09 julio, 2006
Las voces del bien. Por Francisco Sosa Wagner
08 julio, 2006
Madrid me mata. De horror.
Ayer me tocaba actuar en tribunal de tesis doctoral en Madrid y el lunes andaré en las mismas en San Sebastián. Así que con mi pareja había planeado vueltecilla de fin de semana, con pernocta rural en algún paraje llamativo y norteño de la opresiva Castilla. Tuve que cambiar el plan a la carrera, debido a la hospitalización de mi madre. De modo que me compré un billete de avión Asturias-Madrid, con ida a mediodía de ayer viernes y regreso temprano esta mañana de sábado.
Tesis en universidad privada, mi primera experiencia. Por cierto, se les ha olvidado preguntarme que qué se debe de lo del viaje y tal. Tal vez consideran que con el honor ya voy bien remunerado. Pues sí, vaya plan. Porque la tesis... dejémoslo. No tengo los ánimos estos días para montar broncas en solitario, y el resto de los estimadísimos colegas a los que jamás había visto y de los que nunca había oído ni mu eran receptivos al castigo, bienaventurados por mansos y propicios al proceso de paz doctoral. Me juro a mí mismo que dejo de aceptar nombramiento para tales tribunales, salvo cuando me dé plenas garantías el nombre del director y la pinta del doctorando. O sea, ya casi nunca, otra cosa que se acaba. La cena de primera, eso sí.
Pero vamos con Madrid, que es tema que me compromete menos con lo más granado de mi gremio, sector proletario asalariado. El viaje del aeropuerto al hotel, en taxi, creyendo que me lo pagarían. Ay, alma cándida, no aprenderás. Al metro, que en la privada tratas con currantes, hombre. Y con empresarios. Así que al metro para la próxima... que no habrá. El viaje en el taxi una eternidad, porque está Madrid guapa, una delicia, puro relax.
El clímax, esta mañana. Me levanto a las seis y cuarto para llegar con tiempo al aeropuerto, como nos gusta a todos los aldeanos. Mi hotel estaba en Alberto Aguilera. Al irme, el recepcionista ya me advierte que lo del taxi, difícil, difícil, pues, al parecer, evitan los taxistas esa zona a esas horas porque el personal retorna cocido a sus madrigueras y no se muestra muy tratable con los sufridos trabajadores del transporte más caro. Y que los del radio-taxi o no cogen el teléfono o te engañan prometiéndote en vano que pasarán a recogerte en media hora, poco más o menos. Sin poder dar crédito, salgo a la calle y veo montones de brazos extendidos preventivamente, pese a que ningún taxi se divisa con la luz verde. Me quedo cinco minutos al quite y asisto a la violentísima discusión de una pareja muy engalanada, cuyos miembros/as se imputan mutuamente la responsabilidad por la falta de taxis. Antes de verme incriminado por no auxiliarlo a él por la inminente agresión violenta que iba a padecer, me alejo, pues desconozco los detalles de la nueva legislación sobre el género.
A la vista de la fatídica pertinacia de los hechos, decido caminar hacia el metro. Oh, maravilla, la línea más directa está cortada, pues las obras capitalinas tocan también el subsuelo, el mismísimo underground. Treinta y cinco minutos de metro, y porque estoy de suerte y pillo los trenes casi al vuelo. Ya en Barajas, el problema es la T4, esa mancha enorme en medio del desierto manchego, prodigio de arquitectos y campo de entrenamiento para corredores de maratón, fondo y medio fondo. Toca esperar el bus que enlaza con la hermosa terminal infinita después de hacer una amplia circunferencia. El paisaje se muestra tan bello que me pregunto al instante cómo puedo estar blasfemando para mis adentros en presencia de tanta belleza natural e ingenieril. Menos mal que no llevo maleta y solvento lo de la tarjeta de embarque por vía automática, pues las colas en los mostradores quitaban el hipo. A seguir pistas y letreros en busca de la lejana puerta de embarque. Siempre me recuerda la mili, cuando nos soltaban en el monte con un mapa y una brújula. Aquellos eran tiempos, y ni sofá con tele y videojuegos había en los montes aquellos, qué penurias. Ardor guerrero. Como el que me invade cada vez que disfruto las delicias madrileñas.
Arribo al fin a la esquina más alejada de la Tortura-4 y, albricias, se anuncia retraso en la salida del vuelo. Iberia, genio y figura. Por cierto, pobres pilitos, humillados y ofendidos siempre, lumpenproletariado. Arriba, parias de la tierra, a seguir subiendo hasta alcanzar la altura de crucero. Al fin en el avión, mi vecino de silla resulta ser un fiel exponente de la fobia al desodorante, esa plaga que nos tiene la pituitaria en máxima alerta todo el día. ¿Será una libre opción personal la de ir apestando? ¿Será porque volvemos a los usos de marca del territorio, ahora que retornamos al simio medio? ¿O tal vez no se dan cuenta y se piensan una maravilla para los cinco sentidos?
Ya en casa en Gijón, por fin, y concediéndome un mínimo descanso antes de salir para el hospital, pienso en León y comparo con Madrid. Mi casa, una casa grande, en las afueras, con campo y todo y poco hormigón alrededor, está a diez minutos en coche del centro de la ciudad y a cinco de la Facultad donde diserto para fanáticos de Orfeo, cubro impresos y asisto a comisiones y juntas. Y me costó lo que un apartamento de treinta metros en Vallecas. Qué dicha, oiga. Madrid para los madrileños. Deberían pedir la independencia. León sólo, y capital Astorga, qué güevos. Y T-4, agua.
07 julio, 2006
Genuina memoria histórica.
"Mi madre murió cuando yo tenía un año y medio. A mi padre lo mataron allá por mis quince años, en el treinta y nueve. Fueron a buscarlo un mediodía. Él no había hecho nada malo, sólo trabajar como un buey. Lo asesinaron porque había escondido en nuestra casa a un huido (un "guardau"). Dieron con él después de torturar a un sobrino suyo que sabía dónde se ocultaba. Se llevaron a tres, a mi padre, al huido y a un cuñado de éste, que había sido quien le pidió a mi padre que lo albergase hasta que pasara el peligro. Se los llevaron a los tres a las doce del mediodía y a las doce de la noche ya los fusilaron. Se dieron mucha prisa para evitar intercesiones y ruegos de clemencia. Mi padre nunca se había metido en política ni había hecho mal a nadie, sólo había ocultado a aquel hombre por pura humanidad, por compasión y porque así se lo había rogado aquel otro amigo. Obligaron a los tres, de noche, a cavar su propia fosa, en el cementerio de Pando, en La Felguera. En cuanto terminaron, los mataron a tiros.
Unos años después, yo hablé con el enterrador de aquel cementerio de Pando y le pedí que me avisase cuando fueran a sacar los restos de aquella fosa. Y, efectivamente, me llamó en el cincuenta y nueve, cuando iban a vaciarla. Yo estuve allí, con otros parientes de los tres asesinados, cuando excavaron la tierra, y vi aparecer los huesos de los tres. Se notaba perfectamente la postura en que habían quedado, unos sobre otros. El que estaba encima, el último en caer, aparecía sentado sobre el cuerpo de los demás. Los familiares que me acompañaban y yo misma reconocimos la cabeza de mi padre, por su forma, de configuración idéntica a las nuestras. Tenía en un lado de la frente un agujero del tamaño de un dedal. Recogimos, como buenamente pudimos, los huesos de los tres y cada familia llevó los de su pariente al cementerio que le era más querido. Pagó los nichos y todos los gastos de los enterramientos el hijo de aquel de los tres al que mi padre había escondido y por el que habían muerto.
Yo le he pedido a mi hija que, cuando yo muera, quemen mi cuerpo y esparzan las cenizas en Pinzales. Me ha dicho que esto último no lo hará. Así que, a cambio, le he rogado que encierre mis cenizas en la tumba en la que yacen los restos de mi padre y de mi madre. Todos hemos de morir, no tiene nada de particular".
Ni un instante dejó de sonreír, con esa mirada franca de quien no tiene qué ocultar ni de quién esconderse. Cultiva la memoria de sus muertos como parte de su sentido de la vida, de un profundo y nada gastado sentido de la vida, sin impostura ni alharaca. Les hace justicia.
05 julio, 2006
Madre
Está muy débil, su corazón trabaja a medio gas, agotado. De tanto en tanto me observa un breve instante y me pregunta cómo me enteré de que estaba mala. Me llamaron al móvil, respondo yo. Y cada vez ella apostilla: fíjate qué adelantos hay. Estoy contenta de que estés aquí porque yes el mi fíu.
He podido hablar muy poco con ella, se le cierran los ojos, se queda traspuesta, se me va. En uno de esos pocos momentos, me miró fijamente y me dijo: se me está olvidando todo.
Su sueño es muy agitado, se mueve, respira entrecortadamente, murmura palabras ininteligibles, suspira. En la boca entreabierta se le pone una expresión de niña. Me pregunto qué bulle en su cabeza, qué imágenes se le agolpan, qué sueños le quedan por soñar. Puede que sea el momento en que ya sólo queda soñar, la antesala de los sueños infinitos, el eterno batiburrillo de los recuerdos, sin orden ni concierto, piezas del rompecabezas que fue una vida. A lo mejor por eso se le están olvidando las cosas, porque ya los recuerdos abandonan la vigilia y se alistan al otro lado, en los sueños, libres, infinitos, eternos, tan aleatorios en su orden como azaroso fue el acontecer de la vida a este lado.
A mediodía salí unos minutos de su habitación y la dejé sola. Cuando regresé, la enfermera, una amable señora, estaba a punto de darle la comida. Le dije que yo lo haría. Antes de salir, me contó que poco antes había visto en la habitación a una mujer que miraba a mi madre. Ella, la enfermera, le preguntó que si la conocía y era a mi madre a quien estaba buscando. Le respondió que sí, sin añadir nada. Me extrañó, pues pensé que nadie más que yo estaba aún al tanto de su nueva hospitalización. Así que la interrogué sobre su aspecto o cualquier detalle que me diera una pista de la identidad de la dama aquella y de su fugaz visita. No lo sé, me respondió, no la vi entrar ni salir, estaba aquí dentro hace un rato, ahora no sé adónde habrá ido. No he sabido más de ella en todo el día.
04 julio, 2006
La indignación moral y los políticos (I).
Sentado lo anterior por mor de la honestidad que pretendo manejar con mis apreciados interlocutores, podría añadir que no me son mucho más simpáticos bastantes de los personajes de la oposición pepera que más cámara chupan. Zaplanado quedo a menudo al observar tanta desfachatez, tanta zafiedad y semejante primitivismo a golpe de quijada. Unido a la propensión a alborotarse ante la paja –sí, hasta la paja- en el ojo ajeno, sin querer ver el propio lleno de vigas, pontones y hasta monolitos. Y con las mismas proclamo también que hay algún ministro del Gobierno socialista que tengo por capaz, honesto y aprovechable fuera del estercolero este de la política de hoy.
Pero vayamos a la cuestión más general: ¿cabe y conviene que nuestros juicios políticos se contaminen de indignación moral o, por contra, es preferible hacer con la política rancho aparte y prescindir de aquellos juicios que califican a las personas y a las acciones políticas como morales o inmorales, decentes o indecentes, honestas o deshonestas? Si fuera esta segunda la actitud recomendable, de la gestión política deberíamos opinar con atención solamente a los fines propuestos y a los frutos alcanzados, prescindiendo de enfangarnos en debates sobre la calidad moral de los medios usados y de las actitudes personales de quienes los utilizan.
Pondré un ejemplo muy claro, aunque ciertamente extremo: el asesinato por razón de Estado. La paz es supremo valor para un Estado e ideal compartido por la inmensa mayoría de sus ciudadanos, que la ansían y tienen de ella hasta un anhelo infinito cuando se ponen estupendos (¿ven?, ya se me escapó la coña; con lo bien que iba, diantre). Queremos vivir pacíficamente y con seguridad para nuestra persona y nuestros bienes. Sentimos el terrorismo como atentado gravísimo a esos valores, a tales ideales de paz y seguridad. En consecuencia, que un Gobierno oriente su acción y sus políticas a mejorar nuestra convivencia pacífica a base de reducir o eliminar las actividades terroristas nos parecerá muy bien a todos, al menos a todas las gentes de bien. Acuerdo perfecto, pues, en el fin. ¿Y los medios? Pongamos que ese Gobierno concluye que la manera más efectiva de alcanzar aquel legítimo y consensuado objetivo sea la guerra sucia, el asesinato ilegal de los terroristas o de quienes los apoyan o con ellos simpatizan. Aquí ocurrió hace años; no ahora. Israel lo hace todos los días. Es lo que se conoce como el problema de las manos sucias. Y, para cerrar el ejemplo, supongamos que, contra lo que en tales casos suele ocurrir -¿fue una excepción la política del Estado alemán contra la Baader-Meinhof?-, el Gobierno tiene éxito y la sociedad queda libre de la peste terrorista, gracias a tan expeditos e ilegales medios. ¿Podríamos o deberíamos los que creemos en la moralidad ínsita en las reglas de juego del Estado de Derecho hacer valer nuestra indignación moral o deberíamos achantar a la vista de los “felices” resultados o para no provocar nuevos conflictos? Mi opinión la tengo clara, aun a riesgo de yerro grave: la base del Estado de Derecho es moral, una moral del respeto a todo individuo qua individuo y del férreo sometimiento del poder a las reglas jurídicas que dan vida y sustancia pragmática a aquella moral de base. El poder tiene que ser legal tanto en su origen como en su ejercicio, pues un poder ilegal es en el Estado de Derecho un poder por definición inmoral y, con ello, lo opuesto a tal Estado, dictadura larvada, tiranía vergonzante, oprobio disfrazado de respeto y maneras.
Cierto que el ejercicio de la política va de la mano de la negociación, la dialéctica sibilina, el ocasional forzamiento o tensión de reglas y prácticas institucionales. Verdad es que el buen político, el político eficaz, deberá ser flexible, con capacidad para acomodar sus programas e ideales a lo que las situaciones y las coyunturas determinen. El buen político no será nunca el sujeto dogmático, radical, incapaz de ceder un ápice o de moverse un centímetro de sus propósitos. Quizá es en la política donde más pura aplicación alcanza el dicho de que lo mejor es enemigo de lo bueno. Todo esto lo tenía presente Max Weber cuando distinguía entre ética de convicciones y ética de la responsabilidad. Bien está la primera para misioneros, pongamos por caso, de los que esperamos que hasta el martirio asuman por no traicionar su fe y sus ideales, que no reparen en gastos para vivir conforme a su mensaje; pero la de los políticos sería la segunda, la que mira más a los logros que inflexible o rígida es en los medios.
Hasta ahí estaremos la mayoría de acuerdo. La discusión empieza cuando toca poner los límites, fijar hasta dónde puede el político llegar en su elección de medios para fines admisibles. ¿Justifica el fin cualquier medio? Maquiavelo casi decía que sí, y por eso llamamos maquiavélico al político que para sus fines no repara en mentir, chantajear, amenazar... o matar. A un servidor le repelen los políticos maquiavélicos, aun sabedor de que sin un toque de maquiavelismo no tienen pito que tocar ni darán pie con bola en su gestión. O sea, que el político ha de tener mano izquierda, buena dosis de cazurrería y algunas otras virtudes propias de espadachín avezado a las malas calles. Pero que todo tiene un límite. Y que cuanto más sucio sea su juego, por gracia de la política y de Maquiavelo, a mí peor me cae. Será esa la razón de que nunca ganen nada los (pocos) que me son más simpáticos.
Quien desee observar una buena recreación literaria de estos dilemas morales de la política, que se lea dos obras memorables: Las manos sucias, de Sartre, y Los justos, de Camus.
Compliquémonos ahora la vida y mojémonos. ¿Qué tiene que ver lo anterior con nuestros debates a propósito de ZP? Empezaré por sentar bien claro que, a día de hoy, no me resulta sospechoso de esas inmoralidades más graves, de tener las manos sucias en ese brutal sentido. Como sí las tuvo algún presidente anterior, casi con toda seguridad. Dicho esto, nuestras discrepancias pueden tener un doble origen.
A) Yo pienso que Zapatero es un político maniobrero y mentiroso, inmoral en grado superior al admisible o conveniente para la mínima moralidad política que debe impregnar un Estado de Derecho; y que, además, con su modo de actuar mendaz (otra vez la palabreja: reincido), marrullero, hace una pésima pedagogía social y agranda la anomia de esta sociedad. Otros, en cambio, no lo ven de esa manera y lo tienen por moral e intelectualmente honesto, o piensan que para nada rebasa ese límite de la moralidad mínima y de la lealtad que un buen político debe guardar con los electores y con las reglas de juego del sistema jurídico-político. Me parece esto último defendible, sin duda, pero me llama la atención cuán pocas son las personas -sin cargo- que lo defienden así, con argumentos claros y sin ciertas falacias de libro (igual de malos son los otros, no podemos admitir nada que le haga el juego al rival, bueno estás tú para hablar, tu juicio es interesado y, por tanto, no entro a analizar su verdad o falsedad, etc.). Mas, insisto, cabe que Zapatero sea el más recto de los políticos que por aquí han pululado, unido a que yo le tenga una tirria irracional y a que sus defensores pasen de argumentar lo que consideran obvio.
B) Más bien se diría que la mayor parte de nuestras discrepancias se relacionan con la diversa ponderación de fines y medios. Esto es, creo que muchos opinan que objetivos tan legítimos y deseables como el fin del terrorismo o una reorganización territorial del Estado más respetuosa con los afanes independentistas o de autodeterminación de ciertos (políticos y ciudadanos de ciertos) territorios bien justifica el que con los ciudadanos todos se utilice la mentira o una ambigüedad tan taimada que roza el engaño; o que las reglas de juego, comenzando por la Constitución, se pongan del revés, cual calcetín, o se tensen hasta un poco más allá de la resistencia de sus materiales. A mí me gusta una política más clara, abierta, sincera y deliberativa, aunque sea al precio de éxitos más magros o mayores sacrificios. Otros prefieren resultados más brillantes (?), aunque haya que cargarse más de una norma de lo que otros consideramos la moral mínima compatible con y exigible en la política democrática; o prefieren salirse con la suya sin reparar en gastos.
02 julio, 2006
Nobleza obliga.
Pero tomen nota los incrédulos de que todo llega, sepan los escépticos que el progreso existe, reparen los tímidos en que el mundo lo impulsan los osados y, sobre todo, mediten bien y rectifiquen los apóstoles del fin de las ideologías. No, señor, no, las ideologías siguen pujantes, convicciones profundas de personas sin tacha tiran, y tiran bien, del carro de la historia.
Albricias, pues. Apacígüense los iracundos, sáciense los sedientos de justicia, sientan los progresistas el viento en la cara, pues este país coge velocidad de crucero y no hay ya quién lo detenga. Hallen consuelo los afligidos y alivio los parias de la tierra. Confiad, hermanos, ya se otea la tierra prometida, efluvios del paraíso anuncian la epifanía inminente. Agrupémonos todos en la lucha final, basta de tutela odiosa, que la igualdad ley ha de ser. Atruena la razón en marcha, es el fin de la opresión. El mundo va a cambiar de base, los nada hoy todo han de ser.
Pueblo mío que estabas en la colina, tendido como un viejo que se muere. Mi corazón está con tus gentes, ya felices, me congratulo con vosotros de que por fin encuentre remedio vuestra opresión secular. Enhorabuena, hermanos, amigos, queridos todos. ¿Estaré soñando o será verdad tanta dicha? Van a suprimir, sí, nuestros legisladores van a suprimir, la preferencia del varón en la sucesión de los títulos nobiliarios y de las Gradezas de España. Habrá más marquesas, duquesas y condesas, crecerán las baronesas, con o sin pinacoteca. Al Alba, al Alba. A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar. Todos atentos a Tele5 en cuanto acabe el Mundial.
No, ninguno de mi pueblo alcanzó jamás título nobiliario, sólo faltaba, semejantes plebeyos honrados. No. Pero más de la mitad de sus tierras lo fueron de marqueses y condes hasta hace cuatro días, como quien dice. Por eso se alegran sus gentes sencillas, porque a aquellos amos los han jodido bien, aunque sea a toro pasado. Para nosotros esta ley no sólo hace justicia, riega también nuestra memoria histórica. Mañana irán todos mis coterráneos a segar o al andamio con una sonrisa en los labios y con otro espíritu, sabedores de que la revolución está en marcha y de que seguirán existiendo nobles, pero no machismo, cuidadín y ojo al matiz. Viva la igualdad. Volvemos a ser la reserva espiritual de Occidente, la monda lironda. Da gusto.
01 julio, 2006
Reforma federal alemana: aviso a navegantes. Por Francisco Sosa Wagner.
Ante todo rábano por las hojas.
Mi muy apreciado y respetado -esto no es retórica- AnteTodoMuchaCalma (hombre de nicks reversibles y proteicos) es, amén de hombre de conocimientos tan variados como profundos -tampoco es retórica-, un consumado retor -precisamente-, un sublime dominador de las virtudes clásicas de la dialéctica, con un toque erístico que proporciona adicional encanto a sus disertaciones. Y en su comentario a mi último post, el de la negociación con ETA, echa mano de la erística schopenhaueriana para desactivar mi irónico alegato. Sin dejar de admirar siempre su agudeza, echo en falta en nuestra amable pugna un poco más de cuerpo a cuerpo. Me explicaré.
¿Les ocurrió a ustedes alguna vez en su infancia, le habrá ocurrido a ATMC, aquello de que uno escribía una esmeradísima redacción, poniendo todo el empeño que le cabe a un infante de sangre roja, y el maestro ojeaba la hoja escrita y se la devolvía al autor displicentemente, aduciendo que la letra era muy mala o que había una falta de ortografía? Uno lo admitía resignado, pero se quedaba con la pena de que el idolatrado profesor no quisiera entrar en el contenido de la composición. Frustrante.
Sigamos con las comparaciones traídas por los pelos. Un mal chiste. Una persona le dice a otra: "esta noche tenemos que hacer el amor sin falta". Y la persona interpelada le responde: "ah, me encantan el amor, las novelas de amor son mis favoritas, el amor es lo mejor, soy una persona tan romántica...". A eso habitualmente se le llama salirse por la tangente.
En mi post sobre la negociación con ETA analizaba, en tono abiertamente irónico y con propósito de desenmascaramiento de las intencionadas contradicciones y las estudiadas ambigüedades de ZP, su declaración sobre la mentada negociación que, al parecer, va a comenzar ahora. Mi intención, creo que muy obvia, era señalar que si las afirmaciones del Presidente eran tomadas en serio, su declaración era o un cúmulo de contradicciones o, leída con aún mejor fe, una declaración de intenciones que prácticamente dejaba la negociación sin más objeto que el de pactar la entrega de las armas con el precio de algún beneficio penitenciario, como máximo. En efecto, si la Constitución ni se roza, si la política está excluida de la mesa negociadora, si las decisiones políticamente relevantes sólo las toman los parlamentos y si el respeto y la atención a las víctimas son prioritarios, ya me dirán en qué puede ceder el Gobierno en la negociación de marras; en nada. Así que los etarras ya se la pueden ir envainando, puestas así las cosas y tomadas en serio. Y la pregunta que en el fondo de mi análisis se apuntaba es la de si nosotros nos creemos o no que ZP realmente cree lo que promete tan solemnemente o si no estaremos, más bien, ante un redomado embaucador.
Es posible, y hasta probable, que tales disquisiciones mías sobre la pieza oratoria del Presidente resulten impertinentes o manifiestamente erróneas. Pero resulta que mi admirado crítico, y sin embargo amigo, no entra al trapo, sino que se va al tendido de sol a deleitarse con el clavel rojo que lleva en el pelo una señora del tendido. Y el torero lamentándose, claro. Con esto quiero decir que considero a ATMC absolutamente capaz de despedazar cada una de mis interpretaciones en dicho post. Pero no entra en el fondo, y me pregunto por qué. ¿Será que sobre el fondo estamos muy de acuerdo y sólo discrepamos en las formas? Caray, si lo que no le llena es mi estilo, palabra que trato de cambiarlo; si no le agrada que sea arisco y erístico, me pongo melifluo y talantoso. Más sospecho que no es eso lo que desea. Simplemente hace gala de las mejores argucias del brillante orador que convierte el accidente en sustancia cuando no desea habérselas con la sustancia propiamente dicha.
De todo el post se queda, con ánimo de deconstrucción, con mi última frase, en la que sostenía yo que la única manera de no tomar en serio el contenido evidente de lo que ZP había afirmado era pensar que nuestro Presidente es mentiroso e indecente. Yo sí creo que es más falso que la falsa monea, pero puedo estar equivocado y hacerle así injusticia gravísima al más sincero político que parieron los tiempos. Que cada uno juzgue como quiera, cómo no. Y mi respeto para todas las opiniones.
Sin embargo, ATMC se abstiene de hacer las dos cosas que a mí más me estimularían. Una, argumentar en contra de mi evidente insinuación de que ZP es un trapacero de tomo y lomo. Si ATMC está convencido de la honestidad intelectual de ZP y de su condición de hombre de palabra, bien estaría que lo afirmara abiertamente y, si cabe, que lo justificara. Si no posee tal convencimiento, me está dando tácitamente la razón y nuestras divergencias estilísticas son divertimento poco relevante para el fondo, aunque ciertamente entretenidas. Otra, alegar, con fundamentos que sin duda se le alcanzan, que las frases de ZP no significan lo que yo digo que significan ni comprometen a lo que yo afirmo que comprometen a la persona leal que las enuncie.
Pues en esos dos asuntos me deja ATMC con las ganas de conocer su opinión. A cambio, lo que hace es tomar aquella última frase mía y usarla con un doble propósito. Uno, afirmar que en ella se contienen calificativos del estilo de los que suele usar un locutor de la radio obispal de cuyo programa, al parecer, nuestro amigo no es capaz de desengancharse, de tanto morbo que le da. Yo a lo del morbo soy muy sensible, pero a ese radiofonista, JL, no lo he escuchado ni cinco veces en mi vida, y poco rato en cada una de esas escasas ocasiones, palabra de honor; y tampoco leo casi nunca su columna en El Mundo. Simplemente porque no me gustan ni su estilo ni sus ideas. Pero no se trata aquí de discutir sobre gustos, sino de que me estoy preguntando si la efímera - ¿o no tanto? ¡cielos!- coincidencia terminológica es razón bastante para desautorizar el contenido todo, no sólo la forma, de mi post. Pues vamos a inventar categorías, así, por la cara. Se me está ocurriendo la de censura invertida. Llámase de esta guisa -o debería llamarse- a la represión que de las propias ideas o de su expresión hacen aquellos que temen ser confundidos con otros que coinciden en alguna de tales ideas o, peor, utilizan alguna de esas expresiones. O sea, que antes de decir nada ni de decirlo como se me ocurra yo debo, ¡por fin!, escuchar atentamente a JL, para que no coincidamos ni en un adverbio.
La segunda estrategia retórica de ATMC consiste en tomarla con la oculta malevolencia de esa última frase mía. Sí soy malévolo ahí, claro que sí, pero de un modo tan abierto que no queda para nada oculto por la exacerbada ironía que utilizo; al contrario. No es sutil ejercicio erístico, puñalada con guante de seda, porque justamente renuncio ahí a toda sutileza y, más todavía, con la manera de construir la coña pretendo hacer más evidente aún -¿hacía falta?- lo que pienso de la honestidad intelectual de ZP y la credibilidad que me merecen sus observaciones. Esto lo ha captado perfectísimamente ATMC, no me cabe ni la más mínima duda; otra cosa es que se quiera agarrar a esa hoja para no tener que vérselas con el rábano. O sea, él sabe, y todos y cada uno de los amables lectores, que mi ánimo no era insidioso o sibilino, sino abiertamente crítico y reprobatorio. ¿A estas alturas necesito disimular lo que pienso de ZP?
Otras partes de su comentario las entiendo menos. Así la alusión a que ese tipo de "insidias" no se hacen igual con pequeños que con fortachones. ¿Quiere decir que es ZP un pobre pezqueñín y que debo reservar mis críticas para tipos de más talla? Bueno, si ésa es la imagen que se gasta de ZP... Y no voy a sacar aquí la lista de mis combates con gordos -pasan de cincuenta, seguro-, pero me precio, por contraste con mi medio, de batirme donde toque sin reparar en costes, ya afecten a la cartilla o a la mejilla. O sea, yo pongo el par ese que mi interlocutor solicita y él que me proporcione "uno más grande". Yo haré lo que pueda, modestamente, si considero que el zumosol ese merece unos guantazos. Tengo MUFACE y, además, estoy seguro de que ATMC consolaría con sus textos mis días de sanatorio.
Volviendo al eje de mi contracrítica, me atrevo a sostener que llueve sobre mojado. Ya ocurrió con mi post titulado "Mierda" y dedicado al valeroso Txapote. Si no recuerdo mal, tres grandes amigos de este blog me pusieron reparos. Uno, recordándome que también eran muy malos los GAL y que menuda indecencia de indultos y suavizantes. Pues tiene toda la razón, eran unos matones sinvergüenzas y asquerosos y fue de órdago la indecencia. No me había parado a afirmarlo expresamente, pero dicho queda. Y más: menuda cobardía la del o los autores intelectuales del engendro, que no tuvieron arrestos para dar la cara y por ahí andan con la cabeza bien alta. Y vaya caradura de los del PP cuando, a toro pasado, se rasgaban las vestiduras. De esto algo se contenía en el post, creo. ¿Y qué? Deja por eso Txapote de ser un degenerado abominable?
Los otros dos críticos, uno ATMC, se agarraban a mi reproche a los "tibios" que se ensañan más con quien está más lejos -¿uno gordo pero que no nos tiene a mano para partirnos la cara?- y se tientan la ropa cuando se trata de salir a la palestra para cantar qué asesinos son los asesinos de ETA. He repetido aquí más de una vez que Bush es un fanático sediento de sangre. ¿Cuántas veces más he de recalcarlo antes de poder lamentar que sus críticos no lo sean también, y con pareja intensidad, de esos otros asesinos que nos caen más cerca? Y, sobre todo, ¿cuánto habría de falso o erróneo en mis juicios sobre Txapote si a mí no me pareciera Bush tan lamentable como me parece?
Prediquemos con el ejemplo. Si algún estimado lector repasa el post sobre la negociación con ETA, dé el último párrafo por no puesto. Lo retiro. Y considérese suprimida también la crítica a los que injustamente tildo de tibios. ¿Me permiten mis interlocutores pensar que en lo que resta están de acuerdo? Lo celebraría, en verdad; casi tanto como que con sus buenas razones me convencieran de cuánto me equivoco en todo eso que dicho queda y no retirado, por el momento.
29 junio, 2006
Negociación con ETA: tranquilos, estamos en manos fiables.
¿Qué de dónde saco semejante optimismo? Hombreee, de las palabras del Presidente. Es que yo creo que la gente no se lo toma en serio, y yo mismo entono el mea culpa y me acuso de haber pensado a veces que habla a humo de pajas o al buen tuntún. Pero eso nos pasa por quedarnos en la superficie y en los titulares y por no meterle mano a un análisis concienzudo de sus discursos y declaraciones. Como penitencia, y para que sirva de ejemplo, me voy a permitir un tal desglose analítico (y herméutico, si quieren ustedes otra esdrújula de propina) de su declaración de este mediodía sobre la negociación con ETA. Verán cómo no hay vuelta de hoja y podemos dormir felices y confiados.
Permítanme que altere el orden de algunos de los elementos principales del discurso de Zapatero.
1. “Quiero expresar el compromiso absoluto del Gobierno y el mío personal con los valores, principios y reglas de la Constitución de 1978, que ha representado un éxito colectivo para nuestra convivencia”.
Ya ven, no hay tu tía. Sólo con esto ya no haría falta decir más. Constitución en mano, el artículo 2 es el que es y el título VIII (“Organización territorial del Estado”) idem de lienzo. Y así sucesivamente. O sea, que la Constitución no se pasa por el arco del triunfo, todo lo más se reforma siguiendo los procedimientos que ella misma establece en su título X. No sé cómo hubo quién pudo dudar de esto cuando lo del Estatut. Ahora Zapatero lo ha dejado claro per saecula saeculorum. Honni soit qui mal i pense.
Así que ni reconocimiento del derecho a la autodeterminación ni gaitas gallegas ni chistus. Cosa que no sé si me deja a mí muy contento, pues hace tiempo que vengo escribiendo que mejor sería que se largaran los que están a disgusto, hacen pucheros y dan la tabarra y algún que otro tiro (o los daban, al menos). Pero el dictum de Zapatero no deja lugar a enigmas: la negociación no afectará para nada ni a una sola regla o principio constitucional. Amén.
2. “En estos largos años todos los gobiernos han intentado alcanzar la paz desde un compromiso amplio de convivencia, manteniendo un principio esencial, la democracia no va a pagar ningún precio político por alcanzar la paz (...).Quiero anunciarles que el Gobierno va a iniciar un diálogo con ETA manteniendo el principio irrenunciable de que las cuestiones políticas sólo se resuelven con los representantes legítimos de la voluntad popular”.
Bueno, esto podría haber quedado un poco más clarito, pero supongo que el Presidente quiso decir que asume y mantiene ese “principio” esencial y no va a pagar precio político en la negociación, pues las cuestiones políticas sólo pueden resolverlas nuestros representantes legales y legítimos, no cualquier hijo de su papá y de su mamá sentado alrededor de una mesa porque lo designó un dedo apartado de un gatillo.
Aquí lo interesante es averiguar qué significa "precio político". Construyamos alguna hipótesis sobre uno de los más insondables misterios de nuestros debates “políticos” actuales. Para empezar, creo que se puede entender por “política” la actividad referida a la organización y distribución del poder. La política, así concebida, tiene uno de sus elementos en los derechos políticos, que son aquellos derechos atinentes a la participación en el ejercicio del poder. Si no es errada esta hipótesis, que el Gobierno no pague precio político sólo puede significar que ni los etarras ni grupo o comunidad alguna va a obtener, a cambio del fin del terrorismo, ningún nuevo derecho, distinción o privilegio. Cosa que, dicho sea de paso, ya asegura la Constitución, y habría que reformar ésta para establecer esas nuevas diferencias políticas. Pero con este punto lo que se nos asegura es que ni siquiera se va a acometer una reforma tal que otorgara derechos, ventajas o privilegios a ningún grupo que, con ello, resultara políticamente beneficiado en la mentada negociación. Excluido quedará, por ejemplo, que se convoque un referendum de autodeterminación (o con el eufemismo que se quiera) en Euskadi, pues de esa manera se otorgaría a ese territorio (a sus habitantes, en realidad, pues no parece que los territorios tengan derechos; de momento estamos discutiendo si los tienen algunos animales, así que ya ven cuánto falta para llegar al mundo mineral) un derecho a decidir que no se reconoce a otros (La Rioja, Galicia, Extremadura, Murcia, Asturias, Madrid...), y eso equivaldría a precio político bajo la forma de un derecho político nuevo y que, para colmo, discrimina por comparación con los ciudadanos de otros lugares del Estado.
Ainda mais: si “las cuestiones políticas sólo se resuelven con los representantes legítimos de la voluntad popular”, como ha dicho nuestro brillante político bien clarito, es obvio que en la negociación con ETA no se va a hablar de cuestiones políticas o, si se habla de ellas, no será para resolver nada, sino a modo de divertimento o para pasar los ratos muertos (¡cielos!, me ha dado repelús esta expresión). En resumen, que, en esas negociaciones, de política nada de nada, y nada cambiará en la política del Estado o de Euskadi como resultado de ellas. Qué bien, cuánta firmeza.
3. “El Gobierno respetará las decisiones de los ciudadanos vascos que adopten libremente, respetando las normas y procedimientos legales, los métodos democráticos, los derechos y libertades de los ciudadanos, y en ausencia de todo tipo de violencia y de coacción”.
La sintaxis podría mejorarse, pero se entiende de sobra. Y, tal como se entiende, es una afirmación claramente prescindible, evidente de por sí, aunque pueda convenir a veces que el Presidente resalte lo obvio. Pues obvio es que el Gobierno, todo Gobierno, tiene que respetar las decisiones que libremente tomen los ciudadanos vascos con respeto a las normas y procedimientos legales y sin vulnerar derechos de nadie. Esto sólo puede referirse al respeto de los resultados electorales en Euskadi, ya se trate de elecciones al Parlamento del Estado, autonómicas o locales. O a cualquier otra decisión a la que sean los vascos convocados dentro de la legalidad constitucional y sin otorgamiento de nuevos derechos políticos resultantes de la negociación con ETA, como ya dejó bien claro el Presidente en el punto anterior. Así ha de ser y no puede ocurrir de otro modo sin cargarse la Constitución y sin que la palabra del Presidente se quede en flatulencia engañosa. Y ¿cómo no va a respetar un Gobierno esas decisiones que tomen los vascos en ejercicio de los derechos políticos que ya tienen o que puedan adquirir sin menoscabo de la Constitución? No respetarlas equivaldría a un golpe de Estado gubernamental, y a quién se le ocurre.
4. “El Gobierno va a mantener la vigencia de la Ley de Partidos”.
Pues esa Ley a unos gustará y a otros no, y yo no necesito pronunciarme para ir a lo que ahora vamos: a que no podrá ser legal, de cara a elecciones próximas, ni Batasuna ni ningún partido que se forme con consignas o personas que den respaldo, apoyo o sustento a ETA. Salvo que cambie muchísimo la jurisprudencia establecida en aplicación de esa Ley, claro. A mí se me hace raro, pero si lo dice el Presidente, habrá que creerlo, menudo es él. Otra cosa sería que Batasuna o el partido que la sustituya condenara expresamente el terrorismo etarra, pero, como se dice ahora, va a ser que no. Así que ilegales se quedan. Y luego decían que Zapatero era débil y no sé qué más pamplinas malintencionadas. Los tiene acogotados, contra las cuerdas, cogidos mismamente por el pito de la txapela.
5. “Como presidente del Gobierno de España, asumo la responsabilidad de colmar ese anhelo de paz y esa exigencia de máximo respeto, reconocimiento a la memoria, al honor, a la dignidad, de las víctimas del terrorismo y de sus familias”.
Pues algo hará con ellos, no lo sé. Aceptar su opinión supongo que no, pues parece que la mayoría no están por la labor de pactos ni perdones. A lo mejor coloca unos monolitos guapos, o suelta unos euros, o les nombra otro comisionado para que les rasque el lomo, a unos con una mano y a otros con la otra. No estoy afirmando que tenga que atenerse a lo que las víctimas y sus herederos quieran, no. Sólo que es bonito oír, de boca de este Presidente sin doblez, que serán reconocidos y honrados. Qué menos.
En fin, ya ven, ¿tenemos o no tenemos razones para este sentimiento de beatitud que nos posee? A mí me parece que sí, sin duda. Salvo que el Presidente fuera un cretino mendaz, manipulador e indecente, cosa que éste que suscribe ni piensa ni permite que nadie insinúe en su presencia. He dicho.
Una adecuada revancha. Y que cunda el ejemplo.
27 junio, 2006
Un país presentable. Breve ejercicio de historia ficticia.
¿Jugamos un ratillo a eso? Titulemos la narración “Un país presentable”. Imaginemos, soñemos que las reacciones de los políticos cuando el 11M hubieran sido bien otras; y otra la historia hasta hoy mismo, claro. Una historia mejor, más decente, menos deprimente. Se admiten enmiendas, correcciónes y versiones alternativas, por supuesto.
Allá vamos. Brevemente, en esquema, puro boceto.
Un país presentable.
No se recordaba en el país una conmoción tan fuerte. En todas partes se formaban corrillos de ciudadanos perplejos y dolidos, que comentaban las noticias de los varios atentados, que se dolían de los muertos, que se preguntaban, con rabia, quién podría ser el autor de tamaño crimen. Casi todas las hipótesis apuntaban a ETA, pues poco tiempo antes un terrorista de esa banda había sido detenido en una carretera cercana ya a Madrid, cuando llevaba en su coche un cargamento de explosivos, parece que para hacerlos estallar en alguna instalación ferroviaria.
También los políticos sospechaban de los etarras. El Gobierno manifestó, por boca de su portavoz, que las primeras pesquisas de la policía tenían en el punto de mira a los terroristas de aquí, pero que, a falta de nuevos y más seguros resultados, ninguna hipótesis parecía descartable. “No debemos arriesgar juicios precipitados que puedan provocar reacciones indebidas en una ciudadanía ya bastante desorientada”, declaró el Ministro del Interior. Menos prudente fue la aparición del lehendakari Ibarretxe, que afirmó que esos etarras asesinos que, al parecer, habían provocado la masacre, no eran auténticos vascos, sino puras alimañas.
El líder de la oposición convocó una rueda de prensa para comunicar a toda la sociedad que en momentos de tanta convulsión y tan gran dolor, la legítima contienda política debía dejarse de lado por unos días, al menos, para concentrar todo el esfuerzo de la gente de bien en el auxilio de las víctimas, la investigación policial y la solidaridad de todos los ciudadanos. “La estatura moral de un país se mide por la generosidad, el espíritu de servicio y la elevación moral de sus políticos”, declaró, y añadió que su partido no iba a emprender ninguna maniobra de desgaste o acorralamiento del Gobierno en días en que tan necesaria se hacía la unidad de las gentes decentes. Toda la prensa extranjera, amén de la nacional, se hizo eco de un mensaje tan altruísta y desde entonces se menciona constantemente a España como un ejemplo de país cuya política se somete al juego limpio entre los contendientes. El Herald Tribune llegó al punto de afirmar que el primer milagro español había sido la Transición y el segundo la capacidad para reaccionar unidos y con espíritu democrático y hermanado ante un atentado terrorista de semejante magnitud. “Una lección para el mundo”, así se titulaba el referido artículo de su corresponsal en España.
Mientras la policía trabajaba frenéticamente y en las puertas de los hospitales se formaban enormes colas con las gentes que querían donar sangre, mientras los medios de comunicación establecían servicios especiales para proporcionar información a vecinos y a familiares de posibles víctimas, mientras desde múltiples instancias, públicas y privadas, se repetían las apelaciones al sosiego y a la unión, el Presidente del Gobierno y el jefe de la oposición de mantenían en contacto continuo. Además de la consternación compartida y de intercambiarse al minuto información sobre la marcha de las investigaciones policiales y sobre la situación de las víctimas del atentado, daban vueltas a un tema crucial: qué hacer con las elecciones generales convocadas para tres días después, el 14 de marzo. Por de pronto, acordaron solicitar a todos los candidatos y militantes de sus partidos que no hicieran ni el más mínimo uso electoralista del atentado. “Esta agresión a España y los españoles, obra de desalmados viles y canallas, sean quienes sean, no es política, sino puro y simple crimen, crimen de mentes enfermas, de bestias sin rastro de moral, y por eso no cabe que de un suceso así se extraiga ninguna consecuencia política ni se haga una utilización partidista por nadie que se quiera digno ciudadano y político demócrata”. Tales fueron las palabras del Presidente del Gobierno. Y a la misma hora el jefe de la oposición declaraba que por muchos que hubieran sido los errores del Gobierno, y había tenido muchos y graves en su opinión, por mucho que algunos pudieran ver en la mano asesina algún propósito de revancha o algún ánimo de chantaje, la autoestima de todo un país y el prestigio del Estado se encuentran muy por encima de las coyunturales contiendas por el poder, y sólo con la unión de todos cabe responder a un reto tan obsceno.
Periódicamente comparecía en televisión el Ministro del Interior y, al tiempo que renovaba sus ruegos de calma y su invitación a la paciencia y a la confianza en los cuerpos y fuerzas de seguridad, informaba de que existían pistas contradictorias y de que la policía no excluía, por el momento, ninguna hipótesis sobre los posibles autores. “Sean quienes sean, se les detendrá, se les juzgará y sabremos toda la verdad”.
Al día siguiente, en una nueva aparición ante las cámaras, el Ministro indicó que se habían descubierto nuevos indicios de que el atentado pudieron realizarlo fanáticos islamistas. Previamente el Predisente había llamado al jefe de la oposición para darle a conocer esas últimas novedades. Fue una conversación tensa, pues discutieron un rato sobre la posible relación que el atentado pudiera guardar con el envío de tropas españolas a Irak. En ese instante corrió peligro el clima de unión que entre los dos partidos se había logrado tejer. Pero prevaleció el sentido de Estado cuando el Presidente admitió que tal relación podría existir en la mente de los terroristas, pero que no cabía que viéramos en tal cosa una justificación del atentado, a lo que respondió el dirigente opositor que semejante debate debería quedar para mucho más adelante, cuando se conociera con seguridad a los responsables y sus móviles; y que, en efecto, cualquier uso de esa hipótesis equivaldría a hacerles el juego a los asesinos y brindar una forma de justificación a su acción. Acordaron volver a hablar dentro de dos horas para pactar qué hacer con las elecciones convocadas.
Para cuando ese plazo se cumplió, eran ya aplastantes los indicios del origen islamista radical del atentado. El Presidente convocó a la Moncloa a su interlocutor de la oposición. Miles de periodistas aguardaban fuera los resultados de tan decisiva entrevista. La propuesta del Presidente fue aplazar las elecciones un mes. El líder opositor le hizo ver que, si aceptaba, su partido perdía la ocasión de obtener un buen resultado, pues muchos, se quiera o no, querrán ahora que el Gobierno pague en las urnas por su apoyo a una guerra que tal vez es la causa de este ataque terrorista. Replicó el otro que eso seguramente ocurriría así si se votaba ahora, en caliente, pero que con el aplazamiento seguramente ganaría votos también el partido del otro, gracias a haber mostrado tan profundo sentido de Estado y tan exquisito compromiso con las reglas de juego. “¿Me habrías hecho la misma propuesta de aplazamiento si el atentado lo hubiera cometido ETA?", preguntó el opositor. “Tal vez no, pero creo que la habría aceptado si me la hubieras hecho tú. Jugar con cartas marcadas de sangre deslegitima al que gane y, a la larga, lo pagaríamos todos”, respondió el Presidente.
Comparecieron juntos ante los medios de comunicación y el Presidente anunció que habían acordado aplazar un mes las elecciones y que los servicios jurídicos del Estado estaban ya analizando los detalles legales. “Agradezco a la oposición, en la persona de su líder aquí presente, su hondo patriotismo y su capacidad para anteponer la política de Estado a cualquier interés particular o partidista”. Tomó luego la palabra el otro y manifestó que ya volvería el tiempo de la legítima discrepancia y del enfrentamiento político, cuando se aliviaran un poco los efectos traumáticos de semejante crimen, crimen que jamás y bajo ningún concepto puede hallar justificación, disculpa ni explicación en ningún ciudadano honesto que crea en la democracia y el Estado de Derecho, y menos en ningún político que aspire a gobernar un día este pueblo noble y leal.
Pasó el mes del aplazamiento y se celebraron las elecciones generales. Los resultados fueron apretados, con la ventaja de dos diputados para el PSOE. Se antojaba difícil formar gobierno y fueron arduas las negociaciones. El PSOE recibió ofertas de IU y de todos los grupos nacionalistas de la Cámara. Pero las exigencias de estos últimos eran muchas y, por tanto, muy alto el precio a pagar por la estabilidad gubernamental. Rodríguez Zapatero convocó a Rajoy y le propuso un pacto de Estado en los siguientes términos: El PSOE gobernaría en solitario y buscaría apoyos puntuales para cada ley o medida. Naturalmente, esos apoyos habrían de venir de los partidos a su izquierda y de los nacionalismos, lo cual tendría un precio que habría que pagar, en inversiones, mayores transferencias y, tal vez, en reforma generosa de algún estatuto de autonomía. Pero que entre los dos, PSOE y PP, deberían acordar ahora límites de las reformas posibles y ámbitos de intangibilidad, comenzando por la mismísima Constitución, en todo lo de ella esencial. Se sucedieron las reuniones durante semanas, unas del PSOE con sus futuros aliados de gobierno; otras del PP y PSOE para fijar los puntos de la política común de Estado, sustraídos a todo trato o precio durante la legislatura. Al fin acordaron los dos partidos esto último y sacaron a la luz los términos de su pacto. Los partidos minoritarios montaron en cólera, pero retornaron al redil tan pronto como se les hizo ver que su negativa a apoyar al Gobierno del PSOE forzaría o a un gobierno de coalición de los dos grandes partidos o a una nueva convocatoria de elecciones.
Han pasado dos años y el debate político no ha pedido ni una miaja de su interés ni de su dureza. El Gobierno ha conseguido sacar adelante en el Parlamento leyes que han levantado ronchas en la actual oposición, como la ley que permite el matrimonio homosexual. Pero, pese ello, o gracias a ello, España disfruta un momento de gran estabilidad social y constitucional. Es la envidia del mundo y el ejemplo para otros. Y hasta es posible que gane el Mundial de Fútbol en Alemania.
Y colorín, colorado...
Los puntos sobre las íes. Una entrevista valiente.
26 junio, 2006
Un Estado preñado de consejos.
Mismamente a ZP, hombre medido que tiene el Estado en la cabeza, la prudencia por virtud y la reflexión reposada por patrón de comportamiento, le ha dado estos días un punto consejil de aquí te espero. Si los periódicos no mienten (y por qué no habrían de mentir, en este país en que la trampa tiene tratamiento presidencial), la semana pasada ZP propuso ser miembros del Consejo de Estado, nada menos, a Bono, que aceptó (señorito, deme algo), a Pujol y Maragall, que rechazaron. Del ama de llaves de La Moncloa no hay noticia por el momento, pero sí sabemos que ha sido designada también consejera de Estado nuestra Amalia Arias. Así está el género; o sea, el percal. Y, por cierto, Aznar, que ya era consejero en cúspide gracias a la precautoria medida de ZP al convertir en consejeros de Estado a los expresidentes, se ha ido a aconsejar en privado a un superpreboste de la comunicación. Se ve que cogió práctica cuando se pasó cierta noche telefoneando a los directores de periódico.
Las familias bien están cambiando a toda marcha sus muy añosas costumbres. Antes preguntaba la mamá a la hija casadera si su pretendiente poseía patrimonio notable y abolengo antañón; ahora prefieren consejeros o consejeras de lo que sea y en cualquier combinación posible con sus vástagos, según género, especie y nación. ¿Que ese chico estudió tres carreras y no llegó a consejero de nada? Un inútil, hija, te lo digo yo, un muerto de hambre. ¿Que la muchacha aquella que pretende a nuestra hija es una profesional brillante y con muchas luces? Y qué, no es ni del Consejo de la Mujer, a ver para qué le sirve ni lo uno ni lo otro ni lo de más allá. Y así.
¿Y qué decir de los niños/as? Antiguamente, tontitos, los/as infantes/as siempre respondían que de mayores querían ser bomberos, toreros, futbolistas o señoras de su casa. Ahora contestan a la primera que su sueño es llegar a consejeros/as. Deberíamos preocuparnos seriamente por el futuro de estas generaciones jóvenes y proporcionarles buena formación. Que un consejero como dios manda no se improvisa, vaya. Que las escuelas enseñen escalada de consejos igual que antes adiestraban en corte y confección; que se implante una actividad extraescolar denominada "sí, bwana"; que Almodóvar filme "El silencio de los consejeros". Convendría también que comenzáramos una buena colección de libros de autoayuda para consejeros en ciernes o en ejercicio. Propongo títulos, un poco al azar, con la esperanza de que los autores surjan la primavera próxima, a más tardar: "Inteligencia emocional del consejero", "Consejos para consejos", "Una escalera grande y otra chiquita: cómo pillar Consejo", "En el nombre del padre: no muerdas la mano del que te hace consejero", "Disciplina inglesa para consejeros/as", "Políticas de género en consejos genéricos", "Diez claves para el consejero gagá", "Pompa, ostentación y portocolo" -no es una errata-, "No te equivoques de consejo: reglas mnemotécnicas para consejeros discretos", "Ortografía, sintaxis y genuflexión", "Cómo hacer productivas las reuniones del Consejo: papiroflexia y otros vicios solitarios". Y tantos más. Sugiero, a mayores, que obras tan imprescindibles se vendan en los quioscos en edición barata y a precio asequible para familias con hipoteca.
Lo que pasa es que no alcanzan las sillas para tanto personal que se deja querer, no hay consejos bastantes para tantos consejeros pomposos, trepantes o en cesantía política. Antes uno se jubilaba y los compañeros le organizaban una cena de despedida y le regalaban una placa de alpaca con inscripción tópica. Ahora si no te hacen consejero es que te ningunean aposta, por muchas viandas con que te agasajen. Pero no hay cama pa tanta gente, como dice la canción. De ahí que urja poner a funcionar las neuronas monclovitas para que el Estado, sin embarazo, alumbre nuevos consejos imprescindibles. Puesto que ya existen el de la Juventud y el de la Mujer, cabe confiar en que pronto recoja el BOE la dichosa epifanía del Consejo del Varón, el de Los Otros y el de la Vejez.
Estamos pasando del Estado gestor al Estado consejero, pues en lugar de administrar u organizar no hace más que regalar consejos. Si usted es pobre de solemnidad le remitirán al mercado para que se busque la vida, pero si usted es sumiso y conoce al menos tres de las cuatro reglas le van a dar plaza en consejo a nada que se insinúe. Y no digamos si fue usted militante de partido con fingido alarde de corriente crítica interna, en ese caso sí que le cae consejo fetén, seguro; o embajada.
Sépanlo los incautos que se empecinan en mendigar a la puerta de las iglesias en horas de misa o novenas: están perdiendo el tiempo allí; so vagos.
25 junio, 2006
N-630: desdoblamiento de la superficialidad. Por Francisco Sosa Wagner.
24 junio, 2006
Rezos
Me quedé un buen rato de pie ante su nicho. Entendí bien a los que rezan. Y, con todo el respeto que me merecen las personas sinceramente religiosas, a mí, que no lo soy, o no de ese modo, entendí que la oración les sirve a muchos, en situaciones tales, para escurrir el bulto, para evadir el compromiso, como calmante para la sobrevenida ansiedad. No digo que hagan mal ni, menos, que nada perverso se contenga en su actuar. Afirmo sólo que lo tienen fácil, tal vez en demasía; que muchos, por conformarse sin más con la letanía, se ahorran escozores, pero también se pierden ocasiones propicias para encontrarse a sí mismos y comprenderse y aceptarse y hasta quererse en la propia condición de ser limitado, torpe, dubitativo, inestable, vulnerable; y todo sin necesidad de más metafísicas ni más zarandajas, porque sí. El efecto hipnótico de la oración trillada y repetida puede provocar un resultado benéfico a modo de placebo, amortigua la sensación de vacío y de absurdo, pone sordina a las preguntas más acuciantes, tranquiliza porque atonta. Lo pensé así, y me disculpo si hago injusticia, pues echaba de menos las oraciones igual que en muchas situaciones de tensión añoro un vaso colmado de vino, para entumecer el pensamiento.
Yo, que quería estar allí un rato, que necesitaba estar allí un rato, me interrogaba sobre qué debía pensar, qué debía hacer, qué debía decir y si debía expresarlo para mis adentros o intentando poner voz a mis sensaciones. Deseaba concentrarme en la contradictoria emoción del instante y me distraía el propio pensar sobre mis pensamientos. Y ahí comprendía, creo, cuánto le ahorra al creyente la oración estandarizada y maquinalmente repetida, cómo le remite a un imaginario mundo ordenado donde todo tiene un reconfortante sentido y una razón de ser incuestionable, y donde a él le toca representar el papel marcado, atenerse a la estipulación precisa de las ideas, los gestos y hasta las palabras. Convertir en objeto de convención nuestra conducta en las situaciones extraordinarias es, sin duda, un lenitivo ideal para las ansiedades, un perfecto analgésico para las angustias. El trance más complicado o más dramático se resuelve con una retahíla memorizada, la conciencia se extasía ante el fácil deber cumplido y la razón se despreocupa de las preguntas y torna, optimista y satisfecha, a las rutinas. También el alivio de las penas tiene sus protocolos, sus pasos, sus medidas y su cuenta.
Puede que nos hallemos en desventaja los que no nos conformamos con ritos ni secuencias aprendidas, como lo estarán igualmente los que de su fe quieran hacer bastante más que antídoto contra las desazones, que sin duda los habrá también. Mas cabe que, al tiempo, seamos los que con arrojo algo mayor nos asomamos al otro lado, un paso más adelante, dos, tres, aunque sea para concluir que no se ve nada y que no importa, pues la poesía es cosa de este mundo y la vida es arte que hasta a la muerte embellece. Y todo juego, juego magnífico.
De rato en rato, una imperceptible, tenue corriente de aire movía una esquina del celofán que envolvía uno de los ramos depositados ante la tumba. Muchas flores se mantenían todavía lozanas. Desde que regresamos a nuestra casa en León el lunes al anochecer, vemos una lagartijilla que se asoma por los muros de nuestra entrada. La mente de un hombre libre puede tejer historias sin mayor pretensión y al margen de cualquier trascendencia ceñuda, por el puro gusto de narrarse la vida y la muerte en sus colores más estimulantes, en sus maneras más atractivas. Hombre libre es el que forja su propia religión, para sí, para nada, porque sí. Y porque lo más profundo se roza siempre con lo inefable, y en cuanto se convierte en himno o ceremonia común, se daña sin remisión, es negación y nada más, pese a las apariencias, embota, adormece, esclaviza.
23 junio, 2006
Aparcamiento subterráneo y política de altura. Por Francisco Sosa Wagner
22 junio, 2006
Varietés telefónicas.
Esta mañana voy a una delegación de mi compañía de seguros y me dicen que mejor acuda al centro de tasación que tiene por estas tierras la tal empresa. Un rato de camino. Llego y me regañan por no haber hecho un trámite en la delegación desde la que me habían mandado para allá. Explico que no es culpa mía y que no me mareen y, bueno, se pone el administrativo de turno a darle al ordenador y a pedirme datos y papeles. En ésas andábamos cuando suena el teléfono. El trámite, en sí bien simple, duró sus veinte minutos, pues el dichoso teléfono no dejaba de interrumpir. Transcurría la escena tal que así:
Riiiing, Riiing.
- Diga, aquí X.
- ...
- Hombre, Pepín, qué me cuentas.
- ...
- Nada, hombre, no te preocupes, eso te lo soluciono yo en un periquete.
- ...
- Pues bien, hombre, bien, ya está mejor y ha vuelto a ir a la piscina.
- ...
- No, este año cambiamos, andaremos por Peñíscola.
- ...
- Sí, ya sé, era demasiada gente.
- ...
- ¿Ah, sí? Pero ¿lo comprasteis ya o andáis todavía en tratos?
- ...
- Chico, pues no sabes cuánto me alegro, es una zona estupenda. Por allí vive un cuñado mío y está encantado.
- ...
- No, ése no, el marido de Azucena, de la pequeña.
- ...
- Pues no sé, hombre, ando un poco liado. Si quieres el domingo.
- ...
- Ya, pues tranquilo, lo dejamos para el fin de semana siguiente.
- ....
- Bien, muy bien. En agosto lo mandamos a Irlanda.
- ...
- Sí, claro, sin idiomas hoy no hay nada que hacer.
- ...
- No, pues tranquilo, ya te digo. Déjalo de mi cuenta.
- ...
- Nada, hombre, no hay nada que agradecer, para eso estamos.
- ...
- Bueno, te dejo, que tengo gente.
- ...
- Vale, Pepín, un abrazo. Y saludos a Charo.
Yo ya andaba loco mirando mi reloj. El probo operario retomó mi asunto y le dio a la tecla otros veinte segundos, poco más o menos. Al cabo:
Riiing, Riiing.
- Diga, aquí X.
- ...
- No, yo no lo cogí.
- ...
- Pues estará encima de la mesilla.
- ...
- ¿No? Qué raro.
- No, el que se llevó mi hermano fue el azul. El verde tiene que estar por ahí.
- ...
- Bueno, mujer, no te aceleres, verás cómo aparece. Mira en el segundo cajón de la cómoda de la entrada.
- ...
- Sí, espero, no te preocupes.
- ...
- Mira, Benita, te estoy diciendo que tranquila y que yo no me lo llevé.
- ...
- ¿No te lo dejarías en el bolso que llevabas el domingo en misa?
- ...
- Vaya, yo qué sé, ¿te crees que no tengo más que hacer que llevar cuenta de tus bolsos?
- ...
- Pues díselo, ya verás qué risa.
- ...
- Que no, que no, que sí me importa, pero qué quieres que haga.
- ...
- Sí, sí, en cuanto llegue a casa te ayudo a buscar, claro que sí, mi vida.
- ...
- Hasta luego, tesoro, que ando muy atareado.
- ...
- Y yo. Un beso, vida mía.
- ....
- Sí, directo para allá, no te preocupes.
- ....
- Lo mismo para ti, mi palomita.
Ya me picaba todo, de la impaciencia. Le pedí que me indicara su número de teléfono, el del aparato que acababa de posar. Me lo dio sin sospechar nada. Marqué desde mi móvil y sonó de inmediato.
Riiing, riing.
- Diga, aquí X.
- Soy el cliente que tiene delante de sus narices.
- ¿Ummm?
- Verá, es para que me atienda sin interrupciones, ya que el teléfono tiene preferencia.
- Ah, perfecto, cuénteme.
- Pues verá, como le iba diciendo hace rato...
Todo lo aquí narrado es rigurosamente cierto, salvo esta parte final. ¿Por qué no se me ocurrió a tiempo? Pero habrá más ocasiones, seguro. La próxima vez no fallaré. Y no volverán a dejarme con la palabra en la boca porque suene el maldito aparatejo.
¿Por qué tiene prioridad el teléfono sobre el que está presente?
21 junio, 2006
Sexismo de urinario. Por Amalia Arias.
El pasado fin de semana me encontraba al caer la noche en un bar madrileño, zona Malasaña. Varias amigas y varios amigos hablábamos apaciblemente, sentados en torno a una mesa, degustando rebuscados cócteles los unos, dosis generosas de Vichy Catalán los otros. Me levanté para ir al baño. Ya en el trecho que hube de recorrer tuve que vivir, por enésima vez, la violencia contenida de las miradas varoniles que se posaban sobre mis nalgas o que trataban de desentrañar los pormenores o pormayores de mi busto. Siempre esa molesta sensación, ese padecimiento, la certeza de ser contemplada con la agresividad, apenas contenida, del macho primario, del animal que acecha.
Tal vez por lo intensas, opresivas, que en la ocasión me habían resultado las referidas actitudes de los presuntos machos que llenaban el local, al llegar a la puerta de los urinarios reparé, con particular agudeza, en un nuevo y poco comentado signo de la diferencia opresiva: las figuras con las que se señalaban las puertas de los baños correspondientes a los varones y a las mujeres. En la de ellos, una silueta en la que aparecían marcadas dos piernas y un colgajo. En la de ellas, la figura estilizada de un ser humano con una falda y ningún otro atributo alusivo a la diferencia natural entre los sexos.
Y me pregunto, ¿por qué en la silueta que representa al varón las piernas aparecen enteras y además, en ocasiones y como era el caso, se representa el pene como rasgo identificador, mientras que la figura femenina tiene como único signo específico y especificador un elemento tan artificial y, al tiempo, tan representativo de toda una cadena de opresiones y condicionamientos, como es la casta faldita por debajo de la rodilla? Puestos a señalar las diferencias físicas entre los dos sexos, y ya que a él le colocan un colgajo, ¿por qué no representarla a ella con una rajita o con dos bolas en la parte del pecho?
No es inocente la diferencia, diferencia que se prolonga en el momento mismo de la micción. El hombre orina sujetándose el pene con la mano, y en ese acto se concentra una toma de conciencia de su propia realidad sexuada, se hace presente la inmediación de la diferencia, la inmediatez del órgano de uso múltiple. Tomar en la mano el pene, aun flácido, indica al varón que es dueño de su uso, que se trata de herramienta a su disposición, que él gobierna sus circunstancias y sus aplicaciones. En cambio, la hembra orina sentada, su chorro fluye cual manantial libérrimo que le es ajeno, no se toca sino con la intermediación de un papel, en gesto que, al tiempo, la hace pensarse sucia, contaminada, distanciada de sus humores y sus rasgos, alienada, presa, condicionada. Su estarse sentada se asocia inconscientemente a pasividad y abandono, a la condición de cuerpo que se degrada en objeto y se conforta en un autodistanciamiento que es disponibilidad circunstancial para el otro, apertura a ser dominada, disposición a la autodegradación.
Está llegado el tiempo de unificar los excusados y hasta de prescindir de palabras como ésa, llenas de resonancias represivas y de fobia a la propia materia corporal y a sus necesidades elementales. No hay por qué buscar excusa para la micción ni, menos aún, brindar acatamiento a las viejas reglas que determinan la relación con el cuerpo y la imagen del que y la que micciona. Arranquemos los signos, los símbolos, los letreros, arrojemos los mensajes, invirtamos los indicarores, deconstruyamos las significaciones y liberemos los órganos. Reconozcámonos también en ese gesto íntimo que tiene que ser personal, sí, pero no discriminatoriamente genérico. Rotulemos los espacios para la micción con mensajes no sexistas; por ejemplo, urinarios/as.
(Fragmento tomado del libro de Amalia Arias, Análisis estructural y semiológico de los textos y los contextos del sexismo cotidiano, Editorial Entrambasaguas, Moratalaz, 2006, pp. 68-69).
Naciones y otras sensaciones. Por Francisco Sosa Wagner
20 junio, 2006
Mierda.

¿Ven aquí al lado esa mierda con aparente figura humana? ¿Ven que hasta el cobarde más vil, que hasta el gusano más rastrero, que hasta la sabandija más hedionda puede ir arregladita y como toda guaperas, para que se les humedezcan las partes a los y las del mismo estercolero?
Pues esta cosa, este detritus, este error genético, este malnacido y concebido quién sabe si por un macho cabrío, anda por la vida todo chulo porque, entre otras hazañas dignas de mención, mató por la espalda a un hombre maniatado, y lo hizo en nombre de una de las más bobas ideas abstractas que han parido los tiempos, la autodeterminación de un pueblo que, si se quiere digno, debería comenzar por cagar, sí, por cagar, en la imagen, y en todo el árbol genealógico de semejante aborto de los tiempos.
Estoy escribiendo así, tan duramente, tan contundentemente, tan acaloradamente, con plena conciencia y deliberación. Para distinguirme de los morbosos y degenerados que compensan su acomplejada pequeñez idealizando a éstos que creen atrevidos porque matan a traición; para diferenciarme de los tibios a los que se les llena la boca gritando Bush criminal o Aznar asesino, y bien está si quieren, pero que callan como flojos y cómplices cuando se cruzan con una cosa de éstas o con los de su misma piara; para que no se me confunda con los cretinos que sólo dan lanzada a moro muerto o a enemigo lejano, pero que se tientan la ropa tanto antes de escupirle en el rostro al matón que tienen cerca, por si las moscas. Si fuéramos un país digno, haríamos manifestaciones para vomitar juntos sobre las fotos de semejante inmundicia sin alma. Pero somos un país de cabestros, cada día está más claro.
Y ya sé por dónde me saldrán otros. Con la milonga de que hablando de tal modo me asemejo en exceso a la extrema derecha, a los nazis, a los fachas. Parece que en estos tiempos el empeño general es que todo el mundo se calle, que nadie cante verdades, que nadie recuerde a otros que nos hundimos en el fango. Cuando no es por pitos, es por flautas, pero el caso es que no alcemos la voz, que nos dejemos llevar, que nos acomodemos, que confiemos a ciegas en los pastores lelos que nos van tocando en suerte. Pues no, queridos. Frentea los hechos no valen las siglas, frente a la indecencia más profunda de poco sirven las estúpidas adscripciones políticas, frente a las evidencias más contundentes para nada nos ayudan los acertijos esos de izquierdas y derechas, como si anduviéramos en el juego de las cuatro esquinas. Todo el que sea como el tal Txapote es un malnacido, peor que el peor de los animales, ratas y gusanos incluidos, milite donde milite, actúe por lo que actúe, mate por lo que mate. Me da exactamente igual que pertenezca a ETA o a las SS, viene a ser lo mismo, exactamente lo mismo.
Los complacientes que piensen que la bestia se acallará sola cuando se canse de matar, que estudien un poquito de la historia del siglo XX. Los hiperprudentes que opinen que tal vez los hediondos seres así acaben aviniéndose a razones, que estudien un poquito de la historia del siglo XX. Porque hubo una vez en un país germánico un antiguo cabo pequeñajo y bigotudo, rodeado de tarados sanguinarios, que también se mofaba de los tribunales, que también despreciaba la justicia burguesa, que también decía que luchaba y mataba por la libertad y la grandeza de un pueblo y que también recibía el silencio acobardado de una sociedad de bueyes. Un neurótico que era una basura como el Txapote este de los demonios y que andaba rodeado de una camada bien similar en sus conductas y en sus consignas, jaleado por débiles mentales como los que toman a éste por un gudari, manda cojones. Y ya sabemos lo que pasó.
Este país, pueblo vasco incluido, recuperará algo de su dignidad perdida cuando aprendamos sus ciudadanos a llamar al pan pan y al vino vino, cuando no nos dividan los timoratos ni los pescadores de río revuelto, cuando no nos venza el peso de la panza ni el embotamiento del alma acobardada, cuando creamos de verdad en el Estado de Derecho y sus valores, comenzando por la vida de cada uno, discrepantes incluidos, sin matices, sin condiciones, sin concesiones, sin temor.
Yo no quiero que a Txapote lo maten, pese a que animales más nobles son sacrificados a diario por miles y millones; yo no quiero que a Txapote lo torturen, aunque él sea un canalla torturador. A mí en el fondo me da igual lo que le ocurra a semejante pedazo de mierda, con tal de que no tenga jamás nueva ocasión de matar por la espalda, como a él le gusta, y con tal de que no vuelva a ver la luz del sol mientras no se arrepienta y no pida perdón.
Lo que yo más deseo es sentir que el rechazo a los txapotes es unánime, enorme, ostensible, evidente, común. Lo que yo deseo es que los ciudadanos al unísono maldigan a cualquiera que le ría las gracias a Txapote y a los que se le parezcan, a cualquiera que les haga la más mínima concesión en nombre de nada. Porque toda concesión a esos energúmenos inhumanos, a ésos, a los txapotes, es a costa de nuestra dignidad, del núcleo más profundo de nuestra autoestima.
Lo que yo deseo es sentir que ningún degenerado semejante se puede burlar impunemente de nuestra Justicia en las barbas mismas de los jueces, ni hacer alarde de su nulo arrepentimiento ante las víctimas de sus infames actos y ante las mismísimas narices, repito, de los jueces. Porque si puede, porque si se lo permiten, porque si se sale con la suya, aunque sólo sea en esa cuestión de formas, yo me declaro, desde ahora mismo, insumiso ante la Justicia y descreído de este Estado, que sólo lo será de Derecho si se gobierna por el Derecho y no por el miedo o las conveniencias más ramplonas, más mezquinas, más infames.