27 marzo, 2007

Más bandera

Las muy interesantes consideraciones de estos excelentes interlocutores (un amigo, Carlos Bernal, Antón Lagunilla y algún anónimo) me dan pie a volver sobre el tema de la bandera, aunque sin entrar en el detalle que cada uno merecería, y muy en particular Carlos Bernal, admiradísimo amigo de allende los mares al que me alegro mucho de encontrar también por estos ciberespacios.

1. Entiendo perfectamente la reacción emotiva a que alude “un amigo”. Y hasta la he vivido y sigo experimentándola en buena medida. Pero la palabra clave me parece que es otra y que tiene que ver también con sus consideraciones: “racionalizar”. Hace falta racionalizar los significados de la bandera y de su uso. En cuanto a los significados, son (mejor: deberían ser), a día de hoy, los que marcan la Constitución y las leyes vigentes, no otros ni los que quiso el franquismo. Esto significa que hay que poner en su sitio las emociones para que no nos impidan sentir y hablar lo más racionalmente posible sobre el Estado en que vivimos, y también sobre sus símbolos. Como diría el último anónimo, para hablar de la luna y no sólo del dedo.

Entiendo por racionalización aquí lo siguiente: evitar tanto aquellos sentimientos manipulados y desbocados que a la bandera se asociaban cuando el franquismo (y que son los mismos que los nacionalismos periféricos siguen ligando hoy a sus respectivas banderas y los mismos que a la bandera del Estado asocia la extrema derecha “nacional”), como su extremo contrario, el abominar de este símbolo colectivo del actual Estado por aquellos recuerdos que nos trae de cuando el Estado era aquel otro. Si no es posible, insisto, cambiemos la bandera, para no ser los únicos ciudadanos de un Estado que no sólo no se identifican con su bandera sino que experimentan erupciones cutáneas cuando se cruzan con ella.

2. Antón Lagunilla pone la mira en una cuestión interesante, por mucho que parezca trivial a primera vista. Se trata del uso de la bandera en las competiciones deportivas de selecciones. Creo que nunca he oído a ninguno de los que tienen fobia a la bandera quejarse el día que juega la selección de fútbol y se ve todo el graderío lleno de banderas. Entonces el asunto queda así de dislocado: si yo me voy al partido de la selección de fúbol o de baloncesto con una bandera española, nada que objetar. Si voy con ella a una manifestación contra el terrorismo, soy un facha. ¿Porque a los fachas les gusta llevarla a las manifestaciones? Caramba, también les gusta llevarla al fútbol. Y, sea como sea, si es la bandera nuestra, de todos, arrebatémosles el monopolio de su uso.

3. “Un amigo” pone el dedo en la llaga, auténticamente, y nos hace, sí, mirar la luna en vez del dedo. El párrafo decisivo es éste: “De cualquier forma, a mi me parece que es un simple síntoma de algo más vasto: por lo que sea -hay mucho hablado al respecto- el colectivo de gente "ciudadanos del reino de España" no siente mucho esa identidad nacional, al menos comparado con los de otros países de por aquí cerquita”. Resultará muy interesante analizar las causas de tal desafección y la variedad de sentiemientos nacionales y antinacionales que entre nosotros, los ciudadanos de este Estado, concurren. Por de pronto, si esto es así, el desapego a la bandera ya no es -o no es principalmente- porque sus colores sean los mismos que cuando el franquismo abusó de ella, sino por esta otra razón: porque no nos sentimos a gusto en este Estado y con nuestra identidad nacional. Al pan, pan y al vino, vino, y entonces no usemos la bandera como excusa.

Yo puedo sentirme a disgusto en este Estado-nación por alguna de estas razones:

a) Porque no me agraden sus reglas básicas de funcionamiento, con la Constitución a la cabeza. Si, por ejemplo, creo más en dictaduras que en democracias, podré sentirme contrariado en este sistema democrático. Pero no suele ser de este tipo el descontento de los que se ponen nerviosos cuando ven la bandera.

b) Porque me parece que este Estado-nación oprime injusta e indebidamente a otras naciones que forman parte de él y que no son reconocidas como tales y no se respeta a su derecho a autodeterminarse. Es el planteamiento de muchos nacionalistas vascos, catalanes o gallegos. Éstos sí son coherentes al rechazar la bandera como símbolo del Estado que consideran opresor de su libertad como naciones de tomo y lomo.

Pero esta última explicación me sirve de muy poco en los muchos casos que conozco de ciudadanos descontentos con su identidad nacional española, pero que rechazan también el sentimiento nacionalista en general y hasta opinan que son una lata y no tienen razón esos vascos o catalanes que se quejan todo el rato. Éstos, éstos son para mí el enigma. Están cómodos en esta democracia, aun con sus imperfecciones y aunque sólo sea porque resulta el régimen menos malo, no creen que este Estado sea el instrumento mediante el que Castilla oprime a Euzkadi, por ejemplo, y aceptan los términos básicos de la Constitución. Bueno, los términos básicos menos estos dos: los colores de la bandera y el que se nos llame españoles a los ciudadanos de este Estado. ¿Lo solucionaríamos con una bandera de otro color y si se nos denominara "espoñales", pongamos por caso? Si no es por lo injusto del régimen jurídico-político o por lo opresivo de la organización territorial del Estado, en su caso, ¿qué hay en España que nos hace sentirnos tan mal y tan poco identificados y en qué otro Estado, llamado cómo y organizado de qué manera, querríamos estar?

Insisto, a riesgo de resultar muy pesado, en el carácter circular que adquieren estos asuntos. Primero dejamos a la derechona más derechona el monopolio de la bandera y del término "España"; después nos avergonzamos de ese símbolo y ese nombre porque sólo los usa la derecha esa a la que se los hemos regalado. Al final, acabamos por no saber si fue antes el huevo o la gallina. Y, lo que es peor, nos quedamos en terreno de nadie, ciudadanos de un Estado que no queremos nombrar pese a que estamos básicamente satisfechos en él (ni un disconforme con "España" emigra ni se exilia hoy en día, curiosamente) y representados por unos símbolos del mismo que no nos gusta ver próximos, salvo en el fútbol o si corre Fernando Alonso. Esquizofrenia, yo creo.



6 comentarios:

Carlos Bernal dijo...

En el blog de ayer se publicó una interesante objeción de “anónimo” a mi comentario. La agradezco mucho su objeción a mi comentario, porque me permite ahondar un poco más sobre el tema. Yo sigo pensando que vivir bajo una Constitución es un caso especial de lo que los filósofos de la acción llaman acción colectiva intencional, esto es, una acción llevada a cabo de manera intencional por más de un individuo y que exige un mínimo de cooperación (como en el caso de los pintores, el ejemplo es de Michael Bratman). No existe un acuerdo entre los filósofos de la acción acerca de cuáles son las condiciones suficientes y necesarias para que dos o más sujetos se vean implicados en este tipo de acciones. Sin embargo, del análisis filosófico de este tipo de acciones creo que hay algunos elementos que se aplican con claridad al caso de la Constitución y que sirven, si no para solucionarlas, sí quizás para plantearse correctamente algunas preguntas fundamentales de la práctica constitucional española. Los elementos relevantes que ahora me vienen en mente son los siguientes:

1. No es necesario que exista un acuerdo explícito entre los participantes en la acción. Por ejemplo, así los Vascos no hayan aprobado por mayoría la Constitución Española, la invocan a diario en sus pleitos ante los Tribunales y asumen que la Constitución es una guía de muchas de sus conductas públicas y privadas.

2. La acción colectiva intencional exige que los participantes tengan la intención de llevar a cabo la acción de manera colectiva. Desde luego que a nivel constitucional es imposible constatar que todos los ciudadanos de un Estado tengan la intención de vivir juntos bajo una Constitución. Es más, de hecho es fácil probar lo contrario, es decir, que algunos de ellos no tienen esa intención. Este aspecto aparece agudamente en su comentario cuando usted indica que “no todos quieren pintar la casa”. Sin embargo, creo que a nivel constitucional opera un concepto adicional: la ficción de legitimidad. Mientras no haya un grupo social con la suficiente legitimidad como para imponer una nueva constitución, y mientras la constitución existente se aplica por lo general en el día a día, es decir, mientras no exista un estado de anomia (como lo llaman los sociólogos), debe crearse la ficción de que todos los ciudadanos de un Estado tienen la intención de vivir bajo su Constitución. Como lo mencioné en mi comentario de ayer, esa ficción es capital para poder seguir viviendo en sociedad, pues al sentar unas reglas de convivencia básica, estabiliza ciertas expectativas sociales y elimina la zozobra de una guerra civil.

3. Ahora bien, la existencia o la ficción de la existencia de esa intención colectiva no define nada más allá en relación con el proyecto político de una sociedad. Sólo crea un marco de estabilidad para comenzar a discutir acerca de la mejor manera de llevar a cabo dicho proyecto y para llevarlo a cabo. Si se me permite volver a símil de los pintores, una vez decidimos que vamos a pintar una casa, ya tenemos por lo menos trazado un marco que nos permite avanzar hacia preguntar más concretas: ¿de qué color? ¿con qué tipo de pintura? ¿quién pinta qué parte de la casa?, etc.

4. La acción colectiva intencional en que consiste el hecho de vivir bajo una misma constitución democrática es, singular, pues implica que los participantes cooperen en relación con ciertos acuerdos mínimos y, de resto, sean opositores en relación con los demás acuerdos. En este sentido, este tipo de acción colectiva se parece a la que desarrollan dos jugadores de ajedrez. Ellos tienen que cooperar y estar de acuerdo en ciertas cosas: por ejemplo, tienen que aceptar jugar ajedrez, y, por lo menos, seguir las reglas constitutivas del juego del ajedrez. Sin embargo, por lo demás, pueden y deben ser adversarios. Es más, parte de la cooperación consiste en intentar vencer al oponente. Si uno de los jugadores decide no querer ganar, muy seguramente el juego de ajedrez, en todo el sentido de la palabra, terminó. De la misma manera, bajo una constitución, los partidos políticos y los movimientos sociales deben cooperar en al acatar ciertas reglas básicas, las que están en la Constitución, pero pueden y deben ser adversarios. La propia historia muestra los efectos perversos de un sistema político cuando los partidos políticos no son adversarios sino que están de acuerdo en todo. En Colombia ocurrió durante el llamado Frente Nacional en que conservadores y liberales gobernaron de consuno. El resultado fue que las demandas ciudadanas no podían alcanzar los centros de toma de decisión política y desencadenaron la creación de los grupos guerrilleros que aún hoy existen.

Ahora bien, en relación con el uso de la bandera, a mí si me parece que se trata de un aspecto relevante en la vida constitucional de una sociedad. Desde luego, a la bandera no hay que atribuírsele un carácter constitutivo de la sociedad y la función de unificación de una sociedad, como lo pretendiera Rudolf Smend para la Alemania de entreguerras. Sin embargo, la aceptación de la bandera constitucional y su uso dentro de la vida política del Estado, quizás sí sea uno de los elementos que hacen manifiesta la adhesión a la Constitución en la que se crea el Estado representado por tal bandera. La izquierda tiene en la Constitución de 1978 una de las constituciones que, comparativamente, institucionaliza en mayor medida los ideales de la izquierda. ¿Por qué no usa entonces la bandera que la representa? ¿Por qué permite que la derecha se apropie de uno de los símbolos de la vigencia de la Constitución? Es bien cierto que el uso franquista de la actual bandera española caló hondo en la sociedad. Pero, ¿Por qué entonces no proponer el uso de una nueva bandera? O ¿Por qué no proponer olvidar la evocación del uso franquista de esa bandera y simplemente manifestar que debe defenderse la bandera constitucional, como cualquier otra institución constitucional?

Más allá de la bandera, hace más de un año no voy por España y me preocupa la crispación política y la inquina con que se desarrolla el debate político, según se lee en los periódicos. A lo mejor no es para tanto y sólo son malas impresiones de un lector extranjero desprevenido. Si no es así, sería bueno que los partidos españoles se dedicaran más a pintar la casa de la mejor manera y no a seguir discutiendo si la vamos a pintar. No sea que nos vendan la casa por no haberla pintado.

Antón Lagunilla dijo...

Hubo un momento, durante la transición, en que el PCE, con su entonces Secretario General Santiago Carrillo a la cabeza, aceptó públicamente la bandera rojigualda como la legítima bandera de todo el estado español, y dijo que había que respetarla como símbolo común de todos los españoles, sin que ello, señaló, supusiera ni mucho menos renunciar a la bandera roja de la hoz y el martillo. Y toda la Ejecutiva del PCE se retrató y salió en TV con ambas banderas, una junta a otra.

Luego, los redactores de la constitución, entre ellos el PSOE y el PCE, establecieron la bandera rojigualda como la bandera de España en el artículo 4 de la Constitución del 78. Y así se aprobó por las Cortes, y se aceptó luego mayoritariamente por los españoles al refrendar la constitución.

Es decir, nadie impuso la actual bandera de España a los españoles.
A no ser, claro está, que ahora el PSOE y lo que resta del PCE en IU vengan a contarnos que fué una imposición de "los poderes fácticos" (léase el ejercito), y que en ese momento no tuvieron más remedio que tragar. Claro, tendría bemoles decir tal cosa habiendo gobernado el PSOE en España durante varios lustros tras aprobarse la constitución, sin decir esta boca es mía, ni esta bandera me la impusieron a la fuerza, y sin proponer la modificación del artículo 4 de la Carta Magna.

En cuanto a los nacionalistas, creo, con García Amado, que su rechazo a la bandera española es lógico y coherente: ellos defienden su propia bandera, como símbolo del estado independiente que desean proclamar. Por ello, además, la exaltan, pues es un símbolo útil y necesario para sus propósitos. Por tanto, leña a la competencia, es decir, a la bandera del estado enemigo, opresor, etc. etc. Todo vale por la causa.

¿A qué se debe, sin embargo, el rechazo a la bandera española por parte de la (para entendernos) izquierda no nacionalista? En mi opinión, dos son las causas fundamentales.

La primera de ellas se deriva del hecho de que el único partido político que, hoy por hoy, se opone realmente a los nacionalismos periféricos secesionistas es el PP. Y una de las expresiones de esa oposición fué, durante el gobierno de Aznar, una tímida reivindicación de la bandera nacional, cuyo ejemplo más visible fué la de la Plaza de Colón de Madrid. Para los nacionalismos , que consideran la bandera española un símbolo común inaceptable (inaceptable, precisamente, por ser comùn), el PP era y es un enemigo para sus proyectos nacionales, como era y es un enemigo para el proyecto del PSOE de recuperar y mantenerse en el poder. Ello ha dado lugar a una alianza entre PSOE - nacionalistas (con IU de comparsa-a-ver-lo-que-saco) contra el PP, dirigida no solo a desalojarle del gobierno de la nación en las urnas, como debe ser, sino a aislarlo (pacto del Tinell) y, a ser posible, liquidarlo políticamente por mucho tiempo. Para ello decidieron presentar al PP, no solo como heredero directo (ideológico, político, e incluso genético) de los franquistas que ganaron la guerra y gobernaron durante la dictadura, sino como el propio franquismo redivivo o nunca liquidado. Para que dicha lectura se asuma por el personal, eran sin embargo necesarios algunos ajustes, sobre todo una lectura sectaria y parcial (falsa, por tanto) de la historia más reciente Y así, la II República era maravillosa, un ejemplo de democracia en el mundo mundial, y los militares fascistas asesinos la liquidaron por pura maldad y ambición de poder y nos esclavizaron a todos durante cuarenta años. Todo blanco y negro, buenísimos y malísimos. Y claro, la bandera española era la de los malísimos. Por tanto, los que ahora la utilizan como símbolo nacional son herederos de los malísismos, y ellos mismos malísimos. ¿El artículo 4 de la Constitución? Una imposición insoportable. Las denuncias de guerracivilismo, la ley de la memoria histórica, llamar al PP fascista, refugio de falangistas, extrema derecha, etc. etc., van en esa misma dirección: la liquidación del PP. Y para ello la izquierda, conscientemente o no (yo creo que sí),ha asumido el rechazo a la bandera española de sus compañeros de viaje nacionalistas.

Pero hay otra causa más profunda del rechazo de la bandera por la (de nuevo, para entendernos)izquierda: su incapacidad para elaborar, proponer y liderar un proyecto común a todos los españoles, un auténtico proyecto nacional. Y, por tanto, su imposibilidad para asumir símbolos comunes a todos, como la bandera española o, si me apuran, la misma idea de España (noten que el progresista, generalmente, no habla de España, sino de Estado español). El porqué de esta incapacidad sería, a mi juicio, un interesante objeto de análisis.

Un amigo dijo...

Estimados codebatientes,

Dos respuestas y una contribución sucesiva.

Respuesta a Don Carlos Bernal. Interesante modelo el de la acción colectiva intencional, pero requiere precisiones.
Sobre su (1). El acuerdo explícito no es necesario en el sentido lógico, pero lo es en el sentido pragmático, terreno donde el juicio no es binario, sino que varía en un continuo desde lo perfectamente inexplícito hasta lo perfectamente explícito. Cuanto más explícito sea, más calidad le dará a la acción colectiva. Ahí nos duele; el empleo de lo inexplícito como tapadera de lo mucho que todavía queda por explicitar.
(1 bis) Aunque la formalización de acuerdos crea, claramente, un antes y un después, es infantil pretender que "suscribir un acuerdo" sea acción perfectiva. No; es acción incompleta, a perfeccionarse continuamente. (Piénsese, por poner un ejemplo asaz complicado, en una relación de pareja). Y ahí nos sigue doliendo, las referencias al año cero como tapadera de lo mucho que hay que seguir discutiendo en cada instante –incluso sobre el acuerdo fundador.
Sobre su (2). La que usted llama "ficción", que yo me siento más cómodo a llamar "presuposición " de legitimidad (o incluso "presuposición convencional") –permítame el desacuerdo amigable dentro de las reglas *guiño*–, de nuevo, no es ni monolítica, ni externa a nuestras vidas. Quienes se encuentran, por decisión asumida o porque les ha tocado la china probabilísticoespaciotemporal, a vivir dentro de dicho acuerdo, desarrollan una actitud ante el mismo, que yo personalmente me espero que no sea nunca sumisa ni indiferente, por el bien de todos. Desde ese punto de vista, creo que els nois de ERC hacen más bien a la constitución española que no la gran mayoría que la ignora olímpicamente. Porque la cuestionan, la empujan, la palpan –sin entrar en intenciones. Porque nos ponen a todos en movimiento, y porque nos fuerzan (véase 1) a desplazarnos en esa escala continua hacia el lado de lo explícito.
Sobre su (3). Disiento amigablemente, aún comprendiéndolo. No son sólo reglas de procedimiento para mantener la estabilidad –aunque en buena parte se trata de ello–, sino también vehículo axiológico. Si sólo fueran reglas de procedimiento, algunos contenidos de la CE no nos tocarían los cojones tanto como nos los tocan, si me permite Vd. descender al vernáculo. Y, si me apura, tampoco la estabilidad es un absoluto. O mejor dicho, la estabilidad personal ya nos vendrá queramos o no, por lo cual inútil darnos prisa ni ansiedad a buscarla –como cantaba Fabrizio de André, moriamo per le nostre idee, ma di morte le-e-e-nta!–.
Sobre su (4). Lo beso en las dos mejillas, si no le molestan dos besos amigables con barba y bigote entrecanos. Una de las muchas cosas que faltan en la vida política democrática de occidente es verdadera oposición recíproca. Sobran los tibios (entibiados por intereses tan transparentes como inconfesables). Es más, digámoslo sin tapujo: la tibieza es precondición, esa sí que necesaria, para acceder a cualquier medio de representación o comunicación mayoritario. Tanto a la entrada de los Parlamentos como a los de las cabeceras nacionales montan guardia los detectores de temperatura ideológica, y pitan inmisericordes cuando pretende entrar algo que no esté entre los 29 ºC y los 31 ºC. Imposible atravesar ese rompeolas de todas las decencias.

Sobre su preocupación por la crispación. Perfectamente diagnosticado. Objetaría, sólo para afinar, que no es crispación "con que se desarrolla el debate político", sino que es previa al mismo, tiene su parte personalizada –hacia el otro–, su parte despersonalizada –hacia todos los pánfilos que estamos mirando con la boca abierta– e incluso su parte reflexiva –hacia sí mismos–. Impide, entre otras cosas, que nazca el debate político –lo que no creo que sea casual. Cuando uno se sabe incapaz de discutir inteligentemente, es estrategia racional crear barullo que impida el comienzo de dicha discusión. Lo que ya no es tan racional es que la ciudadanía se lo pasemos. La única esperanza, como me decía hace pocas semanas un buen amigo (sumamente de derechas), es la entera sustitución física de una generación de empleados nuestros, de incompetentes e infieles empleados nuestros, llamados políticos, que han pronunciado palabras de un peso y agresividad tales que ya no se pueden retirar. Hace falta agua caliente, mucho agua caliente, para despegar sus culos adheridos en ávida ventosa sobre las poltronas parlamentarias, partíticas, institucionales. Es un deber ciudadano calentarla entre todos.

Respuesta a Don Antón Lagunilla. Para mí que sus puntos de vista se separan en algún punto de la realidad. Aporto otros alternativos, que a usted le parecerán lo mismo.
(a) Ese "único partido político" que "se opone realmente a los nacionalismos periféricos secesionistas" ha construido con sus sandeces, en la realidad política del día a día, buena parte de la fuerza de dichos secesionismos. Una parte importante de los ocho diputados de ERC salieron de los bigotes del ínclito ex-presidente, quien fue, con mucho, el mejor propagandista de la formación.
(b) Conectándome con algo dicho por Don Carlos Bernal. Cuando Vd. dice que el "artículo 4" de la CE "se aceptó luego mayoritariamente por los españoles al refrendar la constitución", está diciendo una obviedad nominalista. Pues claro. Pero si rascamos detrás de sus palabras, hay un modelo conceptual que encuentro desviante: el equiparar un refrendo colectivo cualquiera (más el del año 1978, con mucha y muy amenazante presión histórica, social, y política por todos lados, presión que siempre enturbia decisiones) con una asunción analítica unánime, vinculante por siempre, de todos los puntos de un texto. La victoria de un "sí" en un referendo –y lo sería incluso para un electorado calmo, seguro e informado, así que figurémonos– no se puede equiparar a una aprobación analítica y meditada de 169 artículos. Sin pararme a criticar el Artículo 4 (entre los diez últimos que yo reescribiría si me dejaran, tanto para poner claras las posiciones), quiero sólo recordar que la invocación al referendo de 1978 como si de argumento definitivo se tratara es, en última instancia, destructiva: lo que no sigamos acordando ahora (por supuesto que "sobre", dicho evolutivamente, el resultado del referendo y los acuerdos de alto nivel perfeccionados desde entonces hasta hoy –lamentablemente pocos, y casi ninguno de verdadero relieve, con la excepción de la adhesión a los tratados que han culminado en el de la Unión Europea), poco vale, estimado Lagunilla, si lo referimos solo, autoritaria y nerviosamente, al mítico 1978.
(c) Comparto su análisis de la llamada izquierda española … que me parece totalmente extensible a la llamada derecha española. Concretamente cuando habla de "su incapacidad para elaborar, proponer y liderar un proyecto común a todos los españoles, un auténtico proyecto nacional". Resulta ser especular. Por poner ejemplos muy usados recientemente, pero qué quiere, relevancia es relevancia, y Sirio brillará siempre más que Formalhaut: ¿entrar en guerra en Irak es parte de la elaboración, propuesta y liderazgo de un proyecto común a todos los españoles? Me lo explique …

Contribución sucesiva, breve y ciertamente no tibia. Personalmente, creo que el proyecto de España está muerto –a una escala de tiempo, obviamente, mucho más grande que las nuestras–, y se trata de pensar en el siguiente. La II República no fue una maravilla, no, sino simplemente un tentativo desesperado de salvar algo agonizante, cirugía a corazón abierto. Y la guerra civil, el chorro de sangre definitivo. Han impedido la disgregación del cadáver primero la bota criminal, luego la inercia histórica, y finalmente el pegamento institucional (y tintineante, no olvidemos los 100.000 millones de euros que han llegado) que chorrea mapa abajo desde Bruselas. Pero el proceso sigue, y se mueve sólo en un sentido.
No tiene nada de trágico; todo lo agregado se descompone, como decía un tal Gautama hace unos cuantos siglos. Pero desengañémonos: los colores de los que habla el artículo 4 son los colores de una mortaja. Por eso nos dan momo, a fin de cuentas.
Pensemos, insisto, en el siguiente proyecto. Considero, dicho sea de paso, que la Constitución y los Tratados, sean un buen hilo conductor para llevarnos a ellos.

Saludos cordiales a todos,

rafael antuña dijo...

Estimados amigos.
Da gusto poder leer comentarios serios sobre temas de actualidad.
Voy a tratar de aportar mi granito de arena sobre este manoseado tema de la bandera.
Vaya por delante, para que se me entienda, que a mi la banderita constitucional (sin escudo, que es lo unico que dice la carta magna los tres colorinos) me la bufa en sí misma (salvo por lo que se trata de asumir el símbolo de una constitución mejorable pero que es positiva y mejor tenerla como mala que no tenerla como antes o como muchos desean aunque no lo digan...), soy republicano y lo digo donde haga falta.
Ahora bien, lo que resulta a mi juicio intolerable y demostrativo del bajísimo nivel de nuestros políticos (ahora hablo de los del psoe e iu, pero lo del nivel paupérrimo se lo aplico a todos sin excepción) es que se sea tan poco coherente a la hora de hablar de España cuando les conviene, de no ofenderse con la banderita cuando les conviene por populismo (ejército en misiones de "paz", partidos de futbol...)y luego sacar a relucir el famoso "facha" cuando alguien la lleva a manis... Eso sí, en sus manis (psoe e iu) sacan la republicana y hasta la hoz y el martillo sobre fondo rojo...
Lo que de verdad tiene que hacer la supuesta izquierda es hablar en serio de su ideario,incluyendo el republicanismo rampante que ahroa les sale por los poros, su idea de estado, etc. En eso al menos la derecha lo tiene un poco mas claro (no tanto en realidad como se pudiera pensar, pues tambien van a salto de mata, como por ejemplo en temas autonómicos, donde critican a unos lo que ellos mismos hacen con los estatutos de autonomía).
En todo caso ¡ESTOY HARTO DE LO DE FACHA!, jobar, no se vale, como dirían los críos, pues no hay un epíteto similar, tan contundente, para los reds...
En fin, a seguir sufriendo.

Antón Lagunilla dijo...

Apreciado Un Amigo:

Disiento en lo de culpar al PP de buena parte de la fuerza de los secesionismos, a no ser que se refiera a que éstos últimos han instrumentalizado para sus propios intereses los errores y necedades de aquel partido. Lo cual, por otra parte, es lógico que hagan, se trate del PP o del PSOE o de cualquier otro que se oponga a la secesión. Lo que no parece aceptable es afirmar que no deben oponerse, porque esa oposiciòn refuerza a los secesionistas.
En cuanto a los muchachos de ERC, creo recordar que no salieron de los bigotes de Aznar, sino de Terra Lliure, y aupados por una ley electoral pactada en la transición, que permite a los nacionalismos obtener una sobrerrepresentación parlamentaria.

En cuanto al ambiente en que se refrendó la constitución del 78, personalmente pienso que fué bastante realista, muy poco mítico y, también, bastante esperanzado, en el mejor sentido de la palabra. Desde luego, ningún refrendo constituye una aprobación analítica y meditada de todos los artículos de la norma refrendada, pero la cuestión de la bandera no es ésa, en mi opinión. Y buena prueba de ello es que, salvo en los territorios con pretensiones secesionistas, nunca ha sido la bandera constitucional un problema, hasta ahora.
Que la Constitución puede y debe modificarse, es obvio, y personalmente creo que en profundidad. Pero ello ha de ser fruto de un debate lo más reposado posible, e intentando el máximo consenso, y no solo entre los políticos. Lo que creo que no es de recibo es modificarla de tapadillo, o símplemente ignorarla, como se intenta hacer con algunos estatutos de autonomía, por una mayoría exigua, caiga quien caiga, y tachando de franquista o guerracivilista al que se oponga a ello.

Evidentenmente, la incapacidad de elaborar, proponer y liderar un proyecto común no solo es predicable de la izquierda, sino también de la derecha española. Pero creo que la primera está lastrada ideológicamente para ello, y la segunda no, o al menos no en forma sustancial, esencial (insisto: "izquierda" y "derecha" para entendernos. Las políticas concretas que se defienden por cada cual son otra cosa).

Lo de Irak: el tema desborda este comentario. Solo un apunte: el gobierno del PP intentó modificar la posición internacional de España, establecer determinadas alianzas y dejar de priorizar otras. Con errores. Con aspectos de los que disiento profundamente. Sin consensuar previamente con la oposición (ésta tampoco estaba por la labor: prefería mantener las cosas tal cual, por múltiples razones). Pero, a pesar de todo, creo preferible aquel proyecto a no tener ninguno (o a lo de la Alianza de Civilizaciones, que viene a ser peor aún).
En todo caso, no me refería a la política internacional (de la que el tema Irak era solo una parte), sino a cuestiones tales como el Plan Hidrológico Nacional, la negativa a los privilegios territoriales, la reforma del sistema educativo, la política antiterrorista, y cosillas así.

Dice ud. que, en su opinión, el proyecto de España está muerto. ¿Qué proyecto?. ¿El de la sociedad anterior a la II República? Ese tiempo ya no existe. Por fortuna.
Pero estoy de acuerdo con ud. en que debemos continuar andando, y en que la Constitución del 78 y el Tratado de la Unión pueden ser instrumentos útiles para ello. Más la primera que el segundo: construir Europa como unidad política exigiría una renuncia a la soberanía por parte de los Estados europeos que éstos, hoy por hoy, no parecen dispuestos a aceptar. Personalmente, pienso que no hay otro camino, pero así están las cosas.
Saludos cordiales.

Un amigo dijo...

Estimado Antón Lagunilla,

Puesto que este tibio sábado de primavera permite tal lujo, continuaré el diálogo que habíamos iniciado, aunque sea a pinceladas.

No creo haber afirmado que no haya que oponerse a los secesionismos. Me refería más bien al clarísimo abono de los secesionismos que ha hecho la oposición mentecata a los mismos. Oponerse con argumentos inteligentes –que los hay– me parecería estupendo. Sigo a la espera de que esos argumentos afloren en el discurso de nuestros dos partidos principales. No se preocupe, que me he sentado cómodamente, por si acaso.

Sobre la génesis de ERC, nació en 1931, medio siglo antes que Terra Lliure. Pero, minucias aparte, a lo que yo me refería –perdone las insuficiencias expresivas de un coloquio informal– es a su considerable refuerzo politico bajo la égida del ínclito. En las hemerotecas está que ERC obtuvo en las generales del 2000 194.715 votos, y en las de 2004 652.196 votos, yendo como cabeza de lista un politico mediocre, Carod-Rovira, cuyo gran título en esos años fue estar bajo el acoso continuo del PP. Basémonos en la fría aritmética, leyes electorales aparte: ERC multiplicó sus votos por 3,35. ¿Casualidad?

Tampoco he pretendido decir que el ambiente de 1978 fuera “mítico”. Considero en cambio “míticas” las referencias que se hacen ahora al mismo, en el sentido de la 4ª acepción del Diccionario de la Academia (“Persona o cosa a las que se atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen”). Concuerdo plenamente con Vd. en que fue realista, y cómo: aceptamos lo que se pudo aceptar, con las enormes limitaciones que pesaban sobre la situación. Pretender ahora, como hacen muchos (ya sé que Vd. no; es meridiano) olvidando esas limitaciones, que se forjó un instrumento de convivencia perfecto, a mi juicio, está aceptablemente descrito por el adjetivo que escogí y que sostengo.

Es usted muy bueno, extraordinariamente bueno, al pensar que la izquierda española esté “lastrada ideológicamente para ello”. Puesto que les concede la capacidad de tener ideología. Yo, que no soy tan bueno, concuerdo con Vd. en que la derecha española no padece de ese lastre. Eso sí, me temo que las razones por las que llego a una conclusión cónsona con la suya no sean para nada cónsonas: no les veo ni el menor atisbo de una ideología, salvo que llamemos ideología a la de su portavoz parlamentario (a) “yo toi aki pa forrammme”. (Dime quién escoges como portavoz, y te diré qué mensaje quieres transmitir).

El tema de Irak desborda nuestros comentarios, está claro. Pero lo mismo se podría predicar de todos los demás temas, que son vastos por decir poco. Esa es una de las virtudes de la pequeña comunidad que ha sabido congregar Juan Antonio en torno a estos bits. Así que no veo ninguna razón especial para dejarlo fuera –salvo el rubor incómodo de los que en su día apoyaron la participación en el crimen. Los proyectos, como los árboles, se miden por los frutos que dan. Si Vd. cree preferible “aquél” proyecto, ¿debo deducir que abraza Vd. sus frutos sangrientos?
No soy para nada pro-Zapatero, pero me permito poner sobre la mesa del debate dos virtudes concretas y demostrables del concepto “Alianza de Civilizaciones”:
1) niega la mayor del proyecto bellaco al que pretende servir como alternativa, a saber, que haya choque entre civilizaciones, y así haciendo se entronca con una distinguida tradición de pensamiento que se remonta (como poco) al West-östlicher Divan, de Goethe,
2) pragmáticamente, no ha roto ni un plato. La podrán llamar ingenua, vacua, inútil, ... pero nunca criminal, como en cambio es demostrablemente criminal la alternativa que el emperador impuso y algunos incautos abrazaron.

Está a Vds. decidir se prefieren políticas basadas en la division internacional, en la mentira, en el asesinato de millares de civiles inocentes, en la devastación de una region, … o bien políticas que no han roto un plato. Estoy muy interesado en oir las justificaciones.

Veamos los ejemplos de proyectualidad que propone.

El “Plan Hidrológico Nacional” del último gobierno del PP estaba compuesto por una suma de intervenciones medias y menores, heredadas casi todas del antiguo Plan Borrell, y una mayor, que era el Trasvase del Ebro. El Trasvase era una solemne mamarrachada técnica con los números básicos irremediablemente mal hechos. Eso sí, mamarrachada faraónica. Su intención manifiesta era que se forrasen con el dinero del contribuyente las empresas que lo hubiesen construido, y los politicos que lo hubieran licitado. Y que se siguieran forrando en Levante, a costa de incautos, los constructores de adosados improponibles.

Las mamarrachadas del PSOE en este campo, en cambio, son simplemente locales: las desaladoras. A medida que el precio de la energía las vaya poniendo fuera de combate, serán mera chatarra localizada.

Ambos partidos principales ocultan insidiosamente la realidad de la cuestión: en España, más del 80% del agua se dedica a la agricultura (3,5% del PIB en 2004, y eso incluyendo conspicuas subvenciones europeas). De ese 80% la mayor parte no se factura según consumo real, y casi la totalidad circula por redes obsoletas con pérdidas cuantiosísimas.
Ningún partido dice la verdad, ni mucho menos la afronta: es necesario reestructurar el consumo del agua, reducir desperdicios y responsabilizar a los usuarios: quien consuma, que pague.

La pregunta que hago es: ocultar la verdad, y rehuirla, ¿es construir un proyecto nacional?


La “negativa a los privilegios territoriales” es más sencilla de refutar todavía. Sin entrar en cuán real fuera dicha negativa (durante el período 1996-2000, ¡ehem!, creo recordar que el PP no fue del todo hostil a las peticiones catalanas), me parece que negativas no son nunca proyectos. Ante una realidad política fácilmente constatable –el ascenso progresivo de las reivindicaciones locales– ¿cuál fue el "proyecto" del PP? Pues el de siempre, Santiago y cierra España; negar la realidad, afirmar la perfección inmarcesible de la Constitución de 1978 (y al mismo tiempo no permitir siquiera el desarrollo de lo que estaba escrito en la pobrecilla), distribuir favores a las autonomías leales, y esconder la cabeza bajo la renta con las otras. Desengáñese, estimado: si el PP hubiese tenido un proyecto territorial, lo habría por lo menos comenzado en “su” octenio, con la oportuna reforma constitucional, a la que se hubiese tenido que adherir, sí o sí, la aterida oposición de aquellos tiempos. Otro gallo nos cantaría hoy. Pero, como diría algún amigo espiritista, se ve hay leyes kármicas también en el constitucionalismo: lo escrito en simpáticos artículos logroñeses allá por 1978 se ha visto ensalzado a “política” nacional en el cambio de siglo.


Sobre la “reforma del sistema educativo”, ¡uf!, cayó Vd. en el foro apropiado, pues pocos hay más entusiastas del tema que nuestro bien querido anfitrión. Ilústrenos a todos, tenga la bondad, y explíquenos cómo a su leal parecer el proyecto educativo plasmado por la derecha española en el octenio 1996-2004 iba a cambiar decisivamente nuestro panorama, hasta que lo torpedeara pérfidamente el partido socialista: lo escucharemos con suma atención, y sera bueno aprender algo.


Relativamente a la “política antiterrorista”, que Vd. citaba al final, estoy dispuestísimo a conceder que hubiera un proyecto. Faltaría más, diría un cínico, porque es la mina de oro electoral de cuyas rentas ha vivido el PP … hasta un cierto día en el que dicho proyecto forzó una vision un tanto distorsionada de unos (tristísimos) acontecimientos recientes … y mire Vd. por donde, el electorado no se tomó nada bien dicho intento. Dependiendo de la posición de cada uno, dicho proyecto se podría criticar o comentar, pero proyecto era, no cabe duda. Y lo que haya ahora en su lugar es demasiado ambigüo y oculto como para formarse ideas claras; me da la impresión de que lo se critica habitualmente en la actualidad sea más bien el gobierno, más que sus acciones. De cualquier forma, precisamente por las neblinas en las que nos tienen metidos, propondría apoyarnos sobre los números de las legislaturas post-constitucionales (¡bendito interné!), que serán incompletas, pero incontestables.

Iª legislatura (31/3/1979-30/11/1982): 255 muertos
232 fueron asesinados por ETA y 23 por la extrema derecha.
IIª legislatura (1/12/1982-22/7/1986): 187 muertos
142 fueron asesinados por ETA, 27 por el GAL y 18 por islamistas.
IIIª legislatura (23/7/1986-4/12/1989): 107 muertos
105 fueron asesinados por ETA y 2 por la extrema derecha.
IVª legislatura (5/12/1989-8/7/1993): 108 muertos
Los 108 fueron asesinados por ETA.
Vª legislatura (9/7/1993-3/5/1996): 34 muertos
Los 34 fueron asesinados por ETA.
VIª legislatura (4/5/1996-25/4/2000): 24 muertos
Los 24 fueron asesinados por ETA.
VIIª legislatura (26/4/2000-15/4/2004): 236 muertos
44 fueron asesinados por ETA y 192 por islamistas.
VIIIª legislatura (16/4/2004-): 2 muertos
Los 2 fueron asesinados por ETA.

Lejos de mí, por supuesto, el responsabilizar a los autores de los relativos proyectos de las cifras de muertos, que son exclusiva responsabilidad de los criminales. Pero hace reflexionar, ¿no? Vistos con desideologizados ojos de extraterrestre, los números dicen que, con independencia de cuáles fuesen los proyectos, los mejores resultados en materia de terrorismo (por ahora, y cruzando los dedos) corresponden a la VIIIª legislatura. Qué quiere que le diga … el pragmatismo me puede. Prescindiendo de las manifestaciones (estadística de la cual no dispongo, pero que de cualquier forma clasificaría bajo la voz "estrategia política", y no bajo la de terrorismo).


Finalmente, con mi privadísimo diagnóstico funeral me refería al proyecto de España como nación-estado, Reino o República que sea. Desde mi punto de vista, colorín, colorado.

Saludos igualmente cordiales,