05 septiembre, 2006

El secreto de la edad

Creo que al fin descubrí la diferencia entre la juventud y ese otro estado mental que nos aproxima a la vejez. No es una cuestión de años, aunque estadísticamente suele corresponderse la edad con los estados mentales de joven y de viejo.

¿Que de qué se trata? Muy sencillo, cualquiera puede observarlo si está sobre aviso. Tiene que ver con la disposición dominante a escuchar o a hablar y hablar. Al joven lo mueve la curiosidad en sus relaciones personales. Lo domina el afán por conocer a los demás, por saber de las cosas ajenas con ánimo de aprender del mundo y de la gente, de ubicarse, de valorar alternativas vitales y comportamientos posibles. También el deseo de inspirarse para sus propios propósitos en las biografías de los otros. Lo guía la sensación de que le queda mucho por hacer, de que el futuro está abierto y de que se le ofrecen caminos distintos para su propio periplo. Por eso al joven le interesa más oír a los otros, especialmente a los que juzga poseedores de experiencias interesantes o ideas sugerentes.

Por contra, la llegada de la vejez se aprecia por el bloqueo de la atención a los demás y por la ansiedad de contar y contar de lo suyo. El viejo es mal interlocutor porque lo puede el impulso de mostrarse como ejemplo, de exponer los pensamientos suyos, que siempre considera hallazgos definitivos y conclusiones irrebatibles. No pregunta, sienta cátedra directamente y ve a su oyente como materia inerte, como puro receptor que poco o nada puede comunicarle, igual que un poste o una roca. Al tener por culminada en lo principal su biografía y ver los años que le quedan como calle de sentido único, como camino ya marcado y culminación de sus certezas, lo que los otros le puedan decir lo aprecia como estorbo o desvarío, como penosa inexperiencia, como ingenuidad o error sangrante, como pérdida de tiempo. No pretende renovarse con la vivencia del otro ni quiere que lo inquieten con alternativas o hallazgos ajenos, pues valora por encima de todo la seguridad de que sus elecciones o su destino le han marcado el mejor camino. De cada anécdota suya hace doctrina, con cada ocurrencia que tuvo un día sienta cátedra para siempre. Al contar su vida o pontificar sobre sus conclusiones hace clase magistral y en cada uno con el que habla no ve un sujeto igual con el que intercambiar mediante la comunicación, sino el representante abstracto de un auditorio que sueña universal, el resumen en uno de la humanidad a la que le gustaría aleccionar y ante la que ansía afirmarse como persona a la que la vida y su propias capacidades han enseñado tanto y tan certero. Quiere dar a los otros testimonio de sí, incluso con el propósito honesto de que aprendan y lo admiren a un tiempo.

Tengo la impresión de que cambia también con ese tránsito de la juventud a la vejez el contenido de los pensamientos. Los del joven tienen un toque soñador, hace planes, se plantea dilemas, se inquieta con preguntas. Su pensar es como un arco que dispara flechas en muchas direcciones o como la pasión del que apuesta por un puñado de alternativas, aun a sabiendas de que no podrá alcanzarlas todas, que no podrá andar todas las sendas que su imaginación le ofrece. Por eso cada cosa interesante que otro le dice, cada peripecia sugerente que alguien le cuenta la vive como un nuevo reto que lo atrae y lo angustia al tiempo. En cambio, la angustia del viejo no es la de elegir, sino la de poder repetirse, no la de inspirarse en otros sino la de instruirlos con sus propias historias. El pensar del viejo es concentrado y circular. Unas pocas ideas fijas, unos cuantos recuerdos repetidos, siempre los mismos. A medida que sus fijaciones se asientan, su biografía adelgaza por la parte del presente y del futuro. Se vuelve previsible, ya no sorprende a nadie, todos los que están cerca acaban por saber de memoria sus cuatro hazañas, sus muchas obsesiones y lo que va quedando de lo que un día fueron ideas frescas y hoy se manifiesta como ideas encurtidas, ideas conservadas en salmuera, rancias, añosas. Da vueltas sobre sí mismo como un mulo enamorado de la noria.

Efectivamente, no es la edad lo determinante. Todos conocemos gentes de pocos años que jamás preguntan ni escuchan y que hablan y hablan, cuentan y cuentan, repitiendo hasta la extenuación ajena los mismos detalles baladíes, capaces incluso de aleccionar a los que saben más de la cuestión que se trate o que han vivido en medida mucho mayor experiencias como las que el joven viejo narra. ¿Nunca le han contado a usted, por ejemplo, un breve viaje a una ciudad en la que tal vez usted ha vivido años y sin darle ocasión a decir sí, ya lo sé, la conozco muy bien y podría explicarte mucho más de todo eso que tú me narras y que no deja de ser la visión trivial y precipitada del viajero con ínfulas de gurú o maneras de diletante? También, cómo no, nos topamos de vez en cuando con individuos de muchos años a los que la curiosidad no se les ha apagado ni tienen agostada su receptividad.

Si se me permite una comparación osada, hay similitudes entre la manera de conversar y el modo de vivir la relación sexual. El joven necesita el cuerpo ajeno para buscarse a sí mismo, se conoce en el otro y con el otro. Para el viejo toda relación sexual es sucedáneo apenas ventajoso de la masturbación, pues no piensa que pueda hallar en la otra parte nada distinto ni mejor que un depósito de sus propios humores, un recipiente vacío en el que sentar su personal placer, el amor que se tiene.

Renovarse o morir. Y, para renovarse, escuchar, escuchar mucho y decir lo justo. O lo que nos dejen.

4 comentarios:

el necroscopio dijo...

Coincido contigo en parte, pero creo que el efecto que dices de mentalidad se debe a que el carpetazo que te da la sociedad cuando te jubila, que es igual que llamarte inutil, suele hundir moralmente a la mayoría de los individuos. De ahí ese deseo de reivindicar que su experiencia sigue siendo válida y su inactividad impedida en parte por la coacción implicita de la sociedad.
Un saludo.

tumbaito dijo...

¡Lo que cuesta encontrar algo que nos haga viejos y que sea más importante que las arrugas!

A ciertas edades se puede tirar de tu cuerpo y del cuerpo del otro pero... ¡en la vejez ya es mucho poder tirar del propio!

IuRiSPRuDeNT dijo...

No tardará Zp de incorporar un comité de ancianos, posiblemente hará un casting quedándose aquellos que negocien, vivan, concluyan contratos, planeen a largo plazo como si nunca fueran a morir.

PD: de vuelta y vuelta, tan joven y de vuelta. Jarabe de Palo

Garciamado dijo...

Ay, amigo jatqlz, si sólo fueran los jubilatas. Cuántos viejos en la cuarentena conozco. Y algún que otro jubilado con el que todavía se puede hablar sin que te aplaste con su verborrea. Saludos.