23 octubre, 2009

Telefóllica

¿Será posible? Casi todos los días a la hora de la sobremesa me llaman a casa los pelmas de Telefónica. “¿Hablo con Fulano de Tal?” Un sí desabrido. “Encantada de saludarle. Mi nombre es Jennifer Alexandra y le llamo de Telefónica para informarle de una promoción que le va a interesar”. Leches en vinagre, otra vez se nos olvidó descolgar el teléfono. La niña de noche se duerme tardísimo y, en cambio, las siestas las respeta. Mi chica y yo..., no sé si me entienden. Esto ya es un trío, el trío que diariamente nos oferta Telefónica.
Ya no sé qué hacer con ellos. Con los de Telefónica, quiero decir. Me han ofrecido el famoso trío unas cuarenta veces, pero hasta hoy era pagando un plus por el puto Imagenio. Menos mal que nunca había aceptado. De canales ya voy bien servido. Pero hoy la oferta era distinta, pues no sólo daban gratis el Imaginio y sus tropecientos canales (supongo que cocina, dibujos animados y apasionantes partidos de béisbol), sino con un descuento en la factura mensual que ahora pago por teléfono y ADSL. Me lo explica durante unos quince minutos una operadora que cada tres segundos decía “¿vale?”. Pues vale. Creí que bastaba decir que sí. Pero no. Me pidió que le repitiera mi nombre, mi NIF y no sé si la talla de zapato. Le eché paciencia. Cuando creía que todo había concluido, me dice que me pasa con el departamento de verificación y que me van a preguntar todo lo que ya hemos hablado, pero que sólo debo responder “correcto” y “de acuerdo”. Suena una musiquita y me habla ahora un varón con acento andino. Vale. Otra vez el nombre, el NIF y lo del zapato. Y yo que de acuerdo, que sí y que vale. Me cuenta que hay que pagar la cantidad que me había anunciado su compañera más mantenimiento de línea, más dieciséis por ciento de IVA. De acuerdo. Siguiente pregunta: “¿Coinciden estos datos de factura con los que le había comunicado mi compañera?” Oiga, pues no, pero no importa, los acepto y en paz. Sorpresa: “Lo siento, señor, tenemos que reiniciar la grabación. Conteste solamente correcto o de acuerdo”. ¿Cómo dice? Suena un pitido y vuelve la misma voz: “¿Es usted el señor Fulano de Tal?” Yo: mecagoentó, no tengo más tiempo para grabaciones. “Señor, le paso con mi supervisor”. El supervisor: “¿Es usted Fulano de Tal?”, Sí, joder. “¿NIF tal?”. Que sí, coño. “Muchas gracias, le paso a mi compañero”. Y vuelve el andino: “Recomenzamos la grabación, señor. ¿Es usted Fulano de Tal?”. ¡No quiero más grabaciones!, grito. “Señor, hemos de grabar por su seguridad y la nuestra”. ¡No quiero más grabaciones! “¿Con qué está disconforme, señor?”. Con todo, no quiero ni imagenios ni gaitas, ¡déjenme en paz! “Le paso con mi supervisor, señor”. El supervisor: “Señor, tenemos que recomenzar la grabación, le paso con mi compañero”. Miro a mi alrededor pensando que tal vez no es real lo que me está pasando, quizá ando metido en una pesadilla con forma de bucle. Pero descubro que no es así porque en ese mismo instante Elsa, ya despierta, ha conseguido arrimar una silla a la cocina, subirse en ella, abrir un armario y destapar un tarro con sal que comienza a regar a su alrededor. “¿Es usted Fulano de Tal?”. Otra vez el andino. No puede ser. ¡Socorro! Voy a colgar, pero cuando me estoy quitando el teléfono de la oreja todavía escucho una voz desesperada que me dice “Tenemos que grabar, señor, para que no se pierda nuestra gran oferta”.
No me atrevo a hacer lo que me pide el cuerpo, que es arrancar el teléfono y destrozarlo con un martillo. Temo que de inmediato se presente en mi puerta un comercial de Telefónica y que me pregunte si soy el señor Fulano de Tal. Voy a llamar al Teléfono de la Esperanza, a ver si ahí me dan solución.
(Ilustraciones: Camilo Uribe)

22 octubre, 2009

De gran utilidad para padres y compadres

Sin que sirva de precedente, me voy a permitir hacer un anuncio en toda regla, para que se corra la voz y los padres y las madres hallen al fin consuelo, consejo y compasión: el próximo fin de semana comenzaremos en este blog una importantísima sección titulada El rincón del progenitor y la progenitora.
La finalidad última podemos confesarla, aunque nos caigan maldiciones de las iglesias y de los dirigentes de la Seguridad Social. Se trata de ayudar a esas parejas que se debaten en la duda de si tener hijos o no, o de si tener dos para evitar el síndrome de hijo único, o de si intentar que al fin salga la niña después de los cuatro varones seguidísimos que ya han conseguido a base de perseverancia y de acoplarse en las más variadas posiciones y los más inesperados momentos. Nos mueve un afán humanista y solidario que se puede resumir perfectamente en la siguiente consigna: ¡no lo hagan!
Luego que no se diga que nadie avisa.
El sábado comenzamos.

¿Somos corruptos?

(Publicado hoy en El Mundo de León)
Ya no hay día en los noticiarios sin una extensa sección de nuevos corruptos y pelotazos a tutiplén. Ayuntamientos, partidos, Administraciones en general, una hecatombe colectiva. Uno se pregunta si estamos cada día peor o si será que siempre hemos andado igual y ahora simplemente se nos ven más las vergüenzas porque nos hemos vuelto más descarados. También cabe pensar que el descrédito general de la política, el que los partidos y las candidaturas se llenen de trepas sin oficio a la búsqueda de fácil beneficio y el mal ejemplo constante de líderes y personajes públicos están llevando a la mayoría a la convicción de que esto es Jauja y a forrarse tocan.
Sea como sea, me parece que llueve sobre mojado y que el mayor problema está en que la nuestra es una sociedad de pillos que no acaba de asimilar que la ética pública no se sostiene más que sobre una ética personal bien estricta. No es que los políticos y empleados públicos estén hechos de una pasta peor, sino que puede que todo dependa de las oportunidades que a cada cual se le presenten para arrimar el ascua a su sardina. Así que quiero proponer un pequeño test para que el que quiera se examine en conciencia. Basta contestar en el fuero interno a las siguientes cuestiones con un sí o un no y luego sacar las conclusiones.
1. Si usted tuviera alguna influencia sobre los miembros de un tribunal de oposiciones, ¿hablaría con ellos para predisponerlos a favor de algún pariente o amigo suyo que concurra a las plazas en disputa?
2. Si usted integrara uno de esos tribunales, ¿atendería a los amigos que con ese fin lo llamaran e intentaría favorecer a sus protegidos?
3. Si de usted dependiera la concesión de un contrato administrativo, ¿buscaría la oferta más conveniente para el interés general o pensaría que si paga el erario público no importa que la empresa ganadora sea la mejor y más competente?
4. ¿Aceptaría usted regalos de quienes dependen de sus favores y trataría de apoyar a los que tengan con usted los detalles más amables o más caros?
5. ¿Le parece natural y justo que quien puede seleccionar para trabajos públicos prefiera a los de su partido, su sindicato, su grupo de amigos o su cama?
Ya me contarán los resultados.

Esto hay que verlo

No se pierdan por nada del mundo el reportaje que aparece en este enlace que Carmen nos remitió ayer. Es sobre la casta política española. Vaya tela. Lean, lean, y luego lloren o císquense en el sistema o en lo que haga falta. Ni con Franco, oiga, que ya es decir...
Me defeco en la ramera progenitora que los dio a luz, por decirlo finamente.

21 octubre, 2009

¿De quién son las calles?

En la calle Ancha, en León, tocaba día tras día, en invierno y en verano, un joven músico, ruso de origen, llamado Arty. Cuando yo pasaba por allí con la pequeña Elsa siempre nos parábamos un buen rato a verlo y escucharlo. Muchas veces eran pasodobles y todo tipo de aires populares. Elsa abría unos ojos como platos y podía pasarse diez o quince minutos sin apartar la vista de sus ágiles manos. Luego yo le daba una moneda y ella la echaba en el pequeño montoncito que se había ido formando. Él sonreía, sonreía siempre.
Ahora Arty ya no está. No es que haya decidido cambiar de aires, no, lo ha echado el Ayuntamiento. ¿Será que las calles son del Ayuntamiento? Quizá, pero en ese caso yo humildemente solicito que lo sustituya la concejala de Comercio y que toque ella lo que buenamente pueda. Tengo varias ideas al respecto. O que, puesto que hasta existe un concejal de Cultura Leonesa, sea éste el que subido sobre una peana declame en llionés hasta que se le hielen los cataplines. También se podría instalar una plataforma para que en ella se turnen los variados concejales haciendo la estatua y, a ser posible, ataviados con taparrabos y con las cuentas municipales, tan deficitarias, colgadas de las partes, con respeto al género, por supuesto. Los pacíficos ciudadanos podríamos echarles monedas para aliviar el déficit, proponerles nuevos suelos urbanizables a tanto de mordida o simplemente tirarles tomates o meterles por donde es más pecado el último recibo del IBI. Sería un modelo innovador de participación ciudadana y sin duda aumentaría el vínculo emocional entre el consistorio y los parroquianos.
Arty, el músico, ya no está, porque la Concejalía de Comercio le abrió un expediente por “ocupación de la vía pública” y ha tomado la sabia y muy humanitaria medida de conceder a los músicos callejeros permisos por sólo quince días. Ocupación de la vía pública dicen. Vías públicas de mírame y no me toques, patrimonio de ceporros y paniaguados que cobran de los ciudadanos al grito de la calle es mía y no me la toca nadie. Puñetera manía de prohibir, reprimir, reglamentar. ¿Acaso a mí o a algún otro conciudadano nos han preguntado alguna vez si nos gusta que se ocupen las vías públicas con chismes para anuncios, con esculturas ñoñas, con mesas y sillas? ¿Acaso alguien ha averiguado a cuántos nos gustan esos anuncios que ahora adornan las vías con la invitación a asistir a cursos de llionés? Y sí a mí me molestan los papones en Semana Santa o me fastidia el continuo cambio de adoquines con el plan E o el J, ¿dónde reclamo? ¿Estorbaría el acordeón de Arty si interpretara aires regionales o himnos leoneses, si es que hay tales?
Cuentan que fueron algunos hosteleros locales los que protestaron porque Arty les cansaba con su música. Concretamente, dicen, el dueño de una cafetería hortera que se llama Victoria. Oigan, antes esa calle se llamaba del Generalísimo y quién sabe si el nombre del cafetucho es homenaje a la Victoria aquella. Deberían aplicarle lo de la memoria histórica y obligar al negociete a cambiar de nombre y que se llame Café Patria Llionesa o alguna lindeza por el estilo. Ahí queda la idea. Yo, desde luego, ya he tomado mi última coca-cola con pincho en ese tugurio.
Andan algunos ciudadanos revueltos y un servidor, modestamente, se suma a su protesta. Digo más, propongo que creemos el Partido del Acordeón y que presentemos a Arty como candidato a alcalde en las próximas elecciones municipales. Sería el único que tocaría cosas agradables en vez de hacer lo que hacen todos esos mandangas con carguete, que sólo saben tocarnos los cojones. Con perdón, pero es lo que hay.

20 octubre, 2009

¿Está usted blindado? Por Francisco Sosa Wagner

Andamos todos blindados o en trance de ser blindados. En tiempos pasados de mayor comedimiento se reservaba la idea del blindaje a las cautelas tomadas para la protección de vehículos expuestos a los peligros del fuego enemigo o a la bomba de un terrorista. O se solía blindar el aparato genital femenino por medio del cinturón de castidad cuando el varón marchaba a las Cruzadas a rescatar el Santo Grial y temía que su empeño heroico acabara siendo utilizado por algún rijoso para degustar la fruta prohibida. Y se blindaron las cajas fuertes para que Jardiel pudiera escribir “los ladrones somos gente honrada”.
Se ha usado también el blindaje para definir aquellos contratos de directivos que deseaban refugiarse de las excentricidades del mercado.
Hoy, la novedad radica en que se blindan ideas abstractas.
Como otras desgracias de este país, todo empezó cuando se inventaron las competencias blindadas de algunas comunidades autónomas. Un político que no disponga de competencias blindadas es un político sin perspectivas, apto para la feria de un pueblo en sequía, pero para poco más. “Yo tengo blindada la competencia de pesca subacuática de la lubina” y “yo la de semillas de remolacha para ensalada” son conversaciones que se oyen en las conferencias de presidentes. Se establece así una pugna -sana e imaginativa- entre próceres lo que conduce al mayor bienestar de la ciudadanía.
Una competencia blindada es además un magnífico argumento para pedir una subvención al Estado o una línea de financiación extraordinaria, lo que siempre alivia las malas digestiones y las pesadillas.
Aunque la idea es abstracta, hay que decir que las competencias blindadas no vinieron solas sino que son una de las consecuencias producidas por la existencia previa de presidentes blindados, es decir, de aquellos que duran décadas en el usufructo de su poder. Fueron ellos quienes, dándole vueltas al magín y reflexionando sobre su situación inamovible y pétrea, dieron con esta invención magnífica. Y así la conjunción de presidente eterno más competencia blindada da como resultado una estructura política sólida, imbatible y progresista.
Ahora se han blindado las ocurrencias de una Diputación dándole el pomposo nombre de leyes. Alarmados andan quienes están empachados de Montesquieu y de Rousseau e incluso de Aristóteles -y esto último ya son ganas-. Pero a mí me parece de lo más original y de lo más acertado porque tales autores son antiguallas y porque no solo hemos hecho avanzar la teoría política y constitucional -que buena falta le hacía- sino que además ha servido para aprobar los presupuestos generales del Estado del año próximo que se hallaban sesteando en los escaños de sus señorías sin trazas de despertarse ni de hacer nada de provecho. Tratándose por tanto de un objetivo patriótico ¿alguien se puede oponer? Me parece que tan solo un desalmado de manual o los enemigos declarados de la paz y del progreso.
Únicamente falta ya que en España blindemos el buen gusto. O esos sueños nuestros cada vez más helados e invisibles.

19 octubre, 2009

¿Quién es Martha Wainwright?

A ver como cuento esto de hoy. Hace tiempo que me rondan estas ideas, pero no resulta muy fácil expresarlas, ya que es grande el peligro de chapotear en aguas pantanosas. Vamos allá. Vean esta foto. Es de una tal Martha Wainwright, que debe de ser una cantante conocida a la que yo no conozco, dada mi especial ignorancia en materia de eventos musicales recientes.
Salió en El País allá por mayo del 2008 y desde entonces tengo la página recortada y a ratos perdida entre el montón de papeles de mi mesa. Me provoca peculiares sensaciones y eso es lo que pretendo explicar. Tiene la imagen un toque erótico bien marcado, pero no es exactamente eso lo que me turba. Creo que es más bien esa mirada entre esquiva y ausente, ese gesto a medio definir. Las piernas también, por supuesto, pero por el modo como esa pose las resalta. Lo curioso es que dan ganas de ponerse a hablar con ellas; quiero decir con ella, con la señora Wainwright, y conviene preguntarse por qué.
Allá por aquellos tiempos de la represión juvenil en este país que era otro, se cotizaban entre los adolescentes de mi generación las fotos de desnudos femeninos. Ahí estaba el misterio, en las intimidades del cuerpo, en la pura imagen sin ropa. Necesitábamos conocer a la mujer por dentro, y para eso hacía falta despojarla del vestido. Lo de dentro no era más que la epidermis íntima. Había, sin duda, algo de intensamente poético, de misterio develado en esos descubrimientos, era acceder a un más allá gozoso y sorprendente, inquietante y magnético. En medio de variadas pulsiones, latía también un componente de pureza, de revelación, de conocimiento descarnado de los atributos gozosos de la carne. El cuerpo desnudo se entendía como la vía de acceso a enigmas sin cuento, pero el mero cuerpo deslumbraba tanto que tapaba el enigma y después de la contemplación del cuerpo se acababa por no ansiar más cosa que su posesión, al final puro objeto, simple materia.
Hoy, tanto tiempo después y con el cambio de las costumbres, el desnudo se ha banalizado, puede que por fortuna. La mirada ya no se extasía en la sorpresa, más bien se adiestra en la medida y la clasificación y hasta se tiñe de sospecha y ocasional desencanto. Esos cuerpos esmeradamente trabajados, labrados, esculpidos, adornados de tatuajes y recortes, se observan como se analiza una pieza de trabajosa orfebrería o como se estudia un edificio de sofisticada arquitectura. En las imágenes de desnudos que por doquier se nos imponen el cuerpo ya no provoca el sobresalto de lo sorprendente, sino, más bien, el interés del taxidermista que se fija en la pieza disecada o del mecánico que evalúa un motor y la articulación de sus piezas.
Debe estar ahí la razón por la que el más estricto erotismo se torna metafísico, trascendente, podría decirse que inmaterial, busca una luz interior, quiere aprehender el alma, alcanzar lo más difícilmente asible, penetrar en recovecos que ya no son corporales, sino psíquicos. Puede que sean muchos los varones que, ante la enésima foto de un desnudo femenino de proporciones perfectas, repasan con aburrido ánimo las formas y las posturas y acaban reparando en la mirada, para concluir casi siempre que quizá al otro lado no haya nada y que podrían ser de vidrio esos ojos y que, en consecuencia, tampoco importa lo más mínimo si los atributos corporales son de plástico o de metacrilato. Una persona desnuda, privada de esa máscara que es la ropa, está más tristemente vacía cuando tiene esa fría materialidad de las paredes o la estólida inmediatez de la materia sin espíritu.
Antes, en aquellas épocas atroces, creíamos que los cuerpos podían comunicar y comunicarse. Ahora, al fin, sabemos que no hay más comunicación posible que la del decir con palabras y en silencio, con miradas, con los gestos más fugaces, y que no hay mejor pasión amorosa o erótica que la asomarse el otro lado, al secreto evidente, al inconsciente apenas confesado, a lo oscuro y la luz, a lo inefable a gritos, al miedo y la alegría. El cuerpo es el telón que ha de levantarse, la puerta por la que nos aventuramos a un conocimiento del otro y de uno que siempre es provisorio e terminante, delicado y brutal, engañoso y transparente, sorprendente, aterrador incluso, a veces pletórico.
¿Qué diablos piensa la Martha Wainwright de esa foto? ¿Qué anhelos suben desde ese pie que parece una bandera exangüe hasta esos párpados que caen como si pudieran llorar y no quisieran?
Quién es Martha Wainwright, quién.

18 octubre, 2009

Cuentos de domingo. 2. El Espíritu de Dios. Por Camilo Uribe

Mar abierto. Noche sin luna. Silencio absoluto. Agua, solo agua. Agua negra con visos de plata. Agua que se mueve, pero permanece inmóvil. Un minuto. Sesenta minutos. Ciento ochenta minutos. “El Espíritu de Dios”. Sólo un asistente se queda hasta el final. Los demás abandonan la sala, primero solos o en parejas, luego en grupos, los últimos se van en manada. En algunas funciones, ni siquiera un solo espectador se queda hasta el último instante. A veces todos, al mismo tiempo, abandonan la sala. Aprovechan para expresar su descontento, su impaciencia, su gran indignación. Nadie lo entiende en la Industria. Los inversionistas han confiado en él y las Seis Grandes Majors (¿para qué repetir sus nombres majestuosos?) se asociaron entusiasmadas para apoyar, promover, producir, post-producir, distribuir y hasta exhibir la obra. El director es bastante famoso. Tiene una extensa trayectoria cinematográfica. Sus galardones se cuentan por decenas; ha recibido varios Oscars. Todas sus producciones, sin excepción, inclusive los largometrajes que sólo había dirigido, superaron siempre las previsiones más optimistas. No fue un rodaje sencillo ni tampoco fue poco costoso. Fue difícil mantener hasta el final el secreto. Entre los responsables de la post-producción había algunos que no compartían el entusiasmo del director. Una sola cámara a ras de agua, “el Espíritu de Dios volando, diría él transportado, sobre la faz del abismo”.
(Ilustraciones del autor)

Cuentos de domingo. 1. Antonio. Por Tomás Otero Tapias

A Antonio lo atormentaba la idea de desear.
Más que el deseo, a él lo mortificaba su idea. Claro, el deseo, para una persona que desprecia la idea misma del deseo, es algo aún más insoportable que para el resto de la gente. Se figuraba solo, austero, recluido en sí mismo: no deseando comer, no deseando beber, no deseando pensar; no deseando.
Antonio era silencioso, de mirada ausente y turbada. Firme en su propósito de alejar de sí la idea del deseo, se propuso acabar con la idea del placer; con la idea del dolor. Sabía que no solo se desea el placer; también se desea el dolor.
Creía en Dios y quería creer que Él no era el autor del deseo: ese castigo. Más de una vez estuvo tentado a creer que el deseo era obra del Diablo. No obstante, su fe y su lucidez siempre terminaban por señalarle que era Dios el único Creador. La Providencia, en su inescrutable sabiduría, había arrojado al hombre a andar sin rumbo, errante y vagabundo; lo había condenado a deambular entre la frustración y el anhelo, la inquietud y el tedio, la necesidad y el hastío.
Como creyente, Antonio se entregó a la plegaria y llegó a interesarse por las Escrituras. Leía interminablemente cómo Eva había comido del Fruto Prohibido tentada por la Serpiente. Su incansable lectura tenía como único fin convencerse de que había sido la Serpiente, encarnación del Maligno, la que incitó por primera vez a la especie humana. Esto lo tranquilizaba un poco. Si bien el Altísimo había sido el autor del deseo, era el Demonio el que había iniciado a la humanidad en su tortuoso camino. A Antonio no se le escapaba que había sido la mujer la que había dado el primer paso en ese camino sin retorno y sin fin.
Antonio aborrecía cada día más la idea del deseo y solo algo era más fuerte en él que este aborrecimiento: el deseo mismo. Por su constancia, Antonio había logrado sobreponerse a sus necesidades básicas y había limitado su dieta a lo elemental. Mas, al proceder de este modo, Antonio no había logrado ahuyentar fuera de sí el verdadero demonio que tanto lo espantaba: el apetito venéreo.
Por la confluencia de crueles azares, la pasión de Antonio por las mujeres, el afán desenfrenado por tenerlas, el goce doloroso de sentir sus perfumes, de contemplar sus muslos, de oír su voz sensual e incitante, de rozarlas por error; el inclemente fuego que lo abrasaba al olerlas y sentirlas multiplicaba su deseo hasta el punto de hacerle perder el sentido.
Recatado, fiel a sus principios, Antonio se repetía que Eva había tentado a Adán, pero que él no caería en esa trampa. Su orgullo no le dejaba ver que ese es el camino trazado para el hombre, el único camino posible, el laberinto ideado por el Creador para extraviarnos y encontrar a tientas nuestra razón de ser. Obstinado, Antonio consideraba que la idea del deseo era incompatible con la del ser. Creía que pensar en el deseo como la razón de ser del hombre era tan absurdo como pensar en la llama como la razón de ser del leño ardiente… la llama, que no es más que su consumación.
En su fe, Antonio creía que el alma del hombre era divina e inmortal. Dudaba, en cambio, de la inmortalidad y divinidad del alma de la mujer. Llegó a sostener que la mujer no tenía alma…Entre dientes mascullaba, “no tiene alma; solo, sexo.” En sus horas más desesperadas, con su alma abrasada por la concupiscencia y su mente poblada de siluetas y de aromas embriagantes y de cuerpos voluptuosos y tibios y de músicas lascivas y llenas de pecado; en esas duras horas en las que encerrado y en silencio llegó muchas veces a reprocharse, lleno de ira, el no ser capaz de apaciguar su sed de carne; en esas horas infernales en las que sus primas mayores y las amigas de su hermana y las vecinas aparecían ante él como las hijas mismas de Belcebú y las concubinas de Lucifer; en esas horas funestas en las que lo único fijo en su imaginación era lo que el pudor femenino oculta para excitar el apetito masculino; en esas horas terribles, Antonio llegó a sentirse como un puerco husmeando en la porqueriza, como un perro callejero detrás de una perra en celo.
Asfixiado por toda suerte de pesadillas, que se hacían particularmente indecorosas por el potentísimo sentido del olfato de Antonio; abrumado por esa idea obsesiva en la cabeza de conocer aquello que aún no conocía, aunque significara traicionar sus principios esenciales, sus repugnancias ideales, Antonio se dirigió al prostíbulo.
Él no bebía, pero la ocasión exigía licor. Sin grandes aspavientos, Antonio se zampó tres grandes tragos de un ron altamente dudoso. Las mujeres no tardaron en llegar. El efecto del alcohol en su cabeza confundía sus pesadillas y sus obsesiones con el aire enrarecido del burdel. Sus narices estaban sofocadas por los deletéreos aromas. Su nariz era un universo de aromas prohibidos y licenciosos. El perfume distintivo del lugar, solo escondido a medias por las faldas ligeras de las mujeres, se pavoneaba atizando los instintos viriles. El perfume se mezclaba con el humo de los cigarrillos que se atestaban en los ceniceros, con el vaho pesado y acre que exhalaban los presentes, con el olor dulzón y ácido que despedían los cuerpos sudorosos de las bailarinas entre las tenues luces amarillas, trémulas e inciertas que acariciaban los cuerpos ofrecidos a los circunstantes. La mirada de Antonio buscaba ávida lo que nunca había visto. Asqueado, hundía sus ojos en un corpiño o encontraba, para su tormento, los senos desnudos de esas endemoniadas a solo un palmo; le bastaba estirar su mano y todo cesaría, al menos por un instante. La sangre se le agolpaba en las sienes y, tembloroso, quiso asir el esquivo objeto del deseo. La aversión profunda que sentía por la idea de desear todo aquello, todo ese reino ilusorio e insano, no se lo permitía. Ritmos voraces movían sin clemencia las caderas de las mujeres, mujeres endemoniadas, endemoniadas mujeres, para el agobiado Antonio.
Así transcurrió toda la noche y él no se atrevió a nada. Así se sucedieron las noches siguientes, una tras otra. Antonio cada vez se replegaba más sobre sí mismo. Se sentaba en el rincón más oscuro del burdel, al cual llegaban pronto todas las mujeres atraídas por el timorato; actuaban solo para él. Ante él aparecían sus miradas provocadoras, sus lenguas apasionadas, sus manos recorriendo sus cuerpos, acercándose indiscretas al de Antonio, los dedos demorándose en su impudicia, los abrazos y las caricias que se propinaban y le ofrecían encantadas buscando vencerlo, llevarlo a sus brazos y de allí a sus cuartos. A Antonio se le antojaba que eran gigantes que querían devorarlo y que abrían sus insaciables fauces para engullirlo; entonces sus perfumes se revolvían en su imaginación encendiendo sus instintos al límite de lo insoportable; ebrio y transido por su ayuno, miraba sus cuerpos desnudos, flexibles, cálidos y veía en ellos las garras del Demonio, la danza macabra de Lilith y de sus insaciables compañeras; absorto en los poros de su piel rosa, ébano, bronce, se imaginaba que eran estas las escamas del Leviatán, Bestia de las Profundidades; fascinado con sus senos abundantes o minúsculos, firmes o trasegados, con sus carnes rollizas o magras, con sus piernas largas y dúctiles, o cortas y fofas; perplejo ante la variedad, atónito ante la multitud de rostros, expresiones, roces, susurros, insinuaciones, olores, fragancias, caderas, muslos, relieves, oquedades, Antonio no se decidía a hacer suya a ninguna de las provocadoras.
A la décima noche Antonio no volvió al prostíbulo. Huyó y desapareció.
Al poco tiempo de perderse en la espesura, se encontró, entre las gastadas páginas de su Biblia, una hoja amarillenta y arrugada en la que, en inciertos caracteres, se lee: “Me rendí ante mi Enemigo. Abismo sin fondo. Cruda llama. Carne de serpiente. Danza de serpiente. Aroma delirante. Adán mordiendo el Fruto de la perdición. Presa de mi Enemigo. Prisionero de mi Enemigo; exiliado, huiré a lo profundo. ”
(Ilustración: Camilo Uribe).

17 octubre, 2009

Lo que hay

Tenemos el país, el sistema político y hasta la Constitución hechos unos zorros. Si quedara algo de materia gris, deberían unas cuantas cabezas pensantes sentarse con calma para examinar si esto tiene algún arreglo o si nos relajamos y gozamos. La vida real cada vez se parece más a una serie televisiva chusca y de humor dudoso o a un Gran Hermano lleno de horteras y cafres. Y la llamada opinión pública ya sólo opina de a qué concursante conviene echar antes de la casa, si a Rajoy, a Zapatero o a alguno de sus múltiples mamporreros.
La tragicomedia del PP también nos retrata, igual que nos retrata Zapatero. Sólo se habla de personas y personajes, no hay el más mínimo debate sobre ideas y los programas de los partidos se escriben en papel higiénico, con su destino natural. Las ideas no son más que ocurrencias que sólo se evalúan por el grado de simpatía o antipatía que nos merezca su emisor. El porqué de los sucesos políticos se analiza con total prescindencia de la política. Perdemos de vista las reglas del juego democrático y no puede ser de otra manera, puesto que, al parecer, ha desaparecido de nosotros toda capacidad para el pensamiento abstracto. El patio de la política es cada vez más similar a una tumultuosa reunión de una comunidad de vecinos exaltados y ruidosos.
Un sistema democrático sólo puede funcionar como asociación de individuos movidos por una convicciones capaces de filtrar sus intereses más pedestres. Pero aquí ya no quedan apenas ciudadanos libres y pensantes, sólo ovejas con nostalgia de rebaño. A los partidos ya no los aglutinan programas ni concepciones de la sociedad mejor, resta únicamente un gregarismo infame. Así, justo parece por definición lo que hagan los míos, aunque sea hoy una cosa y mañana su contraria. El discurso se torna ruido, las propuestas se quedan en el eslogan. Hay un gregarismo enfermizo y pueril. Es así dentro de los partidos, pero también en la sociedad al completo.
Ese individualismo insoslayable en democracia debe ir, además, acompañado por la lealtad a las reglas del juego común, pero para entender y apreciar las reglas del juego democrático en lo que valen es ineludible que tanto los políticos como la ciudadanía posean una mínima capacidad para el pensamiento abstracto. Mas tal capacidad ha hecho mutis por el foro y es reemplazada por un entramado de relaciones personales con fuerte carga emotiva. Primero los míos, que lo son por los vínculos emocionales que hemos ido tejiendo, y luego ya veremos. Cuando el espíritu grupal predomina no resta espacio para la discusión sobre el interés general y las reglas del juego son sustituidas por el juego con las reglas.
Dentro de los partidos políticos falta un referente serio que sirva de base para expurgar parásitos y valorar capacidades. Tanto los líderes como los subordinados piensan nada más que en términos de afectos y desafectos. El partido soy yo y el bien del partido será mi bien, pues ni a mí me mueve una idea sobre la polis ni los ciudadanos perciben que haya polis por ningún lado. Las instituciones se colonizan con leales a la causa personal y las acciones institucionales sólo se juzgan en razón de sus consecuencias partidistas. El Estado se vuelve envoltorio vacío, las normas jurídicas no tienen ya más utilidad que la propagandística y los espacios de la llamada democracia deliberativa pasan a ser los escenarios de una ópera bufa.
En este país nuestro es imposible saber a día de hoy con una mínima certeza cómo será la organización territorial del Estado a diez años vista, qué modelo de distribución de la riqueza regirá dentro de un lustro o de qué manera se organizarán pasado mañana los poderes estatales. La Constitución se hace gaseosa con los cantos de sirena de sus verborreicos guardianes. Todo está en el aire, todo se negocia al albur de cada coyuntura, los perros hambrientos se disputan a tirones los restos de una vieja piel, de una piel de toro.
Urge, urge mucho, una nueva transición, esta vez en serio. Pero no se caerá esa breva si el pueblo no toma cartas en el asunto. Deberíamos abuchear continuamente, insubordinarnos, desobedecer y romper algunas cosas. Pero el pueblo ni está ni se le espera; la democracia bien entendida, tampoco.
(Ilustraciones: Camilo Uribe)

15 octubre, 2009

Auto de fe

Hoy, dentro de un rato, comienza el seminario que tenemos en León sobre “Libertad de expresión y sentimientos religiosos”. Hay buenos ponentes y el debate se promete interesante. Que sea lo que Dios quiera. Por asociación de ideas me he acordado de la historia de mi viejo amigo Ataúlfo. Creo que nunca se la he contado a los amigos del blog, así que allá va.
Ataúlfo era hombre de escrupulosa fe y precepto incorporado. No se perdía misa, procesión o novena, era un virtuoso del ayuno cuando tocaba y esmerado cultivador de la abstinencia. Y con cierta abstinencia empieza la historia. Estábamos un día hablando de las virtudes de la castidad. Concretamente, disertaba él y yo, por puro respeto y porque cada perrillo se lame su culillo, procuraba que no se me torciera el gesto en exceso y me libraba de explicarle mi opinión de cuán divinos me parecen los placeres de la carne cuando no se abusa de nadie y andan los cuerpos libres y juguetones. El bueno de Ataúlfo me insistía en las virtudes del rigor y en la conveniencia de mantener muy a raya la bestia lúbrica que, según sus propias palabras, todos llevamos dentro. Al parecer, somos más libres cuando no damos rienda suelta a la libertad corporal y el alma se muere de gusto cuando maltratamos el cuerpo. Llegó su pasión a tal extremo y con tanto esmero me narraba los pormenores de lo que no nos debíamos permitir con ciertas partes que Dios nos dio para uso restringido y reglamentario, que empezó a salirle como una espumilla por la boca y su rostro se volvió una pura congestión de variados rubores. Así que no pude contenerme más y le pregunté si no le resultaba en extremo difícil vivir con los apetitos sexuales así de reprimidos. En ese instante su gesto se alteró, me miró cariacontecido y me hizo una costosa confesión: a él no le suponía gran trabajo la continencia, pues una vieja dolencia lo tenía incapacitado para el disfrute carnal. Me quedé perplejo y, por no saber qué decir, solté lo más inconveniente: “Caramba, Ataúlfo, entonces poco mérito tiene tu sacrificio, pues no es opción libre, sino obligada servidumbre”. Maldita la hora.
A los pocos días volví a toparme con él e iba con un parche en el ojo. Me interesé de inmediato y, dispuesto a darle ánimos y desearle pronta recuperación, le pregunté qué mal había dañado su ojo izquierdo. “No es ninguna enfermedad, no te preocupes -me respondió-, simplemente he reflexionado sobre nuestra anterior conversación y me he dado cuenta de cuánta razón tenías al cuestionar mi mérito. He comprendido que disfruto mucho con los sentidos, mismamente contemplando una puesta de sol, un paisaje hermoso o una cara bonita. Así que he decidido sacrificar algo de ese placer sensorial y por eso me he tapado un ojo”. Así me dijo y se embarcó en detalles sobre las ventajas de la media oscuridad que había elegido para castigar su cuerpo y evitar en lo posible el descarrío de su alma. Debí guardar un comedido silencio, pues sabido resulta que mal se combate con razones el empecinamiento de quien ansía martirios. Pero otra vez no callé y le hice notar que con un ojo se puede ver casi lo mismo que con dos y que poca renuncia me parecía si la intención era liberarse de la perniciosa influencia de los sentidos.
El desenlace de la historia de Ataúlfo lo supe tiempo después por diversos testimonios de conocidos comunes. El pobre diablo se había tomado a pecho mi objeción y había optado por colocarse unos tapones de cera en los oídos. Contaba a quien quería escucharlo que de ese modo se aislaba de los placeres de la música y de las añagazas de los cantos de sirena. Supongo que, de paso, evitaba también el riesgo de oír nuevos cuestionamientos de su modo de luchar contra el imperio de los sentidos.
Ataúlfo tuvo un final inesperado y sorprendente. Un día, con su parche y sus tapones, cruzaba unas vías de tren. Imagino que miraría a los lados y que con su único ojo disponible no percibió el peligro que a toda velocidad se acercaba. Cuentan los que en el lugar se encontraban que cuando iba a poner su pie en las vías sonó una voz misteriosa, como venida del cielo o salida de ultratumba, que le decía: “¡So gilipollas, que viene el tren!”. Naturalmente Ataúlfo no oyó ese aviso y su cuerpo quedó para siempre destrozado entre las traviesas, con los ojos muy abiertos y sin el parche, que nunca apareció.
Son cosas que pasan, pues la vida es un misterio. Si non è vero...

Ilustración: Camilo Uribe, "Zeus".

14 octubre, 2009

Padres e hijos

En el avión de vuelta a casa iba leyendo el artículo del sábado en El Mundo titulado “¿Qué hacemos con la violencia juvenil?”. Me puse a pensar en conversaciones de los últimos días en Colombia. Cuando con un amigo de allá salió el tema de lo difícil que se pone hoy en día el trato con los pequeñajos, más o menos a partir del tercer día después del alumbramiento, se empeñó, del modo más solícito, en ponerme en contacto con un psiquiatra que, al parecer, es un mago. ¿Un psiquiatra para quién?, le pregunté. Bueno, en principio para los niños, pero sobre todo os irá muy bien a los padres, me contestó. La concurrencia ratificaba lo muy conveniente de que los progenitores estén adiestrados en terapias para no hundirse ante las primeras agresiones y los reiterados desplantes de los hijos.
Me acuerdo de mi infancia y de mi padre. Mi padre nunca me puso la mano encima. Confieso que de niño y adolescente lo odié, tanto como lo amé cuando fui adulto y él se hizo viejo. Lo detestaba cuando me mandaba a pastorear las vacas y yo no podía seguir jugando o viendo en la televisión la película del sábado por la tarde. Lo maldecía para mis adentros cuando me hacía subir por aquellos caminos con un saco de patatas al hombro, al lado de él, que cargaba uno mucho mayor; o cuando me ponía junto con dos o tres adultos a cargar a paladas estiércol en un carro. Yo tenía diez, doce, catorce años. Otras veces había que ordeñar a mano y terminaba con un intenso dolor en los tendones de mis antebrazos. Yo maldecía internamente mi suerte y lo culpaba a él de mis padecimientos. Yo era un perfecto idiota, más tarde me di cuenta.
Mi padre jamás me pegó, ni siquiera me gritó nunca. Tampoco intentaba ser amigo ni colega. Recuerdo que, de bien niño, me molestaba mucho hablarle y que no me contestara. Quién sabe qué le preguntaría con mi voz infantil, pero él no me oía, andaba en sus pensamientos mientras trabajaba, creo que estaba concentrado, unas veces en la labor que tuviera entre manos y quién sabe si otras en recuerdos o ensoñaciones. Entonces yo me ponía a jugar a mi aire con lo que hubiera a mano, el perro, un conejo o una gallina, un viejo frasco encontrado en un cajón, un montoncito de piedras. Creo que así, niño solitario, aprendí a concentrarme y a no aburrirme nunca. Aún mantengo esa ventaja.
Ni mi padre ni mi madre me preguntaron jamás por los deberes de la escuela o el colegio, ni por las asignaturas o los profesores. Mi padre era un voraz lector de periódicos, pero nunca lo vi escribir nada que no fuera su lenta firma, creo que no había llegado a aprender. Él se indignaba con mi abuelo porque no lo había dejado ir a la escuela. Al final de cada curso, desde la escuela hasta el final de la universidad, los dos, padre y madre, me preguntaban qué tal habían ido las cosas. Yo les decía que había aprobado todo y una sonrisa tímida se dibujaba en sus rostros de tierra helada. Ése era mi premio y yo sabía que seguirían padeciendo madrugadas, rompiendo terrones y agrietándose las manos para que yo continuara por mi camino y pudiera abandonarlos. Ellos eran plenamente conscientes de que mi desapego de la tierra implicaba su propio desarraigo, se sabían los últimos de generaciones y generaciones amarradas al terruño y a las tradiciones del campo, ponían su esfuerzo para que en su hijo se consumara lo inevitable sin que tuviera después que maldecirlos.
Y qué que no me ayudaran con los deberes. Por fortuna no sabían, no estaban en condiciones de hacerlo, por fortuna. Los deberes eran míos y al cumplir con ellos no sólo aprendí responsabilidad, también respiré ternura, esa ternura salobre de percibir que con cada raíz cuadrada, cada declinación del latín o cada mapa me alejaba de ellos y rompía con su mundo. Qué bendición para mi vida que me forzaran a conocer amaneceres de niebla y de rocío, la música de las guadañas, la ansiedad de las azadas, la paciencia de las yuntas, la sed de los ganados, la sangre de las bestias sacrificadas para el alimento o el asueto sencillo de los labradores con las cartas. Qué privilegio descubrir para siempre que no hay más paraíso que el del sudor y el trabajo. Hoy sé todo eso que cuando joven aún no veía. Estúpida juventud.
Sí, maldije entonces, me rebelé mil veces para mis adentros, odié. Pero ni una palabra contra mis viejos y cómo se me iba a ocurrir levantarles la mano, insultarlos, gritarles, reclamarles derechos o prebendas. No era miedo de ellos lo que me retenía, no, era la convicción cierta de que me tragaría la tierra si lo hiciera, de que me devorarían los dioses guardianes del orden cósmico, que era el orden de la aldea, de que caerían sobre mí las desgracias y me triturarían como rompe el pedrisco la flor de los frutales. Mucho más tarde, ahora, sé que no era superstición ni miedo, capto que era una poética manifestación del amor, del amor a ellos, que era el mismo amor a las raíces. Porque para aprender a amar hay que tener raíces.
Y qué raíces puedo yo en este instante mostrarle a la pequeña Elsa, acosada por juguetes sin cuento, sitiada por las teorías educativas de sus mayores, bañada en la abundancia, ahíta de exquisiteces, ahogada por miedos ajenos y cuidados desmedidos. Pienso en mi padre, pienso en mi madre y me viene la esperanza de que Elsa aprenda de mis ausencias y mis viajes, de mi enfrascarme en los libros, de mi aversión a la molicie, de mi interna resistencia a colmarla de actividades extraescolares y técnicas para que mate el tiempo, para que el tiempo la mate. Puede que vaya captando lentamente en mi gesto y mi mirada que busco en ella la campesina tenaz que fue mi madre y el soñador valiente que fue mi padre y que confío en que un día se vaya, convencida y firme, a buscar sus raíces propias en la distancia y el en el aire, como un día me marché yo, como se está marchando su hermano. Y nada espero fuera de eso, nada; si acaso, que dentro de años me lleven flores y sonrían, como hago yo cada tanto en el cementerio de Ruedes, donde mis viejos siguen, tranquilos ya para siempre con sus recuerdos y sus nostalgias, que son también los recuerdos míos y mis nostalgias.

13 octubre, 2009

Tanta mierda ya da risa

Esto no es vida. Se pasa uno todo el día de risotada en carcajada y de carcajada en descojone. Por no llorar, ciertamente. Pero con la noticia que da hoy y a estas horas (son las ocho de la mañana) El Confidencial creo que queda más que demostrado que a los del Gürtel no los andaba grabando Rubalcaba para machacar al PP, salvo que ahora empecemos a pensar que Rubalcaba también quiere cargarse a su jefe. Es que hay una cantidad de habladurías precipitadas e intolerables que para qué.
Miren si no es chistoso. Ahora resulta que de los papeles del caso Gürtel con las conversaciones grabadas al tal Correa sale una en la que uno de los pringados en la trama le cuenta que Zapatero le echó una mano bárbara al hacer que le dieran un contrato de construcción millonario pasando por encima de todas las ofertas más baratas de los competidores. La caca se expande a velocidad supersónica y yo ya me estoy temiendo que un día se descubra que aquel chorizo de Pamplona que el año pasado me regaló mi vecino era de cerdos de Correa y El Bigotes. Por de pronto, yo de chorizos ya no vuelvo a hablar por teléfono con nadie, ni de cerdos.
Lean la noticia aquí, que tiene una miga bárbara. Y digo yo: si ese empresario, el tal Martínez Parra que se subió a la parra, le mandó a Zapatero un jamón de Jabugo por pura gratitud, ¿cometió cohecho él, Zapatero, ninguno o tendré la culpa yo por andar preguntando paridas? Y si lo que le cuenta Martínez Parra a Correa en esa conversación grabada es cierto, ¿alguien habría cometido algún delito? Y, en su caso, ¿quién? Y, si para que haya delito ha de haber prueba, ¿cómo lo probamos, como lo de Camps & Cia o esta vez de otro modo?
Eh, quieto parao, amigo lector. Nada más lejos de mí que la intención de defender ni a Camps ni a ningún pepero engominado, putero, golfo y ladrón. Menuda pandilla, puaj. Y luego van y los votan las gentes de orden, misa y preocupación porque en este país hay mucha delincuencia y poca disciplina, manda pelotas.
Pero no nos excitemos más y quedémonos en la parte humorística de la noticia comentada. Ahí, en lo del humor, los del PP son unos genios, eso sí debemos reconocérselo. Miren lo que han dicho: “El PP ya ha anunciado que pedirá explicaciones al Gobierno en el Congreso por el supuesto trato de favor a Ulibarri y Martínez Parra”. No me digan que no es un chiste: el PP preocupado porque hay gobernantes que dan trato de favor a ciertos empresarios amigos suyos. Plas, plas, plas. Ahora unas pedorretas, vamos.
Miren lo que en la misma información de hoy aparece tres párrafos antes (Teconsa es la empresa del tal Martínez Sierra al que La Moncloa echó una mano, al parecer): “Teconsa aparece en el sumario del caso Gürtel por la presunta adjudicación amañada de otro concurso en Castilla y León para la construcción de un tramo de la variante de Olleros de Alba por 2.847.959 euros. Martínez Parra pagó, supuestamente, una comisión de 73.655 euros a Correa por su mediación ante el entonces consejero de Fomento de la Junta de Castilla y León, José Manuel Fernández Santiago, actual presidente del Parlamento autonómico. El cabecilla de la trama corrupta, a su vez, repartió una parte de ese dinero entre dirigentes del PP”.
Son geniales, todos. Da igual el orden, da igual. Porque a estas alturas no vamos a ponernos a debatir sobre si huele peor la caca de gato o la de perro: mierda todo. Apestan.

12 octubre, 2009

La mosca

Herminia cabalgaba sobre mí, sus senos se movían arriba y abajo y sus muslos eran compactos. En esto vi la mosca en el techo, justo encima de nosotros. No se movía. No estaba seguro de si sería en verdad una mosca y estiré la mano hacia la mesilla y cogí las gafas. Herminia, que se aceleraba con los ojos cerrados, los abrió de pronto y me miró. Yo me puse a contemplar su pecho un rato y ella, después de sonreír, volvió a evadirse hasta lo más remoto de su placer. Entonces pude fijarme tranquilamente y, en efecto, se trataba de una mosca negra y grande, quieta.
No volví a perderla de vista y cuando Herminia terminó su ajetreado orgasmo fingí cansancio y un compromiso urgente muy temprano al siguiente día. Se marchó un tanto sorprendida, pero no disconforme. Estaba alegre.
De inmediato tomé lo primero que encontré, una escoba. Mi casa tiene altos techos y tuve que subirme sobre la cama. Al fin la mosca cayó sobre la sábana tibia. Seguramente estaba muerta. Allí la dejé, sin tocarla. Me vestí y salí apresuradamente. Imagino que seguirá en el mismo lugar, quién sabe hasta cuándo.
(Ilustraciones: Camilo Uribe).

11 octubre, 2009

Y luego hablan de naciones

Todo un símbolo de los tiempos lo de los atuneros vascos en el Índico. Llevan bandera de las Islas Seychelles (¿por qué no una “guerra de las banderas” con esos vascos? ¿Por qué no los asaltan unos batasunos kaleborriqueros en lugar de hacerlo los piraras somalíes que probablemente no entienden de banderas ni de antepasados ni de naciones en escabeche ni de nada?), contratan como custodios con metralleta a ex militares británicos bregados en guerras y refriegas, faenan en el Índico que, como se sabe cualquier pachi, cae bien lejos de Ondárroa o Lekeitio, seguro que son vascos a tope y preocupan al Gobierno español cuando les secuestran el barco, lo preocupan tanto que enseguida mandan para allá la gloriosa armada hispana cargada de calderilla para los angelitos negros, barato, barato, secuestro barato.
Así son las cosas de esta época, sobreabundancia de símbolos, incontinencia discursiva, humanismo de grifo y luego..., cada uno a buscarse la pela como y donde pueda y a montárselo por libre, sea para dar el palo o para que no se lo den. La culpa no es de los ciudadanos que se hacen cosmopolitas a empellones y pícaros de circunstancias, sino de los Estados que se niegan a morir y de los antiabortistas que quieren que la historia alumbre a esos Estados-feto concebidos en la noche loca de las leyendas con pacharán, una parida auténtica. El ejército dizque español, en Afganistán y lleno de latinoamericanos que no se la juegan por su patria, sino por la nuestra, si es que hay tal. Los atuneros españoles vs. vascos pescando mercenarios bonitos en el mercado británico de supermanes y terminators. Los gudaris de chichinabo poniendo de vez en cuando una bomba para que Euzkadi sea un día como España y tenga atuneros con bandera de conveniencia, y Obama recibiendo el Nobel como ruego sutil para que nos deje en paz en cuanto acabe de fumigar la ratonera afgana con la ayuda de los pacifistas del mundo, comenzando por el nuestro, nuestro chiquirriquitín de la ceja erecta.
Es cuestión de unas pocas décadas más, pocas. El nuevo Estado se llamará Minimal Risk y los ciudadanos serán de cuota. El resto, al puto estado de naturaleza. Creo que fue Nozick el que una vez explicó cómo iba eso. Así que sigamos cantando nuestros himnos, muchachos, mientras nos vamos a tomar por el saco juntos, en unión y defendiendo la bandera de la santa tradición.

09 octubre, 2009

Hasta el lunes

No da para más el tiempo y cuando llego al hotel caigo rendido en la cama. Sigo con el periplo colombiano, entre ocho y diez horas diarias de hablar y hablar estos últimos días. Mañana hay que tomar el avión de vuelta. Así que nos vemos el lunes con lo que se nos ocurra.
Saludos para todos los amigos.

08 octubre, 2009

Los presupuestos de los Presupuestos

(Publicado hoy por el que suscribe en El Mundo de León)
Pronto se discutirán en el Congreso los Presupuestos Generales del Estado o, lo que en sustancia es lo mismo, el modo en que se va a recaudar y a gastar el dinero público el año que viene. Ay, qué bien nos iría a los de León si tuviéramos colocados en Madrid a un par de diputados nacionalistas leoneses o castellano-leoneses. Y miren que me cuesta decir eso, pues todo nacionalismo me parece paleto, primitivo y tan simple, que da vergüenza ajena. Pero el que no tiene padrinos no se bautiza y en esta calamidad de Estado nuestro no moja el que no cuenta con alguien que chantajee al Gobierno con sus votos.
Las cosas están claras y la puja va a comenzar. Al PSOE no le alcanza su mayoría para sacar adelante los Presupuestos y va a coquetear con algún grupo nacionalista. Y en semejante casa de citas las reglas son sabidas: algún partido nacionalista de vascos o de catalanes o de gallegos, y hasta de canarios, dará al Gobierno los votos que le faltan, pero a cambio de unos buenos cuartos a mayores para la respectiva Comunidad; y la cama. Al Gobierno tiene que preocuparle el interés general de los españoles, se supone, pero pagará por el voto de los que sólo miran los intereses de esa Comunidad suya que llaman nación. Si los leoneses estuviéramos en ésas, repito, el AVE nos llegaría en un pispás y en un periquete habría autovía a Valladolid, entre otras muchas ventajas. Así, como votamos a los partidos llamados de implantación nacional, nos quedamos a verlas venir. Porque nuestros diputados del PP o del PSOE no van a mirar los intereses de sus electores, sino los de su partido respectivo. O sea, ajo y agua y viva la solidaridad entre los pueblos y las regiones de España.
¿No hay más tutía? Debería darse una alternativa sencilla: que por consideración al interés general y a la justicia distributiva, los Presupuestos y otros cuantos asuntos vitales para el país entero los acordasen los dos partidos mayoritarios. Pero el uno no es más que una agrupación de caciques locales y el líder del otro no entiende de más interés general que su interés particular de seguir en el machito y gobernar a cualquier precio, aunque arda Troya. Esto ya es el sálvese quien pueda, y tonto el último.

06 octubre, 2009

Oh, el patán está desnudo

Creo que ahora lo sabe todo el mundo ya: el patán está desnudo, es decir, no tiene ni repajolera idea de nada. Es maniobrero, eso sí, y está dispuesto a vender todo el Reino por un plato de votos. Pero ni siquiera sabe bien lo que se trae entre manos, tanta es su limitación intelectual, tan cortos también sus vuelos morales. Pero no se dirá que no se veía venir. Vamos, anda.
Es posible que el llamado pueblo llano, que tiene poco tiempo para disquisiciones teóricas y pocas ganas de comerse la cabeza después del curro, se fijara sólo en las consignas, la mala uva disfrazada de talante y las cejas. A por los ricos, que son pocos y cobardes. Ja. Por eslóganes que no quede y de eso Patanín sí sabe un rato largo. Al fin y al cabo, es muy justo que el pueblo llano que labora más que ora quiera vengarse de todo zurrigurri, comenzando por la derecha y siguiendo por los terroristas, los violadores, los pederastas y los que mataron a Lorca. Explíquense así unos millones de votos al grito de mecagoenlosmuertos del capital y duro con ellos, que con Superpatán a la cabeza y con su buen talante les partimos la crisma. Sí, tremenda victoria, oiga.
Pase lo del bondadoso pueblo llano, pero lo que no se explica tal fácil son los miles de adhesiones inquebrantables de las intelectualidad intelectualizada, sector cosecha del 92 con muchos taninos, varios doctorados y algún Oscar. Los que oran más que laboran. Esos no, oiga, esos lo sabían. Sí, lo sabían y que no se nos pongan ahora de perfil y en plan yo siempre estuve nada más que a lo mío, leyendo a Heidegger en jornada continua. Entre otras cosas, porque si no lo sabían, algo huele a decrépito en sus neuronas. Tal vez porque son intelectuales orgánicos por descomposición.
A lo mejor ese sector que se dice del arte, la ciencia y la cultura pensaba que la gran reforma y el consuelo de los oprimidos era tarea colectiva y que Patanín no era más que el mascarón de proa de este barco que nos lleva hacia la libertad mientras ellos componen odas al César. El intelectual suele ser un sujeto individualista que cree mucho en las empresas colectivas; pero la conferencia la da él y el manifiesto lo firman sólo los exquisitos, no faltaba más. Vanguardia, eso, creo que se dice vanguardia. Ciertos dizque intelectuales se ven muy de vanguardia mientras aprestan su retaguardia ante el jefe. Pero lo que importa lo sabían, insisto: que se echaban en brazos de un mindundi con mala baba para dirigir la nave de las memorables reformas.
Ahora el patán luce desnudo y descangallado, incluso un poco gótico, aunque se empeña en seguir apostando por sí mismo como piloto de la chalupa. Ahora los bonitos comienzan a guardar un silencio que habla a voces de ellos mismos. La llamada cultura no está y al pueblo no se le espera, pues tiene que comer antes que nada. No queda más que confiar en que los vientos nos acerquen a algún puerto, abandonarse al destino y rezar. Y, si hay suerte y los puros hados nos son propicios porque Obama reorganiza un poco el mundo y porque las economías de ahí fuera se arreglan y nos va cayendo algo, a volver a votar al patán por una cuestión de principios, no sea que venga la derecha. Derecha que al parecer son todos menos Patanín. ¡Hay que joderse con los principios!

05 octubre, 2009

El oficio y las pelas

Somos muy peculiares en este oficio de profesores y dizque investigadores universitarios. Más bien raritos, diría yo. Quizá es porque no están claras ciertas reglas del desempeño profesional o porque se cruzan y se entremezclan muy diversos patrones de juicio. Aquí voy al caso de los dineros y no me referiré al sueldo, sino a los trabajos especiales y a su remuneración.
No sé si las cosas en eso funcionan igual o de modo parecido en las llamadas ciencias naturales o duras y en estas humanas y sociales, blanditas, en las que uno se mueve. Por ejemplo, siempre me llama mucho la atención que los científicos “duros” tengan que pagar para que ciertas revistas internacionales y de prestigio les publiquen sus artículos. Ya sé que normalmente tiran de los recursos de los proyectos de investigación y cosas por el estilo, pero a más de uno conozco también que ha tenido que apoquinar de su bolsillo por el artículo suyo. En cambio, a nosotros algunas revistas no nos cobran, sino que hasta nos pagan, aunque tampoco sea lo más común.
Comparémonos con un fontanero. Puede ser un fontanero autónomo o uno que trabaja para una empresa y, además, hace chapuzas en las horas libres. Supongamos que usted llama a ese fontanero para que le cambie unas tuberías de su baño. Ambos, el fontanero y usted, dan por sentado que ese trabajo tendrá un precio. Para mayor seguridad, usted le puede pedir presupuesto previamente y él se lo puede dar. Así los dos saben a qué atenerse antes de embarcarse en la labor. En la universidad muchas veces no es así. A usted, profesor, lo llaman para dar una conferencia o unas clases no sé dónde y por lo general no le dicen cuál es la remuneración. Es más, según en qué casos, ni siquiera le especifican si hay pago o no. Usted, el invitado, se sentirá muy mal si pregunta por los dineros, y muchas veces el anfitrión también considera demasiado prosaico el especificarle el inicio, cuando lo compromete a usted, que sí, que le pagarán tanto. Mal hecho. ¿Por qué hemos de ser tan distintos de los fontaneros? El dueño de la casa busca a un fontanero determinado porque se ha informado de que es competente en su trabajo. Se supone que al profesor lo llaman por lo mismo. Pero ahí es donde se atraviesa el equívoco, como se desprende de la expresión que yo mismo acabo de usar: “invitación”. A usted le convocan a dar unas conferencias en la universidad X y cómo va usted a responder a tan amable gesto con una pregunta sobre emolumentos. Es como si a uno lo invitan a cenar a casa de otro y antes de aceptar o no pregunta cuál va a ser el menú: suena a descortesía.
Pero, claro, luego vienen las sorpresas y los equívocos. Usted trabajó ahí donde lo invitaron y a veces lo despiden con una palmada en el hombro y un hasta la próxima. Se le queda cara de tonto. Y, ojo, no es que no tenga pleno sentido hacer muchos de esos trabajos gratis, por amistad, porque hace ilusión, porque viene bien tener ese dato en el currículum o porque apetece viajar a esa ciudad que no se conocía. Pero, entonces, también podemos despedir al fontanero con un muchas gracias y no me diga que no lo ha pasado bien en esta casa tan bonita y total qué más da si era su tiempo libre. Juro por mis antepasados que yo he trabajado deliberadamente así, gratis, en muchos lugares y en muchas ocasiones. Sólo digo que la cortesía del que invita debe incluir el advertir previamente si hay compensación económica o no, nada más que eso. Si es que no, se puede aceptar igual, pero sin llamarse a engaño.
Creo que hay dos factores que explican la situación y fomentan el equívoco. El primero es el pensar que esto de uno no es trabajo trabajoso, valga la expresión. Es decir, que el fontanero sí suda la gota gorda para poner la nueva tubería, pero que usted no hace más que disfrutar cuando viaja a un lugar para soltar el rollo durante cinco horas y, además, ya le salen por la cara el viaje y el hotel. Oigan, por esa regla de tres llamemos a un fontanero de otra ciudad, paguémosle el tren y alojémoslo en casa y digámosle que ya va bien servido. Cierto que hay mucho cara dura en cualquier oficio, pero si una clase o una conferencia se prepara bien y se expone con rigor y respeto, da un trabajo serio, mucho más, desde luego, que el que da quedarse en casa leyendo una novela cómodamente tumbado en el sofá.
El otro factor es que hacemos muchas labores que apenas se cobran, pese a ser trabajosas si se toman responsablemente. Es así por tradición y porque se estima que tienen un cierto valor simbólico y de reconocimiento. El ejemplo más claro sería el de formar parte de un tribunal de tesis doctoral. Hay que leerse la tesis con seriedad, preparar una intervención adecuada, irse de casa, dormir con la almohada incómoda del hotel y, a veces, hasta aguantar la soberbia de algún colega durante la comida o los cafés. Y, por todo ello, sólo se cobran las dietas. Pero no sé si hay base razonable suficiente para generalizar ese modelo y decirle al fontanero que ya puede estar orgulloso de que lo hayamos invitado a reparar nuestro baño y que lo cuente por ahí y verá cuánto prestigio gana gracias a nosotros. Además, si seguimos con el tema de tesis y concursos, se han perdido también algunas costumbres de antes, como la de que el director invitaba al tribunal a cenar la noche anterior. Ahora no es raro llegar a la ciudad de turno, irse sólo al hotel, cenar una hamburguesa en la habitación y tomar un taxi al día siguiente a la facultad, donde hay que ir preguntando dónde será la tesis esa. Los directores se escudan en que a ellos tampoco les pagan por dirigir y que sólo faltaba tener que gastar unos cuartos con los tragones del tribunal. Anda todo el mundo muy achuchao con la hipoteca y los vicios particulares, al parecer.
En fin, y resumiendo, que no nos degradamos, sino al contrario, si nos consideramos mutuamente y nos hacemos valer como unos profesionales más, igual que los fontaneros, si consideramos nuestra labor como cosa seria y que lleva su esfuerzo y si en cada ocasión todos, anfitriones e “invitados”, exponemos con naturalidad las ofertas y las demandas. Todo lo cual no excluye que a veces se pueda y hasta se deba trabajar gratis, pero sin engaño, sin falsas expectativas y sin juegos de manos. Tan simple como eso. Y, créanme o no, permítanme que les diga que este que suscribe es de las personas del gremio que menos importancia dan al dinero y que mantiene una visión más romántica de la profesión, romántica hasta la estupidez, francamente.

04 octubre, 2009

Un ramo de flores

Salí del ascensor con el ramo de flores bien sujeto, a la altura del pecho, y mi sonrisa mejor. Di los buenos días a los dos varones fornidos y trajeados y pasé entre ellos para ir directo al timbre. Alcé la mano libre para arreglarme el cuello de la camisa. Fue entonces cuando me asieron por las axilas y me levantaron como si fuera un muñeco. Luego, uno de ellos golpeó la puerta con los nudillos y la puerta se abrió.
Llegué al gran salón sin tocar apenas el suelo. Sentada en un llamativo sillón, la mujer tenía las piernas cruzadas y fumaba. Su pelo era muy negro y lo llevaba peinado como una actriz de los años setenta. En la pequeña mesilla del centro reposaba una copa de vino a medio beber. Los rasgos de la dama eran bellos y su mirada firme. La reconocí enseguida, la había visto en algunas fotos. Me dijo que me sentara y me sentaron en un sofá como se arroja un objeto a la papelera. Ella los miró con una pizca de reproche. Yo seguía con las flores estúpidamente apretadas, como si fueran un escudo. Entonces ella habló:
- Mi marido no va a venir, créame que lo siento. Ha tenido que ser así. Ahora sólo deseo que usted me cuente algunas cosas.
Unos dedos como tenazas me apretaron el cuello desde atrás. El ramo cayó con un lamento de celofán.

La chuleta. Por Francisco Sosa Wagner

Hasta hace poco lo utilizaban solo los presentadores de la televisión que se ayudaban de un aparato a distancia para leer las noticias. Le llaman teleprompter. En inglés, que es el idioma mandón. La semana pasada me extraviaron la maleta en un aeropuerto y me dieron para pasar la noche un “kit”. Hace poco me hubieran dado un neceser y hace más tiempo se hubieran disculpado por no poderme ofrecer una señora. Hemos cambiado el galicismo por el anglicismo: muestra idiomática del triunfo del imperio americano sobre la decadente Europa.
La novedad, respecto del teleprompter, es su paso de los periodistas a los políticos que ahora pronuncian sus discursos con el aparatito enfrente. La primera vez que lo advertí fue la tarde en la que Obama habló en Berlín. Cenábamos en casa del sociólogo Ignacio Sotelo y le escuchábamos por la televisión. Me sorprendió lo trabado de su arenga. Mi sorpresa fue grande cuando al día siguiente me entero por los periódicos que se había limitado a leer. Me pareció una estafa, una estafa discursiva pero estafa al cabo. Con posterioridad me han explicado que el método está haciendo furor entre sus colegas.
Cierto es que de esta forma se aligera la actividad del gran tribuno quien ya disponía del “negro” para escribir y, ahora, del teleprompter para leer. Así ya se puede: imposible concebir más facilidades en el ejercicio de una profesión. No me extraña que en la Universidad existan jóvenes profesores que no aciertan a dar una clase sin la ayuda de un aparato conocido como powerpoint o de unas membranas llamadas transparencias que hasta ahora eran picardías de jovencita seductora y ahora son las chuletas de quien ni se sabe la lección ni es capaz de exponer sus conocimientos con claridad.
Así van cambiando los tiempos, se me dirá. Y es cierto pero la verdad es que no consigo imaginar a Castelar aquel día de abril de 1868 cuando se discutía en las Cortes el proyecto de lo que sería la Constitución de 1869 y él defendía la libertad religiosa leyendo en un teleprompter su famoso final: "¡Grande es Dios en el Sinaí (con todo su poder). Pero más grande es el Dios del Calvario, el del perdón, ...que predicaba la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los hombres!". Ni me imagino a Unamuno o a Ortega en las Cortes republicanas asistidos por el aparatejo para enhebrar sus magníficos discursos, ahítos de razonamientos, maldades y hasta improperios. O las famosas oraciones “en campo abierto” de Azaña con los ojos miopes de don Manuel fijos en un lejano teleprompter sostenido por un pariente alcalaíno.
El uso de estos trucos para hablar en público mueve un poco a la risa y se presta a cachondeo. Pero tiene un lado menos humorístico ya que tales prácticas hunden sus raíces en algo que debería preocuparnos: las escasa consistencia de quienes ocupan las tribunas políticas relevantes en los foros más campanudos. Pues es evidente que quien tiene ideas maduras, ideas que son producto de reflexiones y de lecturas, y, sobre todo, quien cree en ellas, quien las ha asimilado y hecho suyas ¿cómo es posible que sea incapaz de expresarlas sin esta añagaza, propia del colegial que improvisa o se ha aprendido cuatro datos de memoria para hacer frente a un examen ocasional?
Esto es lo inquietante de la chuleta electrónica. Y lo que nos debe hacer mirar con desconfianza a quien se sirve de ella.
Malos tiempos en verdad para la oratoria, viaticada por ignorantes cósmicos, listillos de ocasión y confiteros de tópicos. Sepultada, ay, entre transparencias, powerpoints y teleprompters. Así nos va.

02 octubre, 2009

Libertad de expresión y religiones

(Los próximos 16 y 17 celebraremos en León un seminario sobre la libertad de expresión y el fenómeno religioso, coorganizado por las áreas de Derecho Eclesiástico del Estado, Derecho penal y Filosofía del Derecho. El texto que sigue lo he escrito a modo de introducción para la página web que recogerá la información y los materiales de dicho evento).
Sobre la relación entre libertad de expresión y religión, la tesis más tentadora consiste en mantener que la libertad de expresión no tiene por qué ser sometida a un régimen especial cuando se hace referencia al fenómeno religioso, de modo que sus alcances y límites han de ser los mismos en este o en cualquier tema. La realidad y las polémicas al uso no siempre se compadecen con dicho postulado.
Muchas religiones no han sido tradicionalmente respetuosas con las libertades individuales, comenzando por la libertad de expresión. Si hablamos del catolicismo, no hace falta remontarse muy lejos para encontrarse con la represión terminante del no creyente y con la censura de libros e ideas. Sucedió en los tiempos anteriores a la separación entre la Iglesia y el Estado y volvió a ocurrir en cuantas ocasiones se impuso en el siglo XX algún modelo de Estado autoritario y confesional. Echarle las culpas al Estado encerraría sólo parte de verdad, pues no se recuerda que la Iglesia, como institución, se opusiera ni plantara cara a los dirigentes que en nombre de la verdadera fe practicaban la censura contra los que se expresaban contra el credo católico o los sometían a viles castigos o a discriminación. No consta, por ejemplo, que la Iglesia se opusiera al régimen de Franco, que imponía a la fuerza la religión única y perseguía las manifestaciones de otros credos o de ateísmo, pero sí se sacaba bajo palio a Franco en las procesiones. Felizmente, esos tiempos parecen superados, aunque seguramente más por obra de la dinámica social y política que por la transformación originaria de las convicciones de los eclesiásticos. También es cierto y no debe ignorarse que durante el siglo XX y aún hoy muchas personas religiosas han sido en muchos países perseguidas y salvajemente reprimidas por razón de su fe. Esa dialéctica de persecuciones en un sentido y en otro es la que debe romperse y la que choca con los postulados de nuestros actuales Estados de Derecho.
Todavía hoy la lucha virulenta contra el infiel parece bien presente en la religión islámica y, desde luego, no son los Estados de confesión islámica un buen ejemplo de respeto a las libertades del individuo, incluida la de expresarse libremente. Esa manera de relacionarse el Islam con el modelo jurídico-político del Estado de Derecho liberal lleva a una de las más fuertes paradojas del multiculturalismo. Se pide para nuestras sociedades y nuestro Estado una actitud de tolerancia hacia otros patrones culturales, en nombre de la libertad y el pluralismo que es su santo y seña, pero queda por definir el límite que, desde tales patrones, ha de ponerse a las prácticas y las proclamas de esa religión. Es la misma paradoja a la que, por ejemplo, se ve enfrentado el movimiento feminista cuando, por un lado, defiende que nuestra cultura política y jurídica tiene un componente machista que sólo puede superarse con una alteración sustancial de sus fundamentos, pero, al tiempo, a la hora de defender la igual dignidad y los iguales derechos de las mujeres insertas en otras culturas que gravemente las discriminan, no queda más salida que argumentar desde los valores de esa cultura nuestra. Porque, a fin de cuentas, la reclamación de la igual dignidad de todo ciudadano, sea cual sea su sexo, su raza o su religión, surgió y se está imponiendo en esta cultura jurídico-política y moral occidental y sólo en ella. Y eso, precisamente, convierte en acuciante la cuestión de qué grado de libertad se puede y se debe permitir en esta cultura nuestra a los que abominan de la libertad y de la igualdad.
Un Estado aconfesional y en el que la libertad religiosa sea un derecho consolidado tiene que velar por la perfecta simetría de los derechos de los creyentes de una religión u otra y de los no creyentes. Dicha simetría es vulnerada cuando, por ejemplo, se permite el escarnio de una determinada fe, en nombre de la libertad de expresión o de creación artística, pero, simultáneamente, se exige mayor respeto y consideración hacia otros credos o hacia la sensibilidad de otros creyentes. Es lo acontecido en el célebre caso de las caricaturas de Mahoma. Si no jugamos todos y para todo con las mismas reglas, la discriminación se introduce por la puerta de atrás. Y el miedo a la violencia de los más radicales, como excusa para ese trato diferente, no es más que descarada traición a la igualdad en libertad. Los que unos puedan decir de Jesucristo, han de poder decirlo igualmente los otros de Mahoma. Y los límites que para unos rijan deben ser los mismos que rijan para los otros. Si no se hace así, se traiciona la libertad de expresión al condicionar su ejercicio a la condición personal del que se expresa o es aludido por la expresión de otro.
En un Estado moderno y constitucional la religión tiene su sede en la conciencia de los individuos. En esos términos, respetar la religión significa respetar esa conciencia, no tratando el Estado de imponer una fe, pero tampoco de socavarla. Significa, en segundo lugar, respetar las manifestaciones de esa fe en su expresión por los fieles y en el comportamiento de los fieles. Y significa, igualmente, aplicar idéntico respeto a los que no se acogen a religión ninguna.
A propósito de las religiones puede y debe darse en el seno del Estado y entre la ciudadanía el mismo debate que cabe para cualquier otra cuestión. Sobre la religión son posibles y tienen que poder manifestarse tantas y tan variadas opiniones como sobre la moral o sobre la política, ni más ni menos. Que para algunos creyentes existan límites irrebasables respecto a lo que se pueda hacer o decir es algo que sólo los vincula a ellos, a su conciencia y a su compromiso de coherencia personal con su fe, no a los demás, no al Estado. Que la fe sea para muchos fieles un componente absolutamente esencial de su manera de explicar el mundo y su presencia en él no los dota de una sensibilidad mayor que justifique un mayor cuidado por parte de los demás. Pongamos un ejemplo: si está permitido y perfectamente asumido que emita Radio María, no tendría por qué resultar escandaloso ni chocante para nadie que pudiera un día emitir Radio Ateísmo. Si pueden los cristianos pagar publicidad de su credo en un espacio público, no debería llamar tanto la atención que un grupo de ateos pagasen para que unos autobuses viajen con la inscripción “Dios no existe”.
Límites a la libertad de expresión ha de haberlos, por supuesto, pues no es ése el único derecho y hay que conciliarlo con otros, como el derecho al honor, a la propia imagen, a la intimidad, a la igualdad, etc. Pero dichos límites no merecen una modulación especial o un régimen excepcional cuando nos topamos con las religiones o con las sensibilidades religiosas. Aun cuando la naturaleza de los fenómenos sea distinta en muchos aspectos, la religión por sí no ha de plantear a la libertad de expresión mayor cortapisa que la que le plantea la política, la moral o cualquier otra preferencia de personas o grupos. No ha de ser más fácil o menos arriesgado criticarme a mí o caricaturizarme por razón de mis opiniones morales o políticas o por razón de mi orientación sexual que con motivo de mi fe o mi falta de ella. Complementariamente, no tiene por qué ser más fácil que el fiel se exprese críticamente frente al que no cree, que a la inversa.
Llegados a esta punto, parece que nos ratificamos en una hipótesis disolvente, pues si se trata de examinar la relación entre libertad de expresión y fenómeno religioso, estaríamos sosteniendo que esa relación no debe tener nada de particular. No debe tener nada de particular, pero sabemos que de hecho lo tiene. Y se trata de reconducir la religión a una más de las libertades que son propias y características del Estado de Derecho. No más, pero tampoco menos.

01 octubre, 2009

Ideologías y caracteres

Me desconcierta enormemente la ligereza con que se usan por estos pagos las etiquetas de conservador y progresista, derechas e izquierdas y similares. Sobre todo porque muy a menudo no se aprecia fácilmente la correspondencia entre las actitudes personales o el modo de comportarse y la autopercepción que muchos tienen dentro de ese cuadro elemental. Y no me refiero a tópicos tan gastados como el que dice que los ricos no pueden ser progresistas.
¿Cómo podríamos explicar tan llamativas disonancias? Se me ocurre una hipótesis sobre el particular. Creo que podemos jugar con un par de clasificaciones y combinar sus elementos. La primera clasificación tiene que ver con el juicio sobre la sociedad en que vivimos y con la opinión sobre el grado de justicia o injusticia de las relaciones sociales. Bajo ese punto de vista, podemos llamar conservadores a los que consideran que nuestro modo de organización es básicamente justo, aun cuando existan puntuales desarreglos que se deban corregir. Sea por el peso de la tradición o por el poso de la cultura establecida, nos hallaríamos aquí y ahora en el mejor de los mundos posibles o en la realización de la mejor alternativa de convivencia social, de manera que, para este punto de vista, los cambios han de hacerse con cuentagotas y cualquier amago de ruptura radical o de revolución social, económica o política se observa con la mayor suspicacia. Esta sería la visión del pensamiento conservador. El conservador, así, se diferencia por ejemplo del reaccionario en que éste no está tanto por el mantenimiento del status quo, cuanto por el retorno a formas de vida anteriores o por la recuperación de tradiciones pretéritas.
Por contra, el pensamiento que podemos llamar progresista parte de una opinión negativa sobre el orden social, económico y/o político vigente y los tiene por fundamentalmente injustos, sea porque haya grupos de población oprimidos o fuertemente discriminados, sea porque no es correcta la distribución entre los ciudadanos de los bienes y las oportunidades. Con esta óptica progresista, pesan más las razones para alterar el estado de cosas del presente y para hacer fuerza a fin de configurar nuevos patrones de convivencia, reglas de juego alternativas y más igualitarias.
La segunda clasificación no atiende tanto a las ideas como a los caracteres o los talantes. Aquí, por dar algún nombre y a falta de etiquetas mejores, hablaremos de rancios y de progres. Va de suyo que rancio no es sinónimo de conservador ni progre de progresista, aunque el rancio suele votar a los conservadores y el progre a los progresistas. El rancio es aquel que, como actitud personal, teme profundamente la alteración de las pautas sociales establecidas, ya por un apego compulsivo a lo conocido, que le da referencias estables sin las que no se siente capaz de orientarse, ya porque en el fondo se siente cómodo con lo que hay y/o le saca buena tajada a su ubicación en la configuración actual de la sociedad. Por su parte, el progre sería el que se inserta con desasosiego o alguna forma de resentimiento en la sociedad que le ha tocado, pues, por las razones psicológicas o biográficas que sean, no alcanza a explicarse su vida cotidiana como mínimamente satisfactoria.
Así como la distinción entre conservadores y progresistas se plantea en el nivel de las ideas políticas y sociales, la que se traza entre rancios y progres tiene más que ver con factores psicológicos, con actitudes vitales, con temores, ansiedades o frustraciones.
Ahora apliquemos esas categorías para explicar lo paradójico o contradictorio de las actitudes de tantos, pero primero precisemos en qué consiste la paradoja o la contradicción. Con suma frecuencia damos con personas que se dicen conservadoras y, en consecuencia, defensoras de las instituciones más tradicionales, como la familia, o de la moral con más arraigo tradicional, como la moral de base religiosa, pero que, sin embargo, no tienen mayor empacho en contradecir en sus comportamientos personales esas pautas a las que teóricamente se acogen. Y no menos común es el caso de los que se afirman progresistas y, sin embargo, reproducen en su diario comportamiento los más acendrados esquemas del viejo orden, ya sea en la organización de su vida familiar, con reparto de tareas entre hombre y mujer a la manera de nuestros padres o abuelos, ya sea con un planteamiento fuertemente jerárquico, cuando no abruptamente tiránico, de las relaciones laborales, administrativas, etc. Puestos a concretar más, y aun a riesgo de caer en la caricatura excesiva, se puede decir que todos conocemos a tantos conservadores rancios de orden y misa frecuente que, a la mínima, le tocan el culo a la asistenta o la becaria o se van de putas aprovechando algún viaje, como a progresistas progres muy igualitarios que endilgan sin reparo a su señora las tareas domésticas o intentan explotar todo lo posible a la empleada del hogar. Por supuesto, sería fácil poner ejemplos paralelos si hablamos de mujeres y del habitual desacompasamiento entre la ideología profesada y la conducta real.
Ahora la posible explicación. Muchas personas logran desdoblarse a base de proyectar sus miedos, sus resquemores vitales o sus insatisfacciones biográficas en el plano de las ideas políticas, de forma que esa proyección en lo ideológico opera como bálsamo para sus miserias cotidianas. Vendrían a decirse constantemente algo así: yo estoy por el mantenimiento del orden establecido o por la transformación del mismo y socialmente me alineo en correspondencia, pero vitalmente no me siento concernido. Mi lucha por conservar el mundo tal como es o por cambiarlo transcurre en el nivel de la acción colectiva, en el plano de lo gregario, en la abstracción de las proclamas genéricas o de los ideales suprapersonales, pero, al tiempo, no me compete alterar el modo de vida que me da más satisfacción inmediata o me reporta ventaja evidente. Se trataría de un divorcio entre moral social y moral personal, a base de posponer cualquier compromiso personal en los hechos de la vida diaria hasta el momento en que acontezca la realización del ideal colectivo. Concretando y con los ejemplos un tanto rudimentarios: la prostitución debería prohibirse en nombre de la suprema moral sexual, pero, mientras no lo consigamos entre todos los nuestros, yo sigo yendo de putas como si tal cosa; o la igualdad plena de hombre y mujer deberá alcanzarse al fin, pero, en tanto no sea así, que siga mi santa haciéndome la comida, lavando los platos y cambiándo los pañales.
Para el rancio y el progre la ideología desempeña, como calmante y salida para las propias contradicciones, el papel que tradicionalmente cumplía la caridad para los ricachones: yo ya hago lo que puedo y más que otros, que no hacen nada; cuando esto funcione para todos como debe, yo seré uno más, pero, entretanto, me hago el loco cuando no estoy votando, en la manifestación o en la tertulia del bar.
Sería muy educativo extender el lema de que la ideología bien entendida empieza por uno mismo y que lo que se fíe al movimiento de las masas se fía para muy largo. Pero me temo que eso sólo lo vemos claro los liberales con un toque anarcoide, si se me permite la falta de humildad.

30 septiembre, 2009

Una pequeña historia real y sin trascendencia

He vuelto a viajar a Colombia, ayer mismo. Esto ya debe de ser vicio. Los pasos habituales, sin gran novedad y sin misterio, aunque he de confesar que en esta ocasión escuché a dos azafatas comentar las novelas de Sgtieg Larsson. Palabra de honor. Pero nada más.
Al llegar al aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, y mientras hacía cola para los trámites de control de pasaportes, tenía detrás a un varón español de unos cuarenta años que se desesperaba porque no conseguía hacer una llamada con su móvil. Pretendía comunicarse con un número colombiano y no salía la llamada. Le hice algunas sugerencias sobre prefijos y al fin lo logró. Quedó absolutamente exultante, pues la comunicación era con su amada. Como estaba tan feliz y tenía ganas de explayarse, me lo contó todo, en esa cola y luego mientras buscábamos los equipajes y hasta en la espera del avión de enlace a Medellín.
Me arrepentí de mi sociabilidad, como suele pasarme en estos casos, pero la historia tenía su gracia, aunque no era muy original. El hombre era divorciado y con algunos hijos. Ahora se había colgado locamente de una mujer que lo estaba esperando en Medellín con los brazos abiertos. Era la primera vez que él viajaba a Colombia y la tercera ocasión en que se veían. Me contó que su plan en este viaje era proponerle matrimonio. Así, ya, a casarse urgentemente. Reprimí las ganas de decirle lo de hombre, espera un poco, qué prisa tienes, piénsalo un rato más, trata de conocerla algo mejor, mira a ver qué tal en esto y en lo otro, dile que se vaya a España un tiempo y convivís informalmente... La experiencia enseña que el obcecado no admite consejos, sólo quiere compartir su entusiasmo y que le digan olé tus narices y como el amor no hay nada. También achanté en otro momento. Andábamos paseando por el aeropuerto y me preguntó algo sobre el cambio de euros a pesos. Yo le señale un cajero automático y le comenté que con una tarjeta de crédito o de débito podía sacar allí los pesos que necesitara. Me respondió que para qué, que total él no pensaba gastar nada más en este viaje y que estaba seguro de que su chica lo iba a mantener en Medellín, y a cuerpo de rey además. Lo miré muy serio, pero no debió de notarme nada. Además, yo qué sé y pasar, pasa de todo en cualquier parte.
En el avión conseguí zafarme un rato, pero ya me había picado la curiosidad. Aguardamos juntos la llegada de las maletas en el aeropuerto de Río Negro y me propuse ser un poco cotilla. El hombre estaba nervioso, comido por la ansiedad. Me repitió que se quería casar sí o sí con esa maravillosa mujer. Mi curiosidad crecía. Las maletas no salieron a la vez, una pena. La suya llegó antes y se despidió de mí precipitadamente. Corría hacia la puerta con el equipaje a cuestas. Yo dejé la cinta transportadora y lo seguí hasta la salida, con discreción. Sólo un cristal separaba de la sala en la que se aguarda a los pasajeros. Me puse a observar a las señoras que esperaban solas, tratando de adivinar cuál sería. De pronto, el compatriota dejó caer su maleta y se fue hacia una dama con los brazos abiertos. Era una gorda bien gorda que no salía en mi quiniela. Pero para gustos colores, y bien sé que por qué no va a haber gordas adorables. También soy comprensivo con las perversiones de todo género. Él se abalanzó sobre ella e intentó besarla en la boca. Ella aceptó su abrazo lánguidamente y puso un beso en la mejilla del hombre. Así estuvieron un rato, abrazados ya sin más. Es bonito el amor. Ella movía sus manos sobre la espalda de él, como si quisiera relajarlo con un leve masaje amistoso. Y allí seguían. Tal vez mi maleta había aparecido ya y daba vueltas sobre la cinta, pero yo no me movía de mi observatorio. En esto, tuve la impresión de que la mujer alzaba la vista y de que su mirada se cruzaba con la mía. Juraría que sutilmente alzaba su mano de la espalda del otro y me hacía una señal con el dedo pulgar levantado, como de esto marcha o ahí vamos y usted ya me entiende. Retrocedí y, en efecto, mi maleta ya había aparecido. Cuando salí, ya no estaban. No sé por qué, pero suspiré con cierto alivio.
Esta historia es real, yo no pongo ni quito ni juzgo ni califico nada. Puede que lo del dedo fuera imaginación mía, pero todo lo demás fue tal como lo cuento. Y ya está. ¿O no debería contarlo?

De nuevo sobre discriminaciones inversas y discriminaciones tontas

Anteayer venía en El País una columna de Almudena Grandes sumamente crítica con el propósito del Ministerio de Cultura de subvencionar con ventaja las películas dirigidas por mujeres. De tanto emplear a tontas y a locas la llamada acción afirmativa o discriminación inversa, acabarán enturbiando hasta su sentido en los casos en que sí puede tenerlo. Suele ocurrir cuando el lugar de la reflexión con buen bagaje intelectual lo ocupa la pura consigna y cuando la distinción bien fundada se reemplaza por el estereotipo o la caricatura.
¿Por qué hay que privilegiar a las directoras de cine frente a los varones directores? ¿Porque hay menos mujeres directoras? Por esa regla de tres, cuántos directores de cine hay negros o inmigrantes o gitanos o mancos o diabéticos y por qué no se les da trato de favor? Las políticas de discriminación inversa están generalmente reconocidas y admitidas cuando se trata de conceder a un grupo discriminado una ventaja comparativa que sirva para ir eliminando la situación de inferioridad social de dicho grupo y sus menores oportunidades en la competición social. Para que tengan sentido se requieren tres cosas: que exista esa discriminación previa del grupo en cuestión, que se trate de un asunto que tenga una relación relevante con las razones de la discriminación y de su mantenimiento y que la medida tenga alguna eficacia para superarla.
No siempre a ciertos efectos no hay paridad numérica entre dos grupos existe una situación de discriminación social como razón. En el baloncesto es mucho mayor la proporción de jugadores altos que bajos y resultaría absurdo, por ejemplo, subvencionar a los equipos que contraten jugadores por debajo del uno ochenta. Parece cierto que a día de hoy son más los directores de cine que las directoras. La cuestión decisiva que en aquí debería contar en el punto de partida es la de si, a día de hoy, las mujeres tienen más dificultades que los hombres para llegar a directoras, si son infravaloradas o peor tratadas por productores, público u organismos públicos que financian o cofinancian las películas. En el caso de que no hubiera tales inconvenientes mayores para las mujeres, habría que concluir que es puramente casual y contingente el hecho de que haya más hombres dirigiendo películas y la situación podría invertirse en cualquier momento sin necesidad de acciones afirmativas. Por tanto, el primer fundamento de la medida no puede ser puramente numérico, sino basado en análisis de las dificultades objetivas de hombres y mujeres a ese propósito. Que las mujeres, en su conjunto o por término medio padezcan discriminación no puede por sí ser razón bastante para que se otorgue trato más favorable, frente a los hombres, a cualquier subgrupo de mujeres. Por ejemplo, si un día constatamos que son más los hombres que las mujeres con un patrimonio personal de más de cien millones de euros, no tendría justificación el aplicar desgravaciones fiscales a las mujeres ricas con el fin de que en tal nivel de riqueza estuvieran varones y hembras a la par.
Que las mujeres han estado fuertemente discriminadas en esta sociedad y que aún lo están en numerosos aspectos es algo difícilmente discutible. Ahora bien, no resulta tan evidente que una mayor proporción de directoras de cine tenga algún efecto positivo frente a esa discriminación general o de partida. Se impone de nuevo ir más allá del puro fetichismo de los números y preguntarse qué efectos correctores o de mejora de la situación de la mujer tiene la mayor presencia de directoras. Es indudable, por ejemplo, que una política general de incentivo del empleo femenino o de la igualdad salarial de mujeres y de varones tiene tales efecto correctores de la discriminación de las mujeres. En cambio, ¿qué incidencia general cabe esperar de que las directoras que consiguen hacer una película sean treinta en lugar de diez, pongamos por caso?
Creo que la respuesta más común consistiría en sostener que a través de la obra cinematográfica de las mujeres se haría notar mejor socialmente la voz particular de las mujeres, su visión del mundo y de los problemas sociales. Pero esto supone una asunción un tanto arriesgada, la de que hay dos visiones del mundo o maneras de ser específicas y distintas, la de los hombres y la de las mujeres, y que esa diferente visión no es un producto cultural, precisamente de la cultura no igualitaria que se trata de superar. Además, llevaría a pensar que las películas de las mujeres, por expresar la perspectiva femenina, serían sobre todo películas para mujeres, puesto que son éstas las que, por compartir dicha perspectiva, mejor pueden comprenderlas; y otro tanto ocurriría con las de los hombres, que serían más que nada para hombres. Me parece que un elemental vistazo al cine de los últimos años permite descartar semejante compartimentación. Algunos más bien tendemos a pensar que lo que en muchas obras literarias o cinematográficas hoy puede traslucirse no es tanto el género de su autor como su clase social o la mayor o menor condescendencia con los poderes establecidos y que, por esa vía, sería mucho más recomendable una política que facilitara que los pobres, sean varones o féminas, puedan llegar a dirigir cine, escribir novelas, diseñar puentes o dictar sentencias. Quien mejor puede retratar o interpretar la situación vital de una mujer pobre no es necesariamente otra mujer, sino un hombre o una mujer que conozcan vitalmente la pobreza.
Por último, y sin extenderme más por ahora, me permito dudar muchísimo de que la subvención pública prioritaria de las películas hechas por mujeres tenga ni la menor incidencia para la corrección de las desigualdades sociales que aún se padecen, ni siquiera para la desigualdad entre hombres y mujeres en lo que ésta se mantenga. Si de luchar contra la desigualdad se trata, incluso contra la desigualdad por razón de género, esos dineros extra estarían mucho mejor empleados en becas para que puedan asistir a un excelente colegio o estudiar una carrera niñas gitanas o hijas (e hijos) de mileuristas de cualquier raza u origen social.