03 noviembre, 2007

Venda. Por Iñaki Ezkerra

Representamos a la Justicia como una señora que sostiene una balanza en una mano y que lleva una venda puesta en los ojos. Esa venda simboliza la igualdad de los ciudadanos ante la Ley. Esa venda quiere decir que la Justicia debe aplicarse de un modo sistemático, indiscriminado y continuado, esto es que quienes la administran no pueden andar mirando dónde, cuándo o a quién van a aplicarla y menos supeditarse a un uso parcial, selectivo o táctico de ésta que le dicte un gobierno o cualquier otro de los poderes del Estado y menos en nombre de ningún criterio partidista ni de ningún objetivo político.

Pues bien, estas ideas que son básicas y elementales, estas verdades que son de Perogrullo parece que todavía no están claras entre nosotros. No lo están hasta el punto de que hay quienes se han tirado las tres décadas de nuestra democracia buscando el modo de quitarle la venda a la Justicia, de correr unos centímetros la venda para que esa buena mujer pueda ver un poco por encima del trapo, de hacerle unos agujeritos que se nos quieren presentar como veniales e inocuos cuando desvirtuarían su propia esencia y la convertirían justo en lo contrario de lo que es, en pura injusticia. No sé si se han dado cuenta de que una venda con agujeritos no es una venda sino un antifaz de caco. Aquí hay quien quiere convertir la estatua de la Justicia en un monumento a los “golfos apandadotes”, que son aquellos hermanos gorditos y delincuentes que salían en los tebeos de Walt Disney con unos antifaces de nacimiento que eran ya como una parte de la piel y que siempre andaban tramando la manera de asaltar el almacén del tío Gilito.

La cuestión de la Justicia no admite términos medios. Como la gestación o la muerte. No se puede “medio ilegalizar” a un partido como no se puede “medio embarazar” a alguien ni “matarle a nadie un poquito”. Como el juez que juega a eso y el fiscal que se adapta “a las nuevas circunstancias” por consigna de un Gobierno o los intereses de un partido no es un “medio juez” ni un “medio fiscal” sino un mal fiscal y un mal juez que están prevaricando a la vez que incurriendo en una antipedagogía de manual. Si la Justicia es rehabilitadora debe ser también pedagógica. Reinserción y pedagogía son conceptos que caminan juntos. Encarcelar a un tipo por el mismo hecho por el que un mes antes se le llamó “hombre de paz” es antipedagógico como castigar a un crío porque sí, por lo mismo por lo que se le premió el día anterior. Si ésa es la forma segura de crear niños monstruos, ¿qué no ocurrirá con
unos adultos que ya de por sí son lo bastante monstruosos?

Hay quien es muy sentimental y sufre al ver la venda que luce la estatua de la Justicia y se enternece ante la dama de piedra y hace ideología contra ese trozo de tela y quiere quitárselo. Y luego se lo pone a un ciudadano para pegarle un tiro en la nuca.
(Publicado en El Correo el 15 de octubre)

1 comentario:

Antón Lagunilla dijo...

Muy cierto el diagnóstico de Iñaki Ezkerra, pero aún más terrible que los intentos (muchas veces plenamente conseguidos) de instrumentalizar a la justicia, es la inexistencia de mecanismos legales y constitucionales que lo hagan imposible o, por lo menos, realmente difícil.

En una democracia que no fuera meramente formal y decorativa, todas y cada una de las intromisiones del ejecutivo en la administración de justicia deberían ser objetivo de comisiones de investigación parlamentarias, dirigidas por la oposición (no va el ejecutivo a controlarse a sí mismo), con obligación de comparecer antye la misma, sanción severa en caso de mentir, y públicas y televisadas.

Pero en nuestro imperfecto sistema constitucional, cosas así son imposibles. Sería preciso que la clase polìtica asumiera como esencial el funcionamiento de auténticos mecanismos de control parlamentario, de todos esos pesos y contrapesos que los sistemas anglosajones han sabido construir en siglos. Pero, sobre todas las cosas, sería necesaria una sociedad de ciudadanos, y no de meros súbditos ignorantes y desinformados, rehenes del demagógo de turno. Y esa es nuestra desgracia. Porque, en último término, temenos el sistema y los políticos que elegimos.