18 noviembre, 2008

El Estado, caja de socorros. Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado en El Mundo, 18 de noviembre de 2008)
Las turbulencias financieras constituyen una magnífica ocasión para meditar sobre cuestiones muy de fondo de nuestras estructuras políticas y administrativas, así como acerca de su relación con algunas instituciones públicas y privadas: el Estado, los bancos, las grandes empresas de sectores clave de la economía, los partidos políticos... ¡Ahí es nada!
Del Estado sabemos que está viviendo una transformación de muy amplios vuelos. La Teoría tradicional, que se ha explicado a lo largo del siglo XX y que tiene su punto de partida en la gran obra de Jellinek -traducida al español en 1914 por Fernando de los Ríos-, ha conocido en Europa una erosión de espectaculares dimensiones. De sus tres elementos clásicos, el territorio, la población y el poder, ¿qué sobrevive? En el territorio tradicional se han formado grietas aparatosas y las fronteras con sus guardias y sus alambradas, aquellas ciudades-frontera, entrañables ciudades hermafroditas, un poco católicas, un poco protestantes, son hoy día un recuerdo apto para contarlo a los hijos. No es, ciertamente, que el territorio se haya disuelto, pero sí ha perdido su vestimenta absoluta, arrolladora o la exclusividad que le acompañó durante mucho tiempo.
Pero, ¿y la población? La aparición en el espacio europeo de unos pueblos venidos de todos los continentes está convirtiendo a la nacionalidad en algo contingente, de suerte que se ha volatilizado en buena medida su condición de elemento decisivo en la estructura del Estado. Es más: no resulta aventurado sostener que se está formando un pueblo europeo, aunque se trata de un proceso lleno de incógnitas y de complejos meandros, forzosamente lento: tan lento como por cierto fue históricamente el proceso de creación del pueblo español o del pueblo alemán, que no surgieron en un rato perdido de la Historia.
En fin, del poder concebido como instancia con voluntad soberana, superior, única en el territorio, ¿qué queda? Hoy en día, a tal voluntad no se llega sino a través de pactos con otros Estados. Por decirlo con palabras de nuestro Tribunal Constitucional: «España es Estado miembro de las comunidades europeas y, por tanto, sujeto a las normas del ordenamiento comunitario que poseen efecto directo para los ciudadanos y tienen primacía sobre las disposiciones internas» (sentencia -entre otras- 130/1995 de 11 de septiembre). No se trata simplemente de una cesión de atribuciones, sino que se están conformando nuevas potestades y un nuevo haz de competencias que, además, afecta a los tres poderes del Estado que van viendo cómo menguan implacablemente sus atribuciones. Convengamos en que no quedan núcleos duros de la disponibilidad del Estado: todos se han ablandado y el mismísimo sacrosanto espacio que ocupa la Constitución ya no puede considerarse seguro ante las mudanzas que vive.
Pero el Estado es como la materia en la física: ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma. Agónico el Estado nacional tradicional, es preciso proclamar bien alto un ¡viva el Estado!. Porque el Estado no puede convertirse en un ser fantasmal y melancólico que vague sus soledades por los espacios. Antes al contrario, se necesita un poder fuerte y democráticamente organizado que legitime decisiones y medidas que afectan a millones de ciudadanos, que sea capaz de hacer frente a su responsabilidad, es decir, que tenga siempre a punto y engrasado un marco que permita depurar los conflictos sociales evitando su degeneración en un polvorín, capaz de poner contra las cuerdas el delicado orden de la convivencia, es decir, la vieja pax pública, justamente uno de los títulos que están en su origen, allá en la remota Edad Media.
Esto es lo que hacen en estos días los Estados europeos -o el estadounidense-: aparcadas las recetas neoliberales que han pretendido someterlo a una inflexible cura de adelgazamiento, se presentan de nuevo en el escenario luciendo su energía, formidable y ordenadora. Todos se han vuelto hacia él pidiéndole una caridad, la mano amiga que nos ayude a atravesar el río crecido y en ejarbe.
Ahora bien, es un Estado que ya no puede actuar solo, sino de forma coordinada con otros Estados y con los grandes bloques espaciales. Como ha escrito Ulrich Beck, «la ganancia del poder transnacional del Estado tiene que pagarse hasta el último céntimo con las monedas, pequeñas y grandes, de la autonomía nacional, lo que significa que la transnacionalización del poder estatal y la desespacialización de la política van acompañadas de una paulatina autodesnacionalización del Estado y su reñida soberanía».
Este es el modelo que, a trancas y barrancas, con todas las dificultades imaginables, nos ofrece la construcción europea en la que es obligado creer y en la que es obligado avanzar para erigir esa Europa cosmopolita que nos libere de la miopía nacional. Es -como he explicado en algún lugar- la Europa de un poeta como Schiller, autor del Himno de Europa (A la alegría de la Novena de Beethoven) y que utilizó Alemania para su Wallenstein, Francia para La doncella de Orléans, Suiza para Guillermo Tell e incluso España para su Don Carlos.
Precisamente esta crisis nos ha puesto de manifiesto de manera expresiva la exactitud del discurso que vengo sosteniendo. No habrá más forma de organizarse en el futuro, para dar respuesta a las secuelas que las circunstancias actuales dejarán en nuestras pieles, que abandonando la ciencia zombi de la mirada nacional. Pues el gran poder económico, tanto el de las instituciones públicas como el propio de los grandes conglomerados privados, que antaño se ejercía sobre un territorio acotado, tiene hoy como signo distintivo el hecho de independizarse de lugares concretos, es decir, moverse en un marco de extraterritorialidad, que es su arma formidable.
Pero al mismo tiempo descubrimos la enorme dependencia de las instituciones públicas, con poderes de ejecutividad y de coerción en parte cuestionados, de las poderosas instituciones privadas y, en especial, de unos institutos de crédito, que, al entregarles todos nosotros nuestras nóminas, nos atrapan en un abrazo tan ceñido que quedamos uncidos a su suerte: gozosa si es buena; desventurada si es aciaga. No parece haber escapatoria. El Estado, caja de socorros.
A todo ello hay que añadir, para complicar la maraña, la dependencia de los partidos políticos de esos mismos bancos a los que deben sumas ingentes de dinero. Un cierto escalofrío recorre el cuerpo cuando pensamos en esta realidad estremecedora.
Con estos mimbres habremos de construir una nueva teoría del Estado, una nueva explicación que sepa interpretar la realidad de unas instituciones políticas y administrativas zarandeadas a conciencia. Estamos ante el eterno complexio oppositorum en que se han debatido siempre, a lo largo de la Historia, las grandes organizaciones y donde han labrado sus habilidades y su fortaleza.
Se comprenderá, a la vista de este nuevo panorama, cuán viejos se nos ha quedado la hucha de conceptos en la derecha y en la izquierda. Como ha escrito Víctor Pérez Díaz en su última y magnífica obra -El malestar de la democracia-, «no es que en cada momento y lugar no haya diferencias; sino que izquierda y derecha, en general, aspiran a una definición y a una determinación unívocas que unifiquen su trayectoria en el largo plazo; y es esa la determinación que falta o, cuando no falta, es vacua».
Y se comprenderá, asimismo, con cuánta caspa se nos aparece ahora toda la teoría de las «competencias blindadas» de Estatutos como los de Cataluña, Andalucía, etcétera. Por cierto, cuando se trata de engrasar el sistema financiero, ¿dónde están esas comunidades autónomas que tanto brío suelen poner a la hora de instalar la mesa petitoria? Porque debe saberse que en Alemania los Länder han sido llamados a pasar por caja. Así se las gasta el federalismo serio. Por aquí gastamos un federalismo que «facie a todas guisas tuerto e falsedat», que diría el abuelo Gonzalo de Berceo.

17 noviembre, 2008

Aparéate y corre

En los asuntos de sexo y cama no hay manera de mantenerse al día, van las cosas a toda leche y a nada que te descuidas ya te quedaste más desfasado que el sexto mandamiento. Ahora resulta que el último gemido es la cita a ciegas en garaje o servicios de unos grandes almacenes para echar un polvete emocionante y salir corriéndo(se). Según leí ayer en un diario que lo contaba entre G-20 y G-20, a ese rito menesteroso y acelerado lo llaman cruising. Dicen que se da más entre homosexuales, como corresponde al verbo que acabo de utilizar, pero que también los héteros están que se salen y entre ellos se llama dogging, o cancaneo, en castellano académico.
El asunto funciona tal que así: usted va a una de las dos mil y pijo (perdón, quise decir y pico) páginas que en internet tratan del tema y lo organizan, busca dónde es la próxima concentración amatoria de su villa o ciudad y acude presuroso y en primer tiempo de saludo. Allí mira a ver quién le hace una seña, o la hace usted. No he llegado a enterarme de cómo será la seña esa, pero imagino que no muy distinta de la del tres en la brisca. Y en cuanto los informales contrayentes se reconozcan con idénticas intenciones, a refocilar tocan. Nada del previo estudias o trabajas o de juegos preliminares a base de copas carísimas y de fingirse corredor de bolsa llena. Al grano.
Tiene que ser emocionante, aunque más por lo casuístico que por lo gimnástico. En efecto, dicen las crónicas que el lecho amoroso suele improvisarse en un garaje, un parque o un descampado. Vade retro, con este lumbago. En cambio, pensar en quién te puede caer en semejante suerte de varas sí tiene su aquel. ¿Qué tal si te das de bruces y de todo con esa esposa del colega que se pasa la vida diciéndole a su víctima que no salga de vinos con guarros divorciados como tú? ¿Y esa compañera de saya larga y gesto contrito y distante? Ah, amigo, sorpresas te da la vida, ay Dios. Y no digamos si descubres mismamente a tu parienta con la mano en el pomo del excusado y el gesto de busco hombre rápido, que tengo hora en la pelu. Por supuesto, en aras de la paridad de género podríamos buscar paralelos ejemplos de señoras que descubren que su Manolo no estaba esa tarde en el fútbol y que se lo topan en la rampa del parking designado con la camiseta de la Gimnástica de Tarragona en la mano y el preservativo entre los dientes. Arrieros somos.
Creo francamente que el ejemplo debería cundir y que tendríamos que extender práctica tan expeditiva a otros campos. Por ejemplo, estaría bien que las evaluaciones de la ANECA y de las demás agencias de medición del curriculum académico se hicieran con esa agilidad y con una objetividad tan intachable. Se organiza una quedada en los soportales de una universidad o ministerio y, ante el guiño convenido, cada aspirante a la gloria universitaria se cruza con su juez y le enseña lo mejor de sus publicaciones mientras el otro gime de puro éxtasis intelectual. Y sin necesidad de leerse los trabajos, igual que ahora.
¿Y qué me dicen de unos buenos encuentros político-festivos entre los candidatos de los grandes partidos y el sufrido votante? Votas al que te toque, pero con la diferencia de que le has visto las vergüenzas después de que te haya poseído como ansía, y no más tarde, cuando ya pilló escaño y no hay quien practique la marcha atrás en la urna. O sea, como en los mítines, pero a calzón quitado y sin decirse cosas, sin mentir ni nada, a pelo.
Vivimos tiempos de promiscuidad. Con este espíritu de científico social que uno se gasta, me meto en google a buscar información y aparece una página sobre este asunto en la web de un grupo antimilitarista. Querrán cambiar el presenten armas de toda la vida. Seguro que ya son legión. Lo bonito es que en el mismo portal hay, por ejemplo, una “Historia breve de la teología de la liberación” y la convocatoria para un concierto de Ramoncín y la Pantoja. Emocionante todo, oigan. Y pacífico.
Bien está ponerse al día para no entender al revés algunas cosas. Por ejemplo, en mi Facultad tengo fichada una pareja de estudiantillos que frecuentan los baños de caballeros cercanos a los despachos de los profesores. Un día iba un servidor a hacer aguas menores y se dio de bruces con el muchacho preocupado, que llevaba cara de vigilar si andaba algún docente por las inmediaciones. Ante mi imponente presencia, disimuló fatal e hizo mutis, pero resultó que por el hueco inferior de la puerta de uno de los excusados asomaban unos pies de mujer armados de tacones. Finalizada mi labor, salí y me encontré al varón otra vez en la puerta, con cara de ansiedad y consternación. Me los he vuelto a tropezar con frecuencia por las inmediaciones y ya los saludo con un abable buenos días. Yo pensaba, ingenuo, que eran novios sin posibles para motel, pero igual es que quedan por internet para cancanearse al aroma de la ciencia jurídica.

16 noviembre, 2008

G-20

Pues qué quieren que les diga, leo y leo sobre los acuerdos adoptados en esa reunión del llamado G-20 y mi desconcierto se acrecienta. En seis horas meten en vereda la economía mundial y acobardan a las crisis. Supongo que, si era cosa nada más que de un rato así, no se reunieron antes porque querían darle emoción a la cosa y tenernos en vilo unos meses. Viva su espíritu lúdico y filantrópico. Y gracias, papis, por sacarnos de la postración.
Pese a la buena nueva, mucha gente debe de andar con la mosca detrás de la oreja. Para empezar, los economistas, que no dan una y, para colmo, ahora ven que son los políticos los que dominan las claves esquivas de las finanzas mundiales y, además, le han tomado al mercado la sartén por el mango. El próximo Nobel de Economía debería ser para el Brown, la Merkel o el ZP, mismamente.
En segundo lugar, las naciones emergentes y primaverales, como las que nos nacen por aquí en cuanto cae un poco de chirimiri, han de hallarse perplejas, pues resulta que los líderes planetarios no pretenden construir ni el globo de las regiones ni el mundo de las naciones, sino que se lo guisan y se lo comen ellos solitos. Ahora que catalanes, vascos y demás tenían sus flamantes oficinas en Bruselas y estaban en un tris de agenciarse unas embajadas en toda regla, resulta que el bacalao se corta en las reuniones del G-20 y no lleva matasellos ni catalán ni gallego ni nada. Asco de vida.
También a los demócratas del mundo hay que suponerlos contentos, especialmente los de los países que no son ni riquísimos ni emergentes a tope. Las normas de verdad, al parecer, se ponen para todos por obra y gracia de unos tipos que se autonombran a golpe de PIB y no de urna. ¿Habremos retornado por la puerta de atrás a una democracia censitaria de nuevo cuño? Con razón nos tomamos más en serio las elecciones norteamericanas que las nuestras.
En cualquier caso, deberemos alegrarnos por los parias de la tierra. Si los líderes innatos le cantan las verdades a la crisis económica y nos prometen un mercado con lo justo de regulación para evitar los cataclismos y las jugarretas de los más pillos, cabe esperar que no sólo desaparezca el peligro de que los grandes bancos se vayan a pique por andar jugando al tocomocho y la estampita, sino, y sobre todo, que al fin todo el mundo tenga para comer y llegar dignamente a fin de mes. Como uno acaba de volver nuevamente de Latinoamérica y de ver otra vez tanto poblado miserable en las afueras de las grandes ciudades, tanto niño caminando descalzo en el lodo y tanto ser humillado en las calles, sueña con que esa economía dirigida con mano sabia y firme consiga de una vez que haya sitio para todos en el mercado y sin necesidad de que ninguno venda el alma y el cuerpo a cambio de un mendrugo miserable. Y, por cierto, también confiamos en que, puestos a corregir desmanes, los jefes del orbe se propongan poner en su sitio a dictadores corruptos y a engañabobos con mando en estados. ¿O será que si renace pujante la economía financiera ya no hay más de qué preocuparse?
A los que nos tenemos por demócratas de vocación cosmopolita y liberales individualistas nos parece de perlas que las naciones se vayan al carajo, que las fronteras se queden como recuerdos del pasado tribal y que este planeta global e intercomunicado se gobierne como un único mundo habitado por humanos iguales. Pero falta un pequeño detalle: ¿qué pintamos y qué vamos a pintar los ciudadanos de a pie?

15 noviembre, 2008

La lata de la lengua

Circula por la red el siguiente correo electrónico que muy recientemente envió a su comunidad universitaria el Vicerrector de Relaciones Institucionales de la Universidad de Santiago de Compostela:
“Diante das diversas peticións de explicacións pola remisión en castelán do anuncio “I Emporium Woman Emprende en la Universidad de Santiago de Compostela”, enviado o mércores 15 por USC-SANTIAGO DIFUSION, queremos indicar que a súa difusión foi debida a un erro que lamentamos e polo que pedimos desculpas. Aproveitamos para lembrar que dado o ámbito de recepción dos correos de USC-DIFUSION, todos os textos deben vir no idioma oficial da USC, e, de ser o caso en función dos posibles receptores, faríanse as traducións a outros idiomas. Cordialmente”.
Hechas las comprobaciones pertinentes, resulta que no es falso. Sólo difícil de creer. Narremos los antecedentes de tan sorprendente mensaje. Días antes dicho Vicerrectorado había distribuido información sobre el evento al que se refiere y la había escrito en castellano. Vade retro. Tremendísima falta. Ello en el supuesto de que se pueda llamar castellano a un título que lleva tales palabras: “I Emporium Woman Emprende en la Universidad de Santiago de Compostela”. ¿Qué nos faltará por ver?
Ya en muchas universidades extranjeras, como las danesas por ejemplo, cualquier clase se imparte obligatoriamente en inglés sólo con que haya matriculado en la asignatura correspondiente un estudiante extranjero. ¿No son nación los daneses? Aquí no se envían los mensajes en castellano por si hay algún infiltrado de Guadalajara, y se premia al que diserta en lenguas autóctonas. Aquí un vicerrector tiene que disculparse por el muy grave pecado de enviar información en una lengua que según el artículo 3 de la Constitución es “la lengua oficial del Estado”, a lo que el mismo precepto añade que “Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho de usarla”. Se ve que el Vicerrector compostelano no es español ni le afecta la Constitución mayormente, pues no debe de tener ese derecho si ha de pedir perdón. Además, ¿cómo es que habla de que el “idioma oficial” de la Universidad de Santiago es el gallego? ¿Es su único idioma oficial? ¿Esa Universidad no forma parte de este Estado? ¿Puede haber en ella una sola lengua oficial?
En este país el término “Universidad” ya no hace justicia a la correspondiente institución. Debería sustituirse por el de “Localidad” o el de “Parroquiedad”. La mirada de los gestores no va más allá de la punta de su nariz y la de los políticos que propician semejantes dislates alcanza solamente hasta el festón de su bolsillo.

14 noviembre, 2008

Dejó de saludarme antes de conocerme

El sábado a las siete de la mañana voy a tomar el avión y veo a G. Me muestra la testuz como bóvido mal encarado, pero, con todo, al caer a su lado en la fila para el control de embarque digo un "buenos días" que encuentra un sonido gutural y seco como respuesta. Pienso: vaya, no muge, gruñe. Mi fuerte nunca fueron las especies. Tampoco los géneros.
Ya me lo temía y, en efecto, ocurre. Llego al país C., me desplazo a T., y estaba allí. Iba a lo mismo que yo. Fastidiado, me digo que tampoco voy a rehuir ni el encuentro ni la mirada de quien no sé por qué me tiene tan atravesado. Al fin y al cabo, no creo que lea ni este blog. No creo que lea. Así que seguimos cruzándonos y continúa su cara de estreñimiento mental compulsivo. Acaba resultándome divertido. Se le desatan los humores cuando me divisa, qué pasión. Varios colegas de distintos mundos me dicen que ahí hay alguien de mi universidad española, yo pongo cara de circunstancias y, sin más, ellos dice que sí, que que carácter, que cómo está el mundo y que por qué la gente no se meterá algo para aplacar los furores. Otorgo callando.
Nunca en la vida he hablado con G. Me odia desde antes de conocerte. Creo que porque tenemos amigos comunes, entre ellos algún tarado del que aquí hablé a veces y en cuyos muertos sí me cisqué en alguna ocasión, harto ya de tanta trola y de tanto timo. Creo que alguna vez ha invitado a G. y a su consorte a dar una conferencia remunerada en Viana do Bolo o algún sitio así, y, claro, eso lo agradece mucho la yunta. Pero me gustaría saber qué bolas les contó de un servidor mientras les sobaba el lomo y les lamía su autoestima maltrecha, pútrido cátedrolingus.
Que los dioses nos den enemigos y no mindundis en celo. Esto podría ser de Cavafis, ciertamente, pero se lo acaba de inventar un servidor. De nada.
En fin, por lo demás bien. También vi cabras, ovejas y un par de cerdos, aunque éstos estaban en una carnicería y colgaban abiertos en canal. En el mundo no todo es injusticia y desproporción.

Uno que los vio venir

Circula por la red esta temporada un artículo de Arturo Pérez Reverte publicado nada menos que hace diez años, el 15 de noviembre de 1998, y que anticipa lo que acaba de ocurrir(nos) con estos famosos tiburones de las finanzas que se han posado en nuestras partes a chuparnos el alma, con el beneplácito de bushes, zapateros, obamas y lo que haga falta. Ellos, que se comían el mundo, ahora mendigan ayudas y cataplasmas, para poder seguir viviendo de p.m. y mirándonos por encima del hombro como toda la puñetera vida.
Pues presidentes y ministros de economía no los verían venir, pero Pérez Reverte sí avisó. Este es su texto de hace diez años:
Los amos del mundo. Por Arturo Pérez Reverte (El Semanal, 15-XI-1998).
Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o de un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.
Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio -o al revés-, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.
Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará a usted el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo; porque siempre ganan ellos, cuando ganan, y nunca pierden ellos, cuando pierden.
No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tiene que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.
Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder; el riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.
Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días.
Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.
Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces -¡oh, prodigio!- mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.
Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.
Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la pagan con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con sus puestos de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.
Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.
Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.

12 noviembre, 2008

¡Pobres madrileños!

Reconozcámoslo: como aquí y en las pequeñas ciudades del estilo de León no se vive en ninguna gran urbe. No se trata de reeditar el viejo menosprecio de Corte y la gastada alabanza de aldea, sino de que no nos den gato por liebre.
Antes estas viejas capitales provincianas olían a alcanfor y sus gentes se movían con el abandono desesperanzado de los que habían perdido el tren del progreso. Hoy las cosas ya no son así. Un servidor vive en las afueras y con el coche tarda cinco minutos en llegar a su trabajo. Y mi casa grande me cuesta menos que un apartamentito en Vallecas. Esto se lo cuento a los colegas madrileños y se les ponen los ojos como platos. Luego contraatacan preguntándome si no vi la última coreografía de Pina Bausch. Y se sienten de nuevo reconfortados. Con menos de lo que se gastan ellos en horas y gasolina cada semana, un leonés toma el avión el sábado y se va al ballet allá, y hasta les paga unos vinos.
Con todo, al madrileño de pura cepa o al que se arrimó de joven por aquellos andurriales de diez carriles no le da envidia lo nuestro. Es un misterio. O son masoquistas o se conforman con muy poco. Y, desde luego, se engañan. Por ejemplo, les gusta mucho explicar que lo bueno de su ciudad es que ponen mucho teatro y pasan todas las películas de actualidad, hasta las del llamado cine independiente. Estupendo, pero ¿cuánto tiempo hace que no sabe usted de algún madrileño que haya ido al teatro? En el teatro allá sólo se encuentra a los provincianos que andamos de expedición de fin de semana y mientras hacemos tiempo para tomar unas copas. En cuanto al cine, a la mayoría ir a ver la película que les apetece le supone tanto esfuerzo como a un leonés escaparse hasta Gijón a echarse unas sidras. Y no hay color. Así que menos faroles.
La única explicación es que a los capitalinos les chifla contemplarse unos a otros y saber que todos las están pasando igual de canutas. También les encanta pensar que allí viven los más ricos y famosos y que puede que algo se le pegue al vulgo sin posibles. Pero ése es otro mito. De cerca los famosos pierden muchísimo. Hace unos meses me crucé en la capital con una conocidísima actriz y cantante un poco dentona y que nos volvió locos a los de varias generaciones. Se me cayeron los palos del sombrajo, qué decepción. Es pequeñaja y está escuálida y arrugada. Por verla se me aguaron las fantasías de tantos años. Es mejor imaginárselo todo desde aquí, mientras se disfruta de unas mollejas regadas con un clarete de Valdevimbre. Pero disimulemos y finjámonos acomplejados, no sea que arranquen todos para acá y nos echen a perder esta buena vida de paletos felices y globalizados.

Poemilla

No me inquieta la fecha de mi muerte,
sin cuidado me tiene si habrá nieve
o si derretirán los soles el asfalto,
si estarán aquí las golondrinas
o si tendrán los árboles murmullo de estorninos.
Puede que en las lejanas tierras los granjeros
se afanen en cosechas y en sus cálculos,
que cante el urogallo por su celo
o que arrastren las nubes un incendio
de atardecer ventoso y de locura.
Son circunstancias todas que no rompen
mi muralla de viva indiferencia
ante la muerte cierta y sus detalles.
Pero otras incertezas sí me abruman:
qué día compraré el último libro,
cuándo escribirá mi mano el postrer verso,
cómo será la última risa de mis hijos
o la jornada en la que ponga flores
sobre la tumba de mi madre y ya no vuelva.

10 noviembre, 2008

La descomposición de la Universidad. Por José Luis Pardo

(Publicado hoy, 10 de noviembre, en El País)
Como sucede a menudo en política, la manera más segura de acallar toda resistencia contra un proceso regresivo y empobrecedor es exhibirlo ante la opinión pública de acuerdo con la demagógica estrategia que consiste en decirle a la gente, a propósito de tal proceso, exclusivamente lo que le agradará escuchar. Así, en el caso que nos ocupa, las autoridades encargadas de gestionar la reforma de las universidades que se está culminando en nuestro país -sea cual sea su lugar en el espectro político parlamentario- han presentado sistemáticamente este asunto como una saludable evolución al final de la cual se habrá conseguido que la práctica totalidad de los titulados superiores encuentren un empleo cualificado al acabar sus estudios, que los estudiantes puedan moverse libremente de una universidad europea a otra y que los diplomas expedidos por estas instituciones tengan la misma validez en todo el territorio de la Unión.
Una vez establecido propagandísticamente que el llamado "proceso de Bolonia" consiste en esto y solamente en esto, nada resulta más sencillo que estigmatizar a quienes tenemos reservas críticas contra ese proceso como una caterva de locos irresponsables que, ya sea por defender anacrónicos privilegios corporativistas o por pertenecer a las huestes antisistema del Doctor Maligno, quieren que siga aumentando el paro entre los licenciados y rechazan la homologación de títulos y las becas en el extranjero por pura perfidia burocrática. Vaya, pues, por adelantado que el autor de estas líneas también encuentra deseables esos objetivos así proclamados, y que si se tratase de ellos nada tendría que oponer a la presente transformación de los estudios superiores.
Sin embargo, lo que las autoridades políticas no dicen -y, seguramente, tampoco la opinión pública se muere por saberlo- es que bajo ese nombre pomposo se desarrolla en España una operación a la vez más simple y más compleja de reconversión cultural destinada a reducir drásticamente el tamaño de las universidades -y ello no por razones científicas, lo que acaso estuviera plenamente justificado, sino únicamente por motivos contables- y a someter enteramente su régimen de funcionamiento a las necesidades del mercado y a las exigencias de las empresas, futuras empleadoras de sus titulados; una operación que, por lo demás, se encuadra en el contexto generalizado de descomposición de las instituciones características del Estado social de derecho y que concuerda con otros ejemplos financieramente sangrantes de subordinación de las arcas públicas al beneficio privado a que estamos asistiendo últimamente.
Habrá muchos para quienes estas tres cosas (la disminución del espacio universitario, la desaparición de la autonomía académica frente al mercado y la liquidación del Estado social) resulten harto convenientes, pero es preferible llamar a las cosas por su nombre y no presentar como una "revolución pedagógica" o un radical y beneficioso "cambio de paradigma" lo que sólo es un ajuste duro y un zarpazo mortal para las estructuras de la enseñanza pública, así como tomar plena conciencia de las consecuencias que implican las decisiones que en este sentido se están tomando. De estas consecuencias querría destacar al menos las tres que siguen.
1. La "sociedad del conocimiento". Este sintagma, casi convertido en una marca publicitaria que designa el puerto en el que han de desembarcar las actuales reformas, esconde en su interior, por una parte, la sustitución de los contenidos cognoscitivos por sus contenedores, ya que se confunde -en un ejercicio de papanatismo simpar- la instalación de dispositivos tecnológicos de informática aplicada en todas las instituciones educativas con el progreso mismo de la ciencia, como si los ordenadores generasen espontáneamente sabiduría y no fuesen perfectamente compatibles con la estupidez, la falsedad y la mendacidad; y, por otra parte, el "conocimiento" así invocado, que ha perdido todo apellido que pudiera cualificarlo o concretarlo -como lo perdieron en su día las artes, oficios y profesiones para convertirse en lo que Marx llamaba "una gelatina de trabajo humano totalmente indiferenciado", calculable en dinero por unidad de tiempo-, es el dramático resultado de la destrucción de las articulaciones teóricas y doctrinales de la investigación científica para convertirlas en habilidades y destrezas cotizables en el mercado empresarial. La reciente adscripción de las universidades al ministerio de las empresas tecnológicas no anuncia únicamente la sustitución de la lógica del saber científico por la del beneficio empresarial en la distribución de conocimientos, sino la renuncia de los poderes públicos a dar prioridad a una enseñanza de calidad capaz de contrarrestar las consecuencias políticas de las desigualdades socioeconómicas.
2. El nuevo mercado del saber. Cuando los defensores de la "sociedad del conocimiento" (con Anthony Giddens a la cabeza) afirman que el mercado laboral del futuro requerirá una mayoría de trabajadores con educación superior, no están refiriéndose a un aumento de cualificación científica sino más bien a lo contrario, a la necesidad de rebajar la cualificación de la enseñanza superior para adaptarla a las cambiantes necesidades mercantiles; que se exija la descomposición de los saberes científicos que antes configuraban la enseñanza superior y su reducción a las competencias requeridas en cada caso por el mercado de trabajo, y que además se destine a los individuos a proseguir esta "educación superior" a lo largo de toda su vida laboral es algo ya de por sí suficientemente expresivo: solamente una mano de obra (o de "conocimiento") completamente descualificada necesita una permanente recualificación, y sólo ella es apta -es decir, lo suficientemente inepta- para recibirla. Acaso por ello la nueva enseñanza universitaria empieza ya a denominarse "educación postsecundaria", es decir, una continuación indefinida de la enseñanza media (cosa especialmente preocupante en este país, en donde la reforma universitaria está siguiendo los mismos principios seudopedagógicos que han hecho de la educación secundaria el conocido desastre en que hoy está convertida): como confiesa el propio Giddens, la enseñanza superior va perdiendo, como profesión, el atractivo que en otro tiempo tuvo para algunos jóvenes de su generación, frente a otros empleos en la industria o la banca; y lo va perdiendo en la medida en que el profesorado universitario se va convirtiendo en un subsector de la "producción de conocimientos" para la industria y la banca.
3. El ocaso de los estudios superiores. No es de extrañar, por ello, que el "proceso" -de un modo genuinamente autóctono que ya no puede escudarse en instancias "europeas"- culmine en el atentado contra la profesión de profesor de bachillerato que denunciaba el pasado 3 de noviembre el Manifiesto publicado en este mismo periódico: reconociendo implícitamente el fracaso antes incluso de su implantación, la administración educativa admite que los nuevos títulos no capacitan a los egresados para la docencia, salida profesional casi exclusiva de los estudiantes de humanidades; pero, en lugar de complementarlos mediante unos conocimientos avanzados que paliarían el déficit de los contenidos científicos recortados, sustituye estos por un curso de orientación psicopedagógica que condena a los profesores y alumnos de secundaria a la indigencia intelectual y supone la desaparición a medio plazo de los estudios universitarios superiores en humanidades, ya que quienes necesitarían cursarlos se verán empujados por la necesidad a renunciar a ellos a favor del cursillo pedagógico.
Todos los que trabajamos en ella sabemos que la universidad española necesita urgentemente una reforma que ataje sus muchos males, pero no es eso lo que ahora estamos haciendo, entre otras cosas porque nadie se ha molestado en hacer de ellos un verdadero diagnóstico. Lo único que por ahora estamos haciendo, bajo una vaga e incontrastable promesa de competitividad futura, es destruir, abaratar y desmontar lo que había, introducir en la universidad el mismo malestar y desánimo que reinan en los institutos de secundaria, y ello sin ninguna idea rectora de cuál pueda ser el modelo al que nos estamos desplazando, porque seguramente no hay tal cosa, a menos que la pobreza cultural y la degradación del conocimiento en mercancía sean para alguien un modelo a imitar.

Mendigos de antaño y de hogaño. Por Francisco Sosa Wagner

Tenía que llegar. Llevamos años oyendo hablar de él, viendo su anuncio gozoso, y al final ha venido. Está entre nosotros, habita ya entre nosotros.
El cambio: la gran promesa. ¿Qué partido político, que (des) organización, corporativa, sindical, no ha afrontado unas elecciones o la renovación de sus dirigentes, ofreciendo el cambio? Palabra seductora, palabra que reverbera flotante, palabra de mágicos reflejos.
Meditemos. Antes, no había más pedigüeños que los apostados a la puerta de la catedral con la mano tendida, implorando una caridad por el amor del Dios. Sujetos mal afeitados, andrajosos, con cara de escorbuto, que desconocían las isoflavonas, los cereales y el yogourt con bífidos activos. Que incluso pasaban los fines de semana en su chamizo: solos, torvos, con el alma erizada de rencores, la vida anclada, surtos en el puerto de la desesperanza como un navío quebrantado ...
O aquellas mujeres con una teta al aire de la tarde fría dando de mamar a una criatura arrasada en mocos, mujeres pálidas en el pudridero del mundo, mujeres en llagas, mimadas por el dolor, los amores dormidos, acunados por las tristezas de tantos olvidos.
Ante ellos pasaba el hombre con su gabán de paño, su traje de firma italiana y esa sonrisa color pastel de crema y dureza de tarjeta de crédito propia de los bienaventurados, o correteaba ese niño con bucles color oro y desahogo... O pasaba la mujer enfundada en pieles de animales asustadizos, sublimada ella, emitiendo resplandores de luna llena y satisfecha. Estas gentes -acomodadas en las mejores localidades del teatro de la vida- disparaban las flechas de su dulzura y, estremecidas ante el menesteroso, alargaban una limosna de sus sentimientos que tintineaba como música salida del pentagrama de la magnanimidad.
Y cuando los pobres no estaban a la puerta de la catedral, hacían cola ante la Casa de misericordia que brindaba el plato de sopa con fideos, o ante esos establecimientos humildes pero eficaces que se llamaban la Gota de leche que, menos mal, era leche entera, sin aditivos ni conservantes.
En estos momentos todo este panorama se ha visto enriquecido con el espectáculo magnífico que siempre ofrece el cambio. Porque hoy son los banqueros quienes hacen cola ante las oficinas del ministerio de Hacienda para implorar una caridad por el activo tóxico o la hipoteca subprime. O los fabricantes de coches quienes acuden a Bruselas pordioseando ante la escasa venta de mercedes, volvos, renaultes, nissanes y demás.
Sí, lector, está leyendo bien: los de la banca -antes con la chistera, hoy con escueta visera- a la caza de la limosna del Estado y lo mismo los del automóvil y los de los seguros. Un festival que, al parecer, no ha hecho más que empezar pues ya se anuncian otras peticiones: de quienes venden joyas; de las agencias de viajes; de las inmobiliarias que tienen el mercado inmóvil; de los notarios que apenas dan fe, y de los registradores de la propiedad que ya no se registran más que los bolsillos. Cualquier día nos apuntamos a este desenfreno los catedráticos de derecho administrativo que siempre hemos pedido, por caridad, unas Administraciones más lucidas...
Pero si todo esto no fuera ya de suyo una sorpresa, lo bueno es que el viejo Estado, adusto él, con cara de malas pulgas, lleno de funcionarios malencarados, alojado en oficinas desaliñadas, ese mismo Estado que no tenía para hacer hospitales ni para la investigación ni para la ley de dependencia, ese Estado que hace economías con las viudas o que tarda años en indemnizar a un pobre diablo o siglos en cumplir una sentencia que le obliga a pagar a un litigante, ese mismo Estado, raptado en volandas por la ternura, está acudiendo solícito, raudo, con la bolsa llena, a aliviar al banquero, al especulador, al constructor, a cualquier intoxicado por su propia codicia. Sin pensárselo: con eficacia y celeridad.
Sabíamos por los clásicos que el Estado está edificado sobre el contrato social. Pero nunca imaginamos que tal contrato contuviera una letra pequeña tan emotiva, tan sentimental.

Tunja (Colombia)















Tunja (Colombia), 9-XI-2008
J.A.G.A.

09 noviembre, 2008

A obamarse tocan

Es genial, el parto de una nueva era, el comienzo propiamente dicho del siglo y del milenio, la repanocha. En menos de cuatro años a este mundo no lo va a reconocer ni el Creador que lo parió, desaparecerán de la faz de la tierra el mal y la miseria, solventados quedarán hasta los problemas de la teodicea. Qué bien que estábamos aquí para verlo, compañeros de alma, compañeros.
En cuanto vuelva a darme una vuelta por mi pueblo se lo tengo que decir a todos, pues igual no se enteraron. No leen mayormente los diarios de tirada nacional y de la tele se fijan más en el fútbol que en los noticiarios. Así que puede que estén a uvas y haya que transmitirles con urgencia la buena nueva: llega el nuevo Mesías, la redención está en marcha, los parias de la tierra se aprestan para disfrutar al fin de su justa porción de pastel.
Posiblemente no había habido tanta emoción y tanta alharaca desde que salió por las chimeneas vaticanas la fumata blanca que anunciaba la elección de un polaco que sería Juan Pablo II. También entonces se corrió hasta la voz y los más apartados rincones del planeta fueron salpicados por el eco de la buena nueva. Luego ya vimos. Porca miseria.
Pero ahora va en serio. Estamos emocionados porque la pérfida Norteamérica la va a presidir un negro al que no podemos llamar negro con esa desenvoltura políticamente incorrecta que se gastan Chávez y Berlusconi, los auténticos Cruz y Raya de la política mundial. Bueno, podemos decir que es negro para explicar que nos alegra que por fin tengan los EEUU un presidente negro, pero tenemos que expresarlo como si no importara que fuera negro, para que no parezca que ser negro tiene algo de particular. Ustedes ya me entienden. Se puede decir, por ejemplo, el Presidente negro, pero no el negro Presidente. Capisce?
Como en los aeropuertos se descansa de maravilla y nadie te llama para explicarte que debiste entregar anteayer la memoria del segundo cuatrimestre del proyecto de investigación y que mañana se acaba el plazo para hacer alegaciones al borrador de objetivos del anteproyecto de la propuesta provisional de máster en corte y confección de disposiciones transitorias y adicionales, me leo los periódicos de pe a pa y en mí se ahonda la impresión de que al fin caminamos hacia la justicia social planetaria, y hasta cósmica, si me apuran.
Vean. Dice El País de ayer que “Obama promete atacar de frente la crisis”. Hasta a Rouco le gusta esa forma de enfilar el objetivo, de frente y no por la obscena retaguardia. Rouco que, mira por dónde, ha dicho estos días que aquí debería hacerse un referéndum para reformar lo del matrimonio homosexual. Ah, por cierto, la felicidad posmoderna aún sería más completa si Obama fuera homosexual. Se podría decir que qué bien tener un presidente norteamericano gay, pero no contar chistes de presidentes maricas. Marica ya no se dice, cabrón de mierda, homófobo de tres al cuarto.
Al grano. Obama se ha reunido con sus asesores económicos para ir enfilando ese asalto por la vanguardia a los problemas económicos y financieros del orbe. Estamos muy contentos aquí nosotros, que nos dividimos mayormente en nacionalistas españoles y nacionalistas periféricos, porque el mundo entero lo va a gobernar Obama. Hasta en las ikastolas se enseña el Yes, we can sin traducirlo. Ojalá los dioses de la tribu de su abuelo (¿esto se puede decir así?) le concedan a Obama larga vida, pero ¿se imaginan su entierro si dentro de pocos años se lo lleva la Parca? Como cuando el entierro de Juan Pablo II, que no sé si comenté que fue también la gran esperanza de los oprimidos de toda laya, si bien era la esperanza blanca.
Los asesores económicos de Obama son muestra palpable, contante y sonante de que el capitalismo salvaje está en las últimas y vamos hacia un capitalismo con rostro humano que va a ser casi socialismo a tutiplén. Vean, entre ese comité de sabios consejeros no hay ningún Cándido Méndez a lo yanqui, pero allí se encuentra por ejemplo Warren Buffett, el hombre más rico del mundo, “presidente de Berkshire Hathaway, conglorerado de empresas cuyo núcleo lo forman las compañias de seguros” (El País). También están los jefes ejecutivos de Google, Time Warner, J. P. Morgan y Hyatt. ¿Que si son oenegés? No, no, son empresas del copón, pero seguro que antes de ir consensuaron sus respectivas posiciones con los comités de personal. Descarado que sí.
No sé yo si un recién elegido presidente republicano se hubiera atrevido a mostrar semejante equipo de asesores, pero lo de Obama es distinto, pues él va a aprovecharse de los conocimientos de esos magnates para hacer que sus empresas ganen menos y paguen más impuestos y mejores salarios. Y va a repasar con ellos lo de la plusvalía y todas aquellas cosas que escribió don Carlos entre polvo y polvo a la criada. Al final habrá mejor distribución de la riqueza en EEU y en todas las partes donde va a gobernar Obama, partes que, al parecer, son todas. Como aquí, donde Zapatero ha vuelto a mostrarse como un precursor, un aventajado, un líder de su tiempo. Al fin y al cabo, en cuanto apareció la crisis, él se reunió con los presidentes de los grandes bancos para que le inspiraran soluciones sociales a tope.
Adónde hemos ido a parar, cielo santo. Primero nos falló el proletariado, que no tenía ni conciencia de clase ni nada que se le pareciera. Luego los sindicatos se liberaron en varios sentidos, comenzando por liberarse de la clase trabajadora, para ir a ocuparse de cómo ser trabajador/a con clase. Los partidos socialdemócratas se atragantaron de caviar y percebes y andan volcados en la liberación de los pueblos oprimidos con el PIB más alto, a base de pactos con sus partidos más burgueses y trincones. La derecha se pasa el día afirmando que el gobierno dizque de izquierda de Zapatero no hace bastante por los humildes y no pone dinero para la Ley de Dependencia. Ya izquierda y derecha son parecidamente antiamericanas y antiimperialistas y antitodo lo que no sea que nos traiga un souvenir de la Estatua de la Libertad el hijo que tenemos estudiando en una escuela de negocios neoyorquina, pero todos nos alegramos por igual del triunfo “histórico” de Obama y en sus manos encomendamos nuestro espíritu progresista: que arregle el mundo, que alivie a los pobres, que consiga que el orbe deje de ser una calamidad. Y sin duda lo va a lograr con la muy filantrópica ayuda de Warren Buffett y todos esos amigos que Obama se ha echado ahora que ya no parece negro, aunque nos alegre que haya ganado un negro.
La nueva clase universal, los nuevos revolucionarios que nos van a traer la dicha y la equidad: los ricos. Manda cojones. Por eso les echamos una mano entre todos en cuanto se arruinan un poco, chiquillos, niños de la calle Wall. A la democracia por la tecnocracia. Estas navidades pon en tu mesa humilde a alguno de los que salen en las listas de Forbes. Y para los parias y desharrapados este lema: no seais violentos, seguid a los opulentos. Mola.
Y conste que yo también me alegro del triunfo de Obama. Más que nada porque, al parecer, es alma gemela de Zapatero. ¿También el alma de los negros es negra?

06 noviembre, 2008

Hasta el lunes, más o menos

De nuevo a hacer las maletas y a cruzar el charco. Ya tengo más puntos de Iberia Plus que Zapatero, al menos mientras éste no comience a visitar a Obama un día sí y otro también. Como son almas gemelas...
Los quijotes somos así: todo un pedazo de viaje para formar parte de un tribunal de tesis doctoral. Tesis excelente de una buena investigadora, eso sí. ¿Lo hace uno por dinero? No, lo comido por lo servido. ¿Por el gusto de viajar? Ya no. ¿Por el lujo o el prestigio? Tampoco, no hay tales. ¿Por qué, pues? Oigan, no lo sé. Misterios. Necesito un psicoanalista urgentemente.
Así que creo que no tendré tiempo para darle a la tecla estos días. Pero espero estar de vuelta en el blog el lunes.
Buen fin de semana y obamaos los unos a los otros.

05 noviembre, 2008

Más difihicil todabia. Y viva la heducación.

Oiga, amigos, ¿esto habrá ocurrido de verdad o será un montaje del avieso PP?
Pinchen aquí y prepárense para el susto. No se pierdan el aplauso de los partidarios.

Ya nos nos configuraremos libremente

Muchos profesores universitarios se han convertido en especialistas en organizar todo tipo de eventos (cursos de verano, cursos de extensión universitaria, cursos de actualización didáctica, etc., etc.) que les permitan cobrar unos euros a mayores. Hay todo un mercado próspero. Así, muchos pedagogos se están forrando gracias a que lo de siempre se va a hacer ahora con nuevos métodos que ellos enseñan en cursos muy bien valorados por el sistema. También se consigue algo de dinero mediante intercambios. En las universidades no se paga a los profesores propios por impartir doctorado, pero sí se remuneran esas clases si las da un profesor de fuera. Así que se organiza el toma y daca: yo te invito a ti a mi casa y tú correspondes invitándome a la tuya; y cobramos los dos. Debe de ser fomento de lo que se llama el Espacio Único.
Muchos de esos eventos tenían un suculento mercado cautivo gracias a los créditos de libre configuración. Pero parece que en los nuevos planes desaparecerán las que ahora se llamaban materias de libre configuración, aquellas que el estudiante elegía libremente para completar las horas del respectivo título. Debe de haber gran preocupación entre los organizadores de cursos de verano, congresos y ciclos de conferencias, pues cabe que se queden sin inscripciones de estudiantes.
Por razones que convendría analizar despacio, el estudiantado se abstiene sistemáticamente de asistir a nada que no sean las clases reglamentarias, y no está para más charlas ni exposiciones. Pero hasta ahora el profesorado había encontrado el santo remedio para conseguir audiencia estudiantil en esos otros eventos: darles un valor en créditos de libre configuración. Eso permitía ver en cursos de verano de ingeniería repletos de estudiantes de Económicas o Filosofía y Letras o tener matriculados en los de Derecho a los jóvenes que cursan Informática o Biología.
¿Qué va a ocurrir ahora? El profesorado no querrá perder esas oportunidades de llevarse unos cuartos por la dirección de tales eventos o de invitar a los colegas a dar unas conferencias remuneradas. A lo mejor habrá que recurrir, como en los viejos tiempos, a decir que cuenta para el examen lo que ahí se exponga, o simplemente a declarar obligatoria la asistencia y pasar lista. O tal vez se produzca el milagro de que los estudiantes recuperen la curiosidad intelectual o el afán por saber de algo más que de los rancios apuntes y de los trillados manuales.
¿O acaso alguien se cree que desaparecerán apuntes y manuales de nuestras aulas a la boloñesa?

04 noviembre, 2008

El comedero de los chorras

Genial, guay del Paraguay. Leo la relación de cursos de todo tipo que va a aprobar estos días el Consejo de Gobierno de mi querida Universidad. Supongo que se aprueba en estos casos lo que el personal propone, y que al proponer se retrata el personal, al igual que al apuntarse a ciertas verbenas para señoritos/as.
Pues vean qué cosas tan maravillosas de cursos monísimos va a haber por aquí, entre otros cuyo interés y oportunidad no discutimos:
- "Igualdad de género en las Aulas".
- "Prevención de Violencia de Género en las Aulas".
- "Prevenir el racismo en las aulas".
Los tres cursos son "on line"; y en pompa. Por cierto, lo de las mayúsculas y minúsculas a boleo viene así en el documento original, no es de mi cosecha.
Mola, ¿eh?
Ni cuando Franco había tanta Formación de Espíritu Nacional y tanta obra misionera y pía y tanta Sección Femenina y tanta Educación y Descanso. Ay, si José Sólís hubiera nacido en estos tiempos, qué éxitos cosecharía.

Por qué los jueces y legisladores necesitan las ciencias sociales, pero no las usan

Cuando el legislador, esa misteriosa figura que se esconde en recónditos despachos de caoba, dice que con una nueva ley se propone cambiar algún elemento de la sociedad, lo primero que necesita es conocer esa sociedad. Cuando un juez o tribunal elige, de entre las posibles, aquella decisión que tendrá las mejores consecuencias sobre la sociedad o los afectados, también debería saber algo de esa sociedad que trata como laboratorio, pero es dudoso que sea capaz de prever efectos y reacciones en contextos sociales y vitales complejos.
Está de moda que las decisiones, sean legislativas o sociales, se quieran justificar por sus efectos benéficos. Veámoslo primero a propósito de las decisiones judiciales. Un ejemplo lo tenemos en la llamada interpretación teleológica de las normas. Consiste ésta en optar, de entre las interpretaciones posibles de una norma, por aquélla que suponga una mejor realización del fin de dicha norma. Para ello, primero se establece cuál es dicho fin y después se sopesan las diferentes interpretaciones posibles desde el punto de vista del grado en que esa finalidad normativa se alcance con cada una . En otras palabras, se hace un juicio prospectivo complejo para cada una de esas interpretaciones posibles, de manera que de cada una se sienta, para el caso en que fuera ésa la interpretación finalmente elegida, lo siguiente: a) qué consecuencias tendría la aplicación al caso de la norma así interpretada y b) en qué grado esas consecuencias se compadecen con el fin que previamente se asignó a la norma en cuestión. La opción final por la interpretación elegida queda justificada por ser la que lleve a una versión de la norma que dé lugar a la mejor plasmación práctica de aquel fin.
Esta llamada interpretación teleológica es tan frecuente como a menudo tramposa. La primera trampa suele hallarse en la asignación de la finalidad de la norma cuando no es evidente y clara. Muy comúnmente los jueces se limitan a elegir dogmáticamente un fin, sin argumentar suficientemente por qué consideran que es ése y no otro el objetivo que guía a la norma que tienen entre manos. Pero ése no es el asunto que ahora nos ocupa.
Cuando los jueces afirman que una aplicación de la norma N interpretada en el sentido I1 tendrá la consecuencia X y una aplicación de dicha norma N interpretada en el sentido I2 tendrá la consecuencia Y están haciendo un cálculo de consecuencias que presupone, según la materia de que se trate, la capacidad para conocer cosas tales como reacciones sociales, reacciones psicológicas de los sujetos, efectos económicos, etc., etc. ¿Cómo pueden saber cosas de ese tipo, respecto de las que los científicos sociales se mostrarían por lo general aún dubitativos después de manejar todo tipo de datos, experiencias históricas, efectos estadísticos, etc.? ¿Cómo, en otras palabras, pueden los jueces superar con tal soltura las dificultades del cálculo probabilístico?
Creo que la respuesta está en que la praxis jurídica tiene la habilidad, retóricamente adornada, de hacer pasar por verdades de sentido común lo que en la ciencia se presenta como reino de la incertidumbre y campo propicio solamente para conocimientos técnicamente muy depurados. Tal vez por eso ha sido y es tan reacio el mundo del Derecho a la presencia de la ciencia social en las enseñanzas jurídicas: porque esa ciencia permitiría ver como complejo lo que en las decisiones jurídicas debe mostrarse como simple y evidente, poco menos que de cajón.
Hace un momento estaba leyendo unas páginas bien interesantes de un libro titulado “Tatproportionale Strafzumessung”, de una joven penalista alemana llamada Tatjana Hörnle (permítase la pedantería para que nadie se olvide de que uno es profesor de Derecho y lleva el gen correspondiente). Nos ofrece un nuevo ejemplo de lo que estamos diciendo, pues afirma (p. 29) que cuando los jueces penales apelan a consideraciones preventivas como justificación de la medición de la pena que para el caso imponen, casi nunca tienen en su poder -ni los pretenden- datos empíricos que pudieran permitir medir los efectos de la pena en términos de su prevención individual (la reacción esperable del delincuente) y de su prevención general (las reacciones sociales previsibles). En la mayor parte de los casos poseer datos tales resultaría sumamente complicado en términos de tiempo y organización del proceso, además de que seguramente tampoco son los jueces científicos preparados para realizar las evaluaciones e inferencias pertinentes. ¿Entonces? Entonces se trata de camuflar la discrecionalidad pura y dura bajo el manto de tópicos biensonantes y de dar a la decisión un tinte de capacidad técnica y sensibilidad social que malamente se acompasa con los imperativos del sentenciar apresurado y en serie.
¿Y qué decir del legislador? Una y mil veces se nos asegura que los problemas sociales más preocupantes se van a esfumar por arte de magia legal, que reformas legislativas -prototípicamente: endurecimeinto de penas- van a acabar con todas las lacras que nos cercan. Y no. Un ejemplo bien burdo, uno de tantos, es el de las reformas penales en materia de violencia de género. Los resultados saltana la vista y nos siguen salpicando de sangre. Para tratar adecuadamente un cáncer así el legislador debería saber de mentalidades y hábitos, de acciones y reacciones, de patrones de convivencia socialmente impuestos, de posibles efectos deseados y no deseados, de tantas cosas. Pero decimos el legislador y ¿qué decimos con ellos? Estos partidos, estos políticos, estos grupos de intereses y de presión y esta sociedad adocenada que aún cree en palabras mágicas y chamanes pillos. Pues está todo dicho.
Sería bonito tratar de contrastar con datos históricos –y presentes- la siguiente hipótesis: cuanto más ignorante es un gobernante o más lerdos los dirigentes del partido que mandan, más confían en los efectos taumatúrgicos de las reformas legales, pues menos capaces son de evaluar causas y efectos en la interacción social. Ellos creen que el mundo se mueve con consignas y rezos, con tópicos y poses, con sonrisitas bobaliconas y apelaciones al ángel de la guarda de los justos. No voy a poner ejemplos cercanos porque el que no haya visto aún es que está ciego a posta... o tiene cargo o lo espera.
¿Y los científicos sociales, que podrían poner las cartas sobre la mesa y llamar al pan pan y al timo timo, dónde están? Calladitos, por si acaso. Por si se cae un chollete o por si no les dan el próximo proyecto de investigación; o elaborando el antepenúltimo plan de estudios de esta década; o meneando los conceptos infames de la corrección política y del nuevo discurso único. Eso sí, en I más D más I controlamos un huevo (IDI...; hay que seguir con las siglas hasta formar palabra). Ya casi hemos conseguido que para la sociedad la ciencia social sea tan inútil como la ley y la jurisprudencia.

03 noviembre, 2008

Cómo insertar aquí comentarios con nick

Por si algún amigo del blog aún no lo descubrió, esta es la manera de insertar comentarios con nick o alias.
Al ir a la página en la que se insertan los comenarios y al pulsar en la opción NOMBRE/URL, se ofrecen dos casillas. En la de arriba se escribe el nombre elegido. En la de abajo se ofrece la posibilidad de colocar la dirección de una página web, una dirección URL. En dicha casilla aparece la siguiente inscripción: "(opcional)". Se ha de borrar esto, este "(opcional)". Sólo con eso, el comentario aparecerá bajo el nombre elegido por su autor.

Palabras

Para los tiempos de hoy mi amigo era aún muy joven cuando perdió la cabeza. Quiero decir que se fue quedando en blanco, que lo arrebató con premura cruel algún mal misterioso. Unos culpaban a la enfermedad que llaman de Alzheimer, otros presumían alguna otra demencia inclemente. Él había sido un hombre dicharachero y un orador arrasador y brillante, aunque débil frente a ese riesgo que amenaza siempre a los de tal especie, el de sucumbir, pase lo que pase y caiga quien caiga, a la tentación de la frase ocurrente o del juego de palabras que estallaba como un fogonazo. Su relación con los vocablos tenía la pasión de los amantes primerizos y la firmeza que dicen de los sacramentos.
Pero antes de cumplir los sesenta a mi amigo se le fueron borrando la palabras igual que la nieve se va esfumando en el deshielo. Se atoraba a mitad de la frase y sólo sus ojos mantenían la llama, mientras su boca no daba ya con los vocablos. Como las bombillas de una fiesta campestre cuando dejó de tocar las orquesta y se retiran los parroquianos, así se apagaba el ingenio verbal de mi amigo y se le quedaba yerta la expresión.
También dejó de reconocernos. Sonreía a todo el mundo, creo que llegó a alcanzar la paz, no sé si la paz del que se resigna o del que ya perdió la conciencia de todas las derrotas. Pero un detalle lo hizo a nuestros ojos tan especial como antes, puede incluso que más. Siempre tenía en las manos algún libro de poesía y leía y leía con expresión dichosa, de profundo placer. Cuando se le interpelaba no hacía más que señalar con su dedo alguna estrofa o subrayar lentamente un verso. Recuerdo que apunté algunos de los que en tales ocasiones me hizo notar. Como esos dos versos finales del poema “Estudio con algo de tedio”, de Roque Dalton: “Os habla, más que yo, mi primer vino/ mientras la piel que sufro bebe sombra”. O del mismo poeta, con el que parecía obsesionado durante un tiempo, aquel verso que decía “A los locos no nos quedan bien los nombres”. O este fragmento de Jaime Sabines: “Las muchachas ofrecen en las salas oscuras/ sus senos a las manos/ y abren la boca a la caricia húmeda/ y separan los muslos para invisibles sátiros./ Los he visto quererse anticipadamente, adivinando/ el goce que los vestidos cubren, el engaño/ de la palabra tierna que desea/ el uno al otro extraño./ Es la flor que florece/ en el día más largo,/ el corazón que espera, el que tiembla lo mismo que un ciego en un presagio”.
Muchas veces he releído este fragmento de Darío Jaramillo: “Ningún perfume permanece entre esta brisa;/ ni siquiera la fiesta de la muerte; apenas la pasión efímera./ Tan solo la luz de los relámpagos y un viaje interminable y sin descanso;/ no conozco un paisaje que perdure ni sé de noche alguna que se haya repetido”.
Recuerdo que esta estrofa de Roberto Juarroz me lo señaló más de una vez: “El mundo es el segundo término/ de una metáfora incompleta,/ una comparación/ cuyo primer elemento se ha perdido”.
¿Qué placer hallaba en la palabra poética mi amigo convertido en sombra sin voz? ¿Acaso son los poetas quienes mejor comprenden que la muerte empieza cuando se escapa el verbo? Llevaba siempre en el bolsillo un papelito en el que alguien le había copiado este poema de Homero Aridjis:
Amo tu confusión
los pájaros revueltos de tu lengua
tus palabras simultáneas
tu Babel tu Delfos
sibila de voces enemigas
Amo tu confusión
cuando dices noche y es el alba
cuando dices soy y es el viento
tu Babilonia herida
el equívoco que hace fabular el silencio

02 noviembre, 2008

Los muertos

¿En qué aguas caemos
cuando nos vamos si no existe el tiempo?
(...)
¿Dónde germinan las horas vividas?
(Manuel Ulacia)


Ayer estuve en el cementerio de mi pueblo, donde están enterrados mis padres. Me quedé solo un momento y miré por encima del muro al que está pegado el nicho de mi padre. Había campos verdes y caminos silenciosos. Los muertos del lugar estaban allá, al otro lado, seguían andando con madreñes, llevando las vacas a beber a las fuentes, guiando la yunta que tira de los carros, parándose a hablar de faenas y sucesos.
La muerte es la parálisis del tiempo, la congelación de las imágenes que ya sólo perciben ellos, los que se fueron a habitarlas. La muerte es la repetición eterna de la biografía, una permanencia definitiva y sin más tránsitos. Los que se van no se marchan realmente, pero se apropian de los paisajes que contemplaron, guardan para sí el eco de las voces que oyeron, eternamente repiten aquellas conversaciones, siguen recorriendo los senderos que los conducían al chigre para la partida de los sábados, a los campos de las romerías estivales, a las caricias con manos encallecidas y promesas de hijos y panes.
Los muertos se llevaron sus horas y sus horizontes bajo el brazo y por eso ya nunca beberemos en las fuentes como bebieron ellos ni oiremos cantar los mismos pájaros ni podremos imaginar siquiera la alegría de entonces cuando la cosecha o su emoción con el parto de los animales.
Mi padre no estaba allí, en el cementerio; mi madre tampoco. Me lo dijeron los árboles, que ya eran otros árboles, lo insinuaban las nubes en fuga, la lluvia lo sabía y caía para anegar los recuerdos imposibles, porque el recuerdo es el lugar donde han ido a morar los ausentes, su casa que ya no cambia nunca. Mi padre no se encontraba detrás de aquella lápida ni eran suyos los restos escondidos. Mi padre seguía en sus labores en las tierras que los años ocultaron, llevaba del ramal aquella vaca que llamábamos Bonita y con él iba nuestro perro. Y desde el balcón de nuestra casa lo contemplaba mi madre mientras regaba sus flores. Me lo dijeron los prados que me observaban por encima de la tapia y que me confesaron que ellos también lloran por el pasado que se les hurta, por las figuras que se les borran, por aquellos muertos que se quedaron a vivir en lo que fue y nos arrebataron la memoria de sus cosas.

01 noviembre, 2008

La movida real

Hace falta ser muy monárquico en el fondo para dar tanta importancia a lo que diga una reina. Pasa como con la religiosidad, tan presente en los que se ponen de los nervios cada vez que los obispos dicen que en su boca está la verdad verdadera. A los descreídos nos cuesta más meternos en ese papel de fieles abnegados de la causa anti o la causa pro, extremos que se tocan por debajo de la mesa y se combaten en cruzadas bien similares. En otras palabras, que lo que la Reina pueda decir a favor o en contra del matrimonio homosexual o de la cría de lubinas en cautividad me parece la opinión de una señora que ocupa un cargo sin ser por ello ni más sabia ni más respetable que mi tía Obdulia y sin que su punto de vista me merezca mayor consideración que la del vecino del quinto. O sea, que se puede estar de acuerdo o se puede criticar, pero no por ser vos quien sois, sino por su contenido y la gracia que a cada uno le haga la afirmación en cuestión.
A lo mejor también tiene su fundamento la idea de que la persona que trabaja en un puesto como el de la Reina debe guardarse sus pensamientos y poner cremallera en su boca. Pero, en tal caso, se supone que tanto mal hace si critica el matrimonio homosexual como si lo alaba como conquista de la libertad y la igualdad. Es más, deberíamos replantearnos la formación de reyes y príncipes para que piensen poco, callen todo el rato y se limiten a posar en entrañables y muy humanas fotos de familia.
Dada la afición de este país nuestro a aplicar la ley del embudo, es más que probable que muchos de los que dicen ahora que tendría que haberse mordido la real lengua por razón de su lugar en el Estado ardieran de entusiasmo si hubiera manifestado que ya era hora de que los homosexuales pudieran sacar sus parejas del armario para meterlas en el Código Civil, y que los que defienden la libertad de expresión de la Reina griega le gritaran por qué no te callas.
Bien mirado, puestos a tener una cúpula del Estado silente y neutral, sería más práctico colocar ahí un tronco pintado, como el tótem de las tribus indias de América del Norte. La función sería idéntica y podríamos solazarnos al ver a los embajadores presentar sus credenciales ante esas figuras perfectamente hieráticas, o nos emocionaría contemplar tan mejestuosos objetos presidiendo la final de la Copa del Rey. Apuesto a que incluso la realeza, así entendida, aglutinaría más y mejor a los hombres y mujeres de esta nación plural y supercalifragilística, nación de naciones, de géneros y de variadas especies.
Hay que ser muy monárquico en el fondo para creer que lo que diga la Reina puede tener alguna influencia en la opinión pública, en la opinión de un público que ya bastantes quebraderos de cabeza se trae con la que está cayendo. Al pueblo sabio le interesa bastante más la nariz de Letizia que el pensamiento de la Reina. Así que dejémonos de discusiones teológicas y vayamos al grano.

31 octubre, 2008

La Universidad patrocinada

(Publicado en El Mundo de León ayer, jueves 30).
Ahora se lleva que la universidad parezca una empresa y que las empresas metan baza en la universidad. Hasta la ministra del ramo tiene una empresa relacionada con la investigación y, lógicamente, quiere fomentar las colaboraciones. En muchas universidades las tarjetas de profesor o estudiante llevan publicidad, generalmente de un banco o caja. Señorito, déme algo, lo que buenamente pueda, y le anuncio lo suyo.
Otro caso. La de Universia es una página web en la que estudiantes y profesores pueden hallar información muy útil. También es una muestra de la amalgama de lo público y lo privado a la que está yendo a parar la gestión de las universidades en tiempos de progresismo estrábico. Este portal común de las universidades españolas lo financia un banco. Mecenazgo lo llaman. Olé esa generosidad. Es como si los rectores hubieran conseguido una beca para hacer más visibles las instituciones que gobiernan. Con el Banco de Santander en Universia y el BBVA en la liga de fútbol, queda la sociedad española felizmente sometida al abrazo del oso bancario, la alta cultura y el ocio masivo marcando el mismo paso. Naturalmente, entendemos que en las universidades los bancos reinan pero no gobiernan, pura filantropía.
De todos modos, parece que los que financian también tienen que financiarse. Así, uno entra en la página de Universia y encuentra publicidad abundante. Averiguamos que “con Universia y Apple” ser estudiante tiene muchas ventajas y que los hoteles más chulos se consiguen en el portal Booking y las mejores escapadas se organizan con Expedia. También tiene Universia tienda propia, en la que se puede adquirir desde una cámara fotográfica hasta un monitor de última generación o un móvil bien aparente. Pase, el mercado es el mercado. Más discutible parece que en la sección de “Sitios recomendados” nos remitan a la web de una agencia de viajes.
Pero que nadie se mosquee. En la misma página podemos contemplar un vídeo en el que un rector nos cuenta que Universia “fue un milagro y un regalo” y “un soporte afectivo para las universidades”. Inteligencia emocional, sin duda. Añade el mismo rector que es muy importante que alguien haya confiado en que “el sistema universitario es rentable socialmente”. Otro valora el hecho de que la banca se haya interesado por la universidad y un tercero ensalza el que las compañías privadas hagan lo que no han hecho ni las propias universidades ni las instituciones públicas. Están todos muy contentos. No es para menos.
Por cierto, también nos enteramos de que en mayo pasado se celebró en Valencia una junta general de accionistas de Universia. ¿Será que la universidad sí es negocio?

30 octubre, 2008

El género de la víscera

Ayer me di una vuelta por las partes de los periódicos que me suelen pasar desapercibidas, ésas que te ponen perdidos de pelos y polvo, de humores corporales y de recetas para pasarse las políticas de género por el forro de los euros. No conviene transitar a menudo esos andurriales, pues uno se imagina que vive en un mundo demasiado diferente, en otro planeta.
Por ejemplo, me enteré de lo que a cambio del divorcio le ofrece Madonna a su marido, un tal Ritchie, del que desconozco el oficio pero me lo puedo imaginar al ver el beneficio por beneficiársela. Pues por el papelito de nada ella le quiere dar unos veinticinco millones de euros. Fruslerías. Con esa pasta se reflota un banco entero en León, uno de ésos que han visto acortarse dramáticamente sus beneficios de tropecientos millones de euros a tropecientos millones menos diez céntimos. Y el caso es que el tal Ritchie responde que nones y que es mucho amor el suyo como para tasarlo tan bajo.
Voy a confesar un vicio nefando mío, uno de tantos (o, como escribiría algún colega en sesuda monografía, voy a confesar un vicio, nefando mío). Tengo la horrible costumbre de calcular en polvos las indemnizaciones (o como leches se llamen) por divorcio. Es muy sencillo, primero se averigua cuántos años duró el bendecido ayuntamiento, luego se hace un promedio de polvos por año y se procede a una sencilla multiplicación. La conclusión suele ser aplastante y contraria a cualquier política de familia y de conciliación de la vida laboral y familiar: si la víctima se lo hubiera gastado en amores mercenarios, habría ahorrado un pastón y seguramente tendría experiencias más variadas y sorprendentes, amén de evitarse largos berrinches y el vudú de la suegra.
No sé cuántos años habrá durado el matrimonio de la jata ésta que dicen que canta y el paisano que dicen que cobra, pero pongamos que fueran diez, por decir algo. Como son de la farándula y se meten cosas, calculemos que tuvieron sexo compenetrado cuatro días a la semana, como promedio y tal. Tampoco son unos chavales como usted, querido lector. Con eso salen unos doscientos ocho caliqueños al año, que, multiplicado por diez, da 2080 durante el dichoso matrimonio. Así que ahora dividimos veinticinco millones de euros entre dos mil ochenta, y sale... doce mil diecinueve euros por casquete, algo más de dos millones de las antiguas pesetas de aquí. ¿Cómo se les queda el cuerpo? Me refiero al cuerpo suyo de usted, amigo lector.
Como la que va a pagar es Madonna, la pregunta tenemos que hacérsela a ella: ¿qué no podrías haber hecho tú, corazón, para darle al body gusto variado e intenso con un presupuesto así? Sí, lo sé, sé lo que me van a replicar algunos: que el matrimonio no es sólo encame, que también se ha de valorar la parte sentimental y emotiva. Desde luego que sí, y más en uno que acaba en divorcio y pleitos: qué pasión en la contienda, qué discusiones, qué insultos y cuántos desplantes. Y resulta que eso no desgrava a la hora de sacar las cuentas finales.
Por estos pagos suele ser el marido el que suelta la mosca a le ex. Todavía me acuerdo del mareo que pillé cuando leí hace años lo que le había dejado Amancio Ortega, el de Zara, a la que fue su señora, como compensación por la enorme pérdida sentimental. De todas maneras, supongo que a don Amancio le habrá quedado para financiarse consuelos a su nivel, pero el común de los varones divorciados descubre lo carísimo que está el desfogue amoroso cuando la nómina no alcanza para alivios, una vez descontadas pensiones y compensaciones a la santa avara. O de cómo imponer judicialmente la castidad a los machotes.
Sobre ese tema habrá que hablar algún día en serio y uno, que no es feminista, sino feministo, tendrá que adoptar la perspectiva correspondiente, que es el de la defensa de las mujeres y su status desde el punto de vista de la igualdad y todo eso. Pero aquí quiero acabar con otra noticia que me llena de gozo: Berlusconi quiere fichar para su tele a la Victoria Beckham, prestigiosa intelectual y polifacética dama, orgullo de su género y de diversas especies. Según se cuenta, le ofrece trece millones de euros para que aparezca en un “reality” de ésos y cuente los apasionantes pormenores de la mudanza familiar a Milán. Interesantísima peripecia que hará las delicias de millones de televidentes italianos. Yo tampoco me lo quiero perder. Cómo no va a votar la gente a Berlusconi. De cajón. De nuevo la igualdad genérica realizándose a tope: mientras su maridito cobra otro tanto por dar patadas a una bola, ella también tiene un digno oficio y una nómina aceptable.
A mí me encantaría aún más un programa español, a ser posible de una televisión pública, en el que la digna y sacrificada esposa del presidente de algún gran banco de los nuestros nos contara cómo organiza la compra diaria ahora que casi no llegan a fin de mes y tienen que mendigar a la puerta de la Moncloa. Qué ternura nos despertaría ver a la muy sufrida dama remendando los pantalones de sus hijos o echándole muchas patatas al puchero para ahorrar en carnes y otros productos que se están poniendo por las nubes por culpa de la dichosa especulación. Además, eso daría a los nuestros tantos votos o más que los que va a sacar Berlusconi con su vil explotación de la honesta familia Beckham.

29 octubre, 2008

¿El capitalismo era esto?

Ustedes, amigos, me van a perdonar de nuevo, pero sigo sin entender ni palabra de la tal crisis financiera y su tratamiento con cargo a mi bolsillo y el suyo de usted. Por ejemplo, cuando nosotros ganamos más, y siempre que no nos metamos en deudas nuevas, aumentamos nuestra liquidez. Los bancos no, cuanto más se benefician, menos dinero tienen. Eso explica sin vuelta de hoja y con aplastante lógica borrosa que a medida que sus beneficios aumentan nos pidan dinero a nosotros a través de ese curioso intermediario financiero que se llama Estado y que aquí gobierna un tal Zapatero, que es rojo que te cagas (con perdón, pero la crisis lleva a estos desafueros).
Hoy cuentan los periódicos que el Banco de Santander va viento en popa y sus beneficios de ahora son un 5,5% más altos que los del año pasado. Y que tiene planes para ganar 10.000 millones de euros este año, pese a la crisis. Tampoco el BBVA está para quejas, pues de enero a septiembre ha logrado una ganancia de 4.501 millones de euros, aunque porcentualmente el beneficio desciende en comparación con el año anterior. Los bancos siguen ganando dinero a espuertas, pero si no les metemos millones de euros con una sonda se va a la porra la economía financiera y nos viene la debacle a nosotros. En otras palabras, para que los bancos con beneficios salgan de su crisis debemos darles dinero usted y yo, que no tenemos beneficios, sólo deudas. De ese modo, podrán prestarnos más dinero para que nosotros tengamos más deudas y a ellos les suban los beneficios. Ojo, y no basta con que le paguemos los intereses de la hipoteca, no, o las comisiones de todo tipo; hace falta regalarles más dinero con los impuestos que para ellos nos cobra el Estado.
¿De dónde diablos salen los beneficios si los bancos están en crisis? ¿De los intereses que cobran por sus préstamos? Pero si dicen que está todo lleno de morosos y que ya no tiene la banca con qué dar préstamos al pueblo para que éste le dé ganancia a ella. O sea, la gran mayoría seguimos apoquinando religiosamente por nuestra hipoteca, pero ese dinero que el banco ingresa no puede prestarlo de nuevo porque no le supone liquidez. Es dinero gaseoso, está claro. Gas benéfico, porque beneficios sí hay. Vale. Dicen que la falta de liquidez es porque los bancos no se prestan unos a otros, pues no se fían porque se conocen. Bien, pues si un banco tampoco presta a otro banco, no tendrá beneficios. Pero beneficios sí hay. ¿Alguien tendría veinte o treinta horas de nada para explicárnoslo resumidito?
Por muchos motivos soy muy reacio a creer en conspiraciones y misterios ultrasensoriales, pero cada día me convenzo más de que aquí hay gato encerrado, de que ni se cuentan todas las causas de la crisis ni se explican todos los sentidos de su terapia universal. Y también voy pensando que la razón más poderosa para mantenernos en la más estúpida inopia es el miedo a nuestro miedo. Si en un masivo ataque de pánico echamos todos a correr para sacar los dineros de nuestra cartilla de ahorros y meterlos debajo del colchón, el sistema se bloquea y ahí sí que la liamos gorda. Por eso se quiere antes que nada mantener a la gente tranquila, incluso mientras se arruina, y confiando en que sus gobernantes, tipo Zapatero, Sarkozy, Brown y tal son unos economistas del copón y llevan con pulso firme el timón del barco en medio del maremoto. Pero ¿esto es un maremoto o qué carajo es?
Ahora van a refundar el capitalismo el mes que viene en una reunión de veinte en EEUU. Lo van a refundar mal porque no está Zapatero, que es el que entiende un huevo de estas cosas de activos, pasivos y raíces cuadradas. No van a fundar o refundar el socialismo, no; van a refundar el capitalismo con unas bases nuevas y una pinta muy humana. Que tiemble el Santander, que en una de éstas le bajan los beneficios. Ja. Pero ¿esto del capitalismo y el mercado y esas cosas es como un electrodoméstico que un día se estropea y lo arregla cualquier manitas o el equipo formado por Pepe Gotera y Otilio? O sea, de pronto se va al carajo el motor y nos echamos a temblar, nos dicen que tranquilos y que el banco va bien, que no saquemos los cuartos para esconderlos o para despedirnos del lujo con una espectacular orgía de vino y sexo, que ahora mismo vienen unos del servicio técnico a repararlo todo, un tal Zapatero y un tal Nicolás y no sé cuáles más, y que en un par de días todo como nuevo y con garantía por otros cien años.
Está visto que los que somos o hemos sido de izquierda, al menos hasta que el concepto fue colonizado por una pandilla de sinvergüenzas con el talante tuneado, teníamos mitificado el mercado e idealizada la resistencia del capitalismo. Ahora resulta que se pone hecho unos zorros por un quítame allá esos activos y que cualquier gilipollas lo repara en un par de horas. Tanto decir que el sistema era así y asá, y el sistema era esto. Manda güevos.

28 octubre, 2008

¿Alguien conoce este caso?

Vean que cosa tan curiosa cuenta Rosa Trapiello en La Nueva España de hoy. Pinchen aquí y lean, es breve.
El país se nos llena de insondables misterios. A mí este caso me suena a película de espías, infiltrados y maniobras orquestales en la oscuridad. Pero quién sabe.

La ola de erotismo que nos invade

Reproduzco el mensaje que acabo de recibir por correo electrónico. Proviene de una Universidad que no es la mía y de la que suprimo los datos identificativos, pues ya bastante "enfilao" lo tienen a uno ahí y en otros lugares. Sugiero que atendamos a la prosa excelsa cuando se habla de transversalidad y otros conceptos muy monos y a la ultimísima.
Dice así:
Estimada/os amiga/os.
El Grupo de Estudios Feministas del Instituto XX de la Universidad Y, en el marco del Programa de ayudas a proyectos culturales, artísticos, deportivos y solidarios del Espacio Estudiantes, organiza el día *jueves 30 de octubre* una Jornada de información y sensibilización dirigida a la comunidad universitaria, sobre la problemática de la discriminación por razón de género como violación de derechos humanos y sobre la necesidad de la incorporación transversal de la perspectiva de género en la actividad académica y en la praxis política, como aspecto fundamental para la construcción de una democracia basada en la vigencia de los derechos humanos.
En vista a estos objetivos visitarán nuestra Universidad distintas organizaciones de la sociedad civil e instituciones públicas que trabajan en el tema de género a fin de informarnos sobre sus actividades y propuestas entre las que están el Ayuntamiento de A, Centro Municipal de la Mujer de A, Médicos del Mundo, Federación de Mujeres progresistas, Mujeres Jóvenes de Madrid, SOS Racismo, Amnistía Internacional, Comisión Española de Ayuda a los Refugiados -CEAR-, Instituto de la Mujer, Instituto Universitario de la Mujer de la Universidad Autónoma de Madrid, Fundación Mujeres, Grupo Kore.
*La exposición tendrá lugar el jueves 30 de octubre, de 12:00 a 16:00 horas en el hall del Edificio ...
* Les esperamos

27 octubre, 2008

¿Universidad como empresa o empresa como universidad?

El entrelazamiento de empresa y universidad empieza a tener algo de promiscuo. Es un noviazgo que se quiere fomentar, sacrosanto ayuntamiento bendecido por las autoridades todas, comenzando por las más progresistas, por supuesto. Quién nos lo iba a decir. Al paso que vamos, se comienza por proclamar que la universidad debe ser como una empresa, pero se acabará sentando que las empresas mismas ya son universidad bastante y que para qué más. A fin de cuentas, si lo importante es que títulos y titulados sirvan a los deseos de las empresas y satisfagan sus más íntimas necesidades, ¿por qué no han de ser las empresas las que a su aire y sin tantas vueltas formen a los universitarios que habrán de satisfacerlas?
Las relaciones son ya muy intensas y van viento en popa. Los ejemplos abundan. En muchas universidades las tarjetas de profesores y estudiantes llevan publicidad de algún banco o de una caja de ahorros. La tarjeta para quien la paga. Señorito, déme algo, lo que buenamente pueda, y le anuncio lo suyo. En algunas ciudades se prohíben los hombres-anuncio, pero tendremos universidades-anuncio. Uno circula por los pasillos de cualquier centro universitario y se va encontrando algo cada vez más parecido a una galería comercial, aquí el aula X, que tiene el nombre de la empresa que pagó las cortinas y la escayola, allá la sala de informática Y, con el anagrama de la que puso los ordenadores; hoy se convoca el premio de investigación que lleva el nombre de una empresa de transportes y mañana se crea la cátedra que porta la denominación de un laboratorio farmacéutico o de una inmobiliaria. Todo desinteresadamente, of course, pura filantropía. Son dineros que vienen muy bien a las universidades, aunque sea a costa de vender la virtud al mejor postor y para no tener que suplicarle tanto a la ministra de turno o al consejero que toque. Incluso la página web de la red Universia contiene publicidad de artilugios y viajes.
En una reciente y multitudinaria reunión convocada por el Ministerio de Ciencia e Innovación para intercambiar ideas sobre la próxima reforma de la Ley de la Ciencia se insistió en que las empresas hacen mucha falta en la universidad. Pero alguien levantó la mano y dijo que cómo no, si hasta la ministra y algún otro alto cargo de ese Ministerio tienen una empresa muy relacionada con la investigación científica. No me digan que no hay gente perversa y deslenguada.

26 octubre, 2008

La conspiración del punto G. Carta a Paco Sosa

Querido Paco:
Cuán loable ese tu empeño de por vida, esa ansia irrefrenable de encontrar el punto G. Pero, ¿te lo agradecerá alguien? ¿Tendrán tus desvelos la compensación, al menos, de una palabra de ánimo o una palmada de consuelo? Porque, para colmo de nuestras desdichas, basta que nos salgamos de los caminos trillados para que provoquemos toses y cosquillas a partes iguales y súbitos ataques de risa o muecas de perplejidad, que ya no se sabe qué es peor. Tanta incitación para que nos aventuremos en laberintos y oscuridades, y al final el premio escaso de una sonrisa condescendiente o la sorpresa de un flato inducido por nuestros obcecados empeños. Quizá lo entendimos mal, querido amigo, no era un lugar recóndito ni el manantial del disfrute, era puro apócope de la risa, punto jeje a decir verdad.
Nuestro milenario dominio de machos se nos arrugó al fin cuando nos atacaron el autodominio y nos flagelaron la autoestima. Nos creíamos intrépidos navegantes de aguas turbulentas y nos desorientaron con cantos de sirena; nos pensábamos arqueros infalibles y nos escondieron la diana; nuestros ímpetus de lanceros arrojados se aplacaron cuando nos apagaron la luz para regocijo de los gatos pardos. No oso insinuar que fueran mejores aquellas épocas de lanzada a moro muerto, pues poco glorioso era el combate con señora pasiva, y mal se resuelven las batallas cuando el rival rehúsa el combate y se finge poseído por el rigor mortis. Pero tampoco nos merecemos esta lucha contra fantasmagorías, la obsesión de capturar genios escurridizos, el afán por habérselas con gozos que juegan al escondite.
El sexo se nos ha tornado metafísico. El viejo desdoblamiento de cuerpo y alma se nos vuelve desdoblamiento del cuerpo mismo de las damas y se nos azuza para perseguir el pliegue imposible, el recoveco esquivo, la mítica guarida. Se nos quiere con precisión de cirujano y minucioso celo de entomólogo. Los vahídos que antaño provocábamos con unas sencillas rimas de Becquer o unas estrofas de Garcilaso ahora requieren cálculos de ingeniería caminos y puertos, manejos de malabarista y mañas de cefalópodo. Lo que era gustosa caminata por el monte de Venus se convierte en trabajosa escalada de ochomiles himalayos.
Dónde está la bolita nos pregunta el trilero, mientras los cubiletes se mueven como locos y uno, iluso, pone el dedo donde cree que se esconde al fin, pero nunca era allí. El orgasmo se desplaza más rápido que la masculina percepción y tocaba en un lado cuando tú te esmerabas en el otro, pero cambió de nuevo cuando quisiste rectificar. El juego de la gallina ciega es ahora el del gallo mareado, el de las cuatro esquinas vale sólo para que acabes esquinado, pues en el nuevo palacio del amor hay más rincones que fuerzas para transitarlos con la premura debida.
Bien señalas en tu escrito los desmanes provocados por tanta utopía y tanta búsqueda de arcanas reliquias, de islas ignotas y continentes perdidos. Disculpas que fueron todas para mover a peregrinos y exaltar a cruzados. Mas sospecho que esta nueva meta tiene mucho de política de género, de revancha y retaliación. La tristitia post coitum de toda la vida ya no es abandono y cigarrillo, somnolencia del marino que arribó al muelle. Ahora es angustia del que no sabe si erró el rumbo, extravío del que perdió la brújula y desconcierto del que se encuentra con la tripulación amotinada porque no eran de las indias las tierras que alcanzó la carabela. Confabulación en toda regla, perversa conspiración.
Y nos queda lo peor, pues especialistas de toda laya y sexólogos comprados por el poder emergente pretenden convencernos de que nosotros, los varones, también tenemos nuestro punto G, sólo que éste perfectamente localizado y al alcance de cualquier proctólogo. Pues se insiste en que el punto del hombre se encuentra en carretera secundaria y es accesible mediante tacto rectal. Indeseado protagonismo de la próstata, definitiva humillación de la virilidad maltrecha. Nuestra letra con sangre entra, mientras las féminas se regodean y nos preguntan si ya nos hemos hecho la revisión anual. Penosa manera de pasar a los anales.
Reclamemos igualdad y pidamos, pues, que el placer de todos, también el de ellas, lo procure la Seguridad Social.

El punto G. Por Francisco Sosa Wagner

Llevamos años y años, yo desde mi más temprana juventud, buscando el punto G, a partir de los libros sobre técnicas sexuales tan de moda en todas las épocas.
¿Dónde está ese misterioso punto G que permite alcanzar los mayores goces? Nadie lo sabe por lo que todo se disuelve en eyaculaciones, perdón, en especulaciones y en la formulación de las más aventuradas hipótesis. Que si el hueso púbico, que si en los contornos de tal o cual rincón, que si en esta o en aquella pared ... hay quien, para confundirnos más, ha explicado que no se trata de un punto, es decir, de un lugar perfectamente localizado y aislable sino de un conjunto desparramado de nervios que pasan a través de los tejidos para conectar al cabo con la columna vertebral.
Esta situación es lastimosa. Porque convendrán ustedes conmigo que, después de decirnos los científicos que existe el punto G, por tanto después de ofrecernos la certeza de una zona en la que todo se vuelve la neblina obnubilante del placer, el gozo sazonado de azúcares jugosos, la forja de una suave trama de abrazos y regazos, después de anunciarnos todo ese paraíso de ansias y jadeos, entonces, con absoluta crueldad, nos dejan con la miel en los labios porque nos ocultan la localización exacta en que todo eso puede disfrutarse. Sencillamente, esto no se hace. Quien no sabe en materia tan delicada, quien no sabe desvelar el lugar vedado del regocijo, lo mejor es que se calle y que no despierte en nuestras pobres debilidades falsas expectativas o ese frote de manos que engrasa la concupiscencia.
El asunto es de una gravedad excepcional porque quien conoce la historia sabe que mantener arcanos, nimbados por el enigma, ha llevado a los más variados extravíos y a terribles acciones, a mantenernos en vilo y en desazón, lo que atestigua en diversos pasajes la vida en la tierra de la Humanidad doliente. Piénsese, por citar un ejemplo que todos tenemos presente, lo que ha significado la búsqueda del santo Grial, copa de la consagración en la Última Cena, que no solo ha producido robos y delitos y una competición envidiosa entre ermitas, conventos y catedrales sino, lo que es peor, es el origen de una literatura abominable y, para colmo, del Parsifal de mi tío, el compositor Richard Wagner.
O el nerviosismo en que vivimos desde que buscamos la piedra filosofal o las reliquias de los templarios que están todas en Ponferrada, aunque hay quien se empecina en no darse por notificado. O los locos estímulos y sinrazones que ha provocado la búsqueda de la Atlántida, el continente perdido del que nos habló Platón una tarde en que quiso embromarnos, ignorante de la que estaba armando. Ahora el asunto se halla hasta en los comics de los niños pero hubo un tiempo en que se escribió sobre ella el poema interminable de Jacinto Verdaguer, una pieza solo comparable en lenta rotundidad y agobio estético a Os Lusiadas de Camoens. Menos mal que luego vinieron Falla y Ernesto Halffter a ponerle música y lo hicieron más digerible. Pero el mal estaba hecho.
Es decir, que jugar con lugares quiméricos y objetos inencontrables es una aventura peligrosa y origen cierto de desgracias consistentes y de reveses irreparables.
Ahora veremos lo que pasa pues la búsqueda del punto G se complica y ya se habla del G-8, del G-5, es decir, se le añaden guarismos a la mítica letra, lo que exarceba el enigma. Si no teníamos poco desconcierto, ahora con cifras. Para enloquecer.
O no, a lo mejor estamos en la vía de la aclaración definitiva. El tiempo dirá. De momento, la cita es en América y los convocados los mejor trabados gobernantes del planeta representados por hombres y mujeres, por lo que el experimento no puedefallar.
Lo malo sería que se les fuera el santo al cielo y se pusieran a hablar de economía, de activos tóxicos, de reflote de bancos, de escombros financieros, de burbujas, de mercado de derivados o de la tasa Tobin... Y nos quedemos otra vez a dos velas. Cuando es una sola la vela que nos desvela.

24 octubre, 2008

¿Igualdad de oportunidades?

El pasado día 22 miles de estudiantes siguieron la huelga convocada por el Sindicato de Estudiantes. La web del Sindicato muestra su raigambre marxista y su oposición al capitalismo. Todo perfectamente legítimo. Al plan de Bolonia y a la política universitaria actual se enfrenta el Sindicato porque considera que están en marcha una privatización encubierta de las universidades y un creciente clasismo. No entramos en esas tesis y en sus razones, pero preguntémonos: ¿debe la universidad ser ajena a la justicia social?
En un Estado que en su Constitución se dice social los poderes públicos están obligados a velar por la igualdad de oportunidades. ¿A qué compromete la igualdad de oportunidades cuando de educación superior se trata? ¿A qué todos accedan a la universidad si quieren? ¿A que cualquiera que desee un título universitario lo obtenga? Los recursos públicos no son ilimitados y la educación no es la única necesidad ciudadana que con ellos se debe atender. Por eso se ha de maximizar la utilidad social de dichos recursos. Si todo el que lo desea va a obtener un título universitario, a ser posible financiado por las arcas públicas, la injusticia social se mantiene y entre todos subvencionamos las carreras de todos, también las de los ricos. De ahí que una primera exigencia sea que los ricos paguen por sus títulos, incluso en la enseñanza pública, y paguen en proporción entre su riqueza y el coste de los estudios.
En segundo lugar, si la consigna es que todo el que se matricule en una carrera la culmine, bajando los niveles de exigencia lo que para ello sea necesario, la universidad no filtra en razón de la capacidad y el esfuerzo del alumno. Tendrán su título por igual el capaz económicamente humilde y el potentado de pocas luces. Y, de los dos, ¿cuál tiene más posibilidades de conseguir un buen puesto de trabajo en esta sociedad desigual? Por eso, en un Estado social la política universitaria debería asegurar dos cosas: que todos los intelectualmente aptos tengan sus títulos, sin discriminación por razones económicas, pero que sólo los intelectualmente aptos tengan sus títulos, sin igualar a la baja al grito de todo el mundo licenciado. El derecho al estudio lo tiene todo ciudadano; el derecho al título sólo el que lo merece; y el derecho al título gratis, sólo el que no pueda pagarlo, pero todo el que no pueda pagarlo. ¿Estarán de acuerdo con esto los Sindicatos “de clase”? ¿Algún sindicato "de clase" va a pedir alguna vez más rigor de profesores y universidades a la hora de repartir aprobados y parabienes a los estudiantes? Y, por cierto, ¿qué relación existe entre igualdad de oportunidades en este sentido y universidades privadas? ¿Nadie va a tener narices nunca, ni siquiera los sindicatos de "clase", para meter mano a las universidades privadas y a su particular sistema de promoción de pago para sus estudiantes? ¿A qué sector de la sociedad desigual favorece que las universidades privadas sean un coladero disfrazado de negocio boyante?

23 octubre, 2008

Conciencias de hormigón

(Publicado por el menda hoy en El Mundo de León)
Mi compañera de página de los jueves, Eloísa Otero, daba cuenta en su columna de la pasada semana de cómo muchos medios de información están por estos pagos en manos de constructores y de cómo están despidiendo periodistas ahora que no se venden pisos. O sea, y si lo entiendo bien, que si el negocio inmobiliario va mal, hay menos de qué informar. Curioso. Estas historias de la construcción darían para sabrosos reportajes y hasta para novelas divertidas, como aquella que hace años nos regaló el maestro Sosa Wagner, Hígado de oca a las uvas, que deberíamos releer en estos días de turbulencias financieras con aroma de cemento.
Durante los últimos años todos hemos oído hasta la náusea esas narraciones de hombres que empezaron con una carretilla y que acabaron haciendo una fortuna a base de convertir nuestros paisajes en una neurosis enladrillada. El personaje gana si se subraya que era medio analfabeto y contaba por los dedos hasta que pudo contratar contables de colmillo retorcido. No importa que sepamos que mucha de su riqueza se nutre de la habilidad para manejar dinero oscuro, llevarse políticos al huerto y dársela con queso a Hacienda. Más los admiramos si vemos en su éxito las mañas del pícaro, y últimamente no había cena de gala, premio pomposo o evento académico que no se adornara con la presencia de esos artistas del pelotazo inmobiliario.
Compraron periódicos, inventaron compañías aéreas, colonizaron ayuntamientos, sedujeron a rectores, halagaron a jueces, conquistaron conciencias y se agenciaron títulos. Llegamos a pensar que, alzados sobre sus cuentas, todos acabaríamos ricos y felices. Ahora que su negocio flaquea, abandonan el barco, exigen subvenciones, se retiran a sus lujosos cuarteles de invierno y se nos queda esta cara de pardillos escaldados.
Puede que estemos ante una buena ocasión para el propósito de enmienda y la penitencia, para que reparemos en que teníamos un campus verde para que la universidad creciera donde ahora campan por sus respetos las grúas, para que apreciemos las ventajas de la información libre frente al periodismo mercenario, para que fiemos el progreso social al esfuerzo del trabajador y al riesgo cierto de las empresas pequeñas de toda la vida.
Como primera medida, propongo que el próximo doctorado honoris causa de nuestra Universidad se conceda a una víctima de nuestros deslumbramientos: a un obrero de la construcción en paro, a una familia ahogada por las hipotecas o a algún periodista de a pie empeñado en contarnos las verdades contra el viento de los bancos y la marea de los ladrillos.