18 octubre, 2007

Sobre naciones. Para que lo entienda hasta el Tato.

Un amable visitante de este blog insiste en preguntarme si creo en nación alguna, tal vez en la nación española. Su sospecha es la habitual: si tan crítico y negativo es uno con los nacionalismos emergentes (emergen como setas en pinar), se deberá a que uno es un recalcitrante nacionalista español. Bien, pues definámonos sobre estas cosas.
1. ¿Y qué, si se es nacionalista español? Tiene muchísima gracia que esté tan bien visto por tantos, que se sienten la mar de progres y avanzados de pensamiento, el ser nacionalista vasco, catalán o gallego, pero sea considerado retrógrado hasta la náusea el nacionalismo español. Yo, con mi presbicia, los veo estructuralmente idénticos. Al decir estructuralmente idénticos no me refiero a que el español o los otros puedan tener más o menos fundamento histórico (ay, los derechos históricos), social, político o del tipo que sea, sino a que las ideas de base, el juego conceptual y el esencialismo metafísico son exactamente los mismos, aun aplicados a diferente objeto. Igual que son estructuralmente idénticas las tres grandes religiones monoteístas, por mucho que luego cada una llame a su dios de una manera, haga distinta la lista de profetas, mande o no mande matar infieles o dibuje diferente las dichas de su paraíso particular. En medio de esa identidad básica, queda al gusto del individuo o a las servidumbres de su socialización el inclinarse por Alá o Yahvé, igual que el nacido en Combarro o Lalín puede elegir entre ser nacionalista español o gallego; o ateo, claro, y ahí es donde se apunta un servidor.
Apuesto a que Tato me replica que es imposible ser apátrida total, no llevar en las neuronas o los genes los patrones de alguna nación y el sentimiento filial por ella. Como el doctrinarismo nacionalista está tan cercanamente emparentado con la religión, eso me recuerda a cuando a los que nos proclamamos ateos nos vienen con eso de que es imposible ser ateo del todo o no llevar en una esquina del alma un resquicio de fe en el dios verdadero. Pues llevamos lo que ustedes quieran, educación judeo-cristiana, formación del espíritu nacional y lo que sea; pero no.
2. Alguien responderá que lo que hace odiosa la nación española es su condición opresora sobre otros pueblos o naciones que viven en el territorio del Estado español. Así, catalanes, vascos, gallegos, y puede que algunos más, estarían condenados a vivir en un Estado que no se corresponde con su verdadera nación propia, pues ese Estado se halla dominado por esa que se llama nación española y que no existe como tal, sino que no es más que el fruto del imperialismo castellano. Que sean España las Castillas, que acabe ahí el Estado español y que se deje a las demás naciones ibéricas sin Estado formar el suyo. Muy bonito, pero el problema está en la reversibilidad de tales argumentos. Pues da la casualidad de que del mismo modo que muchos, tal vez la mayoría, de los guipuzcoanos no quieren ser españoles, esto es, ciudadanos del Estado llamado España, muchos vitorianos, tal vez la mayoría, no quieren ser ciudadanos de un Estado vasco. ¿Y por qué tantos nacionalistas gallegos odian a los capitalinos coruñeses? Pues porque éstos suelen sentirse más españoles que gallegos. Así pues, ¿están dispuestos el nacionalismo vasco o el gallego a dejar fuera de su nación y del Estado que quieren llegar a ser a esos territorios o partes de la población que no tienen ninguna gana de cambiar de nacionalidad? Obviamente no, y con ello vuelven a reproducir exactamente los esquemas que critican en el nacionalismo español.
3. También me replicará más de uno que España ha oprimido a los “nacionales” de otros pueblos de este Estado, al hacer cosas tales como imponer el castellano, fomentar una mitología nacional unitaria y, en suma, no respetar suficientemente la diversidad de culturas y pueblos, tratando así de ahogar a esas naciones y de unificarlas bajo la idea fantasmagórica de una España unitaria. Ay, que me troncho con eso. Es cierto que así ocurrió en muy buena medida bajo el franquismo (al tiempo que Franco ponía lo mejor del tejido industrial y productivo en “naciones” como Cataluña y el País Vasco, y a Extremadura o Andalucía que les dieran por el saco, por no tener nación con la que tocarle los cataplines al régimen). ¿Así que está pero que muy mal imponer en todo un territorio una misma lengua, castigar o discriminar a los que no la hablen, sancionar a los que no rotulen los comercios en ella, etc., etc.? Pues sí, mire usted, está muy mal, y por eso, entre otras cosas, es odioso y liberticida el nacionalismo. Lo fue el de Franco, odioso, liberticida, monolítico, imperativo y gritón. Pero ahora da la casualidad de que aquel cabronazo de Franco ya no está y que el Estado español es considerablemente pluralista, reconoce y ampara la variedad lingüística -la seria, no empecemos otra vez a aturrar con inventos como el llionés-, permite a esas “naciones” unos grados notables de autonomía política y jurídica... Pero, ¿quién ocupa ahora el lugar del nacionalismo franquista? Los nacionalismos de esos territorios, ésos que frente a la pluralidad lingüística de castellano y lengua autóctona quieren el puro monolitismo idiomático, ésos que castigan y discriminan por razones lingüísticas, ésos que -en su grupo más extremo- llegan hasta a ver con simpatía a los que atentan y matan en nombre de la nación (mira, como Franco otra vez), ésos que anteponen los derechos colectivos a las libertades individuales, incluida la libertad para que cada cual hable lo que le salga de las narices y escriba o rotule idénticamente, sin ser por ello discriminado, castigado ni vilipendiado. ¿O acaso usted, amigo Tato, ve diferencias sustanciales entre el nacionalismo españolista de corte franquista y los nacionalismos de Esquerra, el Bloque, los batasunos o Eusko Alkartasuna y el PNV, cada cual con los matices de rigor? ¿Le parece a usted horrible que se obligue desde pequeñitos a los niños a cantar el himno nacional? Pues mire, mire lo que les gusta a don Antxo Quintana y compañía. Y, que yo sepa, en las escuelas “españolas” hace un porrón de décadas que no se fuerza a cantar el himno español. A mí en la mía de niño me obligaban, y por eso les cogí tantísimo asco a los nacionalismos que así lo hacen y a los santurrones del Volksgeist que se esponjan al escuchar himnos, ver ondear banderas, formar selecciones nacionales u organizar desfiles de grupos folklóricos aborígenes, en plan Educación y Descanso. Y dígame, repito, dónde se ve más eso en estos días.
4. ¿Concretamos más? No me siento nacionalista español porque me provocan repulsión los nacionalismos, ya lo he dicho. Uno es un maldito liberal individualista, con unos toques socialdemócratas de los de antes, de cuando había socialdemocracia y no este gato por liebre que nos dan ahora los mandangas del PSOE. España como concepto y como nación me trae completamente al fresco. Créame que a mí me importan usted, aquél y el otro de más allá y no me paro a pedir el pasaporte para establecer preferencias. ¿Que algún resabio me quedará de la cerrazón nacionalista y patriotera en que a todos nos educaron? Seguramente, y a lo mejor se nota cuando juega la selección española de baloncesto y me apetece que gane. Pero luego juega la de fútbol y siempre deseo que pierda, así que no sé. Pero, con mayor éxito o menor, contra tales resquicios de irracionalidad, fe barata y religiosidad primitiva lucho todo lo que puedo.
Bien, entonces vamos a su pregunta: ¿por qué no me meto más con el nacionalismo español que con los otros de estos pagos? Pues por las razones siguientes:
a) El nacionalismo español ya no tiene mucho, a mi modo de ver -usted legítimamente discrepará-, de aquel rancio nacionalismo franquista, al cual, como he dicho, se me parecen más los nacionalismos de Carod, Ibarretxe, Quintana, etc. Es ese tufo reaccionario, colectivista tirando a organicista, mitologizador y, en el fondo, desvergonzado y aprovechado en grado sumo, el que me excita la mala leche. A fin de cuentas, para gustos colores. Es por lo mismo que me produce más rechazo una religión cuanto más dogmática y manipuladora, cuanto más mentirosa y cuanto más aprovechados sus ministros. Y, del mismo modo que, a día de hoy, prefiero vivir rodeado de resabiados cristianos que de entusiastas musulmanes, y ya que no hay manera de dar con el paraíso de los descreídos, lo que queda de nacionalismo español sociológico y políticamente relevante me molesta menos que las -que yo considero- patochadas infumables de Carod y compañía. Pero ¿que usted me dice que hay un nacionalismo español que es igual de apestoso, el representado por el extremo más derechista del PP y por partidos falangistas y similares? Pues mire, en eso vamos a estar completamente de acuerdo y por eso me dan todos la misma grima, igual las juventudes del Esquerra que las juventudes de Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Tal cual. Y el día que el PSOE pacte con un partido falangista y nacionalista español de ese modo me van a oír. Pero da la casualidad que los cafres y reaccionarios con los que anda pactando ahora son los otros. Pues por eso.
b) Pese a la voluntad de cosmopolitismo de la que luego hablaré, creo que hoy por hoy los estados siguen siendo necesarios. Es decir, mientras no se consigan estructuras políticas y jurídicas supraestatales o aestatales que sean verdaderamente efectivas para el mantenimiento de un orden social mínimo, la garantía de los derechos principales de las personas y una mínima acción social de redistribución de la riqueza y de igualación de oportunidades entre los individuos. Ya está otra vez el dichoso rollo socialdemócrata, ¿ve? Pues bien, puestos a tener estados, me parece más útil uno mayor y fuerte. Entiéndase lo de la fortaleza en el sentido de su capacidad de maniobra, su resistencia frente a la presión de todo tipo de grupos económicos y su fuerza negociadora, todo ello basado en su riqueza en población productiva, bienes y recursos de todo tipo. Es éste un argumento que aquí y en otros lugares habrán leído, y mucho mejor expresado, en la pluma de mi amigo Paco Sosa. En otros términos, no se entiende por qué de poco para acá las gentes que se dicen de izquierda simpatizan más con los microestados anoréxicos que con los Estados que, por fuertes y eficientes, están en condiciones de plantar cara a multinacionales y grupos económicos y de hacer valer con espíritu universalista los más cruciales derechos; de la misma manera que no se comprende por qué del internacionalismo la izquierda ha pasado de sopetón a ese nacionalismo tradicionalista, esencialista, metafísico y opresivo que fue siempre patrimonio de la derechona más cerril. Misterios.
Ésa que acabo de expresar es la única razón por la que me parece que mejor estaríamos todos, castellanos, asturianos, gallegos, catalanes, vascos, murcianos, etc., etc., unidos en un Estado como Dios manda y arrimando el hombro solidariamente para mejorar las condiciones de vida de todos, y en particular de los más menesterosos, dentro y fuera de nuestras fronteras, en lugar de partirnos el alma y acabarnos la paciencia a base de querer cada cual arrimar el ascua a su sardina, dárselas cada uno de viejo hidalgo y descendiente de no sé qué pueblos fantasmales e inventarse señas de identidad que sean disculpa tonta para que cada cual se refugie en el desván de su casa a cultivar la memoria de los muertos y añorar los tiempos de viejas rencillas.
6. La anterior, como se ha visto, es una razón puramente instrumental o utilitarista. ¿Que éstos o aquéllos no están de acuerdo y prefieren irse ellos solos a adorar sus dioses antiguos, a hacerse pajas mentales y dárselas de catalanes viejos (¿se acuerdan de los castellanos viejos?), vascos incontaminados o celtas de ida y vuelta con parada y fonda en O Grove? Pues, mire, allá ellos y con su pan se lo coman. Por mí, como si se machacan el árbol genealógico con un par de piedras. Cada perro se lame su culo y tal. Si esto de Europa sigue adelante, mal que bien, si las fronteras van cayendo, si uno o sus hijos pueden ganarse la vida acá o allá -estoy feliz de tener un hijo ganándosela en el quinto pino, Suiza, y en cuanto pueda sacar a la pequeña Elsa de este país mohoso en que nos estamos convirtiendo, la saco, palabra-, si el saber buen castellano te ayuda a ir por el mundo y disfrutar de la vida, y más aún el inglés, pues ya está, no hay de qué preocuparse. Los que quieran quedarse en la Costa da Morte a cantar himnos y a imaginarse bosques animados, que se queden; los que prefieran hablar euskera solamente, que lo hablen; los que sean más felices rescatando recetas antiguas o tejiendo mantas en viejos telares, pues que se pongan a ello. Hagan juego, señores, y sírvanse a la carta. Yo lo único que pido es que no se fastidie a nadie que tenga otras expectativas y que para sus planes de vida quiera hablar castellano o inglés, ser directivo de una multinacional en lugar de dueño de una casa rural en el Ampurdán, o historiador del mundo en lugar de mero investigador de los archivos parroquiales de su pueblo.
Ah, ¿que además son mayoría los catalanes, vascos, gallegos, asturianos, canarios o melillenses que quieren largarse con la música a otra parte y no seguir llamándose españoles ni siendo ciudadanos de este Estado? Pues aire, sin resquemor. Ancha es Castilla; y el mundo más. Que cada palo aguante su vela. Hace mucho que escribí aquí -tal vez el amigo Tato no leía este modesto blog por entonces- que si yo tuviera el poder político una temporadita y una varita mágica para ejercerlo sin que me partieran la crisma, convocaría referendos de autodeterminación en todas partes en que haya una mínima inquietud en tal sentido. Con perfecta libertad y todas las garantías. ¿Que sale que éstos o aquéllos se van? Fíjate qué pérdida más terrible en estos tiempos de Europa, internacionalismo y globalización. ¿Qué sale que se quedan? Ah, pues encantados, pero se acabó la matraca por un mínimo de cincuenta años; y en autopistas, aeropuertos, trenes o casas de cultura van a tener exactamente en la misma proporción que los demás de este Estado, sin tantos pucheros, mimitos, aires de solterona ofendida ni hostias en vinagre -con perdón-.
¿Que se me ve una cierta acritud? Pues sí. La misma que tendría si viviera a gusto con una señora con la que pensaba que me entendía, en una relación que parecía agradable y beneficiosa para los dos. ¿Que de pronto ella se quiere ir a un convento de clausura? Hombre, pues me dará rabia, pero qué le vamos a hacer. Peor todavía será que antes de marcharse se dedique todo el maldito día a castigarme los higadillos con el cuento de que no la entiendo, no la valoro, no la aprecio lo suficiente y que me quiero gastar el patrimonio de sus antepasados. Hale, hale, que se vaya a la porra ella solita. Agur. Aunque, claro, yo me quedaré tan liberado de sus manías como puteado por lo que no pudo ser. Pues eso.
7. Esos juegos de palabras de que el internacionalismo es inter-naciones y tal quedan muy aparentes y muy apropiados para un torneo de ingenio. Pero nada más. Si yo me proclamo internacionalista y me vienen con ésas, seguiré pensando lo que pienso y, todo lo más, cambiaré el término con el que me expreso. Me llamaré cosmopolita o me inventaré un palabro tipo interhumanismo o bobada así. O ni siquiera, pues aceptar -aunque sea resignadamente- el Estado nación y el inter-nacionalismo no tiene por qué equivaler a comulgar con un concepto de nación tan absolutamente metafísico, sustancialista, reaccionario y poco grato para la autonomía individual como el que, por ejemplo, era propio del franquismo y lo es ahora de los nacionalismos postfranquistas catalán, vasco, gallego y español residual. En ese binomio de Estado y nación podemos hacer más hincapié en el Estado que en la nación y valorar los estados por su capacidad funcional y prestacional en lo que nos importa, en lugar de por ser prístino reflejo del espíritu de un pueblo o de la misteriosa esencia de una nación; o podemos entender la nación a modo de coyuntural agrupación de individuos con interés común en formar un Estado que garantice sus libertades, sus derechos políticos y sus derechos sociales, en vez de como plasmación de la personalidad de un pueblo que es así y asá desde el año de maricastaña. Podemos poner en la base del Estado una nación más rosseauniana que del gusto de Bonald, de Maistre, Donoso Cortés, Carl Schmitt, José Antonio Primo de Rivera... Y mire por donde y lo que son las cosas: esos nacionalistas catalanes, vascos o gallegos que dan el pego de progres y le roban la virtud a tanto pseudosociata se parecen mucho más a ésos últimos que al bueno de Juan-Jacobo. Y a Marx ni le cuento, de ése ya no les queda ni traza.
Disculpe, amigo Tato, la extensión de este panfleto, aunque supongo que no será lo último que sobre el tema nos digamos. En cualquier caso, creo que no deberíamos perder de vista que en la actualidad, aquí y ahora, el nacionalismo no es más que una rama de la picaresca. Ni más, ni menos. Esperemos que se quede ahí. Sí, también el español.
PD.- La foto ha sido tomada hoy mismo por un servidor en la Plaza Mayor de Salamanca. Tiene su aquel.

6 comentarios:

fernando dijo...

Felicitaciones, estimado Dr. Garciamado. Esta ha sido una de las entradas para recordar.
Saludos

Antón Lagunilla dijo...

Apreciado Juan Antonio:

Algunos de los problemas de llevar a cabo refrendos de autodeterminación para todo el que quiera:

- Aprobada por referendum la independencia ¿qué pasa con las minorías (que puden ser del 49 %, o del 25 %, tando dá) que pierden el refrendo? ¿Ajo y agua? ¿El exilio? ¿la catalanización -es un poner- forzosa? ¿Sea cual sea el respeto de las libertades individuales -incluidas las de las minorías- por parte del nuevo estado?

- Los que deciden independizarse, ¿han de rendir cuentas a los demás o no? Si es que no, me parece no solo mucha cara, sino un expolio al resto. Por poner un ejemplo: para favorecer la potente industria textil catalana, el Estado español impuso aranceles a la importación de productos textiles para que los tejidos catalares gozaran, en la práctica, de un monopolio cuasi perfecto en el mercado español. En plata: la industria textil catalana prosperó porque los españoles, catalanes incluídos, no teníamos posibilidad de acceder a productos textiles más baratos, importados de terceros países, y estábamos obligados a comprar textiles catalanes, mucho más caros. Y así desde décadas antes de Franco, con Franco, y después de Franco (confundir el capitalismo monopolista con el franquismo produce risa), hasta que nuestro ingreso en la CEE cambió -en parte- las normas de juego, al sustraer al Estado español parte de su capacidad para establecer unilaterlamente aranceles. El textil es un ejemplo, pero igual pasó con el carbón, con el acero, con la industria naval, etc. etc. ¿Perjudicados? Todos los consumidores españoles. ¿Beneficiados? Las burguesías industriales y comerciales, principalmente calatalanas y vascas. Las mismas que ahora dan su apoyo a los nacionalistas respectivos. Eso por no hablar de las migraciones interiores que produjo este modelo de desarrollo, que primaba a unos territorios a costa de los otros. ¿De todo esto no debe guardarse memoria histórica? ¿Se independizan, y ya está?. Porque no se van a un convento, como dice usted, sino que montan el convento en las mejores habitaciones de la casa, quedándose con los muebles que hemos pagado entre todos (y que también son los mejores muebles), y obligando a los que hasta ahora convívían en dichas estancias a ponerse los hábitos o a largarse al pasillo con lo puesto.

Así que, en mi opinión, conviene no perder nunca de vista que los nacionalismos que defienden la autodeterminación y la independencia lo que pretenden realmente es el saqueo del resto en lo que se pueda. Lo demás-la historia ancestral, el victimismo, la apelación a la propia personalidad como pueblo, etc. etc.- no es sino retórica barata al servicio de aquella finalidad.

¿Cuando nos convenceremos de que todo nacionalismo no pretende sino privilegios y de que, por tanto, es radicalmente contrario a cualquier idea de igualitarismo?

roland freisler dijo...

Hay una cosa que Vd no termina de explicar nada bien : ¿cómo puede ser factible a día de hoy un individualismo liberal y a la vez socialdemócrata de antes ? ¿de antes de cuándo?
Dice también que le dan la misma grima las juventudes de Falange que las de ERC , Vd no conoce a ninguna de las dos, conoce las imágenes que quiere mostrarle la TVE y la prensa del sistema. Por lo menos en esos partidos hay juventud ¿las hay en el PPOE?
Me parece una ligereza afirmar que es socialdemócrata la existencia actual de los Estados mientras tal y cual pascual, eso es lógico, no es de socialdemócratas. Entre otras razones porque sus argumentos están apoyados por la autoridad del maestro Sosa Wagner que no es socialdemócrata, ni socialista, ni puta falta que le hace al maestro el serlo.
Y no olvide que si tuviese Vd la varita mágica para organizar referendums de autodeterminación deberíamos votar todos los españoles porque nos veríamos privados de elegir si en el futuro yo voy a ser considerado extranjero en donde hoy soy nacional.
Es de admirar su "greguería" acerca del nacionalismo regionalista : es una rama de la picaresca.

Tato dijo...

Estimado Garciamado:

Le agradezco el empeño y la dedicación que le ha otorgado a la contestación de mi pregunta. Es una lástima que el resultado haya sido tan insatisfactorio (y curiosamente tan loado: Fernando, no confundas la brillantez con el refrendo de tu propia confusión mental). Me explicaré.
Si yo le inquiero acerca de su opinión sobre la nación española no es porque presuponga que es usted un ultramontano nacionalista español. Es, simplemente, porque a tenor de lo que he leído en este blog, creo que es usted un nacionalista español (sin más) y me parecía incongruente con ciertas declaraciones suyas -que luego se han visto confirmadas en el resto de su escrito- en las que niega ser nacionalista de ningún tipo. Esto es, no comprendía que alguien tan genéricamente antinacionalista pudiera, sin embargo, escorarse tanto en sus críticas y ver sólo los defectos en uno de los bandos. Pero ya me ha quedado claro. A usted todos los nacionalismos le parecen “estructuralmente iguales”. Esta opinión es tan indefendible –y, penosamente, tan frecuente- que sólo le dedicaré una línea. Si a usted le parece igual el nacionalismo de Inestrillas al de Aznar o al de Bono o al de Santiago Abascal, entonces apaga y vámonos. Y si sólo es igual la estructura, entonces le ruego que me diga que entiende por tal (la comodidad de términos como estructura o dialéctica reside en que camuflan el desconocimiento que, de este modo, se parapeta ante la crítica). O, casi mejor, no me lo diga, porque la ejemplificación subsiguiente, la que aclara las dudas sobre qué es la estructura, es de traca. Las tres grandes religiones monoteístas son, al parecer, estructuralmente iguales –¿las tres creen en un solo dios verdadero?, ¿las tres tienen lugares de culto?...- Eso es tan simple y tan grotesco como decir que las mujeres, que son también estructuralmente iguales entre sí -¿lo duda? ¿las ha visto desnudas?- son todas imbéciles. Yo conozco una que es imbécil de solemnidad y, dada la susodicha identidad estructural, deduzco la imbecilidad genérica. Ese es, Garciamado, el tenor de su razonamiento. Y si quiere ir más al fondo, equiparar las tres religiones y pensar que su estructura las agrupa en un conjunto más o menos homogéneo es de nuevo un dislate mayúsculo. Había pensado en recomendarle el libro de Gauchet sobre el asunto pero veo con cierta satisfacción –no poco estupefacta- que, más adelante, es usted el que aporta pruebas que lo combaten (refutarlo a usted es una delicia, puesto que se cuenta con la inestimable colaboración de usted mismo…). En efecto, manifiesta usted su congratulación por pertenecer al entorno cristiano y no al musulmán –con razón, creo yo, pero, ¿no eran estructuralmente iguales? ¿no le tendría a usted que dar estructuralmente igual?-. Y ello porque históricamente han demostrado ser dos cosas radicalmente diferentes. Para empezar el cristianismo pudo convivir con la ilustración. Hoy no podemos hablar de fundamentalismo cristiano sin saber que estamos distorsionando el término fundamentalismo. Si la estructura idéntica redunda en que pueden ser realidades funcional y prácticamente diferentes, entonces no veo la utilidad de la equiparación.
Hasta aquí tenemos que todos los nacionalismos son iguales (estructuralmente). Sin embargo (y de ahí, entre otros motivos, mi sospecha acerca de su criptonacionalismo) no ve usted ningún tipo de matiz en el nacionalismo periférico y sí en cambio lo aprecia en el nacionalismo español –lo hay cerril, pero también majete, constitucional, moderado, etc.-. Tan es así que me llega a preguntar, por pura provocación supongo, pero entro al trapo, si veo diferencia entre el falangismo y ERC o el Bloque. Yo veo parecidos entre las juventudes del PP que abuchean a políticos que hablan catalán en Madrid y entre las de ERC que no dejan que Piqué dé un mitin. Esta sí es una intolerancia estructural. Pero ninguna de esas dos formaciones guarda relación con lo que es, pero sobre todo con lo que fue, la falange. Es impropio de usted decir algo así. La alusión al Bloque se me escapa pues, hasta donde sé, no han tenido actuaciones que resistan la menor comparación con el fascismo.
Hay algo que usted y yo, que soy nacionalista al menos en un sentido laxo de la palabra, compartimos. Y es el horror que, según veo, compartimos ante la fundamentación nacionalista de ciertas cosas –lo que usted llama organicismo, mitologización, etc.- Y lo compartimos acerca de todo nacionalismo –creo que tendrá que revisar su clasificación en lo tocante a los nacionalistas periféricos: yo no le encajo-. Pero hay algo por lo que me considero nacionalista: creo que existe una realidad sociológica que se llama nación y que a esa realidad le asiste un derecho –sí, colectivo- de decidir acerca de su quehacer político. Para mi sorpresa, al final de su respuesta me recuerda que hace tiempo habló del asunto y que su conclusión era que –cito literalmente- “si yo tuviera el poder político una temporadita y una varita mágica para ejercerlo sin que me partieran la crisma, convocaría referendos de autodeterminación en todas partes en que haya una mínima inquietud en tal sentido”. Albricias!! Antes no veía y ahora veo!! ¿Cómo no se me ocurrió antes, ni a mi ni a Mazzini, nada parecido? Hasta ahora, cada vez que yo planteada el derecho de autodeterminación de las naciones, se me venía encima un aluvión de descalificaciones y de objeciones sutiles sobre el sujeto, el procedimiento, etc. Es lo que tiene discutir con individualistas-liberales-pelín socialdemócratas como los de antes. Pero ahora…. Resuelto. Ahora soy garciamadista y estoy blindado tanto por el origen –mi nueva fe se origina en un pensador antinacionalista, antiorganicista, etc.- como por el contenido de mi doctrina: ya no me hacen falta las naciones. Me bastan con –como era?- partes en que haya inquietud por la autodeterminación. Esas partes, lo digo a efectos prácticos, habrá que llamarlas de algún modo para no confundirlas con otras partes que no tengan ese derecho (porque, amado garcíaamado, prócer y nuevo gurú de mis entretelas: no toda parte del Estado –mi vecindario, por ejemplo- tendrá derecho a la secesión no?) Yo propongo llamar a esas partes con derecho a proclamar su independencia, en deferencia a su descubridor, garciamadones. En España, pues, hay garciamadones que tienen derecho a decidir sobre su adscripción al Estado. Yo firmo eso y abdico de mi anterior creencia nacionalista. Pero, carismático maestro, ¿y si, como usted recomienda, decidimos darle a las palabras la importancia justa y prescindimos del personalismo? ¿Y si a los garciamadones los llamamos naciones? (por aquello de poder entendernos con los demás, ya me entiende). Entonces tenemos que su punto de vista es el de que en España existen naciones con derecho de autodeterminación. Ese es el punto de vista del nacionalismo, señor mío. Sucede que en un hipotético plebiscito usted votaría que no a la secesión –porque es usted nacionalista español, y eso me parece de perlas- y yo que sí –porque soy nacionalista vasco-. Pero ambos somos nacionalistas, según parece, al menos en ese sentido laxo del que hablaba antes. Acontece, garciamado, que ese derecho que a usted le parece tan de cajón no existe en España. Cuando exista y se ejercite (y en el supuesto de que la secesión, pongamos por caso, de Galicia, se realice) entonces Y SÓLO ENTONCES me opondré a que el Anxo Quintana de turno le enseñe el himno a mis hijos: le va usted con sus milongas patrioteras a otra parte, señor Quintana. Hasta que llegue ese momento, sin embargo, pensaré que la enseñanza del himno gallego posibilita que, en un futuro, los garciamadones puedan decidir sobre su futuro. Hasta pronto. Y zin acritú.

Garciamado dijo...

Pues nada, Tato. Estupendo.
Cuando "Sacapuntas" haga una convocatoria para volver a ser dúo (ya sabe que el pobre Manuel Sarria se quedó solo tras el fallecimiento de Juan R. Mateo) no deje de presentarse. Entretanto, mis saludos con el afecto de siempre.
Ah, y no me lo tome como que le llamo humorista, para nada, ni porque me parezcan risibles sus argumentos, que no. Es que hay que ver cómo le saca punta a lo que le echen. Pues nada, nada, a seguir así de feliz y descubriendo nacionalistas a golpe de martillo. Le deseo sinceramente lo mejor.

roland freisler dijo...

Tato
Dice Vd que cree que hay una realidad sociológica que se llama nación y bla, bla, bla,..., pero es que da la casualidad que estamos en el XXI y que dentro de unos años, pongamos que en Bilbao o San Sebastián que dicen que es más abertzale, existen más extracomunitarios que vascos que encuentran ese lugar agradable para iniciar una nueva vida y aman y sienten ese lugar como propio y que no les sale de sus caprichos ni hablar vasco ni que les pongan la bandera vasca y ni policía autónoma ni ostias porque se inmolan en un momentín y vascos los hay contaos pero extracomunitarios a montones y por cada uno que se inmole vienen 5000 más, pero los vascos se van acabando y tendrían que pactar algo que no hay gudaris para tanto poblador. ¿Dónde se queda entonces su identidad sociológica y sus craneos y su idioma tan genuino y diferenciado? Pero ¿Vd se cree de verdad que Vascongadas es una nación? , entonces mi barrio también , por las mismas razones que Vd diga y si no dígame sus argumentos que se los traslado yo en un momento a mi barrio.
Tiene razón Garciamado : el nacionalismo desmembrador es una rama de la picaresca.