14 febrero, 2015

Pequeño cuestionario para el (auto)examen moral y político



   ¿Le gusta a usted el fútbol y tiene un equipo favorito cuyas victorias le alegran mucho? Bien, pues vamos a poner a prueba la índole e intensidad de su pasión futbolística.
Primer supuesto. Póngase en la siguiente situación. Su equipo acaba de ganar la final de la Champios, nada menos. Memorable hazaña. Pero a usted le entregan un sobre y le dicen que dentro hay una prueba irrefragable de si esa victoria ha sido limpia o no. Las posibilidades están al cincuenta por ciento, de modo que es la misma la probabilidad de que quede demostrado sin lugar a dudas de que fue una victoria en toda regla y la probabilidad de que se pruebe que el árbitro estaba comprado por su equipo, en cuyo caso ese partido de la final debe ser anulado y, por tanto, invalidado el resultado. Todo depende de usted y nada más que de usted, la decisión es suya: puede, con total libertad y absoluta impunidad, abrir el sobre o quemarlo sin ver lo que había dentro. ¿Usted qué haría?

   Segundo supuesto. Veamos una segunda versión del mismo experimento. No sólo venció en la final su equipo, sino que ganó gracias a un penalti más que dudoso, seguramente mal señalado. Para colmo, el rival de su equipo en la final era el eterno contrincante y el club que usted más detesta. Y usted sabe que en el sobre está la prueba segura e indiscutible de que se había corrompido al árbitro pagándole un millón de euros si los suyos ganaban. Si usted abre el sobre, su equipo se quedará sin el trofeo y, además, tendrá una fuerte sanción, no volverá a competir en varios años. Pero usted puede tranquilamente echar ese sobre a la basura y nadie se enterará de lo que ocurrió ni de que usted ocultó la tropelía. ¿Qué haría usted?

   Tercer supuesto. Usted es votante y simpatizante de un partido político y quiere que gane las elecciones que se celebrarán dentro de una semana. Además, detesta al partido que, según las encuestas, le puede arrebatar esa victoria electoral. Por un rebuscado azar de la vida, a usted le acaba de llegar la prueba tangible, indiscutible y definitiva de que los principales dirigentes del partido de sus amores y sus más relevantes candidatos están metidos hasta las cachas en una gravísima conspiración delictiva, han robado ya mucho y piensan robar más en cuanto gobiernen. Lo único que usted tiene que hacer para que de inmediato se procese y castigue a todos ellos es entregar en cierto lugar esa prueba de la que usted dispone, y puede hacerlo en el más absoluto anonimato y sin el más mínimo riesgo para usted y los suyos. ¿Qué haría?

   Cuarto caso. Usted tiene un hijo con el que se lleva muy bien y al que consideraba hasta hace un momento una bellísima persona. Pero acaba de saber sin margen de error que su hijo, en los tres últimos años, ha violado y asesinado a cinco personas absolutamente inocentes. Nadie más que usted tiene esa información y de usted depende que si hijo siga libre y tranquilo o pague por lo que ha hecho. ¿Lo denunciaría? Ponga, si quiere, que ni él se enteraría de que fue usted la persona que lo delató.

   Le ruego, amable lector, que medite para sus adentros las respuestas y que tome las hipotéticas decisiones. Pero no pretendo crearle a usted íntima desazón, me interesa más que se haga una pregunta adicional. ¿Qué harían, en tales tesituras, las personas que usted más conoce, sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus jefes o subordinados, sus vecinos… Si se atreve a responderse con sinceridad, habrá hecho usted un magnífico diagnóstico de la catadura moral, mejor o peor, de la sociedad en la que vive. Yo, se lo confieso, soy más bien pesimista. ¿Y usted? Tenga muy en cuenta que en los anteriores ejemplos no hemos puesto que el sujeto corra peligro ni que tenga especial ventaja, por ejemplo porque vaya a ganar más dinero si su equipo o su partido salen bien parados. Para usted, o para las personas que decidieran en cada ocasión, las consecuencias de su opción apenas serán más que morales y emotivas.

   Se me dirá que el cuarto caso desentona de los otros tres. Es bien cierto, pues, en buena lógica, el destino de un hijo al que amamos tiene que pesarnos muchísimo más que la suerte de nuestro equipo o del partido que nos gusta. Así que podemos hacer el pequeño esfuerzo de asumir que muchos, en las circunstancias descritas, ocultarían el delito del hijo. Pero repárese en particular en esto otro: los que también salvaran al equipo y al partido político están poniendo en el mismo grupo, metiendo en el mismo saco, al hijo, al equipo y al partido. ¿Serán personas moralmente enfermas, estructuralmente indecentes? Yo diría que sí. Si son muchos, colectivamente estamos perdidos. Puede que colectivamente estemos perdidos.

   A lo mejor alguno quiere hacer un matiz para el tercer caso, el del partido político. El razonamiento podría ser así. Si denuncio, el vencedor de las elecciones va a ser el otro partido, y yo estoy convencido de que sus dirigentes son más delincuentes aun y han hecho ya y planean hacer muchas fechorías. Pero no se me vaya por las ramas y juegue con las cartas del caso. Usted sí tiene la prueba fehaciente de que el partido de sus amores es una pandilla de ladrones y criminales, pero de los otros nada más que lo sospecha, sin pruebas de tal calibre. ¿Consideraría razonable y decente destruir las pruebas para, así, conseguir que no ganen los sospechosos a los con certeza deshonestos? Mal vamos, a mi parecer.

   Todavía se puede intentar un argumento distinto. Usted está en posesión de esas pruebas definitivas de que los de su partido son unos criminales. Pero también está convencido de que, por mucho que roben, extorsionen y hasta maten, cree que la política que desde el gobierno harán va a ser mejor para el país en su conjunto, más beneficiosa para la ciudadanía, por ejemplo porque mejorará la economía y habrá menos paro. En cambio, si el gobierno le cae al otro partido, le parece a usted de buena fe que todo va a ir peor, aunque sean honestos y limpios los gobernantes. ¿Estima usted que esa es una razón admisible para que usted elimine las pruebas y consienta que tengan el poder los consumados malandrines?  Quizá ha oído usted hablar de la weberiana distinción entre ética de principios y ética de la responsabilidad y está tentado de alegar que usted estaría, así, haciendo un doloroso ejercicio de ética de la responsabilidad. ¿Lo cree de verdad? ¿No teme que le llamemos tontorrón, por decirlo suave?

   Si estoy en lo cierto al suponer lo que, tristemente, muchos harían en situaciones como las de los casos anteriores, y en particular los tres primeros, la clave de nuestra actual situación política, la de los españoles y la de unos cuantos países más que yo me sé, es moral; no es económica ni social, no, es moral. Y si los partidos obran como han obrado y como todavía siguen obrando, es porque han diagnosticado con gran acierto la dolencia moral de la sociedad y de la mayoría de los votantes. Saben, los partidos, que muchísima gente no vota de modo reflexivo, sino emotivo. Y que la conciencia moral decadente y enferma se acalla con seudoargumentos especiosos, cien por cien falaces, del tipo “quién me dice que los otros no son peores” o “si lo hacen los otros, por qué no van a hacerlo estos” o “no me importa lo que hagan los míos con tal de que muerdan el polvo los del otro lado”.

  Puede ser interesante la comparación entre el caso del fútbol y el del partido político. Yo creo que hasta serían más los que taparían al equipo que los que salvarían al partido político. Pero no sé si el dato, de ser cierto, invitaría al optimismo. Pensemos que, al fin y al cabo, por mucho que nos guste el fútbol, no es tan difícil, sobre el papel, cambiar de equipo si descubrimos que el nuestro es un hatajo de sinvergüenzas sin escrúpulos. Pero eso, pasarse a otro equipo, es precisamente lo que muchos por nada del mundo querrían. Así que ese que se guardó la prueba contra su equipo seguramente reaccionaría con frases que nos son bien conocidas, como “esto era la prueba de que todo los equipos son una porquería” o “ahí no había sino un indicio más de que el deporte se ha corrompido hasta los tuétanos”. Pero no, querido amigo, llamemos las cosas por su nombre: prueba, lo que se dice prueba, usted sólo tenía una, la de que el equipo suyo había comprado al árbitro y ganado la final por eso. Lo otro, eso que usted grita ahora, está entre la sospecha y la disculpa. Si usted ve a un sicario matar a un niño en la calle y lo esconde en su casa para que la policía no lo atrape, ¿se atrevería a decir que así actúa porque está convencido de que todos los que por la calle andan y hasta la misma víctima son tan sicarios y asesinos o más? O fíjese, le pongo el ejemplo de otra manera. Usted ha visto a un sicario matar a otro sicario. ¿Considera que por el hecho de que fuera un sicario la víctima tiene usted justificación válida para proteger al que lo mató y que es tan malvado como el muerto?

   Muchos no quieren ni quedarse sin equipo ni cambiar de equipo, pase lo que pase y aunque hubiera que negar o disimular las más negras evidencias. Me temo que, a menudo, ocurre algo semejante con los partidos. Usted le pregunta a ese conocido suyo por qué vota a los que todos sabemos poco decentes, cuando puede votar a otros de los que, hoy por hoy, no consta que sean gandules. ¿Y cuál es la contestación más común? Esta: “ja, que te crees tú eso, estoy seguro de que son todos iguales y de que esos otros habrán robado ya sin que lo sepamos o robarán en cuanto la ocasión se les presente”. Podríamos entendernos si así argumentaran para justificar su abstención o su voto en blanco. Pero no, de esa manera alegan para explicar por qué votan al culpable cierto y hasta que la muerte los separe.

   ¿O será, que dada nuestra real calaña y nuestra talla moral auténtica, en el fondo nos identificamos con los tramposos, que son en verdad los nuestros, carne de nuestra carne? No sé. Lo seguro es que no cabe democracia presentable en sociedades indecentes ni vida política madura entre gentes moralmente infantiles.

La universidad y la (otra) lucha de clases



   El paciente amigo de este blog sabe que una de las preguntas que me persiguen es la de por qué algunas instituciones funcionan exactamente al revés que como se supondría que deberían funcionar si en verdad tuvieran que cumplir las tareas principales que, al menos en teoría, las justifican. Muchas veces acaba uno apuntando soluciones de tipo “sistémico” y olvidando que en la base están siempre personas con su particular psicología y sus específicos intereses, personas que se agrupan y, en función de sus objetivos o patologías, acaban marcando el destino del conjunto.

   La tesis que hoy quiero sostener es que si la universidad anda patas arriba y tiene sus objetivos trastocados, es porque está a menudo gobernada o dirigida por gentes que para nada gustan de la investigación y la enseñanza, tomada por personas que no tienen o han perdido la vocación del estudio y la investigación y que en ella, en la universidad, encuentran la ocasión para dedicarse a menesteres que les son más gratos, mientras se fingen excelsos académicos ocupados y preocupados.

    Supóngase que usted es profesor universitario. Si a ese trabajo llegó por vocación y por vocación se mantiene en él, a usted le encantará enseñar y, sobre todo, disfrutará enormemente con el cultivo de su especialidad, leyendo, investigando, escribiendo, debatiendo sobre lo suyo con los colegas, manteniéndose al día de lo que hacen los del gremio que son más competentes, exponiendo lo que usted ha pensado o descubierto. Igual que es difícil imaginar a un futbolista profesional al que jugar al fútbol ni le encante ni le divierta, a un tenor de alto nivel que desprecie la ópera y se maldiga cada vez que tiene que actuar en un buen teatro y con una magnífica orquesta, a un poeta que prefiera siempre leer el Marca antes que una antología de Machado o unos libros de Neruda, no parece muy sensato pensar en un profesor universitario de cierta altura que no se lo pase bien con lo suyo o que trate de escaparse de la biblioteca o el laboratorio para pasar todo el tiempo viendo la tele en casa, haciendo calceta o jugando al tute en el bar. No digo que no pueda gustarle cualquier esparcimiento al futbolista, al cantante o al poeta y claro que tendrá una tara psicológica el que nada más que desee darse al trabajo cada minuto del día y de la noche. No es eso. Me refiero nada más que a las preferencias del que tiene una buena vocación y un oficio que le permita cumplirla.

   Déjenme que se lo ponga en primera persona. Esta temporada, como tantas, estoy absolutamente sobrecargado de trabajo, debo estudiar un montón de cuestiones y tengo el compromiso de escribir un puñado de variados artículos. Algunos días acabo realmente cansado, muy cansado, y me sabe a gloria  ponerme a cocinar un pescado al horno, contemplar un buen partido de fútbol en la televisión o ver un nuevo capítulo de la serie que me haya enganchado (estos días estoy con la primera temporada de Homeland). Y, por supuesto, pocas cosas comparables a la sobremesa nocturna con mi mujer y ante un buen brandy. Pero no me cabe duda de lo que quiero y querré hacer mañana, sábado, durante buena parte del día: seguir trabajando en lo mío, pues mi trabajo me brinda un placer enorme y nada tiene de bíblica maldición, sino de dichoso privilegio: me pagan por hacer lo que muchísimo me satisface. Así que si me tientan con que mañana, sábado, hay una comida con no sé qué estupendo grupo o con ir al cine o con pasarme la tarde entera viendo la serie de mis preferencias, la tentación es pequeña: prefiero trabajar, porque trabajando me divierto una barbaridad y el tiempo se me va en un suspiro. Aunque me agote y al acabar el día me venga de perlas un buen rato de asueto. Lo sé, tengo la enorme fortuna de que adoro mi oficio. Pero de eso hablábamos, de trabajos vocacionales.

   Alguno puede hacer la pregunta decisiva: vamos a ver, bien está ese gusto por la tarea, pero, al fin y al cabo, el profesor universitario tiene en la universidad su horario y ocasión para rendir, disfrutar y cansarse satisfactoriamente. ¿Acaso no basta? Dejemos de lado lo que de vicio laboral pueda haber en sujetos como un servidor o en el tenor que ni en la ducha deja de cantar o en el futbolista que después de las competiciones y los entrenamientos todavía quiere ver cuatro partidos más en la tele y analizar las jugadas. ¿Ustedes se imaginan que al futbolista que está jugando su partido o en pleno entrenamiento a cada rato lo interrumpieran para que rellenara una encuesta, atendiera a unos periodistas, firmara unos autógrafos o redactara un dossier sobre los goles que se marcaron en las cinco últimas ligas en las que participó? ¿Podemos concebir al músico que cada día acude a los ensayos de su orquesta pero que casi nada ensaya porque lo más del tiempo está redactando una memoria sobre la sostenibilidad de los instrumentos de viento o la ergonomía de las sillas del escenario?

   Ahí está la madre del cordero, en lo que a las universidades se refiere. Ni con el mejor tesón ni con los propósitos más firmes consigue el profesor laborioso trabajar en lo suyo y en la universidad dos horas seguidas, con concentración y calma. Y no digo porque los alumnos interrumpan a base de sesudas consultas o porque los colegas anden ansiosos por comentar los últimos descubrimientos del respectivo ramo científico. Para nada. Lo que nos bombardea y nos incapacita es la burocracia, el papeleo, la reunionitis, el afán tramitador, el obstáculo gratuito, la demanda constante de documentos, informes, memorias, memorandos, planes, programas, proyectos, evaluaciones, encuestas… No es por una desgracia, no es infortunio por mala organización, no son negativas secuelas de la inadvertencia colectiva. Es una conspiración en toda regla, es el montaje de malnacidos profesores bien inteligentes para que no puedan rendir ni brillar sus colegas más honestos y con mayor vocación. Cuando ese vicerrector le envía el mensajito solicitándole el currículum para una base de datos que nunca va a funcionar y, sobre todo, se lo exige en un formato que nunca se ha visto y para que lo vuelque en una aplicación que solamente está operativa media horita al día, no estamos ante el enésimo inútil o la víctima de unos errores tecnológicos: nos hallamos ante un genuino hijo de la gran puta que sabe de sobra lo que hace y por qué lo hace, que es en el fondo consciente de que está saboteando el trabajo y el rendimiento de los cuatro gatos que en su universidad todavía prefieren rendir en lugar de mover el culete en las cafeterías del campus, ponerles ojitos a los camareros de torso fornido o largarse a pasar las mañanas enteras de tiendas o de bares.

   Un ejemplo sencillo y bien conocido dentro del gremio. ¿Cuántas veces le piden a uno desde su universidad o desde el ministerio o consejería del ramo datos y documentos que esas administraciones ya tienen en su poder? ¿Cuántas veces al año tiene uno que enviar a tal o cual sitio su currículum? Y preguntará el inadvertido: ¿tanto trabajo da, cielo santo, mandar el currículum a algún sitio? No, no es eso. La gracia está en que te solicitan tu currículum en un nuevo formato y trasladado a una aplicación informática que te obliga a un corta y pega que puede durar días y días. Y así todo y todo el tiempo. Y cuando has terminado, pasan tres días y te indican que ahora ese mismo documento tienes que importarlo al Sistema de Pampurrio Sostenible, te envían un manual práctico de ochenta y siete páginas y cuando le das a la tecla de concluir te aparece un mensaje diciéndote que el sistema no reconoce el idioma checo y que por qué envías tus documentos en checo. Y mecagoentó, lo tuyo no estaba en checo, estaba en español ortodoxo y es el vicerrector el que ignora que su auténtico padre era checo, deforme y vicioso y que a su mamá le gustaba así, para más inri. Acaba de ocurrirme; me refiero a lo del idioma.

  Eso es un hecho, en nuestros despachos en las universidades que nos pagan, los profesores apenas podemos hacer el trabajo que supuestamente nos justifica, nos entretienen y nos distraen todo el rato con demandas e incitaciones que nos roban el tiempo y el ánimo. No es que no se hagan cosas, se hacen muchas; el problema es que son labores absolutamente estériles y completamente alejadas de lo que con propiedad se puede llamar estudio, investigación y enseñanza. Así que el que por gusto o por responsabilidad quiera leer y escribir habrá de hacerlo en su casa, a las horas que pueda y durante los fines de semana. Curiosísimo. Y con un perverso detalle adicional: cuanto más experto, cualificado y acreditado el profesor de turno, más impedimentos o acechanzas para que no haga lo que debe y deba hacer lo que no tendría que ser misión suya. Y todo para que puedan justificar sus cargos y aparentar que sirven para algo los de esa patuleta de rectores, vicerrectores, directores, decanos, vicedecanos, presidentes de comités, encargados, secretarios de secretariado y demás hijos de la inmundicia.

   Vale, todo eso es sabido y muy repetido. Pero estábamos sólo en los antecedentes, en el planteamiento previo a la pregunta capital que ahora viene: ¿por qué? Creo que he dado con la respuesta mejor: porque hay un buen número de profesores universitarios a los que no les apetece nada ni impartir clases ni investigar. No les apetece absolutamente nada, se les pone el cutis fatal sólo de pensarlo.

   Dentro de ese grupo de profesores renuentes y nada vocacionales, los hay de dos tipos, los descarados y los aviesos. Los descarados se quitan de en medio, y ya está. Procuran que sus clases sean las menos y, fuera de esas pocas horas de docencia, se van a sus casas y ahí se las den todas. Luego, descuidadamente, dejan caer un día que se dedican a pilates tres mañanas a la semana, y las otras dos a natación o a rebuscar en las rebajas de los grandes almacenes. Nadie les incordia ni les pide más, tampoco la institución les solicita que hagan nada de eso otro que a los dedicados se les demanda, para que no puedan dedicarse, precisamente. Esos, los descarados, son parásitos, pero no son peligrosos, se aprovechan mucho, pero dañan poco. Usan en su beneficio la permisividad institucional, puesto que ni se les sanciona ni se les reprocha por no dar palo al agua y cobrar del cuento y sin hacer casi nada y, para colmo, con pocas ganas y exiguo interés.

   El peligro lo tienen los aviesos, pues ellos son los causantes de tanta disfuncionalidad institucional. El avieso tampoco se esfuerza en la enseñanza ni tiene gana ninguna de investigar. Pero ese, ay, no hace mutis, no se larga para su casa a toda prisa y alegando que se dejó la cazuela en el fuego o que tiene que darle la pastilla a su suegra. No, ese se queda, y se queda a joder.

   Atiéndase a esta combinación de elementos que nos van dando el perfil del profesor avieso. (i) No quiere enseñar ni investigar, a ser posible, pero le gusta darse pote, desea pasar por un sujeto competente y con el que hay que contar; (ii) no hace ascos a sobresueldos y distinciones; (iii) ansía visibilidad, le gusta estar en el centro del cotarro y que se le tenga por importante, aunque sabe que no lo va a conseguir por sus méritos académicos estrictos, por su capacidad investigadora o su brillantez en la docencia; (iv) evidentemente, y con esos antecedentes, no desea quedarse en su casa los más de los días, como el descarado, sino acudir a la universidad y que se sepa que por allí anda y que no es un mindundi cualquiera el que así se enseña.

   ¿Salida? ¿Solución? Un cargo académico; del tipo que sea y al nivel que sea (cuanto más alto mejor, por supuesto), pero un cargo. O varios. Se trata, para el avieso, de combinar tres factores: a) parecer importante, para disimular que académicamente, y en lo más relevante, no se es nadie; b) tener qué hacer, para que nadie se fije en que de lo que más debería contar no se hace nada; c) conseguir algo de poder, para que nadie pueda decirle la verdad de lo que es y que todos, o casi, lo traten formalmente como si materialmente algo fuera. No digo que sean así todos los que en la universidad desempeñan cargos de cualquier tipo, ni mucho menos. Sólo afirmo que son legión los que por eso buscan cargos y los ejercen.

   El avieso quiere hacer como que trabaja sin trabajar apenas, o estar en muchas cosas, sí, pero sin pasar por la biblioteca o el laboratorio. Desea lograr la consideración académica que académicamente no merece y agenciarse por la vía política y burocrática el respeto que jamás se granjearía por sus publicaciones o gracias a sus clases. Los cargos y carguillos le van al pelo para esos fines, pero, una vez que está en ellos, se topa con dos problemas: uno, que tiene que dar el pego de que cumple y hace una infinidad de cosas y que por eso está agotado de tanto sacrificarse y darle a la mollera por el bien común; otro, que los que están leyendo y escribiendo en el despacho o el laboratorio siguen produciendo en serio mientras él finge postizos orgasmos académicos o hace como que ama la ciencia. Y, ante tales dilemas, que son los que mueven y acucian a los aviesos, ¿qué hacen? Tocar los cojones a los buenos y competentes, a los académicos reales, a los cuales envidian y detestan, a los capaces que sí podrían y querrían hacer esa buena investigación que a los aviesos les repele y esa vida universitaria de verdad a la que los aviesos con toda su alma temen, pues en ella sus desnudeces intelectuales y morales quedarían a la vista de todos y los dejarían en muy secundario lugar.

   Necesitan inventar algo a toda prisa para que los buenos no los adelanten, para que las diferencias auténticas no cuenten, para que las jerarquías se inviertan y la virtud intelectual ceda ante la sumisión burocrática, para que los méritos universitarios importen menos que las seudoacadémicas politiquerías. Y ahí los vemos, a los aviesos: gastan su tiempo en pergeñar procedimientos para que los demás pierdan en suyo. No, no usan sus cargos y poderes para perseguir a los descarados, para afear a los incumplidores, para sancionar a los que ninguna norma respetan, para primar y recompensar el trabajo bien hecho o el esfuerzo bienintencionado. Nada de eso, jamás, antes muertos. Lo que hacen los aviesos es colocar cepos para que en ellos caigan y se queden atrapados los buenos profesionales universitarios, poner trampas para que la calidad real de los menos se difumine entre los papeleos y variados disimulos de los más, simular controles y evaluaciones constantes para que se olvide lo que sí merecería ser evaluado y diferenciado, inventar órganos, comités o comisiones para que nadie pueda trabajar lo más del tiempo como en la investigación mejor se trabaja, que es en soledad, bombardear con cartas, mensajes, comunicados y peticiones para que ni uno se pueda concentrar en su ciencia y deban todos arrodillarse ante lo inútil y lo idiota.

   No, no es que las universidades hayan caído víctimas de los malos políticos de partido ni de las añagazas de malévolos empresarios ni de la indiferencia de los ciudadanos. El enemigo está dentro y son muchos profesores, esos pérfidos profesores que engrandecen su inanidad a base de impedir que crezcan los que les harían verdadera sombra si de enseñanza y de investigación se tratara, si se valorara el intelecto y no dominaran las poses y las posturitas, si entre el ruido se pudieran distinguir las voces. Mírelos, están alrededor, pululan lustrosos y ufanos. Al verlos, pregúntese usted estas dos cosillas: cuánto hará que no leen un artículo científico o que no tocan una probeta y qué les pasaría si, de repente, no tuvieran más cosa que hacer que pasarse las horas en su despacho o su laboratorio trabajando como es debido. Si a lo primero la obvia respuesta es que un montón de años, y a lo segundo la contestación es que se volverían locos de desesperación y hastío, ya lo tenemos localizado: estamos ante un mierda universitario con ínfulas, de esos que fastidian a los demás y, para colmo, van de alfa y omega, de mártires del interés general y de salvadores de del alma mater.

   Si usted tuviera ante sí y de usted enamorada a esa persona que usted tanto ama y usted tanto desea y no hubiera impedimento real ni para su amor ni para su pasión carnal, ¿preferiría usted irse a una reunión o encerrarse en un despacho para llamar por teléfono a Fulano o Mengano? Supongo que no. Entonces, si usted tiene la grandísima suerte de ser un profesor e investigador profesional y le dan los medios para que cultive a placer su ciencia, ¿preferiría pasarse los días en su cargo de director del área de zonas verdes o de evaluador de currículos semipensionistas? Evidentemente, no. Cada uno, cuando puede, hace lo que quiere y lo que más le gusta. Y si usted puede leer y escribir, investigar con disfrute y dedicación, pero se va a lo otro, ya me dirá si no es obvio lo que le pasa. Los gustos son libres, de acuerdo, pero también los demás les podemos pedir a los aviesos que se metan sus cargos y complejos donde les quepan y que dejen de joder(nos) de una maldita vez. Que los jubilen a todos o que se los lleven a la Menéndez Pelayo, rediez.

10 febrero, 2015

Huesos y literatura. Por Francisco Sosa Wagner



Un esfuerzo grande está haciendo un grupo de especialistas por encontrar los huesos de don Miguel de Cervantes y recomponerlos para presentarlos en sociedad quizás con las galas del difunto o en forma de alguna otra truculencia... no sé porque ignoro cuál es el sentido de tantas fatigas.

Veamos. La mayor parte de los humanos necesitamos que nuestros huesos -o nuestras cenizas- sean conservados en algún lugar para que nos rindan culto familiares y amigos, una vez que estemos -confundidos allá en lo hondo de los misterios- con el viento y las olas del mar. De ahí el invento de la tumba y del cementerio de muertos bien relleno manando sangre y cieno que impide el respirar.

Hay culturas antiguas en las que para convocar a un muerto en una sesión de espiritismo se usaban sus huesos y, si faltaba alguno, se sustituía por una pieza de madera bellamente aparejada. Las brujas, cuando han sido hacendosas y eficaces, las brujas antiguas y con certificado de excelencia expedido por la agencia nacional de la brujería andante, es decir, las de las cuevas de Zugarramurdi y espacios similares habitados por Julio Caro Baroja, han manejado siempre los huesos como materia prima para sus pócimas y ungüentos. Sin huesos una bruja está más perdida que un fregador de platos sin Fairy. Y así, en un buen bebedizo para recuperar el amor de quien se ha hecho humo, no ha faltado nunca un fémur triturado y aderezado con especias orientales. Remedio infalible: el huido volvía  y lo hacía entregado, solicitando ávido el perdón y pidiendo ternuras.

Esto es así y vale para todos los humanos que, al final de los trajines, quedamos en puros esqueletos, restos mortales, desvaídos, con esa estampilla burlona que la Muerte nos ha puesto encima para enviarnos al sueño pegajoso y monótono.

Pero no rige para Cervantes. Como tampoco para Mozart ni para Vermeer. ¿Por qué? Porque ellos carecen de “restos mortales” al ser pura inmortalidad, vida eterna que se propaga y se vivifica a diario cada vez que nos los encontramos en las cumbres de la emoción estética: leyendo sus páginas, oyendo su música o admirando sus cuadros. 

Estos hombres han dejado no restos mortales sino “rastros inmortales” que peregrinan sin cesar y sin permitirnos un olvido porque el olvido sería un terraplén que nos conduciría a la sima angustiosa de la barbarie.  

Se podrán caer las más altas torres; se podrán deslustrar las mejores famas; podrán secarse las fuentes y apagarse las luces de una estrella; podrán las entrañas de la tierra vomitar fuego y esparcir su destrucción ...  pero las páginas que recogen la aventura de los leones o los amores de Lotario y Anselmo por Camila (como el Cosí fan tutte o la adorable muchachita de la perla) quedarán ahí gozando de su soplo eterno, renacidas siempre de entre cenizas y devastaciones como un arroyo prodigioso e inmortal.

Buscar los huesos de Cervantes es algo tan inútil como buscar los huesos de una estatua.