22 septiembre, 2006
Una recomendación.
De cómo conseguir que el Estado social de Derecho deje de ser de Derecho sin llegar a ser social.
Un servidor contrataacó, modestamente y con algún apoyo argentino presente, que si importa más la verdad, sinónimo de justicia, que la regulación legal del proceso, a ver cómo resolvemos el pequeño problema del in dubio pro reo y la presunción de inocencia. Pues si ha de imperar la justicia y ésta, según definición tradicional que aquí nos basta, es dar a cada uno lo suyo, lo suyo del acusado penal es que pague si en verdad es culpable y que no pague si en verdad no lo es. Con lo que será injusta por definición toda absolución del que en la verdad de los hechos -no de los hechos probados, de los hechos reales- sea culpable, absolución basada en la ausencia de suficiente prueba incriminatoria. No les gustó mayormente y me parece que pensaron lo de ya está aquí otro decadente formalista, normativista eurocéntricliberal de las narices y todo eso. En cualquier caso, los amables oponentes, enemigos también de que haya el juez de atenerse a presunciones, por ser éstas poco aliadas de la verdad, no me dijeron si están de acuerdo o no en eliminar la de inocencia.
La otra razón que para lo mismo invocan es la citada referencia al Estado social. El juez tiene que comprobar si entre las partes en el proceso existe alguna desigualdad y, en tal caso, ha de decretar las medidas probatorias, o procesales en general, que compensen esa desigualdad. No dicen que tenga que haber justicia gratuita con garantías, defensa de oficio competente o cosa así, no; que disponga el juez, que para eso es Estado social. ¿Lo será también de Derecho? Sí, pero sólo porque el Derecho es la justicia y para qué más. Aduje que el Estado social se construye prioritariamente, si es que no en exclusiva, por vía legislativa, mediante leyes generales que, con ese carácter precisamente general, otorguen derechos sociales y, con ello, avancen en la redistribución social de la riqueza y las oportunidades. Que por muchos fallos individuales que reconozcan a la parte reclamante su derecho a esta o aquella prestación social, eso es el chocolate del loro, arregla la situación de los mil o los cien mil que reclamaron y toparon con un juez sensible, pero deja a los otros millones como estaban, sin derechos sociales ni gaitas. Pero el legislador no les cae simpático y no hay tu tía. Prefieren un sistema jurídico que sea una gran laguna en la que el juez nade a sus anchas y chapoteen los justiciables implorando que los salve. Porque si hay ley tendrá el juez que vulnerarla para darle la razón a quien a su juicio la merezca; juicio fundado en la verdad que a él se le alcance, eso sí. Y yo comiéndome el tarro ante ellos, con la inestimable ayuda de ATMC, sobre la relación entre prueba y verdad empírico-causal en los delitos de omisión. Abstruso me hallo.
Nunca vi gentes más capaces de alabar la Constitución con un espíritu más inconstitucional. Sociedades que se sienten huérfanas y andan a la búsqueda del padre padrone. Sociedades desvertebradas al acecho de caudillos. Unos los quieren políticos y votan lo que votan; los otros los quieren con toga y no quieren ni votar.
Cuándo planteé que de dónde sacan ellos esos jueces tan sabios e imparciales, tan ajenos a las influencias de las oligarquías, las iglesias, los partidos, la corrupción y hasta del mismo legislador abominable que los nombra, les dio mucha risa y siguieron a lo suyo.
Debe de ser que se me ha formado a mí un lío en la cabeza por andar en el mismo día escuchando alabanzas al garantismo y, al tiempo, llamadas al activismo judicial, servidor de la justicia sin detenerse ante normas ni sustanciales ni procesales. A lo mejor todo encaja y es que yo no lo veo. Porca miseria.
E piove.
21 septiembre, 2006
Un día más.
En el breve vistazo de esta mañana a los periódicos locales no ganaba uno para sustos. El primero, con la noticia de que Naomi Campbell había sido excluida de la pasarela Cibeles o cosa así por falta de masa corporal. ¡Cielo santo! ¿Y no cuenta la distribución corporal de la masa? Pero bien está, en el fondo. A ver cuándo los varones nos animamos a pasar al contraataque y a llamar a las cosas por su nombre. Que mucha guasa nos traemos con las gordas, pero, a la hora de ser sinceros, las flacuchas y esmirriadas nos gustan bastante menos. Pero tal vez no solemos decirlo mucho porque estamos sometidos al mismo imperio del gusto oficial y la clandestinidad del gusto auténtico.
No sé qué pasaba hoy en los diarios, pues tenían el tema femenino a pleno rendimiento. En el periódico El Colombiano venía un recuadro con el título "Ley de defensa masculina". Hombre, al fin, pensé. Pero no. Recogía el texto de una ley inglesa de 1700, que rezaba así: "Toda mujer, cualquiera que sea su edad o posición, sea soltera o viuda, que seduzca y traicione llevando al estado de matrimonio a un súbdito de Su Majestad, por medio de perfumes, pinturas, dientes postizos, cabello falso, miriñaques, tacones altos o caderas rellenadas, será rea de las penalidades impuestas por la ley y actualmente en vigor contra brujería y otras contravenciones, y el tal matrimonio, probada su causa, será declarado nulo". O sea, que el wonderbra sería delito en ciertos casos, ahí queda eso. El articulista se pregunta si habrá sido o no derogada tal norma por allá. Yo me limito a transcribirla y ni pongo ni quito rey ni me importa mayormente lo de Su Graciosa Majestad.
20 septiembre, 2006
Impresiones agradables
Sí me he topado ayer mismo con alguien peculiar, un prestigiosísimo profesor europeo, un gran procesalista italiano, que se sale de los muy manidos hábitos del extranjero que viene a estas cosas. Lo común es quedarse en el hotel encerrado todo el tiempo posible, muerto de miedo y atiborrado de prejuicios; y no moverse a ningún lado si no es bajo custodia de varios colegas de aquí que a uno lo protejan, lo agasajen y, para colmo, le den conversación y se desvivan en cortesías variadas. Y lo hacen maravillosamente todo eso los colombianos, el problema no está en ellos, sino en nosotros. Yo mismo, que presumo de no amilanarme por estos pagos y que tengo mi buen repertorio de experiencias algo atípicas -entre otras, alguna vez me sacaron de un coche a punta de fusil-, me he quitado el sombrero desde ayer ante este profesor al que me refiero.
¿Cuál fue su hazaña? Muchos no darían un ochavo por emularlo, pero a mí me crecen a una la admiración y la sana envidia. El hombre, que peina ya canas abundantes, se fue solo y por su cuenta y riesgo al Amazonas. Luego, hablando con él durante todo el día de hoy, he sabido que es un consumado experto en viajes de riesgo en solitario y me contó algunos ciertamente peculiares y de muchos bemoles. Yo, modestia aparte, también estuve hace unos cuantos años en el Amazonas colombiano, con base en la ciudad de Leticia. Pero, ah, amigo, no de la misma manera, lo mío fue de turista convencional. Este señor se marchó por su cuenta, buscó un guía local, indígena, y se aventuró cuatro días selva adentro, a pelo. Y, para colmo de las emociones, se fue con tres indígenas una noche a cazar caimanes desde una barca y a puro arpón. Luego se lo comieron. Había que ver la cara de todos, colombianos incluidos, por supuesto, cuando narraba los pormenores de la expedición.
En fin, que no tengo ni una idea particular que contar aquí y por eso toca compartir algunas buenas sensaciones. Y que está bien, de vez en cuando, hablar bien de la gente, vaya.
19 septiembre, 2006
Tariego de Riopisuerga. Por Francisco Sosa Wagner
Por la modalidad de la aparente minucia histórica se han decidido María del Carmen Nieto y Alejandro Nieto a la hora de escribir la historia de Tariego de Riopisuerga (1751-1799, ediciones de la Junta de Castilla y León), libro que subtitulan expresivamente “microhistoria de una villa castellana”. A partir de la minucia, entramos en el espacio de la historia del XVIII de la misma manera que el científico entra en el gran enigma a través de algo diminuto que solo alcanza a ver en el microscopio. La historia pequeña y la grande caminan como dos hermanas siempre cogidas de la mano.
Irrumpimos en la segunda mitad del XVIII para conocer cómo se desarrollaba la existencia de quienes habitaban la pequeña localidad de Tariego, de qué vivían, cómo se relacionaban, cómo se casaban, cómo se morían, como se gobernaban, qué tributos pagaban... También cómo reñían entre ellos, en qué disputas se veían envueltos. En el libro de los Nieto, bien escrito, se huele la hoja de la vid, la yerba fresca de los prados, los sotos y las eras; vemos asimismo a los pastores ordeñar las ovejas, hacer queso, a los asnos entregados a las faenas agrícolas, a las abejas libando y fabricando bienes de lujo, la miel y la cera; oímos a las yeguas parir...
Y, al paso que evocamos un mundo desaparecido, nos enteramos de que muchos de los tópicos que manejamos han de ser corregidos. Lo cual es satisfactorio porque ningún destino mejor para un tópico que ser enterrado en un lugar común. Así, por ejemplo, hasta ahora los historiadores nos han explicado que la autonomía y la democracia concejiles originarias se fueron degradando como consecuencia de la agresión de las oligarquías locales y el centralismo autoritario real. Los Nieto nos explican que esta afirmación vale para los municipios castellanos grandes y medianos pero no para los pequeños municipios que eran la mayoría. “La historiografía moderna es présbita, incapaz de ver lo pequeño que tiene más cerca, obsesionada por los lucidos análisis de lo grande y lejano”. En Tariego -villa de señorío- la comunidad vecinal estaba viva, los oficios no eran de propiedad privada ni estaban interferidos por el rey o el señor y tampoco el intendente o el corregidor enredaban porque no se acercaban por el pueblo. A partir de estas afirmaciones, es de sumo interés observar el funcionamiento real del concejo, de los alcaldes ordinarios, de los regidores, y todo ello los autores lo explican recurriendo a expedientes que han desmenuzado y a los que han puesto títulos regocijantes: “la causa de los mozos relinchantes”, la d “la invitación impertinente”, la “del cordero hurtado”...
Desde la “España ilustrada de la segunda mitad del VIII” de Sarrailh, fuente de mil destellos, a esta istoria de Tariego, toda huella y memoria, hay un gran espacio en el que caben muchas investigaciones, pero nadie como los Nieto para resucitar con su pluma un pueblo castellano y aventar las cenizas que dejaron los rezos, los llantos y los gozos.
18 septiembre, 2006
La Guerra Civil y sus causas
Una de las principales virtudes de la reciente historiografía sobre el conflicto español ha sido la puesta en cuestión de esa vieja tesis sobre la naturaleza "inevitable" de la guerra. Ante todo, porque los historiadores, por oficio acostumbrados al análisis retrospectivo del cambio histórico (con sus componentes azarosos y fortuitos), son más propicios a considerar los fenómenos históricos como contingentes, configurados en el transcurso del tiempo por concatenación, hic et nunc, de causas y circunstancias diversas. Y, por tanto, asumen que el despliegue del curso histórico no recorre un camino de sentido único y determinado sino que fluye entre senderos disponibles y más o menos transitables en distintas direcciones. En otras palabras: la Guerra Civil no fue el producto exigido por ninguna prescripción inmanente del pasado ni tampoco fue la derivación de ninguna finalidad teleológica. El supuesto "peso de las estructuras" deja sin resolver la incógnita de por qué la contienda estalló en julio de 1936 y no antes. La apelación a la "coyuntura" socio-económica depresiva orilla la incomodidad de que median siete años entre su inicio y el conflicto. Y el recurso a la innata violencia nacional nos deja huérfanos ante una evidencia incontestable: el tránsito pacífico de la Monarquía a la República en abril de 1931.
Sin embargo, la afirmación historiográfica de que la Guerra Civil no fue "inevitable" (pudo no haber sucedido), no excusa, sino que demanda, la explicación de por qué se convirtió en realidad sangrante e irreversible. Y a este respecto, con las debidas cautelas, la mayoría de los historiadores se inclinan a suscribir la idea de que fue el resultado del fracaso de la política como arte de resolución de los conflictos inherentes a toda sociedad sin el recurso abierto a las armas y a la violencia generalizada. La guerra fue, por consiguiente, la resultante de acciones y de omisiones por parte de agentes políticos y sociales de carne y hueso, que fracasaron en su tarea de resolver de modo pacífico unas tensiones graves y crecientes en la coyuntura histórica de 1936.
Por supuesto, la remisión a las conductas políticas como metafóricas "chispas" (causas detonadoras) que encienden la "mecha" (causas estructurales y coyunturales) de la guerra significa atribuir una responsabilidad prioritaria en su desencadenamiento a los líderes y mandatarios más representativos y decisorios de la época, capaces de impartir órdenes o de dictar consignas susceptibles de ser secundadas por muchos otros hombres bajo su mando o influencia. Y esa atribución y gradación de responsabilidades no deja de ser un ejercicio subjetivo sometido a las preferencias político-ideológicas de cada analista. Sin embargo, asumiendo ese irreductible componente interpretativo, la historiografía ha llegado a un acuerdo mínimo. A saber: para que la Guerra Civil dejara de ser mera contingencia y deviniera flagrante realidad fueron inexcusables dos fenómenos que constituyeron verdaderas condiciones de posibilidad del conflicto.
El primer fenómeno responde a un proceso crucial: la extensión durante la Segunda República de lo que se ha dado en llamar "la ideología de la violencia" (cuya génesis es anterior). El quinquenio republicano fue escenario de la creciente expansión de dicha ideología al compás de la dura pugna triangular entre los tres modelos socio-políticos entonces imperantes en toda Europa: el reformismo democrático; la reacción autoritaria; y la revolución social. La idea de que era moralmente legítimo el uso de la violencia más brutal para imponer el triunfo de un determinado orden no quedó reducido a los extremos del espectro político donde siempre había anidado: el carlismo y el falangismo, entre los reaccionarios; el comunismo y el anarquismo, entre los revolucionarios. En su caso, la violencia armada habría de ser la partera necesaria tanto del mundo pretérito que soñaba restaurar la reacción como del mundo futuro que anhelaba construir la revolución.
Para infortunio de los contemporáneos, entre 1931 y 1936 esa ideología llegó a impregnar a otros sectores más numerosos de la política y la sociedad, hasta entonces menos propensos a recurrir a las armas para dirimir un equilibrio de fuerzas inestable. En particular, llegó a afectar a dos movimientos inexcusables para la estabilidad del sistema democrático: el socialismo organizado (dividido entre facciones reformistas y revolucionarias) y el catolicismo político (escindido entre la mayoría integrista y la minoría demócrata-cristiana). Es significativo que los dos máximos dirigentes de ambos movimientos, ya a fines de 1933, hicieran declaraciones de mero compromiso accidental con la democracia: "El Partido Socialista va a la conquista del Poder, y va a la conquista, como digo, legalmente si puede ser. Nosotros deseamos que pueda ser con arreglo a la Constitución" (Largo Caballero); "La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento, el Parlamento o se somete o le hacemos desaparecer" (Gil Robles).
El segundo fenómeno concierne al contexto histórico que hizo posible en 1936 la operatividad de esa ideología. Porque para desencadenar y sostener una guerra civil no hubiera bastado el propósito beligerante de unos pocos, más o menos numerosos, capaces de promover algaradas, huelgas o incluso insurrecciones contra unas autoridades decididas y en condiciones de utilizar disciplinadamente los amplios recursos coactivos del Estado. Así lo demostró el fiasco del golpe militar reaccionario encabezado por el general Sanjurjo en agosto de 1932 y el fracaso de la huelga e insurrección socialista y catalanista de octubre de 1934. Para precipitar ese tipo de conflicto era inexcusable que las divisiones en la sociedad se hubieran extendido a las Fuerzas Armadas hasta el punto de escindir su unidad y disciplina.
De hecho, fue la división en las filas del Ejército, en su calidad de corporación burocrática jerarquizada con el monopolio legítimo del uso de las armas, lo que hizo posible la contingencia de la Guerra Civil. Si el Ejército hubiera actuado unido a la hora de protagonizar un golpe militar, nada se hubiera interpuesto en su camino: ni la legalidad constitucional de las autoridades civiles, ni la movilización de milicias improvisadas y mal armadas. También lo contrario es cierto: si el Ejército hubiera permanecido leal en su integridad a las autoridades civiles constituidas, no hubiera triunfado ningún golpe militar.
Pero no sucedió ni una cosa ni otra: hubo un golpe militar faccional. El hecho de que la insurrección fuera muy amplia, pero no unánimemente secundada, permitió que otra facción de las fuerzas armadas se opusiera a la misma y consiguiera aplastarla en casi la mitad de España. El resultado de ese fracaso parcial y éxito limitado de la sublevación faccional fue la Guerra Civil. Lo recordaba hace ya tiempo el general Salas Larrazábal, un ilustre historiador que también fue combatiente franquista: "En general, los conspiradores pecaron de superficialidad y optimismo; subestimaron al adversario y supervaloraron su propia influencia en las filas militares". Y lo revalidaba el hijo del general Cabanellas, el más veterano de los líderes sublevados: la lucha "fue el resultado de la división interna del país; pero, al mismo tiempo, de la del Ejército. Desunido, quebrantado en su disciplina, tiene en él origen la guerra de España".
Realismo mágico
Resumo con brevedad. En Colombia la Fiscalía General del Estado es una de las instituciones más poderosas y el puesto de Fiscal General uno de los más buscados. Se ha descubierto que entre el personal con contrato en la Fiscalía General figura lo que aquí llaman un síquico. En España tal vez lo denominarían muchos un parapsicólogo o cosa así. De los que te ayudan para tu autoayuda. Uno de esos jetas que lo mismo te hipnotizan para saber por qué te salen granos en salva sea la parte, te hacen la carta astral o te colocan en determinado orden los lápices de tu escritorio para que fluyan las buenas vibraciones y se alejen los malos espíritus. Conozco mucha gente en Latinoamérica que se desmelena con semejantes pendejadas y se gasta los cuartos en charlatanes de tamaño calibre.
Me preguntaba estos días cómo demonios habría podido semejante sujeto picar tan alto, pero el artículo de El Tiempo me lo aclara hoy de sobra y no me sorprende ya nada el caso. Pues parece que contactó con un señora que era jefa de algo allí adentro, le lavó el cerebro con esas tonterías suyas, metió cabeza un poquito y luego sólo tuvo que ir ascendiendo por el escalafón, de idiota en idiota y casi no se me nota. Y viene en la referida noticia de hoy una palabra absolutamente determinante, clave: halago. Así que esta historia, que parecía tan original y estrambótica, acaba siendo más de lo mismo, el cuento de siempre. Cantamañanas con cargo público y cabeza de chorlito y un listillo con habilidad sobrada para ver de qué pie cojean y darles coba hasta que sientan en la vanidad un gustillo cuasiorgásmico y una enorme simpatía por ése que les cuenta lo maravillosos, listos, guapos e interesantes que son. Felación espiritual se debería llamar eso.
Me pongo a recordar casos que conozco en España, o en León mismo, y ya no me parece tan mágico el realismo colombiano. Es la vulgaridad acostumbrada, con el agravante de que antes al menos -y muy mal estaba, que conste- se ascendía a quien se dejaba echar un buen polvo o que le magrearan las posaderas, y ahora basta con que le soben a algún jefecillo la autoestima.
El otro día me contaron que hubo en mi Universidad una reunión muy importante con representantes de la Junta de Castilla y León y que allí apareció de supersheriff un síquico local que los tiene a todos hechizados, pese a su innegable fealdad. Qué les dará, cielo santo, qué les dará.
16 septiembre, 2006
El placer de prohibir
Pero sigamos con la pregunta de por qué ese celo en el prohibir que se gastan los gobiernos. Lo de fumar es de lo último y más claro, pero los ejemplos abundan. Puede que en algo dependa de dos razones que se me ocurren. Una, el puro placer legislativo, el morbo de mandar y el disfrute al acoquinar al personal. A lo mejor la vocación política no es más que eso, en estos tiempos en que las reformas de fondo y largo alcance brillan por su ausencia. Ya que no vamos a construir una sociedad más justa ni nos atrevemos a meterles mano a los que de verdad cortan el bacalao, entretengámonos puteando a la gente común. Más plusvalía pero menos nicotina. Progresamos. Se acaba por dar más importancia política y social a la legislación sobre el uso del tabaco que a la legislación laboral, pongamos por caso. Pueden parecer todas esas normas, que nos coartan más y más en nuestro diario vivir, expresión de paternalismo estatal. Te pego porque te quiero, y ahora a ver ese culete. Menudo padre, oiga. Tiene más de amo que de protector, más afición al látigo que a la pedagogía y esa enfermiza obsesión por ver a los hijos incapaces e inmaduros. En fin, que me parece que debe de ser un gustazo sentarse en el Consejo de Ministros y preguntarse qué prohibimos hoy a la ciudadanía, compañeros y compañeras. ¿Qué tal si penalizamos el consumo de cerveza en ayunas? ¿Los dónuts de chocolate? ¿Las patatas fritas con ketchup? ¿El piropo callejero? ¿Las puertas giratorias? ¿Los calzoncillos marianos? Todo para ir construyendo una sociedad más sana y responsable, por supuesto, más madura, y para que la ciudadanía corra menos riesgos y se lo pase mejor ante el televisor.
La otra explicación que imagino tiene aún peor cara. Los mandamases que más mandan disfrutan de privilegios exclusivos y espacios de libertad muy particulares. Que el pueblo no pueda hacer esto o lo otro los afecta poco, subidos ellos en la impunidad, y ahítos de caprichos, hastiados de privilegios, estragados los cinco sentidos. Se apasionan tanto más por las reglas cuanto más se sienten como excepción. Quien puede elegir entre más y mayores placeres poco lamentará, más bien al contrario, que el vulgo vea cada día más limitados y controlados los suyos.
No les bastamos obedientes, sólo les pone vernos sumisos. A este paso, y sin revoluciones que en lontananza, sólo nos queda fumar. Y poner la cama.
Los pueblos y la historia
En Colombia no se sabe muy bien qué Estado existe, si es que propiamente se puede decir que hay uno, la sociedad civil está absolutamente fragmentada, desintegrada, la violencia forma parte de los hábitos sociales y atraviesa como un puñal la biografía de todas las familias, la pobreza de gran parte de la población es sangrante. Pero uno tiene la sensación de que, a pesar de tantos pesares, pervive una nación, sobre la base exclusiva de unos cuantos detalles menores (la rumba, el trago, el desenfado) y, sobre todo, de un manejo común de la historia. No hay universidad que no tenga su salón con los presidentes de la República que de ella salieron, los datos de la historia constitucional son de todos conocidos, cualquier persona sitúa en su momento y en su contexto los sucesos que marcaron hasta hoy el destino, muchas veces trágico de esta tierra.
Es muy fuerte la tentación de dibujar comparaciones y puede que por ese camino hallemos más de una pista sobre la crisis del sentimiento nacional español. Fuera de Cataluña y el País Vasco, y tal vez ahora en Galicia, no hay una conciencia arraigada de nación porque nadie se reconoce en la historia común. Y no me refiero a ninguna mistificación de esa historia como testimonio de un destino metafísico ni como aprehensión de esencias inmutables ni zarandajas por el estilo. Aludo simplemente a la capacidad de explicar lo que somos y cómo estamos, desde la conciencia de los sucesos pretéritos. Parece que muchos creyeran que antes del franquismo comienza la noche de los tiempos, todo oscuridad y misterio, todo indiferencia. Ahora muchos caen en la cuenta de que hubo antes una República y nos peleamos por teñirla de tintes maniqueos, conformes con un vocerío que nos ahorra el esfuerzo de estudiar un poco. Pero ahí acaba todo, somos como marcianos amnésicos recién aterrizados. Es más, da la impresión de que lo que nos aúna como pueblo no es una conciencia, sino un complejo, el complejo de que no hay más pasado español que una retahíla de vergüenzas y bochornos de los que más vale no enterarse. No se trata de un juicio fundado, es un prejuicio. Algo parecido a la actitud de esos nuevos ricos que no quieren reconocerse en sus orígenes plebeyos y que reniegan de sus abuelos campesinos o sus menesterosos padres, que no regresan al pueblo si no es para exhibir el coche nuevo. Y, si queremos parecer cultos, sacamos a relucir lecturas de Joyce o de Proust, pero nos abochornaría un poco citar a Galdós o Palacio Valdés.
Nada más lógico, entonces, que borrar la historia, nuestra historia, de los libros de texto y las aulas. Si acaso, alguna leccioncilla sobre los orígenes de algún rito local o sobre los modos de la trilla en los tiempos de maricastaña, pequeños barnices de antropología barata y más aprecio al folklore que a las causas de nuestro presente.
El lugar de la historia en la construcción de un sentimiento aglutinador lo han comprendido muy bien, en cambio, los nacionalismos periféricos. Donde los otros padecemos una vergüenza gratuita, camuflada de indiferencia, ponen ellos manos a la obra en la reescritura de su historia, ya sea cierta o adulterada de despecho y culpas ajenas. Y, curiosamente, acaba siendo esa historia de ellos, hecha a su manera, la que termina por ocupar nuestro vacío, colonizando nuestra conciencia. Ya no es sólo que nos parezca oscuro y pobretón nuestro pasado, sin conocerlo, sino que lo creemos ruin y canallesco, pues nuestra conciencia acaba condicionada por sus imputaciones, justificadas alguna vez, gratuitas las más. Ne es meramente que nos avergüence ese abuelo con boina, es que, para colmo, lo tememos violento opresor de libertades ajenas y cómplice de la desdicha de otros pueblos que ya entonces vivían mejor, casi siempre. Sin raíces conscientes -que no quiere decir necesariamente orgullosos del pasado, ni mucho menos; pero para juzgar se ha de empezar por conocer-, estamos a merced de los vientos, presa fácil de charlatanes y buscavidas, espejo para las simples consignas de los simples.
Y se me dirá que si no existe acaso un nacionalismo español, o españolista si se quiere, que muchos verán encarnado en el PP y sus voceros más cerriles. Concedamos eso sin esfuerzo, pero precisemos lo obvio, que es un nacionalismo incapaz de hacer nación, compuesto de mero culto a los símbolos, teñido de obscenas metafísicas -igualito en esto al de los otros- y perfectamente temeroso de enfrentarse con rigor al pasado y de ponderar ecuánimemente sus luces y sus sombras. Allí donde, desde el prejuicio, el español común se avergüenza de la historia que desconoce, el político rancio, desde una ignorancia pareja, lo teme y piensa siempre que va a encontrar cadáveres en su armario y que mejor no menearlo. Se conforma con decir que Franco no fue tan malo, pero de ahí no pasa o, todo lo más, saca a relucir cuatro tópicos sobre los reyes católicos y su "empresa unificadora".
La historia en España acaba reducida a una contienda entre propagandas y a consigna manipuladora con ánimo puramente electoralista. Deberíamos aprender de estos pueblos que apenas tienen Estado, como el colombiano, nosotros que lo tenemos hermoso y aparentón, pero con los pies de barro, con nuestros pies de barro.
14 septiembre, 2006
Las cosas de los viajes.
Llegué a la agotadora T4 de Barajas a las 08:30. En cuanto me puse a buscar en los paneles informativos la lejana sale de mi embarque para Bogotá, se me acercó una señora pidiendo ayuda. Hablaba y hablaba e intentaba contarme de una vez toda su vida. Conseguí frenar su verborrea y me fui enterando de lo que le ocurría: era bilbaína, de 84 años muy bien llevados, acababa de llegar de Caracas, donde vive desde hace un montón de años, y había perdido el enlace para Bilbao. Le dije que bueno, que yo le echaba una mano y la guiaba. Comenzó a seguirme por pasillos kilométricos, al tiempo que echaba pestes de todo: los aviones, los aeropuertos, esta nueva terminal, que tanto lujo para qué, ya ve usted, mucha fachada y llega una señora como yo y se pierde. Empezó también a largar contra los españoles, tan desagradables al parecer. Así que le dije: mire, buena mujer, yo la voy a ayudar a conseguir un nuevo vuelo a Bilbao y la voy a dejar sentadita en su sala de embarque, aunque me cueste una hora y varios kilómetros de terminal, pero no me vuelva loco y no critique tanto, caramba. No conseguí que se callara ni tanto así, pero cambió de tercio y me fue contando su vida y milagros, que tenía dos hijos en Venezuela, que uno era médico y otro ingeniero, que vivían en casas muy bonitas..., la intemerata de cosas. Y yo pensando que otra vez me iba a salir caro lo de ponerme caritativo y que qué me estará pasando estos días, si será que me estoy volviendo un vejete blando.
Pasamos un control de seguridad y la señora se olvida el bolso. Cae en la cuenta siete pasillos más allá y vuelta para atrás, aunque la señora insiste en que no lo dejó allí, sino vaya usted a saber dónde. La arrastro hasta el control, intento preguntarle al guardia si han visto un bolso abandonado y ella aprovecha para intentar explicarle lo de sus hijos y que tienen casas preciosas y que ella viene a ver su hermana. El guardia me mira con cara de pedirme socorro, ¡a mi!, y yo veo asomar el bolso debajo de una mesa. Así que nos vamos a buscar un mostrador de Iberia para lo del billete y la señora camina que se las pela, sin dejar de hablar ni fatigarse por ello. Llegamos al mostrador y, cuando la identifican en el ordenador le dicen que andan no sé cuantos operarios buscándola con la silla de ruedas que ella había pedido. ¿Silla de ruedas?, les pregunto, pero si camina mejor que yo. Conseguimos el billete para un vuelo que sale pronto, la arrastro a su puerta de embarque y se la endilgo a una buena mujer que estaba allí sentada esperando el mismo vuelo. Me da dos besos la viejecilla, intenta regalarme unos bombones, dice que rezará por mí y comienza a soltarle sus historias a la buena mujer de al lado. Yo me largo con la sensación de que ya voy servido de buenas obras para un mes.
Me arrimo a uno de esos horribles bares donde para comer un bocadillo de nada hay que hacer cola con una bandeja y mucha paciencia. Delante de mí, dos azafatas gringas, creo que de la American. Y, sorpresa, veo como una de ellas se mete un par de bolsas de patatas fritas en su maletín, con evidente dolo y cara de traviesa. Se da cuenta de que la miro y farfulla no sé qué cosa en un inglés del que no entiendo ni palabra. Me encojo de hombros y le pongo cara de que no va conmigo su hurto, que allá se las componga. Y, efectivamente, no paga las patatas cuando llega su turno. Edificante.
Llega mi hora, me siento en el avión y allí al lado llora un niño como de seis o siete años. La gente se interesa -yo ya iba con cuidado, tenía mi cupo de solidaridad humana agotado- y cuenta el chaval, entre hipos y sollozos, que su mamá lo dejó en el avión, que lo manda con su papá a Colombia, que vuela solo y que teme no volver a verla. Cáspita, otro drama. Y resulta, por lo que sigo oyendo, que la casa de la mamá del niño está en Bilbao. Vaya, debe de ser el día de las tragedias bilbaínas. Se van concentrando las azafatas y los azafatos -por cierto, que deteriorados/as los tiene Iberia últimamente- y continúa el interrogatorio al pequeño. Hasta que aparece el comandante y dice que a él le tiene que decir la verdad, que si le cuenta mentiras se va a enfadar mucho. Uno con mano para los niños, ya se ve. Y se lo lleva con él a la cabina. Me quedo pensando qué averiguaciones intentarán y dónde acabará el niño. Pero regresa a su asiento a los diez minutos, portando en su cabeza la gorra del comandante, que no apeó en todo el vuelo.
Esta vez apenas consigo dormir en las diez horas de vuelo. Viajan en el mismo avión dos colegas muy queridos y echamos alguna parrafada para pasar el rato. También aprovecho para leerme casi todo un tocho de un prestigioso procesalista, sobre la prueba en el proceso civil. Hay que ver cómo escriben estos dogmáticos tan dogmáticos, ni una cita, ni una fuente, todo palabra de catedrático antiguo, las cosas son así y punto. Concluyo, una vez más, que se ahorra tiempo y esfuerzo y se aprende lo mismo leyendo a pelo todas las leyes de enjuiciamiento que vengan al caso. ¿Cómo es posible que no me haya dormido apenas con semejante ladrillo en la mano? Definitivamente, me pasan cosas raras esta temporada.
12 septiembre, 2006
Otra de medicina.
Hasta pronto, camino de Colombia.
Campo
La alternativa para quien no puede o no quiere cuidar sus propias tierras es venderlas, pero no quedan más compradores que los urbanitas que quieren hacerse el chalé. Y vienen los ayuntamientos y tratan de poner coto al caos de construcciones reglamentando en qué espacios se puede edificar una casa y en cuáles no. No les falta razón, pues el paisaje se deteriora irremisiblemente si cada cual levanta lo que quiere como le da la gana, aquí una hermosa residencia, a cien metros un cobertizo infame, más allá una chabola con tejado de uralita. Pero donde no se pueda construir irá la maleza, el matorral, ganando terreno. Llegarán también los incendios y nuevos problemas. En toda mi infancia no se vio un jabalí en mi pueblo, ahora, al parecer, hay muchos. Dañan los pocos sembrados que quedan y los escasos labradores retornan a la caza furtiva, se toman la justicia por su mano. Tiene difícil arreglo la situación.
Creo que sería más razonable que los ayuntamientos regularan estrictamente las maneras de construir, pero dejando que el mercado decida el uso de la tierra. Bien está que se impidan los desmanes constructivos o ciertas obsesiones de los recién llegados, como el afán por talar los árboles o por convertir en llanura lo que eran cuestas y colinas. Pero una naturaleza en abandono y sin gentes tampoco parece la solución.
A propósito de incendios, me encontré un viejo bosque completamente quemado. Pregunté a los lugareños qué había pasado y me contaron la siguiente historia chusca. Resulta que en la zona hay un conocido pirómano, vaya por Dios. No está en sus cabales y parece que anda obsesionado con que son mala cosa los árboles y el monte bajo. Así que les pega fuego. Ha estado encerrado varias veces, pero vuelve y retoma las cerillas. Parece que después del último incendio alguien lo denunció otra vez y llegó a su casa la pareja de la guardia civil a buscarlo. Los recibió cuchillo en ristre y pusieron pies en polvorosa. Unas horas después vinieron los GEO, según dice la gente del pueblo. Supongo que sería algún cuerpo especial de la guardia civil. Él volvió a tomar su cuchillo y salió corriendo. Parece que lo persiguieron mucho rato, disparándole pelotas de goma. Pero se ve que él corría más y no lo alcanzaban. En su camino se topó con una paisana, que le dijo algo así como dónde vas tú con ese cuchillo. Él le respondió, arrimándose a ella, ay, Maruja, que me quieren matar, ayúdame. Ella le dijo que o tiraba el cuchillo o le daba ella dos hostias allí mismo. Así que el hombre volvió a escapar a la carrera. Cuando se cansó, se metió en un bar de la carretera, pidió un cubalibre y esperó tranquilamente. Allí lo encontraron sus perseguidores y se lo llevaron sin más altercado.
Santiago Rusiñol. Por Francisco Sosa Wagner.
Pero vayamos a Rusiñol, me refiero sobre todo al Rusiñol escritor porque aunaba las dos condiciones, como le ocurría a José Gutiérrez Solana, también escritor y pintor. Por cierto, este se quejaba de que los españoles fueran tan pobres que no les cupiera en la cabeza dos ideas sobre una misma persona. Y, sin embargo, estas personas que tienen habilidades variadas y felizmente cultivadas son las más fascinantes porque están y no están, huyen y permanecen, son los traidores más conseguidos pues que cultivan una traición elegante y sin consecuencias, mansa. Cuando se les pide un cuadro, te dan una novela, y cuando les pides una novela, te regalan una naturaleza prácticamente muerta.
En la obra de Pla sobre Rusiñol sale mucho, como es natural, "els quatre Gats", el café artístico y literario de la bohemia barcelonesa. Estaba administrado por un personaje pintoresco, Romeu, un tipo que se regía por un curioso principio comercial, el desprecio absoluto de la clientela que le alimentaba. Cuando alguien pedía la cena, se daba a todos los diablos: "pero ¿este también quiere cenar? ¿qué se ha creído? Tenemos que poner coto a este desorden". Sin embargo, al parecer, sentía un gran respeto por las telarañas que decoraban el local. Todo se lo permitía al servicio menos quitar una telaraña: "no me toques las telarañas -decía- que te echo a la calle". Eran un componente del decorado que exigía miramientos.
La obra de Rusiñol más conocida, "L'auca del senyor Esteve", prosa luego llevada al teatro, es regocijante pues permite engolfarse en las manías y los caracteres vitales de la pequeña burguesía catalana, de un tendero que se enfrenta a la vocación artística -y, encima, modernista- de su hijo. Como quien no quiere la cosa, Rusiñol atiza un buen varapalo a la sociedad de miras cortas y a sus individuos estrechos y esmirriados, aquellos que administran sus sentimientos nobles con gran tacañería.
Es célebre el Rusiñol de las bromas con el lenguaje y de las frases gloriosas: "en el matrimonio, los tres primeros años y los tres últimos son los mejores. Los más pesados son los treinta del medio". O cuando afirmaba que "cuando eres joven te gustan todas, luego te enamoras y solo te gusta una. Cuando eres viejo, vuelven a gustarte todas menos una".
De las frases recuerdo siempre dos perlas del pensamiento, que apuntan como un revólver de alta precisión: "cuando un tonto sube a un automóvil, cree que avanza". Pero, sobre todo, esta otra: "quienes buscan la verdad merecen el castigo de encontrarla".
Cada vez que oigo a un político, de esos que son todo superficie, decir que alguien de la cofradía adversaria miente o proclamar que va a decir la verdad bien alto, me acuerdo de Rusiñol y se me sonríen mis adentros. La lectura de Rusiñol es una terapia que nada tiene que ver con la farmacia. De ahí, su eficacia.
11 septiembre, 2006
¿Cómo repartimos los cuartos?
Los que ganan más de tres mil euros ya reparten, en principio, aproximadamente una cuarta parte de sus ingresos. Lo hacen por vía de impuestos. Con los impuestos se financian los servicios públicos, entre ellos los servicios sociales. Los impuestos son la vía por excelencia para la redistribución de la riqueza: el Estado detrae de quien más tiene para darle al que está peor. En un Estado social que lo sea no sólo de nombre, el sistema impositivo tiende a dos caracteres que aumentan esa función redistributiva: la progresividad de los impuestos y el predominio de los impuestos directos sobre los indirectos. Pero esto son cosas por todos sabidas.
Pensemos en un ciudadano al que vamos a llamar X. X percibe de su empresa, por su trabajo, un sueldo mensual de 3750 euros brutos. Anualmente en el impuesto sobre la renta deja unos 9000 euros. A esto se ha de sumar lo que X paga ocasionalmente por otros impuestos y, especialmente, lo que paga siempre, día a día, como impuestos indirectos, comenzando por el IVA de todo. Sale, en total, una buena cantidad de dinero que X se ha ganado con su trabajo y que acaba en las arcas del Estado. ¿Eso es bueno o malo?
Unos contestarán que es bueno, otros que es malo y otros que depende.
Dirán que está bien los estatistas. Se trata de aquéllos que piensan que la relación entre los ciudadanos, que deben ser siempre ciudadanos "nacionales", y el Estado es una relación orgánica, viva, relación de dependencia vital necesaria entre las partes y el todo. Las partes, los ciudadanos, se deben a ese todo que no sólo los representa y los aglutina, sino que los aglutina en una realidad superior y les da su esencia principal. No somos nada, sólo materia prima inerte, individuos desamparados y vacíos, sin el grupo, y el grupo por excelencia es el Estado, donde se aúna la comunión de caracteres y sentimientos y la fuerza para defender la identidad frente al rival y el enemigo. Todo lo que el Estado les pida a sus ciudadanos -dineros, sacrificios, hasta la vida- bien pedido estará, sin necesidad de más explicaciones, igual que no tiene la cabeza que explicarle a la mano por qué le ordena tal o cual maniobra. La cabeza gobierna el cuerpo como el poder del Estado, culmen de la nación, gobierna a sus ciudadanos, que se van acercando, así, a súbditos. La operación de sometimiento se perfecciona cuando existe una religión de Estado que insiste a los ciudadanos en que su supremo bien y aspiración tiene que ser el darse a los demás y que la síntesis perfecta de uno con los demás se realiza en el Estado. La obediencia acrítica, como virtud, se hace al tiempo virtud política y virtud religiosa. Por eso el estatismo propende a la teocracia y busca la amalgama de legitimación política y legitimación religiosa para el poder de los gobernantes. Entre la religión de Estado y el Estado como religión hay una promiscua continuidad. Franco, caudillo de España por la gracia de Dios. O, en otros casos, el dictador de turno (Hitler, Stalin, Mao...) convertido él mismo en dios terreno a base de atribuirle capacidades y valores sobrehumanos. El estatista sueña con el Estado total y su persona propia la quiere fundida y confundida con la de sus connacionales en el Estado, aunque haya que pagar.
A la pregunta de antes responderán que está mal que a X le tome tanto el Estado por vía de impuestos los individualistas radicales. Se trata de quienes sostienen que nada existe más valioso que el individuo, concebido como ente radicalmente libre, autónomo, dueño de sí mismo y sin más límite a la propiedad de sí que el respeto a la propiedad de los otros. La propiedad de uno mismo abarca la propiedad de todo aquello de lo que uno se apropie sin arrebatárselo torticeramente a otro, de todo lo que uno tenga y no sea robado, pues sólo si dispongo plenamente de lo que es mío puedo realizar con ello mis planes de vida, planes que fueron, precisamente, el acicate para mi esfuerzo por conseguirlo. Si yo trabajo fuertemente para ganar dinero con el que comprarme una casa, nadie puede quitarme de lo mío, pues supone arrebatarme mi motor vital de comprar una casa y mi realización al tenerla. El Estado que me detrae de mis ganancias para dar una casa a otros que no la tienen, me roba y me esclaviza a esos otros, es un Estado ladrón. Si toma la cuarta parte de mis ganancias o bienes, me hace esclavo en un cuarto esclavo suyo y de los que se benefición de eso que antes era mío y me fue arrebatado. Quien quiera una casa, que la consiga por sus medios y con su esfuerzo. Ante la objeción de que no todos poseen la misma capacidad y la misma voluntad o aptitud para el esfuerzo, se contesta que hacer al más capaz repartir con los menos significa arrebatarle precisamente eso que lo individualiza, sus capacidades y su personalidad y, con ello, su libertad, su autonomía, para convertirlo en masa, en individuo igual, estandarizado, despersonalizado, objeto en manos ajenas. No hay, pues, más Estado legítimo que el Estado mínimo, aquél que se limita a velar por que no nos matemos y no nos robamos, y que no nos exige que le demos de nuestros recursos más que los mínimos para que pueda brindar ese servicio exclusivo de seguridad, lo único por lo que un sujeto libre y autointeresado paga al poder de buen grado. Todo lo demás -vivienda, educación, sanidad, comunicaciones...- que lo pague quien lo quiera y en lo que pueda.
La anterior es la tesis de los llamados libertaristas, representados en el pensamiento político contemporáneo por Robert Nozick, por ejemplo. A ellos se suman los economistas neoliberales, del tipo de los de la Escuela de Chicago, con sus tesis de que un Estado mínimo no aumenta la pobreza, sino que la evita, pues si cada cual gestiona autónomamente todos sus recursos particulares, sin interferencia estatal ni políticas públicas redistributivas, la eficiencia en la producción de recursos será mucho mayor, pues en un Estado activista en lo económico y social en lo político la mayor parte de los recursos no sirven para el aumento de la producción total ni para la mejora de la pobreza, sino que se los traga la burocracia. En cambio, si es el mercado el único que distribuye beneficios y cargas, la eficiencia será mayor, habrá más bienes para distribuir y en ese espontáneo reparto les tocará a los más desfavorecidos más de lo que obtendrían como beneficiarios de un Estado social, por mucho que el reparto con las reglas solas del mercado pueda y deba ser desigual.
¿Y qué ocurre si alguien siente dolor y compasión frente a los que padecen penurias? Pues nada impide que cada cual acate las demandas de su moral personal y dé a los demás de lo suyo, libremente. Cuando yo regalo a alguien, porque quiero, la mitad de mi sueldo, no dejo de ser libre, al contrario, realizo mi libertad sin interferencia ajena. Todo lo contrario de cuando es otro el que se lo apropia para sí o para entregárselo a un tercero. Nada cambia cuando ése que me lo quita para repartirlo es el Estado. Pero como tampoco cabe más moral que una moral estrictamente personal, individual, sin que quede espacio para formas de moral colectiva o grupal, se excluye la aceptabilidad de cualquier moral social general que ordene, por ejemplo, repartir lo mío con los otros. Alguien que me dijera que debo dar de lo mío a otro que tenga menos, estaría faltando al respeto de mi libertad. Que de él lo que su moral le pida; a mí, que me deje en paz si mi moral no me exige tal cosa. Donde sólo cuenta la moral personal como expresión de la libertad de cada cual, no queda sitio para la moral política ni para la gestión colectiva de la solidaridad.
Nos queda la tercera respuesta a la pregunta del principio, la de los que responden que depende. ¿De qué depende? De lo que haga el Estado con esos dineros que le detrae al ciudadano X y de cómo sea la política general de tales exacciones. Comencemos por esto último. La exigencia se resume que la política impositiva sea proporcional y proporcionada. Proporcional en el sentido de que exista una regla general que vele por que a X no se le quite, comparativamente, más de lo que se le quita a quien es más rico ni menos de lo que se le quita a quien es más pobre. Proporcionada, en cuanto que lo que a X se le exija no le impida mantener su vida autónoma, como sujeto libre que se autodetermina mediante el uso de los frutos de su trabajo, esfuerzo y capacidad. Política y gestión de lo colectivo, sí, pero en difíciles equilibrios entre el uno y los otros.
En cuanto a la segunda condición, que hace depender la aceptabilidad de los impuestos del uso que el Estado haga de esos ingresos, la idea central apunta a la redistribución. Si el Estado quita a X e invierte ese dinero en políticas que hacen que se tornen más ricos los que tienen más que X y no consigue que sean más pobres los que tienen menos que X, no podemos pedirle a X que acepte por imperativo moral y solidario el impuesto que soporta. Porque los impuestos, según esta concepción, ni son un fin en sí mismo, como manifestación del poder del Estado sobre los ciudadanos, ni son por sí un robo injustificable; son un instrumento de política redistributiva, son mera herramienta. Y sólo si esa política es efectiva y sólo si lo es sin anulación radical de la libertad de nadie, están los impuestos justificados. Ni todos iguales por decreto, haciéndonos súbditos idénticos, ni todos desiguales por necesidad, al precio de que algunos jamás puedan vivir dignamente como personas. Igualdad de oportunidades y, a partir de ahí, al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Que no estén unos condenados a la pobreza por nacimiento o desgracia, pero que tampoco esté nadie impedido de progresar en su vida personal y social por imperativo de que nadie puede llegar a ser o a tener más que nadie. Aquí el Estado ni es el ente supremo a cuyos mandatos haya que someterse con fe de creyente, ni es enemigo por definición de nuestra autonomía. Es un instrumento de la vida social que se juzga por sus frutos, por sus rendimientos y por su capacidad para protegernos de los riesgos más temibles que nos acechan.
Y ahora, expuesto lo anterior, viene la pregunta para nuestro amable y perseverante interlocutor anónimo: ¿de qué manera puede colaborar X mejor para que se corrijan los padecimientos de sus conciudadanos más pobres? ¿Practicando la caridad con el que tenga a mano o luchando, en la medida de sus fuerzas y sus posibilidades, para que el Estado en el que convivimos ayude con los impuestos a proporcionar a todos mejores condiciones de vida, igualándonos en la libertad, es decir, en la posibilidad de ser dueños de nuestra vida sin las esclavitudes del hambre, la enfermedad o la ignorancia? A mí me parece que de la segunda manera. Lo que no quita, amigo anónimo, para que si un día usted tiene hambre y no tiene con qué pagarse un plato de comida -sé que ni ocurre ni va a ocurrir, por fortuna- yo lo invite con el mayor gusto a comer en mi casa. Pero quitándole el hambre a usted un día o un mes, hago menos por los pobres que si peleo honestamente por una política común de mayor justicia y mejor distribución de la riqueza, aunque a usted, sólo a usted, le solucione así un problema durante un rato. Y, al revés, yo no soy más solidario con el conjunto de mis conciudadanos que pasan hambre por el hecho de invitarlo a comer a usted todos los días, aunque mi conciencia quede así engañada y su estómago lleno. Repare en que suelen ser los más ricos los que más disfrutan con la práctica de la caridad -siente un pobre a su mesa por Navidad-, los que más tratan de evadir impuestos y los que votan a partidos que no les toquen el patrimonio. Por algo será.
Y, por cierto, ¿cómo piensa usted organizarse ese día, ya cercano, espero, en que gane más de tres mil euros al mes?
10 septiembre, 2006
Bilateralidad y reforma estatutaria. Por Francisco Sosa Wagner
09 septiembre, 2006
Enigmas cotidianos
Algunos días no soy capaz de escribir nada coherente y de seguido, pues me levanto cubierto de preguntas, invadido por interrogaciones. Uno, modesto Sísifo de andar por casa, lee y lee, y hasta reflexiona un poco, para hallar respuestas, pero cada una trae de la mano una docena de inquietudes nuevas.
Puede que la humanidad se divida en dos grupos principales. Uno, el de los que tienen más preguntas que respuestas. En ése creo que se incluyen los jóvenes que no ven la tele, los obreros que no ven la tele, los intelectuales que no ven la tele y, en general, los que no ven la tele. El otro, los que tienen muchas respuestas, pero ninguna pregunta que de verdad los inquiete. Ahí se incluyen los políticos, los curas y los profesores de universidad de nuevo cuño, modelo in pompam pro habilitationem (la sintaxis latina me la brindó uno de ellos. Sorry).
El caso es que hoy es sábado, estamos a media mañana y las ideas me bailan como a ZP los candidatos, a Guerra los principios o a Acebes las onomatopeyas. No me queda más remedio que sacarme las preguntas matutinas en este mismo escrito, por higiene o para buscar la imposible catarsis. Pues ahí les lanzo, sufridos amigos, un muestrario pequeño de las inquietudes que me corroen el espíritu.
- ¿Han desaparecido del todo los asaltos a los chalés? Si es que sí, qué eficacia policial, que vuelen las medallas y estallen los homenajes. Si es que no, ¿por qué ya no salen los asaltos en los noticiarios?
- ¿Cuántos asaltos a chalés son necesarios para que sean noticia los asaltos a chalés?
- ¿De qué se quiere que la gente no se preocupe cuando a la gente se la preocupa con asaltos a chalés?
- ¿Ya están cuerdas todas las vacas? Si es que sí, loados los veterinarios y gocen universal reconocimiento los gestores de la sanidad animal. Si es que no, ¿por qué ya no tienen las vacas tarumbas el reconocimiento que lograron sus predecesoras? ¿Cuántas vacas deben estar locas para que sean un grave problema social las vacas locas?
- ¿Por qué las marujas y los marujos de la piel de toro ya no se mosquean con los filetes y las casquerías del toro?
- ¿Ya se acabó la gripe aviar? Vaya, fue liviana, alabados sean los dioses. Un querido pariente me vio un día, hace poco, tratando de hacer amistad con una gallina extranjera y me dijo que cuidadín, no fuera a tener la gripe aviar. Al poco, en un pueblo de por acá nos regalaron un gallo, aún vivo, para devorarlo en familia, y nadie dijo nada. No hay pito más sano que el pito de casa.
- ¿Por qué es cada vez más difícil encontrar en las tiendas calzoncillos con agujero de bragueta? El otro día coincidí en un urinario con varios señores bien entrados en años. Mientras yo evacuaba, bien erguido y vestido, a través de la cómoda ranura de uno de esos gallumbos de antaño, procedían todos ellos a bajarse los pantalones y luego meaban a manera de improvisado full monty. Penoso (de pena).
- ¿Son los tangas más baratos que las piezas con más tela?
- Las universidades están dejando de ser endogámicas, albricias. Ahora son empresas familiares. ¿Alguien ha echado cuentas de cuántos hijísimos y sobrinísimos han pillado plaza de funcionario universitario en los últimos diez o veinte años? Pocos, muy pocos, ya lo sé, José.
- ¿Por qué los funcionarios que menos curran son los que más explotados se sienten?
- ¿Por qué cuando hay huelga en las universidades no hay puñetera forma de saber cuántos están en huelga? Cuando yo era director de Departamento (¡ay!) cada vez que había una convocatoria de huelga de profesores me llegaba un escrito del Vicerrectorado de la cosa con el ruego de que diera cuenta por escrito de cuántos la seguían. Nada se me indicaba de cómo se averigua tan esquiva actitud.
- ¿Por qué siempre son los más currantes y laboriosos los que, para colmo de sus desvelos, se encargan de la lucha sindical en pro de los derechos de sus compañeros?
- ¿Por qué visten igual los que piensan lo mismo?
- ¿Qué fue de Juan Guerra?
- ¿Ya hay datos fiables sobre el positivo efecto de las reformas penales en materia de violencia de género?
- ¿Cuándo un Gobierno va a crear un Instituto del Varón?
- ¿Por qué los hombres y mujeres heterosexuales se quejan siempre de las torpezas e incapacidades de sus parejas, estables u ocasionales, y los homosexuales no se quejan nunca de tal cosa?
- Qué pasó con las famosas Kelly-finder, aquellas zapatillas mágicas que te llevaban a tu casa en propiedadad?
- Si yo le pongo a usted las condiciones que me da la gana y usted no traga, ¿es usted un enemigo del consenso?
- ¿Por qué dicen que regresa a su universidad el que nunca se ha ido de ella?
- ¿Por qué a los obreros no les dan un cargo más alto cuando ya no sirven para su trabajo?
- ¿Cuánto cuesta el silencio de un parlamentario que no está de acuerdo?
- ¿Cuánto de prohibido ha de estar un comportamiento para que sea ilegal? ¿Y para que la Administración, los jueces y los fiscales lo persigan?
- ¿Es cierto que en el Consejo de Estado están los mejores juristas del país? ¿Y en el Tribunal Constitucional?
- ¿Será verdad que si los políticos politizan la judicatura, la judicatura judicializa la política?
- ¿Para cuándo las cuotas para bajitos?
- ¿Por qué los tertulianos no escriben enciclopedias?
- ¿Se va a arruinar la monarquía saudí cuando se acabe el petróleo?
- ¿Es muy agotador ser miembro/a del Parlamento Europeo?
- ¿Por qué los enemigos de la Constitución recurren al Tribunal Constitucional?
- ¿Por qué nos importan más los puntos que la vida?
- ¿Se arruinan los empresarios progresistas?
- ¿Folla la derecha fuera de casa?
- ¿Quedan católicos practicantes?
- ¿Los gitanos son nación? Entonces...
-¿Hubo en el 36 un golpe de Estado a favor de la Constitución y la democracia? ¿Hubo en el 34 una revolución a favor de la Constitución y la democracia?
- ¿Es posible que dos que discuten, compiten o se pegan sean igual de mala gente? ¿Entonces por qué hay que preferir a uno?
- ¿Cuánto cobran en la ONU por la cama?
08 septiembre, 2006
Lo que dice Savater
Se titula Sin equívocos. Ahí va:
Ahora que estamos en tiempos de memoria histórica, me acuerdo de un viejo y querido amigo republicano que me enseñó muchas cosas sobre aquella época convulsa. Solía asegurar que uno de los mayores aciertos del franquismo fue inventar el término "rojos" para englobar a todos sus adversarios, desde los liberales hasta los estalinistas: de ese modo simplificaba sus argumentos ideológicos contra ellos, cortándolos todos a medida de su conveniencia. De un abuso semejante se quejaba hace pocos días (EL PAÍS, 3-IX-06) José María Ridao al denunciar que hoy se cuenta la Segunda Guerra Mundial como si hubiera sido "un conflicto moral entre un único culpable, encarnación del mal y la tiranía, y una constelación más o menos amplia de inocentes, encarnación del bien y la democracia". Ambas interesadas y sectarias abreviaturas se asemejan mucho a otra de nuestra actual política doméstica, la que convierte cualquier objeción a las iniciativas gubernamentales en parte de un globo aborrecible, "lo que dice el PP". Y tras este telón pintado ya no hay que molestarse en dar más detenidas explicaciones. Creo que la tal normativa propagandística es especialmente evidente en lo que toca al llamado "proceso de paz" en el País Vasco.
Desde luego, varios de quienes no lo vemos todo claro en este asunto no compartimos los planteamientos más truculentos de la oposición: no creemos que el presidente Zapatero sea un nuevo avatar del traidor conde Don Julián y aún menos que Rubalcaba sea la Cava. Yo incluso considero con cierto optimismo el sesgo cauteloso adoptado este verano por el Ejecutivo en sus tanteos a la banda criminal sometida a desguace. Es muy buena señal que tanto la propia ETA como Batasuna y otros representantes del nacionalismo más radical hayan coincidido en lamentar el parón sufrido por el "proceso" y aseguren que estamos en crisis y ellos a punto de un ataque de nervios: está claro que no obtienen sin más lo que buscan, lo cual contribuirá positivamente a que se acostumbren a buscar cosas más a su alcance. Si les viésemos más satisfechos, ya sería cosa de irse preocupando seriamente. Como tampoco debemos congestionarles la cabeza con excesivas ideas, que por falta de costumbre en su manejo pueden provocarles encefalitis, parece acertado atenerse ahora a mensajes sencillos y reiterados: la legalidad no piensa aceptar a la Batasuna pro-terrorista; por lo tanto, es Batasuna quien tendrá que resignarse a aceptar la legalidad. ¿Que se niegan y amenazan con volver a las andadas? Pues mal asunto..., sobre todo para ellos, dado que fuera de la legalidad, sin subvenciones y con una ETA semijubilada, les va a caer una rasca que no veas. A fuerza de kale borroka fastidiarán a bastantes, pero cada vez asustan a menos y desde luego no persuaden a nadie. En cuanto a los presos... Pues eso, que están presos y -más cerca o más lejos de casa- lo van a seguir estando muchos años: para ellos la larga, larga cuenta atrás, no puede empezar hasta que de veras ETA se desmantele del todo, de modo que ya tienen claro lo que les conviene. Punto y seguido.
Así que lo preocupante no es tanto cómo van las cosas por el momento, sino los equívocos sobre el concepto mismo de lo que está en juego. Las suspicacias ante la expresión megalómana "proceso de paz" no son meros tiquismiquis terminológicos, sino que van más al fondo del asunto. Un proceso de paz no sólo implica dos partes enfrentadas en algo así como una guerra, sino sobre todo dos partes en principio igualmente distantes de lo que luego será llamado finalmente "paz". Lo cual poco tiene que ver con el caso que nos ocupa, donde la paz a conseguir es el disfrute sin coacciones ni amenazas de las garantías constitucionales vigentes en nuestro Estado de Derecho, que es lo que han defendido quienes han luchado contra ETA y sus servicios auxiliares. Dar a entender otra cosa, permitir que prospere el equívoco de que finalmente para acabar con la violencia hay que instrumentar algo distinto al terrorismo, pero también distinto a la legalidad constitucional (hablando, por ejemplo, de "normalización política", como si la política vasca hubiera sido hasta ahora "anormal" por algo distinto a las amenazas y atentados sufridos por los no nacionalistas), es desconcertante y desmoralizador para los demócratas, mientras que tonifica a quienes por medio de los crímenes o al socaire de ellos sólo han buscado reforzar el nacionalismo obligatorio en el País Vasco. Y permite el crecimiento de flores retóricas como la propuesta del menguante Madrazo, que recomienda consultas a los "colectivos sociales" antes, durante y después del proceso (con un cuestionario diseñado por él, supongo) para sondear qué quiere la gente en la "tabula rasa" de Euskadi. O sea que, gracias al sacrificio de ETA, por fin el pueblo va a ser escuchado... Por cierto, comprendo los remordimientos de Günter Grass por su pasado juvenil en las SS nazis: sin llegar a tanto, yo me muero de vergüenza al recordar que, siendo yamucho menos joven, aún votaba a Izquierda Unida.
El centro de estos equívocos es, claro está, lo del "diálogo". ¿Quién va a estar en contra del diálogo? Imaginen que alguien les pregunta si opinan ustedes que en Kakania los toruguenses y los cabricéfalos deben resolver su secular conflicto dialogando, en lugar de a cañonazos. Como ustedes no saben dónde está Kakania, ni conocen a toruguenses ni a cabricéfalos, ni tienen idea del conflicto que les enfrenta, responderán que sí, que naturalmente siempre es mejor dialogar que matarse. De modo que el diálogo es como el buen tiempo: todo el mundo está a favor, lo malo es que lo entienden de modo distinto el agricultor que espera lluvia para su cosecha y el excursionista al que le conviene que haga sol. A favor del diálogo están, por ejemplo, los miembros del grupo de apoyo al País Vasco del Parlamento Europeo, que pretenden que esta Cámara intervenga, "entre otros muchos actores", en la solución del problema de Kakania, digo del País Vasco. Según el portavoz de este grupo amistoso, que -¡oh, sorpresa!- es el Sr. Bernat Joan, eurodiputado de ERC, "la única solución válida es aquella que se acuerde entre todos a través del diálogo y el reconocimiento de todos los derechos individuales y colectivos de los que viven en el país, independientemente de si residen bajo administración francesa o española". Me encantaría saber cuáles son esos derechos cívicos y políticos que las tiranías española y francesa no respetan, así como qué tiene que ver esa fantasía con el cese de la actividad de ETA..., que, por cierto, no actúa en Francia, donde las cotas autonómicas son algo más bajas que en España. Pero eso en cuanto comience todo el mundo a dialogar, se aclarará enseguida. ¡Gran cosa, el Parlamento Europeo! Tiene un grupo de amigos de Cuba para apoyar a la dictadura castrista que pisotea los derechos cívicos y políticos en la isla y, para compensar, un grupo de amigos del País Vasco que solicita respeto a esos mismos derechos ante las democracias de España y Francia, haciéndose eco de las reivindicaciones de Batasuna. La verdad, no me explico por qué no hace más que disminuir el entusiasmo por las instituciones europeas... También ha mostrado mucha pasión por el diálogo Mayor Zaragoza en una conferencia dada el pasado agosto en San Sebastián: lo ha recomendado como una fuente de inspiración que fue capaz de resolver conflictos como por ejemplo el de Suráfrica. Así será, aunque yo no veo grandes similitudes entre Suráfrica y el País Vasco..., como no sea que bastantes vascos ya estamos "negros" de tanto oír pomposas vacuidades sobre nuestros males.
El diálogo suele recetarse "sin imposiciones": o sea, que si se suspende ETA, se suspendan también las leyes vigentes, salvo la de la gravedad y dos o tres más. Pues no, mire, que no haya equívocos: algunos queremos que siga vigente la imposición legal del Estado de Derecho y la Constitución. No queremos ni mucho menos un "Estado residual" que nos someta a caciques feudales de nuevo cuño. Por eso no nos gusta la famosa mesa en la que tendrá lugar el famoso diálogo, etc. En una película de Monty Pithon, el inolvidable Terry Jones inventaba la silla, según él, "un artefacto para sentarse en el suelo pero más arriba". La mesa de partidos es un artefacto para sentarse en el Parlamento, pero fuera y para buscar la legalidad saliéndose de ella. Que no haya equívocos; es por eso por lo que no nos gusta, no porque lo diga el PP. Y sería bueno que a los ciudadanos no se les alimentase con equívocos, por saludable que al principio pueda parecer esa dieta estupefaciente.
07 septiembre, 2006
Parábola del que rompe y el que paga
Era una calle con muchas casas. En un extremo vivían, frente por frente, dos vecinos que se llevaban a matar y todo el tiempo se provocaban y se amenazaban. Llamémoslos A y B. A vivía en casa propia y B de alquiler, tal vez no muy legal. Sucedió que un día B ofendió gravemente a A y éste tomó una excavadora y destruyó completamente la casa en la que B vivía. No dejó piedra sobre piedra.
Poco tiempo después, el resto de los vecinos de la calle se reunieron y acordaron pagar de su bolsillo la reconstrucción de la casa que había destruido A, quien estuvo de acuerdo. Al parecer, a nadie se le ocurrió pedir que se aplicara el viejo principio de que el que rompe paga. O que pagara, al menos algo, el inquilino que andaba apedreando a A para cabrearlo. No, ni uno ni otro; pagamos nosotros. Es bonito y se llama solidaridad. ¿Pero solidaridad con quién? ¿Con el dueño de la casa que no supo o no quiso guardarla del mal inquilino? ¿Con el inquilino macarra que va a lo suyo y al que la casa el importa un bledo? ¿Con el que la destruyó por la cara y ahora se va de rositas?
06 septiembre, 2006
Esquizoparábola del doble rasero.
Hasta que, un día, en un Estado lleno de oraciones y plegarias se alzó al poder un nuevo mandamás que dijo: produciremos de esa energía mu mala porque para nosotros es mu buena y a nosotros nos lo recomienda nuestro dios, que es el único que nos puede dar órdenes o consejos. Otros Estados, que no se fiaban ni del sujeto ni del dios que lo alecciona, dijeron esto no puede ser. Pero aquellas organizaciones de personas que protestan contra la energía mu mala no dijeron ni pío ni protestaron nada, o casi. Insistió el jefe del país aquel en que producirían de la energía mu mala se pongan los otros como se pongan, pero las organizaciones de aquellas personas contrarias a la energía mu mala no se pusieron de ningún modo. Porque posiblemente reconocen que si en el Estado que tenga la energía mu mala se reza mucho y dios vigila las instalaciones y a los operarios, la energía mu mala sólo es regular de mala o un poquitín buena. Pero no lo dicen así, y por eso a los humanos simples y con pocas luces, como éste que escribe, les parecen mu raros esos enemigos condicionales de la energía mu mala.