09 septiembre, 2008

Ellos y nosotros (o lo que España se merece). Por Miguel Ángel Alegre

Un muy querido compañero, Miguel Ángel Alegre, profesor titular de Derecho Constitucional en esta Universidad de León, me envía el texto que a continuación recojo con gusto. En su mensaje me dice que le apetece compartir el texto conmigo porque "coincidimos en varios aspectos, y también porque discrepamos en otros". Honor que me hace. Sé que en algunos temas nuestras ideas son bien distintas, pero también sé que con personas como él la discrepancia es un placer y un enriquecimiento. Si no estoy muy equivocado, la ética democrática es eso, debatir amigablemente pisando el terreno común del respeto al otro y a sus ideas y de la fe en la libertad. Creo que algo tiene que ver también lo que llaman democracia deliberativa.
Ahí va el texto de Miguel Ángel Alegre, que se titula Ellos y nosotros (o lo que España se merece):
En España la gente tiene problemas verdaderamente importantes, que no dejan de ser internos por el hecho de ser globales: pobreza, desigualdades, corrupción, terrorismo, envejecimiento demográfico, degradación y deterioro del medio ambiente (y, por tanto, de la salud), crisis de valores que genera un caldo de cultivo adverso para la paz, la tolerancia y la efectiva vigencia de los derechos, embrutecimiento del individuo y su manipulación por parte de los medios (lo cual interesa muy mucho al sistema y a quienes en cada momento lo controlan).
A ellos cabe añadir la creciente violencia y radicalización en todos los ámbitos, especialmente en el doméstico y entre la juventud, brotes de intolerancia y xenofobia (en particular frente a una inmigración en continuo ascenso, que cuesta vidas humanas y que, por masiva y descontrolada, supone una seria amenaza para la seguridad y la convivencia), marginalidad, drogadicción, carencias y puntos débiles del sistema educativo a todos los niveles, creciente desarraigo del individuo y desvertebración de la familia y de la sociedad (bajo eufemismos como “aldea global”, “movilidad geográfica” y similares) en un mundo tecnificado y deshumanizado, intervención en conflictos bélicos, etc.
Sin embargo ellos, los políticos que nos gobiernan, prefieren que miremos hacia otro lado. Sólo rinden culto a la imagen y al eufemismo; manipulan todo, deforman conceptos, disfrazan la realidad. Nuestra ignorancia de lo que el marketing esconde, es la garantía de su permanencia. Les encanta azuzarnos a través de sus altavoces mediáticos: cuanto más enfrentados estemos entre nosotros, menos nos fijaremos en sus miserias. Son refractarios al estudio, al conocimiento, a la sensatez, al sentido común. Ideológicamente se alimentan de algunos tópicos rancios y unas pocas consignas delirantes elaboradas por sus asesores, que acaban creyéndose a fuerza de repetir unos u otras según la ocasión. Pasan por solidarios dilapidando generosamente el dinero de todos en lo que más convenga para sus intereses partidistas. Administran la “cultura” con descaro y sectarismo apabullantes, y a los “artistas” que los apoyaron en campaña, los encontramos luego hasta en la sopa. En la medida en que les es posible, colocan en las más altas instituciones del Estado a personas de probada fidelidad a la causa. Entierran el principio de separación de poderes. Consiguen que la mayoría parlamentaria dé a las leyes el contenido que ellos quieren, para así poder presentar como escrupuloso cumplimiento de la ley, y firme defensa del Estado de Derecho, el ejercicio de su santa voluntad. Cuando la crisis económica aprieta y su manifiesta incapacidad queda en evidencia, no tienen reparo alguno en echar mano de asuntos que distraigan la atención, y poner al servicio de tales estratagemas todos los recursos humanos y económicos que sean necesarios. Da igual que estén en juego los muertos o los vivos: lo mismo les da perturbar el descanso de los fallecidos en la guerra civil y avivar el odio de los que quedaron, que propugnar una ampliación del aborto para legitimar conductas hasta ahora delictivas y dejar el derecho a la vida (y por tanto todos los demás) reducido a papel mojado (aún más, si cabe). Trivializan hasta el esperpento las relaciones personales, afectivas y familiares. Deciden lo que es políticamente correcto y lo que no, reparten etiquetas de antidemócratas y antipatriotas a los que osan decir que no piensan como ellos.
Nos instalan en el más indolente relativismo: no hay opciones moralmente mejores que otras, nada es bueno ni malo, todo vale. Sin embargo, luego enarbolan la bandera de la tolerancia cero frente a fenómenos que son consecuencia directa del ambiente que ellos han contribuido a fomentar. Nos hacen creer ese cuento de que todas las ideas y opiniones son igualmente válidas y defendibles (incluso aquellas cuya puesta en práctica implica la eliminación de seres humanos). No escatiman esfuerzos para sacar adelante cualquier medida con tal de que supuestamente la sociedad la demande. Es curioso cómo funciona esto de la demanda social: convencen a la gente de que tiene que pedir algo, se lo dan y luego la gente les vota porque se lo han dado. Pretenden que confundamos los medios con los fines: la herramienta es el fin en sí mismo; lo que importa es la tecnología, no las implicaciones éticas de lo que se haga con ella. Disfrazan de progreso tecnológico la cara más feroz de la sociedad de consumo: no eres nadie si no tienes lo último.
En el terreno educativo, han trabajado a fondo. Llaman educación al adoctrinamiento que ellos imparten, y adoctrinamiento a la educación que otros intentan impartir. A fuerza de devaluar el respeto a la vida y a los valores que nos convierten en seres civilizados, han atrofiado la sensibilidad y el sentido crítico de los alumnos, trasformándolos en testigos impasibles de una vorágine autodestructiva. Da igual que la consecuencia sea poner en circulación a millones de analfabetos trastornados: lo que importa es que los que hoy son adeptos con carnet de ciudadanos, serán los votantes del mañana; aquí sí se mira a largo plazo.
Mientras tanto, la oposición actúa de forma discreta, tibia y descafeinada. Bastante tienen con cargar con el peso de sus complejos desde la debilidad provocada por sus propias carencias. Como saben que no pueden permitirse perder el voto “de centro”, vuelven más laxos sus principios y más anchas sus mangas y tragaderas. Cumplen su papel como un mero trámite, pero nunca alzarán su voz por encima de un determinado nivel de decibelios: ellos también son beneficiarios del sistema. También copan puestos en las administraciones públicas, también viven del despilfarro, de la financiación autonómica y del pacto local. Además, se supone que algún día aspiran a gobernar, y eso les dota de una especial empatía para ponerse en el lugar de los que ahora lo hacen: hoy por ti, mañana por mí.
En fin: lo cierto es que unos y otros actúan con absoluta impunidad y con la tranquilidad de saber que no podemos juzgarles. Nos tienen comprados y bien amarrados: nos amordazan con ayudas, becas, subvenciones, subsidios... y sabido es que no se puede ser juez y parte. Al votarles nos convertimos en sus cómplices. Nos merecemos lo que tenemos y lo que nos espera.

08 septiembre, 2008

Vieiras (tóxicas) con toga

Dos noticias complementarias se nos aparecen hoy juntas y revueltas, en un guiño propio de los duendes juguetones que rigen este país de soplagaitas. Por un lado, resulta que se ha detectado en Galicia comercio ilegal de vieiras tóxicas. Por otro, ya tiene nuevos y nuevas miembros y miembras el Consejo General del Poder Judicial, mitad navajas y mitad vieiras, pero todos contaminados y tóxicos que te haces caca, literalmente.
Una famosa restauradora, como se llama ahora a las cocineras de toda la vida, que ha sido pillada con la mano en plena vieira tóxica, declara la mar de ufana lo que sigue: “"Espero que saldré reforzada y que mi reputación esté por encima de este malentendido". Oye, con un par de vieiras. Para chulo yo y para puta mi señora, que decían los muy salvajes de mi pueblo, que todavía me abochornan cuando los recuerdo y que no sé cómo no llegaron todos a las más altas magistraturas del Estado. Para no ser menos y que se vea que tienen el marisco igual de fresco, los del PSOE declaran que confían plenamente en que los elegidos para el nuevo Consejo procederán con exquisita neutralidad. Lo dicen por boca de Mariano Bermejo, famoso bivalvo, tóxico por parte de padre y de madre. Que van a ser neutrales los nuevos miembros y miembras del Consejo, repito. Manda y manda cojones, ovarios, esporas y lo que nos echen. Manda.
Lees y lees y no te lo crees. Esto no me puede estar pasando a mí y tal. Y el país tan contento, oye, y eso que ayer perdió Nadal. Va el portavoz del PSOE en la Cámara Baja, ¡y tan baja!, José Antonio Alonso, y declara, para más inri, que su partido se ha esmerado muchísimo en seleccionar a juristas de gran prestigio y excelente perfil técnico. Debe de ser una nueva modalidad de perfil, como en pompa, pero mirando para el Gobierno. Nos toman por tontos de remate, por lelos sin remisión; y se ensañan. Nos les faltará razón.
Juristas de valía indiscutible y calidad técnica acreditadísima les menciono yo ahora mismo cien de una tacada, cien que no me discute nadie que sepa dos palabras de Derecho y que no tenga la mente completamente obnubilada por la toxicidad de la vieira partidista. Y de esos cien seguramente ni uno tiene ni la más mínima posibilidad de llegar nunca al CGPJ ni al TC ni a ningún otro órgano constitucional fundamental, por la sencilla razón de que obedecerían antes a la Constitución y sus principios que a los mandangas que gobiernen estos dos partidos mayoritarios y esos minoritarios que no son más que ratas genuflexas y venales. Aquí para gobernar a los jueces, como para tantas cosas, hay que pasar por el aro, inclinar la cerviz y decir cositas para la galería, de ésas que nada significan pero que hacen al populacho pensar que estamos en manos de sabios y santos. Ah, y si has sido juez, reunir estas dos condiciones: a) pertenecer a una asociación judicial: extra ecclesiam nulla salus b) ser conocido por tus sentencias y autos, que se te haya visto el plumero tanto como para que alguien pueda con fundamento decir: es de los nuestros.
Y Rajoy, que ahora quiere montárselo de guapo de cara y de bienaventurado por pobre de espíritu, manifiesta que qué bien y que cuánto va a mejorar el funcionamiento de la Justicia. Oiga, y ni le dio la risa ni nada. A lo mejor se lo cree, el jodido. Mira, al menos de Zapatero no sospechamos que se crea sus propias trolas tremendas, pero con Rajoy no se sabe: quizá es tan bobo como parece. De paso, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, ha declarado don Mariano que de lo que más gana tiene él es de que aumenten las penas para los pederastas. Cada loco con su tema.
Volviendo a lo de los juristas y jueces de reconocido prestigio. Qué oportunidad han perdido Zapatero y Rajoy, PSOE y PP, para decir que ni para ti ni para mí y que vamos a buscar juristas verdaderamente capaces e independientes en lugar de sumisos/as con el carné en la boca y la crema lubricante en la manita. Pero no, mejor saber que gana el enemigo que esa incertidumbre de a ver por dónde salen los independientes e incorruptibles. Al fin y al cabo, qué puticlub va a contratar vírgenes irreductibles.
Es otro gran día para que se sientan orgullosos los fanáticos del voto útil, todos esos avispados ciudadanos que votaron al PSOE para cerrarle el paso a la derecha franquista y comeniñas, o al PP para que no ganara la izquierda atea y comeniños. Enhorabuena, colegas, y a seguir meditando sobre las sustanciales diferencias ideológicas y prácticas entre los unos y los otros.
Por cierto, tengo para mí que los capitalistas españoles, los grandes bancos, las corporaciones más depredadoras, todos los acumuladores de plusvalías, deben de estar acoquinados y a punto de tomar las de Villadiego después del discurso de Zapatero ayer en Rodiezmo. Se van a enterar. Vuelve el impuesto sobre el patrimonio y sube el de sociedades. ¿O lo he entendido mal? Cuentan los rumores que la próxima fiesta será en Altamira, por la cosa del mensaje rupestre y dado que mineros ya casi no quedan en ningún lado. Chachi.
PD.- Según los expertos, las vieiras tóxicas producen amnesia a los que las consumen: se les olvida lo que votaron y por eso se quedan como si nada, tan frescos.
PD.- Al menos a los que comerciaron con las vieiras tóxicas propiamente dichas los detuvieron y los van a procesar.

07 septiembre, 2008

Sin comentarios: estoy vomitando

Ayer por la noche, después de la consabida pelea con la pequeña Elsa para que comiera un poquito de algo, y tras limpiarme los restos de papillas y yogures que adornaban distintas partes de mi cuerpo y una vez que me hube sacado de un ojo la cucharilla que en él llevaba incrustada, decidí relajarme ante el televisor viendo la segunda parte del partido que jugaba la selección española de fútbol. Nadie es perfecto, qué se pensaban. Enciendo el televisor, aparece TelaHinco, perdón, Tele5, y, cuando voy a menear el mando para tirar de la cadena, capto unos gritos atronadores que vienen del chisme. Del televisor, quiero decir. Me pudo la curiosidad, lo siento. Miro a ver y resulta que en un programa que no sé cómo se llama y que presenta (moderar no modera, eso no) un señor con pelo pincho y cara de sarpullido, está hablando la novia –o como se denomine esa relación- del tipo aquel que agredió a Jesús Neira cuando éste iba a defender a la tía de marras, creyendo que era una señora, una mujer.
Como veinte minutos tardé en reponerme de la parálisis y durante todo ese tiempo no pude librarme de escuchar lo que decía la tipa ésa, que, por cierto, iba como un pincel, toda adornadísima y en plan a ver aquí si pillo, que la cosa ta mu achuchá. Como se sabe y allí mismo confesó la casquivana de los demonios, en ese programa cobraba por ir a sacarse de esa manera las heces del cerebro. Y tres periodistas bramaban, gritaban, soltaban espumarajos por la boca. Ellos también cobran, supongo, pues su trabajo consiste en eso, en menearle las partes a la fiera para que salpique a los telespectadores con sus humores fétidos y grasientos. Por cierto, una de las periodistas se llamaba Pilar Rahola y me quedé pensando que no podía ser la Pilar Rahola aquella que antes andaba en la política catalana. Seguro que es otra. Segurísimo. Tranquilo Carod, hay esperanza.
Al fin, con supremo esfuerzo, me liberé y pude ver los últimos minutos del fútbol. Me pareció, el fútbol, actividad con altísimo mérito intelectual y de gran estatura moral. Cielo santo, después de lo que acababa de ver y oír, hasta una boñiga resultaría sublime.
Me levanté al baño aceleradamente y con el vientre revuelto. Al pasar ante el espejo percibí algo raro en mi rostro y me detuve un momento a contemplarme. Tenía los ojos inyectados en sangre, mocos verdosos colgaban de mis fosas nasales, de las orejas me asomaban unos pelajos retorcidos cual esvásticas y de mi boca, que tenía los labios agrietados y llenos de pústulas, salía una letanía incesante: “pena de muerte para todos”, “mano dura”, “más castigos”, “que los maten”, “putas”, “maricones”, “esto antes no pasaba”. En ese momento, sonó el teléfono. Era del CIS y me llamaban para una encuesta. ¿Por qué yo, señor?, le pregunté al amable entrevistador distante. Porque ahora ya es usted un ciudadano común, me respondió. Y soltó un regüeldo.

06 septiembre, 2008

Sobre el derecho al aborto

En materia de derecho al aborto no tengo las ideas demasiado claras, y por ahí empiezo. Es posible, por tanto, que se me cabreen tanto tirios como troyanos, capuletos y montescos. Qué le vamos a hacer.
No soy antiabortista. Tampoco encuentro razones de peso para defender el aborto libre. Reconozco que he prestado alguna vez ayuda a gente que iba a abortar y que no me arrepiento. También que, ahora mismo, miro a Elsa y medito sobre lo tremendo que sería no haber dejado que naciera.
En suma, y para empezar, que no condeno –en la medida que importe un pimiento que un fulano como yo condene o absuelva- moralmente ni a los que defienden el derecho al aborto ni a los que lo combaten. Pero, como tantas veces, me repelen un poco ciertas poses o maneras de argumentar de los unos y de los otros.
Los antiabortistas, muy por lo general, lo son a partir de muy respetables convicciones religiosas, de su fe en alguna verdad revelada o, más probablemente, en dogmas eclesiásticamente sentados. A tenor de dichos dogmas de fe, la vida es sagrada e inviolable desde el momento mismo de la concepción. Lo de la pena de muerte y tal es harina de otro costal, al menos mientras la Iglesia no la condene oficialmente. Otros parecen insinuar que desde antes mismo del ayuntamiento carnal de los padres –casados como Dios manda- ya tiene derecho el aún no concebido a que lo conciban, y por eso no hay que verterse fuera ni poner barreras mecánicas al libre encuentro de las celulitas predestinadas a entenderse. Permítaseme la broma que no es del todo broma, pues una vez escuché, en un concurs0 a plaza de profesor univesitario a un tipo que hablaba de los derechos del concepturus. Creo que luego lo publicó y no le pasó nada. Últimamente he oído que tenía cargos y prebendas en gobierno autonómico del PP. Es lo bueno de ser experto en biotética, que te descojonas de risa. Pero, sea como sea, ¿no quedamos en que la fe está más allá de la razón, en dimensión distinta? Cuando como argumento sólo nos dan la repetición machacona del dogma de fe, difícilmente nos van a convencer a los que vamos por la vida sin fe, sin más fe que la fe en la razón, poca o mucha. En otras palabras, ¿no hay contra el derecho al aborto razones que todos puedan atender por encima o al margen de sus convicciones religiosas y que se expresen en argumentos que sean algo más que repetición de dogmas como los alusivos al comienzo de la vida humana o al inicio de la condición de ser humano titular del derecho a la vida?
Porque no me convencen los argumentos de los antiabortistas radicales, no estoy en contra del derecho al aborto en todo caso. Pero, ya que tampoco me satisfacen las alegaciones de los abortistas radicales, tampoco me siento partidario de un libérrimo derecho a abortar. Me parece que entre los defensores del aborto hay mucha frivolidad y muy escasa densidad de razones y argumentos de peso, mucha consigna y mucho dogma de la otra iglesia triunfante: la iglesia progre, sector pijo-progre, ala “nómbreme algo, señorito”.
Antes de echar un vistazo a algunas de esas perplejidades que me suscitan las justificaciones más en boga del derecho a abortar, permítaseme una observación, por la que deberíamos haber comenzado. Ya se acerca una nueva discusión en España sobre este tema vidrioso, pues el Gobierno ha creado una comisión (¿por qué no también un observatorio?) que propondrá una regulación nueva del aborto. Y medio país –el otro va a su bola y pasa de todo, absolutamente- se va a rasgar las vestiduras para un lado o para otro, en perfecto ejercicio de hipocresía o consumada muestra de despiste, pues todos pasan por encima de la pregunta por la que deberíamos comenzar el análisis: ¿ACASO DEJA DE ABORTAR EN ESPAÑA EN ESTE MOMENTO, BAJO PLENA APARIENCIA DE LEGALIDAD Y PRÁCTICAMENTE SIN RIESGOS PENALES, CUALQUIER MUJER QUE QUIERA ABORTAR? Me parece absolutamente obvio que no y a ver quién es el cretino que aparenta caerse de la burra en este instante. Todos los que andamos por el mundo con los ojos abiertos y con pocas anteojeras sabemos cómo funcionan y cómo facilitan las cosas la mayor parte de las clínicas especializadas en abortos. Ellos te proporcionan el papeleo necesario para acreditar –falsamente- que corre peligro la vida de la madre o que hay riesgo de malformaciones del feto. Y punto. No juzgo esa práctica, no la califico ni para bien ni para mal en términos morales. En términos legales, es ilícita, eso es obvio; mas esto es una constatación evidente, no un juicio de otro tipo. Sólo quiero insistir en que, si ya de hecho tenemos algo parecido al aborto libre –y hasta sin plazos-, deberíamos discutir sobre la relación entre la ley y la realidad, no embarcarnos en debates sobre la ley a palo seco y como si ésta realmente gobernara los hechos. Hipocresía de juristas acompañada de hipocresía de medios de comunicación y de fiscales y fuerzas de seguridad cuando se lanzan a refriegas como las de hace unos meses: unos fingiendo que se enteran ahora de lo que pasa todo el rato y los otros simulando que son todo habladurías y manipulaciones. En este sentido, y para acabar con este punto, una ley muy liberal en materia de permiso para abortar vendría ahora mismo a dar estatuto legal a lo que ya tiene plena vigencia práctica. Así que, lamentablemente, las verdaderas alternativas son estas tres: o se da estatuto legal, mediante una ley muy permisiva, a lo que ya masivamente sucede, o se reprime lo que ahora mismo sucede para acompasar la práctica a la norma, o se deja todo como está: aborto de hecho libre, para contentar a los proabortistas, y legalmente prohibido, para satisfacción de los antiabortistas. ¿Cuál de las tres opciones prefiero yo? No lo sé, palabra.
Y otra nota previa, más malvada. Comprendo que debe velarse por el derecho a la intimidad, pero a un servidor le encantaría conocer la relación de mujeres que han abortado por ejemplo el año pasado, nada más que para esto, única y exclusivamente: para ver qué proporción de antiabortistas, ultraconservadores y gentes de mucho orden hay entre los que salieron de la clínica por la puerta de atrás y liberados en propia persona o en la de su hija, novia o amante.
Pero volvamos a lo que más nos interesa aquí en este momento, las razones que cabe invocar para justificar el derecho a abortar.
Una parece que puede tener algo que ver con la igualdad de la mujer en la sociedad, con la evitación de la discriminación femenina. Basta ver que, si no he entendido mal la noticia de ayer, la comisión que se acaba de crear depende del Ministerio de Igualdad y está presidida por su titular, la señora Aido. Y es posible preguntarse por qué se ha de ocupar dicho Ministerio y no el de Justicia o, ya forzando un poco, el de Sanidad. Sí, la respuesta más real es la más pedestre y obvia: porque algo hay que encargarle a ese Ministerio-florero que tanto debería ofender a feministas que no lo sean sólo de subvención y pandereta, Ministerio que no se ocupa ni de una maldita de las desigualdades lacerantes que en esta sociedad perviven o se crean ahora mismo, pero que va a dedicar su tiempo a hablar de mujeres, como se hacía todo el rato en el bar -machista- de mi pueblo, o de “cosas de mujeres”, como hacían las señoras sometidas de mi pueblo.
Mas, vayamos al fondo: ¿qué tiene que ver el aborto con la igualdad, se supone que de la mujer? ¿La facilidad para abortar repercute en una mayor posibilidad de integración social igualitaria de las mujeres? ¿Y, si así fuera, sería razón bastante para permitirlo con generosidad y sin más límite que la voluntad de ellas? También puede ayudar a la igualdad de muchas mujeres el permitir que éstas castrn por la brava a sus maridos, o a sus patronos, o al vecnio del quinto, y sin embargo... Y más preguntas: las muy avanzadas políticas en materia de compatibilidad de la maternidad con la vida profesional y social de la mujer, ¿no parece que chocan conceptualmente con esa visión del aborto como atajo para que la mujer no pierda comba? Y otra: ¿en qué quedamos con la maternidad, es un estorbo o es un don que da su sello especial a la mujer, conforma su peculiar sensibilidad –mejor que la de los varones- y la hace merecedora de especiales derechos y discriminaciones positivas? Porque, si resulta que la maternidad es estupenda en todos los sentidos sólo cuando la madre quiere tener sus hijos y, de propina, no tiene invonvenientes personales, sociales o econímcos, y es algo odioso, fuente de desigualdades y desventajas sin cuento cuando a la embarazada le viene mal llegar a madre, algo suena a truquillo y a ley del embudo. Y, por último, si vinculamos igualdad y derecho al aborto, ¿no tendríamos que juzgar caso por caso, analizando la situación de cada mujer que quiere abortar y viendo cuándo, por sus circunstancias, la maternidad es efectivamente un impedimento o un obstáculo y cuándo no hay más que frivolidad, cabeza de chorlito y egoísmo superficial? ¿Tiene el mismo fundamento en la igualdad el derecho a abortar de una cajera de supermercado que no tiene pareja estable ni más familia y cuyo trabajo corre mucho peligro, que Paris Hilton o una señora de la familia Botín, pongamos por caso?
Otras veces se enarbola el derecho, como pleno dominio, de la mujer sobre su propio cuerpo, o el llamado derecho exclusivo y supremo de la mujer a decidir. Tal vez se pueda relacionar con aquel fundamento que admitió para el derecho al aborto el Tribunal Supremo de EEUU en el caso Roe vs. Wade, el derecho a la intimidad de la mujer. En todo caso, parece que se nos está diciendo que el derecho de libre disposición que la mujer tiene sobre el feto que lleva en su seno es parte de su derecho a disponer libremente del cuerpo que es suyo, de su propio cuerpo, y que el señorío sobre ese feto no puede verse limitado por nada que no sea su voluntad y su libre ponderación de sus personales intereses. Me parece que es el argumento más común entre feministas. Si se sienta como dogma y porque sí, vale tanto como cualquiera de esas afirmaciones de base religiosa que antes mencionábamos, cuestión de fe y punto. Pero si le buscamos las vueltas razón en mano, a lo mejor no parece tan evidente.
En primer lugar, no es cierto que ni la mujer ni el hombre tengan un señorío total sobre su propio cuerpo y puedan hacer con él lo que quieran. Yo no puedo aprovechar que soy el dueño de mi mano para darle a usted un golpe que lo mate. Tampoco el derecho me ampara ni me ayuda si pretendo automutilarme. Si estoy en un hospital o en una cárcel, no se me permite acabar con mi vida mediante huelga de hambre, por ejemplo, y dado que soy el amo de mí mismo. Tampoco permite que alguien me ayude a morir mediante eutanasia activa. Por tanto, el considerar al feto como parte del propio cuerpo de la que la mujer puede disponer a voluntad presupone asimilarlo a aquellas partes del cuerpo de uno de las que está permitido deshacerse porque son un estorbo o un inconveniente para el propio sujeto, sin que, además, tengan atribuido un valor social que justifique la limitación de la capacidad de autodisposición de ese sujeto. En suma, y brutalmente: se puede abortar igual que se puede extirpar una verruga o amputar algún órgano necrosado.
En segundo lugar, lo del derecho exclusivo de la mujer a decidir tiene también sus posibles vueltas. Imaginemos que usted es varón y es el padre de la criatura que la señora S lleva en su seno. Pongamos que no hay ningún elemento de violencia, engaño, etc. en la causa de ese embarazo. Simplemente, ustedes mantienen algún tipo de relación que hizo normal y grato el encuentro sexual y, queriendo o sin desearlo, surgió el embarazo. ¿Por qué debe ser la mujer la única llamada a decidir si aborta o tiene el hijo? ¿Porque tenerlo sólo la “perjudica” a ella? Tal afirmación, en términos generales, es absolutamente falsa y apenas hace falta pararse a buscar ejemplos que la contradigan. Pero admitamos la idea de que la decisión es nada más que suya, de ella, porque únicamente a ella la afecta: entonces ¿por qué han de generarse obligaciones legales para el padre en caso de que la mujer decida permitir que el niño nazca? ¿Por qué la decisión de abortar es nada más que suya y la responsabilidad, si nace el niño, tiene que corresponder a los dos? ¿Por qué la mujer con su decisión de abortar puede librarse para el futuro de toda responsabilidad y toda secuela legal y económica –dejemos aquí de lado las hipotéticas secuelas psicológicas, cuando las haya, y de las que supongo que absolutamente y por definición tampoco hay que entender liberados a los hombres- y con la de no abortar compromete, si quiere, tales consecuencias para el hombre? Si el hombre no quiere el niño y la mujer desea tenerlo y lo tiene, el hombre “paga”; si el hombre desea el niño y la mujer decide no tenerlo, la mujer “no paga”. ¿Es eso compatible con que el derecho de la mujer a abortar sea suyo sin límite, con base en que suyo es el cuerpo y lo que contiene y suyo es el derecho a decidir? Eso podría sonar verosímil cuando era posible presumir que todo embarazo no deseado era fruto del engaño masculino o de alguna vil y malintencionada seducción. Él le dijo que se casaría con ella si quedaba encinta, ella lo creyó y consintió, y ahora él silba tangos. Pues que ella decida libremente ahora y que, si hay niño, él pague. Pero, ¿realmente ése sigue siendo el paradigma de las relaciones sexuales hoy en día? ¿Favorece a la igualdad de las mujeres el que las cosas se sigan viendo o presuponiendo de tal manera?
En fin, dejémoslo aquí por hoy. Es mucho lío y esto ya va largo y atrozmente pesado. Pero termino por donde empecé: no sé que pensar, puesto que ni los argumentos usuales de los antiabortistas ni los de los proabortistas me hacen mucha gracia. Si tuviera que pronunciarme, diría que en este tema se debería estar a las circunstancias de cada caso, lo cual es inviable a la hora de sentar una regulación legal manejable. El aborto me parece un mal, pero entiendo que en muchas ocasiones la madre, o ambos padres, se encuentran en situaciones que, como mínimo suponen un atenuante moral si optan por abortar. La ley ideal, ideal sobre el papel, pero difícil de aplicar, sería aquella capaz de discriminar entre los supuestos en los que es comprensible, disculpable, el deseo de que el niño no nazca, y aquellos otros en que sólo hay frivolidad, insensibilidad, inconsciencia y egoísmo muy ramplón. Por de pronto, yo usaría la declaración de la renta como uno de los factores a considerar. Pero una regulación así es extraordinariamente difícil. Je, je, menuda se armaría: poner a las ricas a parir. Por tanto, no sé qué decir y qué pensar, salvo la insistencia en lo ya mencionado: aborto libre en este país ya hay, al menos para los que pueden pagárselo y tienen una mínima información sobre la cara B de esta sociedad tan absolutamente esquizofrénica.
Dicho esto, aquí pongo la mejilla para que me la calienten todos ustedes, amigos.

05 septiembre, 2008

Periodistas

Hoy va esto breve, a la fuerza. Empieza a escasear aún más el tiempo. Llega septiembre cargado de citas, asuntos pendientes, viajes, reuniones, papeleos..., agobios. No pasa nada. No todo va a ser postear como un minero.
A lo que íbamos, a que cómo está el periodismo. Interesantes observaciones de los amigos tras el post de ayer, por el que, en parte, entono el mea culpa: la intención de criticar ese gusto periodístico por el fango, la murmuración y la dinamita para los (gili)pollos se me cruzó con ese morbo que cada tanto me da a cuenta de El País y con las ganas de fastidiar un poco a una parte de sus lectores, ésos que cualquiera identifica a un kilómetro por la pinta y la pose, igual que tradicionalmente pasaba con los lectores de ABC. Es más, la pintilla de aquellos de ABC de antes (?) y la de muchos de estos de El País de ahora es casi la misma. Por cierto, tampoco serán todos. Yo mismo soy lector diario de El País. Y de ABC y de El Mundo y alguno más a boleo. Pero eso son menudencias que no deberían distraernos más que cuando estamos con ganas de guasa o de bronca fácil. A lo mejor hasta es amarillismo de blog. Sorry.
Lo que sí alcanza para unos cuantos capítulos es lo del periodismo en general. Vayamos ahora con asuntos menos populares y populistas, sin sangre ni vísceras ni humores corporales, pero que a menudo nos muestran que los periódicos están en manos de indocumentados. Cada día nos encontramos docenas de ejemplos. Cada uno detectará mejor los que tienen que ver con su especialidad y su trabajo. En mi caso, suelo escandalizarme con las noticias de educación y universidad. Oigan, la mayor parte de los periodistas (?) que llevan esas secciones en muchos diarios no saben aún la diferencia entre una tesina y una tesis doctoral. Por eso todas las semanas cuenta algún periódico que Zapatero hizo su tesis doctoral en León y que se la juzgó mi gran amigo Paco Sosa. No hay mala fe ni ánimo de hincharle el curriculum a la lumbrera de la Moncloa, que total para qué. No, es que a los periodistas especializados (?) les suena todo a lo mismo. De igual manera que, por ejemplo, confunden los órganos de gobierno de la Universidad, no captan la diferencia entre un artículo y un libro, no se saben la escala del profesorado o no tienen ni remota idea de cómo está organizada la enseñanza de grados y postrados, etc., etc., etc. Hay excepciones, ya sé, muchas. Pero convendrán ustedes conmigo en que es muy sorprendente esta frecuencia con la que quienes trabajan en una determinada sección de un periódico no dominan ni los rudimentos más elementales de la materia correspondiente.
Hace pocos meses, en Asturias, leí en un periódico local las declaraciones que hacía un buen amigo sobre los asuntos jurídicos que eran objeto de un curso de verano que él dirigía. ¡Cielo santo!, él no podía haber dicho tales cosas ni harto de vino. Y, efectivamente, no las había dicho. Le había tocado becario de verano como entrevistador y éste había metido en un imaginario bombo todas las palabras que el entrevistado había usado y luego las había ido sacando al azar y colocándolas por ese orden sin orden. Menudo galimatías y qué cantidad de burradas. Y ejemplos así todos conocemos muchísimos. A usted le preguntan, por ejemplo, qué piensa de la pederastia, responde, ingenuo, que no deberían ir tantas cosas y conductas al mismo cajón, y ya puede imaginarse el titular: "X propone meter las cosas de los pederastas en un cajón".
Por eso, cuando nos escandalizamos, con razón, de tanto amarillismo, de ese afán periodístico por excitar lo peor que sus lectores llevan dentro, de esa especie de metafórica coprofilia –o no tan metafórica- que destilan muchísimos diarios y medios de comunicación en general, de ese modo tan simplista de razonar, de esa falta de sustrato cultural de sus informaciones, de las constantes patadas a la historia, la teoría política, el derecho, la lengua (¡ay, la lengua! Va haciendo falta un manifiesto para defender el castellano –aquí sí: defender- frente a los continuos ataques que sufre a menos y boca de los periodistas, especialmente los deportivos) y hasta el sentido común, deberíamos afinar un poco más y tratar de averiguar cuánto hay de mala fe y propósito manipulador y cuánto, verdaderamente y aunque cueste creerlo, de pura ignorancia, de mera estulticia de los plumíferos.
Por cierto, a lo mejor habría que empezar por suprimir la carrera de periodismo, como tantas otras, dicho sea de paso. Que escriba quien sepa y que informe quien tenga de qué. No habría menos "periodistas" trabajando en los periódicos, pero a lo mejor cada uno sabía de lo que trataba.
PD.- Vds. me disculparán, pero acabo como siempre esta temporada, para evitar las agresiones indiscriminadas a mis muertos queridos: también hay excelentes periodistas, comunicadores muy competentes y tal y cual. Por supuesto. Yo sólo digo que escasean más de lo debido y que no podemos permitirnos que la opinión pública esté, en una gran parte, en manos de desalmados y/o catetos. Y que, encima ,hagan negocio regándonos de estiercol.
¿Cómo dice Vd.? ¿Que los profesores universitarios también tenemos lo nuestro y los de Derecho muy en particular? Naturalmente -bueno, le discuto sólo el "muy en particular"-, y aquí se ha dicho muchas veces. Pero una cosa no quita la otra y la burrez de los unos no sana la de los otros. En este país vivimos instalados en el tu quoque como disculpa ya permanente y para todo, y eso tampoco puede ser. Va siendo hora de que dejemos de zanjar nuestros debates con el "y tú más" o el "y yo en la tuya, por si acaso". Y me aplico el cuento, ya sé. Arrieros somos.

04 septiembre, 2008

Periodismo simpático y ejemplar

Abro la edición electrónica de El Pais a las nueve de la mañana. Me encuentro esta noticia que ya había visto en algún otro diario mejor tratada, la verdad.
Qué bonito tema el de la deontología periodística: para imprimirlo en papel de aquel que antes solía ser de marca El Elefante.
Pero vean qué fácil es traspasar una urticaria entre bobos y maniqueos. Voy a recoger la misma noticia en las mismas palabras de El País, pero sólo cambiando algún nombre y borrando un "ex". Comprueben qué mona queda. A ver si gusta lo mismo a los mismos, o a ver si a los de El País se les ponía la tipografía de corbata antes de recogerla así, si así la hubieran sacado sus fuentes africanas. Porque, por cierto, toda la movida la desencadena un periódico marroquí. Lo de las entrañables relaciones de vecindad y tal. Que ésa también es otra cosa loable, lo de las fuentes incontaminadas de nuestra prensa "nacional".
Bueno, pues en su versión retocada sólo en cuanto al personaje, la noticia quedaría tal que así:
Zapatero niega ser el padre del hijo de Dati
La ministra francesa de Justicia, que es soltera, ha reconocido que está embarazada, pero no ha revelado la identidad del padre.- Un diario marroquí aseguraba que se trataba del presidente español.
El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha desmentido en un comunicado oficial, enviado por la Fundación Pablo Iglesias, el rumor que le situaba como padre del hijo que espera la ministra francesa de Justicia, Rachida Dati. El comunicado asegura, "en relación con los rumores aparecidos en algún medio de comunicación" en concreto, la web marroquí Observateur que "se trata de una total y completa falsedad". Rodríguez Zapatero ha dado instrucciones a sus abogados "para que de manera inmediata estudien emprender todas las acciones legales contra quienes han vertido tales falsedades o quienes se hagan eco de ellas".
La ministra francesa de Justicia había confirmado por la mañana que está embarazada, pero no ha querido revelar la identidad del padre, según ha informado el periódico Le Monde. Hasta ahora, los portavoces de Dati, que es soltera, se habían negado a comentar los rumores de su embarazo, que empezaron a circular después de que apareciera con el vientre abultado tras el primer Consejo de ministros del nuevo curso político, el pasado día 22.
Dati, la primera ministra francesa de Justicia de ascendencia magrebí, ha reconocido ante los periodistas su embarazo con discreción. "Quiero ser prudente, porque todavía no está consolidado. Estoy todavía en un período de riesgo y tengo 42 años", ha dicho Dati.
La ministra, que siempre ha manifestado como fundamental para su vida tener un hijo, ha agregado: "Si se consolida, estaré feliz, y si no estaré apenada". Además, ha dicho que no ve motivos para ralentizar o interrumpir sus actividades en el Gobierno porque "no es una enfermedad". Al ser preguntada acerca de la identidad del padre, ha declarado: "Tengo una vida privada complicada y no diré nada sobre eso".
Fin de la noticia "remasterizada".
PD.- Si quieren, imagínense que la noticia originaria proviene de un periódico de Texas y que la sacó aquí La Razón de esta forma que acabamos de ver. ¿Qué dirían los que ahora callan y sonríen con cara de conejo glotón?
PD.- ¿Ninguna feminista tiene nada que decir, por cierto?
PD.- Esto..., ¿y sobre la crisis antipatriótica no hay nada que comentar hoy?
PD.- Como siga el asunto económico poniéndose tan chungo, nos enteraremos al fin de noticias tan sorprendentes y populares como las siguientes: a) El Monstruo del Lago Ness deja preñada a la oveja Dolly, la cual pare un ratón. b) Operan de juanetes el cadáver de Juanito Valderrama. c) La Vicepresidenta se hace una Liposoplación. d) Para las militares españolas las pinturas de camuflaje las frabicará Margaret Astor. "El tiznarse la cara con carbón te deja el cutis fatal", ha declarado la Ministra, nuevamente embarazada y otra vez de su marido, salvo opinión en contra de El País y el resto de la prensa progresista. e) En la clasificación de los periódicos más leídos en España, hay cinco marroquíes entre los tres primeros.

03 septiembre, 2008

Realidad y apariencia

Hace un buen puñado de años, andaba por sendas de Somiedo y vi venir de frente a un caminante a paso muy vivo. Se cruzó conmigo, saludó con un cortés buenos días y siguió su ruta. Iba solo, sin cámaras ni reporteros. Era Javier Solana, con el curriculum ya repleto de ministerios y variados cargos. Luego me contaron que es un reputado andarín.
Estos días pasados el Presidente del Gobierno se ha dado un buen garbeo por Picos de Europa. Por las fotos que hemos visto, parece que su séquito era grande, se detuvo a hablar y a retratarse con la gente e hizo algunas declaraciones que podrían haber firmado Confucio o José Luis Perales, como la de que “A la montaña hay que subir despacio, es la única manera de llegar”, o como esa otra de que “Estamos sometidos a la tiranía del progreso”. No está mal para un progresista. Se trataba de grabar un programa de televisión y de exhibir en él su gran afición a la montaña y a Picos, pese a los dieciséis años de ausencia y de falta de ejercicio de tan fuerte vocación.
En este mundo traidor la representación cuenta más que la vivencia real y una imagen vale tanto como mil mentiras. Cuando usted ve salir de una iglesia a una actriz conocida o a un futbolista de gran renombre, puede ser porque han ido a misa o porque están rodando allí un anuncio publicitario o haciéndose unas fotos para el book. De los personajes públicos no conviene tomar en serio todo lo que se muestra ni al pie de la letra cualquiera de sus afirmaciones con micrófonos de por medio. Perdóneseme la comparanza, pero debe de ser poco más o menos como creerle sus requiebros amorosos, en horas labor, a la sufrida trabajadora de un club de alterne. Es parte del negocio, mientras no se demuestre lo contrario.
Periódicos, radios y televisiones ponen de su parte para procurar que el ciudadano conciba a sus gobernantes como personas de carne y hueso y seres sensibles, en lugar de esos maniquíes que recitan a diario lugares comunes y simplezas de tres al cuarto como si fueran la quintaesencia de la sabiduría más honda. Los medios exageran el valor de cualquier gesto o anécdota y los personajes en cuestión se dejan querer y ponen el perfil bueno para esas fotos que les toman, por ejemplo, cuando se supone que están disfrutando, líricamente y en soledad, de una puesta de sol sobre un acantilado. Camelo, puro camelo. Siempre que un político o un actor adoptan un perrillo abandonado o lloran la muerte de un amigo con íntimo recogimiento, están allí casualmente veinte periodistas para retratar momento tan emocionante. Otro día se ve a cualquier figura pegando una patada a una lata y rápidamente se amplía su curriculum: gran aficionado a los deportes y practicante habitual del fútbol. Todo fachada.

02 septiembre, 2008

Estado de Derecho, ciudadanía y marcha atrás

La secuencia es bien conocida y ya la hemos comentado por aquí reiteradamente: ciertos delitos, ciertamente graves -¿o no todos y no tanto?- son amplificados por los medios de comunicación y usados en el debate político -en el sentido menos noble de "debate" y de "político"- como arma arrojadiza, tanto más eficaz cuanto más inquietud se logra producir en el electorado. Tal combinación genera procesos de auténtica histeria social que conducen a que la población reclame que cada vez más conductas se castiguen penalmente, que las penas aumenten sin tasa y que se establezcan medidas de seguridad para aislar o “inocuizar” a ciertos delincuentes cuando ya han pagado el precio establecido en la ley, y a ciertos sujetos cuando ni siquiera han delinquido aún y son simplemente sospechosos de poder llegar a delinquir, por razón de su origen social, sus relaciones sociales, sus creencias, ciertos hábitos, etc. Producida esta reacción y dado el papel de la supuesta opinión pública en estos momentos en que la más estúpida y amañada encuesta pasa por palabra de Dios y dictamen del más sabio de los oráculos, los partidos políticos compiten en una loca carrera para dar gusto a la víscera popular haciendo del Derecho penal criada para todo, Petra jurídica, como aquel personaje que dibujaba en el Pulgarcito Escobar y que hoy sería políticamente incorrecto y posiblemente causa de algún delito o falta de género. Porque falta mucho género, como es sabido.
Pero hay más: estorban las garantías procesales. Cada vez que resulta absuelto el acusado de determinados delitos que irritan la parte más innoble del ciudadano, hay toda una algarabía contra jueces y magistrados que, por ejemplo, se toman en serio –los que todavía se los toman- la presunción de inocencia o el “in dubio pro reo”, o que se atienen a normas tales como la de la prescripción o la del “non bis in idem”. No digamos la que se arma cuando se aplica la simple legislación penitenciaria establecida, y que algo ha de significar si creemos en el principio de legalidad, o cuando se descubre que después de cumplir con arreglo a la ley la sentencia de prisión un condenado sale a la calle aunque ni haya pedido perdón ni se haya arrepentido de nada ni se haya resocializado un carajo. ¿Estábamos antes en la inopia o qué? Es como si de pronto nos sorprendiera que los niños no vengan de París en el pico de una cigüeña y empezáramos a castrar gente -o a cazar cigüeñas a cañonazos- debido a tal frustración de nuestras angelicales expectativas.
Eso que llamamos el pueblo tira así piedras a su propio tejado y hasta que sea tarde no se enterará de que está alimentando un monstruo impío y sangriento, ése sí: un Estado sin la correa de la ley ni las riendas de una ciudadanía madura ni la contención de un pueblo que no esté de los nervios. Cada vez que imploramos y conseguimos más vigilancia por cualquier medio, mayores controles de los movimientos de todo el mundo, mano más dura con detenidos, acusados y condenados, técnicas policiales más expeditivas y menos transparentes, penas más aflictivas y cárceles más parecidas a la de El Conde de Montecristo, estamos mostrándole la yugular al más perverso Drácula y tentándolo con el olor y la textura de nuestra propia sangre. Ese Drácula es el Estado.
No hay más que pensar qué diferencia habría entre este Estado nuestro, éste que, mal que bien, todavía disfrutamos aquí y en los países de nuestro entorno europeo –hay que puntualizar lo de europeo, pues el Estado marroquí o el argelino, v. gr., se parecen más a lo que, al parecer, el personal ansía últimamente por estos pagos- y otros que fueron o son, como el stalinista, el hitleriano, el de las más salvajes dictaduras latinoamericanas, el de Mao y hasta el chino actual, el de Fidel Castro..., el de Franco y tantos otros, cada uno en su medida de maldad y oprobio, pero todos con un dato común que marca esa diferencia que buscamos: en ellos no se respetaban estas garantías del nuestro, estas garantías que tantos –hasta tantos supuestos progres, cuando se trata de determinados delitos, como los llamados de género- consideran estorbos y zarandajas. Ya tiene narices que aquí y ahora muchos/as que no se creen franquistas anden añorando un Derecho penal más parecido al de la Dictadura, y hasta con sus leyes de vagos y maleantes y sus tribunales de orden público. Tiene bemoles, insisto.
Todo lo demás es secundario como distinción entre aquellos Estados y los nuestros: los valores que retóricamente se proclaman, las consignas propagandísticas, las doctrinas inspiradoras, la apelación a Dios, a Marx o a Bolívar, la autodescripción como reserva espiritual de Occidente, como bastión de la liberación de los pueblos frente al imperialismo o como vanguardia de los parias de la tierra en la lucha final. Palabras; pero lo que para el ciudadano cuenta es que en todos esos Estados que hemos mencionado y que cantan esas decadentes canciones y entonan tales letanías para bobos, se cultiva también ese rigor penal, esa impunidad policial y del ejecutivo todo, esa maleabilidad de los jueces, esa flexibilidad procesal y esa ausencia de garantías, cosas todas que, al parecer, tantos añoran tantísimo aquí y ahora, tantísimos que van de modernos y a la última.
Se suele decir que la esencia de la democracia es el gobierno de la mayoría, pero bajo una condición esencial e ineludible: el respeto de la minoría. Esto tiene una explicación clara: en el Estado constitucional y democrático la base es la libertad, y ésta cuenta, al menos en lo que tiene que ver con la llamada razón práctica, por encima de la verdad. La suprema libertad es la de cada cual para elegir sus verdades, sus creencias religiosas, políticas, morales, etc, y esa libertad no puede ceder ante el rodillo de la mayoría. Perder una elección democrática no significa estar en el error, y ganarla no habilita a los vencedores para hacer pasar su programa por expresión de la verdad inapelable y definitiva. La mayoría de cada momento hace la ley y la minoría está llamada a obedecerla por razón de esa su legitimidad mayoritaria, democrática, pero esa obligación política de obediencia no equivale a una obligación moral de sometimiento, no significa que quien se encuentra en minoría se vea impelido, y menos forzado, a cambiar sus convicciones para plegarse ante las de los vencedores. Y porque la minoría ni se halla por definición en ningún error ni es moralmente inferior a la mayoría, ni son menos merecedoras de consideración sus creencias en cuanto tales, la minoría ha de ser respetada por la mayoría y sólo puede ser doblegada hasta donde lo requiera la necesidad de coordinar las cuestiones centrales de la convivencia mediante normas que no pueden quedar al albur del acuerdo de todos o a merced de que cada uno haga prevalecer sus convicciones por encima de ellas. Por eso el Derecho fuerza conductas e impone sanciones, no porque la ley encierre la verdad ni justicia material mayor que la que corresponde a las ideas de la minoría. Y por eso la minoría ha de poder convertirse en mayoría cuando las tornas cambien.
Por eso y por algo más. Porque tal vez hay algo más profundo que conforma la esencia del Estado de Derecho democrático: garantizar a la sociedad la posibilidad de dar marcha atrás, de apearse del gobierno vigente. De dar marcha atrás de sus decisiones previas, cambiando gobiernos y mayorías parlamentarias cuando quienes ostentan dichos poderes se propasan en sus afanes de dominio y sucumben a la tentación del abuso. Es mucho poder el poder del Estado, con sus armas, sus cárceles, sus cuerpos de seguridad, sus ejércitos y la retahíla de pelotas y lameculos que siempre van los primeros de la procesión cantándole loas al mandamás de turno a cambio de unos carguetes y unas palmadas en su lomo sarnoso. Así que o mantenemos el control para dar la patada al que use mal semejantes medios, o estamos perdidos, irremisiblemente perdidos y condenados.
Pues bien, estos Estados que al parecer ansiamos para que den gusto -engañoso- a nuestra obsesión enfermiza por la seguridad y alivio –vano- a nuestros miedos más pueriles, estos Estados a los que ayudamos a desembarazarse de trámites, procedimientos, cortapisas, garantías y frenos formales y cuyo afán justiciero liberamos de la atadura del sentido común y del respeto a la dignidad de cada individuo, estos Estados nos van a devorar como el lobo a la abuela de Caparucita, pero sin que queden cazadores que nos rescaten y vuelvan la bestia a su redil. Porque a los cazadores les estamos enseñando nosotros las ventajas del cepo, la utilidad de la posta más cruel, la eficacia de las armas prohibidas, el placer del ensañamiento y el sabor dulzón de la carne cruda. Y cuando los que deberían ser los guardianes de nuestra libertad y nuestra integridad mucho antes que servidores de una seguridad para obsesos, nos miren con ojos golosos y expresión babeante, cuando quieran someternos a un tercer grado porque llevamos melena, porque no vivimos santamente, porque frecuentamos compañías insanas, porque nos fumamos unos porretes o nos tomamos una copichuelas, porque nos damos a prácticas sexuales no tenidas por ortodoxas por los curas de turno y de la confesión que sean, o simplemente porque se confundieron de persona, querremos dar marcha atrás, elegir a otros, cambiar ejecutivos y legislativos... y ya no será posible.
Ya no será posible porque también ese propósito será delictivo y se entenderá disolvente de las esencias sociales, atentatorio contra los fundamentos de la convivencia y hasta pecaminoso, porque el que piense en contra del orden establecido por los encargados del orden será considerado enemigo y tratado como tal. Y nos darán de esa medicina que ahora reclamamos pensando nostros tontamente que sólo es para los otros, para los malos malísimos; sin parar mientes en que, en el fondo, es el Estado el que con sus leyes decide quiénes son los malos más malos, y que cuando lo hace como le da la gana y sin verdaderos controles, siempre lo va a hacer para favorecer a los poderosos, a los aprovechados, a los indecentes, a los que no tienen ni clemencia ni vergüenza, y para hundirnos y humillarnos a los ciudadanos que sólo queremos ser libres y modestamente felices con nuestras cosas y que pensamos que no hay sociedad mejor que aquella en que cada uno hace lo que quiera, siempre que no fuerce a nadie ni dañe realmente a otro impidiéndole vivir con idéntica libertad.
Ahora que, felizmente, ya no existe el servicio militar obligatorio, sí que debería haber al menos un mes en la vida de ejercicios jurídicos obligatorios para todo el mundo, pero como víctima de los manejos estatales: un ratito de tortura suave, un día en una cárcel poco acogedora, un juicio penal –con abogado de oficio y juzgado por juez sustituto- por un quítame allá esas pajas, una entrada en propio domicilio sin mandato judicial a las tantas de la madrugada, un pinchazo telefónico seguido de publicidad de lo conversado, una falsa acusación divulgada a los cuatro vientos por los medios de comunicación, etc., etc., etc. Se nos curaría esta idiotez, esta manía de andar excitando y azuzando a ese animal grandote y feo que algunos llamaron Leviatán y que cada día nos mira más de cerca y con ojos más golosos.

01 septiembre, 2008

El perdón de los pecados. Por Francisco Sosa Wagner

Anda de moda por el mundo la práctica de pedir perdón por actos que ya no tienen remedio, lo que convierte a la acción de pedir perdón en una filigrana de hipocresía. La Iglesia pide perdón por Galileo o por Miguel Servet o por cualquier otro hecho a condición de que se halle muy alejado en el tiempo.
Cuando caminamos por la calle y alguien nos da un pisotón que nos hace pronunciar un leve quejido, entonces procede que quien nos ha atizado -si tiene buena crianza- nos pida perdón y que nosotros, pelillos a la mar, se lo concedamos. Pero cuando al pisarnos lo que ha logrado es partirnos un par de huesos del tarso, siete del metatarso y una docena de las falanges, entonces debe encargarse del agresor el guardia y el juez de ídem que aplicarán los correctivos previstos a quien tan poco respeto muestra por esas partes de nuestra anatomía que apreciamos porque al final de cuentas resultan útiles.
Hace unos días ha visitado Viena el ministro francés de Asuntos Exteriores y allí no se le ha ocurrido mejor idea que la de pedir perdón porque los franceses rebanaron el pescuezo a María Antonieta hace ahora doscientos quince años. Y María Antonieta era hija de María Teresa, emperatriz del Imperio austriaco (que aún no se llamaba austro-húngaro). El ministro ha dicho: “lo siento, pero piensen ustedes que entonces estábamos haciendo la famosa revolución francesa”. Y, ya saben -podría haber añadido- cómo se pone la gente cuando hace la revolución, con ese gustirrinín que le entra por las ejecuciones masivas, las denuncias y los empalamientos. Pero, no se preocupen, estos repentes se pasan y se vuelve a la vida normal. Es cuando un ministro, y más si es un diplomático, aprovecha para pedir perdón.
No consta reacción alguna de las autoridades ni del pueblo, probablemente por la razón de que a los descedientes de aquella familia reinante -los Habsburgo-, los austriacos los echaron al término de la primera guerra mundial sin el menor remordimiento. No consta que ningún austriaco, ni ministro ni empleado, se haya dirigido a los actuales retoños habsbúrgicos y les haya solicitado su indulgencia por haberse portado con ellos de forma tan desconsiderada, total solo por haberles metido en una guerra que perdieron.
Se advertirá que, si esta práctica se generaliza, nosotros tenemos que acudir a Flandes todos los días con la ceniza en la cabeza a pedir perdón por los desmanes del duque de Alba y los franceses por los disgustos que nos han dado en casi todas las páginas del abultado libro de la Historia. Los anarquistas actuales deberán postrarse ante todos nosotros porque un correligionario le metió un tiro en la sien a don Antonio Cánovas del Castillo, a fin de cuentas, uno de los pocos políticos serios de la Restauración. Y así sucesivamente ...
Aunque, bien mirado, es mejor un mundo de perdones que un mundo de pendones, lo cierto es que se debería evitar el cultivo del despropósito.
A ver si nos aclaramos. El perdón, que nuestras beneméritas Partidas llamaban quitamiento, procede como un mecanismo de extinción de obligaciones entre dos personas perfectamente identificadas: el acreedor y el deudor. Por alguna razón se ponen de acuerdo y entonces quien tiene derecho a cobrar, se olvida del asunto y pone paz donde hubo discordia. Quien sea aficionado a estos asuntos puede encontrar respuestas más precisas en el Código civil cuando habla de la condonación (ojo, nada que ver con los condones) que adquiere su expresión más espectacular cuando el acreedor destruye el documento en el que consta la deuda, tal como se ve en el teatro y en las óperas.
Y lo mismo ocurre en el derecho penal cuando una víctima concreta perdona a un agresor vivo y de carne y hueso.
La práctica pues de pedir perdón fuera de estos casos me parece que no tiene perdón de Dios. A menos que a quienes insistan en ella se les apliquen las reglas teológicas y canónicas ligadas al perdón, a saber, la penitencia con propósito de enmienda. Los austriacos debieron enviar al ministro a escribir cien veces en la pizarra: no haré más revoluciones francesas, y el papa deberá recordar a san Gregorio para quien hacer penitencia es llorar los males perpetrados y no cometer lo que después se habrá de llorar. Nosotros, por nuestra parte, nos pondremos cara a la pared y repetiremos: no descubriré más América ni pelearé contra el turco por más que me encuentre en el golfo de Lepanto y me lo pida el cuerpo.
Habremos encontrado una nueva forma de pasar el tiempo ...

31 agosto, 2008

¿Qué es un Estado? México como ejemplo

Hoy El País viene con un editorial sobre los tremendos datos de la delincuencia en México: homicidios, secuestros, robos... Una locura continua. Después de mi estancia en Ciudad Juárez hace pocos meses, sigo consultando a menudo una página web que da información local (www.lapolaka.com). Cada día matan más gente allá, sube la media mes a mes. Pero es difícil algunas veces dar con los datos, pues las noticias de los asesinatos se pierden entre los ecos de sociedad y otros asuntos de un día a día que pareciera normal y sin mayor novedad.
Si no aciertan los poderes públicos a contener rápidamente al monstruo, el país se les irá de las manos por mucho tiempo. Pero no parece fácil. Posiblemente tendrán que comenzar por limpiar la casa por dentro y a ver cómo se mete mano el Estado a sí mismo. Recuerdo, de aquella visita reciente a Ciudad Juárez, que lo que me contaban mis estudiantes, todos profesionales del Derecho con altas responsabilidades, no coincidía para nada con las versiones oficiales y las de los periódicos. En dicha ciudad todo el mundo está convencido de que el Estado anda implicado hasta los tuétanos en las matanzas, y nadie se cree que sea una mera guerra entre mafias rivales por el dominio de la droga. La gente teme casi tanto a la policía y al ejército como a los sicarios.
También El País cuenta hoy el caso emocionante y ejemplar de esa madre mexicana que no paró a hasta detener, por su cuenta y nada más que con su esfuerzo, a los secuestradores y asesinos de su hijo. En dos días ya tenía localizado el piso donde vivían los cabecillas. Durante seis meses la policía no le hizo ningún caso ni movió un dedo, sólo le pusieron obstáculos. Esa mujer ha sufrido un atentado hace pocos días.
Me acordé de otra historia que me narró hace un par de semanas, allá en la capital mexicana, un buen amigo de otra ciudad, arquitecto de profesión. Le robaron su valioso coche, un Volvo, si no recuerdo mal. Fue a la policía y se entrevistó con su comandante. Mi amigo sabía que para que la policía comience a investigar en un caso así el ciudadano debe pagar a sus mandos. Pero le dijo al jefe policial: mire, no les voy a pagar ahora, pero si ustedes dan con mi coche, le entregaré a usted personalmente tantos miles de pesos. A la semana el policía lo llamó y le dijo que el vehículo había aparecido. Pero no era el mismo. No importa, le indicó el agente a mi sorprendido amigo, cámbiele el número del bastidor y listo. No aceptó y le reiteró que sólo pagaría por la recuperación de su coche. Al cabo, éste apareció en un Estado lejano, cerca de la frontera norteamericana. Mi amigo cumplió su parte del trato.
Nunca pierde vigencia aquella vieja cuestión de San Agustín: en qué se diferencia un Estado legítimo de una banda de ladrones. Deberíamos volver a darle unas vueltas al asunto.

PD.- Sentado lo anterior, me apresuro a hacer explícito lo obvio: que en México, como en cualquier otro lugar, también habrá muchísima gente honesta, políticos idealistas, funcionarios impecables y esmeradísimos servidores del orden público. Dicho queda y por si las moscas, no me vaya a pasar como en aquel otro país y se dé por aludido algún chiquilicuatre que trate de echarme encima las hordas académicas y las otras.

30 agosto, 2008

El Estado, las ovejitas y el lobo

Ando leyendo estos días sobre terrorismo, políticas de seguridad y Derecho, especialmente Derecho penal. Debo asistir dentro de escasamente dos semanas a un seminario sobre ese tema en Toledo, y luego, los días 18 y 19 de septiembre, tenemos en León el seminario anual sobre “Derecho penal y Filosofía del Derecho”, esta vez sobre “Terrorismo y Derecho penal”, con ponencias de Capella, Cancio, Paredes y Bonorino. Por cierto, están todos ustedes invitados: la inscripción es gratuita, se debate a gusto, se come bien y se bebe mejor.
Coincidencia casi general de los autores: al paso que vamos, con tanto “Derecho penal de enemigo”, tanto “Estado de la seguridad”, tanta relativización de los principios jurídico-penales que se tenían por sacrosantos, tanto “Derecho penal post-preventivo”, tanta obsesión con las medidas de seguridad posteriores al cumplimiento de la pena y, en suma, tamaña histeria social inducida desde el poder y sus medios de comunicación, nos encontraremos a la vuelta de la esquina con el terror estatal, con los hábitos abusivos de un Leviatán arbitrario, con el autoritarismo más descarnado y la irreversible limitación de las libertades ciudadanas. Seguro que todo ello es gran verdad, pero muchos de inmediato se preguntarán: ¿y (a mí) qué?
Me explico rápidamente y antes de que algún amigo o amiga me vuelva a llamar schmittiano (calificativo que se puede tomar de diferentes maneras, pues Carl Schmitt era tan genial como malnacido, tan sabio como acomplejado, tan erudito como resentido). Salgamos a la calle y tomemos al azar una muestra de mil personas. Expliquémosles que, tal como marchan las cosas, existe serio peligro de que se reprima la expresión de muchas ideas heterodoxas y críticas con el orden vigente, que los disidentes pueden ser tratados como delincuentes, que nuestra intimidad, la de todos, se ve crecientemente limitada por todo tipo de vigilancias y espionajes, que retornan variadas formas de censura, que nacen insospechadas técnicas de control, que la función resocializadora de la pena no se va a respetar ni lo más mínimo con determinados delincuentes, que ciertas garantías procesales tampoco se van a atender con esos delincuentes, que la libertad de movimientos de algunos grupos sociales resultará mermada, etc., etc., y que con todo ello se pretende que haya más seguridad frente a cosas tales como atentados terroristas o delitos sexuales graves, aunque no se está seguro de la eficacia preventiva de las medidas en cuestión. Ahora trate usted de adivinar, querido amigo, qué porcentaje de esos mil responderá con un encogimiento de hombros y un “Que se jodan, a mí me parece muy bien. Y ahora discúlpeme, que tengo cita en la pelu y luego empieza al partido”.
¿Es autoritaria la inmensa mayor parte de la ciudadanía? ¿Carece de toda sensibilidad moral la mayoría de la gente? ¿Llega a extremos inauditos la manipulación de nuestras conciencias por los medios de comunicación, siempre en complicidad con los poderes establecidos, comenzando por los económicos y continuando por los religiosos y los políticos? Pues de todo habrá y todo ello influirá, pero me parece que la razón de dichas actitudes predominantes es más profunda y se podría resumir así: la mayor parte de las personas no temen perder lo que ni usan ni les interesa ni saben propiamente que poseen: la libertad. ¿Censura? Nunca se me va a ocurrir decir o escribir nada que se salga de lo común y manido, aprobado por gobiernos e iglesias. ¿Falta de garantías para los imputados? Yo estoy tranquilo, no concibo que de nada se me pueda acusar, dada mi fidelidad perruna al orden establecido, sea el que sea y cambie como cambie. ¿Riesgo para mi intimidad? Pero si soy transparente, cada comportamiento mío es previsible, estandarizado, repetido, desde que me levanto hasta que me acuesto. Ni fantasías tengo y todo el morbo de mi alma se reduce al esfuerzo por ser cada vez una copia más exacta de mí mismo y, al tiempo, más igual a todos los demás que conozco. ¿Peligro de que paguen inocentes? ¿Crisis del principio de presunción de inocencia? Algo habrán hecho, en todo caso. A mí no me hace falta presumirme inocente: soy inocente y a nadie que me vea se le puede pasar por la cabeza otra cosa.
Cuando uno era joven estaba de moda leer a Erich Fromm (¡ay, qué tiempos!) y aquello de El miedo a la libertad. Se nos quedó vieja la bibliografía. Para temer la libertad hay que conocerla o representársela de alguna forma. Los pollos de granja no tienen miedo a la libertad: ni la sospechan. Y, ay, cuando algún ecologista exaltado libera a armiños o visones en cautividad, se mueren, no saben andar a su aire y buscarse la vida. Como nosotros. Por eso, practiquemos la ecología humana y dejemos en paz a armiños y chinchillas. Cuando te encuentres un humano manso, santurrón, ortodoxo, previsible, de orden y que esté muy preocupado por si lo violan o le estalla una bomba sin ton ni son, escandalízalo, rétalo, dale mal ejemplo, compromételo, asústalo, desconciértalo. Ayúdalo a salir de su jaula. A lo mejor, cuando se haya dado unas vueltas a su aire y por libre, entiende que sí tiene algo que perder cuando el Estado se torna un monstruo que pastorea a unos enanitos llamados ciudadanos.
En filosofía política, la diferencia entre un liberal y un antiliberal o autoritario tal vez pueda describirse así. El antiliberal vive acongojado y viendo por todas partes gran peligro de que lo maten, lo roben, lo secuestren o lo violen, y por ello busca desesperadamente un Estado que lo proteja, por encima de todo y al precio que sea. El liberal se lo toma con un poco más de calma, echa cuentas de los riesgos reales de cada cosa, asume que vale más correr peligro fuera de la jaula que estar seguro en ella y, sobre todo, insiste en que cuando es el Estado mismo el que te mata, te roba, te secuestra o te viola, entonces sí que estás jodido sin remisión y ya no te queda ni a quien llorar ni de quien esperar nada.

29 agosto, 2008

Misterios del alma

Somos todos bien raritos, eso se sabe de sobra, y no hay dos personas iguales (tampoco dos perros iguales, no nos pongamos tan chulos), salvo que se trate de militantes de estricta observancia y con cargo digital plus. De ahí que nos pasemos la vida extrañándonos de las maneras, las manías y las mañas de parientes, amigos, compañeros y conocidos. A la natural diversidad del personal debemos sumar el ombliguismo inevitable, que nos hace a cada uno creernos el puro patrón de la normalidad, el metro de la perfección, pese a esta cara y esta pinta. Así que cuando ahora mismo un servidor se ponga a citar cosas de muchos que le extrañan, seguramente no estará haciendo más que dejar ver lo rarito que es él mismo. Pero allá vamos.
Me refiero a la indiferencia que muchísima gente profesa por lo que pasa en el mundo que no sean: a) bodas, natalicios, encames variados, divorcios, decoración de casas y decesos de famosos del cine, el fútbol, las casas reales, las casas irreales, la tele y las currantas de los servicios de scort de cojón de mico; b) accidentes con más de veinte víctimas; c) desastres naturales con más de veinte mil víctimas; d) resultados deportivos, pero sólo de deportes de ma(n)sas. No estoy pensando en quienes sean sordos y no se enteren de nada, o desmemoriados por completo o personas en estado comatoso por causa de alguna tristísima desgracia, sino en esos conciudadanos que sobre los puntos que acabamos de mencionar le pueden indicar a uno hasta el más rebuscado detalle, que recuerdan la alineación exacta de la selección española de fútbol en el Mundial de México, el nombre de los hijos de Julio Iglesias o el calibre de la parte hortícola de todos los amigos de Ana Obregón, pero, en cambio, ignoran con saña cómo se llama el Presidente de Francia, de cuántas Comunidades Autónomas se compone el Estado Español o si aún existe la República Democrática Alemana,por decir tres cosas de cierto nivel y no de las más fáciles. ¿Cómo es posible que se aplique tanta atención y semejante esfuerzo a lo que no importa un pimiento para la vida de nadie y, por contra, sea tan desmesurada la indiferencia ante asuntos de los que depende enormemente nuestro presente y futuro y los de nuestros descendientes?
Hay un test muy fácil para ver cuándo estamos ante un maniquí con semejante actitud felizmente bovina. Siéntelos ante una tele. Mientras aparezca un programa de cotilleos y casquería, variada estarán formales y circunspectos, con cara de catedrático a punto de solicitar nuevo sexenio. Cuando lleguen los anuncios, recolocarán las posaderas y se rascarán discretamente algún pliegue abisal, pero no darán mayor guerra. Ah, pero en cuanto comience el noticiario, un telediario cualquiera, ahí se lanzan a dar la lengua, a comentar el lío ma/patrimonial del que acaban de tener noticia televisiva, a explicar que los calamares les dieron acidez o a dar cuenta de que mañana tienen cita con el podólogo y están muy preocupados por si les hará pupa en el dedito pequeño. Naturalmente, en su obnubilación, te cuentan todo esto en el convencimiento bien serio de que a ti tales asuntos te interesan bastante más que eso que en la tele están informando sobre la invasión de Georgia por los rusos o sobre el vicepresidente que lleva Obama. Quiá, quién será la Georgia esa que nunca había salido y, mira, el que llaman Obama se parece mogollón a un centrocampista que tuvo el Betis en los años noventa.
Lo fácil sería aducir que en algún momento de la vida de estos desdichados les falló el sistema educativo. Pero eso de echar todas las culpas a los maestros ya va siendo gastado motete. Además, nos pone ante el problema del regreso hacia atrás y ad infinitum, pues buenos están también muchos maestros, quién educó al educador y tal y cual. No, aunque me tachen de incorrectísimo, me aventuro a plantear y someter a los amigos una hipótesis más contundente: hay gente que nació para tropa, para canto rodado, para masa de la empanada. Así de simple. Y a lo mejor gastar dineros públicos en tratar de desbastar a semejante caterva es un agravio comparativo y una pérdida de tiempo; como si usted se empeña en enseñarle trigonometría a un babuino, vamos. Hombre, dicen que con tenacidad y dedicación, y empezando desde pequeño, puede coger cierta base. Pero ya ves.
Y conste que no propongo ninguna privación de derechos para los ceporros vocacionales e irredentos, en absoluto. Que se les aplique lo del Proyecto Simio y que nadie se atreva a discriminarlos frente a los babuinos. Y que, llegado el caso, puedan incluso llegar a presidir algún gobierno por elección popular.

28 agosto, 2008

Un mundo para Elsa

Una de las más poderosas razones para no tener hijos es el poder decir impunemente aquello de después de mí el diluvio. Que se acabe el mundo, que se vaya la humanidad por donde merece, que nos den lo que andamos buscando. Pero cuando contemplas una criaturilla de poco más de un año, piensas cuánta vida le queda por delante y echas un vistazo a la marcha del planeta, se te coloca la ideología de corbata y a tu relativismo le salen púas y cantos afilados.
Bien sé que lo normal en estos casos debe de ser ponerse ñoño. Viva la gente, la hay donde quiera que vas, y tal. A muchos, me temo, esto de la paternidad los retrotrae a cuando las canciones de misa con guitarra, sonrisa bobalicona y suspiros de atardecer con pajilla. Es común que a los papás se nos descomponga la lírica y nos arranquemos con odas al diálogo universal y ripios sobre cómo veo en todos los humanos la mirada tierna del niño y en cada mano tendida el gesto inocente del infante que busca calor y unos potitos de melocotón. Puaj. Debería ser delito semejante verborrea. José Luis for President. Me refieriro a Perales, aunque no se diferencian apenas, ésa es la verdad.
A mí pensar en el futuro de la pequeña Elsa me aumenta la mala leche y las ganas de pelea. Estaré enfermo, no digo que no. Pero es lo que hay. Se me rebaja considerablemente el nivel de multiculturalismo, de antibelicismo me quedo con lo justo y con algunas supuestas civilizaciones el diálogo sólo lo imagino a bofetadas. Y me callo aquí para que no me arrebaten la custodia y el triciclo.
Porque vamos a ver, ¿cuánta gente hay en este momento en el mundo soñando con convertir mañana en esclavas a las que hoy son niñas? Esclavas de dioses morbosos y llenos de caprichos y taras; esclavas de tiranos que las quieran produciendo en cadena niños con errehaches de diseño y genes con bandera; esclavas de empresarios modélicos que en las Islas Caimán aprenden también los modales del reptil de marras y que no se conforman con las diez horas de curro por mil euritos, sino que quieren también el pellizquito en el trasero y la copa de viernes con revolcón suciote; esclavas de modistos que las esculpen sin curvas ni carnes para que les recuerden el pelado esqueleto de su madre difunta, con la que siguen teniendo sueños lúbricos; esclavas de partidos que las venden por cuotas a otras mujeres con derecho a voto, en adornadas cajitas y como si fueran barbies tontonas y muy suyas; esclavas de traficantes de blancas y de negras y de amarillas que les prometen un cielo de deshoras y riquezas, poblado a la hora de la verdad por gordinflones con mal aliento. Esclavas como han sido y son todas las mujeres del mundo salvo unas pocas ahora mismo y aquí, privilegiadas de esto que llamamos el primer mundo.
Y digo yo, aun a riesgo de equivocarme del modo más grosero: ¿cómo vamos a conseguir que estas niñas que hoy son apenas unos bebés sean personas libres, iguales, felices? ¿Dialogando con todo zurrigurri? ¿Respetando los derechos de grupos, tribus y culturas? ¿Dejando que el puro mercado y los peces más gordos devoren cuanto se les ponga por delante? ¿Buscando a las más tontas o sumisas para mostrarlas en gobiernos y parlamentos a modo de florero y para que parezca que son vanguardia liberadora y ejemplar?
No, no y no. A estas niñas –y a los niños también, ya sé- sólo las defenderemos desde la más rigurosa intolerancia, desde la vehemencia más consciente, desde la férrea negativa a concederle voz y espacio a cuantos las quieren siervas, esclavas de cualquier ser o de cualquier cosa. Por eso, porque no creo en la buena fe de esclavistas, explotadores, fanáticos, degenerados y obsesos, quiero ejércitos para la libertad y armas contra la injusticia.
Ahora bien, dicho lo anterior, no veo inconveniente en que nuestros políticos más dialogantes o ecuménicos manden a sus muy respetables hijas a dialogar de tú a tú con sudaneses, a convivir armónicamente con afganos o a casarse por amor con cualquier checheno; o a hacer labor sindical en una empresa textil salvadoreña, por ejemplo. Oye, para dar ejemplo y que los demás, los de a pie, los de infantería, vayamos viendo cuán infundados están nuestros prejuicios y qué injusticia encierra nuestra santa y paternal desmesura.

27 agosto, 2008

El César y su señora

Va siendo hora de que dejemos de marear tanto a la mujer del César y nos ocupemos del César propiamente dicho, que suele irse de rositas. Bien está que la tal señora además de ser honrada lo parezca y no dé pie a habladurías por su conducta descocada, pero tampoco estaría de más que cada tanto echáramos un vistazo a esos césares que se parapetan tras las supuestas esposas, a las que primero prostituyen y más tarde repudian cuando entre los vecinos se corre la voz.
En este país nuestro, en cuanto se sale de madre un poco algún cargo público nombrado por el consabido método digital, apelamos a la frase de marras a fin de indicar que los así señalados por la fortuna, deidad veleidosa, han de guardar las apariencias y conducirse con buenos modales y farisaico mohín, para que no se note que vienen del arroyo y que tú eres la bien pagá porque tus besos compré. Aquí casi nadie se preocupa porque en la Administración se multipliquen los cargos de confianza, ni nos escandaliza que las llamadas plazas de promoción interna hagan casi imposible acceder al funcionariado por libre y si no es después de pasar por ciertas horcas caudinas y de haberse mostrado dócil donde y con quien hacía falta. Tampoco nos quita el sueño, al parecer, que los partidos políticos sean como termitas que van devorando cuanta institución se topan, bíblica plaga de langosta militante que deja tras de sí un paisaje yermo, a base de enchufes, recomendaciones y una imaginación sin límite para inventar cargos, encomiendas y sinecuras. Acabarán llegando al pleno empleo: un militante, un cargo.
No, aquí lo que nos enoja es que todo eso se note más de la cuenta, que dé el cante y que los favorecidos por el dedazo del que reparte el pastel se presenten un día con un yate descomunal o se hagan un chalet de aquí te espero, en lugar de gestionarse con discreción una buena cartilla de ahorros en Zúrich o de invertir en acciones de alguna sociedad de las Islas Caimán. Entonces sí nos invade la santa ira y fíjate qué poco disimulo y cuanta desvergüenza, con lo buen chico que parecía aunque lo hubieran puesto ahí para pagar con oro sus carnes morenas o por ser cuñado de no sé quien. Se hace un auto de fe y una hoguera, se quema al réprobo y mañana los mismos césares eligen a otro con méritos idénticos y tan preparado para el cargo como éste que se pasó de vueltas, pero le advierten que se ande con más cuidado y que use profiláctico y la puntita nada más, y, ya puestos, le sugieren que mire con cariño aquel expediente que tiene pendiente un amigo del jefe y que vaya buscando gente de confianza para tal tribunal. Oye, y todos tan contentos.
Y, por cierto, ¿qué hay de lo mío?

26 agosto, 2008

¿Todavía andamos con ésas? El Estado y las religiones

Leo en Elconfidencial.com que andamos en polémicas por los “funerales oficiales” dedicados a las víctimas del accidente de Barajas. Manda narices. Cuando lo evidente no se aprecia con claridad, qué vamos a esperar de lo realmente discutible.
En el mismo artículo se recuerda que en su reciente congreso el PSOE dio marcha atrás de la propuesta de suprimir los funerales de Estado. La justificación la dio Zapatero a su manera sin par, casi divina: “que las familias afectadas prefieren que sus seres queridos sean despedidos con solemnes actos religiosos”. En caso de que alguna familia no prefiera ceremonias religiosas o las prefiera no católicas o no solemnes, se aplica la cláusula anterior y queda sentada su preferencia preferible. Claro como el agua. Pero seamos justos: seguro que, desde el otro lado de la barrera, obispos y cardenales prefieren también que los funerales católicos sean para todos y por sus santos oeufs, y sean solemnes, espectaculares, oficiales, de Estado y de lo que haga falta. Lo que mola es pillar poder, influencia y micrófono. Luego con Dios ya nos entenderemos con una larga cambiada y si ha lugar.
Mas dejemos aparte las bobaditas de ese Presidente que hemos elegido precisamente para que los ciudadanos parezcamos hasta listos y nos hagamos la ilusión de que aquí somos tan democráticos que puede gobernar hasta el que asó la manteca, como dirían en mi pueblo. Y también a esa Iglesia que se enrouca en sus obsesiones tan temporales. Vamos con lo de las ceremonias religiosas “oficiales”. Todo parece de cajón, pero tal vez es porque uno no acierta a captar el intríngulis de la cosa. Veamos.
Desde el punto de vista del Estado, los funerales oficiales no tienen razón de ser ni justificación ninguna, sean funerales católicos o de la confesión que se quiera. Tampoco sería menor el absurdo si se hicieran funerales oficiales multiculturales o gilipollez semejante. El Estado no tiene religión y las respeta todas; lo cual no quiere decir que las tenga todas y que prepare con ellas cócteles llamados liturgias multiculturales o pamplinas para pijos con poco seso que todavía se lo hacen con la barriguitas negra. ¿Que nuestro Estado colabora especialmente con la católica porque son más los católicos entre los españoles? Pues muy bien, ya sabemos que colabora y pone el huevo, nuestro huevo concretamente, que es más huevo que el huevo solo de los católicos, pero eso no es razón para que se hagan funerales oficiales de ningún tipo, ni católicos ni no católicos. Un funeral oficial es un sinsentido, un absurdo conceptual del mismo tamaño que lo sería una misa estatal o un sacramento administrativo ¿Alguien se imagina, por ejemplo, una extremaunción de Estado? El Estado por definición no hace funerales, ni dice misas, ni da extramaunciones, ni ordena sacerdotes, ni cosa similar. No cabe que un funeral católico, por ejemplo, sea un funeral de Estado, por la misma razón que, por mucho que usted le cuente sus secretos al alcalde de su pueblo, eso no puede ser sacramento de confesión, aunque insistamos en llamarlo confesión municipal o cualquier otra estupidez por el estilo. De la misma manera, una iglesia cualquiera, una confesión religiosa, no realiza por sí y sin más actos administrativos, ni dicta sentencias en aplicación del Derecho estatal, ni legisla para el Estado, ni elabora bandos municipales. Cada una de estas cosas pertenece constitutivamente a su ámbito particular y, forzando la comparación y para que se vea el absurdo, un funeral oficial o una misa administrativa son realidades tan carentes de razón de ser como un círculo cuadrado o un agua que no moja.
Entonces ¿qué relación puede haber entre los funerales que los creyentes de cualquier confesión organicen y las autoridades del Estado? Pues que como autoridad del Estado y en tanto que representación del Estado, tales sujetos no pintan absolutamente nada ni en una ceremonia católica ni en una budista o musulmana. ¿No pueden o no deben ir? Por supuesto que pueden: a título personal y en ejercicio de su fe. ¿Y deben? Pues según lo que les dicte su personal conciencia moral o religiosa, porque lo que es la “conciencia administrativa” o "estatal", si así se pudiera llamar, de tal cosa no dice nada, por definición. De la misma manera que cuando el Rey echa un polvete no lo echa en representación del Estado o de sus ciudadanos -¡sólo faltaba!-, ni es un polvo de Estado, sino que es un acto puramente personal y sin más título que el personal, cuando va a una misa es lo mismo, tanto si es la misa ordinaria de los domingos (¿va este Rey a misa los domingos?), como si es la misa del funeral por los muertos en un accidente. Que organice misas quien quiera y que vaya quien le dé la gana, pero el Estado en su sitio, que no es ninguna iglesia, ni ningún comedor, ni ninguna cama, etc.
¿Qué significa, por ejemplo, que el Rey, el Alcalde de Madrid, el Presidente del Gobierno o cualquier ministro asistan a ese funeral católico que va a oficiar el cardenal Rouco por las víctimas del accidente aéreo? Pues que comparten la fe correspondiente, en este caso la católica, y que a título personal acuden a orar por la salvación de los muertos, etc. ¿Y si no son creyentes? Pues si no son creyentes son unos impostores y están atentando contra su rol en el Estado de todos, amén de que estarán ofendiendo a los católicos -al menos a los católicos serios, que digo yo que también habrá- por andar haciendo el paripé en iglesia ajena. ¿Y no nos representan a todos dichas autoridades en esos actos religiosos? No y mil veces no. A título de ciudadano con iguales derechos que los de todos los demás, me cisco en su sombra si así lo pretenden. No pueden representarnos a todos porque ni todos somos católicos, ni todos profesamos alguna fe religiosa. Precisamente porque han de actuar en representación de todos, no deben aparecer oficialmente en las cosas que no sean de todos, sino sólo de algunos.
¿Y no deben seguir siendo los funerales católicos funerales “oficiales” mientras el Estado no desarrolle una “liturgia” alternativa para estos casos, como ha declarado recientemente Ramón Jáuregui? Ramón Jáuregui parecía listo, y hasta honesto. Pero se ve que no, o que las respuestas se las chiva Zapatero y él las reproduce porque de algo hay que comer y no vamos a ponernos ahora a la cola del INEM. El Estado tiene cuarenta mil “liturgias” y puede aplicar la que quiera. Cuando se guardan minutos de silencio oficialmente convocados, eso es una “liturgia”. Cuando se mantienen las banderas a media asta y se dispone luto oficial, eso es una “liturgia”. Cuando se erigen monumentos a las víctimas y solemnemente se inauguran, eso es una “liturgia”. Cuando se convocan oficialmente manifestaciones, concentraciones y discursos, eso es una "liturgia".
Que los políticos quieran aprovecharse de las iglesias no me choca nada. Lo llamativo es que siga habiendo personas religiosas que estén de acuerdo en que las ceremonias de su fe se conviertan en ceremonias de Estado, “oficiales”. ¿Acaso no les importa un carajo que se prostituyan sus ritos y que se degrade el significado religioso, convirtiéndolo en evento administrativo? Todavía me acuerdo de aquello de cuando Jesús sacó a zurriagazos a una farsantes del templo. Pero se ve que no recuerdo la interpretación correcta de tal pasaje evangélico. En fin, con su pan -¿y su vino?- se lo coman los Roucos y compañía. Por mí como si..., cloc-cloc, ya saben. Pero conste, modestamente, que este ateo tranquilo que aquí les habla tampoco entiende cómo pueden creer en un Dios que sea tan absurdo como para gustar de semejantes patrañas y disfrutar con tales fastos morbosos y llenos de fariseos. Pero ése no es mi problema, vaya, sino el suyo de ellos. Mas, si yo fuera el del Ojo en el Triángulo, ahora mismo les mandaba un par de plagas y un dolor de güevos/o-varios. A todos. Por ceporros y por caraduras.

25 agosto, 2008

El Manifiesto y la lengua bífida

Pues de fuente absolutamente fiable acabo de saber una cosa muy edificante y poética sobre nuestros ecuánimes gobernantes. Resulta que a un importantísimo artista lo acaban de cesar como miembro del Patronato del Instituto Cervantes. Casualmente había firmado el llamado Manifiesto de la Lengua Común. En este Régimen, como en otros, también te pasan factura por dar la lengua más de la cuenta. O será todo un desgraciado azar. Por cierto, del prudente Gazmoñeda no hemos sabido que haya tenido que padecer ostracismo, castigo, merma de la cartilla de ahorros o deshaucio de la casa que le cedió la Diputación franquista antes de que él ejerciera de vate de la oposición retroativa en el gobierno. Es lo bueno de tirarse en marcha: que no resulta tan embarazoso.
Y ya que estamos con el tema, ahí copio artículo ad hoc de mi siempre admirado Pérez Reverte. Tendrá razón unas veces y otras no la tendrá, como cualquiera que no sea del Partido, pero zumba como pocos, y eso ya es muy de agradecer en estos tiempos de poetastros venales y pichicortos.
Mi propio manifiesto (I). Por Arturo Pérez Reverte
A ciertos amigos les ha extrañado que el arriba firmante, que presume de cazar solo, se adhiriese al Manifiesto de la Lengua Común. Y no me sorprende. Nunca antes firmé manifiesto alguno. Cuando leí éste por primera vez, ya publicado, ni siquiera me satisfizo cómo estaba escrito. Pero era el que había, y yo estaba de acuerdo en lo sustancial. Así que mandé mi firma. Otros lo hicieron, y ha sido instructivo comprobar cómo en la movida posterior algún ilustre se ha retractado de modo más bien rastrero. Ése no es mi caso: sostengo lo que firmé. No porque estime que el manifiesto consiga nada, claro. Lo hice porque lo creí mi obligación. Por fastidiar, más que nada. Y en eso sigo.
No es verdad que en España corra peligro la lengua castellana, conocida como español en todo el mundo. Al contrario. En el País Vasco, Galicia y Cataluña, la gente se relaciona con normalidad en dos idiomas. Basta con observar lo que los libreros de allí, nacionalistas o no, tienen en los escaparates. O viajar por los Estados Unidos con las orejas limpias. El español, lengua potente, se come el mundo sin pelar. Quien no lo domine, allá él. No sólo pierde una herramienta admirable, sino también cuanto ese idioma dejó en la memoria escrita de la Humanidad. Reducirlo todo a mero símbolo de imposición nacional sobre lenguas minoritarias es hacer excesivo honor al nacionalismo extremo español, tan analfabeto como el autonómico. Esta lengua es universal, enorme, generosa, compartida por razas diversas mucho más allá de las catetas reducciones chauvinistas.
La cuestión es otra. Firmé porque estoy harto de cagaditas de rata en el arroz. Detesto cualquier nacionalismo radical: lo mismo el de arriba España que el de viva mi pueblo y su patrona. Durante toda mi vida he viajado y leído libros. También vi llenarse muchas fosas comunes a causa del fanatismo, la incultura y la ruindad. En mis novelas históricas intento siempre, con humor o amargura, devolver las cosas a su sitio y centrarme donde debo: en el torpe, cruel y desconcertado ser humano. Pero hay un nacionalismo en el que milito sin complejos: el de la lengua que comparto, no sólo con los españoles, sino con 450 millones de personas capaces, si se lo proponen, de leer el Quijote en su escritura original. Amo esa lengua-nación con pasión extrema. Cuando me hicieron académico de la RAE acepté batirme por ella cuando fuera necesario. Y eso hago ahora. Que se mueran los feos.
Quien afirme que el bilingüismo es normal en las autonomías españolas con lengua propia, miente por la gola. La calle es bilingüe, por supuesto. Ahí no hay problemas de convivencia, porque la gente no es imbécil ni malvada, ni tiene la poca vergüenza de nuestra clase política. La Administración, la Sanidad, la Educación, son otra cosa. En algunos lugares no se puede escolarizar a los niños también en lengua española. Ojo. No digo escolarizar sólo en lengua española, sino en un sistema equilibrado. Bilingüe. Ocurre, además, que todo ciudadano español necesita allí el idioma local para ejercer ciertos derechos sin exponerse a una multa, una desatención o un insulto. Métanse en una página de Internet de la Generalidad sin saber catalán, por ejemplo. De cumplirse el propósito nacionalista, quien dentro de un par de generaciones pretenda moverse en instancias oficiales por todo el territorio español, deberá apañárselas en cuatro idiomas como mínimo. Eso es un disparate. Según la Constitución, que está por encima de estatutos y de pasteleos, cualquier español tiene derecho a usar la lengua que desee, pero sólo está obligado a conocer una: el castellano. Lengua común por una razón práctica: en España la hablamos todos. Las otras, no. Son respetabilísimas, pero no comunes. Serán sólo locales, autonómicas o como queramos llamarlas, mientras los países o naciones que las hablan no consigan su independencia. Cuando eso ocurra, cualquier español tendrá la obligación, la necesidad y el gusto, supongo, de conocerlas si viaja o se instala allí. En el extranjero. Pero todavía no es el caso.
Y aquí me tienen. Desestabilizando la cohesión social. Fanático de la lengua del Imperio, ya saben. Tufillo franquista: esa palabra clave, vademécum de los golfos y los imbéciles. La puta España del amigo Rubianes. Etcétera. Así que hoy, con su permiso, yo también me cisco en las patrias grandes y en las chicas, en las lenguas –incluida la mía– y en las banderas, sean las que sean, cuando se usan como camuflaje de la poca vergüenza. Porque no es la lengua, naturalmente. Ése es el pretexto. De lo que se trata es de adoctrinar a las nuevas generaciones en la mezquindad de la parcelita. Léanse los libros de texto, maldita sea. Algunos incluso están en español. Lo que más revienta son dos cosas: que nos tomen por tontos, y la peña de golfos que, por simple toma y daca, les sigue la corriente. Pero de ellos hablaremos la semana que viene.

Humor cubano

Por alguna misteriosa razón, una más, suelen llegar a mi correo electrónico mensajes de la "Red Jurídica de la Unión Nacional de Juristas de Cuba". No todo va a ser andar estirándose el pene, así que bienvenidas sean, en serio, esas comunicaciones, que suelen dar cuenta de congresos de abogados y eventos similares. Pero ayer me enviaron una especie de resumen de prensa, con variadas noticias de la pobre isla. Una de ellas es ésta, que copio tal cual:

LA HABANA, 20 AGO (XINHUA) --Los integrantes de la V brigada alemana de solidaridad "Cuba Libre" recibieron hoy en la occidental Matanzas información detallada sobre el sistema electoral cubano.
Ante el interés de los visitantes, Juana Ortíz, jefa de Relaciones Exteriores de la Asamblea Provincial del Poder Popular de Matanzas (Gobernación), les explicó que los procesos eleccionarios en la isla antillana se caracterizan por una amplia participación de la población.
Durante la estancia de los brigadistas en esa urbe (unos 100 kilómetros al Este de La Habana), la funcionaria gubernamental les ofreció detalles sobre la forma en que se eligen los representantes a las diferentes instancias de gobierno.
Ortiz destacó que los propios vecinos de las comunidades proponen y eligen a sus delegados, con derecho también a revocarlos, con total ausencia de campañas publicitarias y teniendo como principal referencia las biografías de los candidatos, expuestas en lugares públicos, para que puedan ser leídas por todos.
La provincia de Matanzas fue elegida en 1974 para desarrollar allí -a manera de prueba- la experiencia de las actuales estructuras de Gobierno, que dos años más tarde se extendieron a toda la isla.
Esta brigada solidaria alemana realiza jornadas anuales de trabajo voluntario, recorridos e intercambios en Cuba desde hace cuatro años, particularmente en territorio matancero, y anunció que en lo adelante lo hará dos veces al año".
Fin de la cita. Humor negrísimo. ¿O no?

24 agosto, 2008

Una carroza a Schönbrunn. Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado en El Mundo, 21 de agosto de 2008).
Ahora está de moda citar a Montaigne y sus Ensayos, lo que se conoce menos es el Diario de un viaje que hizo desde Francia a Italia por Suiza y Alemania a la búsqueda de balnearios para remediar sus males en sus buenas aguas. Un librito precioso que yo leí en una edición alemana -aunque creo que existe una traducción española- y que es el que me ha aficionado a los balnearios en mis viajes por el centro de Europa. Este año he dado con dos pueblecitos, uno en la Selva Negra, Bad Wildbad, donde se celebra un Festival dedicado a Rossini por el hecho de que el compositor buscó en aquel lugar recuperar una salud que ya le resultaba demasiado burlona. Y otro en las cercanías de Fráncfort, Bad Homburg, donde vivió algún tiempo Dostoievski aunque nunca se supo si llegó allí a repostar o a gastarse en el casino el dinero que no tenía. Eran tiempos en que los balnearios eran lugares amenos, enclaves aparejados para reparar averías corporales y practicar el dulce deporte de la charla, charlas azuladas por una atmósfera pura o para leer esa novela tanto tiempo preterida. O para enamorarse de forma imprudente, como hizo Goethe cuando había pasado los 80 años y se encontró con una muchacha de 17. O para tramar asesinatos literarios como los de Simenon, que sacó buen partido a algunas ciudades balnearias a las que mandó a Maigret para quitarle de copas a deshoras y, de paso, para desenredar algún lío.
Ha tenido muchas resonancias artísticas el balneario como armonía de soledades, porque el balneario ha llevado siempre dentro de sí un caudal rumoroso de silencios.
Y ha sido además punto de encuentro de artríticos inofensivos y de enfermos imaginarios en busca de la sedación calmosa y vivificadora. Esto de los artríticos es cosa bien seria, y por eso uno de los pocos poemas que escribió Pío Baroja -médico, por cierto, de un balneario- está dedicado a ellos y en él termina proclamando la gran verdad: «que somos -los artríticos- productos natos de selección, que vamos por la vida con distinción». Grandes próceres, los artríticos.
Ocurre sin embargo que los balnearios actuales han incorporado técnicas que los convierten en lugares de exploración muy complejos. En primer lugar, en la mayoría de ellos apenas se toman las aguas, porque saben a diablos y porque en la parafarmacia venden todos los oligoelementos en una pastilla efervescente con sabor a mango. En segundo lugar, porque se han impuesto los masajes que, además, han derivado en modalidades barrocas: el digitomasaje y la estimulación muscular que, si bien suena a lujurioso tejemaneje, es un casto utensilio lleno de traviesos electrodos que endurecen el abdomen, los glúteos y hasta los muslos, sedes libidinis, en el decir de los clásicos.
Si se quiere más, se puede echar mano del masaje shiatsu y por siete u ocho euros se compra una bola con púas redondeadas que sirve para practicar la reflexoterapia de manos y de cervicales. Los más vehementes disponen de un rodillo de masaje manual que es definitivo para la relajación de ese guerrero urbano en que todos nos hemos convertido. O se puede recurrir a la talasoterapia podal, al jacuzzi portátil, a la chocoterapia, a la vinoterapia...
Un lío que no ha hecho sino oscurecer la benéfica tradición de los balnearios, aunque sigan siendo recomendables pese a todo este esfuerzo ofuscador, sobre todo si tienen el detalle de organizar para las soirées conciertos y representaciones de ópera con la delicada oferta, en los intermedios, de frágiles canapés y copas glamurosas de champán.
Cerca de Bad Homburg está Fráncfort. Una ciudad algo chabacana si se tiene en cuenta que es la capital financiera de Europa. Con todo, la vista desde uno de los puentes del río Meno de la silueta que forman los grandes rascacielos es magnífica: en primera fila están las casas tradicionales de la burguesía y, detrás, las torres del Deutsche Bank, del Commerzbank, del Banco Central europeo, etc., ejerciendo un evidente papel de guardaespaldas de vidas y conciencias claramente arrebatado al que antes correspondió a la catedral. Las salchichas son abominables, pero esta es una circunstancia adversa que los ciudadanos sobrellevan allí con envidiable dignidad.
Para viajar a Berlín desde Fráncfort hay que hacerlo en tren, pues permite observar las modulaciones del paisaje a medida que se avanza hacia el norte. Aunque la frontera no exista, aún se advierte con nitidez la entrada en el territorio de lo que fue la República Democrática, que dejó una estupenda herencia de miseria y de ultrajes al paisaje que, la verdad, no se merecía porque compone una sinfonía amable de colores azulados, verdosos y ocres, algo diluidos pero decorosos. La nueva estación central de Berlín es un prodigio y responde a la tradición alemana de grandes estaciones de ferrocarriles, como ocurre con la de Leipzig, una ciudad que está puesta ahí para dar sentido a su estación que, en otro caso, hubiera quedado en una situación ridícula, un poco como la del novio que espera infructuosamente a la novia. Este año el acontecimiento principal era la visita de Obama y su discurso ante la columna de la Victoria. Muy insípido el guiso que le salió al candidato, que además, según supe después por la prensa de Berlín, lo leía con la ayuda de esos artilugios técnicos que ahora permiten que uno se las eche de orador cuando no pasa de lector de ocurrencias ajenas. Había un gran ambiente de fiesta, supongo que el mismo que se hubiera creado si el podio lo hubiera ocupado el Papa o el ganador del Tour. Terminaba la temporada pero hubo tiempo para asistir a un Teseo de Händel, que aunó una filigrana de voces, especialmente las de contratenor, para una puesta en escena osada que un catedrático de la Freie Universität trató de justificar en una conferencia que dictó como aperitivo de la representación.
Berlín fue una ciudad, como escribió Ignacio Sotelo, «ocupada, escindida, amurallada, subvencionada y plagada de solitarios». Hoy, destruida su infamante muralla, es un festival de gentes que se acompañan las unas a las otras y que disfrutan del verano en sus calles y en sus lagos unidos entre sí por atrevidos canales. Y es una ciudad donde se ha puesto freno a la invasión de los coches, por lo que el tráfico es contenido y humano. La famosa avenida Unter den Linden, arteria central de Berlín, se puede atravesar sin riesgo para el propio esqueleto prácticamente sin mirar los semáforos. Ello se debe a una política que ha apostado por los servicios públicos y por evitar los aparcamientos subterráneos en los centros de las ciudades, tan rentables como destructores. Hasta que esta idea tan simple no se les meta en la cabeza a nuestros gobernantes municipales y autonómicos, el ruido y la contaminación seguirán siendo los verdaderos propietarios de los espacios urbanos. ¿Cuándo nos enteraremos de que el metro y el tranvía son la libertad? El coche debe quedar para personas con dificultades: ministros y señoras embarazadas.
Para llegar a Viena se impuso una parada en Praga con cuya belleza y magnificencia no han podido ni los comunistas ni los nacionalistas checos ni los turistas. Y ya es constancia y burlona firmeza saber resistir tan temibles enemigos.
Y al final, Viena, que ha metido el gran bisturí de la modernidad en el decorado del Imperio, por todas partes omnipresente. Los austriacos, al término de la Primera Guerra Mundial, tendrían que haber proclamado una nueva modalidad de república, la república imperial, con un presidente y un emperador repartiéndose las cartas del mangoneo. A ratos, porque en definitiva de ratos y sorbos está hecha la vida. Y deberían haber hecho con el Imperio lo mismo que con el Danubio: alejarlo lo justo para mantenerlo cercano y así poder seguir siempre mirándose en su espejo y ver reflejado en él la carroza que en los veranos conducía a Schönbrunn.