23 agosto, 2012

Escándalos principescos


                Hoy la noticia es que un príncipe inglés, un tal Harry, aparece desnudo y abrazado por dos señoras también despelotadas en unas fotos tomadas en una habitación de un hotel de Las Vegas. Los periódicos de aquí lo cuentan como el acabose y los diarios británicos no sacan las fotos, por lo aquello de que el príncipe tiene un pedazo de intimidad así de grande y hay que respetársela. Creo que si fuera un ministro del Gobierno de Su Majestad el pillado en paños menores y magreándose con unas chavalas sí vendrían las imágenes en la prensa de la pérfida Albión y, de propina, lo más seguro que el interfecto acababa dimitiendo o destituido. Se ve que en tierras británicas sí que tiene un estatuto especial la monarquía, no como aquí, donde intentan montárselo de populares, llanos y tan choricetes como el frutero de la esquina o un vulgar concejal de urbanismo. Allá los príncipes no dimiten, pues donde se vio que pueda dimitir un príncipe, que sería como trasfundirse sangre roja que sustituyera a la suya azul turquesa con aroma a té de menta. Y tampoco hay quien los cese o les mande el motorista con el recado de que para casa y en plan particulares del montón, pues las coronadas o coronables testas no admiten semejantes rebajas ni tales tratos propios de mortales sin pedigree.

                Pero no voy a eso, aunque bien interesante sea resaltar que lo de tener reyes y príncipes debe ser así y no a nuestro modo. O somos o no somos y o los vemos a ellos como la leche en bote, el no va más de la excelencia y la clase fetén, o sorteamos la corona si es que vale que te consideren tarugo al tiempo que rey o princesona. Lo que me apetece es que nos preguntemos dónde está el problema de que un señor sin ropa, príncipe o no, se magree un rato con unas damas también desnudas y se haga unas fotos para el eventual recuerdo manual. ¿O es que todavía se lleva la pudibundez y andamos aún, incluso aquí, con la moral victoriana como moral victoriosa?  Por cierto, como ya me imagino a alguna tocándose los bigotes con mala baba  creyéndose la mar de progre mientras hace de Teresa de Ávila con jeans ajustados, me apresuro a aclarar que la pregunta vale lo mismo si se trata de una dama que se da unas alegrías con dos varones sin ropa. O con dos señoras tan desnudas como ella, rediez, déjenme ya en paz con la casuística, los géneros y las orientaciones. Pues lo que quiero defender es que cada uno debe poder hacer con su cuerpo lo que le dé la maldita gana y sin que nadie se tire de los pelos ni se llame a escándalo, siempre que a nadie fuerce y que no nos pase a nosotros la factura de las copas o la cama.

                Si se trata de que hay que ser gilipollas para que esas fotos te las cacen o para dejar que te las haga una que a lo mejor las vende a la prensa libre, estoy de acuerdo. Pero eso vale lo mismo para un príncipe que para mí, con perdón. Si en una fiesta de fin de carrera me da por marcarme públicamente un despelote acompañado de variados tocamientos, mientras disparan los móviles de la concurrencia estudiantil, no me sorprenderá verme mañana en el youtube y en diversas páginas de variedades cutres.

                Mas si el problema radica en que el príncipe o el camarero del bar de todos los días dedican sus ratos libres al carnal devaneo con gentes que consienten y como ellos disfrutan, ¿dónde está el maldito problema? Respuesta obvia: lo tenemos nosotros, por reprimidos, fariseos y caguicas. Envidia insana y mala uva de los que no se atreven o padecen espantosa halitosis, ese sería el veredicto para los escandalizados.

                Ay, cuánto tienen todavía que aprender los ingleses de nosotros los hispanos. ¿Escándalos serios en la Casa Real? Que vengan aquí y miren. Desde yernos que se hacen de oro estafando, llevándose el dinero a paraísos fiscales, evadiendo impuestos y mintiendo como bellacos a jueces y fiscales, hasta monarca jodón y putero (con material fino y control médico, eso sí, tipo actrices en decadencia y aristócratas que prefieren cobrar en especie) al que no le sacan fotos, pero le acaban el calcio de los huesos de tanto darle al dale que dale. Y luego a no perderse misa, eso no.

                No hay monarquías como las católicas. En cambio, los ingleses no saben más que protestar.

Curiosidades sobre el derecho de propiedad y el alegre uso de lo ajeno


                Hoy tengo una genuina curiosidad y unas dudas, así que no voy a pontificar vanamente sobre nada. Creo que guarda relación el tema con el derecho de propiedad y sobre la utilización de lo ajeno sin permiso, pero ni siquiera estoy del todo seguro. También sobre el comercio de artilugios o medios que sirven para la apropiación o uso no consentido de lo que otro paga.

                Resulta que en casa tengo wifi con Telefónica. No hay más alternativa, pues donde vivo solo Telefónica puede dar ese servicio, por razones técnicas que se me escapan. Contrato internet inalámbrico con dicha empresa y me instalan el router, con su clave. La clave es de chichinabo, a parecer y según me reconocen los propios técnicos de tan excelsa entidad mercantil. Me funciona mal a menudo, consulto telefónicamente y un técnico muy amable me explica que a lo mejor es que medio vecindario se beneficia de mi router, pues hay en el mercado muchos programas que permiten romper la clave y entrar en las prestaciones de mi router como Pedro en su casa. Es más, hacen una comprobación y sale que hay un puñado de ordenadores conectados a lo mío y no todos esos ordenadores son de mi hogar. Cáspita.

                Durante un buen tiempo tuve abierta la wifi, sin clave, pues no me molestaba especialmente que algún vecino la usara si quería, en plan pillín. Pero, diantre, el problema no es que solo pague yo y ellos aprovechen para leer el periódico o mandar unos mensajes de correo electrónico. No, la cuestión es que yo no bajo películas ni nada por el estilo, pero se ve que los que me piratean sí. Y el chisme se atasca.

                Me informo mejor y resulta que mismamente en e-bay se puede comprar por cuatro duros una superantena que capta redes en un kilómetro a la redonda, acompañada del correspondiente programa para pillar las claves. Jurídicamente muy interesante el tema. Un servidor abona religiosamente sus euros mensuales para estar conectado y el de al lado descarga a mi costa unas películas día y noche y me deja a dos velas cada tanto. ¿Debería yo contratar más megas de capacidad para que el enmascarado tuviera mejor servicio y me dejara algo de lo que le sobre?

                Desconozco si sería legal el comercio de algún cacharro que sirviera para hacer saltar la combinación de cajas fuertes o si se podrá lícitamente vender llaves maestras que permitan abrir las puertas de todas las casas de los alrededores. Y usarlas, claro. ¿Podría ir a la policía a denunciar que alguien está allanando mi casa virtual? ¿Puedo denunciar a los que se benefician con la venta de programas informáticos para asaltar mi wifi y hacerse a mi costa una sublime colección de películas porno? No entro en las cuestiones de propiedad intelectual de películas o canciones o libros, no es eso lo que ahora planteo. Sé que no es jurídicamente lícito que alguien se lleve de mi nevera la comida que yo merco ni que use mi libreta del banco para sacar mis escuetos ahorros.  ¿Y apropiarse de mis claves para tener internet gratis y a mi costa?

                Más allá de tan exquisitos problemas legales, también está la cuestión de la cortesía y la buena vecindad. ¿Sería mucho pedir que me dejasen los avispados piratas unos megas libres para que pueda yo también beneficiarme del servicio que pago para mí y para ellos?

21 agosto, 2012

Gordillo y los flacos


                Creo que el resumen de lo acontecido hace unos cuantos días es así. Un diputado del Parlamento andaluz y alcalde del ayuntamiento de Marinaleda azuza a un grupo de afiliados de un sindicato, el Sindicato Andaluz de Trabajadores, para entrar en un supermercado de Mercadona y saquearlo. Se llevaron unos carros con alimentos, pues se trataba de protestar contra el hambre a que estarían condenados muchos trabajadores andaluces. El supuesto inductor, Sánchez Gordillo, escondió la mano y el resto del cuerpo, pues él no tomó parte en la acción, lo cual alega cuando se insinúa su posible responsabilidad penal. Además, como parlamentario andaluz, es aforado. Hacía tiempo que de tal personaje no se hablaba gran cosa en los medios de comunicación españoles. Ahora ha pasado una semana en los de aquí y en los extranjeros. Imagino que ese eco mediático será de gran rédito para la causa de los oprimidos y los parias de la tierra, o de Andalucía al menos. Hay que suponer que los minutos de gloria mediática de Gordillo no eran un fin en sí mismo, sino un sutil medio para que el mundo tomara conciencia de que en la España del Sur hay trabajadores en la penuria, o en una cierta penuria.

                Hace un par de días preguntaba aquí un amigo del blog cuál era mi opinión sobre el reseñado suceso. Pues ahora se la digo: una memez. En términos de lucha por reformas sociales equitativas o de resistencia frente a la marcha que lleva al país, asaltar un súper de Mercadona vale lo mismo y tiene el mismo significado que rascarse las ingles en la calle o que sacarse los moquillos en el semáforo. Incluso menos. Porque una buena performance de Gordillo mostrándonos las posaderas en alguna plaza céntrica de Sevilla, con carteles explicativos al lado y previa llamada a las cámaras de televisión, tendría poco más o menos el mismo alcance revolucionario y reivindicativo: ninguno. Es como si yo entro borracho al cine y, cuando me expulsan por hablar a voces y soltar regüeldos, explico que es que estuve bebiendo para manifestar mi protesta por la caza de focas. Nos ha jodido con la revolución y los revolucionarios, menudo miedo. Y si, de propina, estoy aforado o presento un certificado médico para que no me emplumen o me defiendo con el cuento de que fue mi cuñado que me drogó, el muy cabrón, imagínense qué imagen para la causa de los oprimidos. Penosa. Como lo de Gordillo, más o menos.  

                Porque vamos a ver, analicemos. Veamos la acción y los sujetos, por si encontramos algún sentido digno en algún lado. Asaltar un supermercado cualquiera, así, a boleo y un día de tantos, llevarse un saco de galletas María, zumo Pascual, leche de Hacendado y jamón cocido El Pozo y justificarlo con que hay gente que pasa hambre y más que se va a pasar, es como atracar un banco con una pistola de agua y aducir que van tres meses sin ingresar un chavo; o como meterle mano a una monja de buen ver y explicar que por culpa de la Iglesia lleva uno media vida viviendo en la represión sexual. Todo ello parece una seria confusión del culo con las témporas, y no me refiero al culo de las monjas solamente. Ya puestos a encabezar la revolución portátil y en formato de bolsa de la compra y a apelar a las nobles causas revolucionarias, ¿por qué no entraron en un banco y se llevaron lo suelto que hubiera en los mostradores de los cajeros? ¿Por qué no se van al Bernabeu y raptan cinco minutos a un linier? Es como si yo le doy dos patadas en el culo a un becario un día que me levanto de malas porque mi mujer se fue con otro y me dejó la cristalería sin meter en el lavavajillas y después me justifico con que en realidad era una manera de protestar contra el rector de mi universidad y la CRUE entera. ¿Qué relación hay entre mi agresión al becario y la política de los rectores españoles? La misma que entre ese supermercado de Mercadona y la deriva del sistema político y económico español o mundial: ninguna. ¿Qué era una forma de llamar la atención y protestar? Pues entonces Gordillo se quedó corto, habría sido mucho más eficaz y con más eco que se amputara un huevo delante de alguna sede de la patronal o que se pusiera a dieta para bajar barriguilla, todo con sus aclaraciones para los medios y unos folletos y tal. O que la amputación íntima se la hicieran, bajo su dirección, a uno del sindicato, porque él es aforado y tendrá sesión en el Parlamento un día de estos, con dos cojones.  

                Cuando en un país lo más revolucionario, rupturista y retador que tenemos para llevarnos a la boca o a los ojos es un grupo de “mataos” que se mete a Mercadona a pillar una bandejas de pechugas de pollo fileteadas y unos yogures griegos, bajo la dirección de uno que se queda fuera por si llegan los fotógrafos y hay que ir atendiéndolos, cuando la mayor amenaza para las iniquidades del capitalismo vienen de unos de un sindicato pequeñín que dicen que qué pasa y que a lo mejor otro día entran en Carrefour y se llevan también un par de televisores de plasma y unos frascos de Sanex, cuando hasta los partidos de izquierda se sienten desbordados por la izquierda por obra de esos que antes eran jornaleros de la aceituna y ahora la cogen envasada en los anaqueles de un supermercado y echan a correr por si los detienen, cuando la crema y nata de los intelectuales  españoles de la Cosa no sabe qué decir, no vaya a ser que quedemos de poco progresistas ante tamaña resurrección de la Internacional obrera en versión parroquia y smartphone, o por si acaso los gordillos se cabrean y otro día les da por asaltarnos el pen-club o las oficinas de la SGAE o de CEDRO, podemos ir entonando un sentido réquiem por la izquierda, las reformas, el progreso y el coño de la Bernarda. El único que saldrá con bien y algo de ganancia será Gordillo. Y verás como no lo reparte, el muy jodío.

                Llega un día en que ya ni ganas de llorar te vienen. Parece que no sientes las piernas y todo lo que observas son gusanos o parientes de Gregorio Samsa. Los ves en la tele, en los periódicos, en la calle, en las manifestaciones, en la oficina… Dan ganas de asaltar una droguería para sacar unos venenos y, luego, a fumigar día y noche. Pero sería inútil, temo. Ahora mismo, mientras acabo este post, varias cucarachas corren ante mis pies y docenas de moscas se posan sobre el periódico del día. El teclado se me pone viscoso y noto una opresión en las meninges. No sé si habrá luna llena y puede que antes de acabar el día asalte el quiosco de la esquina y me vaya con un cargamento de gominolas. Para joder al capitalismo, más que nada.

20 agosto, 2012

Sencillo test para detectar malnacidos y cabroncetes entre amigos y compañeros


                Nos relacionamos muy cordialmente, todos, con un montón de gente. De vez en cuando tiene cada uno un encontronazo con alguien, o das con una persona a la que de mano no soportas y de la que te mantienes a buena distancia. Pero esas desavenencias o tales distancias son la excepción, estamos hechos para buscar la paz y la camaradería con quienes nos rodean, pues la disputa o la desconfianza nos quitan energías y debilitan nuestra posición en los grupos sociales. O sea, que por lo común vamos a sonreír al nuevo compañero de trabajo, vamos a incorporar en el grupo que toma el vino a la una a ese que acaba de llegar de otra ciudad y que tu cuñado te presentó ayer, tendrás relaciones amables con tus vecinos e intercambiarás con ellos consejos para el cuidado del jardín o comentarios sobre los más recomendables restaurantes de los alrededores.

                Pero cuidado, la historia enseña de modo irrefragable que al menos un tercio  de los sujetos con los que nos crucemos cada día en cualquier parte son unos potenciales hijos de mala madre y que hay un veinte por ciento más que están entre Pinto y Valdemoro y que reaccionarán según y cómo y en función de sus intereses y sus particulares miserias morales en el momento. No es mala suerte de usted o mía, no se preocupe, es la humanidad. Además, esa demoledora estadística, que los hechos respaldan sin lugar a dudas, no nos impide vivir tranquilos la mayor parte del tiempo, pues por lo común no pasa nada y el cretino se mantiene en estado larvario y sin enterarse él mismo de su mísera condición o creyéndose, incluso, un ciudadano de bien, aunque muy prudente, ahorrador y aplicado a sus menesteres, eso sí. El calamitoso moral ve pasar la vida metido en la covacha de su alma, donde hiberna a la espera de que vengan los calores y se acerquen las presas. Mientras está así, pasivo y reservón, expectante pero sin mucho riego cerebral, el miserable no es peligroso y hasta puede llegar a dominar las cuatro reglas de la convivencia cortés. Lo malo es cuando su pestilente espíritu recibe el abono que lo hace despertar, el soplo de la oportunidad para medrar a costa de alguien, él hálito que le agita lo peor de sí mismo. Fue lo del probo ciudadano alemán que descubre un día que las casas de los judíos expulsados están quedando vacías y que puede meterse dentro para llevarse impunemente el piano o hasta para vivir allí; o el del adusto aldeano de Castilla que se da cuenta de que con solo ir y contar a los falangistas alguna maldad del vecino puede él apropiarse de su huerto, cortejar a su mujer o vengarse de algún oscuro agravio remoto. Y así.

                Ciertamente, no podemos vivir en la desconfianza ante todos y temiendo ver en cada uno de nuestros colegas y comparsas un monstruo disfrazado de cordero, un vampiro que nos quiera chupar la sangre en cuanto oscurezca. No es cuestión de que vayamos a diario asperjando con agua bendita a quienquiera que nos dé la mano, o con una ristra de ajos al cuello o una letanía de fórmulas de exorcista. Bastará con que manejemos unos poquitos indicios y apliquemos en este campo una versión casera del principio de precaución. O sea, poco fiarse del que apunte maneras de cabrón vocacional en standby. Y para esto ofrezco este sencillo test que viene a continuación. Usted puede mentalmente aplicarlo a cualquiera de sus conocidos, parientes y compañeros. Llamaremos X a la persona a la que le pasa la prueba en cada caso. Veamos las cuestiones que comprende y después explico cómo sacar los resultados. Propondré nada más que cinco preguntas, pero, siguiendo el modelo, la prueba puede ampliarse con parecidas cuestiones.

                1. ¿Cómo reaccionaría X si un golpe de Estado trajera una sanguinaria dictadura que a usted lo persiguiera injustísimamente y amenazara hasta con matarlo y torturarlo a usted?
                a) Se apuntaría al bando de los matones y no siquiera tendría reparo en ser de los que mandaran que lo fusilaran a usted al amanecer.
                b) Trataría de alejarse de usted y de que no los vieran juntos, fingiría que no se conocen y, todo lo más, le daría ánimos cuando está seguro de que nadie los ve ni los oye.
                c) Daría la cara por usted y hasta se pondría en peligro por echarle una mano o protegerlo.

                2. ¿Cómo reaccionaría X si a usted lo van a echar de su puesto de trabajo o a degradar en la empresa injustamente y a él le ofrecen su plaza vacante, lo que para él representará un ascenso y mejor sueldo?
                a) Diría que sí, empezaría a presumir delante de las narices de usted, haría mucho la pelota al jefe esa temporada y esperaría ansioso para exhibir ante usted mismo su nuevo estatus, dándole crueles órdenes, a ser posible.
                b) Pondría cara de chico, lo siento, pero así es la vida, buscaría excusas del tipo ya sabes cómo son los jefes y yo qué quieres que haga, y aceptaría el cargo diciendo que es solo para una temporadita y que ya verás qué bien.
                c) Se negaría a ascender a costa de usted y de modo tan injusto o arbitrario.

                3. Usted y X, que se llevan muy bien, tienen el mismo jefe, mandón y bastante arbitrario. Ese jefe está celoso de usted porque es usted listo y honrado, o se molesta con usted porque no se pliega a ciertos caprichos suyos poco presentables o abiertamente mafiosos. Un día, ese jefe dicta la siguiente sentencia: perderá su favor y no ascenderá aquel que siga en buenas relaciones con usted. ¿Qué hará X entonces?
                a) Cortará toda relación con usted y empezará a tratarlo como a un enemigo y una mala persona.
                b) Seguirá relacionándose con usted, pero solamente cuando está seguro de que el jefe no se va a enterar. Por ejemplo, en el trabajo apenas le hablará, pero alguna que otra noche lo llamará por teléfono para deshacerse en explicaciones y darle ánimos.
                c) Mantendrá con usted el trato de antes, asumiendo el riesgo de que el jefe se enfade también con él.

                4. Hay elecciones en la empresa o institución en la que ustedes trabajan juntos y como cordiales compañeros. Se presentan dos candidatos: usted, que promete trato justo para todos y ecuanimidad, y otro candidato del que consta que es un indecente y un tarambana, pero que promete a X un ascenso si lo apoya en sus turbios manejos, manejos que lo perjudicarán a usted inicuamente y resultarán dañinos también para la empresa o institución. ¿Cómo reaccionará X?
                a) Votará al impresentable y, además, hará campaña por él y se enfrentará con usted por ser usted un obstáculo para sus ambiciones.
                b) Votará al impresentable, pero se disculpará ante usted con argumentos miserables, del tipo, chico, sabes que me viene muy bien ese dinero extra para la hipoteca, o soy consciente de que ese candidato no es el adecuado, pero yo tengo que mirar por mi carrera.
                c) No votará al felón, precisamente porque es un mangante o un incapaz, aunque pierda X las ventajas prometidas.

                5. Con ustedes y en su grupo trabaja un becario extraordinariamente competente. Hay que decidir si se le hace un contrato en condiciones o se le echa de la empresa o la institución. Si se le expulsa, cada uno de ustedes ganará cien euros más al mes y podrán repartirse los metros de su despacho. ¿Qué hará X?
                a) Maniobrar para que el becario sea puesto de patitas en la calle, aduciendo que en el fondo es un inútil y un desleal.
                b) Abstenerse o quitarse de en medio mientras el tema se decide, sin tomar partido por el muy capaz y honesto becario, pero disculpándose con él cada vez que tiene ocasión o jurándole apoyos que no le brinda.
                c) Apoyar al becario sin reservas ni ocultamientos.

                Está fácil evaluar los resultados. Si piensa usted que el investigado de turno, X, elegiría tres o más veces la opción primera, la a), aléjese de él como de la peste, no se permita con él confianzas y no ponga nunca en sus manos nada que a usted le importe. Es un cabronazo de tomo y lomo. Si le parece que X optaría por la solución b) las más de las veces, estaríamos ante un mierdecilla, un mamoncete que va a lo suyo y a la suya y del que en el fondo no cabe fiarse, aunque siempre se muestre la mar de educado y preocupado. La amistad y la camaradería han de reservarse para los de c), que son los menos y son los buenos.

                Allá usted, pero si se llama a engaño, luego no se ande con llantos y lamentaciones. Está advertido.

19 agosto, 2012

Imparcialidad, religión y Tribunal Constitucional


                Se ha armado un poquito de polémica porque Andrés Ollero va a ser el ponente de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre la constitucionalidad o no de la vigente ley que declara jurídicamente lícito el aborto dentro de ciertos plazos. Andrés Ollero ha tomado posesión hace muy poco de su cargo de magistrado del Constitucional, es catedrático de Filosofía del Derecho, fue durante un buen puñado de años diputado del PP y portavoz de Justicia de dicho partido en el Congreso de los Diputados. Eso ocurrió hace unas cuantas legislaturas y durante los últimos tiempos se ha dedicado a su cátedra en la Universidad Rey Juan Carlos. Ha publicado diversos trabajos muy críticos con la permisión jurídica del aborto voluntario y pertenece al Opus Dei.

                Antes de entrar en materia, añadiré tres pequeños datos que me conciernen. Uno, que tengo una buena relación académica y personal con Andrés Ollero. Este mismo año ha aparecido un libro que recoge una polémica nuestra a propósito del positivismo jurídico, libro editado por la Fundación Coloquio Jurídico Europeo y que corresponde a un debate organizado en Madrid por dicha Fundación, ligada al Colegio de Registradores de la Propiedad. Ollero me pidió que fuera contraponente y discutidor de sus tesis y la experiencia fue personalmente gratificante y académicamente estimulante. Dos, que ni soy creyente de religión ninguna ni simpatizo especialmente con el Opus Dei, organización católica con la que aquí mismo he sido bien crítico más de una vez. Tengo compañeros del Opus con los que me llevo de maravilla y otros que me caen regular; igual que me pasa, como a cualquiera, con compañeros ecologistas, conservadores, izquierdistas, liberales, feministas, machistas, nadadores, abstemios, borrachines, aficionados al fútbol o coleccionistas de sellos. Por último, he de decir que el asunto del aborto me parece extremadamente difícil y que no tengo una postura completamente definida sobre cómo conviene tratarlo en Derecho. Me desagradan tanto la hipocresía de la derecha que se conforma con el simbolismo jurídico y no repara demasiado en las consecuencias de los abortos clandestinos o en las mil maneras de hacer la trampa a la ley restrictiva, como el ancha es Castilla de alguna izquierda, que trata el abortar como si de extirparse una espinilla estuviéramos hablando.

                Permítaseme que, en lo que sigue, haga toda la abstracción posible sobre el asunto jurídico y moral de fondo y que no hable de si aborto sí o aborto no, sino de los tribunales constitucionales y las condiciones de su decidir.

                El problema de Ollero en relación con la sentencia del TC sobre el aborto estriba, según ciertos medios y muchas reacciones, en que él es católico confeso y declarado miembro del Opus y que, por tanto, se sabe con bastante certeza que no le hace ninguna gracia la tolerancia jurídica de la interrupción voluntaria del embarazo. Sobre esa base, se conoce o se sospecha con buen fundamento o con algún fundamento que es probable que proponga la inconstitucionalidad de la norma legal en cuestión y que así vote en el seno del Tribunal.

                Ahora bien, con parecida certeza o convicción podríamos adivinar el voto de Ollero por otras razones, reales o supuestas. Por ejemplo, si fuera o hubiera sido miembro de algún grupo defensor del aborto libre y despenalizado y hubiera firmado escritos con tales propuestas. O por ser o haber sido militante y destacado diputado del PP, que además es el partido que ha propuesto inicialmente su nombramiento como magistrado. De hecho, lo que la experiencia enseña hasta ahora y con muy limitadas excepciones es que los magistrados propuestos por el PP votan en el Tribunal lo que el PP propugna y los que fueron respaldados por el PSOE votan de acuerdo con lo que al PSOE le interesa.

                ¿Preocupa en los medios políticos y en los periódicos que son sus voceros la imparcialidad de los magistrados? ¿Proviene la inquietud de que los magistrados puedan no meramente tener su precomprensión o su opinión previa de asuntos tan delicados y polémicos como este -lo cual es inevitable entre gente que reflexona sobre los grandes asuntos del Derecho y el Estado-, sino de que puedan algunos ser meras correas de transmisión de partidos políticos, asociaciones ideológicas de cualquier tipo o confesiones religiosas? Es decir, ¿se teme que en razón de su adscripción política, ideológica o confesional algunos magistrados no razonen en su labor con la debida ponderación e imparcialidad?

                Me parece que no es esa la tónica general de este debate, por desgracia. Si de tan elevada preocupación se tratara, los diversos medios y grupos que tercian en la discusión invocando el prejuicio posible de algunos magistrados harían completa abstracción de la índole de tal prejuicio presunto. O sea, que el antiabortismo de Ollero o el proabortimo anterior de un hipotético magistrado inquietarían por igual a El País o Público que a ABC o La Razón. Creo que no es el caso. O que un magistrado haya tenido o tenga estrechos vínculos con un partido que interviene en el debate sobre la ley importaría lo mismo al margen de cuál sea ese partido, el PP o el PSOE, por ejemplo. Tampoco es el caso, en mi opinión. Una cosa es desear que los magistrados sean imparciales y no estén predeterminados por la disciplina o los postulados de ningún grupo “ideológico” y otra es querer que ganen “los nuestros” al precio que sea. El que solo se inquieta por la parcialidad de una parte es parcial por definición, por mucho que enarbole la bandera de la imparcialidad y jure que vive al lado del auditorio universal o de la comunidad ideal de hablantes. De muchos de los colegas de mi gremio que más aprecio y respeto puedo adivinar con el mismo grado de probabilidad que con Ollero lo que en este caso votarían si ellos fueran los que estuvieran en el Tribunal Constitucional. Lo sé por lo que les he leído, lo que les he escuchado y porque conozco con bastante certeza su legítima adscripción ideológica o de partido. No son ni peores ni mejores que Ollero por militar en otros partidos o en otras “iglesias”.

                Si de defensa de la imparcialidad y objetividad del Tribunal Constitucional se tratara, lo que se estaría poniendo en solfa serían los procedimientos de nombramiento de los magistrados y las condiciones para su desempeño. Si la ligazón pasada o presente de un magistrado con un partido político es lo que se cuestiona, habrá que hacer completa abstracción de cuál sea ese partido y habrá que hablar de las reglas generales atinentes a la relación entre magistrados y partidos. Lo que razonablemente y con mínima ecuanimidad no cabe es que ese obstáculo se plantee nada más que para los del PP o para los del PSOE o los de IU o cualquier otro partido. ¿O acaso hay partidos legales que no “contaminan” porque su discurso y su programa se corresponde objetivamente con el Bien, la Verdad y la Justicia, mientras que otros sí dañan porque viven en el error y la impostura y a esos ni agua? ¿Es compatible una tal actitud con la democracia, la Constitución y el Estado de Derecho?

                Luego, con matices especiales, está el tema de la religión. A mí las religiones me gustan bien poco, ya lo he dicho, y menos todavía me agradan las confesiones o iglesias que intentan forzar para que la vida social y la organización de los asuntos públicos se adapte, sí o sí, a los imperativos de la moral de sus creyentes o al dogma de sus libros sagrados. Ahora bien, ¿hay una diferencia cualitativa entre una manifestación de católicos contra el aborto y una manifestación de ecologistas contra las centrales nucleares o contra la llamada fiesta de los toros y debe esa diferencia cualitativa plasmarse en menores derechos de los primeros que de los segundos? ¿Debería vetarse el acceso a la magistratura constitucional a los primeros solamente o a todos? ¿Tendría Andrés Ollero que abstenerse en la votación sobre la ley del aborto y debería también abstenerse el magistrado ecologista defensor de los derechos de los animales y conocido antitaurino si se fuera a votar la constitucionalidad de una ley que prohibiera las corridas de toros? ¿Y el magistrado que hubiera escrito un libro argumentando a favor de la inexistencia de todo impedimento moral o constitucional de una ley de plazos para el aborto? Si extremamos esos razonamientos, tendríamos que acabar proponiendo que solo llegaran al Constitucional magistrados que nunca hubieran dicho nada relevante o comprometido sobre ningún asunto que puedan tener que juzgar un día; o deberían abstenerse siempre que les tocara sentenciar sobre temas de los que antes opinaron. Pero todos. Y, por cierto, ¿alguien dudó alguna vez de lo que votaría María Emilia Casas, entre tantos otros de acá o de allá, en cualquier asunto sobre el que tuviera postura muy marcada el PSOE? ¿Duda alguien de lo que votará Pascual Sala sobre el tema del aborto? O fuera máscaras o todos con máscara. Yo preferiría desenmascarar, ciertamente, pero entonces hay que ir a por todos y todas.

                En un Estado constitucional, democrático y no confesional, la religión no debe ser favorecida y los creyentes de tal o cual confesión no tienen que contar con ventajas especiales. Pero tampoco se puede suponer que haya base constitucional para su discriminación.

                ¿Qué tiene de particular la religión como base del juicio moral y político de sus fieles? El dogma, el distinto fundamento para la ética del sujeto. Si yo, ateo, opino que la acción A es moralmente lícita y la acción B es moralmente ilícita y me preguntan por qué pienso así, tendré que buscar razones y razones e intentaré construir una teoría coherente y convincente que respalde mis tesis y las haga aptas para su razonable aceptación por los demás. El creyente también puede razonar así, por supuesto, pero en su fuero interno cuenta con una base de la que yo carezco: en última instancia, lo que está bien está bien porque así lo dispuso Dios por sí o por sus representantes, y lo que es moralmente malo e indebido lo es, en últimas, porque Dios no lo quiere y a Dios ofende. Una ética apoyada en la fe religiosa es una ética que da a quienes la profesan un respaldo de verdad y objetividad del que las demás éticas carecen o que exige una fundamentación mucho más difícil. Donde la razón no alcanza o allí donde sus resultados se vuelven brumosos e inciertos, el creyente tiene el sostén de la divina autoridad y el otro no tiene autoridad a la que acogerse. Al menos en teoría, el católico congruente dudará menos sobre la licitud o ilicitud moral del aborto voluntario, pues de mano ha de partir de lo inmoral y pecaminoso de tal acción.
                Pero dos apostillas convine añadir de inmediato. La primera, que, por desgracia, el monopolio del dogmatismo, el grupalismo y los apriorismos no lo poseen las personas religiosas. Vemos cada día a muchos no creyentes o ateos confesos que militan en las más variadas causas morales, políticas y sociales con un fervor perfectamente parangonable al religioso y con nula capacidad crítica o autocrítica. Esto está bien o mal porque sí o, sobre todo, porque así lo proclaman mi líder, mi partido, mi grupo o los de mi cuerda. Por eso son tantos los que siguen a ciegas a los de su camada y tanto cuando la camada o sus dirigentes dicen so como cuando dicen arre. 

                El segundo matiz es que no hay base para negar que los creyentes religiosos tengan capacidad para la deliberación ecuánime en los asuntos de interés general. Por cierto, creo que Obama no es o no se dice ateo, sino persona religiosa, de confesión protestante. Es perfectamente imaginable y en la historia podemos hallar un sinfín de individuos religiosos que no decidieron temas jurídicos y políticos bien delicados con arreglo a los dictados de su personal conciencia moral religiosamente marcada, sino con atención a los requerimientos del interés general, a los dictados de la ley o la Constitución y diferenciando entre ética personal y ética pública. A un católico coherente, por ejemplo, su moral  le impele a no abortar o a no colaborar con un aborto, pero no necesariamente a votar contra una ley que permita bajo tales o cuales condiciones el aborto voluntario.

                Veámoslo de otra manera. Dos magistrados, M y N, votan contra la constitucionalidad de la ley que permite abortar cuando se cumple determinada condición. De M sabemos que es ferviente católico, de N conocemos que es ateo. ¿Tiene por definición distinto valor racional el voto de M y N? ¿O habrá que hacer abstracción de esa circunstancia y mirar las razones con las que el voto expresamente se motiva y juzgar por la admisibilidad de esas razones? ¿Excluimos de entrada a M o a N de la comunidad de argumentadores racionales? ¿Y si resultó que M votó a favor de la constitucionalidad de la ley y N en contra? Porque si de lo que nosotros arrancamos es de que la verdad no tiene más que un camino y que ese camino es el que nosotros propugnamos, los dogmáticos al viejo estilo religioso o eclesiástico somos nosotros. Tan nociva o más que las religiones propiamente dichas es la religiosidad secular que abrazan muchos de los que se dicen no creyentes y no son capaces de vivir sin su "iglesia", su comunidad de fieles, sus ritos, sus mandamientos, su inquisición y sin el hábito de dividir a los humanos en virtuosos y réprobos. El enemigo de la convivencia libre y en igualdad no es la fe, es el dogmatismo; el dogmatismo de muchos que tienen fe y de muchos de los que dicen no profesarla y se piensan progresistas y libérrimos. Ni Hitler ni Stalin ni sus seguidores y secuaces eran gentes de iglesia propiamente dicha, y ya se vio cómo era su catadura. Otros, como Franco y la mayoría de sus partidarios, eran unos meapilas. La diferencia que más importa, pues, debe de estar en otra parte, en otras cosas.

                El día que acabemos de convencernos de que la decisión de cada magistrado constitucional está plenamente determinada por su adscripción religiosa o de partido nada más que nos quedará una salida, si es que no nos gusta el juego en esos términos de fraude: o cambiamos las reglas del juego y los elegimos de otra manera y bajo otras condiciones o, si pensamos que no hay arreglo por esa vía, imponemos un revolucionario sistema de control de constitucionalidad: a cara o cruz, puro aleas. Eso sería mucho más imparcial. Lo que no tiene presentación es que estemos todo el día en la procesión y repicando: que qué calamidad que los magistrados sean parciales y prejuiciosos, pero que qué bien cuando son de los míos o están en mi onda o de su prejuicio sale el fallo que a mí me gusta. Eso se llama ley del embudo.

18 agosto, 2012

El retrete. Por Francisco Sosa Wagner


Anda el retrete en bocas de los científicos y de los inventores. Se le acusa de dilapidar el agua, de contaminar, de desconocer el trato con el material orgánico y no sé cuántas tropelías más se cargan ahora al “debe” del retrete. Se ha abierto la veda contra el retrete y ya se puede disparar libremente contra él. No contentos con estos denuestos, de por sí demoledores, se le dirige el más terrible que hoy se puede pronunciar, el que no admite salvación ni redención: el retrete es “insostenible”. Sí, amigo lector, el retrete, ese trono, ese sillón, ese solio que viene del siglo XVIII, que se ha dedicado a hacer el bien, a aliviar urgencias, a dar salida a los apretones, ahora resulta que es insostenible. Y como esta condición le desacredita de forma irrecuperable, ya estamos pensando en sustituirlo, en retirarlo a un lugar remoto, allí donde reinen sombras fantásticas, a ese espacio alejado de nuestros sentimientos donde la soledad se halle desposada con el exilio. 

No seré yo quien me atreva a incurrir en heterodoxias ni a despreciar el lenguaje correcto de estos científicos que así se manifiestan. ¡Menudo está el patio para tales atrevimientos! Si el retrete es una mierda, y así se ha decidido por quienes piensan en la salvación del planeta, aceptado. Firmo donde sea menester, no quiero más líos que los indispensables.

Ahora bien, séame al menos permitido romper una lanza por el retrete, retirarme con él a llorar su destierro, a hacerle compañía por unos instantes para darle consuelo y para que advierta que hay gentes en el mundo con corazón noble, dispuestas a acompañar al caído. Porque eso es el retrete en esta hora infausta: un caído. Y, lo que es peor, un apestado, un emisor de los peores tufos. Pues bien, sea así, si la ciencia lo quiere, pero reconozcamos que, si no tiene un pasado inmaculado -porque no lo tiene-, sí ha tenido un pasado digno de ser cantado épicamente.  

¿O es que ya no nos acordamos de la época en que el lugar de la evacuación eran dos huellas sobre las que era preciso componer toda suerte de arriesgados equilibrios? No solo quienes hemos estado en el Ejército recordamos aquellos aparejos humilladores que despreciaban la buena compostura y que convertía el trajinar de las ropas en lacerante desafío a la ley de la gravedad y a otras leyes acreditadas de la física. Cualquier persona, aunque no haya servido al rey, tiene en su mente ese tiempo ominoso de charcos fétidos, quietos, como olvidados, desafiantes en su hondura y en su hediondez inacabables.

La historia no se puede olvidar. A ella debemos tributo constante. Por eso sería conveniente organizar un homenaje al retrete, un libro de memorias al retrete y del retrete donde se dejara hablar a este ser hoy condenado por la ciencia sin trámite de audiencia y sin alegaciones, despachado como un cachivache, como una mariposa sin colores. Pido pues un lugar donde se deje al retrete contar lo que ha visto y oído: los esfuerzos ímprobos, los triunfos gloriosos, los fracasos degradantes ...  lo haría con expresividad y al mismo tiempo con sencillez porque con sencillez y con humildad se ha conducido a lo largo de los siglos.   

Un respeto para un lugar que tiene mucho de cátedra y de púlpito. De atalaya desde la que hemos leído los editoriales más cuidados de los más prestigiosos periódicos del mundo.

17 agosto, 2012

Colapso


                Como buen aldeano, no supe lo que era un crédito hasta que era ya un adulto con trabajo y algunas responsabilidades familiares. Siempre había visto pagar las cosas a tocateja. Mi padre era llevador de lo que en Asturias se llama una casería. La propietaria de aquellas fincas era una señora Vereterra, pariente de la mujer de Franco. Era yo niño todavía cuando esa mujer le dijo a mi padre que le vendía la casería. Mi padre negoció con ella y, con picaresca asturiana y su peculiar encanto, le sacó un precio muy bueno. Pero para pagar tuvo que vender el único prado del que por herencia era propietario. Cuando queríamos comprar algo, ahorrábamos. Todos los coches que he tenido, hasta hoy mismo, fueron pagados al contado, primero con ayuda familiar y luego ahorrando con el sistema de las hormigas. El primer crédito lo pedí hace unos doce años, para la casa en que vivo. Me costó bastante asimilar ese sistema usual de comprar de prestado. Todavía me inquieta.

                Después descubrí, con sorpresa y tomándome tiempo para asimilarlo, que no solo los ciudadanos vivimos a crédito y empeñando nuestro futuro, sino que los Estados también se mantienen así, empeñando nuestro futuro. Resulta que recibo mi nómina porque el Estado pide préstamos para pagarla. Lo que quiere decir que cuando no haya prestamistas o se pongan exigentes, dejaré de cobrar y, en consecuencia, ya no podré yo tampoco cumplir con mis acreedores. Diabólica espiral, pues mi capacidad de pago depende de la capacidad de pago del Estado. Cuando el Estado se arruina, me arruino yo también. Antes dependía de mis parientes consanguíneos y ahora dependo de una prima postiza, la prima de riesgo. El particular que se endeuda por encima de sus posibilidades es un manirroto y un irresponsable. No sé qué nombre corresponde al Estado que procede de esa misma manera. Hasta hace poco lo llamábamos Estado del bienestar. Ahora ya no estamos bien.

                Si a un ciudadano le dicen que tiene que acomodar sus gastos a sus ingresos porque en ninguna tienda le fían más, puedo imaginar cómo ha de organizarse, deberá reducir gastos y replantearse su tren de vida. Por ejemplo, tendrá que dejar de invitar a copas a los vecinos gorrones y a lo mejor hasta deberá decir a sus hijos que se pongan a trabajar. ¿Cómo será cuando el Estado llegue a ese mismo dilema? Si esa familia tiene un tío que hizo fortuna en Alemania, le insistirá en que apoquine para financiar sus gastos. ¿Soltará el tío el dinero sin poner condiciones y para que vivamos los sobrinos tan bien como él o mejor?

                ¿Cómo sería nuestro Estado y nuestra situación en él si tuviera que financiarse con los impuestos y el rendimiento de sus ciudadanos? Esa es la pregunta a la que, nos guste o no, tendremos que enfrentarnos bien pronto. Se derrumbó la pirámide, estalló la burbuja, se pinchó el globo. Llega la hora en la que la solidaridad no se manifestará en regalar al que ni hace ni aporta, aun pudiendo. Solidaridad será arrimar el hombro en lugar de poner la mano o llenar la mano que nos ponen. La nueva solidaridad consistirá en mantener al incapacitado para ganarse la vida, ciertamente, pero en exigir sin vuelta de hoja a quien está en condiciones de sumar a la empresa común. De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades. ¿De qué me suena eso?

15 agosto, 2012

Así se ven nuestras universidades.

Esto se cuenta por ahí de nuestras universidades. Fijémonos también en los comentarios que siguen al artículo. Debería darnos que pensar y tendríamos que ir buscando soluciones urgentemente. Alguien dirá que los casos que se narran no son la regla general y que hay de todo. Es cierto. Pero si el cáncer no se ataja, la metástasis se extiende. Y ya está muy extendida.

Triunfadores


                El acto, sencillo y con cierto aroma de improvisación, resultó emocionante y, para muchos, inolvidable. Los padres felicitaban a sus hijos con lágrimas en los ojos, y también daban palmadas y parabienes a los retoños ajenos, los chavales se sonreían unos a otros, el decano estaba pletórico y al vicerrector de turno se lo veía exultante y repartiendo palabras amables de grupo en grupo. Había también unas cuantas abuelas que lloraban, hermanos pequeños que correteaban y formaban pequeñas pandillas para jugar al pilla-pilla, profesores que fueron capaces de mantener el gesto adusto hasta la hora de los canapés, cuando al fin dejaron que se vertiera su generosa humanidad en bromas, vino y montaditos de tortilla y gambas a la gabardina.

                La idea fue de la vicedecana de estudiantes, María Priscila Rejón, quien para la ocasión había cambiado el chándal y las playeras por un traje chaqueta de color pistacho y unos zapatos con tacón que la hacían caminar como si se moviera sobre zancos. Pronto se convenció todo el equipo decanal de la bondad de la iniciativa y pensaron primero en algo más ligero, una conferencia de fin de curso seguida de unas palabras del decano y el vicerrector. Pero al Vicedecano de Calidad y Grados se le ocurrió que las familias querrían estar presentes y que se trataba de una magnífica oportunidad para promocionar la Facultad y exponer sus brillantes resultados. Así que se prescindió del conferenciante, que iba a ser un catedrático de Historia del Derecho de la casa que pensaba hablar sobre el régimen de los rebaños ovinos en los primeros asentamientos de la Reconquista, y se incorporó una actuación del coro universitario, que interpretó un par de piezas breves del cancionero local y terminó con el Gaudeamus. Antes, se entregó a cada alumno un pequeño obsequio consistente en un pin con el escudo de la universidad y un diploma sencillo, a modo de recordatorio. También se leyó el nombre de los profesores, para que, de uno en uno y puestos en pie, recibieran el sentido aplauso de la concurrencia.

                No era más que el fin del primer curso del Grado en Derecho, pero había que resaltar el notabilísimo hecho de que todos y cada uno de los ciento veinte estudiantes matriculados habían aprobado cada una de las asignaturas. El decano, doctor Abel Paraíso, profesor Titular de Derecho Financiero, en su discurso bien leído puso el mayor énfasis en esa afortunada circunstancia. Felicitó sentidamente a cada uno de los once docentes por su entrega y su amor al oficio académico y se explayó en la glosa de los méritos de los chavales y las chavalas, como familiarmente los llamó en su bien trabada pieza oratoria. Porque, como él mismo recordó, si ya constituía un hito que todos y cada uno, con ser novatos y sentir, sin duda, los rigores de la exigencia universitaria, habían superado cada una de las difíciles materias, ese logro se convertía en memorable al considerar que el promedio de las calificaciones era de notable y que el sesenta por ciento de los discentes habían llegado al sobresaliente en todas las asignaturas.

                El doctor Paraíso puso un nudo en las gargantas del auditorio al recordar algunos casos particulares. Como el del alumno don Kenny Altamira Seisdedos, que había pasado nueve meses a la vera de la cama de su abuela enferma y atendiéndola sin desmayo, y a cuyo domicilio los profesores habían ido acudiendo, primero para entregarle los diversos materiales, y al final para llevarle los exámenes e ir resolviendo con él las preguntas de los tests, en ejemplar manifestación de tutoría personalizada y de interacción dinámica. O el de la estudiante doña Rebeca Candanal-Twisted Gómez de Aro, jugadora de la selección autonómica de  baloncesto, para quien el profesorado elaboró programas adaptados a sus intereses deportivos y exámenes con preguntas que versaban sobre las muy importantes relaciones entre Derecho y deporte. Así, el responsable de Teoría del Derecho le encargó un pequeño trabajo sobre las reglas del básquet y su evolución desde las olimpiadas de Barcelona, el de Derecho Penal le encomendó un par de lecturas sobre las lesiones deportivas como lesiones no punibles, la catedrática de Historia del Derecho le solicitó que estableciera al menos cinco diferencias y cinco coincidencias con los juegos tradicionales de la Comunidad Autónoma, con particular atención a la petanca, y el titular de Derecho Internacional le sugirió que explorara la prensa deportiva para elaborar un dossier con noticias sobre competiciones deportivas internacionales y su incidencia positiva sobre la paz entre los pueblos. Y qué decir del caso del estudiante don Ariel Albacete Navajas, que siempre había soñado con ser piloto de Fórmula 1 y se negó durante tres meses a pisar la Facultad, como protesta porque su padre lo había matriculado en Derecho. Al bueno de Ariel se le terminó la reticencia y se le fue imponiendo una incontenible vocación de jurista cuando sus primeros profesores, con sensibilidad y mano izquierda, lo colocaron en equipos de trabajo que lo exoneraron de todo indeseado esfuerzo y le granjearon un notable tras otro, hasta que se convenció de que en la materia jurídica se combinan magistralmente el rigor con la emotividad, la adustez de los códigos y las teorías con el respeto a la identidad y el libre desarrollo de la personalidad del estudiantado.

                Durante la ceremonia, el Vicerrector de Estudiantes, doctor Clemente del Bayo y de la Higuera, leyó una muy sentida carta del Rector, quien antes que nada se disculpaba por tener que hallarse ese día en Hawái, en la decimoctava reunión de la Liga de Universidades del Siglo XXI, y que seguidamente felicitaba efusivamente a los estudiantes, a sus familias, a la Facultad y a los profesores, al tiempo que hacía votos para que los éxitos de este año no fueran flor de un día y para que tanto los estudiantes de esta promoción en marcha como los de todas las venideras culminaran sus estudios sin la mancha afrentosa de un suspenso o sin las dudas indebidas que en un expediente académico pone una calificación de “no presentado”. A este propósito, explicó el Vicerrector que estaba muy avanzada la elaboración de un reglamento para que tres “no presentado” en una materia se convirtieran automáticamente en un aprobado alto, con efectos retroactivo sobre la primera convocatoria, quedando así borrada toda discriminación para aquellos estudiantes que no podían o no deseaban concurrir a exámenes, pruebas o cualesquiera evaluaciones continuas o discontinuas.

                A la hora del vino español, los padres y madres hacían corrillos para documentarse sobre las salidas que más convendrían a esos hijos suyos que los llenaban de orgullo. Muchos deseaban la judicatura como destino para sus vástagos, pero tampoco escaseaban los que preferirían verlos de notarios, registradores de la propiedad, embajadores ante la Unión Europea o socios de Garrigues o Cuatrecases. Cada tanto, uno de los jovenzuelos se acercaba a su progenitor para recordarle lo del Audi, el BMW, el Mercedes o, los más modestos, el Seat León, y acabó sonando un murmullo acompasado de respuestas de este cariz: sí, hijo mío, te lo has ganado, mañana mismo nos vamos al concesionario, estoy muy orgulloso de ti.

                Para el día siguiente el equipo decanal tenía programada una reunión a fin de poner en marcha el papeleo y las solicitudes para que el próximo curso la cuota máxima de alumnos de primera matrícula en el Grado en Derecho pasara de los ciento veinte actuales a doscientos cincuenta o trescientos. El futuro de la Facultad parecía asegurado, prometedor incluso, y todos se alegraban de corazón por el despampanante futuro que a la vuelta de la esquina aguardaba a sus titulados.