Parece que se ha puesto un poco de moda la historia ficticia o fingida. Se trata de imaginarse qué habría ocurrido, cómo se habrían encadenado los acontecimientos si determinado evento histórico hubiera acaecido con resultados distintos, de otra manera. Por ejemplo, que los ejércitos de la República se hubieran impuesto a los de Franco, que Hitler hubiera derrotado a Stalin, que los Estados Unidos no hubieran intervenido en la Segunda Guerra Mundial, que América la hubieran descubierto los franceses. En fin, lo que se nos ocurra. Hay una novela reciente de Philip Roth,
La Conjura contra América, que arranca de un supuesto históricamente no sucedido, pero que hubiera podido ocurrir: que en los años cuarenta Norteamérica hubiera estado presidida por el aviador filonazi Charles Lindbergh, después de que éste ganara las elecciones frente a Franklin Roosevelt.
¿Jugamos un ratillo a eso? Titulemos la narración “
Un país presentable”. Imaginemos, soñemos que las reacciones de los políticos cuando el 11M hubieran sido bien otras; y otra la historia hasta hoy mismo, claro. Una historia mejor, más decente, menos deprimente. Se admiten enmiendas, correcciónes y versiones alternativas, por supuesto.
Allá vamos. Brevemente, en esquema, puro boceto.
Un país presentable.
No se recordaba en el país una conmoción tan fuerte. En todas partes se formaban corrillos de ciudadanos perplejos y dolidos, que comentaban las noticias de los varios atentados, que se dolían de los muertos, que se preguntaban, con rabia, quién podría ser el autor de tamaño crimen. Casi todas las hipótesis apuntaban a ETA, pues poco tiempo antes un terrorista de esa banda había sido detenido en una carretera cercana ya a Madrid, cuando llevaba en su coche un cargamento de explosivos, parece que para hacerlos estallar en alguna instalación ferroviaria.
También los políticos sospechaban de los etarras. El Gobierno manifestó, por boca de su portavoz, que las primeras pesquisas de la policía tenían en el punto de mira a los terroristas de aquí, pero que, a falta de nuevos y más seguros resultados, ninguna hipótesis parecía descartable. “No debemos arriesgar juicios precipitados que puedan provocar reacciones indebidas en una ciudadanía ya bastante desorientada”, declaró el Ministro del Interior. Menos prudente fue la aparición del lehendakari Ibarretxe, que afirmó que esos etarras asesinos que, al parecer, habían provocado la masacre, no eran auténticos vascos, sino puras alimañas.
El líder de la oposición convocó una rueda de prensa para comunicar a toda la sociedad que en momentos de tanta convulsión y tan gran dolor, la legítima contienda política debía dejarse de lado por unos días, al menos, para concentrar todo el esfuerzo de la gente de bien en el auxilio de las víctimas, la investigación policial y la solidaridad de todos los ciudadanos. “La estatura moral de un país se mide por la generosidad, el espíritu de servicio y la elevación moral de sus políticos”, declaró, y añadió que su partido no iba a emprender ninguna maniobra de desgaste o acorralamiento del Gobierno en días en que tan necesaria se hacía la unidad de las gentes decentes. Toda la prensa extranjera, amén de la nacional, se hizo eco de un mensaje tan altruísta y desde entonces se menciona constantemente a España como un ejemplo de país cuya política se somete al juego limpio entre los contendientes. El
Herald Tribune llegó al punto de afirmar que el primer milagro español había sido la Transición y el segundo la capacidad para reaccionar unidos y con espíritu democrático y hermanado ante un atentado terrorista de semejante magnitud. “Una lección para el mundo”, así se titulaba el referido artículo de su corresponsal en España.
Mientras la policía trabajaba frenéticamente y en las puertas de los hospitales se formaban enormes colas con las gentes que querían donar sangre, mientras los medios de comunicación establecían servicios especiales para proporcionar información a vecinos y a familiares de posibles víctimas, mientras desde múltiples instancias, públicas y privadas, se repetían las apelaciones al sosiego y a la unión, el Presidente del Gobierno y el jefe de la oposición de mantenían en contacto continuo. Además de la consternación compartida y de intercambiarse al minuto información sobre la marcha de las investigaciones policiales y sobre la situación de las víctimas del atentado, daban vueltas a un tema crucial: qué hacer con las elecciones generales convocadas para tres días después, el 14 de marzo. Por de pronto, acordaron solicitar a todos los candidatos y militantes de sus partidos que no hicieran ni el más mínimo uso electoralista del atentado. “Esta agresión a España y los españoles, obra de desalmados viles y canallas, sean quienes sean, no es política, sino puro y simple crimen, crimen de mentes enfermas, de bestias sin rastro de moral, y por eso no cabe que de un suceso así se extraiga ninguna consecuencia política ni se haga una utilización partidista por nadie que se quiera digno ciudadano y político demócrata”. Tales fueron las palabras del Presidente del Gobierno. Y a la misma hora el jefe de la oposición declaraba que por muchos que hubieran sido los errores del Gobierno, y había tenido muchos y graves en su opinión, por mucho que algunos pudieran ver en la mano asesina algún propósito de revancha o algún ánimo de chantaje, la autoestima de todo un país y el prestigio del Estado se encuentran muy por encima de las coyunturales contiendas por el poder, y sólo con la unión de todos cabe responder a un reto tan obsceno.
Periódicamente comparecía en televisión el Ministro del Interior y, al tiempo que renovaba sus ruegos de calma y su invitación a la paciencia y a la confianza en los cuerpos y fuerzas de seguridad, informaba de que existían pistas contradictorias y de que la policía no excluía, por el momento, ninguna hipótesis sobre los posibles autores. “Sean quienes sean, se les detendrá, se les juzgará y sabremos toda la verdad”.
Al día siguiente, en una nueva aparición ante las cámaras, el Ministro indicó que se habían descubierto nuevos indicios de que el atentado pudieron realizarlo fanáticos islamistas. Previamente el Predisente había llamado al jefe de la oposición para darle a conocer esas últimas novedades. Fue una conversación tensa, pues discutieron un rato sobre la posible relación que el atentado pudiera guardar con el envío de tropas españolas a Irak. En ese instante corrió peligro el clima de unión que entre los dos partidos se había logrado tejer. Pero prevaleció el sentido de Estado cuando el Presidente admitió que tal relación podría existir en la mente de los terroristas, pero que no cabía que viéramos en tal cosa una justificación del atentado, a lo que respondió el dirigente opositor que semejante debate debería quedar para mucho más adelante, cuando se conociera con seguridad a los responsables y sus móviles; y que, en efecto, cualquier uso de esa hipótesis equivaldría a hacerles el juego a los asesinos y brindar una forma de justificación a su acción. Acordaron volver a hablar dentro de dos horas para pactar qué hacer con las elecciones convocadas.
Para cuando ese plazo se cumplió, eran ya aplastantes los indicios del origen islamista radical del atentado. El Presidente convocó a la Moncloa a su interlocutor de la oposición. Miles de periodistas aguardaban fuera los resultados de tan decisiva entrevista. La propuesta del Presidente fue aplazar las elecciones un mes. El líder opositor le hizo ver que, si aceptaba, su partido perdía la ocasión de obtener un buen resultado, pues muchos, se quiera o no, querrán ahora que el Gobierno pague en las urnas por su apoyo a una guerra que tal vez es la causa de este ataque terrorista. Replicó el otro que eso seguramente ocurriría así si se votaba ahora, en caliente, pero que con el aplazamiento seguramente ganaría votos también el partido del otro, gracias a haber mostrado tan profundo sentido de Estado y tan exquisito compromiso con las reglas de juego. “¿Me habrías hecho la misma propuesta de aplazamiento si el atentado lo hubiera cometido ETA?", preguntó el opositor. “Tal vez no, pero creo que la habría aceptado si me la hubieras hecho tú. Jugar con cartas marcadas de sangre deslegitima al que gane y, a la larga, lo pagaríamos todos”, respondió el Presidente.
Comparecieron juntos ante los medios de comunicación y el Presidente anunció que habían acordado aplazar un mes las elecciones y que los servicios jurídicos del Estado estaban ya analizando los detalles legales. “Agradezco a la oposición, en la persona de su líder aquí presente, su hondo patriotismo y su capacidad para anteponer la política de Estado a cualquier interés particular o partidista”. Tomó luego la palabra el otro y manifestó que ya volvería el tiempo de la legítima discrepancia y del enfrentamiento político, cuando se aliviaran un poco los efectos traumáticos de semejante crimen, crimen que jamás y bajo ningún concepto puede hallar justificación, disculpa ni explicación en ningún ciudadano honesto que crea en la democracia y el Estado de Derecho, y menos en ningún político que aspire a gobernar un día este pueblo noble y leal.
Pasó el mes del aplazamiento y se celebraron las elecciones generales. Los resultados fueron apretados, con la ventaja de dos diputados para el PSOE. Se antojaba difícil formar gobierno y fueron arduas las negociaciones. El PSOE recibió ofertas de IU y de todos los grupos nacionalistas de la Cámara. Pero las exigencias de estos últimos eran muchas y, por tanto, muy alto el precio a pagar por la estabilidad gubernamental. Rodríguez Zapatero convocó a Rajoy y le propuso un pacto de Estado en los siguientes términos: El PSOE gobernaría en solitario y buscaría apoyos puntuales para cada ley o medida. Naturalmente, esos apoyos habrían de venir de los partidos a su izquierda y de los nacionalismos, lo cual tendría un precio que habría que pagar, en inversiones, mayores transferencias y, tal vez, en reforma generosa de algún estatuto de autonomía. Pero que entre los dos, PSOE y PP, deberían acordar ahora límites de las reformas posibles y ámbitos de intangibilidad, comenzando por la mismísima Constitución, en todo lo de ella esencial. Se sucedieron las reuniones durante semanas, unas del PSOE con sus futuros aliados de gobierno; otras del PP y PSOE para fijar los puntos de la política común de Estado, sustraídos a todo trato o precio durante la legislatura. Al fin acordaron los dos partidos esto último y sacaron a la luz los términos de su pacto. Los partidos minoritarios montaron en cólera, pero retornaron al redil tan pronto como se les hizo ver que su negativa a apoyar al Gobierno del PSOE forzaría o a un gobierno de coalición de los dos grandes partidos o a una nueva convocatoria de elecciones.
Han pasado dos años y el debate político no ha pedido ni una miaja de su interés ni de su dureza. El Gobierno ha conseguido sacar adelante en el Parlamento leyes que han levantado ronchas en la actual oposición, como la ley que permite el matrimonio homosexual. Pero, pese ello, o gracias a ello, España disfruta un momento de gran estabilidad social y constitucional. Es la envidia del mundo y el ejemplo para otros. Y hasta es posible que gane el Mundial de Fútbol en Alemania.
Y colorín, colorado...