11 enero, 2009

El libro de la selva

¿Qué diferencia puede haber entre una familia y una comunidad de vecinos en la que cada uno es y se siente hijo de su padre y de su madre? Pues que en una familia, al menos en las bien avenidas, cada cual no se limita a ir a su bola y a buscar nada más que su interés, mientras que en una comunidad de vecinos a cada uno le importa un bledo lo que les pase a los demás, con tal de salir ganando él y tener más guapo su piso.
En este país nuestro el presidente de los vecinos ha dado con la forma de tener a todos contentos y sumisos: aumentarle la paga a cada comunidad autónoma. Previamente a los habitantes de cada comunidad se les ha convencido de que los de las otras importan un carajo, que son de otra pasta o de otra estirpe y que tonto el último. Cegados en cada reino de taifas por su egoísmo, no reparan en que no alcanzan los bienes disponibles para entregar a cada cual lo prometido, salvo que se acabe hipotecando por completo el destino común. Pero todos han dejado de creer en un destino común, ninguno ve más allá de su corto horizonte, nadie se imagina que en un grupo mayor y mejor organizado puede haber mejor fortuna. Al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Y mañana ya veremos. Cuando la vaca deje de dar leche, la sacrificamos y nos largamos con la música a otra parte. ¿España, dice usted?, ¿el Estado? A mí sólo me interesan los míos, los catalanes, vascos, gallegos, valencianos, andaluces, murcianos, los de mi pandilla. La diferencia entre un grupo humano organizado que planifica su futuro responsablemente y una bandada de buitres que desgarra el cadáver de un animal está en que los buitres no echan cuentas del mañana. España es el cadáver. Dígame usted quiénes son los buitres y quién les echa de comer pensando que los engaña.
Los partidos llamados nacionales ya no son nacionales, bajo las siglas comunes, PSOE y PP parecen manadas de lobos que luchan por la misma presa. Cegados sus líderes por el afán de dominio local, imitan el discurso y las mañas de los partidos nacionalistas. Pero una imitación nunca puede igualar el original.
Quien gobierna el Estado sabe que a los jerifaltes autonómicos de su partido no les importa nada el Estado, sólo quieren el poder en sus comunidades, ser jefecillos en sus casas, y, si no lo consiguen, se comen al que gobierna el Estado. Éste podría explicar al conjunto, a los ciudadanos, que un Estado ni se hace ni se mantiene a base de alimentar el egoísmo de tribus y clanes. Al menos un Estado europeo que no quiera parecerse a Afganistán. Pero para ello ese gobernante de todos debería, primero, tener una mínima cultura política -y cultura a secas- y, después, tendría que anteponer el interés general a su enfermiza obsesión de sentirse el rey del mambo. Se juntaron las fieras para elegir a su líder y le dieron el puesto a un mono que se creyó el rey león. Criaturilla. Quien nos gobierna piensa aquello de que después de mí el diluvio. Se imagina que puede conservar su reinado si mantiene enfrentados a la pantera y al leopardo, al elefante y el hipopótamo. Su cabeza y su moral no dan para más. El pueblo soberano lo quiso así. Lo quisieron así el leopardo, la pantera, el elefante y el hipopótamo. El pueblo soberano siente la llamada de la selva, y los animales de la selva no entienden de filosofía política ni de intereses generales. Además, mentar a España es cosa de fachas, dicen los de cada horda, y lo mismo cree el pequeño simio, el pobre. Él se conforma con mantener su cetro, aunque sea simbólico. Alcanzado su máximo nivel de incompetencia, sólo pretende no caerse de la peana.
El último que (a)pague la luz y que se busque la vida. Porque esta carroña de Estado se nos acaba.

10 enero, 2009

Pituca

Esta mañana me he ido con la pequeña Elsa a fisgar las rebajas de El Corte Inglés, para liberar a su mamá, mi santa, y que le meta horas a los papeles de la acreditación. Sí, ya sé, ese capítulo podría titularse “Durmiendo con mi enemigo”. Pero así es la vida, yo aquí rajando contra la aneca-enema y mi señora haciendo horas para el casting en esa agencia. En fin, nada que reprocharle, hay que pasar por el aro para llegar a madame (o monsieur).
A propósito de madames, estoy leyendo un libro que es una joya: “Memorias de una madame americana”, de Nell Kimball. La autora fue, a comienzos del siglo XX, madame de prostíbulos de lujo allá en los Estados Unidos. Una delicia de autobiografía. Y lo que te da que pensar. Según cuenta, en aquellas casas de placer los caballeros llegaban y, para empezar, se tomaban una opípara cena preparada por cocineros selectos, mientras un pianista ponía música de fondo. Luego se deleitaban en tertulias y comentarios de los eventos sociales y políticos, con gran atención de las mimosas vestales, y al fin, para rematar, se encamaban sin prisas ni manuales. Hoy en día eso ya no lo tienes ni en casa. ¿Realmente progresamos?
Decía que me fui a dar una vuelta y en el coche iba escuchando un disco de tangos interpretados por Juan D´Arienzo. Una de las recomendaciones de mi colega y querido amigo Enrique Haba, uruguayo que enseña en Costa Rica y que se encargó de orientarme sobre buenos tangos e intérpretes selectos. Recuerdo alguna velada memorable cuando nos conocimos en Cali hace unos seis años. Coincidimos como ponentes en un congreso y nos alojábamos en una residencia con hermosos jardines, donde pasábamos la noche de charla y escuchando música. Qué estupendo grupo de amigos nació en aquellas veladas. Por allí andaba también el bueno de Roberth Uribe, paisa de libros y bonhomía, y el entrañable Roque Carrión, peruano -de Piura- que dictaba sus clases en Venezuela. Enrique Haba disertaba sobre tangos y Roque Carrión pretendía demostrar que el buen baile de cualquier ritmo se puede hacer sin salirse de una baldosa. Y así amanecíamos, felices y lejanos. Otra noche nos fuimos al barrio de Juanchito, a ver cómo bailan la salsa de verdad aquellos negrazos. Al recordarlo, se me disparan todavía las piernas y se me van las neblinas del alma.
Más adelante invité a Enrique Haba a que en León dictara una conferencia sobre “El Derecho en el tango”, y lo hizo con audiciones ante estudiantes perplejos e impacientes. Era cuando por aquí teníamos una asignatura de libre configuración titulada “Cine, literatura, música y Derecho”. Acabamos suprimiéndola, hartos de que los estudiantes ´-que libremente la habían elegido, a la caza del crédito cómodo- se inventasen mil y un trucos para que figurar como asistentes sin necesidad de ver la película de turno. Estudiantes de película, futuros intelectuales más bien orgánicos, gestores que serán de nuestro futuro y nuestras pensiones. Estamos jodidos, irremisiblemente.
Iba, digo, escuchando los tangos de Juan D´Arienzo y deleitándome con su voz y con las letras. Elsa les ponía redobles de chupete. Repetí varias veces el que se titula “Pituca”. No tiene desperdicio y, obseso que es uno, lo asocié con el pijerío que nos ha regalado esta crisis con sus artes financieras. ¿Quién, aquí y ahora, compondría una canción con tanto espíritu de clase y tanta bilis justiciera? ¿Victor Manuel? ¿Sabina? ¿Serrat? ¡Anda ya!
Si quieren escuchar esa maravilla, pinchen aquí, aunque la versión sea otra, mucho peor, para mi gusto.
Compusieron ese tango, Pituca, Rogelio Ferreyra (letra) y Enrique Cadicamo (música). Dice así:
Niña bien de apellido con ritornello
que tenés "senza grupo" figuración
que parecés por todo tu "ventichelo"
la sucursal del banco de la Nación.
Que estás comprometida con Albertito
un elegante yachtman del Tigre Club
que tiene un par de anchoas por bigotito
y pa' batir "araca", dice "mondiú".
Che, Pituca...Quién tuviera la alegría
de tener una alcancía
como la de tu papá.
Y un anillo
con la piedra incandescente
de esos que usa indiferente
pa' entre casa tu mamá.
Che, Pituca...
No derroches los canarios
que a tu viejo el millonario
lo voy a ver al final
con la bandera a media asta
cuidando coches a "nasta"
en alguna diagonal.
Tenés un galgo ruso que no es pa' liebre
y se pasa una vida fenomenal
te juro que al pensarlo me cacha fiebre
y ¡qué lindo sería ser animal!
Así de gusto en gusto llena de plata
vos encontrás la vida color salmón
pero yo que soy pobre como una rata
la campaneo sin grupo color carbón.

Y digo yo de nuevo: ¿quién les canta hoy a las Pitucas de estos pagos? ¿O estarán todas cubriendo cuotas ministeriales o de consejo de administración y será mejor que ni les tosamos? ¿Pero podremos aún soñar, ingenuos, con ver un día a sus papás millonarios cuidando coches en alguna calle?

09 enero, 2009

Misterios del pensamiento único

Dicen que tiene que haber de todo, pero me desasosiega encontrar tanta coincidencia, tan poca variedad de posturas y tesis entre la llamada intelectualidad. Que el ciudadano común -no por común menos valioso y respetable, tal vez al contrario- se guíe por tópicos, consignas y fórmulas manidas en las cosas de las que no lee mucho ni entiende gran cosa puede considerarse normal y lógico. Bastante tiene ese ciudadano con buscarse el cocido y correrse alguna juerguecilla cuando toca, cada vez menos. Pero que el personal supuestamene cultivado marque el mismo paso y mantenga opiniones siempre perfectamente previsibles y acordes con la ortodoxia establecida entre los de su casta parece paradójico. De la reflexión libre y la información abundante sería más esperable que se desprendieran posturas originales y plurales debates. Pero no, al redil, pensamiento único, vulgata, dogma.
En verdad, cabe identificar dos ortodoxias que, en terminología convencional, podemos denominar conservadora y progresista. Y todos alineados a un lado o al otro, juego de equipo y para el equipo, hinchada, masa, más que individuos con pensar y decir autónomo. Y mucho me temo que, puestos a detectar indicios de variedad, en estos momentos es más plural el pensamiento conservador o de la derecha. Dentro de un orden, claro. Pero al menos se aprecian ahí variaciones en temas como la relevancia de la religión, los límites del mercado o la relación entre derechos individuales y grupales. ¿Un consuelo? Muy relativo para quien, como el que suscribe, por convicción y por trayectoria personal añora una izquierda menos adocenada y más reflexiva.
¿O acaso la discrepancia se da entre lo que se dice y, sobre todo, se escribe y lo que realmente se piensa? Si fuera así, la conclusión sería más triste: el “intelectual” dizque progresista sería un acojonadillo que en público sólo manifiesta lo que cree que puede gustar a sus conmilitones, pues nada le aterroriza más que el calificativo que la masa de los de su bando/a le puede regalar si se sale del canon: conservador, derechoso... facha. A veces hasta se tiene la impresión de que hay grupos enteros en los que cada miembro, todos y cada uno de ellos, sostiene ante los demás exactamente lo contrario de lo que en el fondo piensa -o pensaría si se atreviera a dar un pasito más-, de modo y manera que existe un acuerdo superficial entre todos en torno a los dogmas de rigor, y un acuerdo de fondo, no expresado y de sentido contrario: todos opinan en realidad lo mismo, que es lo opuesto a lo que proclaman.
A lo mejor esta última imagen es un tanto exagerada, pero uno quiere explicarse por qué ese cambio de actitud de tantos conocidos, según que hablen para la galería o que se quiten la careta cuando se sienten en confianza y se han tomado una copa. ¿Ejemplos? A montones. Si hablamos del problema de la articulación de España como Estado, en grupo casi todos cantan sus recelos frente al españolismo y sus simpatías con la autodeterminación de pueblos y naciones de por aquí; en privado, en cambio, muchos cascan auténticas burradas que dejan en nada los afanes unitarios de la derecha. ¿Y las políticas de igualdad de mujeres y hombres? Cuántos varones progres suscriben con aparente entusiasmo cualquier manifiesto feminista presentado por las colegas y los colegas, pero luego, al segundo güisqui, ponen a caer de un burro la política de cuotas o las discriminaciones positivas, por ejemplo. Podríamos enumerar un largo muestrario de tales desacompasamientos entre lo afirmado y lo pensado, entre lo que se dice para quedar como un pensador sujeto avanzadísimo y lo que se proclama a media luz. Y eso si nos referimos solamente a desajustes verbales, pues si hablamos de discrepancias entre lo que se predica y lo que se vive, para qué. Un alto número de los progres que conozco y que se baten en cualquier foro a favor de la igualdad femenina no dan en casa palo al agua y cargan sobre su mujer todo el trabajo doméstico y familiar sin sombra de remordimiento. And so forth.
El catálogo es muy variado y sería trabajoso elaborar una taxonomía completa. En algunos casos se trata de personalidades simplemente frívolas y acomodaticias, sin gran capacidad para la reflexión de calado y con escasa conciencia de las propias contradicciones. Otras veces tal conciencia existe, pero la vence la cobardía, el terror al rechazo de aquellos cuya estima se busca. Y los hay también que, conscientes por completo, se guían nada más que por el interés: si los que tienen la sartén por el mango en determinadas instancias -académicas, políticas, etc.- dictan ciertas consignas y proponen determinados gestos como identificadores del grupo de “los nuestros”, mejor acomodarse externamente, a ver si se cae algo, un carguito, una recompensa, un premio.
A lo mejor a base de explorar estas cosas se avanza algo en el desentrañamiento de uno de los grandes misterios de nuestro mundo: cómo es que el “pensamiento” va por un lado y la realidad de las cosas por otro, por qué es tan escasa la influencia de los “intelectuales” sobre los acontecimientos sociales. El viejo truco consiste en echarles las culpas al “sistema”. El “sistema” es tan perverso que puede sortear todas las críticas, tan poderoso, que va a su bola, tan denso que se hace inmune a las discrepancias. Pero es de temer que semejante argumento sea nada más que eso, un truco. Porque, a la hora de la verdad, nos encontramos una y mil veces lo de siempre: el supuesto crítico comiendo en la mano del llamado “sistema”, haciéndose su sitio, buscándose su huequecito, trabajándose el chollete. Tal vez ésa es una de las claves del éxito del “sistema”: hacer de la crítica un simulacro, convertir a los pretendidos críticos en rebaño, transformar el análisis social libre y autónomo en su contrario: ortodoxia, disciplina, repetición, mera pose. Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda, crede fortiter et peca fortius, móntatelo de guay y disconforme e intégrate como uno más. Tonto el último.
Para lo que hacen falta narices es para cantarles las cuarenta a tirios y a troyanos y para sustraerse a los dictados grupales, a los de cualquier grupo. Atreverse a proclamar lo mismo que casi todos no es valentía, es espíritu de rebaño. El test auténtico comienza por esta pregunta: ¿a qué te atreves a renunciar a cambio de expresar lo que piensas?
Dicho lo cual, admitamos que, por supuesto, hay excepciones. Pero pocas. Y así nos va.

08 enero, 2009

El genio de la financiación

A ver si lo hemos entendido. Es como si se tratara de una familia (vamos a decir una familia monoparental, para evitar líos) en la que el padre/madre dice a sus hijos lo siguiente: “Mirad, a cada uno de vosotros os voy repartir dinero de una manera, para que todos tengáis lo que merecéis y ninguno consiga más que otro. Al más alto le daré un poco más por ser alto; al más bajito lo compensaré por su corta estatura; al gordito le regalaré unos cuartos extra para que se pague una clínica de adelgazamiento y al flaco tendré que entregarle una partida mayor, a fin de que se compre comida mejor y más alimenticia. Al que pone dinero en casa se lo devolveré multiplicado, y al que no, le daré para que pueda aportar a los gastos del hogar común. Todo lo anterior no quita para que cada uno de vosotros pueda buscarse la vida y conseguir unos ingresos extra haciendo chapucillas por ahí o ligándose algún mecenas. Pero tened en cuenta una cosa: ninguno de vosotros ha de vivir mejor que los demás en ningún aspecto esencial. Por tanto, y para asegurar esa igualdad básica entre todos, hijos míos, habrá en casa una hucha en la que cada uno irá metiendo según lo que tenga y que cada año abriremos para compensar a los que hayan obenido menos y, así, igualarlos con los demás”.
Los hijos quedaron contentísimos, pues cada uno pensó que se hacía justicia plena a su situación y su particular personalidad.
Un vecino descreído y socarrón que estaba al corriente de esos arreglos familiares le preguntó al avispado progenitor: “¿Pero eso no viene a ser lo mismo que si repartieras a partes iguales entre todos?” Y el progenitor, con una aviesa sonrisa y alzando una ceja, respondió: “Sí, si lo hiciera en serio como hemos dicho, sería lo mismo. Pero lo de la hucha es un truco para calmar a los más atontados y flojos. Lo importante es mantenerlos divididos, para que todos coman en mi mano y me hagan la rosca. Además, un padre que administra sin fingir respeto por los caracteres y las necesidades de cada uno de sus hijos pasa hoy en día por autoritario y antiguo. Así que psssst, chitón”.
Oh, qué hermosa parábola que no nos recuerda nada ni a nadie, ¿verdad?
Oh, qué asombroso milagro de multiplicación de los panes y los peces, dijeron el panadero y el pescador mientras trabajaban a destajo y sin rechistar.
Si ésta también la mete doblada y con espasmos de placer por doquier, yo también corregiré mi juicio: el tonto del culo no es él, sino el resto del mundo. ¿O son compatibles ambas opciones?

06 enero, 2009

Una visión

He tenido una visión. Simpática. Ya saben que me ocurre a veces. Leo cualquier documento del Ministerio de Ciencia e Innovación, entro en trance y capto pedazos del futuro. Es un palo, porque luego vuelves al presente y tienes remordimientos por echar pestes de la situación actual. Fíjense que en esas secuencias del mañana que percibí creo que el gobierno lo presidía Sonsoles Espinosa y Zapatero estaba como Kirchner, pero con el ojo bien. Pero eso apenas lo entreví, la historia era otra. La cuento.
La universidad española había seguido progresando adecuadamente. Habían tenido mucho éxito las políticas anteriores, especialmente la de cuotas. Ya había en el profesorado paridad entre mujeres y hombres, entre hijos de catedráticos e hijos del resto del mundo, entre simpatizantes del Liverpool y del Arsenal y entre tenedores de perros y de gatos. También había habido alguna que otra sorpresa: cuando el gobierno comenzó a aplicar una norma que obligaba a que entre los cátedros hubiera tantos oligofrénicos como normales, se encontró con que ya eran mayoría los oligofrénicos y hubo que echar a tres, en aras de la parida(d). Resultó muy polémica la medida, pues los afectados gritaban y pataleaban como posesos, como lo que eran. Uno hasta se tragó una toga como protesta y otro aseguró que en venganza votaría a Llamazares. El pobre no se había enterado de que bastantes meses antes el gobierno había nombrado a don Gaspar embajador en el Vaticano, como pago por los servicios prestados y para relevar por fin a Vázquez, que se había liado con la sobrina de un cardenal de la (in)Curia.
Una de las claves de tan notables progresos académicos eran los nuevos títulos universitarios. Después de lo de Bolonia había venido lo de Braga y el Espacio Universitario Europeo había sido sustituido por el Espacio a secas. La consigna era que nadie acabara sin título universitario. Se sorteaban títulos superiores el 22 de diciembre y el 6 de enero, los periódicos traían unos cupones que ibas recortando y cuando tenías diez elegías el título que querías, pero no de película, sino universitario. Los más requeridos eran Arquitectura y Corte y Confección. También se vendían en Carrefour, en El Corte Inglés y en varios centros universitarios privados con nombre de santo. Ahí ganaba por goleada una nueva universidad de Ávila que se llamaba Universidad San Acebes y que estaba en manos de una orden mariana. Por cierto que el Corte Inglés había tenido que cambiar de nombre por imperativo legal. En Cataluña se llamaba El Corte Catalán, en Galicia el Corte Galego, y así. En Castilla-La Mancha ya no se llamaba El Corte, sino El Tajo, El Tajo Manchego.
Una de las nuevas carreras, muy demandada, era la de Técnicas Culinarias. Dio lugar a algunos problemas económicos, pues todos los cocineros de restaurante acabaron de catedráticos y todos los ayudantes de cocina obtuvieron plaza de contratado doctor, por lo que en las casas de comidas ya sólo se servía cuscús y arepas, aunque los precios de los platos no bajaron. Varias abuelas intentaron conseguir puesto de profesoras alegando su dominio del fogón tradicional, pero la ANECA les cortó el paso por no saber explicar la receta del cocido con powerpoint y no haber tenido cargos en casa. Por esa vía, por cierto, consiguió Ferrán Adriá acabar de rector de la Pompeu.
En mi visión me explicaba la ardua tarea universitaria un profesor del área de Patata Pelada. Era una de tantas especialidades nuevas requeridas por la flamente titulación. Existían, por ejemplo, las áreas de Judía Verde, de Bacalao (en la UPV se llamaba área de Bacalao a la Vizcaína), de Zumos Naturales, de Lenteja Zamorana, de Arroz con Leche, etc., etc. Éste que me hablaba tenía un curriculum impresionante, logrado a base de esfuerzo y dedicación. Había hecho su tesis doctoral sobre “El pelado de patata gallega con navaja albaceteña” y era famoso por un importante artículo sobre “Reciclado de mondas. La monda sostenible”, publicado en una revista de gran impacto y varios eructos. En ese momento acababa de presentar en un congreso internacional sobre “Potatoes in Multiculticultural Society” una comunicación titulada “Pélatela tú mismo”. Después de asistir durante ocho meses a un curso sobre “Didáctica de tubérculos y motivación del estudiante bulímico”, había enviado sus papeles a la ANECA para acreditarse como catedrático y tenía fundadas esperanzas de que se estuviera cociendo una resolución muy favorable para su futuro académico. Su sueño era poder escribir un día una extensa monografía sobre nuevas técnicas para retirar el pellejo.
Y en esto me desperté contento, optimista y con un hambre del copón.

Viva la gente

Me gusta mucho pensar en las mentalidades corrientes, en la gente sin doblez ni complicación. Me gusta y me angustia. Esa capacidad para vivir instalados en paradojas no percibidas, en contradicciones flagrantes que no inquietan. Esa manera de buscarse razones -por ejemplo hijos- para vivir una vida que en el fondo se sabe rutina para clones. Y ese pote que, con todo, se da el personal, que tal parece que en cada uno idéntico a los demás hubiera en verdad un ser único e irrepetible.
Quieto parao, que se nos va la olla y se nos va llena de bilis. Sólo quería decir, con todos mis respetos, que qué raros somos. Por ejemplo, toda esa cantidad de personas que se lo montan de ciegas como topos ¿realmente no pueden ver o es que prefieren no mirar? ¿La indiferencia frente a casi todo lo que les rodea es natural o es resultado de un esfuerzo deliberado y muy constante? Pongamos algún ejemplo, a ver si nos vamos enterando del tema de hoy, entrañable día de Reyes entre reyes. Por cierto, antes del ejemplo una anécdota. A ver quién le pilla el intríngulis.
Estaba uno casualmente entre unas personas que comentaban las alegrías de tan señalada fecha como la de hoy. Una señora dijo: "Lamento muchísimo que ya, por ser mayor, no creo en los reyes magos como los niños, porque me parece preciosa esa ilusión”. Miró el reloj y salió corriendo: “Uy, que llego tarde a la misa de Reyes”. El cura, tengo entendido, les contó el prodigio de la Estrella de Belén y esas cosas que sabemos que son ciertas. No como lo de los padres.
Ahora el ejemplo. La gran mayoría de la gente con la que tengo algún trato -y téngase en cuenta que, para bien o para mal, mis relaciones sociales tienen en su mayoría que ver con lo que el pedante llamaría círculos académicos; dantesco- puede pasarse una comida entera comentando la noticia de la tele sobre un accidente de tráfico en Tarragona en el que murieron diez personas, dos de ellas niños. Pongamos por caso. En cambio, Israel invade Gaza, bombardea a lo bestia, se carga miles de palestinos, de ellos una buena parte niños, y eso no da nada que comentar ni en un sentido ni en otro. Ni tú te atreves a sacarlo a colación, pues te miran con reproche, como si te hubieras empeñado en disertar sobre la raíz cuadrada de pi.
Primera hipótesis: al personal le encantan las noticias que se entienden aunque no leas ni sepas nada de historia ni de geografía ni de política ni de nada de nada de nada. Que iba un señor por la calle y le cayó una teja en el coco y lo mató, eso lo entiende todo el mundo. Es un tema democrático, pues cualquiera puede hablar diciendo lo mismo que los demás y con idéntica soltura. No es necesario tener conocimientos amplios sobre la ley de la gravedad, la composición de las tejas o la historia de los tejados a dos aguas. Por eso cualquiera de los contertulios o comensales se siente habilitado para decir lo mismo que los demás y con idéntica pose de profundidad y consternación: qué mala suerte, no somos nada, no sabes dónde la tienes, para que veas lo que son las cosas, hay casualidades terribles, fíjate, con lo contento que saldría de casa sin sospechar nada, hay que vivir mientras se pueda, menudo disgusto para esa familia... Da para los dos primeros platos y parte del postre. Y, al fin y al cabo, hemos hablado de cosas serias y no de frivolités. No como otros días, que se nos va la tarde en polvos de artistas y debates sobre si a un defensa del Real Madrid le ha salido un forúnculo porque el entrenador no lo desea.
Segunda hipótesis: debe de haber algo atávico e incrustado en los genes. Porque, en el fondo, lo que muchos rechazan es que pueda existir una explicación racional y cognoscible de los aconteceres del mundo. De ahí la preferencia por lo azaroso, lo misterioso, lo gratuito, lo inexplicable. Nos encanta poner lo inexplicable en el centro de nuestras explicaciones: así es la vida, no puedes hacer planes, tanto, tanto, y ahora mira, las vueltas que da la vida..., lo quiso Dios así. En una tribu muy primitiva, en una horda elemental, es fácil imaginarse a todos los miembros igualmente conmocionados por el rayo, por el terremoto, por la gran marea, por el pedrisco. Misterios, cosas del más allá. Luego vinieron chamanes y ritos y esa división de las labores siguió sirviendo a la mayoría para un cómodo pasar: unos pocos se dan a rezos y ensalmos y los demás nos despreocupamos. Más tarde llegó la ciencia y se demostró que el que quiera puede entender y el que se lo proponga puede conocer. Y eso ya no, mira. Es mucho más llevadera la superstición, mucho más acogedor el misterio. Y, sobre todo, no compitamos entre nosotros por saberes y técnicas: así, ceporros por igual -aunque sea, hoy, con dos carreras-, nos queremos más, porque nos sentimos idénticos. Tonto el que lea, qué carajo.
He dicho carreras y, si no me contengo, acabaré en lo de siempre. Así que me refreno y simplemente formulo la pregunta que a mí, posmoderno descreído, me tiene en estado de perplejidad permanente: ¿cómo es posible que haya tantísimos que no sólo tienen una carrera universitaria -o dos-, sino que, además, son profesores universitarios (doctores, luego titulares, luego catedráticos, entretanto decanos o rectores...) y no tienen ni putísima idea de nada que no sean las cuatro paridas de su especialidad? ¿Cómo puede haber tantos de ésos que nunca ojean el periódico -fuera de la sección de deportes o la de televisión-, que jamás leen una novela -y un ensayo ya ni te cuento-, que cambian de canal de la tele cuando aparecen las noticias, que no van al cine -salvo con los niños cuando son pequeños y a las de animación nada más, por si los pequeños no entienden la película-, que no visitan un museo si no es arrastrados por el guía del paraguas en alto, que... Ah, y ojo: no es porque se pasen catorce horas al día en el tajo durísimo. No, es porque se pasan catorce horas al día tocándose las pelotas, aunque ellos se consideran atareadísimos y hasta explotados por “el sistema”.
Es curiosísimo: usted sienta alrededor de una mesa con comida a diez personas, cinco con carrera universitaria -y tres de ellos profesores universitarios, por ejemplo- y cinco sin ella y sin formación ninguna, y no los distingues. Who is who? Imposible saberlo, pues todos están comentando el accidente de Tarragona todo el rato y gritándole al niño que apague la tele, que comienza el telediario.
Dicen que antes, al menos, había tertulias en algunos cafés y que allí se podía hablar de lo divino y de lo humano. He oído que en algunas hasta se leían poemas. ¡Cielo santo! Y también se cuenta que cada tanto podías toparte con algún señor muy culto y erudito que te embobaba con sus disertaciones. Entonces los sabios eran pocos, pero eran. Y en la clase alta había muchísimo cabrón -como ahora, eso no cambia-, pero algunos eran doctos y cultivados. Ahora la cultura se ha democratizado. Tontos, pero iguales. Mola.
Psssssst, ¡calla! ¡Mira, la Preysler! A ver qué dice. ¡Uy, uy, qué desmejorada está! ¡Pon la Cinco, que están dando lo del Gordo en Parla! ¡Otro año que no nos ha tocado nada! ¡Hijo, que no nos falte la salud!
Pues eso. Que a tomar por el saco.
¿Han notado lo lírico que me pongo en navidades? Qué pena que se acaben.

05 enero, 2009

Prohibamos las estadísticas. Por Francisco Sosa Wagner

Para hacer frente a la crisis económica, que galopa cual caballo desbocado con las crines al viento, propongo una solución definitiva: prohibir la difusión de estadísticas. No sería la primera vez que se hiciera algo así. Hace algún tiempo una ministra de la Vivienda prohibió las relacionadas con el precio de los pisos y los chalés de la sierra aunque luego la obligaron a rectificar y tuvo que hacer de nuevo la luz donde ella había querido mantener la incertidumbre.
Sin embargo, yo, probablemente en solitario y contra viento y marea, defiendo la prohibición y utilizo para ello la única arma de la que dispongo: mi humilde pluma. ¿Por qué? Porque sería muestra de buen gusto, de refinado sentido de la estética. Se equivoca quien piensa que una medida de esta naturaleza supone aceptar la oscuridad informativa o la censura. No es así. Aunque la censura la defendió Miguel Mihura porque, gracias a ella, en su tiempo, pudo conocer a varios obispos, una relación social esta que, en otras circunstancias, nunca hubiera podido disfrutar. Ahora se trata de otro asunto. Somos enemigos de la estadística quienes tenemos un elevado canon de belleza, es decir quienes sabemos que la estadística no es más que un empacho de números y una exageración deforme de la tabla de multiplicar. La borrachera de los guarismos. Como existía la borrachera de anís antes de que se descubriera el güisqui con hielo.
Porque quienes somos lectores sabemos que existen las “bellas letras” pero que no existen los “bellos números” y sabemos además que los números son los huesos que nos encontramos en el guiso de un relato, por eso los evitan quienes tienen sentido literario y cuando se ven obligados a incorporarlos lo hacen con todo tipo de miramientos y como pidiendo excusas. Véase el caso de los más excelsos en el manejo de la lengua: los poetas. ¿Alguien ha visto alguna vez un poema que incorpore el cociente de dividir una cifra por otra? ¿Alguien ha leído alguna vez un soneto dedicado a la raíz cuadrada? Ni siquiera el número imaginario, que podía haber suscitado la curiosidad creadora de un vate, ha sido objeto de atención en los poemarios. Y es que hay determinadas ordinarieces que se evitan como se evita proferir una cochinada en medio de un banquete de primera comunión.
Se dice en tono admirativo de una persona que es “hombre (o mujer) de letras”. Pero ¿alguien se ufana de tener un amigo que es “hombre de números”? Nadie y si lo tiene, se lo calla y lo lleva con el padecimiento que es propio de las situaciones que nos laceran y humillan. De un señor que perpetra un escándalo o alguna otra acción extravagante se dice que “ha montado un número”, no que “ha montado una letra”.
En estos meses fríos del invierno, cuando hasta el oso de largas garras se esconde en sus acogedoras guaridas, tomamos una sopa calentita de letras pero ¿alguien en sus cabales toma una sopa de números? Admítase que estos, los números, solo sirven para las matrículas de los coches y para identificar el teléfono y hoy, gracias a la técnica, los tenemos memorizados y archivados en nuestros aparatos móviles con lo que evitamos el amargo trago de marcarlos. Los velamos y los alejamos de nuestra cotidianeidad como se procura velar todo aquello que es repelente. De los números se debe hablar solo en cuchicheo como se habla en misa porque tienen alma de hipoteca, de deuda, el aliento despiado de los saldos pasivos. Borges decía que la democracia era un abuso de la estadística. Pero no es así, es la estadística misma el abuso y no estaría de más que la declararan arma blanca y la incluyeran entre los trebejos propios para delinquir. Y se diría “mató a su amante con la estadística de sus infidelidades”.
Defiendo pues la prohibición de difundir estadísticas. Sabemos de su existencia, sabemos de las malas noticias que alimentan, por eso propongo que solo las conozcan quienes se entretienen con ellas y cometen la grosería de confeccionarlas. Que sean ellos quienes las aprovechen en solitario, con estoicismo, con la entereza de un anacoreta que se aísla en el desierto, en este caso, en el desierto cegador e inclemente de sus números y de sus medias ponderadas. Conseguir este deseo es contribuir a hacer más bella la vida, sabedores como somos todos de que el único número apreciable que existe es el del gordo de la lotería y ello por gordo, no por número.

04 enero, 2009

Pildorillas dominicales (2)

Los que desean perpetuarse en sus hijos suelen ser los que no tienen nada que merezca ser perpetuado.

Padre e hijo eran ante todo amigos. Ambos coincidieron en la adolescencia, pese a la diferencia de edad.

La familia es la célula básica de la sociedad, gritó el macho dominante a toda la manada.

Me casaría con él a ojos cerrados, dijo. Y así fue. RIP.

Marido y mujer se compenetraban tan bien que parecían amantes. Un día, cayeron en la cuenta del detalle y se divorciaron para seguir así.

Trátame como si fuera tu puta, le suplicó su mujer en pleno ardor. Y él comenzó: verás, mi mujer no me entiende porque...

¿Por qué los mayores defensores de la familia tradicional suelen estar o haber estado enmadrados?

Una de las frases habituales de las esposas que más emocionan a los maridos: voy a depilarme, que tengo cena de la ofi.

Ya sé por qué a los niños los mandaban al limbo.

¿Los niños que van al cielo crecen o siguen así todo el rato?

Tomó la pistola, la puso en su sien, apretó el gatillo delante de todos. La Asociación de Padres de Alumnos presentó una queja formal a la Inspección por las malas formas del profesor y su poco respeto a los chicos y chicas de su aula.

Cerró los ojos y alcanzó el clímax. Pero luego no se atrevía a reabrirlos.

Su marido deliraba. Los médicos le habían dicho que le quedaban pocas horas de vida. ¿De quién era ese nombre que repetía? ¿Por qué volvía a sonreír, después de tantos años?

Fue una orden terminante del Consejo de Rectores: quémense los libros de las bibliotecas universitarias para ampliar las salas de juntas y comisiones.

La jaqueca sólo es atenuante cuando el sexo es una pena.

¿Por qué Dios no tiene pareja?

Lo torturaron hasta la muerte. Dos mil años después, la gente llevaba colgadas esculturillas representando esa dura agonía.

Aquí y ahora sería delito forzar al Hijo a un destino así.

Un año de esta manera, paralizado en esta cama de hospital, dicen que en coma. Y contando cada vez los días que faltan para el turno de la enfermera con voz de grillo y manos de seda que me asea con esa maña encantadora.

Era la famosa curva donde en las madrugadas se aparecía a los automovilistas la joven con un velo blanco. Esta vez eran muchas, un enjambre de mujeres desnudas que se abrazaban y reían. Algunas se besaban. No me atreví a parar.

Ten en cuenta que no hay crimen perfecto. Fue lo último que me dijo. Luego expiró.

Cuando se despertó la mujer seguía allí.

03 enero, 2009

Es la crisis, más madera

Ayer todos los medios daban vueltas a una noticia que, por lo visto, es muy tremenda: las ventas de coches en España han tenido en 2008 la mayor caída de la historia, pues descendieron un 28% en relación a las de 2007. Oigan, miren como lloro. También sabemos que este año ha bajado un montón la venta de pisos y alguna cosa más. Puede que también hayan servido menos platos esos restaurantes que de poco para acá se habían subido al guindo y nos ponían una manita de cerdo con una bolita de enebro y dos gotas, dos, de acetato de Modena al módico precio de treinta (30) euros, más una botella de vino de aquí al lado, con una etiqueta de muchos colorines -eso sí- por veinte euros más.
Volviendo a lo de los coches -aunque vale también para lo otro-, puede que el problema no esté en lo que se vendió de menos este año que acaba, sino en lo que vendieron de más en el 2007. Es como si un fulano se toma un día un afrodisiaco tremendo y al día siguiente, ya sin doparse, se deprime por lo alto que puso el listón el día anterior y que hay que ver cuántas veces y qué risa. Chico, es que no era natural, te habías chutado. Así que mejor saca la media de los días sin química. Con lo de los coches, los pisos, los viajes y unas cuantas cosas más debió de ocurrir algo similar. Nos entró un calentón parecido porque por arte de magia o alguna alteración venérea del sistema económico nos vimos con perras abundantes en el bolsillo, propias o prestadas entre sonrisas y regalos de ollas y cuberterías, y, además, nos sentimos invulnerables.
Habíamos venido de la dehesa cuatro días antes y no entendíamos demasiado bien cómo funciona esto de la economía. Tampoco sabíamos bien lo que son las pirámides, salvo vagos recuerdos de cuando el cuñado viajó a Egipto a un congreso farmacéutico y nos trajo unas postales de las de allá. Además, y sobre todo, pensamos que mucha ciencia no tendría la economía ésa cuando resulta que marchaba viento en popa pese a que gobernaba quien gobernaba, que tampoco tenía ni pajolera idea. Por eso nos daba morbo votar a Zapatero mientras nos hacíamos ricos sin entender nada: para demostrarle al mundo que nos lo podíamos hacer con una mano sola y sin red. Ante ustedes, haciéndose rico y confiando en su potra con dos cojones, fulanito de tal, votante de Zapatero. Pues hala, ahora a tomar por la retambufa.
Así que, entre unas cosas y otras, a la suerte la tomamos por merecimiento y a la jeta la llamamos ciencia. Era cuestión de fe, confianza de pueblo elegido, alegría de parroquiano que se tira a la diosa Fortuna sin poner ni la cama. El último mono tenía tres pisos, con sus correspondientes hipotecas, pero los iba vendiendo con pelotazo notable en cada uno, y al día siguiente daba la entrada para otros cuatro y recibía del banco el préstamo y unos masajes en salva sea la parte. ¿Se puede ser más feliz? Hasta el más tonto de mi pueblo tenía ya sus planes para aparecer un año de estos en la lista Forbes de los personajes más ricos del planeta. ¿Y coches? Cada seis meses un Mercedes nuevo. Hacías obras en tu casa y aquello parecía el concesionario de la BMW o de Jaguar, pues no eran de menos nota los vehículos en que iban llegando el peón del albañil, el ayudante del instalador eléctrico y el calefactor. Qué digo marcas, modelos también, porque a todos les había dado por los correspondientes cuatro por cuatro de esas marcas, por lo de que un día o dos al año nieva por aquí y a ver cómo vas a tomarte el pincho de la una sin una tracción como Dios manda.
Los únicos que seguían en bici, bus o en destartalados haigas heredados de algún tío pasado a mejor fortuna eran los becarios de investigación y algunos contratados de las universidades. Esos siguieron con sus mil euritos y sin posibilidad de sacar dinerillos extra con unas clasecitas pagadas acá o acullá, como sus mayores. Bien sabían la sociedad y las instituciones que la investigación científica no tiene nada que ver con la bonanza económica, pues el éxito con las perras depende más de la picaresca que del estudio, y más de tener el colmillo retorcido que de poseer una cabeza bien amueblada.
Y de pronto a estos nuevos e imprevistos ricos les entra el cague. Estado de shock total. Si nunca entendieron qué habían hecho ellos para merecer esa pujanza en euros, menos asimilan ahora por qué les amenazan con crisis y hecatombes. Y les viene el canguelo y dejan de comprar. Descubren que aquel coche que mercaron el año pasado aprovechando los tres meses de baja laboral por depresión, que les había costado cincuenta mil euros más otros tres mil de extras, les puede durar tranquilamente diez años. Oh, sorpresa. Pero en el concesionario ya se habían acostumbrado a que cada año, allá por marzo, ese sujeto aparecía muerto de risa con su baja laboral, un pastón debajo de la boina y ganas de más caballos.
Eso iba en cadena. Cada uno que daba un pelotazo dejaba luego sus ganancias a otro que le daba el pelotazo a él, y así sucesivamente. A eso se llama, por lo visto, crecimiento económico a tutiplén y debe de ser muy buena cosa. Alguien vendía un piso a los tres días de firmar su opción de compra y ganaba sesenta mil euros así, de un día para otro. Se marchaba corriendo a la Mercedes y metía en el último modelo esos sesenta mil más otros diez mil que le había sisado a la abuela, que ya no se enteraba de dónde tenía la cartilla. El dueño del concesionario se marchaba corriendo a comprarse un piso más -ya tenía ochenta y dos- y con lo que le sobraba pasaba por el banco para ampliar el fondo de inversiones. Pero ¿cómo no se iba a ir al carajo todo ese sistema en el que nadie producía propiamente nada ni trabajaba un pimiento -salvo unos cuantos inmigrantes y algunos becarios- y en el que, para más inri, todos se sentían imbuidos de una condición divina de la muerte y guay del todo?
A joderse, amigos, a joderse. Que cierren tiendas de coches, que quiebren inmobiliarias, que bajen el telón unas cuantas bodegas de vinos pijos. Que vuelva la gente a ser normal. Será duro, ya sé, pagarán justos por pecadores. Pero al personal ya no lo aguantaba ni la madre que lo parió. A currar, cabrones, a currar. Ojalá se acabe el vivir del cuento. Además, ¿no estamos diciendo todos los progres que está muy mal todo este consumismo, que hay que bajar las emisiones de gases contaminantes, que se debe fomentar el transporte público y bla, bla, bla? Pues aquí tenemos la gran oportunidad. Menos coches, menos cementeras, menos de todo y más tiempo para volver a ser normales y de pueblo, como antes, como cuando se nos podía soportar y no andábamos por el mundo haciendo el hortera con olor a establo.

02 enero, 2009

Y la Esfinge dijo mu, como era de esperar

Riiiing, riiiing, riiing
- Buenos días, le habla Luna Espinosa, secretaria de doña Trinidad Alabardero, vidente titulada. ¿En qué podemos ayudarle?
- Yo llamaba por...
- Tenemos videncia directa o circunstancial, quiromancia, cartomancia, mangancia, telequinesis, carta astral, tacto rectal, acortamiento de pena, polvos mágicos, alopecia, francés, griego, cubano... lo que usted nos pida. Nuestra consigna es servirle y hacer de su vida una dicha total.
- Verá, yo andaba preocupado...
- Tenemos una tarifa espacial que quiero ofrecerle. Si usted nos elige dos veces le regalamos un amuleto que le librará de las crisis económicas y de las acechanzas de los genios maléficos.
- Bueno, yo...
- Usted sabe que en estos tiempos no se puede bajar la guardia, pues el Averno nos envía constantemente sus trasgos y sus belfos para hacernos perder la paciencia y las ganas de reír.
- Querrá decir elfos.
- Eso, elfos. Rasgos y elfos, que, como le digo, todo el rato nos envían las fuerzas del mal para desconcertarnos y no dejarnos vivir en paaaaaaz.
- Muchas gracias, yo solamente quería...
- Tenga en cuenta que hay muchos por ahí que van de videntes y no son más que empastores, pero...
- ¿Quiere decir impostores?
- Exactamente, hay muchos impostores que van de videntes, pero que no son titulados ni videntes de verdad de la buena como doña Trinidad Alabardero. Por cierto, ya está libre doña Trinidad Alabardero. Se la paso.
- ¿Aló? Aquí Trinidad Alabardero, la vidente más clara, la voz de los oprimidos de ultratumba, el puño que frena los manejos del Caverno.
- ¿Averno?
- Exacto, exacto. Qué desea, dígame, le atiende Trinidad Alabardero, la vidente de las videntes.
- Pues yo quería saber cómo quedará lo de la financiación autonómica.
- Otro que tal. Escuche y tome nota, no se lo voy a repetir. ¿Ya ha dejado los datos de su tarjeta electoral a mi secretaria?
- Sí, señora Alabardero.
- Pues escuche, la financiación autonómica quedará así con el nuevo sistema:
Fondo de competitividad: Se reforzará la equidad y la eficiencia mediante un fondo específico para la convergencia autonómica en financiación per cápita, que tenga en cuenta la capacidad y el esfuerzo fiscal de las CCAA, desincentivando en lo posible la competitividad fiscal a la baja. Este nuevo fondo se repartirá anualmente entre las CCAA con financiación per cápita inferior a la media o a su capacidad fiscal en función, entre otros criterios, de su población ajustada relativa, siempre y cuando hagan un determinado esfuerzo fiscal. La dotación de este fondo y sus reglas de reparto y evolución los determinará el Estado, previa negociación con las CCAA. De esta forma se considerará la capacidad fiscal de cada CCAA y los efectos que sobre la misma está teniendo la evolución de la situación económica”.
(NOTA MUY IMPORTANTE: el anterior diálogo es inventado, pese a las muchas similitudes que puede tener con escenas reales de la relación entre el Bobo de la Moncloa y los presidentes de las comunidades autónomas. Sin embargo, EL TEXTO ENTRECOMILLADO ES AUTÉNTICO, es un fragmento del documento que sobre la nueva financiación autonómica acaba de remitir el Gobierno a las Comunidades Autónomas. ¿Verdad que ya no hay manera de saber cuándo se habla en serio y cuándo se está de guasa? Podría ser parte de algún monólogo cachondo de El Club de la Comedia, pero no, es nuestro Estado, es nuestro Gobierno. Bueno, nuestro o de la madre que lo parió, según como entendamos nuestra chiripitifláutica democracia).
PD.- Por cierto, acabo de escuchar en la radio, a las siete y media de la mañana, que Zapatero aumenta su ventaja en las intenciones de voto de los electores. Manda cojones. Señorito, déme más por ahí, que me está gustando. Jodido pueblo decadente y viciosillo.

31 diciembre, 2008

Lo + espectacular del 2008: ganaron el negro y el lelo

Se va un año especial. Hija, cuantísimas emociones. En EEUU ganó las elecciones un negro, Obama, cosa que ocurre por primera vez y es un gran hito histórico. En España las ganó un lelo, Zapatero, cosa que no tiene nada de particular en este país. Ni es la primera vez que triunfa un bobo ni es la primera vez que gana este bobo. Somos así y de este modo nos queremos. Amén.
Los paralelismos entre Obama y Zapatero son más que evidentes, tal como aquí han resaltado varios videntes. Ambos provienen de la Universidad y de universidades de primera, donde fueron brillantísimos profesores. Ambos tienen una oratoria precisa e innovadora. Ambos poseen una formación intelectual que les permite entender a las mil maravillas los resortes de la sociedad y los problemas del mundo. Ambos han trabajado duramente con los estratos sociales más bajos y conocen bien de cerca lo que son las privaciones y las iniquidades. El abuelo de Obama era africano; al de Zapatero lo mataron, pese a ser un militar pacifista. Digo más: ambos han trabajado. Y los dos han viajado por muchos rincones del mundo y han vivido en varios países, lo que les da esa actitud cosmopolita y esa amplitud de miras que se espera de un gran gobernante. En resumen, que estamos de enhorabuena tanto norteamericanos como españoles.
En los dos países, además, existía el peligro de la derecha. En EEUU ese peligro era grande, pero aquí era inmenso. ¿Se imaginan que habría pasado en esta España nuestra si llega a perder Zapatero? Uff, menos mal que los más concienciados electores izquierdistas le dieron su voto, aunque sea al precio de echar a IU a tomar vientos seguramente para siempre. Oye, pero lo importante es apoyar la única izquierda que puede detener el avance violento y brutal de la derecha: el ZPSOE. Chica, me maltrata y me pega, pero es mi ideología. Así que nada de órdenes de alejamiento, yo quiero aguantar mecha a la vera de mi ZP, pichón mío, criatura, ceja.
Gracias a ese apoyo masivo de las masas más ilustradas y valientes, el ZPSOE ha podido ampliar su política izquierdista y redistributiva. Cierto que no pudo evitar la crisis, que se desató exactamente en abril, después de las elecciones, por lo que nadie podía esperarla. La andaba anunciando antes la derechona, es verdad; y seguramente por eso se desató. Joer, de tanto invocarla, se vino. Si hubiéramos hecho todos como el lelo al que (m)amamos, no tendríamos crisis; o no sabríamos que la tenemos, que viene a ser lo mismo. Porque vamos a ver, si algo está mal y no te enteras, para ti es como si estuviera bien, ¿no? Por eso son felices los bobos, por eso queremos ser bobos, por eso votamos a un bobo, para que nos ayude.
¿Se imaginan ustedes, por ejemplo, cómo habría sido la política de inmigración de la derechaza? Si hasta el ZPSOE ha tenido que votar cosas muy duras contra los inmigrantes, con gran desgarro de la ceja del culo, imagínense lo que habría votado la derechota, habría incluso campos de concentración para inmigrantes. No, no me refiero a esos centros de internamiento que el ZPSOE aprueba, no; me refiero a campos de concentración de verdad, con perros, alambradas y niños con pijamas de rayas. De la que se han librado los pobres inmigrantes gracias a la victoria de nuestro lelo del alma.
¿Y qué me dicen de la obsesión punitiva de la derechona? Todo el día queriendo golpearnos con el Código Penal, que si más penas para esto, que si mayor castigo para lo otro, que si mano dura en general. El ZPSOE da caña penal, es cierto, pero sólo a los malos. No como la derechona, que quiere pegar a todo el mundo. El lelo sólo castiga a los malos y felones de verdad. Y también a las felonas, aunque menos.
La pena es que el lelo de nuestros pecados no pudo cumplir su promesa electoral de pleno empleo. Estuvo a punto, pero fue entonces cuando la derecha le tendió su encerrona. Ya se sabe que todos los bancos y grandes empresas están en manos de derechosos y, claro, al ver que esto marchaba bien gracias a la visión profética del ojo de ahí de nuestro lelo, pues decidieron autoarruinarse para fastidiar el país y perjudicar al gobierno lelista. ¿Pero qué hizo nuestro corto timonel? Pues darles pasta, hala, tomad millones, para que veáis que no soy sectario. Eso estuvo genial, pues ha dejado al capital sin argumentos y ahora no les queda más remedio que reconocer que no es mal tío, aunque parezca un poquito retrasado. Para ellos el botín y para nosotros las convicciones profundas de los rumiantes.
Por no hablar del pacifismo masivo. Ampliamos el número posible de tropas en el exterior para poder enviar la Unidad Militar de Emergencias a luchar en Afganistán contra las nevadas. Oye, ¿que en Afganistán se cierran un día por culpa de la nieve las autopistas de peaje y no funciona el Ministerio de Fermento de allá?, pues ahí van los más caritativos de nuestros soldados y rescatan a los sufridos conductores. ¿Que en Afganistán no nieva? Otra faena del cambio climático, otra maniobra perversa del primo de Rajoy. Eso también lo vamos a solucionar con cargo a nuestro erario.
Para rematar este año que pasará a la historia de nuestro país como el año que volvió a gobernarnos el que más se nos parece, un izquierdista del copón, ZP está a punto de cuadrar el galimatías de la financiación autonómica demostrando que entre la aritmética y la liberación de los oprimidos hay tanta relación como entre el culo y las témporas o entre el socialismo y los votantes: ninguna.
Ah, y casi se me olvida. En la parte que me toca (los cataplines), estoy particularmente agradecido al lelo cazurro y sus gobiernas por la reforma de la universidad que están a punto de consumar, reforma que repercutirá en que los estudiantes universitarios lleguen más o menos al nivel cultural e intelectual del propio Presidente (¿se puede ser más igualitario?) y en que el alumnado pague por sus títulos justamente lo que valen: nada por los que no valen nada y un pastón por los que les sirven de algo. Es justo, ¿no?
El 2008 ha sido un gran año para este país. El 2009 puede ser aún mejor. La única pena es que Zapatero no sea negro. Pero ya nos iremos poniendo negros nosotros, ya.
Que ustedes lo pasen bien.

29 diciembre, 2008

Roucosas

En España cada día se aborta más, cada día se practican más abortos voluntarios. La jerarquía católica se opone radicalmente al aborto voluntario, como corresponde a su dogma, actitud que es bien respetable.
Si cada día más mujeres abortan en España voluntariamente, esto sólo puede significar tres cosas: o que cada día abortan más mujeres católicas o que cada día abortan más mujeres no católicas o que cada día abortan más mujeres tanto católicas como no católicas.
Si cada día abortan más mujeres católicas, la Iglesia está fracasando estrepitosamente, pues los católicos, por serlo, deberían obedecer a su jerarquía y, además, deberían abstenerse de abortar por las mismas razones que su jerarquía proclama. Pedir para los católicos -las católicas- la penalización del aborto voluntario es tanto como reconocer que la doctrina por sí es insuficiente o que los pastores, por sí, son impotentes para orientar a su grey. Equivale a solicitar a un poder ajeno, el poder del Estado, que meta en cintura a los fieles de la Iglesia que no la obedecen. ¿No sería más coherente el apostolado, la exposición de las razones de la fe, que la coacción legal para apoyar una fe que ya no confía en sus propias razones?
Si cada día abortan más mujeres no católicas, el que la Iglesia solicite para ellas el castigo legal supone renunciar a la prioridad de la palabra eclesial, del apostolado, para dar prevalencia al palo. ¿Pero por qué razón ha de aceptarse que sea la Iglesia la que determine qué ha de hacerse a los no creyentes que no se atienen a las normas de comportamiento que la Iglesia da para sus fieles? ¿O puede la Iglesia dar normas de comportamiento también para los que no son sus fieles? No, pues ése es el cometido del Estado, y en la era moderna Iglesia y Estado son entidades separadas con funciones distintas. Un Estado no confesional no puede, por definición, obedecer a los obispos por encinma de a sus legisladores. Si lloran como si cantan, si truenan de indignación como si rugen de placer: no puede obedecerlos, pues por mucho que sea su poder dentro de la Iglesia, fuera no son más que yo, por mucho báculo y mucho anillo que se gasten: unos mindundis, ciudadanos del montón, aunque con derecho a voto, eso sí.
La Iglesia puede proponer el que le parezca orden social mejor y más justo, y puede hacerlo, por supuesto, desde la moral y los dogmas que la definen; pero no puede imponer el orden social que le parezca mejor y más justo, pues, con ello, se convertiría en Estado o colonizaría -de nuevo- el Estado, haciéndolo confesional. Por la misma regla de tres, el Estado, este Estado, no obliga a ningún católico a divorciarse o a abortar, ni impone a ninguno el matrimonio civil como única forma de matrimonio. Con actuaciones así el Estado se convertiría, al tiempo, en una Iglesia. Atengámonos, pues, a la reciprocidad para evitar que, ya puestos a ir por las malas, una parte arrase con la otra. Aquí y ahora, esa posibilidad la tiene el Estado, no la Iglesia. Cuando lo de Franco fue distinto, ciertamente.
¿Ganará la Iglesia más adeptos para su causa trascendente, para la que ella misma denomina la causa de la salvación, al proponer que se castiguen con duras penas temporales los comportamientos contrarios al credo de la Iglesia de quienes no son sus creyentes? Sin duda no. Más bien al contrario. Por eso es incoherente una tal actitud de pedir penas para “los otros”: porque cada vez serán más reticentes esos “otros” al mensaje eclesial; y seguramente cada vez serán más esos “otros”. Lo cual tendrá como consecuencia que, en términos de evitar “males” como el aborto, a la Iglesia cada vez le saldrá más el tiro por la culata: cada vez habrá más abortos de no creyentes, porque cada vez habrá más no creyentes, y más radicalizados en su actitud antieclesiástica.
Conclusión de todo a lo anterior: la Iglesia sería más eficaz, a la hora de extender su mensaje y su moral (y, por tanto, para que haya menos abortos), tratando de convencer que tratando de vencer a base de querer poner la coacción estatal a su servicio y por narices. Y lo sería, más eficaz, tanto con su prole como con los que se han alejado de ella y no están dispuestos a regresar a ella por las malas.
¿Significa todo esto que la Iglesia ha de achantarse y que debe su jerarquía abstenerse de expresar su moral? Para nada. Por su libertad de expresión hay que luchar como por la de cualquier otro grupo -proabortistas, colectivos gays, etc.-. Pero conviene enseñarle -y también a algún otro “colectivo”, quizá- cómo son las reglas del juego en democracia: si usted está en contra de la libertad legal para abortar, usted debe convencer a un número suficiente de electores para votar a algún partido que lleve en su programa la prohibición del aborto -por cierto, no me consta que el PP lleve ese tema en su programa; negarse a ampliar los supuestos de aborto permitido no es lo mismo que derogar los supuestos ya vigentes de aborto permitido. Así que podría la Iglesia empezar la bronca por su propia “casa”-, para, de ese modo, ganar limpia y democráticamente las elecciones y que ese programa electoral se aplique. Pero ésa, la democrática, es una forma de vencer a base de convencer. Lo contrario de lo que la Iglesia española pretende, que es vencer sin convencer. Porque, que no se engañen, con esos argumentos y esas maneras no convencen ni a los suyos. Por eso tantos católicos abortan, entre otras cosas. Por eso tantos católicos votan a partidos partidarios del aborto. Y por eso ni los partidos contrarios al aborto lo penalizan cuando están en el gobierno.
Más apostolado y menos porra, don Rouco. Gánese a los católicos para que vivan de acuerdo con su fe y trate, mediante la palabra, de que cada vez sean más. Porque lo que está pasando es que cada vez son menos, y no por culpa del gobierno o de la sociedad: por culpa de ustedes, que son unos cafres sin caridad ni sapiencia, célibes aficionados a hablar todo el día de sexo, defensores de la familia con voto de castidad, obsesos y obsexos, amén de obesos. Si lo consigue, convencer, ganarán las elecciones un día y podrán llevar a la ley muchas cosas de la moral católica. Entonces será legítimo que lo hagan. Entretanto, al resto déjenos en paz, rediós.
PD.- Lo del aborto pase. Pero tiene bemoles que ayer en Madrid hayan vuelto los obispos a clamar contra los anticonceptivos. ¿Encarcelamos también al que se ponga un condón? ¿No es anticonceptivo el celibato? ¿A dónde se van esos pobres espermatozoides de sus sucias poluciones nocturnas, so banda?
No se va a quedar con ustedes ni el apuntador. Por inhumanos y blasfemos, qué carajo. Por tomar a Dios por tonto. Y créanme, hasta yo, ateo tranquilo y atento, considero que es una pena, y hasta yo, ateo con un fuerte fondo de respeto por la religiosid poética y mística, me indigno por su poco respeto a (su) Dios. Qué cruz tiene con ustedes, qué cruz.

28 diciembre, 2008

Pildorillas dominicales

Ante tanta insistencia, todos los ciudadanos del país se hicieron ecologistas. Se olvidaron de los coches y ya sólo se desplazaban en bicicleta. Hundieron la economía. Todo comenzó por la quiebra de las empresas de automóviles, y siguió con todo lo demás. La gente tuvo que vender hasta las bicicletas.
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Era una sociedad tan multicultural, que acabo imponiéndose una cultura, la otra.
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Un veintiocho de diciembre los periodistas gastaron una gran broma a su audiencia: pusieron en boca del secretario general del partido progresista las palabras del secretario general del partido conservador, y viceversa. Fue un gran chasco la inocentada: nadie se dio cuenta.
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Dicen que los norteamericanos están haciendo un nuevo índice de artículos de ciencias sociales, jurídicas y humanas: los más citados de los que nadie ha leído. La ANECA toma nota para incluir el hallazgo en sus varemos (sic.).
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Recapituló las pestes que contra la actitud y las habilidades sexuales de los varones se echan en las publicaciones al uso bien vistas hoy en día por la intelligentsia que vela por la igualdad de género. También anotó todos y cada uno de los matices ricos y positivos que, según dichas fuentes, tiene la sexualidad femenina. Luego pegó las dos listas en el cabecero de su cama y pasó a la fase empírica de la investigación. Todavía resuenan sus carcajadas.
¿Por qué se ha creído usted que era un hombre el protagonista de este cuento chino?
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El finado quiso expresar en la urna su voluntad soberana. Pidió que lo incineraran.
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Recogió su documentación, se metió cuatro cosas en los bolsillos y le dijo a su mujer que iba a comprar tabaco. Ella recordó que ya no fumaba, pero guardó silencio.
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Durante la cena miraba las piernas de la mujer de su amigo y éste no apartaba la vista del escote de su mujer. Hablaron largamente de política y de los desórdenes de los jóvenes.
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En el armario guardaba un montón de sueños perfectamente doblados y planchados, por si un día tenía que volver a ponérselos.
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Vio que la muerte le guiñaba, sonriente, desde la siguiente curva. Aceleró.
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Se veía venir. Un Papá Noel se ha liado a tiros con la gente.

26 diciembre, 2008

Más sobre cebo y engorde de crituras

Nada hay sin razón suficiente, decía el clásico, y puede resultar entretenido preguntarse por las causas de esa obsesión alimenticia que abuelas (sobre todo abuelas, tiene razón el anónimo que comenta la entrada anterior) y madres -y algunos padres, seamos justos- aplican a los niños pequeños, provocándoles irritación y disgusto, cuando menos, y secuelas físicas y psíquicas perdurables.
Juguemos a elaborar unas hipótesis al respecto. Una primera causa puede encontrarse en el hambre de nuestra posguerra. En los que no la vivieron no queda memoria de la misma, pero sí se han transmitido de generación en generación algunos gestos compulsivos por ella provocados. En aquel contexto de escasez, el aprovechamiento máximo del alimento disponible se volvía imperativo económico y moral al mismo tiempo. Había que comer lo que hoy se tuviera, por si acaso mañana no llegaba nada. Y como de tal convencimiento había que imbuir también a los que no podían o no querían razonarlo así, se hacía valer la idea de que era inmoral y pecaminoso desperdiciar el alimento que caía en el plato. Recuerdo a mi madre, que había pasado en su juventud de ese tiempo más hambre que Carpanta, diciéndome que era pecado no terminar la comida del plato y que, especialmente, era pecado dejar el pan y tirarlo a la basura. Incluso era pecado, supongo que venial, dejar el pan caer al suelo. Aquí se aplicaba, además, otra ley: cuanto más barato era un alimento, mayor era la inmoralidad de no atiborrarse de él. Pasaba ante todo con el pan. Los economistas siempre ponen ese ejemplo, el de que cuando escasean más los recursos se consume más pan, pues es mas barato. En cambio, si un día había carne y alguien rehusaba, no se le tenía por gran pecador. Además, se hacía una interpretación muy ad hoc del precepto del catecismo que nos decía que los enemigos del hombre son el mundo, el demonio y la carne. Era la carne de ternera o de pollo la que podía llevarnos al fuego eterno y no había que pedirla todos los días en lugar de las sopas de ajo y la hogaza mojada en leche aguada. En tiempos de hambruna, la gula es falta más grave que la lujuria; en tiempos de abundancia, al revés. Pregunten a los obispos, si no me creen.
Seguramente por entonces se ratificó muy firmemente la gordura como signo de estatus. Los pobres no tenían para comer y, por tanto, andaban flacos por famélicos. En cambio, los que lucían una obesidad bien llamativa seguramente eran ricos y pudientes, buen partido para trabar con ellos cualquier relación, amistosa o amorosa. Engordaba el que tenía para llevarse a la boca, y ése seguramente tenía porque era inteligente o de buena familia, librada de los avatares y las incertidumbres. “Del que no come nada se puede esperar”, afirmaba el dicho, y tenía doble sentido: sería siempre un flojo y, además, sería poco recomendable como compañero de fatigas o como árbol a cuya sombra cobijarse.
Luego la comida le fue llegando al pueblo, y hasta el Seiscientos hace unas décadas y el BMW, hace menos. Porque el coche y el niño tienen una cosa en común: cuanto más grandes en mejor lugar nos dejan. El niño bien rollizo ya no es señal de riqueza, pero sigue siendo moneda de cambio en la competición social. No hay más que ver cómo se suele hablar de lo que pesaron los bebés al nacer. Cuanto mayor, mejor, aunque la madre reviente o salga a cesárea por descendiente. ¿Cuánto pesó el tuyo al nacer? Tres ochocientos, ¿y el tuyo? Cuarenta y cinco arrobas en canal. Ozú, qué maravilla de niño, qué envidia.
Los pediatras también ayudan lo suyo. Mucho insistirnos en que hay que tener cuidado con la obesidad de los infantes, pero luego sacan a relucir el jodido percentil. En realidad, tienen que justificar ese rito tan curioso de las revisiones pediátricas. Tú llevas al niño al examen periódico y compruebas que la ciencia consiste en pesarlo y medirlo y en preguntarte si está bien. Si le dices que sí, que todo bien, el médico concluye que tu niño está bien. Si le dices que no duerme, no come, se tira miles de pedos y ha desollado ya varios gatos del vecindario, te tranquiliza insistiéndote en que está bien igual, pues son fases en el normal desarrollo infantil. Eso sí, que vuelvas el mes que viene para examinarlo otra vez, por si acaso. El mes que viene retornas con la carne de tu carne pecadora y el pediatra vuelve a pesarlo y medirlo y a preguntarte si está bien. Tú le dices que no, que ahora, además de lo de antes, se pasa el día eruptando, intentando comerse sus propias cacas y atacándote a ti con una katana, y te responde lo mismo de la ocasión anterior, que eso es normal a estas edades, aunque unos niños hacen eso y otros no, pues cada niño es un mundo y lo normal es que no haya dos iguales. No hay niño más normal, para el pediatra, que el anormal del todo. Y así sucesivamente, sigues haciendo la visita todos los meses con el mismo resultado. Pero, entretanto, cada mes también te han medido y pesado el paquete de tus entrañas. Podrías hacerlo tú en casa con una báscula y un metro, pero, ah, amigo, la ciencia no está en la acción de pesar y medir, sino en el percentil. El pediatra tiene más tablas que tú, tiene unas tablas que le permiten situar el peso y medida de tu descendiente en un punto entre coordenadas y abcisas que da como resultado qué porcentaje de los de su edad están más desarrollados que él y cuántos menos. Y vuelta a competir en la pelu: pues el mío está en un percentil del setenta y cinco por ciento. Ay, pues el mío, del ciento veinticinco por ciento, ya dice el pediatra que es un monstruo. ¡Estoy más contenta! ¡Y no veas cómo me come! Ayer se tragó un juanete de la tata, ¡más rico!
Es un buen sistema. Hasta los cuatro o cinco años llevamos a los niños al pediatra para que nos diga como engordarlos y nos enseñe trucos para que se coman hasta el palo de la escoba; y de los cuatro o cinco en adelante los llevamos para que les ponga una dieta de adelgazamiento, pues ya no caben en el sofá con ese culo seboso que se les ha puesto.
Y uno no para de hacerse preguntas. Por ejemplo: por qué nosotros, que ya no tenemos casi nada en común con el modo de ser y pensar de nuestros abuelos y abuelas, seguimos empeñados en que el niño tiene que comer por narices y ser el más alto, fuerte y gordo del pueblo? Más: ¿por qué seguimos compitiendo a ver quién tiene el niño más desarrollado, como si los hijos fueran cerdos y los estuviéramos preparando para el sanmartín o para venderlos en el mercado de los domingos? Y otra cosa, más importante: puestos a obsesionarnos con percentiles, ¿por qué no averiguamos, con las tablas del pediatra, en qué percentil se ubican nuestro pene de papá o nuestras tetas de mamá y, si la curva está baja, nos operamos de una maldita vez o nos jartamos a comer, por si hay alguna relación? Sería más honesto que presumir de niño grande a base de meterle la comida con un embudo.
¿Alguien ha investigado si la epidemia de anorexia y bulimia entre los jóvenes tiene alguna relación con la obsesión de sus padres y abuelos por hacerlos comer para poder lucir su buena raza por los paseos de la ciudad o ante las cuñadas en las cenas de nochebuena? No sería raro.

25 diciembre, 2008

Maltrato infantil

Debe de resultar muy duro ser poco más que un bebé, un pequeñajo de año y medio, por ejemplo. Sobre todo en estos tiempos. Sospecho que cuando pasé por esa edad ciertos aspectos de la vida infantil eran más llevaderos. Al menos en mi pueblo y con toda la gente de la casa trabajando de sol a sol. Esto, lo de los padecimientos sociales de los más enanos, lo pienso cada vez que alrededor de la pequeña Elsa nos reunimos un grupo de personas que la queremos. Pobre. La intención de los atosigadores no se discute, es buena sin tacha. Pero el resultado ha de ser torturante para el sujeto pasivo de los desvelos.
¿Se imagina usted, amigo adulto, lo que le supondría de hartazgo y mal humor la siguiente situación? Ponga que anda con el cuerpo revuelto, que le ha resultado indigesta la comida anterior o que le duele un pie, cualquier cosa bien molesta y que le ha dejado sin apetito. Llega la hora de la siguiente comida y, pese a su clara resistencia, lo sientan a la mesa. Su pareja, por ejemplo -ya que hablamos de adultos, dejemos de lado al papá y a la mamá y que ocupe su lugar el equivalente funcional, la pareja- le pone delante un plato que no le gusta nada y le insiste para que se lo trague. Usted, dados sus desarreglos físicos en ese instante, se resiste. Simplemente no quiere comer. Otro de los presentes, que también le quiere mucho, decide hacerle una tortilla francesa acompañada de unas lonchas de jamón de york. Nuevos intentos de meterle por las buenas o por las malas el nuevo plato. Usted sigue en sus trece de falta de apetito y se rehúsa como buenamente puede. Entonces lo llevan a la tele, le ponen su programa favorito y, justo cuando sus achaques comenzaban a remitir ante esa agradable distracción, intentan de nuevo hacerle engullir, esta vez un yogur de frutas. Maldición, le vuelve en toda su intensidad la indisposición que casi había olvidado. Se desespera y grita que ya basta. Pero alrededor suena todo un coro de voces enfebrecidas. Dale una fruta, dice uno, inténtalo con un poco de tarta, sugiere el otro simultáneamente, deberías haberle preparado un filete de ternera, tercia el demás allá; y un cuarto o quinto personaje que lo adora aparece con unas patatas fritas al grito de verás como esto si se lo come.
No hay vuelta de hoja, ante tales agobios, que se suman a su malestar físico, a usted le viene un ataque de nervios, se desespera, grita y se tira de los pelos. Entre cohibidos y agresivos, sus afectuosos cuidadores comienzan a discutir entre sí. Insiste, tiene que comer, gritan algunos para hacer oír su opinión por encima de los berridos que usted está soltando. Pero dejadlo en paz, gritan igualmente los demás, debe de ser que no tiene hambre. Tras unos minutos de ruidosísima discusión entre los que de usted se ocupan y por usted se preocupan, vencen los que consideran que no se puede quedar con el estómago vacío, pues no hay más que ver su cara y expresión para darse cuenta de que todos sus males se deben a que usted no ha comido nada. Así que, al rato, aparece el más dispuesto con un humeante puré de garbanzos. Vade retro. Usted pugna por lanzar el plato a los morros del que sonriente se lo presenta, pero un tercero intenta incluso sujetarle las manos, mientras, más allá, dos de los preocupados debaten a voces sobre si será justo o no usar la violencia para obligar a tragar a quien tan tercamente se resiste.
Por fin parece que usted ha ganado y lo sueltan. Pero no era más que el primer asalto. Usted sólo quiere ponerse a sus cosas para olvidar el mal trago y que lo dejen en paz. Pero, solícitos, la concurrencia decide que debe de estar usted muy enfermo y decaído, puesto que no comió. Así que uno viene con un libro que no le gusta nada y pretende leérselo al oído, al tiempo que otro porfía para que usted se fije en un programa muy bonito que está saliendo en la tele y otro más se encapricha y pugna para que usted le dé un beso; justo en ese momento y con ese humor de perros, pretende que usted lo bese y que le recite, además, unas palabras muy bonitas que usted pronuncia muy bien. Usted busca desesperadamente la puerta para escapar de aquel horror, pero cuando ya se creía a salvo, choca con otro ser amado que acude con un vaso de agua y dos aspirinas, para que se las tome sí o sí, pues seguramente tiene fiebre y dolor de cabeza. A usted no le duele la cabeza ni tiene fiebre, sólo ardor estomacal, pero las aspirinas se las meten por la boca mientras le sujetan brazos y piernas. Pase que no quiera comer, pero la medicina hay que tomársela, es por su bien, ahí no cabe resistencia. Las dos aspirinas acaban de destrozarle el estómago y sus dolores ya son insoportables. Entonces lo acuestan, pero usted no puede dormirse con semejante malestar físico y tanto padecimiento psicológico. Llora en la cama mientras le cuentan un cuento en que un señor como usted se murió por no querer comer.
¿Aterrador, verdad? Bueno, querido amigo adulto, pues ahora contésteme a la siguiente pregunta: ¿por qué, si es tan tremendo para los mayores, a los niños les hacemos eso, aprovechando, entre otras cosas, que todavía no saben cagarse en la madre que nos parió a todos, así, con todas las letras?

24 diciembre, 2008

Más madera, piden los Pájaros Locos

Ayer el Consejo General del Poder Judicial decidió mantenerle al juez Tirado la sanción de multa que su Comisión Disciplinaria había acordado anteriormente, en lugar de suspenderlo unos meses de empleo y sueldo. Desconozco la base legal de una u otra pretensión y carezco de información sobre precedentes comparables. Es decir, me encuentro en la misma situación que casi todo el mundo que se lanza a opinar. La consigna es más madera, y uno de los que encabezan la manifestación es el ministro de Justicia. El otro, el padre de la niña Mari Luz. Dos eminentes juristas, como todo el mundo sabe. Zapatero y Rajoy se afanan por salir en la foto y se pintan con tomate los belfos para parecer, también ellos, sangrientos comejueces e insobornables justicieros.
Mientras no salte a los medios de comunicación un escándalo porque asesinaron vilmente a una niña o a una señora separada, aquí todo zurrigurri vive feliz e indocumentado, todos disfrutamos instalados en la desidia y las corruptelas mil. Trampas en los juzgados, en las comisarías, en Hacienda, en la universidad, donde haga falta. Y los que tienen que poner los medios económicos y técnicos para que los jueces y secretarios judiciales no sigan trabajando con el ábaco y unas fichas de raída cartulina se dedican a tocarse la cítara y a cantar emocionadas loas a la diosa Justicia, excitados por su imagen de amplios senos y ojos vendados. Ah, pero cuando de tanto tensar la cuerda de la inepcia ocurre una desgracia, la culpa es del maestro armero. A por él, que está dormido y desarmado.
Da grima ver y escuchar al ministro de Justicia, soplagaitas con genes falangistas que ha alcanzado la cumbre de su incompetencia porque Zapatero multiplica los tiralevitas soberbios en lugar de multiplicar los panes y los peces. Si un servidor fuera juez ya estaría repartiendo panfletos para la huelga. Y quemando algo. Pero lo que ya es el colmo es lo del papá de Mari Luz.
Ya sé lo que procede decir en este mismo instante, y voy a escribirlo sinceramente para que no me caiga encima una plaga de langosta cibernética aprovechando que hoy es Nochebuena: que qué pena lo de su hija, que qué horror lo de su asesino y que cuánta comprensión para ese padre que pide justicia. De acuerdo, todo es verdad y al padre se le puede entender. A los que le siguen la corriente trabajándose el voto popular, no. Son políticos carroñeros que se disputan como hienas el cadáver de Mari Luz y el abrazo de su padre en gira. A los medios de comunicación que jalean la obnubilación de ese hombre tampoco se les comprende; o sí, pues la desgracia vende, el morbo vende, el vómito vende.
Aquí de un día para otro el padre de una pobre víctima, víctima él también si se quiere, se vuelve el supremo experto en leyes y justicias, el perito legal más cualificado, el dictaminador de sentencias, resoluciones y autos. Que cierren de una maldita vez las Facultades de Derecho y coloquen en su lugar púlpitos para que demagogos y ofuscados truenen en favor de venganzas y penas de muerte, y llamemos norma a sus deposiciones.
Habla ese hombre con retórica de vendedor, o del predicador que es. Adorna el recuerdo de su hija con maquillaje populista y esencia de víscera. Se exalta con órganos y competencias, se crece ante argucias legales, invoca constituciones y variadas normas como si arrojara cuchillos estragados. Yo lo admiraría más y lo comprendería mejor si por su cuenta y riesgo le pegara dos tiros al que mató a su niña. Así, con tanta labia, me parece un buhonero exhibicionista. Como Bermejo, el ministro. Y como toda su recua.
Por cierto, y ya puestos: ¿cuándo pedimos cadena perpetua y torturas varias para los ministros de Economía que no vieron venir -sólo ellos no lo veían venir- el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y el timo masivo de los bancos? Ya puestos a que cada palo aguante su vela y a aplicar la justicia con saña, empecemos por los que dejaron arruinarse del todo a tanto trabajador que ahora no podrá comprar para su casa una puerta blindada con la que protegerse de la terrible y descomunal inseguridad ciudadana que nos acecha desde la tele y por culpa de los jueces.
Puto país de chirigota.
Feliz navidad.

23 diciembre, 2008

No era virgen

Es para troncharse. El hombre se ha puesto como se pondría un monje que descubre que la Virgen del Pilar tuvo relaciones íntimas y plenas con la mitad del ejército napoleónico. Con perdón y tal. Pero el susto ha sido así de grande. Y, claro, ahora los de la adoración nocturna y diurna no saben qué decir.
Iñaki Gabilondo acaba de descubrir que Zapatero miente. ¡Zapatero miente, Dios santo! ¿Y por qué lo ha descubierto Iñaki? Porque le ha mentido a él, ¡a él!
Pues yo lo lamento por Iñaki, le alabo su valentía al decir lo que muchos -sin tanto sitio en los medios y tal- venimos afirmando por activa y por pasiva, pero creo que aún está a medio camino, Iñaki, de la verdad completa. Mentir, mentir..., pues depende de qué se entienda por mentir. Posiblemente tenga atenuantes o eximentes ZP, pues tengo para mí que no es consciente de sus propios embustes. Simplemente es un mentiroso compulsivo, un crápula de película de segunda, un embaucador medio pirado. Para mentiras gordas las que el electorado de este país nuestro se dice a sí mismo.
Bueno, vean aquí la caída de la burra del señor Gabilondo.
Otra que ha estado hábil es Esperanza Aguirre. Ha salido de su entrevista con El Trolas afirmando que muy bien por el Gobierno y que está de acuerdo, de acuerdísimo, con todo lo que le ha propuesto ZP para cuadrar el rompecabezas de la financiación autonómica. Y lo ha contado la tía. Ha contado lo que le dijo Zapatero, que era lo que ella deseaba oír. Pero no se lo ha creído, y por eso lo ha contado. Entre tahúres de ese nivel y esa calaña se hacen esas putadas. Zapatero le ha mentido, igual que a los demás y para ganar tiempo, y ella ha cascado la trola para tenerlo cogido por salva sea la/el parte/o. En eso ha sido mucho más lista que Rajoy, que cada vez que se ve con El Trolas sale todo discreto y confiado, reconfortado por los besitos de mentira.
Nos espera un 2009 de mucha risa. Aunque no comamos.

22 diciembre, 2008

Oficios sin oficiantes. Por Francisco Sosa Wagner

Las profesiones cambian con el ritmo de los avances sociales y con las chifladuras en las que nos embarcamos los humanos. Antiguamente había en las ciudades serenos que nos daban las buenas noches y voceaban las horas altas: tenían algo del pariente al que se deja en la calle para luego acogerlo en la madrugada fría en el calor de unas sábanas. Casi todos eran gallegos porque se ve que en Galicia había escuelas acreditadas de capacitación en el ramo serenil. Algunos salen en las zarzuelas e incluso entonan una romanza a la luz de la luna. Yo viví de jovencillo en una pensión en Valencia cuyo propietario era sereno y por las mañanas venía con el turno cumplido, se despojaba de su uniforme municipalmente recio, y se metía en la cama que había dejado un huésped que, por ser enfermero, se levantaba a las del alba para entrar en el hospital. Aquella cama daba acogida a dos seres humanos, cumplía una función social meritoria, y además hacía verdad aquel lema que campaba en el frontispicio de un hotel modesto que existió durante el franquismo en una provincia humilde sin pretensiones de nación: “el cliente pasa, la sábana permanece”.

Son de una época anterior los aguadores a los que ya no he conocido pero sí recuerdo de niño, en las navidades, a las vendedoras de pavos; estamos hablando de una época aflictiva y de escasa imaginación en la que todavía no se había descubierto el pavo en una bandeja y deshuesado con el código de barras pegado al muslo.

Ahora no hay más que informáticos y brokers que son capaces de construir una pirámide para meter en ellas nuestros ahorros, como ese de los USA que se ha alzado con los millones de los millonarios. Bien lejos de los egipcios que las usaban para que descansaran de sus afanes quienes estaban ya para pocas bromas porque sencillamente habían muerto. De la pirámide como sarcófago a la pirámide como estafa hay todo un sendero bien perceptible de degradación moral de la humanidad. Siempre es enterrar pero ¡caramba! hay matices.

Las oficinas de empleo publican de vez en cuando las listas de los oficios más demandados y aquellos que no encuentran candidatos. Entre los primeros se encuentran los de notario y registrador de la propiedad: para cada plaza se presentan copia de aspirantes con saberes tan enrevesados como tediosos. Sin embargo, resulta que hay otros, y bien divertidos, que apenas cuentan con demanda: tal es el caso de domador. Parece -si hemos de hacer caso a esas oficinas- que no los hay y esto está provocando una seria congoja entre los leones y los tigres de Bengala que, además de tener que soportar a los ecologistas pelmazos empeñados en protegerlos, resulta que tampoco disponen de un domador que les saque de la selva donde tan duro es buscarse la vida. Antes los había y cada león que progresaba adecuadamente en su condición fiera encontraba, más pronto que tarde, su domador en un circo elegante de París. Ahora no es así y los leones mayores se desesperan por no poder prometer a sus hijos un domador y eso conduce a una situación insostenible pues han de aguantarlos en la cueva, holgazaneando como si fueran esos estudiantes de ESO.

Siempre he sostenido que cada león debiera nacer con su domador ya asignado como cada tapón trae su botella. Los grupos ecologistas deberían preocuparse porque si no hay domadores no habrá leones ni tigres pues la función crea el órgano. O al revés, que ya no me acuerdo como es la cosa.

Seguimos. Aunque hay alcornoques no existen sin embargo trabajadores del alcornoque pero esto se entiende mejor porque estarían cansados de no hacer carrera de ellos. Igual que ocurre con los gusanos, hay muchísimos gusanos, el escritor Silverio Lanza acuñó a principios del siglo XX el término “vermicracia” para describir la democracia en una novela demoledora que ahora nadie lee. Pues resulta que no hay criadores de gusanos aunque bien mirado el gusano nace, no se hace, así que maldita la falta que hacen sus criadores. Si ya dejados a su suerte hay tantos ¡qué no pasaría con un cuerpo especializado dedicado a ellos!

Otras carencias profesionales han sido detectadas, así el necrólogo que debe de ser un forense pero a lo bruto. Tampoco hay fisonomistas de casinos aunque bien visto lo que un casino necesita son señoras con joyas y señores con spleen. De los sexadores de pollos -otra deficiencia detectada en esta España atolondradamente plural- prefiero no hablar porque no sé lo que son pero, si pienso en ellos, se me inflan las criadillas.

20 diciembre, 2008

Lógicas periféricas

No hay tu tía, sigo sin comprender las maneras de razonar de los políticos que nos han llevado esta temporada de las riendas y con la espuela clavada justo encima de las nalgas. La última experiencia la tuve hace un rato con un artículo de opinión de Pasqual Maragall en El País. Firma como Pasqual Maragall i Mira. Ahora que no tiene cargo se pone un apellido más. Es muy libre. Y éste será el último chiste fácil que haga yo aquí.
Pero el artículo se las trae. No por lo que dice, con lo que no me cuesta estar de acuerdo. La idea es que qué pena que todavía no haya una Europa unida en serio y que con la crisis que está aquí y en camino hace muchísima falta esa unión europea intensa, pues Estado a Estado se es más débil y menos resolutivo. Algunos párrafos bien sabrosos al respecto:
Maragall está muy de acuerdo con la explicación que de la identidad europea daba el historiador Fernand Braudel en 1983: “Braudel en 1983 explicaba la identidad europea desde la cultura europea, entendida como una y plural, como hecho compartido”. Soñaba Braudel una Europa unida y dice Maragall que ése es su mismo sueño. Y tenía razón también Braudel en que “para construir la Europa cultural y ciudadana, hacían falta varias cosas: una estructura política, un Gobierno Europeo, un Parlamento Europeo con mayores poderes y una defensa europea común”. Lamenta nuestro pensador que en estos tiempos “cada Gobierno se ha vuelto hacia su Estado” y “(f)alta un liderazgo al servicio de una idea, la idea de la Europa Común, donde los ciudadanos (,..) seamos libres e iguales, cada cual con su acento y sus manifestaciones culturales, hermanas y distintas”. ¿Se referirá, por ejemplo, a que un médico de la seguridad social o un miembro de los cuerpos y fuerzas de seguridad gane, por idéntico trabajo, un sueldo muy distinto en un país o en otro?
Concluye Maragall dando ánimo “a nuestros líderes y pensadores” para que “aceleren el ritmo de la construcción europea” y nos recuerda que hace falta “más Europa para afrontar la crisis económica”.
Pues sí, es lo que escribe Maragall, don Pasqual. Y por muy buena fe y mucha simpatía que pongamos a la lectura de su texto, nos queda la duda corrosiva: ¿eso que vale para Europa vale también para España? ¿Aquí el razonamiento funciona en escala o se nos despendoló la lógica”? ¿Hace falta más España, España más unida, para enfrentarse con la crisis o no tiene nada que ver lo uno con lo otro? ¿Habla el señor Maragall de las témporas y nosotros del culo? Es muy posible. Pero tendría que explicarse mejor.
Como cantaba el otro Don Pasquale, aunque no refiriéndose a ninguna Autonomía en concreto:
Che marea, che stordimento!
E una casa da impazzar!
Vediamo:
alla modista cento scudi. Obbligato!
Al carrozziere seicento.
Poca roba!
Novecento e cinquanta al gioielliere.
Per cavalli...

Al demonio i cavalli,
i mercanti e il matrimonio!
Per poco che la duri in questo modo,
mio caro Don Pasquale,
a rivederci presto all'ospedale.
Che cosa vorrà dir questa gran gala?
Uscir sola a quest'ora,
nel primo di di nozze?
Debbo oppormi a ogni costo
ed impedirlo.
Ma... si fa presto a dirlo.
Colei ha certi occhiacci,
certo far da sultana... Ad ogni modo
vo' provarmi. Se poi
fallisse il tentativo...Eccola; a noi.

Hoy me apetece ser belga

Lo vi en El País y creí que lo había entendido mal o que al periodista se le había ido la olla. Pero en El Confidencial lo confirmé: el presidente del gobierno belga presenta su dimisión y la de todo su equipo porque hay indicios de que presionó a los jueces para que no frenaran la venta del principal grupo bancario y asegurador del país, Fortis. Alucinante.
Aquí no sólo presiona el gobierno (o los gobiernos) a los jueces para que hagan esto y lo otro, aquí no sólo busca el gobierno (y la oposición también, para cuando sea gobierno) jueces-chacha y jueces-mayordomo y jueces que dominen el griego, el francés y el cubano, y hasta jueces de tipo Muñeca Chochona, sino que aquí nuestra escueta Vicepresidenta del Gobierno le echa la bronca en público a la otra flaca, la Presi del TC, para que haga las cosas como su seño le manda, y ni por ésas, aquí no dimite ni Zeus. Aquí se contó en todos los corrillos y corrillas que cuando pillaron a la Casas, la Presi del TC, asesorando a una señora para que llevara su caso al TC con perspectivas de éxito, lo hacía porque a esa señora se la había recomendado una amiga que era otra flaca. Y no dimite ni Zeus.
Yo quiero irme a Bélgica a ver cómo es un gobierno que dimite. A ver cómo se conjuga en flamenco el verbo dimitir. Aquí lo van a borrar del Diccionario, creo. O lo van a decir aquí en flamenco, pero del otro: lolailo.
Hoy también he visto que Zapatero ha declarado en una entrevista en la Cuatro, con Iñaqui el de toda la vida, que lo de Bolonia va a venir muy bien a las universidades españolas porque así tendrán planes de estudios similares a los de las universidades europeas. O es un ignorante que no sabe ni lo que su gobierno (des)gobierna, o es un cochino con tirantes. Tal cual. Resulta que es su Gobierno, que han sido sus ministras -tras, tras, tras- del ramo las que se han negado, las tres -tras, tras, tras-, a dar unas pautas comunes para los planes de estudios en las universidades españolas, y ahora este cretino desvergonzado dice esta mentecatez que dice. Pero, señor mío -o de sus votantes/as listos de los testículos/ovarios, mejor dicho-, cómo van a ser los planes de las facultades universitarias españolas semejantes a los de las europeas, si no se parecen nada entre sí, si no va a haber dos facultades españolas con planes comunes ni similares. Nos toma por idiotas. Y no le falta razón. Además de lo que cree el ladrón.
Lo dicho. A Bélgica y que éstos se lo hagan entre ellos hasta que les sangren las entretelas. ¿Dónde puede uno desapuntarse de ser ciudadano del Estado español?