12 mayo, 2006

Fantasmas de la lengua.

Anoche dormí en Gijón, después de visitar a mis viejos. Cometí la imprudencia de encender el televisor. Maldita la hora. Me encontré con el reciente canal autonómico, Teleasturias, ahí estamos. Y emitían un programa sobre la llingua. Ea, pues. Sobre una lengua que tenemos allá y cuyo nombre no me atrevo a poner por escrito, pues escuché anoche a un montón de especialistas y propagandistas, todos hablando esa lengua, y unos la llamaban "asturiano" y otros "asturianu". Así que no sé si decir que hablan en asturiano del asturianu, en asturianu del asturiano o qué. Yo siempre dije que la lengua de mi casa era el bable, pero se ve que ya no es fino denominarlo así, pues ni uno solo de los sabios con lengua usó tal nombre. Al parecer, estaba yo equivocado. Igual lo mío es llionés y me entero ahora. Así es la infancia. Uno mama y mama y no sabe lo que mama. Yo creí que había mamado una lengua y resulta que era otra y que era distinta. A lo mejor es que a mi me trajeron en Puerto Rico y no me lo han confesado. Será por eso por lo que me gusta tanto la salsa bailable.
Me estaba divirtiendo mucho con el programa, sólo por escuchar el chapurreo de esos tipos que dicen que hablan la lengua de mis raíces y que tienen menos raíces que una golondrina. Porque vamos a ver, un jovenzuelo que al parecer era llingüista de pro y que defendía con oratoria mortecina la urgencia de que Asturias viera oficialmente reconocida esa que al parecer es su lengua, comenzó así una de sus respuestas: "Es una gran falacia decir que...". Él estaba justo en ese instante exhibiendo con orgullo su dominio de esa lengua maltratada, el asturiano, y hay que suponer, por tanto, que no quería mezclar idiomas, que quería hablar el suyo. Sí, el suyo, seguro. "Es una gran falacia".
Yo me iba preocupando a medida que transcurrían el programa y los especialistas. Me preocupaba porque muchas veces los amigos, allá en la opresiva Castilla y León, me preguntan detalles de cómo se dice en bable esto y lo otro. Y acabo de descubrir que no doy ni una. Soy un apátrida idiomático, un deslenguado. Claro, yo lo cuento como lo hablo, que es como lo hablaban mi padre, y su padre y el padre de su padre. Y las madres. Como si tamaños aldeanos tuvieran derechos históricos. Si hablaban raro, que los zurzan. No pretenderán hacerlo mejor y saber más que estos chavales tan estudiados. Faltaría más.
Por ejemplo, yo siempre digo que los sustantivos que en castellano acabarían en o, en bable cambian a u. Queso-quesu, saco-sacu. Pues no. Mis admirados protagonistas televisivos dicen "queso" y "saco". Cuando se lo cuente a mi padre no va a dar crédito. Para una cosa que creía que dominaba, el hombre. Eso sí, un muchacho de ésos dijo de pronto "filantrópicu". Tengo que preguntarle a mi viejo si sabe qué significa. Seguro que no, qué vergüenza. Y otro apuntó que lo que hay en Asturias con la lengua es mucho "prexuiciu". Que conste.
En estas cavilaciones y dudas andaba yo, cuando escuché un ruido a mis espaldas. Me ericé un poco, pues estaba en el piso vacío de mis padres. Me volví, sobresaltado, y allí tenía mi abuelo, diríase que en carne mortal. El abuelo Marcelino, que murió cuando yo tenía tres años, en Ruedes.
- Coño, güelu, qué faes aquí. -Curiosamente me sentí de pronto sereno al enfrentarme con su plácida expresión.
- Na, Toñín, taba viéndote ahí solín y de repente pareciome oír coses de les de antes en la tele. ¿Date más que me siente un pocoñín a la vera de ti en esti tayuelu?
- Siéntate si quies, pero paezme que vas aburrite, güelu.
- Calla, oh, déxame poner la oreya a ver de que hablen.
- Güelu, non se diz "hablen", dizse "falen".
- ¿Quién lo dixo?
- Coño, ¿non lo tas oyendo?
- Cagumimantu, nietu, falar ye otra cosa, ¿no te acuerdes, oh?
- Ya lo sé, cagunmigüela...
- Mecagoenrós, guaje, dexa a la tu güela en paz o doite con la civiella.
- Perdona, oh. Taba diciéndote que ya sé lo que ye falar, ye dir delante de les vaques con la guiada. Pero eso ye en Ruedes na más, toy dándome cuenta.
- Y entós cómo se diz ahora falar.
- Ahora ya non fala nadie, oh, ahora son to tratores. Ya non hay vaques de uncir y los carros tan tos en los museos.
- Bueno, fiu, dices unes coses tan bobes que paez que tas alloriau. Déxame oir lo que parlen esos rapazos. Por la caruca, paécenme tos d´Uvieu.
- ¿Por?
- Por cómo van vestíos. Deben ser de algún desfile de la Ascensión. Tan como mazcaritos, cagonrós. Esos no ficieron la mili.
Soltó una risotada, echó la boina para atrás y clavó sus ojos en el televisor. Me reconocí en algún recóndito gesto y me pareció estar viéndome a mí mismo cuando trato de concentrarme para comprender el contenido de la conferencia de algún abstruso colega.
Y comenzó ahí mi definitivo viacrucis idiomático.
- Nietu, qué quier decir "filoloxía".
- Oye, oh, ¿qué ye eso del "código semióticu"?
- Cagonlespites, que quier decir eso de la "sociollingüística".
Me hartó, me sentía incómodo con tanta pregunta.
- Son les coses de ahora, güelu, qué quies que te diga.
- Pero eses coses ónde les faen, paécenme como de pa la parte de Teverga.
- Qué Teverga ni qué collones, eso vien to de los americanos.
- ¿De Cuba? Nunca más supe del mi primu que marchó p´allá.
- Vaya, oh, ¿non querís oír la tele?
Pero ya no había quién lo parara.
- Mira esi que cara de fartón tien, y tou desgreñau. Ta renegau pidiendo non sé qué.
- La oficialidá, ¿non lu oyes?
- ¿Qué ye, que ye del exércitu? Había en el cuartel de Pinzales un capitán de la guardia civil que llamaben el Raposu y un día...
- No, no, no tien na qué ver, esta ye una oficialidá civil, pa les traduciones oficiales y eso.
- Será otru comederu. Ta subiéndoseme el geniu.
- Tranquilu, güelu, aposienta.
- Ye que toi calentándome, yo pensé que iben a decir alguna cosuca de les que yo conozco. Qué se yo, de vaques, de praos, de sayar patates, de esfoyar maíz o de mayar fabes.
- Ay, tas arreglau. Tú en qué añu crees que vives, tas guapu.
Me di cuenta de inmediato de la metedura de pata. Traté de sacarla.
- Si quiés charramos un poco tú y yo de eses coses que te presten.
- Na, monín, marcho, toy aburriéndome.
- ¿Onde vas?
- Vuelvo p´al cielu, que tan los compañeros esperándome.
- ¿Entós?
- Tenemos muncho qué facer, tamos redatando los estatutos.
- ¿Estatutos?
- Ye que tan empeñaos en dividir el cielu por aldees y andamos entre Clemente Carril, Alfredo Mingo y yo discurriendo el estatutu de los de Ruedes.
- ¿Y Dios que diz, oh?
- Meca, Él anímamos muncho, ta como llocu con eses caxigalines; dicen que ye pa que lu votemos para la próxima eternidá.
- ¿Y vais votalu?
- Depende de la tayada que nos dé. Ya sabes como ye la política, tamos espabilando tos allá arribona.
- Oye, oh...
Me quedé con la frase en la boca, pues me guiñó un ojo como si hiciera la seña del tres y se esfumó igual que había aparecido.
A todo esto, el programa sobre la lengua de ellos había terminado y estaban con las noticias de Asturias. Llegué a escuchar a medias una información que no fui capaz de entender. Resulta que a uno del PP lo grabaron los del PSOE negociando comisiones con unos constructores y mandaron la cinta al fiscal. Y al día siguiente los del PP presentaron una película en la que habían grabado al del PSOE que los había grabado, negociando también él unas mordidas. Vi a este último declarando en rueda de prensa que él ya sabía que lo iban a grabar, porque esa gente anda grabándolo todo y van como locos. Pornoastur.
Han pasado más de veinte horas y todavía no sé si lo que soñé fue lo de mi abuelo o lo de los partidos. Qué mágica tierra la mía.

11 mayo, 2006

Neopuritanismo

Paciente lector, tomándome más confianza tal vez de la debida, le voy a rogar que haga unos sencillos ejercicios de introspección y que para usted mismo se responda unas preguntas. Del resultado dependerá que haya alguna razón o ninguna en las tesis que iré afirmando.
¿Ha probado alguna vez, en los últimos años, a soltar alguna expresión procaz en alguna reunión social que no sea su anual reencuentro con los hechos polvo de su antigua pandilla? Por ejemplo, en cenas de matrimonios o parejas, o a la hora del café con los compañeros de oficina. Lo más probable es que ni se le ocurra. Y si alguna vez se le ocurrió, temo no le hayan quedado ganas de reintentarlo, tales fueron las miradas y los gestos de rechazo que recibió como pago a su osadía. ¿Y no se ha preguntado por qué pasa eso, por qué hay que cogérsela hoy en día con papel de fumar –expresión que va cayendo también en desuso por razones obvias que conviene meditar-? ¿Cuántas veces se le viene a la cabeza un fantástico chiste verde que usted conoce y que encajaría de perlas en el tema de conversación, pero se lo aguanta, no vaya a ser peor el remedio que la enfermedad? ¿Es o no verdad que a menudo se bloquea en medio de su perorata ante los conocidos, pues no es capaz de encontrar para sus pensamientos una expresión que no suene sexista u homófoba o libertina en exceso? Hace alguna que otra década, uno miraba disimuladamente a su alrededor antes de soltar tan divertidas lindezas, no fuera a revolotear algún cura en las inmediaciones. Hoy, si es un cura el que está presente uno respira aliviado y casca lo que sea. Ahora lo que asusta es que pueda oírnos un progre de consigna y discurso único, un progre unidimensional (ay, si Marcuse levantara la cabeza).
Siguiente cuestión. ¿Conoce usted a algún amigo o amiga desparejado y que le cuente algo de cómo le va en la cosa de las alegrías corporales? Por lo que yo sé, la mayoría dice que está complicadísimo el tema, pues ha desaparecido el término medio, constituido en tiempos por aquel varón o hembra que era majo/a y conquistable al tiempo con tácticas convencionales. Hoy casi todos/as dicen que te topas o con algún “destroyer” enloquecido que pretende colocarte sin avisar una fila entera de imperdibles en salva sea la parte, o con la madre/padre Teresa/o de Calcuta/o, sólo que con hábito distinto, en vaqueros y con pins de variopintas ONGs, nada dados estos últimos a las concesiones eróticas, tenidas por manifestación del imperialismo, la frivolidad y la falocracia. ¿Pero no habíamos conquistado la libertad sexual, al tiempo que perfeccionábamos, a golpe de manual y terapias, las técnicas de la comunicación interpersonal?
Hace tiempo que vengo sosteniendo una idea que me ha costado más de un disgusto cuando la verbalizo. La expresaré en el género gramatical que corresponde a mi vilipendiado género: nada mejor que las católicas. Vale también cambiando el género. Pues saben como purificarse después de la correspondiente concesión, voluntaria y libre, a las pasiones. El problema de los otros es que no han inventado aún un equivalente funcional a la confesión. Han probado con el psicoanalista, pero sale caro y acabas descubriendo en ti cosas aún peores. También con las terapias de grupo, pero terminan con frecuencia en pecados más dolorosos. Así que no tienen manera de descargar en nada ni en nadie lo que padecen como terrible culpa: he sucumbido ante la pujanza de un falo manejado por un tipo simpático, o he disfrutado, cual objeto, de los atributos turgentes de una dama y, oh, dioses, le he sido infiel al catecismo de la corrección política. Todo eso sin contar el sinvivir del orgasmo libresco, que esa es otra.
Tercera pregunta. ¿Está usted al tanto del gran aumento de la prostitución y de su ya masiva clientela? Ah, ¿pero no estamos en una sociedad no reprimida ni represora? Pues no, mire qué pena. Vivimos en una sociedad tan leída, que sus miembros (me refiero a los ciudadanos que integran la sociedad) no son capaces de cumplir al tiempo con todas las reglas de trato con el otro, especialmente el del otro sexo. ¿Sabe usted que, contrariamente a lo que los ingenuos piensan, los clientes de la prostitución son en su gran mayoría jóvenes? ¿Y que dicen que prefieren eso, de tan insufribles que se han puesto las normas del cortejo?
Cuarta pregunta, esta muy personal, discúlpeme. Si no quiere contestársela, no se la conteste. ¿Tiene usted pareja más o menos estable, en cualquiera de sus formas jurídicas? Si la respuesta es sí, agárrese ahora: ¿Se ha atrevido a decirle, o a insinuarle al menos, cuántas cosas le gustaría hacer a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hasta, para, por, según, sin, so, sobre, tras ella? Ya ve, caben casi todas las preposiciones para dar cuenta de sus silencios de usted y de su contraparte, tan ricos y variados como las fantasías secretas de ambos. ¿Y por qué, si los suplementos dominicales de los periódicos cuentan que la esencia de la buena pareja es la confianza y la tele explica que vivimos en una sociedad muy libre y abierta? Pues porque es mentira, porque estamos atorados en una sociedad reglamentista, autista, solipsista, inhumana y fría. Porque ahora ya no nos coartan los sermones de los párrocos ni nos paraliza el terror al infierno, sino que nos limita y nos incapacita toda una retahíla de ismos, compitiendo todos por controlarnos el cuerpo y censurarnos la palabra. Nos atenaza el tabú del respeto, tanto que no nos respetamos a nosotros mismos y no nos permitimos ser libres y espontáneos en palabras y acciones, ni siquiera ante quien supuestamente comparte en plenitud nuestra intimidad, sin compartir en realidad nada más que la represión que nos inunda la mente y nos paraliza el cuerpo.
El esquema se repite, seguimos poco más o menos donde andaban nuestros padres y abuelos, sólo que con más información y, consiguientemente, frustraciones más profundas. Ya ven, antes como ahora, la solución que nos queda es pasar a la clandestindad del prostíbulo o a las servidumbres de la doble vida. Debe de haber miles y millones de parejas en las que cada uno de sus miembros se lo monta por su lado y por separado realiza los anhelos que disfrutarían compartiendo, sin poder en verdad compartirlos, no vaya a pensar de mí que soy un esto o una lo otro, resumido en que no soy lo bastante progre, moderno, respetuoso, considerado. Que no soy, a fin de cuentas, como el discurso único dice que deben ser el hombre perfecto y la mujer ideal.
Luego, los mismos medios que nos inculcan la perniciosa ideología se forran con la divulgación y publicidad de los santos remedios para nuestras variadas disfunciones: pastillas, apósitos, prótesis, tratamientos, consultas, curaciones y terapias. Sustitúyase todo esto por cilicios, duchas frías, ejercicios espirituales, confesores, bulas y penitencias, y estamos en lo de siempre, en la represión y su negocio.
Qué sociedad tan libre, qué vida tan rica, qué personas tan íntegras. Puaj.

10 mayo, 2006

Peques y papis. Más de lo mismo.

Acabo de encontrarme en la calle con un vecino, que además es del gremio profesoral. Saludos y tal. Le digo que unos cuantos de la zona hemos hablado de organizarnos algún partidillo de fútbol por las tardes, ahora que llegó el buen tiempo. Me mira consternado y me dice que ésta es mala época, pues están los niños de exámenes. Ingenuo y con la cabeza en otros tiempos y otros modos, le respondo que no importa, que jugamos mejor los mayores solos. Je, voy que no me entero. Me dice que no es por eso, que lo que pasa es que cómo va a salir él a jugar al fútbol a las ocho de la tarde y dejar a su hijo estudiando, que menudo escándalo y que el chaval se pondría imposible y muy disgustado. Como lo cuento, palabra. A todo esto, el muchacho anda por los doce o trece años, no se crean que es un bebé desamparado.
Con la guerra que dan estas infames bestezuelas de hoy en manos de esos papis tan entregados y chachis, no entiendo por qué la gente no se compra unos tamagochis y pasa de perpetuar semejantes genes zopencos. Palabra. O a lo mejor los tamagochis son éstos y hay que tratarlos así para que no se les descarguen las baterías, vaya usted a saber.
Luego decimos que los jovencitos salen estupidillos y flojos. Como para que salgan unos luchadores curtidos, ya te digo.
Herodes, ven. Y abre una sección para papis y mamis ideales de la vida.

Estupendísimo artículo.

No se pierdan el artículo que publica hoy Félix de Azúa en El País. Para gustos colores, lo sé, pero tengo a este "intelectual" entre lo poco digno y ejemplar que hoy se puede leer por estas tierras.
Copio abajo el artículo y no digo más, se comenta solo.

EL ESTRUENDO DE LOS CORDEROS.
Félix de Azúa.
Cuando las sociedades florecen o dan fruto, cuando viven años de expansión, enriquecimiento o victoria guerrera, no es infrecuente la aparición de personajes que alcanzan la notoriedad por su escepticismo, por la distancia que interponen entre sus conciencias y los gloriosos acontecimientos que todos celebran. Estos aguafiestas solían tener un agudo sentido del ridículo y trabajaban su personaje con prudencia aunque también con arrojo. Sabían que el grueso de la población detesta que le perturben la siesta y que los grandes personajes que aumentan su poder y su riqueza con los "gloriosos acontecimientos" pueden aplastarles con total impunidad.
A veces, lo hacían. Oscar Wilde pagó un precio enorme por el sarcasmo, la ironía y el menosprecio con que se mofó de una sociedad tan poderosa como rapaz. Cuando los criados del caballero de Rohan dejaron medio muerto de una paliza a Voltaire, sin que jamás se produjera la menor consecuencia desagradable para el aristócrata, el filósofo comprendió que el ingenio no es un chaleco antibalas. La altivez necesaria para llevar adelante un personaje de este tipo requiere una considerable presencia de ánimo y mucho coraje. En ocasiones, el coraje no es sino pura inconsciencia y el sarcástico sobrevive de milagro, aunque él lo atribuya a su mérito.
Tampoco se salvó en España Valle-Inclán, quizás el más cercano al modelo de espíritu asocial, enemigo del gregarismo y burlador de los poderosos, sobre todo de los poderosos disfrazados de monaguillo. El burlador ha sido mucho más frecuente en Francia y Gran Bretaña en razón de la fuerza que en aquellos países tenía y tiene la opinión pública; en España apenas se ha dado y por eso a Larra se le estudia en la universidad. Valle-Inclán, el mejor escritor de su siglo, no fue reconocido más que como un bufón algo tarumba que escribía preciosismos afrancesados.
La figura del azote social ha desaparecido casi por completo porque las fuerzas que mueven ahora los engranajes económicos (que son los únicos mecanismos políticos que quedan) se guarecen en la más inescrutable oscuridad. Para ejercer su arte, el ironista necesita figuras concretas y con nombre propio, ciudadanos de carne y hueso que den cuerpo, ellos y sus posesiones, a la idolatría del poder, como la de los funcionarios ministeriales que Graham Greene degollaba con líneas como cuchillas.
Incluso alguien tan integrado, pero dotado de un talento extraordinario para el sarcasmo y la caricatura social, como Dickens, sabía que sus retratos de infames ricachos eran inmediatamente reconocidos. Hoy no es posible determinar físicamente el Mal, nadie puede señalarlo, nos tenemos que conformar con las viñetas de hace un siglo: orondos fumadores de habanos, tocados de chistera, que aparecen en las tibias viñetas de algunos dibujantes. Un tremendo anacronismo que demuestra hasta qué punto es invisible la figura que hoy ocupa ese lugar. El Malvado no tiene aspecto, carece de idea.
Tan invisible es que en una panoplia con retratos de gente capaz de hacernos insoportable la vida, una inmensa mayoría de los españoles señalaría, sin la menor vacilación, al presidente de los EE UU como el mayor enemigo de nuestra felicidad. Ese lejano fetiche concita todos los resentimientos y muchos deliran que es él quien dificulta nuestros apacibles menesteres. Sin embargo, el Mal siempre está mucho más cerca y es el Mal mismo quien propone monigotes para nuestra distracción.
No es Bush quien mantiene en una situación próxima a la miseria a millones de españoles menores de cuarenta años. No es él quien ha permitido y seguramente fomentado que los precios de la vivienda sean los más caros de Europa, algo perfectamente insoportable si se le añade que también se permite y fomenta la edificación de peor calidad del continente. No es él quien ha arrasado la educación en España y ha creado varias generaciones de analfabetos con título universitario. No es él quien impide la creación de familias jóvenes por la imposibilidad de compaginar trabajo y maternidad. No es él quien mantiene una red de transportes miserable a precios más elevados que en EE UU. Ni es Bush quien permite que los clientes de bancos, telefónicas, eléctricas, compañías de agua y gas, es decir, la totalidad de la población, sea estafada inmisericordemente con la ayudadel Gobierno. O Bush quien ha cementado la línea costera del Mediterráneo. O el que envenena el agua potable de Cataluña. O el que esclaviza a los inmigrantes ilegales. Y así sucesivamente.
España no es el único ejemplo de sociedad en donde una poderosa e invisible cúpula fáctica mantiene en la minoría de edad a la población y la distrae agitando el muñecón del sátrapa extranjero e imperialista. La extrema docilidad de las poblaciones, por lo menos las europeas, y la casi inexistente información, deja las manos libres a los dueños de la información y a los manipuladores de poblaciones.
No le va a la zaga Francia, país con dificultades cada vez mayores para modernizar sus arcaicas estructuras, dado el conservadurismo de su gente y el temor a un conflicto serio entre comunidades. El fracaso del contrato juvenil que la izquierda celebra como algo propio (pero que no ha logrado sino el afianzamiento de un sindicato con la satisfacción apenas disimulada de la derecha del Gobierno), es sólo otra de las múltiples reformas abortadas que están haciendo de este país el sucesor de Italia en la línea de decadencia.
Las naciones que transformaron de arriba abajo sus sociedades tras la última guerra mundial tienen ahora que emprender una segunda renovación, porque aquellas estructuras están envejecidas y son peligrosas. Todos envidiamos los trenes de alta velocidad franceses, pero la mitad de sus pasajeros viajan de espaldas porque su diseño es arcaico. La tarjeta de crédito francesa, la Carte Bleu, fue pionera, pero en este momento es un fósil: no se puede cambiar el código de acceso, no se puede consultar el saldo en los cajeros, no facilita información sobre operaciones ni, por supuesto, sirve para comprar entradas de cine o billetes de transporte. Lo mismo podríamos decir de las autopistas italianas; aquel milagro de los años cincuenta son ahora caminos de carro ocupados por camiones de seis ejes y con una mortalidad escalofriante. Lo moderno envejece muy deprisa.
No es Bush quien impide los cambios, las reformas, las transformaciones, las renovaciones en un continente envejecido y paralizado. Ni es él quien distrae a la población con novedades simbólicas, banderas, himnos, uniformes, patriotismos reaccionarios disfrazados de futuro o cambios ornamentales que sólo atañen a las mercancías de mayor circulación mediática.
Quien impide los cambios imprescindibles, o incluso los necesarios, no vive en otro país, vive aquí mismo. No sabemos quién es ni cómo se llama, sabe evitar a la prensa y es muy difícil señalarlo. Cuando las fuerzas destructivas son impunes y secretas, no puede haber sarcasmo o ironía, no se puede usar el ingenio para ridiculizar al Malvado. Quizás, no sea yo el único en observar que ha desaparecido de nuestro país el humor, la distancia, el escepticismo, la burla y por supuesto la crítica. Sólo se critica (en realidad, se insulta) al enemigo, una tarea ancilar y burocrática, de una seriedad monacal.
Se acabó el arte de la disidencia, es una forma de pasado. Escribo este artículo con motivo de la reciente muerte de Jean-François Revel y como homenaje al último emmerdeur de Francia. En el lugar que antes ocupaban los insumisos como él, haciendo equilibrios mortales para que no les rompieran la crisma, ha colocado su rotundo trasero la ufana tropa de corderos con denominación de origen que bala su bondad infinita desde todos los medios de comunicación hasta ensordecernos.
Y cuando los borregos están gorditos, los lobos aúllan de contento.

09 mayo, 2006

El chapoteo de los intelectuales


Esto escribe Gabriel Zaid (Antología general, México, Oceano, 2004, pág. 267-268). La cita pertenece originariamente a De los libros al poder –2002-):
“El paradigma apareció encarnado por Zola cuando intervino en el caso Dreyfus. En particular, por su carta abierta al presidente de la república, publicada por el diario L´Aurore (13 de enero de 1898) con un título que pasó a la historia: J´accuse. Terminaba con una letanía: Acuso al teniente coronel Du Paty de Clam de haber creado este error por inconsciente y de sostenerlo después con toda clase de maquinaciones; acuso al general Mercier de hacerse cómplice de esta iniquidad; acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de la inocencia de Dreyfus y de haberlas ignorado por razones políticas; acoso...¿A título de qué se metía el famoso novelista contra las autoridades militares que habían declarado traidor al capitán (francés de origen judío) Alfred Dreyfus, por una supuesta venta de secretos militares a Alemania? El escritor no era judío, ni militar, ni abogado. No tenía competencia en el ramo, ni interés particular que defender. No impugnaba la sentencia por vía jurídica o militar. Fue perseguido legalmente por sus acusaciones, y tuvo que escapar del país, aunque finalmente ganó el caso: Dreyfus fue rehabilitado.Su intervención puso en evidencia que la verdad pública no está sujeta a la verdad oficial; que hay tribunales de la conciencia pública donde la sociedad civil ejerce su autonomía frente a las autoridades militares, políticas, económicas, eclesiásticas, académicas. Mostró la aparición de un cuarto poder, el de la prensa, frente al legislativo, ejecutivo y judicial. Hizo ver que las cosas de interés público (en este caso el antisemitismo) no pueden reducirse a tal o cual interés, competencia, jurisdicción: que la guerra es demasiado importante para dejarla en manos militares, el derecho demasiado importante para dejarlo en manos de abogados”.
Previamente había definido así a teles seres, los intelectuales: “Intelectual es el escritor, artista o científico que opina de cosas de interés público con autoridad moral entre las elites”.
Son historias conocidas, en verdad. Mil veces se ha repetido la aparición de la figura del intelectual en la conciencia pública occidental. El misterio no está ahí, sino en las causas de su desaparición en estas décadas últimas. Es especie a extinguir, y ni siquiera especie protegida.
Miremos a nuestro alrededor, cuántos topamos que cumplan con la mentada definición y que jueguen un papel en algo parangonable a aquel de Zola, con su defensa contra corriente del capitán Dreyfus, contra corriente y contra los poderes más pujantes y contra el prejuicio general y, sobre todo, contra su propia conveniencia. La moral personal por encima de los intereses prosaicos e inmediatos, el riesgo asumido por convicción frente a quienes tenían los resortes para privarlo de cargos, pagas y paz de espíritu. Pues eso, observemos nuestro medio con esa vara de medir y a ver qué sale. Poquísima cosa. Sí, tal vez dos o tres nombres. Quizá uno solo. Puede que ninguno, depende de cómo nos pongamos de exigentes.
¿Adónde se han ido esas conciencias, tan ilustradas como críticas, retadoras, disconformes siempre, atentas a meterse en entuertos, defender al más débil y cantar las verdades bien alto? Está claro, al comedero. Los poderes fácticos y los políticos los tienen cogidos por la hipoteca, pillados en números rojos, en trance permanente de cometer hurto famélico del presupuesto público. Paniaguados, detectando al mejor postor y la esquina más favorable, venales, pusilánimes. Conozco, incluso personalmente, alguno que otro que prometía, unos pocos ejemplos de tantos que iban para pensadores críticos y se quedaron en el pienso compuesto, compuesto de subvenciones y prebendas de pacotilla. Trepadores de poca monta, domingueros del intelecto, académicos de inclinada cerviz. Buscan amo, añoran disciplina, satisfacen a quien les paga.
De los que me consta, un par de ejemplos sin demasiadas pistas. Uno se fingía trostkysta y parece que lo era sólo de salón, el que se sentaba en el salón en el sofá de la derecha, el tercero por el lado de la puerta, el de los pantys. Aún le caen conferencias y es un primor escucharlo cuando las cuenta, a toro pasado, al que no estuvo presente. Le di así y así y asá y luego lo rematé tal que de esta forma. Matón de barra aturrando a camareros sin culpa, en realidad trata siempre de no desagradar ni a tirios y a troyanos y, todo lo más, hace malévolas insinuaciones, al parecer, en claves que sólo él entiende.
Sé de otro que iba para enfant terrible pero se especializó en teléfonos. Es capaz de llamar todos los días a cualquier mandamás insinuante. Entona como nadie el señorito deme algo, por la gloria de mi mare se lo pido, mire que soy mocito y tengo mucho que dar a quien me sepa entender. Una noche sí y otra también, dale que dale al chisme de Graham Bell. Incasable, locuaz, cómplice, sutil, vendiendo lo que y a quien haga falta. Le he seguido un poco la pista de dos años para acá. Ha ido pidiendo de todo. Creo que al principio soñó incluso con ser embajador, aunque fuera ante la Asociación Internacional de Amas de Casa. Luego fue bajando pretensiones y precio. Al final consiguió que el prohombre agasajado le pusiera un apartamentito y unas flores. Con eso se siente agradecido y procura ser fiel a su benefactor, perrunamente, cual caniche lenguaraz. Es un intelectual sagaz y ciertamente osado, pero el que la sigue la consigue, ya ven.
Los partidos y grupos de poder han descubierto hace una temporada el modo de mantener controladitos y a raya a los que se las dan de intelectuales: la estabulación. Los tienen atados con simbólicas cadenas, con carguitos y cargotes, les financian ocurrencias peregrinas con tal de que no molesten con ideas serias, y de vez en cuanto les acarician el lomo en ceremonias y fastos. Les echan de comer y de pascuas a ramos los sientan a sus mesas. Nada hay más divertido que ver a un intelectual de saldo sentado a la mesa de un fatuo mandamás. Aquél tan discreto, tan en su sitio, poniendo tanto empeño en comentar certeramente las cualidades del tinto y las efemérides de su año de cosecha, tan sibilinamente dispuesto a despellejar al sobrevenido enemigo, contra el que nada tenía antes de sentarse a la derecha del padre. Éste, el poderoso sobrado, sorbiendo con estrépito y mascando con la boca abierta, divertido con los buenos modales de su entregado contertulio y expresando su supremacía a golpe de regüeldo y enigmáticas sentencias, que el otro intentará vanamente interpretar en las horas venideras, en histérica hermeneusis.
Competencia desleal de meretrices, la mayor parte de los intelectuales de este tiempo se ponen sus escritos como afeites y se adornan con las ideas que creen más gratas para la clientela que pueda atizarles subvención o paga extra. Son una contradicción en sus propias carnes, dolorosa prueba de que las ideologías no se han acabado, no, se han puesto en el mercado y salen despendoladas en cuanto se pone el sol.

08 mayo, 2006

Ciudadano enigmático. Por Francisco Sosa Wagner

(Ya hace tiempo mi colega y buen amigo Paco Sosa había mostrado idéntica perplejidad a la que recientemente a mí me sobrevino en tema de encuestas de opinión pública. Invito al público con opiniones que no cuentan a sumarse a nuestro enojo. Esto nos decía con su habitual prosa efervescente. J.A.G.A.).
¿Qué cara tendrá? ¿Cuál será su aspecto? ¿Será espigado y de buen talle, altiva su mirada, desafiante su porte, decididos sus andares y atrevidos sus gestos? O, por el contrario, ¿serán tristes sus ojos, desgarbada su vitola, apocados sus movimientos e imprecisos sus ademanes? ¿Será bilioso u oliváceo? ¿Tendrá aspecto crepuscular o hiperbóreo?
Y su inteligencia ¿será viva y luminosa o confusa y opaca? ¿Será sensible a la ardiente inspiración del compositor o confundirá los compases de una zarabanda con los de una habanera? ¿Percibirá el estro del poeta o le sonará a jerigonza la cadencia de un soneto? ¿Gustará de la buena prosa o preferirá leer el sólido balance de una sociedad siderometalúrgica? ¿Apreciará las reglas de la oratoria o considerará a la ministra portavoz una musa de la retórica?
¿Será creyente o descreído? ¿Aseado o sucio? ¿Pelmazo o ameno? ¿Le crecerán en las orejas esos pelos que a tantos nos afean o dispondrá de esos envidiables pabellones auditivos lampiños y sonrosaditos? ¿Tendrá alto o bajo el colesterol? Y el ácido úrico ¿le torturará con una dieta monótona y con olor a huésped? ¿Será estreñido o desocupará con formalidad y brío?
En fin ¿cómo será el encuestado? ¿Cómo será ese sujeto afortunado a quien preguntan en las encuestas? Todos sabemos que los periódicos publican cada día una encuesta. Las cuestiones más ligeras o las más arduas son formuladas a diario a miles y miles de españoles. Hay un centro oficial, grávido de funcionarios, ordenadores y nóminas, especializado en sacudir el humano y egoísta aislamiento y averiguar nuestros más reservados pensamientos, aquellos que se agitan en los abisales adentros de cada quisque; hay varias decenas de empresas privadas, con sus impecables ejecutivos de sedosas corbatas y rígidos portafolios, sus camelos y sus abultadas facturas, dedicadas asímismo a indagar nuestros fondos y sacarlos sin pudor del oscuro hipogeo de nuestra intimidad.
Se descubre, gracias a esos enigmáticos e inencontrables personajes que son los encuestados, asuntos en verdad trascendentes: si los españoles disfrutamos mucho, poco o regular con los bocadillos de cecina o si simplemente no los tomamos; si la práctica del coito se somete a espaciadas y dolorosas intermitencias o a una jubilosa regularidad; si se realiza siempre en el seno del matrimonio o en seno ajeno; si los españoles nos derramamos en cavidades improcedentes más o menos que los turcochipriotas; cuántas veces y bajo qué vestidura se nos aparece la Virgen o si no se nos aparece nunca o casi nunca; si rezamos el rosario completo o saltándonos los misterios más dolorosos; si las mujeres toman la píldora anticonceptiva más o menos que cuando se inventó el globo aerostático; si el aseo corporal incluye trabajar con minuciosidad las zonas más expuestas a la delatora transpiración o si se practica con comedimiento monjil y, por tanto, sin demoras concupiscentes; si se atiende en el sermón del domingo o si la imaginación aprovecha ese apreciable momento para aventurarse por desconocidos espacios y así otras tantas y tantas cuestiones que ayudan a comprender y a revelar el humano proceder.
Pues bien, yo no soy, ay, joven; he vivido en varias ciudades españolas e incluso en algunas del remoto extranjero, soy de un tamaño que permite mi fácil localización y, aun reuniendo tan apreciables cualidades, nunca, jamás, he sido encuestado. Nadie me ha preguntado nada y yo quiero que alguien, alguno de esos encuestadores de los de grabadora en astillero, pluma antigua, cuerpo flaco y automóvil corredor, alguna vez, una sola vez en mi vida, me pregunte algo: si uso brocha o espuma en el afeitado, si gasto calzoncillos de los que aprisionan los genitales o de esos otros, más compasivos, que les imprimen un suave y equilibrador balanceo, si finjo el orgasmo o es auténtico y seguro. En fin, algo; quiero alguna ocasión para salir en los periódicos, incluido en un expresivo tanto por ciento.
¿Qué habrá que hacer, me pregunto por las mañanas, para ser encuestado? Puede ser que se celebren oposiciones, a lo mejor existe ya un escalafón de encuestados y yo lo ignoro. Pido que alguien, algún alma benigna, me lo aclare y, si no, por caridad, que, al menos, me encueste.

Bienvenida a colega bloguero.

Esto de los blogs crece y crece. Tal vez son todos monólogos con pretensiones de diálogo o vicio solitario practicado con ínfulas de exhibicionismo.
El caso es que un amigo y colega, del que alguna vez aquí he colgado textos, se ha lanzado a hacer su propio blog, y le salió interesante y poético.
Es éste:
Ahí nos vemos, en el ciberespacio, colega. Suerte y musas electrónicas.

07 mayo, 2006

Póngale nombre a su realidad territorial.

Qué tanto criticar, tanto criticar. Que somos unos maledicentes, unos malpensados y unos malandrines, hombre. Que no le damos al poder todo el crédito que merece ni a nuestros políticos el respeto que en buena lid se ganan con su creatividad y su sacrificada entrega a la mejora de nuestra convivencia. Yo, modestamente, entono el mea culpa y prometo no volver a hacer bromas con la realidad territorial casquivana del Estado este. Palabra. A mí me parecía cosa de desorden y eufemismos, pero ya entendí, al fin, que no es eso, que se trata de un Estado como todos los demás, pero con nombres a la carta. Que era broma, vamos, que ni pretenden ser naciones las que se definan como naciones, ni cuasinaciones las que se autodenominen realidades nacionales, ni municipios los que tengan sustancia municipal, que no. Que cada cosa es lo que es y todas iguales, pero, eso sí, se puede elegir el nombre y el mote con total libertad. De la misma manera que un niño y otro niño son dos niños iguales como niños y con los mismos derechos, pero a uno se le llama, pongamos por caso, Borja Alejandro y a otro John Mikel. Y, para evitar confusiones, se les puede añadir un alias. Eso ya lo habían inventado en mi pueblo y en todos, y a mí se me había olvidado. Uno es fulano de tal, el Carixu, o funana de cual, alias Vicentona.

Pues de la verdad de tales cosas he tenido conciencia ayer mismo, al leer la entrevista con Manuel Chaves, alias Muchopapo, que publica La Nueva España, de Oviedo. Miren estos párrafos, so incrédulos, y recapaciten:

Pregunta. -No sé si tiene una imagen de Asturias, pero ¿cómo cree que debería definirse?
Respuesta-Cada comunidad ha de elegir definirse como considere oportuno en función a lo simbólico. Lo que conozco de Asturias me da la imagen de un pueblo con singularidad y hechos diferenciales muy pronunciados en cuanto a historia, señas de identidad, cultura, habla y condiciones socioeconómicas que la caracterizan.

¿Se dan cuenta? En cuanto lo leí empecé a notar picorcillos en los hechos diferenciales y como una ansiedad por ponerles nombre apropiado. Mas no nos hagamos ilusiones, no creamos que si, por ejemplo, nos da a los asturianos por denominarnos imperio astur-húngaro, cosa que suena de collones (no es una palabrota, es hecho diferencial también), vamos a tener ventajas sobre otros o se nos va a aparecer Sisí en lugar de Zizi. No. Chaves ha dejado bien clarito que lo del nombre es divertimento y caprichito que no conduce a ventajas ni privilegios. Vean, si no:

(Chaves)- (...) Le doy importancia y la ciudadanía también porque la gente no quiere ser más que nadie, pero tampoco menos. Pero no es el tema más importante. Para mí tienen tanta o más las competencias de la comunidad, la financiación, la igualdad entre hombres y mujeres, la inmigración, la participación en Europa... Cuando buscamos definiciones entramos en lo simbólico. La denominación que se dé a cada comunidad autónoma no puede representar niveles competenciales mayores o agravios entre unas y otras. El nuevo Estatuto de Andalucía no es mimético del catalán, pero sí equiparable.
Pregunta.- Fuera de lo simbólico, Cataluña pide que el Estado invierta allí el 13% porque es lo que aportan al PIB. Ustedes piden el 18 por la población. Si cada uno exige por el criterio que más le favorece, la suma de todos será superior al 100%.
Chaves.- El Estado será el que determine porque tiene los instrumentos de solidaridad y es el que aprueba los Presupuestos Generales en los que buscará los medios para el equilibrio entre todas las comunidades. Los estatutos no fijan cantidades, sino criterios, pero el Estado decidirá. La financiación no se puede fijar bilateralmente, sino multilateralmente entre las comunidades y en el Consejo de Política Fiscal y Financiera.

¿Ven? Que no importa, hombre, que no, que da igual que tu Estatuto llame a tu tierra nación o circo, pues con eso ni se pretende ser más que nadie ni marcar mejor paquete ni trincar más del presupuesto general; que no, que la pasta se va a seguir repartiendo como antes, igualito, y todo esto de los nombres y los motes es por pasar el rato y alimentar la imaginación decaída de los parroquianos. Pero ¿no queremos darnos cuenta de que esto mismo está Chaves más que harto de repetirlo cada dos por tres en Euzkadi y Catalunya? Vea, es lo mismo que nos viene recalcando Maragall y lo mismo que va a hacer posible que finalice en boda y consumación el proceso de paz con los gudaris que siempre matan de frente. Pues claro. Usted, Fernandez, de rodillas contra la pared por haber dudado de todos ellos, hala.

Aprovechemos las lúdicas posibilidades que nos brinda la generosidad semántica de la santa alianza gobernante. Nos dejan que nos llamemos como nos dé la gana. Jo, qué bien. Cómo lo vamos a pasar. Llevo desde ayer pergeñando propuestas en mi cabeza. Tengo ya el seso caliente de tanto menear las realidades territoriales que quiero. Por ejemplo, mi Asturias, patria querida, propongo que se autodenomine Sacro Imperio Astur-Celta. ¿Y qué tal un León solo que se llamara República Caribeña de la Meseta Septentrional? Total, si es por jugar... Ya se sabe, y bien lo recalca Chaves, que no por ello nos va a llegar antes el tren de alta velocidad; pero al menos te entretienes haciendo el gilipollas. Algo es algo.

06 mayo, 2006

Lo que no se dice en público.

Ha vuelto a ocurrir. Y da que pensar. Esta misma semana de nuevo he coincidido en comidas y encuentros con personajes relevantes de la vida jurídica y política de este país. Dicen auténticas pestes de todo. Y no sólo de nuestra particular situación como Estado-nación que vive sin vivir en sí; o de nuestro especialísimo Presidente y esa mala uva que se gasta bajo su máscara de pocholín. Hasta del destino de la civilización occidental oí esta vez a los admirados interlocutores perorar con el mayor de los pesimismos, convencidos como están, al parecer, de que todo este montaje nuestro se va a tomar vientos en cosa de pocos años, incapaz de resistir la presión de otras culturas más fogosas, menos desgastadas por los excesos del bienestar y confiadas en dioses sanguinarios, que ayudan mucho en los menesteres de conquista.
Ya me voy acostumbrado a semejantes desdoblamientos de gentes que tienen mucho que decir en privado y opiniones tan radicales como bien fundadas, a veces, pero que se cuidan muy mucho de manifestarlas públicamente, no se vaya a perjudicar algún negocio o a indignar algún cliente o a molestarse el Director General de algo que dé de comer. Otros hay que no son así, pero muy pocos.
Una de mis mayores perplejidades a este propósito fue hace ya unos años, cuando en una cena escuché a un anterior altísimo cargo del PSOE decir, iracundo, que lo que había que hacer con el problema vasco era meter los tanques y matar a unos miles de cabrones. Así, tal cual, palabra de honor. Y podría contar bastantes más casos de ese calibre, aunque éste es de los extremos. ¿Y entonces? Cuánto sufrirá esta gente, supongo, obligada a desdoblarse tan malamente entre unas convicciones privadas tan críticas y aventadas, burras a veces, y una imagen pública o profesional que es todo un dechado de pensiero debole y de talante a la moda, es decir, light, soft, plano, flácido.
Lo que sigue pasando ahora en el PSOE constituye un ejemplo radical de esto que indico. No es que me queden demasiados amigos en ese partido desde que me ha dado por cascar inconveniencias, pero sigo conociendo bastante de sus internos desgarros. Y es la monda. Están casi todos los personajes de relieve de ese partido muy, pero que muy enfadados con el rumbo que a su barco le ha puesto ZP. Sueltan por la boca espumarajos cuando se refieren a su líder. Los chistes más crueles sobre su jefe los cuentan ellos. Las advertencias más terribles sobre cómo todo se está yendo al carajo las hacen ellos. Eso sí, siempre y en todo caso en privado y en confianza. Y si te chivas lo niegan como niños traviesos y consentidos. Pues quieren seguir poniendo el cazo, o pidiendo el favor, u ordeñando el carguete, o figurando entre los “majos con los que se puede contar”. Son una piltrafilla, no sé por qué no achantan. Que se metan los billetes en el escote y que se dejen de dar lecciones a los que sólo estamos tomándonos un güisqui en la barra, caray. Leguina y Guerra se la envainan por la perra. No es mal lema como descripción de la envergadura moral de nuestro tiempo, ¿verdad?
Da que pensar el modo como se extiende esta esquizofrenia aviar, pues es propia de pajarracos y pajaritos. La gente, casi toda y no sólo la que está pendiente de canonjías y chollos, se tienta la ropa antes de decir lo que piensa, mira alrededor, calcula lo que los otros van a pensar y de qué lista lo van a sacar a uno si se sincera, si la de los majos, la de los progres, la de los tolerantes, la de los pacifistas, la de los feministas, la de los multiculturales, la de los que entienden de vinos o de sushi. La única lista que ya no importa un pelo es la de los decentes. Ahí sí puedes contar que has trincado a discreción o que menudo pelotazo te ha salido. En lo demás, cuidadín, no vaya alguien a creer que no estás en la pomada y andas flojo de talante y ambiciones.
Por cierto, y aunque malamente venga a cuento con lo anterior, en amistoso almuerzo nos preguntábamos algunos el otro día por qué la había tomado El País con las nacionalizaciones de Evo. Je, tonto de mí, ya me he enterado: porque Polanco es dueño en Bolivia de varios periódicos y una cadena de televisión. Me troncho. Me encantan el periodismo independiente y los editoriales no manipuladores. Y el capitalismo no monopolista. Tócamela otra vez, Sam.

05 mayo, 2006

Una noticia sobre el gran proxeneta barbudo y sobre otros depredadores con chilaba y/o corona.

Me muerdo la lengua, aun a riesgo de envenenarme, y me abstengo de comentar obviedades sobre la información que viene hoy en El País. Sí, sí, en El País. Se titula así: "Fidel Castro y Obiang entre los diez líderes políticos más ricos del mundo, según Forbes".
Voy a dedicar un tiempo próximamente a estudiar las viejas doctrinas sobre el tiranicidio. Por pura curiosidad intelectual, usted ya me entiende.
Este es el texto completo de la noticia.
"El presidente de Cuba, Fidel Castro, y el de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, figuran en el séptimo y octavo puesto de la lista que elabora cada año la revista Forbes con los nombres de los diez líderes políticos más ricos del planeta.El soberano de Arabia Saudí, Abdulá Bin Abdulaziz, de 82 años, ocupa el primer lugar de la lista con una fortuna estimada de 16.800 millones de euros. El sucesor de la corona saudí, tras la muerte del rey Fahd, y "ávido jinete", como lo describe la revista por su afición a la hípica, obtiene la mayor parte de sus ingresos del petróleo, que representa el 45% del Producto Interior Bruto (PIB) del país.
Precisamente, esta simbiosis entre el petróleo y poderosas familias se repite en los cuatro primeros puestos de la lista. Tras el rey de Arabia, figura en segundo lugar el sultán de Brunei, Haji Hasanal Bolkiá, con 20.000 millones de dólares (16.000 millones de euros). Les sigue el presidente de Emiratos rabes, el jeque Jalifa bin Zayed al Nayán, con 19.000 millones de dólares (15.200 millones de euros). El presidente de Dubai, el jeque Mohamed bin Rashid al Maktoum, con 14.000 millones de dólares (11.200 millones de euros) ocupa la cuarta posición.
El resto de la lista se reparte entre aristócratas europeos, salvo el caso de Castro y Obiang. Castro, en séptimo lugar, posee a sus 79 años 900 millones de dólares (720 millones de euros), según las estimaciones de la publicación. Forbes "asume" que el presidente cubano "cuenta con el control de una red de compañías estatales", entre las que figura el Palacio de Convenciones, el centro de convenciones de La Habana, Cimex, la cadena estatal de venta minorista y otros activos.
La revista asegura que Castro "viaja exclusivamente en una flota de Mercedes negros" y que ingresa el 'cash flow' generado por las empresas estatales. Forbes dice ser cauto en su juicio y no haber contabilizado las cuentas en bancos suizos que, "según los rumores", tiene abiertas el presidente cubano.
En cuanto a Obiang, de 63 años, su fortuna ronda los 600 millones de dólares (480 millones de euros). El dictador controla los fondos públicos del país y los cerca de 700 millones de dólares depositados por Guinea Ecuatorial en fondos estadounidenses. El Senado norteamericano inició en 2004 una investigación sobre el banco Riggs por no haber informado de posibles casos de blanqueo de dinero relacionado con las cuentas de Obiang.
Al igual que en el caso de Castro, que dice no contar con fortuna personal, las autoridades ecuatoguineanas defienden que no se puede atribuir al líder del país la fortuna generada por sus empresas. De hecho, un diplomático de este país escribió a Forbes que "atribuir este dinero a Obiang es como decir que una persona que dirige un hospital es el dueño de los ingresos que este hospital genera".
El resto de la lista lo ocupan personalidades europeas. El príncipe de Liechtenstein, Hans Adam II, es el quinto, con 4.000 millones de dólares (3.200 millones de euros), por delante de Alberto de Mónaco, con 1.000 millones de dólares (800 millones de euros).
El noveno puesto es para Isabel II de Inglaterra, a la que se atribuyen 500 millones de dólares (400 millones de euros), mientras que la reina Beatriz de Holanda cierra la lista, con 270 millones de dólares (215 millones de euros)".

04 mayo, 2006

Opinión Pública.

Yo no existo, pese a todo el aprecio con que me contemplo. Debo de ser una excrecencia social, el terminal suspiro de algún fantasma. Usted, amigo, probablemente no existe tampoco. Y si existe cuenta menos que el amor de un machista heterosexual. No se haga ilusiones. Vea, si no, si le ocurre como a un servidor o si, por el contrario, es parte del mundo y de las cosas y seres que en él gozan de consideración y peso.
Y es que uno no está en los datos ni aparece en los cómputos, con uno no se cuenta para tejer la realidad o al enumerar lo que acontece. Me entero cada día de cómo es el mundo y cómo lo ve la gente por lo que me dicen que dice la gente que puede decir, entre los que no me hallo, por lo que se ve. ¿Cuándo le hicieron la última encuesta, amigo lector? A mí creo que nunca me han preguntado nada y me parece que entre mis conocidos no hay ni uno cuya opinión o humor haya servido en ocasión alguna para estadísticas y cálculos. Y, sin embargo, la Opinión Pública existe. Arrodillaos. Es cambiante, proteica, tornadiza, caprichosa, pertinaz, reactiva, melosa y juguetona. Como los dioses. Y siempre tiene algo que decir, ora sobre la guerra de Irak, ora sobre los méritos grasientos de Ronaldo, ora sobre el valor alimenticio de las mantecadas de Astorga. Se lo sabe todo la Opinión Pública, sin que pierda el norte ni la decencia jamás por causa de esa su pública condición o por sus hábitos callejeros. Está siempre de guardia y lista para ser requerida y castamente magreada por ministros, periodistas, oenegés, eseás y activistas perezosos de cualquier causa incausada.
A mí no me quiere nada, no sé a usted. No me alista entre los suyos, no cuento para ella, se ve que mi opinión es privada, puede que poco apta para la estadística, ni siquiera por la parte del decimal o el no sabe no contesta. Debe de ser que pienso a tontas y a locas y opino sin seso ni ponderación. Es tal mi desánimo y tan honda la crisis de mi identidad que en los últimos tiempos, lo confieso, he comenzado a sentarme por las noches ante el televisor, sin enterarme de gran cosa en medio de aquel zapeado sucederse de glúteos encrespados, chistosos de pega y presentadores peripatéticos de shows de silicona y boñiga, pero con la secreta esperanza de que se contara conmigo para alguna de esas mediciones de audiencia que dan, con pelos, señales y hasta corporales humores, la noticia exacta de cuántos parroquianos ven en cada momento cada programa y de si en los entreactos se atusan el bigote o le atizan un tiento fugaz a la parienta al confundirla con un anuncio de yogures. Y nada. Nada de nada. Me trago todo el ricino de la Una a la Seis sin que se me haga el honor de elevarme a audiencia al menos, ya que como opinión pública la mía particular no encaja. Y acabo donde imagino que vamos a parar todos los que no somos ni opinión ni audiencia ni realidad nacional ni sustancia de pedanía: ensimismado ante los polvos truculentos de esas cadenas piratas que nos llenan la noche de húmedas cavidades y falos tan inasequibles al desaliento como sensibles al aliento, cadenas en las que, al parecer, sólo nos solazamos los que no existimos, los espíritus puros y los inmigrantes sin papeles.
Estoy empezando a pensar que la Opinión Pública es algún grupo de prisioneros que el pérfido Poder tiene encerrados en una oscura prisión llena de televisores, dequeísmos y aquí no hay quien baile, y a los que cada mañana se tortura con interminables sesiones de enología y tipos de sushi, fragmentos de la nariz desnuda de Eva Hache y el mapa diario de las nuevas realidades nacionales según vas a la derecha. Qué miedo. Demonios, menos mal que somos libres. Felicitémonos, compañero, y no vendamos nuestras opiniones, no vayan a llamarlas públicas o rameras. Intercambiémoslas nosotros y guardémonos el secreto.

03 mayo, 2006

Contra las Autonomías y por la autonomía.

Puede que vaya siendo hora de empezar a sobar lo intocable. Tal vez se acerca el momento de derribar tabúes. Nacen como setas en otoño lluvioso. Y la tiranía del discurso único nos impide ya no meramente hablar, hasta hacernos preguntas de cajón. Pero ya toca. De lo contrario, nos asfixiaremos todos o nos moriremos de asco y hatío. Si seguimos callando se nos hará definitivamente insoportable el peso de tanto descarado sobre nuestra chepa y nos costará un potosí mantener a tanto inútil que quiere vivir del presupuesto a costa de amordazarnos y tapiarnos las entendederas.
Y para ir abriendo boca, por qué no preguntarnos por la razón de ser de nuestras Comunidades Autónomas. Oh, cielos, lo he dicho, qué osado. Y más, si son fuente de despilfarro, enfrentamiento, insolidaridad y violentas tensiones, ¿qué tal si las suprimimos y volvemos a un Estado central y centralista majo? Aguante el carro usted un rato más, mi querido progresista de consigna y catecismo, y deje que me explaye en otros tres párrafos antes de arrojarme de cabeza al averno de los fachas.
En aquellos candorosos años de la juventud de uno se decía, y no sin razón entonces, que la descentralización política y administrativa era cosa buena porque acercaba a los ciudadanos a las fuentes de las decisiones y al control de los que decidían. Resultaba costoso e injusto que un señor de La Coruña o Almería tuviera que desplazarse a Madrid para resolver asuntos que le concernían a él o a su pueblo y que, para colmo eran tratados y resueltos por un individuo que no compartía acento, intereses ni parientes con el administrado de turno. Bien, pero las cosas han cambiado merced a las nuevas tecnologías. Hoy uno se comunica en tiempo real con Hacienda sin falta de colas ni pólizas, a golpe de página web o correo electrónico. Y todas las administraciones se apresuran a disponer sus medios telemáticos para que el administrado solvente de modo rápido y directo sus cuestiones burocráticas. Y le ofrecen todo el catálogo de lenguas para que elija la que le sea más grata. Así las cosas, y por seguir con el ejemplo de Hacienda, qué diablos me importa a mí, ciudadano corriente, que mi comunidad tenga su propia Administración de Hacienda o que radique en Helsinki la instancia con la que trato, pues lo hago desde mi casa, en mi lengua y sin mediaciones ni mediatizaciones humanas o geográficas.
Quiero con todo lo anterior significar que de todo eso de que las Comunidades Autónomas aproximan los poderes al ciudadano y le permiten mayores controles de los mismos, tururú. Cuéntame otra, colega, que esa no cuela. Ministros, Consejeros, Secretarios y Directores Generales siguen siendo tan inaccesibles como siempre y tan en su torre de marfil y pedrería al tres por ciento, llámense del Estado central, autonómicos, paranacionales o perifrásticos. Yo no me siento más poderoso ni con más derechos por el hecho de elegir no sólo a los diputados de las Cortes Generales sino también a los autonómicos. Para nada. Y sí percibo que cuesta un huevo de avestruz mantener a tanto cargo prescindible y a toda su parafernalia burocrática y protocolaria. Dígame usted francamente, querido amigo, y suponiendo que no sea usted uno de esos carguetes inútiles o funcionario en alguna equívoca oficina autonómica: ¿de verdad cree que sus derechos son más o se pueden ejercer mejor por tener semejante caterva piramidal de chupadores del presupuesto a su imaginario servicio, que es el suyo de ellos? ¿De verdad son más sus derechos por el hecho de que la legislación crezca exponencialmente, dado que es timbre de honor para toda Autonomía tener su propia ley de familia, su código civil, o su ley de perforación de ojales de bragueta? Vamos, ande, que no nos chupamos el dedo. En esta torre de Babel jurídica en la que nos estamos metiendo no hay más derechos reales y tangibles, sino más ruido y más honda oscuridad y, con ello, mejor ambiente para pescadores de río revuelto y demagogos de todo pelaje. En serio, reflexione usted y dígame cuánto perdería en calidad de vida, posibilidades y protección si todo volviera de depender de un Estado central que se dejara de pendejadas metafísicas y de ser alimento masivo para zánganos. Y que se adminstrara y se relacionara con el ciudadano a base de maximizar el aprovechamiento de las nuevas tecnologías. ¿Y todo lo que se podría construir de Estado social y solidario a base de invertir en buenas obras y apoyo a los más necesitados lo que se ahorrara de sueldos de conductores, secretarios, técnicos, edificios y zarandajas? ¿Y la calma que nos daría ver que el presupuesto público se reparte con criterios de igualdad y baremos transparentes, en lugar de negociarse en oscuras reuniones con los caciques locales que van de salvapatrias nacionales con peluquín y expertos en lás más depuradas técnicas del chantaje vil? ¿Y lo que disfrutaríamos viendo a tanto impostor burguesito ataviado de falsa boina o barretina de pega trabajando en aquello para lo que de verdad está dotado, la venta de enciclopedias a domicilio? No me digan que no sería un placer inenarrable.
Pero, por encima de las pasiones y los desquites, me importa subrayar lo de los derechos. Esas Autonomías que son autonosuyas, alianza de las élites caciquiles de toda la vida con los nuevos ricos de turno en cada lugar, ya han comenzado a restar derechos en lugar de proporcionarlos, como se supone que era su cometido. No quieren al ciudadano para protegerlo y ampliar su autonomía individual, sino para capársela, para que hable como a ellos les interese, compre donde ellos quieran, invierta en lo que les convenga y les vote a ojos cerrados y con perruna fidelidad. ¿De verdad piensan que es más libre a día de hoy un individuo de Manresa que un sujeto de Soria? Yo me permito dudarlo seriamente y pese a que la Comunidad Autónoma (o lo que carajo sea ese sinvivir jurídico) del primero tiene y va a tener muchas más competencias que la del segundo. Cuantas más tenga más las va a utilizar como torniquetes aplicados a las partes sensibles del súbdito, que eso va pasando a ser el otrora ciudadano. Desde cuándo será progreso retornar al feudalismo.
Ah, claro, no se me olvida, sé perfectamente que la justificación por excelencia del poder Autonómico-caciquil ya no es, ni lo pretende, la de la mejora de los derechos individuales y de la autonomía de los ciudadanos particulares. No, se trata de derechos colectivos, se trata de aumentar la lista de derechos de que es titular ese mistérico ente colectivo que ahora se llama nación, y que bajo el franquismo también se llamaba así, y que en la Alemania anterior al 45 se llamaba Volk y en la Italia del mismo tiempo se llamaba Popolo. Lo que se quiere es que ese organismo vivo y sintiente desarrolle libremente su personalidad, cosa que siempre y en todo lugar se hace a costa de las libertades y la autodeterminación de los individuos, que pasan a ser meras células del supremo organismo y detentadores sólo de los derechos que graciosamente y según su libre conveniencia le conceda el Supremo Ente Metafísico. Por encima de los derechos, Blut und Boden; más allá de la libertad de los hombres, los intereses de los grupos; mejor que la frialdad de los procesos electorales y los procedimientos democráticos, la empatía con los líderes, la mística comunión con el Führer de turno. Puro fascismo, tal cual.
Así que, queridos amigos, yo quiero vivir en un Estado de ciudadanos iguales, un Estado social que no favorezca a nadie más que a los más necesitados, hablen en el idioma que hablen, tengan el apellido que tengan y bailen el tipo de jota que bailen, un Estado máximo en sus prestaciones y mínimo en sus chupones, con una política que ofrezca a los gobernados alternativas de gobierno y no mensajes pseudoreligiosos y eslóganes para tarados. Y un Estado en el que no tenga que cruzarme a cada rato y en cada calle con un cantamañanas con cargo que vive de mis impuestos y se lo monta, a mi costa, de salvapatrias y medium en comunicación con el alma de la nación y el espíritu de los antepasados.
Quiero que se reforme la Constitución y que se establezca en ella que España no sólo no es una nación de naciones sino que es un Estado sin nación ni naciones ni gaitas en vinagre, y que queda prohibido que cualquier ciudadano de todo su territorio disfrute servicios públicos de desigual calidad o sueldos diferentes por el mismo trabajo. Y que quedan vetados los fascismos nacionales, tanto los que abarcan todo el territorio del Estado como partes concretas del mismo. Y que puestos a proclamar derechos históricos, el primero y más antiguo, pues viene de Adán, es el suyo y el mío a que no nos toquen las narices con el origen o la propiedad primitiva de la puñetera manzana y nos dejen comerla en paz. Ni nación de naciones ni nación sin naciones, ciudadanos en paz, libertad y solidaridad. Y un par de reservas indias para los que no se adapten y en uso de su libertad quieran irse allá a practicar sus esotéricos ritos. Amén.

02 mayo, 2006

Test de supervivenvcia para progres confiados.

Je, ya sé que usted está cómodamente sentado en su sofá, sonriente y pensando que qué guay lo de Evo (¿ha visto el editorial de hoy en El País sobre el tema? Jeje, se acabaron las frivolités, nos han tocado la pasta) y qué narices las de Ahmadineyad y que menos mal que están ahí Chávez y Castro para pararle los pies al imperio y que hacen muy bien los “insurgentes” iraquíes (esos asesinos que no podemos dejar de admirar, como a tantos matones sanguinarios del siglo XX que han pasado a atestar ese altar que todos los idiotas vamos construyendo en nuestro corazoncito masoca). Está bien, no le digo nada. Entiéndase usted sobre todo eso con sus almorranas cerebrales. Yo solamente pretendo hacerle unas preguntillas, un pequeño test para ver cómo le puede ir si las cosas pintan tan mal como amenazan. Porque un día de estos este mundo tan horrible e injusto, en el que usted vive tan requetemal y tanto sufre, va a hacer catacrak. Concretamente crack. Ojalá no, pero... ¿Ha leído usted algo sobre lo del 29 y el jueves negro y tal? Pues eche un vistacillo, vea qué hermosos paralelismos, repase y vaya poniéndose en situación para el cuestionario.
Responda para sus adentros con la sinceridad que sus prejuicios le toleren y vaya sumando síes y noes.
1. ¿Dispone usted de alguna casa, aunque sea pequeña e incómoda, en la que pueda vivir si la que actualmente habita se la queda el banco porque las hipotecas se disparan y a usted no le alcanza la guita para los intereses?
2. ¿Sabe usted hacer algún trabajo manual y no cualificado para el caso de tener que ganarse la vida cuando el Estado tenga que adelgazar a base de prescindir de funcionarios o las empresas que subsistir a base de cargarse a los liberados y los inútiles de distinto pelaje?
3. ¿Tendría usted posibilidades reales de emigrar a otro país y ganarse la vida en él si aquí las cosas se pusieran muy chungas y agresivas?
4. ¿Estaría usted dispuesto a tragar con que su hija, mujer o hermana se hicieran jineteras, cual súbditas de su ídolo barbudo, para poder llevar algo de dinero a casa y que la familia tenga para comer caliente?
5. ¿Ha conocido usted o se imagina la vida sin residencia de verano o sin viajes a lugares soleados y exóticos para pasar las vacaciones?
6. ¿Le parece a usted que en caso de una brutal crisis económica del primer mundo van a sufrir mucho más –como siempre- los más pobres y desfavorecidos de aquí, comenzando por los inmigrantes?
7. ¿Cree que una crisis económica tal llevaría en muchos de nuestros países a una abrumadora mayoría de algún partido fascistoide y violento?
8. ¿Opina que muchos antiamericanos de hoy clamarían a EEUU para pedir árnica y muertos si algún otro nazi loco aprovechara la coyuntura para imponer en Europa una tiranía sanguinaria?
9. ¿Cree usted que gran parte de los que aquí y ahora pasan por intelectuales críticos, progresistas y multiculturales se pasarían al bando del fascio para trincar puestecillo o, cuando menos, callarían como sabandijas?
10. ¿Le parece que en Irán, Iraq, Arabia Saudí, Venezuela, etc., los países con mucho petróleo, pese a esa crisis de Occidente, o por ella, los jeques, tiranuelos y plutócratas seguirán siendo tan ricos o más que siempre y los pobres tan míseros como ahora?

Si sus respuestas positivas son ocho o más, usted está entre los que se pueden librar de lo peor, a nada que la suerte lo acompañe y se mantenga atento.
Si son entre cinco o siete, no está del todo perdido, pero más vale que se aplique a organizar su hacienda, su trabajo y sus ideas.
Si son menos de cinco, relájese y siga gozando mientras pueda, pues lo van a joder sus propios amigos y correligionarios.

01 mayo, 2006

Debemos leer a Tucholsky

Estoy leyendo un libro de Kurt Tucholsky que me resulta tan apasionante como aleccionador. Es una antología de textos suyos titulada Entre el ayer y el mañana y editada por El Acantilado en 2003. Lo recomiendo vivamente. Tiene mucho que enseñarnos y que advertirnos este agitador de la conciencia alemana, cuyos libros fueron quemados por los nazis junto con los de otros intelectuales incómodos (¿intelectuales incómodos? ¿Y de qué comían?), como Heinrich Mann, Sigmund Freud o Erich Kästner. Se suicidó en 1935. Lo odiaron los nacionalsocialistas por su defensa de la Alemania de Weimar, constitucional y democrática, sus avisos contra el autoritarismo que se aproximaba y su sátira del nacionalismo opresivo.
Fue Tucholsky quien escribió por ejemplo aquello de "Quien tiene la escuela tiene el país (...) Quien tine la juventud tiene el país".
Me permito aportar aquí dos breves fragmentos del libro mencionado.
1. "El hombre tiene dos piernas y dos convicciones: una, cuando las cosas le van bien; la otra, cuando las cosas le van mal. Esta última se llama religión.
El hombre es un animal vertebrado y tiene un alma inmortal, así como una patria, para moderar su alegría (...)
El hombre es una criatura política que se pasa la vida preferentemente amontonado en masas compactas. Cada una de las masas odia a la otra, porque son las otras, y odia a las propias, porque son las propias. Este odio último se llama patriotismo (...)
Todas las personas tienen un hígado, un bazo, unos pulmones y una bandera; todos ellos son órganos vitales. Se dice que hay personas sin hígado, sin bazo, con un solo pulmón; personas sin bandera no hay.
2. "En esta jaula inmensa antes vivían los antropoides de Gibraltar. Unos individuos altos, oscuros y peludos, más altos que las personas... con caras de negro, grandes y viejas. Una madre tenía un pequeño... lo protegía siempre en su pecho, una madona negra. Se murieron todos. No les debía convenir el clima. No son los únicos que no pueden aguantar este clima.
¿Tienen presidente los monos? ¿Y un ejército del Reich? ¿Y consejeros de tribunales regionales? Tal vez tuvieran todo esto en el lejano Gibraltar. Y se murieron, porque se lo quitaron. Ya que un mono, lo que se dice un mono de verdad, no puede vivir sin esto".

30 abril, 2006

Freedom fighters

Fotos tomadas por J.A.G.A. el 29 de abril de 2006 en la calle Quintanilla, de León, ciudad adoptiva del que abona las naciones y ablanda constituciones.
Que siga la fiesta. Why not autodeterminaçäo. Unseres Land über alles. L´humanité est mort, toute la vie pour les peuples.
Con tutte le nazioni sono tremendo
le lascio quando voglio e poi le riprendo
nessuna mi resiste ma mi arrendo
con una come te.
(Canta: José Luis Celentano)

28 abril, 2006

Sorteos, concursos y duendes. Carta a ATMC

Muy estimado AnteTodoMuchaCalma:
Mucho me ha afectado el comentario que ha dejado por ahí abajo, en el que nos muestra su desánimo por el sorteo para tribunales de habilitación de hace un par de días. Supongo que le consta a usted que le tengo en gran estima intelectual, y también personal en lo que el ciberespacio y sus nicks permiten. No me duelen prendas en confesar que cada vez que me relajo escribiendo un post estoy pensando en por dónde me van a salir y con qué buenas réplicas y críticas usted y unos cuantos más de los que honran esta humilde y pendenciera página.
No tema, no le voy a pedir ni un préstamo ni un favor, ni pretendo halagarle vacuamente. Es una introducción sincera para mis condolencias y para que me permita, si lo tiene a bien, compartir su cabreo y su hastío. No hace falta ser el Sherlock Holmes de la ciencia para darse cuenta, con sólo leer sus comentarios aquí, de que tiene usted conocimientos, erudición y vocación académica en proporciones muy superiores a la media, cosa que tampoco es para tirar voladores, quizá, pues la media, lo que es la media propiamente dicha, contando a todos los que hay que contar, es como de partirse de risa. Y todos ésos, funcionarios, ya lo sé; a eso vamos.
Entiendo que usted se esté planteando mandar la universidad al carajo. Se lo dice alguien que es un vocacional absoluto de este trabajo y de esta misión docente e investigadora que antaño se decía alta y que hoy de alta no va teniendo más que los tacones con los que se busca la vida por las esquinas. Fue mi sueño desde muchacho ser profesor universitario y que me pagaran también por leer libros y escribirlos. Lo conseguí y fui dichoso un tiempo, todo lo que dura la emoción primeriza y todo lo que tardó en agravarse la crisis, en pervertirse la tal señora, hasta convertirse en el pedazo de hetaira que hoy es. Y sí, sé lo que estará usted pensando, que es fácil y cómodo decir todo esto mientras uno sigue con su sueldo de catedrático y con la correspondiente flexibilidad horaria, y viva el eufemismo. Pero también sé que entiende usted que, con todo y con eso, se sufre al ver cómo se les va comiendo el terreno y la moral igualmente a los catedráticos o titulares que quieren trabajar en serio, que valoran el esfuerzo, que respetan el saber y que no gustan de mover el culete ante los marchantes de canonjías.
Y duele ver muchas más cosas. Por ejemplo, la historia reciente de nuestro gremio. Cuando yo comencé en esto la cosa pintaba fácil, pues había casi más plazas que candidatos. Eso nos permitió a muchos llegar rápido y cómodamente. De ésos que llegamos pronto, algunos valemos bastante (ya ve, no voy a hacer ni una maldita concesión a la modestia), otros regular, un veinte por ciento no sabe hacer la o con un canuto, son puros paracaidistas que pasaban por allí y se encontraron con que los hacían titulares, y hasta catedráticos, y mira mami qué sorpresa, me han regalado una plaza en la uni sólo por ser simpático con el cátedro y hacerle lo que me manda.
Pero el baile no había hecho más que empezar. Las universidades estaban crecidas y creciendo, y con serle un poco simpático a tu vicerrector conseguías unas ayudantías para esos chicos tan majos que estaban acabando la carrera o para aquella prima de tu cuñada que no quería preparar oposiciones. Rectores y vicerrectores no se pararon a pensar que hacía años que este país había descubierto con alborozo la píldora y el condón. Y pasó lo que tenía que pasar, que nos fuimos quedando sin alumnos. Gran alarma, qué hacemos con todos estos ayudantes, algunos más viejos y pendejos que la estatua del respectivo fundador. Para colmo, a aquella denostada ministra se le ocurre inventarse lo de las habilitaciones y los rectores se ponen a pensar que igual va en serio y resulta que se les forma una bolsa de mantas incapaces tanto de habilitarse como de hablar sin tartamudear y escribir sin faltas espeluznantes. Así que, en un alarde de honestidad personal, responsabilidad institucional, atención al interés general y amor a la universidad, deciden CASI todos los rectores cortar por lo sano, promocionar a cuanto crápula les quedaba sin ser funcionario (y a alguno bueno, pocos, que estaba en el mismo saco por cuestiones puramente generacionales) y mandar al BOE las correspondientes convocatorias antes de que se publicara la nueva ley. Debería escribirse un día la historia detallada de ese gran fraude, del mismo modo que se debería poner en letras bien legibles los nombres de todos los rectores que incurrieron en esa suprema indecencia, en tan procaz atentado contra la esencia misma de la institución que gobiernan. Repito, no fueron todos, y por eso es importante que se discrimine con precisión quiénes son los decentes y quiénes los impresentables, los que prostituyeron su casa al sólo precio de ganarse unos votos o evitarse unos sinsabores. O para dejar colocados a los inútiles que los rodeaban.
Y se formó el tapón. Cómo no. Al año siguiente de la mentada farsa ya comenzaron las reuniones de rectores y consejeros autonómicos para preguntarse cómo se podía contrarrestar la sobredosis de profesores que aquejaba a casi todas las universidades. Manda güevos. Primero llenan la casa y dan derecho a mesa y mantel hasta al último colgao que pasaba por la calle, y luego se ponen a gritar que no se cabe. Manda güevos. Y otra vez: manda güevos. Pasarán poquitos años antes de que a los que ya hemos rebasado bien los cuarenta nos ofrezcan prejubilaciones y unos abanicos. Y se irán los mejores, téngase por seguro, los que están hasta la boina de este mamoneo y de que los que mandan en la cosa no se tomen en serio ni la docencia ni la investigación y sólo piensen en buscarle nuevos y más potentes clientes a la niña. Que se la queden.
Discúlpeme, querido ATMC, se me ha ido la pluma a lo de siempre. Y lo estoy torturando a usted con el recordatorio de lo que conoce perfectamente. Era para acabar diciéndole esto, por duro que resulte: si es capaz, váyase, busque un sitio donde lo merezcan más y lo traten mejor. No me lo tome a mal. Es lo mismo que le diría a mi hijo si hoy me viniera con que quiere ser profesor universitario: ni se te ocurra, mejor pon un puticlub, es más decente, se gana más y no se engaña a nadie, sociedad incluida. Usted, mi buen ATMC, seguro que está a tiempo para comenzar nuevas cosas, el saber es un bien escaso y le puede hacer triunfar en la abogacía o en trabajos similares. Y, ¿sabe qué? Dentro de unos cuantos años, ya bien situado, puede usted seguir con su vocación investigadora y escribir cosas bien buenas en libertad. Sí, en libertad, sin preocuparse de qué pensará A de que cito a B o de si va a perjudicar a un discípulo suyo el hecho de que usted critique la obra infame de algún lameculos elevado a jerifalte. Sí, sin pendejadas. No hace falta ser profesor de universidad para hacer buena ciencia en lo nuestro. Casi va siendo al revés, y a los ejemplos me remito.
Ya sabe usted que últimamente me da por pensar que el mundo está patas arriba y con las faldas sobre la cara. ¿Recuerda cuando hablábamos –usted lo leería más tarde- de lumpenproletariado? Je, pues búsquelo ahora. Muchos inmigrantes, sí, sin duda. ¿Y fuera de ahí? Pues mírese, mire a su alrededor y compare. Supongo que ya lo habrá hecho muchas veces. Conozco ayudantes de universidad excelentes, doctores con tesis brillantísimas, trabajadores, bien formados, como usted, con más de treinta años, largas estancias en centros de investigación extranjeros, premios fin de carrera y/o de doctorado, etc., etc., que ganan... mil doscientos euros al mes. Y gracias, porque cada año los amenazan con no renovarles esa birria de contrato. Porque sobran profesores, ¿sabe usted? Y a lo mejor eso se lo está diciendo un vicerrector que fue titular o catedrático por caridad y sigue ejerciendo su función ad pompam, y que no aprobaría la más simple oposición para barrendero municipal, con todos mis respetos para los barrenderos. Barrenderos que, por cierto, probablemente ganan más que esos ayudantes. Y si algún pintor, fontanero, electricista, etc., etc. leyera estas líneas se partiría de risa a costa de los que están en la situación de Vd., mi querido ATMC. ¿Y todavía duda si la Universidad lo merece o si no será más bien que le está poniendo los cuernos a discreción? Por favor...
Y dinero hay, el problema no es ése. Corre en el país dinero a espuertas, basta ver la cantidad de chorradas inútiles que se financian con fondos públicos. Y cuánto cobran por no hacer nada los que tienen la sartén por el mango o capacidad para cortar carreteras un par de horas. Pero, claro, no le veo yo a Vd con pasamontañas y honda en mano en la circunvalación de su pueblo, la verdad. Y si espera que le paguen por lo que la sociedad o sus gobernantes valoran la investigación o la docencia de altura, espere sentado. Tampoco a las universidades, ministerios y consejerías les falta parné. No hay más que fijarse en algunas cositas simpáticas que pagan, como ciertos proyectos de investigación que son de mucha risa y nombres muy pomposos. No es falta de medios económicos, no, es puro y simple desinterés por la docencia buena y la investigación de calidad; es descarado odio al que vale, es la venganza de la masa de inútiles cebados contra el que aún mantenga alguna pretensión de excelencia. Es la cerril negativa a discernir calidades y el empeño de aplicar a rajatabla el principio de que aquí nadie es más que nadie y todos merecemos lo mismo. Cambalache.
Y usted dirá que cuántas vueltas consabidas y que sigo sin entrar a lo que le ha puesto de malos humores anteayer. Qué quiere que le diga. ¿Sabe?, en uno de los dos sorteos de mi área he salido yo. Lástima que no esté usted entre los que haya de juzgar. Nos podríamos divertir, se lo aseguro. Y acabaríamos con un post a cuatro manos. ¿Le digo más? En mi propia casa y en quien comparte conmigo mesa, lecho y horas, tengo otro ejemplo de alguien que aspiraba con gran mérito y ya no aspira, pues bien claritas echó y le echaron ya las cuentas: nada que hacer, resultado cantadísimo de antemano, tienen apellido desde ya las diez plazas en liza. Y los llaman concursos, ya lo ve; qué cosas.
¿Y usted qué tal anda de algoritmos, estadísticas y probabilidades? No sé, intuyo que no es su fuerte. Me pinta que tal vez de eso sepa más nuestro común contertulio “un amigo”. Debería echarnos una mano, cruzar algunos datos y sacar algunas cuentas. Lo digo porque un vecino mío se dedica a hacer porras cada vez que viene un sorteo y las gana todas, el muy tunante. Creo que tiene tratos ocultos con el algoritmo. Mire, también podemos hablar con él y montar entre los tres (o los cuatro si “un amigo” se anima a poner capital) una sociedad de apuestas habilitantes. Con su información y nuestro arte, seguro que nos forramos. Haríamos porras simples y porras dobles. En la simple apostaríamos solamente a quiénes van a salir elegidos por el azar del algoritmo para formar parte de cada tribunal. En la doble tratamos de adivinar también quiénes van a triufar en cada concurso. Es difícil de narices, no me diga que no. Puro aleas.
De todos modos, diga lo que diga ese vecino mío y sea la que sea su suerte de la porra, yo, que soy de letras, pienso que todo lo arman y lo desarman los duendes. Los duendes del bombo. Los duendes de la universidad. Los duendes del país. Los duendes de la vida. Los duendes.
Si se le ocurre alguna otra salida y necesita un socio, un cómplice, un cooperador necesario o un amigo, ya sabe donde me tiene. De corazón.
Quedo sinceramente suyo.

27 abril, 2006

Iraq

Vaya por delante lo que tiene que ir delante: la invasión de Iraq por EEUU fue un atentado grave contra el derecho internacional y un acto de prepotencia basado en el engaño y el fanatismo. Y si la cabeza de Occidente la representa, por dejación de otros, el señor Bush, mal estamos en Occidente, muy mal. Esto que conste bien clarito frente a los maniqueos de guardia.
Dicho en alto lo anterior, todo el discurso sobre Iraq y su situación es bien extraño. Es extraño no sólo por lo que se dice sino, fundamentalmente, por lo que se calla o meramente se insinúa. Por ejemplo, es evidente que nos parece que los iraquíes estaban mejor con y bajo Sadam Hussein que ahora. ¿Porque había menos muertos? De eso no estoy tan seguro, habría que computar los que mató Sadam y hacer la media. No es por eso, más bien se diría que pensamos que aquella gente ni es apta para vivir en libertad y democracia ni la merece. Y eso pese a la gran cantidad de ciudadanos iraquíes que se jugaron la vida para votar en las primeras elecciones. Peor para ellos, quién los manda. La democracia es cosa de occidentales, y cosa mala, además. Por eso estamos disconformes con ella. Un pueblo como el iraquí está mejor en manos de un dictador. Tal vez por esa razón no nos provocan especial disgusto todos esos "insurgentes" que ponen bombas y matan civiles y quieren volver a la dictadura más férrea, a ser posible teocrática. Poco nos duele que los muertos sean iraquíes sin culpa, con tal de que el pretexto sea la resistencia al invasor gringo. ¿Por qué los que quieren liberar Iraq de los norteamericanos matan más iraquíes, muchos más, que soldados gringos? ¡Qué valientes!, ¡qué insurgentes tan osados!
Hay una nueva y muy prominente forma de racismo y desprecio bajo apariencia de defensa de ciertos pueblos y de sus derechos colectivos. Fingiendo que estamos en contra de que la democracia se les imponga, pensamos que ni la merecen ni están capacitados para ella ni pueden comprenderla, por ser constitutivamente inferiores. Enésima miseria de un pensamiento paraprogresista actual que es esquizofrénico y estrábico.
Seguimos atrapados en el maniqueísmo más primario. Si Bush es malo, y lo es, los que lo usan de pretexto para volver a la tiranía vesánica o para implantar un régimen de fundamentalismo religioso tienen que ser buenos por fuerza, nuestros amigos. Por eso somos selectivos en nuestras condenas, parciales en nuestros juicios, tendenciosos hasta la náusea. Cualquier bomba de Bush es peor por definición que todo el gas con que Sadam asesinó kurdos o todas las bombas que hacen estallar los tarados suicidas. Porque son unos tarados abyectos, unos energúmenos sin seso, escoria, hez; y eso apenas nadie lo subraya, qué curioso. Es más, aun con su sanguinario designio, Sadam es nuestro héroe por haberle plantado cara a los yankees, aunque sólo sea una cara testimonial y retórica. Los llamados "insurgentes", con candoroso eufemismo, matan civiles, niños, viejos, aleatoriamente, salvajemente, con las miras más infames. Pero no sólo no son peores que las tropas de Bush, son nuestros ejemplares resistentes. Todo nuestro amor al pueblo y a las gentes se torna comprensión del asesino cuando la causa es antiamericana, aunque nada tenga esa causa de lucha por las libertades, ni por la igualdad, ni por la dignidad de nadie. Bush es el pretexto para que traguemos cualquier cosa. Tal vez confiamos en que los "insurgentes" triunfen e instauren un régimen ejemplar de justicia social, bienestar y amor al pueblo, sin opresión ni sangre. Quizá somos tan idiotas. O nos importa el pueblo iraquí infinitamente menos de lo que simulamos. Nosotros estamos a nuestras disputas parroquiales, mezquinas, egoístas, bobas. Y así nos irá. Al tiempo.
¿Tanto nos cuesta reclamar bien alto, ante quien sea, que el pueblo iraquí, como todos, merece y debe tener democracia y libertades? Y que nadie debe privarlos de ellas a tiros, ni los norteamericanos ahora, ni Sadam antes ni los zoquetes fundamentalistas nunca?

26 abril, 2006

¿Las nucleares con velo sí son buenas?

Esta mañana escuché a un jefe de Greenpeace en la radio. Se refería a que por estos pagos, en el perverso y represivo Occidente, hay una conspiración en marcha para revitalizar la energía nuclear y construir más centrales. Al parecer, se trata de una oscura confabulación de políticos y empresarios. Esto provocaba en el buen señor verdadera ira y una tenaz insistencia en los riesgos horribles de la energía nuclear. Asegura que harán todo lo posible para evitar ese rebrote de la horripilante energía.
De Irán no dijo nada. A lo mejor es que este caballero es indiferente a los riesgos que corran los iraníes. Menuda discriminación, pobre gente. Debe de ser un ejercicio inconsciente de etnocentrismo esa indiferencia a los males que la energía nuclear puede provocar en otras partes del globo.
Yo siempre he simpatizado con Greenpeace, y no lo digo en broma. Pero me parece mal esa diferencia de trato. Pase que no se atrevan a manifestarse en Teherán, pues algún ayatollah puede ordenar que les corten las partes energéticas. Pero, hombre, por lo menos decir algo desde aquí, no sé.
O quizá los científicos han demostrado que lo nuclear sólo es peligroso en las democracias occidentales y en los países aconfesionales y yo no me he enterado. Tengo que leer más, no hay duda.

Naciones, califatos y taifas. Por Francisco Sosa Wagner

España se llena de nombres que quieren definir, aclarar. Ya era hora. Porque lo cierto es hemos vivido siglos en una cierta nebulosa, de forma inconsciente, con un punto de frivolidad, las gentes por las mañanas se desayunaban, se iban a trabajar al taller sin preguntarse qué eran en lo político, qué idioma hablaban, en qué creían. Y así nos ha ido, toda la vida con los reyes católicos y con Velázquez, nadie era capaz de mirar por encima de sus narices, ensimismados como hemos estado en nuestros problemillas particulares creyéndolos tontamente el centro del universo.
Esta situación de pereza intelectual se ha acabado. Ahora el español, sea de Córdoba, de Tarragona, de Albacete o de Astorga, lo primero que hace al levantarse es tomar postura ante su ser, mirarlo cara a cara, desafiarlo, zarandearlo. ¿Qué eres, condenado? No me seas esquivo y responde. Responde con firmeza, no te me escondas, es llegada la hora de encarar la verdad que nos hará libres.
Y ahora sí, ahora tenemos la respuesta: perteneces a una nación, tontuelo, no te quejes, menudo pisto te vas a dar con tu cuñado que el pobre es de una realidad nacional y encima no lo sabía. Pues ¿y el primo de pueblo, agropecuario él, preautonómico y con caspa hasta en los sobacos? Al fin, oh bendita Providencia, se empieza a poner a cada uno en su sitio, recuperando todos rangos y distinciones. Si Zeus, cuando sale en la Ilíada, es quien ordena las nubes, alabado sea quien ordena ahora las naciones y las realidades nacionales.
Con ser esto importante, lo mejor está por llegar. Pues vendrán otras denominaciones porque la España plural tiene sus exigencias y es preciso abarcarlas todas. Pronto sabremos que tal o cual lugar no es ni nación ni realidad nacional sino que tiene apariencia nacional o apariencia de realidad nacional. O la condición de nación o de realidad nacional. Esto puede sonar a broma pero no lo es y ya existen precedentes. Por ejemplo, los catedráticos de Instituto antiguos, aquellos que ingresaron en oposiciones de cinco ejercicios, con programas llenos de temas, una panda de franquistas, se convirtieron de la noche a la mañana en personas que tenían la “condición” de catedráticos, que no lo eran pero que albergaban en su seno algo así como la sustancia, la enjundia del catedrático. Como la vaca que no lo es pero que lo parece por las tetas y porque da leche. Pues lo mismo ocurrirá ahora con los territorios: usted tiene la condición de realidad nacional, y confórmese con ello, que hasta ahora no había pasado de ser una oscura provincia de Javier de Burgos, aquel carca de la época de maría castaña o de más atrás, cualquiera lo sabe.
“Vaya espabilando, amigo, está usted en el buen camino, un esfuerzo por su parte y llegará a ostentar por lo menos legitimidad nacional”. Menos da una piedra. No pierda el tiempo: búsquese unos derechos históricos, unos reyes belicosos, un territorio irredento, una lengua, un bardo melancólico, y así, sorbo a sorbo de la historia, se encontrará usted convertido en un ser moderno. No deje desaprovechar la ocasión, el bazar esta abierto.
Quienes tengan pocas aspiraciones se conformarán con ser taifa o tener la condición de taifa. “Mi pueblo tiene realidad de taifa” dirá quien hasta ahora creía que vivía en un lugarejo polvoriento cruzado por miles de camiones a toda velocidad. ¿Usted es de una veguería? Pamplinas, no le envidio, yo pertenezco a un califato.
Hace falta un entomólogo, pruebas para ejercer este oficio complejo. Y reconstruir blasones antiguos, por ejemplo, los burgraviatos y los margraviatos. En vez de alcalde, burgrave del Oriente, y en vez de consejero de Industria, margrave de Tierra de Campos.
Solo quienes se nieguen a participar en este gran festival quedarán marginados, convertidos en bandada, en rebaño. Usted, lector, haga como yo, que no soy sino miembro de una pandilla que juega al parchís pero estoy estudiando para escapar de esta lacerante condición histórica.

25 abril, 2006

El principio constitucional de mérito y rapacidad.

En días pasados coincidí, en una agradable comida y con ocasión de un evento académico, con un grupo de profesores de lo mío, de diferentes edades y estatutos y de distintas universidades, buena gente todos. La conversación, cómo no, derivó pronto hacia las habilitaciones que vienen, pendientes ahora de sorteo. Bastantes de los presentes habían leído aquel post mío de enero titulado "Unimafias". El experimento sigue rindiendo frutos sutiles y graciosos, pues son bastantes los que desde entonces me han dicho que muy bien y tal y cual, pero siempre, o casi, después de la siguiente maniobra: miran alrededor y, si hay alguna otra persona en un radio de veinte metros, me toman por el brazo con gesto circunspecto que quiere ser amistoso, me llevan a algún oscuro rincón bien apartado y me dicen "leí eso que escribiste en el blog, muy bien, muy bien". Entonces yo me animo y me pongo a contar que es que no pueden seguir las cosas así porque... Y ahí miran apurados el reloj o simulan una súbita acometida prostática, cualquier cosa para salir pitando, precisamente, no vaya a ser que alguien perciba nuestro parlamento y vayamos a tener una desgracia o padecer una maledicencia. Esta bien, nada que objetar. Es lo que hay. No constó jamás que la cohesión de los rebaños se debiese a la valentía de los pastores; ni siquiera a la fiereza adiposa de los perros. Son cosas de la ovejidad. Derecho natural propiamente dicho, sector Trasímaco.
Al poco de escribir aquello me encontré en un aeropuerto con un discípulo de uno que, cuando escribí aquí aquello, se dio por aludido por lo de capo. Es gracioso, porque yo había hablado de dos o tres posibles capos y se me ofendieron cinco o seis. ¿Seré yo, señor? Que no hombre, que no, que tú eres un pringao, de la especie circunflexus in pompam. Este muchacho del aeropuerto es buen tipo y mi relación con él siempre había sido (y sigue siendo) cordial. Lo veo, me acerco, le tiendo mi mano y me pongo a hablar con él apaciblemente y con afecto, como otras veces. Noto que le tiembla un poco la voz y que me contempla con los ojos desmesurados. Imaginé que le habrían puesto un colirio o algún dilatador de pupila y no le di más importancia. Días más tarde, conocidos comunes me explican que el hombre confesó que había sentido temor al verme y que aún no se explica cómo es que le hablé, y además con simpatía. Uno de tantos que tiene asimilada la perversa idea de que cuando uno se mosquea con los grandes le pega a los pequeños, según proceder común y valeroso. Él, como tantísimos, no tiene más culpa que la de considerar normal, psíquica y estadísticamente normal, su condición de obediente flojo por interés. Si todos fuéramos valientes se acabarían las guerras. Las hay porque por cada uno que se proclama generalísimo brotan diez mil que quieren ser sus furrieles y un millón que tienen por normal que los pongan a marcar el paso.
La comida de hace unos días fue diferente, más interesante. Al principio mi llamada a no dejar exangüe el principio constitucional de mérito y capacidad en nuestros concursos fue observada como pretensión utópica y ambición maximalista, destinada a seguir en el contenedor de basuras, en la parte de material reciclable correspondiente a las ideas nobles de las que se descojonan sus propios forjadores. Así que tuve que cargarme de algo de realismo práctico y matizar un poco. Pues, efectivamente, no tenemos el meritómetro que nos permita sentar objetivamente y hasta con decimales lo que vale cada candidato a titular o catedrático de universidad. Pero, hombre, de ahí a concluir que no hay nada que hacer y que no queda más que resignarse a seguir la dirección que marquen los dedos imperiales, va un trecho. Entre otras cosas, porque los dedos imperiales no apuntan más que al propio ombligo de sus dueños, para mostrar cómo lucen, pulidos y repulidos, tras los masajes primorosos del candidato señalado por el índice de la fortuna. Y miren que estoy hoy sutil y pulcro y nada dado a procacidades.
Así que traté de pactar con esos comensales amigos que el objetivo de nuestro esfuerzo tiene que ser una política de mínimos, resumida en las dos tesis siguientes: en los referidos concursos no debe quedar sin plaza un candidato que sea claramente superior en méritos y capacidad a sus rivales; y no debe bajo ningún concepto superar el trance ningún/a una acémilo/a consumado/a. Al ver ciertas caras, me apresuré a apostillar algo más, tal que así, con mi acrisolada finura: y no me jodáis con que lo uno y lo otro no se nota suficientemente y hasta por el examinador más lerdo. ¿O es que cuando calificamos a nuestros alumnos en los exámenes ordinarios no tenemos clara esa mayoría de casos que, de tan buenos o tan malos, no admiten ni la más mínima duda? Parece que, de pronto, a los miembros de los tribunales en los concursos universitarios nos ha invadido el escepticismo epistemológico o que tenemos un ataque repentino de solipsismo. Sí, y un carajo. Y yo con estos pelos. Mucho morro, eso es lo que hay. Porque, casualmente, casi siempre esas dudas atenazadoras o esa sobrevenida incapacidad para dirimir objetivamente conducen a un voto masivo al apuntado por el pito. Por el pito de los árbitros, quiero decir. Así que menos cuento.
Los datos son incontestables y no los niega ni la sagrada cofradía de tribunales inimputables: en más del ochenta por ciento (y me quedo deliberadamente corto, para que no se diga que exagero) de los concursos y habilitaciones cualquier persona mínimamente informada de los manejos en su disciplina y de los cambios de humor de los respectivos líderes (¿ven, si la otra vez hubiera escrito líderes en lugar de capos todo habrían sido parabienes y no me habría quedado sin algunas conferencias alimenticias) es capaz de conocer con certeza el resultado semanas antes del comienzo de los ejercicios del concurso. Basta con mirarles a los aspirantes la marca en los ijares. O con fijarse, cuando la ocasión lo permita, en su caer de párpados. Esto hace el cincuenta por ciento. La otra mitad se adivina a partir de un superficial examen de la abrumadora personalidad de (parte de) los miembros de cualquier tribunal. Gente de una pieza que no rinde más acatamiento que el de su conciencia ni se inclina ante más disciplina que la del saber. Ay, hija, qué contento me pongo sólo de pensarlo, qué tipos tan íntegros, que morales tan exquisitas, Qué tíos/as, vaya pelotos/as.
Llegamos a un pequeño y provisional consenso antes del postre. Aunque también hube de conceder que cada tribunal es un mundo y algunos un submundo, pues más de uno se ha visto en que bastantes de sus componentes tenían menos noción de nada que el más ceporro de los concursantes. Algún día deberemos estudiar en serio lo que podríamos llamar el efecto multiplicador de la estulticia universitaria: cada idiota que haces funcionario engendra a su vez un mínimo de cuatro funcionarios más idiotas, y así hasta que la institución aguante. Y este otro, que se debería denominar ley de progresión del desabroche: cada uno que llega por su habilidad oral luego pretende que la ejerciten con él al menos otros cuatro. Y, claro, si la gente se pasa el día hablando, no queda tiempo apenas para investigar.