13 noviembre, 2007

Doctorados y excelencia.

Si es que lo de la investigación universitaria va a seguir teniendo algún sentido, cosa que dudo bastante -al menos en el campo de las llamadas ciencias sociales, jurídicas y humanas-, va a hacer falta inventar nuevos títulos, nuevos signos de distinción. Es necesario diferenciar el buen investigador del patán, el trabajador esforzado de la ciencia del puro arribista con habilidades para la escalada social.
Tal necesidad se desprende de al menos dos razones. Por un lado, es radicalmente desincentivador para el que se tome en serio su trabajo universitario, y especialmente la investigación, comprobar cómo los otros cobran lo mismo -salvo esa limosnita de los sexenios y en la medida en que su concesión haga algo de justicia, que ésa es otra-, cómo los otros viven como reyes sin dar palo al agua y poniendo cara de eruditos incomprendidos, cómo los otros acumulan cargos y puestos de gobierno universitario, pues les sobra para ello el tiempo y dominan el masaje lumbar de rectores y demás chusma, y cómo desde esos asideros a los que trepan van disponiendo paso a paso las cosas para que se acorrale y se amargue al que no le eche puro cuento al oficio universitario. Para colmo, con la complicidad de los pedagogos -que son casi todos de ese enjambre de zánganos con ínfulas- van convenciendo a todo el mundo de que lo realmente importante en la universidad es utilizar los nuevos medios electrónicos, enseñar a los estudiantes a mantener limpito y con colorines el portafolio y procurar que nadie suspenda, no vaya a ser que alguno sufra por no ser el genio que se creía y que pensaban en su casa. Eso sí, para disimular y que no se note que el rey está desnudo y que aquí no la clava ni el apuntador, se monta una gran parafernalia de controles de calidad, programaciones, cursos de actualización, informes, evaluaciones de las evaluaciones, etc., etc. Cosa con la que, de paso, ganan todavía más prestigio, poder y algo de pasta esos camándulas que no saben escribir un puto párrafo sin torturar la sintaxis, ni hablar en público o en el aula si no es limitándose a leer entrecortadamente los esquemas para idiotas que vomita la pantallita con el PowerPoint.
Necesario es poder diferenciar el grano de la paja -¡ay, cuanta paja con cargo el erario público!- también para que quienes reparten dineros destinados a financiar proyectos y equipos sepan a qué atenerse. Porque dime cómo inflas tu curriculum y te diré lo sinvergüenza que eres. Mientras todo vaya al peso, como va, ahí tendrá usted a los más pícaros gestionándose ponencias a golpe de movimiento de caderas y a los pedagogos -y no sólo- labrándose repertorios inmensos de comunicaciones de una páginita cada una, presentadas en congresos organizados por los de su propia camada por el bien del contubernio.
Formalmente el título más alto es el de doctor, pero da vértigo asomarse a ver dónde ha caído. Las culpas están repartidas, desde luego, y todos tenemos nuestra parte, incluido el que suscribe, que maldita la hora en que debió permitir algunas cosas bajo palabra de sí, ya lo corrijo y lo pulo más adelante, pero es que ahora se me acaba el plazo y además es que me quiero casar y tal. El caso es que, entre unos y otros, hemos logrado que muchas de las tesis doctorales de hoy sean sencillamente ridículas y una mixtura de piratería y dislexia. Un examen detallado de las causas que han llevado a semejante descrédito merecería una tesis doctoral de las serias. Venga, quién se anima a ponerle el cascabel al gato. Ahí os quiero ver, teóricos de la educación bobalicona, sociólogos de encuestita en casa, juristas de reconocido desprestigio, economistas de ábaco, filósofos de la posmodernidad con langostinos. Para orientar el personal, adelanto algunas hipótesis sobre motivos de la degradación del título de doctor.
Por una parte, desde hace tiempo el prestigio de los muchos cátedros no se mide por la calidad de su producción o la de sus discípulos, sino nada más que por el número de éstos. Mola hacer escuela. Es como el que tiene una ganadería, sólo cuenta el número de cabezas. Y en las cabezas, nada. “Mira, ¿ves todas esas reses? Pues son mías”. “Jo, cuántas tiene usted, don Ataúlfo, y cómo mugen”. “Efectivamente. Y mírales el lomo, todas con mi marca”. “¡Jesús!, lo que habrá tenido usted que esforzarse”. “Sí, lo mío me ha costado, pero también muchas satisfacciones”. No dice cuáles.
Por otra parte, ciertos servicios personales que antes realizaban mayordomos, camareros y mucamas y que se pagaban en vil metal, ahora se premian con título de doctor y titularidad, cátedra incluso. También los que antes prestaban las mujeres de la vida. Cualquier joven iletrado y con una licenciatura por los pelos se dedica a pasearle el perro al cátedro con pretensiones, o a pasarle a ordenador los dictámenes -¡ay, o a escribírselos!, que casos conocemos todos-, o a hacerle trabajitos finos, ya sean orales, manuales o retroprogresivos, y la tesis sale como sola, oiga, y luego misteriosamente ganamos también en ese concurso en cuyo sorteo hemos tenido la suerte de estar todos los de nuestra escuela, escuela de artes y oficios.
También la Administración ayuda, y las circunstancias. Antiguamente el doctorando tenía tiempo para comenzar por los idiomas y por alguna estancia larga en universidad extranjera, tiempo para pasarse una buena temporada leyendo y enterándose de por dónde van los tiros, antes de ponerse a perpetrar escritos tartamudos. Ahora no, plazo perentorio, mónteselo como quiera pero tiene usted tres años o cuatro y me importa un carajo si es capaz o no de consultar alguna bibliografía que no esté en leonés o que no se deba a la pluma exclusiva de su jefe y los de su panda. Y temitas sencillos, sin complicaciones, de los de resumencito y generosa tipografía. Por el tribunal que nadie se preocupe, que vienen los de la escuela y de paso los llevamos a cenar a ese restaurante tan bueno que han abierto.
Con todo y con eso, cuando éramos pocos llegaron los doctorandos latinoamericanos y, sobre todo, ese invento tan bueno de los convenios de nuestras universidades con los de allá. Nos conviene portarnos bien, para que nos sigan invitando. El otro día supe que una universidad de aquellas tierras acaba de hacer doctor honoris causa a uno de los mayores tarugos de mi gremio. Seguro que hasta se lo entregó una mulata. Se lo entregó enterito. Muchos de esos estudiantes latinoamericanos tienen un mérito enorme y algunas de las mejores tesis que yo he conocido se deben al genio y el esfuerzo tenaz de alguno. Pero lo más común, desgraciadísimamente, es que vengan a trajinarse el título por la brava y para hacerse de oro al volver a su país, dándose allá pote de doctores de universidad europea. Y nosotros aquí que bueno, que qué más nos da, que no se hace daño a nadie de este lado por levantar la mano con ellos y que además fíjate qué buenas personas, siempre tan atentos y tan dóciles. Jopé, y mira aquélla cómo está, se va a enterar de dónde le ponemos el cum laude.
Pues eso, que ser doctor hoy en una universidad española es como ser catedrático, da vergüenza decirlo, por lo de las comparaciones. De pronto te viene la asistenta del honoris causa y te dice que para doctor él y que tú eres un pringao que no haces nada más que leer y leer sin sacarle sustancia. Y qué le vas a contar a la pobre.
Así que o se inventan nuevos criterios de distinción investigadora, ligados a la valía real del trabajo y no a mamoneos y meneos variados, o aquí ya no va a esmerarse ni cascorro, puesto que todo vale igual, todo el mundo es bueno y tonto el último.
Por lo pronto, y asumiendo cada cual la responsabilidad que le concierne, hagámonos un elemental propósito: cuando aparezca un doctorando tan inútil como descarado, acaba con él de inmediato, ciérrale el paso, fulmínalo. Que, como te tiemble el pulso y lo dejes un ratito, se pone a engordar y a envanecerse y luego ya no hay quien lo pare. Acaba de rector o de ministra de cultura.
Dicho todo lo cual, de nuevo he de puntualizar expresamente, por las dudas, que sigue habiendo buenos maestros, buenos doctores, buenas escuelas y buenas tesis; pero con cuentagotas. Son especies en extinción y muy afectadas por el cambio climático: por el clima pestilente que en la universidad se respira.
Por cierto, no olvidemos nuestro lema: escupe a un pedagogo. Y a quien se tercie.

09 noviembre, 2007

08 noviembre, 2007

El ciudadano y la rosa. Por Francisco Sosa Wagner

A duras penas vemos cómo aparecen en el espacio político español nuevas ofertas que tratan de corregir las tradicionales, representadas por los partidos mayoritarios. No les va a ser fácil encontrar un hueco en los medios de comunicación para hacer llegar sus mensajes a los ciudadanos, porque suponen una novedad y todo sistema establecido es reacio a acogerlas en su seno. Me parece que es el profeta Mahoma quien asegura que «toda innovación es extravío» y a esta máxima parecen acogerse los actores que se mueven en el escenario donde se representa el juego democrático instaurado en España hace ya 30 años.
Tiene cierta gracia que, entre nosotros, pueda hablarse todavía de progresistas y conservadores en relación con los partidos políticos, cuando lo cierto es que los establecidos constituyen el ejemplo más acabado y sólido del conservadurismo, si por tal se entiende su vocación por conservar el poder así como el mecanismo electoral que les permite llegar a él y disfrutarlo. Cualquier perturbación les incomoda, como incomoda a todo burgués cualquier reivindicación que altere su digestión de individuo instalado y satisfecho.
Hemos llegado a una situación en la que, incluso quien acumule varias afecciones oculares, advertirá que la democracia en España ha sido literalmente secuestrada por los partidos políticos, que se han apropiado de ella y la tratan y manejan a su antojo, según lo imponen sus cambiantes caprichos. Podría afirmarse que nuestra democracia es una democracia adúltera, que ha abandonado a su legítimo cónyuge, que es el pueblo, para irse de jolgorio con los partidos mancillando así un pacto sagrado. Todo el supremo enredo al que estamos asistiendo relacionado con el Poder Judicial o el Tribunal Constitucional -enredo de comedia y no alta, sino de sainete con tintes de astracán- tiene su origen en el hecho de que los partidos políticos no se contentan con ejercer las sustanciosas funciones que les asigna el artículo 6 de la Constitución de 1978, sino que pretenden, además, manejar, por medio de un artilugio a distancia, el sistema nervioso de la justicia, haciéndola sierva de sus ocurrencias, humores y humoradas. Orillando todas las barreras convencionales y aun las buenas maneras. Esta actitud trastoca por completo el edificio de los poderes constitucionales, tal como han sido configurados por la ortodoxia jurídica, y es ocasión para que salte por los aires esa teoría política perfilada y sutil que es cabalmente la teoría democrática.
Pero a los partidos políticos tradicionales parece darles igual, convencidos como están de que lo importante es conseguir victorias, pequeños triunfos parciales, los que se obtienen en cada enfrentamiento, en cada esquina, armados con el trabuco de la intriga, frente a un rival convertido en hostis, aunque esas victorias lleven al deterioro irreversible del sistema y lo instale en el corazón de las tinieblas.
Liberar a la democracia del entramado diabólico de lianas que han ido tejiendo los partidos políticos y dotarla de nuevo de un aspecto elástico, fibroso y ágil, no es tarea de un fin de semana. Y no lo es precisamente por el carácter conservador de sus actores, engastados ya hoy en unos privilegios que les permiten saciarse en los pechos del poder y derramar en su entorno beneficios, prebendas y premios de análoga manera a como las derramaba el monarca absoluto: para asegurar lealtades y adhesiones.
Sin embargo, si no queremos convertirnos en estatuas o limitarnos a llorar en las puertas de los templos, se impone intentar al menos la transformación del tablero donde se juega el juego trucado. Y uno de los modos es abrir el abanico de las ofertas electorales, ampliando su espectro. Es decir, creando nuevas formaciones políticas. Nuevos partidos. Este es el empeño en el que se hallan embarcados algunos arrojados en el escenario español. Su actitud gallarda, con maneras que se atreven a desafiar la inmovilidad de las cosas, es un júbilo -en el que tintinean muchas alegres campanillas- para quienes creemos que el sistema democrático, porque está regado con los mejores fertilizantes, es capaz de limpiarse de adherencias indeseables y regenerarse.
El ejemplo alemán es bien elocuente: la irrupción de los verdes en el panorama político se produjo cuando un grupo de personas se percataron de que ni el partido socialdemócrata ni el cristiano demócrata o el liberal les representaba en sus planteamientos políticos que por supuesto nada tenían que ver con las monsergas de la identidad a la que tan dados somos por estos pagos, sino con cuestiones más concretas como la política fiscal, la de transportes o la de energía. En 1977 consiguieron los primeros concejales y en 1998 entraron triunfales en el Gobierno federal de Berlín de la mano de la socialdemocracia. Han remado en muchas singladuras y han servido para remover las aguas de la política alemana, ejerciendo además una influencia determinante en la renovación de las formaciones políticas tradicionales.
En España, me parece que no me equivoco si afirmo que las nuevas propuestas tienen todas ellas un denominador común: el deseo de limitar la influencia de los partidos políticos nacionalistas (especialmente, vascos y catalanes) en el Gobierno de España. La situación, por su evidencia, es bien conocida: una ley electoral, confeccionada cuando, después de habernos confesado los pecados del franquismo, estábamos cumpliendo la penitencia impuesta por las exigencias de la Transición, ha primado en las Cortes a tales formaciones. Y éstas han usado y abusado de su posición de dominio para condicionar a los gobiernos de España: a los que han sido, al que es, y -si no se remedia- al que será. Y lo han hecho abiertamente o envueltas en gemidos engañosos o en melindres de desdén.
Partidos que simplemente no creen en el Estado, pues algunos no se recatan en ocultar su vocación independentista -incluso la proclaman con descaro-, son los que han de ayudar a los partidos nacionales en su tarea de conducir y gobernar ese mismo Estado. Es decir, estamos autorizando a las lubinas a que redacten el reglamento de la piscifactoría. Un despropósito de dimensiones colosales.
Muchos somos por ello conscientes del gran trampantojo que se exhibe en nuestra fachada democrática. Ahora parece que tenemos la suerte de que unos pocos están dispuestos a contribuir a desmontar el engaño. Alegra porque justamente es la denuncia del engaño la tinta con la que siempre se ha escrito la historia del progreso.
Ocurre, sin embargo, que estos bien intencionados políticos, digámoslo claramente, las gentes de varios foros cívicos, las personas que se mueven en torno a los Ciudadanos de Cataluña o se han afiliado al partido de Fernando Savater y Rosa Díez, se nos presentan divididos y enfrentados por cuestiones que parecen bien secundarias y desde luego puramente nominales.
Gran lástima produce tal espectáculo y gran decepción para quienes seguimos sus movimientos con la esperanza de que logren agitar el panorama político, embalsamado en enredos sectarios y en ritos cómplices. Porque ese objetivo, el de descomponer el atrezzo de la escena española, sólo se logra con un racimo de diputados en las Cortes. Y, a su vez, esa presencia exige que se emita un mensaje nítido al votante resumido en la siguiente fórmula: vótenos para conseguir que los partidos nacionalistas dejen de condimentar todas las salsas de la política española. Así de simple. Me parece que poco más hay que discurrir en punto a líneas programáticas o banderas ideológicas.
Porque si, a las dificultades que el sistema político establecido vaya aparejando con los potentes medios a su alcance, se unen las derivadas de una carrera en solitario, ayuna de armonía o tintada por personalismos extemporáneos, los resultados serán catastróficos para los abanderados de tan noble causa y -lo que es fatal- para el tratamiento antiarrugas que reclama nuestro sistema democrático.
Es decir, nos quedaremos sin el ciudadano y sin la rosa.
Publicado en El Mundo hoy, 8 de noviembre de 2007.

07 noviembre, 2007

Lucha política

Leo con asombro que ha nacido un nuevo deporte, el ajedrez-boxeo y que ya hay incluso un campeón del mundo, un militar alemán grandote y que mueve con idéntica soltura la dama y el puño. En la competición se alternan minutos de sublimado combate en el tablero y de mamporro real en el cuadrilátero.
Hay que ver lo que inventan. Lo siguiente podría ser el fútbol-geometría, para ver si esos centrocampistas que, según los comentaristas, triangulan tan bien con el esférico, son capaces de resolver sobre el papel unas sencillas aplicaciones del teorema de Pitágoras, que era delantero centro de una secta griega. Pero aún mejor estaría la política-lucha, que enriquecería la lucha política de los discursos parlamentarios y los mítines de partido con torneos en que los contendientes se atizasen de veras guantazos y coces y se aplicasen mañas nada metafóricas. Al fin y al cabo, lo que de la política va quedando por nuestros lares ya está plenamente reducido a una sarta de necedades y ofensas que los líderes y sus secuaces se arrean por un quítame allá esas pajas o un coméntame esa sentencia.
Cuánto ganaría el Parlamento y cuánta gente contemplaría con fruición los debates sobre el Estado de la nación y la nación del Estado si, después del los desahogos verbales y las recias afirmaciones del Presidente sobre lo bien que va el país y las viscerales réplicas del jefe de la oposición para convencernos de que va de puñetera pena, se subiesen a una pista de pressing catch y se consolasen con unas buenas bofetadas, unas llaves bien aplicadas en las partes más sensibles y unas torsiones forzadas hasta que el oponente diga basta ya. Se extasiarían los espectadores al contemplar la furia destructiva de la Bestia Gallega y el Sádico Bambi, y las empresas televisivas se zumbarían también, en los tribunales y fuera de ellos, para ver si se emitía el combate en abierto o cotizando a tanto la leche.
Y qué me dicen de los secretarios generales, saliendo de las ruedas de prensa de cada uno para ir a darse trompicones no puramente verbales con el del partido de enfrente, ante el aplauso apasionado de periodistas de parte y filósofos del consenso. ¿Se imaginan el primer asalto entre Pepiño, alias Puño Sin Seso, y Acebes, conocido como Hostia Negra? El combate político ganaría en rigor y racionalidad, pues los atentados a la gramática quedarían compensados por los físicos mandobles y la contundencia de los golpes restaría importancia a la evanescencia de los hechos que tan tramposamente se alegan en los discursos y proclamas. En los partidos ascenderían a los puestos de más responsabilidad los expertos en artes marciales, en lugar de éstos que sólo lo son en zancadillas con nocturnidad, y el noble arte de la lucha a cuerpo limpio ocuparía con ventaja el lugar de la vigente puñalada trapera, tan poco deportiva.
Los del PSOE no necesitan ni cambiar sus símbolos, pues ya llevan la rosa en el puño. Los del PP sólo tendrían que ponerle cara de fiera redomada a su gaviota. Lo que no sé es cómo lo iban a llevar los de IU, con lo pacifistas que son. Aunque el otro día escribió Llamazares en El País un nostálgico artículo sobre el Che Guevara y a lo mejor eso indica que ya se están preparando para la nueva lid. Pero tiros no valen en este nuevo deporte, ojo. En cuanto a Carod, seguro que ponía la excusa de que él no pelea fuera de su pueblo; por si acaso. De la asistencia a los lesionados podría ocuparse una nueva y muy innovadora Unidad Militar de Enfermería Civil, para asegurarse de que nadie se pone a discutir sobre la competencia de vendajes, apósitos y pomadas.
Puede que esta propuesta no suene políticamente correcta, pero a ver quién se anima a sostener que sería más inmoral este nuevo torneo político que la competencia actual de mentiras e insultos de patio de colegio. Además, ya hay precedentes en el Parlamento británico, que es de los más antiguos y con mayor solera.

Viva el centralismo

El lunes por la tarde asistí en la Facultad de Derecho de León a un debate sobre León y la autonomía. Discutían el PP, el PSOE y la UPL, Unión del Pueblo Leonés. Aleccionador del todo dicho encuentro. Téngase en cuenta que los leonesistas de la UPL mantienen que León es un Pueblo (así, con mayúscula) como la copa de un pino centenario y autóctono; que si un día fue reino cómo no va a ser ahora comunidad autónoma de las que más, y que con tanto sentimiento leonés de los leoneses y Volksgeist a tutiplén cómo vamos a andar mezclándonos con los segovianos que se sienten segovianos o con los burgaleses que se creen castellanos en barrica de roble (centenario). Gentes que no sólo eran de Castilla, sino que, además, lo eran de La Vieja. Dicen también los leonesistas que el sentir sentimental que hicieron sentir los leoneses cuando se hizo la caquita esta del mapa autonómico no fue adecuadamente sentido por aquellos políticos de entonces, tan poco sensibles y tan enmartivillados. Y el argumento supremo: joer, si hasta Logroño tiene su comunidad autónoma, así de pequeña y flácida, como no vamos a ser comunidad autónoma nosotros, con este pedazo de historia que calzamos. Razones todas de rompe y rasga y unidad de destino en el presente, oé, oé, oé. Ah, y que en esta comunidad autónoma de Castilla y León hay muchos más directores generales de Valladolid que de León, cosa que no ocurriría si León fuera autónoma ella en sí y para sí, lógicamente.
Los partidos que se dicen grandes entran al trapo con los ojos cerrados. PSOE y PP insistieron en meterse el dedo en su propio ojo, el suyo de cada uno, resaltando que el nuevo Estatuto de Autonomía de Castilla y León contiene cosas de tanto fuste como la mención del leonés como lengua a proteger. Y ni se les escapó la risa ni nada. Mencionaron a dúo (dinámico) otras ventajas de semejante reforma estatutaria, convenciéndonos a todos más radicalmente de lo que ya sabíamos: no nos hace ninguna falta ni Estatuto de Autonomía ni ninguna de las instituciones que esa norma normarum recoge y nosotros pagamos. Tampoco se les ocurre cascar que una buena manera de acabar con el agravio comparativo de la autonomía riojana de cosecha reciente sería eliminarla y dejarse de pequeñeces con bandera.
Permítase recordar que el PP y el PSOE de León se abstienen casi siempre que la UPL exige autonomía como vicio solitario. Eso sí, los mismos partidos votan luego en Valladolid que nones y en Madrid otro tanto. Coherencia de políticos de principios. Pero aquí hasta hablan leonés en la intimidad y con la boca llena de langostinos. Se creen que le van a quitar a la UPL la novia por andar soltándole requiebros en los pasillos oscuros de cualquier ayuntamiento, y lo único que hacen es ponerla más tontona y más crecida; a la novia, digo.
Hubo intervenciones brillantes de varios lugareños entrañables, ansiosos de autodeterminación y direcciones generales, como la de aquella señora que se indignaba porque un libro de texto de esta Comunidad habla de cuando el emperador Augusto pasó por Castilla, ignorando los perversos autores que de aquella Castilla no existía ni en pintura. Es que Castilla se encastilla en su historia, sin reconocer que los únicos que ya estaban antes de que los romanos nos soltaran sus latines eran los leoneses.
Total, que levanté la mano y protesté de que en la mesa no hubiera un representante de los sin patria, de los que me declaré por la brava modesto y atribulado portavoz. A estos debates que nos traemos en este país -o lo que sea- les faltan voces y argumentos. O sea: muchas cosas que pensamos muchos no las dice nadie, no sea que te cuelguen el sambenito de facha y copero. Como si no se pudiera pensar por libre y sin la tutela de obispos.
Bueno, pues ya va siendo hora de que nos juntemos los que creemos lo siguiente y lo proclamamos bien alto: queremos volver a un Estado central y centralista. Si acaso, un Estado centralista que se desconcentre un poco los fines de semana, pero centralista. Una cosa así como Francia, Estado opresor que da gusto. Estamos hasta el gorro de discusiones bizantinas sobre si es más pueblo-nación La Rioja o León, sobre si en León se habla más el leonés o el rumano o sobre si la culpa de que no se nos reconozca políticamente la identidad cazurra, que ya bullía en esta tierra antes de que la hollase pie humano, la tienen los Reyes Católicos o Martín Villa.
Estamos hasta las narices de esta multiplicación de los entes, entes autonómicos, provinciales, regionales, comarcales, municipales, parroquiales, mancomunados, mixtos, de cuota, de canto, de risa y de pena, de organizaciones de la sociedad civil y de la incivil y del lucero del alba. Estamos hasta la boina de esos entes que cuestan y gastan y de sus ocupantes que cobran, de esos entes que son comedero de zánganos, pesebre de arribistas, abrevadero de impostores y cortijo de politicastros que en vez de ponerle piso al o la amante lo hacen o la hacen miembro de observatorios, comisiones, juntas y demás zarandajas con dietas.
Esto de las diecisiete comunidades autónomas es caro, es disfuncional, es bobalicón, aliena al personal de a pie y encumbra a cretinos y mentecatos. Hay que suprimirlo ya. Estado central como mandan los cánones, pero no un Estado-Nación y España grande y libre, no. Estado eficaz en la gestión, pero sin pretensión de trascendencia ni unidad de destino en lo universal ni en lo particular ni en nada. Llevar las cuentas comunes, poner un poco de orden y acabar con los timadores del tocomocho nacional(ista). Y punto. Y que la UE avance y los de León se animen a casarse con finlandesas, los catalanes con checas y los vascos con lo que puedan que no sea una piedra gorda. A ver si se les cura a todos la obsesión por el pedigrí y el complejo de pueblo elegido para la gloria municipal.
También va siendo hora de acabar con ese cuento de que la autonomía acerca el poder a los ciudadanos. Lo acerca a los ciudadanos listillos que tienen el poder autonómico y que sin las diecisiete mangantas tendrían que currar en cosas decentes, hacérselo en casa con la parienta y conducir su propio coche. A mí no me acerca nada, ni poder ni control ni leches, y a la inmensa mayoría de la gente tampoco. Me importa un rábano que ese conciudadano avinagrado y con cara de primo carnal que recibe mi instancia en oficinas administrativas esté pagado por la Administración central, la autonómica, la municipal o la patafísica: su cara de cabronazo, si la tiene, no cambia al modificarle la denominación de origen.
Y en cuanto a los gobernantes, los que parten el bacalao autonómico, esos tiburones del arroyo local, mucho mejor que no estén o y que los que tengan que estar como delegados del señor Estado sean de bien lejos. Así se hace uno la ilusión de que son honestos, saben lo que se traen entre manos y están puestos ahí por sus méritos. Porque no me digan que no pone de mal café cruzarse en la escalera de casa con el consejero de urbanismo, al que conoces desde pequeño y que ya entonces mangaba los juguetes de los amiguitos. O con el de cultura, que repitió curso cinco veces, cuando pasar curso no era obligatorio por razones estadísticas y a mayor gloria de pedagogos iletrados. O ver salir de misa en la parroquia de al lado al acreditado putero y maltratador de doñas que ahora lleva lo del orden público autonómico. O rozarse accidentalmente con la de asuntos femeninos autonómicos, que ya envenenó a dos maridos y ahora sale con la telefonista del Parlamento local.
Que no, hombre, que no. Yo no quiero conocer a los que me gobiernan, no deseo que me acaricien el lomo mientras me dicen que su poder es el mío y mientras me sacan la billetera en nombre del espíritu del Pueblo. No quiero andar escuchando debates sobre si somos galgos o podencos o nos sentimos más griegos o más etruscos o si descendemos de celtas, iberos o caucásicos. Porque ésa es otra, no sé por qué demonios a la hora de buscar ancestros presentables ningún nacionalista de ningún lado se acuerda del honesto gremio de los repartidores de butano, que son todos del extrarradio y que tienen un árbol genealógico de campeonato.

06 noviembre, 2007

Maletas.

Vuelta a hacer las maletas a la carrera y de madrugada y otra vez camino de Colombia.
Cuando llegue y pueda, contaré qué pasa por allí o lo que buenamente me venga a la cabeza. Espero regresar a este vicio virtual en un par de días.
Saludos a todos los amigos.

Enseñanza del Derecho

Contra reloj y a la trágala, he tenido que escribir este fin de semana el artículo para Ámbito Jurídico, la revista colombiana. Faena de aliño tal vez. Pero ni la cabeza ni los dedos ni el tiempo me dan para más estos días. Así que ahí va.
En Europa andan revueltas las facultades de Derecho, pues con la reforma de los planes de estudio que viene de la Unión Europea parece que habrá que abandonar mucho de aquella vieja clase magistral y fomentar el trabajo personal del alumno y la interacción en las aulas. No sé si cabe esperar cosa buena, pues desde hace tiempo cada reforma de la docencia empeora la situación, que ya era lastimosa.
Muchos hemos padecido una enseñanza de las leyes que viene, casi sin cambios, del siglo XIX y de aquel ingenuo positivismo de la Escuela de la Exégesis y la Jurisprudencia de Conceptos. La docencia jurídica era lo más parecido a una operación quirúrgica en la que el profesor abre el cráneo al alumno y le implanta, sin anestesia, códigos, leyes y reglamentos. Se confiaba tanto en la racionalidad inmanente a la legislación y en el carácter completo, coherente y claro del sistema jurídico, que se pensaba que con sólo tener en la memoria la gaceta oficial ya era más que suficiente para que el graduado en Derecho pudiera resolver pleitos y evacuar dictámenes y consultas sin duda ni equívoco posible. Aprender a razonar no hacía falta, a hablar o escribir con propiedad tampoco. De la cabeza así amueblada de los abogados salían mágicamente las soluciones debidas para cualquier pleito. En realidad, las partes de cada proceso no eran vistas como seres de carne y hueso, sino como reencarnaciones de Ticio y Cayo. Y los problemas que en los juzgados se dirimen no necesitaban ser comprendidos y analizados en su dimensión moral, política o económica, pues el Derecho es mundo aparte, y el jurista, científico ensimismado que no precisa hacer más que muy elementales silogismos. En esa visión del Derecho no quedaba espacio para la discrecionalidad judicial, pues las normas hablan por sí mismas y dan para cada caso solución única y siempre correcta. Por eso era tan común que las mejores calificaciones las ganaran en las aulas los memoriones sin seso y que el Derecho lo explicaran en ellas profesores reducidos a máquinas de leer y repetir, con engolada voz, códigos y manuales.
El péndulo se fue al otro lado en los años setenta del siglo XX, cuando se quiso reducir el Derecho a las ciencias sociales y se pretendió suplir todo saber técnico-jurídico por el veredicto de la sociología, de la ciencia política o de la economía. Se despreció a la dogmática, hasta entonces endiosada, y se quiso hacer del abogado un experto en el diagnóstico y tratamiento de problemas sociales, sin más competencia técnica que esos esquivos saberes y mucho más preocupado por implantar la sociedad soñada que por solucionar los litigios con respeto a la seguridad jurídica. La ley, antes elevada a los altares de la suprema ciencia, ahora se tornaba perverso instrumento de dominación que debía ser combatido en nombre de más altos ideales.
Luego vinieron las teorías de la argumentación, que acertadamente resaltaron el componente discursivo, dialógico y retórico de toda práctica jurídica y que pugnaron para que el abogado supiera que el Derecho también se hace al aplicarlo y al colmar los márgenes de indeterminación de las normas jurídicas. Pero la teoría de la argumentación se cruzó con la metafísica neoconstitucionalista y con el moralismo jurídico y pasó a ser vista por muchos como el método para averiguar la única respuesta correcta para cada caso, respuesta dictada por un Derecho que ya no se hace de leyes, sino de mandamientos indubitados de la razón práctica. Otra vez el empeño por hacer de abogados y jueces sacerdotes de la Justicia, esta vez encomendándose a la ética, a una ética con tintes fuertemente objetivistas. Y de nuevo la fobia a la ley y al legislador, fuente de injusticias sin cuento que el juez debe corregir con su prodigiosa capacidad para conocer con certeza lo justo en cada caso.
¿Qué se puede hacer? En primer lugar, cambiar los métodos de enseñanza y dar mucho mayor protagonismo a los casos. No se puede entender cabalmente el sentido de una norma si no se pone en relación con los supuestos prácticos para los que rige. En segundo lugar, no se debe dejar de lado la buena dogmática, el componente técnico y conceptual que permite un manejo del Derecho con garantías de coherencia y capacidad de discernimiento. No hay Estado de Derecho posible en la práctica sin una sólida dogmática jurídica. En tercer lugar, se ha de cultivar la dimensión argumentativa de la práctica jurídica, pero entendiendo que las capacidades argumentativas no son la vía para alcanzar certezas imposibles ni la justicia verdadera, sino requisito para colmar con rigor y buen juicio los amplios márgenes de discrecionalidad que toda normatividad jurídica deja, quiérase o no, al que en Derecho decide. El buen jurista no es ni el filósofo puro ni el mero científico social ni el crédulo juez que se siente simple boca de la ley, sino el que sabe que las normas jurídicas son herramientas imprescindibles que deben ser respetadas, pero también que son ampliamente flexibles y maleables y que se debe, por tanto, justificar con argumentos el uso de las mismas. Así como el buen juez es el que se sabe y se hace responsable de sus decisiones y no pretende disfrazarlas ni de ciencia incontaminada ni de una imposible justicia objetiva y cierta.

04 noviembre, 2007

Los nuevos dioses. Por Francisco Sosa Wagner

¡Bendita aquella época en la que un dios lejano, colérico, con barbas alborotadas, era el responsable del pedrisco que arruinaba las cosechas! Y digo bendita porque al humano le sosiega disponer de un ser imaginario a quien imputar lo malo que le ocurre, mayormente para saber cómo gastárselas con él. En buena medida las religiones nacen del miedo a lo imprevisto, de ahí que existan tantas advocaciones en las paganas y en las cristianas relacionadas con la agricultura. El labrador griego indefenso se dirigía a Deméter que se cuidaba de alimentar a sus pechos a la tierra joven y aun verde, que daba vida a la vida y mataba a la muerte, y aun se entretenía en mantener matrimonios para que no se deshicieran entre los torpes engaños de los esposos. Con su soplo traía las estaciones del año y las alejaba con lo que ello significaba para el ciclo de los frutos de la tierra: decretaba la llegada de la primavera y, cuando esta ya estaba cansada, convocaba al verano para que cumpliera su función ritual y así sucesivamente.
En el momento en que los dioses griegos se hicieron latinos, esta diosa se llamó Ceres y fue ella la que enseñó al personal del imperio a recoger el trigo y hacer el pan, ayudada por otros dioses menores, unos dedicados a hacer surcos en la tierra, otros a transformarla en barbecho o a clarearla y así hasta abarcar todos los afanes agrícolas y ganaderos.
Se daba de esta forma seguridad a los humanos y, cuando ese festival de dioses en que consistieron los cultos paganos dio paso a las religiones monoteístas, se volvió a repetir la historia, solo que aplicada ahora a vírgenes y santos. Una vela encendida a tiempo en un templo, un exvoto colocado junto a la santa lugareña, la imagen bien procesionada, escoltada por clérigos ataviados por lo fino y lo litúrgico, aseguraban que vendría la lluvia o que luciría el sol... Si luego no funcionaba, también se tenía a mano a un diablo al que imputar el fracaso de las cautelas tomadas, que para eso cobran los diablos, para aliviarnos de mayores precisiones.
Es decir, que los dioses y los diablos, seres desconocidos, quiméricos, imposibles de representar -porque las barbas de dios o los cuernos del diablo son figuraciones nuestras- han servido siempre para explicar lo inexplicable y justificar lo injustificable.
El problema es que ahora los seres que rigen nuestros destinos y nos lo amargan son perfectamente identificables y los vemos con panza altanera en las televisiones o en las fotos de los periódicos. Así, ese tipo torvo que, entre paredes insonorizadas y moquetas mullidas, decide la subida de los tipos de interés, sabemos dónde está, cómo se llama, de qué país procede y, hurgando un poco, hasta podríamos informarnos si tiene el colesterol alto o cultiva el rijo con el personal menudo a su servicio. Al poseer sus huellas dactilares, ese individuo es lo más alejado de una quimera y lo más cercano a una pesadilla.
¿Y qué decir de esos mahometanos que visten de chilaba y se tocan con turbante que suben y suben los precios del barril de petróleo como el que eleva una cometa? Nos pueden resultar más extraños por sus vestimentas orientales pero no tardamos en reconocerles y odiarles como los causantes que son de que nos suban la gasolina, los tomates, las aspirinas y los helados.
¿Qué hacemos contra ellos? ¿cómo combatimos su influjo maléfico? ¿cómo nos protegemos de sus designios perversos?
La televisión ha desnudado los misterios y ahora vemos que sin misterios nuestra indefensión es mayor.
Habrá que recurrir al vudú.

03 noviembre, 2007

Venda. Por Iñaki Ezkerra

Representamos a la Justicia como una señora que sostiene una balanza en una mano y que lleva una venda puesta en los ojos. Esa venda simboliza la igualdad de los ciudadanos ante la Ley. Esa venda quiere decir que la Justicia debe aplicarse de un modo sistemático, indiscriminado y continuado, esto es que quienes la administran no pueden andar mirando dónde, cuándo o a quién van a aplicarla y menos supeditarse a un uso parcial, selectivo o táctico de ésta que le dicte un gobierno o cualquier otro de los poderes del Estado y menos en nombre de ningún criterio partidista ni de ningún objetivo político.

Pues bien, estas ideas que son básicas y elementales, estas verdades que son de Perogrullo parece que todavía no están claras entre nosotros. No lo están hasta el punto de que hay quienes se han tirado las tres décadas de nuestra democracia buscando el modo de quitarle la venda a la Justicia, de correr unos centímetros la venda para que esa buena mujer pueda ver un poco por encima del trapo, de hacerle unos agujeritos que se nos quieren presentar como veniales e inocuos cuando desvirtuarían su propia esencia y la convertirían justo en lo contrario de lo que es, en pura injusticia. No sé si se han dado cuenta de que una venda con agujeritos no es una venda sino un antifaz de caco. Aquí hay quien quiere convertir la estatua de la Justicia en un monumento a los “golfos apandadotes”, que son aquellos hermanos gorditos y delincuentes que salían en los tebeos de Walt Disney con unos antifaces de nacimiento que eran ya como una parte de la piel y que siempre andaban tramando la manera de asaltar el almacén del tío Gilito.

La cuestión de la Justicia no admite términos medios. Como la gestación o la muerte. No se puede “medio ilegalizar” a un partido como no se puede “medio embarazar” a alguien ni “matarle a nadie un poquito”. Como el juez que juega a eso y el fiscal que se adapta “a las nuevas circunstancias” por consigna de un Gobierno o los intereses de un partido no es un “medio juez” ni un “medio fiscal” sino un mal fiscal y un mal juez que están prevaricando a la vez que incurriendo en una antipedagogía de manual. Si la Justicia es rehabilitadora debe ser también pedagógica. Reinserción y pedagogía son conceptos que caminan juntos. Encarcelar a un tipo por el mismo hecho por el que un mes antes se le llamó “hombre de paz” es antipedagógico como castigar a un crío porque sí, por lo mismo por lo que se le premió el día anterior. Si ésa es la forma segura de crear niños monstruos, ¿qué no ocurrirá con
unos adultos que ya de por sí son lo bastante monstruosos?

Hay quien es muy sentimental y sufre al ver la venda que luce la estatua de la Justicia y se enternece ante la dama de piedra y hace ideología contra ese trozo de tela y quiere quitárselo. Y luego se lo pone a un ciudadano para pegarle un tiro en la nuca.
(Publicado en El Correo el 15 de octubre)

02 noviembre, 2007

¿Quién los elige?

Como medio país, he visto el vídeo con la inefable intervención de Isabel Teruel, diputada de las Cortes de Aragón. Debutaba como portavoz del PSOE en la Comisión de Educación, Cultura y Deporte del Parlamento Aragonés. Me he reído mucho, pero con un toque de perpleja amargura.
Sí, ya sé, estaría nerviosa o se habría metido un chute de coca-cola con aspirinas, compuesto que, según una leyenda urbana –y rural- de mi juventud, era mano de santo para poner a cien a cualquier chavala de por sí retraída. Con todo y con eso, lo que no puede ser no puede ser.
¿De dónde ha salido esta mujer? Que se sepa, no la han pillado a bote pronto en una pelu el día antes de su intervención sonada ni la han elegido a sorteo como a los miembros de un jurado, que manda narices también imaginarla en un jurado juzgando de vidas y haciendas de algún inadvertido acusado. Es diputada, cobrará su hermoso sueldo y se supone que habrá superado en su momento los codazos en su partido para ir en puesto seguro en las listas electorales. Además, hace poco la nombraron portavoz de Educación del partido. ¿Qué méritos –confesables- había hecho para tanto privilegio? ¿De quién es amiga? ¿Cuál ha sido su trayectoria anterior en el partido y en la política aragonesa? ¿Qué oficio tenía? ¿De quién es hija o cómplice? ¿A qué dedica el tiempo libre? ¿Quién la asesora? ¿A quién asesora? ¿Cómo se lo monta cuando no hay una cámara enfrente? ¿Cuánto cobra como representante de los aragoneses? Demasiadas preguntas y cuán fácil echar a volar la imaginación para responderlas.
Sonrojado hasta el lucero del alba con su discurso tan churri, la cesaron fulminantemente de su portavocía, para no seguir quedando en evidencia. ¿Quién queda en evidencia? Ella, la pobrecilla, se ve que es inimputable del todo. Un corazón tendido al sol. Un alma cándida. Toda naturalidad, tan amorosa. Llamó cariño al Presidente de la Cosa que, si no me equivoco, es de su partido y se apellida Larred, mira por donde. Lo hará con todo el mundo, se supone. O no. Pero el caso es que apareció en las listas de su partido, paracaidista con rulos. ¿Nunca habían hablado con ella? ¿No la habían escuchado nunca? ¿En la intimidad es más comedida o más efusiva aún? Tiene el alma llena de bordados y puntillas, eso salta a la vista. Una política de Angora. Pero ¿quién frecuentaba su alma política? ¿Quién ronroneaba con ella sobre elecciones, con ele, y programas?
Ahora todos haciéndose cruces, esto no me puede estar pasando a mí. Tan mona que parecía, tan humana. La negarán tres veces, y las que haga falta. La abandonarán en una carretera del Pirineo. Ella nunca lo haría. Pero ¿nadie se va a hacer responsable de su adopción anterior? Imagino que alguien se la topó un día, la vio desvalida y peluche y se dijo vamos a hacerla diputada, para que tenga algo más que comer. Pues que ese alguien dé la cara y diga fui yo, o a mí me gustan así y yo soy el que manda en las listas; y en las tontas. Cabe pensar que la escogieran por el talante, cuando lo del talante se llevaba. Pacifista sí parece, y bien dada a los consensos múltiples. Ya puestos, mejor estaría entre el personal de la Moncloa, una más de aquel ejército de churris y churros, tal vez encargada de ponerle a Z los azucarillos en el café, o de echarle la loto sin riesgo de fuga si hay premio.
Mal de muchos, puteo de ciudadanos. No es descartable que los parlamentos autonómicos estén bien repletos de personal así, todo dulzura y nulo seso. ¿Qué hay que votar hoy, cariño? Anda, explícamelo tú, que tú sí que sabes y me quitas los aturdimientos como nadie. Y no me vengan con las dichosas cuotas, pues seguro que abundan los parlamentarios varones así de moñigotes. Se nos está poniendo la democracia edulcorada y real como la vida misma, con listas tan listas y tan entrañables. Tiene razón doña Isabel Teruel, ¿cómo se valora algo tan intangible?
Y luego critican al pobre Calígula por lo del caballo, Incitatus, que quiere decir impetuoso. Jodidas coincidencias. Incitatus, el caballo, llegó a cónsul. Cuando perdió su única carrera, el emperador Calígula mandó matar lentamente al auriga, para que sufriera. Verás como aquí se la carga un ujier del Parlamento de Aragón. Porque alguien tiene que responder, ¿no?

30 octubre, 2007

El cambio climático y Luhmann

Niklas Luhmann era un jurista y sociólogo alemán que el nuevo pensamiento de orden y pancarta tiene por conservador. Así que ojo al dato y a tomárselo en serio. Luhmann desarrolló una muy peculiar teoría de sistemas con la que explica el funcionamiento de las más variadas instituciones y prácticas sociales. Bebe originariamente en la teoría cibernética y el funcionalismo, a los que sumó luego la teoría de los sistemas autopoiéticos de Maturana y Varela. Pero no es momento de que nos perdamos en abstrusas elucubraciones.
Si me ha vuelto a la cabeza estos días es por el asunto de Rajoy y su primo, compañero éste, creo, de algún buen amigo sevillano de este blog. Habla Luhmann de legitimación por el procedimiento, cuestión a la que quiero referirme brevemente, para acabar en ese tema de actualidad.
Debatía Luhmann con Habermas, la otra gran cabeza de la teoría social alemana contemporánea. Habermas entiende que la legitimación de las instituciones sociales se basa en el consenso, un consenso social alcanzado a base de que todos los interlocutores interesados en la cuestión que sea sopesan reflexivamente argumentos y acaban poniéndose de acuerdo en la verdad o validez de las mejores razones que para cada tema cuenten, razones de fondo, razones de contenido. En cambio, Luhmann sostiene que de eso nada, que si hay acuerdos sociales que permiten a los ciudadanos aceptar decisiones, es porque funciona un elemento de fe, de confianza en la competencia y capacidad de los que deciden, pero sin que ésos que consienten entiendan de la misa la media ni estén en condiciones de dar cuenta del contenido de esas razones. ¿Qué entiende el común de los mortales de una ley de seguros o de una ley sobre telecomunicaciones, pongamos por caso, con sus bandas anchas, sistemas digitales y analógicos, ondas hertzianas y gaitas gallegas? Ni palabra. Sin embargo, díjolo Juan, punto redondo, la ley va a misa y aceptamos sus contenidos. Otro día leemos que han dado el premio Nobel a unos señores que han descubierto no sé qué cosa de la cadena de ADN y convencidos quedamos de que son importantes hallazgos, y bien verdaderos, ésos de tales científicos, ponemos la mano en el fuego por la verdad de sus teorías. ¿Y qué entendemos, la inmensa mayoría, de esas cadenas de ADN, si ni siquiera sabemos colocar las cadenas del coche cuando nieva? Ni jota. Pero si ellos lo dicen, ellos sabrán, con buen fundamento. Si la misma teoría, exactamente la misma, la formula un vecino nuestro que es funcionario de correos y no tiene carrera ni trabaja en un laboratorio, nos lo tomamos a chufla aunque tenga más razón que un santo. Por cierto, que los milagros de los santos también se los creen los fieles, y hasta muchos infieles, sin haberlos visto ni disfrutado y sin sospechar en qué parte de la chistera llevaban el conejo.
¿Entonces? Pues ahí es donde aparece la legitimación por el procedimiento. Lo que provenga de ciertas instituciones que trabajan con determinados procedimientos acreditados dentro del respectivo sistema –el de la ciencia, el del derecho, el de la religión, el de la economía…- goza de una aceptación social por razón de ese origen, no porque los ciudadanos dominen las respectivas claves ni comprendan el fondo de que se trate. El consenso social juega anticipadamente, es un acuerdo apriorístico, una disposición anticipada a creer lo que venga de donde debe: creemos que lo que el Parlamento aprueba como ley, ley es y bien está como ley; lo que los especialistas económicos calculen sobre el PIB del año próximo nos resulta fiable, aunque no sepamos ni desentrañar las siglas; lo que el Papa diga hablando ex cátedra como verdad de fe se toma, aunque no haya la gente visto jamás un alma ni un ángel ni tenga tratos habituales con el Espíritu Santo. Y lo que digan los que trabajan como científicos en sedes e instalaciones científicas, como verdad de la ciencia va a contar, aunque no se entienda ni papa, aunque sólo lo comprendan los científicos.
Lo del cambio climático puede ser un buen ejemplo. No digo yo que no tenga fundamento científico, líbrenme los dioses de echarme a los pies de los caballos como un vulgar Rajoy. Habrá cambio climático, pues la mayoría de los científicos dedicados a esos menesteres están diciendo que sí y uno no está en situación de contradecirlos, pues no es científico. Verdad es que en mi pueblo oía desde pequeño a los paisanos decir cada verano que el tiempo estaba loco y que ya no hacía los fríos de antes; o los calores. Pero será que ya había comenzado la movida en los Polos. El caso es que los que no somos científicos sólo estamos en situación de creer sí o sí, y de corroborar modestamente las aseveraciones de la ciencia con la observación de que esta temporada han estado más tristones nuestros geranios. No va a cumplir su papel social la ciencia si nos dedicamos a llevarles la contraria a los expertos, igual que no va a funcionar el Estado si cualquier mindundi se pasa el día poniendo en tela de juicio la competencia de los legisladores, o se va al garete la Iglesia si cada beata se lo monta de teóloga alternativa. Pero, repito, ¿en el fondo qué sabemos? Nada; o casi.
No hay ciencia posible, ni derecho ni economía ni nada, si la gente pierde la fe en las verdades de los que sientan las verdades. Sólo un científico puede cuestionar a los científicos, sólo un teólogo a los teólogos, sólo un economista a los economistas. Y ellos lo son por el tipo de dedicación que cultivan, los instrumentos con que trabajan y los métodos que aplican. Y punto.
También cuenta Luhmann que el progreso de la vida social se ralentiza cuando esos sistemas sociales –el de la ciencia, el del derecho, el de la economía…- son invadidos por sistemas ajenos. Cuando la ciencia se hace con criterio religioso, por ejemplo, o el derecho se practica con miras políticas, o la economía hace sus cálculos con pautas morales. Acabará entonces siendo verdad que Dios hizo a Eva con una costilla de Adán lisiado y que los fósiles engañan como bellacos, o las normas jurídicas se aplicarán buscando nada más que la justicia y a la porra la seguridad jurídica, o los tribunales se guiarán en sus decisiones por la consideración de qué beneficia más al gobierno o a la oposición, y adiós independencia judicial y derechos de los ciudadanos. Por cierto, esto último me suena de algo.
En el tema del cambio climático la ciencia se ha contagiado de política, pues el complicado discurso científico se está convirtiendo en eslogan político. Ya ven lo que entenderá don Z de los fundamentos causales del cambio climático; lo mismo que Rajoy: ni puñetera palabra. Cuando la ciencia se convierte en arma política suceden dos cosas temibles: se trivializa y se alteran sus resultados a conveniencia. No es que mientan los científicos, es que el político va a tomar de sus resultados lo que le convenga, como le convenga y para lo que le convenga. Y el día menos pensado acabarán quemando en una hoguera en plaza pública al científico que tenga la ocurrencia de llevarle la contraria a la ciencia oficial o, lo que es mucho peor, al que discuta la peculiar verdad científica que los partidos hayan convertido en estandarte electoral. Discurso político único, prietas las filas y neolengua. En ésas estamos.
A Rajoy se le fue la olla, seguro. Porque qué diablos sabe él en verdad del cambio climático. Y a su primo ni lo entiende ni puede entenderlo. Le toca creer lo que nos digan, como a todos. Corcho, pero Al Gore tampoco es un científico. Así que por qué habíamos de tenerlo a él por un gurú de la climatología. Porque cobra una pasta por las conferencias. Muy bien. Pero, ¿esas conferencias no deberían darlas los científicos? ¿No sería mejor asistir a sus discusiones, las de los científicos, en lugar de escuchar al nuevo sacerdote del dogma climático incuestionable? A un tipo, por hablar de ciencia, le dan el Premio Nobel de la Paz. Me parece estupendo, se le premia la buena intención y aunque haya estado en un gobierno que bombardeó lo suyo. Pero no le han dado el de Física, ojo. Así que mejor sería escuchar a los Físicos. Y los Físicos aún discuten sobre el cambio climático, sus porqués, sus alcances, sus efectos posibles. Los políticos no. La gente que hace de la ciencia mal digerida una nueva fe con la que machacar heterodoxos y conseguir votos, tampoco. La mayoría de los no científicos entregados a la causa del cambio climático se lo creen con la misma convicción con que los fieles cristianos están convencidos que una vez se abrió el Mar Rojo y allá se fueron los judíos, de la mano de Moisés, por el sendero marítimo. Al final, es la fe, a ser posible religiosa, lo que mueve montañas; y urnas. Y los políticos guiando al Pueblo de Dios al son de los telepredicadores.
No sé de qué vale perder la fe en la Biblia y su autor para acabar profesando la religión de Al Gore, la verdad. Aunque igual un día vemos al picaro yanqui elevarse en un carro de fuego. Todo se andará. A ver a quién le echan la culpa de lo del fuego y de lo que contamina el carro.

Jueces independientes

El amigo Lopera in the nest nos indica amablemente a todos un interesante comentario de Javier Caraballo en su blog. Merece ser destacado, ciertamente, y si pinchamos aquí, lo vemos.
Gracias, amigo Lopera.

29 octubre, 2007

Los lugares del sexo

Este título no es original. Un colega de Geografía me puso en la pista de una página web sobre un interesante sistema de debates que geógrafos de París organizan en cafés y en la web. Voy a mirar y me topo con un debate sobre este asunto precisamente, los lugares del sexo. En francés. Olalá. Echa uno un vistazo y se queda pensando.
Basta andar cerca de la cincuentena para darse cuenta de que sí han cambiado los lugares de la vida sexual. Allá en mi adolescencia aldeana había una muchacha de mi pueblo que tenía la fantasía del “avellaneru”, el bosque de avellanos. Caramba, poesía sí había ahí, y toda una mitología. El “avellaneru” era un lugar mental, seguramente más poblado de lúbricos trasgos que de seres de carne y hueso con ganas atrasadas. Los otros lugares eran la tenada, lugar donde se almacenaba el heno para el invierno, el monte, las esquinas más discretas de los prados, tal vez a la sombra de un castaño cómplice. También los caminos, en las noches estrechas en que los mozos y las mozas volvían de la romería, cargados de música los cuerpos y retozona el alma. No ha de extrañar, pues, que a alguno le quede con los años ese resabio de echarse al monte, aunque la vida sedentaria haya hecho de cada cual una pacífica amalgama de comodidad y lumbagos mentales.
De todos modos, en alguna parte deben de quedar retazos de esa sexualidad ecológica. No hace tanto que uno de mi pueblo y de mi quinta, que sigue viviendo de la labranza, me contaba sus andanzas campestres recientes, cuando se fue a cazar y se topó con una fémina que tomaba el sol en un valle nemoroso. Pero lo tomaba en top-less, y en ese dato se contiene ya un discutible elemento de contaminación cultural. Parece que su hallazgo acabó en húmedo ayuntamiento, para solaz de grillos, pájaros y puede que alguna prudente vaca perpleja. Por allá todavía son nación.
Luego llegó la sexualidad en coche, origen de catarros sin cuento y fuente de uno de los primeros y más sanos sentimientos de solidaridad. En las afueras de cada ciudad había refugios en los que al caer la tarde se iban apelotonando vehículos, generalmente modestos, que se batían cual si fueran asaltados por repentinos ataques de tos. Era un sentirse protegido y protector entre iguales, sabedores todos de que cualquiera que osara perturbar con malas artes el ejercicio amatorio de conductores y conducidas tendría que sufrir las iras de aquel ejército de automovilistas de calzón descapotable. Era cuando los nuevos modelos de coche se anunciaban con ostentación de sus asientos abatibles. Esos asientos supusieron una revolución de le geografía amatoria, ya que llevaron a la liberación del asiento trasero y a una convivencia más que problemática con la palanca de cambios y el freno de mano. Si hubiéramos sido más románticos los de entonces, muchos hijos deberían llamarse Simca o Seat, en lugar de Pedro o María.
Tampoco es descabellado que muchas crisis ulteriores de esas parejas nacieran del acceso legal a la cama, cuando la relación estuvo bendecida por la Iglesia y el Código Civil, pues seguro que más de uno y de una echaron de menos sin remisión aquellas torsiones, aquellos cristales empañados y la luz de la luna, que era la de los poetas del cuerpo motorizado.
Tengo entendido que hoy las cosas son bien distintas. A ver, si no, cómo se explica esta eclosión de hoteles en las afueras de cualquier ciudad o villorrio. No puede haber tanto representante de comercio, sin duda, ni tanto turista que evite la proximidad de los monumentos propiamente dichos. Por no hablar de la carga semántica tan particular que lleva ese concepto hotelero de habitación individual de doble uso, que expresa el doble uso individual que se hacen esos amantes más o menos ocasionales, solitarios amores compartidos. Esos hoteles tienen espíritu extraterritorial, vocación de paréntesis, celo de alcahueta, complicidad de vieja yaya chocha.
Los hoteles han significado la democratización del amorío, el sexo popular con talonario de diez noches. Otra ventaja, si lo es, del Estado del bienestar. En aquel entonces una cama de hotel era pura ensoñación de enamorados sin posibles, utópico lecho ignoto, al alcance sólo de jefes de oficina con secretaria consentidora y esposa miope. Hoy las relaciones sexuales más esquivas se refugian en los moteles, esas construcciones con nombres de exóticos lugares caribeños, donde el amor se hace anónimo y ciego y donde el coche aguarda a buen recaudo y nostálgico, mientras su dueño o dueña se pierde en trámites de Visa y mandos imposibles del jacuzzi.
También estamos en época de deslocalización del sexo y de trabajo a domicilio. En la alcoba de muchos la herramienta sexual es el ordenador, con su webcam de reglamento para que una persona se haga el amor a sí misma con la vista puesta en otra que también se lo hace a mil kilómetros, atentas la una y la otra a que no se despierten los niños o no se levante a mear la pareja legal, que sueña plácidamente con un ascenso laboral o un golpe de suerte en la bonoloto.
La geografía sexual es contradictoria y casquivana, esquizofrénica incluso, pues es común que los amantes cómodamente instalados en su nido habitual viajen mentalmente a sitios lejanos y a parajes equívocos, mientras transitan el cuerpo suyo de cada día según el uso y la costumbre del lugar común. Los lugares de la fantasía suplen con solvencia el hastío de los espacios sabidos y se pueblan de susurros, presencias, guiños y variadas luces. No suelen los amantes estar donde se encuentran y algún día se deberá hacer el catálogo de esos imaginarios lugares y el índice de sus habitantes recurrentes. Se encontrarían allí espontáneamente y entre risas y sorpresas muchos que ni se hablan ni se saben copropietarios de semejantes ubicaciones imaginadas.
Quién no ha visto de pronto, en los ojos tendidos de su pareja, un reflejo de mares, una oscuridad de noches lejanas, una multitudinaria presencia de amigos y conocidos. Quién no se ha preguntado qué obra se representa al otro lado del telón cuando los párpados caen y apunta una sonrisa en lontananza y las manos que acarician se ponen a jugar con el aire. Comunicación difícil la de las parejas, pues, de haberla, habrían de conversar al final del revolcón sobre dónde estuvo cada uno, adónde había volado el alma de cada cual mientras al otro le prestaba el cuerpo con pacto de devolución. Porque el espíritu de los amantes es etéreo, huidizo, inestable y caprichoso, siempre viajero, explorador, atrevido y desvergonzado. Luego, tras narrar el viaje y sus peripecias, los amantes civilizados tendrían darle las gracias a esa geografía secreta que acaba en la feliz quietud del estar allí sin propósito de irse propiamente. De momento, o salvo que un día, al fin, quepa viajar juntos, aunque sea en vuelos baratos y con bancotel.

27 octubre, 2007

Viva el Derecho penal, amigo.

Ando un poco malhumorado algunos días y no sé muchas veces qué hacer para desahogarme o para desquitarme de lo torcidas que se presentan ciertas horas. Pero ya tengo la solución. La próxima vez que se me cruce el cable salgo a la calle y me lío a patadas y hostias con alguna niña, a ser posible extranjera y sin sangre ni azul ni real. Supongo que luego me quedaré sereno, aplacado. Procuraré, eso sí, que a ella no se le rompa ningún hueso. Una buena somanta, pero administrada con cabeza, sabiendo dónde y cómo se pega para que duela bien pero no deje secuelas de ésas que se cuentan a tanto de indemnización por día.
Menos mal que nos queda alguna salida así. Si esa chavala fuera mi pareja, sólo por amenazarla levemente de palabra, sin tocarle ni un pelo, ya se me iba a caer el pelo a mí, que si policías especializados, que si fiscales especiales, que si jueces acojonados. Pero no hay tal problema, le pego a una tía que no conozca de nada, y listo, así no es delito de género. Porque el género en estos casos tiene que estar emparejado, por lo que veo. Si grito ETA mátalos o una gilipollez tal, me meten p´alante poco menos que como si hubiera puesto yo mismo una bomba. Bah, pero pegarle unas leches, así porque sí, a una jodida chiquilla extranjera no es para tanto, desde luego. Si en lugar de emprenderla a coces con la cría en cuestión, quemo en la calle una foto del Rey, al personal le parece mucho peor y me pone todo dios de vuelta y media; así que mucho mejor golpe a inmigrante en vivo que a miembro de la familia real en efigie. Si niego el holocausto, me empuran hasta dos años de prisión, pero si actúo como si fuera yo de las mismísimas SS y la jodida joven fuera judía, no hay para tanto. Si conduzco bastante borracho cabe hasta que me metan entre rejas, pues pude matar a alguien; si me lío a patadas con una chica asustada, no pasa nada tan grave, pues no la maté. Cada día me gustan más ésos que mi abogado llama delitos de peligro abstracto y que son los malos de verdad.
El día que pille en el bus a la hija menor de algún diputado, ministro o hasta presidente, le voy a arrear unas patadas en el culo y unos escupitajos. Tengo mucha curiosidad por ver si esto del Derecho penal es como parece o si más bien depende.
También me gusta mucho lo pacífica y pacifista que es la gente que viaja en metro. A lo mejor pensaban que la niña era kurda y yo un primo del Sadam aquel. Mola.
Heil.

26 octubre, 2007

Despendole constitucional

Pues me da exactamente igual quién tiró la primera piedra, quién le pone a sus actos y recursos más mala fe o quién es más impresentable. Pasado un cierto grado de indecencia, ya no importa el resto o si hay otro que es peor aún. La puñalada número mil ya no duele; la anterior, lo mismo. Y no vale tampoco que se lamente a toro pasado del sádico que se cargó a la víctima. A burro muerto, la cebada al rabo. Y entre todos lo mataron.
Cada vez parece más obvio que esta Constitución tampoco va a colar en este país por mucho tiempo, ni este modelo de Estado ni este hábito de convivir bajo el Derecho y con unas pocas garantías. No nos va esta marcha, y punto. Nos gusta más un payaso tipo Chaves. Lo tendremos. Casi lo tenemos ya. Tampoco hay gran tradición a la que acogerse y hasta nos viene de vez en cuando la nostalgia de los goyescos cachiporrazos. Cada vez son más por aquí los que añoran el aroma de las tapias de cementerio al alba. De momento tal vez nos entretengamos aún una temporada desenterrando muertos o beatificándolos. A ver qué pasa cuando se nos acaben. Habrá que hacer más.
En estos treinta años de Constitución del 78 habrá habido políticos buenos y malos, honestos y corruptos, ilustrados y lerdos; pero semejante conjunción de sinvergüenzas sin principios, tal aglomeración de mentecatos sin seso, tamaña apoteosis de gañanes sin escrúpulos no se había visto nunca. Si me apuran –y miren que es muco decir- ni en los tiempos de la dictadura. Con esto ni quiero hacer buena a aquella dictadura odiosa ni pretendo dar salvaguarda moral a los que en ella gobernaron, sino nada más que señalar que por el hecho de dedicarse a la política en democracia no se es sin más demócrata, pues puedes aprovecharte de ella o entenderla a tu dictatorial y putrefacta manera. El político demócrata y poseído por la convicción de la superioridad moral y práctica del Estado de Derecho ama las reglas de juego de ese Estado por encima de cualquier otra consideración, y prefiere su sana vigencia incluso frente a su personal éxito o la victoria de su partido. El otro, el que en la Constitución sólo ve ventaja, pero nunca límite, el que gusta del juego sólo mientras gana la partida, el que no tiene empacho en jugar con cartas marcadas y, además, se escuda siempre en que todos en el fondo son tramposos, es un hijo de la gran puta que no llegó a tiempo para chupar de la dictadura y quiere convertir la democracia en un sucedáneo de aquélla.
Hay palabras fuertes en el párrafo anterior. Pues es porque hacen falta y porque las cosas hay que decirlas en el lenguaje de la gente y de todos los días; no podemos seguir con tanta mordaza y tanto miramiento. Alguna vez se demostrará para qué sirve tanto cuento con lo políticamente correcto y tanta censura mental y lingüística. Es pura añagaza, vale para que se vaya perdiendo en sociedad el uso de la crítica, la habilidad para la ironía, la capacidad para expresar el hartazgo y el enfado. Quieren dejarnos sin palabras, ponerle sordina a nuestras protestas, aplacar esa capacidad que tiene el lenguaje para soliviantarnos ante el abuso y el fraude. Ah, no debemos decir hijos de puta, ¿verdad? Es mejor proclamar cosas tales como que hay un desfase estructural entre las acciones que el sistema requiere y la capacidad de los sujetos para un rendimiento acorde con la función institucional. Eso, y de paso parece que sabes algo. Inmenso reino de impostores y cobardes. Basura, escoria, palabrería vacía. Lo que está ocurriendo en este país nuestro no se explica ni con jerga posmoderna ni con las categorías más serias de la Ciencia política. Dada la naturaleza de lo que pasa, el único lenguaje que se le ajusta es el de la calle, el de la gente. Y en esos términos la explicación es sencillita: estamos en manos, aquí y ahora, de unos partidos políticos a los que la Constitución, la democracia, los supremos órganos del Estado y las garantías del ciudadano les traen absolutamente al fresco. Unos partidos que han conseguido destilar para sus puestos de mando a los dirigentes más falsarios, intelectualmente más insolventes y éticamente más abominables. Unos partidos desideologizados, salvo que por ideología entendamos en el PP cuatro monsergas obispales y un arriba España a la antigua usanza, y salvo que pensemos que es ideología lo que conserva este PSOE abducido por el Forrest Gump cazurro que perdió el último escrúpulo moral el día que decidió ganar unas elecciones aprovechando un atentado terrorista salvaje que acababa de ocurrir, y que de sus poquitos años de profesor de Derecho político no conserva ni un vago recuerdo de lo que significa vivir en Estado de Derecho bajo una Constitución democrática. Él nació para mandar en república bananera y ahí va, orgulloso y camino de conseguirlo plenamente y con la inestimable ayuda de sus iguales de la oposición.
Llueve sobre mojado, pero la noticia de hoy es que definitivamente se van a cargar entre todos el Tribunal Constitucional. Seguramente estaba muerto ya, pero se ensañan. Unos y otros, ya lo he dicho. En estos momentos nada más ocioso, repito, que embarcarse en bizantinos debates sobre si está más justificada aquella recusación o ésta, la anterior o la siguiente. Da igual. Tanto el Gobierno como la oposición practican la deslealtad constitucional con un celo digno de peor causa. Se dirá que exagero, pero esta campaña coordinada y sistemática para ir dejando en nada la función constitucional y el sentido de instituciones como el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial y otras viene a equivaler a un golpe de Estado silencioso y metódicamente ejecutado. Díganme sino. Después de un golpe de Estado antidemocrático lo primero que los gobernantes nuevos van a hacer es someter y controlar férreamente a la judicatura, acabando con el último vestigio posible de separación de poderes. Los nazis en el 33, después de desmontar el andamiaje constitucional de Weimar, no derogaron la Constitución del 19, sino que mantuvieron, con el apoyo de sus perezrroyos particulares, que todas aquellas medidas eran perfectamente constitucionales, fruto de un estado de necesidad del Estado y expresión de una revolución constitucional ejecutada en nombre de la justicia y de los supremos intereses del pueblo. Bien, ¿y puede haber alguien hoy aquí, ya sea del PSOE o del PP, que en su fuero interno no sepa que entre los unos y los otros no están dejando de la Constitución ni los huesos y han llegado ya a quitarse de en medio hasta al mismísimo guardián de la Constitución, el TC? Pobre Constitución, con semejante pandilla de camándulas velando por ella. Que se dé por jodida.
Es gracioso, porque por un quítame allá esas pajas aquí procesan a unos cuantos por conspiración para delinquir; o por quemar unas fotos o dar cuatro gritos a favor de ETA te empitonan como enemigo del Estado y la Constitución. ¿Acaso no son, para la Constitución y para el Estado de Derecho, mucho más peligrosos Zapatero y Rajoy, Zaplana y Pepiño? ¿Acaso no es mucho más radical la disolución que ellos están logrando de las estructuras estatales que todo lo que en su maldita vida hayan podido o puedan nunca soñar los tarados y psicópatas de ETA ? Son unos traidores y unos golpistas. Y unos malnacidos.
También llaman mucho la atención los titiriteros, los saltimbanquis del circo este. Ya ven, llegar a magistrado del Constitucional para eso, para convertirse en esbirro servil de cuatro carcamales sin luces. ¿A ti quién te propuso para el cargo, vida? A mí el PSOE. Ay, entonces ya sé lo que votas, so pendona. Pues claro que sí, por lo mismo que yo sé lo que votas tú, que para eso te puso el PP, lagartona. Maravilloso. Tan importantes y tan poquita cosa. Sin pizca de autonomía. Dicen que es por no volver luego a la cátedra o a los estrados o a ver las obras con los jubilatas. Que si uno quiere ser embajador, que si la otra magistrada en Estrasburgo, que si el de más allá monagillo con Rouco. Indecentes. Mezquinos. Sumisos. Mierdecillas. Este larvado golpismo comenzó el día que a ellos los auparon a donde jamás llegarían por sus méritos públicos.
Deberíamos los ciudadanos que ni tenemos miedo ni nos entregamos por dinero ni aspiramos a más cosa que vivir en paz y libertad bajo un Derecho democrático ir pensando en salir a la calle un día. A pedir democracia y Constitución. A pedirlas a gritos. A pedirlas a hostias, si hace falta. A luchar contra la nueva y maldita dictadura. La dictadura de estos nietos de mierda.

Chorras que premian y premiados chorras

Esto hoy ha de ser corto, pues he viajado un poquito y ando somnoliento a esta hora nocturna en que escribo. Pero no quiero dejar que pasen los titulares de ayer, jueves, de la prensa de mi tierra. Pasaba fugazmente por el aeropuerto de Asturias y ojeé La Nueva España. Resulta que anteayer hicieron a Letizia hija predilecta de Oviedo. Bueno, ya se sabe cómo son las madres y lo muy peculiares que resultan a veces sus preferencias por estos hijos o aquellos. La predilecta de Oviedo es estos días la Leti. Pues muy bien. Además, hay por allí alboroto mediático, pues se entregan los Premios Príncipe de Asturias, que también podrían llamarse premios cal y arena, pues unas veces aciertan a dárselos a gentes que le han servido para algo al mundo o saben al menos hacer la o con un canuto y otras veces los regalan a cantamañanas comunes y corrientes, aunque generalmente suertudos y con algo de pasta. Miren este año por ejemplo, ahí tienen a Michael Schumacher y Dylan. Como si la Fórmula 1 fuera un deporte y no un mercado en el que los dueños de las escuderías compran a la carta modelos blancas y negras, y como si el Schumacher fuera un caballero de los circuitos. ¿Y Bob Dylan, premio de las Artes? Lo del arte va como va, ya se sabe. Sí, mucha poesía en sus letras. Y yo con estos pelos. Como si no hubiera poetas de verdad a los que premiar, aunque no llenen estadios y hasta su madre se avergüence de que hagan versos y lugar de planear opas. Y ritmo en sus canciones, claro. Como si no hubiera por el mundo músicos. Encima, y para colmo del ridículo, he oído que el Bob no se digna acercarse a Oviedo, pues tiene concierto en Nebraska. Ay qué disgusto, hija mía, yo que iba a pedirle un autógrafo y un rizo cano. El pobre pensará que Oviedo está en el Congo y que los asturianos son una tribu antropófaga de allá. Si hasta tienen Príncipe, se dirá, aterrado, el artista...
Pero lo que más me ha gustado hoy de los diarios astures son los titulares con las declaraciones de nuestra Princesa, toda llena de ángulos y dientes. En Oviedo, al recoger la maternal distinción municipal declaró que en esa ciudad aprendió ella a amar a Oviedo mismamente y a España toda. Fíjate qué original. Lo peculiar hubiera sido que se hubiera adiestrado allí en el amor a Helsinki o en la pasión por el Benelux. En cualquier caso, a los periodistas, que son un gremio con una sensibilidad especial, tipo lombriz de tierra, les ha debido de parecer la bomba el aserto de la Leti y en letras grandes lo han puesto. Tan monos todos. Y ya el no va más es cuando también leemos en tipografía mediana que la hija predilecta de la vetusta Vetusta ha afirmado que las infantas ya saben que sus papis llevan Oviedo en el corazón todo el santo día. Joer con las infantas, qué despiertas y qué precoces. Debe de ser la diferencia entre la sangre real de las infantas y la irreal de los bebés de tipo mierdecilla que nos gastamos los de la plebe. “Pfrrrsmmsdmmm, Pfrrrsmmsdmmm”. “Ay, alteza, mire qué ruiditos está haciendo doña Leonor”. “No son ruiditos, idiota, está cantando el Asturias, patria querida”. “Ondia la criatura”.
En fin, que si eres Princesa, aunque sea de rebote y a base de hacerle al heredero torniquetes con las pantorrillas en el cogote, te aplauden hasta las pedorretas. Ya lo dijo Victor Manuel, aquel trovador nuestro que se fue a Madrid y se aburguesó a base de conciertos para el Pecé: y la gente por el prado no dejará de bailar, mientras se escuche una gaita y haya sidra en el lagar. Pues eso.

24 octubre, 2007

Culos. Por Francisco Sosa Wagner

Pues ahí tenemos hoy a nuestro muy querido amigo, Paco Sosa Wagner, nada menos que en la última de El Mundo, poniendo su sello ese torneo de las mejores plumas que es "La columna de Umbral". Enhorabuena y disfrutémoslo.
Culos. Por Francisco Sosa Wagner.
Una empresa de lencería ha convocado un concurso de culos, buena noticia para quienes tememos que las delgadeces puedan conducirnos a un declive irreversible del culo y con ello a un naufragio social de imprevisibles consecuencias. Gómez de la Serna, a quien tanto admiró el inquilino de esta columna, dedicó un libro a los senos, pero está por hacer el de los culos.

Los culos han de ser vistos como un calidoscopio porque son capaces de fabricar infinitas combinaciones. Hay culos asimétricos, que se dividen en dos nalgas caprichosas, incoherentes, con un punto de adorable desorden. Sin embargo es simétrico cuando las porciones carnosas se manifiestan en ejemplar concierto y en sutil armonía.

El culo describe una curva que es redondez y esfera. Una observación que el culo nos depara es ésta: el culo alberga muchas geometrías pues se apropia de ellas para saciar su apetito geométrico. De ahí que se pueda sostener que hay en él redondez, esfera y curva. Pero también describe un arco formado por dos porciones que se cortan componiendo una punta en la parte superior, flecha que nos indica el camino del abandono de un espacio para entrar en otro, el de la espalda, pleno de enigmas y de vibraciones. Arco pues el culo. Y arco iris, lo que se observa cuando, en la playa, vemos un culo desnudo sobre cuya superficie reverberan los reflejos del sol y de ojos sedientos, ojos que emiten cuchillos como destellos.

Hay también, ay, el culo plano, un descampado que descubre demasiadas carencias a un tiempo. El culo, por su sagrada condición, debe ser un arcano, superficie donde aterrizan audaces cabriolas imaginativas, promontorio para las hipótesis y las conjeturas. Pues bien, en el culo plano todo se ve de antemano. De ahí su fracaso al ser explanada donde se pueden realizar ejercicios simulados con balas de fogueo pero nunca un lugar apto para entrar en batalla con fuego real. El culo plano es culo de desmonte, encalladura de la anatomía y de las ambiciones.

Ahora bien, un respeto para el culo plano. Porque es también un monumento a la virtud: inspira la práctica de las cardinales, prudencia, fortaleza y demás, pero también de las teologales, esperanza, caridad, fe. Es un acicate para la práctica de la oración y a quien propenda al ascetismo puede conducirle al cenobio, al apartamiento puritano de las tentaciones mundanas con todo lo que ello alberga de edificante.

El culo es asimismo círculo. Ha de saberse que el círculo vicioso es en puridad el culo, escenario donde se pueden practicar varios de los más acreditados en el enredado mundo de las licencias. El culo, bien usado, nos pone en órbita y, si nos evoca por su redondez al anillo, es porque este es el adorno de respeto que usan los obispos y los planetas de prestigio como Saturno.

Nos sentimos atrapados por el culo-círculo. Hay que tener en cuenta que en círculo se torea y se juega y que en el centro del círculo mágico es donde se convoca a los espíritus para que no vaguen sin ton ni son. El círculo es cerco y a la mujer se la conquista cercándola con albórbola de señuelos. Sólo cuando se la tiene cercada entra en el círculo de nuestros deseos, es decir, se está en condiciones de llegar a su culo.

Culo, alarde de geometrías, eslabón de eslabones. El culo es la corona que ciñe el cuerpo en un punto delicado, allí donde corre el riesgo de desparramarse y de perderse en inútiles huidas.

22 octubre, 2007

Albricias, ya sé qué es el llionés y quien lo vende.

Ay, ay, ay. Y yo que pensaba dedicar los próximos meses a perfeccionar el inglés -oxidadísimo-, el alemán, el francés y el italiano, y hasta pretendía ponerme en serio y de una vez con algo de portugués. Nada, nada, cambio urgente de planes: me aplico al llionés en cuanto pase el mes de mortificaciones que me voy a imponer, a partir de ya mismo, por haber hecho coñas de una lengua de la que se hacen lenguas las crónicas más vetustas y los investigadores de aquí curtidos en Italia.
Maldita sea, vive uno encerrado entre libracos y ajeno a las demandas sociales, al sentir popular y al río caudaloso de la historia. Claro, asturiano grandón y jurista teórico abstraído en disquisiciones de la fría doctrina internacional sobre la cosa de las leyes, me olvidé de vivir, que diría Julio Iglesias. Menos mal que los milagros existen y se han democratizado gracias a google. Pues google, nueva deidad omnisciente, omnipotente y ubicua, amén de gratuita y que no exige sacrificios humanos, me acaba de mostrar que la lengua leonesa existe y que don Abel Pardo, un muchacho con el que hasta comí un día, hace años, es su profeta. Alabado sea el Señor de los Anillos, el de las Moscas y el de las Filologías.
Fíjense, no me había enterado de que todos los reyes de León hablaron en leonés hasta en la intimidad, de que esa real locuacidad no ha impedido que la UNESCO haya declarado recientemete que el leonés es lengua "seriously endangered", que traducido al idioma de esta tierra debe de sonar más o menos así: "el peligru acéchala muchu". Desconocía también este humilde servidor de ustedes que el llionés había llegado hasta Huelva, de lo que deduzco que las famosas y deliciosas coquinas de Huelva se llaman así por influencia nuestra.
Claro, según se nos cuenta en el documento que a continuación transcribiré, nos quedamos sin lengua cuando el reino de León perdió la independencia, hecho que, como todos sabemos, ha sido reiteradamente comentado por los más afamados historiadores. Qué putada. Habría que recuperar la independencia esa, qué diantre. Y como en una parte de Portugal también se habla leonés, igual pillamos por ahí salida al mar; por ahí o por Asturias, si los tercos astures, que también debieron de perder la independencia varias veces, entran en razón y reconocen que en realidad el bable o asturiano no es más que leonés mal hablado, pues todos sabemos que los hechos históricos proceden siempre de adelante hacia atrás, y un, dos, tres.
Y miren esta conclusión: "Los leoneses hemos sido capaces de desarrollar un idioma propio, el nuestro, que es el máximo exponente de nuestra cultura y el que ha dado forma a nuestra manera de ver el mundo, de sentir el mundo". Manda cojones. Toda la vida llevamos los asturianos preguntándonos por qué seran tan raritos los cazurros y va a ser por una cosa que tienen en la lengua. Por cierto, ¿será Zapatero, alias Z (mejor sería ZZ, pero no se les ha ocurrido), así porque ha mamado esa lengua?
Caray, el inventor del leonés fetén es un muchacho joven que firma sus escritos de periódico como Dottore in Lingua e Cultura Italiana per Stranieri. Mamma mia. Babel a tope. Con un par. ¡Y tiene entrada en Wikipedia!, supongo que redactada por algún filólogo de Massachussetts admirador de su obra. Llegará lejos. Este mundo, ya se sabe, es de los pillos, de los pícaros, de los descarados, de los dottores. Dan ganas de apearse urgentísimamente.
Bueno, este texto que aquí les copio pueden verlo en varios sitios de la red, como éste o éste, y creo que lo publicó su perpetrador en un periódico de León, La Crónica-El Mundo. Para que luego digan que es difícil publicar en los periódicos o que éstos no apoyan bastante la creación literaria. Allá va, como agua:

La Llingua Llïonesa, el idioma propio del Reino de León

La lengua leonesa, el idioma propio de los leoneses, podrá estudiarse en los colegios a partir del presente curso escolar. Ello viene a frenar el anacronismo de que la lengua leonesa, idioma en el que hablaron todos los reyes de León, idioma de prestigio en la Edad Media, lengua reconocida oficialmente por la UNESCO y lengua peninsular en la que se escribió el primer texto escrito en romance (Nodicia de Kesos, siglo X) fuera el único idioma peninsular que no se podía estudiar en su territorio.

El leonés es una lengua. Una lengua hablada en España y Portugal. Científicamente, filológicamente, y estructualmente cualquier otro tipo de afirmación no tiene ningún tipo de base. El reconocimiento de los estados lo da la ONU y el de las lenguas también, a través de la UNESCO que es la sección de la ONU que se encarga de la lengua y la cultura. La UNESCO reconoce a la Lengua Leonesa y la cataloga además como “Seriously Endangered”. Por tanto, la ONU reconoce no sólo que el Leonés es una idioma, sino que es una lengua que se habla, que está viva y que además posee hablantes patrimoniales maternos, es decir, niños que aprenden a hablar en Leonés, aunque advierte sobre que la no escolarización del Leonés podría provocar que ésta fuera la última generación en la que los niños ya no aprenden leonés como idioma materno.

El Leonés es una lengua que surge como tal, a nivel escrito, ya en el siglo X con la Nodicia de Kesos, primer documento romance de la península Ibérica. Una serie de Fueros, de escritos, y de esbozos de literatura comienzan a dibujarse durante toda la Edad Media, donde la Lengua Leonesa se extiende desde el Cantábrico hasta la actual provincia de Huelva. Todos los reyes leoneses hablaron en Leonés, que sería, en términos actuales, la lengua oficial del Reino de León.

Dentro del dominio lingüístico leonés puede entreverse que comenzó a cuajar una normativa medieval leonesa a finales del siglo XIII y en el siglo XIV. Esta normativa sería la de la corte, es decir, el leonés propio de la región entorno a la ciudad de León, que se impondría por el peso de ser la sede regia.

Con la pérdida de la independencia del reino de León y la imposición del castellano se corta de raíz el proceso de estandarización del Leonés, quedando reducido al uso oral. Al ser substituida la lengua propia por el castellano en la documentación, y al verse reducido su ámbito a las áreas menos desarrolladas, el leonés comienza su declive. Por tanto, el grado de soberanía del reino leonés es directamente proporcional al nivel de reconocimiento de la lengua propia de los leoneses. A menor soberanía, menor peso de la lengua, a mayor soberanía, mayor presencia de la lengua.

Menéndez Pidal, y Leite de Vasconcelos, entre otros, “redescubren” el Leonés entre finales del siglo XIX y primeros del XX tanto en el estado español como en el portugués. Comienzan los estudios, se realizan algunas publicaciones (vocabularios, historias, cartas...), especialmente en lenguajes muy dialectalizados y parcialmente castellanizados, hasta la Guerra Civil, que provoca un descenso en la realización de este tipo de estudios. Paralelamente, en otros dominios lingüísticos, como el catalán, se realizan progresos de cara a normativizar y normalizar sus idiomas propios, como el I Congreso de la Lengua Catalana o la Fundación del Institut d’Estudis Catalans. El Leonés por su parte se ve reducido a una mera “peculiaridad”, digna de estudio y caracterización por parte de los filólogos.

Con la llegada de la transición comienza el proceso de recuperación en Asturias, que genera una normativa propia y segregacionista con respecto al resto del dominio lingüístico, creando la “Academia de la Lengua Asturiana” como una institución del Principado de Asturias y circunscrita a ese ámbito territorial, basada en los dialectos centrales asturianos y cerrándose en sí misma. Cuaja el “asturiano” como un idioma independiente, y se reconoce el Bable en su estatuto de autonomía. Por su parte en Miranda (territorio de cultura leonesa perteneciente a Portugal) se crea a finales de los años 90 una normativa basada en la ortografía portuguesa para regular el Leonés allí hablado, logrando el reconocimiento oficial del gobierno portugués y comenzando su inclusión en la educación lectiva y uso en instituciones oficiales.

En el medio del dominio queda el Reino de León, que logra en el presente año 2007 que se reconozca al Leonés en el estatuto de autonomía y que nuestro idioma, por fin, pueda estudiarse en los centros de enseñanza.

Los leoneses hemos sido capaces de desarrollar un idioma propio, el nuestro, que es el máximo exponente de nuestra cultura y el que ha dado forma a nuestra manera de ver el mundo, de sentir el mundo. Como leoneses no podemos permitir que la humanidad pierda uno de sus idiomas, el idioma propio de León, la Llingua Llïonesa.

Abel Pardo Fernández
Dottore in Lingua e Cultura Italiana per Stranieri y Diplomado en Estudios Avanzados de Filología Románica.

21 octubre, 2007

Patata se escribe con "p". Por Francisco Sosa Wagner

Nada menos que la ONU, sigla de siglas por los siglos de los siglos, ha decidido dedicar el año próximo a la patata, el tubérculo con el que se confecciona esa tortilla que es nuestra más acabada seña de identidad, la que nos permite ir por esos mundos con los orgullos bien encendidos. Para acabar con la guerra de las banderas debería hacerse flamear la tortilla de patatas en los edificios oficiales y en los buques de la Armada y se vería cómo desaparecían las discrepancias y los enfrentamientos.
Año 2008, año pues de la patata. Eso quiere decir que es el año de la “P”. P de parentesco pues está previsto que todos los parientes -agnados y
cognaticios- de diputados, alcaldes y rectores acaben rellenando los escalafones de las Administraciones públicas que van a nacer el próximo año, que se espera fecundo pues aún España no ha dado de sí lo que puede en este capítulo de su historia memorable. Se parirán nuevas consejerías, nuevos ministerios, nuevas concejalías y cientos de vicerrectores así como otras perlas para prez de esta tierra próvida en ingenios.
P de parlamento pues se renovará el de la Carrera de san Jerónimo y se espera que por fin pronuncien en él perlas de buena parlería aquellos elegidos que llevan años paralizados, con el verbo contenido y la ceja ceñuda, propugnando en la soledad de sus escaños arbitrios para arreglar los males de la patria.
P de política pues esta se desparramará y llenará todos los confines de la península, con mítines prolijos donde se plasmarán las más atrevidas ideas y donde se puntualizará a los pensadores ilustres del pasado ya que en ellos está previsto que intervengan parleros punzantes.
P de prosa ya que veremos incluso a ágrafos ilustres coger la pluma y engarzar párrafos de potente puntería contra los tópicos y los lugares más comunes, penetrando en lo profundo de la prognosis y de la gnosis.
P de progresismo porque progresivamente prohibiremos el uso de la palabra a quienes protesten por las prótesis a que está sometido el pensamiento.
P de producir pues produciremos y proclamaremos naciones, esbozos de naciones, perfumes nacionales, regiones nacionales y naciones regionales. Un primor provechoso y propenso a exaltar las emociones más primitivas.
P de profeta. Proliferarán quienes nos ofrezcan sus recetas salvíficas para acomodar sus prebendas al orden constitucional y su próstata a la profilaxis más exigente.
El priapismo será curado en prostíbulos pleno de pecatrices prietas y próvidas.
Los poderes del Estado -el legislativo, el ejecutivo y el judicial- acabarán, podados de sus ínfulas, reuniéndose en uno solo, en el Partido, mayormente para que no se peleen ni pugnen por la preeminencia petulante que es cosa de pordioseros.
En fin, vemos cómo de la “P” salen palabras perennes y proteicas. A mí me gusta porque designa a la parodia que es lo que me pone y al profiterol que es mi postre.
Estimula la escritura pulida y está colocada en un buen lugar del alfabeto, no a su cola como le pasa a la pobre “Z”, que es letra con la que el zalamero hace zumo de principios y zapping en la pantalla de las ocurrencias.

20 octubre, 2007

Para caña, la de antes

El otro día pasé un rato en la feria del libro usado, en León. Sólo con ver los viejos volúmenes de la colección Austral ya me vienen mil nostalgias. Compré unos pocos. También me llevé el tomo primero de las obras de Jovellanos, el gijonés más ilustre, tomo que corresponde al Epistolario y que editaba, en Labor en 1970, José Caso González, aquel gran jovellanista que fue rector de la universidad de Oviedo cuando nos parecía que los rectores eran todos unos fachas y unos necios y no podíamos ni sospechar lo que nos esperaba por ese lado décadas más tarde. Esa editorial, Labor, también tiene sus hermosas resonancias para los que de jovencitos ya amábamos los libros y seguimos queriéndolos luego y dedicándonos a ellos, en lugar de pasarnos, como tantísimos, al lucimiento del body ante los politicastros o a hacer la esquina para pillar carguitos y enchufes variados.
Me puse a leer las cartas de don Gaspar Melchor y a la primera ya me divertí. Le escribe a un tal Carlos González de Posada que, según nos cuenta en nota al pie el editor, era catedrático de Latinidad en el Colegio de san Isidro de Madrid, se ordenó sacerdote y llegó a canónigo. Parece que tenía para las letras más afición que real disposición y le había enviado a Jovellanos una obra suya en verso, que no se conserva. Vean cómo lo golpea Jovellanos con guante de seda:
“Cuanto puedo decir de ella se reduce a pocas palabras. Si se examina según la verdad, los elogios que contiene son demasiado abultados, pues lo sujetos que comprende no son dignos o correspondientes al panegírico que se les hace, y se conoce que el afecto nacional y el entusiasmo poético arrebataron su imaginación de usted y colocaron sus héroes entre los signos del Zodiaco; lo que no digo yo porque no sean dignos de alabanza, sino porque la alabanza que se hace de ellos es de mayor tamaño. Y aunque se puede decir que esto se debe atribuir a los colores de la poesía, ya sabe usted que la poesía didáctica no concede tantas licencias.
Pero si considero el romance como poeta, hallo en él mil gracias: muchos pensamientos sublimes y brillantes, muchos versos correctos y armoniosos, algunas ideas originales, y sobre todo un estilo fácil, noble y de bastante majestad. Seguramente usted podrá hacer grandes cosas en poesía, si se aplicase particularmente a este ramo, estudiándola por principios en Aristóteles, Horacio, Scalígero, Cascales, el Pinciano, el Brocense, Marmontel, Boileau, Castelvetro, y otros maestros, entre cuyas obras creo que no desconocerá usted las hermosas Instituciones poéticas del padre Juvencio, que andan al fin de la Retórica del padre Colonia en algunas ediciones, y con la cosa mejor que yo he leído
”.
Después de sonreír ante esta fina esgrima, que entre aparentes alabanzas viene a dejar más que tocado al osado autor, me he puesto a pensar en cómo se hace hoy esto de cartearse sobre los libros que a uno le envían autores que no siempre fueron llamados por el Señor para engrandecer la Ciencia ni honrar las Artes. Muchas veces lo más piadoso es hacerse el loco y como que se te olvidó contestar. De tarde en tarde cierto es que llegan obras que merecen el elogio sincero, y bien a gusto se queda el que así se lo expresa al autor. Pero lo más común es que antes de decir esta boca es mía el profesor universitario se pare a tomar en consideración algunos detalles que condicionarán grandemente esos renglones con que agradece el envío: a) ¿éste de quién es discípulo o de quién maestro?; b) ¿estará próximamente en algún tribunal que importe?; c) ¿es amigo de algún amigo mío? d) ¿me ha hecho él a mí la pelota alguna vez y qué menos que corresponderle ahora? e) ¿y a mí qué carajo me importa que el libraco esté bien o mal, si, al fin y al cabo, ni pienso leerlo ni me cuesta nada decirle al que lo perpetró que olé su salero y que muy bien y vaya level?
Claro, como de tal jaez es el proceder habitual, cuando un autor cualquiera recibe una crítica, aunque sea ligerísima y envuelta en celofanes, monta en cólera, jura venganza y se va corriendo a buscar algún a becario del crítico, para golpear a éste en el culo de aquél.
Llevo años proponiendo a colegas amigos y poco dados al magreo académico que formemos un grupo de recensionistas asesinos. No para escudarnos en el anonimato de una logia secreta ni cosa así, sino para repartirnos el trabajo de dar leña a tanta memez que se publica con ilegítimo orgullo de sus autores y que sirve para que en las anecas y anecacas cuele la carne de burro viejo cual si fuera la más jugosa ternera roja. Y porque uno solo o unos pocos no pueden encargarse de trabajo tan arduo y voluminoso. Si te lees más de tres libros de ésos al año, te quedas así, p´allá, como los autores, y al final ya sólo quieres ser vicerrector, rector o capoescuela. Y hasta te pueden hacer catedrático, si no lo eres, habilitarte, acreditarte, certificarte o empitonarte entre vítores por la parte con la que escribes. Que hay mucho degenerado, vaya, y al personal le gusta cada cosa que válgame Dios.
Por cierto, y ya que dije antes lo de la carne de ternera: ¿hasta cuándo la carne de ternera se va a seguir llamando así, de ternera? ¿Por qué no protesta alguna consejera de Estado ante tamaña afrenta machistoide y falocrática, y dado que también se matan y se comen los terneros? ¿No degrada al género femenino, sector vacuno/a, esta asociación de las hijas del toro y de la vaca con lo más comestible de la carne, con carne meramente comestible? Tal parece que el ternero estuviera llamado a hacerse toro y demostrar su casta en la lidia o en el campestre apareo, mientras que para la ternera no hay más futuro que el de que nos la comamos nosotros hoy o se la meriende el toro mañana. Propongo que en el futuro se multe al que en la carnicería no pida así los filetes: póngame un kilo de filetes de terner@. ¿Y cómo lo pronunciamos? Pues tal que así: póngame un kilo de filetes de ternero o ternera. Como lo de los vascos y las vascas, pero con el ganao.

19 octubre, 2007

Paseo


Pues ahí estamos. Y no hemos conseguido encontrar a ningún profesor ni hablante de leonés. Otra vez será.

Asombro lingüístico. Sigue el mismo cuento.

Asombroso. Un amigo me pone en la pista de la noticia que viene hoy en el Diario de León y que dice así:
"La Asociación de Profesores de Lengua Leonesa, con sede en Salamanca, felicita al Ayuntamiento de León, y en particular a su concejal de Educación, Abel Pardo, por su «excelente» iniciativa de introducir la Lengua Leonesa en los documentos oficiales. El colectivo está siguiendo con particular interés el cambio positivo de actitudes en el seno de la corporación municipal de la capital leonesa, porque entienden que la promoción institucional de los valores autóctonos es un paso necesario, en cuanto que supera el clima «hostil propio del anterior equipo de gobierno», interpretó Raúl Sánchez, presidente de esta asociación".
Ahora resulta que hay una asociación de profesores de leonés con sede en Salamanca. Sí, ya sé, lo del antiguo reino de León y todo eso. Derechos históricos sacándonos la lengua. El lengualingus, que se dice. Pero para este ignorante asturiano las sorpresas no cesan. Es como si me explican de pronto que en Valladolid hay una asociación de profesores de gaélico que pugnan por una lengua municipal bífida. Pues me suena raro.
Como se da la feliz coincidencia de que estoy en Salamanca hasta mañana, esta misma tarde me voy a ir a callejear y llevaré el oído bien atento, a ver cuántas palabras pillo de ese idioma de birlibirloque. Hasta ahora había oído aquí mucho alemán, francés e inglés y algo de castellano sin acento. Pero en una de éstas doy con un profesor salmantino de llionés y me muero de gozo lingüístico. Al fin y al cabo, el saber no ocupa lugar, aunque a veces se descojone uno de risa con lo que se aprende.

Las dos españas


Salamanca, 18-X-2007. J.A.G.A.