16 agosto, 2010

Congresos y seminarios

En una ciudad cuyo nombre y país no importan, se celebró un seminario científico de muy altos vuelos. Se asistía por estricta invitación y cada asistente era ponente también. Había grandes expectativas sobre cómo transcurrirían y qué resultados alcanzarían las discusiones entre tan excelsos personajes.

¿Saben qué pasó y en qué quedó todo? Pues en que cada uno de los ponentes se presentó nada más que a la hora de su exposición, no antes, y salió corriendo en cuanto terminó de hablar. Lo que significa que a) cada ponente sólo se escuchó a sí mismo; b) cada ponencia, por tanto, no fue atendida por nadie más y tuvo que exponerse ante una sala perfectamente vacía; c) por supuesto, no cupo debate ninguno sobre lo que cada cual planteó. Fue la suprema y definitiva demostración de la extrema soberbia de muchos "científicos", que piensan que a tales eventos los invitan nada más que para que hablen, pero no para que oir a nadie, y que consideran que nada ajeno es digno de ser escuchado ni, menos, debatido.

LA HISTORIA QUE ACABO DE CONTARLES NO ES CIERTA, me la he inventado. Pero puede suceder cualquier día, si no ha pasado ya. Se ve venir. Quien participa en un seminario, congreso, "workshop", etc. y se queda a ver qué dicen sus colegas se siente un mindundi, inferior. Los otros pueden pensar que no tiene cosa mejor que hacer o que todavía le quedan cosas que aprender, cosas que pueden enseñarle otros. ¡Quia! Antes muertos que sencillos.

Lo que se lleva es fingirse ocupadísimo. Me voy a la carrera, que hoy tengo aún dos ponencias en otros dos congresos, una conferencia en la Academia de Soplapollas Confesos y una cena con un premio Nobel que es amigo mío y viene a tirarse a mi cuñada. Y salen corriendo con un maletín de piel en la mano, pasitos cortos y el culete muy apretado. Los hay que, después de su conferencia, ni siquiera se quedan para la discusión de su propia exposición, pues tengo que ir ahora mismo al Ministerio a firmar un supercontrato de gestión de residios sólidos, concretamente los míos.

Conste, por las dudas y la maledicencia, que acabo de estar en Santiago de Chile en un seminario magnífico, estupendamente organizado y con colegas serios y cumplidores. Pero ahí, cuando, muy excepcionalmente, alguien hizo algo de esto que caricaturizo, me vino esta idea de la que hablamos: que el colmo o la crisis definitiva de este tipo de eventos será cuando todos procedan o procedamos así, yendo sólo a lo nuestro y echando a correr de inmediato. No es serio y nos retrata como lo que somos, al menos muchos: unos capullos maleducados, unos soberbios sin remisión. ¡Ay, pobre ciencia, pobre!

15 agosto, 2010

Acertijo

El mundo es un pañuelo. Incluso un pañuelo palestino, sí. Esta mañana hemos tomado en Santiago el vuelo de LAN a Isla de Pascua. En la cola para embarcar oí hablar a este muchacho de la foto de abajo y me di cuenta de que era más bien de por allá, de la Península Ibérica. Luego, coincidimos con él al comer en el mismo bareto de la Isla y aproveché para hacerle esta foto subrepticiamente, a fin de plantearles a ustedes el acertijo: ¿de qué parte del "Estado Español" creen que es?
¿Recuerdan que el otro día hablábamos de lo fácil que resulta identificar por la pose y/o el uniforme a los portadores de ciertas creencias o ideologías? Pues bien, el de la foto lleva el uniforme de los más entusiastas de alguna causa que ustedes deben adivinar. Palestino de verdad no es, eso ya se lo digo yo.
Hagan apuestas y dentro de un par de días les doy aquí mismo la solución correcta. De paso, hacemos un pequeño experimento sociológico.

12 agosto, 2010

Para autonomía, la mía

(Publicado hoy en El Mundo de León)
Políticos y periodistas se han quedado de una pieza al saber que, según la última encuesta del CIS, los asturianos son los que más desconfían ya del llamado Estado de las Autonomías y en lugar de querer que las Comunidades aumenten su poder, les apetece que sean puestas en su sitio a base de recortarles competencias y chulerías. Yo, que soy asturiano y que llevo más de quince años de feliz residencia en León, me siento orgulloso de mis paisanos y espero que su ejemplo cunda también aquí.
Ya sé que suena poco progre eso de insinuar que no ganamos nada especialmente valioso por el hecho de que la competencia en materia de bordados y remiendos o de bielas de tranvía esté en manos de la respectiva Comunidad Autónoma en lugar de pertenecer a algún Ministerio con sede en Madrid. Se supone que es buena cosa acercar a los ciudadanos el poder y la decisión, pero, cuando voy al edificio de la Junta, en Eras, me da exactamente igual que el funcionario que me mira ceñudo o sonriente lo sea de una Consejería o de un Ministerio. Aunque también me doy cuenta de que si yo fuera militante ambiciosillo de algún partido dominante, preferiría este cuento de las Autonomías, pues da para más cargos y alguno podría caerme. Y si perteneciera a alguna familia influyente o a alguna empresa de toda la vida, me sería más fácil agenciarme un enchufe con alguien de por aquí que trabajarme a un tipo que a lo mejor llegó de Jerez de la Frontera y que pasa mucho de mi pedigrí o de mi tarjeta de visita.
Lo de aproximar el poder a los ciudadanos se hace de otra manera. Por ejemplo, aumentando la transparencia de la Administración pública, u obligando a los gobernantes a rendir más cuentas, o cambiando el sistema electoral para que sea de verdad representativo, o instaurando un sistema de listas abiertas para evitar que los partidos políticos sean un nido de trepas que sólo compiten para hacérselo con el secretario general de turno, etc., etc.
Y si además vamos a tener que soportar que haya Autonomías de primera y de segunda y que a los de Castilla y León o Asturias nos toque andar en el furgón de cola mientras los gobiernos pelotean con los que se dan más pote, ya me contarán ustedes dónde está nuestra ventaja.

Chile. 1


Es la primera vez que piso Chile. Acabo de dar un paseo por unas cuantas calles del centro de Santiago, en los alrededores del hotel, y me he sentido desubicado porque venimos del sol castellano, y hasta astur, y aquí a las seis oscurece, hace frío invernal y la gente va abrigada como corresponde. Si oliera a vino con canela y hubiera puestos callejeros con luces, podría creer incluso que estaba en una navideña ciudad alemana, pues esa imagen se me venía cada poco. Además, estos chilenos tienen bastante pinta europea (quizá alemana no, de más abajo) y hasta hablan mucho más parecido a los españoles. Aquí falta por completo el toque caribeño y apenas se percibe el matiz indígena. Todo lo cual no sé si es bueno o malo, es simplemente lo que hay. O lo que a mí me está pareciendo.

Ha sido un día largo. Después de un vuelo de casi catorce horas desde Madrid, vuelo que salió a medianoche de España y llegó a las siete de la mañana de aquí, me tocaba conferencia en una universidad joven, la Alberto Hurtado. Ahora, ya caída la tarde y mientras yo me despacho aquí un rato, anda mi mujer en idénticas lides. Buena gente esta, atenta en todos los sentidos, interesada, de conversación muy agradable. Me están cayendo bien estos chilenos, lo que no me sorprende, porque ya tenía algunos amigos muy queridos de por aquí. Por ponerles un pero un tanto forzado, lo que me sorprende un poco es la manera de ir al choque de aquellos desconocidos con los que uno se cruza, la soltura para imponer el cuerpo propio ante el roce con el extraño en cualquier espacio estrecho o con prioridad por dirimir. O serán cosas mías porque apenas he dormido desde yo qué sé cuándo y se me ha enardecido el sentido de la lucha por el Lebensraum.

En el avión me ratifiqué en lo fácil que es calar al personal nada más que por la pinta y la actitud. Por ejemplo, oyes a algún azafato anunciar a sus compañeros que hace falta un plato vegetariano, y miras alrededor preguntándote para qué pasajero será. Y si lo tienes a la vista, no es difícil acertar. Bingo. Esta vez se trataba de una alemana joven y corpulenta que iba en el asiento de delante de los de mi dama y un servidor. También me ratifico en que los médicos son los profesionales a los que más les gusta hablar y hablar de su trabajo, sobre todo cuando se juntan varios. Detrás de nosotros viajaba un par y no dejaron en todo el viaje de explayarse sobre guardias, laparoscopias y riñones al jerez o no sé como.

En mi charlilla me sentí un tanto espeso, aunque procuré salir más o menos airoso a base de tablas y malas artes. Quizá era el embotamiento del viaje o que iba con un esquema para hora y pico y al entrar me dijeron que aquí la costumbre es no soportar a oradores de más de veinticinco minutos. Puede que ese desconcierto sirviera para que a mí mismo no me convencieran mucho mis propias tesis. No les voy a cansar con eso, pero déjenme nada más decirles que me voy dando cuenta de que a mi acrisolado liberalismo individualista con aroma socialdemócrata le está fallando algo, y que un día de estos voy a tener que conceder al comunitarismo una pizca de la razón que no quiero reconocerle. Tal vez deberé aparcar en un cierto republicanismo, quién me lo iba a decir, y pese a que me da reparo desde que Zapatero trajo a un republicanista de esos a hacerle la pedicura, un tal Pettit.

Verán, les resumo en dos palabras. Acabé hoy sosteniendo que en el Derecho actual, y contrariamente a lo que predica la doctrina dominante, no asistimos a la (re)moralización de lo jurídico, sino a la juridificación de la moral. Y ello porque en estas sociedades nuestras, tan fuertemente desvertebradas y en las que han entrado en crisis terminal las instituciones que condensaban y transmitían las tradiciones y la moral comunitaria, esa moral positiva que es cemento social, en estas sociedades, digo, el Derecho no ratifica o respalda la moral positiva, sino que la constituye. Es decir, las pautas sociales del bien y el mal moral ya no resultan de la interacción social espontánea, sino del legislador y sus códigos. Si fumar, por ejemplo, es reprobable, lo será porque lo dice así una ley o un reglamento con mucho bombo. Muchos comportamientos no se prohíben porque socialmente se los considere malos, rechazables, sino que las cosas son a la inversa: socialmente se los tiene por negativos porque están jurídicamente vetados. Si el legislador veda esto o castiga por lo otro, será porque algo malo hay en esas conductas, pues él sí que sabe y, además, se asesora por catedráticos de Ética, de Filosofía del Derecho y de Derecho Penal, que es gente de mucho fundamento y buena a carta cabal. No hay más que verlos.

En ese marco, una consecuencia más va aparejada: la comunidad se constituye como comunidad puramente jurídica, se hace en torno a la norma jurídica que rige en común, por un lado, y, por otro, la norma jurídica es la herramienta usada para diseñar comunidades a medida, para ejercer lo que podría llamarse ingeniería nacional o arquitectura de naciones.

Y si algo de cierto hubiera en esas hipótesis, resultaría que a mí no me gusta lo que aparece: un desmembramiento social fuerte que se repara nada más que con la autoridad legal y la coacción jurídica, una falta de identidad común que lleva al sucedáneo de leyes, estatutos y constituciones como manera de hacer grupo, de mantener unido lo que se está despegando.

En fin, no sé, pero los dos polos resultan calamitosos, tanto el del individualismo medio solipsista y masturbatorio como el del rebañismo enfurruñado. ¿Solución? Quizá el puñetero término medio. Asumir, primero, que no hay convivencia social propiamente dicha sin una cierto sustento identitario, sin una base normativa aglutinadora y densa. Pero, luego, quedarse en esto como dato nada más, como hecho, absteniéndose de definir las identidades vigentes con el propósito de perpetuarlas y, sobre todo, de manipularlas. En otros términos, quizá el comunitarismo moderado -y, desde luego, el republicanismo- aciertan un tanto en su diagnóstico, pero son fatales en sus terapias, esas que llevan a dialécticas amigo-enemigo, a choques de las civilizaciones (o a la gilipollez refleja de la alianza de las civilizaciones), al empeño de mantener esencias incontaminadas o de domesticar el sano mestizaje de las culturas y las personas.

Bueno, no sé. Que me he liado. Que en cuanto regrese al hotel mi compañera de fatigas y nos marquemos una cena guapa y tal, intentaré dormir unas cuantas horas y a lo mejor mañana se me pasan las paranoias doctrinales. Y más me vale, pues por la tarde me toca ponencia en seminario majo y será mejor que las ideas vuelvan a ser claras a fuer de escasas o simples.

(La foto de arriba acabo de tomarla desde la entrada del hotel).

10 agosto, 2010

Estos penosos jóvenes cansados

Lo que hoy pretendo tratar aquí me da verdadero repelús, casi pánico, pues en cualquier momento puedo sentirme viejísimo, una antigualla protestona. Pero allá voy y ya me dirán ustedes si hay algo de razón o si simplemente me he vuelto intolerante y carcamal.

Hace tiempo que le doy vueltas y hoy me ha recordado el tema un amigo que me contó sus propias impresiones. Resulta que, por razones que no vienen al caso ahora, esta temporada aloja en su casa a una jovencita extranjera y veinteañera. Lo que tiene en la perplejidad a mi amigo y a su familia es la siguiente cuestión: cómo una persona como esta, de lo que en tiempos se llamaba buena familia, con padres que ganan dinero y gozan de cierta posición social, que viene de un país que pasa por muy civilizado, que estudia una estupenda carrera en una universidad prestigiosísima, puede ser... tan guarra y tan zángana. No sé si será esta la forma mejor y más exacta de expresarlo, pero yo sí sostengo que, más allá de choques generacionales y esas cosas y al margen de que todos hemos sido jóvenes, muchos chavales de hoy harían las mejores migas con los habituales pobladores de las pocilgas y se lo podrían montar de vicio como machos de abeja.

Primero reproduzco, resumido, algo de lo que me narró mi amigo y luego me marco unas reflexiones, con el permiso de ustedes. Pondré lo primero como si fuera en sus propias palabras:

“La chavala es de trato muy correcto, discreta y educada, no hay queja. Lo que se le pide lo hace, aunque se nota que no está acostumbrada a muchas labores del día a día, tales como fregar un plato, encender el fogón de una placa vitrocerámica o manejar el microondas, pese a que durante el curso universitario vive fuera de su casa. Comer, come de maravilla, con un saque prodigioso, igual que se vuelve loca con el vino y el brandy. Por supuesto, ni arregla ningún día su cama ni deja de tener sus ropas y objetos personales regados por el suelo de su habitación. El otro día nos fuimos los de la familia a pasar unos días en el campo y la dejamos a ella sola y feliz en la ciudad, pero por un problema que surgió de pronto, tuvimos que regresar bastante antes de lo previsto. Nos dimos un susto, pues parecía que nuestro hogar había sido tomado por alguna banda de desalmados. La nevera estaba abierta, con restos de comida deteriorándose dentro, los platos se amontonaban en el fregadero, en los baños se apilaban compresas usadas y salvaslips y parecía que no habían tirado de la cadena en todo ese tiempo. Pese a que era de día cuando entramos, las luces estaban encendidas en casi todos los recintos, la televisión hablaba sola a pleno volumen. Todo así. Nos dijo que no nos esperaba tan pronto y que se había despistado un poquito. Apareció en bragas y gritándole a alguien a través de su ordenador. De las viandas que le habíamos dejado, tales como filetes o huevos para freír, no había tocado nada, pero se había pulido casi todas las latas de conserva y los helados que quedaban en el congelador. No supimos qué decirle”.

Será éste un caso extremo, no digo que no. Pero el tono general me es familiar y me sorprende poco. La pregunta, en sus términos generales, merece un poco de atención: ¿por qué son tan descuidados y cochinos estos muchachuelos? Con las excepciones que correspondan, por supuesto, pero hablamos de tendencias generales y promedios.

Algunas respuestas posibles deben descartarse de mano. Por ejemplo, la de que se trate de rebeldía contra formas de vida que rechazan. Para nada. Cuando les pones en la mesa un confit de pato y un solomillo con foie se lo comen como campeones y sin citar ni a Marx ni a Bakunin, personajes de los que tampoco tienen mayor noticia, aun cuando estudien Políticas, Historia, Economía o Filosofía. Si en su casa hay tres asistentas y una interna para arreglarles las sábanas y limpiarles los baños, no protestan ni invocan la lucha de clases o el respeto al elemento multicultural, en modo alguno. Al contrario, encuentran de lo más natural que todo dios les sirva. Si en tu presencia se cae al suelo un tenedor o una servilleta, no hacen ademán de recogerlo antes que tú, salvo que te vean la furia en la mirada, en cuyo caso a lo mejor se levantan a buscar repuesto en el cajón, pero agacharse, no se agachan, no, por si acaso es pecado inclinarse ante lo que no sea un ordenador. Ni es rebeldía inconcreta ni es ideología precisa, es que son vagos y descuidados como demonios. Por regla general, insisto. Su hijo de usted no, ya sé; el mío tampoco.

Déjenme que les cuente yo un indicio mínimo, éste de mi estricta cosecha. Ya me he tropezado estos años con varios jovenzuelos y jovenzuelas que, ante mi ofrecimiento de una naranja a la hora del postre, la rechazaron con espanto. Le pregunté a cada uno: ¿No te gustan las naranjas? Y siempre me respondieron así: Sí me gustan, pero pelarlas es demasiado trabajo, no compensa. En un caso, el primero, seguí con mi interrogatorio: Entonces, ¿en tu casa no las comes? Respuesta: Sí, pero me las pela mi madre. Tócate los cojones. Esto último fue lo que yo pensé, aunque creo que no lo dije.

¿Por qué será, pues? Lanzo mi hipótesis: les falta formación. Entiéndaseme, no me refiero a lo que pedestremente se llamaba educación antaño, y tampoco tiene que ver con estudios y títulos. Lo que quiero decir es que, para su desgracia, no han tenido oportunidad de captar las satisfacciones que muchas veces se siguen del esfuerzo y los placeres elevados, sutiles, intensos, que proporciona el hacer las cosas con arte y algo de exquisitez. No quiero ni pensar cómo follará esta gentezuela, y discúlpeme el lector la procacidad. Me pongo en lo peor. Imagino que lo harán con el mismo prosaísmo con que se tiran un erupto o estornudan, porque toca y ya está. Son elementales hasta la náusea y simples hasta el sofoco. Si les parece esfuerzo insufrible lavarse la camiseta sucia o barrer las pelusilla de al lado de la cama, jamás van a descubrir el gusto que da cocinar despacio unas lentejas con jamón y luego comérselas en una mesa limpia y regándolas con un vino rico en una copa de cristal decente. Huy, qué agobio, te pareces a mi madre con esos rollos. Pero lo que cocina su madre -o su padre- bien que lo comen los cabrones, y cuando les cambian las sábanas no protestan, no. En mi casa en Ruedes, cuando era yo niño, también teníamos cerdos y no veas qué alegría les entraba cuando te veían aparecer con la comida suya. Pero tampoco cocinaban ni querían aprender a pelar patatas ni lograban entender que tú prefirieras los espacios algo más limpios. Pronto descubrí que eran poco dados al debate amistoso y que manejaban una lógica bastante simple. Como ahora.

No hemos hecho más que trasladar la pregunta un paso más atrás. Pues entonces hemos de saber por qué estos chavales tienen el refinamiento de los jabalíes y el buen gusto de las mofetas. A propósito, y de paso, se me olvidaba mencionar que algunos apestan. En más de un examen esta temporada he evitado, durante la labor profesoral de vigilancia, determinados pasillos entre pupitres, por el pestazo que salía de debajo de algún chándal o de alguna camiseta ceñida a los michelines. Es evidente que la ducha mañanera les supone un esfuerzo inasumible. Total para qué.

Los que aguantan este blog saben que voy de liberal individualista. Pero a lo mejor un día de estos me quito o empiezo con los matices. Pues el problema, creo, es que a estos jóvenes les ha faltado comunidad. Les ha faltado algo del papel tradicional, domesticador y formativo, de las instituciones comunitarias, la familia, la escuela, el barrio, lo que sea. Sí, han aprendido más o menos a leer o se han licenciado en cosas, han tenido dinero para viajar y les han regalado todas las nintendos de cada año, han visitado fiestas y frecuentado botellones, lo que queramos, pero nadie en ningún momento y en ningún lado los ha cogido y les ha dicho mira, majete, ahora recoges tu mierda o ahora ayudas a planchar o ahora te calientas tú la leche del cola-cao. Nadie. Nunca. De ahí que no sepan el placer que dan ciertas cosas, empezando por el trabajo concienzudo o el pasatiempo esforzado. Su lugar natural es el sofá y su postura particular la de la mano sobre las partes propias. Pero mano quieta, para no agotarse. Cuándo se inventará una máquina que te haga pajas, por favor, piensan.

Fijense que no digo que sean malos o dañinos, no es eso. Afirmo que son unos pobres desgraciados que no saben disfrutar de la vida. Porque el buen disfrute necesita entrenamiento, constancia, rigor y hasta un punto de orgullo, y estas criaturas se cansan, se agotan, ay, mamá, déjame. Que les den. Ellos se lo pierden. La putada es que, a este paso, en menos de nada volveremos a las cavernas y verás a qué precio se pone lo de Altamira.

09 agosto, 2010

¡Liberad al elefente africano! Por Francisco Sosa Wagner

Me hallo verdaderamente conmovido por el rasgo de ternura hacia los animales puesto de manifiesto hace unos días por un grupo de diputados del Parlamento catalán. Solo elogios merecen estos animosos abogados del débil que nos evocan la figura central de nuestra literatura, el febril hidalgo don Quijote, aquel esforzado defensor de doncellas e intercesor en todas las injusticias del mundo.

Solo que ya puestos, y si de amparar animales se trata, les quedan a estos parlamentarios algunos asuntillos por arreglar. En un reciente viaje a Barcelona he podido visitar su zoo donde viven unos animalitos entrañables que, probablemente, si les dejaran, se largarían de la Ciudad condal -tan acogedora para cualquiera de nosotros- a la velocidad que les permitieran sus patas.

Pues, de verdad, díganme ustedes señores diputados ¿qué pinta en Barcelona un elefante africano? Este gigantesco animal necesita un ambiente que no es el fino que allí se le proporciona sino la compañía de muchos más elefantes, rudos como él mismo, y además precisa desplazarse cientos y cientos de kilómetros a la busca de juerga elefantil, aireada, al sol de los sanos anhelos proboscidios. En Barcelona, se halla aherrojado y ¿para qué? Para que se diviertan cuatro niños burguesitos que le miran distraídos mientras el papá les hace una foto. De verdad ¿alguien cree que esto es vida para un elefante serio que se ha cuidado de tener su trompa en condiciones y tiene toda su mala lecha intacta, tal como la trajo de aquella selva oscura e inmortal que le vio nacer?

Pues ¿y el panda rojo? Un animalito como este, que necesita un delicado bosque de bambú y vivir en China o en las anfractuosidades del Himalaya, lo recluyen en Barcelona, en el Parque de la Ciudadela, sin miramiento alguno. Es verdad que allí se advierte el paso de Gaudí, de aquel gran terco, magnífico en sus alucinaciones, pero es que a él, al panda rojo, Gaudí le importa un pito y luego esos visitantes que le importunan, tan cargantes ellos, especialmente los domingos cuando vienen de misa encantados de haber hecho la caridad con los desvalidos, pero con él, con el panda rojo, nada, en él no ven sino un simple bicho, sin pasado y sin más futuro que seguir en Barcelona mientras él sueña con sus bosques y con poder cantar en ellos la alabanza sempiterna de sus umbrías ...

Al león, huracán de la selva, torrente de valentía que reluce en las forestas, ojos tan serenos como amenazantes, forjado en el yunque de un dios remoto y bravo, lo reducen en el zoo a la condición de cabeza de ganado doméstico, y, como en el verso de Ausiàs March, “haciéndole creer en el indulto / lo llevan a morir sin un recuerdo”.

¿Y el guepardo o el cocodrilo del Nilo? ¿qué hacen en Barcelona si ellos no pueden leer ni a Pla, ni a Marcé ni a Eduardo Mendoza?

Con modestia sugiero a estos sentimentales parlamentarios catalanes que formen un comando para liberar a un animal maltratado del zoo de Barcelona. Y decidan por votación nominal y secreta con qué ejemplar van a empezar. Propongo que sea el elefante de África porque es tan grandote, tan buena persona, y se halla tan necesitado de amigotes y francachelas ...
Y después deben librar de sus cadenas a los demás pues no son como los galeotes malvados que ultrajaron a don Quijote tras haberse batido por ellos sino que les guardarán reconocimiento y harán erigir estatuas en su honor allá en las lejanías de sus montañas, de sus ríos y de sus selvas.

Es verdad que las arcas públicas perderán los buenos dineros que proporcionan las entradas de los visitantes del zoo. Pero, cuando se cuenta con una identidad nacional poderosa, no será difícil encontrar fondos supletorios.

08 agosto, 2010

¿Sirve para algo esta Filosofía del Derecho?

Una de las revistas señeras de la Filosofía del Derecho española está de aniversario y los amigos que la dirigen me han pedido un articulillo en el que exprese mi opinión sobre la situación actual de nuestra iusfilosofía. Al fin, en agosto, con un pie en el mar y el otro al pie de la cama de mi hija con oportunas fiebres, voy terminando el engendro y saldrá como era de temer. Ya no está uno para paños calientes, ha aprendido que en cuestión de amigos es mejor tener pocos y firmes y, sobre todo, no duelen prendas por ningún lucro cesante, pues nada lucra más que la libertad y la independencia. Esto último deberían descubrirlo más de cuatro que se la siguen cogiendo con papel de fumar como a los veinticinco años, o más.
Adelanto el contenido de un apartado de dicho escrito, apartado que se titula "Mal de muchos...". Ahí va.
Cierto, muy cierto, que en otras disciplinas tampoco están como para lanzar cohetes. En cuanto filósofos del Derecho, participamos en aproximada igualdad de los males que aquejan tanto a la universidad española en general como a las disciplinas jurídicas en particular. Nos regimos todos por las mismas normas, padecemos idénticos gobernantes y administradores, venimos de los mismos hábitos, cultivamos idénticas mañas y nos sometemos de consuno al imperio mediocre y miope de pedagogos iletrados, psicólogos especializados en manualitos de autoayuda para cretinos e ingenuos y sociólogos que se harían matar antes de dejar de parecer “progres”, lo que no es óbice para que todos ellos vendan su averiada mercancía a tirios y a troyanos y pasen por ser el alma de una enseñanza moderna y unos métodos de investigación que al universitario honrado le provocan vergüenza ajena y ganas de echarse al monte con una escopeta. Pero las cosas son como son y en la contemporánea “guerra de las facultades” el tradicional poder de los juristas ha pasado a manos de expertos en educación y tiralevitas (discúlpeseme la redundancia). Por lo que no es de extrañar que todos, iusfilósofos y demás, andemos en los últimos años perdidos entre variadas burocracias, sumergidos entre memorias e informes y devanándonos los sesos para adivinar qué competencias, habilidades y destrezas se activan en el magín del estudiante cuando se le cuenta lo de la norma fundamental de Kelsen, lo del usufructo vidual o lo de la responsabilidad extracontractual de la Administración, pongamos por caso.
Nunca se gastaron tantas horas para labores tan estériles. Si algo hay peor que el que los profesores se pasen las jornadas en su casa y ante el televisor, es que se las pasen en sus despachos desentrañando aplicaciones informáticas para calcular el cociente de competencias partido por el índice de practicabilidad de una asignatura cuatrimestral, a fin de satisfacer con dicho cálculo a una comisión de un vicerrectorado de calidad que vela porque ningún alumno suspenda y se vaya a la privada a comprar lo que le podemos regalar aquí mismo.
Tengo datos. Por distintas razones, en los últimos años he podido acceder a los resultados de grupos de investigación jurídica constituidos en numerosas universidades españolas. Y el balance es para preocuparse: de cinco años para acá la productividad media ha descendido más de un veinticinco por ciento. Y mucho me temo que si, además de en lo cuantitativo, reparáramos en la calidad, el panorama sería aún más descorazonador. ¿A qué obedece semejante crisis? No es éste el lugar apropiado para extenderse, pero creo que resulta más que razonable la hipótesis de que el profesorado universitario actual se ve compelido a perder un tiempo abundantísimo en inútiles papeleos y en estériles burocracias. El que no está siendo evaluado para esto o lo otro está evaluando al que se evalúa, y todos, los aspirantes y los consagrados, son inducidos por el “sistema” burocrático-pedagógico a dedicar su tiempo a tonterías sin poso y a trivialidades sin más fundamento que éste, ciertamente importantísimo: en el momento en que ya nadie haga en la universidad española algo serio y de largo aliento, ya seremos todos como la mayoría de los que desde vicerrectorados y facultades de Educación nos gobiernan. Muerto el perro, se acabó la rabia; desaparecido el investigador serio y el docente con enjundia, ya seremos, ¡al fin!, todos iguales, todos buenos. Pues sabido es que de noche todos los gatos son pardos.
A la crisis indudable y terminal de las universidades se une la pausada crisis de las facultades de Derecho. A Dios o que es de Dios y al César lo suyo. Que las alternativas metodológicas que los psicopedagogos nos ofrecen no suelan pasar de majaderías para dummies y pasatiempo para ociosos vitalicios no tiene que ser razón para que no reconozcamos que a nuestras facultades ya les va haciendo falta un repasito de sus métodos, sus planes y sus esquemas. Dicen que en esta realidad tan dinámica y globalizada del presente el Derecho y sus circunstancias cambian sin tregua, pero en las facultades de Derecho no se nota y diríase que seguimos cómodamente instalados en el XIX y compartiendo la hora del café con Puchta o Cambacérès. Casi todo va quedando artificioso por desfasado, desde la división en áreas de conocimiento hasta el teoreticismo vacuo de muchas maneras de enseñar, desde los planes de estudio –¡qué nueva oportunidad acabamos de perder!- hasta los estilos de las publicaciones. No se ha sabido o podido encontrar el camino correcto entre los extremos viciosos de la teoría sin práctica de tanto docente de tiempo completo y la práctica sin teoría de tanto profesor asociado que tapa huecos o cubre bajas.
Y ahí, en esa tradición de artificiales divisiones (derecho público/derecho privado, derecho sustantivo/derecho procesal, disciplinas “formativas”/disciplinas dogmáticas...), tradición que permanece incólume pese a tanto fingimiento y tanta reforma aparente, la Filosofía del Derecho sigue en su papel y en sus trece. El Derecho es lo que es (diríase que prosaico, elemental, vulgar incluso, cosa de leguleyos y querulantes) y, en su triste elementalidad, ya lo enseñan los de las asignaturas “de derecho positivo”. Luego vienen los de Filosofía del Derecho y le dan su toque de prestancia, aunque sólo sea eso, un toque, un aroma, unos polvos, y no sirva nada más que para recordarnos que hasta los más viles menesteres tienen su honor y su justicia cuando el que los cumple se encomienda a los verdaderos dioses. Antes, y también en tiempos de Franco, había que mostrar al estudiantado que la muy gris ley positiva se tornaba humano homenaje a las más sublimes esencias en cuanto se reparaba en que no podía contravenir leyes eternas y naturales, invisibles pero presentes, inasibles pero constantes, alma bien justa de códigos pecadores y para pecadores. A día de hoy esos esquemas y tal bipartición se mantienen tal cual, sólo que ahora se llama principios a lo que antes se denominaba ley natural, se dice que son el aliento de las constituciones en lugar de la sustancia espiritual del ordenamiento entero y, tercera diferencia, se confirma la grociana hipótesis del etiam si daremus, pues se puede ser ateo y hasta socialdemócrata sin dejar de pensar que la ley que no case con la verdad no es ley sino corrupción de ley y que frente al humano descarrío siempre nos quedará la posibilidad de implantar sobre la tierra la justicia si atendemos la llamada de la trascendencia. Amén.
Y ahí tenemos, una vez más, al penalista que explica su código y al civilista que expone el suyo o al administrativista que da cuenta del tratado de García de Enterría, al tiempo que el iusfilósofo les convence a todos de que todo es maculatura si no lo empapa la gracia de los valores y no se inspira en la bienaventuranza de los supremos principios, esos que son principios constitucionales tanto si la constitución positiva los nombra como si no, igual que mi ser tiene alma y no únicamente cuerpo por mucho que yo me engolfe y me empeñe en darle gusto al último y no quiera ver cuánto le debo a la primera y que es la primera. Y como la ley contraria a los principios que el iusfilósofo descubre en la constitución para mayor gloria del constitucionalista -que ahora es neoconstitucionalista y no lo sabía- no es Derecho verdadero aunque vaya con todos los parabienes formales y no ofenda ni a la lógica ni a la semántica de las normas positivas superiores, cualquier norma jurídica regirá para el caso que se le ofrezca solamente si la justicia no demanda una excepción o si no hay un principio que pese más. Pues el Derecho hoy se aplica con balanza, pero no aquella que manejaba la antigua diosa con los ojos tapados, sino que la de ahora, que sirve para ponderar principios de los que por doquier concurren, es balanza de tendero y el que la lleva tiene los ojos bien abiertos por si el amo desea alguna cosa o al señorito se le ofrece un capricho o busca un alivio. Y por eso nunca fue tan disputado el nombramiento de los más altos jueces ni hubo tanta polémica para que cada territorio tenga magistrados propios que sepan sopesar los principios e inaplicar las reglas según convenga a los caciques respectivos. Porque no es que los jueces se hayan corrompido, sino que es la Justicia misma la que se hace venal y frívola, por mucho que sus sacerdotes digan desde las iusfilosóficas cátedras que no es vicio sino sacramento lo que de esa guisa se cuece.
Y volvemos los del gremio a dar gato por liebre. Íbamos a hacer en serio y al fin una teoría de las normas, y nos quedamos a medias, pues a mitad de camino descubrimos que las que son más importantes son de otra pasta y que en lugar de decir pesan, y en lugar de procurar certeza al ciudadano aseguran gabelas al oráculo y dan para unos cursos de verano junto con teólogos y quiromantes. Parecía que retomábamos la teoría del sistema jurídico, y nos atascamos en los Diez Mandamientos y sus cabalísticas interrelaciones como partes esenciales de cualquier sistema jurídico con empaque moderno. Empezamos a cultivar con gran esmero la teoría de la argumentación como forma de evitar el abuso, la sinrazón y la arbitrariedad, y la hicimos al final una herramienta para que los iluminados averigüen caso por caso el contenido de los verdaderos principios, esos que son Alfa y Omega de todo Derecho posible y que han sido revelados a los poderes constituyentes de poco para acá, y para que esos mismos sacerdotes de la verdad jurídica eterna detecten falacias en el ojo ajeno, en el ojo del positivista, del relativista, del escéptico o del que sigue pensando que el rey está desnudo o que el legislador hace la ley y el iusfilósofo la trampa. Quisimos emparentarnos con los profesores de Ética y acabamos proclamando lo mismo que nuestras abuelas, esto es, que hay que ser buenos y amar al prójimo, sólo que nosotros lo ponemos con notas a pie de página. Quisimos quedarnos con la Filosofía Política y nos aplicamos a justificar la democracia, aun cuando su producto señero, la ley parlamentaria, la queramos aplicable nada más que cuando no choque con la justicia ni ofenda nuestros principios, que no en vano, amén de nuestros, están grabados a fuego en cualquier constitución de primera.

06 agosto, 2010

Jugar a reinos

(Publicado ayer en El Mundo de León)
Venía en este periódico el otro día que el señor Aparicio, don Juan Pedro, no comprende que los Sanfermines, fiesta poco refinada, despierten en el vulgo más interés que los actos organizados con motivo del 1100 aniversario del Reino de León. En fin. Aterriza como puedas. Cada uno cae de donde cae y cada cual se lo monta como le viene. A mí también me extraña que el personal lea más el Diez Minutos o el As que la excelente prosa literaria del señor Aparicio; o que la paternidad responsable de Cristiano Ronaldo o las andanzas amorosas de Iker Casillas y una señora que no acabó la carrera ocupen en los medios más lugar que una exposición de los formalistas rusos o un nuevo libro de poemas de Antonio Colinas, pongamos por caso. Pero si no hubiera mayorías asilvestradas, a ver de qué iban a presumir las minorías, y si con lo sublime se hiciera tanto ruido como con lo soez, habría que encerrarse herméticamente y para largo en la torre de marfil. ¿O es que nos gustaría más que las celebraciones del Reino de León acabaran en borrachera colectiva con calimocho y petardos, en chanclas y con alarde de sobacos?
De todos modos, he de confesar algo horrible, a riesgo de que se me considere miembro prototípico de las masas iletradas y de la turba más cerril y pese a que jamás he estado en los Sanfermines, ni ganas: vivo y trabajo en León, pero de los actos y festejos sobre la efemérides del Reino de aquí no me he enterado mayormente. A lo mejor el eco sería más y hasta los torpes nos haríamos lenguas si se organizara un encierro de historiadores leonesistas o un torneo tipo Supervivientes entre intelectuales locales. Y, ya puestos, un concurso de disfraces reales o una peli sobre la vida erótica en aquellos tiempos de cuando aquí inventaron el parlamentarismo y yo con estos pelos. No sé, algo que al pueblo le diera morbo y emoción. Porque lo que es ponerse a recitar de seguido la lista de los reyes leoneses al cabo de mil y pico años y con la que está cayendo, como que no.
Hombre, y ahora que lo pienso: ya que va de reyes y parlamentarios, que vengan don Juan Carlos y don José Luis y que se marquen unos agarraos con un par de urracas de aquí. Sería un exitazo de público y prensa, más que los Sanfermines.

04 agosto, 2010

Vaselina en la universidad

(Publicado el pasado 15 de julio en El Mundo de León)
El lunes este periódico encabezaba una información con este titular: “Las universidades públicas de la Comunidad se suman a una red mundial de conocimiento”. Me sobresalté, pues yo creía que, al ser “universidades”, ya estaban conectadas al conocimiento mundial, sin falta de más tejemanejes. Pero resulta, según el subtítulo, que “Fomento prevé crear una malla académica regional y conectarla a la nacional, RedIris”. Conectados a tope ya estamos, tanto en las universidades como en la mayoría de las casas, por lo que mi curiosidad no hizo nada más que crecer.
Es como cuando se empieza a mentalizar a la pareja para que acepte el divorcio sin dar mucha guerra: que si has sido importante en mi vida, que si sé que no encontraré jamás a alguien como tú…, pero voy a intentarlo, compréndeme y no te enfades. En realidad yo voy a sufrir más que tú con esta separación inevitable. Pues lo mismo aquí, aunque no lo parezca a primera vista. Pues de entrada te cuentan que se pretende que los investigadores de estos pagos puedan conectarse instantáneamente con sus colegas de cualquier lugar del mundo. Estupendo, pero eso ya está, para investigadores y para pueblo en general. Cada vez que viajo lejos, hablo gratis con mi familia y la veo, nada más que con ayuda del ordenador y un programita que se descarga sin coste. Luego te dicen que la documentación de cualquier universidad de de esta Comunidad va a poder consultarse desde las otras. De cajón, lo raro es que aún no sea posible, a estas alturas.
Pero todo eso son los juegos preliminares, es la captatio benevolentiae, el masaje previo a lo que sí va a doler. Porque hay gato y está encerrado en estos parrafitos: “el número uno de cualquier disciplina podrá dar clase a miles de alumnos a la vez” y “desaparece el espacio físico y se consolida la universidad on line”. Ah, era eso. Todas las universidades serán universidades a distancia. Sobrarán profesores y muchos de los que hay quedarán de tutores y puros burócratas. No digo que esté mal ni bien, son los tiempos. Lo que me hace gracia es que mis colegas en el Claustro no se enteran y siguen tan felices soñando con cátedras y aulas. Les va a doler bastante, por mucho que nos anestesien.

03 agosto, 2010

El gitano y la cabra

He vuelto a ver, después de tantos años, unos personajes que había olvidado. Fue en Gijón, hace unas semanas, en la Avenida Schultz, en la zona de El Llano. Me refiero al gitano que va tocando pasodobles con un piano eléctrico por las calles, piano al que lleva atada una cabra. Una cabra, sí. Se detienen el gitano y el animal en las mejores esquinas y, mientras él interpreta su música y la cabra muestra soberbia indiferencia, la gente les va dando monedillas y hay quien les tira una de cincuenta céntimos desde alguna terraza cercana. Antes, recuerdo, solía ser una familia entera la que recorría de tal forma la ciudad, quizá con alguna abuela que se salía por coplas y con un puñado de niños persiguiéndose entre los viandantes o jugando al escondite con semáforos y cartelones.

Debo de estar bajo los efectos del sol veraniego, puede que acrecentados porque ayer se me olvidó ponerme una gorra y, además, no me eché crema protectora durante el ratito que pasé en la piscina de junto a mi casa. Porque me dio por pensar qué ocurriría si a algún medio de comunicación de los grandes e independientes se le ocurriera promocionar al buen gitano para líder del país, alzarlo a conciencia crítica, revestirlo de padre de la patria y esperanza de cuantos padecen en España injusticia; de todos, pues a todos nos parece que ni nos comprenden ni nos pagan como merecemos. Que lo acogiera en sus noticiarios alguna televisión de velinas o alguna emisora radial de obispos, que variados tertulianos glosaran su hondo saber y su añejo sufrir, que en los periódicos entrevistaran a sobrinos suyos y que éstos declararan cuánto les han servido los consejos del buen hombre para no perderse en los más oscuros vericuetos de la vida del desheredado, que alguna tía carnal del señor, aún lúcida, explique que desde niño se pasa él las noches leyendo y que las giras urbanas con la cabra y el ritmo no son sólo manera de ganarse la vida honestamente y sin explotar a nadie, sino también y ante todo recurso original para tomarle el pulso a la ciudad y contemplar a la gente y comprenderla, y que esa vida de estudio y trabajo lo ha ido convirtiendo en ese prohombre que hoy es, tan tenaz como calmado, tan reflexivo como clemente, tan sincero como implacable con quien no respete a cualquier ser vivo.

El PSOE y el PP podrían incorporarlo como independiente en sus listas para las municipales de alguna capital de las grandes, aparecería quien al gitano le regalara unos trajes y durante la campaña él interpretaría con su instrumento cualquier marcha tradicional que sonaría como un himno y como apelación a las esencias que han de rescatarnos de lo que sea que en ese instante nos asole y nos preocupe. En las encuestas del CIS empezaría a aparecer como el político más valorado de ahora mismo, pero no solamente de ahora, sino el tenido por el pueblo en más estima desde los tiempos de la Transición, y ya lo vemos de número dos por Madrid en las generales, para frustración de más de un juez de la Nacional y de un par de lagartonas que se habían hecho ilusiones por creer a los políticos, y un día una gripe o una investigación de la Audiencia Nacional, precisamente, se llevó por delante al Secretario General y quedó nuestro gitano de jefe de filas y asumió sus responsabilidades nuevas con el saber estar y la naturalidad con que se ponen a mandar los que vienen de tribus viejas.

Fue un éxtasis popular, una hipnosis colectiva, un renovarse la nación con las notas de Francisco Alegre. Cada situación de crisis se sorteaba con algún ensalmo inmemorial, para los rivales y enemigos del país se organizaban exorcismos y misas alternativas, a los más contumaces opositores los ajusticiaban, en horas de trasnoche y vino, los parientes del Presidente. En los baños de multitud del gobierno, después de los discursos y los cantos, las masas eran asperjadas con agua bendita y se iban las parejas a fornicar en los descampados, en los cruces de caminos, bajo los cruceiros, y hasta en las vías del tren porque los ángeles de la guarda están vigilantes y nada nos puede faltar ahora que el Señor nos ilumina y su profeta nos dirige. Al escudo nacional se incorporó una pandereta, el problema por ser una nación de naciones se arregló con unos pactos con los parientes, un apretón de manos y unos matrimonios, como han hecho siempre las familias reales y las romaníes.

La cabra, elevada de condición y nombrada embajadora ante la UNESCO -honorariamente también siguió Mayor Zaragoza- tuvo hijos que hicieron carrera y se llamaron Soraya, Pepiño y no sé cuántas cosas más, aunque dicen que si del próximo parto sale una dama le pondrán zetas de princesa y volverán a probar suerte. Los machos con los que se aparea la cabra consorte ya no pueden llamarse cabrones, sino compañeros caprinos, pues decirlo como antes y con aquel ánimo peyorativo está prohibido por ley del Parlamento catalán, y comer cabrito es delito y pecado, por obra y gracia de la última reforma del Código Penal y de bendito acuerdo de la Conferencia de los obispos. En el Congreso, la Comisión de Asuntos Veterinarios siguió presidiéndola Alfonso Guerra, del que se dice que no está de acuerdo con nada y que es muy crítico cada noche en la soledad de su alcoba y antes de rezar el Jesusito de Mi Vida.

Todo esto se me vino a las mientes ayer, con aquellos calores y el calimocho que no refrescaba como debía.

02 agosto, 2010

Cuernos quemados

Pues sí, me había propuestos soltar aquí alguna cosa sobre la moda catalana primavera-verano, lo de la sentencia del Estatuto y lo de los toros prohibidos. Pero no sé qué decir. ¿Por qué? Pues, por un lado, porque me da igual y, por otro, porque con tantos besugos dialogando ya no hay pez que pueda meter baza.
No sé, comencemos por mi indiferencia. ¿Es tal, si bien lo pienso? Sí y no. A ver si me explico. No soy aficionado a los toros. Si los pasan en un televisor delante de mis narices, puedo echar un vistazo de un par de minutos, no más. Comerlos me encanta, eso sí, y no suelo preguntar ni dónde se criaron ni de qué manera murieron. Sorry. No mamé la fiesta, no entiendo de faenas, posturas, pases, tipos de muletas o historia del tal arte. Y la sangre del toro rodando por su lomo no me gusta nada. De pequeño, cuando en la tele de Franco ponían corridas de estas, ansiaba con todas mis ganas que el toro empitonara al banderillero o tumbara al picador y lo hiciera fosfatina a cornada limpia. Ahora simplemente no tengo afición, pero de amigos muy queridos que saben y disfrutan con la fatalmente llamada fiesta nacional he aprendido que a lo mejor hace falta ser algo simple para ser simplemente partidario de prohibir los toros. Además, puestos a darle a la manivela prohibicionista con un poco de coherencia, sería un no parar y habría que empezar con el fútbol, que nos está convirtiendo en un país de cabestros con la sensibilidad en salva sea la parte.
Pero me da igual, repito, que el Parlamento de Cataluña prohíba los toros. Por mí, como si prohíben comer pipas de girasol o hacerse pajas mirando el As (¿sigue saliendo una maciza en las últimas páginas del As?). Bastante tiene uno con lo suyo, lo de su casa, su barrio, su curro y su ayuntamiento, como para preocuparse de si los catalanes admiten la lidia o prefieren a la Montserrat. Con su pan se lo coman, de verdad y dicho sea con el mejor espíritu de solidaridad con los pueblos sin Estado, con Estado, con establo, sin establo o la madre que nos trajo a todos.
Además, tengo yo entendido que la democracia funciona más o menos así: el pueblo soberano elige a unos representantes para que le prohíban cosas y organicen debates que mareen la perdiz, y hasta el toro. Y los egregios parlamentarios se aplican con celo a poner vetos y penitencias. Pues ya está. Si a los electores les parece mal que les den tanta matraca, que voten a otros, y si les gusta que les den por ahí, que se queden con ésos para que continúen en sus trece y sus catorce. Es como lo del “Estado español” con Zapatero o con el voto útil de tanto inútil: chico, será que sarna con gusto no pica o que algo tiene la bosta para que vaya tanta mosca. Ajo y agua y el que no esté conforme con vivir en un país de mierda que se busque la vida por otros pagos. Y punto.
Dicen que está todo muy politizado y que muy mal andar politizando. Vale, ahora resulta que las decisiones de los parlamentos no son cosa de política y que hay que tomarlas como si se tratara de dictámenes de un comité de físicos. Lo que pasa es que aquí, y con razón, politizar ya significa envilecer, sólo eso. La Política con mayúscula hace tiempo que ha hecho mutis por el foro y en su lugar ha venido una furcia que ha puesto en la polis cama de agua y perfume de pachuli barato. Y entonces se excitan los nacionalistas de acá y de allá y los pepedos y los pesoebreros porque lo de los toros lo llaman la fiesta nacional y nacional lo será tu madre y a mí la patria no me la tocas y todo así. Al noventa por ciento de los que en el Parlamento aquel votaron y al noventa y nueve de los que gritan desde los partidos y sus puticlubes mediáticos los toros y su sufrimiento o su bienestar les importan tanto como a mí el Estado de las autonomías o los derechos históricos: nada. Así que de qué vamos a hablar si lo de ellos es fingimiento y lo de uno, modestamente, asco.
Al toro habría que cogerlo por los cuernos antes de que se malee más y nos mate a coces a todos. Y cogerlo por los cuernos significa: referéndum de autodeterminación para cada nación periférica putiférica, para cada territorio histórico o histérico y hasta para cada barrio con un índice de delincuencia política superior a lo tolerable. Referendos a tutiplén, pero en serio y sin vuelta atrás ni mohines ni házmelo la última vez o probemos con la boca ni nada de nada de nada. O sí o no y para siempre. Bye, bye y quien te conozca que te compre. Y conste que no me estoy metiendo con nadie en particular y que lo digo para todo zurrigurri, asturianos como yo incluidos. Ah, pero con una condición: para los que se queden en el Estado español, que se llamaría otra vez España, centralismo a la francesa. Ni autonomías ni leches. Y los nacionalismos, sean los rojigualdas o sean los tricolores, me los pone usted verdecitos y antes de que se mustien, porque se los voy a dar a los burros para que se los coman y que les aprovechen. Cada cosa para lo que vale.
Con esto queda también establecido lo que pienso sobre la Sentencia del Estatuto, que se va a leer su tía. A mí que me disculpen, pues, además de faltarme tan cercano parentesco, ando estos días con el libro de artículos periodísticos de Joseph Roth titulado “Primavera de café. Un libro de lecturas vienesas”(1) y comprenderán ustedes que no voy a cambiar de dedicación.
PD.- Los asturianos somos poco aficionados, o nada, a comer caracoles o escargots, pero un día húmedo pasé por mi pueblo con una buena gente que sí los devora con fruición. Se entusiasmaron al ver llenos de tales moluscos los muros de la patria mía, de modo que fuimos metiendo en una bolsa y nos llevamos unos kilos. Aprendí todo el proceso. Luego se echan en serrín o harina, para que se sequen bien y no les queden babas. Mueren así, digo yo que deshidratados y al cabo de horas o días. Más tarde se les pone una salsita y a comer. Pero no nos dan pena, pese a que su carne no compara con la del toro y aun cuando tienen cuernos como él y como más de cuatro que yo me sé.
(1) Miren este parrafito de Roth (página 221 del libro, editado, por cierto, por Acantilado en 2010): "¿Doctrina nacional? ¿Pertenencia a un pueblo? Eso importa a los menos. ¿Necesita el campesino de Deutsch-Kreuz a Goethe? Necesita su dinero, su terreno. Si Goethe viniera mañana a verle y le pidiera un alojamiento para pasar la noche, lo rechazaría".

01 agosto, 2010

De vuelta. Y peor, si cabe

Colgué el teclado el 4 de julio y, ahora, cuando lo retomo, me quedo perplejo al reparar en cuántas cosas han pasado en menos de un mes y en cómo casi todo se ha puesto más horrible y descorazonador. O será algún desarreglo bioquímico mío, no sé. Pero dan ganas de sumergirse estos días en una piscina y volver a asomar la cabeza en las antípodas. Ah, por cierto, y para que no se diga que todo es queja. Dentro de unos días mi compañera del alma y un servidor nos vamos a la Isla de Pascua. Es porque tenemos que hacer a Chile lo que en las casas bien se llama un viaje de trabajo y, una vez allí y teniendo en cuenta lo barato que está aquel país para el que va con unos eurillos… Las clases dominantes hemos de darnos unos lujillos más antes de que Zapatero culmine su revolución proletaria e imponga un plan quinquenal o vaya usted a saber qué plan. Discúlpeseme este pequeño arrebato de hortera veraniego y sigamos con lo que más apesta.
A ver si en agosto esa que llaman la clase política se va de veraneo a una isla con tsunamis (por cierto, ¿no habrá…?), a ser posible en compañía de periodistas y variados tertulianos. Y que la Providencia disponga lo más conveniente para nuestra convivencia pacífica y afable. O sea, agua va. Porque, si siguen los mismos en el gobierno y la oposición visible (que es la que los periodistas ven porque es con la que los medios se encaman por precio), septiembre puede ser como para abrirse las venas.
Sí, lo sé, me dirán que también tuvimos un acontecimiento cósmico, un evento del que se harán lenguas las generaciones venideras, una suerte de las que se dan cada mil años y bajo conjunciones planetarias excepcionales. No, no fue que se juntaran Obama y el Tontín nuestro para hablar de las pérdidas de aceite de BP o de que lo peor ya pasó, pese al puto burro que se come cada día los brotes verdes, sino que ganamos el Mundial de Fútbol. Ahí es na. Y, cuando digo ganamos, ¿por qué digo ganamos si yo no jugaba? Aquí tenemos el meollo de la nación, concepto discutido y discutible, que dijo el Tonto´l Culo refiriéndose a las naciones periféricas o sin Estado y a la manía de sus políticos con el concepto, disculpa para masturbarlas a ellas y ordeñar al Estado opresor hasta que le salga sangre. ¿O me equivoco y el Bobo de Baba aludía a la nación española (perdón por la expresión, juro que no voy a dejar de ser progresista y limpio de corazón)? Pero, si era esto, ¿por qué estaba tan contento cuando lo de la victoria del Mundial?
Yo qué sé. Pero esos día fueron los niños de mi modesta urbanización los que más me hicieron reflexionar. Se pasaron más de una semana, antes y después de la final del torneo, cantando a coro y a grito pelado una cancioncilla que era toda estribillo, tal que así: “Yo soy español, español, español. Yo soy español, español, españo..l”. De tanto oírla, la pequeña Elsa, con sus tres años, andaba todo el rato repitiéndola. Le ordenabas: “Elsa, haz el favor de comer la tortilla”. Y ella respondía, con buena entonación: “Yo soy español, español, español”. Ah, y les aseguro que no vivo en una zona residencial de La Moraleja o del barrio de Salamanca, y que me perdonen los progresistas que vivan allí por esta apresurada identificación de tales lugares con las esencias de la madrastra patria española. Mi urbanización es interclasista, interprofesional y hasta un poco multicultural, pues este año tenemos una au-pair inglesa (que fue arrojada, con ropa y todo, a la piscina el día de la victoria española) y los vecinos se han traído un niño saharaui en acogida veraniega. Para ser esto León, el acabose.
Oía a los pequeños monstruos y a los adolescentes asilvestrados cantar el himno de marras y me hacía cruces por su inconsciencia. Ya sé que si hubieran ganado los franceses, sus infantes andarían cantando algo parecido sobre la Francia grande y su orgullo de alevines franchutes, sin parar mientes en lo oprimidos que allá viven bretones y corsos. Pero con los muchachos de aquí deberíamos tener más cuidado, para que no humillen con sus tonadas a nuestros nacionalistas catalanes, vascos, gallegos, riojanos o lo que sea, que no son corsos, sino corsarios, pero merecen de todos modos un respeto y unas plañideras. Eso es un hecho histórico. Y punto.
Yo había escrito que por mí podía la selección española perder todos los partidos, pues ni soy muy de naciones ni me gusta esta manera franquista de exprimir para los políticos los logros de los deportistas. Pero reconozco que llegué a dudar y que el último día hasta debí de dar un salto grande cuando el gol de Iniesta. Y es que el diablo españolista acecha en cualquier esquina. Les cuento lo que me ocurrió.
Resulta que en uno de esos cursos de verano (chollo que se nos va a acabar gracias a Bolonia y a que ya no existirán lo créditos de libre configuración) coincidí con un admiradísimo colega y queridísimo amigo que es nacionalista periférico trasterrado. Y explicó, el buen hombre, que el día anterior había visto el partido primero de la selección en el Mundial, aquel contra Suiza, y que lo había visto con su hijo de cinco años y había convencido al niño para apoyar a Suiza, con el argumento de que los suizos (se refería a los suizos en general, no a los jugadores de la selección helvética; coño, y ahora que caigo: si Suiza es una confederación, ¿por qué no tiene cada cantón su selección?), al fin y al cabo, habían inventado el reloj de cuco y los españoles no habían hecho una mierda en toda su puta vida. ¡Cómo se me tambaleó mi acendrado cosmopolitismo y cuán grande fue mi nostalgia de imperio y ultramar! Luego volví a mi ser, tranquilos, pero demostrado me quedó, en carne propia, que los nacionalismos juegan al trenecito y se retroalimentan, literalmente. Cada nacionalismo le da por el saco el otro y, a nada que te descuides, te pillan en medio y allí mismo te hacen en el alma un desgarro.
También pasó lo de la Sentencia del Estatuto, que ya se publicó al completo este mes y que, al parecer, ya ha sido leída entera por dos catedráticos catalanes contratados por la Generala (perdón, Generalidad) para ese fin y por un par de becarios de la Complutense, y lo de los toros en Cataluña. Pero de eso hablaremos otro día, que ya es hora de comer y un caballero que se precie no menciona ciertas cosas en la mesa.

04 julio, 2010

Nos vemos el 1 de agosto

Voy a tomarme un descanso de blog y de unas cuantas cosas más. Necesito curarme un poco la obsesión del teclado. Si no, no podré leer ni la cuarta parte de lo que me he propuesto, y crecerá la angustia, se me desparramará. También urge salir al sol, jugar con Elsa (y con su mamá), caminar por el campo, puede que escaparse a la playa. Pues dicen que hay vida por ahí, y la tengo un poco olvidada.
Que ustedes también descansen, amigos, que tengan un buen verano y que vayamos, al cabo, regresando con el ánimo cargado para lo que aún habremos de ver.
Y el primero de agosto les cuento qué tal.

01 julio, 2010

La sentencia de las mil páginas. Por Francisco Sosa Wagner

Una sentencia con mil páginas, cuando sale a la circulación y se mete en el trajín diario, corre el riesgo de abandonar su ser de sentencia pura, de fruto (es) cogido del árbol de la teoría del derecho, para convertirse en festín, en un gran banquete -ubérrimo de alimentos- del que todos podrán servirse a su antojo y según sus más acuciantes necesidades. En sus cientos de fundamentos jurídicos cada quien encontrará un argumento a medida, el apto y encaminado a satisfacer sus pretensiones en función de la peripecia en la que se vea inmerso. Se hará así realidad la figura de ese abogado de la quevediana “Fortuna con seso” que “salpicaba de leyes a todos” y que aseguraba: “su justicia de vuestra merced no es discutible; ley hay en los propios términos; ese no es pleito, es caso juzgado, todo el derecho habla en nuestro favor; no tiene muchos lances, es fuerza que se revoque la sentencia dada ...”. Porque, revolviendo entre Baldos e Irnerios y las leyes del reino, era -y es- imposible no encontrar las reglas para apuntalar el razonamiento pertinente que resulte más beneficioso.

Recuérdese que, de un simple contrato de matrimonio, Bartolo le promete a Marcellina en las mozartianas “Bodas de Fígaro” que "con astucia, con argucias, con buen juicio, con criterio ... si hay que darle la vuelta a todo el código, si hay que revolver en el índice, con un equívoco, con un sinónimo ya se encontrará algún embrollo... [para que] ... el canalla de Fígaro sea vuestro". Pues bien, si tales posibilidades existen en la panza de un modesto contrato privado, calcule el lector lo que ofrecerán mil páginas ricas en párrafos interpretativos, aclaratorios, contradictorios y eyaculatorios.

¿Qué no podríamos añadir a esta situación de acomodado desconcierto que el derecho puede suscitar si nos metiéramos en las páginas escritas por el cáustico Rabelais o incluso por el mesurado Montaigne? Vuelvo a los fecundos libretos de las óperas para evocar al letrado Blind en el “El murciélago” quien, dispuesto a urdir embrollos procesales, aconseja a su defendido, que tiene que ir a la cárcel por haber insultado a un funcionario, "recurrir, apelar, reclamar, revisar, recibir, subvertir, devolver, envolver, protestar, liquidar, embargar, extorsionar, arbitrar, resumir, exculpar".

Todo parece indicar que de esto se trata en la actual coyuntura: de hacer un poco de luz en tal o cual cuita pero también de asegurar el funcionamiento de la manivela, de seguir dándole al manubrio del bodrio. ¿Rige esta regla lo mismo en Gerona que en Cáceres? Y aquella ¿es de efecto idéntico en Almería y en Santiago de Compostela? Esta ley ¿está viva o ha decaído su vigencia? Y si conserva su lozanía ¿es la misma en todos los territorios españoles? ¿o solo en algunos de ellos? ¿procede la derogación o basta la caducidad o la suspensión o la no aplicación por el juez...? Se verá que tales dudas -de mucha emoción y de mucho fondo pues afectan al núcleo duro de la interpretación jurídica- se enredan como es fama lo hacen las cerezas en el cesto de esta época veraniega.

El hecho de que todo ello sea en beneficio de curiales y litigantes es lo que me hace contemplar el panorama que abre la sentencia de las mil páginas con simpatía pues al fin y al cabo yo mismo pertenezco a ese oficio y he contribuido en muchas ocasiones con mi pluma a enredar los textos legales y a embrollar a litigantes en las lianas de los considerandos y los resultandos.

Si, además, cada español va a poder disponer de un orden jurídico a su medida y le va a ser permitido invocar en los pleitos aquello que mejor le pete, pues miel sobre hojuelas. ¿No hemos llegado así a ese paraíso que es la más plural de las Españas?

Auténticos (con una introducción extemporánea)

(Me repito un poco, pues este texto es versión nueva -completamente nueva, eso sí- de lo que aquí ya expuse hace unos días. Pero lo reproduzco porque aparece hoy en mi columna de El Mundo de León. Por cierto, la directora del periódico, amabilísima y afectuosa como siempre, me ha pedido que dedique mis textos a la actualidad leonesa y me deje de estas cuestiones universales o de la vida triste de ciudadanos sin empadronar. Procuraré, pues, hacerme cargo de que: a) León también existe; b) León tiene actualidad, y no embalsamada permanencia incólume; y c) esa actualidad es interesante y da un juego que te mueres para hacerse unos párrafos guapos. Ya les contaré. Pero tengo para mí que no voy a poder...
No es por darme pote, créanme, pero ¿qué creen ustedes que me acabo de comprar hoy mismo para leer este verano -mientras trabajo en sesudos asuntos juridicos también, que conste? Pues: 1) Hojas de Madrid con La galerna, de Blas de Otero -esto lo devoro esta semana, pura ansiedad-; 2) Mitologías de invierno y El emperador de Occidente, de Pierre Michon; 3) Antología de breve ficción, de Rafael Pérez Estrada; 4) Historias de la Alcarama, de Abel Hernández; 5) Vida de poeta, de Robert Walser; y 6) Educación siberiana, de Nikolai Lilin. Más lo que espera en las estanterías de mi buhardilla, mirándome con muy dolido reproche. No va a poder ser todo. Y, encima, tendre que ponerme al día de lo que ocurre en La Robla o se cuece en La Bañeza. En verano. Tendré que escribir sobre piscinas con niños, terrazas con plásticos y noches con fuegos artificiales. Lo dicho, no sé si voy a poder. Casi seguro que no. Pero en fin. Así son las villas y las provincias. Pura vida).
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Hay un tipo de persona que detesto cada día más. Me refiero al auténtico, al que va de natural y de carente de doblez, a ese que le cuenta a usted que está en contra de las viejas convenciones sociales y a favor de que todos nos explayemos sin tapujos. No lo crean, es un farsante, un aprovechado, un narciso y un sujeto bastante pueril casi siempre. Es ese amigo o conocido que no se corta un pelo a la hora de decirle a cara de perro que usted ha engordado mucho o que su pareja le está engañando o que sus hijos son unos malcriados o que es una horterada esa camisa nueva que se ha puesto. Si ante esa avalancha de supuesta sinceridad usted pone cara de dolor o de espanto, los auténticos de las narices le sueltan toda una conferencia sobre lo bueno que es decir a los amigos las cosas como se sienten y cuánto daña a la sociedad tanta hipocresía y tanto andarse con cortesías y aprensiones. O sea, que para colmo y después de que nos ponen de vuelta y media, aún tenemos que darles las gracias por su franqueza y enorgullecernos de su amistad de ofidios.

Con el auténtico no sirve de nada poner pucheros o devolverle reproches, ni pedir árnica ni rogarle mesura, pues le insistirá en los mismos cuentos sobre lo sano que es cascar lo que se piensa con la lealtad que se debe a los amigos, es decir, a las víctimas. No, lo que conviene es pagarle con igual moneda. Es divertido y aleccionador. Usted aguante el chaparrón sobre lo feo que viene hoy o sobre lo malo que es su coche o sobre lo que sea, tómese mientras un orujito y luego replique a calzón quitado. No para defenderse ni para alegar sobre sí mismo o los bienes suyos que el otro quiso destrozar. Nada de eso. Simplemente dígale, incluso exagerando un poco, lo que opina de él. Al fin y al cabo, es verdad que usted lo conoce desde hace años y sabe a ciencia cierta que es un ladroncete y que además tiene incontinencia urinaria por las noches. Pues a por ellos, oé. Verá qué maneras de llorar el auténtico y cómo le ruega que no siga. Y ahí es donde usted debe replicar que huy, sí, qué bien, cuánto alivia dejarse de hipocresías y cantar las cosas como te vienen. Pues eso. Sin piedad con los que nos fastidian y, encima, quieren darnos lecciones.

30 junio, 2010

El Derecho es un misterio. 10. Cuando las leyes y los jueces repiten lo evidente es porque se están perdiendo las evidencias

Si el Derecho de estos tiempos fuera mínimamente sólido, tangible, un poco cognoscible, previsible en algún grado, dotado de una pizca de certeza, estudiar leyes y jurisprudencia aún tendría algún sentido. Pero no es el caso. Los que en el ordenamiento jurídico buscan líquido elemento en el que practicar sus artes natatorias de besugos han conseguido licuar lo jurídico. Ya no hay quien pueda aprender ni aprehender sistema jurídico ninguno, pues este Derecho se nos escapa entre los dedos como el agua que ya es. En este mar de principios bucean a gusto profesores principialistas y moralizadores sin sotana pero con púlpito y oratoria de canónigos, en esta laguna de valores y variadas teleologías chapotean los jueces expertos en hacerle el juego, a base de jurisprudencia simbólica y neoconstitucionalismos de mucho vestir, al que les pague unos ascensos como Dios manda o un rato en brazos de la gloria. De la gloria forense, quiero decir. En estos ríos de preceptos en los que nunca se baña dos veces el mismo pleito, pues cambian de hoy para mañana con vertiginoso celo, enredan de lo lindo y hacen variadas aguadillas esos legisladores que, pues no tienen otro oficio ni mejor beneficio, han de justificar éste de ahora -quién les iba a decir cuando no tenían que hacer ni donde caerse muertos que acabarían haciendo normas jurídicas como otros hacen tornillos o macramé- a base de sentirse un cruce entre Hammurabi y Sara Carbonero (¿lo habré escrito bien?) o entre Justiniano y Nacho Vidal.

Entre que unos hacen normas como motos y que otros las aplican como si se tratase de supositorios para el ciudadano desavisado, la ciencia jurídica se ha convertido en una rama de la magia y el aplicador del Derecho acabará anunciándose en las secciones de masajes, aunque sean masajes morales y sólo por la parte de la dignidad y otros valores que no pueden mustiarse sin que algo se muera en el alma y en la cuenta corriente. Y todo esto ahora que el derecho es líquido. Ya verán cuando acaben de salirse con la suya los sumos sacerdotes de a tanto el principio más la cama y lo jurídico se nos haga gaseoso. Habrá que repartirlo en globos y bombonas y ya no en códigos y boletines oficiales.

Pues es que he leído hoy dos textos jurídicos que me han dejado pensando que por qué resultará tan innovador y presentable insistir en lo que va de suyo, y tan sorprendente recalcar lo que no tendría que ignorar nadie. La contestación es sencilla: porque en este Derecho del presente, tan inaprensible como venal, tan ético como descarado, ni dos más dos son cuatro ni obliga la norma vigente ni tienen las palabras por qué significar lo que significan para cualquiera con dos dedos de frente. ¿Entonces? Pues entonces pasa que en la Comunidad de Madrid se aprueba la Ley 2/2010, de 15 de junio, de Autoridad del Profesor (BOCAM de 29 de junio), en cuya filosofía de fondo no entro ni para bien ni para mal, pero que en su artículo 12, apartado 1, bajo el rótulo “Responsabilidad y reparación de daños”, dice esto:

Los alumnos quedan obligados a reparar los daños que causen, individual o colectivamente, de forma intencionada o por negligencia, a las instalaciones, a los materiales del centro y a las pertenencias de otros miembros de la comunidad educativa, o a hacerse cargo del coste económico de su reparación. Asimismo, estarán obligados a restituir, en su caso, lo sustraído. Los padres o representantes legales asumirán la responsabilidad civil que les corresponda en los términos previstos en la Ley”.

Puede que se me escape algo esencial y ojalá algún lector atento me saque de mi ignorancia, pero yo juraría que en tal precepto no hay novedad ninguna, salvo que sea novedad remachar lo obvio y repetir la norma vigente a fin de que sea eficaz y efectiva. Pues, en efecto, ¿no regía para la educación y dentro de los centros educativos la responsabilidad civil de los padres o tutores, tal como la establece el Código Civil y con las consiguientes obligaciones de reparación de los daños?

He dicho que no puedo ni quiero juzgar esa Ley madrileña, pero me da la impresión de que ha funcionado una cierta maniobra de despiste, pues mientras en la propaganda política y en los medios (discúlpenme la redundancia) se ha puesto -para alabar o para criticar- todo el énfasis en la elevación del profesorado y los directivos de los centros a la condición de autoridad pública (art. 5), ha pasado desapercibida una cuestión tan importante o más: la presunción de veracidad en favor de los directores, los demás miembros de los órganos de gobierno y los profesores en general (“En el ejercicio de las competencias disciplinarias, los hechos constatados por los directores y demás miembros de los órganos de gobierno, así como por los profesores, gozan de presunción de veracidad, cuando se formalicen por escrito en documento que cuente con los requisitos establecidos reglamentariamente”).

También me ha desconcertado leer la Sentencia del Tribunal Supremo, Sala Primera, de 16 de marzo de 2010 (ponente J.A. Seijas Quintana). Tampoco pretendo comentarla -poca sustancia tiene el caso- ni criticarla para bien o para mal, sino destacar simplemente cuánto me llama la atención el asunto en sí: resulta que en un supuesto de responsabilidad extracontractual la parte reclamante ejercita su acción fuera del plazo de un año que estipula el art. 1968 del Código Civil; concretamente, con un retraso de cinco días. No se trata de un problema interpretativo, sino de saber si en Derecho un año ha de tener 365 días (uno más si es bisiesto) o si puede tener también 370 o 495. ¿Que no? Pues la sentencia de instancia dijo que no importaba esa demora y que tampoco era para ponerse así y dio la razón a los demandantes y condenó a los demandados a la pertinente indemnización. ¿Con qué argumento? Pues el de que tampoco era tan excesivo el retraso y que no puede apreciarse una dejación de su derecho por la actora. ¿Que suena raro? No tanto, pues -aunque en la sentencia que comentamos no se menciona- hay jurisprudencia principialista del TC que abona ese relativismo axiológico de la aritmética procesal.

Sin embargo, el TS, en esta sentencia, sostiene lo obvio y nos reconforta en la esperanza de que algo de lo que los códigos nos cuentan sea todavía un poco sólido y nos permita saber a qué atenernos cuando en lugar de salvar el alma mediante muchos valores y grandes homenajes a la ética más racional y pura, queramos nada más que saber qué derechos el Derecho nos reconoce, y bajo qué condiciones, y cuáles no. Así que afirma el TS que “una cosa es que el plazo de prescripción de un año establecido en nuestro ordenamiento jurídico para las obligaciones extracontractuales sea indudablemente corto y que su aplicación no deba ser rigurosa sino cautelosa y restrictiva, y otra distinta que la jurisprudencia pueda derogar, por vía de interpretación, el instituto jurídico que nos ocupa, pues ello aparece prohibido por el ordenamiento jurídico (...) y sería contrario a la seguridad jurídica distinguir entre pequeñas y grandes demoras”. Amén.

¿Saben por que se indignarán muchos superprincipialistas a los que las palabras de la ley les producen urticaria? Pues porque ellos, que suelen quererse bastante a sí mismos y tenerse en gran estima moral, siempre se imaginan de demandantes, nunca de demandados. Porque cuando un día, por un casual, les toca el otro papel, se agarran como posesos a la seguridad jurídica y se vuelven positivistas por un día. Sí, porque hasta al iusmoralista le gusta de vez en cuando echar una cana al aire. Eso está en el núcleo mismo de su tradición.

29 junio, 2010

¿Qué significa discrepar ideológicamente?

Por ahí abajo, una amable comunicante anónima escribió, entre otras cosas, lo siguiente: “Es increíble cuántos puntos de vista compartimos sobre la cotidianeidad, estando tan alejados ideológicamente”. Me quedó sonando el cuento y me pregunto: ¿qué será eso de la discrepancia o lejanía ideológica, y más cuando se coincide mucho sobre los asuntos cotidianos? Puede que, sin habérnoslo propuesto, andemos tocando un asunto de mucha enjundia.

Con alguna gente de la que trato y que considera y me dice que discrepa ideológicamente de mí puedo decir, desde el respeto más esmerado, que me sucede alguna de estas dos cosas, pedantemente expresadas: o la discrepancia se basa en una imputación directa de partidismo o en una tonta imputación indirecta de partidismo. Y tengo para mí que tales cosas no son desacuerdos ideológicos propiamente dichos, sino que se parecen más a las discusiones entre forofos de equipos de fútbol. Pero expliquémonos.

Un día le ven a usted con el ABC bajo el brazo en la parada del autobús y la mitad de sus conocidos van a discrepar de usted de inmediato. Sí, a pelo, sin hablar de nada. Si me apuran, hasta los desconocidos que pasen se sentirán en desacuerdo profundo con usted. ¿Sobre qué ideas? ¿Sin debatir? Sí, sin hablar y porque sí: porque si usted lleva en la mano el periódico conservador, será porque usted es del PP; en el mejor de los casos. No hay más que hablar. Si le pillan con La Razón, más todavía. Y exactamente lo mismo y en paralelo ocurrirá si lo que usted lleva es El País o Público. Y como digo discrepar, digo también tenerle por “uno de los nuestros”. El conservador se atreverá mejor a preguntarle la hora si lo cree a usted lector fiel de ABC y el dizque progresista se sentará más tranquilo a su lado en el tren si lleva usted algo de PRISA.

¿Cuánto de lo que provoca esas simpatías y antipatías, esas identificaciones y rechazos, tiene que ver con el sentido más noble del término ideología? ¿Cuánto se relaciona con ideas? Nada. Ciertamente, el noventa por ciento de los que luzcan El País serán votantes del PSOE y otros tantos de los que vayan con el ABC darán su voto al PP. ¿Y el votar de mucha de esa gente cuánto tiene que ver con las ideologías? Lo mismo, nada. Salvo que definamos “ideología” así: “Práctica o hábito de votar a un determinado partido político, incluso con prescindencia de sus acciones y programas. En un sentido más lato, también se llama al propósito de no votar jamás a un determinado partido, sean cuales sean las circunstancias y los programas”.

Así que llamo imputación directa de partidismo a una sospecha de voto basada en signos externos, como el periódico que se lee o la emisora de radio que se escucha. Como he dicho, suele haber correspondencia entre lo que la gente lee o escucha y lo que vota, pero con lo que no se corresponde es con una ideología definida de otra forma, seriamente.
Pregúntele usted a uno de esos seguidores estandarizados del PP o del PSOE -vale para otros partidos también, pongo sólo esos dos en aras de la brevedad- qué tipo de sociedad quisiera tener y cómo solucionaría los principales problemas de la organización de la convivencia, y prohíbale que utilice tópicos muy descarados del tipo “políticas de progreso” o “célula básica de la sociedad”. Y verá que unos nunca se han parado a pensar en asuntos ideológicos genuinos y que otros son hijos de su padre y de su madre y lo mismo le sale un socialdemócrata que va a la urna por el PP que un meapilas que jamás le fallará al PSOE. No ha de extrañarnos, pues para que pudiéramos identificar a los partidos por sus ideologías, y al tiempo, identificarnos con las ideologías de los partidos -y no con los eslóganes de las campañas o los caretos de los líderes- haría falta que los partidos tuvieran ideología. Y no es el caso, a día de hoy. A no ser, otra vez, que llamemos ideología de un partido a cualquier cosa que un secretario general diga porque cree que puede dar votos en este momento y aunque sea lo opuesto a lo que ese mismo individuo afirmó hace un mes en nombre de su partido. No me pidan que les ponga ejemplos.

Lo que llamo imputación partidista indirecta viene a ser casi lo mismo, pero con algo más de retorcimiento. Tú un día afirmas X y entonces aparece un sujeto con alma de censor y vocación de nomenklatura que te hace un razonamiento así: X podrá ser cierto o no, pero ésa es otra cuestión. Lo que tenemos que ver es que eso, X, es lo mismo que están en estos momentos afirmando todos los medios de comunicación que son esbirros del enemigo malo malísimo de la muerte, y entonces, sea X verdadero o falso, X no puede ser dicho, pues supone hacerle el juego a los felones y ayuda decisivamente a arrastrar a este país al desastre.
O sea, que usted, por haber dicho X, es un pedazo de cabroncete que merecería un par de leches si esto funcionara como es debido, aunque de momento se las vamos a dar nada más que dialécticas y desde la legitimidad que brinda la ortodoxia de los bienpensantes en pompa for ever. En otras palabras, que si tú afirmas algo -sobre lo que sea, hasta sobre el sabor de las almejas de Carril- que coincida con lo que a menudo mantenga un escritor o locutor del partido atroz, tú o eres del partido atroz o, lo que es peor, eres un imbécil que ni siquiera se da cuenta de que le está haciendo el juego al partido atroz. Conclusión: aunque creas firmemente X o aunque X sea una verdad como un templo, no digas que X es verdad, pues no puede serlo si lo repiten Losantos o Gabilondo. Sí, cualquiera de ellos, pues este tipo de imputaciones memas las hacen igual los de un lado que los del otro. No es equidistancia mía, no, es porque los lameculos de las dos partes se parecen como dos gotas de agua...sucia.

¿Tiene ese proceder algo que ver con la ideología? No. Si a tres censores del mismo bando les pasásemos un test con cuestiones cruciales sobre el modelo social que prefieren, coincidirían en poco, probablemente. ¿Entonces? Pues entonces sólo pasa que o bien son del mismo equipo (quiero decir forofos del mismo partido político) o bien andan moviendo el culete a ver si en ese partido les cae algo por montárselo de vigilantes de la playa ideológica, aunque la ideología suya de ellos sea verde y se la pueda comer cualquier burro.

¿Qué necesitarán dos personas que, por ejemplo, aquí y ahora quieran saber si mantienen acuerdos o desacuerdos ideológicos serios? Pues, antes que nada y como condición absolutamente ineludible, contarse sus respectivas ideologías y contrastarlas. Pero en serio. Cosa que rarísimamente ocurre, entre otras cosas por culpa de la maldita forofada de los partidos políticos, que hace más ruido que un emjambre de avispas en celo. ¡Qué aburrimiento, cielo santo, qué aburrimiento!

¿Les apetece que un día de éstos elaboremos un test de esos que podrían servir para ver diferencias y coincidencias ideológicas de verdad? Vale, pues a lo mejor lo hacemos. Con permiso de los nuevos fragas y los nuevos iribarnes. Claro. Pero ellos que se abstengan. Total, para qué. Que sigan vigilando con celo para su celo...

Todo el lote. Por Iñaki Ezkerra

(Publicado ayer, 28 de junio, en el El Correo)
Pasa con los bancos, los supermercados, las compras en general, los vendedores que llaman a nuestra puerta… En la vida diaria siempre que hacemos ademán de sacar la cartera para pagar algo que nos gusta hay alguien que surge de las tinieblas y que nos quiere vender todo el lote. Queremos abrir una cuenta corriente, comprar un queso o una película, leer tal libro, aceptar cualquier clase de oferta y entonces aparece la superoferta: “Si además de esa novela negra compramos la enciclopedia del género policíaco, la primera nos sale gratis, si en vez de un vídeo compramos tres, nos descuentan dos. Si en vez del queso compramos toda la tabla nos regalan un boleto para una rifa. Si además de la cuenta corriente abrimos un fondo de inversión y sacamos la tarjeta rosa o naranja nos dan un crédito. Y entonces es de lo más normal que haya personas que nos resistamos, que decimos que no queremos el lote entero, que queremos abrir una puñetera cuenta corriente, no convertirnos en accionistas del banco; que queremos un queso, no ser tahúres; que no queremos suscribirnos de por vida a ninguna editorial ni toda la filmografía de Bergman sino sólo una de sus pelis.
En realidad la vida consiste en esquivar todos los lotes enteros que te quieren endilgar. Y uno se pregunta por qué lo que es normal en las cosas de la existencia cotidiana no lo es en la política, por qué si uno valora que Felipe González nos metiera en la OTAN y el Mercado Común alguien interpreta que uno acepta también el lote felipista de los GAL, la cultura del pelotazo y de la corrupción. Uno se pregunta por qué no puede valorar la política antiterrorista y social-económica de Aznar sin que ello implique llevarse a casa el lote completo de la guerra de Irak y de su prepotencia y de esa manía que ahora le ha dado por pasar de ex político al increíble Hulk o a oráculo de todas las cosas que no hizo mientras mandaba.
¿Por qué no se puede criticar a Zapatero sin por eso tener que abrazar ni el liberalismo económico ni el integrismo católico? ¿Por qué hay que aceptar todo el lote del bando contrario al que se rechaza? ¿Por qué no se puede detestar tan sinceramente la extrema derecha como el buenismo progre como dos formas de la obnubilación mental y de la renuncia a entender la realidad? No digo que no habrá a quien le gusten y hasta le apasionen las grandes ofertas, o sea llevarse a casa todos los lotes de papel higiénico de la política nacional e internacional. Pero hay también quienes nos resistimos a esos tentadores chollos y porque rechacemos el lote completo de lo que nos quieren vender no renunciamos a tener una cuenta corriente normal y corriente (valga la redundancia) y a llevarnos a casa nuestra peliculita, nuestro librito y nuestro quesito. ¿Qué es poco? Igual a algunos eso nos parece el secreto de la vida. Igual somos la inmensa mayoría los que pensamos y sentimos así.

28 junio, 2010

Nuestro hombre en Helsinki (4). Por Fernando Losada

¡Aloha!

Hace dos meses que puse mis pies en tierras finlandesas. Dos meses que no sabría decir si se me han pasado volando o han cundido como una experiencia de un año y medio. No, lo cierto es que estoy falto de todo tipo de referencias, tanto espaciales como temporales. A ver cómo os lo explico... Vamos a empezar por el espacio. En España tenemos la suerte de tener el Sol como punto permanente de referencia. Sí, como buenos boy scouts sabréis que siempre sale por el Este y se pone por el Oeste, así que si estáis en una ciudad desconocida, simplemente consultando un mapa, mirando al Sol e, importante, controlando un poco si os habéis levantado con el amanecer, podéis orientaros perfectamente. Pero aquí, amigos, todo es distinto. Nada que no supiera al venir, pero hasta que no lo vives no te trastoca. Sí, porque aquí el Sol en esta época del año sale por el norte/noreste, cruza todos los puntos cardinales habidos y por haber y se pone dos o tres horas por el noroeste/norte. Es tal el desbarajuste que ni el musgo sabe hacia dónde debe orientarse para crecer... Deberían haber publicado un número especial de los Jóvenes Castores adaptando todas las técnicas de orientación y supervivencia a las tierras del norte. Yo lo hubiera agradecido.

Pero eso no es lo peor, ni mucho menos. La cosa se pone peliaguda cuando uno piensa en las referencias temporales. Porque, como digo, aquí el Sol cruza todos los puntos cardinales, pero nunca alcanza la vertical. Es decir, que parece que durante todo el día son las once de la mañana. Y claro, uno va con la energía a tope durante 20 horas durante tres días seguidos y se dice "wow! cómo cunden aquí los días", pero a la siguiente semana está fundido, y no consigue comprender cómo es que la mañana se alarga tanto y nunca llega el mediodía. Tampoco ayuda nada que esta gente se ponga a comer a las doce de la mañana (las once en España). A mí es que no me entra nada a esa hora, así que me quedo trabajando un poco más, pero claro, cuando yo como en la universidad la gente está con la merienda o la cena. No he conseguido aun adaptarme a los horarios (y eso que sólo hay una hora de diferencia). Supongo que cuando llegue el invierno y apenas haya luz la cosa será distinta...

Pero, como digo, hay muchos factores que no contribuyen nada a que deje de flotar en el espacio-tiempo finlandés. Uno de ellos es la comida en la universidad. Soy defensor de los restaurantes universitarios y comedores sociales, he comido buena parte de mi vida en ellos y he sobrevivido sin mayores problemas. Incluso es posible hacer rancho de calidad (unas lentejas en cantidades industriales no tienen por qué estar malas; preparar tropecientos pimientos rellenos es otra cosa, claro). Pero lo que me parece inconcebible es cómo organizan las cosas alimenticias estos señores. Veréis, resulta que aquí lo que se estila en los menús universitarios es tomarse una ensalada y un segundo plato. El postre es opcional. La idea en principio parece buena, pero si la variación en la ensalada consiste en poner unos días maíz y otros frutos secos manteniendo la lechuga, el tomate, la remolacha y la salsa césar, la cosa se vuelve monótona. Y qué decir del plato fuerte... pues que siempre consiste en arroz o patatas cocidas más lo que toque. Sé lo que estáis pensando, "no tiene por qué ser tan malo", pero lo es, porque "lo que toque" aquí significa una salsa que le da sabor al arroz. Es decir, que si tenemos estofado de ternera, pues es una cucharada de esa salsa con la que recubrimos el arroz; si son boquerones del báltico, lo mismo; y así hasta el infinito (aunque cuando hay salmón se esmeran y no lo ponen "en salsa", sino que tienes un trozo reconocible y visible ante tus ojos -acompañando el arroz o las patatas cocidas, claro). El resultado es que uno tiene la sensación permanente de déjà vu, lo que unido al desconcierto temporal empieza a resultar pesadito. Si a eso le añadimos que por la calle se ven unos coches de hace cincuenta años extremadamente bien cuidados (se queda uno pasmado mirándolos, y eso que yo soy lo más distante que pueda imaginarse de un fanático de los coches), uno comienza a preguntarse si no le habrá engullido una puerta espacio-temporal durante el vuelo a Helsinki...

Para más inri, Massimo, mi compañero de piso, ha recibido la visita de su novia y se han ido a recorrer el país, de modo que he estado a mis anchas por aquí. Nada malo, claro, pero si a eso le unimos que aquí San Juan (el midsummer o Juhanus) lo celebran desapareciendo de la ciudad y largándose a sus cabañas en los innumerables lagos del país, la cosa se pone tremenda. Porque en los últimos tres días ¡ni los cines estaban abiertos! Algo espeluznante para un cinéfilo. Si los cines cerraban, imaginaros el resto de actividades comerciales... ¡cero patatero! Y así estaba yo estos días, sin nadie a quién hablar, sin saber qué hora era, sin poder decir dónde estaba el norte simplemente mirando al Sol... Menos mal que me quedaba una referencia a la que aferrarme como un clavo ardiendo: el Mundial. Las cinco de la tarde llegaban cuando comenzaba el partido, porque lo que es el Sol no llegaba a mostrarse ni pelín decaído. Y a las nueve y media... pues más de lo mismo: el Sol en el mismo ángulo pero un poco más allá... Menos mal que tenemos Mundial, porque flotar solo por el éter finés, sin tener a quién hablar y dándole a la cabeza todo el día (es mí trabajo, qué le voy a hacer) puede resultar especialmente nocivo. Me di cuenta de ello cuando, de camino a la universidad, iba yo pensando en cosas que contaros en este correo: que si fíjate la arquitectura del museo de arte contemporáneo, que qué cosas se ven por la calle, que cómo la naturaleza llega hasta el corazón de la ciudad... y alguno de vosotros pensará que qué afortunado, que qué vida interior tan rica que tengo. Pues que sepáis que de la vida interior rica a volverse tarumba por estos lares hay un paso. Y muy corto.

Y para acabar este informe voy a ponerme un poco serio (más aun) y a trasladar esta idea de "carezco de toda referencia a la que aferrarme" a nuestra realidad política y social. Acabo de terminar de leer el último libro de Tony Judt, "III fares de land", y sólo puedo aconsejaros que os lo leáis tan pronto como podáis. Para los despistados que floten en el éter aun más alto que yo, les diré que este historiador hila muy fino. Ya lo hizo en su mastodóntico (en cuanto a lo excepcional de su contenido) "Postguerra", en el que explicaba como nadie la historia europea de la segunda mitad del siglo XX. Ahora se ha dedicado a interpretar los acontecimientos pasados de modo que puedan arrojar luz sobre muchas de las cosas que suceden en la vida política hoy en día y que nos producen esa sensación de azoramiento, cuando no de desazón. No es tan fácil explicar en un librito cuál es la relación (no sólo histórica) entre el estado de bienestar, el individualismo, la globalización, el capital, la moral y demás. Al leerle uno tiene la sensación de que lo que dice no es nada nuevo, pero lo importante es que hay una verdad de fondo en la sutil relación que va trenzando entre cada uno de los elementos, y que llega hasta nuestros días. En un momento en el que todos tenemos la sensación de que las cosas "nos suceden", de que no tenemos el control (ni podemos llegar a tenerlo) acerca de cómo funciona la sociedad, y mucho menos el mundo, Judt nos devuelve la confianza planteando las preguntas clave. Y, lo más importante, consigue hacernos sentir que en nuestra mano está cambiar las cosas porque, por fin, las comprendemos. No es poco.

Me temo que a pesar de mis esfuerzos este último párrafo no ha conseguido plasmar el entusiasmo que me ha despertado el libro. Ya me diréis cuando lo leáis (el libro, no el párrafo). En cualquier caso, yo ya estoy trabajando para cambiar el mundo. Pasito a paso, pero en ello estoy. Ya os contaré...

¡Un abrazo muy fuerte a todos!

26 junio, 2010

¿Por qué no "nunca mais" ahora?

Me llamarán cómplice objetivo de la reacción, compañero de viaje de los carcas y descreído de la verdadera fe, que es la fe de la mayoría, pero este reportaje de El Confidencial se las trae, sean las que sean las intenciones de ese diario digital, del autor de la información, del lector, del contralector y de la madre del cordero (pascual). Porque o alguien da una explicación buena y convincente -que seguro que la hay- de por qué los ecologistas del mundo unidos no le están montando un pitote de padre y muy señor mío a la BP en EEUU y a Obama por recibir sus donativos durante su campaña y por no apretarles luego las clavijas como es debido, o vamos a pensar lo que es inevitable pensar: que las ONGs son necesarias y de todo -yo doy mi óbolo regularmente para algunas de ellas y algunas de éstas-, sí, pero que esto empieza a mosquear. Si defendemos el medio ambiente, lo defendemos quien quiera que sea el que contamine y el que gobierne. Y si lo que defendemos en realidad es otra cosa, que se diga, rediez, que se diga.
¿Habría "nunca mais" si gobernara el tontaina de Bush? Mira que si el destino de los patos va a depender del ganso de turno...
Bien, aquí pongo la mejilla para los cachetes. Por no respetar la ortodoxia y no creer en nada. Y por leer lo que no debo. Mecachis. Que me quemen. Sólo exijo una cosa: que el que me azote lo haga por convicción y no porque cobra por ello.