1. ¿Y qué, si se es nacionalista español? Tiene muchísima gracia que esté tan bien visto por tantos, que se sienten la mar de progres y avanzados de pensamiento, el ser nacionalista vasco, catalán o gallego, pero sea considerado retrógrado hasta la náusea el nacionalismo español. Yo, con mi presbicia, los veo estructuralmente idénticos. Al decir estructuralmente idénticos no me refiero a que el español o los otros puedan tener más o menos fundamento histórico (ay, los derechos históricos), social, político o del tipo que sea, sino a que las ideas de base, el juego conceptual y el esencialismo metafísico son exactamente los mismos, aun aplicados a diferente objeto. Igual que son estructuralmente idénticas las tres grandes religiones monoteístas, por mucho que luego cada una llame a su dios de una manera, haga distinta la lista de profetas, mande o no mande matar infieles o dibuje diferente las dichas de su paraíso particular. En medio de esa identidad básica, queda al gusto del individuo o a las servidumbres de su socialización el inclinarse por Alá o Yahvé, igual que el nacido en Combarro o Lalín puede elegir entre ser nacionalista español o gallego; o ateo, claro, y ahí es donde se apunta un servidor.
Apuesto a que Tato me replica que es imposible ser apátrida total, no llevar en las neuronas o los genes los patrones de alguna nación y el sentimiento filial por ella. Como el doctrinarismo nacionalista está tan cercanamente emparentado con la religión, eso me recuerda a cuando a los que nos proclamamos ateos nos vienen con eso de que es imposible ser ateo del todo o no llevar en una esquina del alma un resquicio de fe en el dios verdadero. Pues llevamos lo que ustedes quieran, educación judeo-cristiana, formación del espíritu nacional y lo que sea; pero no.
2. Alguien responderá que lo que hace odiosa la nación española es su condición opresora sobre otros pueblos o naciones que viven en el territorio del Estado español. Así, catalanes, vascos, gallegos, y puede que algunos más, estarían condenados a vivir en un Estado que no se corresponde con su verdadera nación propia, pues ese Estado se halla dominado por esa que se llama nación española y que no existe como tal, sino que no es más que el fruto del imperialismo castellano. Que sean España las Castillas, que acabe ahí el Estado español y que se deje a las demás naciones ibéricas sin Estado formar el suyo. Muy bonito, pero el problema está en la reversibilidad de tales argumentos. Pues da la casualidad de que del mismo modo que muchos, tal vez la mayoría, de los guipuzcoanos no quieren ser españoles, esto es, ciudadanos del Estado llamado España, muchos vitorianos, tal vez la mayoría, no quieren ser ciudadanos de un Estado vasco. ¿Y por qué tantos nacionalistas gallegos odian a los capitalinos coruñeses? Pues porque éstos suelen sentirse más españoles que gallegos. Así pues, ¿están dispuestos el nacionalismo vasco o el gallego a dejar fuera de su nación y del Estado que quieren llegar a ser a esos territorios o partes de la población que no tienen ninguna gana de cambiar de nacionalidad? Obviamente no, y con ello vuelven a reproducir exactamente los esquemas que critican en el nacionalismo español.
3. También me replicará más de uno que España ha oprimido a los “nacionales” de otros pueblos de este Estado, al hacer cosas tales como imponer el castellano, fomentar una mitología nacional unitaria y, en suma, no respetar suficientemente la diversidad de culturas y pueblos, tratando así de ahogar a esas naciones y de unificarlas bajo la idea fantasmagórica de una España unitaria. Ay, que me troncho con eso. Es cierto que así ocurrió en muy buena medida bajo el franquismo (al tiempo que Franco ponía lo mejor del tejido industrial y productivo en “naciones” como Cataluña y el País Vasco, y a Extremadura o Andalucía que les dieran por el saco, por no tener nación con la que tocarle los cataplines al régimen). ¿Así que está pero que muy mal imponer en todo un territorio una misma lengua, castigar o discriminar a los que no la hablen, sancionar a los que no rotulen los comercios en ella, etc., etc.? Pues sí, mire usted, está muy mal, y por eso, entre otras cosas, es odioso y liberticida el nacionalismo. Lo fue el de Franco, odioso, liberticida, monolítico, imperativo y gritón. Pero ahora da la casualidad de que aquel cabronazo de Franco ya no está y que el Estado español es considerablemente pluralista, reconoce y ampara la variedad lingüística -la seria, no empecemos otra vez a aturrar con inventos como el llionés-, permite a esas “naciones” unos grados notables de autonomía política y jurídica... Pero, ¿quién ocupa ahora el lugar del nacionalismo franquista? Los nacionalismos de esos territorios, ésos que frente a la pluralidad lingüística de castellano y lengua autóctona quieren el puro monolitismo idiomático, ésos que castigan y discriminan por razones lingüísticas, ésos que -en su grupo más extremo- llegan hasta a ver con simpatía a los que atentan y matan en nombre de la nación (mira, como Franco otra vez), ésos que anteponen los derechos colectivos a las libertades individuales, incluida la libertad para que cada cual hable lo que le salga de las narices y escriba o rotule idénticamente, sin ser por ello discriminado, castigado ni vilipendiado. ¿O acaso usted, amigo Tato, ve diferencias sustanciales entre el nacionalismo españolista de corte franquista y los nacionalismos de Esquerra, el Bloque, los batasunos o Eusko Alkartasuna y el PNV, cada cual con los matices de rigor? ¿Le parece a usted horrible que se obligue desde pequeñitos a los niños a cantar el himno nacional? Pues mire, mire lo que les gusta a don Antxo Quintana y compañía. Y, que yo sepa, en las escuelas “españolas” hace un porrón de décadas que no se fuerza a cantar el himno español. A mí en la mía de niño me obligaban, y por eso les cogí tantísimo asco a los nacionalismos que así lo hacen y a los santurrones del Volksgeist que se esponjan al escuchar himnos, ver ondear banderas, formar selecciones nacionales u organizar desfiles de grupos folklóricos aborígenes, en plan Educación y Descanso. Y dígame, repito, dónde se ve más eso en estos días.
4. ¿Concretamos más? No me siento nacionalista español porque me provocan repulsión los nacionalismos, ya lo he dicho. Uno es un maldito liberal individualista, con unos toques socialdemócratas de los de antes, de cuando había socialdemocracia y no este gato por liebre que nos dan ahora los mandangas del PSOE. España como concepto y como nación me trae completamente al fresco. Créame que a mí me importan usted, aquél y el otro de más allá y no me paro a pedir el pasaporte para establecer preferencias. ¿Que algún resabio me quedará de la cerrazón nacionalista y patriotera en que a todos nos educaron? Seguramente, y a lo mejor se nota cuando juega la selección española de baloncesto y me apetece que gane. Pero luego juega la de fútbol y siempre deseo que pierda, así que no sé. Pero, con mayor éxito o menor, contra tales resquicios de irracionalidad, fe barata y religiosidad primitiva lucho todo lo que puedo.
Bien, entonces vamos a su pregunta: ¿por qué no me meto más con el nacionalismo español que con los otros de estos pagos? Pues por las razones siguientes:
a) El nacionalismo español ya no tiene mucho, a mi modo de ver -usted legítimamente discrepará-, de aquel rancio nacionalismo franquista, al cual, como he dicho, se me parecen más los nacionalismos de Carod, Ibarretxe, Quintana, etc. Es ese tufo reaccionario, colectivista tirando a organicista, mitologizador y, en el fondo, desvergonzado y aprovechado en grado sumo, el que me excita la mala leche. A fin de cuentas, para gustos colores. Es por lo mismo que me produce más rechazo una religión cuanto más dogmática y manipuladora, cuanto más mentirosa y cuanto más aprovechados sus ministros. Y, del mismo modo que, a día de hoy, prefiero vivir rodeado de resabiados cristianos que de entusiastas musulmanes, y ya que no hay manera de dar con el paraíso de los descreídos, lo que queda de nacionalismo español sociológico y políticamente relevante me molesta menos que las -que yo considero- patochadas infumables de Carod y compañía. Pero ¿que usted me dice que hay un nacionalismo español que es igual de apestoso, el representado por el extremo más derechista del PP y por partidos falangistas y similares? Pues mire, en eso vamos a estar completamente de acuerdo y por eso me dan todos la misma grima, igual las juventudes del Esquerra que las juventudes de Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Tal cual. Y el día que el PSOE pacte con un partido falangista y nacionalista español de ese modo me van a oír. Pero da la casualidad que los cafres y reaccionarios con los que anda pactando ahora son los otros. Pues por eso.
b) Pese a la voluntad de cosmopolitismo de la que luego hablaré, creo que hoy por hoy los estados siguen siendo necesarios. Es decir, mientras no se consigan estructuras políticas y jurídicas supraestatales o aestatales que sean verdaderamente efectivas para el mantenimiento de un orden social mínimo, la garantía de los derechos principales de las personas y una mínima acción social de redistribución de la riqueza y de igualación de oportunidades entre los individuos. Ya está otra vez el dichoso rollo socialdemócrata, ¿ve? Pues bien, puestos a tener estados, me parece más útil uno mayor y fuerte. Entiéndase lo de la fortaleza en el sentido de su capacidad de maniobra, su resistencia frente a la presión de todo tipo de grupos económicos y su fuerza negociadora, todo ello basado en su riqueza en población productiva, bienes y recursos de todo tipo. Es éste un argumento que aquí y en otros lugares habrán leído, y mucho mejor expresado, en la pluma de mi amigo Paco Sosa. En otros términos, no se entiende por qué de poco para acá las gentes que se dicen de izquierda simpatizan más con los microestados anoréxicos que con los Estados que, por fuertes y eficientes, están en condiciones de plantar cara a multinacionales y grupos económicos y de hacer valer con espíritu universalista los más cruciales derechos; de la misma manera que no se comprende por qué del internacionalismo la izquierda ha pasado de sopetón a ese nacionalismo tradicionalista, esencialista, metafísico y opresivo que fue siempre patrimonio de la derechona más cerril. Misterios.
Ésa que acabo de expresar es la única razón por la que me parece que mejor estaríamos todos, castellanos, asturianos, gallegos, catalanes, vascos, murcianos, etc., etc., unidos en un Estado como Dios manda y arrimando el hombro solidariamente para mejorar las condiciones de vida de todos, y en particular de los más menesterosos, dentro y fuera de nuestras fronteras, en lugar de partirnos el alma y acabarnos la paciencia a base de querer cada cual arrimar el ascua a su sardina, dárselas cada uno de viejo hidalgo y descendiente de no sé qué pueblos fantasmales e inventarse señas de identidad que sean disculpa tonta para que cada cual se refugie en el desván de su casa a cultivar la memoria de los muertos y añorar los tiempos de viejas rencillas.
6. La anterior, como se ha visto, es una razón puramente instrumental o utilitarista. ¿Que éstos o aquéllos no están de acuerdo y prefieren irse ellos solos a adorar sus dioses antiguos, a hacerse pajas mentales y dárselas de catalanes viejos (¿se acuerdan de los castellanos viejos?), vascos incontaminados o celtas de ida y vuelta con parada y fonda en O Grove? Pues, mire, allá ellos y con su pan se lo coman. Por mí, como si se machacan el árbol genealógico con un par de piedras. Cada perro se lame su culo y tal. Si esto de Europa sigue adelante, mal que bien, si las fronteras van cayendo, si uno o sus hijos pueden ganarse la vida acá o allá -estoy feliz de tener un hijo ganándosela en el quinto pino, Suiza, y en cuanto pueda sacar a la pequeña Elsa de este país mohoso en que nos estamos convirtiendo, la saco, palabra-, si el saber buen castellano te ayuda a ir por el mundo y disfrutar de la vida, y más aún el inglés, pues ya está, no hay de qué preocuparse. Los que quieran quedarse en la Costa da Morte a cantar himnos y a imaginarse bosques animados, que se queden; los que prefieran hablar euskera solamente, que lo hablen; los que sean más felices rescatando recetas antiguas o tejiendo mantas en viejos telares, pues que se pongan a ello. Hagan juego, señores, y sírvanse a la carta. Yo lo único que pido es que no se fastidie a nadie que tenga otras expectativas y que para sus planes de vida quiera hablar castellano o inglés, ser directivo de una multinacional en lugar de dueño de una casa rural en el Ampurdán, o historiador del mundo en lugar de mero investigador de los archivos parroquiales de su pueblo.
Ah, ¿que además son mayoría los catalanes, vascos, gallegos, asturianos, canarios o melillenses que quieren largarse con la música a otra parte y no seguir llamándose españoles ni siendo ciudadanos de este Estado? Pues aire, sin resquemor. Ancha es Castilla; y el mundo más. Que cada palo aguante su vela. Hace mucho que escribí aquí -tal vez el amigo Tato no leía este modesto blog por entonces- que si yo tuviera el poder político una temporadita y una varita mágica para ejercerlo sin que me partieran la crisma, convocaría referendos de autodeterminación en todas partes en que haya una mínima inquietud en tal sentido. Con perfecta libertad y todas las garantías. ¿Que sale que éstos o aquéllos se van? Fíjate qué pérdida más terrible en estos tiempos de Europa, internacionalismo y globalización. ¿Qué sale que se quedan? Ah, pues encantados, pero se acabó la matraca por un mínimo de cincuenta años; y en autopistas, aeropuertos, trenes o casas de cultura van a tener exactamente en la misma proporción que los demás de este Estado, sin tantos pucheros, mimitos, aires de solterona ofendida ni hostias en vinagre -con perdón-.
¿Que se me ve una cierta acritud? Pues sí. La misma que tendría si viviera a gusto con una señora con la que pensaba que me entendía, en una relación que parecía agradable y beneficiosa para los dos. ¿Que de pronto ella se quiere ir a un convento de clausura? Hombre, pues me dará rabia, pero qué le vamos a hacer. Peor todavía será que antes de marcharse se dedique todo el maldito día a castigarme los higadillos con el cuento de que no la entiendo, no la valoro, no la aprecio lo suficiente y que me quiero gastar el patrimonio de sus antepasados. Hale, hale, que se vaya a la porra ella solita. Agur. Aunque, claro, yo me quedaré tan liberado de sus manías como puteado por lo que no pudo ser. Pues eso.
7. Esos juegos de palabras de que el internacionalismo es inter-naciones y tal quedan muy aparentes y muy apropiados para un torneo de ingenio. Pero nada más. Si yo me proclamo internacionalista y me vienen con ésas, seguiré pensando lo que pienso y, todo lo más, cambiaré el término con el que me expreso. Me llamaré cosmopolita o me inventaré un palabro tipo interhumanismo o bobada así. O ni siquiera, pues aceptar -aunque sea resignadamente- el Estado nación y el inter-nacionalismo no tiene por qué equivaler a comulgar con un concepto de nación tan absolutamente metafísico, sustancialista, reaccionario y poco grato para la autonomía individual como el que, por ejemplo, era propio del franquismo y lo es ahora de los nacionalismos postfranquistas catalán, vasco, gallego y español residual. En ese binomio de Estado y nación podemos hacer más hincapié en el Estado que en la nación y valorar los estados por su capacidad funcional y prestacional en lo que nos importa, en lugar de por ser prístino reflejo del espíritu de un pueblo o de la misteriosa esencia de una nación; o podemos entender la nación a modo de coyuntural agrupación de individuos con interés común en formar un Estado que garantice sus libertades, sus derechos políticos y sus derechos sociales, en vez de como plasmación de la personalidad de un pueblo que es así y asá desde el año de maricastaña. Podemos poner en la base del Estado una nación más rosseauniana que del gusto de Bonald, de Maistre, Donoso Cortés, Carl Schmitt, José Antonio Primo de Rivera... Y mire por donde y lo que son las cosas: esos nacionalistas catalanes, vascos o gallegos que dan el pego de progres y le roban la virtud a tanto pseudosociata se parecen mucho más a ésos últimos que al bueno de Juan-Jacobo. Y a Marx ni le cuento, de ése ya no les queda ni traza.
Disculpe, amigo Tato, la extensión de este panfleto, aunque supongo que no será lo último que sobre el tema nos digamos. En cualquier caso, creo que no deberíamos perder de vista que en la actualidad, aquí y ahora, el nacionalismo no es más que una rama de la picaresca. Ni más, ni menos. Esperemos que se quede ahí. Sí, también el español.