23 noviembre, 2008

El paraíso. Por Francisco Sosa Wagner

El paraíso se manifiesta en las diversas religiones de forma diferente, así para los cristianos es un lugar de felicidad eterna, de paz sin sobresaltos, de gozos moderados pero duraderos. Un lugar donde se puede hablar con Dios, lógicamente no de tú, pero sí con la familiaridad que es propia entre bienaventurados que están ya al cabo de la calle.
Otros creyentes conciben el paraíso como un lugar donde hay siempre caza dispuesta al sacrificio y a dar satisfacción a los humanos en forma de hermosos venados o frágiles perdices. Y los nórdicos, que son muy aficionados a la pendencia sangrienta, lo llaman Valhalla, el destino de los guerreros que mueren heroicamente en combate, un espacio de ensueño y quimeras donde son recibidos por las valquirias a las que es lícito administrar todo tipo de sobaduras, achuchones y zalamerías. Como esta actividad acaba desgastando sobremanera incluso a los valientes soldados, se retoman fuerzas con grandes banquetes en los que se come jabalí y se bebe hidromiel, siendo esto último lo que menos me gusta de este paraíso porque el jabalí con lo que entra bien es con un tinto de diversos retrogustos y aromas en paladar de frutas silvestres.
Hoy día las religiones tradicionales están muy desprestigiadas pues han sido sustituidas por la religión de las grandes superficies, las camisas de marca y los coches automáticos que ahora, por cierto, no se compran como antaño sino que se tienen en arrendamiento financiero, una modalidad de contrato que en español se llama “leasing”. Así que, si antes íbamos a misa los domingos, hoy vamos a Hipercor o a Carrefour para que nos sean administrados allí los sacramentos de la salvación.
Se comprenderá que, ante cambios tan fundamentales, ha sido necesario desterrar -nunca mejor dicho- el paraíso tradicional, el de los sermones de los curas y sus rosadas imágenes, por uno nuevo, más acorde con los tiempos y con las ensoñaciones de la época. Es así como nace el “paraíso fiscal”. Hasta ahora a nadie, que no fuera un orate, se le hubiera ocurrido unir esas dos palabras. Porque “fiscal” alude a fisco, a Hacienda, a impuesto, a tropelía administrativa y, peor aún, a un funcionario de cejas torvas, enfundado en negros ropajes y determinado a enviarnos al trullo a poco que bajemos la guardia.
Pero en estos tiempos sí es posible maridar ambos términos al encontrárseles un sentido nuevo e inesperado. El paraíso fiscal es aquel lugar donde no se paga al Fisco, donde quien allí mora no se ve en la penosa obligación de detraer nada de su peculio y entregárselo a ese ser odioso y voraz que es el Estado como antes se pagaba el diezmo a la santa madre Iglesia. Si suprimimos el diezmo aprovechando la revolución liberal ¿por qué no suprimir también el impuesto y la contribución ahora que estamos en la revolución postmoderna y laica? Esta sencilla reflexión es la que ha llevado a crear los paraísos fiscales y a dividir el mundo entre los lugares donde se paga y aquellos libres de tal ominosa servidumbre.
Se consigue así un más ajustado equilibrio y, como hay zonas en la Tierra que son montañosas y otras llanas, o lugares lluviosos y otros secos, así hay tierras donde se pagan impuestos y tierras donde el hombre vive descuidado, paseando sus desnudeces bancarias sin miedo a ser perturbado, marcando con cierta insolencia el paquete de su desparpajo económico.
El problema es ¿quién tiene derecho a entrar en esos espacios de privilegio? Porque las religiones tradicionales siempre han establecido criterios a la hora de seleccionar a quienes podían disfrutar a placer de la divinidad o de las huríes. Pero ahora ¿cuáles son los requisitos de las modernas Escrituras? Según los estudios que he realizado a lo largo de varios créditos europeos de acuerdo con el método boloñés, la conclusión a la que llego es que los elegidos son los que oran con mucha devoción a la imagen del activo tóxico, los que encienden velas y compran exvotos a los productos derivados, los que rezan a diario el rosario de los índices bursátiles, los que hacen subir el barril, los que hacen bajar la vergüenza, en fin, los que lanzan opas como ondas y los que lanzan a los obreros a la calle.
Es decir que al paraíso fiscal seguirán yendo -como a los antiguos paraísos- los de siempre.

1 comentario:

Javier Barragán dijo...

¡Excelente analogía!