06 febrero, 2015

¿Razones para la solidaridad?




   Vamos a ponernos un poco filosóficos hoy, pesaditos tal vez. Me viene esta apresurada reflexión al leer un artículo de Jules Coleman de 1995, “The Practice of Corrective Justice”. Dice Coleman que con un tipo de moral política liberal como la que él defiende, el centro se coloca en el modo en que las acciones afectan al bienestar individual, y que de ahí provienen las razones para actuar. Si nos quedamos solamente con eso, las razones para la acción serían razones siempre egoístas: mis razones para mi acción (o para valorar las acciones de los demás) dependen de cómo valoro que afectan a mi bienestar, dando a “bienestar” toda la amplitud de sentido que se quiera. Pero de inmediato añade Coleman que el modo en que las acciones afecten negativamente al bienestar de otros también me da a mí razones para mi acción, como, por ejemplo, para ayudar a los otros.

   Me parece que en esa tesis se puede encontrar el tipo de tensión o dilema más fuerte que afecta a una moral política de tipo liberal y, por tanto, individualista, pues hay un salto entre el autointerés y el interés por lo que les ocurre a los demás y en lo que a los demás les afecta. O bien la moral política fundamenta que del interés del otro depende también mi propio interés, del bienestar ajeno el bienestar mío, o bien en ese planteamiento que se denomina-liberal individualista hay un salto no fundamentado, una incoherencia en el planteamiento.

   Expuesto de otra manera, por qué debe un individuo obrar en ayuda de otro si eso le va a restar a él algún bien o algún grado de bienestar. Creo que las justificaciones de la generosidad o de la solidaridad, del hacer por otros incluso en detrimento propio, pueden ser de diverso tipo, pero en todas hallaremos una contradicción o, al menos, una tensión con el individualismo liberal. Veamos cuáles pueden ser esas justificaciones.

   (i) La naturaleza en sí generosa o solidaria del individuo. Es decir, en cada persona, al menos en cada persona “normal”, se daría una tendencia “natural” a la solidaridad con el otro, de manera que cuando obro en favor de otro, realizo un impulso natural y mío igual que cuando actúo en mi propio favor o egoístamente. En la medida en que de esa manera también me “realizo”, mi bienestar, al menos como sensación grata o como felicidad, se incrementa cuando sacrifico en favor del otro algo de mi propio interés. El interés de los otros sería también interés mío, y ello de manera puramente “natural”. Ese es uno de los sentidos en que la filosofía tradicional ha venido señalando que el ser humano es un ser social: no sólo somos sociales porque necesitemos de los otros, sino porque también a través del bien de los otros cumplimos nuestro propio bien.

   Así visto, se da la vuelta al problema, y ahora lo que habría que explicar, por atípico o “antinatural”, no es la solidaridad, sino cualquier forma de egoísmo o de acción en el propio interés y cuando el interés de uno compite con el interés de los demás. Si somos naturalmente solidarios y generosos, queda sin fundamento la acción a favor de uno cuando supone perjuicio para el otro. Y, en segundo lugar, habría también que dar explicación al hecho de que entre los otros establezcamos clasificaciones y preferencias: por qué, puestos a sacrificarnos por alguien diferente de nosotros mismos, preferimos a los de ciertos grupos: familia, personas con las que tenemos una relación de afecto, miembros del grupo social, cultural o político al que pertenecemos… O sea, por qué no se manifiesta en nosotros idéntica solidaridad con cualquiera y hacia cualquiera por el hecho de que se trata de un ser humano, sin más.

   (ii) Muy cercanamente relacionada con lo anterior, pero no necesariamente idéntica, es la explicación en clave psicológica o de sentimientos. Nos reconocemos en los otros, nos identificamos en alguna medida con ellos, y de ese dato psicológico nace un sentimiento de empatía. Cuando ayudo a otro estoy sintiendo un tipo de satisfacción similar a cuando me ayudo a mí mismo o estoy representándome un tipo de comunidad parcial con el otro que me permite, en virtud de tal identificación o comunión psicológica, sentir algo similar a como si el otro me ayudara a mí mismo. Esto permitiría también entender por qué nuestra mayor propensión a apoyar a los más próximos y más cercanos cultural y convivencialmente, pues con ellos es más fácil esa identificación, en razón de lo que compartimos (rasgos personales y culturales, modos de vida, lengua y creencias, etc.).

   (iii) La tercera explicación o justificación posible nos remite a formas más estrictas de egoísmo, pero también más elaboradas, de egoísmo menos primario, más complejo. Encuentro razones para mis acciones de ayuda a los otros, aunque me supongan sacrificio mío, porque siento que de esa manera estoy contribuyendo a crear un clima o ambiente grupal que en otro momento puede compensarme o resarcirme esos costes. Es decir, coopero a una convivencia regida por el “hoy por ti, mañana por mí”. Hay en el fondo un cálculo que es autointeresado, pero de ida y vuelta: hago por los otros para que hagan por mí. Si lo vemos así, como solidaridad calculadora, tendremos que asumir que nuestra acción estará mediatizada por ese cálculo de utilidad, de manera que habrá de entenderse que no nos animemos a ayudar a aquellas personas o de aquellos grupos de los que pensamos que no tenemos nada positivo para nosotros que esperar.

   (iv) Una explicación ya marcadamente antiliberal y antiindividualista es la que ofrecen las doctrinas de tipo comunitarista. Más allá de la separación física de nuestros cuerpos, el puro individuo como ser moral no existe, es una entelequia inverosímil. Lo que constituye nuestra personalidad (nuestros gustos, afectos, inclinaciones, preferencias, modos de entender la vida, pautas de comportamiento, etc., etc.) no resulta de nosotros mismos, no nace de una especie de naturaleza interna o íntima de cada uno, sino que es puesto en cada cual por la comunidad cultural a la que pertenece. El autointerés viene a ser parte del interés de la comunidad por sí misma y en sí misma, ella nos hace como somos, nos configura como aleatoria e históricamente le conviene, y a ella, a la respectiva comunidad, se debe antes que nada cada uno, pues sin ella nada sería de lo que es. Las comunidades llamadas liberales serían un modelo más, cultural e históricamente constituido y con lazos internos tan fuertes e insoslayables como los de cualquier otro tipo de comunidad. Así, tanto cuando hace cada uno por sí y para sí, como cuando obra en pro de los otros se limita (fuera de los casos patológicos o de desviación o heterodoxia normativamente reprochables en esa comunidad), en el fondo no opera nada más que según las pautas de esa comunidad y, a la postre, para la perpetuación de la misma y de sus señas de identidad colectiva. Por eso, para el comunitarismo, no tiene apenas sentido pensar en una solidaridad universal del individuo, sino que tiene la solidaridad o la generosidad su sede natural en la propia comunidad o en lo que a la comunidad propia convenga.

   (v) Una explicación o justificación muy compleja es la del estilo del neocontractualismo de Rawls, o la un tanto similar de Habermas y basada en los presupuestos cuasitrascendentales de la acción comunicativa. Haré una reinterpretación breve y no sé si correcta. Bajo este punto de vista, si consideramos al otro, respetamos sus bienes y “derechos” y hasta actuamos en su favor, es porque somos racionales y mantenemos un compromiso constitutivo con la racionalidad. ¿Qué quiere decir que somos racionales? Veamos.

   Uno se pregunta cómo sería la vida de uno sin sociedad organizada, en puro estado de naturaleza y campando cada cual a sus anchas, sin normas de ningún género ni reconocimiento ninguno del otro sino como algo ahí afuera de uno. Y concluye que se estaría peor, se tendría un grado de bienestar y disfrute mucho menor. Luego se pregunta uno de cuántas maneras distintas se podría organizar la sociedad, si de fundarla y echarla a andar se tratara. Entonces se plantea, por ejemplo, una sociedad en la que unos pocos fueran los amos de todo y de todos, y los demás sus esclavos, y concluye que estarían muy bien y muy a gusto… los amos. Mas ¿qué pasaría si a uno le cayera en suerte estar entre los esclavos? Pues que entonces no querría, para nada, vivir en una sociedad tal. De modo que, si lo pensamos bien, asumimos que, si no supiéramos qué destino nos va a tocar en tal o cual tipo de sociedad, escogeríamos todos aquel modelo social que nos asegure a cada cual estar lo menos mal posible si tenemos la peor de las suertes, aquella sociedad en la que esté mejor el que peor esté, partiendo de que cada individuo tenga asegurados unos mínimos de bienestar, en sentido muy amplio de la expresión y empezando por las posibilidades de hacer lo que más nos importa: movernos con libertad, hablar con libertad, elegir ciertas alternativas básicas de vida, etc. Así que, aun con un fondo de autointerés que podemos considerar sano egoísmo, concluimos que lo racional para cualquiera es aceptar un sistema social en el que nadie esté muy mal y aunque algunos tengan que sacrificar parte de su hipotético bienestar o interés en favor de los otros.

   O sea, según dicho planteamiento, la solidaridad nos interesa porque somos racionales, y al ser solidarios en cierta forma, nos comprometemos con esa racionalidad que en nosotros mismos tanto valoramos. El puro egoísta compulsivo no sería irracional por inmoral, sino inmoral por irracional. Y resulta que queremos ser racionales y, por racionales, nos damos cuenta, de rebote, de que es mejor que todos y cada uno de nosotros mantengamos ese compromiso básico con el bienestar de todos.

   Ese enfoque contractualista o neocotractualista tiene algunos problemas. Primero, porque exige de cada individuo autointeresado un cierto desdoblamiento, el desdoblamiento consistente en actuar en su propio interés como lo haría si no supiera exactamente cuál es en cada momento su propio interés. Pero, en segundo lugar, resulta que en cada momento en que yo me planteo, aquí y ahora, qué voy a hacer y si voy a ayudar a otro o nada más que a aumentar mi propio disfrute o mantener el que tengo, sí sé perfectamente quién soy, dónde estoy y qué es lo que más egoístamente me conviene. O incorporo a mi imagen de mí mismo y a mi autoestima ese afán por ser racional según aquel sentido o no encuentro razón para ser solidario.

   (vii) A lo mejor cabe ensayar una hipótesis más. Podríamos llamarla hipótesis de la utilidad marginal del conflicto entre egoístas. Cualquier sociedad la integran individuos natural y plenamente egoístas y entre ellos se constituyen relaciones que son antes que nada relaciones de fuerza y de poder. Buscando cada quien maximizar su bienestar y su disfrute, los más fuertes, inteligentes o hábiles imponen su poder y su gobierno a los otros y les dictan normas, las normas que a esos mejor situados más les convienen. Y esas normas así impuestas no son solamente normas jurídicas, sino normas de todo tipo, empezando por las normas morales. La dominación es tanto más efectiva cuanto más efectivas son tales normas y, al tiempo, la eficiencia social es tanto mayor cuantas más de esas normas impulsan a la cooperación, al sacrificio y a ciertas formas de generosidad. Y cuanto más eficiente es la sociedad, mayor es la ventaja y el grado de disfrute de los que dominan. Todo individuo sería naturalmente egoísta e insolidario, y la solidaridad obrante en la sociedad sería fruto de la manipulación y de la imposición interesada por parte de los que en esa sociedad tienen más poder y mayor ventaja. Todo el entramado de normas y creencias tendría carácter puramente superestructural, en el sentido marxiano de la expresión.

   Resulta curioso pensar que este último planteamiento tiene mucho que ver con ciertos aspectos del liberalismo, pero también con otros del marxismo. La explicación o diagnóstico que de la evolución social daba Marx es de este jaez, las diferentes configuraciones sociales históricamente acontecidas provendrían de los resultados de la competición entre individuos fuertemente egoístas y que buscan la dominación de los otros y, cuando la logran, en los otros imponen las ideas y las normas que convienen a su dominio. Es la receta de justicia social lo que en el marxismo originario estaba en tensión con esa visión de lo social como competición feroz entre sujetos egoístas y hasta desalmados. Quizá por eso Marx buscaba la coherencia de fondo de su doctrina explicando que el paso a la sociedad comunista, como sociedad perfecta y radicalmente solidaria (de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades), no sucedería de resultas de un proceso de reflexión racional o de pura acción moral de los sujetos, sino como efecto de la quiebra interna de lo económico, del modo de producción capitalista. Es la mecánica social y no la acción racional lo que, hegelianamente, lleva a la culminación de la forma como sociedad justa y sin Estado, sin contradicciones estructurales y sin competición entre los individuos.

   El leninismo significó ahí la gran paradoja: desconfiando de esa evolución puramente “mecánica” o resultante nada más que de las frías leyes de la Historia, que son leyes económicas, remoralizó el marxismo: es la vanguardia del partido la que, con un impulso moral o de justicia, debe luchar por la imposición, violenta, del orden social justo; debe hacerse esa vanguardia con el poder del Estado para, desde esa forma suprema de dominación, destruir el Estado y la dominación toda. Y seguramente con eso confirmó el veredicto de fondo del marxismo sobre las claves de la sociedad y del poder, pues el poder del Estado dio a las élites del partido la forma de dominar, imponer y explotar. Hasta que, curiosamente, fue el crack económico de esos Estados lo que terminó con la dominación de ese grupo y de esa manera.

   También esa misma hipótesis sobre la constitución primera de lo social como agrupación de individuos irremediablemente egoístas que gracias a la dominación consiguen precisamente sociedad está en la base de al menos una buena parte del liberalismo economicista. Sólo que ese liberalismo, a diferencia del marxismo, no proyecta hacia el futuro la síntesis de las contradicciones en forma de universal solidaridad y de fin de la Historia como combate entre los humanos, sino que hace de la necesidad virtud y justifica que el mayor interés de todos puede cumplirse precisamente allí donde pelea cada uno por su interés y donde, además, los más fuertes y capaces imponen su ley y dominan. Eso será así porque en una sociedad de mercado en la que el funcionamiento en el mercado dirime el poder, como poder económico antes que nada, se producirá más y mejor y, en esa abundancia, tocará más a cada uno aunque tengan mucho más los fuertes. Y porque los que quieran incrementar su riqueza y su dominio captarán que tendrán también más si permiten que tengan más los otros. Al fin y al cabo, un trabajador bien alimentado, por ejemplo, producirá más y mejor que uno famélico.

   Donde el marxismo pone o ponía el fin de la Historia como síntesis última de las contradicciones, la detención de la sociedad injusta en una quietud última que es justicia definitiva, ubica el liberalismo economicista la figura de la historia como perpetuum mobile, como progreso y crecimiento que no cesa, gracias precisamente a las contradicciones, a la lucha en el mercado y al afán combinado de los egoísmos de cada cual.

   Me parece que me he ido del tema. Quedémonos nada más que con la pregunta inicial, la de qué razones puede haber para justificar o explicar la acción solidaria de las personas, si es que las hay. Hemos repasado seis teorías posibles que nos tratan de decir por qué las razones de cada uno para ser solidario pueden ser buenas razones suyas, y una última que nos viene a contar que, aunque cada cual sienta razones para la solidaridad, en realidad no serían razones suyas, sino razones que convienen a otros, quizá a los que dominan, o que convienen al sistema social en su conjunto y por eso las induce en nosotros.

   No sé qué teoría será la mejor o más convincente. O si habrá que seguir buscando.

04 febrero, 2015

¿Podemos explicar Podemos?



                Hoy ha salido el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas en el que resulta que Podemos ha adelantado en estimación de voto al PSOE y anda cerca del PP, a menos de cuatro puntos. A mí, que se renueven o se remuevan las aguas políticas españolas no me parece mal, estaba haciendo falta, pero esa progresión tremenda de Podemos no deja de asombrarme.
                Algunos motivos de mi asombro no son nuevos ni exclusivos de este caso, y tienen poca importancia, por lo que los menciono de pasada y sin ánimo de debatir gran cosa sobre ellos. Serán cosas mías, seguramente. Me refiero a que no conozco una proporción tan elevada de ciudadanos dispuestos a votar a Podemos y a que si Podemos gobernara y cumpliera lo que, al parecer, vagamente se espera de ese partido, ya podrían algunos de esos votantes que conozco poner sus barbas a remojo.
                Lo de no tener muy localizados a los eventuales votantes de Podemos no me extraña mucho, pues, por ejemplo, cuando ganó sus segundas elecciones Zapatero, tampoco conocía yo a casi nadie que se dijera dispuesto previamente a darle su voto. Entre los partidos aquí hasta ahora establecidos, viene siendo mucho más fácil identificar al votante del Partido Popular o de Izquierda Unida. Los del PSOE llevan tiempo ocultándose un poco. Y creo que, en este momento, muchos de los de Podemos, también, si las encuestas son fiables.
                En lo que al remojo de las barbas se refiere, no se le dé mucha importancia, es una sensación mía. Lo que quiero decir es que me parece que si con Podemos se cumplieran las expectativas más o menos difusas para el caso de que llegar a gobernar y si fuera un partido llamado a poner coto a corrupciones, corruptelas, trampas y abusos, a más de cuatro votantes se les podían terminar ciertos chollos. Por ejemplo, a algunos funcionarios cuyo cumplimiento laboral actual es más que discutible. O, por concretar un poco con un caso, pienso en un amigo que el otro día ante mí se declaraba votante convencido y fervoroso del partido de Pablo Iglesias y que resulta que es marido de una señora que ocupa uno de esos puestos maravillosos que cualquier reformador razonable de la política y la Administración españolas tendría que suprimir si va en serio y no de farol o en plan de reproducir las mamandurrias vigentes cambiando solamente a los beneficiarios.
                Pero vayamos a lo que más importa, a lo más interesante y llamativo. Podemos es un partido sin programa, si por programa entendemos un plan expreso de acción política y de gobierno en cuestiones capitales para la convivencia y la organización social. No se sabe qué hará o haría, si gobernara, respecto de asuntos como la organización territorial del Estado, la organización del sistema productivo, la organización del sistema de educación, etc., etc. Podemos se mantiene en una indefinición programática radical, unida a la insinuación de que hará o haría cambios tan grandes como necesarios. Sabemos y estamos de acuerdo en que cambios hacen falta, pero no sabemos cuáles son en concreto los que Podemos llevaría a cabo: qué se va a cambiar y por qué cosas se va a cambiar lo que se cambie.
                Téngase en cuenta, además, que un verdadero programa político no se formula en negativo, sino en positivo. O sea, proclamar lo que está mal o lo que no se quiere de lo que hay no es hacer un programa; un auténtico programa consiste en decir qué se va a hacer. Si un hijo nuestro nos dice que no va a seguir con la carrera universitaria que cursa, ya sabemos algo, lo que no hará; pero para valorar su decisión cabalmente tendremos que saber también qué va a hacer a cambio. No es lo mismo que nos cuente que va a comenzar otra carrera o ponerse a trabajar en tal o cual oficio o que nos diga nada más que ya no estudia y que lo apoyemos en su decisión negativa y sin proponernos o proponerse nada a cambio.
                Si tengo algo de razón en lo anterior, resulta que Podemos no tiene programa, o no tiene uno que con propiedad merezca ese nombre. Entonces, resulta que hay millones de españoles dispuestos a votar a ciegas: a dar su voto a aquellos que no sabemos qué van a hacer si gobiernan o de los que sólo sabemos qué (dicen que) no van a hacer. Votar así es un puro acto de fe, es como lanzarse a aguas en las que ignoramos si se hace pie o si nos cubrirán o hasta estarán llenas de peligrosas corrientes y remolinos. Es lanzarse a esas aguas, sin saber tal cosa, porque se está mal en el barco y ya no se quiere seguir en él. Se rechaza lo cierto y conocido porque se prefiere el riesgo de lo perfectamente desconocido.
                Pongamos un ejemplo para comparar. Supóngase que usted tiene una pareja con la que desde hace tiempo convive y que está harto de ella, pues le da mala vida y le hace muy infeliz. Usted quiere ya, sí o sí, separarse de su pareja, perderla de vista. Ese propósito suyo puede plantearlo y cumplirlo de dos maneras:
                a) Usted, por lo pronto, se va, rompe esa relación. Y nada más que eso. En el campo político y de las elecciones, esto equivale a que usted ya se hartó del partido o partidos a los que venía votando y ahora decide que ya no los vota más. Sobre lo que hará con su voto mañana, ya lo verá, tal vez vote a otro que le convenza más o tal vez votará en blanco o no votará.
                b) Usted quiere romper con su pareja y, un día, en el portal de su casa, se encuentra una persona a la que no conoce de nada y que le dice dos cosas: que se vaya usted con ella y que ella va a obrar con usted de modo radicalmente contrario a como se comporta con usted su pareja actual. Bien, si cree usted a esa persona, confía en lo que no le hará; pero no sabe qué le hará, no tienen base para imaginar cómo será la vida con ella. Le pregunta usted cosas a ella, pero le sale con evasivas y nada más que le indica que ya verá usted como todo será distinto y mejor. ¿Se fiaría y daría el paso?
                A mi me parece que muchos de los que se dicen decididos a votar a Podemos están en una tesitura muy similar a esa segunda, a la b), pues Podemos no tienen programa o no lo dice en positivo. Pero hay más, algunas cosillas que se van sabiendo no invitan precisamente a un grandísimo optimismo. No parecen muy loables las fuentes iniciales de financiación, salen a relucir ciertos detalles poco loables de sus dirigentes y sus prácticas profesionales y económicas, se les ha visto u oído decir cosas que válgame el cielo… En fin, como si de esa persona que es candidata a ser nueva pareja suya, en el ejemplo, fuera usted conociendo asuntillos que empiezan a recordarle un poco a su pareja actual o a la de un amigo suyo que lo hizo tan desgraciado o más.
                Aquí es donde tenemos que buscar una explicación para el comportamiento de los votantes de Podemos, si es que se puede dar por bueno que no tiene, o apenas, programa que merezca tal nombre y que no parece oro todo lo que reluce.
                Creo que puede haber una buena parte de voto de resentimiento. Para más de cuatro, votar a Podemos no es votar por ellos, sino votar contra los otros. Es como el que se va con la desconocida para que su mujer anterior se jorobe más. Humanamente comprensible, aunque ciertamente arriesgado.
                Otros se plantearán estratégicamente su voto, dentro del contexto global. Son quienes piensan que apoyar a Podemos es ahora conveniente para que los otros partidos escarmienten y rectifiquen, para que abandonen sus actuales vicios y malas prácticas. Esos en verdad no pretenden que Podemos gobierne, sino que los que gobiernan o gobiernen sean mejores de lo que son ahora. Es como el que se marcha una temporada con otra para que su mujer recapacite, en la esperanza de una reconciliación ulterior sobre mejores bases en la convivencia, con nuevos acuerdos y maneras. Si se me permite seguir con la comparación y extremarla, creo que el consejo que le daríamos al que se propone esa “aventura” estratégica es que procure que no le nazca un hijo de esa relación provisional.
                Pero dejemos la posible y variada psicología del votante y busquemos explicaciones de otro tipo. He mantenido que plantearse votar a Podemos es plantearse votar a un partido sin programa, a un partido del que no se sabe qué hará, aunque diga qué no le gusta nada de lo que se hace. El problema está en que los partidos hasta ahora establecidos y dominantes sí tenían programas, más o menos, programas relativamente desarrollados y precisos y planteados no sólo en clave negativa, sino también con propuestas de acción política concretas. Pero hay un gran pero: dichos partidos incumplen masiva y sistemáticamente sus programas, hacen cuando gobiernan lo contrario de lo que habían anunciado, al menos en lo que tenga un valor no puramente simbólico. El partido que ahora gobierna en España, el PP, es un ejemplo paradigmático y extremo de eso.
                Con un importante aditamento, como es que en la práctica estos partidos muchas veces provocan o permiten un estado de cosas que se opone frontalmente tanto a sus pautas programáticas como a su filosofía o ideología de fondo. Un buen ejemplo, uno más, lo dio el PSOE en tiempos de Zapatero, pues se trataba de un gobierno que se decía socialista, que se puede teórica o doctrinalmente clasificar como socialdemócrata y tras cuyo desempeño, sin embargo, aumentó considerablemente en España la diferencia entre pobres y ricos, se cayó en una mayor injusticia distributiva que la que había heredado, que ya era mucha. De estas incongruencias de nuestros grandes partidos podrían darse ejemplos a mansalva.
                Así las cosas, muchos ciudadanos pueden replantear sus opciones electorales de la siguiente forma: o bien voto a alguno de los partidos establecidos y dominantes, pero a sabiendas (sobre la base de tanta frustrante experiencia pasada) de que me van a engañar, de que van a incumplir el programa y los proclamados propósitos suyos por los que les doy mi voto, o bien voto al que no sé lo que va a hacer porque no lo ha dicho. En esta opción última puede percibir el ciudadano una doble ventaja, que cabe aplicar al caso del voto a Podemos. Una: hagan lo que hagan, no me habrán engañado (a no ser que hagan lo que dijeron que no harían, que ya sería perversidad supina). Dos: como no tengo ni idea de lo que harán, a lo mejor me sorprenden para bien. O sea, si lo hacen mal no me siento engañado y si lo hacen bien, eso que salgo ganando.
                Es comprensible esa actitud y tiene su ponto de lógica o de cierto sentido común. Pero es el voto del desesperado, del que prefiere jugársela. El que se la juega así, tiene también que ser consciente del alto riesgo y asumirlo. Le puede salir fatal. Es más, resulta muy probable que salga mal. Quien honestamente tiene un plan honesto lo dice. Y el que presume de no tener los defectos de los otros, no responde como los otros cuando se le afean sus defectos.
                Si yo me fuera a separar de mi querida señora, que no es el caso, creo que no me iría a vivir con la primera que me insinuara que con ella todo serán dichas y placeres o que nada más que me insistiera en que menuda arpía la de antes, mas sin permitir que la conozca mejor antes de pasar por vicaría.
                También es verdad que la trascendencia de un simple voto de un solo ciudadano no es tanta como la decisión de casarse con Fulano o Mengano. Muy cierto. Pero cuando ocho o diez millones votan a los mismos con esa sensación de intrascendencia, el resultado puede ser sumamente trascendente, para el conjunto y para cada uno.
                Está bien, comprendo a los que por cualquiera de esos motivos piensan votar a Podemos. Creo que no será mi caso, y no porque prefiera lo malo conocido, sino porque pueden salir los desconocidos muy malos y no me gusta votar a desconocidos. Pero allá cada cual con sus decisiones. Lo que me da pena es otra cosa, aunque este sería tema para otro día y con más tiempo. Me refiero a que me resulta triste que la izquierda acabe en esto, que, para mí (ojalá me equivoque) viene a ser que se acaba la izquierda. Si la única alternativa dizque de izquierda y progresista, reformista y preocupada por los derechos de los ciudadanos y la justicia social, va a ser la que representan unos chavales que cantaban ayer mismo loas a Chávez y a los que financian Maduro o uno ayatolás iraníes, apaga y vámonos. A lo mejor no son de ese jaez los de Podemos, pero entonces que lo digan y que nos cuenten cuál es su programa y qué piensan hacer cuando gobiernen con los votos de tanto jugador de ruleta rusa.
                Dicho sea todo lo anterior con el mayor respeto a todo el mundo y con una desalentada esperanza.