03 abril, 2006

Bitácora colombiana

Vuelvo al vicio de contar cosas aquí. Han pasado tres días intensos. El jueves terminé mis clases en Medellín y tuve una conferencia muy estimulante en el Colegio de Jueces y Fiscales de Antioquia. Asistían más cien personas, la mayoría jueces y fiscales. En Colombia la cantidad de gente que asiste a esas cosas marea. En España nadie va a nada ni aunque le paguen. Por eso hay que abrir las fronteras y que nos invadan, bendita sea, todos estos que tienen ganas de aprender, trabajar y superarse. La molicie española será mejor que la vayamos enterrando, si es que queremos sobrevivir en este mundo felizmente global.

Por la noche, invitación, junto con los directivos de ese Colegio, a una fiesta de graduación de la Universidad de Medellín. Mil personas, elegancia desbordante en los muchachos y las muchachas. Cordialidad y ron abundante. A las cinco y media de la mañana me espera el taxi para llevarme al aeropuerto de Rio Negro, cuarenta minutos de viaje. Así que duermo pocas horas. Menos mal que soy especialista en cabezadas de avión.

Bogotá. Me espera el conductor de mi querido amigo J. Dejo la maleta en mi hotel de esta semana y sigo camino al hotel en que se aloja M., mi "hermano" del alma, también en Colombia estos días. Salimos para el aeropuerto y nos encontramos con otros dos grandísimos amigos. Nos vamos los cuatro para San Andrés, isla caribeña. Nos alojamos en una cabaña a la orilla del mar. Conocemos la isla por dentro, sus claves e intimidades, pues nos reciben y agasajan políticos locales. La mayor parte del tiempo los dos colegas españoles somos llevados de acá para allá por lo que sin exageración podríamos llamar supremos representantes de los tres poderes del Estado colombiano, legislativo, ejecutivo y judicial. Aprendemos infinidad de cosas de la política y la vida de este país. Ojalá uno supiera tanto de España.

Por la noche nos invitan a tomar sancocho a La Loma, barrio raizal por excelencia. Conocemos a muchos parroquianos. Todos intentan hablarnos, pero muchos no se expresan en español, hablan solo creol. Un privilegio inusitado compartir unas horas con esa gente. Comemos sancocho, tomamos ron abundante y nos vamos para el hotel.

Al día siguiente navegación en torno a la isla. Comemos pargo rojo en Cayo Heines, al lado del Acuario. Sol, baños y cerveza. Continúa la charla interesante y seguimos averiguando cómo se hace la política por estas tierras.

Pese al optimismo que algunos políticos se empeñan en mostrar, San Andrés se está muriendo, creo, y no conseguí averiguar por qué, eso sí que no llegué a saberlo. Era mi tercera visita. La primera fue hace más de diez años posiblemente. La segunda hace unos cinco. Ya apenas se ven turistas extranjeros. En las playas de San Luis apenas quedan comercios para vender a los veraneantes productos playeros. Por alguna razón la gente se está marchando, o no viene. Está toda la isla llena de mansiones en venta.

Ya no se ve apenas este destino en los catálogos turísticos españoles, y hasta hace cinco o seis años si estaba. Debe de ser el miedo de nuestros ufanos compatriotas. Y la ignorancia, pues se trata de una isla absolutamente segura, prácticamente sin delincuencia de ningún tipo. Y en cuanto a cosas para ver y hacer y lugares para estar es mucho más interesante que otros muchos destinos habituales, como Isla Margarita o Santo Domingo. Pero bueno, que las masas vayan adonde les ordenen, no faltaba más.

El mar es cuestión aparte. Este azul se ve en muy pocos lugares, incluso en el Caribe. Los colores son únicos, el azul tiene intensidades inusitadas.

La semana comienza fuerte. Mañana me esperan seis horas de clase en una universidad bogotana muy querida. Ese régimen dura hasta el miércoles y el jueves me voy para Pasto, departamento de Nariño, abajo, al lado de Ecuador. Hace seis o siete años que no voy por allí. La vez anterior tuve unos días libres cuando andaba por esa parte, cogí mi mochila y me fui en bus hasta Quito, parando de pueblo en pueblo y viviendo aventurillas. Esta vez no habrá ocasión, pero me agradará reencontrarme con el cordial pueblo pastuso.

Continuará.

30 marzo, 2006

Funcionarios

Vaya. Lo que faltaba. Pero ¿estos tipos qué se creen? ¿Acaso no conocen límite para su osadía? ¿Piensan que pueden alterar gratuitamente y a su puro entender el orden natural de las cosas, la ontología básica del mundo, los designios de la Creación? ¿Se olvidan acaso de que no es omnisciente el legislador ni omnipotente su voluntad ? ¿Pretenden que no son la moral y las buenas costumbres límite irrebasable para el arbitrio político?

No se conforman con casar a los homosexuales, con hacer de los padres adoptivos progenitores y de los progenitores biológicos meros padres legales. No les basta con hacer de la nación mayor la más pequeña y con inventarse que son históricamente primeras las naciones que se pergeñaron anteayer en un par de reuniones. No, no se aquietan con nada, no tienen tasa. Véase la última muestra, pretenden ahora que se pueda remover al un funcionario de su puesto por bajo rendimiento. Qué (re)movida. Dónde se vio. De qué van. No es que vaya a perder el removido su condición de funcionario, hasta ahí podríamos llegar con la bromita; ni que fueran trabajadores vulgares, viles obreretes, ya te digo. Pero sí va a poder el jefe cambiarlos de puesto si el que ostentan no lo desempeñan comme il faut.

Hoy viene la noticia en la prensa y me hago cruces (y medias lunas; y croissants) ante el calibre del atrevimiento de ese ministro que más que Sevilla debería apellidarse Sodoma. Compadecido ante la suerte que puede esperar a tanto funcionario ejemplar que he ido conociendo a lo largo de mis periplos administrativos, me pongo a repasarlos a todos, a rememorar sus hazañas, a grabar para siempre en mi magín sus gestas, quizá como postrer y vano homenaje ante la degradante norma que sobre sus asientos se cierne.

¡Se me agolpan tan intensamente los recuerdos! Tengo muy vivo y me acompaña siempre el celo de esas funcionarias de la Secretaría de una Facultad en la que estuve, regañonas y hoscas a más no poder, siempre atentas al despiste profesoral con el que solazarse, al desliz del enseñante al que se pueda vilipendiar con denuedo y saña, pero intocables cuando son ellas las que yerran o incumplen. Pero no hablo de defectos, entiéndaseme rectamente, sino de una encomiable seriedad profesional, de una rectitud funcionarial sin tacha, de una ética del trabajo que, de tan profunda, lleva a sobrevalorar la propia labor, aunque sea horrenda y torpe, y a despreciar la ajena, por muy esforzada que se quiera.

Y esas excelentes curas de humildad que uno recibe. Ah, cuán engreídos estaríamos muchos si no fuera por eso. Miren este caso y valórenlo en su medida justa y como muestra simple entre tantísimas. Llevaba yo en una Facultad diez años y en ella una proba funcionaria trabajaba en la Secretaría desde hacía cinco. Me había visto cientos de veces, nos saludábamos en los pasillos, había pasado mi nombre a innúmeras listas y pergaminos. Y hete aquí que un día acudo a pagar la lotería navideña de la Facultad, viejo rito aglutinador y solidario, esencia inmarcesible de lo que nos queda de comunitario, derecho histórico incluso. Le apoquino a la buena señorita mis veinte euros y espero a que me inscriba en la relación anoréxica de los no morosos. Y es el instante en que ella me mira fijamente y me lanza la pregunta que me pone en mi sitio: "¿Usted cómo se llama?". Vanidad de vanidades, mundo cruel, valle de lágrimas. Yo tampoco recuerdo cómo diantre se llamaba ella, pero en el fondo de mi alma le guardo para siempre un amoroso nicho.

Muchas veces el Decano de aquel entonces compartió con un servidor su desesperación ante la rotunda incompetencia de la buena funcionaria, incapaz de hacer nada, nada de nada, que no fuera ojear el periódico mañanas enteras, sin ánimo nunca para leerlo en forma. Y yo lo consolaba compartiendo con él mi convencimiento de que ese angelical ser, encarnación virginal del funcionario que no ha sido penetrado por la violencia del trabajo, arcángel ajeno a la maldición bíblica de ganarse el pan con el sudor de la frente, aun cuando imagino que más de una vez padecería la exudoración de sus inertes posaderas, había sido puesta allí por los dioses o los gerentes para recordarnos a los demás nuestra humana condición y lo estéril de todo mundano esfuerzo.

Imagínense que esta infausta norma que se aproxima hubiera estado vigente cuando acontecieron los hechos narrados. Tal vez el Decano hubiera tenido tentación de removerla, privándonos a los demás del placer de su contemplación y de la dulzura de su ajenidad de querubín extraterrestre. Amén de poner en un brete a la junta de personal y a muy variados comités, incompatibles por definición con toda remoción que no sea la de los garbanzos en el cocido y las carnes en el puchero. Una injusticia, pues. Intolerable.

29 marzo, 2006

Loca Colombia

Bueno, no todo va a ser contar dramas de esta tierra que me hechiza. Esto es territorio mágico, macondiano, y aquí puede pasar de todo en cualquier momento, también cosas bien graciosas. Voy a narrar algo que me ocurrió, tal cual lo cuento, hace tres o cuatro años.

Bogotá, congreso de teoría del Derecho organizado por la Universidad Nacional, en el contexto de una maestría en Derecho en la que entonces colaborábamos ocho o diez colegas españoles, todos buenos amigos y en un excelente ambiente. Casi mil inscritos en el tal congreso. El más grande salón de actos lleno a rebosar y una pantalla habilitada en un salón anejo para que pudieran contemplar los debates los que no llegaban a tiempo para lograr sitio en el salón principal. Increíble, ya lo sé. Y esa gente que se inscribía además pagaba por la inscripción. Para un español esto es ciencia-ficción, pero por eso mantengo que este país es mágico y que todo lo que pasa aquí, lo malo y también lo bueno, hay que verlo para creerlo. Están locos estos colombianos.

Por cierto que en ese congreso me tocó debatir con Carlos Gaviria, ex-magistrado de la Corte Constitucional y hoy candidato presidencial por el Polo Democrático. Un buen orador y un sofista espectacular, me hizo todo tipo de trampas y triquiñuelas en nuestra discusión, y eso que, modestamente, alguna fama tengo yo también de retor mañoso. Creo que no es mal tipo, y mejor político que teórico del Derecho, pese a que por aquí alaban mucho su populismo jurídico. Recuerdo también una muy entretenida cena, años antes, con él, Hernando Yepes (que luego seria ministro de trabajo en el primer gobierno de Pastrana) y Manuel Atienza en casa de Sandra Morelli, debatiendo sobre alguna famosa sentencia de la que Gaviria había sido ponente en la Corte Constitucional. Luego Atienza publicó un excelente librillo con su análisis. Pero dejemos esas otras historias para ulteriores escritos.

El congreso de marras culminó en una comida campestre en las afueras de Bogotá, hacia el norte. Recuerdo que viajé hacia allá compartiendo coche con Jose Mari S., haciendo risas, como siempre. Por allí estaban muchos amigos españoles queridísimos, como X. y J.A., por ejemplo. Con la comida comenzó la música y después de comer se fue imponiendo el baile. Creo que ahí vi por primera vez bailar a H.M., quien no nació para tales menesteres, por muy dotado que esté para otros. Nadie es perfecto. Tampoco la buena de V.I. se lucía especialmente en ese trance. Pero dejemos de perder amigos y vamos con la aventura.

Corría el alcohol en dosis notables: aguardiente antioqueño y ron viejo de Caldas. Íbamos quedando los de siempre y como siempre. La representación española, ejemplar, como era habitual en este grupo, resistiendo los embates del brebaje y el paisanaje. A eso de las nueve de la noche comenzó a diluviar, un aguacero diabólico. A las diez se fue la luz, todo quedó a oscuras. Hubo que desalojar el lugar y cada cual se metió en el coche que pudo para retornar a Bogotá, una media hora de camino. A mí me tocó con tres colombianos jóvenes, una mujer y dos varones. Conducía la mujer, era su coche. La oscuridad era total, ni una luz, y los limpiaparabrisas no alcanzaban a retirar el agua de la luna delantera del coche. No se veía nada. Menos mal que la conciencia de todos estaba suficientemente anestesiada y la sensación de peligro quedaba un tanto diluida.

Apenas habíamos circulado un par de kilómetros cuando hombres armados nos detienen. Uno, aquí, siempre en tales casos se pregunta lo que se pregunta. Ya me había ocurrido otra vez, regresando de madrugada de Chía a Bogotá en compañía del entrañable J.I.P. Aquella vez nos pararon soldados y nos sacaron del coche de mala manera. Recuerdo un cañón en mi espalda y a un soldado empujándome contra el coche y abriéndome las piernas a patadas para registrarme. La pregunta siempre es sin serán militares o guerrilleros. Eran militares y buscaban armas. Nos dejaron ir después de un cacheo completo.

Esta vez eran policías de tráfico. Pidieron que bajáramos las ventanillas. El que tenía la iniciativa enfocó su linterna a la cara de la conductora, la miró un par de segundos y dijo: "usted está borracha, no puede manejar" (conducir). El que iba en el asiento de al lado se ofreció para conducir él. El policía lo alumbró con su linterna y dijo: "usted tampoco". Quedaba el tercer colombiano, que se postuló y fue igualmente rechazado. Yo era la última posibilidad para salir de allí en coche y no tener que quedarnos quién sabe cómo ni dónde. Mi mente procesaba toda la información con inusitada lentitud. Muerto de risa, le dije al policía: "yo soy español. Si usted quiere, manejo yo". Sin mirarme siquiera, me respondió, "adelante, maneje usted". Todavía me pregunto si es que el buen hombre nos tenía a los españoles por seres prodigiosos y con capacidades sobrenaturales.

El caso es que ahí me tocó tomar el volante. El muchacho que hacía de copiloto iba con la cabeza fuera de la ventanilla, mirando para advertirme de cuándo había un peligro o en qué momento tenía que girar para algún lado. Yo no veía nada y todavía no sé cómo conseguimos llegar al destino. Fuimos a dar al hotel cercano al aeropuerto en el que se alojaban la mayoría de los españoles. Pero yo esa semana pernoctaba en el hotel de la Ópera, en pleno centro, en La Candelaria, pues estaba trabajando también con otra universidad que cae por allí. En todo ese tiempo la luz no había vuelto, la oscuridad seguía siendo total y no cejaba la lluvia. Busqué un taxi para ir hacia mi hotel. Me pararon dos, después de muchos intentos. Cuando al primero le dije a donde tenía que llevarme, me respondió que si yo estaba loco y que él no estaba dispuesto a dejarse matar. Y se marchó. El segundo fue más explícito: mire -me dijo- con esta oscuridad el centro es ahora mismo la selva, si vamos allá lo más probable es que alguna pandilla nos pare y nos haga cualquier cosa. Y usted es extranjero, no debería arriesgarse. Pero si me paga un buen puñado de plata yo le llevo, allá usted. Medité, con todo, y volví sobre mis pasos a buscarme una habitación para esa noche en el hotel de los otros.

Y colorín colorado....

28 marzo, 2006

Historias colombianas

Un día me escribieron un correo electrónico para contarme que habían secuestrado a tres hermanos de ella. Uno era ingeniero agrónomo y estaba en una hacienda ganadera, a donde lo habían llamado para tasar unas reses. Era domingo por la tarde y los otros dos lo acompañaron por dar un paseo y disfrutar del campo un rato. Llegaron hombres armados y se los llevaron a todos, a los dueños de la hacienda y a los tres visitantes.

A continuación mis amigos me tranquilizaban explicándome que seguramente era un error y pronto los liberarían o que, todo lo más, pedirían algún dinero de rescate. Pasó algo de tiempo y no tuve más noticias. Al cabo, viajé de nuevo a Medellín. El colega muy querido que me recibió en el aeropuerto de Río Negro, después de los saludos de rigor, me preguntó si ya estaba al corriente de la terrible noticia que acababa de saberse sobre los hermanos de nuestros comunes amigos. Noté un escalofrío y le confesé que no. Me contó el trágico desenlace.

Un par de días antes habían encontrado en un descampado, semienterrados, los cadáveres de los tres. Muertos a balazos. Al parecer, todo indicaba que los que habían entrado en la finca en la que estaban eran mafiosos vinculados a uno de los grupos en conflicto armado en estas tierras, el de origen más reciente, y que tenían alguna sucia cuenta pendiente con el dueño de la finca. Pero se los llevaron a todos y los mataron por igual, para no dejar rastros ni testigos, o para hacer más aterradora su venganza.

A los dos días comí con mi amiga, la hermana de los asesinados. Estaba sorprendentemente entera. La gente de estas tierras vive permanentemente preparada para plantarle cara a la tragedia, todos tienen parientes o amigos cercanos que han sido secuestrados o asesinados. Me dijo que toda la obsesión de su familia ahora era conseguir que se hiciera justicia.

Algunas semanas después, estando ya de vuelta en España, me envió un correo electrónico . Pedía a todos los destinatarios que lo difundiéramos lo más posible, como presión para intentar que se hiciera la luz sobre la matanza y sus culpables. Contaba en el texto que hasta el momento estaban resultando vanos los intentos para que la fiscalía y las fuerzas de seguridad le pusieran empeño al esclarecimiento del terrible delito y a la persecución de los asesinos. Reenvié ese mensaje a la gente que pude, y especialmente a los que tenían alguna relación con Colombia.

Regresé a Medellín a eso de los tres meses. Me reencontré con mi amiga y su marido, entrañables y afectuosos los dos. Les pregunté si habían dado algún fruto sus intentos de que las instituciones actuaran según su obligación. Me dijeron que habían tenido que abandonar toda iniciativa a ese propósito, pues sus otros hermanos habían recibido amenazas de muerte. El mensaje era que si seguían removiendo el crimen anterior, ellos serían los próximos en caer. La familia, reunida, decidió, con inmenso dolor y rabia, que no quería enterrar a más hermanos.

En esa ocasión, como en tantas de mis viajes a estas tierras, di varios cursos y conferencias sobre cosas tales como Estado de Derecho, Constitución, derechos humanos y cosas así. Con gran entusiasmo del público. Ya ven. Adorado país esquizofrénico.

Ayer, al salir por la noche de mis curso, una alumna del mismo se me acercó y me dijo "tiene al teléfono a sus amigos". Y me tendió su móvil. Eran ellos que, como siempre que vengo a esta ciudad, me buscaban para compartir un rato de charla y afecto. Cenaremos juntos mañana. Volveré a admirar su entereza y su cordialidad. Volveré a comparar su valor con la pusilanimidad de tantos zánganos meapilas y flojos de los que a diario me topo en esa España mía, esa España nuestra, ahíta, hastiada y pija. Y volveré, pese a todo, a querer ser un poco colombiano. Pese a todo.

Tregua

Podemos respirar aliviados. En verdad, en verdad. Todo se alía para hacernos felices: el lenguaje, la lógica, la experiencia y el sentido común. Lo mires por donde lo mires no hay de qué preocuparse.

Comencemos por el lenguaje. ETA ha dicho que el alto el fuego es permanente. No ha dicho definitivo, no, pero qué importa. Basta analizar con alguna minucia lo que quiere decir permanente. Permanente es lo que permanece y una cosa permanece en tanto dura o está. Cuando deja de durar o estar ya no permanece más y, con ello, se acabó su permanencia. Un dolor de duelas permanente es un dolor de muelas que se prolonga de continuo y sin pausa todo el tiempo que duele, pero, por largo que sea o se haga, en cuanto cese deja de permanecer y ya no es dolor. Así que el término elegido por ETA no puede ser menos engañoso en lo que se refiere a la duración de su tregua: durará mientras dure y será mientras sea.

Pero comprendámoslos. Si dijeran alto el fuego definitivo sería como que se dan por vencidos y acabados, o cansados sin remisión, o que piensan que ya no tiene razón de ser su guerra. No han dicho definitivo, no, pero para no quedar en muy mal lugar, no porque pretendan nada en términos políticos o de mutaciones en la forma o los alcances del Estado español. Y, aunque lo pretendieran, no lo conseguirían, eso es más que obvio.

Y que no van a conseguir nada de eso bien nos lo enseña la experiencia. ¿Qué experiencia? Hombre, la experiencia de ser gobernados por un político de la integridad de ZP. Ha dicho bien clarito que ni se han negociado ya concesiones políticas ni va a tener el más mínimo precio político la paz con ETA. Todo lo referido a la organización del poder del Estado, incluida la organización territorial, es cuestión de cariz político, así que... nada que rascar les queda por ahí. Y si el presidente Zapatero mantiene, serio, tal cosa, para mí va a misa. Sufriré una decepción morrocotuda el día que descubra que un personaje de esa talla y de tamaño talante nos miente o nos engrasa las trolillas para que nos entren sin molestas rozaduras. Y si yo, modesto entre los modestos, le conozco tal cualidad de hombre cabal y sincero, qué no van a saberlo los etarras. Sin duda lo tuvieron en cuenta al tomar su decisión, y por eso, para mí, en los hechos es como si se hubieran rendido y su despedida fuera para siempre, pues bien conocen que nada tienen que ganar, salvo, todo lo más, una honrosa gestión de su derrota con el acercamiento de presos y algunos indultos menos graves. Estupendo.

Tampoco es descartable que sus más lúcidos dirigentes estén genuinamente ilusionados con el cariz abierto, participativo y ejemplarmente democrático que está tomando la política del Estado español. En tal sentido, el ejemplo del Estatuto catalán, modélico tanto en la precisión de sus contenidos como en la transparencia de su génesis, y eso por no hablar de lo bien medido de sus consecuencias futuras, ha podido animar a los gudaris a probar por análoga vía para labrar el futuro legal y político de esa tierra suya, a la que tanto aman y por la que tanto han dado. Bien conscientes son de que una norma como la catalana ni reseca la soberanía del Estado ni cuestiona la unidad de España como nación de naciones ni abre vía ninguna hacia la independencia que pueda resultar más barata en tiempos y vidas que la del terrorismo. Y más siendo nuestro Presidente del Gobierno el garante último de todos esos valores constitucionales en juego. Y, con todo y con eso, esos etarras, reflexivos y probablemente arrepentidos de pasados yerros, se avienen y se integran para hacer dentro del Estado español una política tan leal con la Constitución y las instituciones y tan atenta al interés general de su comunidad autónoma y del Estado todo, como pueda ser la de ERC, pongamos por caso. Quizá les tienta, pues humanos son al fin y al cabo, la ilusión de ser un día socios de ZP por la parte del sostén del Gobierno central, bisagra incluso, gozne, aun a sabiendas de que nunca podrán esperar de él concesiones onerosas para el conjunto del Estado o disolventes de los preceptos constitucionales. Pues menudo es para esas cosas, firme y sólido como el que más, de una pieza.

Yo creo que en cuanto se solucione medianamente bien el tema de los presos, los otros entregarán las armas y todos tranquilos y a casa. Y nosotros, ciudadanos, a seguir disfrutando, más felices aún, del pastel de cabracho y ese Ribera del Duero tan rico que compramos por cajitas. Y del cava. Nos esperan días de vino y rosas. Y de paz y amor entre las naciones y los nacionales. Jo, qué bien.

27 marzo, 2006

Inmigración y federalismo. Por Francisco Sosa Wagner

Cursa una polémica en Alemania que tiene interés para nosotros. Se trata de la implantación de un “test”, aplicado a los inmigrantes, para adquirir la nacionalidad alemana. Como todo el mundo sabe, Alemania es país que vive inmigraciones extensas desde hace muchos años, trabajadores legales o ilegales que proceden de los países del Este o de Turquía y de Asia. Su presencia en las calles de cualquier ciudad alemana es bien visible, por sus atuendos, por el color de la piel etc. España sabe bien lo que ha sido aprovechar la riqueza alemana pues miles de españoles salieron para aquellas tierras en los años sesenta aligerando con ello las autoridades franquistas de la época la presión laboral y disolviendo por esta vía posibles conflictos de orden público, tan difíciles de resolver en el seno de una dictadura.

Hoy las cosas han cambiado de forma cualitativa. Del inmigrante que lo era por el tiempo necesario para ahorrar, comprar un mercedes y volver a su tierra, a quien se instala ya de forma definitiva y trae además a sus familiares en varios grados y líneas. Integrarse en la sociedad alemana no es sencillo: el clima es duro, el idioma endiablado, los alemanes probablemente altivos... Lo más fácil, en tales adversas circunstancias, es crear una cápsula nacional en la que envolverse ignorando el entorno, sus gentes, sus costumbres, su cultura. Un libro reciente escrito por un alemán experto en la antigua Yugoeslavia (Norbert Mappes-Niediek, el título traducido sería “La trampa étnica”) ha puesto de manifiesto cómo cuanto más amable es la acogida en un país, en el sentido de exigir poco esfuerzo de integración a quien viene de fuera, más guetos se acabarán formando.

Es probable que detrás de esta observación se encuentre la aludida experiencia del “test”. Ha empezado a adoptarse formalmente en algún Land (el equivalente más o menos a nuestra Comunidad autónoma) y consiste en una serie de preguntas que se formulan a quienes aspiran a nacionalizarse como alemanes: “cite tres ríos alemanes”, “qué se entiende por reforma religiosa y quién la desencadenó”, “¿qué pasó el 20 dejulio de 1944?”, “¿cuáles son las medidas educativas permitidas y cuáles las prohibidas?”, ¿dónde tiene su sede el parlamento alemán?”, “cite una obra de Goethe y otra de Schiller”, “explique qué significa la libertad de prensa”, “¿qué inventó Gutenberg”? y otras de parecido tenor.

Se trata, según los inspiradores de estas prácticas, de hacer ciudadanos identificados mínimamente con los valores alemanes y con su cultura, también que se manejen en el idioma alemán con cierta soltura. Pues bien, si esto es ya interesante para nuestro medio, cobra ahora renovado atractivo porque la canciller Merkel ha propuesto que tales “tests” se organicen no en cada Land, sino a nivel federal, es decir, por el Gobierno y las autoridades centrales del Estado, para entendernos. Ya veremos en qué queda todo porque la polémica entre las fuerzas políticas es muy viva. Pero en un momento político como el que vive España, marcado por la reforma de los Estatutos con su cortejo de competencias exclusivas y excluyentes, sus intentos de crear cotos libres de cualquier injerencia externa, vemos cómo en un país de larga tradición federal, en cuanto surge un asunto nuevo, pronto se plantea la necesidad de superar los angostos espacios regionales en beneficio de los más amplios estatales.

Es posible que aportar estos datos de un país serio como Alemania sea majar en hierro frío en estos pagos hispanos donde todo lo estamos jugando a la carta de las “identidades” sentimentales y pasionales, pero la semilla, que con esta noticia esparzo, a lo mejor cae en algún surco capaz de fecundarla.

26 marzo, 2006

¿Alucinaciones?

Veintitrés horas de viaje, ni una menos. Con espera prolongada en el puente aéreo de Bogotá, para tomar el avión a Rionegro, el aeropuerto grande de Medellín. Un avión militar ha tenido un percance en el aeropuerto y éste permanece cerrado varias horas. Llego a Rionegro bien entrada la noche y allí me esperan para llevarme a Medellín en coche, un desplazamiento de unos cincuenta minutos. Hace años algún español murió a manos de forajidos al hacer esa ruta de noche. Ahora está tranquilo y cada quinientos metros hay patrullas militares que vigilan. Dicen que Uribe va a ser reelegido por haber aumentado la seguridad de los ciudadanos. A mis amigos de las universidades colombianas no les gusta nada que Uribe sea reelegido.
Esta mañana, al asomarme a la ventana, pensé que en lugar de un paisaje urbano contemplaba una instalación de algún artista conceptual y posmoderno. Podría ser una obra titulada "La política española de hoy". Vean alguno de sus ángulos (sugiero "picar" en las fotos para aumentarlas):

24 marzo, 2006

Hasta Colombia

Qué vida esta. Un día de estos voy a cambiar, palabra. Ya no son edades. Pero los compromisos son los compromisos, así que me quedan apenas ocho horas para volver a hacer maletas, cenar, dormir un poco y volver a los aviones. Vuelta a Locombia: Medellín, San Andrés, Bogotá y Pasto. Un puñado de horas de clases y cosas, algo de turismo, muchos vuelos. Dos semanitas de nada. Trataré de aliviarme con el ron viejo de Caldas y el ron Medellín.
Contaré lo que pueda de ese loco país que adoro. Aquí nos vemos, pase lo que pase.
Hasta el domingo. Salud.

Los hombres de María

María no da tregua. Es aquella compañera de residencia de mi madre con la que eché aquellos bailes en nochebuena, tal como aquí narré en su momento. Noventa y dos años y camina con taca-taca. Salvo cuando baila, pues para danzar no necesita aditamentos.
Hoy llegué para estar un rato con mi madre y, otra vez, tuve que compartirla con María, que es su compañera de sofá durante los días y de habitación durante las noches. La conversación de hoy estuvo particularmente interesante. Ya prometía cuando, apenas sentado junto a las dos, María me dijo que el médico le había recetado recientemente un hombre joven. Caray, noventa y dos años.
Así que seguimos con ese palo. Y me contó. Ya me había hablado muchas veces de su difunto marido, buenísima persona, dice, pero considerablemente soso, también dice. Las confidencias de hoy subieron un peldaño. Pues de pronto me dijo que, si pudiera volver atrás, hoy no se casaría. Tiro de ese hilo y le pregunto que cómo le fue la viudez. Y ahí empieza la historia del día. Sonrió y lancé mi cuarto a espadas diciéndole que seguro que había tenido muchos pretendientes. Efectivamente, había tenido unos cuantos. Primero, al parecer, fueron Matías y Nicolás. Pero que no les veía maneras. Hasta que apareció Juan. Cuénteme, le insisto. Pues con Juan convivió unos cuantos años, hasta que también se le murió. Y es cuando me suelta que fue muy feliz con Juan, y que era un buen hombre, y que la mimaba y la agasajaba. Era viudo también y quería insistentemente casarse con ella. Mas ella siempre se mantuvo firme en su gran determinación: no quería perder su pensión de viudedad. Romanticismo realista, muy bien.
No puedo evitar la pregunta: ¿cómo conoció a Juan? Estaba María sentada esperando un autobús. A su lado, un señor bien parecido que la mira mucho. De pronto, él da el paso, señora, yo quiero decirle una cosa con la mayor consideración y sin que se me ofenda. La estoy mirando y me gusta mucho. Tengo que preguntarle si usted aceptaría salir conmigo. María lo contempla y se decide pronto: pues sabe qué le digo, que sí. Espéreme a las ocho delante de la floristería.
Él pronto le pidió que fueran a vivir juntos, pero ella lo estudió concienzudamente durante unos meses. Finalmente ella aceptó y ahora recuerda que él se murió pronunciando su nombre. Pero no llora, sonríe.
Luego dice, como siempre, que ahora se siente muy sola y que no tiene con quien conversar. Se queja de que mi madre se pasa todo el día dormitando. Las cosas que se contarán.

23 marzo, 2006

(In)Seguridad Social

Más de médicos y de sistema sanitario. Mi padre, ochenta y ocho años y un auténtico roble toda la vida, comenzó a sentirse mal hace unos dos meses. Se debilita, cojea, le pita todo el rato un oído y, sobre todo, se asfixia bastante, especialmente por las noches. Así que acudió a su médico de cabecera, allá en Gijón, donde vive. Le pidieron que se hiciera análisis de todo y los hizo. A la semana siguiente acudió de nuevo al ambulatorio y el médico repasó los análisis ante él y quien lo acompañaba. Le dijo que tenían que verlo en el hospital de Cabueñes, también en Gijón, que pidiera cita y se hiciera nuevos análisis. Así que volvieron a sacarle sangre y la cita se la dieron para mes y medio más tarde. No está mal el plazo. Imagino que es el mismo al que tienen que someterse las mamás enfermitas de los mandamases de la SS. Porque enchufes seguro que no hay, ni de broma, vaya. Menudos son, tan rectos.
A la semana siguiente tuvo una nueva crisis respiratoria, más aguda. Vuelta al médico y otra vez éste le dice que lo vean en Cabueñes lo antes posible. Como le informan de que lo antes posible hasta ahora ha sido al cabo de mes y medio, acomete él mismo la gestión y consigue una rebaja de la pena, digo, del plazo: un mes. Y el mes se cumplió ayer. A las ocho de la mañana en el hospital estaba mi padre como un clavo, cargando los años y el resuello. Lo recibe el médico, dice mi padre que jovencillo y como así, quien le pregunta que qué diablos hace allí. Balbucean mi padre y la señora que lo acompaña que han ido porque estaban citados. El médico: que por qué no se ha hecho análisis. Mi padre & cia: que se los hicieron hace un mes, cuando se lo indicaron. El médico: pues que él no los tiene. Mi padre & cia: ....????? El médico: pues se ve que se han perdido. Mi padre: ¿y no puede echarme un vistazo y decirme algo de lo que puedo tener? El médico: sin los análisis, nada que hacer. Mi padre & cia: ....????? El médico: baje a que le saquen sangre otra vez y ya les llamaremos por teléfono cuando estén los resultados de los nuevos análisis. Y a la calle que se fueron. Llovía y mi padre no paraba de toser.
Mi padre a mí esta tarde: ese médico es un ¡!!!!!!!!!! y tiene cara de ¡!!!!!!!!! y me cago en ¡!!!!!!!!! y ojalá le ¡!!!!!!!!! Puf, qué viejo tan políticamente incorrecto. Pero creo que se queda corto, razón por la cual yo pido ayuda personal a los habituales de este blog para que me informen del nombre y las señas de algún gestor/a de la Seguridad Social (SS), ya sea nacional, autonómico o anal. Porque voy a ir a verlo/a yo mismito en cuanto lo/a localice y en sus mismas barbas/os me voy a ciscar en su desconocido progenitor real, y luego les voy a meter un papelín de reclamación donde les quepa, que seguro que les cabe, de tanta holgura que se gastan. Como está mandado que sí. Vaya que sí. Son una pandilla de pijos inútiles, cretinos, clasistas e incompetentes. Y va siendo hora de que los pacientes dejemos de ser tan pacientes y comencemos a alzar la voz y la pluma y a decirles lo que se merecen.
Ah, y si alguno de ese gremio de gestores sanitarios y medicuchos desconsiderados –los normales no tienen por qué darse por aludidos- quiere decirme algo, que se espere mes y medio y luego ya veremos. O qué carajo se creen.
Sorry, amigos del blog. Pero es lo que hay.

22 marzo, 2006

Correos

Que nadie se haga ilusiones. Me refiero al servicio de Correos. A lo que propiamente se llama Correos de España. Pero no, tampoco va el tema de nacionalismos. Hoy me toca post sobre cosas prácticas de la vida real, nada de metafísicas no te(le)ologías. Así que al grano.
Cada vez que el cartero me deja en el buzón el aviso de un envío de correos me pongo en lo peor y hago apuestas conmigo mismo sobre cuánto tiempo me costará la broma. Hoy otra vez. Llego al edificio de Correos, pulso en el cachivache que da número de espera y durante un breve instante me consuelo calculando que sólo tengo por delante cinco turnos. Pero la experiencia, progenitora de toda ciencia, me dice pronto que no me haga una maldita ilusión. Y, en efecto, la atención a esos cinco parroquianos previos toma casi su media horita. Aquí lo de Correos es sin apuro, durando, nada de precocidades.
El esmerado servicio suele funcionar así. Hay cinco mostradores con su cartelito encendido. Eso da lugar a dos presunciones rebatibles mediante prueba en contra. La primera presunción es que detrás de cada numerito y aposentado en el respectivo asiento se hallará un funcionario. Falso. De los cinco puestos, sólo dos están cubiertos. ¿Y los otros tres? Pues de ésos, dos están simplemente vacíos, y lo están tanto tiempo que acaba por desvanecerse la esperanza de que los correspondientes operarios se hallen en trámite pasajero de evacuar aguas menores. No, sea lo que sea que estén haciendo o evacuando, es algo que lleva mucho más tiempo y que resulta, probablemente, más grato al cuerpo y puede que, incluso, al espíritu. Quizá disfrutan su media hora de café, que ya se sabe que son sesenta y cinco minutos, así de relativo es eso del tiempo, que ya lo vio hasta Einstein cuando fue oficinista también, allá por Berna. La segunda presunción, también frustrada, es que los que están estén a lo que tienen que estar. Bueno, y quién soy yo para andar suponiendo a qué tienen que estar. A lo mejor los han puesto allí con fines terapéuticos y para curarse del estrés o de algún otro padecimiento del espíritu. El caso es que uno de ellos estar estaba, pero rondaba alrededor de sí mismo con un sobre en la mano, sin llegar en todo ese rato a tomar asiento y como si buscara algo o tratara de recordar quién le dio aquel sobre y para qué. Cuando me fui, aún no había resuelto el buen hombre tan atormentadores interrogantes ni, por tanto, había atendido a uno solo de los aguerridos ciudadanos que hacíamos cola virtual.
Así que quedaban dos funcionarios activos, por así decir. Tengo una idea para un eventual doctorando en Biblioteconomía y Documentación: que investigue a fondo cómo archivan en Correos los envíos pendientes. Tal vez descubra que es con el sistema pitecantropus archivensis. Funciona tal que así: uno les da el papelillo, ellos van, miran en un pasillo, observan el papel con gesto concentrado, toman por otro pasillo, desaparecen un rato detrás de unas cajas, reaparecen por un tercer pasillo en el que aleatoriamente sacan un sobre o un paquetillo acá o acullá y, finalmente, regresan y le preguntan a uno dónde vive, cosa que uno pensaba que ya figuraba en el aviso que portan en su mano, pero que se ve que se borró en pleno tránsito pasillero. Así que uno les dice el nombre de su calle o de su barrio y responden con un comprensivo “ah”. Eso si están de buenas y no le regañan a uno por no avisar antes de que vive donde el impreso dice que vive. Y vuelta a hacer pasillos. Y nuevo retorno a interrogarlo, esta vez sobre el día en que le dejaron en aviso en el buzón. Definitiva confirmación de que el cartero escribe los avisos con tinta invisible para sus colegas sedentarios. Será algún rollo genético o así, vaya usted a saber; o que se llevan mal. Continúan por un rato las idas y venidas de los cajones a los estantes y de los estantes a los cajones (he estado en un tris de cometer una errata en este punto) y finalmente descubro, alborozado, cuál es el sistema de trabajo: el famoso pinto pinto gorgorito. Y no sólo ando perspicaz, sino que es mi día de suerte, pues al final mi misterioso envío aparece y, albricias, era una multa.
Me puse tan contento que hasta un anuncio se me ocurrió, con este eslogan: Correos con buen servicio. Se lo ofrezco gratis a cualquier puticlub. De nada.

21 marzo, 2006

Niñitos.

¿Cuánto hace que no tiene usted que comprarle un regalo a un sobrino pequeño? Si hace poco que se vio en tal tesitura, estará de acuerdo conmigo en que es tarea compleja donde las haya. Uno se mete en la mayor juguetería y va repasando estantería tras estantería: esto ya lo tiene, esto ya lo tiene, esto ya lo tiene. Total, gran fracaso. Sumado al miedo a que el niño se agarre el gran mosqueo si uno no le lleva lo que sea más actual, más de marca, más a la moda o más superguay. Así que de ahí pasa uno a la sección de electrónica y busca el último grito en videoconsolas o asuntos por el estilo. Y lo mismo, lo tiene todo salvo, quizá, el último modelo, cuatrocientos o quinientos euros de nada. Así que se llama al resto de los tíos y se acuerda comprar el juguetito entre varios. ¡Le hace tantísima ilusión al chavalín! Pues hecho, ya tiene lo ultimísimo con que seguir aburriéndose.
Navidades pasadas. Visita a amigos con niño de dos años. Realizados. Felices. Pletóricos. Hasta ahí, bien. Se apresuran a mostrar todo lo que los reyes le han dejado al pequeñajo. Han tenido que habilitar una habitación extra, pues en la del chavalín no cabía semejante despliegue. Hay de todo, está todo lo que habíamos visto unos días antes en los escaparates y en los anuncios. Y siempre la mamá o el papá en estos casos acaban por decir aquello de "y fíjate, ni mira pa ello. Lo que más le gusta es jugar con una pelota de trapo". Señal de que a esas alturas el crío aún conserva el buen sentido que a sus parientes les falta y que le harán perder a él de inmediato, movidos por sus propias ansiedades consumistas y competitivas.
Dentro de pocos años estos mocosos irán a un colegio muy bueno y tendrán muchas actividades extraescolares. Pero, salvo milagro, no se encariñarán con nada en particular. Seguirán prefiriendo la tele y chatear. Con suerte, a eso de los catorce se aficionarán a los juegos de rol, o divertimento para entonces equivalente. La mayoría ni eso. Un par de veces llegarán a casa con algún rasguño en las rodillas y los papás acudirán raudos al colegio para protestar ante la dirección y hacer ver en la siguiente reunión de la asociación de padres que es imprescindible poner suelos más mullidos y vigilar que los niños no jueguen a peleas. Acordarán que los recreos estén vigilados por guardas jurados que protejan a sus cielines de todo y, especialmente, de sí mismos.
Para cuando lleguen a la Universidad yo ya me habré tomado las de Villadiego, o estaré a punto. Manos mal. Y, aun así, se me va a hacer largo. Últimamente me desconcentro mucho durante mis clases. Es por culpa de la mirada de los/as muchachos/as. Son buenas personas la inmensa mayoría, noblotes a su manera. Sí, pero esa mirada... Mientras no acierte a describirla un día, no recuperaré el sosiego docente. Es una mirada velada, plana, distante, ajena. Es la mirada del hastío. Tienen en los ojos resaca de abundancias, somnolencia de indiferencias. Y no es su culpa, que conste. Los hicieron/hicimos así con muchísimo esfuerzo. Y en ello seguimos.
Por supuesto, hay grandes excepciones. Pero pocas.

(Din)Don de lenguas.

Se me pega un rato un italiano en la sala de espera del vuelo San José-Madrid. Chapurrea medianamente bien castellano. Me dice que cuánto nos envidia a los españoles, pues qué maravilla cruzar en Atlántico y poder entenderse perfectísimamente y sin esfuerzo en la misma lengua con tantos millones. Y que ya se sabe, el que mamó y se crió en una sola lengua luego ya nunca tiene la misma fluidez en otra, por mucho que estudie y salvo que viva un montón de años donde se hable. Que su empresa multinacional con sede central en Italia anda buscando hispanoparlantes nativos para cubrir el mercado latinoamericano.
Yo por dentro me troncho de risa. No sé por qué andamos en la Cosa de España discutiendo sobre naciones y lenguas. Que cada uno haga de su capa un sayo, qué diantre. Y que cada perro se lama su culo. Y que el que venga detrás que arree. Y que menos competencia por ahí el día de mañana para mis (hipotéticos) nietos.
Y, a propósito, me viene a la cabeza en el acto lo que me contó mi hijo en cuanto llegó a la Universidad danesa en la que se encuentra: que es regla de la misma que las clases deben ser en inglés cuando está matriculado de la asignatura algún alumno extranjero, aunque sea sólo uno. Esos daneses deben de ser unos apátridas, ¿no?
Aquí dentro de nada nos incentivarán a los profesores por impartir nuestras excelsas enseñanzas en lliunés o blable. Y todos a hacer cursillos para aprender a hablar nuestra lengua nativa (¡?). Por la cosa universal de la Universidad, ¿sabe usté? Ah, y para ser progres de veras.

20 marzo, 2006

Pateras y botellones.

Mueren a cientos los que, desesperados, perseguidos por la miseria, azuzados por el hambre, sitiados por todas las carencias imaginables y otras que no podemos ni concebir, se lanzan a cruzar los mares con resolución suicida. Quieren poner el pie en nuestra tierra para trabajar, para comer, para tener un lecho, para ganar algo de dinero, para socorrer a los parientes que quedaron allá en el villorrio o en las tiendas del desierto. Vienen dispuestos a soportar los peligros, las humillaciones, el desprecio, la discriminación, lo que sea, pues se juegan la vida para escapar de todos los padecimientos y de la muerte más horrenda, la muerte por hambre. Porque no tienen nada, nada.

Viven como pachás, bien alimentados, vestidos a la última, mimados desde el nacimiento por todo lo que puede dar el confort y lo que cree que les debe una sociedad ahíta. Cualquier esfuerzo les parece exceso, cualquier exigencia, injusticia. Si la vida les pone un solo obstáculo, mínimo, ante el paso de su divino pie, concluyen que no merece la pena vivir y que este mundo es una mierda. Si algún osado les recuerda que en el mundo hay cosas más importantes y urgentes que comer a capricho y cagar, se tienen por afrentados y responden violentos. Necesitan perentoriamente evadirse del hartazgo, del aburrimiento, vomitar el hastío, digerir la abundancia que los desborda. Porque tienen todo, todo.

Yo tengo la solución, se llama trueque. Que vengan aquéllos para acá y llenen nuestras aulas, nuestras calles, nuestros parques. Que lleven a éstos para allá y sepan lo que es tener que ganarse la vida en serio en lugar de vivir de esos tres supremos estúpidos: papá, mamá y Estado. De una puñetera vez, ya mismo.

Clases de religión. I.

León (Nicaragua)
J.A.G.Amado

19 marzo, 2006

De León a León.


Hoy me he dado un garbeo. He pasado el día en León, Nicaragua. Por ahí tengo algunas fotos buenas, pero no hay manera de subirlas por el momento.
Mañana a mediodía emprendo el regreso: Managua-San José-Madrid-León. Si todo rueda -vuela- bien, en unas veintitantas horas después de salir de aquí estoy en casa.
Aquí nos vemos el lunes o el martes.

Reencuentro

Es curioso que uno acabe por reencontrarse a sí mismo en los hoteles. Son las 23 horas del sábado. He cenado solo en el hotel. Antes he pasado el día viajando un poco por este país y conversando mucho con el conductor que me llevaba, con el que he hecho muy buenas migas. Buena persona, sandinista noble, activista en su barrio, con una historia peculiar a sus espaldas, como ocurre en esta tierra con todo el que tenga más de cuarenta años.
No estoy acostumbrado al tiempo libre sin rutinas ni compromisos ni prisas, sobre todo prisas. Y ésta es la situación ideal para sorprenderse a uno mismo tomando decisiones. Decisiones mínimas, escoger entre cosas tales como seguir con la novela a medio leer, mirar los periódicos patrios en internet o zapear los tropecientos mil canales en busca de alguna película. Y uno sabe que ahí fuera hay vida, y gentes, pero no estoy motivado para explorar, ando remiso. Y aquí dentro, solo, las alternativas más simples se tornan elecciones complicadas. Me doy cuenta de que habitualmente no elijo, únicamente sigo mis propios automatismos, los rituales de mi desorden. Por eso, ahora, hay unos pocos instantes que se me hacen abismo y la sensación es tan extraña que no sé si me siento bien porque me parezco mi dueño o si es la soledad la que está aprovechando su ocasión mientras pondero mis elementales opciones. Casi entiendo a la gente. Pero se me pasará enseguida, no hay problema.

18 marzo, 2006

Botellón

Un frecuentador de este blog que firma como Vosgo y que, por lo que alguna vez ha indicado, trabaja en la misma insigne institución que un servidor, ha colocado por ahí abajo un comentario sobre el asunto,tan en boga,del botellón. Como es tema polémico y nos puede dar lugar a una buena agarrada aquí a unos cuantos, subo a primera plana su texto y me asigno a mí mismo lugar entre los comentaristas.
Nuestros jovenes y la protesta del botellón. Por Vosgo.
Felicito a nuestros jóvenes, futuro inminente de una sociedad cada vez más justa e ilustrada. Me maravillo de su gran capacidad de convocatoria para luchar por las causas más nobles, y además sin dejarse manipular, que tiene aun más mérito. Es que me sobrepasa el gozo que siento al ver cuáto intelectual pulula cerca de mí cuáta cabeza tan bien amueblada y afín a la batida de records, cuánta gente joven (pero sobradamente preparada, que decía el anuncio) haciendo tambalear el actual sistema español de desarrollo insostenible. Y además lo hacen, fíjense bien, usando las nuevas tecnologías, ésas que se basan en pulsar las teclas de un ordenador con el fin de generar información que se expande en un universo de fibra de vidrio y ondas, y que puede intranquilizar la conciencia de un ciudadano a miles de kilómetros de distancia si no acude a la llamada de la muchedumbre. Mientras en Francia los universitarios protestan por la precariedad laboral y llaman la atención mundial usando la violencia, aquí nuestros entusiastas estudiantes, y otros que no lo son, vayan o no a la Universidad, optan por la algarada subversiva y ejemplar del agrupamiento rebañil para llenar de aire un elevado número de botellas que previamente contenían licor y refresco. Si es que así, ¿quién no quiere ir a la Universidad?, ¿quién no desea hacer causa común del abrevaje público y placentero como remedio de la perversión moral del ser humano y de la carencia de cultura que acecha al futuro? Si muchos literatos y artistas han pasado a la historia como unos alcohólicos y juerguistas, ¿con que ánimo puedo yo reprobar a todos estos (ojalá haya excepciones) nuevos ilustrados, mejores literatos, preclaros científicos e insignes artistas que jalean el acto libre y masivo del botellón, aunando la “noble” y gran causa de la universalidad universitaria con las modernas tecnologías, el libérrimo albedrío, la libertad de expresión mal entendida (y peor empleada), el soberbio manejo de automóviles tuneados, la asiduidad a dar la nota, el gusto por el mucho ruido (las más de las veces innecesario)...? Me quito el sombrero ante tal pléyade y pido a la providencia que sean ellos quienes a partir de ahora rijan los designios de la humanidad. Por ello brindo al sol.

Para qué vale un doctor en Latinoamérica.

Tranquilo todo el mundo, no voy a hablar de médicos.
Sin ánimo de exagerar o de presumir demasiado -lo justo nada más-, creo que habré impartido cursos, seminarios y conferencias más de cien veces en universidades latinoamericanas. Y que habré pateado mas de una treintena de tales universidades. Ya voy conociendo el percal. Y hay algo que no deja de sorprenderme. Esas instituciones son para sus profesores propios mejor formados como Saturno devorando a sus hijos. Los agotan, los exprimen, los secan en trabajos de gestión. Será tal vez porque a ellos les gusta -sarna con gusto...-, pues alguno -muy pocos- conozco que no se deja y no le pasa nada. Y reconozco también que algo de eso ocurre en España, donde en lo mejor de su madurez intelectual cualquier cátedro se hace vicerrector o cosa así y hasta luego Lucas, a hablar todo el día con concejales y/o marujos y a tomar por la retambufa la investigación y todo el cuento. Pero sigamos con los colegas de Latinoamérica.
Me llaman la atención especialmente los que son doctores. Casi todos han hecho un gran esfuerzo por viajar a Europa y aguantar unos años de estudio intenso y sacrificado en condiciones no siempre fáciles. Unas veces los financian sus universidades, otras se agencian una beca de algún otro lado, otras se lo pagan como pueden, unos mejor y otros de pena. Pero el caso es que acaban haciendo una tesis doctoral entre digna o muy buena. Y luego regresan a sus países y sus centros. Y si te ví no me acuerdo. Ni un puñetero libro nunca más. De inmediato a dirigir algo, a mandar mucho, a rodearse de secretarias, a atiborrar agendas, a estudiar la futura reforma de los jardines del campus o la renovación del mobiliario de las aulas o la organización de una maestría sobre la cría de lombrices en cautividad. Y el caso es que yo los miro y los veo bastante felices, tal vez porque esa birria de poder en sus países es mucho, o es buena palanca para trincar un día despacho a la diestra de algún preboste, o plaza de magistrado auxiliar de alguna corte constitucional de intachable andadura técnica y democrática. Pero en el fondo sigo sin entenderlo.
¿Por qué no se encomienda la gestión universitaria a administradores profesionales o a profesores que no valen para otra cosa -los hay a patadas de los que harían eso muy bien y, en cambio, con un libro en las manos son carne de urticaria- y se pone a éstos, que algo han demostrado ya de su capacidad investigadora, a enseñar a investigar a otros y a seguir investigando ellos? Sí, sé la respuesta. Porque a la inmensa mayoría de las universidades privadas el rollo investigador les importa un bledo, van sólo a la caza y captura del vil metal y únicamente quieren a sus doctores de escaparate y señuelo; y porque casi todas las universidades públicas del subcontinente no son más que un comedero de politicastros frustrados con afanes de pisar moqueta en el próximo cambio de gobierno. Todo, por supuesto, con sus correspondientes excepciones, que son pocas.
Qué lástima.

17 marzo, 2006

Sin título.

Yo iba a escribir aquí algo de lo de siempre, monotoñía, pero me paré a considerar que había leído hoy un texto que me pareció extraordinario y que merecía primera plana en este modesto rincón del ciberespacio. De tanto leer ya no entiendo de literatura, como aquí confesé ayer mismo, pues no me gusta mucho de lo que según Babelia o El Cultural o ABCD de las Artes debería gustarme. Así que no me hagan caso. Pero este texto me parece literatura de la buena. Es del anónimo habitual de este blog, casi socio fundador.
Me he permitido meter mano en la puntuación y en alguna errata, aunque lo primero es muy delicado en un texto como éste. Espero que su autor no me lo tome a mal. Manías de profesor.
A ver si les gusta y lo animamos a que escriba más.
Quería comentarle, ayer venía dando un paseo desde la casa del hijo mío a la mía cuando por ahí por la calle Cervantes, enfrente del bar Madrid, a la altura del solar que se halla enfrente, oigo como una sicofonía de esas, que más o menos decía : "Perras, julais", como con la voz de la Elisa, una de las últimas trotadoras que anduvieron conmigo. Me paré brevemente, mirando al solar y algunos recuerdos llegaron, ahí en ese solar estuve yo "hospedado" en el ya derribado 1º izqda, conocido en el barrio como Harlem. Ahí recalamos entre 1993 y 1996 un equipo cojonudo de lo que la sociedad bien denomina mangantería. Pero esos recuerdos no son buenas compañías para un licenciado en Derecho y continúe. Al llegar a la plaza del Espolón me dije ¿Qué será del Harry?, el titular del alquiler que fue lanzado de allí por la autoridad ante el impago de la renta, y como sé que fue realojado por la misericordia de una tía suya, la sra. Carolina, en las casas viejas de la calle Vázquez de Mella, y como quedaba al lado, voy a hacer una visita al deshauciado para cumplir con las bienaventuranzas y tal.
Me planto allí y me abre lo que queda del Harry, más que nada narices a lo Robert de Niro o Lee van Cleef, 60 kilos de peso escasos y 46 años de existencia terrestre, con sus calzones y una camiseta y sus pies como descalzos y una trompa como un piano. El ¿piso?, bueno, no tan malo como los de las 3000 viviendas de Sevilla, pero medalla de plata; eso sí, limpio.Coño, el saludo, el abrazo, las palmadas, el acomodo, ¿cómo por aquí?, le comenté lo de la sicofonía de la Elisa, o sea, me dice ¿te estabas acordando cuando éramos unos fenómenos? No precisamente me recordaba como un fenómeno, pero en fin. La Elisa, recuerda él con su borrachera, me acuerdo cuando llegaste a casa un día y me dijiste, hermano, estoy enamorao de una calí, ¿qué causas fue eso?, pero qué ibas a estar enamorao de esa que era una drogadiza. Me sonrío, se dirige a por otra garimba yo cojo un vaso de agua, voy a ver el telediario de las 10 en la dos.
Sale el presidente y comienza un monólogo de mi amigo, disculpable por su borracherón, pero significativo de alguien de los calificados por Ignacio Aldecoa como los desheredados : Este hp de presidente que está ahora mismo no trabajó en la vendimia, trabajé yo, el niño este estaría seguramente estudiando, yo también a los niños como él los he estudiao mucho. Si él se hubiese metido en una montaña como yo y se hubiese tenido que montar en una puta mula y se le hubiese resabiao la mula, hay que pegarla una patada en la puta boca para que tire padonde tú quieras. ZP, eres más que papá Noel, qué vergüenza para mis adentros que me gobierne un tipo de éstos que está consintiendo de todo, digo lo que siento ahora, no después ni antes.Trago largo de cerveza, me mira como emparanoiao y dice : me voy a morir, pero bueno, es igual, como todos. ¿Quieres un poco de congrio? me acerca un plástico dónde hay pescao con salsa Uaaa, Uuuu, Oó que bueno está esto hijo. No me apetece hermano . Me dan ganas de comerlo frío y ataca al pez con los dedos y a desgarrar.
Mira ahí sigues teniendo a tú presidente. ¡El tuyo! el mío no es, no me gusta ¿a mí quién me preside la vida?, nadie, en cada ciudad mandan los pesebres, no sabe uno dónde empezar. Es muy blando ZP y las blandeces atraen a los terrenos y los terrenos son de los españoles. Absorbe el congrio escupiendo espinas y las manos ya están empapadas de diminutos trozos de pescado y salsa verdosa, eructa sonoramente. Digo yo p'al rey.
Sale en esos momentos la vicepresidenta indignadísima con el Zaplana y mentando las Azores, dice el Harry monologando ojú, el trío de las Azores era un pacto de piratas, dentro de los piratas hay mucha piratería, hay comandantes de mar, de tierra y guerrilleros de tierra mar y aire, la vida de cada persona no la puede dirigir absolutamente nadie y nos la quería dirigir Aznar y éste que está ahora mandando que no lo quiero ni ver. Cuando el ejército era el ejército era un ejército, ahora es un cabaret. Me mira, estoy tan frío que me voy a morir, estoy tan ausente que me como a toda la puta provincia si me dejan que es puta masa.
Los deportes y dice el Real Madrid hace el perro, al Real Madrid lo fundó un catalán, ¿no lo sabías?, pues estudia un poco. Más cerveza y a cantar : Ya lo dijeron que te casaste hace un mes, y me quedé tan tranquilo, no canta mal mi amigo, no. Me vuelve a mirar como emparanoiao, cuando nos vayamos todos y nos tiren a unos en cenizas y a otros en tierra de qué les vale tanto narcisismo a la gente , pero bueno ¿qué queréis conquistar?, debilidades en muchos aspectos.
Hermano espiritual, en Harlem estábamos muy desarrollaos y otros en procesión, fue una experiencia muy bonita (el enganchón que teníamos de bonito nada, pensé para mis adentros, no quería cortarle el rollo en su casa), Harlem fue Harlem con dos cojones al final cada uno fuimos por cada lado y yo me he quedado solo, y mira que pasaron por ahí mujeres y sabes que algunas se acostaron en mi cama que a mí ni me apetecía porque eran tan drogadictas que no me apetecía, pero a veces me apetecía sin apetecerme y sin circunstancias amorosas. Anda, hermano, que el primer drogadicto allí eras tú y el segundo el Azcona y el tercero ya cualquiera, porque entraba allí cada elemento/a hasta que empecé a cortar a la gente. Hermano, me corta, tengo las manos friísimas me voy a morir, ay, Otebel (Dios), estoy hasta los cojones, quiero marcharme adonde nadie me vea porque soy muy leonés y muy español. Más alcohol, para un poco, ¿qué más da?, mira ZP, es como Federico de Quevedo, parece un barbó mariquita, me gustaría que se expresase con sus putos ojos y no con esa sonrisa. Chari, chari cuul, canturrea de repente. Ojalá triunfes tú, hermano, en tu vida, yo también viviré a mi manera, a mis cosas, lo único que nunca tendré dinero, nunca lo he tenido y aquí estoy.
Le digo sabes lo que me apetecería ahora, más que nada en el mundo, que estuviesen aquí con nosotros tu chavala la Erika y mi ex-amor la María la pública, ¿eh mangantón?, las recuerdas, muerticas ya las dos están, piensa en ellas, piensa en algo bonito joder, que te está oscilando la mente con tanto alcohol. Hermano, Erika fue en ciertos momentos y a mi manera mi amor, tenía los ojos enamoraos conmigo y verdes cuando se acabó el enamoramiento, me quiso tanto que creo que su alma me la he llevao yo como tú con María. ¿Por qué la llamaban la pública?, que yo sepa no estaba tan follada. Qué más da.
Y de repente, no se por qué, y por eso escribo esto, me dice, ¿soy inculto yo?, medité y le dije, pues para muchos profesores seguro que sí. Hay muchos que pasan frío, muchos en la conciencia y otros en el bolsillo, mira si sé filosofía.
Le abracé un buen rato, ya volveré otro día plasuco (hermano), cuando camele tu pijo y hablamos otro rato.
Y me largué.