07 julio, 2013

¿Por qué son ciegas nuestras instituciones?



                Hoy voy a arrancar de una anécdota personal, para, después, elevarme un poco a una cuestión teórica bastante compleja. Esa referencia personal puede sonar o bien muy inmodesta y soberbia, o bien un compungido lamento. No pretende ser ni una cosa ni la otra. Llevo una vida profesional muy dichosa y creo que no padezco, o apenas, los síndromes típicos del catedrático, los del nadie me quiere, todos me envidian, no me reconocen porque se celan de mi valía, etc., etc. No es eso, no mantengo conflictos personales por causa de mi trabajo. Lo que sí me plantea tremendos enigmas es el funcionamiento de las instituciones y su disfuncionalidad congénita. O, en otras palabras, el total divorcio entre lo que como justificación de las instituciones se proclama y la práctica de las mismas, que niega tajantemente esos fundamentos.

                A los ejemplos para abrir boca. Comenzaré con uno que no me concierne, aunque se trata de amigos. En una Facultad de Derecho española hay todo un departamento de expertos en teoría de la argumentación jurídica. Han escrito obras capitales de la literatura sobre el tema en español, son internacionalmente muy conocidos como especialistas en tal materia y sobre ella organizan una maestría que tiene grandísima demanda internacional. Pues bien, al hacer en esa Facultad los nuevos planes de estudio, no se quiso introducir con el realce normal una asignatura sobre dicho tema, tema hoy unánimemente considerado como de importancia grande en la formación de los juristas. Mi curiosidad no se refiere a los móviles personales de los que votaron en los órganos universitarios contra esa asignatura o a favor de cualesquiera otras, pues andaría cada uno abonado su pequeño huerto, sino que versa sobre la incapacidad de la institución, en esta ocasión aquella universidad de mis colegas, para aprovechar al máximo la especialización y el nombre de su personal. ¿Por qué una universidad es ciega, incapaz de ver el valor añadido de una parte de su profesorado y que le puede dar a esa universidad la mayor proyección y elevar su prestigio? En otras palabras, y utilizando una analogía que se entenderá sin más explicación: ¿por qué las prefieren tontas, o menos listas?

                Ahora mi caso personal, que espero que no se malinterprete. Porque ésa es otra, en España no se puede hablar de uno mismo si no es a riesgo de ofender a media población. Estas líneas las estoy escribiendo, tarde del sábado 6, en un hotel de Buenos Aires. He venido, invitado por la Universidad de Buenos Aires, para impartir un curso de doctorado sobre cuestiones de argumentación jurídica. Sobre argumentación jurídica, en sus muchos aspectos, desde oratoria y técnicas retóricas en la práctica del Derecho hasta fundamentos filosóficos del modelo argumentativo de racionalidad, he dado cursos teóricos y prácticos, conferencias y ponencias en unas veinte universidades, por lo menos, de una docena de países. También tengo en mi haber un puñado de publicaciones en dicho campo y en unos pocos idiomas. En el ámbito práctico he impartido sobre eso cursos y seminarios para escuelas judiciales, colegios de abogados, empleados de la Administración, etc.

                En la ciudad donde vivo y trabajo existía una Escuela de Práctica Jurídica. Jamás fui convocado a hablar en ella de algo tan práctico como eso que ya he mencionado. Había una asignatura sobre oratoria forense o algo por el estilo. Ni para una charlita se me contactó jamás. Era una abogada del lugar, a la que no conozco, la que se hacía cargo. Nada puedo criticar de su labor, pues no sé cómo era.

                Ahora esas enseñanzas se convierten en máster universitario, en uno de esos másteres profesionalizantes, así se los llama, pues habilitan para el ejercicio de la abogacía, y tal vez de más oficios. Grandes negociaciones para ver quién se lleva el gato al agua, quién gobierna ahí y quién tiene más docencia, si los abogados del respectivo Colegio o el profesorado de la Facultad de Derecho. No me inmiscuyo en ese género de tratos y negocios, no me interesan. Mi “montaje” personal y profesional es sencillo y puedo proclamarlo a los cuatro vientos: objetivo primero, dar buenas clases a mis estudiantes ordinarios y esmerarme en dicha docencia; objetivo segundo, tener tiempo para la lectura y la escritura, para investigar y publicar cosas que me satisfagan un poco y que me permitan mantenerme en un nivel digno; tercero, conservar la libertad y el tiempo, la disponibilidad, para viajar por ahí cuando me inviten y el plan me convenga. En los últimos doce meses he tenido conferencias o ponencias en unas cuantas universidades españolas y en universidades e instituciones colombianas (tres veces, tres viajes), mejicanas, argentinas y dominicanas. Pero ese es mi plan de vida y con mi pan me lo coma yo, por supuesto que sí. Y no todo es tan grato o envidiable, y menos cuando ya se peinan canas. Muchos aviones y aeropuertos, demasiados hoteles, el cuerpo que ya se rebela más de una vez, estrés, afonía ocasional, madrugones, horarios inverosímiles…

                Así que a lo que íbamos. Llegan papeles en mi Universidad diciendo que el que quiera que se proponga y proponga su asignatura para ese máster de la abogacía. Servidor a lo suyo. Pero amigos leales me convencen: hombre, tiene que haber algo de argumentación y oratoria y esas cosas, propón alguna cosa. Pues propuse. Me llama el negociador por parte del Colegio de Abogados: que muchas gracias y que qué bien y que hay en el plan en elaboración unas cinco horitas para ese asunto, en un curso compartido con ¡informática jurídica!, y que ahí pueden meter mi asignatura. Como en el fondo me da igual que sean cinco horas, veinticinco o ninguna, le respondo que bueno, que vale.

                Cambia el equipo decanal y se replantean esas negociaciones que imagino tediosas. Veo o, como no presto mucha atención a muchos papeles, quienes trabajan conmigo ven que la asignaturita en cuestión se mantiene en la programación de marras. De acuerdo, nada que decir. Estos días llega el plan definitivo y esas mismas personas que conmigo laboran me dan la noticia: mira, esa asignatura, con esa mierda de horas, nos la han quitado a nosotros, sin avisar ni nada y después de habernos pedido el programa y no sé qué, y se la han asignado al profesorado del área del señor Decano, área superpoblada y dispuesta a dar Teodicea o Biología Vegetal, si hace falta. ¿Que qué opino yo? Pues que muy bien, que me trae al fresco y que doy gracias a los dioses por no estar tan jodido como para tener que pelearme por cinco o diez horitas de docencia y por no ser tan así como para arrebatárselas a otro, con artes de carterista. Es como cuando se me ocurre darle medio euro a un pobre que pide a la puerta de la catedral y el acompañante de turno me sale con eso de que a lo mejor se lo gasta en vino. Y a mí qué, bastante desgracia tiene con su pobreza y si el vino lo consuela de ella, alabado sea Dios. Pues con esto, igual.

                Ahora ya podemos trascender de la anécdota a la categoría. He quedado en que de las miserias, las fortunas o los imperativos vitales de las personas de carne y hueso, colegas incluidos, no me interesaba tratar aquí. Básicamente no me importan en ningún sentido. El enigma son las instituciones, en este caso las universitarias. Añadan, si quieren, esos curiosos entes corporativos, en este caso un Colegio de Abogados de una ciudad pequeña y donde cien euros te pueden salvar el mes.  Y las instituciones no tienen mala fe; ni buena. Pero ellas están justificadas por un rendimiento y funcional y legalmente compelidas a maximizar la eficacia en el uso de sus recursos y a dar un servicio de la mejor calidad. Se supone que si en la Facultad de Derecho de la Universidad X se enseña Derecho Penal, pongamos por caso, a esa Universidad le convendrá mucho más que se enseñe muy bien por un profesor excelente y preparadísimo, que muy mal y a cargo de un zampabollos que sea un vago de siete suelas. ¿Por qué? Porque se hablará mejor de ese título y esas enseñanzas, porque saldrán mejor preparados esos estudiantes y obtendrán mayores éxitos profesionales, porque ese mismo profesor hará seguramente investigación de calidad y contribuirá a que esa universidad suba en las clasificaciones, etc.

                Pues no es así. A las universidades les tiene sin cuidado un detalle como ése de quién imparte qué en tal o cual título. Todos somos iguales e hijos de Dios y todos servimos lo mismo para un roto que para un descosido. Enrique Santos Discépolo lo explicó hace tiempo de manera insuperable: “es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador... ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! Lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazaos ni escalafón, los ignorantes nos han igualao”. Clavadito y profético.

                Acéptenme como hipótesis o sin ir a la justicia o no de fondo que yo mismo tenga ese prestigio labrado en asuntos de argumentación jurídica y tras bastantes años de trabajo en ese tema. Estará fundada o será postiza esa cierta fama, no sé, pero también vivo de ella. No es que yo lo afirme, es que, repito, ahora mismo estoy en Buenos Aires hablando de eso y para hablar de eso a unos doctorandos de este lugar me pagan el avión, ocho días de céntrico hotel y mis honorarios. En León lo haría gratis (o sea, con cargo al sueldo que esa Universidad me paga) y sin coste para nadie, como parte de mi carga docente, por supuesto, pero sin reparar en regalar horas a mayores, si falta hiciera. Así que la pregunta es: ¿por qué mi Universidad no me pide que explique de ese asunto en un máster suyo en el que viene directamente a cuento, mientras que en otros lugares se gastan unos dineros para tenerme en el plantel de tal maestría o tal doctorado y con esa misma temática?

                Rechazo toda hipótesis de conspiración, envidias, celos y similares. Es mucho más sencillo que eso, y ahora vamos al grano. En mi Universidad, como en cualquier otra, todos y cada uno de los que pueden proponer y decidir, desde el Rector hasta el Vicedecano que lleva esto o lo otro, no tienen ni la más remota idea de que en la plantilla de allí mismo hay, pongamos, un iusfilósofo que tiene fama internacional en esto, o un penalista que la tiene en aquello o un civilista que es autoridad acreditada en tal rama de esa materia. En mi misma Universidad está en plantilla un compañero iusfilósofo que es una de los más reconocidos expertos mundiales en Derecho de la Unión Europea y que dirige la más o una de las más prestigiosas revistas internacionales de Derecho Europeo, editada por Springer. No pasamos de tres los que en la Universidad de León estamos al corriente de ese dato. Cuando aún se convocaban titularidades, un mandanga con alto cargo universitario no le tramitó su solicitud porque faltaba un papelito de nada, y calló durante meses hasta que se consumó el imposible. Todavía se creerá que estuvo muy fino y que se mueran los guapos. Es lo que tienen los tontainas, que cuanto más se miran con el dedo en la nariz, más se gustan.

                Tenemos ahí el meollo de la cuestión. Qué es lo que bloquea las instituciones y las vuelve incapaces para funcionar de modo acorde con su razón de ser, las inhabilita para rendir la prestación que de ellas se espera y las convierte en puro subterfugio autorreferente y vacío, una inanidad retroalimentada de intereses espurios. Salvando las distancias que se quieran, podríamos buscar mil y un ejemplos más relevantes que estas anécdotas de las que he partido. ¿A qué se debe que, con la cantidad de expertos en Sanidad y en Administración Sanitaria que hay en España, algunos sin duda militantes o simpatizantes del PP o del PSOE, la Ministra actual de Sanidad, nada menos, sea Ana Mato y la de hace cuatro años Leire Pajín? Hombre, visto así, consuela. A explicar oratoria o argumentación a los abogados de mi orgullosa ciudad van a mandar pasado mañana de mi Universidad a un tal Fulgencio Mindundi, que en su desdichada vida jamás pensó que tendría que acabar impartiendo docencia sobre oratoria forense, él que no es ni orador ni forense, igual que en el Ministerio que dirige los temas sanitarios colocan últimamente a unas “tías” que ni son médicos ni saben de administrar nada importante ni diferencian un bisturí de un calzador. Pues genial, pero por qué pasará eso, siendo tan fácil un manejo normalillo y eficiente y teniendo personal apto para lograrlo.

                No veo mejores herramientas teóricas para dar razón de tan extraños desajustes que las que nos brinda una cierta teoría de sistemas en zapatillas, un luhmannismo de andar por casa. La explicación se halla en que las instituciones han sido colonizadas por sistemas sociales ajenos a las instituciones mismas y a su función. Si la función que justifica, por ejemplo, una universidad es la docencia de calidad y le investigación de alto nivel, esa universidad ha de estar organizada para, de manera poco menos que automática, seleccionar, motivar e impulsar a sus mejores profesores e investigadores. ¿Por sentido de la justicia y para reconocerles a ellos su esfuerzo? No, por una especie de interés egoísta de la propia institución, porque si su personal no es bueno y no rinde bien, se supone que esa institución, que degenerará en cuanto a la calidad de sus prestaciones y su servicio, se irá al carajo, se hundirá y acabará desapareciendo. Si las asignatura del máster en no sé qué las dictan el dr. Mindundi y todos sus primos del clan de los Mindundis, se desprestigiará el máster, se quedará sin alumnos pronto, habrá que cerrarlo… El problema de nuestras instituciones públicas es que están blindadas contra la desaparición y dispuestas para asegurar la impunidad de los que las inhabilitan para rendir honestamente. Nuestras instituciones, empezando por la Universidad, se rebelan contras las exposiciones de motivos de sus normas reguladoras y se prostituyen para que tales o cuales personas o grupos alcancen otros fines bien diferentes.

                Ahí le duele. Las instituciones están ocupadas por personas que no las sirven a ellas, a cambio de un sueldo, por supuesto, sino que se sirven de ellas. Lo grave es que ellas se dejan y el poder político consiente el envilecimiento. Los que están dentro de las universidades, por ejemplo, se valen de ellas para fines que no solamente no son los de la institución respectiva, sino que se contradicen con ellos y bloquean su logro. Empezando por el rector, que casi nunca busca desde su cargo algo distinto de un poder lelo y para lucirlo ante las cuñadas y que no tiene más aspiración que la de trabajarse desde este cargo otro para mañana en la política o en algún banco. Siguiendo por tal o cual decano o vicedecano, que no está en el puesto para que algo mejore en los frutos de esa facultad, más bien para ganarse sus doscientos euretes más al mes o para tener un certificado que presentar a la ANECA haciendo constar que ya tuvo un cargo y que cuantísimo mérito. Y así. La clave está en que ninguno se juega nada si lo hace fatal y hunde más a su facultad o su universidad. Cada cual ya habrá logrado lo suyo y después de mí el diluvio. Esta Roma sí paga a traidores, y los premia y los encumbra. Es a los leales a los que desprecia. Pero, repito, no cabe mucho reproche a los que bajo esas normas y tales condiciones juegan y juegan para sí, sino a las normas que regulan la marca de la institución y que permiten o fomentan ese sabotaje interno y constante.

                En otras palabras, la universidad se hunde y está hundida porque ha llegado a la suprema y definitiva paradoja, aquella de la que no hay vuelta atrás: quien, cobrando de la institución, trabaja en ella mucho y bien y le da fama, recibe de la institución la indiferencia, cuando no el desprecio. Y quien quiere tener de la universidad el aprecio y el mejor trato, no debe perder el tiempo con la buena labor, sino que ha de dedicarse a hacer pasillos, conspirar para las próximas elecciones, negociar horitas y asignaturillas con oscuros funcionarios y profesionales apolillados y pedantes, rellenar informes, memorias y memorandos, reírle las gracietas al tarugo que es director del área de no sé qué, humillarse ante cualquier sobrinísimo, tratar de don al capo del respectivo pasillo, etc.  Ocupado cada cual en su parcelita, enclaustrado cada uno en tan vacuas labores, angustiados por el temor de perder aquella asignatura, de que me quiten este despacho grande, de que no me reconozcan el quinquenio, de que perdamos el decanato y no podamos cambiarle el nombre a la Facultad, yo qué sé, lo menos que puede importarle a cualquiera es quién y cómo se imparte Derecho Tal o Derecho Cual. Podría hacerlo un honesto conserje y nadie se alteraría ni lo notaría, salvo que metiera mucho la pata al calificar y los alumnos se revolucionaran.

                Como parte de la regeneración de este país, tan urgente como inviable, sería imprescindible emprender una campaña de rescate de las instituciones, dotándolas de nueva normativa de funcionamiento y a fin de poner en sintonía su función justificadora con sus estructuras reales y su rendimiento efectivo. Pero, a las alturas que estamos, es más que probable que no sea de ninguna manera posible ya. Esto es el sálvese quien pueda y tonto el último. Algunos lucharán a brazo partido por unas horillas más de clase o por un carguito de vice algo o por un diploma de experto en micción sostenible. Otros, por fortuna para nosotros, y discúlpenme, ya no estamos para chiquilladas y frivolidades, pues al cumplir los cincuenta empezó la cuenta atrás. Se pueden meter las pequeñeces donde les quepan y esperar a que les crezcan y les den gusto.

                Es sábado, cae la noche, y dentro de un rato me voy con unos colegas y amigos a cenar un buen bife de chorizo y a escuchar tango en un buen local que se llama La Viruta, allá por el barrio de Palermo. En verdad, no sé ni para qué acabo de escribir todas estas bobadas. Sorry. Pero ya están, y aquí las dejo. Sirvan nada más que de invitación para trascender las miserias personales, incluidas las mías, y para que veamos cuán necesario es que encontremos patrones adecuados para el análisis y estudio de las instituciones públicas y de su funcionamiento. Una institución que funcione tiene que ser ciega, pero de otra manera: no puede tener compasión de nada ni nadie que la perjudique en su legítimo hacer y no puede, sin deslegitimarse, prescindir de ninguno que mejore sus resultados y la haga competitiva. Justamente lo contrario de lo que día a día vemos. No debería aplicarse dinero público al mantenimiento de antros, de tugurios. O reforma o cierre.

04 julio, 2013

El país que somos y que tenemos



                Una de las razones por las que dentro de unos años pensaremos que hemos salido de la crisis y que qué contentos, pero seguiremos siendo un país cutre y abocado a vivir de otros o a engañar a los que podamos será porque perdemos oportunidad tras oportunidad para regenerarnos y convertirnos en algo digno.

                Salvando todas las distancias que haya que salvar, creo que en las últimas décadas ha habido dos principales ocasiones desaprovechadas. Una fue con la llegada del PSOE al gobierno, en 1982. Entonces una parte del país estaba resignada a que a esto se le diera la vuelta completamente, desde las instituciones hasta los más tradicionales usos y modos. En lo profundo se fracasó, debido a que las estructuras caciquiles y los grupos de siempre dominantes supieron enseguida hacerse con las riendas de la situación, favorecidos también por una organización constitucional del Estado que, en el 78, no tuvo en cuenta que al viejo caciquismo le bastaría cambiar unos pocos conceptos y varios eslóganes para que el clientelismo y todas y cada una de las corruptelas se perpetuaran al más viejo estilo. Y debido también a que los líderes de aquel partido que se decía socialista ni tuvieron la fuerza moral para resistir los cantos de sirena de la riqueza fácil ni la entereza para parar a tiempo la podredumbre en sus filas.

                El segundo gran fracaso para la regeneración institucional y moral de España está ocurriendo ahora mismo, con esta mayoría absoluta que una sociedad acostumbrada a delegar los trabajos y las responsabilidades ha puesto en manos de Rajoy y el PP con ocasión de una crisis económica feroz que es culminación de una moral social en decadencia. En verdad no era seriamente esperable para cualquier observador no obnubilado que este partido, que es un puro nido de sinvergonzones redomados, emprendiera ninguna reforma seria y bienintencionada, pero sobre el papel ese poder lo tuvo, y la sociedad estaba mentalizada para afrontar unas cuantas transformaciones importantes. Nada relevante está cambiando ni va a cambiar tampoco ahora, más allá de que la política de recortes y de esquilmado de las clases medias-bajas termine o no en un alivio de la situación económica general.

                Sea como fuere, me parece que lo que nos suele fallar, politólogos incluidos, es el diagnóstico de cómo somos y qué tenemos. Y mientras no haya un veredicto tan objetivo como inclemente no estaremos en situación ni de explicarnos nuestros males ni de administrarnos terapias que no sean estos placebos con los que ahora se nos trata. Continuamos con un exceso de autoindulgencia, entre el maniqueísmo de unos y la ley del embudo de otros, buscando terceros a los que echarles las culpas, pretendidos enemigos que unas veces son enemigos de clase, otras extranjeros, otras los del pueblo de al lado.

                Estaré equivocado, pero creo que en la España de nuestros días son incontestables las siguientes características, cuya síntesis provoca esta catástrofe que es a la vez moral, política, jurídica y económica.

                1) Estamos en manos de unas élites descaradamente extractivas, de un conjunto de gobernantes políticos e institucionales, a todos los niveles y en cualesquiera escalas, cuyo designio crucial es el propio y máximo beneficio, la obtención de las mayores ventajas económicas y sociales para sí mismos y sus círculos, sea por vía legal o ilegal, valiéndose de los recovecos de las leyes o vulnerándolas sin reparo.

                Naturalmente que en todo hay excepciones y que estoy generalizando, pero creo que no hay injusticia al describirlo así: una parte grande, la mayoría incluso, de los que, aquí y ahora, desde parlamentos, gobiernos, consejerías, alcaldías, diputaciones etc., se dedican a la política son corruptos sin paliativos o están en lista de espera para forrarse a golpe de comisiones ilegales, enchufar a los suyos, autogestionarse pensiones y compensaciones de lujo, etc. En síntesis, nos hallamos en manos de ladrones y desaprensivos, y los que no lo sean y militen en los partidos dominantes verán constantemente bloqueado su ascenso político, y si pertenecen a partidos pequeños probablemente van a quedarse para siempre en la irrelevancia y la protesta nada más que testimonial.

                2) Entre las élites políticas, por un lado, y éstas y los grupos económicamente dominantes, por otro, hay un auténtico concierto para delinquir. Es obvio que el PP y el PSOE, y no sólo, son grupos total y absolutamente corroídos por el delito y los más ilícitos manejos. Los llamados casos Bárcenas y ERE no son sino más que la cima de una enorme montaña, las partes más espectaculares y visibles de todo un aparato putrefacto. Quien los vote, antes y ahora, vota corrupción y vota por algo más sólido y denso que este o aquel partido: el sistema mismo de la suciedad, los fundamentos del latrocinio nacional. Hasta tal punto hay una identidad, una identificación y un tácito apoyo mutuo entre los dos partidos  a la hora de maximizar el beneficio de sus cuadros y protegidos, que practican una muy eficaz simetría en sus quejas e imputaciones. Cuando, con apenas un par de semanas de diferencia y frente a la judicatura que los pone en la picota, tanto dirigentes del PP como del PSOE declaran que los jueces están planteando una causa general contra el respectivo partido, tratan de achicar el campo de juego y de mostrar que no caben argumentos fuera de ese terreno de sus idénticos argumentos. Entrar a ese planteamiento argumentativo de los partidos y darles el menor crédito es consumar la irremisibilidad de nuestro cruel destino como país que no puede conocer la política honrada.

                Por supuesto, las grandes empresas, y en particular los bancos, tienen cogidos a los partidos por salva sea la parte y jamás de los jamases de esos partidos dominantes va a salir una reforma que acorte privilegios o permita castigar tamaña criminalidad de cuello blanco. Son muchos millones de euros de créditos condonados, hay una continuo ir y venir entre los consejos de administración y los gobiernos, sabe el político venal que su retiro de oro en una gran empresa se gestiona vendiéndole favores primero. A los políticos más indecentes se les compra con dinero y a los más idiotas se les seduce con unos lujos y unas palmadas. Pero poquísimos resisten la llamada del Rolex y el comedor privado con el presidente de un banco, a media luz los dos.

                3) Parte esencial de esa conversión de los grandes partidos en escuelas de delito económico ha sido el veto o la expulsión de cuantos dirigentes o militantes presentaran el más mínimo rastro de solvencia intelectual o de decencia moral. No cabe, pues, sorprenderse de que los más de los presidentes, ministros, consejeros autonómicos y tutti quanti sean del tipo Magdalena Álvarez o Ana Mato, por mencionar dos nombres de señoras que podrían ir acompañados de cientos de nombres de señores, pero con el agravante de que al buscar para puestos tan relevantes a mujeres tan brutas como poco ejemplares, se socava también la seriedad al exigir la paridad en el poder entre los sexos. Se está consiguiendo la paridad: casi tantas acémilas como lerdos y tandas corruptas como trincones.

                4) Un objetivo básico de semejante camada de desaprensivos y mafiosos es la ocupación plena y el manejo absoluto de las instituciones básicas del Estado, muy en particular las que puedan ejercer algún control sobre los desmanes y ponerles límite o sanción. En este momento la batalla decisiva y final se libra por el poder judicial. El Tribunal Constitucional se ha ido perdiendo paso a paso para la causa seria de la Constitución y del Estado y a día de hoy ya no sería gran perjuicio que desapareciera. El control de constitucionalidad es necesario y la protección de los derechos fundamentales por un órgano así es de elevada importancia, pero mejor es que tales mecanismos no existan, que no lo que vamos camino de ver para siempre: la descarada instrumentalización del Tribunal Constitucional para los fines más espurios de los partidos más desleales con la Constitución y con su base moral.

                Aunque está controlado por la misma mecánica perversa el Consejo General del Poder Judicial, les faltan los jueces, esos jueces de a pie que instruyen e imputan. Esa es la suprema lucha ahora mismo, tales jueces y magistrados constituyen la última esperanza para que este Estado no sea plenamente, de hecho y de Derecho, un Estado delictivo en manos de pícaros sin tasa. Se va a perder esa batalla casi con toda seguridad, o quedarán en nada los esfuerzos de la judicatura, porque anularán sentencias en las altas instancias que ya están totalmente controladas, con el TC como supremo exponente de la infamia que se avecina y el círculo que se cierra. Y si no, para eso están los indultos. Se acerca una derrota definitiva de los jueces honestos, pero hay que dar esa pelea, aunque sea por pedagogía y para que los ciudadanos de bien no se vean irremisiblemente solos en esta fase terminal.

                Fuera de (una parte de) la judicatura ya no queda casi nada limpio y moralmente no averiado, salvados unos pocos individuos que se van agostando o a los que se prejubila o se traslada o se acosa. Pero no podíamos esperar una imagen tan perfecta de la situación que hay como la que nos ha dado la Corona. Supino engaño consentido, hasta hace poco, por gobiernos y medios de comunicación, la prepotencia, la soberbia y la avaricia del Rey y de la Casa Real toda han roto el cántaro y han puesto a cacarear a su gallina de los huevos de oro. Resultó que el querido monarca campechano era experto en el tráfico de influencias para beneficio propio y de los que a él lo tapaban, maravilloso feedback entre amigos de lo ajeno con distinta ubicación institucional y empresarial, retorno a un feudalismo, pero ahora sonriente y populista, cruda realidad de una Corte que parecía de cobistas, marquesonas y algún catedrático despendolado y que acabó siendo la cueva de Alí Babá, contubernio de expertos en las más sofisticadas variantes del delito económico y traidores a cuantas causas políticas e ideológicas retóricamente proclaman, cruzando los dedos, a modo de somnífero para el público más crédulo. La síntesis de lo hereditario y el arribismo engendra este tipo de monstruos, jefaturas del Estado que se mueven en la alegalidad, en una especie de anomia de sangre azul, y élites políticas que otorgan al Jefe del Estado impunidad y secreto a cambio de unas llamaditas al jeque o al jefe o presidente de tal compañía que les asegure el negocio del mañana o el voto para ir a parar a un organismo internacional tan inútil como bien pagado.

                5) El Derecho se está disolviendo en este Estado que gusta de funcionar por fuera de las leyes. Esa disolución de lo jurídico y de su función no supone la disminución de la actividad legislativa, sino su incremento, pero como legislación simbólica, como normatividad propagandística y donde todo propósito de regir con verdad conductas básicas o de sancionar comportamientos dañinos es sustituido por ínfulas didácticas. La parte de la legislación actual que más se piensa y en la que los parlamentos echan el resto son las exposiciones de motivos o esos primeros artículos en los que, con maña de fariseos, se invocan principios y se finge amor a todas las éticas que se van a violar en las disposiciones adicionales y transitorias.

                La mejor prueba de cómo el Derecho se está volviendo irrelevante, a fin de que las relaciones que a las élites importan se rijan por otro tipo de parámetros, es el frívolo entremezclamiento de lo formal y lo sustantivo. Los mismos a los que se les llena la boca al traer a colación todo tipo de principios de raigambre moral se tornan legalistas estrictos cuando de echar mano de presunciones legales o plazos o caducidades o prescripciones se trata, quienes repiten que la justicia es máximo faro que ha de guiar la labor judicial, no reparan en gastos al insistir en que una absolución por razones formales vale como prueba sustantiva de inocencia. El discurso político se ha juridificado por completo y por esa vía el Derecho se politiza, pues de lo jurídico nada queda al margen de ese uso político de sus normas y categorías. Al licuar la ley mediante una evanescente retórica con moralina barata, al acosar a los jueces para hacerlos dóciles, al someter al pimpampún de las críticas contradictorias las sentencias que al sistema de apropiación mafiosa menos le convienen, al manipular el sistema judicial para que cuente más la persona del juez que la calidad de sus resoluciones, el Derecho se presenta ante la sociedad como herramienta totalmente inadecuada para gestionar conflictos y reprimir atentados graves contra los derechos básicos de los ciudadanos y el interés general. Hay que buscarse la vida por otras vías y con otros medios.

                6) Nos falta el ingrediente esencial de este cóctel explosivo: una sociedad que, en lo moral, vive instalada en la zona gris, en una semianomia que no es anomia del todo porque las normas que a cada uno favorecen sí son seriamente tomadas en cuenta, pero jamás las otras. Esos gobernantes corruptos y esos dirigentes económicos que cultivan los trucos y las maneras de la más enfebrecida delincuencia económica no son mirados por la mayoría social con distancia e incomprensión, sino con una perversa mezcla de admiración y envidia. Nadie les negará el saludo, ninguno se apartará a su paso, no habrá quien de ellos rehúse una invitación para un almuerzo o un café, bien al contrario. Ese bloqueo de las conciencias y el infantilismo de los que anteponen su interés más pedestre a todo respeto a las pautas sociales van ligados a un maniqueísmo o tribalismo que nos hace pensar que los criminales nuestros son, con todo, mejores que los honestos del otro lado, sea el otro lado el territorio de otro ayuntamiento o de otra comunidad autónoma o sea el partido rival de aquel con el que simpatizamos. Un país en el que por sistema los sinvergüenzas más comprobados y los más indudables delincuentes económicos no pierden voto y apoyo popular, sino que los ganan en cada nueva convocatoria electoral, es un país moralmente enfermo y que no sólo no tiene apego cierto a las normas constitucionales y al tipo de ética que las fundamenta, sino que más bien abomina de las normas y las formas propias y definitorias de la Ilustración y del Estado de Derecho. No habrá de extrañar, en consecuencia, que entre nosotros crezcan los parásitos y los aprovechados, igual que en los pedregales medran las zarzas.

01 julio, 2013

El grito. Por Francisco Sosa Wagner



Anda por alguna exposición importante el famoso cuadro del pintor noruego Edvard Munch “el grito” que sigue causando pasmo y ha dado lugar a polémicas variadas, una de ellas en torno a la pregunta de cómo se puede pintar un grito.

La respuesta es bastante simple: como se pinta la alegría o la cólera o la envidia o los celos. O el canto de las campanas o el mugido del toro. En eso consiste el arte pictórico. El gesto de la reina María Luisa en el cuadro que Goya dedicó a la familia de Carlos IV es más elocuente que si esta mujer hubiera dejado un relato en el que nos contara su vida, sus afanes, sus temores y sus miserias.

En el caso del grito de Munch, y teniendo en cuenta la personalidad del autor y el contexto del paisaje, todo parece indicar que se trata de un grito de horror ante algo que de pronto ve el paseante por el puente.

Pero el grito es proteico y bien podría pintarse -quien tenga habilidades para ello- el grito de asombro, el de dolor, o el grito ante la injusticia o el que reclama atención o el de alegría que también es usual. Puede ser igualmente el grito un reto o el “evohé” con el que las bacantes convocaban al dios Baco. También un insulto descomulgado o un piropo (cuando -como ocurre hoy- los piropos no se llevan por miedo a incurrir en incorrecciones imperdonables).

Ante su sonido turbador nos preguntamos, yo al menos me pregunto: ¿hasta dónde llega el grito? ¿hasta el cielo como se expresa en el dicho popular? ¿trepa por las montañas y se enreda entre los árboles o puede atravesarlas sin emplear esfuerzo alguno? ¿es algo fugaz o, por el contrario, tiene vocación de estabilidad y para no extinguirse se agarra a las laderas de las montañas o de los acantilados bravos? Y ya que hablamos de acantilados ¿qué parentesco tiene con el ronquido de las olas? ¿no será ese ronquido el grito que las olas emiten pidiendo amparo ante su inevitable desvanecimiento? Y lo mismo ocurre con el ciclón o el tornado ¿no son estos desafueros destructores el grito de una naturaleza que demanda cuidados ante las desatenciones que con ella tenemos?  

De otro lado ¿tiene color el grito? ¿hay el grito azul, el rojo, el amarillo y por ahí seguido con la paleta del pintor en la mano? Algún narrador importante ha escrito sobre el grito de la tortuga, ella tan apacible y de la que nunca podríamos sospechar que diera una voz más alta que otra. 

Y por cierto: ¿por qué se grita en el campo de fútbol y no se grita en los cementerios?

Como se ve, todo un rimero de preguntas que cada cual puede contestar a su manera. Y hacerlo, si lo desea, a voz en grito.

Si yo fuera pintor llevaría al lienzo a dos parientes cercanos del grito que son el eco y el susurro. Al eco le dedicaría un cuadro de gran formato para que pudiera oírse  con holgura. Y al susurro uno pequeño donde quedara reflejada la voz de cristal que lo emite.

Y para ganar fama imperecedera pintaría el más moderno y más molesto de cuantos hoy se padecen: el de la señora que tenemos al lado en el tren cuando, a través del móvil, informa a su interlocutor del estado del tiempo y le prescribe el momento en que deben sacarse las croquetas del congelador. A gritos.