18 octubre, 2007

Sobre naciones. Para que lo entienda hasta el Tato.

Un amable visitante de este blog insiste en preguntarme si creo en nación alguna, tal vez en la nación española. Su sospecha es la habitual: si tan crítico y negativo es uno con los nacionalismos emergentes (emergen como setas en pinar), se deberá a que uno es un recalcitrante nacionalista español. Bien, pues definámonos sobre estas cosas.
1. ¿Y qué, si se es nacionalista español? Tiene muchísima gracia que esté tan bien visto por tantos, que se sienten la mar de progres y avanzados de pensamiento, el ser nacionalista vasco, catalán o gallego, pero sea considerado retrógrado hasta la náusea el nacionalismo español. Yo, con mi presbicia, los veo estructuralmente idénticos. Al decir estructuralmente idénticos no me refiero a que el español o los otros puedan tener más o menos fundamento histórico (ay, los derechos históricos), social, político o del tipo que sea, sino a que las ideas de base, el juego conceptual y el esencialismo metafísico son exactamente los mismos, aun aplicados a diferente objeto. Igual que son estructuralmente idénticas las tres grandes religiones monoteístas, por mucho que luego cada una llame a su dios de una manera, haga distinta la lista de profetas, mande o no mande matar infieles o dibuje diferente las dichas de su paraíso particular. En medio de esa identidad básica, queda al gusto del individuo o a las servidumbres de su socialización el inclinarse por Alá o Yahvé, igual que el nacido en Combarro o Lalín puede elegir entre ser nacionalista español o gallego; o ateo, claro, y ahí es donde se apunta un servidor.
Apuesto a que Tato me replica que es imposible ser apátrida total, no llevar en las neuronas o los genes los patrones de alguna nación y el sentimiento filial por ella. Como el doctrinarismo nacionalista está tan cercanamente emparentado con la religión, eso me recuerda a cuando a los que nos proclamamos ateos nos vienen con eso de que es imposible ser ateo del todo o no llevar en una esquina del alma un resquicio de fe en el dios verdadero. Pues llevamos lo que ustedes quieran, educación judeo-cristiana, formación del espíritu nacional y lo que sea; pero no.
2. Alguien responderá que lo que hace odiosa la nación española es su condición opresora sobre otros pueblos o naciones que viven en el territorio del Estado español. Así, catalanes, vascos, gallegos, y puede que algunos más, estarían condenados a vivir en un Estado que no se corresponde con su verdadera nación propia, pues ese Estado se halla dominado por esa que se llama nación española y que no existe como tal, sino que no es más que el fruto del imperialismo castellano. Que sean España las Castillas, que acabe ahí el Estado español y que se deje a las demás naciones ibéricas sin Estado formar el suyo. Muy bonito, pero el problema está en la reversibilidad de tales argumentos. Pues da la casualidad de que del mismo modo que muchos, tal vez la mayoría, de los guipuzcoanos no quieren ser españoles, esto es, ciudadanos del Estado llamado España, muchos vitorianos, tal vez la mayoría, no quieren ser ciudadanos de un Estado vasco. ¿Y por qué tantos nacionalistas gallegos odian a los capitalinos coruñeses? Pues porque éstos suelen sentirse más españoles que gallegos. Así pues, ¿están dispuestos el nacionalismo vasco o el gallego a dejar fuera de su nación y del Estado que quieren llegar a ser a esos territorios o partes de la población que no tienen ninguna gana de cambiar de nacionalidad? Obviamente no, y con ello vuelven a reproducir exactamente los esquemas que critican en el nacionalismo español.
3. También me replicará más de uno que España ha oprimido a los “nacionales” de otros pueblos de este Estado, al hacer cosas tales como imponer el castellano, fomentar una mitología nacional unitaria y, en suma, no respetar suficientemente la diversidad de culturas y pueblos, tratando así de ahogar a esas naciones y de unificarlas bajo la idea fantasmagórica de una España unitaria. Ay, que me troncho con eso. Es cierto que así ocurrió en muy buena medida bajo el franquismo (al tiempo que Franco ponía lo mejor del tejido industrial y productivo en “naciones” como Cataluña y el País Vasco, y a Extremadura o Andalucía que les dieran por el saco, por no tener nación con la que tocarle los cataplines al régimen). ¿Así que está pero que muy mal imponer en todo un territorio una misma lengua, castigar o discriminar a los que no la hablen, sancionar a los que no rotulen los comercios en ella, etc., etc.? Pues sí, mire usted, está muy mal, y por eso, entre otras cosas, es odioso y liberticida el nacionalismo. Lo fue el de Franco, odioso, liberticida, monolítico, imperativo y gritón. Pero ahora da la casualidad de que aquel cabronazo de Franco ya no está y que el Estado español es considerablemente pluralista, reconoce y ampara la variedad lingüística -la seria, no empecemos otra vez a aturrar con inventos como el llionés-, permite a esas “naciones” unos grados notables de autonomía política y jurídica... Pero, ¿quién ocupa ahora el lugar del nacionalismo franquista? Los nacionalismos de esos territorios, ésos que frente a la pluralidad lingüística de castellano y lengua autóctona quieren el puro monolitismo idiomático, ésos que castigan y discriminan por razones lingüísticas, ésos que -en su grupo más extremo- llegan hasta a ver con simpatía a los que atentan y matan en nombre de la nación (mira, como Franco otra vez), ésos que anteponen los derechos colectivos a las libertades individuales, incluida la libertad para que cada cual hable lo que le salga de las narices y escriba o rotule idénticamente, sin ser por ello discriminado, castigado ni vilipendiado. ¿O acaso usted, amigo Tato, ve diferencias sustanciales entre el nacionalismo españolista de corte franquista y los nacionalismos de Esquerra, el Bloque, los batasunos o Eusko Alkartasuna y el PNV, cada cual con los matices de rigor? ¿Le parece a usted horrible que se obligue desde pequeñitos a los niños a cantar el himno nacional? Pues mire, mire lo que les gusta a don Antxo Quintana y compañía. Y, que yo sepa, en las escuelas “españolas” hace un porrón de décadas que no se fuerza a cantar el himno español. A mí en la mía de niño me obligaban, y por eso les cogí tantísimo asco a los nacionalismos que así lo hacen y a los santurrones del Volksgeist que se esponjan al escuchar himnos, ver ondear banderas, formar selecciones nacionales u organizar desfiles de grupos folklóricos aborígenes, en plan Educación y Descanso. Y dígame, repito, dónde se ve más eso en estos días.
4. ¿Concretamos más? No me siento nacionalista español porque me provocan repulsión los nacionalismos, ya lo he dicho. Uno es un maldito liberal individualista, con unos toques socialdemócratas de los de antes, de cuando había socialdemocracia y no este gato por liebre que nos dan ahora los mandangas del PSOE. España como concepto y como nación me trae completamente al fresco. Créame que a mí me importan usted, aquél y el otro de más allá y no me paro a pedir el pasaporte para establecer preferencias. ¿Que algún resabio me quedará de la cerrazón nacionalista y patriotera en que a todos nos educaron? Seguramente, y a lo mejor se nota cuando juega la selección española de baloncesto y me apetece que gane. Pero luego juega la de fútbol y siempre deseo que pierda, así que no sé. Pero, con mayor éxito o menor, contra tales resquicios de irracionalidad, fe barata y religiosidad primitiva lucho todo lo que puedo.
Bien, entonces vamos a su pregunta: ¿por qué no me meto más con el nacionalismo español que con los otros de estos pagos? Pues por las razones siguientes:
a) El nacionalismo español ya no tiene mucho, a mi modo de ver -usted legítimamente discrepará-, de aquel rancio nacionalismo franquista, al cual, como he dicho, se me parecen más los nacionalismos de Carod, Ibarretxe, Quintana, etc. Es ese tufo reaccionario, colectivista tirando a organicista, mitologizador y, en el fondo, desvergonzado y aprovechado en grado sumo, el que me excita la mala leche. A fin de cuentas, para gustos colores. Es por lo mismo que me produce más rechazo una religión cuanto más dogmática y manipuladora, cuanto más mentirosa y cuanto más aprovechados sus ministros. Y, del mismo modo que, a día de hoy, prefiero vivir rodeado de resabiados cristianos que de entusiastas musulmanes, y ya que no hay manera de dar con el paraíso de los descreídos, lo que queda de nacionalismo español sociológico y políticamente relevante me molesta menos que las -que yo considero- patochadas infumables de Carod y compañía. Pero ¿que usted me dice que hay un nacionalismo español que es igual de apestoso, el representado por el extremo más derechista del PP y por partidos falangistas y similares? Pues mire, en eso vamos a estar completamente de acuerdo y por eso me dan todos la misma grima, igual las juventudes del Esquerra que las juventudes de Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Tal cual. Y el día que el PSOE pacte con un partido falangista y nacionalista español de ese modo me van a oír. Pero da la casualidad que los cafres y reaccionarios con los que anda pactando ahora son los otros. Pues por eso.
b) Pese a la voluntad de cosmopolitismo de la que luego hablaré, creo que hoy por hoy los estados siguen siendo necesarios. Es decir, mientras no se consigan estructuras políticas y jurídicas supraestatales o aestatales que sean verdaderamente efectivas para el mantenimiento de un orden social mínimo, la garantía de los derechos principales de las personas y una mínima acción social de redistribución de la riqueza y de igualación de oportunidades entre los individuos. Ya está otra vez el dichoso rollo socialdemócrata, ¿ve? Pues bien, puestos a tener estados, me parece más útil uno mayor y fuerte. Entiéndase lo de la fortaleza en el sentido de su capacidad de maniobra, su resistencia frente a la presión de todo tipo de grupos económicos y su fuerza negociadora, todo ello basado en su riqueza en población productiva, bienes y recursos de todo tipo. Es éste un argumento que aquí y en otros lugares habrán leído, y mucho mejor expresado, en la pluma de mi amigo Paco Sosa. En otros términos, no se entiende por qué de poco para acá las gentes que se dicen de izquierda simpatizan más con los microestados anoréxicos que con los Estados que, por fuertes y eficientes, están en condiciones de plantar cara a multinacionales y grupos económicos y de hacer valer con espíritu universalista los más cruciales derechos; de la misma manera que no se comprende por qué del internacionalismo la izquierda ha pasado de sopetón a ese nacionalismo tradicionalista, esencialista, metafísico y opresivo que fue siempre patrimonio de la derechona más cerril. Misterios.
Ésa que acabo de expresar es la única razón por la que me parece que mejor estaríamos todos, castellanos, asturianos, gallegos, catalanes, vascos, murcianos, etc., etc., unidos en un Estado como Dios manda y arrimando el hombro solidariamente para mejorar las condiciones de vida de todos, y en particular de los más menesterosos, dentro y fuera de nuestras fronteras, en lugar de partirnos el alma y acabarnos la paciencia a base de querer cada cual arrimar el ascua a su sardina, dárselas cada uno de viejo hidalgo y descendiente de no sé qué pueblos fantasmales e inventarse señas de identidad que sean disculpa tonta para que cada cual se refugie en el desván de su casa a cultivar la memoria de los muertos y añorar los tiempos de viejas rencillas.
6. La anterior, como se ha visto, es una razón puramente instrumental o utilitarista. ¿Que éstos o aquéllos no están de acuerdo y prefieren irse ellos solos a adorar sus dioses antiguos, a hacerse pajas mentales y dárselas de catalanes viejos (¿se acuerdan de los castellanos viejos?), vascos incontaminados o celtas de ida y vuelta con parada y fonda en O Grove? Pues, mire, allá ellos y con su pan se lo coman. Por mí, como si se machacan el árbol genealógico con un par de piedras. Cada perro se lame su culo y tal. Si esto de Europa sigue adelante, mal que bien, si las fronteras van cayendo, si uno o sus hijos pueden ganarse la vida acá o allá -estoy feliz de tener un hijo ganándosela en el quinto pino, Suiza, y en cuanto pueda sacar a la pequeña Elsa de este país mohoso en que nos estamos convirtiendo, la saco, palabra-, si el saber buen castellano te ayuda a ir por el mundo y disfrutar de la vida, y más aún el inglés, pues ya está, no hay de qué preocuparse. Los que quieran quedarse en la Costa da Morte a cantar himnos y a imaginarse bosques animados, que se queden; los que prefieran hablar euskera solamente, que lo hablen; los que sean más felices rescatando recetas antiguas o tejiendo mantas en viejos telares, pues que se pongan a ello. Hagan juego, señores, y sírvanse a la carta. Yo lo único que pido es que no se fastidie a nadie que tenga otras expectativas y que para sus planes de vida quiera hablar castellano o inglés, ser directivo de una multinacional en lugar de dueño de una casa rural en el Ampurdán, o historiador del mundo en lugar de mero investigador de los archivos parroquiales de su pueblo.
Ah, ¿que además son mayoría los catalanes, vascos, gallegos, asturianos, canarios o melillenses que quieren largarse con la música a otra parte y no seguir llamándose españoles ni siendo ciudadanos de este Estado? Pues aire, sin resquemor. Ancha es Castilla; y el mundo más. Que cada palo aguante su vela. Hace mucho que escribí aquí -tal vez el amigo Tato no leía este modesto blog por entonces- que si yo tuviera el poder político una temporadita y una varita mágica para ejercerlo sin que me partieran la crisma, convocaría referendos de autodeterminación en todas partes en que haya una mínima inquietud en tal sentido. Con perfecta libertad y todas las garantías. ¿Que sale que éstos o aquéllos se van? Fíjate qué pérdida más terrible en estos tiempos de Europa, internacionalismo y globalización. ¿Qué sale que se quedan? Ah, pues encantados, pero se acabó la matraca por un mínimo de cincuenta años; y en autopistas, aeropuertos, trenes o casas de cultura van a tener exactamente en la misma proporción que los demás de este Estado, sin tantos pucheros, mimitos, aires de solterona ofendida ni hostias en vinagre -con perdón-.
¿Que se me ve una cierta acritud? Pues sí. La misma que tendría si viviera a gusto con una señora con la que pensaba que me entendía, en una relación que parecía agradable y beneficiosa para los dos. ¿Que de pronto ella se quiere ir a un convento de clausura? Hombre, pues me dará rabia, pero qué le vamos a hacer. Peor todavía será que antes de marcharse se dedique todo el maldito día a castigarme los higadillos con el cuento de que no la entiendo, no la valoro, no la aprecio lo suficiente y que me quiero gastar el patrimonio de sus antepasados. Hale, hale, que se vaya a la porra ella solita. Agur. Aunque, claro, yo me quedaré tan liberado de sus manías como puteado por lo que no pudo ser. Pues eso.
7. Esos juegos de palabras de que el internacionalismo es inter-naciones y tal quedan muy aparentes y muy apropiados para un torneo de ingenio. Pero nada más. Si yo me proclamo internacionalista y me vienen con ésas, seguiré pensando lo que pienso y, todo lo más, cambiaré el término con el que me expreso. Me llamaré cosmopolita o me inventaré un palabro tipo interhumanismo o bobada así. O ni siquiera, pues aceptar -aunque sea resignadamente- el Estado nación y el inter-nacionalismo no tiene por qué equivaler a comulgar con un concepto de nación tan absolutamente metafísico, sustancialista, reaccionario y poco grato para la autonomía individual como el que, por ejemplo, era propio del franquismo y lo es ahora de los nacionalismos postfranquistas catalán, vasco, gallego y español residual. En ese binomio de Estado y nación podemos hacer más hincapié en el Estado que en la nación y valorar los estados por su capacidad funcional y prestacional en lo que nos importa, en lugar de por ser prístino reflejo del espíritu de un pueblo o de la misteriosa esencia de una nación; o podemos entender la nación a modo de coyuntural agrupación de individuos con interés común en formar un Estado que garantice sus libertades, sus derechos políticos y sus derechos sociales, en vez de como plasmación de la personalidad de un pueblo que es así y asá desde el año de maricastaña. Podemos poner en la base del Estado una nación más rosseauniana que del gusto de Bonald, de Maistre, Donoso Cortés, Carl Schmitt, José Antonio Primo de Rivera... Y mire por donde y lo que son las cosas: esos nacionalistas catalanes, vascos o gallegos que dan el pego de progres y le roban la virtud a tanto pseudosociata se parecen mucho más a ésos últimos que al bueno de Juan-Jacobo. Y a Marx ni le cuento, de ése ya no les queda ni traza.
Disculpe, amigo Tato, la extensión de este panfleto, aunque supongo que no será lo último que sobre el tema nos digamos. En cualquier caso, creo que no deberíamos perder de vista que en la actualidad, aquí y ahora, el nacionalismo no es más que una rama de la picaresca. Ni más, ni menos. Esperemos que se quede ahí. Sí, también el español.
PD.- La foto ha sido tomada hoy mismo por un servidor en la Plaza Mayor de Salamanca. Tiene su aquel.

17 octubre, 2007

Con naciones y a lo loco.

Procuraré no dar más lata con las guasas del llionés, leonés o como se llame esta lengua completamente desconocida que, sin embargo y al parecer, es seña de identidad de todo un pueblo, el pueblo leonés. El destino ya está escrito en los astros y es que sí. Igual que la función crea el órgano, el político crea la nación y lo mismo le pone un idioma que un pasado –histórico, naturalmente-, un poco de silicona o un liguero. Alguna vez habrán existido naciones de verdad y propiamente dichas, no digo que no, particularmente en islas o remotos valles donde los primos se apareaban con los primos –y con algunas primas- y la comunicación tenía lugar mayormente por señas. Pero desde que la humana promiscuidad provocó carnales ayuntamientos con los de otros pueblos y desde que el ardor guerrero llenó todo de invasiones y mestizajes, no hay más naciones que las soñadas y las que a sí mismos se ponen los políticos para asegurarse sillón y dietas. “¿Y tú qué vas a ser de mayor?”, le preguntan al chiquitín de la familia en el colegio inglés al que lo mandan sus papis para no parecer menesterosos habitantes de un barrio sin clase? “Yo inventor”, responde él con seguridad. “¿Y eso?”. “Pues para forrarme, viajar mucho y tener secretarias y chóferes”. “¿Y qué piensas inventar para eso? ¿Vacunas? ¿Aparatos? ¿Programas informáticos?”. “No, no, naciones. Es lo que más da”. Porque ya saben el verdadero lema de todo nacionalismo: NACIÓN ES RACIÓN.
No hay por qué cortarse, pues de la misma manera que se convirtió en líder indiscutible y Führer sagrado de los arios un alfeñique moreno, de ridículo bigote, mirada demente y gesto como de afeminado con almorrana latosa, aquí se lo puede montar cualquiera de portavoz de esencias nacionales que no conoció ni por el forro, más que nada porque las está componiendo él sobre la marcha. Más que con la historia o con la política propiamente dicha (¡ay, noble arte en decadencia!), lo del nacionalismo tiene que ver con la coctelería. Coges tres o cuatro ingredientes de nada, que si una lengua real o ficticia, que si una asamblea que hicieron aquí en la Edad Media cuatro herreros puteados por el señor local, que si un manifiesto firmado en el XIX por dos sacristanes y un barbero, que si un panfleto con faltas de ortografía que redactó durante la Primera República (porque también hubo una República Primera, ¿saben?) un amante despechado que se decía literato y era simple carnudo disléxico…, lo metes en un programa electoral, agitas bien a la población y ya puedes servirte sillón municipal, escaño autonómico y puesto de asesor para tres o cuatro amantes foránea/os que se ganan la nacionalidad por rozamiento.
Será como se quiera, pero, como iba diciendo, la suerte está echada. Esto ya no hay quien lo pare. En diez años, máximo, los nacionalistas leoneses tendrán la mayoría política en esta tierra, se impartirán clases universitarias en esa lengua deslenguada, serán primados sus inverosímiles conocedores para el acceso a los puestos de la Administración Pública, se les contarán a los escolares historias de mucho miedo sobre unos leoneses originarios que hubo aquí de toda la vida y a los que primero maltrataron los romanos, luego los visigodos, más tarde los árabes, después los reyes asturianos y españoles y ahora mismo todo el mundo que se niegue a reconocer que el latín en verdad proviene del llionés y no éste del laboratorio del doctor Bacterio.
Y, hablando más en serio aún, ¿saben cuál será el próximo paso en esta irresistible ascensión de Xuan Llionés? Pues bastará con que en unas próximas elecciones a rector de la Universidad un candidato cualquiera –posiblemente todos- prometa a los estudiantes leonesistas que habrá menú leonés en las cafeterías del campus, programas de las asignaturas en leonés y majaderías de ese calibre. Ganará y tendrá que cumplir lo prometido, con lo que de la Universidad harán su feudo unas juventudes ociosas y poco estudiosas que se dicen nacionalistas por no reconocerse simplemente desechables.
Ya bien engrasado el aparato propagandístico, se irán subiendo al carro imbéciles para pegar carteles y listillos para ocupar cargos. Es posible que alguno de los primeros tenga algún primo segundo de la montaña que sepa un par de palabras de llionés. Los segundos ni lo sabrán ni les importará, aunque siempre pueden tomar unas clases particulares cuando se haya conseguido hacer una Academia de la Lengua Leonesa que diga cómo hostias se habla eso que no habla nadie. Unos, los más bobos, para sentirse tan majetones como catalanes, vascos o gallegos, otros por convicción de que como no tengas nación ni te hacen carreteras decentes ni te quitan peajes, y otros porque ven la manera de vivir a costa de los anteriores y de la mayoría silenciosa y pasota, cuando queramos darnos cuenta medio León será nacionalista de toda la vida y el PSOE y el PP se pondrán a hacer concesiones como locos, con la esperanza de pillar un puñado de votos de ese manicomio; o simplemente para seguir ocupando asiento, que de ahí viene todo. Pues no olvidemos que el verdadero principio del nacionalismo leonés, como de cualquiera, está cuando alguno de sus avispados impulsores se hace con concejalía de cultura y empieza a tomarle el pelo a la gente de ese modo que hemos visto en los periódicos locales de ayer y hoy. Nunca el oficio de payaso resultó tan rentable como en estos tiempos. Ayer mismo salió algún otro en la tele.
Y uno no puede dejar de preguntarse: ¿por qué son tan redomadamente idiotas los partidos mayoritarios, PP y PSOE? ¿Por qué están dispuestos a absolutamente cualquier cosa con tal de seguir un ratito más agarrados a esa birria de poltronas? ¿Están dispuestos a hacer cualquier cosa que les pida quien pueda darles una alcaldía, aunque sea mentir, inventarse naciones, vender a su propio hermano o ponerse en pompa cada noche en esa calle por la que pasan despacio los coches a la busca de carne de saldo? Ya, ya, ya sé la respuesta: sí están dispuestos. Amén. Vale. Pues los va a votar su mamá, que era del mismo oficio; es decir, política y partidaria del diálogo con todos y de amplios consensos; o de pactos de progreso.

Cada día, su tontería

Sigue la sarta de gilipolleces en el Ayuntamiento leonés/llionés a costa de la tan famosa como ignota lengua leonesa. En esta puto país, en cuanto te descuidas, te sacan la lengua.
Bueno, si tienen curiosidad, estómago y paciencia, pinchen aquí y vean el nuevo retablo de las maravillas lingüísticas. Y no se pierdan lo que declara el Alcalde, del PSOE: que peor sería poner los impresos aquellos en finlandés. ¿Es un gran guasón o los tiene cuadrados y blindados?
¿Pero es que en esta España -o lo que sea- ya no hay donde caerse muerto? ¿Nunca se va a acabar la ola de idiotez que nos invade?
Vivo en León desde hace trece años y jamás de los jamases, ni una sola vez, he oído a ningún aborigen hablar en llionés.
En la penumbra de este Estado enloquecido y gobernado por pitufos intelectuales, todos los gatos son Pardos. Y tonto el último.

16 octubre, 2007

La memez no tiene rubor ni freno.

Pinchen aquí encima y vean, vean esta noticia de hoy mismo.
Se comenta sola.
Están locos estos romanos (o lo que carajo sean).
¿Y el PSOE tiene que pasar por estas gilipolleces de oligofrénicos para poder trincar alcaldía leonesa? No sé si le merece la pena, la verdad. Aunque seguramente sí: que si coche oficial, que si dietas, que si secretarias...
Puajjjj.

Zapatérica quincalla

Qué le vamos a hacer. Se levanta uno temprano y con buen ánimo para trabajar en lo que se debe, pone la radio mientras se ducha y se atusa un poco, y salen con la noticia de que Nuestra Desgracia Política Suprema (NDPS, también conocido como “NosDaPolSaco) le va a decir al Presidente de los vascos y las vascas, (también conocido como lehendakari en el idioma de algunos de ellos y algunas de ellas) que de referéndum y eso nanay mientras no alcance un acuerdo entre todos los vascos (y las vascas, supongo). Así que, somnoliento aún y en ese duermevela en que te sume la prosa polsaquista, me digo: pues escribo ahora mismo el post de hoy y dedico el resto del día a pensar en cosas más serias, tipo qué me pondré para la comida que tengo a mediodía o qué tal me quedaría la raya en medio.
Veamos eso del acuerdo previo de los vascos (y las vascas, leches). ¿Qué quiere decir semejante aserto zapatérico? ¿Adónde quiere ir a parar? ¿Le está ofreciendo ahora al tontaina de Ibarreche la misma muñeca chochona que hace meses intentaba venderles a los de ETA? ¿Ya empezamos otra vez con lo de la puntita nada más y cuando nos casemos allá va tó y te concedo hasta lo del látigo, los cueros y las vías alternativas? No está de más, aunque sea perfectamente inútil en estos tiempos, puntualizar alguna cosilla:
a) En democracia los acuerdos se toman por mayoría, pues en una sociedad plural y pluralista, como por definición tiene que ser una sociedad en democracia, las unanimidades son imposibles, y hasta indeseables. Si acaso, el acuerdo más general y firme se ha de dar respecto de las reglas básicas del juego, esto es, de la Constitución. Pero un tipo como el ZP (si ya no les gusta lo de las letritas, que se jodan, seguimos con ellas), que se pasa los consensos constitucionales por el arco del triunfo, hace de la suprema norma un cojín para sus cazurras posaderas presidenciales y pone a su vicepresidenta, Tere, a echarle una bronca en toda regla –es un decir- nada menos que a la Presidenta del TC (¿se lo monta de sumisa y tal la Emilia?), ¿viene ahora a pedir acuerdos de fondo o les va a invocar a los vascos que un respeto y una cosa para los consensos constitucionales y la legalidad básica del Estado? Como si Drácula vendiera leche desnatada, vamos, o como si el jefe de una tribu de antropófagos anunciara hamburguesas de tofu: no cuela.
b) Si el acuerdo en cuestión hubiera de ser de toda la sociedad vasca o, lo que no es lo mismo, de todos los partidos, nos podrá decir el Presidente de los vascos (y las vascas), también conocido como lehendakari (Kari para los amigos y las amigas), que dicho acuerdo general tampoco lo tiene ni lo tuvo ni la mismísima Constitución, ni allá, en la tierra de los vascos (y las vascas) ni en parte alguna del Estado (también conocido fuera del país de los vascos y las vascas como España). Así que es un argumento de los que rebotan, cuidadín.
c) ¿Cuál es la única manera de ver si hay acuerdo general en una sociedad en torno a determinada idea o propuesta? Je, pues convocar un referéndum. No cabe otro camino. Así que sigue rebotando el argumento. Porque, ¿cómo es eso de que primero hacemos el acuerdo y luego hacemos la consulta? La consulta es la manera de ver si hay acuerdo, así que habrá que empezar por ahí, si lo determinante es el acuerdo.
Claro, a lo mejor se refiere ZP a un acuerdo entre los partidos. Es curioso lo de los titulares de los periódicos ahora mismo. No tengo tiempo -ni ánimo- para pararme en este momento a ver el vídeo con la intervención completa de NDPS, pero tiene gracia cómo la explican los periódicos digitales a esta hora mañanera. El Mundo y Abc resaltan que ha dicho que pedirá al Presidente de los vascos y las vascas (etc.) un acuerdo previo entre los vascos (y las vascas, supongo). El País, despechado pero calientes aún los rescoldos de lo que fue un amor apasionado y ahora es ardor no plenamente correspondido (o sea: que le han puesto los cuernos al que hasta ayer mismo fue el diario independiente de la mañana) titula, más caritativamente: “Zapatero exige a Ibarretxe un acuerdo con las fuerzas políticas vascas”. Aunque luego pincha uno en la noticia y lo que sale es esto otro: que Zapatero exige a Ibarretxe “que logre el consenso entre los vascos”. ¿En qué quedamos? ¿Cuál consenso? ¿Entre quienes? Va uno a la cita literal de Nuestra Eminentísima Cazurrez Presidencial y el desconcierto crece, pues nos enteramos de que ese acuerdo ha de ser “plural y transversal”. Sí, los acuerdos conviene que sean plurales, claro. Ahí anduvo fino. Porque un acuerdo no plural es el acuerdo de uno consigo mismo, cosa que, no nos engañemos, tampoco se da siempre así como así. En cuanto a lo de transversal, me imagino que es como una manera de meter el acuerdo, como que te atraviesa hasta lo hondo. Aclaradas quedan las dudas. Da gusto.
d) A lo mejor le está tendiendo ZP al Presidente de los vascos y las vascas una trampa saducea, pues sabe que el acuerdo total y transversal a tope es imposible en la sociedad vasca o entre los partidos vascos (y las partidas vascas), y aun por mucho que el Pachi (también conocido como Patxi) López (esto se escribe igual) se coloque en una postura apta para una mejor penetración transversal del acuerdo. Porque a los que no se lo van a meter, el acuerdo, es a los del PP, y supongo que tampoco a los de Savater y Díez. Si eso es lo que tiene en la cabeza ZP para frenar al profeta de los vascos y las vascas, es un auténtico cabronazo, pues equivaldría a que quiere utilizar en beneficio propio y para su personal propaganda la resistencia ajena, esa misma que todo el día llama cerrazón y facherío. Tendría gracia.
e) Por cierto, y si llegara ese acuerdo, transversal o del misionero, si el Presidente de los vascos y las vascas lo lograra, ¿ya sería constitucional el referéndum y ya podría hacerse tranquilamente? ¿Volvemos a la perversa doctrina de que la verdadera Constitución es el consenso y que, por tanto, es constitucional todo lo que esté consensuado, aunque sea por cuatro gatos y un par de marranos y aunque vayan los negociadores con una pistola en la faltriquera o pongan al primo psicótico de Zumosol a amenazar en la puerta?
f) Me parece que por ahí van los tiros -es una manera de hablar-. ZP anda tramando otra de las suyas y quiere volver a hacer con la Constitución lo mismo que en estos pasados años y meses: pulírsela con una sonrisa en los labios y una mano en los muslos del TC. Con acuerdo de todos, eso sí, porque si no sería violación; de la Constitución, quiero decir.
Pobre ZP. A lo mejor lo único que pasa es que está poco y mal asesorado. Y nosotros aquí criticándolo malamente. No hay derecho; ni Derecho.

14 octubre, 2007

La entrevista de Zapatero e Ibarreche. Un anticipo.

Dentro de nada se van a entrevistar Zapatero (lo de ZP vamos a ir olvidándolo; para la nueva temporada se lleva el apellido completo) e Ibarreche (que en euskera se escribe Ibarretxe, pero se pronuncia igual) en la Moncloa, que es un sitio lleno de asesores y currantes de todo pelaje. Andan los periodistos y las periodistas y los tertulianos y las tertulianas dándole vueltas a lo que hablarán ese par de lumbreras en semejante encuentro en la intimidad y si se expresarán los dos en castellano o el uno en euskera y el otro en circunloquios.
Por un azar afortunado he podido conocer con sorprendente precisión un largo fragmento de lo que será tal conversación que aún no ha ocurrido. ¿Qué como así? Pura casualidad, como digo. Tengo una cuñada gallega, de la parte de Ponte Caldelas, provincia de Pontevedra, que es prima segunda de una amiga íntima de una famosa vidente llamada Maruxa Cordal, que vive en Cangas de Morrazo. Al parecer, la buena señora las ve venir cada vez con mayor anticipación y se cuenta que anunció con meses de adelanto que una catedrática de ética, doña Amelia Valcorcel, sería miembra del Consejo de Estado o que Fabián Ayala ficharía por el Zaragoza, cosa que importa bastante más que la anterior, visto lo que le queda al Estado este y lo poco que le sirven ya los consejos. Así que tiré del hilo y conseguí hablar por el skype con la buena señora, que, pese a sus setenta y tantos años, se maneja con el ratón talmente como si fuera una ouija. Hablaba un gallego como si lo hubiera mamado más que Ancho Quintana, pero creo que he conseguido una traducción bastante fiable de su profecía sobre los contenidos de la conversación –o lo que sea- entre don Ibarreche y don Zapatero. Antes de reproducirla, permítaseme sólo aclarar que doña Maruxa me explicó que se trata nada más que de un fragmento, pues asegura que de otras partes de la entrevista no ha podido entender nada, ya que más que palabras se escucha como un frufrú acompañado de jadeos y ocasionales suspiros. Así que esto es lo que nuestra vidente (y oyente) ha podido anticiparnos. Ya veremos si acierta de pleno, aunque tiene toda la pinta de que sí.

ZP.- Los españoles están muy preocupados con eso del referéndum que has dicho.
BCH.- ¿Y las españolas?
ZP.- También, también.
BCH.- ¿Igual de preocupadas las españolas que los españoles?
ZP. - Paritariamente. Ya no puede ser de otra manera.
BCH.- Nosotros también hemos avanzado mucho en la paridad de vascos y vascas
ZP.- ¿Tú por qué dices siempre vascos y vascas y no vascas y vascos?
BCH.- Yo creo que queda como machista ponerlas a ellas por delante, ¿no?
ZP.- No sé. He pedido opinión al Consejo de Estado sobre eso. Tere ha metido ahí a una tía de ética que es muy feminista y que tiene un marido estético.
BCH.- ¿Es guapo?
ZP.- No profesor de estática.
BCH.- ¿Físico?
ZP.- No, quiero decir de estética. Bueno, da lo mismo.
BCH.- ¿Tu familia bien?
ZP.- Sí, gracias. Sonsoles se pasa el día cantando.
BCH.- Le voy a mandar unas cosas de Guridi que han sacado los de Cultura de mi Gobierno.
ZP.- ¿Gudari?
BCH.- No, Guridi. Un compositor. De Vitoria. Da igual. Tú coméntaselo a Sonsoles, que ella entiende.
ZP.- Como te decía, estamos muy preocupados.
BCH.- ¿Quiénes?
ZP.- Los españoles
BCH.- Ahí va Dios, ¿y quiénes son los españoles?
ZP.- Todos los del Estado español y eso, ya sabes.
BCH.- Pues según eso los vascos somos españoles, pero no estamos preocupados.
ZP.- ¿Lo sois?
BCH.- Tenemos que hablar un poco más de los presupuestos tú y yo.
ZP.- Lo que tiene a le gente mosca es lo del referéndum.
BCH.- ¿Vas a hacer un referéndum, Presidente?
ZP.- ¿Pero no eres tú el que dice que va a convocarlo?
BCH.- Sí, pero en mi nación nada más.
ZP.- Ah, bueno… Esto… ¿cómo que en tu nación?
BCH.- En Euskadi.
ZP.- Ya, pero la nación española qué.
BCH.- ¿Tú no crees que eso de la nación española está ya un poco pasado?
ZP.- Sí, hombre, pero tú ya sabes lo que son estas cosas, la gente empieza a darle vueltas y el PP a tocar las narices y tal.
BCH.- Yo creo que todos los pueblos deben autodeterminarse.
ZP.- ¿Todos?
BCH.- Sí, todos. Es un derecho de los más importantísimos, posiblemente el primero que existió.
ZP.- ¿Y cuántos calculas tú que serán?
BCH.- ¿Qué cosa?
ZP.- Los pueblos.
BCH.- Hombre, Euskadi es uno solo. Pero luego miras por ahí y te sale un puñado de pueblos autodeterminables.
ZP.- No sé, lo veo mucho lío.
BCH.- ¿Qué ves mucho lío?
ZP.- Ponerse ahí que si este pueblo que si el otro también. Y luego está el PP, que por todo se molesta, ya sabes.
BCH.- Eso sí, unos reaccionarios que están todo el día España, España, España. Aburren.
ZP.- Sí es un nacionalismo que ya huele.
BCH.- Y que lo digas. Apesta. Esa gente no tiene visión de futuro.
ZP.- No, no quieren que los pueblos se autodeterminen.
BCH.- Eso.
ZP.- Pues vaya lío.
BCH.- Cuál.
ZP.- Lo del referéndum que preocupa a los españoles.
BCH.- Pero quiénes son los españoles, vamos a ver. Tú vas mirando éstos y los otros y éstas y las otras y no ves más que los y las de un lado y los y las de otro, pero españoles no ves, y españolas tampoco.
ZP.- Es lo que yo digo. Yo por ejemplo soy de León y ahora dicen allí que también son medio nación.
BCH.- Pues eso deberías mirarlo.
ZP.- No te digo que no, no te digo que no. Pero antes tenemos que arreglar lo del referéndum tuyo.
BCH.- ¿Y qué quieres arreglar?
ZP.- Nada, hombre, que os estéis callados y calladas hasta marzo, luego ya vemos tú y yo lo de Euskadi y todo.
BCH.- Sí, pero yo tengo que decirlo antes de marzo, ¿comprendes?
ZP.- Ya, ya.
BCH.- Pues eso.
ZP.- Bueno, pues entonces hasta marzo yo digo que no.
BCH.- ¿A qué?
ZP.- Hombre, a tu referéndum.
BCH.- Presidente, pero el derecho de autodeterminación es un derecho, como ya te dije.
ZP.- Que sí, que sí, que ya lo entiendo. Que yo no digo que no lo sea, sino que tengo que decir que sí y que no y tal y cual. Tú ya sabes de qué va el asunto. Es que coinciden malos meses.
BCH.- Bueno, pero después de marzo hablamos, ¿eh?
ZP.- Claro, claro. Quedamos en eso. Por cierto, ¿tú fumas? Tengo aquí unos habanos y unas habanas…

12 octubre, 2007

¿Qué hacer? Se busca consejo urgente

Ya saben, va a comenzar lo de las nuevas acreditaciones para el profesorado funcionario de la universidad, catedráticos y titulares. Demasié. Acaba de publicarse en el BOE la normativa que desarrolla la Ley esa que han hecho los rectores para demostrar al mundo su talla real. Era un engorro aquello de reunir a siete tipos por sorteo para que formasen un tribunal y pudiesen tumbar sin ton ni son a ese primo suyo de usted que no tiene donde caerse muerto. Además y al parecer, era antieconómico y disfuncional andar convocando a los jueces y candidatos en vaya usted a saber qué ciudades dejadas de la mano de Dios. Se gastaban un pastón los concursantes en pensiones y hostales, y a los del tribunal las dietas no les daban para pasar de los veinte minutos de rigor. Así que al carajo los concursos públicos con público y de candidato presente y hagamos una comisión comisionada para resolver a distancia y mirando unos papeles la mar de monos, todos llenos de colorines y perfumados con eau de genuflexé. Por cierto, que se van a quedar de piedra los notarios, registradores y jueces cuando se enteren de que eso de los concursos lejos de casa y sabiendo temario ya no se lleva nada y no es progre ni leches. Verás qué pronto se le ocurre al Bermejo que para fiscal o secretario de juzgado basta y sobra con que hagan en casa los candidatos unos ejercicios de macramé y unas posturitas tal que así.
Una cocada de concursos, con los concursantes calentitos en su casa y echando horas en el teléfono para preguntarle al capoescuela respectivo cómo lo ve usted que lo ve todo, don Junior. Y el Soprano mayor que tranquilo, chaval, que yo lo tengo controlado y ya le he dicho al de la comisión, este..., cómo se llama, Pepe o no sé qué, que si se porta como hay que portarse y hace lo que hay que hacer para sacarte en justicia o por detrás, pues que le preparamos una gira de conferencias por Extremadura y le gestionamos la traducción al serbio de aquella monografía última que publicó en el 82, cuando lo de la Expo.
Claro, no se puede tener todo. Como los concursantes están en su casa envueltos en la frazada y marcándose unos claretes con gaseosa, la Comisión no puede preguntarles nada en vivo y en directo y tampoco es cosa de que se ponga a escribirles cartas interesándose por la familia o las almorranas. Así que puede volver a ocurrir lo que con certeza pasó cuando aquello de las idoneidades: que acabó de titular de inglés más de uno que no chapurreaba ni el jaguaryú, o de titular de cálculo uno que no había pasado del ábaco y de contar por los dedos. Ahora me apuesto unas cañas a que acaba saliendo catedrático de óptica algún ciego.
Menos mal que la norma, toda chuli y progresistona de sobaco peludo, establece que en las Comisiones de marras ha de haber representación paritoria de mujeres y varones. Perdón, quise decir paritaria. ¡Puto subconsciente machista de los ovarios! Hola, guapa, ¿y tú por qué estás aquí? Por mujer. ¿La mujer de quién? De la comisión, idiota, falócrata, maltratador de mierda. Ah, sorry, no sabía que hacían una fiesta. Y todo así. O sea: que con esta broma acabo de defecarla por completo y me van a caer leches hasta en los sexenios.
Pero dejemos de complicarnos la vida y de criticar con tanta desfachatez al sabio legislador y al excelente ministerio de la Cabrera y vayamos a lo que importa: necesito consejo. Amigos, no todo va a ser cachondearse a costa de lo que andamos haciendo con cargo al erario público. Toca arrimar el hombro y ayudar a este humilde bloguero a resolver su dilema: ¿me apunto o no me apunto a la lista de la ANECA para poder estar en las comisiones -ni de coña me cae a mí eso, me inscriba o no, pues ni soy pariente de ninguno/a del Ministerio ni me acuesto con nadie que no sea mi santa desde tiempo inmemorial- o para ser un asesor de ésos que asesoran a los comisionados?
Por de pronto, vean lo que ayer mismo decía aquí sobre las tales comisiones y sus reglas “Uno que está quemado”:
¿Por qué NINGÚN SINDICATO se ha opuesto EN SERIO Y CON GANAS, al nuevo decreto de acreditación del profesorado? ¿A nadie le llama la atención que los evaluadores tengan que postularse? ¿A nadie le llama la atención que no se sepa cómo se van a formar las comisiones? ¿Van a hacer una norma de desarrollo de la norma de desarrollo? ¿A nadie llama la atención las cosas que pregunta el formulario que deben cubrir los titulares y catedráticos que quieran -y puedan- estar entre los sorteables? ¿A nadie llama la atención el peso que tiene en ese formulario el haber formado parte de las comisiones y agencias de evaluación más variopintas, y que en ningún sitio 'puntúe' haber sido miembro de tribunales de los de toda la vida? ¿Van a quitarle la condición de titular de universidad a todos los que la obtuvieron de acuerdo con el antiguo sistema, hoy tan denostado? ¿A nadie llama la atención que para poder formar parte de las comisiones, un titular tenga que tener dos tramos de investigación y un catedrático tres? ¿Los catedráticos con dos tramos no van a poder formar parte de las comisiones de evaluación de titulares? ¿Qué mente perversa está detrás de todas estas normas, cada vez más absurdas, cada vez más inmorales, cada vez peores?
Bueno, sobre lo de los sindicatos en la Universidad corramos un tupido velo. En otras empresas es tan necesario su papel como cuestionable su práctica real en estos tiempos. Pero en la universidad…, no sirven para absolutamente nada que no sea la defensa corporativa de los más zánganos, sinvergüenzas e incapaces y para asegurarse de que no salga de la plantilla ninguno de los que jamás debieron entrar en ella.
En lo que estábamos: en esas comisiones que ahora van a acreditar a la gente por correo van a estar los cuatro gatos dóciles que digan el Ministerio y los rectores, que para eso han puesto ellos las luces de neón, las camas de agua y la barra del escenario. Y como no va a haber un comisionista (perdón, quise decir comisionado) por cada especialidad, disciplina o área, sino uno por latifundio (por ejemplo, los méritos de un aspirante de Derecho Penal puede tener que juzgarlos un comisionista de Derecho Eclesiástico del Estado, and so on), pues el latifundista puede pedir asesoramiento a algún especialista de la materia del aspirante. Tampoco sé por qué lo complican tanto, la verdad, porque una vez puestos a echarle descaro y a fomentar la arbitrariedad y el triquitraque, podría haber dicho la ley que se decidiese a los dados o jugándoselo a la carta más alta. Pero bueno, ya que las cosas están así por consideración al sacrosanto principio de mérito y capacidad, habrá que ver quiénes son ésos especialistas de cada disciplina que pueden asesorar al comisionista omnívoro: pues los que se apunten.
Sí, sí, acaba de publicarse el reglamento que así lo dice y nos han dado, a los que reunimos las condiciones formales, un plazo hasta el próximo día 19 de los corrientes para que, si nos mola, nos inscribamos en una lista al efecto. Ciertamente, no se dice que entre los así inscritos vaya a asignarse la función por sorteo ni por ningún otro procedimiento objetivo y/o aleatorio, pero, al menos, con esto de apuntarse se asegura la lumbrera ministerial que no se le va a pedir dictamen a ninguno que esté de muy mal café o vaya por libre. Esos no se apuntan, así que tranquilos.
De modo que ¿qué hacer? Llevo meses autoproclamándome objetor a todas esas mandangas y corruptelas y ciscándome en la venal y muy ligera progenitora de la CRUE, del ministerio de la parienta del de la Bolsa y hasta de los parlamentario/as a los que se la/o trae tan floja/o la universidad. Pero, mira por donde, empiezan a escribirme algunos amiguetes y colegas para decirme que si no intentamos meter cabeza ahí insumisos, se lo van a quedar todito los cavernícolas de siempre, ésos que por un momentito de poder o por colocar a uno/a que los pone berracos son capaces de vender hasta el rosario de su madre y de cepillarse a la Constitución entera sin condón ni nada.
En realidad, va a servir de muy poco inscribirse o no en esa lista de meritorios dictaminadores, pues tanto la ley como el reglamento se aseguran a conciencia que todo transcurra en al oscuridad y al tacto y de que no se respete ni una puñetera garantía de los concursantes ni de nadie que no esté en el ajo y vaya a trincar a calzón quitado. Pero, con todo y con eso, ¿qué molestará más a semejante panda de granujas, soplagaitas y alcahuetes, que nos apuntemos las que queremos ser decentes o que sigamos en casa sin hacer más cosa que escribir blogs y hacer vudú sin un maldito resultado?
En verdad, ni concursos ni porras, aquí lo que está haciendo falta es que palme medio escalafón, a ser posible violentamente y con dolor. Tal cual. A ver si hay suerte y por San Martín…

11 octubre, 2007

La peste pedagógica. Again.

Bien, qué tal si hoy nos lo montamos en plan intimista; o sea: a echar pestes contra esto y aquello de lo que nos toca de cerca en el curro. Y, claro, cómo no hablar de La Cosa, de lo que un día fue universidad y hoy ya ven.

Pues hace unos tres años esta universidad que es la mía porque es la que me paga sin pedirme casi nada a cambio (amour fou), decidió establecer para los estudiantes una cosa mu, pero que mu modelna, el último aullido en pedagogía universitaria: tutoría personalizada para estudiantes que están hasta los/as mismísimos/as de que los tutelen, los dirijan, los aprieten y los zurzan. El invento se denominó aquí Plan de Acción Tutorial, más conocido como PAT, naturalmente y por aquello de que donde estén unas siglas que se quite un significado. Llámese como se llame (aunque no despreciemos la cuestión nominal, pues a estos inventos les quitas el nombre y los apellidos y se quedan en lo que son: una caquilla pinchada en un palito, brocheta académica), este invento ya está en casi todas las universidades públicas, que lo han copiado de las privadas. No se dan cuenta las públicas de que sus clientes las quieren para que les hagan cositas distintas de las que las privadas les ofrecen, para que haya mayor libertad y más vicio en la relación. Pero no, las universidades públicas están convencidas de que o imitan a las privadas más cutres y de rostro más rocoso o se les privatizan los estudiantes, mira qué pena si se largan los más tardos a pagar el título y la cama allá. Creo que muchas universidades privadas ya te mandan el título contra reembolso y sin más que rellenar un test de cultura futbolística. Pero, si usted, honesto padre de familia, quiere que tenga una brillante carrera ese hijo suyo que le salió así, vaya por Dios, y si además se empeña en que pase unos años viviendo ese ambiente de estudio sin par, mándelo para alguna de esas venales instituciones de a tanto el cuarto y mitad de asignatura y verá como retorna al cabo de unos años hecho un hombrecito (o una hombrecita), igual de torpe, pero todo un licenciado apto para salir en las películas de Cantinflas.

Pues como las privadas se anuncian prometiendo un ordenador por cabeza (o testuz), vales para Carrefour, asignaturas prêt-à-porter y carreras al dos por uno, amén de un tutor personalísimo que no sólo te tutela, sino que, si te dejas, te plancha la ropa, te hace la cama y te echa un par de polvos, tenemos que hacer lo mismo en las públicas para que no se nos marchen todos los alumnos, atraídos por tales cantos de sirena y tales risas de hiena. Así que, entre otras lindezas tales como bajar el nivel hasta el desprestigio u organizar cursos a porrillo sobre cómo tomar apuntes en una libreta de muelles o cómo preparar un examen con una mano libre, hemos decidido montar todo un plan de tutorías ad hominem, el mentado PAT. Ese tipo de iniciativas ponen cachondísimos a los pedagogos y la facultad entera de Educación levita y se desparrama cada vez que se impone una nueva sandez así, tan innovadora, tan revolucionaria, tan chachipiruli. Hasta hacen congresos con muchas ponencias y comunicaciones con títulos tan excitantes como “El portafolio y tú”, “Técnicas de subrayado de epígrafes en rojo” o “Ergonomía de la habitación del estudiante que parece oligofrénico y además lo es”.

Acabo de borrarme de ese rollo. Acepté formar parte del lujoso plantel de tutores entregados por ver qué era eso y porque en esta facultad mía de Derecho los profesores no suelen someterse de buen grado a tales tomaduras de pelo (y los estudiantes tampoco), siendo como son de colmillo retorcido, con elevada autoestima y bien conscientes de sus derecho constitucional a la dignidad, el honor y la propia imagen; o sea, unos fachas, que dirían los de Filosofía y Letrinas o los rectorcillos más CRUEles.

Cada curso le asignan a uno alrededor de quince estudiantes. Los míos eran siempre de primer curso y solían pirarse hasta la primera reunión. A ese primer encuentro venían cada curso seis o siete. Se supone que los tutores, además de ofrecernos mucho y enseñarles la pantorrilla depilada, teníamos que interesarnos por sus cuitas y darles valiosísimos consejos sobre la conveniencia de ser aplicados y no decir mentiras a los padres, amén de no mamarse a diario a golpe de litrona. O sea, que, como digo, a la primera reunión acudían pocos y a las siguientes ninguno o casi ninguno. Eso sí, cada tutor hace unos informes preciosos y pulquérrimos, y ya si consigues poner unas curvas y unas estadísticas, es el no va más, el clímax psicodidáctico. Ningún tutor ha conseguido nunca hablar más de un minuto con un tutelado suyo, aunque mirándose en silencio y sin pestañear pueden tirarse un día entero; pero cuán por extenso se rellenan formularios, cómo fluyen los papeles, qué manera de hacer carpetas, físicas y virtuales, con informes, acotaciones, sugerencias, propuestas, baremaciones, juicios, síntesis, conclusiones, resultados, retruécanos y repámpanos. Debe de haber, supongo yo, una sección entera del Vicerrectorado de Ocio dedicada a procesar tamañas deposiciones y a regar con su eco los anales de la institución.

Lo curioso del caso es que, por lo que me cuentan, así como en Derecho apenas salen voluntarios para labores así de trabajosas y altruistas, en otras facultades el profesorado se pirra y hay codazos para beneficiarse las tutorías esas. De lo que se desprende la sempiterna conclusión: la ociosidad es madre de todos los vicios. O esta otra, más propiamente posmoderna: ¿no sería mejor que se hicieran las pajas en su despacho y sin tanto papeleo?

Bueno, ¿y un servidor por qué se borró de esa estimulante experiencia? Pues por lo siguiente. Me voy hace unos días a la reunión de los tutores de mi Facultad este año, que son los mismos de todos los años, porque otros no se dejan, y el coordinador, buen amigo y colega bien competente, nos informa de que en el Vicerrectorado del vicio este le han informado de que a partir de ahora será obligatorio que los tutores asistamos a un curso de técnicas de estudio, impartido por esos pedagogos que estudian la tira, como todos sabemos. La idea es que luego nosotros, los tutores, transmitamos a nuestros pupilos esas chorradas con lacitos y power point: Manolín, que no se chupa el boli; Olga-Jennifer, las manos sobre el pupitre; Sonsoles, no deberías pasarte el día buceando en la piscina... Apasionante.

Lo mejor de todo es el porqué de semejante propuesta y a quién se le ocurrió. Al parecer, en el Vicerrectorado andaban preocupadísimos porque el pasado año hicieron un curso de ésos para estudiantes y se inscribieron dos. Je, seguro que, encima, esos dos eran unos cachondos mentales o tenían una apuesta. El caso es que esa lumbrera de la pedagogía que impartía tan exigentes materias debió de quedar sumamente frustrada, además de que si se les acaba el chollo de los cursitos, vaya putada, mi brigada. Así que reunión de tutores y autoridades académicas en un clima de comprensible consternación. Y hete aquí que la propuesta de que el curso se haga para los tutores y sea obligatorio parte de un mindundi profesor que, según me cuentan, se pasa la vida apuntándose a estas memeces para no tener que estar todo el día tocándose sus encallecidos cataplines. Y digo yo, con lo descuidados que están los jardines del campus, a estos jóvenes profesores de cuarenta años y nula vocación investigadora o propiamente docente, a estos pulimentadores de barra de bar, a estos ratoncitos alérgicos al laboratorio, ¿por qué no los ponen a regar las flores o a cavar unas zanjas de desagüe, en lugar de dejarlos campar por sus respetos dándoselas de preocupadísimos y muy entregados a la causa pedagógica? O, miren, otra idea, ¿por qué no les ponemos a ellos unos tutores que les enseñen a trabajar en serio en esta institución de la que cobran? A eso sí me apuntaría encantado, y más si dejan darles unas collejas de vez en cuando y se les puede mandar a media mañana a buscar el café con unas pastas.

Uno, ya perro viejo, retorcido y con tantas zunas, ha ido haciéndose un cierto nombre y algún prestigio entre los dos o tres que leen algo o gustan de hablar de lo que no sean las ancas de Ronaldinho. Y esa mínima consideración gremial no se puede arriesgar a tontas y a locas. Ya bastante duro es que alguien que aprecies y respetes se entere de que eres un tutor de ésos; pero que, para colmo, se sepa que vas a que un pedagogo ágrafo y medio tarado te explique cómo se estudia, ya es demasiado, no hay buen nombre que lo soporte ni curriculum que lo resista. Así que con Dios. Sólo lo siento por mis tutelados, qué gran pérdida la que sufren, cómo lo van a sentir, cuán mermada queda su formación.

Por cierto, puedo decir y hacer todo esto porque me traen al pairo las anecas, las anepes y las sociedades municipales de festejos. Si no, tendría que tragar como tragan tantos, sin ganas, sonriendo y dando grititos de placer, para que el patrón no se mosquee. Son los tiempos.

Ah, y, puesto que somos gente de principios, que no se nos olvide nuestro lema, síntesis de todo un planteamiento vital y universitario: escupe a un pedagogo.

10 octubre, 2007

Fines, medios y políticos.

Para entender lo que está pasando en la política de este país es necesario ajustar bien la mira, afinar el análisis. Va siendo tan hondo el contraste entre la teoría política democrática y la práctica real de nuestros partidos y gobernantes, que aquella teoría acaba siendo pura tapadera, burdo pretexto para un proceder que, en el fondo, hace escarnio de toda doctrina respetable.
La más radical distorsión proviene de la desideologización de los partidos. Aquello del fin de las ideologías, que hace un puñado de décadas profetizaba Daniel Bell y aquí adaptaba interesadamente Gonzalo Fernández de la Mora, acaba haciéndose verdad cuando menos lo pensábamos y mal que nos pese. Es un fenómeno general y toca incluso a los partidos que se dicen más a la izquierda de la izquierda. Esa carencia se aprecia en la incapacidad radical para articular un discurso o un programa que no estén atestados de metafísica para crédulas cabezas de chorlito y de eslóganes sin más valor que su efecto hipnótico en mentes predispuestas al vaciamiento indoloro. En los tiempos del marxismo serio y estudioso, los análisis podían ser certeros o descaminados, pero había análisis. Se partía de conocer la realidad social, la historia, la economía, las costumbres, para, sobre esa base, diagnosticar el estado de justicia o injusticia del mundo o del Estado de que se tratara y, por fin, proponer, como terapia para las iniquidades, una determinada acción política. Pues bien, ese proceder, que hacía del trabajo intelectual el cimiento de la acción política, ha pasado a mejor vida, se lo han comido los gusanos del escaño. Ahora casi todos o todos esos partidos que se dicen a la izquierda (de la derecha no hablamos ahora, y en su caso las metafísicas y el engañabobos son novedad menor) rehúsan con plena conciencia todo intento de actividad intelectual seria, pues, estando como están en manos de trepas sin formación y sin más propósito que el de sacarle brillo al sillón con sus posaderas, emplean el mayor celo para eliminar de su horizonte todo riesgo de rigor intelectual y de cultivo esmerado de las ciencias sociales. De ahí el aparentemente sorprendente desapego de esta izquierda a una universidad que merezca tal nombre, o su empeño en desairar toda cultura independiente, al mismo tiempo que generosamente financia a bufones de toda laya que, con cámara, verso, partitura o pincel, ponen su mayor empeño en divulgar las consignas al uso y acrecentar los estereotipos sociales y políticos más estériles para las mentes y más productivos en votos para los desalmados. Aquella meritoria izquierda, hija de la ilustración y volcada a la radicalización de los ideales del racionalismo, aquella izquierda que se movía por ideas y que quería hacer de la cultura y la educación el eje de las reformas sociales, se ha convertido en esta cosa actual que crea y ordeña mitos con sádica y muy utilitarista delectación, que recompensa las lealtades perrunas mucho mejor que el cultivo independiente de la ciencia o el arte, que vive de inventarse afrentas históricas y territoriales tanto como de ignorar las verdaderas injusticias entre las gentes y los pueblos, que medra a base de proclamar su solidaridad con los insolidarios. Es una izquierda traidora, espuria, descreída, cínica, mercenaria, puerilmente maniquea, intelectualmente insolvente, liquidadora de los ideales verdaderos de cualquier progresismo real, suplantadora de los que antes se movían por ideales de transformación social genuina, sucedáneo de un pensamiento liberador al que actualmente ella asfixia y persigue en mayor medida y con mayor saña que la derecha misma.
En el esquema de la teoría política democrática los distintos partidos representan ideas diferentes sobre el modo mejor de organizar los asuntos sociales y, en consecuencia, defienden programas distintos. Sus candidatos hacen política por razón de ésas sus convicciones y por ellas se comprometen ante sus electores. En consecuencia, el acceso al poder mediante la acción política es un puro medio para cumplir aquel fin de acción social. De esto hoy apenas queda rastro, pues esa relación de medios y fines se ha invertido: la ideología y los programas no son más que el medio para obtener poder y éste, el poder, es un fin en sí mismo, no el instrumento para hacer realidad ideas. Las ideas y los programas se tornan intercambiables, puramente fungibles, de usar y tirar al ritmo que señalen las encuestas de opinión. Es el cargo por el cargo lo que se ansía, generalmente por políticos que poco tendrían que rascar si hubieran de ganarse el pan en trabajos comunes y compitiendo en buena lid con el común de los mortales. Convertida la política en medio de vida particular, en lugar de ser vía para proyectos mínimamente altruistas y atentos al interés general, las convicciones hacen mutis por el foro y quedan solamente los personales deseos: yo quiero ser diputado, yo quiero ser ministro, yo quiero ser presidente del gobierno. ¿A qué precio? A cualquiera, puesto que ninguna idea de lo debido o lo decente me frena, puesto que es mi ambición mucho más fuerte que mis reparos intelectuales o éticos, puesto que, a fin de cuentas, estoy luchando por mi cocido y por mi comodidad y no por el bienestar de nadie más, aunque a cualesquiera personas o grupos pueda utilizarlos como pretexto en mis discursos: a los trabajadores, a los “nacionales” de esta tierra o de la otra, a las mujeres, a los inmigrantes, a los parados, a los ocupados… Dar gusto a todos cuando nadie más importa que yo mismo y los míos, ésa es la estrategia.
Es tanta la doblez y tan común en los partidos éstos, que los ciudadanos acabamos por acostumbrarnos y a los políticos que así nos chulean ya no los valoramos por la seriedad o la sinceridad de sus proclamas o por su coherencia, sino por sus dotes histriónicas, por el arte con que nos engañan, por el celo que pongan en contarnos lo que sabemos todos, ellos y nosotros, que es mentira. De ahí la ventaja con la que cuenta hoy el político más tarambana y con menos escrúpulos, frente al político de convicciones firmes y límites que no se vendan por votos ni se subasten a la mejor encuesta. A este último se le acusará de rígido, de inflexible, de dogmático, mientras que el oportunismo del otro se tiene por recomendable ejercicio de cintura, por capacidad de adaptación a las circunstancias y, pasmémonos, por apertura al diálogo y a la consideración de todos los puntos de vista. Un político que por igual dialoga con asesinos o víctimas, con maltratados y maltratadores, con explotadores y explotados, con rectos o delincuentes, que a todos sonríe idénticamente y que con todos busca acuerdos que a él beneficien, es, hablando con propiedad, un intrigante sin reparos y un inmoral disfrazado de ecuménico cordero. Pero gusta, pues la sociedad ya confunde la flexibilidad con la falta de consistencia; es lo que se lleva, ya que a los ciudadanos de a pie nos enseña y nos da ejemplo de algo que en el fondo nos gusta: que no hay por qué cumplir la palabra ni atenerse a promesa ninguna, que las ideas están al servicio de los intereses y no a la inversa, que no importa tanto ser honrado como parecerlo, que no hay por qué cortarse de delinquir con tal de que no te cojan con las manos en la masa o con tal de que tengas capacidad para negociar o chantajear a quien haya de juzgarte, que las convicciones han de manejarse a conveniencia según donde y con quien, que importa más cargo o prebenda en mano que ideales volando, que al que la suerte se la dé, el Derecho se la bendecirá, y más si la ley la hacen los de la misma manada.
Aquella kantiana voz de la conciencia ha sido sustituida por los periódicos resultados del CIS y aquella marxista-leninista disposición para ser vanguardia de los oprimidos, voz de la clase universal de los desheredados, se ha quedado en portavocía del propio afán rastrero. El elector ya no es destinatario de la política que se le propone, sino comparsa de un designio profundamente a-político, pues no se pretende tanto el gobierno de la polis para el bien de la polis, sino el medro propio y de los próximos a costa del gobierno e la polis.
Y, a todo esto, hoy no hemos dicho nada aún de Zapatero. Para qué, si parece que le hubiéramos hecho un retrato en las líneas anteriores. Alquimista y mago habría que ser para sacar de ese hombre un listado mínimo de convicciones coherentes, un principio no disléxico, una idea no tartamuda. Mejor dicho, una sí tiene: quiere gobernar, tener poder, mandar. ¿Para hacer qué? Para mandar, coño. Ah, bueno. Y para conseguirlo, ¿qué hace? Hoy dialoga, mañana detiene; hoy llama pacifistas a los que mañana denominará criminales; hoy querrá pactar con los que mañana presentará como correveidiles de los asesinos; hoy cuestiona la nación española y mañana se la pone por montera; hoy toma medidas a favor de los sin casa, mañana de los propietarios de casas; hoy no se levanta ante la bandera estadounidense, mañana firme ante ella como un palo; hoy pacta aquí con nacionalistas, mañana en Navarra con nacionalistas no pacta; hoy discute con los obispos y les mete una asignatura que no quieren, mañana le aumenta a la iglesia católica el porcentaje en el impuesto sobre la renta. ¿Y qué problema tiene? Ninguno, pues carece de moral o ideología que le sirvan de cortapisa y, además, a sus electores les encanta así, pícaro, maniobrero, sin principios, ambicioso con esa elemental ambición del que no quiere las cosas para hacer algo con ellas, sino porque sí, porque le da gusto tenerlas, como los niños, como los lelos. Y, sobre todo, les gusta porque se opone a los malos de la derechona. Pero, ¿cómo diantre se oponen dos ideologías desideologizadas y plenamente coincidentes en un único designio, el poder por el poder y el medro por el medro?
Desde Max Weber andamos dando la matraca con aquello de la ética de principios o convicciones y la ética de la responsabilidad, y decimos que el político no puede obcecarse en conseguir lo inviable y ha de hacer virtud del juego con lo posible; que las convicciones más profundas muchas veces han de ceder en la práctica política para dejar paso al ten con ten, a la negociación, al ir tirando lo mejor que se pueda; que el supremo bien acaba mutando en el conformarse con el mal menor. Eso es la política, sí, y por eso el buen político ha sido siempre el político versátil, el que no embiste con los ojos cerrados, el que pondera consecuencias y no sólo objetivos. Pero, con todo y con eso, los políticos que aquí tenemos en estos tiempos no cuelan tampoco como orientados por esa ética política de la responsabilidad, pues no es que refrenen sus ideales para acompasarlos a lo que en verdad se pueda hacer, ni que sacrifiquen sus programas de máximos a las servidumbres del pacto y la puntual convivencia. No, es que no tienen ideales ni programas de máximos, de mínimos ni de nada, salvo que por tal entendamos un enfermizo empeño en ganar elecciones para sentirse la mar de potentes y colocar de paso a todos sus amigotes y amigotas.
¿Que igual que pongo de ejemplo, y hasta caricatura, de todo esto a Zapatero podría poner a Rajoy? Seguro, no hay más que ver con qué coherencia critica ciertas medidas del gobierno para, acto seguido, prometerlas él iguales y multiplicadas si gana las elecciones, o cómo rechaza para Cataluña lo que aprueba para Valencia o Andalucía, o cómo teme el adoctrinamiento de los niños mediante la educación para la ciudadanía, pero nada objeta a otros adoctrinamientos con sotana y afición sectaria y minorera.
¿Y Llamazares qué? Un respeto, hombre. Hasta ahí sí que no me rebajo. ¿De qué partido dicen que es? ¿De uno con mucha historia y brillante pasado en el mundo mundial? ¿Y su ideología, la de ese paisano, de qué va? Por favor, por favor.

09 octubre, 2007

Un poco de cuento. Kawabata.

Hagamos un paréntesis en tanto lío y tanta impaciencia. Una dosis de literatura, aunque sea mínima, ayuda a poner las cosas en su sitio.

Esta brevísima narración tiene algo muy profundo que me desconcierta y me estimula líricas glándulas. Es de Yasunari Kawabata, premio Nobel de literatura en 1968, y está en su libro Historias en la palma de la mano (Buenos Aires, Emecé, 2005).

El cuento se titula "Ciudad portuaria (Minato)" y fue escrito en 1924. Éste es:

Esta ciudad portuaria es curiosa.
Respetables amas de casa y muchachas van a la posada, y durante todo el tiempo de permanencia de un huésped, alguna de ellas pasará toda la noche con él. Desde que se levante, en el almuerzo y las caminatas, ella estará a su lado. Parecerán una pareja en su luna de miel.
Sin embargo, cuando él le diga que quiere llevarla a una posada de aguas termales, la mujer ladeará la cabeza pensativa. Y si le propone alquilar una casa en la ciudad, ella, si es joven, le dirá casi feliz:
- Seré tu mujer. Pero si no es por mucho tiempo. A lo sumo por un año o seis meses:

Esta mañana, el hombre se apresuraba a empacar sus cosas para partir en barco. La mujer, mientras lo ayudaba, dijo:
- ¿Escribirías una carta por mí?
- ¿Ahora?
- Ya no soy tu mujer, así que no importa. Durante todo el tiempo que estuviste aquí, me mantuve a tu lado, ¿no fue así? No he hecho nada malo. Pero ahora ya no soy tu mujer.
- ¿De veras es así?
Escribió la carta a un hombre por ella. Era, obviamente, un hombre que, como él, había pasado medio mes con la mujer en la posada.
- ¿Me enviarías una carta también a mí, una mañana en que algún otro se embarque, cuando ya no seas su mujer?

08 octubre, 2007

Por un nacionalismo español y democrático. Por Joaquín Leguina

Ibarreche anuncia (con fecha y todo) un referéndum para que los vascos decidan si Euskadi se independiza de España (por cierto, no es normal que nadie le pregunte a este pavo qué votaría él en semejante referéndum). En la misma dirección navega, respecto a Cataluña, Carod Rovira, un líder que forma parte del Gobierno de la Generalidad, presidido por un sedicente socialista llamado José Montilla, nacido en la provincia de Córdoba, quien se niega a usar en público el español (siendo ésta la lengua materna de la inmensa mayoría de los ciudadanos catalanes). Para animar la cosa, unos cuantos radicales, amparados por ERC, el partido de Carod, se dedican a quemar fotografías del Rey (no porque ellos sean republicanos sino porque el Rey es un símbolo de España) y, mientras, en las Cortes, todos los grupos nacionalistas (catalanes, vascos, gallegos…) reclaman la existencia oficial y la participación en los campeonatos internacionales de selecciones deportivas de sus respectivos territorios (no para intentar ganar o para competir ellos con solvencia sino para que España no pinte nada en el concierto deportivo internacional). Y todos estos provocadores se dirigen a sociedades -como la vasca o la catalana- cuyos ciudadanos, en su inmensa mayoría, se sienten vascos (o catalanes) y, a la vez, españoles, a los que habría de sumarse la cantidad de aquellos que -en porcentaje nada despreciable- se sienten sólo españoles.
Me temo que en la Historia de España no se había producido antes un guirigay soberanista de la envergadura ruidosa a la que estamos asistiendo. La música nacionalista nos era conocida, y también nos era familiar la letra, pero la orquesta y los atambores nunca habían sonado con tanto estruendo. En cualquier caso, resulta sorprendente el espeso silencio que retumba en las respuestas que brillan por su ausencia y que cabía esperar de la otra parte, es decir, de los partidos de ámbito nacional y, también, de las instituciones regidas por ellos: empezando por el Gobierno de España y acabando en el más pequeño de los ayuntamientos. Algo ha pasado en este ruedo ibérico, conocido antaño como “reñidero español”, pues ahora sólo quiere reñir una de las partes en litigio. Por eso, a mi juicio, merece la pena analizar las causas de tanta prudencia y es preciso hacerlo, muy especialmente, respecto a la izquierda española.
Poco se podrá decir de IU a este respecto, pues cuenta entre sus filas con un genio político del tamaño de Javier Madrazo, que tiene como oficio (y beneficio) ejercer de tiralevitas de Juan José Ibarreche. Así que vayamos a lo que importa, es decir, al PSOE. La pregunta es sencilla: ¿Qué opinan los dirigentes e intelectuales “orgánicos” socialistas de este ruido independista? ¿Por qué escurren el bulto o se disfrazan de noviembre ante esos discursos infumables?
Para los tácticos –tan abundantes en las direcciones de los partidos y también en el PSOE- este asunto, el de ruido independentista, es cosa que se explica por la necesidad que los nacionalistas tienen -como la tienen los pavos reales- de mostrar sus más llamativos plumajes ante un electorado nacionalista en disputa: en Cataluña entre ERC y CiU y en el País Vasco entre PNV y EA, ambos también en liza con Batasuna, a quien es preciso arrebatar su actual electorado. Un electorado que estará, al parecer, destinado a la orfandad cuando ETA desaparezca.
Se trata, pues –según estos tácticos, tan optimistas-, de una lucha por los votos en campo cerrado, es decir, dentro del electorado nacionalista; lucha adobada en Cataluña con la disputa presupuestaria en pos de la loncha más gorda del jamón: el jamón de las inversiones públicas. Por eso –siempre según ellos- no merece la pena entrar al trapo, porque, además, estos muchachos tan gritones, en el fondo, son buenos chicos y siempre estarán dispuestos a echarnos una mano en nuestra misión histórica, que es la de aislar al PP y, de paso, formar aquí y acullá junto a estos goodfellas “gobiernos de progreso”, en Cataluña, en Galicia o donde se tercie (menos en Navarra, por razones tan obvias como inconfesables).
Empero, hay una pregunta elemental a la que nunca responderán “los tácticos” del socialismo reinante y es ésta: ¿para qué ha servido abrir el melón de los estatutos de Autonomía, empezando por el catalán? Porque habrá de reconocerse que si con ello, con la apertura de ese melón, se pretendía atemperar los ardores guerreros dentro de las filas nacionalistas, el resultado ha sido desastroso. Claro que también puede argüirse que la brillante operación territorial, la de los nuevos estatutos se ha hecho con la sola intención de hacer funcionar mejor el Estado… pero este último argumento, tan repetido -todos lo sabemos y ellos también- es más falso que un euro de madera.
En fin, vayamos más allá y escuchemos las razones de quienes con más solvencia intelectual que la de los mentados tácticos argumentan desde la izquierda a favor del silencio. Lo que dicen es que las aspiraciones, demandas y reivindicaciones nacionalistas “no están en la agenda política”, que a esas añosas aspiraciones ya dio respuesta cabal la Constitución de 1978, por ejemplo, en sus artículos 1 y 2 (“La soberanía nacional reside en el pueblo español” o “La constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española”) y también en otras muchas leyes vigentes. Esa Constitución –añaden- fue el producto de una voluntad común de convivencia y de un pacto político en el que todos renunciaron a sus aspiraciones máximas… y ellos, los nacionalistas, también. Y, por lo tanto, venir ahora con esas salidas de pata de banco no viene a cuento… y el resto, como en el Hamlet, es silencio.
Aun estando de acuerdo –y yo lo estoy- con la base central y constitucionalista de esta argumentación, no conviene cerrar los ojos, al menos a dos cosas:
1. Si por “agenda” se entiende el conjunto de cuestiones políticas que –por decirlo así- están en el candelero público, entonces habrá de reconocerse que quien maneja con más habilidad y éxito la agenda política en España son los nacionalistas y, lo que es más grave, son su argumentario y sus reivindicaciones los que se escuchan… y se escuchan sin una respuesta contundente, al menos, desde la izquierda.
2. Ellos, los nacionalistas periféricos, parecen tener una idea acerca de lo que son sus sedicentes “naciones”, mientras nosotros, los españoles de izquierda, que sí tenemos una idea de España, no la expresamos o la expresamos con la boca pequeña. ¿Por qué?
Antes de contestar a la pregunta de por qué la izquierda española se muestra reticente a expresar y defender una idea clara (política, cultural, sentimental…) de España, conviene que repasemos cómo se expresa hoy la ideología nacionalista de corte periférico. Lo haré sin recurrir a los grandes mitos y manipulaciones tradicionales, propias de estos nacionalismos, pero sí me atendré a la expresión inmediata, de hoy mismo, de esa ideología a través de un análisis cualitativo realizado por Helena Béjar[1], profesora titular de Sociología de la Universidad Complutense.
Veamos resumidamente las características del discurso nacionalista periférico detectadas por el estudio y no creo necesario tener que explicar el contenido mítico (cuando no directamente mentiroso) de un discurso que resulta ser –antes que cualquier otra cosa- profundamente reaccionario:
a) Esencialismo. “Cataluña es una identidad con raíces y lengua. Ello justifica la conciencia pueblo”. La lengua hace a quienes la usan miembros de una nación, no es un vehículo para la comunicación, es la expresión de la conciencia nacional. Aceptar el bilingüismo (en Cataluña, País Vasco o Galicia) sería aceptar la existencia de identidades complejas y el nacionalismo requiere de una comunidad homogénea, por eso detesta el bilingüismo.
b) Organicismo. La nación (Cataluña, País Vasco, Galicia) es un organismo vivo, personal, con un espíritu y un sentimiento propios e identificables.
c) Historicismo. La nación es el producto de una historia antigua cuya “cultura” maltratada se ha bruñido en largas guerras. “Los vascos somos el pueblo más antiguo de Europa”, “El pueblo vasco tiene siete mil años de Historia”, acaba de decir Ibarreche sin que le temblara la garganta al emitir semejante rebuzno).
d) Autenticidad. La versión moderna de este valor romántico es el diferencialismo. La diferencia respecto a los otros, como valor supremo frente a lo común.
e) Victimismo. Existe una injusticia histórica que ningún acto de expiación por parte de España podrá borrar. Por lo tanto, las demandas de los nacionalistas están condenadas a transformarse, pero no a saciarse. La necesidad de un enemigo, España, es la mayor constante en el ideario nacionalista.
f) El No-reconocimiento de España es la consecuencia de todo lo anterior. “España no existe”, “España no tiene nombre”, por eso se la moteja como Estado español, cuando no se la reduce a “Madrid”, el polo del poder transformado en enemigo, quienquiera que sea el que gobierne en ese lugar remoto y ajeno.
Una variante de esa falta de reconocimiento –muy significativo a propósito de lo que aquí estoy planteando- es lo siguiente: la visión que los nacionalistas periféricos tienen acerca del nacionalismo español al que ven, a la vez, como doliente (siempre quejándose de la pérdida de su antigua grandeza) y autoritario (franquista). De esta guisa, los periféricos consiguen colocar a los nacionalistas españoles entre la espada del franquismo y la pared de la negación o del silencio. En otras palabras: los nacionalistas periféricos plantean la paradoja de una nación, España, que si no se autoafirma demuestra su inexistencia y si se exhibe muestra su carácter autoritario (franquista). Ésta es, precisamente, la trampa en la que se halla presa una buena parte de la izquierda española. Ésa es la jaula cuyos barrotes es preciso romper, porque como escribe Helena Béjar, “la izquierda identifica descentralización con progresismo, mientras los nacionalismos periféricos convierten a España en una noción retórica”.
En el estudio ya citado, la investigadora no encuentra referencia al españolismo tradicional en ningún grupo de estudio, ninguna nostalgia parece existir del franquismo ni de la España centralista entre los encuestados, pero tampoco abundan (excepto entre aquéllos con un discurso intelectualmente elaborado y próximos al PP) los proclives a la defensa de una España como nación política y cultural, con una lengua, una historia y ascendencia comunes. Ahí, en este déficit, radica, a mi juicio, una gran debilidad: la que favorece la idea de unos nacionalismos, los de las naciones sin Estado, como “progresistas” para la izquierda bienpensante.
En estas condiciones, me atrevo a asegurar que cualquier apelación a la pertenencia ciudadana, a la racionalidad, a la Constitución… Todo lo que se haga en pro de un lenguaje de compromiso democrático, de la ciudadanía incluyente, de un patrimonio constitucional común serán piezas intelectualmente solventes y útiles… pero insuficientes. ¿Por qué?
Porque ese discurso tiene un gran déficit emocional. España no es sólo un Estado que ha de proteger a sus ciudadanos: “Cuando veo la bandera de España en un edificio público sé que allí se me está defendiendo y si no la veo no lo sé” (Fernando Savater). España es, además, una nación de la que nos sentimos miembros. La identidad ciudadana, post-nacional y europeísta, siendo elogiable y deseable, resulta, a todas luces, incompleta a la hora de construir unos anclajes sociales eficientes, capaces de parar la actual ola disgregadora.
Es preciso reconstruir (o construir) en España un nacionalismo democrático insertado en la tradición liberal –la de Ortega, la de Fernando de los Ríos, la de Giner, la de Prieto, la de Azaña-, en lugar de destruirlo o desmontarlo, y para ello la izquierda –ella sobre todo- tiene que echarle siete llaves al sepulcro del franquismo y, en consecuencia, también al del antifranquismo. Un franquismo que, pretendiendo hacer todo lo contrario, lo que consiguió fue quebrar la conciencia nacional, al identificarse él con España, motejando a quienes se le oponían de Anti-España. Un franquismo que, a la postre, sirvió para justificar un victimismo revanchista que no deja de hacerse oír, con ocasión o si ella.
Buena parte de la generación de 1968, a la que yo pertenezco, sigue presa de una inercia absurda que –como dice la profesora Béjar- “le impide abrazar la bandera española como propia, mientras se muestra tolerante con la continua y ubicua exhibición de las banderas catalana y vasca, encarnaciones de un patriotismo, ése sí, respetable”.
Hablemos, al fin, claro: Prat de la Riba y otros “regionalistas” (así se hacían llamar los fundadores del catalanismo) no proponían la independencia de Cataluña, y no la proponían no porque no la desearan, sino porque sabían que eso era imposible. Percibían con claridad que frente a esa aspiración existía una apabullante mayoría… y hoy sigue existiendo esa mayoría contraria, pero sus representantes políticos son, a menudo, incapaces de plantarse y -emulando a Alan Ladd frente a Jack Palance en “Raíces profundas”- decir a los nacionalistas: “No sigan ustedes por ese camino”. Aunque, a lo mejor, para que este “basta ya” se produzca haya que cambiar la Ley electoral…pero ése es otro asunto, dentro, eso sí, de la misma triste historia.
[1] Los discursos del nacionalismo en España. Claves de razón práctica. Nº 174. (Para el estudio se trabajó con 17 grupos de discusión en Madrid, Toledo, Barcelona y País Vasco).

Fuego enemigo sobre el Estado. Por Francisco Sosa Wagner

El pasado miércoles nuestro amigo Francisco Sosa publicaba en El Mundo este artículo que reproducimos aquí, agudo y certero como siempre:
Fuego enemigo sobre el Estado. Por Francisco Sosa Wagner.
En el segundo decenio del pasado siglo XX un catedrático alemán, Rudolf Smend, hilvanaba sus teorías, en las soledades de su cátedra en Bonn, manejando los trebejos y las sutilezas que son propias del razonamiento jurídico. Dándole a su magín privilegiado dio con la fórmula de la lealtad federal calificándola como un ingrediente indispensable de la estructura federal del Estado. Smend advirtió que existe, inspirada en principios «no escritos», una relación funcional entre la Federación y los Länder que se halla situada más allá de las técnicas organizativas concretas puestas en pie por el texto constitucional y que se resume en la fidelidad de las partes a aquellos compromisos básicos que sirven de soporte a las relaciones entre los diversos componentes del Estado. Smend se apoyó, para construir su tesis, en los modelos americano y suizo y, a partir de sus enseñanzas, acierta con esta locución o con las de «conducta amistosa» o «amabilidad federal» y cuyo fundamento, plenamento jurídico, ha de buscarse en el «contrato» sobre el que el mismo Estado se asienta.
A mi juicio, esta lealtad es en efecto el gozne del Estado, la bisagra que sirve para facilitar el movimiento o el acomodo entre las piezas del sistema político descentralizado. Actúa como telón de foro que es aquel que, en el teatro, cierra la escena prestando su sentido a la decoración toda. Si lo trasladamos al ámbito del derecho constitucional, es el entibo del razonamiento judicial, el hilo de Ariadna que no debe perder de la mano ni el juez, cuya misión es componer conflictos, ni el político que ha de adoptar decisiones porque, si ello ocurre, uno y otro se desorientarán irremediablemente en el laberinto de los intereses enfrentados, tan abundantes en el Estado descentralizado.
Puede decirse que la lealtad, al estar solo parcialmente prevista en textos legales positivos, carece de cuerpo porque es más bien espíritu: la esencia o la substancia aglutinante (el adhesivo) de la organización política. Representa -dicho de otra forma- el confín que marca el territorio de las buenas maneras, más allá del cual se abre otro en el que no es difícil que se extiendan la sombra del desconcierto y el germen del despropósito.
Hoy, esta moneda de la lealtad, acuñada en la lejana ceca centroeuropea, es de circulación corriente en nuestro Tribunal Constitucional (así, sentencias de 18 de enero y 14 de marzo de 2007).
Pero Smend, un protestante muy activo en su iglesia, cuyo alejamiento del ideario nazi le obligó a abandonar Berlín y refugiarse bien calladito en la universidad de Göttingen, había avanzado más en sus reflexiones lúcidas al construir su teoría de la «integración». Si alguna justificación tiene el Estado es precisamente como realización de una comunidad de valores vividos y actualizados, no pues como una suma de elementos disgregados. De ahí deriva su legitimidad porque sin «integración» no hay Estado, siendo la Constitución el resultado formalizado de esa comunidad vertebrada. El Estado existe cuando hay un grupo permanentemente relacionado que se siente como tal, que recrea y actualiza los valores de que se nutre la «integración», y que es capaz de participar en la vida y en las decisiones de la colectividad. La «integración» es pues el meollo de ese gran artilugio, es su sustancia, el espíritu que lo anima, aquello que determina su existencia y lo justifica. Smend cita diversas modalidades de tal integración, así por ejemplo, la identificación de la colectividad con figuras y personajes concretos (el jefe del Estado o el del Gobierno) o con las instituciones básicas como el parlamento y las elecciones. O aquellas formas de vida que representan una «síntesis social» , elementos para la continua restauración de la comunidad política en cuanto agrupación de voluntades, cauce para la actualización de unos valores determinados e integradores, entre los que, en fin, se encuentran aquellos de contenido simbólico, caso de las banderas.
Así razonaba Smend a quien dolía la república de Weimar, pobre barquilla zarandeada por los extremismos totalitarios de la derecha y de la izquierda, y advertía de la fragilidad de las instituciones democráticas y más aún de la extrema fragilidad de las estructuras políticas descentralizadas. La historia le daría la razón y uno de esos totalitarismos, el de derechas, acabó con la república, con la integración y, en definitiva, con las buenas maneras que son al cabo la traducción al romance de esa integración y esa lealtad por las que clamaba Smend.
Pues bien, son esas «buenas maneras» las que se han perdido en nuestro panorama político quedando comprometido así el quebradizo edificio institucional. Porque se comprenderá que la lealtad salta irremediablemente por los aires cuando el presidente de una comunidad autónoma se atreve a desafiar al Estado del que forma parte y del que es representante en su territorio, convocando un referéndum ilegal. Cuando tal despropósito ocurre, nos hemos instalado en las peores maneras y hemos sacado el juego político del casino donde se guardan las reglas para acomodarlo, extramuros del mismo, en una timba donde imperan la maña y la trampa.
Se pierden algo más que las «buenas maneras» cuando queman las fotos del Rey unos republicanos que, por cierto, nunca han tenido la amabilidad de aclararnos cuál es la república que puebla sus sueños: la alemana, la italiana, la cubana o la argelina. Por no aclarar, ni tan siquiera nos aclaran su posición en lo que constituye la summa divisio de tal forma de organizar el Estado, es decir, si quieren una república parlamentaria o presidencialista porque el asunto no es baladí en orden, sobre todo, a la forma de elegir a quién encarna esa república. ¿Hay que explicar a estas alturas que al presidente federal alemán no lo eligen los ciudadanos sino un colegio político? ¿Y que al presidente francés sí lo elige el pueblo pero ello da lugar a un modelo bien distinto, con componentes autoritarios bien visibles?
Tales actitudes resultan de una gravedad extrema. Pero no merecen más dulce calificativo las voces de aquellos nacionalistas catalanes que están poniendo en cuestión al propio Tribunal Constitucional porque temen que formule objeciones a algunos artículos del Estatuto que aprobó la población de aquel territorio (una minoría de la misma). Somos varios los que hemos advertido el peligro que anida en este pasatiempo consistente en enfrentar la legalidad constitucional, cuyo garante es el Tribunal, con el juicio popular. Pura dinamita, amable lector. Pues manipulando con esa dinamita estamos y encima sin tomar las precauciones propias de los especialistas de la policía. Y, asimismo, dinamitando estamos la lealtad, la integración y la summa summarum cuando algunas fuerzas políticas se atreven a pedir al Gobierno que maniobre para evitar un juicio adverso del Tribunal Constitucional. Se han publicado hace poco en Alemania las memorias de Roman Herzog, presidente de aquella república entre los años 1994 y 1999 (Jahre der Politik, Siedler, 2007). Pues bien, este hombre, catedrático de derecho público, fue también magistrado y presidente del Tribunal Constitucional. Entre sus reflexiones, de subido interés, destaca la de que en los cincuenta años de su existencia, el Tribunal ha adquirido tal «autoridad» que un político o un órgano público que se opusiera a una de sus decisiones, sería sin más barrido de la escena. La clave del Estado de Derecho se halla pues en esa «autoridad» que, por su trabajo, el tribunal ha conseguido y en la confianza que por ello le muestra el soberano, es decir, el pueblo mismo.
¿Qué hacer?, como rezaba el título de un libro con el que muchos entretuvimos nuestra atolondrada juventud. Pues se impone que el Gobierno de España -y con él, la oposición- enarbolen el estandarte de la razón constitucional con valentía y sin complejos ante quienes intentan, no ya fragmentar el Estado, sino triturarlo. ¿Qué tal, señores socialistas y señores peperos, si de momento nos ponemos a defender la dignidad de nuestro Estado constitucional y nos olvidamos de la temporada de saldos y rebajas abierta con las ofertas de dodotis para el nene y la nena, la motorola para el adolescente enrollado y el viagra para el anciano abatido?

07 octubre, 2007

Religiones y partidos

Un buen amigo me ha puesto esta mañana en la pista de una polémica que está teniendo lugar en Frankfurt y que viene detalladamente recogida estos días en el Frankfurter Rundschau. En Frankfurt existen ya dos mezquitas y los fieles del Islam quieren construir una tercera. En la ciudad y el Ayuntamiento se ha desatado la polémica de siempre sobre multiculturalismo, religión, vida pública y espacios públicos. Parece que todos los partidos están por conceder el permiso, los democratacristianos con resignación y –supongo- mala conciencia, y tanto los verdes como los socialdemócratas con entusiastas y firmes apelaciones a la libertad religiosa. Parece que en Frankfurt viven unos setenta mil musulmanes, muchos de ellos con nacionalidad alemana.
En agosto nació la polémica cuando muchos ciudadanos se opusieron a la construcción de la tercera mezquita, unos apelando a que en las mezquitas se incita al odio contra Occidente y otros aduciendo que a este paso habrá más mezquitas que iglesias cristianas. Las respuestas de los partidos llegaron en forma de acusaciones de histeria, xenofobia y resentimiento antimusulmán y con llamadas a la convivencia multicultural y al pluralismo religioso. Al mismo tiempo, se encona el debate general sobre la libertad religiosa, sus alcances y sus límites. Sale a la palestra la pregunta sobre el origen de los dineros con los que se financiará la obra, pues en ese distrito de la ciudad no hay más de quinientos musulmanes. Se habla del origen extranjero de los recursos, vía cuentas suizas.
Las posturas se van decantando a favor de la nueva mezquita. Contundentemente en pro de ella se pronuncian algunas asociaciones católicas, argumentando que no se deben poner límites a la libertad de credo. Su decano, Raban Tillmann, declara al Frankfurter Rundschau que a él le son mucho más gratas esas gentes de otras religiones que rezan a Dios que aquellas personas que no tienen Dios ninguno, y acaba haciendo votos por una alianza de los creyentes. Lo que nos faltaba.
Durante estos meses de debate los que se oponen a la mezquita son a menudo tachados de derechistas o, incluso, de nazis. Supongo que al señor Tillmann todos lo considerarán un progresista de los mejores. Eso sí, verdad es que algún partido neonazi aprovechó la ocasión para decir de las suyas y convocar manifestaciones, que fueron prohibidas.
El referido periódico organizó recientemente un debate sobre el asunto. En él, Daniel Cohn-Bendit, autoproclamado ateo, manifestó que se debe dar espacios a los musulmanes y que cuanto más generoso se sea con sus mezquitas e instituciones, mejor y más críticamente se podrá debatir con ellos. A los musulmanes les pide una actitud abierta para discutir con los demás cosas tales como los derechos de la mujer. No consta que Cohn-Bendit ni los otros hayan reclamado el derecho de los católicos a construir iglesias de las suyas en Arabia Saudí o el de los ateos a proclamarse tales, tranquilamente, en los países de confesión islámica, por lo de la reciprocidad y tal. Tampoco parece que se haya hablado de los derechos de los homosexuales en el Islam, con lo bien y mucho que suenan aquí. La discusión parece reducida a qué derechos deban los musulmanes disfrutar en este Occidente decadente, descreído y con unos cuantos cristianos en retirada: si todos o casi todos. Cohn-Bendit se pronunció, naturalmente a favor de una sociedad multicultural…, pero aquí, no allá. Supongo que en los términos habituales: que en nombre de la multiculturalidad se permita a los líderes religiosos musulmanes llamarnos a nosotros de todo por dejar mandar a las mujeres en igualdad, por andar enseñando el refajo y las carnes o por tomarnos unas copas, pero que no se nos tolere a nosotros decirles a ellos que son unos putos retrógrados machistas, autoritarios, acomplejados y meapilas. Bien, eso se llama multiculturalismo sin reciprocidad o, en otros términos, el que más jeta le eche, gana. Meterse con los obispos católicos es signo de progresismo, lo hagan los musulmanes o lo hagan unos concejales de Los Verdes. Meterse con los imanes es de nazis. Pues vale. Todo en nombre también de la libertad religiosa, conste.
¿Y saben qué acaba de ocurrir? Pues que el Consejo Central de Ex–musulmanes acaba de emitir un comunicado en contra de la construcción de nuevas mezquitas en ciudades como Frankfurt y Colonia, y en dicho comunicado suelta cosas tales como que las mezquitas son el símbolo de un Islam político que no representa a los musulmanes, sino que es la expresión de una política reaccionaria y de odio a las mujeres. Olé. Y añade que la religión es asunto privado y que existen ya demasiadas mezquitas en Alemania. Cuantas más mezquitas se construyan, más mujeres serán oprimidas y más niñas serán obligadas a llevar el pañuelo en la cabeza, eso dice Mina Ahadi, la presidenta de dicho Consejo Central. Y, claro, el Gobierno alemán la acusa de acrecentar los problemas y agudizar el enfrentamiento. Las mujeres que se jodan, lo importante es que no riñamos con esos vecinos tan así.
Ese Consejo Central de Ex-musulmanes se fundó a primeros de año. Por cierto, el salirse de la fe del Islam merece la pena de muerte según las leyes islámicas y tal como han explicado al Frankfurter Rundschau doctos representantes de dicho credo. En nombre de la libertad religiosa, naturalmente.
A ver si aprendemos en todas partes: la religión, toda religión, es asunto privado y de conciencia y, como tal, muy respetable. Una sociedad libre y plural no es aquella en la que todas se fomentan y se dejan obrar a su antojo, sino aquella en la que se vela para que ninguna confesión ni autoridad religiosa abuse de nadie ni imponga a nadie su ley: ni a niños ni a niñas ni a adultos ni a adultas ni a nadie. A nadie. Y que sus gastos se los paguen ellos, sus enseñanzas se las paguen ellos y sus gestiones para ganarse una parcelita llena de huríes o en la finca de Pedro se las paguen ellos también. Y que nos dejen en paz de una dichosa vez a los que no queremos vernos rodeados de superstición, cutrez y miedos pueriles.

06 octubre, 2007

Batasunos, garzones, zapateros

El martes me toca explicar a mis estudiantes de primero de Derecho. Si me preguntan algo sobre el procesamiento y detención de los dirigentes de Batasuna, ¿qué les digo? Habrá que echar balones fuera, porque entender, lo que se dice entender, no se entiende casi nada; al menos en términos de Derecho, que de electoralismo y politiquería barata sí que parece que vamos bien. Estaba cantado en los últimos tiempos: ZP se presenta a las elecciones de marzo envuelto en la bandera rojigualda, con toda la Mesa Nacional de Batasuna en la cárcel y, si hace falta, reivindicando la memoria de su otro abuelo, el franquista. Este hombre no tiene límites, sólo meta, la meta de gobernar a cualquier precio, ya aprovechando un atentado islamista, ya fusilando al amanecer al Permach y compañía. Acabará adelantando a Aznar por la derecha si cree que gana más votos que montándoselo de pacifista rojísimo. Todo es un ver para creer, como cuando el otro día reprochó a Rajoy su escaso apoyo para parar el referéndum de Ibarreche. Sí, sí, a Rajoy. Manda eggs.
Ay, pero si sólo fuera Zapatero el que nos descoloca. Ahora los fiscales y los garzones hacen lo que rechazaban antes de fin de año y, por ejemplo, imitan al juez Grande Marlaska en lo mismo que antes le criticaban. Eso es de cajón e indiscutible. Garzón, el Fiscal General, algún ministro y no sé cuantos más de los aspirantes a intelectuales orgánicos y que se quedan en meramente orgánicos se explayaron contra la Ley de Partidos, su excesiva contundencia, su difícil conciliación con las libertades constitucionales y no sé cuántas cosas más. Demonios, y ¿de repente han cambiado todos de idea? ¿Ya les gusta otra vez? ¿Ya son asesinos los interlocutores y terroristas los hombres de paz?
Sobre todo quiero ver cómo salen estos días a la palestra y qué dicen los intelectuales organillos, los que le atizaban con munición gruesa al PP por pedir que se considerara terroristas a los batasunos y se les diese en la cabeza con la parte más dura del Código Penal. Había unanimidad psoebrera en que semejantes alegatos eran propios de fachas, franquistas y sádicos irredentos. Coño, ¿y ahora? A más de cuatro catedráticos quiero leer yo estos días manteniendo aquellos principios que tan monos quedaban contra el PP. A ver, a ver, majetes, que están deteniendo a gentes que, en vuestra docta opinión de hace nada, no eran delincuentes.
Seamos honestos y ubiquémonos a nosotros mismos en este laberinto de pasiones. Por el lado emotivo y en lo que a un servidor respecta, a los batasunos estos como si se los come una piara de cerdos bilingües. Es la última gente con la que me apetecería tomar un café o echar una parrafada. Me dan intensa grima, por no decir asco. Se me desborda el desprecio, el intelectual y el moral. Pero dicho esto, lo del Derecho hay que tomárselo muy en serio, al menos si queremos vivir en un Estado de tal y no en una república bananera gobernada por un Obiang blanquito y cazurro. Y por ahí me parece que lo que anda haciendo estos días el servil Garzón tiene una presentación bastante mala. Que ciertos comportamientos sean delito, que la norma correspondiente se aplique a unos o a otros, que se aplique con más o con menos contundencia, son cosas que cabe discutir y que deben ser discutidas. Pero que hoy no se aplique y mañana sí, bailando jueces y fiscales al son electoral que le interese al Presidente de Gobierno, es simplemente impresentable. Una utilización selectiva de la ley, y más de la ley penal, esclava de las ocurrencias o de las momentáneas ambiciones del cantamañanas que nos presida, supone una patada en las entrañas mismas del Estado de Derecho. Si estaba justificado y era razonable lo que hace un año decían Zapatero y sus mariachis para explicar que no se procesara o no se condenara a los batasunos, o hasta para dar a algún etarra el chivatazo de que la policía iba a por él, tiene que seguir estándolo ahora; si lo razonable es lo de ahora, alguien debe contarnos lo de hace un año y, posiblemente, pedir disculpas a la ciudadanía. Pero no, todo el mundo entiende que el Código Penal se ha convertido en simple moneda de cambio, en herramienta de presión, en arma para el chantaje. Ahora resulta que el bien jurídico protegido por ciertos tipos penales de los que Garzón maneja cuando quiere(n) y como quiere(n) no es otro que el interés electoral del Gobierno. Pues fantástico, pero, ¿por qué no convertimos en delito simplemente el llevarle la contraria al Gobierno? Habría mayor seguridad jurídica, al menos.
Me caen los de Batasuna como una patada en salva sea la parte, pero si algo nos queda de juristas deberemos afinar el ojo crítico al analizar estos encarcelamientos repentinos. Ya una vez se columpió un gobierno (y Garzón) con la Mesa Nacional de Herri Batasuna, y volveremos a las andadas. Y más si es Garzón el que instruye o anda en diligencias. Resulta que si los de Batasuna negocian en nombre de ETA con el Gobierno de Zapatero, no sólo no son etarras, sino que también hay que ir pensando en aflojar la presión policial y judicial; pero si, además de negociar, no lo dejan, a Zapatero, salirse con la suya y colgarse la medalla de la pazzzzzzzzzz, carajo, los mismos batasunos, sin hacer nada distinto de lo que venían haciendo ni mover un dedo más de los que ya movían, se convierten en etarras peligrosísimos y son detenidos exactamente igual que si formaran parte del comando Madrid. Raro, raro, raro. O clarísimo, para el que tenga ojos en la cara.
Echo un vistazo al Auto de Garzón y no salgo de mi asombro. Será que entiendo poco de asuntos penales y procesales. Por un lado, resulta que Josefa Álvarez está procesado desde febrero de 2005 “por presunto delito de integración en organización terrorista ETA-EKIN-BATASUNA” y se hallaba en la actualidad en situación de libertad provisional. ¿Y ahora por qué decide Garzón encarcelarlo, poniendo fin a esa situación de libertad provisional? Pues porque “forma parte de la cúpula dirigente de BATASUNA en la actualidad” y hay “reiteración delictiva”. Aquí ruego a los amigos penalistas que me echen y nos echen un cable (please, ATMC, aquí imploramos su docta opinión). Porque uno, ignorantón, tiende a pensar que ése es el mismo delito por el que ya está procesado y a la espera de juicio y que la “reiteración delictiva” no es más que el mantenimiento de aquella situación o estado de cosas sobre el que tendrá que dirimir la sentencia que ponga fin a aquel proceso. ¿O hay delito nuevo?
En cualquier caso, y admitiendo que pueda estar procesal y penalmente justificado volver a la carga contra el tal Álvarez (el gudari este de los cataplines se apellida Álvarez Forcada, no se lo pierdan), la curiosidad nos lleva a preguntarnos qué hizo a Garzón caer en este instante de la burra. Sí, ya sé que él hace lo que le dicen desde la Moncloa, ya sé, es una pregunta retórica. Si quieren, cambien la formulación de la pregunta e interróguense sobre cómo se lo monta para justificar que se reaccione precisamente ahora y no hace un año. Pues miren, por la magia de los números. Pitagórico a su manera, se ve que Garzón estaba esperando a que Álvarez acudiera a diez reuniones de Batasuna. Iba contando, pacientemente: siete, ocho, nueve… y diciéndose, con esa voz suya de timbre equívoco: a la de diez me lo cargo. Y dicho y hecho: diez reuniones de Batasuna con presencia de Álvarez –después de su procesamiento en 2005- enumera Garzón en el Auto como justificación de esta medida de encarcelarlo ahora, la primera de julio de 2006, la última del pasado 21 de septiembre. ¿Saben de cuándo era la quinta de esas reuniones? Del 12 de diciembre de 2006. ¿Y la sexta? De 30 de diciembre de 2006 (el Auto la califica como “reunión extraordinaria de miembros de Batasuna”, con lo que se pregunta uno cuáles serán las ordinarias a juicio del Juez), fecha bien significativa, por cierto. ¿Por qué no se decretó entonces su ingreso en prisión? Porque cinco o seis reuniones no bastan, hombre, tienen que ser diez, número redondo. Debe de ser una norma de la Ley de Cachondeo Criminal.
Aparte de las reuniones, también cuenta, según el Auto de Garzón, que Álvarez asistió a una asamblea nacional de Batasuna el pasado 14 de septiembre y a una concentración en diciembre del pasado año. Y miren esto: que “en el domicilio de Josefa Álvarez Forcada se ha encontrado un documento que acreditaría su labor como miembro actual de la Mesa Nacional de BATASUNA, y, por ende, desarrollando la misma actividad por la que fue procesado en febrero de 2005". Desde luego, qué descuidados son estos batasunos, se dejan en casa el carnet de dirigentes de un partido ilegal. Por cierto, ¿qué tal esto de que sea delito con pena de cárcel el dirigir un partido ilegal? Oiga y, entonces, ¿negociar con los dirigentes de un partido ilegal asuntos importantes de la política del Estado qué se supone que debería ser?
Lo de Garzón no tiene desperdicio; el Auto, digo. Como justificación de estas medidas de ahora alega que se ha producido “una escalada exponencial de acciones terroristas (incluida la Kale Borroka) de la organización terrorista ETA”. ¿Cuál escalada exponencial? ¿Lo de Barajas? Hombre, eso fue hace casi diez meses y para entonces el Joseba ya había estado en seis reuniones de aquellas…
Este Baltasarín se pasa de frenada cada vez que se lo monta de sumiso y merecedor de azucarillo. Va y pone negro sobre blanco en este Auto que la kale borroka es parte del terrorismo de ETA. Je, pues entonces no hubo tregua ni hubo nada, mira por donde, nos estaban engañando todos.
Y para terminar con las lindezas del Auto. Se dice en él que “existe un objetivo riesgo de sustracción a la acción de la justicia a la vista de la gravedad de los hechos imputados, hechos de naturaleza terrorista, que por sí mismos inducen a pensar que, a pesar del arraigo del imputado pudiera no atender las citaciones judiciales, máxime cuando se ha formulado una nueva imputación de gravedad”. Discúlpeme el querido lector, sé que es torpeza mía. Pero no entiendo nada. Y me quedo con esta duda, que espero que alguien me aclare: ¿en este Auto se le está imputando un nuevo delito la mar de grave o simplemente se está decretando el cambio de su situación procesal, con el paso de libertad provisional a prisión provisional? Y, en cualquier caso, si no huyó hasta ahora, ¿por qué iba a huir ahora? Sí, más de lo mismo, lo sé: a Garzón le dijeron que a chirona con él, y a chirona lo manda; como excusa vale también que se haya ido de la herrikotaberna sin pagar una ronda de chatos.
Prometo estudiar un poco estos días, aclararme mejor y leer algún Auto más, a ver qué sale. Entretanto, resumo mis lamentables opiniones: A) Como terrorista el Código Penal debería castigar solamente al terrorista, nunca al que simplemente simpatiza o da apoyo político al terrorista. B) Al terrorista la ley se le debe aplicar SIEMPRE, siempre igual y siempre con rigor, amén de con todas las garantías. C) Con terroristas no se negocia, al menos mientras no anuncien su renuncia definitiva al terrorismo. D) El que negocia con terroristas y no los convence para que dejen de serlo, debe asumir las consecuencias políticas con toda claridad. E) El que negocia con unos tipos de los que dice que no son terroristas, sino buenos interlocutores y hombres de paz, y luego, fracasada la negociación, manda detenerlos, aduciendo que son y siempre han sido terroristas, es un perfecto sinvergüenza y una plaga que contamina de indecencia el Estado de Derecho. Y el juez que baila a su son es otro sinvergüenza igual de trepa y descarado. ¿Por qué no hacen a Garzón embajador en la UNESCO o el Vaticano de una puñetera vez?