18 septiembre, 2006

La Guerra Civil y sus causas

En El País viene hoy un artículo de Enrique Moradiellos, historiador académico que se las ha tenido tiesas con Pío Moa, sobre "La evitable Guerra Civil española de 1936". Me parece sumamente equilibrado, ecuánime, no maniqueo, y aquí abajo lo copio, ya que por aquí hemos tenido algún amistoso rifirrafe sobre las cosas de aquel tiempo.
Enrique Moradiellos, La evitable Guerra Civil española de 1936.
Para la dictadura militar que venció en el conflicto fratricida librado en España entre el 17 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939 la cuestión no admitía duda: "La Guerra Civil fue inevitable", porque quienes se negaron "a entregar a España como una presa al satanismo de Rusia" tuvieron que luchar contra quienes estaban "decididos a instaurar la dictadura soviética". Paradójicamente, para muchos de sus enemigos en aquella contienda, ésta también había sido una guerra "inevitable" por análogas razones: la resistencia ante "la sublevación de las castas reaccionarias, dirigidas por los generales traidores", que pretendía frenar la modernización democrática emprendida por la República desde 1931. Con posterioridad a su conclusión, muchos analistas suscribieron ese juicio sobre "la inevitabilidad de la Guerra Civil" por razones de tipo "estructural", "coyuntural" o meramente "antropológico": el problema del latifundismo agrario y la miseria de las masas jornaleras; la tensión entre autoridades civiles y tentaciones pretorianas militares; el pulso entre la inercia centralista y los desafíos autonomistas; la escisión religioso-cultural entre clericales y anticlericales; el impacto de la Gran Depresión de 1929; el intrínseco carácter nacional violento de los españoles, etcétera.
Una de las principales virtudes de la reciente historiografía sobre el conflicto español ha sido la puesta en cuestión de esa vieja tesis sobre la naturaleza "inevitable" de la guerra. Ante todo, porque los historiadores, por oficio acostumbrados al análisis retrospectivo del cambio histórico (con sus componentes azarosos y fortuitos), son más propicios a considerar los fenómenos históricos como contingentes, configurados en el transcurso del tiempo por concatenación, hic et nunc, de causas y circunstancias diversas. Y, por tanto, asumen que el despliegue del curso histórico no recorre un camino de sentido único y determinado sino que fluye entre senderos disponibles y más o menos transitables en distintas direcciones. En otras palabras: la Guerra Civil no fue el producto exigido por ninguna prescripción inmanente del pasado ni tampoco fue la derivación de ninguna finalidad teleológica. El supuesto "peso de las estructuras" deja sin resolver la incógnita de por qué la contienda estalló en julio de 1936 y no antes. La apelación a la "coyuntura" socio-económica depresiva orilla la incomodidad de que median siete años entre su inicio y el conflicto. Y el recurso a la innata violencia nacional nos deja huérfanos ante una evidencia incontestable: el tránsito pacífico de la Monarquía a la República en abril de 1931.
Sin embargo, la afirmación historiográfica de que la Guerra Civil no fue "inevitable" (pudo no haber sucedido), no excusa, sino que demanda, la explicación de por qué se convirtió en realidad sangrante e irreversible. Y a este respecto, con las debidas cautelas, la mayoría de los historiadores se inclinan a suscribir la idea de que fue el resultado del fracaso de la política como arte de resolución de los conflictos inherentes a toda sociedad sin el recurso abierto a las armas y a la violencia generalizada. La guerra fue, por consiguiente, la resultante de acciones y de omisiones por parte de agentes políticos y sociales de carne y hueso, que fracasaron en su tarea de resolver de modo pacífico unas tensiones graves y crecientes en la coyuntura histórica de 1936.
Por supuesto, la remisión a las conductas políticas como metafóricas "chispas" (causas detonadoras) que encienden la "mecha" (causas estructurales y coyunturales) de la guerra significa atribuir una responsabilidad prioritaria en su desencadenamiento a los líderes y mandatarios más representativos y decisorios de la época, capaces de impartir órdenes o de dictar consignas susceptibles de ser secundadas por muchos otros hombres bajo su mando o influencia. Y esa atribución y gradación de responsabilidades no deja de ser un ejercicio subjetivo sometido a las preferencias político-ideológicas de cada analista. Sin embargo, asumiendo ese irreductible componente interpretativo, la historiografía ha llegado a un acuerdo mínimo. A saber: para que la Guerra Civil dejara de ser mera contingencia y deviniera flagrante realidad fueron inexcusables dos fenómenos que constituyeron verdaderas condiciones de posibilidad del conflicto.
El primer fenómeno responde a un proceso crucial: la extensión durante la Segunda República de lo que se ha dado en llamar "la ideología de la violencia" (cuya génesis es anterior). El quinquenio republicano fue escenario de la creciente expansión de dicha ideología al compás de la dura pugna triangular entre los tres modelos socio-políticos entonces imperantes en toda Europa: el reformismo democrático; la reacción autoritaria; y la revolución social. La idea de que era moralmente legítimo el uso de la violencia más brutal para imponer el triunfo de un determinado orden no quedó reducido a los extremos del espectro político donde siempre había anidado: el carlismo y el falangismo, entre los reaccionarios; el comunismo y el anarquismo, entre los revolucionarios. En su caso, la violencia armada habría de ser la partera necesaria tanto del mundo pretérito que soñaba restaurar la reacción como del mundo futuro que anhelaba construir la revolución.
Para infortunio de los contemporáneos, entre 1931 y 1936 esa ideología llegó a impregnar a otros sectores más numerosos de la política y la sociedad, hasta entonces menos propensos a recurrir a las armas para dirimir un equilibrio de fuerzas inestable. En particular, llegó a afectar a dos movimientos inexcusables para la estabilidad del sistema democrático: el socialismo organizado (dividido entre facciones reformistas y revolucionarias) y el catolicismo político (escindido entre la mayoría integrista y la minoría demócrata-cristiana). Es significativo que los dos máximos dirigentes de ambos movimientos, ya a fines de 1933, hicieran declaraciones de mero compromiso accidental con la democracia: "El Partido Socialista va a la conquista del Poder, y va a la conquista, como digo, legalmente si puede ser. Nosotros deseamos que pueda ser con arreglo a la Constitución" (Largo Caballero); "La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento, el Parlamento o se somete o le hacemos desaparecer" (Gil Robles).
El segundo fenómeno concierne al contexto histórico que hizo posible en 1936 la operatividad de esa ideología. Porque para desencadenar y sostener una guerra civil no hubiera bastado el propósito beligerante de unos pocos, más o menos numerosos, capaces de promover algaradas, huelgas o incluso insurrecciones contra unas autoridades decididas y en condiciones de utilizar disciplinadamente los amplios recursos coactivos del Estado. Así lo demostró el fiasco del golpe militar reaccionario encabezado por el general Sanjurjo en agosto de 1932 y el fracaso de la huelga e insurrección socialista y catalanista de octubre de 1934. Para precipitar ese tipo de conflicto era inexcusable que las divisiones en la sociedad se hubieran extendido a las Fuerzas Armadas hasta el punto de escindir su unidad y disciplina.
De hecho, fue la división en las filas del Ejército, en su calidad de corporación burocrática jerarquizada con el monopolio legítimo del uso de las armas, lo que hizo posible la contingencia de la Guerra Civil. Si el Ejército hubiera actuado unido a la hora de protagonizar un golpe militar, nada se hubiera interpuesto en su camino: ni la legalidad constitucional de las autoridades civiles, ni la movilización de milicias improvisadas y mal armadas. También lo contrario es cierto: si el Ejército hubiera permanecido leal en su integridad a las autoridades civiles constituidas, no hubiera triunfado ningún golpe militar.
Pero no sucedió ni una cosa ni otra: hubo un golpe militar faccional. El hecho de que la insurrección fuera muy amplia, pero no unánimemente secundada, permitió que otra facción de las fuerzas armadas se opusiera a la misma y consiguiera aplastarla en casi la mitad de España. El resultado de ese fracaso parcial y éxito limitado de la sublevación faccional fue la Guerra Civil. Lo recordaba hace ya tiempo el general Salas Larrazábal, un ilustre historiador que también fue combatiente franquista: "En general, los conspiradores pecaron de superficialidad y optimismo; subestimaron al adversario y supervaloraron su propia influencia en las filas militares". Y lo revalidaba el hijo del general Cabanellas, el más veterano de los líderes sublevados: la lucha "fue el resultado de la división interna del país; pero, al mismo tiempo, de la del Ejército. Desunido, quebrantado en su disciplina, tiene en él origen la guerra de España".

Realismo mágico

Vean esta noticia que viene hoy, domingo, en El Tiempo, periódico colombiano. Hace días que se habla del asunto y es el hazmerreír de media Colombia.
Resumo con brevedad. En Colombia la Fiscalía General del Estado es una de las instituciones más poderosas y el puesto de Fiscal General uno de los más buscados. Se ha descubierto que entre el personal con contrato en la Fiscalía General figura lo que aquí llaman un síquico. En España tal vez lo denominarían muchos un parapsicólogo o cosa así. De los que te ayudan para tu autoayuda. Uno de esos jetas que lo mismo te hipnotizan para saber por qué te salen granos en salva sea la parte, te hacen la carta astral o te colocan en determinado orden los lápices de tu escritorio para que fluyan las buenas vibraciones y se alejen los malos espíritus. Conozco mucha gente en Latinoamérica que se desmelena con semejantes pendejadas y se gasta los cuartos en charlatanes de tamaño calibre.
Lo insólito es que este sujeto de la Fiscalía había conseguido introducirse en el círculo más íntimo del Fiscal General y, por consiguiente, en las esferas de mayor poder e influencia de tan alta institución. Allí tenía acceso a datos muy delicados del Estado y, so pretexto de hacer estudios psicológicos del personal de la Fiscalía, dominaba todas las intimidades, cotilleos y líos, incluidos los de cama, de aquella gente tan supuestamente sesuda y responsable. Le habían dado hasta pistola, por la importancia y el riesgo de su cargo en la cúpula del Estado. El Fiscal General dice que él no tenía ni noticia y que ya va a ver qué pasó. Siempre es lo mismo, al final se la cargará el botones.
Me preguntaba estos días cómo demonios habría podido semejante sujeto picar tan alto, pero el artículo de El Tiempo me lo aclara hoy de sobra y no me sorprende ya nada el caso. Pues parece que contactó con un señora que era jefa de algo allí adentro, le lavó el cerebro con esas tonterías suyas, metió cabeza un poquito y luego sólo tuvo que ir ascendiendo por el escalafón, de idiota en idiota y casi no se me nota. Y viene en la referida noticia de hoy una palabra absolutamente determinante, clave: halago. Así que esta historia, que parecía tan original y estrambótica, acaba siendo más de lo mismo, el cuento de siempre. Cantamañanas con cargo público y cabeza de chorlito y un listillo con habilidad sobrada para ver de qué pie cojean y darles coba hasta que sientan en la vanidad un gustillo cuasiorgásmico y una enorme simpatía por ése que les cuenta lo maravillosos, listos, guapos e interesantes que son. Felación espiritual se debería llamar eso.
Me pongo a recordar casos que conozco en España, o en León mismo, y ya no me parece tan mágico el realismo colombiano. Es la vulgaridad acostumbrada, con el agravante de que antes al menos -y muy mal estaba, que conste- se ascendía a quien se dejaba echar un buen polvo o que le magrearan las posaderas, y ahora basta con que le soben a algún jefecillo la autoestima.
El otro día me contaron que hubo en mi Universidad una reunión muy importante con representantes de la Junta de Castilla y León y que allí apareció de supersheriff un síquico local que los tiene a todos hechizados, pese a su innegable fealdad. Qué les dará, cielo santo, qué les dará.

16 septiembre, 2006

El placer de prohibir

¿Nos damos cuenta de que los gobiernos están cada día más poseídos por la pasión de prohibir y el vicio de castigar? Andan como locos buscando donde ponernos un nuevo límite, una traba añadida, un aumento de pena. Y la sociedad entra el trapo y, mal que bien, vamos convirtiéndonos todos en censores del comportamiento ajeno. Ni el lenguaje se libra y no dice uno tres frases seguidas en público sin cogérsela con papel de fumar (expresión que supongo que se debe ir abandonando), no se vaya a ofender a una minoría, una mayoría, un género, una especie, los nacionales de alguna nación vieja o nueva, la grey de una religión... Por cierto, tiene una guasa guapa lo del Papa y los musulmanes. Ya andan quemando alguna iglesia por el mundo por soltar el Papa que era mala cosa la violencia religiosa en el Islam. Como se nos ponga gagá el pontífice va a ser cosa de mucha risa. Despendole verbal en lugar de la acrisolada diplomacia vaticana. Pero la próxima vez que algún allatolah suelte que el occidente cristiano es un atajo de pervertidos violentos ya veo yo a los católicos -o a los occidentales en general- saliendo de manifestación a exigir un respeto y que se metan en sus cosas. Si uno no quiere, dos no conviven en plan multicultural. Estamos todos locos, Papa incluido. Porque anda que en violencia religiosa no hay por aquí un pasado caliente también, aunque algún perdón ya se ha perdido; pero sólo alguno. Vuelven, si alguna vez se habían ido, las guerras de religión, modelo otoño-invierno.
Pero sigamos con la pregunta de por qué ese celo en el prohibir que se gastan los gobiernos. Lo de fumar es de lo último y más claro, pero los ejemplos abundan. Puede que en algo dependa de dos razones que se me ocurren. Una, el puro placer legislativo, el morbo de mandar y el disfrute al acoquinar al personal. A lo mejor la vocación política no es más que eso, en estos tiempos en que las reformas de fondo y largo alcance brillan por su ausencia. Ya que no vamos a construir una sociedad más justa ni nos atrevemos a meterles mano a los que de verdad cortan el bacalao, entretengámonos puteando a la gente común. Más plusvalía pero menos nicotina. Progresamos. Se acaba por dar más importancia política y social a la legislación sobre el uso del tabaco que a la legislación laboral, pongamos por caso. Pueden parecer todas esas normas, que nos coartan más y más en nuestro diario vivir, expresión de paternalismo estatal. Te pego porque te quiero, y ahora a ver ese culete. Menudo padre, oiga. Tiene más de amo que de protector, más afición al látigo que a la pedagogía y esa enfermiza obsesión por ver a los hijos incapaces e inmaduros. En fin, que me parece que debe de ser un gustazo sentarse en el Consejo de Ministros y preguntarse qué prohibimos hoy a la ciudadanía, compañeros y compañeras. ¿Qué tal si penalizamos el consumo de cerveza en ayunas? ¿Los dónuts de chocolate? ¿Las patatas fritas con ketchup? ¿El piropo callejero? ¿Las puertas giratorias? ¿Los calzoncillos marianos? Todo para ir construyendo una sociedad más sana y responsable, por supuesto, más madura, y para que la ciudadanía corra menos riesgos y se lo pase mejor ante el televisor.
La otra explicación que imagino tiene aún peor cara. Los mandamases que más mandan disfrutan de privilegios exclusivos y espacios de libertad muy particulares. Que el pueblo no pueda hacer esto o lo otro los afecta poco, subidos ellos en la impunidad, y ahítos de caprichos, hastiados de privilegios, estragados los cinco sentidos. Se apasionan tanto más por las reglas cuanto más se sienten como excepción. Quien puede elegir entre más y mayores placeres poco lamentará, más bien al contrario, que el vulgo vea cada día más limitados y controlados los suyos.
No les bastamos obedientes, sólo les pone vernos sumisos. A este paso, y sin revoluciones que en lontananza, sólo nos queda fumar. Y poner la cama.

Los pueblos y la historia

De nuevo me sorprende la relación de los colombianos con su historia. Es impresionante el conocimiento con que manejan los datos de su pasado. Así es, al menos, en el ambiente académico y estudiantil en que me muevo en este país. Se me dirá que son las élites universitarias y que cómo no van a saber. Y la réplica es sencilla, pues cuántos de nuestros profesores españoles son capaces de contar algo medianamente preciso sobre los eventos de nuestro pasado reciente, pongamos la Primera República (alguno pensaría: ah, ahora entiendo por qué la Segunda es segunda), o la dictadura de Primo de Rivera, por buscar ejemplos cercanos y muy relevantes. Y para qué hablar de los estudiantes universitarios, dejémoslo.
En Colombia no se sabe muy bien qué Estado existe, si es que propiamente se puede decir que hay uno, la sociedad civil está absolutamente fragmentada, desintegrada, la violencia forma parte de los hábitos sociales y atraviesa como un puñal la biografía de todas las familias, la pobreza de gran parte de la población es sangrante. Pero uno tiene la sensación de que, a pesar de tantos pesares, pervive una nación, sobre la base exclusiva de unos cuantos detalles menores (la rumba, el trago, el desenfado) y, sobre todo, de un manejo común de la historia. No hay universidad que no tenga su salón con los presidentes de la República que de ella salieron, los datos de la historia constitucional son de todos conocidos, cualquier persona sitúa en su momento y en su contexto los sucesos que marcaron hasta hoy el destino, muchas veces trágico de esta tierra.
Es muy fuerte la tentación de dibujar comparaciones y puede que por ese camino hallemos más de una pista sobre la crisis del sentimiento nacional español. Fuera de Cataluña y el País Vasco, y tal vez ahora en Galicia, no hay una conciencia arraigada de nación porque nadie se reconoce en la historia común. Y no me refiero a ninguna mistificación de esa historia como testimonio de un destino metafísico ni como aprehensión de esencias inmutables ni zarandajas por el estilo. Aludo simplemente a la capacidad de explicar lo que somos y cómo estamos, desde la conciencia de los sucesos pretéritos. Parece que muchos creyeran que antes del franquismo comienza la noche de los tiempos, todo oscuridad y misterio, todo indiferencia. Ahora muchos caen en la cuenta de que hubo antes una República y nos peleamos por teñirla de tintes maniqueos, conformes con un vocerío que nos ahorra el esfuerzo de estudiar un poco. Pero ahí acaba todo, somos como marcianos amnésicos recién aterrizados. Es más, da la impresión de que lo que nos aúna como pueblo no es una conciencia, sino un complejo, el complejo de que no hay más pasado español que una retahíla de vergüenzas y bochornos de los que más vale no enterarse. No se trata de un juicio fundado, es un prejuicio. Algo parecido a la actitud de esos nuevos ricos que no quieren reconocerse en sus orígenes plebeyos y que reniegan de sus abuelos campesinos o sus menesterosos padres, que no regresan al pueblo si no es para exhibir el coche nuevo. Y, si queremos parecer cultos, sacamos a relucir lecturas de Joyce o de Proust, pero nos abochornaría un poco citar a Galdós o Palacio Valdés.
Nada más lógico, entonces, que borrar la historia, nuestra historia, de los libros de texto y las aulas. Si acaso, alguna leccioncilla sobre los orígenes de algún rito local o sobre los modos de la trilla en los tiempos de maricastaña, pequeños barnices de antropología barata y más aprecio al folklore que a las causas de nuestro presente.
El lugar de la historia en la construcción de un sentimiento aglutinador lo han comprendido muy bien, en cambio, los nacionalismos periféricos. Donde los otros padecemos una vergüenza gratuita, camuflada de indiferencia, ponen ellos manos a la obra en la reescritura de su historia, ya sea cierta o adulterada de despecho y culpas ajenas. Y, curiosamente, acaba siendo esa historia de ellos, hecha a su manera, la que termina por ocupar nuestro vacío, colonizando nuestra conciencia. Ya no es sólo que nos parezca oscuro y pobretón nuestro pasado, sin conocerlo, sino que lo creemos ruin y canallesco, pues nuestra conciencia acaba condicionada por sus imputaciones, justificadas alguna vez, gratuitas las más. Ne es meramente que nos avergüence ese abuelo con boina, es que, para colmo, lo tememos violento opresor de libertades ajenas y cómplice de la desdicha de otros pueblos que ya entonces vivían mejor, casi siempre. Sin raíces conscientes -que no quiere decir necesariamente orgullosos del pasado, ni mucho menos; pero para juzgar se ha de empezar por conocer-, estamos a merced de los vientos, presa fácil de charlatanes y buscavidas, espejo para las simples consignas de los simples.
Y se me dirá que si no existe acaso un nacionalismo español, o españolista si se quiere, que muchos verán encarnado en el PP y sus voceros más cerriles. Concedamos eso sin esfuerzo, pero precisemos lo obvio, que es un nacionalismo incapaz de hacer nación, compuesto de mero culto a los símbolos, teñido de obscenas metafísicas -igualito en esto al de los otros- y perfectamente temeroso de enfrentarse con rigor al pasado y de ponderar ecuánimemente sus luces y sus sombras. Allí donde, desde el prejuicio, el español común se avergüenza de la historia que desconoce, el político rancio, desde una ignorancia pareja, lo teme y piensa siempre que va a encontrar cadáveres en su armario y que mejor no menearlo. Se conforma con decir que Franco no fue tan malo, pero de ahí no pasa o, todo lo más, saca a relucir cuatro tópicos sobre los reyes católicos y su "empresa unificadora".
La historia en España acaba reducida a una contienda entre propagandas y a consigna manipuladora con ánimo puramente electoralista. Deberíamos aprender de estos pueblos que apenas tienen Estado, como el colombiano, nosotros que lo tenemos hermoso y aparentón, pero con los pies de barro, con nuestros pies de barro.

14 septiembre, 2006

Las cosas de los viajes.

Bueno, pues ya estoy en Bogotá, cómodamente alojado desde hace una hora, pero con la cabeza vacía de toda idea potable, como corresponde al madrugón, las horas de vuelos y esperas y el desconcierto habitual en estos casos. Así que sólo puedo contar un par de anécdotas sin mucha sustancia.
Llegué a la agotadora T4 de Barajas a las 08:30. En cuanto me puse a buscar en los paneles informativos la lejana sale de mi embarque para Bogotá, se me acercó una señora pidiendo ayuda. Hablaba y hablaba e intentaba contarme de una vez toda su vida. Conseguí frenar su verborrea y me fui enterando de lo que le ocurría: era bilbaína, de 84 años muy bien llevados, acababa de llegar de Caracas, donde vive desde hace un montón de años, y había perdido el enlace para Bilbao. Le dije que bueno, que yo le echaba una mano y la guiaba. Comenzó a seguirme por pasillos kilométricos, al tiempo que echaba pestes de todo: los aviones, los aeropuertos, esta nueva terminal, que tanto lujo para qué, ya ve usted, mucha fachada y llega una señora como yo y se pierde. Empezó también a largar contra los españoles, tan desagradables al parecer. Así que le dije: mire, buena mujer, yo la voy a ayudar a conseguir un nuevo vuelo a Bilbao y la voy a dejar sentadita en su sala de embarque, aunque me cueste una hora y varios kilómetros de terminal, pero no me vuelva loco y no critique tanto, caramba. No conseguí que se callara ni tanto así, pero cambió de tercio y me fue contando su vida y milagros, que tenía dos hijos en Venezuela, que uno era médico y otro ingeniero, que vivían en casas muy bonitas..., la intemerata de cosas. Y yo pensando que otra vez me iba a salir caro lo de ponerme caritativo y que qué me estará pasando estos días, si será que me estoy volviendo un vejete blando.
Pasamos un control de seguridad y la señora se olvida el bolso. Cae en la cuenta siete pasillos más allá y vuelta para atrás, aunque la señora insiste en que no lo dejó allí, sino vaya usted a saber dónde. La arrastro hasta el control, intento preguntarle al guardia si han visto un bolso abandonado y ella aprovecha para intentar explicarle lo de sus hijos y que tienen casas preciosas y que ella viene a ver su hermana. El guardia me mira con cara de pedirme socorro, ¡a mi!, y yo veo asomar el bolso debajo de una mesa. Así que nos vamos a buscar un mostrador de Iberia para lo del billete y la señora camina que se las pela, sin dejar de hablar ni fatigarse por ello. Llegamos al mostrador y, cuando la identifican en el ordenador le dicen que andan no sé cuantos operarios buscándola con la silla de ruedas que ella había pedido. ¿Silla de ruedas?, les pregunto, pero si camina mejor que yo. Conseguimos el billete para un vuelo que sale pronto, la arrastro a su puerta de embarque y se la endilgo a una buena mujer que estaba allí sentada esperando el mismo vuelo. Me da dos besos la viejecilla, intenta regalarme unos bombones, dice que rezará por mí y comienza a soltarle sus historias a la buena mujer de al lado. Yo me largo con la sensación de que ya voy servido de buenas obras para un mes.
Me arrimo a uno de esos horribles bares donde para comer un bocadillo de nada hay que hacer cola con una bandeja y mucha paciencia. Delante de mí, dos azafatas gringas, creo que de la American. Y, sorpresa, veo como una de ellas se mete un par de bolsas de patatas fritas en su maletín, con evidente dolo y cara de traviesa. Se da cuenta de que la miro y farfulla no sé qué cosa en un inglés del que no entiendo ni palabra. Me encojo de hombros y le pongo cara de que no va conmigo su hurto, que allá se las componga. Y, efectivamente, no paga las patatas cuando llega su turno. Edificante.
Llega mi hora, me siento en el avión y allí al lado llora un niño como de seis o siete años. La gente se interesa -yo ya iba con cuidado, tenía mi cupo de solidaridad humana agotado- y cuenta el chaval, entre hipos y sollozos, que su mamá lo dejó en el avión, que lo manda con su papá a Colombia, que vuela solo y que teme no volver a verla. Cáspita, otro drama. Y resulta, por lo que sigo oyendo, que la casa de la mamá del niño está en Bilbao. Vaya, debe de ser el día de las tragedias bilbaínas. Se van concentrando las azafatas y los azafatos -por cierto, que deteriorados/as los tiene Iberia últimamente- y continúa el interrogatorio al pequeño. Hasta que aparece el comandante y dice que a él le tiene que decir la verdad, que si le cuenta mentiras se va a enfadar mucho. Uno con mano para los niños, ya se ve. Y se lo lleva con él a la cabina. Me quedo pensando qué averiguaciones intentarán y dónde acabará el niño. Pero regresa a su asiento a los diez minutos, portando en su cabeza la gorra del comandante, que no apeó en todo el vuelo.
Esta vez apenas consigo dormir en las diez horas de vuelo. Viajan en el mismo avión dos colegas muy queridos y echamos alguna parrafada para pasar el rato. También aprovecho para leerme casi todo un tocho de un prestigioso procesalista, sobre la prueba en el proceso civil. Hay que ver cómo escriben estos dogmáticos tan dogmáticos, ni una cita, ni una fuente, todo palabra de catedrático antiguo, las cosas son así y punto. Concluyo, una vez más, que se ahorra tiempo y esfuerzo y se aprende lo mismo leyendo a pelo todas las leyes de enjuiciamiento que vengan al caso. ¿Cómo es posible que no me haya dormido apenas con semejante ladrillo en la mano? Definitivamente, me pasan cosas raras esta temporada.

12 septiembre, 2006

Otra de medicina.

No, todavía no me he ido. Mañana por la mañana. Antes, voy a contar lo que me acaba de ocurrir, por desahogo y tal.
Resulta que tenía que hacerme una ecografía de la vejiga. El médico dijo que por ver, que no hay preocupación. Así que pido hora, para esta tarde, me tomo una hora antes mi litro y medio de agua y me voy para una prestigiosa clínica con el recipiente interno bien repleto. Naturalmente, de puntualidad ni rastro. Pasan treinta minutos sobre la hora asignada y voy notando le presión. Al lado hay un señor que brama con la enfermera y con su esposa -o lo que fuere-, se lamenta de que no puede ser y de que está muy incómodo. Llega mi turno y la enfermera me pregunta si voy muy apurado o si puedo dejar que pase antes ese hombre, al que le tocaba después. Calculo la resisencia que me queda, me lo monto mentalmente de asturiano fortachón y digo que bueno, que pase él. Maldita la hora. El sujeto, pequeñajo y con maneras, vestuario y lenguaje de constructor acostumbrado a pisotear currantes, ni me mira ni me da las gracias, convencido tal vez de que le tocaba a él por lo de las cuotas para enanos. Empiezo a arrepentirme, otra vez, de ir por la vida de generoso. Los quince minutos posteriores se me hacen largos y me aflojo un agujero del cinturón, a ver si se alivia un poco aquella pujanza.
Al fin llega mi turno, que era en verdad el del otro, quien había salido todo sonriente y nada compasivo con mis quebraderos de vejiga, y entro a la sala. Me indican que me quite la camisa y me tumbe en la camilla. Diablos, en horizontal es peor. Paciencia. Me dejan solo allí un par de minutos más. Entra una enfermera -o lo que sea-, toda silenciosa. Debe de ser que no da las buenas tarde para que no aumente mi incomodidad si contesto. Al lado de la camilla hay un ordenador conectado a unos chismes. La mujer toca una tecla y sale del ordenador el siguiente sonido desalentador: plof. Llama a otra señora y comentan las dos, cariacontecidas, que aquello se ha estropeado. Llega el radiólogo -o lo que sea- y les grita que qué diablos han hecho. Ellas aseguran, aterradas, que nada. Yo sigo en mi camilla y medito sobre las revueltas obreras. El radiólogo toca teclas y más teclas y ya no suena ni plof ni nada. Expeditivo, desenchufa el aparato y vuelve a enchufarlo. Mira, lo mismo que hago yo en estos casos, pienso, no somos tan diferentes los humanos ante los misterios.
Han pasado casi diez minutos y el de la bata blanca no me ha dicho ni pío ni moa. Tampoco había saludado al entrar, para qué, si en mi estado debo parecer una pieza de la camilla. En esto aparece otro con pinta de técnico y empieza a decir cosas del sistema y del software. Ahora sí que estamos jodidos, me digo, llegó el experto. Y, efectivamente, procede de inmediato, él también, a desenchufar y enchufar todo seguido. Nones, aquello no chinfla. Se miran los dos varones y concluyen que tal vez sea buena cosa hacer un nuevo intento de desenchufar. Tan sencillos ellos, tan naturales, oye.
Pugno por que me salga la voz del cuerpo y digo que qué tal si meo sólo un poquito, que empieza a ser dolorosa mi sensación. Me dice el radiólogo, reparando sin duda en mi presencia, que espere un nuevo intento. Y desenchufan otra vez. Palabra que no exagero nada. Así que aguardo. Como el aparato -quiero decir el ordenador- sigue en sus trece, me sugiere que orine un poco, pero poco. Obedezco y me siento extraño tras la meada interrupta, placer apenas insinuado. Retorno al garito y me ordena el galeno que espere en una silla que hay allí detrás. Sigue frenética su actividad desenchufadora y enchufadora. Al cabo, me dice que salga y que aguarde en la sala de espera quince o veinte minutos, que van a llamar a otro experto. Y yo me largo, claro. Se me ha hinchado ya todo lo hinchable, no sólo la vejiga.
Supongo que allá seguirán todos con su metesaca en el enchufe. Tiempos modernos, ay.

Hasta pronto, camino de Colombia.

Hora otra vez de hacer maletas y tomar aviones, nueva escapada a mi querida Colombia. Trataré de contar qué se cuece por allí.
Hasta muy pronto.

Campo

¿Qué va a pasar con el campo? Esta temporada he vuelto bastante por mi pueblo, en Asturias. El paisaje está cambiando y el poder mete sus manos para regular el uso de los espacios. Antes los campesinos explotaban el terreno, lo cuidaban y lo mantenían para sus propósitos productivos. Ahora ya apenas quedan campesinos. Les anticipan las jubilaciones para que dejen de producir leche. Antes pagaban por explotar la hierba de los prados ajenos. Ahora a los pocos que quedan les sobra donde segar y sembrar. Van quedando fincas abandonadas, que se come la maleza. El monte salvaje se adueñará dentro de poco de más y más espacios.
La alternativa para quien no puede o no quiere cuidar sus propias tierras es venderlas, pero no quedan más compradores que los urbanitas que quieren hacerse el chalé. Y vienen los ayuntamientos y tratan de poner coto al caos de construcciones reglamentando en qué espacios se puede edificar una casa y en cuáles no. No les falta razón, pues el paisaje se deteriora irremisiblemente si cada cual levanta lo que quiere como le da la gana, aquí una hermosa residencia, a cien metros un cobertizo infame, más allá una chabola con tejado de uralita. Pero donde no se pueda construir irá la maleza, el matorral, ganando terreno. Llegarán también los incendios y nuevos problemas. En toda mi infancia no se vio un jabalí en mi pueblo, ahora, al parecer, hay muchos. Dañan los pocos sembrados que quedan y los escasos labradores retornan a la caza furtiva, se toman la justicia por su mano. Tiene difícil arreglo la situación.
Creo que sería más razonable que los ayuntamientos regularan estrictamente las maneras de construir, pero dejando que el mercado decida el uso de la tierra. Bien está que se impidan los desmanes constructivos o ciertas obsesiones de los recién llegados, como el afán por talar los árboles o por convertir en llanura lo que eran cuestas y colinas. Pero una naturaleza en abandono y sin gentes tampoco parece la solución.
A propósito de incendios, me encontré un viejo bosque completamente quemado. Pregunté a los lugareños qué había pasado y me contaron la siguiente historia chusca. Resulta que en la zona hay un conocido pirómano, vaya por Dios. No está en sus cabales y parece que anda obsesionado con que son mala cosa los árboles y el monte bajo. Así que les pega fuego. Ha estado encerrado varias veces, pero vuelve y retoma las cerillas. Parece que después del último incendio alguien lo denunció otra vez y llegó a su casa la pareja de la guardia civil a buscarlo. Los recibió cuchillo en ristre y pusieron pies en polvorosa. Unas horas después vinieron los GEO, según dice la gente del pueblo. Supongo que sería algún cuerpo especial de la guardia civil. Él volvió a tomar su cuchillo y salió corriendo. Parece que lo persiguieron mucho rato, disparándole pelotas de goma. Pero se ve que él corría más y no lo alcanzaban. En su camino se topó con una paisana, que le dijo algo así como dónde vas tú con ese cuchillo. Él le respondió, arrimándose a ella, ay, Maruja, que me quieren matar, ayúdame. Ella le dijo que o tiraba el cuchillo o le daba ella dos hostias allí mismo. Así que el hombre volvió a escapar a la carrera. Cuando se cansó, se metió en un bar de la carretera, pidió un cubalibre y esperó tranquilamente. Allí lo encontraron sus perseguidores y se lo llevaron sin más altercado.
Me pareció gracioso y por eso lo cuento. Simplemente.

Santiago Rusiñol. Por Francisco Sosa Wagner.

Cuando se cumplen los setenta y cinco años de la muerte del pintor Santiago Rusiñol vale la pena evocarle y recordarle. Ya sé que muchos me han precedido con más medios y saberes pero a uno le gusta hacerlo por su cuenta, por libre y sin acogimiento aguión alguno. Como a tantos otros lugares de la geografía cultural, yo llegué a Rusiñol de la mano de Josep Pla, de su obra dedicada al pintor y a su época. Josep Pla, para mí, es una flecha que siempre señala en la dirección adecuada y, cuando recomienda leer algo, ver algún paisaje, comer algún concreto plato de pescado o unas verduras finas, se impone seguir su consejo y no perderse en pamplinas. Nunca falla ni defrauda porque Pla es sello de calidad, no de esos que ponen ahora a cualquier bazofia intercultural e intertextual, sino sello contrastado: ¡ah, el Pla de los adjetivos! ¿Sabríamos poner adjetivos los españoles si no hubiéramos aprendido esta disciplina en el catalán Pla, en sus descripciones minuciosas, en sus morosas reflexiones tras las que el lector adivina la mirada burlona y lúcida del ampurdanés? En buena medida, mis pasiones literarias son las de Pla, y mis odios son los odios de Pla. Buena compañía, la de Pla.
Pero vayamos a Rusiñol, me refiero sobre todo al Rusiñol escritor porque aunaba las dos condiciones, como le ocurría a José Gutiérrez Solana, también escritor y pintor. Por cierto, este se quejaba de que los españoles fueran tan pobres que no les cupiera en la cabeza dos ideas sobre una misma persona. Y, sin embargo, estas personas que tienen habilidades variadas y felizmente cultivadas son las más fascinantes porque están y no están, huyen y permanecen, son los traidores más conseguidos pues que cultivan una traición elegante y sin consecuencias, mansa. Cuando se les pide un cuadro, te dan una novela, y cuando les pides una novela, te regalan una naturaleza prácticamente muerta.
En la obra de Pla sobre Rusiñol sale mucho, como es natural, "els quatre Gats", el café artístico y literario de la bohemia barcelonesa. Estaba administrado por un personaje pintoresco, Romeu, un tipo que se regía por un curioso principio comercial, el desprecio absoluto de la clientela que le alimentaba. Cuando alguien pedía la cena, se daba a todos los diablos: "pero ¿este también quiere cenar? ¿qué se ha creído? Tenemos que poner coto a este desorden". Sin embargo, al parecer, sentía un gran respeto por las telarañas que decoraban el local. Todo se lo permitía al servicio menos quitar una telaraña: "no me toques las telarañas -decía- que te echo a la calle". Eran un componente del decorado que exigía miramientos.
La obra de Rusiñol más conocida, "L'auca del senyor Esteve", prosa luego llevada al teatro, es regocijante pues permite engolfarse en las manías y los caracteres vitales de la pequeña burguesía catalana, de un tendero que se enfrenta a la vocación artística -y, encima, modernista- de su hijo. Como quien no quiere la cosa, Rusiñol atiza un buen varapalo a la sociedad de miras cortas y a sus individuos estrechos y esmirriados, aquellos que administran sus sentimientos nobles con gran tacañería.
Es célebre el Rusiñol de las bromas con el lenguaje y de las frases gloriosas: "en el matrimonio, los tres primeros años y los tres últimos son los mejores. Los más pesados son los treinta del medio". O cuando afirmaba que "cuando eres joven te gustan todas, luego te enamoras y solo te gusta una. Cuando eres viejo, vuelven a gustarte todas menos una".
De las frases recuerdo siempre dos perlas del pensamiento, que apuntan como un revólver de alta precisión: "cuando un tonto sube a un automóvil, cree que avanza". Pero, sobre todo, esta otra: "quienes buscan la verdad merecen el castigo de encontrarla".
Cada vez que oigo a un político, de esos que son todo superficie, decir que alguien de la cofradía adversaria miente o proclamar que va a decir la verdad bien alto, me acuerdo de Rusiñol y se me sonríen mis adentros. La lectura de Rusiñol es una terapia que nada tiene que ver con la farmacia. De ahí, su eficacia.

11 septiembre, 2006

¿Cómo repartimos los cuartos?

Un buen amigo de este blog, anónimo bien conocido, repite periódicamente en sus comentarios que él no creerá en casi nada que tenga que ver con política o moral mientras no vea que los que ganan más de tres mil euros mensuales reparten sus dineros con los que ganan muy poco o nada. Va siendo hora de ponerse a reflexionar un poco sobre las demandas de anónimo.

Los que ganan más de tres mil euros ya reparten, en principio, aproximadamente una cuarta parte de sus ingresos. Lo hacen por vía de impuestos. Con los impuestos se financian los servicios públicos, entre ellos los servicios sociales. Los impuestos son la vía por excelencia para la redistribución de la riqueza: el Estado detrae de quien más tiene para darle al que está peor. En un Estado social que lo sea no sólo de nombre, el sistema impositivo tiende a dos caracteres que aumentan esa función redistributiva: la progresividad de los impuestos y el predominio de los impuestos directos sobre los indirectos. Pero esto son cosas por todos sabidas.

Pensemos en un ciudadano al que vamos a llamar X. X percibe de su empresa, por su trabajo, un sueldo mensual de 3750 euros brutos. Anualmente en el impuesto sobre la renta deja unos 9000 euros. A esto se ha de sumar lo que X paga ocasionalmente por otros impuestos y, especialmente, lo que paga siempre, día a día, como impuestos indirectos, comenzando por el IVA de todo. Sale, en total, una buena cantidad de dinero que X se ha ganado con su trabajo y que acaba en las arcas del Estado. ¿Eso es bueno o malo?
Unos contestarán que es bueno, otros que es malo y otros que depende.
Dirán que está bien los estatistas. Se trata de aquéllos que piensan que la relación entre los ciudadanos, que deben ser siempre ciudadanos "nacionales", y el Estado es una relación orgánica, viva, relación de dependencia vital necesaria entre las partes y el todo. Las partes, los ciudadanos, se deben a ese todo que no sólo los representa y los aglutina, sino que los aglutina en una realidad superior y les da su esencia principal. No somos nada, sólo materia prima inerte, individuos desamparados y vacíos, sin el grupo, y el grupo por excelencia es el Estado, donde se aúna la comunión de caracteres y sentimientos y la fuerza para defender la identidad frente al rival y el enemigo. Todo lo que el Estado les pida a sus ciudadanos -dineros, sacrificios, hasta la vida- bien pedido estará, sin necesidad de más explicaciones, igual que no tiene la cabeza que explicarle a la mano por qué le ordena tal o cual maniobra. La cabeza gobierna el cuerpo como el poder del Estado, culmen de la nación, gobierna a sus ciudadanos, que se van acercando, así, a súbditos. La operación de sometimiento se perfecciona cuando existe una religión de Estado que insiste a los ciudadanos en que su supremo bien y aspiración tiene que ser el darse a los demás y que la síntesis perfecta de uno con los demás se realiza en el Estado. La obediencia acrítica, como virtud, se hace al tiempo virtud política y virtud religiosa. Por eso el estatismo propende a la teocracia y busca la amalgama de legitimación política y legitimación religiosa para el poder de los gobernantes. Entre la religión de Estado y el Estado como religión hay una promiscua continuidad. Franco, caudillo de España por la gracia de Dios. O, en otros casos, el dictador de turno (Hitler, Stalin, Mao...) convertido él mismo en dios terreno a base de atribuirle capacidades y valores sobrehumanos. El estatista sueña con el Estado total y su persona propia la quiere fundida y confundida con la de sus connacionales en el Estado, aunque haya que pagar.
A la pregunta de antes responderán que está mal que a X le tome tanto el Estado por vía de impuestos los individualistas radicales. Se trata de quienes sostienen que nada existe más valioso que el individuo, concebido como ente radicalmente libre, autónomo, dueño de sí mismo y sin más límite a la propiedad de sí que el respeto a la propiedad de los otros. La propiedad de uno mismo abarca la propiedad de todo aquello de lo que uno se apropie sin arrebatárselo torticeramente a otro, de todo lo que uno tenga y no sea robado, pues sólo si dispongo plenamente de lo que es mío puedo realizar con ello mis planes de vida, planes que fueron, precisamente, el acicate para mi esfuerzo por conseguirlo. Si yo trabajo fuertemente para ganar dinero con el que comprarme una casa, nadie puede quitarme de lo mío, pues supone arrebatarme mi motor vital de comprar una casa y mi realización al tenerla. El Estado que me detrae de mis ganancias para dar una casa a otros que no la tienen, me roba y me esclaviza a esos otros, es un Estado ladrón. Si toma la cuarta parte de mis ganancias o bienes, me hace esclavo en un cuarto esclavo suyo y de los que se benefición de eso que antes era mío y me fue arrebatado. Quien quiera una casa, que la consiga por sus medios y con su esfuerzo. Ante la objeción de que no todos poseen la misma capacidad y la misma voluntad o aptitud para el esfuerzo, se contesta que hacer al más capaz repartir con los menos significa arrebatarle precisamente eso que lo individualiza, sus capacidades y su personalidad y, con ello, su libertad, su autonomía, para convertirlo en masa, en individuo igual, estandarizado, despersonalizado, objeto en manos ajenas. No hay, pues, más Estado legítimo que el Estado mínimo, aquél que se limita a velar por que no nos matemos y no nos robamos, y que no nos exige que le demos de nuestros recursos más que los mínimos para que pueda brindar ese servicio exclusivo de seguridad, lo único por lo que un sujeto libre y autointeresado paga al poder de buen grado. Todo lo demás -vivienda, educación, sanidad, comunicaciones...- que lo pague quien lo quiera y en lo que pueda.
La anterior es la tesis de los llamados libertaristas, representados en el pensamiento político contemporáneo por Robert Nozick, por ejemplo. A ellos se suman los economistas neoliberales, del tipo de los de la Escuela de Chicago, con sus tesis de que un Estado mínimo no aumenta la pobreza, sino que la evita, pues si cada cual gestiona autónomamente todos sus recursos particulares, sin interferencia estatal ni políticas públicas redistributivas, la eficiencia en la producción de recursos será mucho mayor, pues en un Estado activista en lo económico y social en lo político la mayor parte de los recursos no sirven para el aumento de la producción total ni para la mejora de la pobreza, sino que se los traga la burocracia. En cambio, si es el mercado el único que distribuye beneficios y cargas, la eficiencia será mayor, habrá más bienes para distribuir y en ese espontáneo reparto les tocará a los más desfavorecidos más de lo que obtendrían como beneficiarios de un Estado social, por mucho que el reparto con las reglas solas del mercado pueda y deba ser desigual.
¿Y qué ocurre si alguien siente dolor y compasión frente a los que padecen penurias? Pues nada impide que cada cual acate las demandas de su moral personal y dé a los demás de lo suyo, libremente. Cuando yo regalo a alguien, porque quiero, la mitad de mi sueldo, no dejo de ser libre, al contrario, realizo mi libertad sin interferencia ajena. Todo lo contrario de cuando es otro el que se lo apropia para sí o para entregárselo a un tercero. Nada cambia cuando ése que me lo quita para repartirlo es el Estado. Pero como tampoco cabe más moral que una moral estrictamente personal, individual, sin que quede espacio para formas de moral colectiva o grupal, se excluye la aceptabilidad de cualquier moral social general que ordene, por ejemplo, repartir lo mío con los otros. Alguien que me dijera que debo dar de lo mío a otro que tenga menos, estaría faltando al respeto de mi libertad. Que de él lo que su moral le pida; a mí, que me deje en paz si mi moral no me exige tal cosa. Donde sólo cuenta la moral personal como expresión de la libertad de cada cual, no queda sitio para la moral política ni para la gestión colectiva de la solidaridad.
Nos queda la tercera respuesta a la pregunta del principio, la de los que responden que depende. ¿De qué depende? De lo que haga el Estado con esos dineros que le detrae al ciudadano X y de cómo sea la política general de tales exacciones. Comencemos por esto último. La exigencia se resume que la política impositiva sea proporcional y proporcionada. Proporcional en el sentido de que exista una regla general que vele por que a X no se le quite, comparativamente, más de lo que se le quita a quien es más rico ni menos de lo que se le quita a quien es más pobre. Proporcionada, en cuanto que lo que a X se le exija no le impida mantener su vida autónoma, como sujeto libre que se autodetermina mediante el uso de los frutos de su trabajo, esfuerzo y capacidad. Política y gestión de lo colectivo, sí, pero en difíciles equilibrios entre el uno y los otros.
En cuanto a la segunda condición, que hace depender la aceptabilidad de los impuestos del uso que el Estado haga de esos ingresos, la idea central apunta a la redistribución. Si el Estado quita a X e invierte ese dinero en políticas que hacen que se tornen más ricos los que tienen más que X y no consigue que sean más pobres los que tienen menos que X, no podemos pedirle a X que acepte por imperativo moral y solidario el impuesto que soporta. Porque los impuestos, según esta concepción, ni son un fin en sí mismo, como manifestación del poder del Estado sobre los ciudadanos, ni son por sí un robo injustificable; son un instrumento de política redistributiva, son mera herramienta. Y sólo si esa política es efectiva y sólo si lo es sin anulación radical de la libertad de nadie, están los impuestos justificados. Ni todos iguales por decreto, haciéndonos súbditos idénticos, ni todos desiguales por necesidad, al precio de que algunos jamás puedan vivir dignamente como personas. Igualdad de oportunidades y, a partir de ahí, al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Que no estén unos condenados a la pobreza por nacimiento o desgracia, pero que tampoco esté nadie impedido de progresar en su vida personal y social por imperativo de que nadie puede llegar a ser o a tener más que nadie. Aquí el Estado ni es el ente supremo a cuyos mandatos haya que someterse con fe de creyente, ni es enemigo por definición de nuestra autonomía. Es un instrumento de la vida social que se juzga por sus frutos, por sus rendimientos y por su capacidad para protegernos de los riesgos más temibles que nos acechan.
Y ahora, expuesto lo anterior, viene la pregunta para nuestro amable y perseverante interlocutor anónimo: ¿de qué manera puede colaborar X mejor para que se corrijan los padecimientos de sus conciudadanos más pobres? ¿Practicando la caridad con el que tenga a mano o luchando, en la medida de sus fuerzas y sus posibilidades, para que el Estado en el que convivimos ayude con los impuestos a proporcionar a todos mejores condiciones de vida, igualándonos en la libertad, es decir, en la posibilidad de ser dueños de nuestra vida sin las esclavitudes del hambre, la enfermedad o la ignorancia? A mí me parece que de la segunda manera. Lo que no quita, amigo anónimo, para que si un día usted tiene hambre y no tiene con qué pagarse un plato de comida -sé que ni ocurre ni va a ocurrir, por fortuna- yo lo invite con el mayor gusto a comer en mi casa. Pero quitándole el hambre a usted un día o un mes, hago menos por los pobres que si peleo honestamente por una política común de mayor justicia y mejor distribución de la riqueza, aunque a usted, sólo a usted, le solucione así un problema durante un rato. Y, al revés, yo no soy más solidario con el conjunto de mis conciudadanos que pasan hambre por el hecho de invitarlo a comer a usted todos los días, aunque mi conciencia quede así engañada y su estómago lleno. Repare en que suelen ser los más ricos los que más disfrutan con la práctica de la caridad -siente un pobre a su mesa por Navidad-, los que más tratan de evadir impuestos y los que votan a partidos que no les toquen el patrimonio. Por algo será.
Y, por cierto, ¿cómo piensa usted organizarse ese día, ya cercano, espero, en que gane más de tres mil euros al mes?

10 septiembre, 2006

Bilateralidad y reforma estatutaria. Por Francisco Sosa Wagner

Lo ha dicho la comisaria para la Competencia y lo ha repetido el comisario español Joaquín Almunia. Ninguno de los dos me parece que tengan relación alguna con la negra reacción conservadora ni que pertenezcan a la caverna política. Sin embargo, ambos tienen claro que, si la OPA de los alemanes sobre una empresa española se negocia bilateralmente entre los gobiernos español y alemán, burlando las atribuciones de las instituciones comunitarias, se desatará el “caos” en la UE.
Así de sencillo. El asunto tiene la mayor importancia para nosotros, no solo porque se estén ventilando intereses españoles, sino por razones más domésticas. Porque, cuando se está construyendo Europa como instancia política que algún día representará la voz de una gran parte del continente, cuando se está en ese empeño de primera magnitud, sin duda la empresa de mayor aliento que vivimos los contemporáneos, cuando se están poniendo los ladrillos para que ese edificio acabe saliendo airoso, es evidente que, si prosperan las relaciones bilaterales entre los miembros de esa gran alianza, esta dejará de ser Unión para degradarse a la condición de vaga coordinadora de los intereses nacionales.
Pues eso es justamente lo que está ocurriendo con la reforma de los Estatutos de las Comunidades autónomas. Si siguen adelante, en los términos catalanes y andaluces y en parte baleares y valencianos, el Estado español será, en el futuro, un coordinador de las regiones pero habrá perdido su capacidad de dirección efectiva de los asuntos públicos. Que esto lo admita el Gobierno de un Estado antiguo, que ese Gobierno vaya dejando jirones y jirones de sus responsabilidades públicas con la sonrisa en los labios, es un enigma que se entiende mal, sobre todo cuando ese Gobierno se funda en una ideología respetable y eficaz como es la socialista que debería estar muy interesada en conservar entre sus manos las decisiones políticas que conforman la realidad de un país. Quien cree en un proyecto político -en este caso, el socialista-, quien tiene convicciones reflexivas, más allá de las coyunturas de pactos transitorios, no puede contemplar su pérdida de poder más que con una desazón íntima enorme. Lo aceptará a regañadientes si no tiene otro remedio, pero lo hará con mal ceño y demostrando a cada paso su enfado.
La bilateralidad que se está admitiendo en los Estatutos es la amenaza que conduce a la fragmentación del Estado. Aparece en el texto catalán que se permite anunciar que cualquier decisión, adoptada en organismos de colaboración voluntaria, no vinculará a la Generalitat cuando el acuerdo haya sido adoptado sin su aprobación (art. 176. 3). El mismo Estatuto prevé la participación catalana en la designación de miembros y representantes en instituciones como el Tribunal Constitucional, Consejo del Poder judicial, Banco de España, Comisión nacional del Mercado de valores etc, y, además, se constituyen (Cataluña, Andalucía) “Comisiones bilaterales” con el Estado (de forma más comedida, en Aragón). ¿Qué razón existe para que no consignen parecido despropósito todas las demás Comunidades autónomas? La nueva ley de Agencias (julio, 2006) prevé, por su parte, la participación regional en tales organizaciones “estatales” pues se trata de un “modelo abierto que posibilita dar entrada a las Comunidades Autónomas”. Incluso la voluntad del Estado ante Europa quedará mediatizada por la de las Comunidades autónomas, justo cuando en Alemania Federal se reducen en este punto los poderes de los Länder.
Bilateralidad, fragmentación, debilidad ... Lo contrario de realidades federales como la alemana o la americana que subrayan la autoridad del todo sobre las partes.

09 septiembre, 2006

Enigmas cotidianos

Algunos días no soy capaz de escribir nada coherente y de seguido, pues me levanto cubierto de preguntas, invadido por interrogaciones. Uno, modesto Sísifo de andar por casa, lee y lee, y hasta reflexiona un poco, para hallar respuestas, pero cada una trae de la mano una docena de inquietudes nuevas.

Puede que la humanidad se divida en dos grupos principales. Uno, el de los que tienen más preguntas que respuestas. En ése creo que se incluyen los jóvenes que no ven la tele, los obreros que no ven la tele, los intelectuales que no ven la tele y, en general, los que no ven la tele. El otro, los que tienen muchas respuestas, pero ninguna pregunta que de verdad los inquiete. Ahí se incluyen los políticos, los curas y los profesores de universidad de nuevo cuño, modelo in pompam pro habilitationem (la sintaxis latina me la brindó uno de ellos. Sorry).

El caso es que hoy es sábado, estamos a media mañana y las ideas me bailan como a ZP los candidatos, a Guerra los principios o a Acebes las onomatopeyas. No me queda más remedio que sacarme las preguntas matutinas en este mismo escrito, por higiene o para buscar la imposible catarsis. Pues ahí les lanzo, sufridos amigos, un muestrario pequeño de las inquietudes que me corroen el espíritu.
- ¿Han desaparecido del todo los asaltos a los chalés? Si es que sí, qué eficacia policial, que vuelen las medallas y estallen los homenajes. Si es que no, ¿por qué ya no salen los asaltos en los noticiarios?
- ¿Cuántos asaltos a chalés son necesarios para que sean noticia los asaltos a chalés?
- ¿De qué se quiere que la gente no se preocupe cuando a la gente se la preocupa con asaltos a chalés?
- ¿Ya están cuerdas todas las vacas? Si es que sí, loados los veterinarios y gocen universal reconocimiento los gestores de la sanidad animal. Si es que no, ¿por qué ya no tienen las vacas tarumbas el reconocimiento que lograron sus predecesoras? ¿Cuántas vacas deben estar locas para que sean un grave problema social las vacas locas?
- ¿Por qué las marujas y los marujos de la piel de toro ya no se mosquean con los filetes y las casquerías del toro?
- ¿Ya se acabó la gripe aviar? Vaya, fue liviana, alabados sean los dioses. Un querido pariente me vio un día, hace poco, tratando de hacer amistad con una gallina extranjera y me dijo que cuidadín, no fuera a tener la gripe aviar. Al poco, en un pueblo de por acá nos regalaron un gallo, aún vivo, para devorarlo en familia, y nadie dijo nada. No hay pito más sano que el pito de casa.
- ¿Por qué es cada vez más difícil encontrar en las tiendas calzoncillos con agujero de bragueta? El otro día coincidí en un urinario con varios señores bien entrados en años. Mientras yo evacuaba, bien erguido y vestido, a través de la cómoda ranura de uno de esos gallumbos de antaño, procedían todos ellos a bajarse los pantalones y luego meaban a manera de improvisado full monty. Penoso (de pena).
- ¿Son los tangas más baratos que las piezas con más tela?
- Las universidades están dejando de ser endogámicas, albricias. Ahora son empresas familiares. ¿Alguien ha echado cuentas de cuántos hijísimos y sobrinísimos han pillado plaza de funcionario universitario en los últimos diez o veinte años? Pocos, muy pocos, ya lo sé, José.
- ¿Por qué los funcionarios que menos curran son los que más explotados se sienten?
- ¿Por qué cuando hay huelga en las universidades no hay puñetera forma de saber cuántos están en huelga? Cuando yo era director de Departamento (¡ay!) cada vez que había una convocatoria de huelga de profesores me llegaba un escrito del Vicerrectorado de la cosa con el ruego de que diera cuenta por escrito de cuántos la seguían. Nada se me indicaba de cómo se averigua tan esquiva actitud.
- ¿Por qué siempre son los más currantes y laboriosos los que, para colmo de sus desvelos, se encargan de la lucha sindical en pro de los derechos de sus compañeros?
- ¿Por qué visten igual los que piensan lo mismo?
- ¿Qué fue de Juan Guerra?
- ¿Ya hay datos fiables sobre el positivo efecto de las reformas penales en materia de violencia de género?
- ¿Cuándo un Gobierno va a crear un Instituto del Varón?
- ¿Por qué los hombres y mujeres heterosexuales se quejan siempre de las torpezas e incapacidades de sus parejas, estables u ocasionales, y los homosexuales no se quejan nunca de tal cosa?
- Qué pasó con las famosas Kelly-finder, aquellas zapatillas mágicas que te llevaban a tu casa en propiedadad?
- Si yo le pongo a usted las condiciones que me da la gana y usted no traga, ¿es usted un enemigo del consenso?
- ¿Por qué dicen que regresa a su universidad el que nunca se ha ido de ella?
- ¿Por qué a los obreros no les dan un cargo más alto cuando ya no sirven para su trabajo?
- ¿Cuánto cuesta el silencio de un parlamentario que no está de acuerdo?
- ¿Cuánto de prohibido ha de estar un comportamiento para que sea ilegal? ¿Y para que la Administración, los jueces y los fiscales lo persigan?
- ¿Es cierto que en el Consejo de Estado están los mejores juristas del país? ¿Y en el Tribunal Constitucional?
- ¿Será verdad que si los políticos politizan la judicatura, la judicatura judicializa la política?
- ¿Para cuándo las cuotas para bajitos?
- ¿Por qué los tertulianos no escriben enciclopedias?
- ¿Se va a arruinar la monarquía saudí cuando se acabe el petróleo?
- ¿Es muy agotador ser miembro/a del Parlamento Europeo?
- ¿Por qué los enemigos de la Constitución recurren al Tribunal Constitucional?
- ¿Por qué nos importan más los puntos que la vida?
- ¿Se arruinan los empresarios progresistas?
- ¿Folla la derecha fuera de casa?
- ¿Quedan católicos practicantes?
- ¿Los gitanos son nación? Entonces...
-¿Hubo en el 36 un golpe de Estado a favor de la Constitución y la democracia? ¿Hubo en el 34 una revolución a favor de la Constitución y la democracia?
- ¿Es posible que dos que discuten, compiten o se pegan sean igual de mala gente? ¿Entonces por qué hay que preferir a uno?
- ¿Cuánto cobran en la ONU por la cama?



08 septiembre, 2006

Lo que dice Savater

Hoy viene en El País un artículo de Savater que me gusta y que reproduzco aquí para fastidiar a esos que lo detestan por ser menos coherente que ellos, jeje, y menos valiente. Y no se pierdan, a propósito de coherencia, la perla sobre el Parlamento Europeo, institución esencial de la actual democracia en Occidente, qué duda cabe.

Se titula Sin equívocos. Ahí va:

Ahora que estamos en tiempos de memoria histórica, me acuerdo de un viejo y querido amigo republicano que me enseñó muchas cosas sobre aquella época convulsa. Solía asegurar que uno de los mayores aciertos del franquismo fue inventar el término "rojos" para englobar a todos sus adversarios, desde los liberales hasta los estalinistas: de ese modo simplificaba sus argumentos ideológicos contra ellos, cortándolos todos a medida de su conveniencia. De un abuso semejante se quejaba hace pocos días (EL PAÍS, 3-IX-06) José María Ridao al denunciar que hoy se cuenta la Segunda Guerra Mundial como si hubiera sido "un conflicto moral entre un único culpable, encarnación del mal y la tiranía, y una constelación más o menos amplia de inocentes, encarnación del bien y la democracia". Ambas interesadas y sectarias abreviaturas se asemejan mucho a otra de nuestra actual política doméstica, la que convierte cualquier objeción a las iniciativas gubernamentales en parte de un globo aborrecible, "lo que dice el PP". Y tras este telón pintado ya no hay que molestarse en dar más detenidas explicaciones. Creo que la tal normativa propagandística es especialmente evidente en lo que toca al llamado "proceso de paz" en el País Vasco.

Desde luego, varios de quienes no lo vemos todo claro en este asunto no compartimos los planteamientos más truculentos de la oposición: no creemos que el presidente Zapatero sea un nuevo avatar del traidor conde Don Julián y aún menos que Rubalcaba sea la Cava. Yo incluso considero con cierto optimismo el sesgo cauteloso adoptado este verano por el Ejecutivo en sus tanteos a la banda criminal sometida a desguace. Es muy buena señal que tanto la propia ETA como Batasuna y otros representantes del nacionalismo más radical hayan coincidido en lamentar el parón sufrido por el "proceso" y aseguren que estamos en crisis y ellos a punto de un ataque de nervios: está claro que no obtienen sin más lo que buscan, lo cual contribuirá positivamente a que se acostumbren a buscar cosas más a su alcance. Si les viésemos más satisfechos, ya sería cosa de irse preocupando seriamente. Como tampoco debemos congestionarles la cabeza con excesivas ideas, que por falta de costumbre en su manejo pueden provocarles encefalitis, parece acertado atenerse ahora a mensajes sencillos y reiterados: la legalidad no piensa aceptar a la Batasuna pro-terrorista; por lo tanto, es Batasuna quien tendrá que resignarse a aceptar la legalidad. ¿Que se niegan y amenazan con volver a las andadas? Pues mal asunto..., sobre todo para ellos, dado que fuera de la legalidad, sin subvenciones y con una ETA semijubilada, les va a caer una rasca que no veas. A fuerza de kale borroka fastidiarán a bastantes, pero cada vez asustan a menos y desde luego no persuaden a nadie. En cuanto a los presos... Pues eso, que están presos y -más cerca o más lejos de casa- lo van a seguir estando muchos años: para ellos la larga, larga cuenta atrás, no puede empezar hasta que de veras ETA se desmantele del todo, de modo que ya tienen claro lo que les conviene. Punto y seguido.

Así que lo preocupante no es tanto cómo van las cosas por el momento, sino los equívocos sobre el concepto mismo de lo que está en juego. Las suspicacias ante la expresión megalómana "proceso de paz" no son meros tiquismiquis terminológicos, sino que van más al fondo del asunto. Un proceso de paz no sólo implica dos partes enfrentadas en algo así como una guerra, sino sobre todo dos partes en principio igualmente distantes de lo que luego será llamado finalmente "paz". Lo cual poco tiene que ver con el caso que nos ocupa, donde la paz a conseguir es el disfrute sin coacciones ni amenazas de las garantías constitucionales vigentes en nuestro Estado de Derecho, que es lo que han defendido quienes han luchado contra ETA y sus servicios auxiliares. Dar a entender otra cosa, permitir que prospere el equívoco de que finalmente para acabar con la violencia hay que instrumentar algo distinto al terrorismo, pero también distinto a la legalidad constitucional (hablando, por ejemplo, de "normalización política", como si la política vasca hubiera sido hasta ahora "anormal" por algo distinto a las amenazas y atentados sufridos por los no nacionalistas), es desconcertante y desmoralizador para los demócratas, mientras que tonifica a quienes por medio de los crímenes o al socaire de ellos sólo han buscado reforzar el nacionalismo obligatorio en el País Vasco. Y permite el crecimiento de flores retóricas como la propuesta del menguante Madrazo, que recomienda consultas a los "colectivos sociales" antes, durante y después del proceso (con un cuestionario diseñado por él, supongo) para sondear qué quiere la gente en la "tabula rasa" de Euskadi. O sea que, gracias al sacrificio de ETA, por fin el pueblo va a ser escuchado... Por cierto, comprendo los remordimientos de Günter Grass por su pasado juvenil en las SS nazis: sin llegar a tanto, yo me muero de vergüenza al recordar que, siendo yamucho menos joven, aún votaba a Izquierda Unida.

El centro de estos equívocos es, claro está, lo del "diálogo". ¿Quién va a estar en contra del diálogo? Imaginen que alguien les pregunta si opinan ustedes que en Kakania los toruguenses y los cabricéfalos deben resolver su secular conflicto dialogando, en lugar de a cañonazos. Como ustedes no saben dónde está Kakania, ni conocen a toruguenses ni a cabricéfalos, ni tienen idea del conflicto que les enfrenta, responderán que sí, que naturalmente siempre es mejor dialogar que matarse. De modo que el diálogo es como el buen tiempo: todo el mundo está a favor, lo malo es que lo entienden de modo distinto el agricultor que espera lluvia para su cosecha y el excursionista al que le conviene que haga sol. A favor del diálogo están, por ejemplo, los miembros del grupo de apoyo al País Vasco del Parlamento Europeo, que pretenden que esta Cámara intervenga, "entre otros muchos actores", en la solución del problema de Kakania, digo del País Vasco. Según el portavoz de este grupo amistoso, que -¡oh, sorpresa!- es el Sr. Bernat Joan, eurodiputado de ERC, "la única solución válida es aquella que se acuerde entre todos a través del diálogo y el reconocimiento de todos los derechos individuales y colectivos de los que viven en el país, independientemente de si residen bajo administración francesa o española". Me encantaría saber cuáles son esos derechos cívicos y políticos que las tiranías española y francesa no respetan, así como qué tiene que ver esa fantasía con el cese de la actividad de ETA..., que, por cierto, no actúa en Francia, donde las cotas autonómicas son algo más bajas que en España. Pero eso en cuanto comience todo el mundo a dialogar, se aclarará enseguida. ¡Gran cosa, el Parlamento Europeo! Tiene un grupo de amigos de Cuba para apoyar a la dictadura castrista que pisotea los derechos cívicos y políticos en la isla y, para compensar, un grupo de amigos del País Vasco que solicita respeto a esos mismos derechos ante las democracias de España y Francia, haciéndose eco de las reivindicaciones de Batasuna. La verdad, no me explico por qué no hace más que disminuir el entusiasmo por las instituciones europeas... También ha mostrado mucha pasión por el diálogo Mayor Zaragoza en una conferencia dada el pasado agosto en San Sebastián: lo ha recomendado como una fuente de inspiración que fue capaz de resolver conflictos como por ejemplo el de Suráfrica. Así será, aunque yo no veo grandes similitudes entre Suráfrica y el País Vasco..., como no sea que bastantes vascos ya estamos "negros" de tanto oír pomposas vacuidades sobre nuestros males.

El diálogo suele recetarse "sin imposiciones": o sea, que si se suspende ETA, se suspendan también las leyes vigentes, salvo la de la gravedad y dos o tres más. Pues no, mire, que no haya equívocos: algunos queremos que siga vigente la imposición legal del Estado de Derecho y la Constitución. No queremos ni mucho menos un "Estado residual" que nos someta a caciques feudales de nuevo cuño. Por eso no nos gusta la famosa mesa en la que tendrá lugar el famoso diálogo, etc. En una película de Monty Pithon, el inolvidable Terry Jones inventaba la silla, según él, "un artefacto para sentarse en el suelo pero más arriba". La mesa de partidos es un artefacto para sentarse en el Parlamento, pero fuera y para buscar la legalidad saliéndose de ella. Que no haya equívocos; es por eso por lo que no nos gusta, no porque lo diga el PP. Y sería bueno que a los ciudadanos no se les alimentase con equívocos, por saludable que al principio pueda parecer esa dieta estupefaciente.

07 septiembre, 2006

Parábola del que rompe y el que paga

Era una calle con muchas casas. En un extremo vivían, frente por frente, dos vecinos que se llevaban a matar y todo el tiempo se provocaban y se amenazaban. Llamémoslos A y B. A vivía en casa propia y B de alquiler, tal vez no muy legal. Sucedió que un día B ofendió gravemente a A y éste tomó una excavadora y destruyó completamente la casa en la que B vivía. No dejó piedra sobre piedra.

Poco tiempo después, el resto de los vecinos de la calle se reunieron y acordaron pagar de su bolsillo la reconstrucción de la casa que había destruido A, quien estuvo de acuerdo. Al parecer, a nadie se le ocurrió pedir que se aplicara el viejo principio de que el que rompe paga. O que pagara, al menos algo, el inquilino que andaba apedreando a A para cabrearlo. No, ni uno ni otro; pagamos nosotros. Es bonito y se llama solidaridad. ¿Pero solidaridad con quién? ¿Con el dueño de la casa que no supo o no quiso guardarla del mal inquilino? ¿Con el inquilino macarra que va a lo suyo y al que la casa el importa un bledo? ¿Con el que la destruyó por la cara y ahora se va de rositas?

06 septiembre, 2006

Esquizoparábola del doble rasero.

Eran unas personas, muchas, que protestaban siempre contra una energía mu mala. Se enojaban mucho con los países que fomentaban o permitían esa energía mu mala. Resultaban osadas y originales sus protestas frecuentes. Y efectivas, pues hasta los gobiernos se asustaban muchas veces y les daban la razón, tan punzantes eran sus consignas y tan sólidos sus argumentos. Temblaban Estados enteros cuando esta gente contraria a la energía mu mala se enteraba de que en esos Estados se iba a construir una nueva planta de producción de energía mu mala. No importaba que fueran Estados democráticos, pues la energía mu mala es mu mala en sí misma considerada y puede un día llevarnos a todos por delante si hay un accidente o una impericia grave en su manejo. Y si está en manos de gobernantes perversos y mala gente, como los de los EEUU o la Europa Occidental y capitalista, peor.
Hasta que, un día, en un Estado lleno de oraciones y plegarias se alzó al poder un nuevo mandamás que dijo: produciremos de esa energía mu mala porque para nosotros es mu buena y a nosotros nos lo recomienda nuestro dios, que es el único que nos puede dar órdenes o consejos. Otros Estados, que no se fiaban ni del sujeto ni del dios que lo alecciona, dijeron esto no puede ser. Pero aquellas organizaciones de personas que protestan contra la energía mu mala no dijeron ni pío ni protestaron nada, o casi. Insistió el jefe del país aquel en que producirían de la energía mu mala se pongan los otros como se pongan, pero las organizaciones de aquellas personas contrarias a la energía mu mala no se pusieron de ningún modo. Porque posiblemente reconocen que si en el Estado que tenga la energía mu mala se reza mucho y dios vigila las instalaciones y a los operarios, la energía mu mala sólo es regular de mala o un poquitín buena. Pero no lo dicen así, y por eso a los humanos simples y con pocas luces, como éste que escribe, les parecen mu raros esos enemigos condicionales de la energía mu mala.

05 septiembre, 2006

El secreto de la edad

Creo que al fin descubrí la diferencia entre la juventud y ese otro estado mental que nos aproxima a la vejez. No es una cuestión de años, aunque estadísticamente suele corresponderse la edad con los estados mentales de joven y de viejo.

¿Que de qué se trata? Muy sencillo, cualquiera puede observarlo si está sobre aviso. Tiene que ver con la disposición dominante a escuchar o a hablar y hablar. Al joven lo mueve la curiosidad en sus relaciones personales. Lo domina el afán por conocer a los demás, por saber de las cosas ajenas con ánimo de aprender del mundo y de la gente, de ubicarse, de valorar alternativas vitales y comportamientos posibles. También el deseo de inspirarse para sus propios propósitos en las biografías de los otros. Lo guía la sensación de que le queda mucho por hacer, de que el futuro está abierto y de que se le ofrecen caminos distintos para su propio periplo. Por eso al joven le interesa más oír a los otros, especialmente a los que juzga poseedores de experiencias interesantes o ideas sugerentes.

Por contra, la llegada de la vejez se aprecia por el bloqueo de la atención a los demás y por la ansiedad de contar y contar de lo suyo. El viejo es mal interlocutor porque lo puede el impulso de mostrarse como ejemplo, de exponer los pensamientos suyos, que siempre considera hallazgos definitivos y conclusiones irrebatibles. No pregunta, sienta cátedra directamente y ve a su oyente como materia inerte, como puro receptor que poco o nada puede comunicarle, igual que un poste o una roca. Al tener por culminada en lo principal su biografía y ver los años que le quedan como calle de sentido único, como camino ya marcado y culminación de sus certezas, lo que los otros le puedan decir lo aprecia como estorbo o desvarío, como penosa inexperiencia, como ingenuidad o error sangrante, como pérdida de tiempo. No pretende renovarse con la vivencia del otro ni quiere que lo inquieten con alternativas o hallazgos ajenos, pues valora por encima de todo la seguridad de que sus elecciones o su destino le han marcado el mejor camino. De cada anécdota suya hace doctrina, con cada ocurrencia que tuvo un día sienta cátedra para siempre. Al contar su vida o pontificar sobre sus conclusiones hace clase magistral y en cada uno con el que habla no ve un sujeto igual con el que intercambiar mediante la comunicación, sino el representante abstracto de un auditorio que sueña universal, el resumen en uno de la humanidad a la que le gustaría aleccionar y ante la que ansía afirmarse como persona a la que la vida y su propias capacidades han enseñado tanto y tan certero. Quiere dar a los otros testimonio de sí, incluso con el propósito honesto de que aprendan y lo admiren a un tiempo.

Tengo la impresión de que cambia también con ese tránsito de la juventud a la vejez el contenido de los pensamientos. Los del joven tienen un toque soñador, hace planes, se plantea dilemas, se inquieta con preguntas. Su pensar es como un arco que dispara flechas en muchas direcciones o como la pasión del que apuesta por un puñado de alternativas, aun a sabiendas de que no podrá alcanzarlas todas, que no podrá andar todas las sendas que su imaginación le ofrece. Por eso cada cosa interesante que otro le dice, cada peripecia sugerente que alguien le cuenta la vive como un nuevo reto que lo atrae y lo angustia al tiempo. En cambio, la angustia del viejo no es la de elegir, sino la de poder repetirse, no la de inspirarse en otros sino la de instruirlos con sus propias historias. El pensar del viejo es concentrado y circular. Unas pocas ideas fijas, unos cuantos recuerdos repetidos, siempre los mismos. A medida que sus fijaciones se asientan, su biografía adelgaza por la parte del presente y del futuro. Se vuelve previsible, ya no sorprende a nadie, todos los que están cerca acaban por saber de memoria sus cuatro hazañas, sus muchas obsesiones y lo que va quedando de lo que un día fueron ideas frescas y hoy se manifiesta como ideas encurtidas, ideas conservadas en salmuera, rancias, añosas. Da vueltas sobre sí mismo como un mulo enamorado de la noria.

Efectivamente, no es la edad lo determinante. Todos conocemos gentes de pocos años que jamás preguntan ni escuchan y que hablan y hablan, cuentan y cuentan, repitiendo hasta la extenuación ajena los mismos detalles baladíes, capaces incluso de aleccionar a los que saben más de la cuestión que se trate o que han vivido en medida mucho mayor experiencias como las que el joven viejo narra. ¿Nunca le han contado a usted, por ejemplo, un breve viaje a una ciudad en la que tal vez usted ha vivido años y sin darle ocasión a decir sí, ya lo sé, la conozco muy bien y podría explicarte mucho más de todo eso que tú me narras y que no deja de ser la visión trivial y precipitada del viajero con ínfulas de gurú o maneras de diletante? También, cómo no, nos topamos de vez en cuando con individuos de muchos años a los que la curiosidad no se les ha apagado ni tienen agostada su receptividad.

Si se me permite una comparación osada, hay similitudes entre la manera de conversar y el modo de vivir la relación sexual. El joven necesita el cuerpo ajeno para buscarse a sí mismo, se conoce en el otro y con el otro. Para el viejo toda relación sexual es sucedáneo apenas ventajoso de la masturbación, pues no piensa que pueda hallar en la otra parte nada distinto ni mejor que un depósito de sus propios humores, un recipiente vacío en el que sentar su personal placer, el amor que se tiene.

Renovarse o morir. Y, para renovarse, escuchar, escuchar mucho y decir lo justo. O lo que nos dejen.

04 septiembre, 2006

Parábola invertida de María Teresa y el lobo.

María Teresa era el mayordomo (¿mayor doma?) de una extensa finca que administraba amorosamente por delegación de su amado amo y donde pastaban unas ovejitas amorosas y muy dulces. Cerca vivía una gran colonia de lobitos buenos. Los lobitos pasaban hambre y contemplaban siempre con comprensible envidia los ricos pastos y los rebaños de María Teresa y su amo.
Un día, el más atrevido de los lobitos se animó a saltar la cerca ruinosa que cerraba la finca de María Teresa y su amo. María Teresa lo miró muy seria y dijo: lobito, que no se vuelva a repetir, aquí nadie puede entrar sin mi permiso. El lobito agachó la cabeza y María Teresa no hizo más. Así que el lobito se quedó.
Al poco fueron varios los lobitos que se aventuraron y siempre los reconvenía María Teresa: esto no puede ser, debéis estar en vuestro bosque. Y le gritaba al jefe de la manada, que la miraba desde el bosque: oye, lobo, que no vengan más. Ya te mando yo de vez en cuando un poco de carne y unos torreznos. Pero lobito que llegaba, lobito que se quedaba.
Así, en éstas, fueron pasando los meses y los lobitos. Que no vengan más, rogaba María Teresa. Y el jefe de la manada de lobitos le respondía: vale. Y saltaban otros mil la cerca, que a estas alturas estaba ya hecha unos zorros. María Teresa no la reparaba porque se habían pasado de moda las cercas y no resultaba fino levantar unas nuevas. Eso sí, a la propiedad de las fincas ninguno renunciaba.
Un día eran ya tantos los lobitos en la finca que María Teresa se salió de sus casillas y a voz en grito dijo:aquí ya no se cabe, así que se acabó el cuento, no entrará ni uno más. A su alrededor, sentados muy formales, la escuchaban los lobitos. Y el jefe de los lobitos la oía desde el bosque, mientras se daba un banquete con las viandas que le habían enviado los lobitos de la finca.
A todo esto, el amo, que era un filósofo algo incomprendido, no se cansaba de soltar sus cabalísticas frases, como “es importante dar su importancia a lo importante” o “el enfado provoca enfado y si nos enfadamos estaremos más enfadados” o “estamos de acuerdo en que es importante estar de acuerdo, por lo que estarán de acuerdo conmigo en que estamos de acuerdo”. Lo escuchaban arrobadas las ovejitas. Y los lobitos.

Parábola del fuego y la cosecha.

Un día, en un lejano territorio agrícola, un aldeano prendió fuego al sembrado del vecino. El fuego se extendió con el viento y ardió una extensión grande de bosques y cultivos. El señor de todas las tierras pagó a los campesinos por lo que habían perdido y éstos, aliviados, pasaron el invierno con la panza llena y sin haber tenido que recoger sus cosechas ni talar árboles para la leña, pues todo lo compraban.
Un año después, dos campesinos incendiaron algunos bosques y pastos y volvió el fuego a sembrar su ruina, que no lo fue tanto para los lugareños, pues de nuevo palió sus pérdidas el señor de todas las tierras.
Al año siguiente fueron cuatro los labriegos incendiarios, y al siguiente ocho, y al otro dieciséis. No hubo de pasar mucho tiempo hasta que se contaban por cientos los enamorados del fuego. Hasta que al señor de la tierra no le quedó con qué pagar por tanta desgracia. Así que el señor de la tierra salió de su palacio, se dirigió a la plaza principal y se aupó al templete para dirigirse a sus súbditos. No volveré a resarciros por lo que se quema y cortaré las manos del que vuelva a dar fuego a los montes o las rastrojeras, dijo. Y al acabar se percató de que nadie lo escuchaba, de que sus tierras ya estaban desiertas, pues sus campos ya no daban de comer y sus habitantes habían invertido en otros lugares las ganancias de sus cosechas de fuego.

03 septiembre, 2006

Parábola de los historiadores y las guerras.

En aquel país llevaban un buen puñado de décadas en paz, pero tiempo atrás, mucho tiempo atrás, había habido una guerra, a la que siguió una fea dictadura. Quedaban pocos supervivientes de los que habían luchado en el frente. El olvido iba tendiendo su manto, como nieve. O como perdón. A su tiempo y mientras aún se podía, poca justicia se hizo de aquellos desmanes y de la sangre inocente.
Un día, un historiador escribió un libro y afirmó con contundencia que los culpables habían sido aquéllos. Replicó otro historiador que no, que para nada, que no había más culpables que los otros. Siguieron muchos historiadores, alineándose unos a un lado y otros al otro. Juntaron tantos volúmenes, que daban para hacer barricadas. Y fueron legión los que se sintieron historiadores, por el gusto de la pelea. Se olvidaron de nuevo los sucesos de antaño y ya sólo se enseñaban los puños y se mentaba a las madres. Hasta que salieron los puñales y sonaron los disparos.
Cien años después, tras larga paz, un historiador dijo que el culpable había sido el primer historiador. Otro replicó que no, que toda la responsabilidad era del segundo. Etcétera.
Era un país que no podía vivir sin una guerra cada siglo.
Nadie pensó que todos eran culpables. De una u otra forma. Más o menos. Era un asunto de idiosincracia nacional. El rencor y el gusto por las revanchas hacían nación de la nación negada.

Pasión de comer. Por Francisco Sosa Wagner

Los libros son la escapatoria de la gárrula realidad que reseca las mentes. A ellos hay que aferrarse, es preciso visitar las librerías y gastarse los cuartos en ellas, sabedores de que estamos adquiriendo productos higiénico-sanitarios, una especie de desentumecedores de los músculos, de desastacadores de esos conductos atascados por las mezquindades.
Uno de los libros que he leído este verano es la versión alemana del que ha escrito un sociólogo francés llamado Jean-Claude Kaufmann que se titula la “pasión de cocinar”. Es un análisis del entusiasmo que se vive por la comida, por los sabores, las mezclas, las sorpresas que salen del horno. Como tantas otras vivencias de nuestra cotidianeidad, tal disposición de ánimo tiene su origen en la religión y en las prácticas a ella asociadas pues es evidente que el altar del sacrificio religioso ha sido sustituido por la mesa y es en ella donde se practican los ritos más complejos con la esperanza de agradar al inflexible dios de la moda. La comida que compartimos con los familiares o los amigos es la nueva forma que toma el sacramento de la comunión. Ya poco queda de nuestra niñez, cuando comer pollo era un recogimiento reservado a los domingos, con la misa y los pasteles. Antes, comer un pavo o un pez de ringorrango estaba vinculado a fiestas de campanillas como la navidad o el año nuevo. Hoy se come pavo en cualquier ocasión, incluso se despedaza a este pacífico animal en lonchas descoloridas y escorbúticas que se venden como tratamiento para hacer frente a las jugarretas del ácido úrico. Se advertirá la gravedad de la transformación: del pavo chorreando una salsa suculenta acompañado de champán y degustado en medio de una celebración galana, a una muestra degradada de su viejo esplendor que se consume en medio de la más lacerante indiferencia. Lacerante sobre todo para el pavo, descalificadora para todos nosotros.
Muchos conocimos la época en la que pedir un vino era asunto trivial. Porque era sin más el vino que despachaban en el mesón o en el bar. Ahora es la denominación de origen, la marca, el año, la zona -soleada o sombrada- en que se crió la uva, incluso el corcho que cierra la botella. Un corcho que el sumiller enseña como un trofeo, como antes se enseñaba a un niño robusto o una dentadura sin caries. La calidad del corcho de las botellas que se conservan en el armario de vinos define hoy a una familia como los blasones o los cuarteles la definían en el pasado.
Pues ¿y los aceites y los vinagres? Hay que saber calibrar el origen de los aceites, el tipo de aceituna, el tratamiento a que ha sido sometida, en un derroche de cuidados e ingenio que antes no conocían más que cuatro iniciados del ramo. El vinagre puede ser ahora de sidra, de vino blanco, de vino tinto, de crianza, de Módena, de Jérez, todo esto -imagino- habrá existido siempre pero la novedad está en que ahora cualquier comensal es interrogado acerca de sus preferencias en achaques vinagriles y queda como un paleto si no contesta con aparato bibliográfico. Hay incluso vinagre balsámico cuando balsámico hasta ahora solo era el preparado que nos vendían en la farmacia contra la tos. En estas finuras andamos. Hay quien sostiene que son propias del fin de un Imperio porque cuando una civilización se llena de estas delicadezas es que se halla extenuada, dispuesta a ser engullida por otra más ruda y de peores condimentos. Yo soy optimista y pienso que, a modo de compensación, tenemos los Mc nuggets de pollo, los Mc Marins de pescado o los BK Chicken fries y por ahí seguido hasta dar con todoaquello que se engloba bajo la denominación de Fastfood. En la reciedumbre de carácter que aporten estas extravagancias hay que confiar. No hay otro remedio.

02 septiembre, 2006

África

Anoche tuve un curioso sueño. Fue sólo un sueño, ya digo, pero me ha tenido perplejo y en vilo todo el día. Lo contaré. Es un sueño político, no sé si utópico o distópico, prueba de cómo va teniendo uno la cabeza llena de obsesiones raras.
Pues resulta que ocurría una revolución en casi toda África. Las gentes salían a las calles por miles y millones, en multitud irresistible, indomable. Senegaleses, congoleños, nigerianos, ugandeses, mozambiqueños, costamarfileños, sudaneses, tanzanos..., todos a una, con el mismo grito, alzándose en idéntica rebelión. Protestaban contra la miseria, el hambre, la corrupción, la pésima gestión de sus recursos, sus gobiernos abusivos, su discriminación, sus guerras intestinas, su falta de derechos y de expectativas. Contra todo lo que malviven y por todo lo que les falta. Crecía la revuelta como una marea incontenible, arrasadora.
En el sueño yo era un reportero o algo así, mira qué cosa. Iba entre las gentes que arrastraban por calles y campos su pena y sus protestas y hablaba con muchos. Me decían cosas sorprendentes, como que envidiaban a muchísimos de los descendientes de aquellos coterráneos suyos que algún siglo atrás habían sido llevados como esclavos. Pero qué horror la esclavitud, les replicaba yo, eso es intolerable, inaceptable se mire como se mire. Y me respondían que si acaso no era peor su destino actual, ver a sus hijos morir de hambre, tener todos que pudrirse bajo el sol y las moscas. Búsqueme un amo y yo me voy de esclavo a donde usted me diga, sólo por la comida para mí y para mis hijos, suplicaban muchos. No puede ser, no puede ser, ha de haber otras soluciones, respondía yo, sobrecogido. Claro que las hay, me decían ellos, mire nuestras pancartas, escuche el mensaje de nuestra protesta.
En efecto, lo que reclamaban era muy sorprendente. Pedían la supresión de los Estados o, al menos, el fin de la soberanía de los Estados africanos, de sus Estados, ésos que nada les daban, que para nada les servían, los que alimentaban solamente las fortunas de unos pocos mandamases desalmados, los que repartían los ingresos de los diamantes, el petróleo o la madera en cuentas suizas y armas para el amordazamiento o el exterminio de sus propias gentes. Con la complicidad, sí, de un capital sin fronteras que adora aquellas fronteras.
Yo les preguntaba si acaso pretendían la anarquía, el desgobierno absoluto, el aterrador estado de naturaleza, la guerra de todos contra todos, el apuñalarse en cada esquina por un mendrugo. No, para nada, contestaban ellos. Sólo queremos que nuestro territorio pase a dominio de los Estados de Europa o de Norteamérica, queremos ser ciudadanos franceses o alemanes o españoles o canadienses sin movernos de nuestra tierra, queremos que las empresas de allá inviertan aquí sus dineros como si estuvieran en su propio Estado y con las mismas garantías y los mismos controles, que se gestione nuestra riqueza o nuestra pobreza como se hace en ese mundo que hoy nos es tan lejano y al que sólo podemos llegar jugándonos la vida para, si se da la mejor de las suertes, vivir allá bajo formas nuevas de esclavitud, explotados, desarraigados, solos. Queremos los derechos que tienen los europeos, sin dejar de ser africanos y sin separarnos de nuestro hogar. No querernos arriesgar la vida para irnos allá, que vengan ellos aquí, pero no con un nuevo colonialismo discriminatorio y opresivo, no; que tomen estas tierras, que las hagan suyas y a nosotros que nos hagan de ellos, como ellos, que sus mercados sean los nuestros y los nuestros los suyos, que nos invadan con sus Estados sociales, su seguridad social, sus derechos laborales, su ciencia, su medicina, su educación. No pedimos limosna ni ayudas baldías, no exigimos compasión ni donativos, sólo que nos consideren territorio de su territorio, conciudadanos, tierra virgen y sin dueño para que se la apropien, la hagan producir, la enriquezcan, nos igualen, aunque sea poco a poco, paso a paso, lentamente. Renunciamos a nuestras sucias patrias, a nuestros gobiernos de ladrones, a nuestras fronteras absurdas, a estos Estados nuestros que ni son nuestros ni son en verdad Estados. Si vienen, se lo damos todo a cambio de nada más que el que nos reconozcan los mismos derechos de ellos y de que podamos con sus propias reglas gobernar nuestra vida y labrarnos un futuro, algún futuro, cualquier futuro que en verdad lo sea, no como este perpetuo morir inexorable y sin mañana.
Me desperté y me quedé pensando. Y así sigo.

Espectros






01 septiembre, 2006

Teoría de unos incendios

Sobrecoge Galicia. Viajamos a una aldea pontevedresa, Baltar. Ya desde Orense el paisaje se ha vuelto marrón y negro, con esqueletos de árboles en todo el horizonte. Pero en ese pequeño enclave aldeano, con lejanas vistas, el desasosiego y la indignación se multiplican. Camino, durante dos mañanas, por sendas inundadas de cenizas, por montes chamuscados. Desde las altas colinas, la vista sólo alcanza desolación. Hay un extraño silencio en lo que fueron bosques, uno oye como nunca sus propios pasos, nada más que sus pasos. Se han ido los pájaros y ni el aire tiene con qué batirse.
Escucho las explicaciones de algún lugareño. A estos entrañables gallegos hay que traducirlos, y no porque no hablen castellano competente. Es lo esquivo de sus afirmaciones lo que necesita interpretación e índice multiplicador. Una buena mujer repite incansablemente que todo ha sido por los intereses y que todo es política. De mano me cuesta imaginármela lectora de Suso del Toro o en sintonía con la Narbona. Poco a poco, una tesis se va dibujando, tenue, el fondo de sus insinuaciones equívocas. Estos aborígenes, primos hermanos de los asturianos y, por tanto, de un servidor, no atacan de frente lo que quieren decir, no formulan de una sus opiniones. Más bien las van sitiando, las rodean, amagan, fintan, hasta que sea el interlocutor el que concluya por su cuenta.
Al final, creo que la entiendo y que sus idea coincide con la de algún otro amigo gallego con el que estos días hablé. Todo el rato repetía esta buena mujer que por qué no hubo apenas fuego en Lugo. Eso, por qué. En resumen, y para no hacerme yo el gallego: que hay muchos que piensan que fueron los narcos gallegos los que pagaron para que se prendiera al monte en estas zonas próximas a la costa que a ellos les interesa para su negocio. Que por eso los fuegos nacían cerca de las casas y los pueblos, para hacer más urgente el envío de todas las fuerzas disponibles y tener, así, entretenida y ocupada a la guardia civil, con abandono de la vigilancia de esa costa, en la que vaya usted a saber qué se cocía. Y a los pocos días apareció aquel submarino artesanal en una ría.
A mí me parece más verosímil esa hipótesis que otras, pero qué sé yo y con qué derecho dejo que la imaginación se me encienda. Debe de ser un puro embuste, pues nuestros políticos, éstos o aquéllos, andan en otras explicaciones. Y ellos jamás nos mentirían ni protegerían a mafiosos de ningún género. Por supuesto. Al menos insinuarían esta hipótesis, igual que otras, si tuviera mínimo asomo de ser certera.