25 noviembre, 2013

Invasiones



Riiiiiiiing, riiiiiiiing, riiiiiiiing…
- Diga.
- Hola, Juan, soy Florindo.
- Qué pasa, Floro.
- ¿Te pillo en mal momento?
- Estoy en la cama, con mi mujer.
- ¿A estas horas?
- Bueno, es la hora de la siesta. Acabamos de estar los dos de viaje por separado, diez días, y nos hemos reencontrado hace un rato...
- Vaya, pues mira no te molesto más que un minuto.
- ¿No podrías llamar más tarde? Ya te he dicho que estamos…
- No, si son sólo treinta segundos, no te preocupes.
- A ver, dime.
- ¿Te acuerdas de cuando nos vimos hace un par de semanas en la estación de Renfe, que yo me iba para Granada a una reunión de lo de la asociación de mi disciplina?
- Me acuerdo vagamente, pero dime.
(La mujer de Juan ya se ha levantado. Ruido de agua en el bidé).
- Pues no te lo vas a creer, pero…
- Oye, Floro, joder, ¿no podríamos hablar dentro de media hora? Te llamo yo.
- No, es que dentro de media hora estaré con mi mujer, tengo que llevarla a Carrefour. Por cierto, ¿has visto la oferta que tienen de portátiles de última generación?
(La mujer de Juan reaparece en la habitación, pero ya vestida. Sale con un enigmático portazo)
- No he visto nada, pero dime, qué era lo de Soria o no sé qué.
- Pues, chico, que la plaza de Cáceres se la han dado a Balmaseda.
- No sé quién es Balmaseda.
- Sí, hombre, aquel que hizo la tesis con Cifuentes y luego estuvo tres años en Chicago, el que tiene un ojo a la virulé.
(La mujer de Juan se asoma a la habitación, ya arreglada de calle, con bolso y gafas de sol. Le hace un gesto de despedida con la mano, seria).
- Bueno, y qué pasa con él.
- Pues ya te digo, que le dieron la plaza. No me digas que no es una putada. Se presentaba Verónica, que tiene muchos más méritos.
- Verónica, la que es bastante amiga tuya.
- Sí, ésa. Es intolerable, ya no hay ni justicia ni ética ni nada.
(Juan sale de la cama. Va al baño. Orina sentado. Mientras, suena el otro teléfono, ahora es el fijo).
- Mecachis, Floro, me están llamando por el fijo. Oye, nada, ya comentaremos lo del Balmaseda ése y lo de Verónica. Es que me llaman por el otro…
- Espera, espera, es un segundito nada más. Yo en realidad te buscaba por otra cosa más urgente.
- Bueno, pues entonces no cuelgues, voy a ver quién llama por el otro lado y ahora te digo.
(Juan sale apresuradamente del baño, sin tirar de la cadena. Sin soltar el móvil, coge el terminal con la otra mano).
- Diga.
- Juan, cuando termines de hablar desenchufa la cafetera, que se me ha olvidado enchufada.
- Pero, Inés, cómo te has marchado así.
- Tú sigue hablando, sigue; sigue con el móvil. Pero no te olvides de lo de la cafetera, ya sabes que se le quema el fusible.
- Inés…
(Inés ha colgado. Juan, con el móvil en la mano, vuelve al baño y suelta la cisterna. Retoma la conversación).
- Floro…
- Joder, ya creía que te habías ido y me habías dejado plantado con el móvil en la oreja.
-Es que Inés…
- Lo que te decía, que Balmaseda se lo ha montado a base de hacerle la rosca a Ramoncito López, no sé si lo conoces, el que se casó con…
(Juan se ha calzado unas zapatillas de cuadros y va hacia la cocina, pero no llega hasta allá)
- … que es una que estuvo aquí hace un par de años, cuando el congreso aquel de Industriales que fuimos tú y yo al vino de clausura, ¿te das cuenta?
(Suena el timbre de la entrada. Juan echa a andar hacia la puerta, pero se da cuenta de que está en pelota. Vuelve a la habitación y se pone el calzoncillo con una sola mano. Otra vez se oye el timbre)
- … Pues cien mil euros que le han dado por su cara bonita y nada más que porque cuando presentó la solicitud…
(Se viste encima de los calzoncillos una bata gris, cambiándose el teléfono de mano para meter cada brazo por su manga. El timbre suena por tercera vez).
- Eso no lo sabías, ¿a que no?
- ¿Que no sabía qué?
- Lo de Lucas y Sofía.
- Espera un segundo, que tengo que abrir la puerta.
- Bueno, pero no te enrolles, que tengo un asunto urgente que tratar contigo.
(Juan abre la puerta. Un empleado de empresa de mensajería le pasa un paquete y le tiende una hoja para que firme. Juan, sin soltar el móvil y con el paquete debajo del codo, firma, apoyando el papel en la pared, momento en que se le abre la bata y se queda medio en calzoncillos. Se despide con un gesto de disculpa y cierra la puerta).
- A ver, Floro, cojones, qué es eso tan urgente que me tenías que decir.
- Ah, sí, que si tienes el teléfono de Pachi.
- ¿Pachi? ¿Qué Pachi?
- Pachi, hombre, Francisco Mendoza, el que fue vicedecano de Biológicas. Es que los de confianza lo llamamos Pachi. ¿Sabes que nos criamos en el mismo barrio y fuimos a la misma escuela hasta los quince años?
- No tengo el teléfono del Pachi ese. Apenas lo conozco de vista.
- ¿Pero no me habías dicho una vez que era cuñado de tu cuñado?
- No.
(De la cocina llega una pequeña explosión. Se va la luz).
- ¡Mierdaa, la cafetera!
- ¿Qué cafetera?
- Floro, que tengo que dejarte.
- Bueno, pues nada. Oye, ¿y tú no sabes quién puede tener el teléfono de Pachi? Es que me han dicho…
- Floro, mecagoendiez, que tengo que colgar, ya nos vemos.
(Juan le da a la tecla de finalizar la llamada y sale hacia la cocina. Pita el móvil de nuevo en el instante en que cruza la puerta).
- ¿Te acordaste de desconectar la cafetera?
Fin de la historia, historia atrozmente realista.
                No creo que mi caso y mi casa sean peores que otras casas y casos, estoy seguro de que en el fondo soy afortunado, pues mi vida social no es muy activa, e igual la de mi mujer, y porque soy parco en conversaciones telefónicas. Pero doy mi palabra de que todos los días, todos, el teléfono en casa suena varias veces entre las tres y las cuatro. Probabilidades: a) que sea mi suegra que ya comió y le va a preguntar algo a su hija o a contarle que han abierto una nueva zapatería; b) que sean los de una compañía telefónica para hacerme sin compromiso una oferta de cinco móviles y ADSL por doscientos euros al mes, pero con sólo seis meses de permanencia y un cepo en los testículos; c) que sean los del banco para ofrecerme la tarjeta VISA que ya tengo, pero por si me apetece otra; d) que sea uno que se equivocó y que se mosquea porque respondo con esta voz viril desde la casa que él cree que es la de su novia; e) que sea Floro.
                Eso sí, mucho criticar usted y yo, pero a que no tenemos bemoles para desconectar el móvil. Ni siquiera cuando pintan copas y hay un arrechuchón siestero con la santa. Ni por esas. A lo único que llegan los más osados es a poner el aparatejo en silencio, con lo cual no sale la musiquita, pero vibra sobre la mesilla, se va deslizando sobre el cristal, cae al suelo, se le sale la batería y acabas perdiendo el hilo y cuando terminas de rearmar el cacharro, reconectarlo y meterle el pin, tu mujer ya se está duchando y te va a mirar torcido todo el día, al menos hasta que la llamen al teléfono suyo y se distraiga un buen rato porque la avisan de que mañana le traen las alfombras que compró por internet.
                Es un horror esta vida moderna. ¿Alguien se acuerda de cuando uno podía echar una cabezadita después de comer y se oía el trinar de los pájaros o, a lo más, el transistor del vecino con Manolo Escobar cantando? Esto no es progreso; no, no lo es.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Don García Amado: Inmolarse frente al edificio de la empresa telefónica (no sé cuál es la de su país, pero, con toda seguridad, causa los mismos inconvenientes) viene siendo buena opción. Cuando quiera, concertamos y hacemos que tal acto político se repita allende el mar.
M.