se les retrasaba todos los meses en la paga.

Yo conocía algo el tugurio y pude salir de los primeros tirando de Clara hasta el servicio de señoras. Allí había un ventanuco que da a un patio estrecho y maloliente. Fuimos de cabeza al suelo. Alguien cayó detrás. Era el cubano que había estado cruzando miraditas con ella toda la noche. Empezó a musitarle algo en un sonsonete zumbón. Clara lo miraba y decía “Ay, qué majo”. Pero Cupido lo tenía un poco crudo sobre aquella alfombra de papeles grasientos, compresas, restos de espaguetis y palomas muertas. Vi que ella, con la barra de labios, escribía un número de teléfono en la camisa de él.

Todos salimos bastante bien. Sólo fracturas, quebrantos y casquería de soldar y coser sin necesidad de salir de la seguridad social. Pero el Valentinos quedó enrasao con la calle, a nivel. Al día siguiente algunos curiosos decían que había sido como lo de la explosión de Palencia, pero con menos boquete.

A Clara no la volvimos a ver. Hicimos nuestra pesquisas y, al final, desistimos. Una tía suya, zamorana, en una de las últimas llamadas parece que le dijo a alguien que se había metido monja. Pero todos sospechábamos que lo que había hecho era cruzar el charco.

El silencio de las universidades

El 23 de octubre el Ministerio de Ciencia e Innovación puso en marcha la web de la Estrategia Universidad 2015, con una página través de la que se pretende abrir el debate sobre la universidad a los colectivos de profesores, estudiantes y personal de administración y servicios, así como a las universidades mismas y a la sociedad. Un mes después, los resultados no parecen alentadores. El foro de “universidades” contiene nueve comentarios, el de “sociedad” cuatro, el de “profesores” once, el de “personal de administración y servicios” tres y el de “estudiantes” uno solamente. ¿Indiferencia? ¿Escepticismo?
Es probable que imperen la desgana y el descreimiento. Hace tiempo que la gestión universitaria ha adoptado un estilo tecnocrático y distante, propio de una empresa privada en manos de lejanos gestores y de directivos absortos en un caos de objetivos, cifras y programas que poco tienen que ver con las preocupaciones y las labores diarias de quienes en la universidad trabajan o estudian, y no digamos de una sociedad por definición incapaz de entender ese lenguaje y semejantes maneras.
Las universidades han sido receptores pasivos de las decisiones que un día se tomaron en Bolonia, en cuya elaboración no han tenido arte ni parte y que constituyen el enésimo producto de una burocracia europea encerrada en una torre de marfil desde la que no se divisa más realidad que la de los papeles que ella misma produce en cascada. Además, el personal universitario se halla en estos tiempos enfrascado en el enloquecido proceso de adaptación de los planes y estructuras a los nuevos esquemas, generalmente incomprensibles, alejados de toda tradición académica y con carencia prácticamente absoluta de una guía coherente y responsable. Y si los propios profesionales y gobernantes de las universidades están perdidos en un mar de dudas y desconcierto, qué decir de los estudiantes que sólo reciben ecos lejanos y confusos de la universidad que se avecina.
Así las cosas, no es raro que muchos sospechen que las llamadas a la participación no abrigan más propósito que el de blanquear los hechos consumados bajo una apariencia de apertura y disposición al diálogo y el de ocultar que el rumbo universitario está a merced de intereses políticos y económicos que bien poco se compadecen con el hacer cotidiano de los que enseñan, investigan, aprenden y trabajan en estas instituciones.
De la tan cacareada autonomía universitaria resta poco más que la disposición servil para acatar órdenes superiores y para rendir la requerida pleitesía ante quien pone los dineros y dicta las consignas.

01 diciembre, 2008

Cruz y pijos

Bah, ya ni apetece opinar de casi nada. A menudo anda uno sin ganas de dar la razón ni a tirios ni a troyanos. Esto se llena de luchas estériles y de batallitas de salón, de esmeradas pugnas por molinos de viento. Lo pienso ahora a propósito de la dichosa polémica de los crucifijos. Desglosemos y repartamos.
Por un lado, no veo nada claro el placer o la satisfacción que los creyentes cristianos pueden obtener al ver los sitios públicos y comunes presididos por el crucifijo que simboliza y da sentido a su fe. ¿Qué los demás traguen tanto si les gusta como si no? ¿Que quede marcada alguna superioridad espiritual o moral de los que abrazan el cristianismo? ¿Piensan acaso que alguno va a ir o a volver al redil religioso por ver acá y allá la representación de la crucifixión? No soy religioso, no creo ni practico. Ojo, esto último no es una boutade, pues igual que muchos se proclaman creyentes y no practicantes, sospecho que hay igualmente muchos practicantes no creyentes. Respeto la fe de los demás, y con más motivo si la viven con cierta congruencia. Más aún, y perdóneseme el tono, dispuesto estaría a partirme modestamente la cara por defender su libertad de conciencia, de culto y de vida conforme a su credo. Sólo faltaba. Pero en temas como éste no los entiendo, no entiendo a los que hacen causa de que los símbolos religiosos se impongan contra viento y marea a los que los quieran y a los indiferentes. Con tanto como se puede hacer en serio por el prójimo desde el amor que los creyentes dicen que le profesan, debería ser cuando menos pecado dedicarse a tocar las narices a los demás y a convertir la fe y sus emblemas en incordio y molestia para los que no la tienen, al grito de si no quieres lentejas, dos cucharones. En términos de apostolado y tal me parece torpona y soberbia semejante estrategia. Meterse en pleitos para defender las representaciones mundanas de Dios es como declarar el amor a martillazos, cosa de ceporros y autoritarios sin remisión.
Está más que garantizado el sacrosanto derecho de cada uno a proclamar respetuosamente sus creencias, a practicar sus cultos y ritos, a no hacer lo que tenga por pecaminoso y a vivir lo que entienda como santo. Cada cual puede llenar su casa de cruces y estampas de beatos, puede ir a misa, puede expresar de mil maneras, de palabra y de obra, sus convicciones religiosas, puede mostrarse en todo ello alegre y orgulloso. ¿Dónde está el plus de mérito o de virtud al querer obligar a los demás a contemplar gestos o signos que, en uso de idéntica libertad, tal vez no quieran ver o tengan por incompatibles con sus creencias, también respetables?
O sea, y en resumen, que si yo fuera obispo o similar diría traigan para acá los crucifijos que en los centros públicos no desean o que pueden despertar suspicacias, y pongámoslos en nuestras iglesias y nuestras casas y tratémoslos con el respeto y veneración que nos merecen. Y de paso damos ejemplo de mansedumbre, tolerancia y respeto.
Dicho todo lo cual, vamos con los otros. Entiendo que a un ateo beligerante o a un musulmán, pongamos por caso, les moleste que en la escuela pública de sus hijos haya un crucifijo, y no me parece inoportuno que hagan valer el carácter aconfesional del Estado en que vivimos, en el que podemos vivir juntos sin andar a zurriagazo limpio todo el día por un quítame allá tu dios. Lo que no comparto es que la progresía ordinaria haga causa de tan poca cosa. Y no sólo no lo entiendo: me molesta un poco, y ahora explicaré por qué.
De un tiempo a esta parte ser progresista o de izquierda, o como queramos llamarlo, se ha convertido en una cuestión más que nada de símbolos y prohibiciones. Se lucha a brazo partido contra signos, contra palabras, contra gestos, contra costumbres. Y la casa sin barrer. Hay que retirar crucifijos, quitar estatuas -no sólo de Franco, pensemos en el lío con la estatua de Menéndez Pelayo en la Biblioteca Nacional-. No se debe, bajo pena de excomunión -precisamente- contar chistes de mujeres o de homosexuales, está muy mal visto fumar o ponerse ciego de chupitos. Dentro de poco será obligatorio que en las plazas taurinas aparezcan tantos toros como vacas o que un porcentaje de los jugadores del Atlético de Madrid sean transexuales. Y con eso ya nos quedamos felices y contentos, convencidos de que la revolución va por buen camino y de que estamos provocando una transformación social la mar de revolucionaria y fetén. Cuentos chinos.
De la igualdad de oportunidades se habla cada vez menos, cada reforma simbólica de tres al cuarto se convierte en un nuevo abrevadero para trepas y buscones, la corrupción crece en progresión geométrica, la banca hace de su capa un sayo y nos pasa las cuentas de sus tropelías, gobiernos que se quieren avanzadísimos y muy sociales comen en la mano de orondos empresarios de la construcción y la destrucción, los índices de pobreza aumentan aquí mismo, los politicastros llenan la Administración de parientes, camaradas y amigotes pagados a precio de premio Nobel. Y todo eso cuela sin pena ni gloria porque andamos entretenidísimos debatiendo sobre pendejadas: que si se debe o no adaptar el traje de combate a la curvas de las señoras soldado, que si se retira o no un anuncio de Pepsi-Cola en el que un señor cachas observa con mirada torva a una señora que se ha operado siete veces para salir en un anuncio haciendo de señora digna de ser mirada torvamente. O que si retiramos los crucifijos. Mutatis mutandis.
Por mí que se quiten los crucifijos de las escuelas públicas si hace falta. O que los dejen, aunque seguramente sería más adecuado quitarlos y los católicos deberían ser los primeros en decir que de acuerdo y que no hay problema. Pero a los defensores de las causas progresistas, de la liberación de los oprimidos y de la justicia para los menesterosos debería preocuparnos mucho más lo que ocurre dentro de esas aulas y va a seguir ocurriendo, con crucifijos o sin ellos: que la educación es un desastre completo, que esa educación desastrosa sirve para que sólo puedan prosperar mañana los hijos de papá con colegio privado –y con crucifijos- y enchufes a mansalva, que el niño pobre y el inmigrante más humilde seguirán sin tener donde caerse muertos tanto si está allí el crucifijo como si no. Pero de eso los progres pijos y ociosos dicen poquísimo, pues el Gobierno afirma que España va bien, que este sistema educativo es buenísimo y muy igualitario y que este Estado va a seguir siendo sumamente social en cuanto nos pongamos a repartir lo que sobre después de subvencionar a la banca y pagar las facturas de la visa oro de tanto inútil con cargo y tanto soplagaitas dedicado a fingir que lucha por la justicia para los oprimidos. Dice el Gobierno progre cualquier cosa y la masa pija responde palabra de Dios, te alabamos, señor. Y luego se va de cruzada en coche oficial o a cobrar dietas en un observatorio de igualdad religiosa de género.
Oigan, y ya puestos miren qué cosa: a mí, que soy ateo, cuando voy por la calle, que es lugar público por excelencia, me molesta ir topándome con iglesias y mezquitas, me joroba oír las campanas tocando a misa o la llamada a oración de los musulmanes. Y más aún: no quiero toparme en las vías publicas con curas de sotana y esclavas –perdón, mujeres- musulmanas con chador. Tampoco deseo que mis hijos vayan a una escuela pública donde haya niñas con la cabeza tapada por razones religiosas y que no hagan gimnasia como las demás. Así que a ver qué hacemos.

30 noviembre, 2008

Un par de lecturas dominicales

¿Que quiere ustes disfrutar de la mañana del domingo leyendo una de las plumas más independientes, ponderadas y firmes del más que exiguo y prostituido panorama intelectual español? No, no le voy a recomendar a Almudena Grandes, de quien jamás leeré una novela, dada su condición de zafia machista y de masoca babosa (ahí os quiero ver, feministas con carguete y con el ojete estrábico. Si lo que escribió la Grande(s) en El País (¡ay!) lo firmara un varón que no milite en el PSOE, pondríais la voz en el cielo. Así, callais como corresponde. Y sigo hablando solamente a las feministas con cargo, que son feministas a precio y a media jornada).
El artículo ejemplar, para mi gusto, es el de Muñoz Molina en el Babelia de ayer. Qué falta nos hace más gente así. Pinche aquí y disfrute.
Por contra, si prefiere volver a llorar a propósito de la universidad, no se pierda este post de hoy, 30 de noviembre, del blog de Santiago González. ¿Cuándo una anecoña para evaluar a los candidatos a rector? O, al menos, unas sencillas pruebas de selectividad. Caramba, o si aun esto parece mucho, una simple pericia caligráfica. Vean, vean lo que hay.

29 noviembre, 2008

Despilfarro de género y género despilfarrador

Excelentes las pistas que nos da el amigo Lopera en un comentario de ayer mismo. Merece primera plana. Vean primero esta noticia sobre la manera en que algunas tías se gastan los dineros de todos con la misma alegría con la que en tiempos del machismo duro (y lamentabilísimo) las marquesonas se pulían las rentas de sus maridos: pinche aquí, pinche.
En mi pueblo, que en tiempos parecía un bosque de falócratas y todo eso de cuya descripción ahora se puede vivir de puto padre y sin dar palo al agua, habríamos dicho que semejantes proyectos ni son investigaciones ni son nada, son mariconadas. Ahora no se puede expresar de tal manera, pues se nos pueden caer encima los del otro lobby y jodernos vivos. Conste, pues, que yo aquí empleo dicho término descargándolo de toda connotación genérica y considerándolo sinónimo de este otro: machada. O sea, maneras de denominar a las idioteces que, además, dan de comer a las avispa(da)s y los avisp(ad)os.
¿Para cuándo un estudio de género del lenguaje de los locutores de fútbol, que al elemento principal en todo partido lo llaman "esférico" en lugar de "pelota"? Fíjense qué proyecto superguay y de mucha pasta puede salir aquí. Cábría que lo financiaran en paridad el Instituto de la Mujer y la Secretaría de Estado de Deportes, si bien lo ideal sería que para la ocasión se creara un Centro Superior de Pelotas. Tampoco sobraría un Observatorio de Género de las Pelotas (OGEPELO), que creo que aún no hay.
El proyecto pártiría de una observación que, en una primera etapa, se debería contrastar y medir adecuadamente: los locutores futbolísticos casi siempre llaman esférico o balón a lo que podrían igualmente, y quizán con más propiedad, denominar pelota. ¿Por qué optan por el género masculino? Pues porque tratándose del objeto esencial de tan exigente deporte, se trata de poner de relieve que tal centralidad ha de ocuparla lo masculino. La perspectiva masculina de los locutores les contamina su visión de las pelotas, y por eso las llaman esféricos. Ahora bien, una vez confirmada la hipótesis anterior, cabría un nuevo e interesante capítulo sobre por qué llaman esos sujetos pelotas a las pelotas en las contadas ocasiones en que las denominan así. Y aquí las cosas son aún más claras: les ponen dicho género para incitar, seguro que de modo inconsciente, pero no menos lamentable, a la violencia de género. Reparemos en que casi siempre que usan el femenino, pelota, es para referirse a que algún jugador le va a dar una patada. Dicen, "el árbitro pita (ojo al verbo pitar también, y al correspondiente sustantivo) el final del partido y toma en sus manos el balón", pero antes han repetido varias veces fórmulas como ésta: "el delantero golpea con precisión la pelota y la mete en el fondo de la red" (¿y qué me dicen del concepto de red en la que se meten las pelotas?); o como esta otra: "el portero patea la pelota y la manda hasta el área rival".
En fin, que queda mucho por hacer.
Mientras tanto, no perdamos de vista la otra noticia que nos recuerda Lopera: el Ministerio de Ciencia e Innovación suprime el programa "Consolider", con el que se financiaban proyectos de investigación científica serios y muy costosos.
País de coña/o.

28 noviembre, 2008

Más despilfarro. Sobre políticas universitarias y aquelarres de evaluación

Se van acumulando las experiencias. Mencionaré la última, de hace unas semanas. Viajo como evaluador de una agencia autonómica de evaluación y calidad universitaria. Vaya por delante que la compañía fue sumamente agradable, los colegas encantadores y bien dispuestos, los funcionarios del lugar sumamente amables, en medio del desconcierto general y habitual. Pero lo cortés no quita lo valiente y no hablamos de personas, sino de políticas y gastos. No pretendo ni criticar ni molestar a nadie en particular, sólo referirme a si tienen sentido o no ciertas políticas, supuestamente encaminadas a mejorar la calidad de las universidades y de su personal docente e investigador. En otras palabras, que son los políticos y sus asesores que se ocupan de universidades e investigación los que van necesitando unas buenas collejas, tanto los autonómicos como los del Estado central. El profesorado en general está a verlas venir y, si se tercia, a poner la mano. Su responsabilidad es, en su caso, por omisión y por silencio venal.
En la referida oportunidad somos unas veinte personas en una ciudad, todos forasteros, de los puntos más diversos del país. Se nos pagan dos o tres noches en un magnífico hotel, las comidas y el desplazamiento en el medio que cada uno elija, además de una remuneración notable por nuestra labor. Hago cuentas por encima y las cifras empiezan a marearme. Como mínimo treinta mil euros para la ocasión.
La Agencia tiene un amplio local que también costará lo suyo. Más sus cargos directivos. También conté esa vez seis funcionarios de la Agencia dedicados a esta concreta labor que nos convocaba. Esos son sueldos que también habría que sumar.
Debe de haber diecisiete agencias de éstas, una por comunidad autónoma. Naturalmente, también están las del Estado: ANECA, ANEP, etc., con sus correspondientes subcomisiones, comités etc. Algunos de los presentes llegaban de Madrid a la carrera, de evaluar en esas otras sedes. Esto puede convertirse en una profesión autónoma. Te verás con tus compañeros de facultad en algún aeropuerto, tal vez en la T-4.
- ¿Tú de dónde vienes?
- De evaluar en Cáceres, ¿y tú?
- Voy a evaluar a Valencia.
- Ah, allí estuve yo la semana pasada. ¿Vas a lo de proyectos?
- No a lo de acreditaciones.
- Bueno, pues buen viaje y feliz navidad, por si no nos vemos antes.
- Igualmente.
A todo esto, es el 15 de octubre, pero en efecto, cabe que no vuelvan a coincidir en lugar que no sea aeropuerto o comisión. No critico a las personas, repito, cada cual se busca la vida como puede. Y a nadie le amarga un dulce en euros. Ay, cómo nos compran. ¡Para hoy!, ¡para hoy! ¡Llevo el gordo para hoy!
A colegas más avezados les oigo explicar que solamente en la ANECA se reúnen diariamente varias comisiones, varias decenas de “expertos” al día. No puedo ni imaginar esos costes. Todos los presentes en tales ocasiones suelen comentar durante el café que es un despilfarro y un caos todo eso. Pero es lo que hay.
Me pregunto cuándo investigarán los investigadores. Los unos se quedan sin tiempo para producir, pues han de pasarse muchos días al año valorando -al peso- la producción ajena; y no sólo la producción científica o el trabajo docente, también -y sobre todo- otras cosas bien pintorescas. Los otros consumen sus días en juntar todo tipo de papeles y certificaciones para ser evaluados. Evaluadores y evaluados perdidos en un maremágnum burocrático que se retroalimenta y se muerde la cola o lo que sea.
En mi experiencia, los baremos suelen ser inverosímiles. Aspirantes a todo tipo de contratos o proyectos caen como moscas porque en su currículum no consta que hayan recibido cursos de formación docente -otro negocio, el de los pedagogos listillos- o porque no se desprende de sus méritos que sean en sus clases usuarios compulsivos de las llamadas nuevas tecnologías.
Por lo general y en la mayor parte de los lugares, todo va a tanto alzado. Una monografía, tantos puntos; un artículo, tantos puntos. Sorpresa: cada artículo se valora más que un libro entero. Los de Derecho y Humanidades solemos protestar y decir que no puede ser. Se nos responde que el baremo y su correspondiente programa informático lo elaboró una comisión interdisciplinar y muy docta y que un año de éstos tocará revisarlos. Se ve que también hay comisiones para eso, con sus reuniones, sus viajes y sus dietas.
En lo que atañe a la valoración de los trabajos científicos de los aspirantes a lo que sea, el evaluador anda a dos velas. Puede tocarte juzgar a alguien de tu disciplina, pero también de muchas otras. Algún novato se va a las cajas de documentación para echar una mirada a los trabajos y se encuentra lo que ya es común: sólo figura copia de la primera página y de la última. Ya sabemos que incluso es así en la Comisión que dirime para las acreditaciones de aspirantes a titularidades y cátedras. Si usted es uno de esos que se postulan y su materia es el Derecho Financiero, le puede calificar alguien de Ciencias de la Información o de Historia Medieval. Esa Comisión pide el dictamen de dos expertos, pero muchas veces tampoco pertenecen al área de conocimiento del candidato, ni siquiera de su titulación. Por supuesto, tales “expertos” que dictaminan tampoco tienen acceso a los escritos científicos de la persona que evalúan: primera y última página nada más. Ya conté aquí que sé de uno que solicitó ver esos escritos por entero y que fue despedido con cajas destempladas y gesto de usted de qué va, hombre, a ver si piensa que estamos aquí para ahogarnos en papeles. Es como si a uno que se examina para pescadero lo tuvieran que juzgar un cartero y un encofrador: de lo más justo y objetivo.
Hoy en día hacerse un currículum apto para superar tales pruebas es asunto de picardía, no de competencia y vocación. Si usted ha escrito dos libros que marcan una época en su materia, pero no ha realizado estancias en el extranjero, no ha participado en proyectos de investigación, no ha dirigido tesis doctorales, no ha presentado comunicaciones en congresos y, sobre todo, no se ha apuntado a cursitos sobre motivación del alumno semoviente o uso de blogs para la docencia pluscuamperfecta con retrocarga y braguero, usted está perdido y le van a dar con el expediente en las narices. Consecuencia obvia: no pierda su tiempo trabajando con dedicación constante a su investigación, no se pase el día delante de los libros y no acabe escribiendo un tomo de quinientas páginas que sea lo mejor de la doctrina mundial sobre su asunto. No, gástese sus buenos meses en el extranjero con cargo a alguna bequilla, hoy en París, mañana en Boston, pasado en Liverpool. Lo que haya hecho allá no debe preocuparle: cuenta a tanto la estancia. No se pierda congreso de lo suyo y coloque en todas partes la misma comunicacioncilla, cambiando levemente el título cada vez: nadie se la va a leer. Ruegue a todo zurrigurri que esté en condiciones de aspirar a proyectos de investigación que le meta en ellos. No se preocupe, no tiene que hacer nada, sólo estar ahí, en la lista de investigadores del proyecto: cuenta a tanto cada uno. Dígale al catedrático/a de su localidad que le deje figurar como director de alguna tesis doctoral, por el amor de Dios. Se lo puede compensar con unas cenas o con un revolconcillo -es una cuestión de género- si usted está todavía en edad de merecer. ¿Tiene que ser buena esa tesis a la que usted le pudo la firma en el apartado de director? No, no hace falta: computa a tanto la tesis dirigida. ¿Que usted no ha tenido cargos de gestión en su universidad? Pero, hombre/mujer de Dios, cómo se le ocurre ir por la vida de investigador a palo seco, se lo van a merendar por insolidario y rata de biblioteca o ratón de laboratorio. Agénciese al menos una secretaría de departamento o un vicedecanato. ¿Y qué tiene que hacer en concreto en el cargo que sea? Nada, o poner las copas, o pasearle el perro al jefe, lo que sea. Lo importante es que cada año de cargo se valora como tal y puntúa un huevo. ¿Y las clases? Ruegue que le dejen dar muchas y, a ser posible, variadas: en las evaluaciones de las que dependerá su cocido se las van a pagar muy bien. Procure igualmente que la evaluación de su docencia por los estudiantes sea de lo más positiva, que eso también se mira. Así que ya sabe, nada de suspender a la gente, que luego le ponen un cero y la agencia correspondiente se lo carga a usted por cómplice del fracaso escolar.
Corruptelas universitarias ha habido siempre y eso no tiene arreglo. Bueno, lo tendría con el escarmiento de unos fusilamientos al amanecer ante las tapias del rectorado, pero no parece viable que se vaya a poner en práctica esa única solución: ya todos somos pacifistas, tolerantes, multiculturales y de culillo juguetón. Cualquier tiempo pasado también fue malo. La única diferencia es que el tiempo presente es más absurdo y con perdonal más flojo y que se despatarra más barato.
Antes, hasta no hace mucho, al menos a la gente de cada área la juzgaban otros de la misma área. Y muchos se conocían, se sabía lo que cada cual había escrito y se podía discernir quién trabajaba seriamente, quién valía para el oficio y quién simplemente rebuznaba o le sobaba el lomo a su cátedro. Otra cosa es que cada tribunal quisiera juzgar unas competencias u otras, la calidad del trabajo serio o las habilidades inconfesables. Ahora hemos ganado muchísimo en objetividad. Por un lado, porque toca calificar a aspirantes que no son de tu campo y cuyas obras no podrías, aunque quisieras, entender cabalmente y con un mínimo rigor. Naturalmente, por eso se hurta el conocimiento de esas obras, para que no se pierda el tiempo leyendo lo que no se comprende. Por otro lado, ni entre los que se dedican a una misma materia se sabe ya apenas lo que hace cada cual, pues no queda tiempo para leer -porque nos pasamos el día evaluándonos los unos a los otros en un aquelarre de baremos y aplicaciones informáticas- y porque tampoco merece la pena leer, ya que los conocimientos propiamente dichos no se tienen en cuenta para nada, pues está prohibidísimo evaluarlos. Por eso se ha desterrado toda prueba presencial en todo tipo de concursos y convocatorias, no sea que al aspirante se le vaya a hacer una pregunta que no sepa responder y fíjate qué trauma para él y para su maestro, que en ese momento estaba pasándole la mano por la rabadilla a alguno del tribunal. Ciertamente, también es verdad que había que ver las preguntas que hacían algunos, retratándose sin pudor como perfectísimos ceporros. Eran precursores, ciertamente. Una para colegas míos: me acuerdo de aquélla (lo siento era tía, pero eso es meramente casual) que en una de Derecho la preguntó a un aspirante que por qué citaba a Alexy en la bibliografía sobre derechos fundamentales, que ella no veía la relación. Burrita y feliz. O burrito y feliz. Así se llevan ahora. Chof, chof.
En fin, es lo que hay. Urge prejubilarse.
PD.- Sería interesante un debate sobre la catadura moral de los que nos prestamos alguna vez al juego pese a nuestra proclamada condición de renegados. A lo mejor un servidor no saldría muy bien parado. Es probable; no sería injusto. Sírvame sólo un mínimo atenuante: alguien tiene que contar desde dentro lo que está pasando. Pero no sé, no sé. ¿Debería además donar la pasta a alguna ONG, a Evaluadores Sin Fronteras, por ejemplo?

26 noviembre, 2008

Escenas putinescas y reales.

Dan ganas de ponerse a escribir una novela con muchos espías, sexo, sangre -de oso- y tontos del culo en cargos altísimos. Lástima que uno no haya nacido para novelista a lo John le Carré.
Lo que cuenta hoy Público es como para pasarse el día haciéndose preguntas. Dicen que el día 20 -de noviembre- el Rey llamó seis veces a Zapatero para comerle el coco a favor de la operación de Lukoil con Repsol y que por eso seguramente Zapatero cambió de idea y ahora dice que muy bien y que vengan los rusos con amor y pasta.
Vamos a ver, vamos a ver. ¿Será mentira eso que dice Público? Si es falso, esto es el acabose, pues se trata del periódico del régimen, ahora que El País anda de morros porque no le salen las cuentas ni se gasta el Presi con ellos tanto cuento. Así que pongamos que es verdadero, un suponer. Pues entonces la primera pregunta es quién le ha filtrado a los chicos agraciados de Público semejante información. Usted me llama a mí por teléfono para interesarse por mi dolor de juanetes y al día siguiente figura nuestra conversación en un periódico. Oiga, pues o se fue de la lengua usted o me fui yo. ¿Tertium non datur? Hombre, también puede ocurrir que el CNI tenga pinchados nuestros teléfonos y que, de propina, vaya cantando por ahí nuestras íntimas confesiones. Probable en lo que a nosotros se refiere y dada nuestra condición de bebedores, fumadores y desenfrenados especuladores sobre delicias sexuales ignotas, pero en el caso que nos ocupa resulta que se trata del Rey y el Presidente del Gobierno. Así que parece más creíble que haya largado generosamente alguno esos dos eximios intelectuales. Hagan apuestas. Yo voto por Zapatero, más que nada porque necesita alguna disculpa para su cambio diario de opinión en materia económica -ahora es más liberal que Rajoy y le echa en cara al gallego su escaso amor al mercado, manda narices- y porque habrá que ir pensando en quién puede ser el primer Presidente de la Tercera República. ¿Seré yo, Sonsoles?
¿O es que Zapatero se fía más del juicio económico real que del de sus tropecientos asesores del ramo? Caramba, pues que ponga a Juan Carlos de Borbón en el puesto de Solbes. Se le entendería igual y tendría aún mejor rollo con la banca.
Y parece que fueron seis llamada en un día, seis. Qué manera de dar la varita, realmente.
También nos informan de que antes Putin había telefoneado al Rey para ir preparando el desembarco de la flota petrolera rusa. Vamos a ver, ¿pero no quedamos en que, Constitución en mano, el Rey reina pero no gobierna? ¿Tan despistado anda ese Putin, pese a su experiencia pasada en el KGB? ¿O es al contrario? Enigmas.
Nos enteramos de que don Juan Carlos se va cada dos por tres a Rusia de visita privada ¿A quién diantre visita? ¿O se dedica a ver museos? ¿Estaría allí cuando nació su última nieta? ¿Y qué hace por aquellos pagos bajo un frío que pela? Aquí es donde la apasionante novela se escribiría casi sola. Putin le invita y le presenta a muchas amigas. Luego, con las viejas cámaras de cuando se espiaba comme il faut lo graba todo. Por conservar unos recuerdos y tal y para repasar en casa esas agradables conversaciones con varias lenguas de por medio. Y ahí lo tiene realmente pillado, pues ya se sabe lo emotivos y lo naturales que son los borbones y que por un amigo hacen lo que sea desinteresadamente. Putin llama al Rey y le pregunta si se acuerda de cuando aquello y que vaya risa y cómo lo pasaron y que él todos los días repasa antes de acostarse esas escenas, pese a que a su mujer ya le cansa un poco ese rollo y prefiere una peli de las de verdad y con mejores enfoques. El Rey, emocionado, se comunica con Zapatero y le dice tío, échame un cable que mira que a la Sofi le había dicho que estaba en Vaqueira mercándome unos esquíes. Y Zapatero piensa que, ostras, tengo que hacerme más amigo de Putin para que me pase una copia de las cintas y porque hay que salvar España y todavía no está la gente preparada para que reine el nieto del capitán Lozano, que todo lleva su tiempo y el personal es muy cabezón y no ve las cosas, salvo que se las pongan en forma de película y en horario infantil. Así que Zapatero le responde al Rey que vale y a Sebastián, don Miguel, que te calles, el Rey llama a Putin y le transmite que eso está hecho, Putin le dice pues a ver cuándo vuelves por aquí, que tengo novedades que te gustarán y que amigos para siempre traralaralará. Y todos fueron felices y comieron oso.
Porque Público va y en la misma página nos recuerda lo del famoso oso Mitrofan, que, según cuentas las crónicas, se puso de vodka hasta el culo de plantígrado y luego murió de sobredosis y tuvo nuestro Rey que rematarlo caritativamente por si no se había muerto del todo y empezaba a largar en sueños. Por cierto, esto hay que meterlo también en la novela porque es muy humano el oso ése.
Por si no tuviéramos trama bastante, se nos recuerda en ese diario que el Rey tiene una relación estupenda con la Caixa, pues la ejemplar institución bancaria catalana patrocina el Bribón, que como todo el mundo sabe, es el yate en el que el Rey se hace unas millas marítimas cuando no esta en Rusia cenando con Putin. La cantidad de amigos que tiene este hombre, qué bien. Supongo que se los irá presentando todos a Zapatero, aunque, bien pensado, creo que a los mandamases de la Caixa Zapatero ya los conoce y hasta los ha tratado un poco.
Jo, qué interesante es la política internacional. Y la económica no digamos. Todo lleno de escenas putinescas.
Por cierto, si desaparezco un día de éstos no es que me haya quitado de en medio una comisión mixta CNI-KGB por dar en el clavo. Es que me he retirado a escribir ese bestseller que me hará rico y duque.

Soplagaitas, mantenidos y trepas que se forran en las CCAA

La Nueva España, periódico asturiano, publica hoy la siguiente noticia:
“El jefe de la sección de Nóminas de la Administración regional envió ayer por error un correo electrónico interno que acabó en las pantallas de multitud de usuarios. Se supone que el mensaje iba dirigido a un único receptor, pero, llegó a muchas más direcciones. En el correo se desvela una relación con los nombres, DNI, grupo, nivel, complementos y retribuciones de los trabajadores eventuales de los gabinetes de las consejerías. En total, suponen un coste bruto de casi 2,5 millones de euros al año. Son 63 personas que perciben sus salarios como jefes de gabinete o jefes de prensa en la mayor parte de los casos. Los sueldos van desde los 21.132,39 euros brutos anuales, el menor (sólo hay seis por debajo de 30.000 euros) a los 53.812,07 euros que perciben dos jefes de gabinete. La mitad se mueve entre los 40.000 y los 49.000 euros. Como referencia, un director general del Principado, el alto cargo con retribución más baja, cobra de media 57.594 euros. La información, a tenor del texto con el que fue remitida, tenía como finalidad conocer la relación de personal eventual del Principado en un contexto en el que son previsibles cambios por el pacto con IU, que va a ocupar con su personal de confianza las áreas de Medio Rural y Bienestar Social. Una vez descubierto el fallo, los trabajadores del Principado estuvieron toda la tarde sin correo electrónico. La lista circuló de mano en mano y fue redistribuida en fotocopias. Se convirtió en la comidilla de la jornada e hizo que algunos empleados se sintieran agraviados. Aparte de los 63 eventuales, los departamentos de prensa y el gabinete de cada Consejería cuentan con funcionarios asignados”.
¡Carajo!, todos ganan más que un catedrático bien adornado de trienios. Debe de ser gente preparadísima y la mar de currante. O con una retaguardia (o vanguardia, no seamos injustos con el género) lubricada y juguetona, vaya usted a saber.
El periódico ha sido considerablemente discreto, pero internet se ha puesto a echar humo y a escupir nombres y algunos datos más. Por ejemplo, recibo un correo electrónico en el que se cuenta que:
Nos encontramos con la hermanísima y la primísima de la Consejera de Administraciones Públicas, Ana Rosa Migoya, a las cuales enchufó en su Gabinete hace ya varios años. Entre ambas se embolsan al año la nada despreciable cantidad de 82.000 euros. Además, se pueden encontrar conocidos personajes del sindicato afín. En esto se han convertido las Comunidades autónomas y, más en concreto, las del PSOE, en unos chiringos caciquiles donde se se llenan los bolsillos para sí, para los familiares y para los amigos”.
Ciertamente, cabe sospechar que la sangría y el descaro no serán menores en las autonomías gobernadas por peperos.
¿No deberíamos los ciudadanos conocer al dedillo esos datos de todas las comunidades autónomas? ¿Desde cuándo el Derecho ha de garantizar el secreto y la impunidad de los tiralevitas y estómagos (etc.) agradecidos que se forran a nuestra costa?
También El Comercio, periódico gijonés, dio la noticia, aclarando que los juristas del Principado se apresuran a explicar que es ilegal difundir esos datos enviados por error.
¡Puaj!
¡Abajo las autonomías de Alí Babá! ¡Estado centralista y transparente ya!
Casualmente, Manuel Ramírez publica hoy en la Tercera de ABC un artículo titulado "El despilfarro autonómico". Un párrafo del mismo:
"En plena crisis y sin rechistar ante ello, lo que, a título de ejemplo únicamente citamos, Administración local, administración comarcal (¿con qué sentido?), administración provincial (todo se crea pero nada se suprime, naturalmente), administración autonómica (¡infinita en su alcance!) y administración hasta ahora llamada nacional. Diecisiete parlamentos con lo que ello supone: diputados con sueldos y dietas, presidencias con lo que quieran, Gobiernos Autonómicos con Presidencia, Vice-Presidencia, Consejeros, Vice-Consejeros, Directores Generales, Secretarios Generales Técnicos, Oficiales, instalaciones y, sobre todo, pléyade de «asesores y expertos» bien pagados por hacer o por no hacer. Defensores del pueblo de ámbito regional. Subdelegaciones aquí o allá. Increíble cantidad de Consejos Consultivos con licencias en sus profesiones y buenos sueldos (¿cómo es posible que con tantos consejos luego se hagan las cosas tan mal?). Coches oficiales y escoltas sin límites. Y así en una cita sin fin".
Muy cierto todo. Pero se le olvidó al profesor zaragozano un detallito referido a la administración de la investigación y las universidades. Mañana, si el tiempo me alcanza, contaré algún caso que he visto con estos ojos pecadores no hace mucho.
Vamos entendiendo por qué no alcanzan los dineros para aplicar la Ley de Dependencia. Hay demasiados "dependientes" en y de los chiringuitos.

25 noviembre, 2008

Ciencia y propaganda

El martes de la pasada semana los periódicos leoneses daban cuenta de que el Centro de Alzheimer de Salamanca “impulsará la investigación internacional contra la enfermedad”, y la Ministra Mercedes Cabrera afirmaba en el acto de inauguración que dicho Centro tiene “clara vocación internacional”. Estupendo, pero ¿podría ser de otro modo?
Estamos demasiado acostumbrados a la retórica huera, a las frases pretenciosas, a tópicos propios de un país lleno de complejos. Nos extasiamos con lo evidente cuando nos lo hacen pasar por sublime, admiramos como iniciativas excelsas lo que no son más que simplezas de cajón. ¿Alguien se imagina que en la presentación de un centro de investigación médica en Estados Unidos o en Alemania un ministro dijera solemnemente que la labor en el mismo va a estar abierta a la ciencia internacional?
La mejor manera de reparar en la hinchazón artificial de muchos discursos es preguntarse si cabría razonablemente proclamar lo contrario de eso que tan pomposamente se afirma. ¿Se podría defender que un centro de investigación médica sólo atenderá a la ciencia del terruño? En este mundo globalizado la ciencia se hace a base de conocimiento y diálogo sin fronteras. Por eso en la verdadera ciencia no pueden meter mano, mal que les pese, ni politicastros nacionalistas ni burdos pescadores de emociones baratas para las masas menos ilustradas. Ya lo intentaron, no hace tanto, ciertos pseudocientíficos nazis y soviéticos, y así les fue a sus países y a su falso saber hecho de patrañas. No hay más que recordar las pretensiones de cientificidad de la experimentación racial en aquella Alemania, los embustes que, bajo el stalinismo, un tal Lysenko quería hacer pasar por biología al servicio de la revolución proletaria o la pretensión de la señora de Ceaucescu para que se la alabase como suprema experta en la ciencia química. Majaderías.
Pero cuando el río suena por algo será. Tenemos el mal ejemplo de la universidad, cuyo supuesto fin, entre otros, es la investigación, pero que se ha visto sistemáticamente abocada a localismos y cacicazgos de todo pelaje. Una simple muestra, entre tantas: la Junta de Castilla y León financia grupos de investigadores de excelencia, pero con la condición de que los integrantes sean de por aquí. Si, por ejemplo, un investigador leonés logra formar un equipo con dos profesores de Castilla y León y cuatro premios Nobel, se queda sin subvención por escasez de aborígenes.
A lo mejor tenemos que felicitarnos sinceramente si resulta que en el mencionado Centro de investigación del Alzheimer no se va a preguntar dónde nacieron los expertos o en qué idioma escriben sus trabajos.

24 noviembre, 2008

Sindicatos y clases

Parece que en Madrid los sindicatos se movilizan para exigir que las universidades madrileñas tengan financiación suficiente. Bien está y no le quitemos mérito ni interés a su esfuerzo. Mejor que alguien diga y haga algo, aunque sea el último convidado. El enigma no está en por qué reaccionan así los sindicatos, sino en por qué los demás achantan y, como máximo, ponen carillas de estupefacción y de tremenda consternación. Y no sólo en ese tema de la financiación, conste.
Los rectores, obviamente, no pueden indisponerse con los que manejan el grifo de los dineros. En estos tiempos de tanto cacareo de la autonomía universitaria, la consejería de turno deja de poner perras y el rector no dura dos asaltos: se lo comen sus propias huestes al grito de queremos nuestra nómina enterita y ya, con sus complementos autonómicos y todo.
En cuanto al profesorado en general, ¿dónde está el profesorado? No existe como eso que llaman los cursis un “colectivo”. Un uno por ciento aproximadamente militará en esos sindicatos que ahora se revuelven. El resto vive ocupado en sus cositas: que si organizo este curso de extensión y me saco seiscientos euros, que si pido un proyecto de investigación o una ayuda para lo de la estancia en Nueva York o París, que si me lleva mucho tiempo el cargo, que si evalúo a los evaluadores de mis evaluadores, que si preparo los papeles para el tramo... De profesión, sus labores. El profesorado puede organizar en casa una batalla campal para que Fulano no sea director de departamento o para que Mengano no esté en no sé qué tribunal que cobra dietas, pero desde fuera pueden bombardear las facultades sin que se inmute.
La gran mayoría de estudiantes no saben/no contestan. Deben de estar estudiando. La pila de libros que manejan seguro que no les deja ver el bosque de maniobras y manejos que los poderes públicos y privados se traen con la universidad. En cuanto al PAS, andarán peleándose por una centésima de nivel o una libre designación.
Así que sólo quedan los sindicatos, que hasta ahora nunca han destacado por exigir gran rigor y calidad en el desempeño profesoral, pero que, al menos, reaccionan cuando hay riesgo de que todo el montaje se vaya al garete o a manos privadas. Poco les queda de aquello del sindicalismo de clase que se decía antaño, pero a lo mejor ahora se reciclan y se convierten en sindicatos de las buenas clases universitarias.

23 noviembre, 2008

El paraíso. Por Francisco Sosa Wagner

El paraíso se manifiesta en las diversas religiones de forma diferente, así para los cristianos es un lugar de felicidad eterna, de paz sin sobresaltos, de gozos moderados pero duraderos. Un lugar donde se puede hablar con Dios, lógicamente no de tú, pero sí con la familiaridad que es propia entre bienaventurados que están ya al cabo de la calle.
Otros creyentes conciben el paraíso como un lugar donde hay siempre caza dispuesta al sacrificio y a dar satisfacción a los humanos en forma de hermosos venados o frágiles perdices. Y los nórdicos, que son muy aficionados a la pendencia sangrienta, lo llaman Valhalla, el destino de los guerreros que mueren heroicamente en combate, un espacio de ensueño y quimeras donde son recibidos por las valquirias a las que es lícito administrar todo tipo de sobaduras, achuchones y zalamerías. Como esta actividad acaba desgastando sobremanera incluso a los valientes soldados, se retoman fuerzas con grandes banquetes en los que se come jabalí y se bebe hidromiel, siendo esto último lo que menos me gusta de este paraíso porque el jabalí con lo que entra bien es con un tinto de diversos retrogustos y aromas en paladar de frutas silvestres.
Hoy día las religiones tradicionales están muy desprestigiadas pues han sido sustituidas por la religión de las grandes superficies, las camisas de marca y los coches automáticos que ahora, por cierto, no se compran como antaño sino que se tienen en arrendamiento financiero, una modalidad de contrato que en español se llama “leasing”. Así que, si antes íbamos a misa los domingos, hoy vamos a Hipercor o a Carrefour para que nos sean administrados allí los sacramentos de la salvación.
Se comprenderá que, ante cambios tan fundamentales, ha sido necesario desterrar -nunca mejor dicho- el paraíso tradicional, el de los sermones de los curas y sus rosadas imágenes, por uno nuevo, más acorde con los tiempos y con las ensoñaciones de la época. Es así como nace el “paraíso fiscal”. Hasta ahora a nadie, que no fuera un orate, se le hubiera ocurrido unir esas dos palabras. Porque “fiscal” alude a fisco, a Hacienda, a impuesto, a tropelía administrativa y, peor aún, a un funcionario de cejas torvas, enfundado en negros ropajes y determinado a enviarnos al trullo a poco que bajemos la guardia.
Pero en estos tiempos sí es posible maridar ambos términos al encontrárseles un sentido nuevo e inesperado. El paraíso fiscal es aquel lugar donde no se paga al Fisco, donde quien allí mora no se ve en la penosa obligación de detraer nada de su peculio y entregárselo a ese ser odioso y voraz que es el Estado como antes se pagaba el diezmo a la santa madre Iglesia. Si suprimimos el diezmo aprovechando la revolución liberal ¿por qué no suprimir también el impuesto y la contribución ahora que estamos en la revolución postmoderna y laica? Esta sencilla reflexión es la que ha llevado a crear los paraísos fiscales y a dividir el mundo entre los lugares donde se paga y aquellos libres de tal ominosa servidumbre.
Se consigue así un más ajustado equilibrio y, como hay zonas en la Tierra que son montañosas y otras llanas, o lugares lluviosos y otros secos, así hay tierras donde se pagan impuestos y tierras donde el hombre vive descuidado, paseando sus desnudeces bancarias sin miedo a ser perturbado, marcando con cierta insolencia el paquete de su desparpajo económico.
El problema es ¿quién tiene derecho a entrar en esos espacios de privilegio? Porque las religiones tradicionales siempre han establecido criterios a la hora de seleccionar a quienes podían disfrutar a placer de la divinidad o de las huríes. Pero ahora ¿cuáles son los requisitos de las modernas Escrituras? Según los estudios que he realizado a lo largo de varios créditos europeos de acuerdo con el método boloñés, la conclusión a la que llego es que los elegidos son los que oran con mucha devoción a la imagen del activo tóxico, los que encienden velas y compran exvotos a los productos derivados, los que rezan a diario el rosario de los índices bursátiles, los que hacen subir el barril, los que hacen bajar la vergüenza, en fin, los que lanzan opas como ondas y los que lanzan a los obreros a la calle.
Es decir que al paraíso fiscal seguirán yendo -como a los antiguos paraísos- los de siempre.

22 noviembre, 2008

La memoria y los jueces

Uno de los hábitos estúpidos de nuestro tiempo es la juridificación inmediata de los problemas sociales de cualquier tipo, esa convicción de que cualquier injusticia, todo desajuste y el mal funcionamiento de lo que sea se arreglan dictando unas cuantas normas de Derecho y organizando unos cuantos juicios, a ser posible bien espectaculares y con los medios de comunicación repartiéndose los papeles de fiscal -sobre todo- y defensor paralelos. Ya no hay más tiempo que los plazos procesales, pasado, presente y futuro se funden en una pura representación en los estrados de los tribunales. Contra toda dolencia social, pleito y tente tieso; y frente a cualquier padecimiento de un individuo, alguien tendrá que pagar, previa sentencia, ya sea el médico que no lo curó a tiempo por no ser un genio de la medicina y la adivinación, ya sea el vecino que fumaba en tiempos a su lado, ya el ayuntamiento que no evitó que en su calle hubiera tantos ruidos. Antes se decía aquello de el muerto al hoyo y el vivo al bollo; ahora debería cambiarse por lo de el muerto al hoyo y el vivo al juez que reparte bollos.
Un ejemplo de tantísimos es lo que viene sucediendo con la cuestión de la llamada memoria histórica. En verdad hay unos cuantas circunstancias muy lamentables y tristes. No parece fácilmente justificable que tantos familiares no hayan podido averiguar dónde yacen los restos de sus parientes asesinados en tiempos de la Guerra Civil y la posguerra o que, sabiendo dónde están, no hayan podido hacerles el pequeño homenaje de una sepultura digna y una ceremonia de amor y recuerdo.
Y luego está algo seguramente más delicado, pero que a un servidor le produce un peculiar morbo político-intelectual, si así se puede decir. Hay una parte de ese pasado que los historiadores no han desenterrado suficientemente, por razones tal vez comprensibles. Es la memoria de los que apretaban el gatillo, de los que formaban las bandas y pelotones que fusilaban contra las tapias de tantos cementerios. Se sabe quiénes lo hicieron con Lorca, pero, ¿por qué no se ha averiguado en muchos casos más?
Muchas veces, al ver y escuchar a esos abuelos que estuvieron en la guerra, que desgranan sus recuerdos de las aventuras y los padecimientos de entonces, me he preguntado si, además de combatir propiamente, fueron de ésos que, obediencia “debida” de por medio, fusilaron a tantos en los fríos amaneceres de este país cainita. Y en más ocasiones aún, al ver y oír a esas familias orgullosas del orden franquista y tan pías y tan seguras de haber vivido siempre en la verdad y en la ley, he sospechado que muchos de sus viejos habrán sido delatores, chivatos o integrantes de esas bandas que por las casas buscaban a los escondidos y que, de paso, se llevaban el dinero o las joyas que encontraban en las habitaciones, como le ocurrió a mi propia abuela materna, que se volvió loca durante la Guerra Civil, después de la visita de una partida de falangistas.
Tengo también un tío paterno que desapareció al final de la guerra y del que mi padre llegó a averiguar que muy probablemente había sido fusilado muy cerca de nuestro pueblo. Sinceramente, aunque se descubriera que aún viven algunos de aquellos que fusilaron a mi tio o que dieron la orden correspondiente, o de los que visitaron a mi abuela para robar y quién sabe qué más, no tendría ningún interés en que un juez hoy los condenara, con penas y argumentos de valor meramente simbólico. ¿Hace falta que un juez diga que una dictadura es una mierda para que quedemos convencidos de que una dictadura es una mierda? ¿Hace falta que un juez condene por homicidio o asesinato para que sepamos que son reprobables el homicidio y el asesinato? ¿En verdad nuestro juicio moral necesita traducirse en categorías jurídicas sin más efectos presentes que su resonancia semántica? ¿Me consuela tanto que un juez proclame que los que mataron a mi tío o robaron y quién sabe qué mas a mi abuela eran cómplices de un genocidio y no meramente asesinos y ladrones fanáticos de mierda?
Pero sí me gustaría saber, enterarme de quiénes fueron en concreto los que aquel día dispararon o aquel otro violaron a una madre indefensa. Me gustaría que alguien diera con sus nombres y, si alguno vive, les preguntase, y que ellos pudieran hablar, sincerarse ya sin temor, bien sea para acallar su conciencia, si es que algo de tal conservan, bien para que las generaciones posteriores podamos y puedan comprender qué ocurrió y qué ocurre siempre en coyunturas de guerra civil y enfrentamiento entre bandos poseídos por la furia fratricida.
Creo que para muchos, entre los que me cuento, a estas alturas el afán de saber es mucho más fuerte que la necesidad de juzgar. En cierto sentido, ya juzgaron la historia, precisamente, y la sociedad toda. Y en lo que a dichos juicios se haya escapado, llegamos muy tarde. ¿O acaso necesita el franquismo una sentencia condenatoria para que quede patente su oprobio y su falta de legitimidad? ¿Tanto creemos en el poder mágico, taumatúrgico, del Derecho y de los jueces? ¿A estas alturas vamos a sustituir la ciencia social y la historia por druidas con toga?
La juridificación y la judicialización penal del tema seguramente cierran la última puerta para conocer algunas verdades que todavía nos inquietan a los que primamos la reflexión sobre la retaliación, una vez que ha pasado tanto tiempo, setenta años. Esas verdades que podrían contarnos los protagonistas y los testigos, no sólo por el lado de las víctimas, sino especialmente por el lado de los verdugos y sus secuaces. Porque, al igual que, en escala mayor, los historiadores se siguen preguntando qué llevó durante el nazismo a tantos alemanes, que eran probos ciudadanos y gentes del montón, a convertirse en especialistas en el tiro en la nuca y en las más diversas técnicas de exterminio, también de muchos de nuestros abuelos o bisabuelos deberíamos saber qué sentían cuando disparaban su fusil contra personas que tenían las manos atadas, por qué obedecían, si podían dormir después y cuánto tiempo fueron perseguidos por el recuerdo de esos momentos. Y, si alguna posibilidad queda de que alguien de entonces nos hable de todo esto, no será precisamente ante un tribunal de justicia y bajo los flashes de los periodistas y los focos de los reporteros.
El Derecho es lo que es y sirve para lo que sirve. Pero no vale para otras cosas. La técnica jurídica ni puede sustituir la reflexión moral ni puede reemplazar el juicio de la historia. Pero lo que entre nosotros está pasando, y no sólo en este tema de la llamada memoria histórica, es que el debate supuestamente jurídico ocluye otras discusiones que sí caben aún y que sí tienen un sentido para nuestras vidas y las de las generaciones que vienen. De la Guerra Civil deben hablar los historiadores, en los crímenes de entonces, sean del bando que sean, tienen materia para su reflexión los tratadistas de ética y de filosofía política. Del conocimiento documentado de los horrores debemos aprender todos los ciudadanos. Y a los muertos, todos, hay que enterrarlos dignamente, lavar su nombre, respetar su recuerdo. Sin que ningún juez les hurte el protagonismo ni utilice como moneda de cambio su memoria. Que se hable de los muertos, que se les rece, que se les llore. Pero que no vuelvan a quedar enterrados, ahora bajo un alud de leguleyos ociosos, de políticos demagogos y de jueces narcisistas.

20 noviembre, 2008

El nuevo feminismo. Por Joaquín Leguina

Fue en el invierno de 1990 cuando, tras una amena comida, el escritor Juan Benet, mirando de soslayo a quienes lo acompañaban en torno a la mesa, sentenció con solemnidad: “Ahora que ha desaparecido el comunismo sólo sobreviven dos enemigos de la Humanidad: el feminismo y el ecologismo”.
Quienes allí estábamos escuchando al ingeniero, amante de los embalses y de los trasvases, pensamos que era una más de las boutades, políticamente incorrectas, en las que tanto le gustaba incurrir... Pero no han pasado ni siquiera veinte años y ha llegado la hora de tomarse en serio aquellas palabras de Benet. ¿Por qué?
Porque, desaparecidas las utopías totalitarias y totalizadoras que emponzoñaron el siglo XX y como si de un big-bang se tratara, hoy viajan por el espacio político y social restos aislados y autónomos de aquel naufragio, entre los cuales destacan, precisamente, el feminismo y el ecologismo. Una mixtura de creencias políticas y de normas morales cuyo perfume autoritario es perceptible aun para los olfatos más obstruidos.
El feminismo o el ecologismo occidentales tienen unas raíces históricas muy claras. El segundo señalando el riesgo –bien cierto- de arrasar con el planeta mediante un crecimiento económico depredador y el primero, el feminismo, ha denunciado con rigor y razón la subordinación y el sometimiento de las mujeres por parte de sus pares masculinos a lo largo de los siglos. Muy justas denuncias en pos de un planeta sostenible y de una convivencia entre varones y mujeres más justa. Pero ni el feminismo de hace un siglo (ni el de hace veinticinco años) ni el ecologismo de fechas pasadas eran lo mismo que son ahora. ¿Qué ha cambiado? Que antes denunciaban y exponían razones y ahora, incrustados en el Estado, mandan y ordenan. En efecto, si preguntáramos a los ciudadanos españoles quién ostenta la más alta representación del feminismo en España, la mayoría señalaría con el dedo a María Teresa Fernández de la Vega y sólo una minoría muy cualificada se acordaría, por ejemplo, de Celia Amorós. Si hiciéramos lo mismo respecto al ecologismo, la señalada por el dedo sería Cristina Narbona.
Me limitaré aquí a glosar un particular feminismo, aquél que ha impregnado al PSOE y, como consecuencia, al actual Gobierno. En él pueden distinguirse dos tendencias dominantes, diferenciadas pero complementarias: de un lado, la fundamentalista, cuyos principios ideológicos parten de un axioma según el cual los hombres constituyen un grupo opresor respecto a las mujeres. Para Marx, el capitalista, cualquiera que fuera su actitud personal con los obreros de su fábrica, era un explotador, pues bien, en una traslación abusiva, este nuevo feminismo considera que todo hombre es per se un opresor, sea cual sea su actitud personal respecto a mujeres concretas. La otra facción, más práctica, es la del lobby (nombre del que se ha dotado su más activa organización, el “Lobby europeo de mujeres”) y, como cualquier lobby, trabaja pro domo sua. Dado que sus componentes se dedican profesionalmente a la política, buscan –y encuentran- privilegios para ellas. De ahí, y sólo de ahí, nació el objetivo de la paridad. Pero comencemos por el fundamentalismo.
En el antiguo régimen, los delitos cometidos por el pueblo llano se castigaban con más severidad de la que eran castigados esos mismos delitos cuando eran cometidos por un miembro de la nobleza. Ningún demócrata defendería hoy semejante discriminación y condenaría esa práctica que conculca el principio de igualdad ante la ley: artículo 1 de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 26 agosto de 1789 (“La Ley debe ser igual para todos, tanto cuando proteja como cuando castigue”), principio éste recogido en el artículo 14 de nuestra Constitución.
Pues bien, más de dos siglos después de la Revolución Francesa y a treinta años de aprobarse la Constitución Española, el artículo 153.1 del Código Penal de una Democracia que dice ser avanzada –la española- prescribe penas distintas según que el delito (malos tratos) lo cometa un hombre o lo cometa una mujer.
Este cambio en el Código Penal es casi irrelevante cuantitativamente (prisión de seis meses a un año si el agresor es un varón y de tres meses a un año si la agresora es mujer), pero resulta trascendente en el campo de los principios jurídicos.
Cuando este cambio se planteó en las Cortes a propósito de la Ley Integral contra la Violencia de género (Ley Orgánica 1/2004), pregunté a muchos diputados (entre ellos al Ministro ponente, el de Trabajo) de dónde había salido tamaña desmesura con la que casi nadie estaba de acuerdo y de cuya redacción no se tenía ningún antecedente foráneo, tampoco la Ley sueca, muy comentada entonces. Tras aquellas consultas, me quedó claro que la fuente de donde manaba ese agua tan cristalina la constituía un pequeño y aguerrido grupo de feministas “de la opresión” que habían encandilado con sus rompedoras ideas al Presidente del Gobierno. La ausencia de debate interno respecto a las verdades reveladas por el jefe hizo el resto y la Ley se aprobó, incluyendo esa enmienda al Código Penal.
Esta innovación del Código Penal no fue recurrida por el PP ante el Tribunal Constitucional (TC), pero sí lo hizo una jueza de Murcia (Juzgado de lo Penal número 4). El contencioso acaba ahora de sustanciarse mediante una sentencia que, a mi juicio, echa sobre el TC la última paletada –por ahora- de desprestigio a causa de su impresentable politización.
En efecto, la sentencia del TC del 14-V-2008 -de la que fue ponente Pascual Sala- desestima el recurso, entre otras razones, porque el “autor (del delito) inserta su conducta en una pauta cultural generadora de gravísimos daños a sus víctimas y porque dota así a su acción de una violencia mucho mayor que la que su acto objetivamente expresa”. Como se ve, la sentencia consagra la existencia de “una pauta cultural” que atañe, exclusivamente, a los varones y que -lo quieran ellos o no- les supera como individuos. En otras palabras, los varones forman parte de un grupo opresor, que es lo que las fundamentalistas del nuevo feminismo querían demostrar.
Una vez más (y van... ) el TC quedó dividido en torno a esta sentencia entre “progresistas”, que votaron a favor de ella, y conservadores, y entre éstos los firmantes de los votos particulares. Y según esta ley del embudo, quienes nos negamos a admitir que los varones somos un grupo opresor nos tocará aguantar el mote de conservadores. Aparte, claro está, de ser quemados en plaza pública por ser unos machistas irredentos.
“La ideología dominante es la ideología de la clase dominante”, escribió Karl Marx hace ya mucho tiempo. Pues bien, las fundamentalistas del nuevo feminismo no se han roto la cabeza a la hora de traducir el axioma marxiano y, arrimando el ascua a su sardina, sostienen que la ideología dominante ha sido hasta hoy la del grupo opresor, es decir, la de los varones y esa ideología machista –según ellas- lo ha impregnado todo, desde el lenguaje a la sociología. Por eso es preciso reinventarse un lenguaje no sexista, pues sea, pero no mediante esa estupidez reiterativa (“los vascos y las vascas” del ínclito Ibarreche) con la que se pretende impedir pronunciar los plurales en género masculino. En pocos años esta necedad se ha extendido por púlpitos y micrófonos como una peste. Merece la pena detenerse en ello.
Es obvio que esta imposición constituye un ataque contra el buen uso de la lengua, al eliminar el principio de economía expresiva, añadiendo palabras al discurso sin aumentar un ápice su contenido conceptual. Pero hay más.
Los filólogos llaman género no marcado (en el caso del castellano, el masculino) al más abundante (entre otras cosas por ser el género en el que se hacen los plurales). Así, en la mayor parte de las lenguas indoeuropeas, desde el sánscrito al griego, ese género no marcado era el neutro, lo cual no quiere decir que los usuarios prefirieran el neutro (las cosas) a los géneros marcados: masculino (hombres) o femenino (mujeres).
Dentro de las –más bien escasas- lenguas que contraponen géneros (“masculino”/”femenino”) el que uno u otro sea el marcado no tiene relación alguna con los roles sociales de hombres y mujeres. Eso lo saben todos los especialistas en lingüística desde que Karl Brugmann publicó sus estudios en los años ochenta ¡del siglo XIX! Pero a las ideólogas del nuevo feminismo les importa un bledo la lingüística, lo que sí les importa es imponerse. Ya se lo dijo Humpty-Dumpty a Alicia: “Lo importante es quién tiene el poder. Eso es todo”.
La otra facción del feminismo, diz que socialista, la del lobby, no se ha quedado atrás en la apuesta y coló de rondón una disposición adicional en la Ley de Igualdad, mediante la cual se ha implantado en España la paridad en las listas electorales. También las del lobby han encontrado amparo en otra sentencia del TC, de parecido jaez a la aquí comentada.
Es bien sabido que las mujeres suelen prosperar profesionalmente mejor que los varones cuando la promoción social se adscribe a pruebas objetivas, como es el caso de las oposiciones en España. No es de extrañar, por tanto, que muchas mujeres que pelean –y con éxito- por hacerse presentes y visibles dentro de la sociedad civil en la que viven critiquen estos métodos de la paridad y rechacen su mensaje perverso que –eso sí- beneficia a las mujeres que se dedican profesionalmente a la política. Son éstas quienes, mediante la paridad, consiguen la mitad de los cargos políticos, pese a que el número de mujeres dentro de los partidos (fuente casi única de donde se nutren las listas y los cargos de designación) sea mucho más escaso que el de varones. Un privilegio, una discriminación (tan “positiva” para ellas como negativa para los varones) que encierra, además, como toda discriminación, un despilfarro de recursos humanos.
Según el nuevo feminismo que coloniza al PSOE, también el concepto de igualdad –que ha sido la basamenta del pensamiento de izquierdas durante casi dos siglos- estaba preñado de machismo, por eso ahora en el PSOE de ZP cuando se habla de igualdad no se hace mención a la igualdad de oportunidades o a la igualdad entre rentas o entre clases sociales, no. El único objetivo se ha reducido a la igualdad entre hombres y mujeres. ¿Por qué? Porque –siempre según estas “pensadoras”- la única desigualdad social relevante que existe es aquella que tiene sus raíces en el sexo. Perdón, en el género.
Es evidente que la desigualdad entre hombres y mujeres existe y es transversal, por lo tanto, todo lo que se haga para eliminarla bienvenido sea, pero es absolutamente falso que en ella resida la matriz de todas las demás desigualdades, ni siquiera que ella sea la más relevante, y no es necesario echar mano de ningún análisis de la varianza o factorial para demostrarlo. Los efectos prácticos de esta perversión ideológica sobre el discurso político son evidentes: se obvian las otras desigualdades, especialmente aquellas que hunden sus raíces en las clases sociales.
Pondré un ejemplo que puede resultar ilustrativo. Rodríguez Zapatero acaba de crear un nuevo Ministerio para la Igualdad, ése es el nombre. Pues bien, dicho Ministerio no pretende ocuparse de otras desigualdades que no sean las que se derivan del “género”. ¿Y quién se acuerda –me pregunto- de las desigualdades que acosan a la mayor parte de los asalariados? ¿Es que esa condición, la de asalariado, ha dejado de ser relevante para el socialismo gobernante? Pues parece que sí. Daré unas cifras sangrantes para ilustrar lo que estoy diciendo: mientras que la renta de los asalariados respecto al PIB va decreciendo (48,1% en el primer trimestre de 2004 y 46,3% en el tercer trimestre de 2007), a la hora de pagar el impuesto sobre la renta (IRPF) los asalariados, ellos solitos, pagan el 90% de todo lo que pagan a Hacienda los españoles por ese concepto.
¿Alguien ha oído hablar de este alarmante asunto a algún miembro del Gobierno actual? ¿En qué parte del programa electoral de Zapatero en 2008 (por cierto, nunca publicado) se hace referencia a este “pequeño” problema?
Desengañémonos, a menudo se habla de una cosa para impedir que se pueda hablar de otra. Es lo que llaman los politólogos “controlar la agenda”. Y en la agenda oficial del actual Gobierno socialista ha tiempo que no están las “viejas” desigualdades, sólo las “nuevas”. Y éstas están, pero -también ellas- en el limbo de la retórica, algo parecido a lo que ocurre con las emisiones españolas de CO2 hacia la atmósfera, que crecen al mismo ritmo con el que aumenta la prédica desde el Gobierno acerca de no se sabe qué lucha contra el cambio climático.
Muchas mujeres –ya lo he dicho- y también la mayor parte de los hombres no están en absoluto de acuerdo con estos manejos... Y si es así, ¿por qué casi nadie se atreve a decirlo? Porque se ha impuesto la ley del silencio que se deriva del miedo a ser tachado –no se sabe por qué- de machista. Un silencio producto de la censura que tanto les gusta ejercer a quienes administran los arcanos de lo “políticamente correcto”.
Cuando a una ideología –y el feminismo lo es en grado sumo- no se le opone barrera alguna, se dispara y disparata, y, como no tiene barreras, pues desbarra. Eso es lo que está ocurriendo y nos debiera preocupar a todos: a varones y a mujeres.

19 noviembre, 2008

Mamas

Una discoteca valenciana organiza una fiesta de “homenaje a la mujer” y con tal ocasión se sortea una operación de aumento de pecho. Me encantan los progresos de la igualdad femenina y esa denodada lucha contra la consideración de las féminas como objeto decorativo. Ante tan exquisita iniciativa, no sé si nuestra Ministra de Igualdad se pondrá de morros o esperará a que se rife en alguna parte un implante labial para damas enfurruñadas.
Aquí cuentas el chiste de la mujer que aparca fatal y se te viene encima el séptimo de caballería, sección amazonas. Pero si tienes un negocio bonito puedes insistir impunemente en que las señoras están mejor con las tetas gigantes y duras como pedernales, y no pasa nada. ¿En qué quedamos?
Es curiosísimo ver cómo están distribuidos entre los sexos los roles y la propaganda. A los varones nos bombardean con spam de estiramiento de pene y nos prometen discreción absoluta y efectos milagrosos, al tiempo que se nos insiste en que la operación de marras tiene como fin darle mayor gusto a la contraparte. En cambio, a las mujeres se les proponen las cirugías a pecho descubierto. Me parece que falta paridad en estas paridas.
Si usted es un señor que pugna por alargamientos inverosímiles, ha de llevarlo en secreto y ay de su fama si se entera la peña de que no está conforme con su dotación. En cambio, entre las mujeres es timbre de honor lucir protuberancias de diseño, quitarse o ponerse a discreción los atributos naturales y lucir mamas sintéticas o esculpirse la cintura a golpe de bisturí y aspirador. No hay más que ver lo que la misma discoteca levantina propone para una próxima fiesta de hombres: el sorteo de una depilación integral. ¿Por qué no unas bolas de billar en el escroto o un cipote africano?
Y luego resulta que los que estamos alienados somos los hombres. A esas mujeres que portan media tonelada de silicona hábilmente distribuida no puede un tipo echarles un piropazo ni, si me apuran, dejarlas pasar delante por las puertas, no sea que haya que empujar porque se atasquen por entrar de perfil para mejor lucimiento. Les miras con ojos libidinosos el implante que desafía la ley de la gravedad y eres un tarado falócrata y abusica. Te asomas a ese canal que ha quedado más profundo que el de Isabel II y la doctrina oficial del nuevo Vaticano con faldas te toma por un degenerado reprimido y procaz. Observas con ojos de agrimensor ese campo plano que comienza en las estribaciones del monte de Venus y que termina bajo el pliegue de la mama postiza y que es dejado al descubierto por la moda del pantalón bajo y la camiseta exigua, y pasas por primo carnal del violador del ascensor. Ergo, no se labran el body para nuestra mirada ni para incitar primitivas acometidas del viejo macho en decadencia. Perfecto, pero entonces, ¿para qué? Habrá que suponer que son tácticas sutiles para invitar a la conversación sosegada, al diálogo ciego al género, a la igualdad de papeles entre los sexos, a la conciliación de la vida laboral y familiar, y para acabar de una vez por todas con la consideración de las personas como objetos.
Vale, pues estupendo. Pero, en tal caso, ¿se puede o no se puede hacer chistes de macizas operadas? ¿Puede haber en la tele anuncios en que unos tipos que van de duros observan con ojos de cordero degollado a una silicona racional que pasa moviendo el esqueleto de aluminio? ¿Van a sortear en las discotecas biceps de titanio y penes de coltán para los caballeros?
¡Igualdad ya, carajo!