24 enero, 2014

La familia y su Derecho: crónica de una decadencia imparable. I.



Por causa de una pequeña charla académica he desempolvado esta semana un borrador sobre Derecho de familia que había redactado hace dos o tres años y que dormía felizmente en un cajón. Tras releerlo, me parece que puede ser expuesto aquí para los amigos y curiosos, antes de devolverlo a los brazos del Morfeo académico. Al fin y al cabo, este es un medio de publicación mejor que muchos otros.  
El primer apartado ya lo saqué aquí, en el blog, en su día. Lo vuelvo a poner hoy. Los otros apartados son inéditos del todo e irán saliendo por su orden. en días venideros.

SUMARIO
I.- Tres tesis sobre el Derecho de familia. II.- Sobre la desustancializacion de la familia en su Derecho y sobre la definitiva inviabilidad de un concepto (jurídico) naturalista de familia. II.1.- La imposibilidad del sistema. II.2.- El Derecho ya no defiende la institución y hace de papel sus deberes. II.3.- ¿Y la responsabilidad civil por daño extracontractual? III.- Ni más derechos ni más obligaciones que los económicos. III.1.- La pensión compensatoria y sus misterios.  III.2.- Pensión de viudedad: ¿por qué?

              I. Tres tesis sobre el Derecho de familia.

            Mantendremos aquí varias tesis de apariencia sumamente radical, pero que trataremos de defender como las más correctas descripciones del estado actual del Derecho de Familia en España y, en buena medida y aunque no nos vamos a dedicar al examen del Derecho y la doctrina comparados, de los países de nuestro entorno cultural. Esas tesis podemos provisional y resumidamente enunciarlas así:

            1. El Derecho de familia ha tenido sustancia propia y consistencia interna mientras el Derecho reflejaba, por un lado, y coactivamente ayudaba a mantener, por otro, un modelo normativo de familia. Es decir, lo que por familia pudiera entenderse estaba congruentemente asentado en la tradición y reflejado en la moral positiva o socialmente vigente, en particular en la moral religiosamente respaldada y asegurada. Lo que el sistema jurídico hacía era ratificar, con sus particulares medios, ese modelo social y uniforme de familia. Tal se lograba mediante la represión de los modelos alternativos y mediante la penalización, en diversas formas, de quienes, hallándose insertos en una familia (como padre o madre, como hijo, como esposo o esposa…), no se atuvieran a los roles debidos en la misma. También cabían sanciones positivas, consistentes en el otorgamiento de ventajas o premios a los que se insertaran adecuadamente en ese modelo familiar ortodoxo y dentro de él desempeñaran correctamente su papel correspondiente. Había, pues, un modelo prejurídico de familia que, al ser incorporado por el sistema jurídico a fin de protegerlo, se convertía en modelo de familia jurídica y, así, recibía de las herramientas del Derecho la garantía de pervivencia.

            De todo eso quedan restos en el ordenamiento jurídico actual[1], pero tales restos son justamente los que hacen incoherente el vigente Derecho de familia, pues de éste ha desaparecido toda referencia firme, sustancial y prejurídica a la hora de saber o determinar qué es una familia y, por tanto, a qué tipo de uniones, relaciones, situaciones y prácticas se deben aplicar las diversas normas de ese sector jurídico. En otras palabras, mientras que antes las normas del Derecho de familia se aplicaban a las familias, ahora, puesto que es el propio Derecho el que, sin referencias previas o externas a él, o en medio de referencias absolutamente contradictorias, determina lo que sea familia a los efectos de aplicar tales o cuales reglas jurídicas, se invierte completamente el razonamiento de fondo: no es que el Derecho de familia se aplique a las relaciones familiares, sino que relaciones familiares son aquellas a las que el Derecho de familia se aplica.

Por ese motivo el debate principal ya no es moral, social, político o económico, sino un debate intrajurídico, por así decir, un debate cuyas categorías son jurídicas, categorías del Derecho y de su teoría: derechos, discriminación… Ya no importa tanto, como antes, lo que moralmente piensen éstos o aquéllos de las relaciones homosexuales, por ejemplo, o de la convivencia sexual estable sin pasar por la vicaría o el juzgado, y tampoco las consecuencias que esos cambios de costumbres tengan, en su caso, en la demografía, la economía, la educación, etc., sino que lo que cuenta más que nada es que ningún individuo esté o razonablemente pueda sentirse discriminado por el hecho de que su opción personal, sean cuales sean sus efectos para el conjunto social, no goce de los mismos derechos y ventajas que el modelo que hasta ahora era el ortodoxo o estandarizado.

            Sociedad justa, para el entender de hoy, es aquella en la que los ciudadanos, todos y cada uno, tienen muchos derechos, y sobre todos derechos a ser y hacer muy distintas cosas según su antojo. Pero tal apoteosis de los derechos tiene lugar de la mano de estas otras notas complementarias:

a) No se toma en consideración el resultado global, es decir, no se valoran, o se valoran muy secundariamente, los efectos de esa primacía de los derechos individuales sobre el conjunto social. En otros términos, no importa cuál sea el grado de justicia de esta sociedad en su conjunto o como promedio, pues va de suyo que si cada uno puede (nominalmente) hacer lo que le apetezca, todos seremos muy felices y globalmente la sociedad será mejor que nunca. Triunfa una especie de utilitarismo ramplón que piensa que la mejor sociedad es aquella en la que alcanzan cifra más alta la suma de las felicidades individuales, pero entendiendo que lo que individualmente da la felicidad es ante todo el que nominalmente sea posible hacer lo que se quiera, ni siquiera el tener la posibilidad real, material, de hacerlo. Por tanto, viene muy bien esa ideología a los que materialmente sí pueden, pues les hace vivir en la nada ingenua ilusión de que pueden todos porque a todos les está permitido. La ideología como falsa conciencia ha reaparecido de esa peculiar y sutil manera. Por poner un ejemplo: cuando yo lucho por los derechos de los homosexuales y porque puedan casarse igual que los heterosexuales, llevo a cabo una empresa seguramente noble y loable, pero corro peligro de olvidar que, aquí y ahora, un homosexual rico está mucho menos gravemente discriminado –al menos en lo que más importa-, aun cuando no pueda casarse, que un homosexual muy pobre, aunque pueda casarse. Podríamos multiplicar los ejemplos y aludir, con el mismo esquema, a otros muchos “colectivos” que hacen sentirse progresistas sin tacha a muchos de los que se empeñan en sus derechos.

b) Puesto que se prescinde de la toma en consideración del conjunto social, radicalmente se prescinde también de las consideraciones de justicia social, de toda idea de justicia distributiva. Si, por ramplón, esa pueril utilitarismo que acabamos de mencionar parece un utilitarismo que prescinde de los matices de Bentham o Mill, en este apartado el que ha sido perdido de vista es Marx, y por eso muchos se sienten socialistas y grandes reformadores sociales nada más que porque defienden el derecho de estos y de los otros a no ser discriminados en la ley y en la aplicación de la ley, sin parar mientes en que una sociedad en la que los bienes tangibles –no principalmente los simbólicos- no estén repartidos con una elemental equidad y en la que una mínima igualdad de oportunidades no esté asegurada, de poco consuelo valdrá a muchos el que les digan que pueden casarse aunque sean homosexuales o que tienen derecho a pensión de viudedad aunque no se hallan casado.

c) Con el predominio de tal mentalidad entre los que se dicen intelectuales y en los políticos y sus votantes, es fácil entender la tercera nota: la ley con más éxito y mayor aplicación es la ley del embudo. El infantilismo cobra carta de naturaleza en la ciudadanía; o, mejor dicho, las instituciones políticas y jurídicas -incluida una Administración de Justicia muy sensible a la presión mediática y al gusto por la fama y el halago- van tejiendo un modelo de ciudadano que parece incapaz de alcanzar la fase adulta del desarrollo moral y que se queda de por vida anclado en lo que los psicólogos llaman la fase anal: bueno es lo que a mí me da gusto, y malo lo que me resta disfrute o me supone inconveniente; y punto. Nos hacen así y a razonar de esa manera nos acostumbran todos esos profesores de ética y iusfilosofía, todos esos legisladores y todos esos jueces que nos vienen a contar, día sí y día también, que si algo me molesta o no me apetece o, incluso, si algo envidio y no lo tengo porque no he puesto para lograrlo los medios que en mi mano estaban, debo ser de inmediato complacido o resarcido, pues será indicio de que no se me permite desarrollar libremente mi personalidad, como pide el art. 10 de la Constitución, y de que, para colmo, se me discrimina, contra lo que veta el art. 14.

Así, que, por poner, por ahora, nada más que algunos ejemplos muy sencillos, yo no me caso con mi pareja porque no quiero arriesgarme a tener que pasarle pensión compensatoria si mañana nos divorciáramos, pero, en cambio, cuando se muere esa pareja mía, con la que no me casé porque a mí no me dio la gana de asumir cargas y deberes, exijo pensión de viudedad para mí o subrogarme en el arrendamiento del apartamento que figura a nombre de ella. Y el legislador y los tribunales me irán dando la razón, cómo no, impelidos por mis derechos fundamentalísimos.

2. Si eso es así, pierde pie toda pretensión de una doctrina naturalista de la familia que sirva de presupuesto para la explicación y sistematización de la correspondiente rama de nuestro Derecho. Llamamos doctrinas naturalistas a aquellas que piensan que existe, en el ámbito normativo del que se trate, una realidad ontológica preestablecida, de manera que el Derecho, con sus normas, refleja tal realidad anterior, prejurídica, y la defiende. En nuestro tema, significaría que hay un modo de ser necesario, ineludible, del matrimonio y la familia, modo de ser impepinable, ontología esencial, sustancia predeterminada, que el Derecho no puede contradecir. El matrimonio, pongamos por caso, es lo que es y sirve para lo que sirve, y tal realidad no puede cambiarla ningún legislador, ningún poder humano. Igual que no puede ningún parlamento prescribir la cuadratura del círculo ni lo hará ningún legislador que esté en sus cabales ni servirá de nada que por tal porfíe, así el matrimonio será heterosexual o la familia se orientará a la procreación y será “célula básica de la sociedad”. No hay más vueltas que darle.

Inspira ternura lo que de un naturalismo así va quedando entre los civilistas. Quienes de esa forma insisten se ven irremisiblemente abocados a la melancolía o a la perplejidad del conductor que va por el carril equivocado de la autopista y se pregunta cómo es posible que todos los demás anden al revés. Porque el civilista, el que cultiva la importante y necesaria dogmática civilista, debe, con las normas de su sector, construir un sistema lo más claro y coherente que sea posible, y mal podrá embarcarse en dicha tarea cuando le parece que el Derecho de verdad no es el que en el Código y la legislación civil se expresa. Siempre podrá hacer como otros y proclamar que las normas legales son esencialmente derrotables, que la verdad del Derecho se encuentra en el trasfondo material de la Constitución y que en éste ni cabe matrimonio homosexual, ni “divorcio a la carta” ni cualquier otra promiscuidad que contravenga el orden natural[2]. Pero esos argumentos son más propios de iusfilósofos ocupados en demostrar que la justicia (constitucional) está siempre de su parte y con su caso, que de civilistas que se quieran serios y que, por ese camino, acabarán teniendo que explicar lo que hay en la ley para no tornarse prescindibles o ser invitados a dejar los seminarios jurídicos para ir a enseñar e los seminarios diocesanos.

Pero lo que hay, lo que en materia de familia está en las leyes de ahora, puede dejar patidifuso hasta al más recalcitrante normativista, pues lo que falta es, justamente, plan y sistema. Cabe afirmar, como hicimos en el punto anterior, que no existe más familia que la que el Derecho de familia dibuje como tal. Pero, si somos realistas, deberemos avanzar un paso más y asumir que, en verdad, en nuestro actual ordenamiento no hay familia. Ya no es que el Derecho haya dejado de reflejar una noción prejurídica y socialmente vigente de familia, sino que tampoco construye el Derecho una noción jurídica alternativa, no la construye con una mínima precisión y una coherencia suficiente para que podamos decir que éste, con tales y cuales caracteres, es el modelo de familia vigente a día de hoy en nuestro Derecho. Se han vuelto completamente contingentes y radicalmente heterogéneas las circunstancias a las que el Derecho ata la aparición para un sujeto de derechos u obligaciones “familiares”, no hay ningún hilo conductor constante, es coyuntural o aleatorio que yo hoy tenga que rendirle tal prestación a un sujeto porque es de mi familia o que tenga que dármela ese sujeto a mí o que deba proporcionarnos a los dos alguna ventaja o facilidad el Estado porque seamos familia.

Bien mirado, algo de esto ha habido siempre. Nunca el Derecho, al menos en nuestro medio cultural e histórico, ha sido congruente con las funciones y definiciones sustanciales de la familia en que presuntamente se basaba. Siempre el sistema jurídico ha seleccionado, con su propio criterio (que es el criterio político de quien hace sus normas), una serie de relaciones como familiares para imputar en esos casos, y sólo en esos, derechos y obligaciones. Así, e ha relacionado el matrimonio con la función reproductiva, pero ello no ha sido óbice para que puedan contraerlo válidamente quienes no pueden procrear o no pueden ya. Especialmente después del siglo XVII, se ha ligado el matrimonio al amor, mas no han dejado de ser válidos tantos matrimonios por interés o por cualquier circunstancia independiente del afecto o hasta incompatible con él. Y así sucesivamente. Se repite una y otra vez que el matrimonio es “comunidad de vida”, pero de entre todas las comunidades vitales, incluso de entre todas las que llevan consigo afecto y reparto de gastos, es el Derecho el que siempre ha seleccionado cuáles son matrimonio y cuáles no. Y así sucesivamente.

Lo peculiar del presente es que en esa selección ya no hay ni rastro de criterio, ya no se ve qué línea la articula, salvo lo que antes señalamos de que se pretende dar gusto al votante diciéndole que lo que sea su placer o su interés habrá de ser también su derecho, y que si los demás tienen familia por qué no va a tenerla él aunque la suya no sea como la de los otros.

Tenemos, en consecuencia, que el actual Derecho de familia es, se mire como se mire, Derecho sin familia. Antes, muchas de las que con arreglo a ciertas definiciones sustanciales (afecto, convivencia, intercambio sexual, solidaridad económica…) eran familias, no tenían Derecho de familia, no constituían familia para el Derecho de familia. Pero, al menos, a las que esa rama consideraba familias era posible encontrarles algún mínimo denominador común. Y, si no, quedaba el dato formal, procedimental: será familia y tendrá el tratamiento jurídico de tal aquel grupo humano que cumpla ciertos requisitos fijados por las normas (edad, cierta situación de parentesco o de falta de él, etc.) y que realice determinados ritos jurídicos constitutivos, tales como contraer matrimonio, reconocer un hijo, etc. Hoy ya no es así, en modo alguno, como bien sabemos.

3. Así que si el Derecho de familia ya no es, propiamente hablando, Derecho de familia, ¿qué es? Arribamos a nuestra tercera tesis: el que actualmente se sigue llamando Derecho de familia y explicando como si en verdad tal hubiera no es más que una rama del Derecho de obligaciones. No quedan, o no quedan apenas, en materia familiar más derechos y más obligaciones que los de contenido económico. Sí se enuncian derechos y deberes de otro tipo, pero carecen en realidad de toda virtualidad jurídica tangible, son solamente retórica o resabio de otros tiempos o lubricante que sirve hacer más a muchos más llevadera la transición hacia esa disolución de las relaciones familiares. Por supuesto, nada impide, en los hechos, que las personas puedan amarse como pareja o como padres e hijos o hermanos, que ciertos adultos puedan compartir sexo y casa, que se reserven entre sí un trato de favor que a otros no darían, etc., etc., etc. Pero al Derecho nada de esto le importa ya, pues puede haber de todo ello sin que para el ordenamiento nos hallemos ante una familia, y puede no haber ninguna de esas cosas y tratarse, para el sistema jurídico, de una familia. ¿Y a qué efectos sabremos si estamos o no ante una familia? Según que haya o no que pagar o que se pueda o no recibir. Todo lo demás al Derecho de familia ya no le importa mayormente.

Una última precisión. Con esas tesis pretendo hacer una descripción, que trataré de ir fundamentando, de cómo está hoy el llamado Derecho de familia. Otra cosa es la opinión que a unos u otros esa situación nos merezca. Son muchos los que lamentan que el Derecho de familia abandone las viejas estructuras y los planteamientos de antaño, los que se afligen por el declive de la familia “de toda la vida” y reprochan que el sistema jurídico ya no la ampare apenas. No es mi caso. Lo que yo pido es, más bien, que desaparezcan los restos de esas formas antiguas que aún se dejan ver –como la pensión compensatoria, nada menos que por “desequilibro económico- y que ponen incongruencia a los esquemas individualistas que se van imponiendo. Es hora de probar una sociedad de ciudadanos, no de células básicas. Es hora de ampliar la libertad para que cada uno organice sus afectos y su vida sexual como quiera y sin que el Derecho se meta para nada que no sea evitar los abusos y procurar que sea libre el que pueda consentir y que no sea forzado el que no pueda. A tal propósito, con las reglas generales, civiles, administrativas, laborales y penales, seguramente basta, sin ninguna necesidad ya de andar inventando normas para un sector del ordenamiento jurídico, el Derecho de familia, que ha perdido sentido al evaporarse su objeto, la familia. En otros términos, que socialmente haya tantos modelos de familia como la gente quiera y que cada cual elija el que más le convenza, sin que el Derecho imponga ninguno ni lo impida, y con un Derecho que permita y procure que cada cual sea estrictamente responsable de sus elecciones y se atenga a las consecuencias; delitos aparte, por supuesto.


[1] Por ejemplo, vendremos a sostener más adelante que si algún sentido le queda a día de hoy a la pensión compensatoria del art. 97 del Código Civil es el de sanción negativa que sirve para disuadir del divorcio a quien se halla en mejor situación económica y social; o para disuadir de casarse al que tenga donde caerse muerto.
[2] La mención esencial que del matrimonio hace la Constitución Española está en el art. 32:
1. El hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica.
2. La Ley regulará las formas de matrimonio, la edad y capacidad para contraerlo, los derechos y deberes de los cónyuges, las causas de separación y disolución y sus efectos.

22 enero, 2014

El porvenir de mis estudiantes y el futuro de este país



Vaya por delante que esta entrada quiero escribirla con mucho tacto y con sincero respeto a todo el mundo, y en particular a mis estudiantes. Las consideraciones generales que haré son eso, consideraciones generales que resultan de la fría objetividad de los números y de algunas observaciones elementales, y en nada quieren ofender o dañar a ninguna persona en concreto, pues bien sé que en cualquier grupo humano hay de todo y que cada cual se debe a sus circunstancias y está marcado por su biografía.

En los pasados meses he impartido la asignatura Teoría del Derecho, correspondiente al Grado en Derecho, primer semestre del primer curso. Estudiantes recién llegados a la uni, pro tanto. Tenía doscientos seis alumnos matriculados, en dos grupos (¡ay, Bolonia!, convertida en Villamelones de Abajo). La materia objeto de examen final se la proporcioné yo por escrito en un elemental manualillo o apuntes por mí redactados y que recogen la esencia de las sencillas explicaciones de clase. Son ciento trece páginas de  redacción que pretende ser muy clara. El examen final constó de treinta preguntas que eran o de test con elección de respuesta, o de completar una palabra o de señalar verdadero/falso. Algunos de ejemplos de las preguntas:

- “Los requisitos de la analogía son: a).........................; b).....................” (Había que contestar: similitud entre el supuesto regulado y el no regulado e identidad de razón).
A esta pregunta, de 90 estudiantes, 22 contestan bien, 28 la dejan completamente en blanco y los otros responden erróneamente.

- “Las dos tesis centrales del positivismo jurídico son la tesis de ....................... y la tesis de ..............” (La contestación correcta era: tesis de la separación conceptual entre derecho y moral y tesis de las fuentes sociales del derecho -o del carácter convencional del derecho o cualquier otra manera equivalente de expresar la idea). De los 90 llamados a responder a esta pregunta, la contestan bien 12. Del resto, 36 sencillamente la dejan en blanco sin intentarlo ni escribir una sola palabra, y los demás contestan cosas generalmente muy chuscas. La cuestión era extensamente tratada en el texto de base y fue explicada en clase a lo largo de al menos tres o cuatro horas.

- “Alexy define las reglas como mandatos taxativos y los principios como........” (Respuesta: mandatos de optimización).
Esta pregunta les tocó a 90 estudiantes. Sólo 34 responden correctamente. De los otros, 36 dejan la respuesta en blanco y el resto, 20, ponen diversas ocurrencias.

- “Los jueces y Tribunales tienen el deber inexcusable de resolver en todo caso los asuntos de que conozcan, ateniéndose al sistema de fuentes establecido. Esto lo dice el artículo: a) 17 Código Civil   b) 4.1 Código Civil   c) 1.7 Código Civil   d) 25.1 Código Civil   e) 14 Constitución   f) 1.1 Constitución   g) 123 Código Penal  h) 16 de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano” (Respuesta correcta: 1.7 Código Civil).
Esta pregunta les tocó a 89 estudiantes. De ellos, la contestaron con acierto 39. Por tanto, fallaron en esa pregunta 50 estudiantes. Dicha pregunta había sido formulada, con diferentes expresiones, en varios ensayos de examen y pruebas anteriores, siempre de carácter voluntario.
Todas las preguntas habían sido ya planteadas anteriormente en algún “control” voluntario de la correspondiente lección y de todas esas cuestiones se habló en clase por extenso.

Para que el amable lector se haga cargo de la situación, he de aportar algunos datos adicionales. En esta Facultad de León se entra en el Grado en Derecho prácticamente sin nota de corte, casi con un cinco pelado. Hay bastantes estudiantes que escogieron Derecho como quinta o sexta opción y que pidieron León como décimo lugar. Bien sé que algunos de estos jóvenes que llegan sin antecedentes brillantes acaban haciendo una buena carrera, pero no es lo más común.

Desde el primer día de mis clases les indico que la asistencia a clase es discrecional. Les voy dando el texto de estudio con bastante antelación y les hago exámenes voluntarios de cada lección, que cuentan para la puntuación por evaluación continua. Las preguntas que pongo en esos “controles” suelo repetirlas en el examen final.

Se aprueba la asignatura con un cinco sobre diez. Por actividades de evaluación continua se puede conseguir hasta tres puntos, que se suman a los del examen final. Quien en el examen final saque un tres y tenga dos puntos de evaluación continua, acaba con un aprobado, cinco. Ni la mitad de los doscientos hicieron algún amago de concurrir a alguna labor de las que cuentan para conseguir tales puntos y que fueron siete en total. De los doscientos seis, nada más que cincuenta y nueve tenían algún punto por evaluación continua.

Un ejemplo. Antes de las vacaciones de Navidad les dije que a la vuelta, en enero, tendríamos un debate sobre un librito de unas ochenta páginas en formato pequeñito, opúsculo entretenido, muy bien escrito y de tema jurídico de máxima actualidad. Dije que el que leyera el libro y me enviara por correo electrónico alguna observación, crítica o pregunta sobre el contenido ganaría puntuación para evaluación continua. A todos los que me mandaron algo los premié con 0,5 puntos (cada actividad bien hecha de evaluación continua se recompensó con 0,5 puntos, hasta un máximo de 3). ¿Cuántos fueron esos estudiantes que hicieron algo con el librillo? 27. ¿Qué pasó con los otros? No tuvieron ganas de leerlo, aunque para ello dispusieron de un mes.

Estos son los resultados finales.
- Estudiantes matriculados: 206 (unos 150 de nueva matrícula; los otros, repetidores).
- No presentados: 27 (13%).
- Suspensos: 107 (51%).
- Suma de no presentados y suspensos: 134 (65%).
- Superan la asignatura, con notas de entre cinco y diez: 72 (34%).
- Consiguieron algún punto por evaluación continua: 59 (28%).
- De los 72 que superan la asignatura, 49 tenían algún punto por evaluación continua. Sólo 23 aprueban sin haber concurrido a los ejercicios de evaluación continua.

Tremendo, sí. Pero al pedagogo oligofrénico que me venga con que el fracaso es mío le voy a soltar cuatro frescas y me voy a ciscar en sus muertos, pues ese tipo de desarrapados académicos son los verdaderos causantes de que estemos como estamos.

El día del examen final ocurre algo muy curioso. A aproximadamente la mitad de los estudiantes que concurren jamás los he visto o, como máximo, han pasado por las clases un día o dos al principio, para curiosear. Están en su derecho y no me parece mal en absoluto, sus exámenes los corrijo con el mismo baremo que los de los demás. Pero hay algo impepinable: de esos perfectos desconocidos y ausentes contumaces, el noventa por ciento suspende, y suspende con una nota estrepitosamente baja. No dejan de ir a clase para aprovechar el tiempo estudiando en clase o en la biblioteca, no.

Sin querer ser desconsiderado con nadie, repito, y huyendo de la exageración, creo que no es desatinado afirmar que por lo menos una tercera parte de los estudiantes que he tenido matriculados no estudia nada de nada de nada, nothing at all, niente, überhaupt nichts, ni palo al agua. Por supuesto que hay otros que sí se esfuerzan, unos con buen rendimiento y otros sin tanto éxito. Pero la duda que a mí me atormenta es ésta: ésos que no dan golpe y que de treinta preguntas del estilo de las que he mostrado antes contestan bien nada más que a cinco o seis, ¿a qué se dedican durante todo el curso? ¿Qué hacen? ¿Dónde están? ¿En qué gastan el tiempo? Por supuesto, si uno cruza sus datos con los de los profesores de otras asignaturas, ve que también en las demás cascan, al menos en aquellas en las que se califica con una mínima seriedad y sin pamplinas ni engañabobos.

Esa cuestión atinente a qué hacen ésos y dónde ven pasar los días merecería una investigación muy rigurosa y seria, pues es determinante para entender una parte del mundo que nos rodea y del futuro que nos espera. Un ingenuo podría creer que gastan mucho rato leyendo novelas o viendo películas o escribiendo unos poemas amorosos u hojeando los periódicos de información general o escuchando la radio; o hasta dándose al sexo, mira tú. Nada más lejos de la realidad, con las excepciones de rigor, por supuesto. Basta preguntarles cosas tan simples como cuál es el nombre del Ministro de Justicia, por qué andan los gobernantes europeos molestos con Obama en cuestiones de espionaje, qué le pasó a Hollande la semana pasada, cuántas Comunidades Autónomas hay en España o qué partido gobierna en la gallega o la extremeña, para darse cuenta de que carecen por completo de información general y viven radicalmente de espaldas al mundo que los rodea, en lo que no tenga que ver con su casa y los amigos con los que chatean o se mandan mensajes con el móvil. Eso sí, de fútbol lo saben absolutamente todo casi todos. Pero ni se nos ocurra interrogar sobre qué escritor es el autor de tal o cual novela, ni aún ofreciéndole medio aprobado en la asignatura al que lo diga bien. Usted les pregunta, por ejemplo, quién escribió el “Ulises” o “Tiempo de silencio” o “El jinete polaco” o “La colmena”, y el noventa y pico por ciento de los chavales y chavalas no tiene ni lejana noción.

Otra pregunta del examen era así: según el art. 137 de la Constitución “el Estado se organiza territorialmente en .............................,, en ........................ y en las Comunidades Autónomas que se constituyan”. Eso estaba en los “apuntes” que se les entregaron y había sido explicado en clase al hilo de ciertos temas teóricos generales. Había que responder, obviamente, “municipios” y “provincias”. Si preguntamos a nuestro peluquero, a la pescadera, al repartidor del gas, al pastor de las ovejas, al dependiente del supermercado..., dan con la contestación, pues es humillantemente básica. De mis estudiantes, no llegan a veinte los que responden, la mayoría dejan en blanco esos espacios o dicen cosas tan peregrinas como “localidades” y “lugares” o “ciudades” y “pedanías” o "sitios" y "barrios". Palabra de honor.

¿Estoy insinuando que estos muchachos sean mala gente? Para nada. Bien al contrario, al tratar con ellos se comprueba que se trata, en su gran mayoría, de unos auténticos buenazos, almas cándidas. El problema está en otra cosa: la mayoría aterriza en la universidad con muy mala formación y sin el más mínimo hábito de trabajo. Insisto en que hay de todo, claro que sí, pero muchos no son capaces de entender lo que leen o lo que oyen, pues su léxico es limitadísimo. El otro día, en el examen, varios me preguntaron qué significa “atávico”.

Al principio del curso les dije que el que dedique una media de cuatro horas diarias al estudio serio, cinco días a la semana, consigue el título sin dificultad y hasta con notas brillantes, pero que me refería a horas de estudio cierto, no de estar en clase o en los pasillos de la Facultad o de hacer chorradillas como pasar apuntes “a limpio” e infantiladas así. Se levantó un rumor tremendo en el aula y, ante mí insistencia para que se explicaran, atentamente me hicieron ver que les parecía una desmesura tener que estudiar a tope cuatro horas cada día de lunes a viernes, poco menos que un escarnio y un atentado contra los derechos más básicos del ser humano. Contraataqué preguntándoles cuántas horas trabajaban al día su madre y su padre, ya fuera en la empresa, ya en la casa. Callaron. Y que cuántas horas les parecía que laboraba y por qué sueldo la limpiadora que veían en el pasillo de la Facultad o el que de vez en cuando encuentran limpiando los cristales o el que conduce el autobús en el que vienen al campus o el del taller al que llevan el coche a cambiar el aceite. Siguieron en silencio.

Cada curso hay tres o cuatro estudiantes ya entrados en años, desde alguno que trabaja como asalariado o que es autónomo y ha decidido estudiar una carrera, u otra carrera, hasta el que se ha jubilado o se ha quedado en paro y quiere ver qué tal es Derecho. No falla, éstos son los que sacan las mejores notas y los que no dejan de hacer ni una sola tarea y de hacerla con esmero. ¿Por qué será? Porque están acostumbrados a arrimar el hombro. Es más, suelen estos mayores comentar que nunca se habían imaginado que fuera esto tan fácil hoy en día y que no entienden a sus compañeros jovenzuelos que se quejan de agotamiento y que no hacen mayor cosa día tras día.

Vuelvo al tema que me inquieta, al de dónde están y a qué se dedican esos peculiares estudiantes jornada tras jornada. Por los pocos casos que puedo conocer un poco más de cerca, me hago mis hipótesis, pero tal vez yerro. Creo que la mayoría se levantará muy tarde, tipo once o doce, después de dormir unas trece horas, quizá alguna más. Tras un muy relajado desayunar tardío, se dan una vuelta por el campus y hablan un poco con algún amiguete, generalmente del partido de ayer o de si Messi merece el balón de oro más que Cristiano o no. Tal vez luego cae un cafetillo, con una partida al parchís o a las cartas, puede que un pequeño paseo. Después de comer procede una siesta o un par de horas de sofá viendo alguna cosa en la tele. De seis a siete se ordenan unos apuntes o se revisa el correo electrónico y se baja la lección que colgó el profesor de cualquier asignatura. A las ocho se ha quedado con unos amigos  para ver juntos el partido de fútbol de hoy y, entre pitos y flautas, te dan las doce despierto y te vas a la cama con síntomas de agotamiento. Otro día sin sexo, pero es que no queda tiempo para nada y anda uno exhausto. Además, al día siguiente acaba el plazo para presentar unos ejercicios de Derecho Romano y todavía no has mirado nada, con lo que pones el despertador para las diez de la mañana y confías en no desvelarte esta noche por culpa del exceso de ketchup que has tomado con la hamburguesa.

Cuando se habla de estas cosas entre “mayores”, siempre hay alguno que pregunta aquello de “y los padres qué dirán”. Me parece que hay que distinguir dos situaciones, siempre hablando de este treinta por ciento de estudiantes maulas. Por un lado están los que viven en la casa familiar. Hago una apuesta: de éstos que sacan malas notas, la gran mayor parte jamás ha echado en casa una mano a nada, están acostumbrados a tomar la sopa boba y que les pongan y les quiten el plato, les laven y planchen la ropa, les limpien los zapatos, les compren los calzoncillos o las bragas y baje el padre o la madre corriendo al súper a mercar natillas si al niño o a la niña no le gustan los yogures que hay en casa de postre para ese día. Parásitos que ven normal su vida y que se agotan hasta por respirar, pues jamás han tenido una sola responsabilidad. Cuando algún profesor en la escuela los suspendía, allá acudían los papás a ver al tutor y acababan poniéndole al infante un profesor particular, negándose siempre los progenitores a asumir la durísima verdad: ese hijito de sus entretelas, además de ser intelectualmente muy corto es un vago y un sinvergonzón, aunque majo de trato si no está bebido.

El segundo grupo lo forman los que moran fuera de la residencia familiar, en otra ciudad y en pisos compartidos o residencias. Todo el que alguna vez haya alquilado pisos a estudiantes o haya visto cómo le dejaron a un amigo el piso alquilado sabrá que hay una parte de tales inquilinos (otro tercio, supongo) que son unos auténticos marranos. Puede haber en una papelera del salón docenas de compresas usadas. En la cocina o la terraza llegan a apilarse bolsas de basura de más de un mes, nada más que por no tomarse el trabajo de llevarlas al contenedor. Bajo las camas, las pelusas se han solidificado, pues nunca pasó el inquilino una escoba por allí. Si apoyas un pie en la bañera, te quedas pegado, tan profunda y densa es la capa de roña. Y aquí apunto otra hipótesis que habría que comprobar con calma: dime cuán cerdo es ese estudiante o esa estudiante y, con muy poco margen de error, te diré cómo es su rendimiento académico. ¿Por qué? Porque a aquél al que le parece un esfuerzo sobrehumano bajar la basura o fregar los platos de la cena mucho más inverosímil le ha de resultar estudiar veinte páginas de Derecho Constitucional o de Economía. Mientras las familias no vuelvan a dar caña no salimos de esta miseria intelectual y moral y de esta pereza irrefrenable. Sobre el papel es muy sencillo: el que come en esta casa, ayuda a recoger los platos y a fregarlos o meterlos en el lavavajillas; el que quiera su ropa limpia, que ponga la lavadora o, al menos, que la eche al cubo de ropa para lavar. Aquel al que no le guste lo que tenemos hoy para cenar, que se haga él otra cosa o que se quede sin comer, nada de esa voz de madre que dice “¿quieres que te haga una francesita o un arroz blanco?”.

Es el efecto mariposa. Por haberlo dejado toda la vida tirar al suelo del salón los calzoncillos sucios que acaba de quitarse, resulta ahora que su hijo no es capaz de sacar más de un uno (sobre diez) en ningún examen; por haberle permitido levantarse toda su vida a la una de la tarde, no puede él ahora ponerse ningún día a estudiar a las nueve de la mañana, pero a las nueve de la noche tampoco, pues le viene el sopor y tiene que dormir sus quince horitas, mi sol pequeñín, mi bebecito guapo; por no haberlo obligado jamás a limpiar el agua que deja esparcida por todo el baño cuando se ducha, lleva esta lumbrera destruidos varios pisos de estudiantes y una habitación de residencia universitaria, mientras tú, papá tonto o mamá boba, crees que está esforzándose una barbaridad para sacar las ocho que le quedaron de primer curso.

¿Vamos los padres a cambiar? Por convicción o propia iniciativa, no. ¿Entonces? Sólo donde se pase hambre. Es muy curioso el destino de estas generaciones que ahora estudian. Los que peinamos canas hemos vivido mucho mejor que nuestros padres, pero ellos, nuestros hijos, van a vivir mucho peor que nosotros. Y en parte será por culpa nuestra. No sólo porque nosotros hemos robado todo lo que había y gastado cuanto se nos puso por delante, hasta lo que no teníamos, para sentirnos pijo-progres de nivel y expertos en vinos y sushi, sino también porque nos ha dado pereza educar a nuestros vástagos. ¿Que el jovenzuelo dejó mierda en el suelo del baño o echó la vomitona en su habitación? Vaya por Dios, ya lo limpiará la asistenta. No hemos sido tolerantes por amor, sino por pereza. Educar es jodido, cuesta esfuerzo y hay que mantenerse firme y hasta dar ejemplo. Y qué ejemplo das tú, querido amigo, cuando tu hijo se da cuenta de que esa baja laboral es tramposa o si capta que los muebles del despacho de tu casa los has cargado a la Administración falsificando unas facturillas. Y así.

Me repito, pero no importa. Mi padre y mi madre, en el campo, se levantaban a las seis y se acostaban a las diez o las once. Comían a las dos, echaban una cabezadita breve y a las cuatro ya estaban otra vez en la tierra o con el ganado. Cenaban a las nueve. No había más pausa, ni una más, y así siete días a la semana y todo el año. No tenían vacaciones tampoco. Si se ponían malos, ajo y agua, tenía que hacer uno lo de los dos. Yo me crié ahí. Cuando no estaba en el colegio, como en fines de semana o vacaciones, a las siete me llamaban para echar una mano. Cuando estudiaba la carrera, al llegar por la tarde de la Facultad de Oviedo tenía que ir con mi padre a segar o a sacar patatas o a plantar alguna cosa o a limpiar el ganado o apilar el estiércol. Y, sobre todo, sabía que o estudiaba y me buscaba la vida rápido o trabajaba toda mi vida en el campo o de obrerete mal pagado donde se terciara. No había posibilidad de que me mantuvieran por mi cara bonita hasta los treinta y tantos o para siempre.

¿Cuántos de estos estudiantes míos de ahora que aciertan menos de diez preguntillas de treinta, en una materia tan sencilla y breve y con un examen como de juguete, cuántos, digo, han trabajado alguna vez en serio en alguna cosa? ¿Cuántos han leído algún libro que no sea uno de texto del colegio? ¿Cuántos se han hecho alguna vez su cama o se han planchado una camisa o un pantalón? ¿Cuántos se han levantado alguna vez de la mesa para ayudar a quien está recogiendo los cacharros de la comida? ¿Cuántos han tomado por sí una decisión importante de su vida? ¿Cuántos saben lo que es no tener dinero, ni un euro, para salir este fin de semana o para pasar las vacaciones? ¿Cuántos han probado a leer de vez en cuando un periódico para enterarse de lo que pasa en el mundo o de cómo puede ser su vida en este país dentro de dos o diez años?

Al no leer mayormente ni atender a los noticiarios, la mayoría de los protagonistas de estas historias desconocen cómo pintan por aquí las próximas décadas, esas en las que ellos se van a hacer treintañeros y cuarentones. Y si oyen de refilón eso de que ya salimos de la crisis y que vamos como motos, que no se dejen engañar, por favor. No volverán tiempos como los que hemos disfrutado sus padres. Porque vamos a ser un país de camareros con sueldos bajos y de obreros con contratos siempre inestables y cada vez más horas de trabajo y salarios más escuálidos. Porque se están acabando para siempre ciertos servicios públicos que funcionaban muy bien y eran un lujo en el mundo, empezando por la sanidad pública y siguiendo con la educación primaria y secundaria gratuita y no del todo mala. En adelante, de eso y de lo demás, de buena educación, buena sanidad, buenas zonas urbanas, buena calidad medioambiental, buena seguridad pública, etc. sólo va a poder disfrutar..., quien pueda pagar por ello. Y los que no pillen un trabajo de los importantes no van a poder pagar, aunque trabajen, porque lo de ser mileurista ya no va a ser la excepción, sino que es y será la regla, también para los que hayan estudiado una carrera o dos. Se van a salvar muy pocos y nada más que caben dos caminos para esa salvación y para una vida con algo de calidad: o la corrupción o el esfuerzo tremendo del individuo para vencer obstáculos. Y, a propósito de esfuerzo, no echemos en saco roto la opción de emigrar, después de haber aprendido idiomas y otras habilidades necesarias para hacer carrera en países que estén creciendo y no, como España, convirtiéndose en el antro en el que inviertan mafiosos y hagan su agosto las empresas con menos escrúpulos.

Mis queridos y sinceramente apreciados estudiantes y mis muy considerados padres y madres de mis estudiantes, esto es lo que hay. Quien tenga ahora algún hijo de entre cinco y veinticinco años ya puede ir espabilándolo y haciéndolo despabilarse. Porque los chollos se acabaron y ya no hay cabida para más enchufados ni van a salir montones de plazas de cualquier cosa. Para tener un porvenir que merezca ser vivido hace falta ya estar entre los mejores y, además, tener nervios templados y voluntad de acero. Por desgracia, a muchos de estos amables estudiantes que no hacen ni el más ligero esfuerzo, que se fatigan con la lectura de diez o veinte páginas, que no pueden dormir menos de diez horas al día, que aparecen a la hora del examen final sin que nadie haya tenido noticia previa de que estaban vivos, a éstos les espera una vida bastante jodida, salvo que les toque la lotería o aprendan a hacer la calle en algún partido político de los grandes o tenga papá una empresa potente que no vaya a quebrar el año que viene. Pero ellos no se dan cuenta, no lo ven venir, pues están alienados, ajenos, en la inopia, felizmente indocumentados, fervorosamente mecidos por el amor familiar y gastándose los últimos duros de la cartilla de los parientes más cercanos.

Por la misma regla de tres y con este país que tenemos, tampoco va a haber para pagarme a mí una pensión de jubilación con la que se pueda comer, ya lo sé. Pero al menos ya tengo en mi casa libros para leer hasta que me muera, sé cocinar y hacer de todo lo que haga falta y, sobre todo, que me quiten lo bailado.

20 enero, 2014

Vida académica


 

La semana pasada, todavía malamente recuperado de aquella gripe atroz, tuve que irme a la Facultad de Derecho de otra Universidad. Por razones que pronto resultarán comprensibles, no me apetece nada revelar dónde estuve, así que quedará ese dato en el misterio y yo me referiré simplemente a la Facultad F.
Llegué a F de mañana, bastante temprano, acompañado de un joven becario de doctorado que, por encargo de al superioridad, se acercó a recogerme en el hotel. Habíamos tomado un café juntos antes de partir y resultó persona amable y mesurada. Charlando, entramos en la Facultad y, pese a mi despiste habitual, algo me llamó la atención nada más cruzar los grandes portones del edificio. “Qué es aquello”, pregunté, a lo que mi acompañante contestó con un “Me temía que lo iba a ver”.
En un rincón del patio central había una jaula de barrotes y dentro un ser humano semidesnudo daba vueltas y saltos y parecía que se masturbaba, entre grandes risotadas. Perplejo y sorprendido, me había acercado para ver bien, seguido de cerca por el atento becario, quien a la sazón se llama Alberto. “Cielo santo, qué pasa ahí”, pregunté de nuevo. Alberto carraspeó varias veces, hasta que clavé mi mirada en él con actitud clara de pedirle una explicación.
- Es el Decano.
Así de escuetamente contestó.
- Cómo que el Decano. El Decano de qué.
Mi tono no sonaba muy amable, lo sé, pero tampoco estaba seguro de si estaba yo despierto o soñando.
- El Decano de nuestra Facultad, de Derecho. De esta Facultad.
La voz le salía al chaval en un hilillo tenue.
- ¡Pero si está casi desnudo y se lanza contra los barrotes y se hace pajas!
- Sí.
Alberto no me dijo más. Me llevó, apresurado, ante su jefe, mi colega catedrático, que nos esperaba en su despacho y me recibió con mucha cordialidad y un abrazo de oso. Alberto lo puso al tanto:
- El profesor Amado ha visto abajo al Decano.
- ¿Ya ha empezado? – Preguntó mi colega, al que voy a llamar Edelmiro, con nombre obviamente postizo.
- Sí, lleva lo menos una hora dale que dale –respondió Alberto, serio.
- ¿Está muy agitado hoy?
- Imparable. Se revuelca y se la menea como un mono.
- ¡Qué cruz tenemos con él!
Yo debía de tener la cara desfigurada por la sorpresa. Edelmiro le indicó a su doctorando que fuera a ver si estaba todo preparado en el aula en la que yo tenía que disertar ante sus estudiantes. En cuanto estuvimos solos, comenzó a explicarse.
- Es que está muy loco nuestro Decano. Y empeora mes a mes, no sé a dónde iremos a parar. ¿Lo conocías tú a él?
- No, quién es.
- Se llama Hemeterio Céspedes Curueño, es catedrático de Derecho Financiero.
No hace falta que les explique que también estos datos los cambio.
- Vale, pero qué le pasa.
- Tiene alucinaciones frecuentes. Cada temporada le da por creerse una cosa. Empezó con lo habitual de después de la tesis y unas veces decía que era Napoleón y otra vez que Julio César. En aquella época te lo encontrabas y era hasta gracioso, pues le preguntabas dónde había estado y te soltaba que dándoles unas hostias a los prusianos en Jena o haciéndole el amor a Cleopatra a orillas del Nilo. Él te lo explicaba tal como él mismo creía que le había sucedido, convencidísimo. No nos molestaba y hasta resultaba divertido.
- ¿No lo veía ningún médico, o un psiquiatra o algo?
- ¿Desde cuándo por estar mal de la chaveta alguien te revisa en la Universidad?
- Ya, en eso tienes razón. Y siguió ascendiendo y tal.
- Sí. Sacó la cátedra enseguida porque, entre otras cosas, le paseaba el perro a su maestro y le cuidaba los niños los sábados por la noche. Un discípulo servicial.
- Típico.
No quería interrumpir más a mi amigo y que siguiera con la explicación. Y siguió:
- Pero poco a poco fue empeorando. Hace cinco o seis años le dio por contarle a todo el mundo que él era un extraterrestre y que había sido enviado a este planeta para enseñarnos la virtud de la lenteja.
- ¿De la lenteja?
- Sí, fundó la religión de la lenteja, legumbre sagrada para los del planeta desde el que a él nos lo mandaron a traernos la buena nueva.
- ¡Qué bárbaro!
- Sí, ríete, pero en cuatro meses ya tenía doscientos fieles apuntados. Hasta inscribió su religión en un registro de confesiones religiosas o algo así.
- Cuatrocientos fieles de la fe de la lenteja. ¿Y de dónde los sacó?
- De aquí mismo. Al estudiante que se apuntaba le ponía notable y si lo veía comer lentejas en clase le regalaba un sobresaliente. También se apuntaron todos sus doctorandos, como te puedes imaginar. Gente con principios unos y otros.
- Entendido. Pero acabó de Decano de la Facultad, por lo que veo, palabras mayores.
- Sí, eso fue hace seis meses. En las elecciones arrasó, ganó por goleada a Cabriñanes, el de Civil.
- ¿Cabriñanes? Pero ese profesor tiene muchísimo prestigio, es un número uno, yo lo conozco.
- Sí, y buena gente. Pero nuestro loquito llevaba en su programa propuestas revolucionarias. Por ejemplo, que a todo el profesorado que viniera a las nueve el primer lunes de mes le iba a dar un certificado de haber presentado una ponencia en francés en un congreso aquí, o que al que tuviera en su despacho un tiesto con lentejas germinadas le rebajaría un veinte por ciento la carga docente.
- ¿Y lo cumplió?
- Sí claro. Salvo cuatro o cinco, entre los que orgullosamente me cuento, todo el profesorado de la Facultad tiene sus macetas con lentejas en el despacho y todos están encantados con su reducción de carga docente. Aunque no les vale para nada, porque el vicerrectorado no saca plazas de asociado y todos dan las mismas clases que antes. Pero les hace mucha ilusión tener el papel y van repitiendo que este Decano es el primero que les reconoce méritos en condiciones.
- Me dejas de piedra.
 - ¿Acaso en tu Facultad no hay gente así?
- Bueno, déjalo.
Me apetecía una explicación de lo de la jaula.
- A ver, pero yo acabo de ver al hombre ese medio en pelota y tocándose las partes pudendas dentro de una jaula, en el patio.
- ¿Gritaba?
- No, gritar no lo oí. ¿Por qué?
- Normalmente cuando se mete en la jaula y se excita grita que quiere que pasen todas las profesoras y todos los profesores a hacerle unas friegas.
- Y ahora me contarás que algunos van.
- Bueno, sí, pero ordenadamente. Al principio era un jaleo y muchos se cortaban, pero ahora hay turnos y en cuanto da dos voces, se mira el cuadrante y se ve a quién le toca ir a calmarlo con unos achuchones.
- ¡No te puedo creer!
- Es que se rumorea que va a ser el próximo vicerrector de profesorado y, quieras que no, todo el mundo está acreditado o a punto de acreditarse y hace unos cuantos años que no salen plazas de promoción.
- ¿Y?
- Pues que cuando se tranquiliza en la jaula, le cuenta a cada uno que si por él fuera los ascendía a todos a catedráticos, de majetones que son y buena gente y por esas manos prodigiosas que Dios les dio. En tiempos de crisis y escasez la gente se agarra a un clavo ardiendo, ya sabes.
- O al pito de un Decano.
- Pues sí.
- ¿Y se pasa todo el día en su jaula y en esos menesteres?
- No, no. Por eso le da dos o tres veces a la semana. De pronto se tranquiliza y convoca una Junta de Facultad o una reunión de la Comisión de Seguimiento del Grado.
- ¿Y ahí está normal?
- Más o menos.
Salimos hacia el aula en la que me tocaba trabajar. Había que pasar otra vez por la planta baja y vi cómo el Decano salía de su jaula, ya con la camisa encima, aunque desabrochada. Llevaba abrazadas a dos damas de mediana edad, una bajo cada brazo, y un grupo de ocho o diez hombres y mujeres, de los que la mayoría andaría por los cuarenta o acercándose, le cantaba algo que no entendí y a su paso arrojaba brotes de lenteja y unas florecillas blancas que no sé de qué serían.
A los pocos minutos, ya ante mi auditorio, conseguí tranquilizarme y les hablé de la fórmula de Radbruch y de la pretensión de corrección inmanente a las normas jurídicas según Alexy. Me quedó muy bien. Al acabar, un muchacho con un  bigotito muy fino se acercó, me regaló una pequeña maceta con lentejas germinadas y me guiñó un ojo. Edelmiro, mi colega, me empujó fuera y me dijo que apurara. No paramos hasta el bar del otro lado de la calle, y cuando entramos a tomarnos unos vinos se oían por el lado de la Facultad unos extraños aullidos y como un intenso frufrú.
- Es que están eligiendo a los miembros de las comisiones de Junta de Facultad -me dijo Edelmiro-. ¿Qué quieres tomar?

16 enero, 2014

Por qué los profesores preferimos una mala universidad



            Un amigo del sector de las ciencias duras me escribió así hoy temprano: “Esta mañana me dijeron que alguien famoso se marcha de España, y el corazón me dio un vuelco. ¿Quién será? ¿Urdangarín, Olvido Hormigos, Bárcenas, Ronaldinho, Belén Esteban, la Pantoja, Paquirrín, Mejuto...? Pues no, afortunadamente no es nadie realmente importante, es simplemente un tal Juan Carlos Izpisúa Belmonte, alguien que estudia no-se-qué cosas raras de "medicina regenerativa" en un centro de Barcelona que no conoce ni Dios”.

            Me quedé pensando un poco con las galletas en la mano y el café delante y me acordé de uno de mi gremio que conocí hace un mes en Alemania. Un tremendo erudito en temas de Filosofía del Derecho, Historia del pensamiento jurídico y Derecho constitucional. Es griego de nacimiento y, además de su lengua natal, habla perfectísimamente y sin una sola falta inglés, alemán y francés. Tiene un pequeño contrato en una universidad alemana y así va tirando. Me pregunté lo siguiente: si hablara y escribiera perfectamente español, por ejemplo porque tuviera pareja de aquí o aquí hubiera estudiado una buena temporada, ¿tendría alguna posibilidad en una universidad española? Ya saben cómo se responde a una pregunta así, con un no rotundo y certero.

            Veamos. Lo fácil es aducir que las universidades españolas están llenas, con sus plantillas sobrecargadas. Pero ¿llenas de qué? El tipo que tomo de ejemplo, se mire como se mire y se evalúe como se evalúe, es infinitamente mejor que por lo menos el ochenta por ciento de los que en España cobramos en las universidades públicas como filósofos del Derecho. En general, y no sólo de iusfilósofos o juristas, se sabe que en las universidades españolas hay como un treinta por ciento de profesores funcionarios que no tienen un solo sexenio de investigación, y más de un cincuenta por ciento que nada más que cuentan con uno, aunque por edad ya deberían andar por tres, cuatro o cinco.

            Precisemos mejor la cuestión teórica y luego buscamos hipótesis que para contestar. Póngase que ese profesor extranjero que tomo como referencia tenga, en una escala de 0 a 10, una calidad de 9, bien y objetivamente medida. Encontramos en diversas universidades españolas veinte o treinta del mismo gremio que, medidos con el mismo baremo, no pasan de 1 o 2. Pregunta: ¿por qué no pueden o quieren esas universidades deshacerse de esos paquetes y traer en su lugar al extranjero extraordinario, por el mismo sueldo?

            Entre las razones serias y verosímiles para explicar semejante absurdo, las hay más obvias y superficiales y más de fondo y menos visibles. De las primeras el repertorio es claro y no necesita más vueltas: a la sociedad le importa un bledo la universidad y la investigación, la mayoría de los “usuarios” prefieren profesores más torpes si con eso van a exigir menos, el gobierno universitario suele estar en manos de tarugos, los políticos que se ocupan de temas de educación e investigación generalmente tienen el coeficiente intelectual de una lombriz intestinal, etc., etc. Pero hay algo más, y muy determinante.

            Pensemos en una universidad que se propusiera fichar a ese extraordinario profesor extranjero (o español que está fuera de España) para que ocupara la plaza y el trabajo de dos perfectos inútiles de los que esa Universidad se va a deshacer. No nos planteemos ahora problemas legales e imaginemos que a esos dos ceporros se les prejubila con una pensión más alta que su sueldo anterior, para que se vayan contentos a tomar por el saco. ¿De dónde iban a surgir las resistencias?

            a) De los propios despedidos o prejubilados, naturalmente. Muchos ni por buen dinero se irían, pues tienen montado su chiringuito en el campus, se lo pasan bomba y no están dispuestos a quedar por menos sabios y competentes que el número uno que viene a sustituirlos. Es impepinable, en la universidad la mayor importancia y el mayor pote se los dan los más imbéciles, y de gran profesionalidad presumen antes que nadie los más tarados. He conocido un puñado de oligofrénicos completos que se creían la reencarnación de Justiniano o de la estirpe de Savigny. La ignorancia es atrevida y, como dicen en mi pueblo, la caca propia no se huele.

            b) De muchos que, sin ser tan incapaces, están a gusto así, con una comodísima estabilidad, sin tener que competir, sin necesitar hacer nada más para conservar el puesto y encantados de que nadie pueda acercarse a hacerles sombra. Son los que hablan de “mi” plaza o “mi” cátedra como si la tuvieran por derecho divino, por razón de genes o cual si hubieran nacido con la cátedra colgando, como el pito, y quitársela fuera amputación contraria a los más sacrosantos derechos humanos.

            c) De muchos que o bien aspiran ellos mismos a ocupar cualquier vacante o la quieren para un discípulo o discípula que tal vez no es una lumbrera, pero limpio a más no poder, eso sí, y sumiso y muy dispuesto a subirle a uno el café o a limpiarle los bajos en caso de apuro. ¿Está mal aspirar a ascenso propio o de un propio de uno? No, la aspiración en sí no está mal, pero lo problemático lo tenemos en que se quiere ascenso sin competición, nada de tener que medirse con uno que venga de otra universidad o del extranjero incluso, imagínate, tal vez un francés, puede que un griego, un peruano que dicen que es genial. ¿Habráse visto? ¿Esa gente no ha oído hablar de la autonomía universitaria? AutonoMÍA, léase bien, autonoMÍA.

            En cualquier universidad (o cualquier otra institución, la regla es general) hay un momento crítico y de no retorno: en el momento en que los que no quieren competir en buena lid y anteponen el interés más pedestremente personal al interés que justifica la institución, son mayoría, apaga y vámonos, y más si las decisiones se toman de modo “democrático” o colegiado o si los poderes que deciden son sensibles a las protestas de la mayoría. Ésa es la razón por la que en la universidad española (y, en general, en las administraciones públicas españolas) es radicalmente inviable cualquier reforma de calado y que lleve a una mejora real del rendimiento y los resultados. En la universidad, sin competencia abierta entre el profesorado y sin un sistema claro de incentivos por rendimiento y de penalizaciones por la falta de trabajo no cabe esperar más que la reproducción de lo que ahora hay: un sistema viciado, repleto de corruptelas y en el que cualquier discrepancia de cualquier tipo entre el profesorado se deja de lado en cuanto hay que unirse para asegurar la ventaja y la impunidad de los que ya están dentro del sistema.

Nadie se pega tiros en el propio pie y jamás de los jamases el profesorado universitario va a aceptar que las convocatorias para plaza de titular o catedrático se resuelvan en competencia abierta y con estricta consideración a los méritos objetivos de los candidatos. Menos todavía se asumiría que a tales efectos no contara más dato que el puro mérito y la pura experiencia investigadora y docente con resultados de calidad. No, han de puntuar las porquerías que ahora se fomentan, y de esa forma excluimos al de fuera: haber sido vicedecano de baños y aseos, haber sido concejal de parques y deposiciones, haber participado en la comisión que elaboró el bodrio de estudios, haber asistido a unos cursitos organizados por la propia universidad para que asistieran los de la propia universidad y que puedan alegar como mérito esa asistencia, etc., etc. Basura.

            En un ambiente así y con un panorama tal, pedir que las reformas salgan de dentro o se acepten dentro es como soñar con que los delincuentes sexuales van a solicitar un aumento de las penas para tales delitos o que los consumidores de cocaína van a manifestarse para que se reprima más eficazmente su tráfico o que los ludópatas vean con buenos ojos que la autoridad se lleva las máquinas tragaperras a las afueras de la ciudad. No, estando las cosas como están y careciendo, como carecemos, de una tradición universitaria presentable y de una sociedad que pida cuentas por el funcionamiento de los servicios públicos que paga, no quedan más que dos vías para una auténtica reforma: autoridad o responsabilidad.

            Autoridad quiere decir que un gobierno legítimo y con mayoría suficiente tendría que poner la carne en el asador y tomar medidas de mucha enjundia. Mas las resistencias iban a ser tan fuertes y los eslóganes tan llamativos (ya me imagino a docenas de zánganos con una pancarta, doliéndose de la vulneración de no sé cuantísimos derechos fundamentales suyos), que difícilmente se armaría de valor para soportarlo ninguno de estos partidos mayoritarios y perfectamente desideologizados que tenemos. De lo que les importa la universidad y la investigación al PP y al PSOE ya vamos teniendo buena muestra y de sus polvos vienen nuestros lodos.

            La otra salida se llama responsabilidad, entendida antes que nada como fin de la impunidad. Habría que romper desde dentro la unión de los mafiosos de todo pelaje, competentes e incompetentes, haría falta sembrar la discordia. ¿Cómo? Por un lado, incentivos bien fuertes para los más genuinamente productivos y laboriosos y penalizaciones duras para los que viven en la pereza y con feliz impunidad. Algún ejemplo sencillo: ¿por qué cobra lo mismo y es tratado igual el profesor universitario que consigue proyectos de investigación con cuantiosa financiación y el que no da palo al agua y se pasa los meses y los años conspirando en la cafetería del campus o hablando con cualquier vicerrector de medio pelo? ¿Por qué tiene su cátedra segura para siempre el que después de sacarla como sea no vuelve a publicar una línea o a tener un sexenio de investigación o a solicitar un proyecto o a organizar algún evento científico de su disciplina? ¿Por qué no le pasa nada al que se pira la mitad de las clases que debe dar o dice que acabó el programa un mes antes de lo que marca el calendario lectivo o da aprobado general para no tener que corregir un solo ejercicio?

            Sería mano de santo algo que aquí ya he propuesto otras veces: que una parte considerable del sueldo de cada uno dependa del rendimiento del conjunto. En cuanto yo sepa que por cada nuevo indocumentado que se incorpore a mi departamento o mi facultad pierdo doscientos euros al mes, o que los gano si llega un magnífico profesional, dejaré de ser cómplice de las mil y unas maturrangas o de callar como lo que soy o parezco.

            ¡A competir! No hay otro camino. Con reglas claras, baremos objetivos y aplicadores estrictos de las normas. Por las manos de cada profesor pasan miles de alumnos al cabo del tiempo. Si es un incapaz o un indeseable, el daño global es altísimo. Y a lo largo de toda su carrera un profesor ha cobrado muchos miles de euros, calculen que más de un millón y medio. ¿Se puede pagar eso a los cretinos que no dan golpe, que nada estudian y nada enseñan a derechas? ¿Se les puede tener treinta o cuarenta años ocupando una plaza a la que no puede concurrir de ninguna manera alguien que lo haría mil veces mejor y más decentemente?

15 enero, 2014

Cataluña: creacionismo en la política. Por Francisco Sosa Wagner e Igor Sosa Mayor*

(Publicado hoy en El Mundo)


No hay mañana en que los españoles no desayunemos con una nueva declaración, iniciativa o propuesta del llamado proceso catalán. El hiperactivo Consejo de Transición Nacional es, en este sentido, un hontanar interminable de imaginación productiva. Así, en los últimos días los ciudadanos hemos podido enterarnos de que la independencia de Cataluña no será más que el pórtico hacia una nueva era de concordia ibérica. Con desembarazo, los representantes de tal organismo han ideado la creación de un llamado Consejo Ibérico en el que estarían representados España, Portugal, Cataluña y Andorra y cuyo objetivo sería la defensa de los intereses de la península y el aumento de la cooperación entre sus integrantes. Como alternativa o aperitivo podríamos tener un Consejo Catalano-Español, cuyas hechuras se remiten a modelos actuales ora políticamente anémicos (como el Consejo Británico-Irlandés), ora sencillamente inútiles (como el Benelux). La propuesta tiene sin embargo unos ecos austro-húngaros de opereta de Strauss que a algunos nos resultan conocidos.

En efecto, hace algunos años publicamos un libro en el que bajo el título de El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España abordábamos la situación española del momento desde el prisma que proporcionaba la experiencia de aquel Imperio. La lupa aplicada no era una ocurrencia nuestra, pues habían sido justamente el bigotudo Francisco José y su famélica mujer Sissi la inspiración política de las élites catalanas de finales del XIX y principios del XX, quienes habían vendido en España el llamado Compromiso húngaro (1867) como bálsamo de fierabrás a sus cuitas de identidad. Su funcionamiento fue empero un disparate que no satisfizo ni a unos ni a otros. Advertimos entonces de las anfractuosidades del proceso que se iniciaba con el nuevo estatuto catalán, lo que nos proporcionó sonrisitas condescendientes y paternales palmaditas en la espalda de buena parte de la intelectualidad sedicentemente progresista del país, para quienes éramos unos jeremías redivivos. No era para tanto, se nos decía, con esa candidez que solamente logran alcanzar algunos habitantes de Babia.

Parece, sin embargo, que sí era para mucho y lo que entonces se intuía, hoy en día es el pan nuestro político de cada día. El desarrollo del proyecto secesionista en Cataluña presenta dos dimensiones que, aunque diferenciadas, se encuentran nítidamente entrelazadas: por un lado, la finalidad última del proyecto, esto es, su matriz secesionista; por otro, el procedimiento de insuflar contenido a esa meta ansiada. Sobre la finalidad última, esto es la ruptura de una comunidad democrática para la creación de un nuevo Estado nacional, mucho se ha dicho ya. Pero conviene recordar, siquiera fugazmente, en qué momento histórico estamos. Y ello supone advertir que las dos matrices básicas del Estado nacional están quedando periclitadas: la soberanía como clave de bóveda de su estructura jurídico-política y la identidad unitaria de sus ciudadanos como su argamasa ideológica. Con esas herramientas echó a andar en 1914 el siglo XX en el Sarajevo del citado Francisco José y con esas herramientas concluyó el siglo XX también por cierto en Sarajevo y sus inmediaciones. Hoy importa refrescar la memoria y pregonar a los atolondrados que el siglo XX ha pasado a mejor vida y con él muchas de sus supuestas soluciones. El nacionalismo es a la política europea del siglo XXI lo que el creacionismo a la ciencia: una antigualla, en el mejor de los casos inocua.

Con todo, si algo llama verdaderamente la atención al observador en el proceso no es tanto el fin último sino la improvisación con que se está llenando de contenido la propuesta. Porque sería oportuno que los ciudadanos -y a ello están conminados especialmente los catalanes- reflexionaran serenamente sobre el espeluznante grado de imprevisión con el que se está abordando la empresa decimonónica de crear un nuevo Estado nacional europeo. La improvisación no suele ser buena consejera en la vida, y en achaque de construcción de nuevos Estados no parece que rija excepción a esta elemental regla.

Para percibirlo no es menester una mirada buida, sino repasar pausadamente lo que han sido las declaraciones y propuestas de estos últimos meses y situarlo en un contexto histórico más amplio. Procede para ello saber que, al menos durante los últimos 20 años, se ha ido cocinando por parte de variadas organizaciones del ámbito secesionista catalán un interminable caudal de seminarios, congresos y estudios. Asuntos como el análisis de las independencias en otros lugares del mundo, los problemas que se encontraría el hipotético nuevo Estado catalán u otras miles de cuestiones que descendían hasta pormenores impensables han sido lentamente rumiados y regurgitados una y otra vez. Sin que, por cierto, la llamada opinión pública española tomara mucha noticia de ello.

Asombra por ello que cuando hace pocos meses se da el pistoletazo de salida al proceso, se haga a golpe de ocurrencia. La sucesión de episodios se presenta con una insistencia que deja poco lugar a la duda. Así, hace unos meses la sorpresa del nacionalismo fue mayúscula cuando se les recordó una cuestión elemental: la secesión equivaldría a la salida de la Unión Europea. Algunos supusimos que, ante tamaña objeción, el nacionalismo militante sacaría un grueso cartapacio con sutiles y sesudos análisis, producto de estudios y simposios. Nada más lejos de la realidad. De la noche a la mañana se repentizaron respuestas ad hoc, tenazmente ajenas al análisis sensato de una complicada situación política. Cierto prócer secesionista llegó a afirmar que la República Democrática Alemana no había tenido ningún problema. El hecho de que la RDA se hubiera desintegrado de la noche a la mañana y no conformara Estado alguno dentro de la Unión Europea era un elemento de la analogía que al parecer carecía de relevancia alguna.

La OTAN tampoco ha originado grandes desvelos analíticos por parte de los nuevos prometeos del fuego de la secesión. Ante la pregunta de la pertenencia o no a la Organización Atlántica, el presidente catalán aseguraba que el hipotético nuevo Estado catalán estaría, por supuesto, integrado en la OTAN. La contundencia de la que hacía gala en su afirmación era solamente equiparable a la que instantes antes había empleado para pronosticar que Cataluña sería -¡cómo no!- un Estado pacifista sin ejército.

La última propuesta del Consejo de Transición Nacional con la que principiábamos este artículo abunda nuevamente en esta sensación de improvisada levedad. Traduciendo a coordinadas políticas la faramalla jurídico-administrativa de la propuesta, lo que se nos viene a decir es que primeramente hemos de separarnos, pues padecemos los españoles, al parecer, de una insondable enemistad desde los tiempos de Jasón y Dalila. Una vez felizmente separados, crearemos todo un entramado de organismos de cooperación que abarcarían desde las patronales a los sindicatos pasando por las cámaras de comercio o la política lingüística. Es decir, desharíamos lo andado, creando otra vez unas estructuras comunes, pero esta vez en profunda y sobre todo sincera amistad. La secesión catalana no sería así solamente una vereda hacia la felicidad del ciudadano catalán, sino que incluso tendría el positivo efecto secundario de hacernos al resto de los españoles más tolerantes y afables, orillando por fin ese carácter agrio que con tozudez y un punto de meticulosidad hemos ido cultivando durante los últimos siglos.

Indudablemente, Lampedusa y su Gatopardo han hecho estragos. ¿Quién no ha hecho alguna vez uso procaz de la sentencia de que todo cambie para que no cambie nada? Lo que, usado como colofón de conversación de bar, tiene un pase, convertido en máxima de la acción política adquiere tintes grotescos. Las élites nacionalistas catalanas parecen estar enredadas -consciente o torticeramente- en la trampa analítica lampedusiana, pretendiendo pues que sus afanes secesionistas carezcan de consecuencias.
Años y años de propuestas y debates han dado pues un resultado muy magro: en cuestiones tan básicas como la pertenencia a la UE, la defensa o el asunto, menos irrelevante de lo que pudiera parecer, de la liga de fútbol y las selecciones, los representantes del nacionalismo se descuelgan con declaraciones que revelan una ligereza estremecedora.

Y es que para empresas decimonónicas, señores nacionalistas catalanes, hacen falta cuando menos los bigotes de Francisco José. O, contando con su ausencia, los ojos de Burt Lancaster, señor de Lampedusa.

 *Francisco Sosa Wagner e Igor Sosa Mayor. El primero es catedrático y eurodiputado por UPyD. El segundo es profesor invitado en la Universidad de Erfurt (Alemania). Ambos son autores de El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España (Trotta y Fundación Martín Escudero, 2006).