05 septiembre, 2013

Meter la morfosis. O de cosas que pasan



                Trabajo en una Facultad de Derecho, una de tantas de una de tantas universidades públicas españolas. El primer día laborable de septiembre me acerqué por la Facultad en cuestión, bien dispuesto para retomar las labores propias de mi oficio, al menos en lo que se hacen en las paredes de mi despacho de allá, pues de las otras nunca consigo aislarme por completo, ni siquiera durante la agosteña vacación. También iba con apropiada actitud para reencontrarme con compañeros y colegas de toda laya. Lo de todos los años, nos hacemos viejos y las historias se repiten. Pero esta vez, no.
                Había un buen puñado de coches en el aparcamiento y eso me causó buena impresión, para qué negarlo. Me dije que sería indicio de espíritu laborioso y cumplidor del personal. Ya allí mismo, en el aparcamiento, intercambié los saludos de rigor con alguno. Todo correcto, agradable incluso, pero inicio también de este desasosiego que desde ese día me corroe. Pues mientras nos intercambiábamos corteses consideraciones sobre el verano y los veraneos, empecé a notar sensaciones extrañas. Concretamente, me pareció que escuchaba ruido de carreras a mi alrededor, pero no de gente apresurada, no de pasos humanos, sino ese sutil rumor que deja el caminar rápido de los animalillos pequeños, livianos roces en el asfalto. Cuando me quedé solo y echaba a andar hacia el edificio, tuve la impresión de que había seres extraños vigilándome desde debajo de alguno de los vehículos. Resistí el impulso de ponerme a mirar debajo de los coches, pues pensé que serían los calores de la mañana o la digestión de un desayuno inhabitual la causa de semejantes alucinaciones.
                En mi área no había nadie. Somos pocos, en verdad, y no es raro que no coincidamos a las mismas horas esos primeros días del nuevo curso. Me puse a hacer gestiones de un lado a otro del edificio y en un pasillo me tropecé con X, compañero al que aprecio. En verdad, guardaba a todos los compañeros un discreto aprecio, que era afecto genuino en unos pocos casos, como es común y lógico en cualquier sede donde trabajen bastantes personas. Me detuve un poco con X para hablar de algunos temas pendientes y al poco volví a inquietarme para mis adentros, ya que tenía la impresión de que X movía de modo extraño una parte de su cara. Me concentré en esa sensación a la vez que iba perdiendo el hilo de lo que conversábamos, y llegué a estar seguro de que X movía como un conejo ese espacio que va del labio superior a la nariz. De inmediato me lo quité de la cabeza y volví a fijarme en lo que hablábamos, pero ahí percibí que ahora era X el que se distraía. Es más, y es peor, me convencí de que, mientras conmigo dialogaba sobre no sé qué tema de unas asignaturas y unos tribunales, X estaba pensando en zanahorias. Sí, en zanahorias. No estoy bien, me dije, algo extraño me está ocurriendo. Así que me despedí en cuanto pude y, al separarnos y volverse cada uno de nosotros para tirar por su lado, escuché un ruido que me era lejanamente familiar, el ruido que hace un conejo cuando sale disparado. Me crié en el campo y entre animales y puedo identificar ese tipo de sonidos. Cuando un conejo escapa rápido, golpea con sus patas traseras el suelo de un modo violento y suena como un tap seco. Miré hacia atrás, perplejo, y simplemente vi cómo X se alejaba, caminando con toda normalidad. Me conformé con que eran imaginaciones mías y me fui un rato a relajarme en mi despacho y ante mi ordenador.
                Habrían pasado diez minutos y sonó el teléfono. Me convocaban a una improvisada reunión para aclarar un pequeño problema de horarios de los cursos que han de comenzar dentro de unos días. Nos juntamos cuatro profesores y nos sentamos alrededor de una mesa en una sala de reuniones, después de los saludos protocolarios y las cortesías al uso. El coordinador del asunto hizo una somera exposición del leve problema y pasamos a exponer nuestros puntos de vista sobre la mejor manera de ajustar horas y aulas. Entonces entró otro compañero y se disculpó por interrumpirnos, pues iba nada más que a buscar un maletín que cería que se había olvidado allí un rato antes. Lo encontró debajo de una silla, en un rincón y, contento, lo abrió para comprobar que tenía en él sus cosas. A mí ya me había parecido que en la sala había un olor extraño y había concluido que olía a queso, un aroma como el de esos quesos fuertes y curados que llevan unos días abiertos y empezados. Me expliqué para mis adentros que no cabía duda de que tenía las neuronas algo alteradas y que me estaba sentando fatal el retorno a mi lugar de trabajo. Pero no pude por menos de observar por el rabillo del ojo la maniobra de aquel compañero con su maletín y mi sorpresa fue mayúscula cuando reparé en que lo que llevaba dentro y con tanto celo reconocía era un trozo de queso, un trozo de queso mordido por los bordes. También me pareció que había algunas migas de pan y pedacitos de alguna otra vianda que no reconocí.
                Salió el que nos había interrumpido y reanudamos nuestra conversación con naturalidad. Sí, con naturalidad empezó otra vez a hablar el coordinador, pero lo que dijo me dejó helado. Que ese queso que se llevaba Fulano en su maletín era suyo, eso afirmó, tajante e indignándose poco a poco, y que ya estaba harto de que en esa facultad no se respetase la comida de los demás. Me forcé a dejar de mirarlo, supongo que con ojos muy abiertos, y a fijarme en la expresión de los otros dos. Su rostro no reflejaba ninguna emoción especial, pero capté un ruido bajo la silla de uno. Vi que estaba descalzo y que arañaba el suelo con las uñas de su pie izquierdo. El otro se levantó de repente, fue hacia un estante y tomó de él un envoltorio grasiento, se sentó de nuevo, sacó del sucio paquete un queso pequeño y se puso a mordisquearlo ansiosamente. Pero tú qué haces, dije o medio grité sin pensar apenas, y en vez de contestarme me enseñó los dientes apretados, un gesto muy hostil, amenazador, mientras asía fuerte el queso contra su pecho y le iba arrancando fragmentos que se metía en los bolsos del pantalón y de la camisa. Para entonces el que había estado rascando el suelo con las uñas del pie se había levantado y rebuscaba algo por las esquinas mientras emitía una especie de tenue rugido, similar al de los perros cuando se les disputa la comida.
                No sé si dije algo o nada más que salí corriendo, pero el caso es que abandoné la sala como alma que lleva el diablo, entre asustado y confuso. Bajé las escaleras que llevan al pasillo al final del cual se encuentra mi despacho, pero al despacho no pude llegar porque reparé en que a uno y otro lado, en la parte baja de las paredes, se habían abierto agujeros, una especie de madrigueras. Debí de quedarme paralizado unos treinta segundos, abriendo y cerrando los ojos, y al fin retrocedí unos pasos y busqué el interruptor en el que se manejan las luces de ese pasillo y las encendí para ver mejor. En la primera madriguera asomaba la punta de la cola de algún pequeño animalillo, puede que de una rata. Un poco más allá, de dos agujeros situados a un lado y otro del pasillo, salieron dos seres a la carrera, tal vez hurones, y cada uno se metió apresuradamente en la madriguera opuesta. Al fondo del pasillo, donde la luz llega más tenuemente, un par de ojos brillaban en la penumbra. Márchate, vuelve a casa, me ordené, pero estaba tan fascinado que mis pies hicieron lo contrario de lo que se les pedía y me encaminé hacia ese fondo en el que aquellos ojos lucían. Apenas me había dado cuenta de que era una zorra, cuando la zorra en cuestión salió como una exhalación y se abalanzó sobre una rata que se había colocado detrás de mí. No podía moverme, me había quedado rígido y quieto como una estatua. La zorra, con la rata en la boca, pasó a mi lado, de vuelta a su rincón, y me dijo hola, Felipe, qué tal pasaste el verano y cómo están tus niños. Bien, bien, ya sabes, respondí como un robot o como un espíritu que se hubiera independizado de mi cuero y mi dominio consciente.
                Por fin recuperé el control de mis piernas y en dos zancadas me metí en mi despacho. Iba a cerrar por dentro con llave cuando oí un zumbido. Había dejado antes sobre mi mesa el borrador de un artículo que debía mandar a una revista enseguida, pues ya se había pasado el plazo que se me había indicado. Estaba todo lleno de moscas, moscas de esa grandísimas que hacen ruido y que cuando se nos meten en casa chocan contra los cristales con estruendo y zumban y nos parecen asquerosas. Se estaban llevando las letras de mis folios y cuando, con instinto de autor, intenté recuperarlos, se vinieron contra mí y se pusieron a volar todas alrededor de mi cabeza y me gritaban no somos menos que nadie, no eres más que nadie, la ciencia es de todos, queremos acreditarnos, danos tu despacho, déjanos tu ordenador, la ciencia es de todos, muerte a los catedráticos, nadie es más que nadie, el mosqueo es reaccionario, la ciencia es de todos...
                Corrí, corrí, corrí, no sé qué pensé ni qué más hice, pero conseguí llegar al aparcamiento con la llave del coche en la mano y dispuesto a huir para siempre, a esconderme en cualquier parte, a meterme en casa y no volver a salir, si es que todavía tenía casa. No pude. Justo delante de mi coche había un rebaño de ovejas, ovejas blancas y negras, muy lanudas y cada una con su esquila. Estaban inquietas, se movían como posesas, chocaban con la carrocería de mi auto y vi que en medio de ellas había algo, algo sanguinolento. Era un pastor. Un poco más allá, sonreía un mastín de color canela. El mastín me preguntó si sabía cuántos grupos de docencia habría este año en segundo curso y si había reformado yo la guía docente dentro del plazo marcado por el vicerrectorado. No sé si llegué a balbucir alguna cosa, pues en eso mi coche empezó a moverse y lo manejaba un oso pardo enorme que con la otra zarpa sujetaba un tarro de miel en el que metía su lengua. Al verme, el oso detuvo el vehículo, bajó la ventanilla, se relamió y me dijo que mi coche quedaba requisado porque los de derecho agrario necesitaban un nuevo medio de transporte, pues en el monte hacía un frío del carajo y habían decidido instalarse en la facultad. Las ovejas dejaron su inusual festín por un momento, aunque ya del pastor no quedaba apenas más que las ropas ensangrentadas, el cayado y la radio portátil, y me sonrieron. Era la misma sonrisa en todas, con aquellos belfos chorreantes de sangre. Después me dijeron a coro que esperaban que las acompañara en el plan de acción tutorial de ese año y que si no me importaría codirigir con todas ellas un congreso sobre derechos humanos y derecho a disentir. Ya sabes, terció el mastín, transferencia del conocimiento.
                Contesté a todo que sí y fui reculando, primero despacio, luego más aprisa. Cuando me hallaba a unos treinta metros, escapé a la carrera y sin mirar atrás. No me he atrevido a ir a mi casa, no soportaría que allí también me sucediera algo así. Ahora vivo en el campo, a cielo abierto, en una zona de monte bajo y con pequeños bosquecillos. Me alimento de lo que buenamente encuentro, hierbas, algún bicho, cortezas. Hablo mucho con los ratones de campo. Nos llevamos bien. Ellos quieren convencerme para que vuelva a la facultad, dicen que debemos tomarla y que me pueden acompañar, se ponen a mis órdenes para la lucha académica. Insisten e insisten en que el verdadero derecho agrario es el que ellos conocen y que todo este profesorado que ahora manda y enseña no es más que una pandilla de impostores, unos señoritos, bestias sin formación ni principios. Les doy largas, creo que he perdido la vocación docente e investigadora. Ya me gustan más que nada estos amaneceres húmedos, el relente de las noches otoñales, las estrellas, el ruido del viento en los arbustos. A fin de cuentas, para qué regresar y pasar por nuevas pruebas, si ya tengo todos los sexenios y en menos que nada buscarían un pretexto para prejubilarme. Aunque reconozco que muchas noches sueño que me sale un artículo brillante sobre el sinalagma en Derecho privado o sobre la preterintencionalidad o sobre el legado de acciones o sobre la herencia yacente o sobre las normas anankástico-constitutivas y me despierto sonriendo y me da mucha pena. Hasta que veo a los jóvenes ratoncillos correr entre las malezas y me digo que la vida son cuatro días, caray, y que hay que vivirla.

3 comentarios:

Nube de puntos dijo...

Veo que la vuelta a la facultad ha sido, cuando menos, inspiradora. Buen relato. Ha conseguido envolverme y por, un momento, he sentido angustia al verme rodeada de moscas y ovejas carnívoras.

Juan Carlos Sapena dijo...

También es terapéutico, y luce mucho, aplicarse el principio de mediocridad (P.Z.Myers) tres veces al día, después de las comidas, ni antes ni durante porque las perjudica (cosa cierta y comprobada empíricamente por el que ésto suscribe)
Ya, si uno quiere hacer alarde y evitar recaídas ante la impenitente caja tonta de tertulias y telediarios toda ella, leer (mejor recordar) a Stafford Beer o similar.
Doy fe que tengo la receta, o la robé después de meterle dos tiros a un estomatólogo, no recuerdo, y parece que funciona, solo que a veces pedorrea, lo cual también parece terapéutico pero por cuándo.

Un saludo. No me canso.

Rosa García Moran dijo...

Fantástico relato fantástico