30 enero, 2007

La letra y los espíritus

Acabo de echar un vistazo a la flamante Ordenanza Municipal de León, de la que aquí hablaba hace unos días nuestro amigo Sosa Wagner. Compruebo con horror que no dice nada de que las aguas del Bernesga sean de los de aquí, como si no tuviera dueño un río por ser modesto. Así no vamos a ningún lado.
Pero contiene otras normas bien interesantes. Reparo en la siguiente. En el apartado de “Infracciones graves”, que son las que supuestamente cuestan una pasta, figura ésta: “Cualquier conducta de maltrato, menosprecio o trato degradante hacia los animales, especialmente los de compañía”. Preocupadísimo me quedo, aun yo, amante que soy de los bichos y bien respetuoso en general de su cosas. Pero uno toma al pie de la letra semejante precepto y menudo susto. Pensemos. ¿Ya no podremos fulminar de un manotazo los mosquitos que se posan en mejilla ajena? ¿Multarán los municipales al que atrapen armado de insecticida? ¿Deberemos declarar territorio independiente o autodeterminado la parte de la casa que invadan las cucarachas? ¿Decretará la Alcaldía la liberación obligatoria de canarios, jilgueros, cotorras y demás pájaros que acatan encierro sin huelga de hambre ni amenaza al ciudadano? ¿Se vetarán para siempre los raticidas que causen dolor de estómago a sus víctimas antes de estirar la pata? ¿Ya no se les podrán tocar los huevos a las gallinas? ¿Pasarán los mataderos a denominarse centros de eutanasia bovina y sólo se sacrificarán las vacas que ya no soporten la oratoria parlamentaria? ¿Incorporaremos al pendón de la ciudad el mosquito zapatero?
Ya sé que la norma está pensada sobre todo para los animales de compañía, y de ahí el “especialmente”, que no se sabe qué significa, pero que algo querrá decir. ¿No es discriminatorio ese “especialmente”? ¿Por qué han de tener mejor vida y superiores derechos los perros falderos que los jabalíes? Y, sea cómo sea, me pregunto qué sucederá con expresiones tan “degradantes” para los nobles brutos como “hijo de perra”, “cornudo”, “rata de alcantarilla”, “cabrón”, “víbora” y similares. ¿Deberemos dejar de regalárnoslas entre humanos para no molestar a los bichos aludidos por tan baja comparación?
Debo de andar bastante trastornado, pues al leer la Ordenanza me acordé de la Constitución. Sobre el papel todo queda monísimo, fíjate, ni menospreciar a las ladillas se puede ya con ese artículo. Pero, tontín, todo es un decir. Luego habrá que pactar y todo eso. Si los perros no votan lo que deben, protegemos sólo a los gatos, y tan contentos. Es como lo de las competencias del Estado en el 149 de la Constitución. A ver si algún incauto se lo va a tomar tal cual, a pelo, sin caer en la cuenta que una cosa es la letra y otra los lectores y que doctores tiene la Santa Madre Iglesia y constitucionalistas la Constitución.
¿Cuánto dice que me paga si le justifico jurídicamente, dictamen remunerado de por medio, que las palomas no son animales y que cortarles el gaznate con una navaja barbera no es maltrato, menosprecio ni trato degradante? Ya sabemos que en la granja todos los animales son iguales, pero unos más iguales que otros. Como los ciudadanos y los territorios en esta Policoña, lo mismito.

1 comentario:

tumbaito dijo...

Pues yo mató al cerdo. Y de pequeño mientras lo mataban le estiraba del rabo.