14 enero, 2010

Congruencia

(Publicado hoy en El Mundo de León)
Hay consejos que se agradecen por el sacrificio y la generosidad que a los consejeros se les suponen. Sin ir más lejos, me encanta escuchar las recomendaciones de esos expertos en Bolsa que, al parecer, conocen hasta los más íntimos detalles de las subidas y bajadas de las cotizaciones y que cada día nos explican aquello de que es muy buen momento para comprar acciones de tal sociedad o vender las de tal otra. Podrían hacerse ricos usando su ciencia nada más que en beneficio propio, pero, solidarios y benéficos, prefieren compartirla con nosotros y que todos nos aprovechemos. Si yo tuviera unos duros para invertir, no les haría caso ninguno, pero no por desconfianza o descortesía, sino porque me daría apuro forrarme gracias a su docto consejo, mientras ellos, criaturas, siguen sufriendo para pagar sus propias hipotecas.
También me emocionan una barbaridad esos defensores de la familia, sección familia cristiana, que han decidido no fundar ellos ninguna, para que no los distraigan consortes ni los incomoden descendientes reconocidos, pero que, sin embargo, nos ruegan a los demás que nos multipliquemos a troche y moche y nos entreguemos con esmero a la célula básica de la sociedad. En mi juventud nos hablaban mucho del sexo y de su recto y adecuado uso algunos de tales personajes que, digo yo, carecen de experiencia personal reseñable en la materia, pues hicieron voto de castidad. Aún me duele la espalda cuando me acuerdo de que a los muchachos nos amenazaban con que se nos secaría la médula espinal si nos permitíamos alegrías en solitario. Luego de algunos de ellos supimos lo que supimos.
Y qué decir del empeño de las autoridades españolas para fingir que se colocan en cabeza de la lucha contra el cambio climático, cuando hasta el apuntador sabe que aquí no cumplimos ni de lejos el Protocolo de Kioto. Todos igual, a Dios rogando y con el mazo dando.
Con tanto precedente y tanta guasa, no sé por qué la gente se escandaliza porque Zapatero afirme que desde la Presidencia de la UE va a procurar que se sancione a los Estados que no cumplen los objetivos de la política económica común. No entiendo por qué se molesta todo el mundo, la verdad. Será que no saben de nuestras bromas.

13 enero, 2010

¿Está en bancarrota la Universidad? Por Mercedes Fuertes*

(Publicado ayer en El Mundo de León).
Negros titulares han destacado la gruesa deuda que pesa sobre la Universidad de León. ¡Más de veinte millones de euros! Quizá algo más, pues todavía los profesores no hemos podido conocer los detalles de la auditoría que ha realizado la Administración autonómica. Espero recibir pronto estos datos para advertir la exacta situación y las medidas que se van a adoptar. Mientras esa información llega, dos consideraciones me gustaría realzar.
Es la primera la idea de que esa cifra tan abultada no debería conducir a declarar la bancarrota de la Universidad. Una situación similar en cualquier empresa originaría gran preocupación y probablemente conduciría a su ruina. Pero la Universidad no es una empresa, aunque algunos ignorantes pretendan confundir los fines universitarios. Y es que una gran marea de conceptos económicos como la rentabilidad o la competitividad está inundando los campus universitarios para anegarlos de vulgaridad. Esos términos, tan importantes en las prácticas mercantiles, tan relevantes para el buen desarrollo de los mercados, no tienen nada que ver con los saberes universitarios, que son aparentemente improductivos. Sorprende que haya que tener que recordar que en la Universidad deben acogerse estudios e investigaciones bien diversas, sean o no inmediatamente rentables, ya traten de las lenguas clásicas, la biotecnología, la computación e inteligencia artificial, la historia medieval, etc. De estas y otras muchas especialidades hay profesores excelentes en la Universidad de León, ajenos a las falsas modas mercantiles y que tratan de dedicar su tiempo al estudio y no a rellenar formularios o comparecer en reuniones vagas.
La Universidad no es una empresa, aunque haya muestras mercantiles, como la que ahora impulsa a jubilar a los maestros de sesenta años para sustituirlos por profesores muy jóvenes, como si en lugar de una Universidad estuviéramos en un centro comercial que debe rejuvenecer su plantilla. Es muy triste advertir el puente de plata que se ofrece a aquellos profesores que estudiaron en el extranjero, que enseñaron en varias Universidades, ¡que hicieron oposiciones públicas y nacionales! ahora desaparecidas. Con sólo sesenta años se les empuja a dejar una Universidad porque se quiere tener una cara joven, como si hubiera que preparar un anuncio.
Me preocupa pues, esa concepción de la Universidad como empresa pues su consecuencia sería la bancarrota.
Pero más me inquieta un segundo aspecto sobre el que tengo abiertos varios interrogantes. ¿Cómo se ha llegado a esta situación? ¿qué medidas se van a adoptar?
Por supuesto que defiendo la honorabilidad de los anteriores y los actuales gestores de la Universidad, porque rechazo que esos millones de euros se hayan ido por el sumidero de la corrupción, de la apropiación indebida o de la malversación de fondos públicos. No creo que en las modestas prácticas universitarias haya entrado el veneno de la tonta ostentación y de aprovecharse personalmente de los cargos, que ha viciado muchas actividades políticas. Pero que la situación económica no deba investigarse por un fiscal ni alojarse en la justicia penal, no significa que no haya que saber cómo se ha llegado a esta situación o qué remedios hay que adoptar para corregir la misma.
La Junta de Castilla y León es la Administración responsable, que transfiere los recursos económicos y debe velar por su correcta utilización. El Consejo de Cuentas de Castilla y León tiene la competencia de fiscalizar a las Universidades y, como establece la Ley que regula esta institución: analizar la utilización de sus recursos, el coste de los medios que utilizan para cumplir sus fines, así como “si tales medios se utilizan de la forma más adecuada”. Es este Consejo de Cuentas el que debe advertir las infracciones, abusos o prácticas irregulares y concretar las medidas que considere más adecuadas para depurar las presuntas responsabilidades. Porque no hay que olvidar que el manejo de fondos públicos, la utilización de los recursos con los que contribuimos todos los españoles a financiar servicios públicos está sujeto, como no podía ser de otra forma, a la posible exigencia de responsabilidad patrimonial y contable.
Hay pues instrumentos para identificar las infracciones o errores y adoptar medidas que corrijan la grave situación económica. La Administración autonómica debe actuar. Lo contrario abundaría en la irresponsabilidad del ejercicio de las funciones públicas. Y eso sería más que la bancarrota, sería la quiebra del sistema público de responsabilidad.
* Mercedes Fuertes es catedrática de Derecho Administrativo de la Universidad de León.

12 enero, 2010

Al hilo de la sentencia contra los periodistas de la SER

Después de leer en El País la diatriba de Juan Luis Cebrián contra la sentencia que condenó al director y al subdirector de informativos de la SER por un delito de revelación de secretos y, sobre todo, contra el juez autor de la misma, Ricardo Rodríguez Fernández, me animé al fin a echarle un vistazo al texto de tal resolución.
Reconozco que parto de una sensación de malestar por el desequilibrio evidente que se suele dar en materia de conflicto entre el derecho de los medios de comunicación a informar y ciertos derechos de los ciudadanos, como los atinentes al honor, la intimidad y la propia imagen. En mi opinión, son más que abundantes las sentencias en que los jueces y tribunales vienen otorgando una excesiva prioridad a los medios de comunicación, a base de ponderaciones que dejan en papel mojado y poco menos que caricaturas aquellos derechos de los ciudadanos de a pie, con el agravante de que en tales casos no se escuchan en las radios ni se leen en los periódicos críticas por semejantes desmanes. La condena de un periodista o un medio desencadena de inmediato una virulenta reacción corporativa, mientras que, cuando es el ciudadano común el que sale perdiendo malamente, nadie se echa las manos a la cabeza con eco suficiente en la opinión pública.
Ahora bien, en este caso hay que leer la sentencia. Más allá de las complejidades técnico-penales, de las que tienen que ocuparse los especialistas y que a mí en buena medida se me escaparán, y más allá del concreto contenido del fallo condenatorio de los periodistas en este caso, esta sentencia es reveladora de un problema muy grave de la Justicia en nuestro país. Me refiero al modo como está escrita y al tipo de razonamientos que contiene. Lo que no puede ser no puede ser. No puede ser que haya jueces, tantos jueces en realidad, que escriban así y que argumenten de esta manera. No pueden nuestros derechos, nuestras vidas y haciendas, estar en manos de jueces y magistrados que en sus sentencias incurren en desaguisados gramaticales, conceptuales y argumentativos de este calibre. Por supuesto, hay de todo, como en botica, pero hablamos de una preocupante tasa de desatinos. Dicho sea con el debido respeto.
Para mayor inri, no parece que estemos ante un juez ajeno al estudio y el trabajo doctrinal, pues basta echar un vistazo en Dialnet para comprobar que ha publicado una buena lista de trabajos en materia penal y procesal penal, aunque habría que leerlos y no he leído ninguno. Entonces, ¿qué ocurre? El diagnóstico de la situación general es muy complejo, pero no estará de más apuntar algunos factores.
En primer lugar, tenemos lo que podríamos llamar el descrédito y la trivialización de la dogmática jurídica. En estos tiempos, y cada vez más, los árboles de los derechos fundamentales no dejan ver el bosque de la legalidad y de su estudio sistemático por la dogmática jurídica, en este caso por la dogmática penal. En un caso como el que a título de ejemplo nos ocupa, se tendría que partir de una muy depurada consideración sobre el alcance y la interpretación de las normas con que el artículo 197 del Código Penal construye, matiza e interrelaciona los diversos tipos penales de revelación de secretos. ¿Qué vemos, en cambio, en la sentencia, como en tantas otras de tantos otros temas? Unas apresuradísimas, caóticas y muy oscuras disquisiciones sobre las partes de dicho precepto, un revoltijo de consideraciones con aire de improvisación y de construcciones ad hoc. sin encomendarse a más sistema ni más autoridad doctrinal que la imaginación del juez.
En segundo lugar, nos estamos muriendo de sobredosis de derechos fundamentales. Diga la ley lo que diga, en cualquier pleito es posible acabar reconduciendo la situación a un conflicto entre derechos fundamentales y, tal como hoy se estila, dejando atrás toda interpretación seria de la ley aplicable y argumentando sólo sobre cuál de esos derechos fundamentales en conflicto ha de pesar más en el caso. Y pase, pese a mis reticencias sobre la ponderación, cuando se pondera con algo de rigor metodológico y siguiendo los pasos marcados por la mejor doctrina y la mejor jurisprudencia, pero eso no sucede en este caso. Si ya es difícil un buen y mesurado ejercicio de la discrecionalidad interpretativa que todo texto legal (y constitucional, no lo olvidemos) permite, el andar pesando derechos a tontas y a locas no es más que la vía perfecta para que cada juez en cada caso haga de su capa un sayo y acabe dando la razón a quien más simpático le resulte o condenando a quien peor le caiga. Porque si alguna “ley” podemos constatar, como dato empírico, en tal contexto es la siguiente: jamás de los jamases pondera un juez con resultado contrario a sus preferencias ideológicas y personales, y siempre que con tan grande amplitud decide, puesto que de pesar sin balanza se trata, hace pasar por dictado objetivo de la Constitución material y de su reparto de derechos lo que no es otra cosa que su particular hacer como legislador para el caso. De tanto pesar nuestros derechos, nos los están matando poco a poco, y lo escaso que de sólido tienen en la letra de la Constitución se vuelve gaseoso, inasible.
Lo uno más lo otro, el descrédito de la mera legalidad, el desprecio y abandono de la buena dogmática y la hipertrofia de constitucionalismo material dan estos resultados: que los jueces deciden lo que les da la gana, sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo y sin tomarse mayores molestias para argumentar con una solvencia mínima y de manera al menos comprensible y razonable. Al fin y al cabo, se trata de hacer justicia a secas en el caso, trasladando al fallo los dictados de unos derechos que contienen más o menos de lo que de ellos en la Constitución se dice y que se pesan y sopesan en el magín del juez con pretensiones de que se descubre su valor objetivo y su indudable resolución para el asunto que está entre manos.
Si del texto de la ley puede hacerse un monigote a voluntad y si la Constitución se ha convertido en un ente metafísico que habla nada más que al oído de los que llevan toga (sea la toga judicial o la académica), el juez se torna en señor absoluto, y cuando motiva su fallo se puede permitir las mejores alegrías o las mayores ligerezas, pues, al fin, bastará con su convicción de que hace lo justo y necesario y todo lo demás es adorno y pérdida de tiempo. ¿Y los ciudadanos? Los ciudadanos, ante esa justicia esotérica y evanescente, casuística y caótica, tan pretenciosa en la sustancia como iletrada en las formas y los fundamentos, volvemos a sentirnos como aquellos individuos que acudían al Oráculo de Delfos a escuchar a la incomprensible pitia en éxtasis o cuya vida dependía de los arúspides que interpretaban el vuelo de los pájaros o las entrañas de las bestias: pequeños, inermes, impotentes. La Justicia cada vez se parece más a la hechicería y los jueces se revisten de nigromantes.
¿Soluciones? Desde la carrera en las Facultades hasta la Escuela Judicial, hay que procurar antes que nada que los que van a dictar sentencias sepan leer correctamente, comprendiendo, y escribir con propiedad. Que aprendan a razonar por escrito, a argumentar como es debido y esperable entre seres razonables y para seres razonables. Y que estudien, claro, que no dejen nunca de estudiar, en general y para cada caso.
Pase que la oposición para la judicatura sea fundamentalmente memorística, mientras no se dé con un proceder alternativo mínimamente objetivo, pero hace falta algún ejercicio adicional que filtre para que no sea únicamente memoria lo que el juez de mañana demuestre. Y, por supuesto, a la Escuela Judicial le correspondería controlar del mismo modo. Decidir en Derecho es jugar con fuego y no puede hacerse de cualquier manera ni debe ser cometido del primero que pase y empolle un temario o se cuele por un turno especial. Y eso por no hablar de sustitutos y suplentes.
Tampoco estaría mal que, a la hora de dirimir ascensos en la carrera judicial, existiera algún comité u órgano completamente independiente que calificara en función de la calidad de las sentencias, no sólo por su cantidad ni, mucho menos, como es obvio, por el contenido de los fallos y a quién den la razón.
Hasta aquí la perorata. Vean ustedes mismos la sentencia y ya me dirán. A mí hoy no me alcanza el tiempo para más.

11 enero, 2010

¿Comer y yacer a oscuras? Por Francisco Sosa Wagner

Se pone de moda comer a oscuras. Al parecer, tanto en restaurantes como en el seno del hogar familiar.
Hasta ahora, como sabe cualquier historiador diserto, lo que se hacía a oscuras era el coito, en un ambiente de luces apagadas, cortinas echadas formando penumbras y acogiendo quedos gemidos. Al menos en las casas decentes pues en las de contentamiento y en los “meublés” todo ha sido siempre una exaltación de luces y espejos, una orgía de lentejuelas y doseles y un olor penetrante, el propio del leño encendido.
Por el contrario, allí donde moraba la virtud y las costumbres morigeradas, el regocijo carnal se ha practicado con presurosa diligencia, sin demoras ni insistencias que pudieran poner de manifiesto un júbilo excesivo. Habría que preguntar a los especialistas pero aventuro que el origen de estas cautelas ha sido religioso pues los prebendados siempre han sostenido que tal acto, o bien era directamente pecaminoso, o por lo menos se hallaba en el filo de lo permitido. Por ello lo mejor era pasar el trance de la manera menos fogosa y menos visible, es decir, haciendo el menor hincapié posible.
Y ello aunque los celebrantes fueran jóvenes y mantuvieran el vigor de la tierra fértil y se apretaran con denuedo en un abrazo nudoso y corpulento. Pues, en caso contrario, cuando se hacen esfuerzos allá en la vejez seca, toda tiniebla ha sido siempre poca.
Pero, como digo, ahora de lo que se habla, no es del acto carnal, sino del acto de comer carne. ¿Es bueno o malo que se practique a oscuras? ¿cuál es el criterio moral ante este nuevo escenario del sacramento alimenticio?
Pues depende, amigo lector. Depende de lo que se coma. Por de pronto, adelanto que comer una paella a oscuras es un pecado -y de los gordos, de los que necesitan el perdón de un penitenciario con asiento en iglesia mayor o en basílica- pues que la paella pide luz, tartana abierta a los aires y a los soles, naranjos encendidos como pezones vigorosos, calor y, al fondo, un mar tranquilo cual ave que planea.
Y lo mismo vale para la fabada o el botillo. Son comidas estas del mayor rigor, de respeto, pero que reclaman luz, algarabía, el pequeño torbellino de la fiesta. Pues ¿qué decir del lechazo al horno? Tengo para mí que quien come con gusto un lechazo crujiente es un ser bienaventurado, tocado por la mano divina ... el lechazo no es apto para las almas quebradizas ni para las bocas de melindres. El lechazo es todo él una paradoja pues, en su fragilidad, tiene cuerpo de desafío y espíritu de combate. Del más exigente combate gastronómico. Por eso solo un ser depravado y con el alma aleve puede incurrir en una descortesía con el lechazo. Y descortesía es no encender las luces o descorrer las cortinas cuando llega a la mesa en albórbola de olores. Una marcha triunfal deberían componer para ese momento señero quienes saben desempeñarse en estas habilidades.
Entonces ¿hay algo que se deba comer a oscuras? Sí. Claramente las acelgas hervidas: a oscuras, a regañadientes y de luto. Igual ocurre con las judías verdes o los cardos o las fementidas borrajas que tampoco son dignas de la caricia de la claridad. Ahora bien, preciso es explicar que estas verduras merecen la clandestinidad cuando se presentan aisladas y severas. Porque cuando lo hacen juntas y adoptan la vestimenta de una menestra, ah, amigo, entonces, de nuevo, procede tocar la sinfonía del sol y convocar a los pífanos que canten a los colores, al balcón abierto, a los cristales brillantes ...
Conclusión: que en el coito como en la comida todo depende de la guarnición.

10 enero, 2010

Cuentos de domingo. 9. Espirales

- ¿Sabe que desde que vengo a su consulta juego algunas noches con mi mujer a que ella es usted?
- ¿Que ella es yo?
¿Por qué se me ha ocurrido soltar tal cosa? Seguro que por las dos copas que llevo encima. Ya me lo habrá notado en el aliento.
- Sí, que ella es mi dentista, usted. Se pone una bata así como la suya, y mascarilla y todo.
- Interesante -Ahí dejó el tema-. Abra la boca.
Obedecí. Giré levemente la cabeza hacia mi derecha para que quedara frente a sus ojos. De inmediato sentí en mi hombro la presión firme y juguetona de su seno izquierdo. Siguen gustándome sus pechos como el primer día, pese a los diez años de casados.

09 enero, 2010

Un corazón tendido al sol. Sobre piratas y propietarios

Puede ser entretenido escribir algo de un tema sobre el que nunca sé muy bien qué pensar ni qué decir, el del pirateo en la red y la propiedad intelectual de cantantes y escritores. Vamos allá.
El otro día leí la tribuna de Rodríguez Ibarra en El País y no me sonó mal. Pero cuando vi en el mismo periódico la respuesta de Muñoz Molina, también me resultó bastante convincente. Habrá que ponerse un día de estos a estudiar en serio. Entretanto, puedo decir con propiedad que soy un corazón tendido al sol. Y nunca más a cuento, pues acabo de leer en La Nueva España de ayer unas declaraciones de Víctor Manuel, el cantante que es marido de aquella otra que nos ponía burrillos con esa boca, en las que se despacha a gusto contra piratas y canta loas a la SGAE. Más aún, dice esto: “Por ahora sólo creo en la guardia civil”, que “ha garantizado el cierre de páginas pornográficas sin problemas y que puede hacer lo mismo en caso de delito de derechos de autor”. Ha dicho la guardia civil, sí. Sí, sí, Víctor Manuel.
La guardia civil tiene todos mis respetos, todos. Parientes y amigos tengo en la benemérita y, aparte de que ahí pueda haber de todo, como en cualquier parte, sé cómo curran y lo poco que cobran. Pero me da que al cantante de Mieres se le ha ido la melodía un pelín. Que yo sepa, con las páginas pornográficas no se han metido ni los picoletos ni los jueces ni los legisladores. Otra cosa son las páginas de pedófilos o pederastas, pero ésa es harina de otro costal. Supongo que no querrá el esposo de de doña Ana que se aplique a los piratas el mismo trato que se está dando a los que guardan unas fotos de niños en bolas en su ordenador, pues aviados estaríamos, menudo belén.
Vean en la misma página de la edición digital del periódico los comentarios tremendos que le han caído encima. Son divertidísimos y, al tiempo, mosqueantes, y sirven para que volvamos a preguntarnos, en esta era de desorientación, qué es hoy en día lo progresista y dónde están los malos. No se aclara uno.
Mi impresión, seguro que muy superficial, es que todos exageran. Exageran, creo, los que pretenden que todo sea campo libre y que el combate contra la propiedad privada empiece por la propiedad intelectual. Luego ya veremos si seguimos o si gritamos que mi ordenador es mío, con disco duro y todo, y que nadie me lo quite; y la finca que heredé de papá y el Audi que me trajeron los Reyes; y que no nos cobren impuestos tampoco, porque la propiedad de mi dinero es sagrada. Ahora bien, si van en serio contra la propiedad privada y sus excesos, y en plan de redistribuir y tal, que me avisen y lo miramos.
Y puede que también se extralimiten los otros, los creadores y sus industrias. A lo mejor la SGAE y compañía tendrían que apretar un poco menos. Tal vez deberían bajar el precio de los discos y, probablemente, el de los libros. Aunque me parece que la comparación entre discos y libros hay que tomarla con matices. A los libros les va a llegar la situación equivalente cuando, de inmediato, se generalice el e-book y circulen por internet los textos más de lo que ya circulan.
No sé si los argumentos habituales van completamente al fondo de lo que mueve a los “creadores”. Se trae siempre a colación el perjuicio grave que para la cultura significa el pirateo, pues hace o hará que deje de ser rentable editar discos o libros, y de esa manera muchísimas creaciones memorables desaparecerán del mapa o no llegarán a nacer. En realidad y si somos sinceros, la madre del cordero es la pretensión de esos “creadores” de vivir de sus creaciones. No me parece empeño ilegítimo, en modo alguno. Pero que se diga, que se diga que se trata del mantenimiento de unas profesiones, no de la supervivencia de la cultura y el arte, nada menos. Unas buenas músicas o una buena novela pueden colgarse en internet y, si tienen público entusiasta, se difunden por doquier y dan fama y prestigio a su autor. Que le den dinero ya es otro cantar. Aunque el dinero puede llegar colateralmente: giras, galas, conferencias...
No parece claro que estemos ante una crisis de la creatividad, pese a los piratas; más bien al contrario, existe una explosión de la creatividad, precisamente gracias a internet. ¿Que en la red es difícil discernir el grano de la paja, lo bueno y lo malo, pues hay mucho de todo? Puede ser, pero ¿acaso es buena literatura toda la que como tal aparece en libro o buena música la que se vende en discos? ¡Anda ya! Si esos son los jueces, apaga y vámonos ¿Que no hay en internet, y sin ninguna posibilidad de que una editorial comercial las edite, muchísimos cuentos y novelas mil veces mejores que las paparruchas de Paulo Coellho, o infinita cantidad de músicas de verdad, y no las chorradas de Sorayas y carallos? Y resulta que los Paulos y los cantontos (sic) que todos sabemos pueden vivir de sus “creaciones” gracias a que hay editoriales y discográficas que ponen lo suyo sobre papel o en cd gracias a que mucha gente quiere comprarlo. Pues, por mí, como si les piratean hasta el carnet de identidad. En cambio, no creo que por culpa del pirateo pierda mucho dinero un Luis de Pablo, el músico, o un José Emilio Pacheco, el poeta, aunque éste debe de ser de los que con la poesía venden relativamente mucho. ¿Por qué no suelen lanzarse contra los piratas los poetas? La respuesta es obvia, porque les importa un pito que los pirateen, más bien al contrario; total, para lo que ganan con sus libros, al menos que se difunda su obra.
Los grandes perjudicados por el pirateo masivo no son los artistas, así, todos a una, sino los artistas de la cultura de masas que venden masivamente y pueden vivir de esas ventas. No hay nada malo ni en lo uno ni en lo otro, pero dígase lo que es. El pirateo no ataca la divulgación posible de la obra, pues ahí está la red y qué es el pirateo sino una forma de divulgación; lo que corre peligro es que de la obra divulgada en soporte físico sigan viviendo los que hasta hoy han podido hacerlo.
Es curioso, porque el famoso canon no se reparte en función del valor de las creaciones, sino porque éstas estén en soporte físico, en disco o papel. En parte, no es la obra, su valor o su propiedad lo que así se remunera, sino que se paga por el objeto en el que se plasma materialmente, como soporte para la venta, ese resultado. Por eso un pésimo novelista con obra publicada puede ganar por esa vía un dinero que no obtendría si esa obra fuera muchísimo mejor, sublime, y la hubiera difundido en la red. Este blog no es ejemplo de calidad ninguna, pero creo que sí puedo hacer valer mi propiedad intelectual sobre las entradas, ya que si algún plagiario las copia y las hace pasar por suyas, posiblemente tendré acciones legales para reclamar por lo que es mío: para que no me lo quiten. Lo que no tendré es lucro cesante o pérdida de ganancia económica, pues ninguna me dan. Entonces, ¿es la propiedad intelectual lo que se discute o es el rédito económico resultante de cierta manera de explotar esa propiedad?
Habría que buscar salidas intermedias. No se puede poner puertas al campo, y tampoco al nuevo campo virtual. Soñar con represión y mano dura e implorar que la guardia civil vaya entrando en las casas de la gente a detener piratas parece exceso impropio de Victor Manuel & CIA. Y, ya puestos a reinvindicar propiedades, que funcione el mercado: que siga comprando libros o novelas el que así lo prefiera. Yo, mismamente, sé que continuaré gastando dinero en literatura impresa y en unos pocos discos. Por otro lado, estoy seguro de que muchos de los que “bajan” películas en formatos infames jamás irían al cine ni pagarían los tres o cuatro euros correspondientes por ver esas películas. Para el creador, digo yo, también ha de ser un placer que más gente contemple sus magnas obras cinematográficas o musicales. A mí, en mi modestia, me da mucho gusto que tantos amigos y desconocidos echen vistazos en este blog, que no me da ni un peso. Sí, ya sé, yo no vivo de esto. Caramba, pues que se hagan funcionarios unos cuantos cantantes y directores de cine -muchos ya casi lo son, ¿eh, Sinde?-. Además, si ya les pago las subvenciones con mis impuestos y ya apoquino por el canon, que no se me mosqueen tanto si un día me da por agenciarme en internet algunas de sus obras imperecederas. Y otro detalle: ¿se venden o no se venden discos con obras de Mozart o Mahler?
Conste, con todo, que en la duda me mantengo y que no pretendo defender el descontrol total. Pero alguien va a tener que adaptarse al mercado, y no sólo abaratando el producto. A lo mejor hay que limitar plazos de sacrosanta propiedad intelectual, de modo que El abuelo Víctor ya pueda circular con toda libertad en la red y esté fuertemente protegido el último disco nada más. Para que cualquier pobre con acceso a un ordenador pueda disfrutar sin miedo aquella entrañable canción, lo cual, sin duda, será muy del gusto y del modo de pensar de victormanueles y ramoncines.
Acabo con una anecdotilla. Hace una temporada escuchaba en un bar a un colega de cierta edad que presumía de la magnífica colección de películas que se había agenciado a través de la red y por el morro. Acto seguido, se explayó con vehemencia sobre la vergüenza de que se tolerara a tanto negrito que en las calles vende discos piratas. Agárreme usted esa mosca por el rabo. También, al hilo de la historia, se me ocurre otra propuesta: que a todo artista al que se le encuentre en su computador una película, una canción o un libro bajados de la red sin pagar, se le prive de los derechos de autor sobre sus obras propias. A ver qué pasa.
Y la gente por el prado no dejará de bailar..., aunque te joda, Víctor, ahí todo sentado en el quicio de la puerta... de la Moraleja. Ay, qué diría tu güelu.

08 enero, 2010

Doctorados y tesis doctorales: crónica de una decadencia acelerada

Uno de estos días tendremos que ponernos a pensar en alguna parte de la universidad que no esté en vías de desmoronamiento, pues, si no, acabarán llamándonos fatalistas. Prometo que lo intentaré. Entre tanto, vamos hoy con una práctica, la tesis doctoral, que, me temo, está cayendo en picado, hasta convertirse en un trámite burocrático sin más relevancia que la puramente ritual. Y hasta del rito, en lo que pudiera valer, va quedando muy poquita cosa.
En la universidad preboloñesa y anterior a la ola de trivialización académica que nos invade, la tesis de doctorado constituía un hito de la mayor importancia. No sólo porque habilitaba para ascensos y nuevos pasos académicos, pues eso se mantiene, sino, y sobre todo, porque se daba por sentado que constituía un trabajo muy serio con el que se medía por primera vez y rigurosamente la valía del investigador.
Es cierto, sin duda, que en toda época hay de todo y que, al igual que hoy en día y mañana -de esto, del mañana, ya no estoy tan convencido, pero concedámoslo- podemos dar con trabajos doctorales de la mayor solvencia, también en el pasado más o menos reciente podemos toparnos con casos lamentables y variados amaños. Tengo en la punta del teclado algunas muestras, pero las voy a omitir, que ya bastante se complica uno. Digamos sólo que algún catedrático de lo mío, bien acostumbrado a mandar, no habría llegado a nada si lo hubieran “matado” de pequeño, en lugar de cocinarle una tesis juvenil y lamentable, por ser él quien era. Pero dejémoslo ahí.
Me refiero sólo a tendencias dominantes y ambientes generales. En otro tiempo, no tan lejano, una buena tesis era la mejor carta de presentación en la sociedad académica, otorgaba fama y prestigio y ese efecto positivo perduraba y predisponía a los colegas de la mejor manera. También hay que decir, en aras de la verdad, que las circunstancias en que se solía elaborar la tesis eran bien distintas y mucho más favorables. El doctorando solía disfrutar de un contrato, todo lo modesto que se quiera y, sobre el papel, necesitado de renovación periódica, lo que no quitaba para que pudiera contar con una relativa estabilidad y confiar en su futuro docente e investigador si iba siguiendo los pasos marcados.
Hablaré de mi propio caso. Después de licenciarme en Oviedo, tuve mi primer contrato y lo primero que se me dijo fue que durante los dos primeros años no tenía ni que impartir clases ni que preocuparme siquiera de fijar tema para el doctorado, sino que debía empaparme de los mejores manuales y tratados. Luego llegó la beca para marcharme a Alemania y fue allí donde elegí el tema y me dediqué a leer (y a fotocopiar) como un poseso sobre todo lo que tenía que ver con él. La redacción propiamente no la inicié hasta el regreso, con lo que queda dicho que habían pasado cuatro años. Sí, cuatro. La redacción me tomó dos o tres más, con lo que se puede hacer la cuenta del tiempo que había transcurrido hasta la defensa. Mi caso no es único ni mucho menos, ni resulté de los más tardones, pues conozco excelentísimos colegas, de mi disciplina y de otras, que gastaron de la mejor manera ocho, diez o doce años para ese menester. Eso sí, cuando fueron doctores contaban con algo más que un nuevo título, pues derrochaban dominio de la materia completa de su área. De propina, durante ese tiempo se habían aprendido todos los idiomas necesarios para manejar la mejor doctrina del mundo.
Hoy ese panorama es impensable. Por fas o por nefas, la tesis tiene que estar concluida en cuatro años. Generalmente porque se comienza con una beca de investigación que, en el mejor de los casos, dura ese tiempo y, si se quiere seguir comiendo -cosa de la que no suele haber ninguna garantía-, hace falta el título de doctor. ¿Obligada solución? Temas más sencillos, exigencia menor, pragmatismo forzado.
Es curiosa la evolución de estos asuntos. Antes, en la tesis se gastaba un periodo largo, pero después las etapas se quemaban deprisa, pues no había saturación en las plantillas y eran tiempos de crecimiento de todo, época de vacas gordas, demasiado gordas, incluso, y algunas bastante pendonas. Hoy los doctorados terminan mucho antes, pero es cada vez más frecuente ver a perfectos cuarentones, doctores desde los veintipocos, esperando por su oportunidad de ganar algo más de cuatro duros y, sobre todo, de asegurarse un puesto estable. Seguramente en esto la virtud, si alguna hubiera, habría que buscarla en un término medio entre lo anterior y lo presente.
La presión sobre el profesorado (directores, tribunales...) para aligerar la carga de la tesis no viene solamente de esas urgencias de los jóvenes investigadores locales. Téngase en cuenta que si en España hoy -al menos en los campos que yo conozco- los programas de doctorado tuvieran que nutrirse sólo de los aspirantes locales, serían inviables casi todos por falta de clientela. Los alimentan los investigadores venidos de Latinoamérica. Visto en términos puramente administrativos, es una bendición ese refuerzo de allende los mares, pero ha introducido nuevas distorsiones. Espero que no se me entienda mal lo que voy a decir seguidamente.
En muchos países latinoamericanos en los que el doctorado no tenía tradición ninguna -ni falta que les hacía, podría añadirse- se ha desatado la fiebre doctoral en los últimos tiempos. ¿Por qué? Porque las autoridades ministeriales han decidido que se debe subir el nivel profesional del profesorado y, para ello, o bien exigen a las universidades un porcentaje de doctores en sus plantillas, o bien priman a aquellas que lo tienen. Eso provoca, por un lado, una desconcertante proliferación de programas doctorales allá, de calidad bien irregular, alta en algunas ocasiones y descarado negocio en otras. Mas ese no es el tema en este momento.
Lo que ocurre es que, entre los muchos doctorandos que aquí acuden hay de todo, por supuesto, y algunos absolutamente excepcionales. Mas arrastran casi todos varios lastres. Uno, que suelen estar acostumbrados a una enseñanza muy desvinculada de cualquier inquietud investigadora, tremendamente dogmática y memorística y muy a menudo impartida por profesores que se dedican a sus asuntos laborales y nada más. Muchos quedan sumidos en el desconcierto cuando en estos pagos se les muestran las solitarias y repletas bibliotecas y se les dice que allí han de dejarse las pestañas leyendo.
Su otro inconveniente es la falta de tiempo. O pueden pasarse aquí unos años o, por lo general, no van a terminar nunca su trabajo, pues la vida en sus países de origen suele ser una locura laboral, unida a la falta de medios para la investigación. ¿Resultado? También con ellos hay que aminorar la exigencia y permitirles componer tesis para salir del paso y que no retornen a su tierra sin nada en las manos. Súmese, si se quiere, la displicente actitud de tanto profesor de acá que dice aquello de que total qué importa, si se marchan y a nadie harán sombra aquí con su título (me apuesto una cena a que me cae algún gorrazo por escribir esto y porque algún cafre entiende que yo mismo pienso así. Al carajo).
Los anteriores son elementos del contexto que ayudan a explicar por qué las tesis van perdiendo calidad y rigor. Pero hay más, mucho más. Por ejemplo, que para culminar una tesis sólo hacen falta estas poquitas cosas: un licenciado que quiera hacerla y esté dispuesto a escribir un puñado de páginas, un director presto a dirigirla o a firmar que la dirigió y un tribunal que dé el veredicto. Y pagar matrículas y tasas, claro. O sea, que no se exige ninguna capacidad o talento para poner manos a la obra o conseguir el título, y, sobre todo, puede ser director cualquier doctor, hasta el más indocumentado.
¿Y qué razones puede tener un doctor indocumentado para aparecer como director? Ahí iremos luego, pero primero hablemos del tribunal, que es propuesto por el director -burocracias y disimulos aparte-, seleccionando sus miembros en función del óptimo resultado pretendido. Cuando un director de tesis tiene unas pocas relaciones en su disciplina y está interesado en el cum laude, es absolutamente inusual que la máxima calificación no se obtenga. ¿Aunque la tesis no valga nada o sea un despropósito? Sí. Hoy por ti, mañana por mí, para qué enemistarse, arrieros somos, etc., etc. Es lo que hay, aunque nos duela reconocerlo.
Con todo, mientras contaban algo la fama y el buen nombre en el gremio, tanto de directores como de doctorandos, la gente se lo pensaba un poco y, además, la calificación positiva del trabajo no quitaba para que en el sentir general se pusiera un negativo. Pero eso importaba cuando todos nos conocíamos y cuando había cosas importantes que dirimir en la “casa común” de la disciplina. Eso también se ha modificado. Por una parte, por causa del furibundo localismo. Por otra, porque ya no hay que verse las caras para casi nada, pues todo sucede en la oscuridad de las aplicaciones informáticas, las comisiones evaluadoras anónimas y los baremos a tanto el kilo. Por ser doctor, tantos puntos; por haber sido investigador principal en un proyecto, tanto; por haber dirigido una tesis doctoral, tanto; por haber publicado unos artículos, tanto por cada uno; etc. ¿Y si la tesis es horrible, los artículos malísimos y el proyecto un timo? Da igual, va a tanto alzado y sin que quien evalúa lea ni una línea ni, posiblemente, conozca nada de aquel a quien puntúa. Dicen que así se gana objetividad. Será.
Podríamos seguir con la enumeración de factores que coadyuvan a toda esta decadencia. Uno más, no desdeñable, es el desembarco en las universidades de títulos y estudios sin la más mínima tradición investigadora, y del correspondiente profesorado, que suple con picaresca lo que le falta de hábito de estudio sosegado. Lo uno y lo otro ha dado lugar a un agravio comparativo difícil de digerir para muchos, y con razón. Puede haber un doctorando que en Biología, Filología, Derecho u otras facultades se parte el alma con un tema complicado y lleno de experimentos o bibliografía, al tiempo que ve cómo en el edificio de al lado salen tesis como churros sobre la ocupación hotelera en un hotel rural de Espinosa de los Monteros durante la primavera del año 2008 o sobre el número de moscas que el 30 de agosto del 2009 se posaron en una determinada caca de vaca colocada en un prado del campus. Tal cual. Todos doctores por igual, pardos todos los gatos.
Así es como estamos ahora mismo. Pero vamos a empeorar a velocidad de vértigo. ¿Por qué? Porque, en ese marco, es muy importante para los candidatos a acreditaciones el haber dirigido tesis doctorales, entre otras cosas. Algo se ha de poner en esa parte de la aplicación, pues en caso contrario puede la Comisión venirse (nunca mejor dicho) con esa cantinela tan común: no se acredita porque no ha dirigido tesis doctorales (o no ha dirigido proyectos de investigación o no ha presentado comunicaciones en congresos al baño María). ¿Y si dirigió diez pero eran espantosas, puro recorta y pega o plagio brutal? Ah, eso no importa, la Comisión valora lo que hay en la aplicación y eso va a misa: tal cosa, tanto. Y punto pelota. ¿Resultado? Pues que andan los jóvenes doctores como locos buscando algún doctorando que se deje y que esté dispuesto a presentar cualquier engendro como tesis. Tendremos avalancha y la cantidad ahogará la calidad, ya exigua. Si hasta ahora los miembros de los tribunales se decían aquello de cómo vamos a chafar a este pobre doctorando, ahora pensarán que cómo van a perjudicar al director, tan necesitado de tesis que llevarse a la aplicación.
Hasta ahí el diagnóstico de la situación. ¿Tratamiento? ¿Soluciones? No hay. Lástima. Y, si las hubiera, no podrían depender de nosotros, del personal académico ejerciente, viciado hasta la médula, ahogados en corruptelas unos y desmoralizados otros, pensando los mejores en quitarse de en medio a la primera ocasión y encantados los pésimos con este sistema que de cualquier ratón hace un maestro y de cualquier sabandija una figura de su facultad, pues ratones y sabandijas son los que mejor montan esos currículos que ahora se llevan, llenos de aire y de desvergüenza.
Piense usted en alguno de los grandes maestros de la disciplina que sea y pregúntese si con el currículum que tenía y lo que había hecho y escrito a sus cuarenta o cincuenta años podría hoy acreditarse como catedrático. La respuesta es no, y ningún sujeto informado me la discutirá. ¿Y por qué no? Porque no habría asistido a cursos de innovación docente, no habría dirigido aún tesis doctorales, no habría tenido proyectos de investigación, no habría ocupado cargos de la burocracia universitaria y no habría publicado en revistas indexadas. ¿Y por qué no hicieron esas cosas, los muy taimados? Porque estaban trabajando, rediez, porque se dedicaban al estudio y la investigación y por eso fueron lo que fueron; por eso hoy no tendrían dónde caerse muertos.
No hay solución, pues, de haberla, tendría que venir de arriba, de muy arriba. Habría que comenzar por permitir que al doctorado accediera solamente quien demuestre grandes aptitudes, por impedir que cualquier mindundi pudiera figurar como director y, sobre todo, por cambiar el sistema de evaluación y de tribunales, estableciendo filtros y controles reales. Una tesis doctoral marca una especialización científica y un nivel que merece una toma en consideración muy seria y que la valoren sólo los que mejor pueden hacerlo. Tampoco habría de poder cualquier doctorcillo hacer de juez y ganarse gratis unos méritos. Ah, porque también puntúa el haber formado parte de tribunales. El círculo se cierra y no se libra ni el Tato. Tonto el último. Y que tire de la cadena.

07 enero, 2010

Reyes

(Publicado hoy en El Mundo de León)
En los días previos al de Reyes, León era un atasco y un barullo. Tiendas y grandes almacenes a rebosar, gentes cargando bolsas cual porteadores en el Himalaya. En cada encuentro de conocidos, dos comentarios que se repiten. El primero, que dónde está la crisis y que menudo desmelene consumista del personal. Ay, amigo, en las sociedades muy desiguales, como ésta (y cada vez más desigual), la crisis golpea desigualmente. La mayoría (sí, la mayoría) ni se ha enterado. Para empezar, somos muchos miles los funcionarios a salvo. Luego, las estadísticas establecen promedios y parece que todos padecemos lo mismo o en idéntica proporción. Pues no. Cierto que algunos ganan en sus negocios menos que hace unos años, pero no quiere decir que se vuelvan pobres, sino que no se enriquecen al ritmo de antes. Eso sí, los que sufren, sufren de verdad, pero cuando salimos a comprar los vemos poco.
El otro tema de conversación es el de qué agobio. Despotrican los que se encuentran contra la pesadez de comprar regalos a montones y contra reloj. La mayor parte finge cuando así habla. Los compramos porque queremos. ¿O nos obliga realmente la tradición? Por cierto, ¿qué tradición? Serán un puñado los que aplican a estas fiestas un sentir religioso. La mayoría simplemente disfruta con el consumo y gastando el tiempo. Para regalar con cariño cualquier momento es bueno y el regalo se siente más cuando no es a fecha fija.
¿Y la ilusión de los niños?, dirán muchos. Los pobres niños también aguantan estos días una sobredosis que no asimilan. Primero los atiborramos de catálogos, para que pidan. Luego mercamos para ellos por placer o vicio nuestros. Muchos de los pequeños, cuando terminan de desenvolver, se quedan jugando con los papeles o las cajas y apenas vuelven a mirar tanto objeto inverosímil y excesivo. Cuéntale a tu amiguito lo que te han traído los Reyes, les pedimos. Y como el enano no se acuerda de todo, nos ponemos nosotros a enumerar sus cosas, ésas que a nosotros mismos nos hemos obsequiado para que se note que podemos y que lo pasamos muy bien. Les vamos matando poco a poco la ilusión, pues la ilusión es más que nada desear lo que aún no se tiene. Por eso comienzan tan pronto a desear que los dejemos en paz.

05 enero, 2010

A vueltas con el lenguaje jurídico. Por Francisco Sosa Wagner

Una vez más compruebo cómo el poder público está pendiente de mis “Soserías” y cómo reacciona ante sus contenidos según puede y sabe. Hace poco me he pronunciado acerca del lenguaje de los juristas y la respuesta no se ha hecho esperar: el ministerio de Justicia acaba de crear una comisión para lograr que el lenguaje jurídico “sea más comprensible para la ciudadanía” y lograr así “su transmisión de forma clara y accesible”. Entre los comisionados hay sabios de mucha relevancia, entre ellos mi amigo Salvador Gutiérrez Ordoñez, académico de la Real de la Lengua.
Me temo que las autoridades no han entendido nada de mi mensaje, lo cual no es de extrañar pues es su triste sino no acertar a ver más allá de sus narices.
A ver si nos aclaramos: yo defiendo que el lenguaje de los profesionales del Derecho sea lo más enrevesado posible, lo más oscuro y arcano. Trufado de esos latinajos adorables que son como peanas que nos elevan por encima del común de los mortales, como joyas envueltas en misterio, signos de una liturgia remota y caduca... Debería inventarse un hisopo con el que los magistrados y los notarios asperjaran sus humedades formularias con la misma gracia y el mismo mimo con que el pastelero esparce el azúcar sobre los bollos recién horneados.
¿A cuento de qué viene expresar con claridad al litigante el contenido de una sentencia? ¿O de una escritura pública? ¿O de un asiento registral? Si las leyes no contuvieran al final una serie de disposiciones transitorias y derogatorias que oscurecen el texto y lo hacen todo él contradictorio ¿de qué vivirían los abogados? Bien decían los latinos: “in claris non fit interpretatio”, es decir, en las cosas claras no hace falta interpretar. Pero es que justamente de eso, de interpretar, de lo que vive el jurista, dicho de otra forma, de moverse “con astucia, con argucias, con criterio”, de “revolver en el Índice con un equívoco, con un sinónimo y encontrar algún embrollo” como canta don Bartolo en “Las Bodas de Fígaro” de Mozart en su memorable aria “La venganza, oh, la venganza”. Y lo que se dice en las óperas nadie puede negar que va a misa...
El lenguaje, parece mentira tener que recordarlo, crea todas las ficciones del mundo permitiéndonos entenderlas y sobre todo darles credibilidad. Sin él no hay nada y todo se vuelve una nebulosa pegajosa e indescifrable. No existen “las profesiones”, existe el “lenguaje de las profesiones”, sin el lenguaje y los diccionarios todas ellas se vendrían abajo como castillo de naipes, faltas del aliento que las sustenta y las mantiene erguidas. El lenguaje es lo único real en un mundo irreal. Las personas adultas sabemos que los fantasmas no existen, existen solo las sábanas que los cubren. Pues exactamente lo mismo ocurre con el lenguaje, sábana de todas las sábanas y embeleco de todos los embelecos.
Pues ¿de qué vivirían los médicos si les entendiéramos? ¿Y los físicos y los veterinarios? ¿Y esos analistas financieros que nos llevan a perder los ahorros porque nos embarullan con sus ratios y sus índices? ¿Qué decir de los pedagogos, constructores del gran mecano de la nadería para poder sobrevivir en un mundo tan inhóspito como el que tenemos?
Y por fin ¿de qué vivirían los lingüistas cuyas gramáticas están llenas de palabros como “implemento”, “aditamento atributivo” o “atributo del implemento”? Yo propongo que si los lingüistas nos quieren corregir, creemos una comisión para corregirles nosotros a ellos.
Lo mejor es dejar las cosas como están pues las personas decentes sabemos que toda innovación es extravío. Además ¿se imagina alguien un mundo en el que todos nos pudiéramos entender? ¿De qué podríamos hablar?

04 enero, 2010

Se acabaron las orquestas sinfónicas

Qué sofoco he pasado. He vuelto a tener visiones, alguna extraña fuerza cósmica -la misma de otras veces, supongo- me ha metido de nuevo en el túnel del tiempo y me ha impulsado hacia delante, al futuro. Me vi leyendo unos periódicos en un formato extrañísimo, como prendidos en el aire y controlados por el movimiento de mis dedos. Lo primero que hice fue mirar la fecha: nada menos que un día de enero del año 2031. No entendía la mayor parte de las cosas que veía, pero una noticia sí me llamó la atención y en ella me detuve, pues se relacionaba con asuntos que hoy mismo ya tienen su porqué. Era un reportaje sobre el final de la música sinfónica y la prohibición de sus orquestas. Con un leve giro de mi meñique ordené imprimir una copia, que apareció sin más en el bolsillo de mi gabardina y que ahí seguía cuando retorné a mi aquí y mi ahora. Así que sólo tengo que pegarla en este post para que ustedes se sorprendan y se alegren con lo mucho que van a avanzar próximamente las ideologías y la cultura. Vean:

NO MÁS MÚSICA SINFÓNICA.
Ya está lista la ley que prohíbe los conciertos de las orquestas sinfónicas a la antigua usanza. Es una norma europea que regirá en todos los países del continente y que, sin duda, pronto será imitada en todo el mundo. De hecho, se cree que el Concierto de Año Nuevo que el pasado día 1 se celebró en Viena, siguiendo una larga y penosa tradición, será el último. Seguro que por eso muchos de los músicos terminaron abrazados a su instrumento y llorando con desconsuelo.
El tema viene de largo. Todo comenzó cuando en el año 2015 varias asociaciones feministas de distintos países, y actuando coordinadamente, suscribieron un manifiesto contra los instrumentos de percusión. Se aducía que esos golpes con palos que los percusionistas propinaban sobre la piel de sus tambores y timbales, o los que arreaban con su mano sobre la membrana de las panderetas, eran asociados por muchos varones agresivos, consciente o inconscientemente, con la violencia que el macho sigue aplicando sobre la piel y el cuerpo todo de la mujer. Y qué decir del triángulo, que sirve para que un palito de metal, indudable símbolo fálico, golpee dentro de una cavidad triangular y obtenga, con sólo ese primitivo gesto, vibrantes sonidos.
Comenzó de esa manera un debate intenso que en España, país pionero en este tema, se zanjó al año siguiente con la prohibición de tales instrumentos y la previsión de graves sanciones para los percusionistas reincidentes, si bien se concedió una moratoria de treinta años para las baterías de los grupos de pop y rock, pues, como se decía en el Preámbulo de la Ley, “no tienen las músicas populares y juveniles esas ancestrales connotaciones que en aras de la igualdad de género conviene desterrar con premura”. También se hizo excepción, ésta sin plazo, “con cualesquiera instrumentos de percusión que se usen en el folklore tradicional de nuestras naciones, pues el valor de las tradiciones y el sano sentir del pueblo no están contaminados por el machismo y la falocracia que son propios y desgraciadamente habituales en los varones del tiempo presente”.
El siguiente episodio fue a costa de los instrumentos de cuerda, tales como violines, violas, violoncellos y contrabajos. En esta ocasión la iniciativa crítica partió de las cátedras de estudios de género de varias universidades norteamericanas. La promotora fue la famosa jurista Catharine MenNon, quien, en un artículo publicado en la Harvard Law Review, puso de manifiesto que dichos instrumentos reproducían en su morfología las hechuras y curvas del cuerpo femenino, por lo que no resulta admisible el modo en que en los ensayos y conciertos son toqueteados y manipulados por la mano del hombre, cual si de puros objetos inertes y sin alma se tratara y con el riesgo de que idéntico modo de proceder y pensar se extrapole al trato con la mujer y su cuerpo.
También en este punto se abrió una discusión intensa y llena de matices, pues se sucedieron trabajos en los que se pasaba revista a la peculiaridad de violines, violas y demás. Al fin se llegó a un cierto acuerdo académico y a un rechazo general, pues por igual se consideraban indignos los que se tocaban con arco o con los dedos. Ni que decir tiene que la manera en que el arco (“al fin y al cabo un palo un tanto sofisticado”, como sentenció entre nosotros doña Andrómeda Vasconcelos, Consejera de Estado) incide sobre el perfil femenino del instrumento no es más que un remedo del viejo estilo falocrático con el que los hombres se disponen a hacer que las mujeres cumplan sus deseos. En cuanto a aquellos otros instrumentos de cuerda que se hacen sonar directamente con los dedos, se puso de relieve que no hacen más que reproducir la vieja convicción varonil de que una experta manipulación digital puede lograr que hasta la mujer más pasiva emita los más insospechados sonidos.
Hubo también quien, como el doctor Fulgenci Entrambasaguas, de la Universidad Pompeu Fabra, escribió que particularmente ofensivo para la sensibilidad actual resultaba el violín, por la combinación entre frotamiento de la cuerda con el arco y pizzicato que permite; esto es, lo que la antigua musicología llamaba alternancia entre cuerda de frote (frotamiento de la cuerda con el arco, la expresión lo dice todo) y pellizco o pizzicato, manera aún más agresiva y hasta impropia de obtener cierta musicalidad del aparato.
Así que, al fin, en 2022 una directiva de la Unión Europea conminó a los países a ir desterrando progresivamente el instrumental de cuerda de los conciertos sinfónicos, y España traspuso esa norma al año siguiente, mediante la ley que prohibió terminantemente tales artilugios, aunque con una nueva moratoria, esta vez de cincuenta años, para guitarras eléctricas y bajos eléctricos, pues, en palabras del ponente parlamentario, “la presencia de la electricidad quita al instrumento su apariencia pasiva, de manera que, aunque por su forma se ligue con el cuerpo femenino, la energía de que está cargado y hasta el peligro de electrocución del intérprete aportan una visión edificante del ser de la mujer como ser que no puede ser manipulado con impunidad”.
De inmediato se planteó una nueva polémica doctrinal y política, ahora a propósito de los instrumentos de viento. Esta vez el problema vino por soplar en la boquilla, con el agravante de que, en ocasiones y como ocurre con la trompeta, el sonido resulta de la combinación de soplido y vibración de los labios. Los argumentos fueron los esperables: que el sonido de muchos de estos medios recuerda la voz de la mujer y que se dan peligrosos vínculos entre el sonido de tan femenino objeto y el hecho de que el intérprete aplique sus labios para conseguirlo, como si una trompeta, una flauta o un clarinete no pudieran hablar por sí solos y sin tan procaz estímulo, en el caso de que se tratara de mujeres. A esto se sumó la idea de lo mucho que hay de rechazable en esos dedos del intérprete que bailan en los agujeritos para obtener las notas o que despiadadamente pulsan válvulas y pistones.
Ahora hubo algún intento de respuesta machista, especialmente en un par de escritos de periódico y blog de dos profesores de Derecho de León, que alegaron otro tipo de analogías morfológicas, atinentes al varón, e invocaron otras tesituras corporales y de relación, pero de esa forma no consiguieron más que abrir un nuevo frente, al caer en la cuenta muchos de que si la flauta la tocaba la hembra, la humillación sublimada era aún mayor. Los dos profesores fueron expedientados y sancionados con sendas suspensiones de empleo y sueldo, amén de quedar sometidos durante seis meses a una orden de alejamiento de sus parejas y de su Facultad. Diversos colectivos gays se mantuvieron durante ese tiempo en la duda y, al fin, sus representantes en el Parlamento se abstuvieron cuando fue aprobada la nueva ley que desterraba de las orquestas tales medios.
Cuando comenzaban a ser cuestionados igualmente, y por similares motivos, los órganos y los pianos, y cuando se hablaba también del nefando significado de la batuta del director de orquesta, el Parlamento Europeo impulsó y la Comisión aceptó de inmediato el veto absoluto para la música sinfónica y sus orquestas, que, según la norma que acaba de entrar en vigor en todo el continente, sólo podrá en adelante ser escuchada en grabaciones antiguas y en formatos que no vayan acompañados de imágenes de dirección o interpretación.
Queda sin resolver el grave problema de la ópera. Ya se viene interpretando sin orquesta, con música “enlatada”, pero nuevas críticas apuntan contra ella, alegando que el hecho de que antiguamente las arias de las sopranos fueran cantadas también por varones castrados, los famosos castrati, es indicio más que suficiente de un sesgado reparto de roles masculinos y femeninos, asociándose el timbre de la mujer a la ausencia de testículos y el de tenores y barítonos a la posesión de órganos sexuales estridentes y violentos. La cuestión sigue abierta, pero se avizoran en el horizonte más normas restrictivas.

03 enero, 2010

Y un poemilla dominguero de propina

No muy bueno, ciertamente, pero es lo que ha dado la tarde.

*********************
Esos pezones tuyos, los pinceles,
dibujando en el aire terremotos,
cabalgando con furia de corceles,
oscuros como dos lagos remotos.

Esos muslos con tonos de claveles,
que más me aprietan donde rotos
y más se apasionan si más crueles,
trayendo a mi dolor goces ignotos.

Ese negro mirar con que te dueles
de mi sed de aire fresco y cigarrillo,
de tu sueño fugaz entre mis brazos.

Esa voz ya de otra con que sueles
dejarme desolado cual chiquillo,
para ir a anudarte en otros lazos.

(Ilustración: Camilo Uribe)


Cuentos de domingo. 8. ¿Por qué no me hice escritor autóctono?

Si la vida tuviera marcha atrás, yo intentaría ser escritor autóctono. Escritor de literatura-literatura, quiero decir. Tendría que retroceder más o menos hasta mis veinte años, supongo. Si cupiera, lo ideal sería también elegir la época en que yo tendría veinte años para dedicarme a ser escritor autóctono. Pongamos que a mediados de los ochenta.
Mi ubicación geográfica no la cambiaría, creo que no. No me alcanza la imaginación para ponerme en otro contexto y, además, el escritor autóctono asturiano tiene otro pasar, es poco conocido pero bastante apreciado entre los demás escritores autóctonos asturianos que comparten esa difícil condición de minoría forzada y reducto inexpugnable. Siempre que no la liemos con escuelas, tendencias, antologías y el canon, claro. Pero aun así.
Todo escritor autóctono, sea de donde sea, ha de contar con dos tipos de rivales, tomados como irreconciliables enemigos y traidores sin remisión: los escritores autóctonos no propiamente autóctonos y los escritores autóctonos con otra visión de la función de la literatura en una sociedad escindida. Que la sociedad sea escindida es cuestión de la mayor importancia. Un trasfondo de crisis tan larga que ya parece permanente también ayuda lo suyo. El buen escritor autóctono-autóctono se ubica mentalmente en una sociedad partida por la crisis y con su ser histórico aún irresuelto. Luego escribe para contribuir, modestamente, al reencuentro de su tierra con su identidad. El escritor autóctono-autóctono tiene un apego sustancial a su tierra y a las contradicciones sangrantes de su tierra en el marco de la globalización, bebe bastante rioja y algo de güisqui de malta y fuma sin remordimiento. Pero, sin duda, lo que más le ayuda a interpretar las tensiones del ser humano histórica y geográficamente situado son algunos poemas de Elliot y Pound y ciertos apaños del arte contemporáneo en el que la huella multicultural se expresa en ucronías deliberadamente desacompasadas. Pero no pretendo ir tan lejos, apenas me estaba situando un poco para imaginarme lo que podría haber sido de mí si me hubiera hecho escritor autóctono cuando debía, o si estuviera a tiempo para volver atrás.
Seguro que el conjunto de mi obra, en parte lírica y en parte desgarrada prosa poética en la que la narración se embridara para no caer en los viejos vicios de la literatura social, se podría haber colocado inicialmente en el ambiente de la crisis industrial. La crisis de los astilleros serviría muy bien. Ya sé que mis orígenes son campesinos y que en verdad entendía y entiendo mucho más de vacas y de la cosecha de las patatas o “les fabes” de la granja que de la lucha obrera y la construcción naval, pero también estoy convencido de que, si me pusiera a novelar la vida de entonces en el campo asturiano, me saldría el Palacio Valdés que todos los niños de aldea asturiana llevamos dentro. Así que debería convencerme a mí mismo de que tengo vitalmente presente el trabajo de soplete y soldadura, los turnos, la manera de hablar del esforzado operario, la solidaridad de los trabajadores y el enfrentamiento con la patronal. Seguro que algún pariente lejano laboró en el sector naval y no sería tanta impostura si me inventara que lo veía volver del tajo cada tanto y que de pequeño me contaba historias de fríos amaneceres subido al andamio y azotado por la brisa marina, tiznado de óxidos, voluntarioso e inseguro. Ese poso de experiencias cercanas y unas buenas lecturas de los norteamericanos de la generación perdida me habrían bastado para construir el personaje, mi personaje de escritor autóctono. Ah, y Marinetti y unas pinceladas de aquellos pintores rusos, cómo se llamaban.
Ya está, ya me lo figuro todo, ahora debo pensar en qué me gustaría trabajar. Sin duda, en el mundo editorial. A los escritores autóctonos marcados por la crisis industrial nos apasiona el mundo de la edición. Quizá con un amigo, hijo o sobrino de patronos y con un segundo apellido holandés, pero muy comprometido con las experiencias del proletariado local, habría fundado en aquellos años una pequeña editorial. Una editorial muy artesanal, hay que decir, nada preocupada por el mercado, empeñada más bien en dar voz a los que en este capitalismo global no la tienen, o no la tienen reconocida, por mejor decir. La idea de la editorial nos habría surgido en un viaje de los dos, con otros amigos, a las capitales nórdicas. Con mochilas y trenes y para ver el Cabo Norte y la casa natal de un par de escritores de por allá. Mi amigo y yo llevábamos un diario y por las noches y con la luz de los albergues nos leíamos fragmentos en los que cada uno se imaginaba antepasados navegantes y colonizadores pelirrojos cargados de niños y de valor.
Mi primera obra publicada, precisamente en nuestra pequeña editorial, fue un conjunto de relatos breves escritos en prosa poética y que, aunque podían ser leídos, cada uno, como una historia en sí, se engarzaban por el tono y las peripecias cruzadas de los personajes, hasta formar un fresco de la vida de los trabajadores en mi tierra en crisis. Las primeras reseñas no resultaron mal, nada particularmente certero, algo apresuradas casi todas y siempre en los medios locales, pero, ciertamente no desdeñables para lo que cabía esperar de un ambiente tan contaminado por la literatura del boom y los patrones extranjerizantes. Ha nacido una nueva voz asturiana, una lograda síntesis entre la literatura intemporal y los nuevos tiempos, un estilo desgarrado y ácido sin concesiones, una escritura llena de empatía y, sin embargo, nada edulcorada. Cosas así.
Luego llegarían las lecturas en los institutos, un libro de poemas en verso libre y un volumen de viajes en el que la mirada sigue siendo la del niño que fraguó su vocación en un barrio popular y contempla la variedad de paisajes y los restos de antiguas civilizaciones sin perder la vieja ingenuidad ni olvidar las preguntas de siempre y de aquí. Y la tertulia, claro. Necesito una tertulia. Pongamos que en un local de Avilés nos reuníamos todos los jueves y comentábamos nuestros textos con saña y mal disimulada envidia y sin dejar de dedicar unos buenos ratos a las novedades del cine independiente. Lo ideal hubiera sido un pub irlandés o similar y que se podría llamar Dublinesses, pero, puesto que estábamos como estábamos, conformémonos con una sidrería llamada El Trasgu o similar. Allí estaban el periodista que llevaba la sección cultural de algún diario cercano, la doctoranda que trabajaba sobre la narrativa breve del Sur norteamericano en los años de entreguerras y que había hecho un par de traducciones de Emily Dickinson para nuestra pequeña editorial, dos poetas menores cargados de ira y que mantenían, con sus ahorros -los de sus familias- una revista literaria vengativa, el gerente de un ateneo, un pintor neoexpresionista nacido en Cuba y retornado en su infancia a esta tierra de sus antepasados, cuyos verdes le fascinan y, al tiempo, le hacen añorar los mares cálidos y los azules metálicos de la isla, un viejo novelista que llegó a finalista del Nadal y que nunca dice nada. Y yo mismo, claro, el más admirado por la chica, vaya usted a saber si porque en mi obra y en mis maneras capta resonancias que a los demás no se les alcanzan.
De un nuevo viaje, esta vez con la tal doctoranda y en plan más placentero, nacería otro libro, Levántate y anda, de tono intimista, impregnado de cierto erotismo y en el que los paisajes descubiertos se funden con los pasos de los escritores que allí se desenvolvieron. Como dijo un crítico, esta vez en un periódico de tirada nacional, en esta nueva obra la voluntad de estilo descuella por encima de la anécdota narrada, sin que deje de ser por ello un caleidoscopio de los colores contemplados durante la andanza y un eco permanente de tantas voces como al autor se le van haciendo presentes durante su periplo, de Keats a Hrabal, de Nerval a Knud Hamsun. Para entonces mi obra ya no tiene aquella carga política o aquel aire reivindicativo característicos de mis primeros libros y, al decir de algunos críticos amigos, se deja ver el tránsito a un esteticismo posmoderno que, sin negar los orígenes del autor, lo ubica en una tierra de nadie que le permite una mayor libertad creativa y un pulso más firme al describir sensaciones corrientes del hombre contemporáneo.
A la sazón, ese nuevo libro ha sido publicado en una editorial barcelonesa de las que saben promocionar a sus autores, y fueron bastantes, y generalmente elogiosas, las referencias del mismo en los suplementos literarios de los principales periódicos, incluida una de Quim Monzó en La Vanguardia. Seguramente no fue determinante, pero facilitó las cosas el hecho de que la doctoranda aquella con la que viajé se ha convertido en mi pareja estable y es sobrina del accionista mayoritario de la editorial, un hombre entrado en años, viudo y sin hijos y que la adora. Precisamente ahora, ya bien entrados los noventa, nos vamos juntos, la mujer y yo, a Michigan, donde ella, ya doctora y cargada de un merecido prestigio, va a dictar un curso sobre literaturas periféricas españolas y yo, además de participar en seminarios con afamados hispanistas de allá, pienso escribir una novela-río en la que se condense la cosmovisión de las culturas que nutren su creatividad del desarraigo y el desplazamiento.
En fin, no sigo. Así podría haber sido mi vida si, en lugar de equivocarme, me hubiera convertido a tiempo en un escritor autóctono.

(Ilustraciones: Camilo Uribe)

02 enero, 2010

Claves elementales para una universidad seria

Irreal, utópico, imposible, quimérico. Todo lo que ustedes quieran. Y es cierto, la universidad española nunca va a ser así, al menos mientras este país sea como es y tenga la gente que tiene, y salvo que alguna extraña hecatombe vuelva a hacer necesario que la universidad produzca conocimiento a gran escala y forme a los estudiantes con un criterio de excelencia muy exigente y, por definición, sumamente selectivo. Mas qué perdemos por especular un poco y por analizar las razones en lo que valen como razones, aunque estén condenadas a la inoperancia y a quedarse en el limbo triste de los imposibles.
La letra mayor, la pauta para una universidad que en verdad lo sea, nos la dan las propias normas que, en multitud, regulan, reforman y contrarreforman las instituciones universitarias en nuestros días: excelencia, calidad, competitividad, rigor. Música vana, sí, licencias poéticas en los preámbulos que los articulados desmienten a conciencia, disimulo, vergonzantes proclamaciones con las que se disfrazan las miserias en las que tanto mediocre medra y tanto indocumentado se solaza haciéndose pasar por académico exquisito. Mentiras ofensivas pergeñadas por lerdos que, en su inanidad, las toman por verdades, puesto que son ocurrencias suyas o de los de su tribu. Pero poco, salvo algo de tiempo, perdemos por preguntarnos cómo habría que organizar la universidad para que se librara de ese curioso trastorno bipolar de decirse la quintaesencia del saber, la ciencia y la cultura y no ser, a la hora de la verdad, más que un cortijo de vividores, una excusa para que inútiles de toda laya se ganen un sueldo y un trampolín para que los saltimbanquis de la política, de la política universitaria y de la otra, hagan su agosto sin pesares y con gesto de patricios ocupados y preocupados por el bien común. Con las excepciones pertinentes, como siempre.
¿Cuál habría de ser el objetivo prioritario en una universidad que se tomara la calidad en serio? En lo que a su papel docente se refiere, el conseguir que sus titulados alcancen la formación más completa y perfecta que sea posible. En lo que alude a la función investigadora de las universidades, se habría de procurar que los logros ahí obtenidos estén al nivel de los estándares más exigentes. En otras palabras, naveguemos un rato por las antípodas de lo que tenemos.
En lo uno y en lo otro es perfectamente viable una medición objetiva, basada en datos e indicios bien fiables. Pero, desde luego, esa comprobación de la calidad docente e investigadora ha de seguir pautas absolutamente opuestas a la mayor parte de las que actualmente se están implantando al hilo de la obtusa dictadura pedagógica y burocrática. Por ejemplo, si alguna correspondencia existe entre calidad de los títulos y fracaso escolar, no puede sentarse mediante la idea de que a menos suspensos, mayor nivel docente de la institución académica; más bien sería al contrario, aunque con los matices que luego haremos. Y el nivel de la actividad investigadora del profesorado universitario ha de fijarse con una mezcla de juicios objetivos sobre los contenidos y de escrupuloso filtrado de los índices externos o formales, mas nunca, como está sucediendo, con criterio puramente burocrático o mediante la consideración de datos simplemente contextuales. Un ejemplo de lo que denomino datos contextuales sería el montante de los dineros destinados a financiar la investigación. Son condición necesaria, con toda probabilidad, pero no condición suficiente. El uso y la administración de esos fondos son tan relevantes como su cuantía, y bien se sabe que si van mal dirigidos o están mal controlados, se convierten en despilfarro y no sirven nada más que a la política de apariencias que tanto se estila en esta época.
Comencemos por la calidad de las enseñanzas y las prestaciones que en ese punto han de brindarse al estudiantado. Dichas prestaciones deben estar en correspondencia con las que de los estudiantes mismos se pueden y se deben exigir. No entra la letra con sangre, ciertamente, pero tampoco sin esfuerzo y sin un cultivo esmerado del talento. Lo que carece por completo de sentido es que el legítimo esfuerzo para proporcionar al aprendizaje estudiantil mejores medios y fórmulas más razonables vaya acompañado, como ocurre, de un descenso en el nivel de exigencia. A fin de cuentas, si se trata nada más que de conseguir, al precio que sea, que cada estudiante que se matricula acabe obteniendo su título, nos podríamos ahorrar un montón de recursos. Dénseles unos libros sencillitos para que los lean, si lo tienen a bien, grábense en formato electrónico o digital unas pocas explicaciones para que las contemplen o las escuchen cuando les venga en gana, reúnanse de pascuas a ramos para organizar unos debates muy monos sobre alguna cuestión de actualidad y que conozcan en persona a algún profesor que haga de moderador al modo de las tertulias televisivas y aplíquese al final la presunción de que todos han alcanzado el mayor aprovechamiento y se han vuelto, por arte de magia, diestros, capaces y competentes en la materia de que se trate. Con ese resultado último sueñan los gestores actuales de la enseñanza universitaria, pero para ese viaje sobran las alforjas de tanta clasecita posmoderna y nada magistral, de tanto método docente chiripitifláutico y de tanta evaluación continua que, a la postre, no evalúa más que la pura presencia del alumno en las aulas, en sumisa actitud y presto al disimulo que se le pida para guardar la apariencia de un rigor que brilla por su ausencia.
Sería una maravilla y un prodigio digno del mayor encomio que encontráramos la fórmula para que todos o la inmensa mayoría de los que se inscriben en Ingeniería de Telecomunicaciones, Medicina (¿por qué se hacen con los médicos tantas excepciones en estas materias boloñesas?), Derecho, Biología o Filología terminaran su carrera no sólo felizmente, sino convertidos en eximios profesionales, capaces para competir con las mayores garantías en este mundo globalizado. Pero esos milagros ni existen ni se logran a base de supuestos métodos innovadores que tienen más de ensalmos o hechicerías para incautos que de verdadero valor para la enseñanza.
Ocurre, y todos los sabemos, una curiosa inversión: la enseñanza se está adaptando a la capacidad de muchos profesores, especialmente de tanto especialista en naderías y de tanto iletrado con vocación de tertuliano, no a la capacidad de los buenos estudiantes y a las exigencias de un “mercado” serio de las ideas y de las ciencias. Por mucho que se diga y que se aparente, el estudiante se ha tornado un pretexto, un cero a la izquierda, un objeto, la perfecta disculpa para una burocratización que garantiza a casi todo el profesorado un carguete y un poder sobre los colegas y, en especial, para una avalancha de sobresueldos y primas que a casi todos dejan contentos al olvidarse del objetivo primero que da sentido a nuestro trabajo: que si soy de tal comisión de calidad, de tal junta evaluadora, de tal comité de control o coordinación; que si me pagan tanto por evaluar esto y tanto por evaluar lo otro. Estúpido pez que se muerde la cola, las universidades se vuelven antros en los que los mayores tehúres evalúan evaluaciones y disertan sobre la calidades de los sistemas de calidad, mientras al estudiante se le da, con dolo, gato por liebre y todo el mundo se refugia en estadísticas falseadas y en mentiras que se retroalimentan. Talmente como si en un prostíbulo se confundiera el sexo de pago con el amor más romántico y se concluyera, a partir de números y porcentajes, que se ama como nunca y con el método más acorde a la sensibilidad amorosa de la clientela.
¿Queremos controles efectivos y ciertos sobre la calidad de las enseñanzas? Olvidémonos de la pantomima del fracaso escolar. ¿Por qué no hablamos de fracaso deportivo, por ejemplo? ¿Cuántos niños se apuntan a las escuelas de fútbol y cuántos de ellos llegan a jugar en equipos de primera o segunda división? ¿Por qué no se afirma, en consecuencia, que hay mucho fracaso en las escuelas de fútbol y que se deben cambiar los métodos de entrenamiento? ¿O quizá nos conformaríamos, tontamente, con otorgar a cada muchacho, después de asistir a tales centros durante tres o cuatro años, un título muy rimbombante de futbolista de primera? ¿Y luego qué? ¿Obligamos al Barcelona o al Real Madrid a ficharlos a todos o a alinearlos por sorteo? ¿O es que ser ingeniero, de título, es menos importante o socialmente menos relevante que ser futbolista de los que saben jugar de verdad?
¿Queremos datos sobre la calidad de la enseñanza aportada por los centros universitarios? Muy sencillo, háganse estadísticas sobre el éxito profesional de los titulados. Tomemos el Derecho como ejemplo, porque me es más próximo, pero no ha de ser muy difícil un procedimiento similar para otras carreras. En primer lugar, se establece un baremo de salidas profesionales, clasificándolas en grupos por su valor. Ya sé que sobre esto cabe mucha discusión, pero podría haberla y se llegaría a buenas conclusiones y a acuerdos aceptables. Entre tanto, parto de que se puede diseñar una escala de profesiones jurídicas: letrados por oposición del Consejo de Estado, de las Cortes o similares, notarios, registradores de la propiedad, abogados del Estado, inspectores de Hacienda, jueces, fiscales, técnicos de la Administración, etc., etc.; y, por qué no, abogados con despachos o en despachos con trabajo y prestigio. Luego, compruébese cuántos de los licenciados o graduados de la Facultad de Derecho de la Universidad que sea han llegado, al cabo de un tiempo razonable, a esos puestos y siéntese la tasa que importa: la de éxito profesional. Pues se supone que alguna correlación ha de haber entre las enseñanzas recibidas y tal éxito, ya que, si no fuera así, si nada importa lo que en la universidad se enseñe a efectos de cuál vaya a ser el destino laboral de los titulados, apaga y vámonos, la universidad estaría de más y sus carreras no serían sino un rito de paso o un lamentable filtro para que a determinadas profesiones sólo puedan acceder los que provengan de cierto contexto familiar y social y/o los que puedan pagar las tasas y los demás gastos de una carrera.
Alguno me replicará, con muy respetables razones, que he puesto ejemplos de muchos oficios jurídicos a los que no se accede del modo más racional o más acorde con las verdaderas capacidades intelectuales y técnicas de los posibles aspirantes. De acuerdo, pero cabe replicar con un par de consideraciones. Una, preguntándonos si ésa será razón bastante para que la universidad renuncie a dar el tipo de formación que a los estudiantes se les va a exigir como clave para su éxito laboral en el futuro. Sea usted valiente y, si es profesor de Derecho y partidario de la salsa boloñesa, dígales a sus alumnos el primer día de su clase algo así: miren, me importa un bledo que ustedes salgan de aquí mejor o peor formados para ganarse pasado mañana una oposición o para triunfar en unos pleitos bien difíciles, pero me voy a esmerar para evaluar su capacidad de liderazgo, su iniciativa en los debates y su disciplina a la hora de hacer unos resúmenes de textos y, además, intentaré que desarrollen un extraordinario equilibrio psicosomático y que su relación conmigo sea fraternal, simétrica y exenta de connotaciones relacionadas con el complejo de Edipo o de Electra. Deberían tirarlo de inmediato por la ventana al grito de aquí venimos a aprender de lo que nos importa (o debería importarnos) y no a hacer el capullo con un capullo como usted.
La otra consideración, como réplica a aquella posible pega, es que si la enseñanza universitaria no filtra con la mayor objetividad posible a los más capaces, será el mercado, pero un mercado lleno de corruptelas y con un clasismo fuera de toda duda, el que se encargará de que a determinadas labores asciendan los que están socialmente mejor situados, en un contexto de total desigualdad de oportunidades.
No es mi responsabilidad decidir quién será mañana juez o abogado del Estado, pero sí la de procurar, en lo que esté en mi mano, que no llegue ahí un perfecto zoquete, aunque sea hijo del más rico de mi pueblo. O que se vayan a ciertas privadas y, al menos, paguen más. Así que, por las mismas, en esa primera clase dígales esto a los estudiantes: miren, yo voy a procurar que apruebe mi asignatura todo aquel que se deje o venga por aquí a menudo; luego, el día de mañana, búsquense ustedes la vida como puedan y al que Dios (o su papá) se la dé, San Pedro se la bendiga.
Ahora vamos con el profesorado. Ay, el profesorado. Contengámonos para que este escrito no se haga mucho más largo y para no repetirnos. Lo primero que no puede ser, que no debería ser, es que las plantillas universitarias se llenen de tantos que son poco menos que analfabetos funcionales. Sí, Fulano es el que mejor pone los tubos de ensayo el bies o quien mejor recita de corrido la lista de los reyes godos, pero no sabe nada de nada de ninguna otra cosa. Mucho hablar de lo mal formados que llegan los estudiantes, pero ¿alguien se ha propuesto evaluar en serio el nivel cultural del profesorado? Mucho decir que los alumnos cometen faltas de ortografía o no son capaces de construir correctamente una frase de relativo, pero qué decir de tanto atentado contra las reglas más elementales de la gramática en la prosa burocrática de los encumbrados cargos académicos o, incluso, en tanto artículo y monografía. Se cotiza mucho en estos tiempos publicar en inglés, y bien estará, pero ¿por qué no puntúa negativamente el escribir en castellano textos con todo tipo de faltas e incorrecciones? Ahora, al parecer, vamos a tomar en gran consideración las habilidades expresivas, orales y escritas, del estudiante. ¿Sí? ¿Quién de los que no saben hablar sin la muleta de la pantallita va a valorar la aptitud de los alumnos para la comunicación oral? ¿Y quién de los que no son capaces de escribir tres renglones sin liarse malamente va a examinar la competencia de los estudiantes a la hora de expresarse por escrito? ¡Pero si ya se puede llegar a catedrático sin haber tenido que pronunciar ni palabra ante la comisión que evalúa a los profesores para esos menesteres! ¡Pero si esas comisiones ya no tienen que leerse apenas nada redactado por los candidatos, sólo lo que figura en aplicaciones informáticas llenas de datos ociosos y de detalles pueriles! ¿Publicar en inglés como indicio supremo de calidad? De acuerdo, pero ¿cuántos de ésos son capaces de preguntar la hora en inglés o en otra lengua que no sea la de su aldea?
Si se pretende en serio que las universidades compitan entre sí y con parámetros claros y controlables, y no con bobadas del tipo de número de árboles por hectárea en el campus -que se dé un premio aparte al campus más vegetalmente sostenible- o de número de ordenadores por alumno -que se estudie con calma qué páginas de internet son las más visitadas-, sólo hay que fijarse en la tasa de sexenios de investigación de su profesorado o en la de proyectos de investigación obtenidos en concurrencia seria. Y a los que más aporten ahí, en calidad investigadora, que se les gratifique como se merecen. Porque resulta que a usted, profesor de cualquier universidad española, le van a descontar horas de docencia, le van a pagar algo más y lo van a mostrar como ejemplo de dedicación modélica si tiene (¡o incluso si ha tenido!) algún cargo de nombramiento digital, pero no le van a hacer caso ni le van a proponer “desgravaciones” si ha conseguido a pulso cinco sexenios o dirige un equipo con los mejores investigadores del país y con resultados bien acreditados. El mundo al revés.
Primero la burocracia y los politicastros académicos se hicieron con los edificios nobles y más céntricos de todas las universidades con solera, consolidaron niveles y se agenciaron pagas y sobrepagas y ahora se “democratiza” el sistema a base de repartir ese tipo de privilegios inanes para los segundos, terceros y cuartos escalones de ese entramado. ¿Resultado? Trae más cuenta pasarse unos años de director de área, vicedecano o secretario de departamento que quemarse las pestañas con los experimentos del laboratorio o escribiendo la mejor monografía de la especialidad. Ejemplar y estimulante a más no poder. ¿Por qué es así? Pues porque, al igual que las leyes sobre financiación de los partidos políticos las hacen los partidos políticos, las normas sobre la universidad las elaboran quienes no tienen más vocación que la de burócratas de medio pelo ni más experiencia investigadora que la de apañar currículos tan extensos en páginas como vacíos de sustancia.
También aquí se me puede decir, y no sin fundamento, que ese mundo de los tramos de investigación o los proyectos está fuertemente viciado y a merced de la misma lógica burocrática y caciquil. Algo habrá, aunque tendríamos que debatir con más calma y punto por punto. En todo caso, la respuesta no ha de ser la del presente todo vale y tonto el último o el que no se apañe unas influencias, sino exactamente la contraria: reformemos lo que haya que reformar para que los controles sean serios y no en plan de tócame, Roque.
¿Universidades puestas a competir con base en los mejores resultados docentes e investigadores? Muy sencillo también: que se disputen los mejores profesores. Porque supongo que no me vendrá ninguno con la sugerencia de que esto es muy relativo o de que no hay manera humana de diferenciar a un buen docente o investigador de uno malísimo o del montón. Ahora sí, ahora todo el mundo es igual y vale lo mismo, vivimos en tiempos oscuros de gatos pardos y animales de cloaca, pues para hacer unas bobaditas en clase y aprobar a todo el mundo o para hacer pasar por investigación del mayor nivel unas comunicaciones de corta y pega en congresos organizados ad pompam vel ostentationem vale cualquiera y, como dicen en mi pueblo, así hasta el más tonto hace relojes. La calidad, en lo que sea, se mide por los resultados, no por los gestos, las poses, los papeleos estériles o la demogogia barata que asegura el éxito apabullante en encuestas amañadas por los de siempre. Porque, repito, si, más allá de esa parte folclórica e infantiloide, no cabe apreciar diferencias entre quien enseña con eficacia o sin ella, o entre quien obtiene frutos reales de la investigación o sólo hace el paripé, cerremos el chiringuito de una vez, dejémonos de eufemismos y ahorremos al contribuyente los cuartos que nos paga.
Usted, rector, profesor de a pie o estudiante, ¿no sabe distinguir, a simple vista y por los resultados, entre un buen profesor y un profesor de tres al cuarto? Pues, sencillamente, que ese juicio trascienda y cuente. Sí, en términos de política académica ya sé dónde está el problema: que cada profesor es un voto y cada estudiante también, ponderaciones arriba o abajo. Por eso la primera de las reformas tendría que consistir en la supresión de las demoburocracias y de las demagogias electoralistas.
La democracia de un hombre un voto funciona y debe funcionar en el sistema político y sólo ahí o poco más que ahí. En la universidad cabe organizar un referéndum para decidir si en una parcela del campus se plantan chopos o castaños de Indias, no para admitir o no a trámite una tesis doctoral o para distribuir las ayudas a la investigación. Por seguir con la analogía, en lo que valga, en un equipo de fútbol las alineaciones no se hacen mediante votación de la plantilla y el entrenador no se escoge con votaciones entre los socios. Porque se supone que hacen falta, en lo uno y en lo otro, los mejores y más capaces. ¿En la universidad no? Si no nos gusta el ejemplo futbolero, imaginemos que en la NASA se decidiera con votación de todo el personal quién será el próximo astronauta o quién controlará desde los mandos de tierra la nave.
La secuencia de las reformas es sencilla, al menos sobre el papel. Primero se pone a las universidades a competir seriamente y se las trata en consecuencia, primando a las mejores y caiga quien caiga. Después, como las primeras interesadas en mantenerse a flote y salir bien paradas serán ellas mismas, tocaría reformar el régimen del profesorado y su selección. ¿Cómo?
Para empezar, imaginemos que actualmente en la Universidad X trabaja el profesor Y (iba a decir el profesor Z, pero mejor evitar ciertas contaminaciones expresivas), que es una figura mundial en su campo y, si queremos extremar el caso, claro candidato a un premio Nobel. Vamos ahora con unas preguntillas. ¿Qué posibilidades reales tiene el profesor Y de cambiar a una universidad mejor y que le ofrezca mejores condiciones para su labor? Respuesta: prácticamente ninguna, eso lo sabemos. ¿A qué mejoras en su trato y su remuneración puede Y aspirar, en consonancia con su prestigio y su excelente trabajo? En universidades españolas, prácticamente a ninguna. ¿Qué posibilidades tiene una universidad española de atraerlo para integrarlo en su plantilla, en el supuesto, ciertamente extraño, de que alguna tuviera interés? Muy escasas, pues habría dificultades jurídicas, burocráticas y político-académicas, empezando porque, desde dentro, los colegas y el departamento correspondiente pondrían toda clase de zancadillas, no vaya a hacerlos de menos o no sea que le quite la posibilidad de promocionar a uno de allí y que es muy apreciado en Villaconejos y su entorno. ¿Podría el profesor Y largarse a una universidad o centro de investigación extranjeros, con gran mejora de medios y de sueldo? Sin duda, a muchas anglosajonas sí. Lo recibirían con los brazos abiertos y la chequera en ristre si él concursara allá o, incluso, lo tentarían ellas directamente. He dicho anglosajonas y ¿no se cuenta que con estas reformas que aquí están en curso se pretende implantar un modelo del estilo del norteamericano? Ya, y yo con estos pelos.
Investigación competitiva (y no sería muy diferente para la docencia) es la que se hace en el marco de la competición entre los investigadores y las instituciones, no la consistente en mandar cada tanto un montón de papeles absurdos a una comisión de colegas encapuchados para que te ajusten cuentas y, si sale bien, te digan que estás muy acreditado o que ya puedes cobrar cien euros más al mes. Si nuestras universidades tuvieran en verdad que trabajarse la calidad de sus resultados, se pelearían por los profesionales más competentes. O sea, exactamente lo contrario de lo que vemos aquí y ahora.
No tenemos que perdernos en detalles técnico-jurídicos de cómo habría que organizar el sistema, pues se supone que lo primero es la voluntad política de hacer universidad en serio y, luego, se adaptan las normas en lo que sea necesario. Pero habría que romper, al menos en parte, ese vínculo funcionarial vitalicio entre la institución y su personal, al menos en lo que tiene de cadena que inmoviliza a cada profesor en su universidad, pues no tiene otra a la que ir aunque quiera, salvo que sea fuera de España o salvo que su clan le prepare un sitio por razones que no suelen tener que ver con su competencia. Con las garantías que sean necesarias, que funcione la oferta y la demanda y que se fuerce a los demandantes a pelear por los mejores. Y entre los mejores, por supuesto, también los extranjeros. Porque resulta que somos (casi) todos la mar de cosmopolitas, pero aplicamos el rancio principio de que la universidad de este pueblo es para los de este pueblo y sólo para ellos.
Un profesorado reconocido seriamente y con buenos estímulos de todo tipo tendría muy buenas razones para trabajar, y más si ésa es su vocación y está bien dotado para ello. No como aquí y ahora, donde la vocación de cualquiera se pudre entre papeleos baratos, politiquillas de baja estofa y mediocridad asfixiante. Pero ¿quién quiere en este país una buena universidad? ¿A quién diantre le importa aquí la universidad?

01 enero, 2010

Jefe y modelo de empresarios. Por Francisco Sosa Wagner

Un empresario de mucho tronío, jefe por más señas de los empresarios españoles, acaba de declarar: “yo no hubiera comprado jamás un billete de avión de esa compañía”. Cualquier persona, habituada al mundo del trasiego comercial y del “marketín”, aseguraría que la tal compañía era justo la que a él le hacía competencia y le desbarataba los números de la cuenta de resultados. Lo sorprendente es que es la suya propia. Es decir, que él -el empresario reconocido- no adquiriría jamás sus propios productos. Mayor sinceridad no cabe y como es poco frecuente tal actitud en el mercado, pues debe saludarse con el reconocimiento debido.
Es verdad que este hombre podría haber anunciado esa su determinación antes y no ex post y así hubiera preservado mejor a sus clientes de errores fatales. Pero como estamos ante un cambio muy ambicioso en las costumbres mercantiles es bueno que los pasos se vayan dando poco a poco. Lo contrario sería hacer una revolución y ya sabemos en qué paran la mayoría de ellas: en un dictadorzuelo que se las merienda en algarabía de muertos y en manguera de sangre.
Más prudente resulta hacer las cosas paso a paso y, es justamente en este sentido, en el que la declaración del empresario glosada adquiere su magnífica dimensión. De momento ha dicho, a toro pasado, que él jamás compraría lo que vende. El próximo paso será hacerlo, a toro pasando, es decir, cuando mayor es el peligro y más acusada la emoción. Tiempo al tiempo, que todo se andará si avanzamos con mesura.
Pues se convendrá conmigo que uno de los grandes inventos de la modernidad ha sido el “marketín” (que rima con “maletín”). Incluso se enseña en la Universidad, como antaño, en épocas más aflictivas, se enseñaba el latín, y hay cursos, másteres y doctorados en este ramo que pasan por los más codiciados de la oferta docente. Ser hoy especialista en “marketín” es como haberlo sido ayer en las enfermedades del aparato urinario o en la ley hipotecaria. Un prestigio inmenso y una gloria para las familias de prosapia. Se complementa el “marketín” con otra materia “curricular”, el llamado “mercadeo” que en español se dice “merchandising”. Juntos forman lo selecto de lo más selecto en punto a modernidad y pujos comerciales.
Sin duda, la conjunción de estos saberes es lo que ha llevado al empresario citado a hacer esta afirmación de desmesurada honradez. Pero como estamos ante ciencias vivas que no paran de renovarse y expandir sus fronteras, procede ahora seguir sus avances y, sobre todo, empezar a pensar en extender sus enseñanzas a otros ámbitos de la realidad.
¿Qué tal si un obispo protestante dijera en el sermón dominical que él jamás se apuntaría al credo luterano? ¿Y si un rector anunciara a los estudiantes que quisieran matricularse en su universidad que él no lo haría ni nublada las entendederas por el alcohol? ¿O un escritor anunciara en la contracubierta que hay que estar muy zumbado para adentrarse en las páginas que ha perpetrado? ¿O un político, finura de todas las finuras, asegurara que sus siglas son las que deben evitarse a todo trance a menos que se quiera ver reducido su país a escombros y ruinas?
Por ahí deberían circular los nuevos modos en este año que asoma su coturno y en el que es preciso destruir mitos y certezas. Esta, la de abrir un nuevo capítulo en la disciplina del “marketín”, se perfila como muy estimulante.
Yo empiezo anunciando a mis lectores, para ponerme al día, que a nadie se le ocurra leer en el tiempo venidero una sosería.

Una cita para empezar el año

Pero no todos nuestros contemporáneos dan el mismo uso a las herramientas que les brindan. No todos pretenden hacerse una opinión ponderada. Es con frecuencia el obstáculo de la lengua lo que les impide interesarse por medios diversos; pero hay también una disposición de ánimo, muy extendida en todas las naciones, que hace que sólo una minoría muy reducida sienta deseos de daber lo que dicen "los demás"; mucha gente se limita a escuchar las opiniones que dicen lo que ellos quieren oír.
Por cada persona que navega atentamente de un universo cultural a otro, por cada persona que pasa como si tal cosa de la página web de Al-Yazira a la de Haaretz y del Washington Post a la agencia de prensa iraní, hay miles que sólo "visitan" las de sus compatriotas o las de sus correligionarios, que sólo beben de las fuentes que ya conocen, que lo único que buscan en sus pantallas es reafirmar sus certidumbres y justificar sus resentimientos
”.
Me permito un comentario. A escala de un país, por ejemplo éste, ocurre otro tanto: cuántos ojean sólo un periódico, el de su orientación política preferida, o escuchan sólo una emisora de radio, por idéntico motivo. Sólo para leer u oír a los suyos. Penosas ortodoxias, dictadura de del credo acrítico, miedo.