19 noviembre, 2010

De Buenos Aires a Montevideo. Impresiones de un amigo

Ese buen amigo de este blog que firma "Un amigo" nos manda esta muy sugerente y personal crónica de su viaje recién terminado por tierras argentinas y uruguayas.
Gracias, amigo, es un placer leer sus impresiones. Me quedo con ganas de visitar ese Uruguay que tan bien le ha sentado. Y qué pena esa decadencia bonaerense.

Que los habituales de este blog no se lo pierdan. Y, por cierto, que no se les pase la foto, del mismo autor y tomada en el registro civil de Montevideo. Ahí va:


De vuelta ya del Río de la Plata, y como quien dice con el pie en el tapis roulant para el siguiente viaje, quería honrar con el prometido apunte la invitación que recibí del anfitrión de esta casa para decir algo sobre Argentina y Uruguay.

A pesar de que diversos factores me ligan desde hace mucho tiempo con la región, no puedo jactarme de conocerla bien. Mi desplazamiento obedecía a una mezcla de razones profesionales y privadas, y ello tampoco ayuda mucho – por un lado enriquece la perspectiva, pero por otro la hace más superficial. Así que procederé a la anunciada descarga de impresiones –mucho me temo que inconexas– y, si alguien quiere contribuir, pues estupendo. Que nadie se espere que hable de dos países – como mucho, y con grandes lagunas, hablaré de dos ciudades, y de algún trecho de pasto por entre medias.

Encuentro esta vez la Argentina –o mejor dicho Buenos Aires, ya que apenas salí de la Capital Federal– más tensa. Florecían a diestra y siniestra, en los medios, los panegíricos –más bien empalagosos, a mi juicio– sobre el ex-presidente apenas desaparecido. Pero en las conversaciones afloraban críticas duras, tanto dirigidas a él como hacia la actual presidenta, su viuda. Desde el punto de vista de la oligarquía porteña, ésa misma que lleva doscientos años justitos haciendo de las suyas, y ganándose (creo que justamente) una fama de altivez incomparable, lo consideran un agitador social, una mala persona, un administrador mediocre encumbrado inmerecidamente desde la gobernadoría de una provincia pequeña y oscura, un demagogo cultivador de resentimientos. Desde otros puntos de vista … digamos complementarios, se lamenta amargamente lo que prometiera y no ha hecho, junto con su tan marcado como poco elegante enriquecimiento personal.

Más allá de estas discusiones desdobladas, hay una sensación de sociedad aún más desestructurada de lo que ya fuera. La Buenos Aires rutilante, la que siempre ha ambicionado al título de más europea de las capitales latinoamericanas, la del lujo y el prestigio, chispea, diría yo desde mis puntuales recuerdos, más que nunca. Al mismo tiempo, la miseria es cada vez más notoria, y se le ha arrimado, incluso físicamente. Hace unos años cantaban menos las desigualdades que siempre han existido. Hoy, determinadas esquinas de la ciudad –incluso muy céntricas– te reciben con escenas de desamparo que evocan pantallazos venidos de otras latitudes (se me viene a la punta de la lengua, con todo el respeto y el cariño que le tengo, Bogotá). Reflejo práctico (importante para el viajero – como anécdota, un miembro de mi grupo tuvo un problema serio en plena calle, al lado del hotel, afortunadamente con consecuencias sólo monetarias): la inseguridad es palpable, e incluso la clase media ha adoptado procedimientos de alerta constante que, desde nuestra aburrida perspectiva eurocéntrica, no son precisamente tranquilizadores, aunque sean pan cotidiano en tantísimas partes del mundo. Permítaseme otra anécdota más: llego con un amigo a su apartamento en un barrio de confortable burguesía. Calle animada, activa, sin que salten a la vista turbiedades de ningún tipo. Accedemos al portal, obviamente cerrado con llave. Mi amigo interrumpe brevemente la conversación, abre la puerta del garaje, que se encuentra al mismo nivel de la portería, y lanza en derredor una detenida mirada de reconocimiento. La cierra, y llama el ascensor. Mientras llega éste, lo veo acercarse al hueco de la escalera y, de nuevo, escudriñar atentamente hacia arriba. A continuación reanuda la charla, sin aspaviento alguno. Ejem.

Y otra: me hago ‘recomendar’ un taxi en el hotel, una de tantas veces. El valet me trae el vehículo y me abre la puerta cortésmente. Apenas doblada la esquina, tras quizás doscientos metros de carrera, el chófer me anuncia compungido que acaba de romper el cable del embrague, y se detiene junto a la acera. Le digo que no se preocupe, bajo del taxi y decido caminar de vuelta al hotel para que me llamen otro –vale aquí la regla, como en muchos otros lugares del continente, de que es más prudente no parar al primer espontáneo que pase–. Camino dos minutos y llego inmediatamente al vestíbulo externo del hotel. El mismo valet de antes me ve llegar … y palidece, literalmente; evidentemente agitado, me viene casi a la carrera y me pregunta qué me ha ocurrido. Cuando le digo que una simple avería del taxi, suspira con calma recobrada, y me llama otro auto. Ejem de nuevo.

Ensoñado busco sin éxito por las grandes avenidas la estatua a Margaret Thatcher, que no es santa de mi particular devoción, pero que si se merece una estatua en algún lugar del mundo, es ciertamente en éste. Similia similibus curantur – hacía falta, ironías de la historia, semejante cucaracha nacionalista para hacer doblar la cerviz al más pérfido nacionalismo, y ya es decir, que haya florecido recientemente por Latinoamérica. No la encuentro. No todavía. Paciencia.

En la administración capitalina me ha tocado tratar con gente competente, por no decir muy competente, operando con pobres medios y sin quejarse demasiado, lo que me parece de nota. Anécdota de nuevo, esta vez mezclada con reflexión: en una ocasión acudió el jefazo supremo del ámbito a largar un breve discurso; tras intercambiar salameleques y llegando ya el turno del interfecto para la intervención de honor, confieso que puse resignadamente mi mejor cara de fingido interés, preparándome para lo que uno se espera cuando un político se apronta a separar los labios y exhibir la húmeda. Prejuicio del gordo el mío, injustificado y suficiente, pues el caballero me sorprendió diciendo cosas razonables y pertinentes, a pesar de que literalmente ‘aterrizaba’ sobre el evento. Me tiro a mí mismo de las orejas, simbólicamente – ¿que quizás haya, a pesar de los pesares, políticos competentes?

Y donde quiera que he estado, he encontrado multitud de personas preparadas, cordiales y afectuosas.

Pero, ¿puedo acabar con una nota cruel? Sí, me la permito. Me voy con alivio. Volveré cuando haya que volver, faltaría. Pero si me perdiese, que no me busquen por estos pagos.

Uruguay, del que he escuchado y leído tanto sin haber venido hasta ahora, es completamente otra cosa. Es curioso, porque está, por así decir, a tiro de piedra, tanto por agua como por tierra. Algunas de las diferencias con la Argentina se antojan interesantes. Otras parecen un puntito forzadas – trasluce el cultivo de signos de identidad específicos, de esa mística ‘orientalidad’ que ha definido a la República desde sus primeros pasos. Ya imaginan ustedes lo que pienso en general de las místicas, aunque ésta no me desagrade del todo. País mucho más pobre, pero decididamente más homogéneo. Con una evidente dependencia agropecuaria. Una hora más cercano a Europa Occidental, lo cual hace más sencillo pensar en las fatigas del regreso. Ya, de alguna medida, tierra de frontera – la argentinidad, o hispanidad que sea, se mezcla evidentemente con influencias lusas, algunas directas, otras mediadas por el poderoso vecino del norte. Combinación sugestiva que palpita en el aire, en la arquitectura, en los rostros, no sin proporcionar algún que otro recreo emocionado de la mirada –para quien sienta querencia por la piel morena–.

Campo muy agradable, suavemente ondulado –no como la pampa argentina–, con continuas quebradas, aquí y allá, donde relumbran riachuelos. Tierra espléndidamente feraz, rica y bien regada. Está naciendo la primavera, lo cual es un gustazo especial en esta temporada, siempre mirando con eurocéntricos ojos. Se acerca la cosecha del trigo y están plantando la soja. Interludio de hospitalidad magnífica y cercana que me regala unos días de asueto más que bienvenidos, bajo los más canónicos cánones de lo que es el campo sudamericano – comodidades exuberantes, espléndidos asados al aire libre, paseos infinitos en auto, a pie y a caballo, naturaleza continuamente estimulante por lo novedosa –plantas, aves, mamíferos–. ¡Y qué noches estrelladas!

Montevideo como última etapa. Curiosa ciudad con un pasado interesantísimo, macrocéfala en sus relativamente pequeñas dimensiones –concentra la mitad de la población del país–. Algo descuidada, no muy limpia, para rubor de mis anfitriones, que acusan de laxitud a la intendencia (léase alcaldía). El tejido urbano, marcado ‘a dientes de vieja’, salpimentado por edificios deteriorados, tiendas vacías, bajos abandonados, lo que me recuerda vagamente alguna capital balcánica. Muchas menos tiendas de lujosísimo lujo que en su orgullosa vecina del otro lado del Río, está claro – y muchísimas tiendas ‘prácticas’, ‘técnicas’, con escaparates anticuados, a veces hasta polvorientos, pero con mercancías que uno se puede imaginar utilizando. Edificios institucionales –ministerios, servicios, etc.– con frecuencia de dimensiones modestísimas, lo que encuentro adorable – las construcciones del poder rara vez son plato de mi gusto, y se me abren las carnes, arquitectónicamente hablando, paseando ante los mazacotes públicos y privados del tramo norte de Castellana, por poner un ejemplo. Alguna que otra librería estupendísima, y muchas interesantes. Centro histórico atractivo aunque pequeñito, ¿o precisamente porque pequeñito? Muchos bares, confiterías, cervecerías, con frecuencia muy agradables. Y restaurantes, atractivos restaurantes, que permiten esa inigualable experiencia social y antropológica, para mí uno de los grandes alicientes de cruzar el charco, de recrearse con una copa en la mano observando el público de una casa de comidas de ciertas aspiraciones – aprendiendo más del país, y de sus clases dominantes, que en un sesudo seminario de sesenta horas. Oh delicia, estándares de seguridad casi centroeuropeos – se puede caminar casi por cualquier parte, casi a cualquier hora. Ciudad capital, perdónenme si insisto en comparar lo difícilmente comparable, mucho más afable que la ‘hermana mayor’ que hormiguea al sur de este vastísimo brazo de aguas parduzcas que un antepasado imaginativo dio en llamar con ese engañoso nombre de “la Plata”.

Típico de las sociedades pequeñas, tengo la sensación de que todo el mundo conoce a todo el mundo – en este caso, un uso de ‘todo el mundo’ bastante ecuménico, es decir no limitado, como se hace habitualmente, a los cenáculos del poder fáctico. ¿Qué referir más, los conocidos logros del país en términos de política educativa y cultural, por ejemplo el acceso gratuito a la universidad, el acceso a coste intencionadamente bajo a la oferta cultural nada despreciable? Prefiero poner un contrapunto: un muy querido amigo de esto de las universidades se me queja amargamente del nivel siempre calante de los alumnos. Lo consuelo, si se puede hablar de consuelo, actualizándolo sobre cómo va por otras latitudes. Retomando antiquísimas e interminables charlas barcelonesas, hablamos hasta tarde sobre el mundo que quizás vendrá, y la conversación cobra, sorprendiéndonos a ambos, tintes no poco nietzscheanos. Así que, coherentemente, optamos por seguir hablando … de música.

El día después, punteada por fin la lista de tareas, se me lleva el taxi hacia el aeropuerto por la avenida litoral, bajo un mediodía espléndido, contornando la zona de Carrasco. Y no puedo evitar pensar que me parece más mediterránea que muchos lugares del Mediterráneo.

Embarcando en el vuelo de Iberia, me planteo mentalmente la enésima inutilísima comparación con Buenos Aires. Lo sé ya, pero me recreo en repetírmelo: aquí regreso, vaya si regreso. Ya me inventaré cómo.

2 comentarios:

roland freisler dijo...

Un brindis a la memoria del Generalísimo y de José Antonio Primo de Rivera

María Victoria dijo...

Les cuento mi situación: soy uruguaya, me críe en Montevideo pero que vivo hace varios años en un apartamento en Buenos Aires en donde estoy criando a mi primer hijo... de modo que leer esto me encanto... me llega profundamente ya que vincula a ambos países que pertenecen a mi historia personal.
Gracias por compartirlo :)
saludos