17 julio, 2006

La privatización de las universidades públicas.

La universidad pública está siendo subrepticiamente privatizada. O, por mejor decir, asistimos a una paraprivatización. No sucede solamente en la Universidad, también en muchas otras entidades de titularidad pública. No se trata de que pierdan legalmente su estatuto jurídico-público y sean puestas a la venta, para que abiertamente se haga con su propiedad el capital privado, conforme a las leyes del mercado. No, para nada. Es algo bastante más perverso y sutil.
Intentemos una definición a vuelapluma de las entidades públicas, del tipo del que supuestamente la universidad debería ser un buen ejemplo. Se trataría de entidades regidas por el derecho público, que prestan un servicio público de interés general y que se gobiernan y gestionan ateniéndose al interés general de sus prestaciones y a la búsqueda de un beneficio prioritariamente social, no privado, no particular. Pues bien, sostendré aquí brevemente que de esa definición sólo queda, en lo referido a las universidades públicas el cascarón, la apariencia, las grandes declaraciones y la retórica enunciación de los principios.
Desde los años ochenta para acá y en las sucesivas reformas, con los matices que se quiera en cada caso, se aprecia una descarada, indecente, puesta de las universidades públicas a la pura disposición de los intereses particulares y particularistas, una entrega gratuita de sus medios, estructuras y decisiones a poderes que en ningún caso se guían por aquel interés general que justifica el estatuto público de semejantes instituciones. Con la reforma última, a punto de consumarse, se puede decir que dicho proceso se cierra y se consolida, ya sin vuelta de hoja.
Esa cesión de la universidad pública tiene dos dimensiones. En una primera, la menos profunda, pero tremendamente importante ya, la universidad se convierte en mero juguete en manos de los rectores y de sus respectivas camarillas. Rectores los habrá buenos y malos, presentables y lamentables, como no puede ser menos. Pero, en cualquier caso, quedan todos formalmente convertidos en amos absolutos de lo que pasa a ser su huerto particular. Se hace ya, y se hará aún más en cada lugar, en materia de plazas profesorales, derechos de alumnos, titulaciones, nombramientos y ascensos de personal administrativo, planes de estudios, etc., etc, la política que a cada rector más le agrade porque más le convenga para su interés inmediato, que es acrecentar su poder hacia adentro, y para su interés de futuro, que es seguir trepando en otros circos. Y, ahora, hasta determinará cada uno de los que hoy gobiernan las manera de elección de sus sucesores, que siempre se procurará que sean los de su confianza, los de su grupete. Toda la parafernalia normativa, con reglamentos para todo, se dispone y se aprueba a mayor gloria rectoral.
Por supuesto, una persona sola, con unas ideas y un programa, jamás podrá ya acceder al cargo de rector. Es necesario procurarse una clientela, un ejército de vasallos, prometiendo favores y aplicando beneficios y represalias en función de un interés que inmediatamente es político, de poder, de dominación, aun cuando en el fondo esconde objetivos bastante menos aceptables, como veremos luego. Ya estamos en las universidades bien acostumbrados a tal proceder y sabemos de sobra que si pretendes medios que no sean los comunes raquíticos, si aspiras a configurar un área o un equipo bien dotado de plazas funcionariales, contratos decentes y personal suficiente, tienes que pasar por el aro y portarte como un leal servidor del magnífico y excelentísimo de turno y de sus corifeos. Dialéctica amigo-enemigo llevada al paroxismo. En mi propia universidad acabo de ver un ejemplo que rebasa todos los límites conocidos de la deshonestidad y el ridículo, simultáneamente. Son tiempos propicios para los listillos más incompetentes, para los magreadores de mandamases, para los sibilinos peloteadores sin categoría intelectual, sin moral y sin escrúpulos. Se crea en torno al poder mal llamado académico una tupida red de intercambios, mezquindades y veladas amenazas, de lealtades feudales, de servilismos humillantes, cosa que toman muchos como mal necesario, cuando no como terreno abonado para canjear las miserias peores por influencia y prebendas.
Lo anterior ocurre en el nivel más superficial y visible. Sólo podrán negarlo los ciegos voluntarios y los pescadores de revuelto río de orines. Por debajo late algo todavía más preocupante. Escasos serán los rectores y altos mandatarios de la universidad que acceden al cargo y se mantienen en él por idealismo académico y con el propósito de que se alcance un mejor rendimiento de profesores y estudiantes, un más esmerado y limpio servicio público. Y si los hay de ésos, bien poco se les oye, pues los comunicados y las políticas de la Conferencia de Rectores hacen sospechar unanimidades más interesadamente gremiales que aspiraciones sinceras a la excelencia académica y al trabajo investigador, docente y discente bien hecho. Creo que la mayor parte de esos gobernantes universitarios buscan ante todo su propio medro y actúan dominados por móviles bastante diferentes. Al fin y al cabo, bien débil es la vocación académica de quien accede a cargos burocratizados y absorbentes, que frustrarían la vocación de quien tenga en los libros y los laboratorios el lugar de sus deseos. La mayoría no ansía más que utilizar el puesto y la gestión para tejer un entramado de favores y privilegios del que puedan beneficiarse personalmente, tanto durante el cargo, disfrutando de ese poder que se hace omnímodo, como después, para no tener que retornar a la inhóspita cátedra y al silencio de las bibliotecas.
Me parece que durante su mandato prima el puro placer de gobernar al libre antojo, sin trabas ni oposición, a golpe de palo y zanahoria. De formar una corte de tiralevitas, muertos de hambre y vendeciencias que hagan sentirse importante y fuerte a quien en muchos casos no pasaría de ser un segundón en la academia y un mendigo de distinciones vacuas. Ensoberbecidos, como todo el que goza de poder absoluto, toman por justa apreciación de sus méritos el descarado halago de quienes comen de su mano e imploran su benevolencia. Es una simbiosis perfecta, una sociedad de beneficios mutuos: la soberbia de los unos, bien alimentada de pleitesías y obediencias de los otros, a cambio de favorcillos y concesiones: este carguete, aquel nombramiento, tal plaza, determinada subvención.
Mas, como todo se acaba y todavía no han conseguido, de momento, imponer la figura del rector vitalicio, conviene asegurarse el día después, el incierto mañana sin coche oficial ni tropa de secretarias. De ahí que deban también ellos entregarse al halago de los que pueden más, hacer concesiones a los poderes fácticos y complacer a los politicastros locales, a la caza de futuro nombramiento para cargo público o de candidatura en partido con posibilidades de trincar poder o de consejo de administración en empresa con finanzas pujantes. Nada les excita más que visitar a consejeros o comer con presidentes de potentes sociedades, anónimas y limitadas. Una vela a dios y otra al diablo, y si se juega bien cada baza, algo caerá. A seguir mandando, a seguir gozando, a seguir sin investigar ni dar más clases. El que me pida ejemplos está ciego, seguro.
Con lo uno y con lo otro, con la posibilidad que las leyes les regalan de gestionar la universidad como si fuera una finca de su propiedad, y con las que se buscan por su cuenta al plegarse ante los grupos económicos y políticos, incluidos los más cutres, se consuma de hecho, bajo apariencia de ejemplar juridicidad, la expropiación de un servicio público y su entrega, sin justiprecio e impunemente, a los intereses más turbios que en la sociedad pululan y se arrastran. Un perfecto microcosmos de mentira y disimulo, de engaño, de baratas corruptelas, de ambiciones y vergüenzas. Una pena. La suerte está echada y el día que la docencia de calidad o la investigación puntera vuelvan a ser necesarias, tendrán la sociedad o el Estado que inventarse otros lugares, otras instituciones y otras prácticas. El corazón de las universidades, la academia, ya no late, y durarán solamente lo que tarden los gusanos en roer lo que de su esqueleto queda. Descansen en paz.
Puede que no me acompañe ni un ápice de razón y sean mis críticas infundadas y gratuitas. Pero, entonces, que alguien me explique por qué llevan décadas los rectores, con alguna puntual excepción tal vez, implorando reformas que aumenten sus atribuciones y su control y que conviertan a las universidades en lo más parecido a una empresa en la que el miedo y la prudencia de los trabajadores fuerce a éstos a la dependencia, la sumisión, el silencio y la reverencia. Que me lo expliquen.

20 comentarios:

tumbaito dijo...

Ah, pero... ¿No fue siempre así? ¿Alguna vez las universidades estatales no han sido un nido de víboras y sinvergüenzas?

AnteTodoPensárselo2Veces dijo...

Estimado Tumbaíto:
¿Qué opinión le merecen los profesores universitarios que escriben aquí? ¿Tendemos más a víbora o a sinvergüenza?
Disculpen lo tosco del argumento, pero es que voy con prisa.
Atte.
ATMC

tumbaito dijo...

¡Uy!¡Pues no sé! No les conozco.

AnteTodoNiP···Idea dijo...

IGNORANCIA
Pero ni pXXX idea. Desde mi ignorancia, creo que están viciados de raíz la mayoría de los modelos organizativos en los que quienes optan al cargo público son posibles beneficiarios de las resoluciones administrativas (y con ello, no sólo la actual plasmación de la autonomía de gestión universitaria, sino casi todas las demás manifestaciones).

A LO CÍNICO-ESTRUCTURAL
¿Autonomía universitaria para qué? Para que la guerra sucia de partidos, la politiquería, no entre a mangonear, sirviéndose de la Universidad (imagínense en un momento como el actual, la Universidad totalmente en manos de, qué sé yo, Espe Aguirre, o Vendrell).

CONCLUSIÓN
Para evitar someterla a las garras de quienes quieran instrumentalizarla para oscuros fines partidistas, la someteremos a las garras de quienes quieren instrumentalizarla para oscuros fines personales.

RESULTADO
Sigue igual de jodida, pero al menos no interfiere en los "grandes" procesos políticos. "Muérete, pero no agonices muy alto, que no dejas oír la tele".

tumbaito dijo...

Creo que el problema de la universidad no es el modelo educativo sino el suelo donde se ha sembrado que es yermo.

Una Facultad de medicina crece en suelos fértiles como es un hospital de calidad -por ejemplo, el hospital Sinaí-.

Pero no fue esa la decisión de los capitostes, el suelo donde crecerían las universidades sería el mundo político.

Pues bien, con su pan se lo coman.

Øttinger dijo...

Además del modelo universitario, la Universidad padece un problema endémico que son sus habitantes. Como si de mafias se tratasen, pseudofamilias de profesores convertidos en grupos organizados que se reparten los chiringuitos y manejan el poder como si de grandes cosas se tratade cuando en realidad no es más que miserias. _Y lo peor de todo es que los nuevos que entran, después de años de espera, estudio, sacrificios, lealtades a los que mandan, aguantar humallaciones... reproducen una vez más los vicios de sus antecesores.
Ese es el problema de la Universidad y que ninguna ley o reforma puede evitar(al menos de momento).

Anónimo dijo...

Cuando la sociedad empiece a necesitar la ciencia y el conocimiento de verdad ya será demasiado tarde. No habrá nadie que acierte a seleccionar con criterio y razón a los buenos científicos, puesto que para entonces el traje de cienttifico-sabio lo seguiran vistiendo los mismos mediocres que ahora son profesores y (ojalá mueran antes y con mucho dolor) los que ahora ocupan los cargos importantes en las universidades y departamentos universitarios.
Por si eso fuera poco, no es sólo la Universidad la que está viciada de caciques. En muchos centros del CSIC hay una panda de inutiles y de gansters, que ostenan el poder, muy grnade. ¿Podemos confiar en ellos?

Lo que nos falta en la Universidad española es una gran auditoria a cargo de alemanes, holandeses, finlandeses, suecos....que clarifique quien sí y quien no debe seguir en ella.

Propongo que los más vagos, caciques, hipócritas, vendeciencias, mediocres, miserables, funcionariuchos...sean nombrados personas non gratas en cualquier campus o lugar de invesigación, y que tengan una orden judicial de alejamiento de libros,aulas, bibliotecas, laboratorios, gabinetes, salas de conferencia...¿Se imaginan qué bien estaríamos el resto? ¿Qué bien iría todo?

tumbaito dijo...

Me veo sin profesores.

Ante dijo...

Tumbaíto: sólo el insensato califica lo que desconoce.

tumbaito dijo...

Pues, aplíquese el cuento, porque desconoce mi desconocimiento. O sea, es un ignorante redundante.

AnteTodoDoyPorConcluido dijo...

Repasemos su confesión:
"¡Uy!¡Pues no sé! No les conozco."
Señoría: no haré más preguntas (siempre he querido decir eso ante un tribunal, dándome la vuelta hacia mi asiento).
Da igual: intentemos no aburrir al personal con estas chorradas.

tumbaito dijo...

Pues mejor absténgase de hacer eso en un tribunal, o me veo a su cliente chamuscado.

Sé algo de quién escribe este blog porque tiene la cortesia de alojar sus escritos en una página web; de usted... que no diferencia entre la escuela austríaca y los neoclásicos. (Muy frecuente entre los que su sustento es idéntico al aminoramiento del herario público).

Y, por último, no está reñido que alguien sea un sinvegüenza y una víbora con que sus sesos tengan un rendimiento admirable. Muy especialmente en la facultad de derecho.

Anónimo dijo...

Esto de los reptiles (víboras) y sinvergüenzas (Juventudes Comunistas, PSOE y demás izquierda), está bien. Pero para que el debate alcance cotas de audiencia , en mi opinión, creo que Tumbaíto debe de mojarse un poico más y explicar 1): los profesores universitarios que escriben aquí , tienden más a víbora o a sinverguenza?
2) Esta relativamente bien en su esquiva de que : nada tiene que ver la sinvergonzonería y el veneno reptilesco con los sesos; pero no dice en qué porcentaje ha encontrado en Derecho esos especímenes presuntamente peligrosos.
En cuanro a Antetodomuchacalma y Tumbaíto, están Vds mucho más frescos y ágiles y simpáticos en este intercambio dialéctico que en el anterior de hace unos días. Con lo cuál los amigos que frecuentamos el blog, se lo agradecemos, sobre todo en los descansos de estudio con estos calores. Bravo a los dos : no es labia.

tumbaito dijo...

A ciencia cierta, sólo sé que Don Juan es profesor universitario; del resto, ni idea. Y, como ya he dicho, valoro mucho que ponga tantos de sus escritos a disposición de la gente.

En derecho solo he conocido un profesor íntegro, Don Aquilino Iglesia Ferreiros. Pobre hombre... cuando nos hablaba de la universidad de Bolonia... ¡Ay!¡Bolonia!

Anónimo dijo...

pOR FAVOR TUMBAÍTO . dE QUÉ IBA dN aQUILINO POR LA VIDA PARA SER TAN BUENA GENTE? mE INTERESA COMO AUTOAYUDA. gRACIAS.

tumbaito dijo...

No emplearía esos calificativos con él; era un PROFESOR. Pero... Creo que sólo me ha gustado a mí, porque me gustan los PROFESORES.

Me encanta la erudición, y él es un erudito.

Anónimo dijo...

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