Un muy querido compañero, Miguel Ángel Alegre, profesor titular de Derecho Constitucional en esta Universidad de León, me envía el texto que a continuación recojo con gusto. En su mensaje me dice que le apetece compartir el texto conmigo porque "coincidimos en varios aspectos, y también porque discrepamos en otros". Honor que me hace. Sé que en algunos temas nuestras ideas son bien distintas, pero también sé que con personas como él la discrepancia es un placer y un enriquecimiento. Si no estoy muy equivocado, la ética democrática es eso, debatir amigablemente pisando el terreno común del respeto al otro y a sus ideas y de la fe en la libertad. Creo que algo tiene que ver también lo que llaman democracia deliberativa.
Ahí va el texto de Miguel Ángel Alegre, que se titula Ellos y nosotros (o lo que España se merece):
En España la gente tiene problemas verdaderamente importantes, que no dejan de ser internos por el hecho de ser globales: pobreza, desigualdades, corrupción, terrorismo, envejecimiento demográfico, degradación y deterioro del medio ambiente (y, por tanto, de la salud), crisis de valores que genera un caldo de cultivo adverso para la paz, la tolerancia y la efectiva vigencia de los derechos, embrutecimiento del individuo y su manipulación por parte de los medios (lo cual interesa muy mucho al sistema y a quienes en cada momento lo controlan).
A ellos cabe añadir la creciente violencia y radicalización en todos los ámbitos, especialmente en el doméstico y entre la juventud, brotes de intolerancia y xenofobia (en particular frente a una inmigración en continuo ascenso, que cuesta vidas humanas y que, por masiva y descontrolada, supone una seria amenaza para la seguridad y la convivencia), marginalidad, drogadicción, carencias y puntos débiles del sistema educativo a todos los niveles, creciente desarraigo del individuo y desvertebración de la familia y de la sociedad (bajo eufemismos como “aldea global”, “movilidad geográfica” y similares) en un mundo tecnificado y deshumanizado, intervención en conflictos bélicos, etc.
Sin embargo ellos, los políticos que nos gobiernan, prefieren que miremos hacia otro lado. Sólo rinden culto a la imagen y al eufemismo; manipulan todo, deforman conceptos, disfrazan la realidad. Nuestra ignorancia de lo que el marketing esconde, es la garantía de su permanencia. Les encanta azuzarnos a través de sus altavoces mediáticos: cuanto más enfrentados estemos entre nosotros, menos nos fijaremos en sus miserias. Son refractarios al estudio, al conocimiento, a la sensatez, al sentido común. Ideológicamente se alimentan de algunos tópicos rancios y unas pocas consignas delirantes elaboradas por sus asesores, que acaban creyéndose a fuerza de repetir unos u otras según la ocasión. Pasan por solidarios dilapidando generosamente el dinero de todos en lo que más convenga para sus intereses partidistas. Administran la “cultura” con descaro y sectarismo apabullantes, y a los “artistas” que los apoyaron en campaña, los encontramos luego hasta en la sopa. En la medida en que les es posible, colocan en las más altas instituciones del Estado a personas de probada fidelidad a la causa. Entierran el principio de separación de poderes. Consiguen que la mayoría parlamentaria dé a las leyes el contenido que ellos quieren, para así poder presentar como escrupuloso cumplimiento de la ley, y firme defensa del Estado de Derecho, el ejercicio de su santa voluntad. Cuando la crisis económica aprieta y su manifiesta incapacidad queda en evidencia, no tienen reparo alguno en echar mano de asuntos que distraigan la atención, y poner al servicio de tales estratagemas todos los recursos humanos y económicos que sean necesarios. Da igual que estén en juego los muertos o los vivos: lo mismo les da perturbar el descanso de los fallecidos en la guerra civil y avivar el odio de los que quedaron, que propugnar una ampliación del aborto para legitimar conductas hasta ahora delictivas y dejar el derecho a la vida (y por tanto todos los demás) reducido a papel mojado (aún más, si cabe). Trivializan hasta el esperpento las relaciones personales, afectivas y familiares. Deciden lo que es políticamente correcto y lo que no, reparten etiquetas de antidemócratas y antipatriotas a los que osan decir que no piensan como ellos.
Nos instalan en el más indolente relativismo: no hay opciones moralmente mejores que otras, nada es bueno ni malo, todo vale. Sin embargo, luego enarbolan la bandera de la tolerancia cero frente a fenómenos que son consecuencia directa del ambiente que ellos han contribuido a fomentar. Nos hacen creer ese cuento de que todas las ideas y opiniones son igualmente válidas y defendibles (incluso aquellas cuya puesta en práctica implica la eliminación de seres humanos). No escatiman esfuerzos para sacar adelante cualquier medida con tal de que supuestamente la sociedad la demande. Es curioso cómo funciona esto de la demanda social: convencen a la gente de que tiene que pedir algo, se lo dan y luego la gente les vota porque se lo han dado. Pretenden que confundamos los medios con los fines: la herramienta es el fin en sí mismo; lo que importa es la tecnología, no las implicaciones éticas de lo que se haga con ella. Disfrazan de progreso tecnológico la cara más feroz de la sociedad de consumo: no eres nadie si no tienes lo último.
En el terreno educativo, han trabajado a fondo. Llaman educación al adoctrinamiento que ellos imparten, y adoctrinamiento a la educación que otros intentan impartir. A fuerza de devaluar el respeto a la vida y a los valores que nos convierten en seres civilizados, han atrofiado la sensibilidad y el sentido crítico de los alumnos, trasformándolos en testigos impasibles de una vorágine autodestructiva. Da igual que la consecuencia sea poner en circulación a millones de analfabetos trastornados: lo que importa es que los que hoy son adeptos con carnet de ciudadanos, serán los votantes del mañana; aquí sí se mira a largo plazo.
Mientras tanto, la oposición actúa de forma discreta, tibia y descafeinada. Bastante tienen con cargar con el peso de sus complejos desde la debilidad provocada por sus propias carencias. Como saben que no pueden permitirse perder el voto “de centro”, vuelven más laxos sus principios y más anchas sus mangas y tragaderas. Cumplen su papel como un mero trámite, pero nunca alzarán su voz por encima de un determinado nivel de decibelios: ellos también son beneficiarios del sistema. También copan puestos en las administraciones públicas, también viven del despilfarro, de la financiación autonómica y del pacto local. Además, se supone que algún día aspiran a gobernar, y eso les dota de una especial empatía para ponerse en el lugar de los que ahora lo hacen: hoy por ti, mañana por mí.
En fin: lo cierto es que unos y otros actúan con absoluta impunidad y con la tranquilidad de saber que no podemos juzgarles. Nos tienen comprados y bien amarrados: nos amordazan con ayudas, becas, subvenciones, subsidios... y sabido es que no se puede ser juez y parte. Al votarles nos convertimos en sus cómplices. Nos merecemos lo que tenemos y lo que nos espera.
A ellos cabe añadir la creciente violencia y radicalización en todos los ámbitos, especialmente en el doméstico y entre la juventud, brotes de intolerancia y xenofobia (en particular frente a una inmigración en continuo ascenso, que cuesta vidas humanas y que, por masiva y descontrolada, supone una seria amenaza para la seguridad y la convivencia), marginalidad, drogadicción, carencias y puntos débiles del sistema educativo a todos los niveles, creciente desarraigo del individuo y desvertebración de la familia y de la sociedad (bajo eufemismos como “aldea global”, “movilidad geográfica” y similares) en un mundo tecnificado y deshumanizado, intervención en conflictos bélicos, etc.
Sin embargo ellos, los políticos que nos gobiernan, prefieren que miremos hacia otro lado. Sólo rinden culto a la imagen y al eufemismo; manipulan todo, deforman conceptos, disfrazan la realidad. Nuestra ignorancia de lo que el marketing esconde, es la garantía de su permanencia. Les encanta azuzarnos a través de sus altavoces mediáticos: cuanto más enfrentados estemos entre nosotros, menos nos fijaremos en sus miserias. Son refractarios al estudio, al conocimiento, a la sensatez, al sentido común. Ideológicamente se alimentan de algunos tópicos rancios y unas pocas consignas delirantes elaboradas por sus asesores, que acaban creyéndose a fuerza de repetir unos u otras según la ocasión. Pasan por solidarios dilapidando generosamente el dinero de todos en lo que más convenga para sus intereses partidistas. Administran la “cultura” con descaro y sectarismo apabullantes, y a los “artistas” que los apoyaron en campaña, los encontramos luego hasta en la sopa. En la medida en que les es posible, colocan en las más altas instituciones del Estado a personas de probada fidelidad a la causa. Entierran el principio de separación de poderes. Consiguen que la mayoría parlamentaria dé a las leyes el contenido que ellos quieren, para así poder presentar como escrupuloso cumplimiento de la ley, y firme defensa del Estado de Derecho, el ejercicio de su santa voluntad. Cuando la crisis económica aprieta y su manifiesta incapacidad queda en evidencia, no tienen reparo alguno en echar mano de asuntos que distraigan la atención, y poner al servicio de tales estratagemas todos los recursos humanos y económicos que sean necesarios. Da igual que estén en juego los muertos o los vivos: lo mismo les da perturbar el descanso de los fallecidos en la guerra civil y avivar el odio de los que quedaron, que propugnar una ampliación del aborto para legitimar conductas hasta ahora delictivas y dejar el derecho a la vida (y por tanto todos los demás) reducido a papel mojado (aún más, si cabe). Trivializan hasta el esperpento las relaciones personales, afectivas y familiares. Deciden lo que es políticamente correcto y lo que no, reparten etiquetas de antidemócratas y antipatriotas a los que osan decir que no piensan como ellos.
Nos instalan en el más indolente relativismo: no hay opciones moralmente mejores que otras, nada es bueno ni malo, todo vale. Sin embargo, luego enarbolan la bandera de la tolerancia cero frente a fenómenos que son consecuencia directa del ambiente que ellos han contribuido a fomentar. Nos hacen creer ese cuento de que todas las ideas y opiniones son igualmente válidas y defendibles (incluso aquellas cuya puesta en práctica implica la eliminación de seres humanos). No escatiman esfuerzos para sacar adelante cualquier medida con tal de que supuestamente la sociedad la demande. Es curioso cómo funciona esto de la demanda social: convencen a la gente de que tiene que pedir algo, se lo dan y luego la gente les vota porque se lo han dado. Pretenden que confundamos los medios con los fines: la herramienta es el fin en sí mismo; lo que importa es la tecnología, no las implicaciones éticas de lo que se haga con ella. Disfrazan de progreso tecnológico la cara más feroz de la sociedad de consumo: no eres nadie si no tienes lo último.
En el terreno educativo, han trabajado a fondo. Llaman educación al adoctrinamiento que ellos imparten, y adoctrinamiento a la educación que otros intentan impartir. A fuerza de devaluar el respeto a la vida y a los valores que nos convierten en seres civilizados, han atrofiado la sensibilidad y el sentido crítico de los alumnos, trasformándolos en testigos impasibles de una vorágine autodestructiva. Da igual que la consecuencia sea poner en circulación a millones de analfabetos trastornados: lo que importa es que los que hoy son adeptos con carnet de ciudadanos, serán los votantes del mañana; aquí sí se mira a largo plazo.
Mientras tanto, la oposición actúa de forma discreta, tibia y descafeinada. Bastante tienen con cargar con el peso de sus complejos desde la debilidad provocada por sus propias carencias. Como saben que no pueden permitirse perder el voto “de centro”, vuelven más laxos sus principios y más anchas sus mangas y tragaderas. Cumplen su papel como un mero trámite, pero nunca alzarán su voz por encima de un determinado nivel de decibelios: ellos también son beneficiarios del sistema. También copan puestos en las administraciones públicas, también viven del despilfarro, de la financiación autonómica y del pacto local. Además, se supone que algún día aspiran a gobernar, y eso les dota de una especial empatía para ponerse en el lugar de los que ahora lo hacen: hoy por ti, mañana por mí.
En fin: lo cierto es que unos y otros actúan con absoluta impunidad y con la tranquilidad de saber que no podemos juzgarles. Nos tienen comprados y bien amarrados: nos amordazan con ayudas, becas, subvenciones, subsidios... y sabido es que no se puede ser juez y parte. Al votarles nos convertimos en sus cómplices. Nos merecemos lo que tenemos y lo que nos espera.